por Luis Enrique Alcalá | Mar 31, 2005 | LEA, Política |

Al mejor estilo de un adulante vividor, el señor Heinz Dieterich, de quien se dice es uno de los más cercanos asesores intelectuales de Hugo Chávez, ha publicado un panegírico que mueve a risa, por el simplismo (y facilismo) de sus afirmaciones centrales.
Olvidando convenientemente que él mismo había empleado ya—en entrevista concedida a Luis Juberías Gutiérrez, de AVANT, el 7 de abril de 2004: «El socialismo del siglo XXI. La economía de equivalencias»—la expresión «socialismo del siglo XXI», Dieterich se desata en rastreras lisonjas al comandante sucesor del comandante Fidel. En efecto, el título del trabajo de Dieterich es La Revolución Mundial pasa por Hugo Chávez.
Así escribe, por ejemplo, en la segunda parte del texto: «En una audaz operación de comando, Hugo Chávez estableció el 27 de febrero del 2005 su ‘cabeza de playa’ de vanguardia mundial en el campo de batalla ideológica con la burguesía, al proclamar la necesidad de ‘inventar el socialismo del siglo XXI’ y ‘seguir alejándonos del capitalismo’. Caso seguido, el Comandante consolidó la posición con dos divisiones de blindados indestructibles, cuando enfatizó que el socialismo en Venezuela sería de carácter democrático y participativo, ‘en concordancia con las ideas originales de Carlos Marx y Federico Engels’.» Se guinda con buena técnica el Sr. Dieterich, no sin sugerir como quien no quiere la cosa que su nombre pudiera estar involucrado en un esfuerzo de recolección de ideas por Internet (lo que costaría sólo 100 mil dólares), dado que «no tenemos acceso a las supercomputadoras marca Marx, Engels o Einstein», que él estima necesarias al esfuerzo.
Dieterich exhibe su ignorancia, o su interés de manipulación histórica, al pretender que «no hay ningún Karl Marx o Friedrich Engels a la vista, quienes tuvieron la genialidad de concebir en apenas tres meses la ruta crítica hacia la sociedad postcapitalista, el ‘Manifiesto Comunista’ (1847). Tampoco se vislumbra a un Albert Einstein, quien en el mismo lapso de tiempo sentó las bases del mundo postnewtoniano (1905) con la teoría cuántica y la teoría de la relatividad». El Manifiesto Comunista publicado en 1848 fue ciertamente encargado a Marx y Engels a fines del año anterior, pero no es que estos autores inventaron de cero sus nociones en tres meses. Fue precisamente la circunstancia de que la pareja de teóricos tuviera ya un buen tiempo rumiando, escribiendo y hablando de esas ideas lo que determinó su escogencia. Del mismo modo, tampoco es el caso de que Einstein decidiera brusca y repentinamente que escribiría unas cositas para revolucionar la Física en 1905. Hacía largos años que lidiaba con los conceptos de lo que fuera después su teoría de la relatividad especial. De hecho, al menos desde su adolescencia jugaba con estas ideas, al preguntarse por primera vez cómo vería el mundo un observador que pudiera cabalgar sobre un rayo de luz. Y, naturalmente, Einstein jamás tuvo nada de comunista, por lo que su asociación con Marx y Engels en este contexto es simplemente otra manipulación más, idéntica a la técnica publicitaria de asociar un hembrón en bikini con una cierta marca de cerveza.
En su romántica concepción—el mismo Marx le hubiera llamado sin pensarlo mucho un «socialista utópico»—el Sr. Dieterich declara, en la entrevista mencionada, que el asunto se reduce a la democracia participativa y a «una sociedad en la cual el objetivo sea dar igual nivel de vida a todos los ciudadanos». Y explica: «El ideal de justicia de que todos tengan la misma gratificación por el mismo esfuerzo laboral, a mi juicio, sólo se consigue en el comunismo. Para que esto suceda no es suficiente la voluntad, sino que se exigen unas condiciones objetivas. Para que cada uno pueda aportar lo mismo con igual esfuerzo, necesitas niveles semejantes de alimentación, educación, participación, etc., es un proceso de voluntad política y de condiciones prácticas que te hacen una sociedad homogénea en cuanto a realizar y aportar más o menos lo mismo».
Es decir, una sociedad de hormigas idénticas, clonadas, sobre las que por supuesto es muy fácil perpetuar una dominación. Ése es, para Dieterich—y pronto para Chávez—el socialismo del siglo XXI.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Mar 29, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Los humanos somos, por la mayor parte, seres bastante ocupados con el quehacer de la subsistencia. Involucrados en rutinas de ocupación, no disponemos de mucho tiempo para pensar, con alguna profundidad, las innumerables cuestiones que una sociedad cada vez más compleja nos propone. De allí que nos convenga pasar por la vida armados de esquemas simples que, como abreviatura del pensamiento, nos permitan discurrir lo necesario sin demasiado trabajo. De allí la utilidad de los mitos, tanto de los propiamente dichos, esas estructuras clásicas de la verdadera mitología, como de los más pedestres y comunes. Son fórmulas cortas, convenientes, soluciones prêt-à-porter con apariencia de verdad ineludible, lapidarios dictámenes inapelables.
Uno de estos mitos ha gravitado desde hace mucho sobre Caracas. En el debate sobre los extremos de la centralización vs. la descentralización, se tiene a la capital de la República como culpable de una apetencia desmedida, la que a su vez sojuzgaría, como en una suerte de imperialismo local, al resto de las urbes del país.
En sucintas palabras, el arquitecto Frank Marcano, Director del Instituto de Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela, sale al paso de esta especie falaz, en entrevista que concediera a Rafael Arráiz Lucca y William Niño Araque, los editores del muy extraordinario e invalorable libro Santiago de León de Caracas, 1567-2030.
El libro en cuestión ha sido producido por la Gerencia de Asuntos Públicos y Relaciones Gubernamentales de ExxonMobil de Venezuela, a cargo de Richard Bailey Lazzari. (Quien a pesar de sus nombres es más criollo que la alpargata). Esta nueva producción bibliográfica de esa Gerencia, precedida de los maravillosos volúmenes Tierra Negra y Paria, entre otros, supone de una vez la existencia de una verdadera biblia, prácticamente definitiva, para la cabal comprensión de la ciudad capital de Venezuela. Profusa en mapas, imágenes, fotografías y documentos, armada con textos inteligentes, profundos y desusados, es ahora la referencia obligada para cualquier discurso serio sobre Caracas.
La Ficha Semanal #39 de doctorpolítico se contrae a reproducir la exposición inicial del Arqto. Marcano en la entrevista mencionada, la que inaugura la sección Visión Metropolitana. Vocación y Mercadeo de Ciudad, Gobernabilidad, Territorialidad, en la Segunda Parte del libro. La informalidad de las palabras de Marcano delata que, en efecto, se trata de una conversación en sosegada entrevista, y de algún modo esta familiaridad potencia la eficacia de sus justas afirmaciones.
LEA
……
Caracas incomprendida
La vocación de una ciudad es un horizonte que se plantea y se replantea continuamente. Hay vocaciones innatas por localización, por tradición histórica, pero cada ciudad se reinventa a cada momento y tenemos muchos casos que lo confirman. Por ejemplo, Barcelona, España, es una ciudad que tiene una capacidad enorme de reinventarse a cada rato y se traza un nuevo horizonte de ciudad de una manera muy rigurosa y realmente lo cumple. Entonces, teniendo claro que la vocación de una ciudad es algo que se tiene que definir por etapas, por períodos, si entramos en el caso de Caracas, vemos que ha tenido varios escenarios en el pasado, que contrastan mucho con el no escenario actual, que es una cosa no digamos insólita, pero sí extraña, pero que nos caracteriza mucho en este momento, hay una falta de escenarios, una falta de pensamiento sobre la ciudad.
Hay una primera decisión del gobierno del territorio de definir a Caracas como centro y capital, eso fue muy importante. Durante todo el período que va hasta principios del siglo XX, Caracas mantiene ese rol, es la ciudad más importante, la del gobierno, la central. Es una ciudad que además empieza a acumular una tradición, un peso específico como ciudad que no tienen las otras y empieza a tener también un cierto peso que cada vez va creciendo con respecto al centro venezolano del Caribe.
A principios de 1900 Caracas no tenía fuerza sino como capital de un país muy desmembrado, muy sectorizado, muy alejado entre sí. Maracaibo tenía más contacto con Curazao que con Caracas, Carúpano tenía más contactos con Trinidad, Martinica y con Europa, que con Caracas. Mi mamá decía que en el puerto de Carúpano llegaban a la semana dos o tres barcos franceses e italianos y el barco de La Guaira llegaba una vez al mes, entonces ahí había una relación muy clara. Pero Juan Vicente Gómez lo cambia y hay una nueva definición de la vocación de la ciudad de Caracas, que cuando Gómez unifica al país, él centraliza, a pesar de que trata de hacer de Maracay el centro, pero no pudo, creo que por unas condiciones geográficas importantes. Caracas está, además de en el centro, muy cerca del mar y Maracay es una ciudad mucho más enclaustrada, mucho más difícil, no era ni siquiera Valencia, que también estaba enclaustrada, porque de Puerto Cabello a Valencia era una odisea.
A partir de la muerte de Gómez, Caracas refuerza su centralidad y su vocación. Depués hay otra etapa muy importante, que es en los años 50. Antes, en los años 40, cuando viene Rotival, empiezan todos los planes que se cristalizan en el 50, que es cuando sí se define muy agresivamente la vocación de la ciudad, y Caracas para Rotival iba a ser, por definición, el centro del Caribe.
Luego la vocación de la ciudad otra vez se refuerza por toda la labor de Pérez Jiménez de dotar a esta ciudad de un equipamiento como no había en toda América Latina y mucho menos en el Caribe. Esa época duró hasta los años 70: en ese momento estábamos construyendo una capital. En el año 70 vuelve a renacer una suerte de castigo a Caracas, con un pensamiento, otra vez, que parte del interior de Venezuela. Entonces se paralizan por decisión política, las inversiones en la ciudad y se empiezan a hacer fuera, porque había que balancear el territorio, había esta teoría de evitar la macrocefalia, que no era correcta porque Venezuela no es un país de macrocefalias urbanas, no es el caso de Colombia, de Perú, de Argentina, ni de Chile. Este es uno de los pocos países en América del Sur en donde su capital tiene el 20%, el 21% de la población; en otros países la capital tiene el 50%, aquí afortunadamente no es así, pero había esa sensación de que todo el dinero se iba a la centralidad.
En este momento, en el 2003, uno ve que la gran infraestructura de la ciudad de Caracas es la infraestructura que se hizo entre el 50 y el 70, porque creo que no se ha hecho casi nada en 30 años.
Frank Marcano
por Luis Enrique Alcalá | Mar 22, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Como fuera anunciado la semana anterior, esta Ficha Semanal #38 de doctorpolítico reproduce el texto íntegro de la carta que Hugo Chávez dirigiera a los Magistrados de la Corte Suprema de Justicia, a pocos días de su asunción al poder en Venezuela.
El documento es interesante en más de un sentido. Por una parte, en sí mismo es una anticipación de lo que se proponía hacer desde la Presidencia de la República, así como una condensación de los conceptos más arraigados en su pensamiento, que justificarían su autocracia. Por ejemplo, hacia el término de su farragosa y pedante correspondencia, incluye un defectuoso teorema, por el que pretende extraer, como conclusión «lógica» de la lucha internacional por territorios, la idea de que él debe ser el exclusivo ductor del Estado. («Esas son las razones por las cuales el Jefe de Estado conduce, en soledad, la política exterior y, en soledad, es el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Nacionales».)
Algo parecido había adelantado en la residencia de La Viñeta cuando, ya Presidente electo pero antes de su toma de posesión, había dicho en el acto de instalación de su Comisión Presidencial Constituyente—Escarrá, Mayz Vallenilla, Olavarría, Álvarez Paz, Combellas, entre otros—que él tenía, personalmente, poderes constituyentes. Ninguno de los nombrados le contradijo jamás a este respecto.
Tampoco le contradijo la propia Corte cuando afirmó lo siguiente en su comunicación: “La Asamblea Nacional Constituyente debe ser originaria en cuanto personifica la voluntad general y colectiva de las muchedumbres nacionales como elemento esencial del Estado, superorganismo que, para sobrevivir en el escenario planetario debe estar en condiciones de hacerlo”. Tan sólo una voz esteparia había comentado en 1998, en documento de escasa circulación: “La constituyente tiene poderes absolutos, tesis de Chávez Frías y sus teóricos. Falso. Una asamblea, convención o congreso constituyente no es lo mismo que el Poder Constituyente. Nosotros, los ciudadanos, los Electores, somos el Poder Constituyente. Somos nosotros quienes tenemos poderes absolutos y no los perdemos ni siquiera cuando estén reunidos en asamblea nuestros apoderados constituyentes”.
Chávez ha sido descarado cultor del arte de la falacia. Con frecuencia extrae, de las más tenues conexiones, tesis realmente peregrinas, que proclama y propala con audaz irresponsabilidad. Normalmente se sale con la suya.
En otra dimensión, el documento reproducido aquí contiene numerosos puntos oscuros, crípticos, insertados con la probable intención de irritar, camuflados tras la máscara de una ansiedad de recién venido por ser reconocido como gente intelectual. Se trata de otra de sus técnicas favoritas: emplear una forma irritante o pretendidamente inculta para desviar la atención de los contenidos realmente fundamentales, de ésos que son verdaderamente peligrosos.
La carta era incomprensible en cuanto a oportunidad. Parecía ser un texto totalmente extemporáneo, traído por los cabellos, que no venía al caso. Era, sin embargo, una clara advertencia. No pasaría mucho tiempo sin que tratara a los mismos Magistrados a quienes llamaba «Honorables» con particular saña e irrespetuoso insulto.
LEA
……
Epístola autocrática
Señores Honorables.
Presidente y demás Miembros
de la Corte Suprema de Justicia
Su Despacho.
Montesquieu evidenció que las verdades no se hacen sentir sino cuando se observa la cadena de causas que las enlaza con otras y, en términos de introspección e inferencia de relaciones entre ideas y contenidos descubrió que las leyes son relaciones necesarias que se derivan de la naturaleza de las cosas.
Auscultando en lo profundo del alma nacional podríamos percibir, de observación en observación, una creciente y desbordante acumulación de necesidades vitales reprimidas a punto de explosión (Ley Psicológica de la Compensación). La evidente isostasia de las masas tiende a romper toda resistencia, todo desequilibrio: pega en el rostro el huracán de pasiones ocultas en los sufrimientos de quienes, traicionados y humillados, callaron sus padecimientos porque el pudor y la dignidad les impedía revelarlos.
Estadísticas recientes hablan de millones de seres humanos despojados y excluidos de todo: a ese ochenta por ciento de venezolanos que vive en pobreza crítica prometí abrir caminos mediante una Asamblea Constituyente originaria que permitiera transformar el Estado y crear el ordenamiento jurídico necesario a la democracia social y participativa.
Eso conlleva—mutatis mutandis—rescatar el estado de derecho de manos de la criminal partidocracia para estructurarlo en la Nación como ordenador esencial de las instituciones.
La radiografía psico-social del Estado revela una persistente y secular internación de agravios, desesperanzas, carencias y sufrimientos que retratan la injusticia a que ha sido sometido, y descubren en el inconsciente nacional una potencialidad expectante, ávida de equilibrios. Es evidente que ese olvidado pueblo me catapultó a la Presidencia con la poderosa humildad de su sufragio para evitar desencadenamientos destructivos.
En respuesta a la esperada promesa electoral, la nación asumió el 6 de diciembre de 1998 su decisión política constituyente extrapolando su voluntad política creadora, fuente única y originaria de la Constitución Bolivariana que habrá de promulgarse en enero del Tercer Milenio: El pueblo soberano, titular del poder constituyente y único sujeto de su voluntad política, dio su veredicto. Yo no quiero que me llamen nunca usurpador: las silentes urnas del 6 de diciembre guardan el secreto de la potencial explosividad de la Nación; es incuestionable que el respeto a los resultados frenó en las muchedumbres nacionales esa creciente energía detonante que persiste en su inconsciente, latente… y, si a la actual legislación se le impidiere hacer justicia se romperían las resistencias de las muchedumbres, cumpliéndose otras leyes: las precitadas leyes psicológicas de la compensación.
La promesa electoral que espera ver cumplida el soberano hace eco en todas partes: la nación votó por la estructura de poderes que pudiere resolver eficazmente sus problemas y en ese campo psico-físico nació la idea de la Asamblea Constituyente originaria que permitiera refundar la República y restituir el estado de derecho constitucional y democrático. Ese estado de derecho no es -como dice Gaitán- «el de la simple igualdad de los hombres ante la Ley, como si la Ley fuera una fórmula taumatúrgica que pudiera pasar por encima de los valores económicos, de las causas étnicas, de los hechos funcionales, de las causas de la evolución y de la cultura que hacen la desigualdad y que resulta un solo mito metafísico». No; no es esa la justicia; la justicia que se propone es la zamorana, la de hacer imposible la imperceptible violación de los derechos humanos, violación que ha sido perpetrada por los cada vez más ricos en perjuicio de los cada vez más pobres. La prepotencia económica impide que la justicia llegue a ellos, a los hombres y mujeres del común que han sido despojados de casi todas las posibilidades de iniciativa personal y de responsabilidad y los arrastra a vivir en condiciones de vida, trabajo, desempleo y pobreza atroz, indignas de la persona humana. Ya lo expresé con cristiano acento en el Acto de Instalación de la II Cumbre Iberoamericana de Presidentes de Cortes Supremas de Justicia, cuando ratifiqué el postulado que informa la promesa electoral que acogió la voluntad colectiva nacional en su decisión del 6 de diciembre de 1998. Entonces dije: «No es ágil la justicia, como acordaron los presidentes en la Cumbre de Margarita: no llega al pobre; sólo llega al que pueda pagarla; para la oligarquía sí es rápida. ¿Y es eso justicia? No; y en consecuencia, es obligante rehacer el estado de derecho para que la verdadera justicia cubra con su manto a todos los venezolanos, sin distinción de clases».
La evidencia cartesiana fuerza a transformar la República, inventando, creando o descubriendo caminos mediante una Constituyente originaria que encauce la necesaria revolución educativa; es imposible desarraigar los ancestrales males de Venezuela sin la eficiente cirugía de largo aliento que está pidiendo a gritos la primera de todas las fuerzas: la opinión pública. No hacerlo traduce colocarse a espaldas del derecho.
Celebro infinito que la Corte Suprema de Justicia se encuentre en el camino de la revolución, leyendo su legislación; celebro que haya vislumbrado su desencadenamiento a partir de la Constituyente originaria convocada por decreto del 2 de febrero de 1999 para transformar el Estado y crear el ordenamiento jurídico que requiere la democracia directa y que los valores que ésta insufle deben ser respetados; valoración que informa las pulsiones óntico-cósmica, cosmo-vital y racional-social inherentes al iusnaturalismo y su progresividad, pero también la interpretación de los deberes actuales y futuros en cuanto al mandato preludial de la actual Constitución, que exige mantener la independencia y la integridad territorial de la nación y explica la existencia, razón de ser y encauza la misión de las Fuerzas Armadas Nacional en su artículo 132.
La Asamblea Nacional Constituyente debe ser originaria en cuanto personifica la voluntad general y colectiva de las muchedumbres nacionales como elemento esencial del Estado, superorganismo que, para sobrevivir en el escenario planetario debe estar en condiciones de hacerlo.
Ad libitum y a los fines geopolíticos inherentes a la sobrevivencia de un Estado cuya ubicación geográfica y especialísima potencialidad minero-petrolera le hacen fuerte o débil, podríamos vislumbrar a Venezuela, en el escenario de las grandes potencias según se consolide o no el Pensamiento Conductor del Estado y vistos como han sido, primero penetrados y luego mutilados, los países que han estado paralizados por debilidad de sus gobiernos, por facciones intestinas y bajo amenaza permanente de penetración y/o de guerra exterior.
Los Estados son especie de superorganismos dinámicos que abarcan conflictos, cambios, evoluciones, revoluciones, ataques y defensas: involucran dinámica de espacios terrestres y fuerzas políticas que luchan en ellos para sobrevivir. Si no observamos arte y ciencia en la conducción y actuación política del organismo estatal corremos el riesgo de propiciar su debilitamiento, fraccionamiento y consecuencial disolución, que equivale a su muerte. En menos de 170 años de la desaparición física de Bolívar, hemos visto reducir el suelo en más de trescientos mil kilómetros cuadrados.
El Estado, investido de soberanía, en el exterior sólo tiene iguales, pero la justicia internacional no alcanza a quienes, por centrifugados, tendrían que ser mutilados (Ratzel; McKinder). Esas son las razones por las cuales el Jefe de Estado conduce, en soledad, la política exterior y, en soledad, es el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Nacionales.
Inmerso en un peligroso escenario de Causas Generales que dominan el planeta (Montesquieu; Darwin), debo confirmar ante la Honorabilísima Corte Suprema de Justicia el Principio de la exclusividad presidencial en la conducción del Estado.
Bolivarianamente
Hugo Chávez
por Luis Enrique Alcalá | Mar 17, 2005 | Cartas, Política |

Primera parábola: entre nosotros los venezolanos las siglas YMCA (Young Men’s Christian Association) están vinculadas desde hace un buen número de décadas con la actividad deportiva. Para los estadounidenses, en cambio, la asociación cognitiva más inmediata es con su servicio de alojamiento gratuito o a bajo costo en las grandes ciudades de su país. No muchos saben, en cambio, que la celebración del Día del Padre fue inventada, por una hija agradecida, en la YMCA de Spokane, estado de Washington, en 1909. Y claro, a finales de la década de los años setenta, el grupo de «música disco» que se llamó Village People convirtió en hit de popularidad mundial una exultante pieza que tuvo precisamente por nombre «YMCA», y que saludaba justamente el servicio de alojamiento de esta institución como una estupenda ayuda a jóvenes que no tuvieran dónde ir.
Bueno, regresemos a Venezuela. Además de las canchas deportivas YMCA, las siglas identifican un evento anual que se celebra en Caracas y, en el interior del país, al menos en Maracaibo. Se trata de la carrera de carritos de fabricación casera en la que participa un buen número de jóvenes. Los carritos, que no tienen propulsión autónoma, adquieren velocidad al deslizarse por una cuesta pronunciada. La gravedad y la inercia se encargan del asunto. Hasta hace no mucho la cuesta perfecta era la de la avenida Venezuela de El Rosal. Me han dicho que ahora la carrera ocurre en Altamira.
Los participantes de estas carreras han sido típicamente jóvenes de nuestros barrios, que construían sus carritos a partir de materiales desperdiciados, con el aporte de ruedas desechadas del taller mecánico cercano, cajas de madera provenientes de la bodega del barrio o flejes que proveyera la ferretería de más abajo.
………
En el campo de la oposición venezolana pareciera haberse iniciado una carrera de carritos YMCA, y la meta se la entiende colocada en 2006, año de las próximas elecciones presidenciales, dado que seguiría siendo la salida de Chávez «el primer problema nacional a resolver».
Hay, de nuevo, una incipiente pleamar de actividad opositora que comienza a expresarse en dos planos. Uno es el que ocupa el enjambre ciudadano, partes del cual comienzan a moverse y retomar manifestaciones y marchas—en la consabida territorialidad de Chacao—o a celebrar reuniones en las que se pregunta si las asambleas de ciudadanos han muerto. En el otro plano se disponen, en pistas paralelas, una cantidad de iniciativas competidoras. Sus respectivos carritos están hechos con mucha similaridad de materiales y programas, pero correrían cada uno por su cuenta hacia la meta: la candidatura única de oposición en las presidenciales del año que viene. Cada quien busca posicionarse, presentando su propio carrito, con la esperanza de hacerse con ese papel.
Varias veces ha hecho esta carta alusiones a líneas sostenidas por Primero Justicia y la llamada Izquierda Democrática de Esculpi. Por lo que respecta al primero se presenta a sus miembros como «los únicos», mientras Julio Borges «cede» funciones partidistas a Liliana Hernández y él prepara su candidatura—ya nos repetirá que él es de la generación a la que toca el turno—mientras la aguerrida ex adeca gerencia «la única fuerza política que Chávez teme».
En cuanto a la ID esculpiana, ha nacido con la falla de origen de identificarse con criterios políticos del siglo XIX y con el considerable pasivo contra su credibilidad que representa su larga asociación con la figura comodín de Francisco Arias Cárdenas.
En COPEI su actual presidente puso este cargo a la orden al culminar las elecciones regionales del 31 de octubre y excitó a los demás miembros de la dirección nacional del partido a hacer lo propio. Al cabo de un trimestre ha superado el intento de atornillarse del secretario general quitándole funciones, para engrandecer el poder de la presidencia de la cual ahora no se aleja, y desde la que intenta relanzar al partido como «fuerza» de «centro» y eje alrededor del cual sueña que se reunirían, además de COPEI, Convergencia, Proyecto Venezuela y Primero Justicia, en reencuentro familiar socialcristiano. (Otra formulación que parece necesitar la referencia a las decimonónicas nociones de izquierda y derecha, liberalismo y socialismo, para definir su sustantividad. Ellos nos traerían la mezcla ideal de ambas cosas: una «economía social de mercado»). En su discurso del 3 de noviembre Eduardo Fernández sugirió que el partido no se había perdido en sus manos, al destacar que se venía de seis años de estrategia opositora equivocada y doce años de declinación partidista. Es decir, desde 1992, cuando abandonó la Secretaría General para medirse y ser derrotado por el más radical de derechas Oswaldo Álvarez Paz. Fernández no habría tenido que ver nada en el problema verde.
Acción Democrática pareciera estar, una vez más, en situación alfárica. Esto es, en un partido que no parece alojar figuras presidenciables y que es controlado burocráticamente, a lo Alfaro Ucero, sólo que Ramos Allup es más educado y mucho más vocal que el viejo y defenestrado caudillo y Acción Democrática es hoy aun más débil que en 1998. Por ahora asiste al acto de presentación en sociedad de una reedición, de una versión compacta, mini, de la Coordinadora Democrática (sin la transmisión automática de una constelación ensamblada a partir de ONG’s), el Polo Democrático, junto con el presidente de AD, Jesús Méndez Quijada, Gerardo Blyde, de Primero Justicia, Felipe Mujica del MAS, Pompeyo Márquez, Américo Martín y Milos Alcalay.
Con el nombre—Polo Democrático—este carrito de Rafael Simón Jiménez quiere sugerir que se nos vendría encima, una vez más, la necesidad de combatir a un Polo Patriótico. La dimensión de la lucha exigiría la adquisición de escala. Por eso una alianza del Bloque Socialdemócrata, OFM-Vamos y Solidaridad pretende ser la fundación de un «movimiento de movimientos» que sea «capaz de reactivar el ánimo reivindicativo del movimiento opositor frente a las pretensiones militaristas, caudillescas y autocráticas del presidente Hugo Chávez». La Coordinadora Democrática fue precisamente una federación de este tipo, con mucha mayor fuerza que este «polo». La CD fue justamente un «movimiento de movimientos», cuando lo que se precisaba era un movimiento de ciudadanos.
Pero el mismo día anuncia Súmate, por boca de su líder María Corina Machado, que hace metamorfosis para convertirse en la crisálida de un «movimiento ciudadano nacional»—aún no es el tiempo de emergencia de la final mariposa política—dedicado a «defender los derechos democráticos de la ciudadanía». Es decir, en una especie de Queremos Elegir más moderno. (Y sobre todo más poderoso. Los dos colosos del diarismo venezolano, El Universal y El Nacional, reportan la transformación pública de Súmate, el mismo día de la presentación del Polo Democrático, sólo que El Universal convierte el acontecimiento en el titular principal de su primera página, evidenciando la clase de cañones a disposición de María Corina, mientras que El Nacional, que uno pudiera suponer afecto a presuntos proyectos candidaturales de Gustavo Cisneros, la ignora en portada, aunque la reseña en nota ligeramente más breve al lado de la que dedica al «polo»).
Súmate 2.0 se mercadea con tres módulos operativos incorporados de fábrica: fomentar elecciones limpias (léase cazar la pelea del Consejo Nacional Electoral), luchar contra la discriminación política (listas de Gascón) y profundizar la contraloría ciudadana (aplicación para representación del enjambre). Con esperables modernidad e inteligencia, María Corina presentó el significado de su carrito con las siguientes palabras: «El enemigo que tenemos no es el jefe del gobierno y sus cercanos colaboradores, como generalmente se piensa. No son los jefes militares de la llamada revolución ni sus seguidores. Tampoco sus imposibles ideas de transformación económica y social del país, que más temprano que tarde demostrarán su torpeza histórica y su sensatez (sic) política. El mayor enemigo de nuestra democracia está en nosotros mismos. El dejarnos llevar por la ilusión rota y no comprender que los derechos y la libertad se conquistan fracaso tras fracaso, lucha tras lucha, victoria tras victoria. El peor enemigo de la democracia son los ciudadanos que se dejan imponer condiciones». (El Nacional, domingo 13 de marzo de 2005).
O sea, se proponen líneas concretas de acción, se aparenta deslindarse de una confrontación directa contra Chávez y su revolución (pero no puede eludírsele en el discurso para denunciar sus «imposibles ideas»), se declara que el enemigo no es Satán propiamente dicho, sino nuestra propia y pecaminosa carne que acepta ingerir las secreciones demoníacas. Un discurso calculado para mover, para galvanizar, un discurso de poder, vulnerable aún por las dudas que se ciernen sobre su líder y su presunta asociación con el estúpido experimento de Pedro Carmona.
En el género de opciones modernizantes puede asimismo inscribirse a «Venezuela de Primera», que hasta ahora no ha sacado la cabeza al público, pero igualmente intenta ser el carrito YMCA de Roberto Smith Perera. Basado en su experiencia de «Vargas de Primera», un interesante intento de tomar la gobernación del estado Vargas en las elecciones de octubre pasado, ha auspiciado reuniones con el expreso propósito de «lanzar una nueva iniciativa política nacional». La susodicha iniciativa contendría «una oferta superior para el futuro del país, superior a la hegemonía actual, y una narrativa histórica y social de gran alcance, superior a la de la V República y a la del regreso al pasado». (Ambas por desarrollar). Smith plantea: «Una parte relevante de la inspiración de este grupo está en el trabajo que hicimos en Vargas el año pasado. Entre conocedores de los quehaceres de la política se piensa que el esfuerzo de Vargas debe ser expandido y replicado en muchos otros contextos, y que ésta es la única vía racional y segura para construir una fuerza capaz de retar a la actual hegemonía en el mediano y largo plazo».
Esto es, de nuevo la justificación por oposición y la creencia de que su carrito es el «único» que puede garantizar eficacia en un enfrentamiento ulterior con el Ferrari de Schumi Chávez. En sus encuentros ha regresado por sus fueros la misma llovizna del «movimiento de movimientos», ya encontrado en la relación sobre el Polo Democrático, aunque ciertas fuentes de muy alto nivel en el grupo de Smith indican que una cierta crítica a tan difundido lugar común—en la liga del abortado «consenso-país»—habría causado en su seno un impacto sobre este mito tan popularizado en ciertas cabezas de la «sociedad civil».
Tulio Álvarez, por su parte, busca reflotar su imagen de agente demostrador de fraudes electorales y se acomoda en uno de los carriles de la bajada del 2005 con la «Federación Verdad Venezuela», a la que presenta con el calificativo de «resistencia». Si desapareciera el dominio de Chávez ya no tendría nada que resistir, y por ende dejaría de tener sentido. Como Súmate, ha puesto sus miras iniciales sobre el CNE. (Ya compitieron poco después del revocatorio, con la colocación prácticamente simultánea en el mercado político de los fanfarriados pero inocuos Informe Álvarez e Informe Hausmann-Rigobón).
Otros actores, se asegura, buscarán ubicarse en unos pocos carriles aún restantes. Todavía siguen en el mapa figuras como la de Guaicaipuro Lameda, Rafael Alfonzo y Carlos Alfonso Martínez, y siempre está latente una candidatura de Teodoro Petkoff. Por lo que respecta al general recientemente liberado, ha puesto magnánimamente su «movimiento»—minúsculo—a la orden de candidaturas de otras iniciativas para las dos elecciones de 2005, no para 2006.
Petkoff es el único estadista reconocible en la enumeración precedente. Es evidente la sensatez y tino políticos que ha exhibido desde su trinchera de TalCual y su programa semanal en CMT, y es el ideador de agudas observaciones. Hace nada puso de relieve el siguiente teorema, pasado por alto por muchos analistas políticos: si Chávez ha dicho que hay que inventar un socialismo del siglo XXI, dado que los distintos modelos históricos del «socialismo real» han fracasado, esta última caracterización se aplicaría muy especialmente al fracaso del proyecto castrista en Cuba. En frase peligrosamente feliz ha sugerido que en Venezuela es preciso «inventar la oposición», para atenuarla de inmediato y sustituir «oposición» por «alternativa» u «opción», lo que, una vez más, continúa requiriendo la presencia del rival para cobrar sentido existencial. Por ahora es muy requerido en el interior de la República, donde tiene la esperanza de aliar liderazgos locales que llegaron de segundos en la competencia del 31 de octubre.
Pero las encuestas—de donde también han desaparecido nombres otrora pujantes, como los de Herman Escarrá y Juan Fernández—ya no registran en sus pantallas a Petkoff, a pesar de su longeva exposición pública. Tal vez tal cosa se deba a que sus pertinentes análisis se detienen en el borde de las soluciones sin exhibirlas. Hace nada le contestó a César Miguel Rondón, que buscaba precisarlo sobre el punto más allá de la declaración de opositor a Chávez: «¿Tú lo que quieres es que me coja el toro?» Uno barrunta la siguiente implicación: Petkoff sí sabe cuál es «la solución», pero cree que ella no debe ventilarse en público.
En una órbita totalmente diferente debe ser colocado, si es que tal cosa existe, el presunto proyecto de una candidatura del empresario Gustavo Cisneros Rendiles. La ingente cantidad de recursos financieros y comunicacionales que podría colocar en juego, su innegable condición de jugador de grandes ligas, su transnacionalidad, su familiaridad con importantes jugadores de peso internacional, no son cosas que puedan cargarse en un carrito desprovisto de fuerza motriz, impulsado sólo por sus piernas y la inercia que una cuesta en bajada convertiría en energía cinética. Si Chávez maneja un potentísimo Ferrari, Cisneros conduce un no menos potente Williams. Pero como todo esto es especulación—no hay nada oficial por parte de Cisneros—no es posible hacer evaluaciones medianamente serias acerca de sus pretendidas intenciones, así como tampoco cabe adelantarlas respecto de Marcel Granier, de quien también se dice pretende competir y que, sobre todo, tiene por ahí una «tesis», la tesis, que estaría exponiendo en círculos bastante discretos y cerrados.
En fin, trayectorias planificadas para su recorrido en carriles separados, paralelos, que no se tocan.
………
Segunda parábola: María Corina Machado debe conocer por relación de sus padres, que estuvieron entre los fundadores, la historia del surgimiento del Grupo Santa Lucía, un importante espacio de encuentro de miembros de élites venezolanas. Cuando celebró su primera reunión en 1977, en la isla caribeña de la que tomó su nombre, no existía la intención de perpetuarlo. El entusiasmo generado por la exitosa experiencia natal llevó a la periodicidad de sus reuniones.
El Grupo Santa Lucía es, como ha quedado dicho, la sesión de una muestra de élites venezolanas que en lenguaje oficialista serían caracterizadas como mayoritariamente «cuartorrepublicanas» o «escuálidas». Empresarios importantes, políticos, académicos, militares, fueron inicialmente seleccionados porque ya eran decisores clave en Venezuela o porque estarían a punto de serlo. A lo largo de los años han celebrado muy serios eventos de análisis, auxiliados con el aporte de expertos extranjeros o nacionales sobre problemas o tendencias vigentes.
Más allá de esto, ciertas condiciones formales en el diseño del grupo han garantizado su eficacia como organizador de consensos dirigenciales. Entre ésas destacan el que de preferencia se reúne fuera de Venezuela y el que no permite la observación de periodistas.
Que se procure reunirse fuera del país obedece a una sola intención: asegurar el sosiego proclive al análisis, que sería impedido en nuestro territorio por el acoso de secretarias y celulares, con la tentación de ausentarse «por un rato» para atender «asuntos urgentes» si se delibera en sitio demasiado cercano a las oficinas de los asistentes.
Que se proscriba la asistencia de periodistas en tanto tales busca relajar las aprensiones, los pescueceos, los pantalleos y las disensiones rituales que aquejan sobre todo a los políticos de oficio y que parecen hacerse ineludibles en cuanto anda cerca un micrófono o una cámara. De allí que funcionase muy bien un ambiente de discreción, en el que un adeco y un copeyano pudieran expresar acuerdos fundamentales sin que por eso se les tuviera como contemporizadores a la vista de la opinión pública. Sin la presencia de periodistas era posible integrarles a consensos. En público se hubieran visto fatalmente impelidos a disentir.
………
Para tratar el proliferado paralelismo de las iniciativas reseñadas en la parábola anterior, las reglas del Grupo Santa Lucía pudieran convenir grandemente. Debe reconocerse que todas tienen su base, su mérito, su verdad. Algunos protagonistas, corredores de la YMCA, son héroes de cuño reciente pero admirable, otros creen que su excelencia ejecutiva y su valor les legitima de algún modo, o su intransigencia ante el régimen actuante, la prolijidad y dedicación de sus esfuerzos. No hay duda de que entre todos componen una experiencia política o social de magnitud nada despreciable y que, si estuvieran compactados en una sola asociación, pudiera esperarse de tal conjunto un desempeño más poderoso.
Petkoff ha apuntado atinadamente que, si bien el foco debe estar puesto en 2006, hay dos etapas previas que cumplir: las elecciones de munícipes y las de asambleístas. También señala que las probabilidades de presentar una oposición razonable a Chávez en 2006— «retar a la actual hegemonía», para emplear terminología de Smith Perera—quedarían muy disminuidas si las elecciones intermedias resultaren en la previsible caída y mesa limpia a favor del gobierno. Todo el ventajismo gubernamental, todo su estilo de jugador sucio, cada vez más refinado y aprendido, con «morochas» y con «kinos», pudiera conformar una próxima Asamblea Nacional, por ejemplo, tan desequilibrada como lo estuvo la Asamblea Constituyente de 1999, en la que sólo cuatro diputados de oposición disentían—más o menos—de la abrumación oficialista de la época. Eso es una cabeza de estratega funcionando.
Pero ¿qué pudiera pasar si pudiera ejercerse suficiente exigencia sobre los protagonistas del evento YMCA para que, antes de lanzarse por la bajada, consintieran en reunirse con el único propósito, ya no de estructurar un insostenible «movimiento de movimientos», sino de arribar a morochas y kinos unitarios del lado contrario al del gobierno? ¿Si pudieran entender, en un cónclave discreto, protegido de cámaras y micrófonos, tal vez en Aruba o Antigua, que antes que sus legítimas carreras individuales por el poder máximo hayan adquirido dinámicas irreversibles es preciso enseriar el asunto de las dos elecciones de 2005? No se les exigiría un acuerdo para las presidenciales, tan sólo que cooperen todos hacia una unificación de la oferta electoral de este año crucial.
¿Quiénes pudieran conformar presión suficiente para asegurar la nueva convergencia de tan tenaces paralelas? Básicamente, los factores que asignan recursos financieros y espacio comunicacional, grupos que impactan a los líderes—como ciertas peñas influyentes, como ciertas iniciativas reeditables (la vieja idea de Pablo Moser sobre la búsqueda de un «estadista con moto propia», tal como los cazatalentos buscan gerentes), como ciertas ONG’s con peso, como otras instituciones de propósito no político. Si estas organizaciones e instancias, si sus líderes, no piensan competir, entonces pueden exigir la conducta descrita a los pilotos en competencia, y facilitar lo conducente a la realización, en condiciones de Santa Lucía y con la logística requerida, de este concilio de unidad. Ya una vez, cuando la caída de Pérez Jiménez había terminado por considerarse inevitable, pudieron tres grandes líderes—Betancourt, Caldera, Villalba—acordarse en Nueva York, protegidos de la inquisitoria reporteril y las demandas de sus propias militancias.
Reunamos, pues, en monasterio inaccesible a Petkoff, a Machado, a Smith, a Jiménez, a Fernández, a Ramos Allup, a Borges, a Esculpi, a Álvarez, a Cisneros, a Granier, etcétera. Apoyémosles con el juicio de brujos y de expertos: Keller, Gil, Bottome, gente así. Secuestrémoslos como cardenales hasta que puedan salir con el acuerdo operativo que la hora requiere.
………
Tercera parábola: en el hotel El Parque, colindante con el parque Rodó, en un agosto lluvioso de Montevideo, se reunía en 1962 el Congreso Mundial de Pax Romana, la organización cupular que federaba la pareja del Movimiento Internacional de Intelectuales Católicos (los mayores) y el Movimiento Internacional de Estudiantes Católicos (los jóvenes).
En un evento que contó con la presencia de gigantes como Eduardo Frei Montalva, el hasta los momentos líder del movimiento de estudiantes, un lituano que respondía al nombre de Peter Vygantas, resultó elegido Presidente de Pax Romana.
Vygantas optó por imprimir carácter pedagógico a su discurso inaugural como presidente de la organización dual, y básicamente explicó que Pax Romana era cuatro cosas a la vez, cada una de las cuales había surgido de la anterior, en secuencia histórica a partir de la cosa primigenia.
Pax Romana era y había sido, en un comienzo, una idea. Una idea con sentido, convincente, estimulante. La fuerza de la idea era tal que su difusión y comunicación hicieron que apareciera un movimiento, la coalescencia de conciencias diversas sobre el propósito de materializar la idea primaria. Pero este movimiento, para ser eficaz, debió proveerse una organización, y así se estableció para mantener el movimiento inmune a las fuerzas centrípetas de la insatisfacción y la entropía. Finalmente, esta organización produjo un servicio, que llegaba a los militantes del movimiento. Estas cuatro cosas eran, afirmó, Pax Romana.
Desde luego, no dejó de advertir que el servicio debía ser mantenido y prestado a toda costa, pues sin él el movimiento se desencantaría y desagregaría, con lo que su prole, la organización, moriría, y con estos decesos la misma idea procedería a fallecer.
………
No hay duda de que entre los corredores de nuestra carrera YMCA de 2006—los pretendientes al título de contendor o retador democrático de Hugo Chávez—hay gente que sabe de organización. Descuellan entre éstos Roberto Smith, con un impresionante aunque no muy extenso (por su juventud) historial de éxito ejecutivo, y María Corina Machado, pues el logro de Súmate desde 2002 es verdaderamente destacado. En esta misma publicación se asomó su nombre como muy atractiva opción para la Vicepresidencia Ejecutiva de la República, al elogiar su elevación política, expresada en gestos como el de ofrecer los servicios de Súmate al Comando Ayacucho. No hay duda de que entre los operadores políticos de aquel conjunto hay quienes saben arrear movimientos en marchas y manifestaciones de toda índole. Y si se suman a esa trouppe líderes provenientes de ONG’s, también se encontrarían en el grupo actores acostumbrados a la prestación de servicios. Pero ¿hay allí la capacidad para generar la idea? A fin de cuentas, en el esquema de Vygantas nada existe sin la idea. Es la idea la que produce el movimiento, que establece la organización, que presta el servicio.
¿Dónde buscar las ideas? Pues en las cabezas de la gente que se ocupa de producirlas. Parece una verdad de Perogrullo, pero en lo tocante al papel político de las mujeres y hombres de pensamiento gravita un prejuicio de raíces anchas y profundas. Argenis Martínez resumió la cosa así en El Nacional para la campaña de 1998: «La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones».
La situación política nacional no es rutinaria, no es normal. Sería verdaderamente difícil que aun los mejores actores políticos de tipo convencional—curtidos operadores políticos, organizadores excelsos, avezados cultores de la Realpolitik, gente poderosa, servidores altruistas—puedan resolverla.
Es prescripción responsable de esta publicación que se busque ese liderazgo primario y pinacular en dirección distinta de la convencional. Y acá viene al caso rescatar una impresión escrita, hace veinte años, en febrero de 1985: «Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la competencia necesaria, pues, como ha sido dicho, nuestro problema es que los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son aceptables todavía».
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Mar 15, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Dos particulares documentos marcaron el inicio de la dominación de Hugo Chávez Frías en 1999. Uno fue la famosa carta al autóctono terrorista Ramírez Sánchez (El Chacal); el otro la aparentemente incomprensible carta a la Corte Suprema de Justicia, que concluyó «bolivarianamente» con la siguiente y tajante afirmación: «Inmerso en un peligroso escenario de Causas Generales que dominan el planeta (Montesquieu; Darwin), debo confirmar ante la Honorabilísima Corte Suprema de Justicia el Principio de la exclusividad presidencial en la conducción del Estado». Toda una profecía de autocracia.
La alusión a Darwin estuvo precedida por una a Friedrich Ratzel, autor de la teoría geopolítica del «espacio vital» (Lebensraum) de las naciones, a la que eventualmente denominaría un «darwinismo social». (Las ideas de Ratzel fueron empleadas, en su momento, como coartada teórica de Hitler en su parábola expansionista). Chávez, por tanto, explicó muy temprano que a su criterio el asunto político es cuestión de predominio del más fuerte en una lucha por la supervivencia.
En cambio, la referencia a Montesquieu—a quien por ese entonces el presidente venezolano llamaba «Montesquiú»—es un simétrico cierre de la misiva, que justamente había iniciado con la siguiente oración: «Montesquieu evidenció que las verdades no se hacen sentir sino cuando se observa la cadena de causas que las enlaza con otras…»
Esa barroca y ampulosa carta de Chávez a la Corte Suprema de Justicia fue objeto de burla. Se la tuvo por mero intento de aparecer culto y de este modo adquirir algo de respeto. Se la estimó trasnochada, febrilmente escrita por un alucinado que descargaba su paranoia en horas de madrugada en una soledad de La Casona. La verdad es que, más allá de cumplir tan útiles funciones, fue una advertencia milimétricamente esculpida y una admirable síntesis de su programa. El texto completo estará contenido en la Ficha Semanal #38 de doctorpolítico, prevista para la semana que viene. En esta muy breve ficha #37 se reproduce, en cambio, más o menos la mitad de la sección segunda del Libro VIII de El Espíritu de las Leyes, la obra cimera de Charles Louis de La Brède Secondat, Barón de Montesquieu.
Este libro central de la teoría política moderna fue comenzado por Montesquieu en 1743. A su conclusión, fue editado en Ginebra en 1748, en contra de amistosas advertencias que anticipaban represalias contra su autor. En realidad, en su propio país la obra fue recibida con animosidad tanto por parte de oponentes al régimen absolutista de Luis XV como de sus partidarios. Pero el resto de Europa, especialmente Inglaterra, acogió el impar tratado con grandes elogios, que incluso llegó a manifestarse en un aumento de la importación inglesa de los vinos de La Brède. El mismo Montesquieu, ya tenido por fino wit desde la publicación de sus «Cartas Persas», comentó divertidamente: «El éxito de mi libro en ese país contribuyó al éxito de mi vino, aun cuando creo que el éxito de mi vino ha hecho aún más por el éxito de mi libro».
El fragmento escogido para esta edición corresponde al tema «De la Corrupción de los Principios de la Democracia».
LEA
……
Democracia corrupta
En el Banquete de Jenofonte se encuentra una muy vívida descripción de una república en la que el pueblo ha abusado de su igualdad. Cada huésped ofrece a su vez la razón de su satisfacción. «Estoy contento», dice Cámides, «a causa de mi pobreza. Cuando era rico, estaba obligado a hacer la corte a los delatores, pues sabía más probable que me dañaran que ser capaz de dañarles a ellos. Constantemente la república me exigía un nuevo impuesto; y yo no podía excusarme de pagarlo. Desde que me he hecho pobre, he adquirido autoridad; nadie me amenaza; más bien amenazo yo a otros. Puedo ir o quedarme donde quiero. Ya los ricos se yerguen de sus asientos y me ceden el paso. Soy un rey, antes era un esclavo: yo pagaba impuestos a la república, ahora ella me mantiene: ya no tengo temor de perder: en cambio tengo la esperanza de adquirir».
El pueblo cae en este infortunio cuando aquellos en quienes confió, deseosos de esconder su propia corrupción, buscan corromperlo. Para disimular su propia ambición, sólo le hablarán de la grandeza del estado; para esconder su propia avaricia, adularán incesantemente la del pueblo.
La corrupción aumentará entre los corruptores, y también entre los que ya han sido corrompidos. El pueblo se repartirá los dineros públicos y, habiendo añadido la administración de los asuntos a su indolencia, se pronunciará por la mezcla de su pobreza con las diversiones del lujo. Pero con su indolencia y su lujo, no otra cosa que todo el tesoro público podrá satisfacer sus exigencias.
No deberemos sorprendernos de ver sus sufragios entregados por dinero. Es imposible extender grandes liberalidades al pueblo sin al mismo tiempo causarle grandes exacciones: y para abarcar esto el estado debe ser subvertido. Mientras mayores sean las ventajas que parezca derivar de su libertad, más estrechamente se acercará al crítico momento de perderla. Insolentes tiranos se alzarán con todos los vicios de un tirano único. Los pequeños restos de libertad pronto se harán insoportables; un único tirano emergerá, y el pueblo será despojado de todo, incluso de los beneficios de su corrupción.
La democracia, por tanto, tiene dos excesos a evitar—el espíritu de la desigualdad, que conduce a la aristocracia o a la monarquía, y el espíritu de la igualdad extremada, que conduce al poder despótico, este último coronado por la conquista.
Charles Louis de La Brède Secondat, Barón de Montesquieu
intercambios