por Luis Enrique Alcalá | Mar 3, 2005 | Cartas, Política |

Como era de esperar, Hugo Chávez quiso cogerse la toma de posesión del nuevo presidente uruguayo para él. Del discurso inaugural de Tabaré Vásquez, el presidente venezolano dijo que «recogió el sentimiento de los pueblos de América Latina, por lo que me sentí profundamente representado en esas palabras». Y en ausencia de Fidel Castro disfrutó su monopolio de cabeza caliente y aprovechó para advertir una vez más sobre el magnicidio en su contra que el gobierno norteamericano estaría preparando.
Acto seguido, en concordancia con su dilectísimo concepto de «desarrollo endógeno», firmó un acuerdo para que nuestro petróleo—más de 40 mil barriles diarios—asegure exógenas importaciones de carne y leche uruguayas que desplazarán producción venezolana en instantes cuando sostiene que sus expropiaciones e invasiones lo que quieren lograr es revitalizar nuestro agro.
Como ha sido dicho en otras ocasiones en esta carta, más de una cosa de las que Chávez dice en medio de su irresponsabilidad y bufonería generales, son razonables. Por ejemplo, que pareciera ser preferible un mundo organizado políticamente según una multipolaridad de grandes bloques antes que un diseño hegemónico encabezado por George W. Bush. Entonces tiene sentido la exploración de una integración política sudamericana sin tener que esperar que se complete una integración económica en la que hemos consumido medio siglo sin progreso demasiado notable.
Tal cosa fue incluso, en su momento, recomendación expresa de Milton Friedman—insospechable de emeverrismo—a los europeos. El 2 de agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta—hasta difícil—aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda hacia 1999. Al mes siguiente Friedman, el Premio Nóbel de Economía y líder de la llamada escuela monetarista de Chicago, se expresaba en los términos siguientes: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso». (Entrevista en la revista L’Espresso, 26 de septiembre de 1993)».
De modo que hay verdades en los discursos de Chávez, aunque nunca originales, sino evidentes lugares comunes como dispersos islotes de sensatez en un océano de dislates, falsificaciones y manipulaciones, apartando las inconveniencias. Porque, por ejemplo, el discurso inaugural de Tabaré Vásquez en la Presidencia de Uruguay dista muchísimo de ser un endoso de las posturas de Chávez.
Para empezar, Vásquez, que escogió referirse explícitamente por sus nombres a—por orden de aparición—Líber Seregni, el digno general uruguayo; a Carl Sagan, el astrofísico norteamericano; a Artigas, por supuesto; a Lula, a Fernando Henrique Cardoso, al ex presidente Batlle, su propio predecesor; a Jorge Drexler, el cantante uruguayo ganador de un Oscar; a Gonzalo Fernández, su Secretario de la Presidencia; a la nuera del poeta Gelman, a Zelmar Michelini y a Gutiérrez Ruiz; a todos elogiosamente, jamás pronunció la palabra Hugo, ni tampoco Rafael, ni nombró a Chávez, ni siquiera dijo Frías. Prefirió decir: «y de Venezuela, contamos con el apoyo de su Presidente, con quien en el día de mañana estaremos firmando un acuerdo por el que intercambiaremos producto que vendrá de Venezuela por alimentos, servicios e inteligencia que dará el pueblo uruguayo».
Y no es que no nos guste el queso uruguayo, que es bastante bueno, ni que rechacemos los servicios uruguayos, que son eficaces, ni queramos prescindir de la inteligencia uruguaya, que en más de un caso es superlativa. El punto es que en sus afanes épicos Chávez refuerza y atornilla el modelo que por tanto tiempo ha regido a Venezuela: desangrar su no renovable subsuelo para vivir de importaciones, las que, según la enumeración de Vásquez son, ya dos de tres, valor agregado de Tercera Ola—servicios e inteligencia—contra la más primitiva de las economías: la extractiva. Sembrar nuestro petróleo, pero afuera. Eso es lo que Chávez llama endógeno.
Vásquez también denunció hoy, en la firma de los acuerdos con Venezuela, no con Hugo Chávez Frías, que en el continente «ha habido intenciones imperialistas. Hay, hubo y seguramente habrá intenciones de extender ese imperio y lograr una hegemonía total». Mas se apresuró a moderar esa apreciación del siguiente modo: «Pero también, lamentablemente, debemos reconocer que aquí en Latinoamérica fuimos incapaces de llevar adelante un proyecto latinoamericano, para todos los latinoamericanos, que defendiera nuestra gente, nuestra riqueza, que lograra calidad de vida para todos sus habitantes».
En cambio, en Venezuela, para combatir la pretensión hegemónica norteña, Chávez implanta su propia hegemonía, y pretende llevarla por todo el continente, hasta la descortesía de distraer la merecida celebración uruguaya de su nuevo presidente con su propio espectáculo proselitista, en pantalla gigante y todo.
Es muy distinto un Chávez mezquino, despreciando las innumerables cosas buenas que hemos hecho los venezolanos antes que él llegase como nuestro castigo—por unas cuantas bastante malas que también hicimos—de un espíritu como el de Vásquez, que pudo decir sin el menor sonrojo: «Este país dio mucho, el Uruguay dio mucho, pero estoy seguro, absolutamente seguro que tiene aún mucho más para dar. Cuando repaso mi propia vida, desde mi niñez en un barrio obrero, pasando por mi juventud con estudio y trabajo, el ejercicio de mi profesión, la actividad docente, las responsabilidades políticas e institucionales hasta llegar al cargo que hoy asumo, me reafirmo en la convicción que el Uruguay dio mucho, tiene mucho para dar y puede y debe hacerlo. Que todos los niños y todos los jóvenes y todas las mujeres y todos los hombres de este Uruguay tengamos las mismas posibilidades de llevar adelante una vida digna».
Y también reconoció: «Es verdad, claro que es verdad que estamos mejor que en el 2002, pero aún ni siquiera hemos alcanzado el nivel de 1998 que no fue espectacular ni mucho menos. Nadie puede decir que en 1998 tirábamos manteca al techo y todavía no hemos podido llegar a ese nivel. Si estamos mejor es gracias al esfuerzo de todos los uruguayos. Quien diga que ante la crisis del 2002 el gobierno hizo lo que tenía que hacer, ha de reconocer también que cientos de miles de uruguayos, los más pobres como siempre, hicieron mucho más de lo que tenían y podían hacer. Si la crisis no fue más grave aún, es porque la sociedad uruguaya en su conjunto la enfrentó con lealtad institucional, compromiso democrático y sacrificio, mucho sacrificio. Los actuales indicadores, y esto también es cierto y lo debemos tener presente, son auspiciosos».
Y todavía dijo, con magnanimidad inaccesible a nuestro Presidente: «Abrimos caminos de participación, de respeto, de tolerancia, dialogamos con todas las fuerzas políticas, con sus principales dirigentes, y logramos un acuerdo político para iniciar quizás el camino de política de Estado en temas tan importantes como Educación, Economía y Política Exterior. Y participaron nuestros partidos tradicionales, gloriosos partidos tradicionales, históricos partidos tradicionales, participó también el Partido Independiente y participó nuestro querido Frente Amplio-Encuentro Progresista/Nueva Mayoría».
Sería tarea realmente prolija un contraste exhaustivo de los puntos ópticos de Vásquez y Chávez. Por más que sus nombres se parezcan, poquísimas cosas los identifican. Sólo por citar un punto más, esta vez sobre un detalle de método democrático de gobierno. Tabaré Vásquez ha avisado, en su primer discurso como Presidente de la República Oriental del Uruguay que, para asuntos de defensa, remitirá al Congreso de su país un proyecto de ley que «modifique
la calidad excluyente de militar en actividad para el único cargo de confianza política del Ministerio».
¿Tabaré? Dame dos.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Mar 3, 2005 | LEA, Política |

¡Bingo! Eso habrá gritado Jesse Chacón al serle confirmada la noticia de la detención de Carlos Ortega, el más connotado líder del paro de fines de 2002 y comienzos de 2003 contra el gobierno de Hugo Chávez. Ortega, con una apariencia maquillada—pelo y bigotes teñidos de negro—que le asemeja extraordinariamente a Josef Stalin joven, fue apresado a las afueras de una casa de juegos de la urbanización Bello Monte de Caracas.
Versiones encontradas, como es habitual con las detenciones practicadas por el régimen, circulan acerca de los motivos de la presencia de Ortega en los predios del establecimiento de envite y azar. (Ya cierta prensa asegura que, minutos antes de su detención, el nuevo preso de Chávez-Chacón acababa de hacer una apuesta por tres millones de bolívares). Lo que parece cierto es que el líder sindical, a quien se le incautó una cédula de identidad y una licencia de conducir con nombre falso, habitaba desde hacía más o menos un año en una quinta de la misma urbanización.
Es de esperar que sobre Carlos Ortega caiga todo lo que el gobierno pueda encontrar para achacarle, lo que seguramente incluirá aquella conversación grabada no mucho antes del 11 de abril, en la que el ahora detenido solicitaba apoyo e instrucciones a Carlos Andrés Pérez y en la que éste le recomendaba que se pusiera de acuerdo con Pedro Carmona Estanga. Más recientemente, y después del fracaso del paro y el referendo revocatorio, Ortega coincidía con apreciación de Pérez: que a Chávez no puede deponérsele por métodos democráticos y por consiguiente habría que ejercer la violencia contra él. Si Ortega no ha mudado de opinión, es entonces difícil imaginar que tiene un año de incógnito en el país por pura nostalgia del terruño o con el exclusivo propósito de jugar al bingo. Algo andaría preparando.
Vendrán, por supuesto, nuevas detenciones y allanamientos relacionados con el caso. Hasta los momentos ha sido allanada la quinta que ocupaba Ortega, pero aparte de algunos diskettes de computadora, lo encontrado allí, según reporta la policía «científica», es un somero arsenal de maquillaje teatral: peluquines, bigotes postizos, tinte capilar. Algo así como los cachitos de jamón de la finca Daktari.
Pero alguien financiaba la temporada irregular de Ortega en Venezuela. Alguien ha debido saber de su presencia en el país. (Hay fotos que le ubicaban en la autopista Francisco Fajardo en la concentración de cierre de la campaña revocatoria en agosto del año pasado). Aparte de la previsible vindicta en su contra, fariseando justicia que no se administró a los sueltos matarifes de Puente Llaguno; aparte del ensañamiento y la torpeza esperada por parte de una Fiscalía más bien chimba (cuyas chambonadas pasan por alto habitualmente muchos de los tribunales de la República), será interesante averiguar qué es lo que Carlos Ortega estaba haciendo en el país.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Mar 1, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
A Yehezkel Dror debo, desde 1975, el haber trabado conocimiento del pensamiento de Stafford Beer, el más grande de los cibernetistas ingleses, y a quien el padre de la cibernética—el arte del control y la comunicación en el hombre y la máquina—Norbert Wiener, consideró a su vez el padre de la «cibernética gerencial»: el arte de establecer una organización eficaz.
Viniendo de Wiener, esa caracterización era un elogio harto honroso, puesto que el viejo maestro fue un coloso entre gigantes del novísimo campo conceptual del siglo veinte, fundamento teórico, entre otras cosas, de la ciencia de la computación.
Beer imitó a Wiener en al menos un aspecto: en tanto protector y promotor de jóvenes talentos. Durante largo tiempo fue asesor principalísimo de la industria siderúrgica inglesa. Y luego fundó la primera empresa de consultoría cibernética. Después presidiría por varios años la Sociedad Inglesa de Investigación Operacional. (Operations Research).
Dror me había regalado una muy fresca copia del libro de Beer que se llamó Platform for Change (Wiley, 1975), una colección de sus más sugestivos artículos y conferencias. En alguno de ellos, recuerdo, sostenía que la perenne polémica entre centralización y descentralización era una falsa disyuntiva, puesto que el examen de cualquier organismo biológico viable revela que en él coexisten en perfecta armonía procesos centralizados y procesos descentralizados.
Beer, nacido en Inglaterra en 1926 y fallecido en 2002, llegó a asesorar al gobierno de Salvador Allende sobre sistemas cibernéticos de gobierno, los que por razones obvias nunca llegaron a madurar. Pero también prestó después su consejo técnico, y no poco romántico, a los gobiernos de Colombia y Venezuela.
La Ficha Semanal #35 de doctorpolítico se compone de la primera parte—la menos técnica—de un trabajo de Beer bajo el nombre de Un Mundo Atormentado, escrito en 1992, el año de un fallido golpe de Estado en Venezuela y del Quinto Centenario del primer viaje de Cristóbal Colón. Dos términos técnicos que ocurren en el texto requieren explicación. Una «variable coenética», en la actividad de modelaje de sistemas, se refiere a una variable que modifica no sólo al sistema como tal, sino también al ambiente en el que éste está inmerso. La Ley de Variedad Requerida (Law of Requisite Variety) fue formulada por Ross Ashby, otro de los tempranos mentores y admiradores de Beer. La ley en cuestión establece: «Mientras mayor sea la variedad de acciones disponibles en un sistema de control, mayor será la variedad de perturbaciones que será capaz de compensar».
LEA
……
Un mundo atormentado
MUNDO ATORMENTADO: UN TIEMPO AL QUE LE LLEGARÁ SU IDEA
Uno recuerda el comienzo de la humanidad, Nuestros primeros padres fueron muy rápidos para meterse en líos. Fueron expulsados del jardín del Edén. Entiendo que Adán tomó la mano de Eva y le dijo: «Querida, estamos viviendo una época de transición».
Quizás la gente siempre se haya sentido así. Ciertamente nos sentimos así hoy en día. ¿Ha tratado usted alguna vez de enumerar los componentes del cambio contemporáneo? Es bastante fácil citar las maravillas de la ciencia y la tecnología modernas—cómo el computador, y la televisión y la ciencia médica han cambiado nuestras vidas. Si uno empieza con tales asuntos, surge la «profunda intuición» de observar que ha habido un cambio en la rata de cambio. Pero eso era obvio hace ya veinte o treinta años, puesto que yo escribía entonces libros sobre eso.
Componentes del Cambio Contemporáneo
Hoy en día mi lista es diferente. En el primer lugar coloco el espectacular avance de la miseria humana. En mi estimación más seres humanos que nunca antes soportan hoy esa agonía; la cantidad pudiera ser mayor que la suma de sufrientes a lo largo de toda la historia. Me refiero a inanición y epidemias; a la guerra y el terrorismo; a la privación, la explotación y la tortura. Reitero el término agonía; no estoy hablando de «tiempos difíciles».
El segundo lugar de mi lista lo ocupa el colapso de la civilización que hemos conocido a lo largo de nuestra vida. Estamos viendo los escombros que quedan de dos imperios adversarios. El comunismo soviético ha aceptado su fallecimiento; el capitalismo occidental todavía no lo acepta. Pero no estoy haciendo un pronóstico. Estoy examinando los hechos que tenemos ante las narices.
A causa de una tal «corrección política», ya nadie habla de la explotación de la naturaleza o los pueblos indígenas. En lugar de esto hablan de «desarrollo sustentable», pero tal cosa no existe. No sólo es que el desarrollo no puede sostenerse; incluso la trabazón existente ya no puede ser sostenida por más tiempo.
Estas dos espectaculares transiciones, la agonía humana y el colapso societal, están conectadas—no solamente al nivel fenomenológico, sino en su etiología. No es creíble que la gente prefiera vivir bajo estas condiciones gemelas. Se sigue que estamos siendo gobernados por una oligarquía, por los pocos; es una oligarquía de poder, codicia y terror. Estamos cegados ante eso del modo más extraordinario. Para considerar el ejemplo principal: ninguno de los fenómenos que he mencionado tendría su actual forma virulenta si no hubiesen modernos armamentos poderosos.
Siempre se consigue pacifistas por allí, gracias a Dios. Pero muchos amigos me dicen que el pacifismo no puede funcionar en la práctica. Que no me digan esto a mí, que pude escuchar en persona a Gandhi hablando. No es por nada que su vocablo sánscrito ahimsa es traducido tan negativamente como «no violencia»: su complemento, satyagraha, no es en absoluto comprendido en Occidente. Significa «atenerse a la verdad». Ahimsa no implica falta de compromiso o carencia de contacto fuerte. Pero ninguna plataforma política seria ha propuesto que se considere ilegal la manufactura de armamentos. Por lo contrario, esta fabricación es esencial a la conducta de la actual economía del mundo, y es el principal instrumento de una vicaria política exterior de parte de quienes la controlan.
La Aproximación Diagnóstica de la Cibernética Gerencial
¿Qué podemos decir sobre la gerencia que procrea este desastroso desorden? Sin saltar a teorías de conspiración, o citar las actividades ilegales que ahora constituyen la más grande industria del mundo, al menos podemos decir que la humanidad maneja ahora sus propios asuntos con una incompetencia sorprendente. Esto no fue siempre así. Las pequeñas tribus se manejaban en verdad muy bien, sin la destrucción de su hábitat. Algo ha estado ocurriendo, parece al menos en parte, en relación con la escala. ¿Por qué tendría la escala que establecer una diferencia?
Mirémoslo del siguiente modo. La cantidad de relaciones internas al interior de un sistema complejo crece exponencialmente a la par del crecimiento lineal del sistema. Y gracias a la creciente complejidad en las relaciones detectables entre los elementos sistémicos mismos, inducida por las tecnologías superiores, hemos estado asistiendo a una explosión de variedad en la que la función exponencial es ella misma un exponente. Después de siglos de cabalgar a lomo de caballo, hemos logrado velocidades de 44.800 kilómetros por hora: la velocidad de salida. Cada uno de nosotros conoce el dramático cambio en la rata de cambio en computación—del ábaco al chip. Y por encima de todo, la explosión poblacional parece ser hiperbólica, no digamos exponencial.
La variedad, la medida de la complejidad del sistema que debemos manejar es un nuevo universo de galaxias, comparado con el simple sistema solar del comienzo de la revolución industrial. Todo esto ha ocurrido en escasos doscientos años. Y con seguridad esta revolución ha sido, en términos cibernéticos, la variable coenética con la que podemos registrar el cambio sistémico en la tecnología, la economía y también el orden social en ese período.
¿Qué puede decir el cibernetista, habiendo reconocido la variable coenética, respecto de, digamos, la gerencia de esta explosiva transición, que es más que la suma de los análisis relativamente aislados de la gerencia del cambio tecnológico, económico y societal? Primero que nada, que el cerebro no ha cambiado en este tiempo. Sigue siendo, como descubrió McCulloch, un computador electro-químico de kilo y medio que funciona a base de glucosa a 25 vatios. Aun así, tiene un muy grande número de elementos: 10 mil millones de neuronas, ciertamente. Para la época, es decir, para los años cincuenta, eso sonaba como mucho. ¿Pero ahora? Eso es sólo 10 gigabytes. Los computadores, si no los cerebros, pueden manejar algo así.
Pero he aquí el problema. Para programar un computador se necesita un modelo. Y los modelos son provistos por cerebros. Los modelos son necesariamente atenuadores de una masiva variedad, puesto que seleccionan sólo aquellos aspectos del mundo que son relevantes para el propósito del modelo. Peor aún, los modelos adoptados no son los mejores que podemos proveer: son modelos consensuales puestos en sitio y compactados por las ideologías. Y una ideología es un instrumento de verdaderamente muy baja variedad. Vastos textos de filosofía política, desde Grecia antigua, han sido estudiados en conjunto por los teóricos del comunismo como del capitalismo; pero las ideologías a las que las dos superpotencias convocaban a sus seguidores atenuaban esta variedad de formas diversas. Han tenido en común lo siguiente: ninguna tenía la Variedad Requerida (definida por la ley de Ashby) para la gestión. Ambas son, por tanto, gerencialmente disfuncionales. Y ninguna funciona. Para el analista político los dos sistemas de gestión son muy diferentes, y para el político totalmente opuestos. Ningún lado ha tenido el menor escrúpulo para imputar juicios morales, y sus seguidores han estado encantados con eso. Han emprendido guerras frías y calientes por tal cosa. Para el cibernetista, paradójicamente, es en gran medida el mismo proceso en ambos casos. En pocas palabras, se trata de una disfuncional centralización excesiva.
Stafford Beer
por Luis Enrique Alcalá | Feb 24, 2005 | Cartas, Política |

Cuando culminaba la terrible experiencia de la Primera Guerra Mundial, que dejó un saldo de 9 millones de muertos tan sólo entre los militares, el campeón de una organización mundial que tuviera por propósito erradicar la peste de la guerra entre las naciones civilizadas fue, sin que quepa duda, el muy interesante y apasionado presidente norteamericano Woodrow Wilson. Los famosos Catorce Puntos de Wilson llevaron algo de racionalidad al manejo de las espantosas secuencias de la conflagración de cuatro años, y su cruzada evangelizadora culminó en la constitución de la precursora de nuestras Naciones Unidas de hoy, la Sociedad de Naciones. Lo irónico del asunto fue que los propios Estados Unidos de Norteamérica, concretamente su Congreso, se negaron a refrendar el tratado de creación de la sociedad, con lo que el atormentado Wilson, que terminara sus días en medio de graves desarreglos mentales, quedó totalmente en ridículo.
A poco menos de un siglo de aquella iniciativa, que no pudo impedir una guerra aun más espantosa—50 millones de muertos en seis años de lucha demencial—una vez más la más grande potencia del mundo, la única superpotencia (hasta que China la alcance y la supere) se niega a suscribir un pacto de crucial importancia para el destino de la humanidad entera: el Protocolo de Kyoto. Diseñado para dar pasos eficaces en la reducción de emisiones contaminantes que puedan reducir la vulnerabilidad del clima planetario, el Protocolo de Kyoto fue formulado en la ciudad japonesa que le dio su nombre en diciembre de 1997.
El documento final (11 de diciembre) se inscribía dentro de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, aprobada en Nueva York el 9 de mayo de 1992. Los países signatarios del acuerdo se comprometen a poner en práctica medidas eficaces «con miras a reducir el total de sus emisiones de esos gases a un nivel inferior en no menos de 5% al de 1990 en el período de compromiso comprendido entre el año 2008 y el 2012». Y también se comprometieron a «poder demostrar para el año 2005 un avance concreto en el cumplimiento de sus compromisos contraídos en virtud del presente Protocolo».
Es ese compromiso el que la nación que genera mayor contaminación en el mundo no quiere asumir. «Ecología no, economía sí» ha sido eslogan más o menos manifiesto de la administración Bush, la que tan recientemente como la semana pasada—al iniciarse el año de rendición de cuentas prevista en el convenio—ha reiterado lo que llama su postura oficial: que la climatología es una ciencia incierta, razón por la cual no puede adherirse a un protocolo cuyas premisas científicas están sujetas a incertidumbre. Así despacha los reclamos mundiales para que asuman su responsabilidad.
Pero hace exactamente seis días que científicos norteamericanos han aseverado con base sólida que no hay tal incertidumbre, por lo menos en lo que respecta al problema del calentamiento mundial. El viernes de la semana pasada un equipo de investigadores del clima en los Estados Unidos ofreció contundente evidencia de que el calentamiento global debe ser atribuido a actividades humanas, antes que a fluctuaciones climáticas naturales o a variaciones en la actividad volcánica o solar.
Los científicos en cuestión pertenecen a la Institución Scripps de Oceanografía de California, que han trabajado durante años con colegas del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore en el análisis de los efectos del calentamiento global sobre los océanos, según nota publicada el 18 de febrero en el Financial Times de Londres. Los investigadores combinaron la simulación en modelos computarizados con millones de lecturas de temperatura y salinidad en todo el mundo y a diferentes profundidades a lo largo de cinco décadas. No se trata, pues, de una improvisación de última hora.
Las conclusiones del largo estudio fueron adelantadas ante la Asociación Norteamericana para el Avance de la Ciencia reunida en Washington, y fueron esencialmente muy incómodas noticias: el calentamiento de los océanos, sostuvieron los investigadores, sólo ha podido producirse por la acumulación de dióxido de carbono producido por el hombre en la atmósfera. Los factores no humanos hubieran producido resultados marcadamente diferentes.
El líder del proyecto en Scripps, Timothy Barnett, destacó que los anteriores intentos de demostrar que el calentamiento global reciente se debe a la actividad humana fijaron su atención sobre cambios evidenciables en la atmósfera, lo que no resulta tan buena idea si se toma en cuenta que el noventa por ciento de la energía implicada en el calentamiento ha sido absorbida por los océanos, no por la atmósfera. Es en los mares donde la evidencia debía ser buscada.
Barnett dijo con el mayor aplomo que ninguna persona racional podía seguir negando la verdad del calentamiento, y en advertencia de mayor militancia emplazó al gobierno norteamericano a revertir su rechazo a suscribir el protocolo de Kyoto que por esos días entraba en vigencia.
¿Qué efectos previsibles puede tener el calentamiento que ya no puede seguir ocultándose? Bueno, el calentamiento planetario ejercería un impacto negativo sobre los suministros de agua en diversas regiones, los que se verían severamente disminuidos durante el verano en lugares que dependan de ríos alimentados por la fusión de nieve invernal y de glaciares como los de China occidental o los de los Andes. (Aquí mismo, pues).
O, por ejemplo, tómese el caso de las reacciones observadas al norte del Atlántico. Ruth Curry, del Instituto Oceanográfico Woods Hole en Massachussets reportó en la misma conferencia cómo más de 20.000 kilómetros cúbicos de agua fresca se han añadido en los últimos cuarenta años al Atlántico norte como consecuencia del derretimiento de las capas de hielo en el Ártico y en Groenlandia. Este inconveniente fenómeno altera drásticamente la salinidad de esta agua y amenaza con anular la correa transportadora oceánica que transfiere calor desde los trópicos mediante corrientes como la del Golfo de México. De continuar el deletéreo proceso, las temperaturas invernales al norte de Europa pueden experimentar un descenso considerable, haciendo sus fines de año aun más inclementes.
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¿Puede Venezuela considerarse inmune a estos cataclismos en cámara lenta? ¿No es la evidente alteración de nuestro clima una constatación de que estamos en el mismo barco? Ya no puede hablarse con propiedad de una estación seca que comenzaba a mediados de octubre y concluía en abril. Nuestras locales nociones de «invierno» y «verano» ya no tienen mucho sentido, sobre todo si nuestros diciembres y eneros tienden ahora a ser calamitosos a causa de una pluviosidad que desencadena inundaciones extensas y letales deslaves, con astronómico costo.
Ciertamente, nosotros mismos hemos contribuido con nuestros problemas. Las deforestaciones masivas en pro de una urbanización descontrolada y precaria han alterado nuestros microclimas. No es tan viejo el suscrito como para olvidar que mientras esperaba el autobús escolar que le llevaría a clases de educación primaria observaba neblina y rocío hoy desaparecidos de la Plaza de Las Delicias de Sabana Grande. Ciertamente, el gobierno actual ha sido negligente en la previsión de acontecimientos tan graves y desastrosos como los de 1999 y 2005. Pero la gran culpa del peligrosísimo cambio climático debe anotarse al efecto acumulado de la actividad industrial y transportadora, de la deforestación indiscriminada, de la urbanización desbocada, en las que los grandes países industrializados tienen la mayor cuota de responsabilidad. No en vano un Chávez impuntual e inmaduro disparó un dardo en esa dirección. La verdad, como dijo Santo Tomás de Aquino, se encuentra en todas partes, aun en boca de un gobernante tan alucinado como el nuestro.
Rusia se ha adherido al Protocolo de Kyoto; el gobierno de Lula ha asomado en estos días un nuevo esquema «privatizador» de la Amazonia con el que espera proteger mejor el ecosistema crucial que produce la mitad del oxígeno del planeta. ¿Qué están esperando los Estados Unidos, cuyos propios científicos le han despojado de su coartada? ¿Qué estamos esperando nosotros aquí en Venezuela?
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Feb 24, 2005 | LEA, Política |

Varias iniciativas recientes, conmovedoras algunas, ineficaces todas, buscan establecer nuevas organizaciones políticas con la intención de ofrecer competencia significativa a la hegemonía totalitaria del chavismo. Mientras el gobierno continúa desenfrenado, damnificando a los habitantes de Villa Hermosa para, supuestamente, resolver la tragedia de los damnificados por las recientes lluvias—habría que ver si Juan Barreto vive en algún sitio rodeado de los «pobres» que dice defender—mientras reglamentos ilegales e inconstitucionales pretenden descoser las atribuciones del Consejo Nacional de Universidades, mientras la podrida Fiscalía General procura transferir su culpa extorsionadora a acuciosos pero incómodos periodistas, más de un venezolano con vocación pública se ha ocupado con la fundación de nuevas formaciones partidistas.
Así, por ejemplo, el general Alfonso Martínez ha creído que basta su condición de víctima famosa para liderar un movimiento que generosamente ha puesto a la orden, como plataforma para quienes quieran pelear contra candidaturas chavistas en las inminentes elecciones de este año
Así, por ejemplo, otra víctima prestigiosa, Tulio Álvarez, encabeza una fundación para «la «resistencia» y ofrece a «quienes querían calle» una enésima marcha de protesta dentro de la escuálida zona que va desde el Centro Lido hasta la Plaza Brión de Chacaíto—territorio nada popular pero convenientemente situado dentro del municipio de Leopoldo López—a ver si logra emerger como el líder que pueda candidatearse contra Chávez en 2006.
Así, por ejemplo, un gastado Luis Manuel Esculpi aparece como la cabeza de una Izquierda Democrática que no dice nada nuevo, que no aporta la «diferencia específica» que los mercadólogos exigen en un producto que pueda posicionarse con ventaja ante una competencia que carecería de ella.
Son líderes gastados, protagonistas de luchas infructuosas, estratégicamente equivocadas y que no levantarán apoyo suficiente porque no tienen lo que se necesita. Esculpi, por caso, estuvo con el MAS que decidió apoyar a Chávez en 1998, ante reiteradas y clarísimas advertencias en contrario de Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez. Luego fundó el partido Unión aceptando la jefatura de Francisco Arias Cárdenas, para darse cuenta, sólo después del inútil referendo revocatorio, que ese otro comandante golpista como que se estaba acercando demasiado al gobierno. ¿Son cabezas como ésa las que pueden proporcionar claridad estratégica y consistencia política a la amplia población que desea una cosa distinta de la dominación totalitaria que todos los días inventa alguna ocurrencia de populismo socialista?
Por fortuna, hay otros focos en hervor, y en algunos pareciera haber elementos que distinguirían su enfoque del prevaleciente en los casos mencionados. Sólo una verdadera voluntad de hacer algo distinto pudiera ahorrarles el destino insignificante de tan pobres iniciativas.
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