CS #165 – Oscuridad doméstica

Cartas

Si se quisiera tomar una fotografía al mundo de hoy es seguro que saldría movida. Mucha cosa pasa en estos días en todas partes. Una mera enumeración exhaustiva agotaría el espacio habitual de esta publicación, pero piénsese en el arresto «alcapónico» de Augusto Pinochet, por asunto impositivo y no por los asesinatos que ordenara (unas 165 cuentas tiene el ex dictador en los Estados Unidos solamente, y en una sola guarda unos 8 millones de dólares); piénsese en el cambio de mando en Alemania, con el laborioso trabajo que debió hacer Angela Merkel para constituir gobierno antes de salir de inmediato a Francia e Inglaterra y dejar sentado así que lo exterior será prioritario durante su mandato; o en la renuncia de Ariel Sharon a su partido para formar uno centrista, propio, que le apoye en su agenda para la liberación de Palestina; o en el revuelo causado por Lord Goldsmith al amenazar a la prensa inglesa con la Ley de Secretos Oficiales, porque se hubiera publicado parte de una conversación entre Tony Blair y George Bush (de abril del año pasado), en la que este último sugiere el bombardeo de al Jazeera, la red árabe de televisión; o en la agitación vaticana por la inminente emisión de un instructivo sobre la admisibilidad de homosexuales en seminarios de formación sacerdotal (quienes hayan tenido bajo control célibe, durante tres años, su concupiscencia homosexual, podrían ser admitidos). El mundo, pues, eppur si muove.

Nuestro gobierno nacional, por su parte, se ocupa mucho más de la dimensión internacional que de atender problemas venezolanos. En un nuevo Pacto de Punto Fijo—que no de Tiro Fijo—Hugo Chávez acordará con Álvaro Uribe Vélez acelerar el proyecto de gasoducto (primera fase de un poliducto con vocación pacífica, esto es, asiática, esto es, china) entre el Complejo Refinador de Paraguaná y Punta Ballenas en la Goajira colombiana. Ambos mandatarios van a la reelección el año que viene, por lo que tendrán que tolerarse por más tiempo, de ser exitosos, a pesar de ser, en gran medida, polos opuestos. (Alí Rodríguez, tan ocupado con el impasse entre Chávez y Vicente Fox, califica el encuentro de hoy como «la continuación de una positiva y cada vez mejor relación entre los dos países». Así lo demostraría la denegación definitiva, por parte de Uribe, del asilo de militares venezolanos acusados por golpistas, entre quienes se encuentran el vicealmirante Héctor Ramírez Pérez y el coronel aviador Silvino Bustillos). A pesar de que el asunto del ALCA y la proximidad diplomática con los Estados Unidos parecían haber rasgado a Suramérica de arriba abajo—una cuenca pacífica pro norteamericana, una atlántica en contra—las recientes debilidades (domésticas e internacionales) de George Bush han hecho mella en la negociación andina de un tratado de libre comercio con la potencia norteña, al punto de haberse detenido ayer las conversaciones, que han sido pospuestas para el año que viene. Uribe está leyendo las encuestas, que reflejan un descenso de su aprobación popular respecto de esa integración andino-estadounidense. Por otra parte, a pesar de que Venezuela, en vísperas de ser admitida como miembro pleno de MERCOSUR, ha expresado su desprecio por la Comunidad Andina de Naciones (que en estos momentos preside pro tempore), la realidad del tráfico fronterizo, sea comercial o de contrabando, impide que Colombia arriesgue una mala relación con su vecino oriental, por más pro norteamericano que Uribe pueda ser.

Antes ha recibido el presidente venezolano, sin embargo, al argentino, Néstor Kirchner, que vino a cobrar la entrada de Venezuela al MERCOSUR, que no es nada barata. El gasoducto entre Venezuela y Colombia es un enano comparado con el que pretende establecerse entre Venezuela y Argentina, de doce mil kilómetros de longitud; nuestro país comprará 300 millones de dólares adicionales de bonos de la deuda argentina (ya había adquirido casi mil millones); enviará al sur cinco millones anuales de barriles de gasoil que cobrará en transferencias tecnológicas agropecuarias. El billete de acceso al pacto económico de Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, se paga generosamente, sobre todo cuando la visita misma de Kirchner es una señal favorable a Chávez a poco de su espectáculo en Mar del Plata y su diatriba con Fox. El presidente argentino no puede ignorar este efecto.

Pero la magnanimidad de Chávez no se limita a la punta inferior de América del Sur. En sorprendente—aunque anunciada—movida, CITGO ha ofrecido hasta doce millones de galones de combustible para calefacción destinados a los sectores pobres de Boston y Nueva York ¡con un 40% de descuento sobre los precios de mercado! La astuta oferta, oportuna ante el inmediato invierno, es no sólo una bofetada más al gobierno de Bush, sino que pone presión a las firmas petroleras norteamericanas, que en medio de sus extraordinarias ganancias por causa de los altos precios del petróleo, no han tenido un gesto similar. El director del Consejo de Asuntos Hemisféricos con sede en Washington, Larry Birns, considera muy difícil una retaliación de la Casa Blanca porque Chávez ofrezca mantener a la gente pobre protegida del invierno, y califica la estrategia de éste como «bastante brillante».

Y todavía tendrá tiempo Chávez de ocuparse de las elecciones bolivianas. Tal vez intentando copiar la actuación de Vicente Fox, el principal opositor de Evo Morales (que ahora puntea las encuestas con 33%), Jorge Quiroga, ha hecho abiertas críticas a Chávez. El encargado de negocios de Venezuela en La Paz, Azael Valero, decidió reconvenir a Quiroga por sus evaluaciones negativas del presidente venezolano, y tal cosa produjo la citación de Valero a la cancillería de Bolivia para que escuche la lectura de la cartilla: «El Ministerio de Relaciones Exteriores comunica que considera ese hecho como una clara injerencia en asuntos internos que no competen a un representante diplomático extranjero en nuestro país», indicó sin ambages un comunicado boliviano. Más o menos de lo mismo que se acusa al embajador Villegas, recién traído de México para declarar ante la Asamblea Nacional que no ha interferido en la política interna mexicana, sin haber convencido.

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Hace nada ha fallecido en Caracas el muy notable personaje Don José Antonio Giacopini Zárraga, cuyas particularísimas dotes lo distinguieron entre muchos venezolanos. Tal vez su más notable peculiaridad era su asombrosa memoria, desde la que disertaba con igual riqueza de detalles y propiedad acerca de historia militar y política de Venezuela, su secuencia constitucional, las dinastías y sectas religiosas del Cercano Oriente, los caballos de paso, las armas, el petróleo, la geografía o las alfombras persas. Fue un hombre excepcional, de preclaro pensamiento y paciente tino pedagógico. No escribió nunca, y por tal cosa se ha perdido su memoria. Más de una vez se le propuso que permitiera registrar magnetofónicamente sus impares disertaciones, y consintió en ello para un libro de apuntes de historia petrolera de Venezuela, en la que era experto. Porque la charla de Don José tenía una desusada cualidad: si se transcribía cualquier cosa que dijera ante auditorios nutridos o a un solo y afortunado interlocutor, el texto resultante venía con comas y puntos y puntos y comas, con signos de admiración e interrogación, con puntuación completa, precisa y clarísima, tan perfecta era la construcción de sus oraciones. Es el mismo rasgo distintivo de la palabra de otro venezolano excepcional, el maestro José Antonio Abreu, su tocayo. Una conferencia del Dr. Abreu, expresiva como pocas, sin apuntes, pareciera leída de un perfecto y cabal texto escrito.

Así hay cabezas venezolanas excepcionales, cuyo discurrir en voz alta es un privilegio para quienes tienen la fortuna de escucharlas disertando. Ayer por la tarde el suscrito tuvo la suerte de oír el análisis y la interpretación de uno de estos venezolanos inigualables, que ponía en perspectiva la intensa y numerosa actividad internacional de Chávez. Y es que no tanto la estimaba en exceso extendida, sobrestimada, como irrelevante para su destino político interno. Después de pasearse por medio planeta en inteligente, profundo y coherente y detallado inventario, me hizo notar que nunca ha sido la política exterior venezolana cosa que quite el sueño al ciudadano venezolano promedio, y que, por lo contrario, aquellos líderes de nuestra historia que concedieron atención preponderante a lo internacional, empezando por Bolívar y Miranda, se desplomaron al cabo de no mucho tiempo, y perdieron el poder político.

De este modo me sugería que mucho éxito exterior de Chávez pudiera coincidir con su fracaso local, interno. Cada vez es más difícil de explicar a los venezolanos, a los pobres ciudadanos a quienes se exacerbara sus expectativas, cómo es posible que Chávez dispense fortunas más allá de nuestras fronteras, se preocupe por el transporte público del Bronx o la deuda de los argentinos, cuando aquí crece la miseria y aumentan las necesidades. Éste es el filón político que, por ejemplo, ha encontrado William Ojeda, lanzado en campaña electoral, y que con penetración en las capas populares, pone a pensar a los electores en ese desmedido caso de brillantez afuera y oscuridad en la casa.

Hace nada, por otra parte, que un psiquiatra del MVR hablaba ante un organismo latinoamericano sobre los procesos que estarían «matando» a su partido: la mentira—y señaló como ejemplo las declaraciones de Nicolás Maduro sobre un presunto soborno a la jueza que lleva el caso de la imputación de Nelson Mezerhane—y la corrupción, que ejemplificó con la adquisición de un pent house en el edificio La Corniche de Altamira por parte de un alto funcionario del Estado.

No es casualidad la pedrada que acaba de lanzar José María Aznar al mandatario venezolano desde Ecuador, al sugerir que la conflictividad y el protagonismo internacionales de Chávez sirven para el disimulo de sus problemas internos. Se avecina la campaña electoral presidencial, y Chávez no podrá ganarla cómodamente si sólo tiene para mostrar a los electores las concesiones y el dispendio, las pendencias y alianzas, de su muy poco diplomática diplomacia.

LEA

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FS #73 – Teorema democrático

Fichero

LEA, por favor

Es de lamentar la desaparición, hace un poco más de diez años, de una extraordinaria publicación editada por USIA (Agencia de Información de los Estados Unidos), la revista Facetas. Era «una publicación trimestral de importantes reflexiones y opiniones acerca de hechos sociales, políticos y culturales en los Estados Unidos». Desde Huntington hasta Fukuyama, desde Drucker hasta Yergin, desde Updike hasta Sonntag, el más activo y sugerente pensamiento norteamericano tenía cabida en sus páginas, y estupendas reproducciones fotográficas daban cuenta de la producción artística o científica más notable de los estadounidenses.

La Ficha Semanal #73 de doctorpolítico contiene la primera parte de un trabajo publicado en el número 88 de Facetas, correspondiente al segundo trimestre de 1990, cuyo autor es el historiador Jacques Barzun y que lleva por título El Teorema de la Democracia. Barzun nació en Francia en 1907, pero desde sus doce años de edad ha vivido, estudiado y enseñado en los Estados Unidos. (Universidad de Columbia). Se le tiene por uno de los fundadores de la historia de la cultura. Un riguroso y claro académico, alcanzó fama fuera de los círculos universitarios con un libro que sorpresivamente se convirtió en best seller: Del Alba a la Decadencia: 500 Años de Vida Cultural de Occidente. (2000).

En El Teorema de la Democracia, Barzun alude a una dificultad fundamental a la hora de defenderla: que no habría una teoría de la democracia; tan sólo existiría un escueto «teorema» de la misma. Al comienzo postula una noción simplista, pues sostiene que «…los EUA ofrecen su ayuda a los gobiernos democráticos y los hacen sus aliados, y se oponen a los demás…» Es muy evidente que en muchos casos ese país ha apoyado regímenes autoritarios—Pinochet, por ejemplo, al que ayudó en el derrocamiento de Allende—incluso a dictadores que fueron sus consentidos y luego consideró enemigos, como es el caso de Noriega o Hussein.

Pero la exposición pedagógica de Barzun refiere a problemas básicos e importantes, que tienen relevancia para la actual dirección de la política exterior de los Estados Unidos, especialmente en el caso de Irak. Habiendo predicado su invasión sobre pretextos que luego resultaron inexistentes, ahora aducen que su presencia militar allí obedece a una cruzada por la expansión de la democracia. (Habría que ver si tal intención les impelería a invadir a China o Corea del Norte; incluso a Arabia Saudita, que no es democrática en absoluto y es uno de sus más importantes aliados). Barzun advierte, con Rousseau, sobre la imposición de la «maquinaria» democrática: «…la historia, el carácter, las costumbres, la religión, la base económica y la educación de cada pueblo deben tomarse en cuenta antes de establecer cualquier maquinaria. No hay reglas o medios que tengan aplicación universal».

LEA

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Teorema democrático

Una característica permanente de la opinión y la acción norteamericanas en materia de política exterior es el deseo, la esperanza, de que otras naciones corrijan el rumbo y se conviertan en democracias: «Son un gran pueblo, ¿por qué no pueden manejar sus asuntos como lo hacemos nosotros?» El corolario ha sido que los EUA ofrecen su ayuda a los gobiernos democráticos y los hacen sus aliados, y se oponen a los demás; de hecho, en caso de ser necesario, toman medidas para coaccionarlos.

A este respecto sigue existiendo una pregunta que durante mucho tiempo ha inquietado a los pensadores. ¿Qué exactamente quieren los estadounidenses que otros copien? ¿Cuál es la teoría de la democracia que pretenden exportar? No todas las democracias son iguales. ¿Quién tiene la mejor constitución? ¿En qué teoría se basa? La demanda de una teoría ha sido especialmente urgente porque, con gran frecuencia durante los últimos 40 años, la teoría contraria del comunismo marxista-leninista fue aparentemente más atractiva, más convincente. En los EUA estos resultados se han atribuido a agentes elocuentes que no se toparon con obstáculos porque «nosotros» carecíamos de una teoría propia. Dada la idea democrática de la autodeterminación de los pueblos, resulta difícil saber quiénes podrían ser los misioneros que estuvieran de nuestro lado; pero este enigma se subordina a otro mayor: ¿qué predicarían esos misioneros? ¿Dónde encontramos el equivalente de los escritos de Marx y Lenin, y qué proponen tales escritos?

Obstáculos para una teoría unificada

Diferentes personas darían distintas respuestas, lo que para empezar constituye un punto débil. Algunos mencionarían la Declaración de Independencia y la Constitución federal; otros a Rousseau, Edmund Burke, Thomas Paine. También tenemos La democracia en los Estados Unidos, de Tocqueville, en dos volúmenes, y un maravilloso libro de Walter Bagehot sobre la constitución inglesa, sin olvidar El Federalista y muchas páginas elocuentes de John Adams, Thomas Jefferson y Abraham Lincoln. Si se les considera en conjunto, muchos opinarían que estos escritos constituyen la teoría de la democracia.

Pero no todos convienen en los mismos puntos; no conforman un sistema. Los escritores de El Federalista temen la democracia; John Adams contradice a Tom Paine y concuerda sólo en forma parcial con Jefferson. Burke y Rousseau dan la impresión de ser adversarios. Tocqueville pide tantas de las condiciones especiales que encontró en los EUA que sus conclusiones no son transferibles. Bagehot hace lo mismo con Gran Bretaña: hay que ser inglés para que la constitución británica surta efecto.

Todo esto ensombrece la perspectiva de una teoría unificada, pero hay algo peor. Cuando leemos detenidamente estos documentos, nos percatamos de que cada quien teorizó sobre unos cuantos temas entre muchos que, como es de esperarse, reciben distintos nombres. Tenemos: democracia, república, gobierno libre, gobierno representativo, monarquía constitucional. Están además: derechos naturales, derechos civiles, igualdad ante la ley, igualdad de oportunidades. También se cuentan: sufragio universal, gobierno de las mayorías, separación de poderes y sistema bipartidista. Tampoco debemos olvidar otra media docena de tópicos que se hallan asociados en los tiempos modernos con el llamado proceso democrático: elecciones primarias, referéndum, representación proporcional, y así sucesivamente.

Esa gama de ideas y mecanismos no pueden sino desalentar al propagandista de la democracia. ¿Cuáles son esenciales? ¿Cómo deben combinarse? La necesidad misma de explicar lo que significan los términos entorpece el camino hacia una aceptación fácil y entusiasta. Además, las palabras clave no significan lo mismo para todos los teóricos. Para colmo de males, en ningún lugar de Occidente ha habido una autoridad importante que defina una ortodoxia, así sea cambiante, como la ha habido del lado comunista.

De ese lado existe la ventaja no sólo de la unidad sino de una abstracción amplia: la lucha de clases, la historia como materialismo dialéctico, el superávit, la sociedad moldeada por las formas de producción económica, la contradicción del capitalismo que apresta su decadencia y derrumbe, el propósito y la preparación del revolucionario y la dictadura del proletariado que conduce al debilitamiento del estado. Estas ocho «grandes ideas», vigorizadas por el resentimiento y la esperanza utópica, conforman un sistema que tiene un timbre de alta intelectualidad. El sistema es fácil de enseñar pues tiene una serie de lemas que, como lo demuestra la experiencia, se dirigen a todos los niveles de inteligencia. Ofrece no sólo la promesa de una ventaja material, sino también un drama: una lucha hacia un glorioso fin, que se desenvuelve de acuerdo con la necesidad. En comparación con semejante credo y profecía, que no constituyen una teoría sino una ideología, los planes concretos y los diversos medios propuestos por los escritores de la democracia presentan un espectáculo de vana argumentación y confusión.

Lo cierto es que el verdadero tema que debe definirse no es «¿Puede exportarse la teoría democrática?», sino «¿Existe una teoría de la democracia?» Esperamos encontrarla no sólo porque una gran parte del mundo se ufana de tener una teoría contraria, sino también porque, en nuestra admiración por la ciencia, nos complace tener una teoría para cada actividad humana. Por mi parte, estoy convencido de que la democracia no tiene teoría. Tiene sólo un teorema, es decir, una proposición generalmente aceptada y expresada en una sola oración. He aquí el teorema de la democracia: para que la humanidad sea libre, lo mejor es que el pueblo sea soberano, y esa soberanía popular implica una igualdad política y social.

Cuando digo que el teorema de la democracia ha sido aceptado, no estoy pasando por alto la tendencia antidemocrática, pues en cierto sentido ésta no existe. Si el lector recorre el mundo del siglo XX escuchará a cada paso la declaración de que el gobierno de esta nación y de aquella otra es un gobierno popular. En cada punto de los cinco continentes se encuentran partidos y votaciones y asambleas. La división surge en torno a quién es «el pueblo», qué se entiende por «partido», y cómo actúan los agentes del gobierno a favor (o en contra) del pueblo.

Llegamos así a la gran cuestión de la maquinaria del gobierno, pues lo que determina que un régimen sea libre o no es cómo giran las ruedas, y no una teoría. La dictadura del proletariado puede ser la teoría del comunismo, pero en realidad ni el proletariado ni su partido único gobierna. La votación y el debate son pura simulación que sirve de fachada a una cerrada oligarquía encabezada por un solo hombre. No existe maquinaria alguna para cumplir la promesa de que con el tiempo desaparecerá el proletariado y el estado se debilitará; y con enorme frecuencia no se cuenta ni siquiera con un mecanismo que garantice que la sucesión pública siga un orden jerárquico.

Hasta aquí la conclusión que se establece parecería ser esta: la democracia no tiene una teoría que abarque el funcionamiento de sus muchas clases de maquinaria, en tanto que sus antagonistas recurren a una teoría única y bien divulgada para abarcar en otro sentido (es decir, para ocultar) el funcionamiento de una máquina bastante uniforme, el estado policiaco.

Una conclusión adicional es que la demanda de una teoría de la democracia revela la lamentable tendencia a pensar enteramente en abstracciones y a nunca sustentar las declaraciones generales con hechos concretos, ni a percatarse de diferencias importantes entre abstracciones si éstas casualmente están vinculadas por la costumbre o el uso. Se piensa, por ejemplo, que democracia es sinónimo de gobierno libre; que «pueblo soberano» significa todos o la mayoría o algunos de los residentes de un estado. Qué libertades garantiza un gobierno, cómo lo hacen y qué grupos e individuos realmente las disfrutan y cuáles están al margen de ellas, son preguntas complicadas que teóricos y periodistas por igual prefieren pasar por alto. El público en general considera al gobierno mismo en forma abstracta; lo ve como una especie de entidad con un solo objetivo, una máquina que trabaja en una dirección única y siempre expresa la misma actitud hacia los deseos humanos. El estilo moderno y democrático de gobierno es el bueno, y los demás, pasados y presentes, son los malos.

Para este punto de vista infantil existe sólo un remedio: un poco de historia. Incluyo en este término la historia contemporánea, ya que después de haber excluido la posibilidad de una teoría de la democracia, me interesa en cambio ofrecer un estudio, o más bien un panorama general, de sus manifestaciones. Hago esto con un propósito práctico en mente: creo que es importante saber cómo nació el llamado mundo libre; qué ideas y condiciones exigiría su expansión; y, lo más inmediato e importante, qué cambios están ocurriendo en la democracia norteamericana que ponen en peligro sus ventajas características y vuelven imposible su exportación.

Retornemos a nuestro teorema, el cual exige tres cosas difíciles: expresar la voluntad popular, garantizar la igualdad y, por medio de ambas acciones, distribuir una diversidad de libertades. Estos propósitos implican una maquinaria. Por ejemplo, ¿cómo se determina la voluntad popular? En la tradición angloamericana, los mecanismos para hacerlo han provenido de dos fuentes. Una es la prolongada, lenta y azarosa evolución de la Constitución inglesa a partir del Parlamento de Simon de Montfort en 1265, y a lo largo de innumerables luchas por la obtención (y consignación) de unos cuantos derechos a la vez: la Carta Magna, la Declaración de Derechos, etcétera. De esta historia, Montesquieu, Locke y otros derivaron en formas distintas los preceptos y precedentes que influyeron en la creación de la Constitución de los Estados Unidos.

Soberanía popular, ¿y luego qué?

La otra fuente es la antigüedad—Grecia y Roma—cuyas prácticas y escritos sobre el gobierno inspiraron a los pensadores a concebir planes o lanzar advertencias apropiadas a su época. El proyecto más famoso es el de Rousseau. También es el más instructivo, pues aunque el filósofo es claro como el cristal, sus intérpretes se hallan divididos en lo que toca a la tendencia de su gran libro, El contrato social. Algunos dicen que promueve la libertad; otros que conduce al totalitarismo. Esto demuestra hasta qué punto pueden tener las proposiciones un doble filo. Pero veamos lo que el mismo Rousseau dice. Toma la democracia en un sentido literal: todas las personas, de igual jerarquía, se reúnen y deciden las políticas y escogen a sus líderes. Esta es la vieja democracia ateniense. Sólo que no hay esclavos. De allí Rousseau pasa a señalar que sólo una pequeña ciudad-estado puede tener ese tipo de gobierno. Conocedor de la historia antigua, agrega que una democracia tan pura es demasiado buena para la condición actual de la humanidad. Coincide con los grandes intelectos de la Grecia antigua—Aristóteles, Platón, Jenofonte y Tucídides—que estaban en contra de la democracia pues vieron perecer a muchas ciudades democráticas a causa de la ineficiencia, la estupidez y la corrupción.

Rousseau, por tanto, recurre al gobierno representativo, al que califica, correctamente, de «aristocracia electiva»: el pueblo elige a los que considera los mejores (aristoi) para que le manejen sus asuntos. También requiere de un legislador que describa la estructura del gobierno. Sustituyamos la palabra «legislador» por «constitución», un conjunto de reglas que norman las acciones cotidianas.

¿Por qué habría que pensar que semejante sistema condujera a la tiranía? Si se hace un poco de memoria se tendrá una respuesta: Hitler no tomó el poder por la fuerza; fue elegido como jefe del partido de la mayoría por un pueblo que vivía bajo un régimen democrático y que tenía una constitución que combinaba las mejores características de todas las constituciones conocidas. Si se agrega a la fuerza del partido de Hitler la de los comunistas alemanes, el resultado es una vasta mayoría democrática que votó a favor de un gobierno totalitario. Generalicemos a partir de este ejemplo. Si el pueblo es soberano, puede hacer todo lo que guste, incluso poner de cabeza su constitución. Puede perder su libertad eligiendo a líderes que prometen más igualdad, más prosperidad, más poder nacional mediante una dictadura. Se hace honor al teorema de la soberanía popular contraviniendo esta última. El dictador dice: «Represento la voluntad del pueblo. Sé lo que éste quiere».

Por otra parte, una nación nueva puede preguntar: «La soberanía popular, el voto para todos, ¿y luego qué?» Esa pregunta fue precisamente la que hicieron a Rousseau los enviados de dos naciones, Polonia y Córcega. Para cada uno de ellos escribió un librito que explica lo que él haría si fuera legislador, si tuviera a su cargo la redacción de una constitución. Los críticos de Rousseau convenientemente olvidan estos notables suplementos al abstracto bosquejo de El contrato social. Al sugerir normas para Polonia y para Córcega, Rousseau hace hincapié en la importantísima cuestión de que la historia, el carácter, las costumbres, la religión, la base económica y la educación de cada pueblo deben tomarse en cuenta antes de establecer cualquier maquinaria. No hay reglas o medios que tengan aplicación universal.

La igualdad política puede decretarse, no así la libertad; ésta constituye un bien muy esquivo. Rousseau advierte a los polacos que deben proceder lentamente para liberar a sus siervos, por temor de que éstos, en su ignorancia económica, caigan en una miseria peor que la anterior. Éste fue el gran argumento de Burke acerca de la solidez de la libertad inglesa, que es libertad bajo una monarquía y lo que sin temor a equivocarnos llamaríamos un Parlamento no representativo: habiéndose basado en un cambio gradual a lo largo de la historia, la libertad había echado raíces dentro de cada inglés. Burke criticó a los revolucionarios de Francia porque no resucitaron las viejas asambleas para dar a los franceses cierta preparación en el ejercicio de la libertad. En vez de ello, escribieron principios sobre un trozo de papel y esperaron que éstos produjeran un comportamiento correcto de la noche a la mañana.

Este elemento del tiempo, de la lenta preparación de los individuos por la historia, encierra un predicamento y una paradoja. El predicamento es: ¿cómo quieren los pueblos que desean difundir la libertad al mundo proponer sus instituciones como modelos si éstas dependen de hábitos inculcados mucho tiempo atrás? Es bastante fácil copiar una pieza de maquinaria como una computadora o incluso un arma nuclear. Sólo se necesitan unas cuantas personas inteligentes y bien preparadas que tengan el modelo frente a ellas. Pero copiar un gobierno no es algo que una población entera pueda lograr únicamente con proponérselo.

En cuanto a la paradoja, ésta es: ¿cómo puede un pueblo aprender el hábito de un gobierno libre mientras no disfrute de esa libertad? ¿Y cómo puede conservarse libre si no es capaz de manejar el tipo de maquinaria asociado con un gobierno autónomo?

Jacques Barzun

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CS #164 – La cosa es compleja

Cartas

El término «paradigma» y su empleo en la expresión «paradigma político» se ha hecho de uso bastante generalizado. El sentido en el que se emplea es el propuesto por Thomas S. Kuhn en su obra de 1962 The Structure of Scientific Revolutions. Kuhn se refiere con el término paradigma al núcleo esencial de una determinada teoría o doctrina científica. Por ejemplo, en materia del fenómeno de la gravitación, el paradigma de la física aristotélica quedaba definido por el concepto de causa final; Aristóteles explicaba que los cuerpos cayesen porque todos los cuerpos buscarían ir hacia su lugar natural, la tierra, dado que todos los cuerpos estarían hechos del «elemento» tierra. Sobre el mismo fenómeno el paradigma de Newton sustituye el concepto de Aristóteles por la idea de «acción a distancia», que permite concebir una «fuerza de gravitación universal» existente entre dos cuerpos cualesquiera. Einstein prescinde de esa noción de acción a distancia y la sustituye, a su vez, por la proposición de que la presencia de masa en el espacio induce una curvatura en éste; sería esta curvatura la que seguirían los astros al girar en derredor de cuerpos de mayor tamaño, y no una fuerza de gravitación.

El famoso ensayo de Kuhn describe el progreso de la ciencia entre épocas de estabilidad conceptual, de permanencia de un determinado paradigma, hasta que una crisis en el poder explicativo del paradigma conduce a la formulación de uno nuevo. Esta idea ha sido extendida para explicar la sucesión en el tiempo de las distintas concepciones sobre lo político.

Los paradigmas, pues, son los marcos mentales básicos a partir de los cuales se interpreta la realidad. Obviamente, de ellos depende la conducta humana. Dice John Stuart Mill: «Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan». (Ensayo sobre el gobierno representativo).

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La crisis de los paradigmas sociopolíticos tuvo una grave expresión en el descrédito que sufrió la llamada planificación estratégica. Comúnmente se acostumbra fechar la primera derrota importante de los planificadores estratégicos con el embargo petrolero árabe de fines de 1973. Las predicciones dejaron de ser confiables, al generalizarse la impresión de volatilidad o impredecibilidad del mercado petrolero. A comienzos de la década de los ochenta el Presidente de Exxon declaraba que predecir el futuro era «tan difícil como tatuar una pompa de jabón».

La discontinuidad, por otra parte, comenzó a manifestarse en el mundo político. La caída del régimen del Shah de Irán fue la primera «sorpresa» de cierta magnitud, la que inicia la serie de acontecimientos «impensables» que incluye cataclismos tales como el derrumbamiento del Muro de Berlín y la desmembración de la Unión Soviética como secuela de la perestroika de Gorbachov.

Una turbulencia de tan grande magnitud dejaba mal parados los intentos predictivos de los más sofisticados centros de análisis. Junto con el agotamiento del recetario clásico, esa inestabilidad ha sido la razón principal de que cundiera el escepticismo hacia los intentos de manejar el ambiente social desde marcos generales como guía para la acción.

En Venezuela fue muy intenso el rechazo a los «habladores de paja» de los departamentos de planificación estratégica. Un centro local de doctrinas gerenciales publicó en 1985 un libro (El caso Venezuela: Una ilusión de armonía) en el que sus dos más notables líderes (Moisés Naím y Ramón Piñango) objetaban a la planificación estratégica del siguiente modo: «El mejoramiento de la gestión diaria del país requiere que los grupos influyentes abandonen esa constante preocupación por lo grandioso, esa búsqueda de una solución histórica, en la forma del gran plan, la gran política, la idea, el hombre o el grupo salvador. Es urgente que se convenzan de que no hay una solución, que un país se construye ocupándose de soluciones aparentemente pequeñas que forman eso que, con cierto desprecio, se ha llamado ‘la carpintería’. Si bien no hay dudas de que la preocupación por lo cotidiano es mucho menos atractiva y seductora que la preocupación por el gran diseño del país, es imperativo que cambiemos nuestros enfoques». Es decir, el remedio propuesto era el de sustituir los estrategas por los tácticos.

Entre 1989 y 1993, un período de intensa inestabilidad política que incluyó el «caracazo» en 1989 y los intentos de golpe de 1992, muy connotados profesores así como gerentes reconocidamente capaces del sector privado—el mismo Moisés Naím, Gerver Torres, Eduardo Quintero Núñez, Roberto Smith, etc.—ejercieron importantes funciones públicas. Por esta razón resulta interesante contrastar este caso local de miopía técnica con el juicio que mereció a Tocqueville la ceguera de los funcionarios del gobierno de Luis XVI cuando la Revolución Francesa estaba a punto de estallar: «…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario». (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución).

Pero no todos los estrategas estaban perdidos o confundidos. Para el caso venezolano tiene especial relevancia la intuición analítica de Yehezkel Dror, puesto que se trata de un investigador que vino frecuentemente al país entre 1972 y 1993 y se reunió con los miembros más representativos de sus élites de esa época. Dror no sólo describió adecuadamente la inestabilidad intrínseca del régimen de Palevi bastante antes de su desplome, sino que caracterizó el problema general de la «endemia» de las sorpresas en un brillante artículo de 1975. (How to Spring Surprises on History: «Eventos considerados como de baja probabilidad ocurren con frecuencia variable y la sorpresa llega a ser endémica»).

Si bien, pues, era evidente que la mayoría de los analistas no sabían qué decir respecto del futuro en ciertas áreas especialmente volátiles, unos pocos mostraban que era posible manejar satisfactoriamente el problema cambiando el punto de vista y la comprensión de la dinámica propia de los acontecimientos sociales.

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Es sólo muy recientemente que la «teoría de la complejidad», que incluye la llamada «teoría del caos», ha podido proporcionar un paradigma adecuado. Los primeros ejercicios analíticos de predicción eran fundamentalmente proyecciones en línea recta. (La estadística había proporcionado la herramienta de la «regresión lineal», mientras el «determinismo histórico» de las doctrinas marxistas contribuía a esa opinión de que el futuro era único e inevitable). Obviamente, sólo pocos fenómenos pueden ser adecuadamente descritos como una línea recta.

El reconocimiento de la multiplicidad del futuro llevó, más tarde, al desarrollo de la técnica de «escenarios» (principalmente por la Corporación RAND, en la década de los sesenta), en los que se exponía intencionalmente un conjunto de descripciones diferentes del futuro en cuestión. Sin embargo, aún la técnica de escenarios tiende a estar asociada con una percepción del problema en forma de «abanico» de futuros, según la cual se presume una continuidad de la transición entre los distintos futuros, al desplazarse por el área continua del abanico. Este modo de ver las cosas supone, por tanto, una enorme cantidad de incertidumbre, pues los futuros serían, en el fondo, infinitos.

El formalismo matemático (fractales) sobre el que se asienta la teoría de la complejidad, en cambio, permite describir el futuro como una estructura arborificada o ramificada, como una arquitectura discontinua en la que unos pocos futuros posibles actúan como cauces o «atractrices» por los que puede discurrir la evolución del presente. (Benoit Mandelbrot, investigador del Thomas Watson Research Center de la compañía IBM., presentó en 1982, en su libro The Fractal Geometry of Nature, la noción de «fractal»—en términos generales una línea que exhibe «autosimilaridad», que se parece a sí misma. La matemática fractal reproduce, con ecuaciones de extrema simplicidad, estructuras ramificadas complejas, sea ésta el perímetro de un helecho o la forma del aparato circulatorio humano. Cuando los investigadores de fenómenos caóticos—el clima, la turbulencia de los líquidos, los ataques cardíacos, etcétera—buscaban una herramienta analítica que les permitiera describir estos procesos, encontraron que la matemática fractal era justamente lo que necesitaban. Las «atractrices», o cauces del orden subyacente a los fenómenos caóticos, son líneas de tipo fractal).

Un modelo sencillo de un sistema de atractrices lo constituye un péndulo que oscila a poca distancia de una base hexagonal, en cuyos vértices se han colocado imanes de aproximadamente igual intensidad magnética. Tomando el péndulo entre los dedos se le dota de un impulso inicial que, al soltarlo, lo hace describir una trayectoria que bajo la acción de los imanes es típicamente errática. Al agotarse el impulso inicial el péndulo se detiene sobre uno de los vértices (una de las atractrices). Incluso en un sistema tan sencillo como éste, no es posible predecir cuál será la atractriz que predominará al final.

Incertidumbres de este tipo han llevado a la desesperante noción de que la predicción social es imposible. El hecho de que por lo atrayente del nombre, se haya popularizado más la teoría del caos que la teoría de la complejidad que la engloba, ha contribuido aún más a la desesperanza.

Pero esto es un conocimiento y una aplicación superficiales de tales teorías. Por una parte, aun los fenómenos caóticos transcurren por cauces que siguen un orden subyacente estricto. Por la otra, ya a niveles prácticos se ha tenido éxito en introducir estímulos que «sincronizan» procesos caóticos para hacerlos seguir trayectorias estables. En otras palabras, es posible dominar el caos. (Ver William L. Ditto y Louis M. Pecora, Mastering Chaos, Scientific American, agosto de 1993 y antes Elizabeth Corcoran, Ordering Chaos, Science and Business, Scientific American, agosto de 1991). Más aún, la proporción de caos dentro de los sistemas complejos es usualmente pequeña, y predomina en éstos un proceso opuesto y más poderoso de autoorganización, especialmente en sistemas que, como el social, son capaces de intercambiar información. (Ver Stuart A. Kauffman, Antichaos and Adaptation, Scientific American, agosto de 1991).

Naturalmente, ciertos episodios caóticos pueden tener consecuencias lamentables en magnitudes enormes. Los acontecimientos del 27 y el 28 de febrero de 1989, por ejemplo, son más fácilmente comprensibles si se les interpreta como un caso de proceso caótico, antes que como resultado de una acción subversiva intencional. En muchos sistemas físicos la transición de una fase ordenada a una fase caótica se produce al aumentar la magnitud de algún parámetro, la velocidad, por ejemplo. En el caso del más reciente crash del mercado de valores de Nueva York (octubre de 1987), ese parámetro ha podido ser la mayor velocidad de transmisión de datos que se había logrado luego de la completa computarización de las transacciones. El 27 de febrero de 1989 pudo observarse la propagación de la avalancha desde Guarenas, exacerbándose por la transmisión del evento a través de los medios de comunicación social, pero también a través de una cadena informal de transmisión de información: los mensajeros motorizados, que exhiben desde hace mucho una rápida solidaridad de conducta y que fueron propagando el descontento desde Guarenas a Petare, de allí a Chacaíto, a la estación del Metro en Bellas Artes, y así sucesivamente.

En contraposición a estas posibilidades caóticas, los sistemas sociales aprenden y se autoorganizan. A pesar de la larga acumulación de tensiones sociales en el país, el apagón masivo del sistema eléctrico venezolano del 29 de octubre de 1993 no condujo a disturbios dignos de ser mencionados. La ciudadanía intuyó tal vez que los disturbios, de producirse, proporcionarían un pretexto para la toma del poder político por autoridades militares. La comunicación telefónica sirvió esta vez para generalizar la impresión de que se estaba frente a la preparación de un golpe de Estado: la conciencia política lograda en años de gran sufrimiento social evadió la posible trampa.

Es así como aun en condiciones de extrema complejidad es posible tanto predecir el futuro como seleccionarlo. Por el lado de la predicción social, el problema es ahora un asunto de identificación de las atractrices actuantes en un momento dado. Por el lado de la acción, se trata de evitar ciertas atractrices indeseables y de seleccionar alguna atractriz conveniente o, más allá, de crear una nueva atractriz altamente deseable. Eso es, fundamentalmente, la esencia de una imagen-objetivo. Eso es lo que deben proporcionar los estrategas políticos.

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LEA #164

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Faltan sólo diecisiete días para las elecciones parlamentarias del próximo 4 de diciembre, y los proponentes de la abstención no cejan en su empeño.

La verdad es que la propensión a abstenerse se asienta sobre la falsa idea de que el 15 de agosto de 2004 hubo más «síes» que «noes». Ese día una mayoría de electores rechazó la revocación (entre otras cosas porque el «liderazgo» opositor jamás quiso o jamás pudo dilucidar quien sucedería a Chávez), y así lo predijeron con suficiente tiempo todos los encuestadores serios: Keller, Datanálisis, Mercanálisis, Consultores 21, Datos, Seijas (IVAD). Hasta la extranjera Greenberg, Quinlan, Rosner Research, traída por importantes empresarios venezolanos, advirtió el resultado con tiempo. Edmond Saade (Datos) dijo a los líderes de la extinta Coordinadora Democrática, en cierto desayuno en casa de un ex Presidente del Banco Central de Venezuela, que tenía al gobierno ganando por doce puntos, al menos dos semanas antes de la votación. Y un tracking poll de Consultores 21 del 13 de agosto, cuarenta y ocho horas antes del referendo, produjo cifras que sólo difieren en décimas de los resultados que posteriormente ofrecería el Consejo Nacional Electoral. La única encuesta que dijo lo contrario fue una pirata dirigida por algunos profesores de la UCV, que fue atribuida falsamente por El Universal a Seijas, lo que provocó la retractación del periódico cuando reventó el patuque y provocó la salida de Kico Bautista de la dirección de El Mundo. La Coordinadora Democrática nos engañó cuando dijo que hubo fraude electoral, mintió para ocultar su descomunal incompetencia, que dilapidó el decisivo capital político que en 2002 y 2003 era mayoritariamente proclive a la revocación.

Y esa criminal conducta produjo una gran propensión a abstenerse el 31 de octubre de 2004 y el 7 de agosto de 2005, cuando enormes contingentes de electores aceptaron la tesis «indiscutible» del fraude. ¿A quién benefició tan suicida, tan estúpida e irresponsable estrategia? Al gobierno, naturalmente, a quien le conviene que sus opositores juren que el CNE es tramposo, porque tal cosa les desanima para votar.

Ahora viene el 4 de diciembre. Aun si la oposición perdiera esa batalla, no por esto habría perdido la decisiva. Aquí se escribió hace mes y medio: «Pero las guerras no son una única batalla, sino una serie de varias, y un error estratégico gravísimo es confundir alguna batalla, por más importante que sea, con la última o definitiva. Por más crucialidad que pueda tener el tema de la reforma constitucional en la Asamblea Nacional—que se teme declare de una vez el socialismo del siglo XXI y la RBSS (República Bolivariana Socialista Soviética)—convendría al liderazgo opositor pasearse por el siguiente hecho: ni una mera enmienda, ni tampoco una reforma constitucional, tendrían vigencia hasta que no lo estableciera así un referendo aprobatorio. (Artículos 341 y 344 de la Constitución). La instancia verdaderamente final y definitiva sería ese referendo, independientemente de la calificación mayoritaria que pudiera alcanzar el gobierno. La batalla crucial se daría, no en el Capitolio, sino en el terreno de los Electores». (Carta Semanal #151 de doctorpolítico, del 29 de septiembre de 2005).

No tienen razón quienes llaman a la abstención o predican una panacea 350 que se asienta en la Constitución para luego desconocerla, inconsistentemente, con un «consejo de regencia» cívico-militar. Quienes escuchan la necia prédica abstencionista pudieran considerar las siguientes cosas: primera, aunque sólo hubiera posibilidad de poner una íngrima voz en la Asamblea Nacional habría que intentarlo; segunda, aunque hubiera trampa, se perderían menos votos con un fraude que con una abstención, con la que se pierde todo; tercera, si hubiera una mayoría que es desconocida fraudulentamente, la fuerza y evidencia del hecho derrotaría la trampa, como ocurrió en Ucrania. Una verdadera mayoría se impondría. Lo que hay que hacer es hablar con los electores y conquistar su voto. Para esto no basta ser persuasivo; es preciso ser convincente.

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FS #72 – Contratesis

Fichero

LEA, por favor

Creo que todos recordamos cómo es que durante el año crucial de 1998 un tema dominante determinaba en gran medida las preferencias electorales. Ese tema era la realización de una asamblea constituyente, y en torno a él las candidaturas sobrevivientes establecieron la polarización. Salas Roemer se oponía a su convocatoria; Chávez la tenía por bandera principal y la propugnaba como mecanismo de recambio de las élites dominantes.

Pero también muchas otras voces se pronunciaron a favor o en contra. Por ejemplo, el Presidente de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado del segundo gobierno de Rafael Caldera, Ricardo Combellas, estaba decididamente alineado en pro de la constituyente. Esto le valió luego su participación en la «Comisión Presidencial Constituyente» nombrada por Chávez una vez electo, que también integraron entre otros Ángela Zago, Oswaldo Álvarez Paz y Jorge Olavarría. En cambio, el difunto Boris Bunimov Parra, Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Venezuela, se oponía a su convocatoria.

Para mediados de ese año los registros de opinión señalaban que una mayoría de los electores se había convencido de la necesidad o conveniencia de una constituyente. Esto significaba que Salas Roemer, al menos en este punto, remaba a contracorriente de la opinión nacional. Quienes caricaturizan al ex Gobernador de Carabobo como hombre que se guía por encuestas—tiene fama de ser experto en su análisis—dejan de considerar que aquí sostuvo firmemente su personal opinión a pesar de lo mostrado por los sondeos. Entre los varios factores que condicionaron su derrota electoral, fue sin duda su oposición a la constituyente uno de los principales.

Es en este contexto que escribí para el diario La Verdad de Maracaibo (Contratesis, 10 de septiembre de 1998) un esquemático artículo, que resumía las posiciones asumidas en las que encontraba error. (Más tarde fue reproducido en publicación privada del suscrito que, iniciada en febrero de 1994, llevó por nombre referéndum).

La Ficha Semanal #72 de doctorpolítico consiste en la reproducción del artículo referido.

LEA

……

Contratesis

La constituyente es sólo un argumento electorero de Chávez Frías, dice un candidato (Salas Roemer) que se opone a la idea. Falso. Chávez Frías se incorpora a un «frente amplio pro constituyente» desde 1994. No es su postura ante el punto exclusivamente electoral. En su grupo, por lo demás, destacan entre otros Manuel Quijada y Luis Miquilena, quienes acompañaban las peticiones de Juan Liscano y su «patriótico» frente desde 1989.

Nosotros propusimos la constituyente en 1992, dicen otros (Brewer-Carías, Álvarez Paz), como queriendo mostrar que la idea no es propiedad exclusiva de Chávez Frías. Mal ejemplo. Chávez Frías podría contestar con toda comodidad: «Precisamente; Uds. la propusieron después de mi alzamiento. Hasta entonces no habían abierto la boca. Es el miedo que les causé lo que les llevó a hablar de constituyente».

Es preciso reformar la Constitución de 1961 para que pueda convocarse una constituyente (Brewer-Carías y otros), pues hay que preservar el «hilo» constitucional. Incorrecto. El artículo 250 de la constitución vigente, en el que fincan su argumento quienes sostienen que habría que reformarla antes, habla de algo que no existe: «Esta Constitución no perderá vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o fuere derogada por cualquier otro medio distinto del que ella misma dispone». El texto de 1961 no dispone de medio ninguno para derogarla. Sólo menciona enmiendas o reforma general. No prescribe medio alguno para sustituirla por conceptos constitucionales cualitativamente diferentes. Además, el Poder Constituyente, nosotros los Electores, estamos por encima de cualquier constitución. Si aprobamos la convocatoria a una constituyente eso es suficiente.

La constituyente tiene poderes absolutos, tesis de Chávez Frías y sus teóricos. Falso. Una asamblea, convención o congreso constituyente no es lo mismo que el Poder Constituyente. Nosotros, los ciudadanos, los Electores, somos el Poder Constituyente. Somos nosotros quienes tenemos poderes absolutos y no los perdemos ni siquiera cuando estén reunidos en asamblea nuestros apoderados constituyentes. Nosotros, por una parte, conferiremos poderes claramente especificados a un cuerpo que debe traernos un nuevo texto constitucional. Mientras no lo haga, la Constitución de 1961 continuará vigente en su especificación arquitectónica del Estado venezolano y en su enumeración de deberes y derechos ciudadanos. Y no renunciaremos a derechos políticos reconocidos en 1961. Uno de los más fundamentales es, precisamente, que cuando una modificación profunda del régimen constitucional sea propuesta, no entrará en vigencia hasta que nosotros la aprobemos en referéndum.

La constituyente debe componerse, a lo Mussolini, corporativamente. (Chávez Frías et al). Esto es, que debe estar compuesta por representantes de distintos cuerpos o unidades sociales: obreros, empresarios, militares retirados, profesionales colegiados, eclesiásticos, etcétera. Muy incorrecto. Nuestra condición de miembros del Poder Constituyente no nos viene de pertenecer a algún grupo o corporación, sino de la condición simple y original de ser ciudadanos. Así, la mejor representación de esta condición se alcanza con la postulación uninominal de candidatos a una diputación constituyente.

La constituyente es una fórmula mágica que no resolverá el problema del costo de la vida, de la seguridad personal, de la salud, y por tanto debemos desecharla. (Úslar, Fernández, muchos otros). Falaz argumento. Un destornillador no sirve, es cierto, para peinarse, sino para ajustar y desajustar tornillos. Porque no sirve para ordenar el cabello no debo desecharlo como instrumento útil a la función para la que ha sido diseñado. Y las constituciones, además, prescriben un marco legal supremo que puede facilitar o impedir la consecución de soluciones a problemas no constitucionales, como los enumerados.

La constituyente es inoportuna, estamos en crisis, no conviene añadir incertidumbre con ella. (Bunimov Parra, Carrillo Batalla, Fernández, etc.) Trampa. Nunca parecen ser oportunas las transformaciones, según algunos. Volver a posponer el cambio es aumentar todavía más la temperatura de la olla de presión, que tiene ciertamente un límite. Ese jueguito ya lo hemos jugado antes, cuando COPEI proponía separación de elecciones presidenciales y parlamentarias en 1963, 1968, 1973, 1978. Justamente, todos eran años electorales, a sabiendas de que Acción Democrática se opondría bajo la tesis de que tal cosa era inconveniente en año de elecciones. Luego se olvidaban del asunto. Aprovecho para recordar una vez más a Eduardo Fernández que él admitió la conveniencia de una constituyente en 1992, cuando su desazón le llevó a declarar tal cosa desde la ciudad de Valencia. Algunas memorias son frágiles.

Luis Enrique Alcalá

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