por Luis Enrique Alcalá | Dic 8, 2005 | LEA, Política |

Así dice el Artículo 347 de la Constitución: «El pueblo de Venezuela es el depositario del poder constituyente originario. En ejercicio de dicho poder, puede convocar una Asamblea Nacional Constituyente con el objeto de transformar al Estado, crear un nuevo ordenamiento jurídico y redactar una nueva Constitución».
Una consideración de la doctrina constitucional venezolana—que dio pie al referendo que preguntó si queríamos convocar y elegir una constituyente, que electa propuso la constitución aprobada en referendo ulterior, que fundamenta la juridicidad del régimen actual—conduce a la convicción de que un corolario de ese artículo es que «El pueblo de Venezuela puede, en ejercicio de su poder constituyente originario, acometer directamente o de otros modos la transformación del Estado, la creación de un nuevo ordenamiento jurídico y la redacción de una nueva Constitución». Lo que puede hacer por delegación o concesión de poderes puede hacerlo por sí mismo. Y nunca perderá tal potestad.
La Constitución nunca podría prescribir que algún medio, incluyendo una constituyente, es el único por el que el poder constituyente originario puede manifestarse. La Constitución no abarca o constriñe al Pueblo Constituyente. Este monarca pudiera decidir que quisiera presidir una licitación constitucional, en la que considerase un número de opciones constitucionales formuladas por ciudadanos o por poderes públicos, aun por asesores extranjeros, si se le pone en la nariz. (Así lo hizo entre cinco opciones constitucionales, que incluían la independencia, el mantenimiento de la situación actual, la conversión en quincuagésima primera estrella de los Estados Unidos… etc., el Estado de Puerto Rico en enero de 1999). El constituyente, el elector es mejor servido cuando los grados de libertad de su decisión son más.
La decisión decisiva, valga la redundancia, en materia constituyente es, en todo caso, del pueblo reunido en referendo. No es imposible llevar al pueblo un proyecto de reforma constitucional distinto del que pudiere producir la nueva Asamblea Nacional. No puede estar adjudicada a ella la iniciativa constitucional y negada al pueblo, origen de su poder.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Dic 6, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
La revista Scientific American ha hecho y hace una extraordinaria función civilizatoria. Establecida en 1845, reúne mensualmente un conjunto de artículos científicos de actualidad expuestos con el mayor rigor y seriedad, pero con intención divulgativa e idoneidad didáctica, junto con entrevistas, noticias, reseñas de libros y hasta una miscelánea recreativa. (Por caso, durante décadas Martin Gardner publicó una muy leída columna, Mathematical Games, en la que las ganas de pasar el tiempo «científicamente» no impidieron que más de una primicia lógica o matemática emergiera entre sus líneas).
Tal vez porque Scientific American se caracteriza por un sesgo preferencial hacia las «ciencias duras» (no trae muchos artículos en ciencias de la conducta individual o social), los editores de la revista decidieron producir una nueva publicación, Scientific American-MIND, dedicada a temas de psicología y algo de neurofisiología. Es del número 3 del Volumen 16 (noviembre 2005) de esta publicación que se construye la Ficha Semanal #75 de doctorpolítico y la de la semana que viene. Esto es, en dos entregas sucesivas, se transcribe acá una traducción del artículo The Psychology of Tiranny, por S. Alexander Haslam y Stephen D. Reicher. (El primero es profesor de Psicología Social de la Universidad de Exeter, Inglaterra; el segundo profesor de la misma disciplina en la escocesa Universidad de St. Andrews).
La longitud del trabajo exige esta división en dos entregas. La primera parte, publicada hoy, da cuenta de antecedentes en el estudio de la maldad grupal, a partir de observaciones que se remontan a la década de los cincuenta en el siglo pasado. No está exenta de revelaciones sorprendentes, las que en todo caso no son tan sorpresivas como las contenidas en la segunda parte, que será referida la semana que viene. (Como sugerente anticipo, esta perla, conclusión de un estudio de laboratorio—una prisión simulada—que los autores condujeron para la BBC de Londres: «Esperábamos que aquellos que habían apoyado a la comuna defendieran el arreglo democrático que habían establecido. Pero no ocurrió nada de esto. En vez de tal cosa carecían de la voluntad individual y colectiva para desafiar al nuevo régimen. Los datos psicométricos también indicaron que se habían hecho de persuasión más autoritaria y estaban más dispuestos a aceptar líderes estrictos».)
Se trata de un estudio miliar, que nadie interesado en lo político puede darse el lujo de desconocer. Debo a Luis Alejandro Aguilar el conocimiento del importante material.
LEA
……
Psicología de la tiranía (I)
Hay imágenes de inhumanidad y atrocidad impresas en nuestro recuerdo. Hombres, mujeres y niños judíos pastoreados hacia cámaras de gas. Villorrios enteros destruidos por pandillas rampantes en Rwanda. El empleo sistemático de la violación y de la destrucción de comunidades como parte de una «limpieza étnica» en los Balcanes. La masacre de My Lai en Vietnam, el abuso de prisioneros iraquíes en Abu Ghraib y, más recientemente, la carnicería causada por los terroristas suicidas en Bagdad, Jerusalén, Londres y Madrid. Al reflexionar sobre estos eventos surgen preguntas inevitables: ¿qué hace a la gente tan brutal? ¿Está mentalmente enferma? ¿Es el producto de familias o culturas disfuncionales? O una pregunta más perturbadora aún, ¿es que cualquiera es capaz de ser colectivamente despiadado dadas las circunstancias adecuadas (o más bien inadecuadas)? La investigación más reciente, que incluye el experimento de psicología social más grande de las últimas tres décadas, provee una nueva ventana hacia estos acertijos.
Preguntas acerca de por qué los grupos pueden comportarse mal han impulsado algunos de los más significativos desarrollos en la psicología social en los 60 años posteriores al término de la Segunda Guerra Mundial. A partir de la necesidad de entender los procesos psicológicos que hicieron posibles los horrores del Holocausto, los científicos han querido saber cómo grandes contingentes de personas aparentemente civilizadas y decentes pueden perpetrar actos espantosos.
Inicialmente, los teóricos buscaron respuestas a la patología social en la psicología individual. En 1961, sin embargo, la historiadora y filósofa política norteamericana de origen alemán Hannah Arendt fue testigo del juicio en Jerusalén contra Adolf Eichman, uno de los principales arquitectos del Holocausto. Ella concluyó que el reo, lejos de exhibir una «personalidad pervertida y sádica» (como aducían los psiquiatras de la acusación), era más bien enteramente común y ordinario. Arendt se pronunció caracterizando a Eichman como encarnación de «la banalidad del mal».
El análisis de Arendt, publicado por primera vez en la revista New Yorker, fue considerado chocante y herético. Pero una serie de estudios conducidos por esa época apoyaban sus observaciones. En experimentos llevados a cabo en campamentos de verano en los Estados Unidos a fines de los cincuenta, Muzafer Sherif, un psicólogo social norteamericano de origen turco, encontró que escolares normales se hacían crueles y agresivos hacia antiguas amistades cuando se les ubicaba en grupos diferentes que tenían que competir por recursos escasos. Aun más sorprendentes eran los estudios de la obediencia realizados en la Universidad de Yale a comienzos de los sesenta por Stanley Milgram. Varones ordinarios y bien ajustados que participaron en un experimento ficticio sobre la memoria fueron instruidos para que administrasen choques eléctricos de magnitud creciente a otra persona que posaba como aprendiz. (En realidad el aprendiz, un cómplice del experimento, no recibía los choques). Sorprendentemente, todos los «instructores» se mostraron dispuestos a administrar «choques intensos» de 300 voltios, y dos terceras partes obedecieron todas las exigencias de los experimentadores, dispensando lo que creían eran descargas de 450 voltios. Los participantes continuaron repartiendo castigo incluso después de escuchar al aprendiz quejándose de problemas cardiacos y gritando en aparente agonía. Milgram concluyó: «El concepto de la banalidad del mal de Arendt se acerca más a la verdad que lo que uno se atrevería a imaginar»
La vívida culminación de esta línea de investigación fue el experimento de la prisión de Stanford, llevado a cabo en 1971 por el psicólogo de la Universidad de Stanford Philip G. Zimbardo y sus colegas. Los investigadores asignaron al azar estudiantes universitarios al papel de prisioneros o de guardias en una prisión simulada en el sótano del edificio de psicología del campus. El objetivo era el de explorar la dinámica que se desarrolló entre los grupos y dentro de ellos durante un período de dos semanas. El estudio mostró estas dinámicas en abundancia. En verdad, los guardias (con Zimbardo como su superintendente) ejercieron fuerza con tanta dureza que el estudio fue detenido después de sólo seis días.
Los experimentadores concluyeron que los miembros del grupo no podían resistir la presión de la posición social asumida y que la brutalidad es la expresión «natural» de roles asociados con grupos de poder desigual. En consecuencia, dos máximas que han tenido una inmensa influencia tanto al nivel científico como el cultural—y que son enseñadas como conocimiento recibido a millones de estudiantes en el mundo entero cada año—se derivan rutinariamente del experimento de Stanford. La primera es que los individuos pierden su capacidad de juicio intelectual y moral en los grupos; por consiguiente, los grupos son inherentemente peligrosos. La segunda es que hay un ímpetu inevitable en la gente de actuar tiránicamente una vez que son colocados en grupos y se les da poder.
El peso del experimento de Stanford reside tanto en sus dramáticos hallazgos como en las simples y rígidas conclusiones que de él se ha derivado. A lo largo de los años, sin embargo, los psicólogos sociales han desarrollado dudas acerca de la sabiduría recibida resultante.
En primer lugar, la idea de que los grupos con poder se vuelven tiránicos automáticamente ignora el activo liderazgo provisto por los experimentadores. Zimbardo decía a sus guardias: «Ustedes pueden crear en los prisioneros… hasta cierto punto un sentido de miedo, pueden crear una noción de arbitrariedad, de que su vida está totalmente controlada por nosotros… No tendrán libertad de acción, no pueden hacer o decir nada que no permitamos… Vamos a despojarles de su individualidad de varias maneras».
En segundo lugar, sabemos que los grupos no sólo perpetran actos antisociales. En estudios—así como en la sociedad en general—el grupo a menudo emerge como un medio de resistir a la opresión y la presión para que actúe destructivamente. En variantes de las pruebas de obediencia de Milgram, era más probable que los participantes desafiaran al experimentador cuando eran apoyados por confederados que también eran desobedientes.
Además, la investigación post Stanford ha confirmado los aspectos pro sociales y enriquecedores de los grupos. Una aproximación actual a la comprensión de los grupos particularmente influyente en psicología es la teoría de la identidad social desarrollada en 1979 por el psicólogo social John Turner, ahora en la Universidad Nacional Australiana, y Henry Tajfel, en ese entonces en la Universidad de Bristol en Inglaterra. Esta teoría sostiene que es mayormente en los grupos que la gente—particularmente los individualmente impotentes—puede convertirse en agentes efectivos en la conformación de su destino.
Cuando los individuos comparten un sentido de identidad (por ejemplo, somos todos americanos», somos todos católicos»), buscan alcanzar acuerdos, aprueban y confían más en el otro, están más dispuestos a seguir líderes del grupo y forman organizaciones más eficaces. Este hecho se revela, por ejemplo, en extensos estudios de la cooperación en grupo conducidos por Steven L. Blader y Tom R. Tyler de la Universidad de Nueva York. Como resultado, la gente puede reunirse para crear un mundo social basado en sus valores compartidos—inculcando un estado de «autorrealización colectiva», lo que es bueno para la salud psicológica. Poder contar con el apoyo social para controlar el propio destino resulta en mayor autoestima, menor estrés, y menores niveles de ansiedad y depresión.
La gente que comparte un sentido de identidad en un grupo demuestra dos rasgos sociales. Primero, no han perdido la capacidad de juicio; en lugar de eso la base de sus decisiones se traslada de sus nociones individuales a sus comprensiones sostenidas en conjunto. Como han mostrado estudios (un sumario aparece en Blackwell Handbook of Social Psychology: Group Proceses) de uno de nosotros (Reicher), aun las acciones colectivas más extremas, tales como un motín, revelan un patrón de conducta que refleja las creencias, normas y valores del grupo involucrado. Segundo, las respuestas de la gente varían dependiendo del grupo en el que ser miembros sea más importante en una situación dada. Por ejemplo, las normas y valores que usamos como empleados en el sitio de trabajo pueden diferir de aquellas que nos gobiernan como creyentes en nuestro sitio de culto, como activistas en un mitin político o como patriotas cuando se iza la bandera.
En contraste con las conclusiones de Stanford, no obstante, los teóricos de la identidad social han argüido desde hace tiempo que la gente no acepta automáticamente las pertenencias a grupos que otros le asignan. Con mucha frecuencia la gente se distancia de los grupos, especialmente de aquellos que están devaluados en la sociedad. Por ejemplo, en los setenta Howard Giles y Jennifer Williams, ambos entonces en la Universidad de Bristol, señalaron que muchas mujeres responden a la desigualdad dando menos importancia a su género, enfatizando sus cualidades personales y buscando el éxito como individuos. Sólo cuando creían que no podían escapar—esto es, cuando las fronteras entre grupos se ven como impermeables, como argumentaban las feministas cuando identificaban el «techo de cristal»—se identificarían con el grupo devaluado y actuarían colectivamente. Adicionalmente, estaban preparadas para usar su poder colectivo en el desafío del status quo y tratar de mejorar la posición de su grupo solamente cuando percibían el sistema social como inestable.
Un amplio corpus de investigación, incluyendo estudios controlados de laboratorio, extensas encuestas y detalladas observaciones de campo, apoya la perspectiva de la identidad social (para un recuento véase Social Identity, editado por Naomi Ellemers de la Universidad de Leiden en Holanda y sus colegas). Sin embargo, hasta hace poco no había un solo estudio en el molde de Sherif, Milgram o Zimbardo que pudiera ilustrar y combinar las distintas proposiciones de la teoría de manera comprehensiva y convincente. Lo que es más, parecía imposible conducir un estudio de esa clase. A pesar de las dudas suscitadas por el estudio de Stanford, su misma severidad parecía sacar ulteriores estudios de su tipo fuera de los límites.
Esta situación cambió recientemente con el experimento de la prisión de la BBC. Ambos de nosotros colaboramos con la British Broadcasting Corporation, que financió la investigación y difundió los resultados en cuatro documentales de una hora. Nuestro primer reto fue desarrollar procedimientos éticos que asegurarían que, aunque arduo, el estudio no dañaría a los participantes. Pudimos colocar un conjunto de salvaguardas, incluyendo psicólogos clínicos in situ y un comité de ética independiente y constante. Tal como concluye el informe de este comité, mostramos que es posible conducir estudios dinámicos de campo que son asimismo éticos.
S. Alexander Haslam y Stephen D. Reicher
por Luis Enrique Alcalá | Dic 1, 2005 | Cartas, Política |

En Para leer mientras sube el ascensor, colección de textos humorísticos por el español Enrique Jardiel Poncela, se encuentra una narración muy preocupante. Dos amigos discuten. Uno de ellos ha propuesto la siguiente descripción: «El hombre lleva siempre a la fiera atroz en su corazón».
La discusión lleva a una apuesta. Quien sostiene la tesis asegura que logrará hacer surgir tal bestia de dos tranquilos viejecitos, que conversaban sentados en un parque protegidos por una verja de hierro. Allá va a molestarles, llamando su atención con un bastón y constantes gritos: «¡Eh, fieras!»
Al principio, los ancianos respondían con gran paciencia y dulzura, siempre con calma y respeto, y argumentaban que puesto que sólo eran dos ancianos inofensivos se les permitiera conversar en paz. Al final, luego de un larguísimo período de hostigamiento verbal y punzante con el bastón, los ancianos rugían, echaban espuma por la boca, mordían los barrotes de la verja y amenazaban con la peor de las muertes a su torturador. Quod erat demostrandum.
Esta historia viene al caso porque las tempestades de la oposición fueron antes vientos sembrados por el gobierno. Desde la primera amenaza que profiriera en vivo, en su primera alocución desde el Salón Ayacucho en Miraflores, Hugo Chávez no ha cesado de puyar y vejar verbalmente al enemigo. Y la matriz de opinión de buena parte de quienes rechazan absolutamente al gobierno incluye la convicción de que el Consejo Nacional Electoral es tramposo, noción que el mismo CNE estimuló, bajo la insensible estrategia revolucionaria de inducir que la oposición se diera un tiro en el pie, propiciando en sus filas una abstención que daría triunfos fáciles y abrumadores al gobierno.
Toda la conducta del gobierno en materia electoral ha ido en esa dirección. La fase destemplada y amenazante de Carrasquero, el sojuzgamiento de la Sala Electoral por la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, la impune admisión de Chávez de que la lista de Tascón había cumplido «su función».
………
Primero Justicia ha emitido anoche un exquisito comunicado para anunciar, por boca de Gerardo Blyde—que el 28, el 28, el 28, aseguraba que el secreto del voto estaba protegido y había que ir a votar—el retiro de Primero Justicia de las elecciones previstas para el próximo domingo. La exquisitez consiste en haber encontrado un argumento para desdecirse. El comunicado dice: «Cuando le hemos pedido el voto a los venezolanos por Primero Justicia le hemos dicho también que se lo defenderemos, y lamentablemente, en virtud del terremoto político que está ocurriendo—otra vez la sismología borgiana—no podemos responsablemente pedir su voto sin tener la capacidad para defendérselo y eso nos obliga a reconocer la realidad del proceso del próximo 4 de diciembre y tomar la decisión de no poder participar en este proceso». Nada menos que una sola cláusula castellana con dieciséis verbos, requirió el partido de la nueva generación «centro-derechista» para exponer azoradamente el motivo de su retirada. En posterior remate de estudiado gesto, indica su apoyo a lo que puedan decidir candidatos presos o procesados.
¿Por qué ya no puede Primero Justicia defender el voto de los venezolanos al retirarse Accion Democrática, Proyecto Venezuela, COPEI y Venezuela de Primera de la contienda, que es lo que había cambiado desde que Blyde, como un Chamberlain ilusamente alborozado, certificaba que el secreto del voto estaba asegurado? ¿Cómo es que a pesar de que ahora no puede defender votos ciudadanos a su favor podría defender los que votarían por Julio Borges el año próximo? Porque es que el comunicado no omitió contestar inconsistentemente: «¿Qué le ofrece Primero Justicia a los Venezolanos? Seguir liderizando a una nueva generación, consolidarnos como la alternativa democrática, construir una nueva mayoría donde tengan cabida todos los venezolanos y por eso con más fuerza y mayor compromiso con Venezuela nuestro candidato presidencial a la cabeza de Primero Justicia será la alternativa del nuevo liderazgo para la elección presidencial del 2006».
Es lo mismo que me había escrito un protocandidato presidencial—aún no ha declarado formalmente que pretende la Presidencia de la República—sólo que no ayer, sino el 31 de octubre: «…estamos preparando un retiro masivo de candidatos… seguido de un evento espectacular de lanzamiento de campaña 2006». Es decir, hace un mes, bastante antes de la auditoría que pondría en evidencia la posibilidad de generar una nómina Tascón 2.0, que se preparaba lo que hemos visto en estos días.
La revisión en la que técnicos de Primero Justicia demostraron que la secuencia del voto quedaba almacenada en las máquinas de Smartmatic, no arrojó dudas sobre el respeto al voto en sí, sino sobre su carácter secreto. (Aparece a estas horas tardías, sí, el informe de un «grupo interdisciplinario», los nombres de cuyos miembros se mantienen «en reserva», donde se asegura haber probado, por fin, cómo es que un triunfo del «Sí» por cinco puntos porcentuales, fue convertido en uno del «No» por veinte el 15 de agosto de 2004). Esto es, los partidos que se han retirado de las elecciones de diputados a la Asamblea Nacional no alegaron que habían descubierto cómo el CNE podía alterar la votación, sino que este organismo podría proporcionar al gobierno una herramienta de control social espiando la privacidad del votante, que quedaría expuesto a los métodos de un régimen paciente, que se toma su tiempo para apretar. La semana próxima habrá juicio contra María Corina Machado.
………
El mismo 28 de noviembre—cuando una caricatura de Weil arengaba «¡Viva el 27 N! ¡Mueran los golpistas!»—la Organización de Estados Americanos decía en nota de prensa: «…en una reunión del pasado domingo 27, la Misión recibió de los dirigentes de los partidos políticos que conforman la alianza Unidad la solicitud de transmitir al Consejo Nacional Electoral (CNE) la petición de no utilizar las máquinas captahuellas, para asegurar el secreto de voto y la plena participación de dichos partidos en las elecciones del 4 de diciembre. En la reunión participaron Henry Ramos (AD), César Pérez Vivas (COPEI), Julio Borges, Gerardo Blyde y Juan Carlos Caldera (Primero Justicia), Leopoldo Pucci (MAS), Adalberto Pérez, Enrique Márquez y Ana Ferrer (UNTC), y Enrique Mendoza. Como es habitual en toda Misión de la OEA, la mencionada petición fue transmitida a las autoridades del CNE. En el día de hoy la Misión estuvo presente en la reunión en la que el CNE accedió a dicha solicitud y los partidos políticos de la Unidad se comprometieron a participar en la contienda electoral y a instar a la ciudadanía a salir a votar el 4 de diciembre, afirmando que ‘el secreto del voto en este proceso no va ser vulnerado’. Además expresaron que de no ocurrir un hecho excepcional sobreviniente, las garantías ofrecidas hasta el presente permiten convocar a la participación de la ciudadanía en los comicios del domingo, sin realizar nuevas peticiones».
Habrá que ver que opinará la OEA después de que, sin mediar otro «hecho excepcional sobreviniente», la oposición haya ejecutado «un retiro masivo de candidatos», pero lo cierto es que el factor internacional está muy presente. Una firma local de analistas destaca: «Los partidos cristiano y socialdemócrata han alegado parcialidad pro gubernamental de parte del Consejo Nacional Electoral (CNE) para justificar el boicot. La movida llega justamente un día después de que el CNE concediera un número de exigencias técnicas adelantadas por los partidos de oposición y en medio de una escalada de tensión en las relaciones de Estados Unidos y Venezuela». (En la que el incidente de la comisión parlamentaria estadounidense en Maiquetía es un escalón).
¿Puede afirmarse que esa oposición partidizada está apostando a que la creación de una crisis fundamental llevaría a una intervención norteamericana? Muy probablemente no, pero en todo caso tal intervención sería opuesta por una importante defensa de Chávez en América del Sur. Ayer Luiz Inacio Lula Da Silva, en presencia de Kirchner, saludó el posible triunfo de Evo Morales en Bolivia y dijo: «Miren el retrato de las elecciones en Sudamérica en estos últimos tres años y vamos a percibir que en ningún momento histórico tuvimos tantas posibilidades de tener una Sudamérica realmente orientada a su gente… Le dije a Kirchner, hace poco, imagínate lo que significó la elección de Chávez en Venezuela; imagina lo que significa si Evo Morales gana las elecciones en Bolivia. Son cambios tan extraordinarios que ni nuestros mejores politólogos podrían escribir porque no había antecedentes mostrando que eso sería posible». Esto después de lo acontecido en Mar del Plata y la polémica Fox-Chávez y la polémica venta de equipos españoles a las Fuerzas Armadas de la República Bolivariana de Venezuela.
………
En este momento se abre un cauce de posibilidades a partir del retiro de candidaturas oposicionistas. (Que puede ser producto de una estrategia anticipada o cascada ineludible de reacciones, como un «efecto dominó», como el comienzo inescapable de la Primera Guerra Mundial. Lo importante es que dejan al gobierno solo ante las urnas).
Primero, dentro de las filas gubernamentales mismas hay radicales que, estando muy molestos con Jorge Rodríguez porque se dejó cazar y habría hecho demasiadas concesiones a la oposición, propugnan la extremidad de un «fujimorazo», olvidados ya de instituciones burguesas como los parlamentos. El 28, el 28, el 28 había quienes preguntaban la dirección de María Corina Machado, para enviar allí motorizados a amedrentarle.
La paranoia gubernamental tiene cómo alimentarse. Hace unos meses que leía en el «Informe Waller»: «Para las elecciones de 2006 debe ponerse en práctica un nuevo proceso y modelo electoral para desanimar o por lo menos entorpecer la clase de fraude que ocurrió en 2004. Es probable que el régimen sabotee la implementación de cualquier nuevo proceso. Esto, por sí mismo, ayudará a consolidar el cambio de paradigma en la percepción precisa del gobierno venezolano como una dictadura». Muy poco tiempo después (31 de mayo), María Corina Machado era recibida en la Oficina Oval por George W. Bush, en vísperas de una reunión de la OEA en Florida, cuando el gobierno norteamericano intentó, sin conseguirlo, introducir un mecanismo interamericano que permitiera monitorear y certificar—o más bien descertificar—al gobierno venezolano.
Esos radicales del chavismo aducirán que la conducta de la oposición es consistente con su expectativa de que el gobierno saboteara los cambios, y que al ser desarmada por las concesiones de Rodríguez (auditoría de 47% de las urnas, limitación de los cuadernos electrónicos y eliminación de máquinas «captahuellas»), habrían tenido que delatarse al retirar sus postulaciones. No habrían previsto los opositores, para su desconcierto y desesperación, que el CNE no se cerraba como pensaban que lo haría y necesitaban.
Pero la oposición también alberga radicales paranoicos, que encuentran signos que confirman sus peores presunciones. De allí que probablemente quieran presumir que la retirada, el «vuelvan caras» que iniciara Acción Democrática y ha terminado por acatar Primero Justicia, es un golpe que pondrá muy mal al gobierno, al punto de que sería el preludio de su caída. Que de la ausencia electoral habría que pasar a la activación del artículo 350 constitucional.
Entre estos extremos estarán las líneas principales de lado y lado. A pesar del drama—María Corina Machado reitera ominosamente su invitación a los templos y el Arzobispo de Caracas se apresura a declararlos impropios para actividad política—todavía no ha llegado la sangre al río. COPEI llegó a sugerir la posposición de las elecciones, y es de suponer que Primero Justicia aspira a que el sorpresivo movimiento táctico de la retirada inicie una reformulación aceptable de todo el mecanismo electoral, dado que pretende perseverar con la candidatura Borges, que tendría que ser administrada por un sistema del que ahora dice desconfiar. Lo que no deja de ser ingenuo, puesto que un nuevo Consejo Nacional Electoral sería escogido por una nueva Asamblea Nacional, en la que la mayoría oficialista sería enorme.
Por el lado gubernamental, la propaganda se centrará en un hecho fácilmente comprobable: los estudios de opinión indicaban que la oposición no habría arrastrado, en cualquier caso, un significativo caudal de votos a su favor. Esto sería, ha destacado el propio Chávez, la razón del repliegue opositor: «las uvas están verdes», como habría apuntado Samaniego. Ya antes de conocerse la decisión de Primero Justicia, el CNE había sacado las cuentas y señalaba que las organizaciones que se retiraban de las elecciones eran un 0,6% de los partidos inscritos (446) para participar. (También acusó el golpe, al excusar al CNE asegurando que este organismo desconocía la vulnerabilidad encontrada en la auditoría fatal).
Del lado opositor la cosa estará más complicada. El asunto será mostrado como triunfo heroico de la oposición, y como tal varios actores querrán reivindicar su propiedad. En la medida en que hayan sido más tardíos, esta pretensión será más difícil de mantener. Por ejemplo, Acción Democrática sostendrá que tiene más títulos que Primero Justicia, que se sumó de último, ya que los blancos iniciaron el movimiento. Pero también los recalcitrantes competirán por el trofeo: Tulio Álvarez, Oswaldo Álvarez Paz, Alejandro Peña Esclusa, pues mucho antes desahuciaron la vía electoral que ahora abandonan los partidos de oposición. (Salvo un chiripero exiguo e insignificante).
Aunque tal vez un ente de posicionamiento «intermedio» emerja como campeón: Súmate, que sin haberse enredado en lo del 350, emite señales de sintonía religiosa que resonarán con Castillo Lara, y que emprendió una larga y consistente campaña totalmente enfilada contra el Consejo Nacional Electoral. En la lógica oposicionista profunda, quien logre echarle más vaina al gobierno se legitimaría como el líder, como el San Jorge que vence al dragón de Barinas. Sólo que en vez de jinete varón, una Juana de Arco tecnocrática y mantuana, María Corina Machado, aspiraría a la Presidencia desde ese aura triunfadora.
Si hay elección el domingo, como parece que habrá, va a depender de la capacidad de movilización del gobierno que pueda sobreponerse al imprevisto ataque oposicionista. Lo que logre por encima de una participación de 30%—la encuestadora Hinterlaces medía intención abstencionista de 71% en octubre—podría presentarlo como triunfo, sobre todo cuando se viene de una abstención admitida por el CNE de 73% en las últimas elecciones. En este caso, los partidos de oposición habrían cometido, una vez más, un «suicidio post mortem», para emplear el agudo concepto de Luis Alberto Machado. De lo contrario, una concurrencia muy delgada señalaría una acusada debilidad del gobierno, y una base de legitimidad harto precaria de la próxima Asamblea Nacional.
Pero claro, quien certificará el grado de la abstención será el mismo Consejo Nacional Electoral en tela de juicio y ¿quién querrá creerle? El 2006 tal vez sea, en estimación de Primero Justicia, un año muy sísmico. Quizás no tanto, pero por lo menos turbulento y huracanado.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Dic 1, 2005 | LEA, Política |

En discurso pronunciado ayer el Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, pareció dar su brazo a torcer en lo que respecta a una disminución significativa de la presencia militar norteamericana en Irak. Aunque insistió en que no aceptará nada menos que una victoria completa, y que las tropas estadounidenses se quedarán hasta que «cumplan su misión», indicó que el mismo año que viene permanecería en aquel país un contingente de soldados bastante menor que el actual y se confiaría a las fuerzas iraquíes la mayor parte de la responsabilidad por la seguridad del territorio.
Bush había venido resistiendo una evaluación bastante extendida entre sus comandantes militares: que sólo una disminución de las tropas norteamericanas en Irak obligaría a las fuerzas iraquíes a asumir el control de la seguridad de su nación, y que la mera presencia de sus soldados—percibidos por la mayoría de los habitantes como fuerza de ocupación—estimula las acciones insurgentes.
A este respecto, pues, la administración Bush ofrece signos de estar entrando en razón, al aceptar aparentemente tales argumentos. Sería corrección de rumbo motivada por los recientes reveses del gobierno norteamericano, en una suerte de vorágine de malas noticias.
Quizás, entonces, pueda esperarse también que se rinda ante la evidencia ecológica. Mediciones hace poco reveladas indican que los niveles atmosféricos actuales de anhídrido carbónico representan el nivel más alto de los últimos 650.000 años, según registros obtenidos con perforación profunda de capas de hielo polar. No puede ya caber duda de que molestamos grandemente a la Madre Tierra, que revira malhumorada con profusión de huracanes, inundaciones y terremotos.
Después de que concluya su nueva iniciativa, en materia de control de inmigración, tal vez pueda la administración Bush mostrar mayor aquiescencia a las previsiones del Protocolo de Kyoto, del que hasta ahora se ha mostrado tan reticente. Es buena cosa que un gobernante tenga tiempo para la rectificación, así sea luego de hacerse el testarudo por largo tiempo.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Nov 29, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Es opinión del suscrito que uno de los más graves impedimentos a la solución de muchos entre nuestros problemas públicos es un insidioso desprecio por el pueblo venezolano. Se manifiesta, por ejemplo, en la típica comparación de nuestra sociedad con alguna otra—la de los Estados Unidos es un estándar favorito—para denigrar de lo venezolano. («En Miami no hay ni un papelito en la calle; en cambio aquí todo el mundo bota la basura que le da la gana»). El venezolano sería flojo, mal educado, económicamente desarreglado, abusador, etcétera. Según esta perspectiva, nuestros problemas sociales se deben a un defectuoso «material humano» de Venezuela.
Quienes aducen semejante explicación, usualmente en tono pontificante, no se incluyen, claro, en ese «material humano» degradado, marcado por una «huella perenne» que nos impediría genéticamente para acceder a niveles superiores de desarrollo. Son tan venezolanos como otros, pero no se describen a sí mismos, sino a una mayoría de sus compatriotas, que conforman una sociedad inferior en los que una cósmica mala suerte les puso a nacer.
En más de una ocasión he procurado salir al paso de tan infeliz caracterización. En diciembre de 1997 incluí el contenido de esta Ficha Semanal # 74 de doctorpolítico en un trabajo de 1997, bajo el pretencioso título «Si yo fuera Presidente», que seguramente nos remite a la película de Cantinflas, «Si yo fuera diputado». Intenta, pues, rebatir esa caricatura de país que abate la más firme de las autoestimas.
De un modo u otro la despreciativa imagen de lo venezolano penetra los discursos y los ademanes de muchos líderes, que debieran preguntarse si no es una postura tal la raíz de su ineficacia. Es un desprecio largamente sentido entre las gentes, y por eso cualquier demagogo que ofrezca la «dignificación» de «los excluidos» cosecha apoyos que parecen inexplicables.
En otra parte escribí: «Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo venezolano continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles».
LEA
……
Enfermedad autoinmune
A mediados de 1983, hace ya catorce años, se celebró una reunión privada de cinco muy importantes banqueros venezolanos, convocada para discutir un posible flujo negativo de caja de PDVSA que se proyectaba para fines de ese año, año electoral.
En medio de la discusión se pidió a los asistentes participar en un simple ejercicio, un sencillo juego, una adivinanza. El ejercicio consistió en leer las palabras textuales de un fragmento de discurso, y pedirles que intentaran identificar a quien las había dicho. Las palabras en cuestión se referían a un país y a sus hábitos económicos. El orador fustigaba a los oyentes y decía que en su país la gente se había endeudado más allá de sus posibilidades, que quería vivir cada vez mejor trabajando cada vez menos. Al cabo de la lectura los banqueros comenzaron a asomar candidatos: ¡Úslar Pietri! ¡Pérez Alfonzo! ¡Jorge Olavarría! ¡Gonzalo Barrios! No fue poca la sorpresa cuando se les informó que las palabras leídas habían sido tomadas del discurso de toma de posesión de Helmut Kohl como Primer Ministro de la República Federal Alemana.
El ejemplo sirvió para demostrar cuán propensos somos a la subestimación de nosotros mismos. Si se estaba hablando mal de algún país la cosa tenía que ser con nosotros. Al oír el trozo escogido los destacados banqueros habían optado por generar sólo nombres de venezolanos ilustres, suponiendo automáticamente que el discurso había sido dirigido a los venezolanos para reconvenirles. A partir de ese punto la reunión tomó un camino diferente.
Fue el maestro Augusto Mijares, en cuya reciente efemérides se le ha rendido toda clase de merecidísimos aunque póstumos honores, quien diagnosticó certeramente el daño que nos hacemos a nosotros mismos a través de la más despiadada autocrítica. En «Lo afirmativo venezolano», uno de sus más importantes ensayos, nos invitaba a fijarnos más bien en logros positivos de nuestros nacionales.
Y en este punto tienen especial capacidad de actuar positivamente los medios de comunicación social. Muy notorios ejemplos tenemos, lamentablemente, de medios de comunicación venezolanos que parecieran complacerse en la publicación de las lecturas más negativas, de las peores evaluaciones de nuestro país.
Este es un viejo problema y por cierto no es exclusivo de Venezuela. No fue precisamente en Venezuela donde el término amarillismo, referido a la prensa, fue acuñado, sino en los mismísimos Estados Unidos.
Hace nada que se ha producido un debate, perdido por el gobierno de Venezuela, en torno al inasible concepto de la llamada «información veraz». En efecto, el presidente Caldera quiso que la declaración de la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado que se celebró en la isla de Margarita a comienzos de noviembre de este año, contuviese una rotunda afirmación sobre el «derecho de los pueblos a la información veraz». Como es natural, la posición de los dueños de medios del continente se convirtió en una campaña en contra de tal concepto
Un enfoque distinto habría, posiblemente, redundado en resultados diferentes. En lugar de intentar la formulación de lo que es información veraz, noción harto difícil de establecer, ha podido hablarse de la información falaz, el concepto contrario, para establecer que una sistemática falsificación por parte de algún medio de comunicación debiera ser reprimida socialmente con mucha fuerza, tal como, por ejemplo, en otras latitudes se castiga drásticamente el delito de perjurio.
En todo caso, es necesario reinterpretarnos como nación y reexaminar nuestras vergüenzas, por cuanto encontraríamos que las evaluaciones negativas de nuesta conducta nacional han sido grandemente exageradas.
Y a veces llegamos tan lejos en este malsano deporte de la autodenigración que importamos «expertos» extranjeros para que nos regañen en nuestra propia casa. Así, por ejemplo, trajimos varias veces a un profesor norteamericano de economía que venía a restregarnos nuestra mala conducta económica y a denostar del país en general—«este país ha sido destruido en los últimos veinte años»—complaciéndose en presentar indicadores según los cuales Venezuela es poco menos que la escoria del planeta. Todo esto con el ánimo de vendernos su receta económica favorita. (Más tarde se descubrió que no era el desinteresado profesor universitario que venía del norte a salvarnos de nosotros mismos. El profesor en cuestión resultó ser un directivo de un fondo mutual norteamericano que poseía extensas inversiones en América Latina, incluyendo un 5% del total de sus activos en bonos Brady de la deuda pública venezolana).
No debemos permitir que se nos presente como lo peor del planeta porque se trataría de una terrible injusticia. Nadie niega, naturalmente, que Venezuela empezó a mostrar una conducta económica poco sana a raíz del boom petrolero de los setenta y comienzos de los ochenta. Pero es importante percatarnos de que en buena medida eso fue el resultado casi inevitable de un evento internacional fortuito que no fue provocado por nosotros: el embargo petrolero árabe de fines de 1973, que desencadenó la escalada en los precios internacionales del petróleo. Ese evento y ese proceso pueden ser analizados desde otra perspectiva menos abrumadora que la que habitualmente se nos endilga.
No hay duda de que estamos, con Venezuela, ante un caso agudo de sociedad que se siente culpable. Reiteradamente, la mayoría de los diagnosticadores sociales nos restriega la culpa de nuestra desbocada conducta económica en nuestro pasado inmediato. Esto viene haciéndose desde hace ya varios años de modo sistemático.
Pero esto no pasa de ser una exageración desmedida. No se trata de negar que se ha incurrido en conductas inadecuadas y hasta patológicas. Pero, en primer término, el proceso ha sido en gran medida eso: una patología. Como tal patología, la conducta social inadecuada puede ser juzgada con atenuantes. ¿Qué sociedad bien equilibrada no hubiera exhibido patrones de conducta similares a la de los venezolanos luego de la tremenda indigestión de moneda extraña que tuvo lugar durante la década de 1973 a 1983? ¿Qué conducta podía esperarse en una sociedad que, como la nuestra, ha retenido largamente la satisfacción de necesidades y se ve súbitamente anegada de recursos y posibilidades? Recuerdo una similitud de este comportamiento con la experiencia de aquellos campesinos que de repente eran llevados a los cursos de un mes de duración que patrocinaba el Instituto Venezolano de Acción Comunitaria, a comienzos de la década de los años sesenta, y que se enfermaban con la ingestión de tres comidas diarias, porque esta dieta era para ellos un salto enorme en la alimentación a la que estaban acostumbrados. O pienso en aquellos suicidios «anómicos» registrados por Émile Durkheim en Europa de fines de siglo, cuando una persona se quitaba la vida al experimentar un súbito desnivel entre sus metas y sus recursos, así fuera cuando el desequilibrio se produjese por la repentina y fortuita adquisición de una fortuna adquirida por herencia.
La dimensión del atragantamiento de divisas provenientes del negocio petrolero ha sido enorme. Bajo otra luz distinta a la que habitualmente se dispone para el análisis de este proceso, bien pudiera resultar que halláramos mérito en nuestra sociedad, pues tal vez nos hubiera ido peor con una menor capacidad de absorción del impacto.
En términos relativos, además, nuestra conducta se compara con similitud ante la de otros países. El Grupo Roraima, en importante trabajo de 1983 sobre la inadecuación de ciertos axiomas clásicos de nuestra política económica, no hizo más que constatar la semejanza de comportamientos de Venezuela con los de países que, con arreglo a otros indicadores, son normalmente considerados como más desarrollados que nosotros y que también experimentaron desajuste por las mismas razones. (Reino Unido, por ejemplo).
Esto es importante constatarlo, no para refugiarnos en el consuelo de los tontos, el mal de muchos, sino para salir al paso de muchas implicaciones, explícitas e implícitas, que suelen poblar la constante regañifa que, desde hace años, soporta el pueblo venezolano. Es decir, implicaciones que establecen comparación desfavorable de nuestra inadecuada conducta con la supuestamente regular conducta de países «realmente civilizados.»
Si el ingreso del gobierno Federal de los Estados Unidos se hubiese visto súbitamente multiplicado varias veces, como ocurrió con Venezuela a partir de 1974, la economía de ese país hubiera enfrentado importantes problemas. De hecho, es de destacar que los niveles del déficit fiscal norteamericano son objeto de fuertes críticas allá mismo, así como sus volúmenes de deuda pública y privada. (La revista TIME exhibió crudamente la conducta económica desarreglada de muy grandes contingentes de norteamericanos—empresas, personas naturales, gobierno—en un famoso artículo de 1982).
El desequilibrio del repentino recrecimiento de los ingresos del Estado venezolano como consecuencia de los aumentos de precio del petróleo entre fines de 1973 y comienzos de 1982, es sin duda una causa de grave desajuste, el que todavía estamos pagando. En el análisis de muchos críticos de nuestro país, sin embargo, tan importante factor brilla usualmente por su ausencia.
Más aún. Ya basta de hacer residir la explicación de estos hechos en una supuesta tara congénita del venezolano, en «huellas perennes», en la pretendida inferioridad del español ante el sajón, en la costumbre de la «flojera» indígena o la tendencia «festiva» del negro. Es necesario acabar con esa prédica, porque ella realimenta el síndrome de la sociedad culpable, que nos anula.
No resisto la tentación de repetir acá una anécdota hermosa que he mencionado en otras partes. Francisco Nadales nació en Cumanacoa, Estado Sucre, Venezuela. Pudo completar solamente una educación primaria, lo que no le permitió mejor empleo que el de obrero no calificado de la industria de la construcción. Una vez fue puesto, sin otra preparación previa, delante de un moderno computador personal. La pantalla mostraba una hoja de cálculo electrónica, en la que en breves segundos postuló, bajo instrucciones, una operación algebraica. Cuando la pantalla titiló mostrando el resultado, una sonrisa tan amplia como su cara demostró su alegría profunda, y la extensión de su súbita comprensión fue expresada en su inmediato comentario: «¡Hay que ver que el hombre es bien inteligente!»
Francisco Nadales hablaba, claro, del hombre que había sido capaz de concebir, producir y ensamblar la intrincada maraña de circuitos y componentes del computador que tuvo ante sí; del que había sido capaz de generar y enhebrar las numerosas líneas del código de programa que le permitió usar el álgebra por primera vez. Pero esa referencia no habría bastado para ampliarle la sonrisa de aquel modo. Francisco Nadales estaba también hablando de sí mismo. Francisco Nadales era ese hombre bien inteligente y Venezuela puede alcanzar ya, mañana mismo, un mejor y más significativo futuro.
Luis Enrique Alcalá
intercambios