por Luis Enrique Alcalá | Dic 20, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Tuve la inmensa fortuna de conocer a Yehezkel Dror allá por el mes de julio de 1972, y luego el honor de su amistad y su guía. El año anterior le había conocido en México el Dr. Enrique Tejera París, quien por entonces procuraba establecer en la Universidad Simón Bolívar un curso de «bulemática». (Término acuñado por Tejera a partir de la raíz griega bulé, decisión). Ambos se habían encontrado en un congreso de la Internacional Socialista, a la que pertenecen Acción Democrática y el Partido Laborista israelí, del que Dror había sido su «científico jefe». En las muy recientes aulas de un Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) prácticamente acabado de estrenar, el profesor Dror condujo para una veintena de asistentes su primer Taller de Análisis de Políticas en Venezuela.
Dror nació en Viena, pero culminó sus estudios de derecho en la Universidad de Harvard. Cobró notoriedad en 1971, a raíz de la publicación de su visionario libro Crazy States: A Counter-conventional Strategic Problem. (Para ese entonces Dror formaba parte del equipo de investigadores del más grande y prestigioso think tank del mundo: la Corporación RAND). Luego se concentraría en el desarrollo de los principales paradigmas de las policy sciences, que a diferencia de las académicas «ciencias políticas», representan el más acabado arte de la decisión pública de alto nivel. Después de nuevos libros, sus servicios de asesoría fueron requeridos por los altos gobiernos de Canadá, Reino Unido e Israel, así como por la Comunidad Europea en Maastricht. En Israel aceptó la cátedra Wolfson de Ciencias Políticas en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
El profesor Dror vino más tarde casi una vez al año al país entre 1972 y 1994, para talleres, conferencias y seminarios que dictaría para el gobierno venezolano, las Fuerzas Armadas y la industria petrolera, así como para instituciones del sector privado. El suscrito le escuchó predecir la caída del régimen del Shah de Irán en 1977, en las aulas del Servicio de Telecomunicaciones del Ejército en Fuerte Tiuna, un evento cumbre que tomó enteramente por sorpresa a las más sofisticadas cancillerías occidentales.
Este instinto profético de Dror le ha representado más de un acierto premonitorio, aunque las más de las veces haya tenido que anticipar malas noticias. En una entrevista concedida en 1991 admitió: «Tengo una mezcla de sentimientos acerca de tener la razón: satisfacción y dolor a la vez. Satisfacción intelectual, pero dolor como ser humano».
La Ficha Semanal #77 de doctorpolítico es una traducción de una de sus más características exposiciones: la conferencia How to Spring Surprises in History (Cómo dar sorpresas a la historia), que ofreciera en 1984 en el simposio internacional When Patterns Change: Turning Points in International Politics.
En nuestra larga asociación, creo haber aportado sólo una cosa a su privilegiado cerebro: el gusto obsesivo por la torta de guanábana, que una vez descubierta exigía comer cada vez que venía a Venezuela. LEA
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Sorpresas históricas
1. El tema «Cómo sorprender a la historia» (o dicho de otro modo no menos presuntuoso, «Cómo planear discontinuidades») hace surgir problemas filosóficos, científicos, metodológicos y aplicados a la vez oscuros y fascinantes. Ésta es sólo una exploración preliminar.
2. Permítaseme comenzar ofreciendo cinco marcos de referencia alternativos, aunque no mutuamente excluyentes o contradictorios, para pensar sobre el asunto:
a. En términos de la filosofía de la historia la cuestión es en parte una de determinismo vs. maleabilidad. Dentro de la limitada perspectiva temporal de la actividad política humana, una visión estocástica de la historia-que la entiende como un conjunto de intersecciones que proveen ocasionales posibilidades de escogencia-puede adaptarse mejor a mis necesidades. Una metáfora alterna e interesante la provee la teoría de «catástrofes», la que trata de la posibilidad de moverse entre distintos estados, bien sea «suavemente» o por la vía de un «salto» o «catástrofe». (Nota del traductor: el autor de la teoría es el matemático francés René Thom, quien la expuso en su obra Stabilité structurelle et morphogénèse, 1972).
b. En materia de fabricación de políticas, el problema puede ser formulado en términos de incrementalismo vs. cambio radical (como ha sido discutido por ejemplo en algunas controversias entre Lindblom y Dror). Aquí, la cuestión es la de saber si es aconsejable, o cuándo es aconsejable, tomar los riesgos de luchar por lo desconocido y cuáles son las condiciones de factibilidad política de hacerlo. (Nota del traductor: incrementalismo quiere decir que se adopta conscientemente un curso de modificación de las cosas paso a paso. Dror, quien tampoco cree en «optimalismos”—pues recomienda, ante las estrategias de «optimización» una de «preferización»—no acepta, sin embargo, la ruta del incrementalismo. De allí su debate con Lindblom. Dror propone un «radicalismo selectivo», según el que es preferible seleccionar unas cuantas áreas o puntos en los que se ensaya transformaciones a fondo.)
c. En términos de la teoría de inteligencia estratégica y el análisis de percepciones e imágenes, el problema no es visto—con razón—como el de «sorprender a la historia», sino como el de sorprender expectativas, las que, a su vez, están en parte basadas en la historia y sobre supuestos explícitos o implícitos de continuidad.
d. En términos del arte del estadista, es quizás lo mejor regresar a Maquiavelo y considerar las posibilidades de convergencia entre oportunidades históricas raras (ocassione) que provee la historia (fortuna) y que pueden ser utilizadas por gobernantes que tengan las raras cualidades necesarias (virtu).
e. En términos de política de la burocracia, el problema es el de si, cómo y cuando pueden ser vencidas o evadidas las fuerzas de la inercia y el conservatismo dinámico, como para que sea posible la innovación contraconvencional y contratendencial. ¿Dependemos acá de gobernantes innovadores especiales, o puede uno diseñar organizaciones de ruptura que, como «islas de excelencia», permitan escapar de los aspectos usuales de la política del establishment?
3. Yendo de estas consideraciones generales como marco de referencia al mundo contemporáneo, permítaseme ofrecer la tesis de que la probabilidad de discontinuidades está aumentando, proveyendo situaciones en las que es posible estimular o hacer surgir algunas discontinuidades mediante intervención consciente. Esta tesis está basada, en parte, sobre los siguientes casos:
—Cuando la continuación de las principales tendencias actuales conduce a situaciones imposibles, como ha sido ilustrado en obras pioneras de Forrester y en estudios posteriores del Club de Roma.
—Cuando variables exógenas e incontrolables rompen la continuidad y son causa de «metaestabilidad». Son variables tales como la tecnología armamentística, la emergencia del Tercer Mundo, la propensión hacia movimientos ideológicos agresivos. (Nota del traductor: en la terminología de Dror, se llega a una situación «metaestable», cuando una situación en apariencia estable cambiará con toda seguridad y con un gasto de estímulos relativamente pequeño, al tiempo que se ignora cuál será la dirección del cambio).
—Cuando un cierto número de tendencias actuales conduce a situaciones explosivas (aunque no imposibles) donde alguna discontinuidad es altamente probable. Por ejemplo, precios energéticos, Sur África e Irán.
4. Saltando de estas observaciones sobre las posibilidades de crear, acelerar o influir discontinuidades, hacia la cuestión de la motivación para actuar en ese sentido, tres situaciones principales pueden justificar intentos de actuar de ese modo para mutar las tendencias históricas:
a. Si las tendencias actuales son vistas como crecientemente negativas y cada vez más peligrosas para los valores aceptados.
b. Si se ha dado un salto en los valores que lleva consigo un imperativo categórico de tratar de cambiar la realidad, aun cuando ésta sea satisfactoria para los valores previos.
c. Si la realidad se percibe como turbulenta y mudable en cualquier caso, requiriendo respuestas bajo la forma de saltos en políticas como el único modo de tener, tal vez, feedback positivo. (Bien sea para evitar cambios negativos o para aprovecharse de oportunidades positivas).
5. Suponiendo que uno desee planear una discontinuidad y suponiendo que uno ha analizado la dinámica de la situación para alcanzar la conclusión de que eso puede ser posible, ¿cómo se procede? O, para retroceder un paso, ¿cómo puede uno analizar el mérito y la factibilidad de darle una sorpresa a la historia? La literatura disponible en planificación y análisis de políticas, en pensamiento estratégico, etc., tiene poco que ofrecer a este respecto, pues se concentra más sobre micro-problemas que sobre tales problemas de «gran estrategia». Permítaseme ofrecer un cierto número de pensamientos preliminares sobre esta materia:
—Una buena inteligencia estratégica y el análisis de ambientes esperables puede identificar tendencias negativas y diagnosticar situaciones inestables.
—Las estructuras y procesos gubernamentales normales son incrementales por naturaleza. Aun si llegan a sentir una situación en deterioro se conducirán según una microrracionalidad, buscando encontrar un mejor punto en una curva dada; pero usualmente se opondrán o reprimirán proposiciones «radicales», las que tratan de moverse a otra curva e incluso a otro espacio por la vía de discontinuidades conscientemente creadas.
—La política democrática tiene algunos aspectos adicionales que refuerzan el incrementalismo e inhiben estrategias «sorpresivas» (aunque no completamente). Esto puede hacer surgir problemas de competencia entre regímenes democráticos y no democráticos, los que pueden ser resueltos pero requieren atención.
—Un empresariado político (policy entrepreneurship) es un requisito para darle sorpresas a la historia. Esto requiere gobernantes especiales que sean innovadores, anulen el conservatismo y quizás sean más aventureros, aceptadores de riesgo y propensos a apostar. Tal cosa hace surgir un dilema: una excesiva concentración de poder en gobernantes especiales o en un grupo muy pequeño de tomadores de decisiones aumenta los peligros de acciones precipitadas y de equivocaciones. Un sistema cuidadoso de frenos, contrapesos y controles mutuos puede impedir las innovaciones políticas radicales del tipo histórico-mutante. Pequeños núcleos de políticos de alto nivel, auxiliados por pequeñas islas de excelencia bajo la forma de equipos altamente calificados, pueden ser lo óptimo para darle sorpresas a la historia. Este tipo de estructuras gubernamentales es aceptado en países democráticos bajo condiciones de crisis aguda; también disfrutan acá de algunas ventajas los regímenes presidencialistas. Un problema abierto es el de cómo permitir acciones sorpresivas adecuadas en países de gobierno de gabinete bajo condiciones que no estén políticamente definidas como críticas, lo que añade una dimensión importante a los temas más amplios de una reducción en la capacidad de gobernar y de tendencias hacia lo que llamo «política del estancamiento». (Stalemate politics).
6. Moviéndonos de la factibilidad política y del delicado balance entre riesgosas concentraciones de poder y equilibrios de poder inhibidores de acción radical, hacia los problemas intelectuales-cómo se planifica mejor una sorpresa a la historia-debe enfatizarse la ya mencionada escasez de estudios y metodologías pertinentes. Para movernos hacia terra incognita, algunos de mis trabajos preliminares sobre las posibilidades del análisis macropolítico y la planificación de gran estrategia me conducen a los siguientes comentarios tentativos:
a. La selección y el éxito de intentos de mutar tendencias depende del macroanálisis de situaciones sociopolíticas y político-estratégicas y su evolución. Algunas veces un individuo se muestra capaz de asir tales Gestalten. Pero, para hacerlo sistemáticamente, son necesarias unidades especiales compactas, altamente calificadas e interdisciplinarias. Los equipos de análisis político y de inteligencia del tipo regular son incapaces de hacer el trabajo.
b. Es posible definir situaciones cuando se justifiquen intentos de ir más allá del incrementalismo y de sorprender a la historia. Ciertas tendencias al deterioro que constituyan amenazas cada vez más serias, ideologías y aspiraciones que no tengan oportunidad sin una ruptura radical de la continuidad, o una turbulencia histórica que o se vuelve demasiado riesgosa o provee oportunidades que pudieran escaparse; todo esto, como ya ha sido mencionado, son condiciones que pueden ser analíticamente diagnosticadas y que justifican políticas de shock.
c. Puede ser posible a veces el diseño de una política de shock dominante, la que en el mejor de los casos logra desplazamientos muy deseables en los eventos y que en el peor de los casos no envuelve costos serios. (Por ejemplo, en mi análisis, la iniciativa de paz del Presidente Sadat se aproxima a una situación de ese tipo). En otras situaciones puede ser posible reducir los riesgos de fracaso o sus costos, mediante un sondeo y aprendizaje preliminares, construyendo sobre la base de la reversibilidad o por varias estrategias de «compensación de apuestas». (Hedging). En vista de la incertidumbre de la post-discontinuidad, las políticas de cambio radical usualmente confrontan riesgos irreductibles e indefinibles. Por tanto, a pesar de las posibilidades arriba mencionadas, tales políticas son intelectual y emocionalmente «apuestas difusas». Todas las metodologías de confrontación de incertidumbre son útiles, pero de utilidad limitada.
d. La prudencia (que es un juicio de valor en loterías) requiere por tanto un «análisis del peor caso», en el que lo pésimo de la continuación de tendencias o la no intervención en la turbulencia ambiental se compara con lo pésimo de los intentos de causar discontinuidad. La comparación de lo pésimo de la no intervención con lo óptimo de la intervención es un enfoque muy riesgoso que no puede ser recomendado. (Aunque, inherentemente, esto es un asunto de juicios de valor sobre las actitudes ante el riesgo). Por el otro lado, la comparación de lo óptimo de la no intervención contra lo pésimo de la intervención tampoco puede ser recomendada, por más que esto sea una difundida postura intelectual del incrementalismo y el conservatismo.
Yehezkel Dror
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 15, 2005 | Cartas, Política |

Una lectura general del pensamiento occidental del siglo XX, riquísimo y poderoso en tanto fábrica de conocimiento, puede resumir su producción, aunque parezca mentira, en lo siguiente: una reiteradísima y profunda lección de humildad. Wittgenstein, Heisenberg, Gödel, Mc Luhan, Kuhn, Foucault… todos ellos, cada quien a su manera, se sintió impelido a mostrar cómo es que hay limitaciones fundamentales en el lenguaje, el conocimiento de lo físico, la percepción de nuestro ambiente social, aun en el reino de la reina de las ciencias, la matemática. ¿Cómo es entonces posible que admitamos, en el discurso habitual de los políticos profesionales una arrogancia tan desmedida que les lleva a presentarse como seres inerrantes, prestos a la pontificación? Si la más rigurosa de las ciencias deductivas se topa con límites irrebasables ¿qué autoridad cognitiva puede ser reivindicada por los políticos en general o, más específicamente, en el caso agudo de un líder como el actual Presidente de la República?
La inmodestia pareciera ser entendida como un requisito consustancial a la profesión política, y el delirio que conduce a la sobrestimación de las reales posibilidades es causa radical de ineficacia, condición cuyos platos los pagan las naciones. Un caso divertidísimo fue el de un cierto «plan operativo» (1980) del CONICIT (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas) que registraba como algo de lo más normal, que su Oficina de Relaciones Internacionales (unos seis empleados) estipulaba como su primer objetivo para tal año ¡lograr un nuevo orden económico internacional!
Vale la pena, pues, traer a la memoria dos aleccionadores ejemplos, que comprueban que la vanidad o la soberbia no son requisitos funcionales del éxito.
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En la primera mitad de la década de los años setenta nació, vivió y murió una de las empresas más exitosas de toda la historia económica de Venezuela. La empresa en cuestión duraría, a lo sumo, unos tres o cuatro años en operación. Luego desapareció sin dejar rastro. La aparente contradicción entre éxito y desaparición se resuelve al comprender que la disolución de la empresa estaba prevista desde sus comienzos, pues había sido diseñada para ejecutar una única misión y desaparecer al término de la misma. Esta empresa se llamó Cafreca (Cambio de Frecuencia, C.A.), y fue la encargada de uniformar la frecuencia del sistema eléctrico venezolano, que hasta la década de los setenta presentaba una mezcla de suministros eléctricos que se hacían, unos, a cincuenta hertz, otros a la frecuencia estandarizada actual de sesenta hertz. (Sin contar alguna falta de uniformidad, asimismo, en los voltajes suministrados en distintas redes, incluso dentro de una misma ciudad).
La disparidad de la gama de frecuencias, en una distribución geográfica sin racionalidad alguna, involucraba costos considerables en incompatibilidad de equipos, mantenimiento de inventarios de piezas, conversión de frecuencia, etcétera. Una deliberación que involucró a todas las compañías de suministro eléctrico en el país, tanto públicas como privadas, llegó a la conclusión de que era altamente aconsejable la uniformación de la frecuencia de transmisión eléctrica a escala nacional, y que esto debía hacerse en la frecuencia «natural» de sesenta hertz.
La siguiente decisión fue la más sabia de todas, pues en lugar de exigir a cada empresa por separado que realizara la conversión requerida en sus respectivas redes, se optó por constituir una compañía dedicada exclusivamente a manejar este problema. Así nació Cafreca, y así fue como esta compañía—y no La Electricidad de Caracas, CADAFE, Edelca, Enelbar y las demás—pasó a ser el ente al que se confió la misión de uniformar nacionalmente la frecuencia eléctrica a sesenta hertz. Tal cosa se llevó a cabo en tiempo bastante corto y sin costo alguno para los usuarios, a los que la compañía suministró hasta las piezas de recambio necesarias. (Por ejemplo, para que los tocadiscos pudiesen girar a la velocidad correcta con una alimentación de sesenta hertz). Y todo se produjo dentro de un proceso de planificación e información pública admirable, premonitorio de la excelencia en planificación e información que más tarde sería distintivo del Metro de Caracas durante la época cuartorrepublicana. Terminada con todo éxito la conversión de frecuencias, se firmó el acta de defunción de Cafreca.
El caso Cafreca guarda dos lecciones importantísimas para cualquier intento de conversión o reforma institucional. La primera de ellas es ésta de la cesación planificada de actividades del agente de cambio una vez que éste se ha completado. La segunda lección es que el cambio es mejor administrado por un ente que se especialice precisamente en cambiar, no por los actores que cotidianamente deben administrar el sistema que deba ser modificado.
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Se dice que fue antes del término del siglo V antes de Cristo que los griegos clásicos elaboraron por primera vez una lista de los Siete Sabios que habían sobresalido en la gesta de la gran Atenas del siglo anterior. Hubo varias versiones de esta selección del Hall de la Fama de los griegos: una primera lista fue expandida primero a diez miembros, y luego a diecisiete. En todas las versiones, sin embargo, cuatro nombres permanecían constantes e indiscutidos, y uno de esos nombres era el de Solón de Atenas.
Resulta interesante recordar los hechos principales de la vida de Solón, los que le hicieron merecedor de esa indiscutida posición en todas las escogencias que de los Sabios de la Grecia antigua hicieron sus coterráneos.
Solón fue un estadista ateniense que puso fin a los peores males de la pobreza en la región de Ática y dio a sus conciudadanos una constitución equilibrada y un código de leyes más humano. Fue asimismo el primer poeta de Atenas, y empleaba el medio de la poesía—a falta de radio o televisión—para «alertar, retar y aconsejar al pueblo y urgirle a la acción».
«El siglo VI temprano fue un tiempo de tribulaciones para los atenienses… La sociedad estaba dominada por una aristocracia de nacimiento, los eupátridas, que poseían las mejores tierras, monopolizaban el gobierno y estaban divididos entre ellos formando facciones rivales. Los granjeros más pobres fácilmente eran empujados a endeudarse, y cuando no podían pagar eran reducidos a la condición de siervos en sus propias tierras y, en caso extremo, a ser vendidos como esclavos. Las clases medias de intermediarios agrícolas, artesanos y comerciantes se resentían de su exclusión del gobierno. Como lo describía Solón, ningún ateniense podía escapar a estos males sociales, económicos y políticos… El malestar público hubiera muy bien podido culminar en una revolución y en una consiguiente tiranía (dictadura), como había ocurrido en otras ciudades-estado griegas, de no haber sido por Solón, a quien atenienses de todas las clases recurrieron con la esperanza de una solución general satisfactoria de sus problemas. Dado que creía en la moderación y en una sociedad ordenada en la que cada clase tuviera su lugar y su función apropiados, su solución no fue la revolución sino la reforma». (Enciclopedia Británica).
Solón, que ya había incursionado en la administración pública de su ciudad, pues había ejercido la función de arconte o gobernador anual hacia el año de 594 antes de Cristo, fue investido con plenos poderes de reforma y legislación unos veinte años más tarde. Su primer trabajo consistió en resolver el malestar causado por las deudas. Así, procedió a redimir todas las tierras confiscadas por esa causa y liberó mediante decreto a todos los ciudadanos esclavizados. Igualmente prohibió que todos los futuros préstamos tuvieran como garantía las personas mismas objeto de crédito. Tales medidas produjeron un alivio inmediato.
Lo que sí no hizo Solón fue atender a las extremas reivindicaciones de los pobres, que exigían la redistribución de la propiedad de las tierras. En cambio, Solón se dedicó a estimular la prosperidad general y a proveer empleo a quienes no pudiesen vivir de la agricultura, mediante la promoción de las artes y los oficios. Reguló las exportaciones e impulsó la circulación del dinero (invento de su época), lo que a su vez expandió el comercio de los productos atenienses, hecho bien documentado por los hallazgos arqueológicos de la época.
Por encima de estos logros económicos, Solón produjo además importantes reformas políticas, al sustituir el monopolio de los eupátridas en una nueva constitución y al reformar las estrictas leyes del código de Dracón, que eran tan severas que se pensaba habían sido escritas no con tinta sino con sangre. Solón revisó todas las leyes draconianas—que permitían la esclavitud con deudas y castigaban con la muerte casi todos los delitos, fuesen éstos menores o mayores—y presentó un código mucho más humano.
En resumen, Solón produjo una cantidad de cambio tan grande como la que Napoleón Bonaparte generaría más tarde en su época, sólo que desde una autoridad democrática. De hecho, la tiranía le fue propuesta a Solón y la rechazó. No contento con negarse a la dictadura, Solón hizo que los atenienses se comprometieran a aceptar sus disposiciones, a las que se dio validez por el lapso de cien años (fueron escritas en tabletas giratorias de madera y colgadas por toda la ciudad) y ¡abandonó el poder! Solón, habiendo terminado su tarea, como Cafreca, cesó su intervención y desapareció de Atenas para viajar por Egipto y otros lugares, cuidando de no regresar a Atenas antes de que diez años expiraran, a la que volvió de nuevo como su poeta.
En su enjundioso estudio acerca de la insensatez política (The March of Folly), Bárbara Tuchman concluye que la insensatez política ha sido históricamente la regla. Solón de Atenas fue la excepción. Desprovisto de apetencias de un poder prolongado, enfrentó como médico el cuadro de enfermedades sociales de su tiempo en su patria, le dio solución inteligente y justa, y descendió por propia voluntad de la primera magistratura ateniense, rehusando toda oferta de convertirse en gobernante totalitario. Solón fue, sin duda, quien cambió la frecuencia de Atenas y abrió la puerta al Siglo de Oro signado luego por la gestión de Pericles. No en vano es Solón figura inamovible del Salón de la Fama griego, porque su vocación no fue la de ser gobernante, sino la de ser ex gobernante.
Pero esto es inalcanzable, seguramente, para quien pretende gobernarnos hasta el 2030, quien dispone de áulicos que ahora le lisonjean asegurando que tal cosa deberá ser aportada, ineludiblemente, por la Asamblea Nacional monocromática que unos pocos acaban de elegir.
El «…nuevo actor político, pues, requiere una valentía diferente a la que el actor político tradicional ha estimado necesaria. El actor político tradicional parte del principio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como alguien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra».
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Dic 15, 2005 | LEA, Política |

Los propósitos de enmienda del gobierno son tan efímeros como una presidencia de Carmona Estanga. De la «autocrítica revolucionaria» instruida por Hugo Chávez en torno al inocultable monto de la abstención electoral del 4 de diciembre—que él llama «estructural»—se ha pasado a una nueva puesta en escena de la manida denuncia de planes magnicidas y desestabilizadores, en los que pudieran estar involucrados el embajador Brownfield y los observadores de la Unión Europea y la Organización de Estados Americanos, entre otros. El escándalo pareciera orquestado para distraer, para ocultar.
No hay duda de que hay en nuestro país talibanes de derecha—algunos de los cuales en su momento apoyaron a Chávez—que estarían felices con un golpe de Estado o un disparo certero sobre una cierta excrecencia dérmica frontal del Presidente de la República; tampoco deja de ser histórico que más de un gobierno norteamericano ha intervenido la política de países distantes con récipes análogos. Pero lo que no es serio es que se lance acusaciones y sospechas sin base sólida, construidas como elucubraciones irresponsables.
En particular, el razonamiento del vicepresidente Rangel contiene aseveraciones inadmisibles, que si no fueran tan serias, harían las delicias de un buen profesor de Lógica que quisiera ilustrar a sus alumnos el concepto de falacia.
Ha dicho que no le extrañaría que el embajador Brownfield estuviera mezclado con conspiradores que buscaban la desestabilización. Comoquiera que el diplomático ha desmentido que se dedica a tales ocupaciones, Rangel ha sentenciado para el mármol eterno: «Toda persona que delinque niega que ha delinquido». Para empezar, la afirmación no es veraz. De serla, no tendría sentido la noción de un criminal convicto y confeso. (Por ejemplo, el representante norteamericano De Lay, que ha admitido su mala conducta). Pero supongamos, para complacer al José Vicepresidente, que fuese cierta. De su exactitud no se desprende válidamente lo que él quiere implicar: que todo aquél que niega haber cometido un delito es un delincuente. Uno pudiera preguntarle a Rangel: ¿niega usted haber cometido delito?
En la misma vena lógicamente boba afirmó (refiriéndose una vez más a Brownfield): «Aquí hay delito, y si él está involucrado está cometiendo delito». De nuevo, señor Vicepresidente. Últimamente hay como muchos delitos en Venezuela, y si usted está involucrado, entonces usted los está cometiendo. ¿No es así? La gente cree—la propia base del Movimiento Quinta República—que aquí hay delito—una corrupción obscena que explica el más reciente incremento en la fuga de divisas—y si usted está involucrado está cometiendo delito. ¿Lo niega usted? ¿No y que toda persona que delinque niega que ha delinquido?
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Dic 13, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Esta entrega #76 de la Ficha Semanal de doctorpolítico completa el artículo The Psychology of Tiranny, de S. Alexander Haslam y Stephen D. Reicher, cuya segunda parte se ofrece aquí traducida de Scientific American-MIND, noviembre de 2005. Las conclusiones que los autores extraen del «experimento de la prisión», patrocinado por la BBC de Londres, son harto decidoras para nuestra actual condición política. (Por cierto, a la BBC le ha dado por promover experimentos sociales especialmente hechos para televisión. Hace nada que condujera un experimento de terapia para una deprimida zona londinense (Slough) con el fin de hacerla «feliz». El director del mismo es el psicólogo Richard Stevens, según dato que me aportara John P. Phelps).
Haslam y Reicher advierten sin mucho miramiento: «…la segunda constelación de factores que puede dar origen a la tiranía ocurre cuando los grupos que buscan instaurar valores sociales democráticos y humanos fracasan en el intento». ¿No era esto, palabras más, palabras menos, lo mismo que nos advertía Rafael Caldera el 4 de febrero de 1992, en criticado discurso ante el Congreso de la República en horas de la tarde de ese día? («Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; cuando no ha sido capaz de poner un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad». Citado en la Ficha Semanal #67, del 11 de octubre de este año).
La experimentación social, por más cuidadosa que sea, no es capaz de alcanzar la solidez epistemológica que es accesible a las «ciencias duras». Si se repitiese el experimento de Haslam y Reichler para la BBC, no sería posible alcanzar exactamente las mismas condiciones. Si se hiciera con sujetos diferentes la biografía de cada uno determinaría un conjunto distinto de «condiciones iniciales», y si se reiterara con los participantes originales ya éstos estarían «viciados», precisamente porque sufrieron la misma experiencia. (Como era dificilísimo para el Pierre Menard de Jorge Luis Borges escribir el Quijote de nuevo, entre otras razones porque el Quijote ya había sido escrito).
Sin embargo, la dinámica registrada en el experimento reseñado aquí por sus conductores debe reflejar, en microcosmos, un comportamiento observable a escala de sociedades más generales y, en consecuencia, encierra una lección que debemos aprender.
LEA
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Psicología de la tiranía (y II)
Como el de Stanford, el experimento de la BBC dividió a los hombres al azar en guardias y prisioneros dentro de un ambiente construido especialmente. Modelamos el establecimiento como una prisión, pero de modo más amplio procuramos representar una clase general de instituciones—tales como una oficina, unas barracas, una escuela—en las que un grupo tiene más poder y privilegios que otro. Durante el estudio observamos la conducta de los participantes mediante cámaras ocultas. Registramos sus estados psicológicos con pruebas diarias. Incluso verificamos su bienestar a través de muestras de saliva para medir niveles de cortisol—un indicador de estrés.
Aun cuando nuestro experimento siguió el mismo paradigma básico del de Stanford, difirió de éste en varios sentidos. A diferencia de Zimbardo, no asumimos ningún rol dentro de la prisión, de modo que pudimos estudiar la dinámica del grupo sin manipular directamente sus interacciones. Luego, manipulamos aspectos de la jerarquía social que la teoría de la identidad social predice que debieran afectar la identificación de los prisioneros con su grupo y las formas de conducta en las que subsiguientemente se involucrarían. Más significativamente, variamos la permeabilidad de los límites entre los grupos al permitir inicialmente, y eliminar luego, oportunidades de promoción de la condición de prisionero a la de guardia. Dada la posibilidad de avance, esperábamos que los prisioneros tratarían de rechazar su identidad como prisioneros y de trabajar independientemente para mejorar su posición. Anticipábamos que esta estrategia reforzaría el status quo y permitiría que los guardias mantuviesen ascendencia. Pero luego de que excluyésemos la promoción (al tercer día), pensábamos que los prisioneros comenzarían a colaborar para resistir la autoridad de los guardias.
Los resultados confirmaron nuestras predicciones. Al principio los prisioneros acataban y trabajaban duro para mejorar su situación. Empezaron a verse a sí mismos como grupo y no cooperaron con los guardias hasta que se dieron cuenta de que seguirían siendo prisioneros sin importar cuánto trabajaran. Lo que es más, esta identidad compartida condujo a una mejor organización, eficacia y bienestar. A medida que el estudio progresaba, los prisioneros se hicieron más positivos y empoderados.
Los guardias, sin embargo, nos sorprendieron. Varios guardias estaban preocupados con la idea de que los grupos y el poder son peligrosos, y eran renuentes a ejercer control. Incómodos con su tarea, no se ponían de acuerdo con otros guardias respecto de cómo interpretar su papel y nunca desarrollaron un sentido de identidad compartido. Esta falta de identidad condujo a una carencia de organización entre los guardias—lo que a su vez significó que se volvieran crecientemente ineficaces en el mantenimiento del orden y cada vez más desanimados y agotados. A medida que el estudio progresaba, la administración de los guardias se hizo cada vez más inocua.
Después de seis días, los prisioneros colaboraron para desafiar a los fragmentados guardias, lo que condujo a una explosión organizada y el colapso de la estructura prisioneros-guardias. Entonces, sobre las ruinas del viejo sistema, tanto los prisioneros como los guardias establecieron espontáneamente un sistema más igualitario—en sus palabras «una comuna autogobernada y autodisciplinada». Una vez más, no obstante, algunos miembros se perturbaron con la idea de emplear poder. No disciplinaban a individuos que rechazaran cumplir ciertas tareas y rompían las reglas de la comuna.
En este punto tuvimos una segunda sorpresa. Quienes la apoyaban perdieron la fe en su capacidad de hacer que la comuna funcionara, dejando a sus miembros en desorden. En respuesta, un número de antiguos prisioneros y antiguos guardias propusieron un golpe en el que se convertirían en los nuevos guardias. Exigieron boinas negras y lentes de sol negros como símbolos de una nueva administración autoritaria que querían imponer. Hablaron de volver a crear la división guardia-prisionero, pero asegurando esta vez que los prisioneros acatasen, usando la fuerza si fuere necesario. Esperábamos que aquellos que habían apoyado a la comuna defendieran el arreglo democrático que habían establecido. Pero no ocurrió nada de esto. En vez de tal cosa carecían de la voluntad individual y colectiva para desafiar al nuevo régimen. Los datos psicométricos también indicaron que se habían hecho de persuasión más autoritaria y estaban más dispuestos a aceptar líderes estrictos.
A todo evento, el golpe nunca ocurrió. Por razones éticas, no podíamos arriesgar el tipo de fuerza que se vio en el estudio de Stanford, y terminamos prematuramente el estudio el octavo día. Pero mientras que el resultado se parecía al de Stanford, la ruta que nuestros participantes tomaron para llegar a ese punto fue muy diferente. En particular, el espectro de la tiranía, muy claramente, no era el producto de gente que actuaba «naturalmente» en términos de los grupos a los que había sido asignada. Por lo contrario, surgió del fracaso de esos grupos: para los guardias, la incapacidad de desarrollar un nexo de cohesión y, en el caso de la comuna, el desmoronamiento del intento de convertir creencias colectivas en realidad.
¿Por qué los participantes que al inicio rechazaban desigualdades menores que se les imponía, y que habían luchado tan duro para establecer un sistema democrático, terminaron desplazándose hacia una tiranía autosostenida? La respuesta está en un corolario básico de nuestros argumentos. Los grupos, hemos dicho, tienen que ver en última instancia con la autorrealización colectiva. Emplean el poder social para construir una existencia a imagen de sus creencias y valores compartidos. Pero cuando los grupos no pueden producir un orden de trabajo de esa clase, sus miembros se vuelven más dispuestos a aceptar otras estructuras sociales—aun cuando estos sistemas violenten el modo de vida existente. Así, cuando los guardias no pudieron imponer su autoridad, estuvieron más dispuestos a aceptar la democracia. Más ominosamente, sin embargo, cuando la comuna se vino abajo, sus miembros estuvieron menos motivados para defender la democracia contra la tiranía.
De este estudio, y de otras investigaciones de procesos de identidad social, podemos extraer conclusiones que tienen importantes implicaciones para la academia y la sociedad en general. En términos amplios, concurrimos con Sherif, Milgram, Zimbardo y otros en que la tiranía es un producto de procesos de grupo, no de la patología individual. No obstante, diferimos acerca de la naturaleza de tales procesos. Desde nuestro punto de vista las personas no pierden su mente en los grupos, no sucumben sin remedio a los requerimientos de sus roles y no abusan colectivamente del poder de modo automático. Al contrario, se identifican con los grupos sólo cuando tiene sentido hacerlo. Y cuando lo hacen intentan activa y conscientemente implementar valores colectivos—la forma en que ejercen el poder depende de esos valores. En breve, los grupos no niegan a la gente el ejercicio de la elección, sino que más bien les proveen a un tiempo de las bases y los medios para ejercitarla.
Por supuesto, este argumento no niega que la gente puede hacer en grupo cosas terribles. Pero no todos los grupos dominantes, y ciertamente no todos los guardias de prisiones, son brutales. Proponer que hay algo inherente a la psicología de los grupos que impone una crueldad excesiva es apartar el reflector de los factores específicos que conducen a algunos grupos a ser viciosos, brutales y tiránicos.
Dos conjuntos de circunstancias interrelacionados pueden conducir a una dinámica de grupo tiránica. El primero surge del éxito de grupos que tienen valores sociales opresivos. Se ha señalado, por ejemplo, que las peores atrocidades ocurren cuando la gente cree que actúa noblemente para defenderse contra un enemigo amenazador. Uno puede preguntarse: ¿cómo llega a sostener tal creencia? Al tiempo podemos inquirir: ¿cuál es el rol de los líderes nacionales en la satanización de extragrupos—tales como los judíos, los tutsis o los musulmanes? ¿Qué puede decirse de los superiores inmediatos de unidades militares que estimulan activamente la brutalidad o la condonan pasivamente? ¿Qué papel juegan hombres y mujeres ordinarios cuando aprueban o se hacen los ciegos ante el miembro de un extragrupo que es humillado? Como estas preguntas implican, creemos que la gente, en todos los niveles del grupo, ayudan a promover una cultura colectiva de odio y son responsables por sus consecuencias.
Menos directamente, la segunda constelación de factores que puede dar origen a la tiranía ocurre cuando los grupos que buscan instaurar valores sociales democráticos y humanos fracasan en el intento. Cuando un sistema social colapsa, la gente estará más abierta a alternativas, incluso a aquellas que antes parecían poco atractivas. Más aún, cuando el colapso de un sistema genera tal destrucción que una vida regular y predecible se hace imposible, la promesa de un orden rígido y jerárquico se hace más atrayente. Así, el fracaso caótico de la democracia de Weimar condujo al surgimiento del nazismo; las divisiones deliberadamente impuestas por las potencias dominantes facilitaron el ascenso de regímenes brutales en África postcolonial y en los Balcanes post soviéticos; y la supresión de la organización de postguerra pavimentó el camino al resurgimiento de las fuerzas antidemocráticas en Irak. En cada caso, el rechazo de la democracia puede remontarse a las estrategias políticas que deliberadamente buscaron romper ciertos grupos y despojarlos de poder. En vez de luchar por hacer a la gente temerosa de los grupos y el poder, sugerimos, debiera estimulársela a trabajar junta para emplear su poder responsablemente.
En la medida en la que la sabiduría recibida incite a los hacedores de políticas a fomentar las condiciones mismas que pueden promover regímenes opresivos, tal pensamiento puede no sólo ser intelectualmente estrecho sino francamente peligroso. Fue ciertamente peligroso para los participantes en el experimento de la prisión de la BBC. Su tragedia fue descuidar el razonable ejercicio del poder por miedo a la tiranía. Como consecuencia amargamente irónica, establecieron las propias condiciones para que la tiranía que temieron regresara a espantarles.
S. Alexander Haslam y Stephen D. Reicher
por Luis Enrique Alcalá | Dic 8, 2005 | Cartas, Política |

La microscopía política ha arrojado ya una buena cantidad de datos significativos para la interpretación de las elecciones del pasado domingo, y seguramente continuará produciéndolos. La percepción general, en nacionales y extranjeros por igual, es la de que se trata de un fenómeno desusado, peculiar, casi único en su especie.
Ese examen microscópico, por ejemplo, pone de manifiesto que la participación electoral ha debido ser menor que la admitida (25%) por el Consejo Nacional Electoral. Sin ir muy lejos, el informe preliminar de la observación europea registra: «La participación provisional que anunció el CNE fue de un 25%. Sin embargo, no está claro el número de votos nulos, que oscilan entre un 5% y un 10% de los emitidos». Tal es el dato anatomopatológico, pero ¿cuál pudiera ser su interpretación? De entrada, que habría que restar tal vez hasta 2,5% del 25%, y por tanto la votación efectiva—de ser cierto el reporte del CNE—habría sido en promedio de 22,5%, para una legitimación cuantitativa de menos de uno por cada cuatro electores. Como destaca Marcel Carvallo Ganteaume, tal cota es, como queda dicho, un promedio, y observa que debe haber casos particulares de diputados electos con porcentajes aun menores de legitimidad. (Y la cosa se pone peor si se descree de lo anunciado por las autoridades dirigidas por Jorge Rodríguez. Algunas estimaciones hablan de 18% a 20% de participación real; Súmate ofrece una lectura de 17,6%).
Pero este desempeño coincide con otro fenómeno no demasiado comentado (más en el exterior que en Venezuela): que en los últimos meses la popularidad del presidente Chávez ha caído, como otras veces, de modo verticalmente acelerado, en el orden de 30 puntos porcentuales respecto de registros de hace, pongamos, tres meses. (El gobierno ha encargado y leído encuestas de firmas extranacionales, entre las que se dice estaría hasta la mismísima Penn, Schoen & Berland, de notoria fama por aquello de las encuestas de salida encargadas por Súmate para el 15 de agosto de 2004).
Chávez podrá intentar la interpretación del resultado del domingo como una cuota inicial de los diez millones de votos con los que pretenderá ser reelecto en 2006, como un primer paso en un camino apenas emprendido, pero la verdad es que los afiches que vendían a los candidatos chavistas a la Asamblea Nacional exigían o aseguraban altaneramente que esa cantidad se alcanzaría ahora, en la votación del 4 de diciembre, como lo auguraban igualmente los jerarcas que, como José Vicente Rangel, proponían esa meta entre insulto e insulto a los partidos de la oposición institucionalizada y el gobierno de Washington. Nada puede ocultar el hecho de que ya el chavismo no convence ni siquiera a la cuarta parte de los electores, de la que una buena proporción fue obligada a los comicios y seguramente generó, en rebelde y secreta represalia (la ausencia de las máquinas captahuellas ofrecería seguridad), la mayor parte de los votos nulos aludidos por la misión de la Unión Europea.
En síntesis, Chávez es electoralmente derrotable en 2006.
Ahora bien, supongamos que en efecto un candidato hasta ahora indefinido logra derrotar a Chávez en 2006, sobre todo después de que una indetenible presión ciudadana fuerce cambios de importancia en el sistema y el organismo electorales. Tal persona tendría que conducir un Estado por todas partes rodeado de enemigos. Tendría que lidiar, por la medida chiquita, con una Asamblea Nacional enteramente contraria a sus propósitos, integrada por diputados todos afectos a Chávez. (Menos los que se atrevan, desaparecido el déspota, a saltar la talanquera). Pero es que además es esa asamblea la que nombraría al Fiscal General, al Contralor, al Defensor del Pueblo y a un nuevo Consejo Supremo Electoral. ¿Sería posible gobernar en esas condiciones, las que incluyen asimismo una aplastante mayoría de gobernadores y munícipes igualmente alineados con el gobierno actual?
En teoría es imaginable una salida. Que tres Vicepresidentes Ejecutivos de la República, nombrados en sucesión por el nuevo Presidente, tuvieran éxito en malquistarse de tal modo con los diputados recién electos que estos produjeran en respuesta sucesivos votos de censura que causaran la remoción constitucional del funcionario. (Por las dos terceras partes de la Asamblea Nacional, según estipula el Artículo 240 de la Constitución). A la tercera iría la vencida, pues el segundo parágrafo del mismo artículo dice así: «La remoción del Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva en tres oportunidades dentro de un mismo período constitucional, como consecuencia de la aprobación de mociones de censura, faculta al Presidente o Presidenta de la República para disolver la Asamblea Nacional. El decreto de disolución conlleva la convocatoria de elecciones para una nueva legislatura dentro de los sesenta días siguientes a su disolución».
Claro, sería ingenuo pretender que los diputados chavistas se chuparan el dedo de manera tal que diesen pie a este remedio. Por ahí no van los tiros. En cambio, el nuevo Jefe del Estado podría aplicar la facultad que le confiere el Artículo 348 para convocar una Asamblea Constituyente, y aplicar así, a la Asamblea Nacional, la misma receta que se administrara en 1999 para anular al Congreso electo en noviembre de 1998. («La iniciativa de convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente podrá hacerla el Presidente o Presidenta de la República en Consejo de Ministros…»)
Más aún: no hay nada en nuestra doctrina constitucional que impida que el Presidente de la República, en Consejo de Ministros, convoque un referendo en el que someta a la directa consideración de los electores, del Poder Constituyente Originario, un proyecto de constitución enteramente nueva, según lo reconocido en aquella decisión del 19 de enero de 1999 de la Corte Suprema de Justicia. Esta decisión admitió que el Poder Constituyente Originario, esto es, el Pueblo, convocado explícitamente en ese carácter, es un poder supraconstitucional, no sujeto a la Constitución, que sólo limita al poder constituido. (Tal concepción fue la que permitió emplear el Artículo 181 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política para preguntar a los electores si deseaban convocar y elegir una Asamblea Constituyente, a pesar de que esta figura no estuviese contemplada en la constitución de 1961, y de allí se deriva toda la juridicidad del régimen actual, que no podría negar su nacimiento sin disolverse jurídicamente. Del mismo modo, aunque el procedimiento de la presentación directa de un nuevo texto constitucional a los electores no está considerado en nuestra Constitución, no hay principio jurídico que pueda impedir su aplicación).
………
Hasta aquí ese aporte a la lectura de nuestra microscopía política, obvia y conscientemente incompleto; otros analistas se dan ahora banquete desmenuzando su profusa integridad. Es hora de remontar la evaluación al nivel macroscópico. Sabemos que algo de gran monta ocurrió el 4 de diciembre, y que el acontecimiento no tiene precedentes entre nosotros, que es único. ¿Qué es exactamente lo que ocurrió? ¿Tenemos un nombre con el que designarlo?
El 4 de diciembre ha marcado el nacimiento de un mundo político enteramente nuevo para nosotros. Cuando una cosa así acontece uno se ve de súbito trasladado al Macondo de los Buendía. García Márquez reportaba: «El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo».
Algo hicimos, pero tal vez no sabemos qué fue lo que hicimos. El burgués gentilhombre de Molière, Monsieur Jourdain, hablaba, naturalmente, pero ignoraba que decía prosa. Cuando tuvo un nombre para lo que hacía as a matter of course, cuando supo que hablaba en prosa, tal descubrimiento fue para él una epifanía, a la que invitó a Madame Jourdain para que compartiese la revelación en reverencia y alborozo. Una vez más ¿cómo se llama lo que hicimos, en tanto polis, el pasado domingo cuatro de diciembre?
Sabemos que expresamos un rechazo, que desatendimos una convocatoria, que no asistimos, deliberadamente, a la fiesta electoral a la que habíamos sido invitados. Pero el rechazo no fue solamente al sistema electoral impuesto, a un CNE que contemplamos incrédulos a distancia, por más que las encuestas y ahora los observadores internacionales hayan medido su poca credibilidad. La repulsa fue mucho más profunda que eso, el repudio generalizado fue en verdad a todo un teatro político de actores profesionales, un hartazgo y una ausencia que toma distancia de un combate cotidiano que ha terminado por hacernos anómicos, no participantes. Los venezolanos ya hemos asimilado que una política entendida como lucha por el poder, como incesante contienda, no resuelve nuestros problemas públicos. Por tanto, lo que hicimos el domingo fue un repudio paradigmático. Ése es su nombre.
El paradigma político prevaleciente tiene un nombre decimonónico, por más que su método sea tan antiguo como el hombre y haya sido descrito y promovido en el Renacimiento por Nicolás Maquiavelo. Su designación técnica es la de Realpolitik (alemán para «política real» o «política realista»), acuñada para referirse, sobre todo, al arte político de Bismarck, el arquitecto del Segundo Reich. El término «real» o «realista» significa que quien no entienda lo político a su modo es un romántico iluso, que debiera alejarse de la candela cotidiana de la pendencia política. Puede describir la conducta de una persona individual, de una organización, de un Estado. En este último nivel «…postula que los estados buscan el engrandecimiento de su propio poder como un fin en sí mismo y que la búsqueda de ese poder se basa en la amenaza y el empleo de la fuerza militar y la coerción económica». (Enciclopedia Británica). A escala individual, o de un partido, se trata de buscar poder e impedir que el adversario o competidor lo obtenga, y para tal fin se emplea cualquier medio disponible. Es este paradigma el que la mayoría de los venezolanos ha negado implícitamente, por más que no nos hayamos percatado todavía de que hablamos en prosa y que nuestra prosa dice precisamente eso.
En varias ocasiones se ha metido aquí en un mismo saco a Chávez y a Ramos Allup, a Eduardo Fernández y José Vicente Rangel, al MVR y Primero Justicia. Porque con diferencias en maneras, en urbanidad política, todos venden pasteles de la misma masa, diferenciados tan sólo por el nevado decorativo de sus respectivos estilos. Caldera decía, famosamente, que él estaba «en las arenas de la lucha política»; Lusinchi o Pérez se autodefinían como «luchadores políticos» y los militantes del MEP (que respalda a Chávez), optaron por saludarse—impedidos de llamarse entre sí «camaradas», pues así se nombra a los comunistas, o «compañeros», pues de este modo se reconocen los adecos—oficialmente como «combatientes». Chávez no se ha cansado de las metáforas de guerra, de señalar «batallas» y celebrar victorias sobre una derrota adversaria, aunque sí de recomendar, por razones que no vienen al caso, la lectura de El oráculo del guerrero.
Lo que antecede no es un juicio moral. Uno siempre tiene, por supuesto, una tía que desaconseja la actividad política, y alecciona: «No se meta en eso, mijito, que la política es muy cochina». La verdad es que no es actividad más sucia que el deporte, o la ciencia, o la empresarial, en las que se manifiesta una misma condition humaine, y es cierto que los protagonistas de su ejercicio, médicos de arte conceptual y metodológicamente superado que han devenido en charlatanes que venden tónicos de los que sólo se conoce la etiqueta, creen en mayoría sinceramente que la política debe ejercerse de ese modo y que ése es su sentido.
No se trata, pues, de otro dictamen moralista, por el que nos debamos sentir moralmente superiores a quienes criticamos. Se trata simplemente de constatar su ineficacia, su insuficiencia terapéutica.
El paradigma que puede sustituir con ventaja a la primitiva formulación de la Realpolitik es de naturaleza clínica. Debe estar fijado, no en una lucha por el poder, sino en la búsqueda seria y profesional de soluciones a los problemas públicos. Ninguna otra cosa sería responsable, ninguna otra admisible.
La crisis del paradigma político no es exclusiva de estas tierras. Lo mismo se manifiesta en los Estados Unidos, por caso, donde Bush y Cheney y Rice y Rumsfeld siguen el mismo protocolo «realista». Hace tiempo que los rendimientos decrecientes del paradigma de la política del poder puro han sido detectados. (John A. Vasquez, The Power of Power Politics, Cambridge University Press, 1983). A la larga, secularmente, será la toma de conciencia generalizada en todo elector del planeta lo que terminará exigiendo y obteniendo una legitimación programática de los políticos, no una tradicional por la que sólo se muestra cuán hábil se es para derrotar a un oponente.
Pero ahora tenemos una oportunidad en Venezuela de ser pioneros en este asunto, de inaugurar una conciencia que todavía tomará un tiempo para extenderse mundialmente. Precisamente porque Chávez, en esencia, lo que ha hecho es llevar el paradigma «realista» hasta sus últimas consecuencias, al desbordar todo escrúpulo ético o «buena costumbre», es por lo que los venezolanos hemos podido decir no, decir basta, a tal comprensión de la política. Que aprovechemos esa oportunidad dependerá de la emergencia de liderazgos paradigmáticos, que se legitimarán programáticamente porque precisamente su nuevo paradigma se los impone. Dependerá también, por ende, de que quienes todavía asignan los espacios al discurso, entiéndase los medios de comunicación, franqueen sus puertas a voces nuevas.
Igualmente, por supuesto, se requerirá la emergencia de organizaciones políticas con un «código genético» bastante diferente de las actuales. Los partidos que se niegan a desaparecer, renuentes a la regeneración, refractarios contumaces, negados a la metamorfosis, se quejan de que una cierta «antipolítica» sería la culpable de la neoplasia política que hoy nos domina. Que la «sociedad civil» ha pretendido, erradamente, suplantarles, que serían instituciones insustituibles. La verdad es que no puede haber política sin organización, pero ciertamente ya no sirven los modelos arcaicos, ni siquiera cuando son replicados en moldes que se presentan como odres nuevos. (¿Qué instancia democrática, por poner un ejemplo, ha escogido a Julio Borges como candidato presidencial?)
No es, por tanto, el camino una «mesa de diálogo» entre los contendores que integran el elenco que ha sido repudiado in toto. El chavismo es ahora, en el mejor de sus casos, un 20% del electorado. Los partidos de la acera de enfrente, que se creyeron astutos al replegarse para no ser contados, suman entre todos un 10%. ¿Cómo podría ser una solución a nuestros problemas la reunión de los execrados por los electores, que tal vez tengan apoyo de 30%?
Venezuela se merece, por haber gestado la epifanía dominical del 4 de diciembre, líderes incógnitos. Que, en cierto modo, restituyan la justificación fundamental y única de la política: la administración eficaz de un poder para mejorar la condición de las sociedades. Sin buscarlo, concentrados en la solución de nuestros problemas públicos, superarán el anacronismo exagerado y prepotente del actual régimen por añadidura. Y también el de sus ineficaces contendores.
Cuando el alumno de la historia universal primaria se topa con la pregunta por las causas de la caída del Imperio Romano, es común que reciba la conseja de que tan grande construcción política se vino abajo por asedio de tribus bárbaras. El historiador de historiadores Arnold Toynbee explicó el proceso de un modo diferente: habría sido la formación paulatina de un «proletariado interno», la nueva conciencia cristiana que contradecía y socavaba los supuestos—la vis romana—sobre los que el imperio había sido construido, la verdadera causa del colapso. Aquí hemos visto, hace cuatro días, la eclosión de un proletariado de esa clase, y ninguna combinatoria, ni siquiera la autocrítica revolucionaria que Chávez ahora ordena con urgencia y temor, podrá restituir la vieja política a su antiguo lustre. LEA
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