FS #155 – Paz para la paz

FicheroLEA, por favor

La lectura de la entrevista a Octavio Paz, que Guy Sorman incluyera junto con las de otras veintisiete personalidades en Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo, revelará que pudiera haber estado hablando a los venezolanos de hoy, aun cuando fue publicada—en la edición original francesa—en 1989, hace casi dos décadas. La entrevista completa es transcrita en esta Ficha Semanal #155 de doctorpolítico. En el libro es presentada con el título: La solución al subdesarrollo es la democracia.

Al año siguiente del libro de Sorman su entrevistado ganaba el Premio Nóbel de Literatura. Paz pronunció, en ocasión de recibirlo, un nítido discurso que llamó La búsqueda del presente. Para quienes ven el mundo en blanco y negro, sea del lado del negro o del blanco, se hace difícil comprender cómo es posible que quien denunciara firmemente a los socialismos históricos dijese en Estocolmo cosas como éstas:

»La declinación de las ideologías que he llamado metahistóricas, es decir, que asignan un fin y una dirección a la historia, implica el tácito abandono de soluciones globales. Nos inclinamos más y más, con buen sentido, por remedios limitados para resolver problemas concretos. Es cuerdo abstenerse de legislar sobre el porvenir. Pero el presente requiere no solamente atender a sus necesidades inmediatas: también nos pide una reflexión global y más rigurosa. Desde hace mucho creo, y lo creo firmemente, que el ocaso del futuro anuncia el advenimiento del hoy. Pensar el hoy significa, ante todo, recobrar la mirada critica. Por ejemplo, el triunfo de la economía de mercado—un triunfo por default del adversario—no puede ser únicamente motivo de regocijo. El mercado es un mecanismo eficaz pero, como todos los mecanismos, no tiene conciencia y tampoco misericordia. Hay que encontrar la manera de insertarlo en la sociedad para que sea la expresión del pacto social y un instrumento de justicia y equidad. Las sociedades democráticas desarrolladas han alcanzado una prosperidad envidiable; asimismo, son islas de abundancia en el océano de la miseria universal. El tema del mercado tiene una relación muy estrecha con el deterioro del medio ambiente. La contaminación no sólo infesta al aire, a los ríos y a los bosques sino a las almas. Una sociedad poseída por el frenesí de producir más para consumir más tiende a convertir las ideas, los sentimientos, el arte, el amor, la amistad y las personas mismas en objetos de consumo. Todo se vuelve cosa que se compra, se usa y se tira al basurero. Ninguna sociedad había producido tantos desechos como la nuestra. Desechos materiales y morales».

A continuación dijo:

«La reflexión sobre el ahora no implica renuncia al futuro ni olvido del pasado: el presente es el sitio de encuentro de los tres tiempos. Tampoco puede confundirse con un fácil hedonismo. El árbol del placer no crece en el pasado o en el futuro sino en el ahora mismo. También la muerte es un fruto del presente. No podemos rechazarla: es parte de la vida. Vivir bien exige morir bien».

En 1998, cuando llegaba a nosotros el anacronismo que nos gobierna, y aunque de cáncer, Octavio Paz murió bastante bien a los ocho años de su definitiva consagración mundial. Paz a los restos de Paz.

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Paz para la paz

Octavio Paz vive en medio de innumerables libros, de una profusión de objetos de arte africanos e indios, de cuadros abstractos, de plantas tropicales y de algunos gatitos. Nos encontramos en el corazón de Ciudad de México, allí donde el paseo de la Reforma se cruza con la avenida de los Insurgentes.

Paz fue durante mucho tiempo un poeta sin ataduras, luego embajador de México en la India, finalmente un exiliado, por haber roto con el gobierno después de que éste—en 1968—hubiera ordenado disparar contra una manifestación de estudiantes. Para Paz, este acontecimiento marcó un punto de ruptura definitivo con el Estado, con todas las formas de despotismo y con la idea misma de revolución.

El pensador más célebre de América Latina, Octavio Paz, setenta y cuatro años, es en México una especie de monumento nacional, un intelectual disidente, en resistencia contra un régimen autoritario; sólo su notoriedad le sitúa por encima de todo ataque. Es la guía de todos aquellos que, desde Río Grande a la Patagonia, apelan a la democracia y a la libertad. Estos términos, prostituidos entre nosotros, designan allí aspiraciones políticas y económicas muy concretas.

La revolución y el socialismo han fracasado en el Tercer Mundo como en otros lugares

Antes de conocerle, creía que iba a encontrar en Octavio Paz a una especie de intelectual revolucionario. En la imaginación de los europeos, me dice, todos los intelectuales latinoamericanos se alinean, por definición, a la izquierda, del lado de Castro contra los yanquis, y con los sandinistas de Nicaragua y los campesinos sin tierra contra los grandes propietarios. “Eso se debe, sin duda, a la influencia de Gabriel García Márquez”. Premio Nóbel y amigo de Fidel Castro, el novelista colombiano, observa Paz, alimenta esta fantasía de una alianza total de los intelectuales sudamericanos con la revolución.

Pero, desde hace mucho tiempo, todo ello ya no se corresponde con la realidad. Pero ¿no fue acaso el propio Paz revolucionario? “Sí, ¡hasta los años sesenta!” Pero hoy está contra todas las revoluciones; es hostil a las guerrillas y apela al liberalismo. “Mi cambio ideológico—dice—no es un acto aislado. Vea en ello, por el contrario, el signo de un cambio profundo en la intelligentsia del continente”.

Paz ha sido seguido en esta conversión por numerosos escritores latinoamericanos, en particular el peruano Mario Vargas Llosa. “El liberalismo es la solución a las dificultades económicas y políticas de México, de América Latina y del Tercer Mundo en general”. Pero ¿qué significa el liberalismo para unos pueblos dominados y miserables? “Es, como en todas partes—me dice Paz—, la asociación de la democracia política con la libertad económica. No existen dos sistemas, uno que sea bueno para los ricos y otro para los pobres. El socialismo ha fracasado en el Tercer Mundo como en otros lugares. El drama de América Latina es que la mayor parte de los intelectuales no se ha dado cuenta todavía”.

Las grandes debilidades del continente no deben ser imputadas ni a los dictadores (los “caudillos”), ni al imperialismo norteamericano, ni a los efectos lejanos de los orígenes coloniales. Guardémonos, precisa Paz, de reescribir la historia de la conquista y la colonización de manera anacrónica, proyectando sobre el pasado nuestros criterios de análisis contemporáneos. Hay que abstenerse de idealizar al México anterior a la conquista española: “En esta historia antigua, ¿quién era la víctima y quién el verdugo? Los aztecas eran también invasores procedentes del norte; con sus guerras y sus sacrificios, vertieron en abundancia la sangre de los pueblos sometidos. Cortés y sus jinetes no eran ángeles, pero el soberano azteca Moctezuma, al que derribaron, tampoco lo era. En resumen, ser mexicano—me dice Paz—es asumir todos los pasados de esta tierra, ¡sentirse heredero a la vez de las víctimas y de los verdugos!” La verdadera enfermedad de América Latina no es, por tanto, la herencia colonial, sino el retraso en la reflexión política, económica y social.

“Nuestros intelectuales son el gran fracaso de América Latina”. Contrariamente a los curas, que supieron mexicanizar el cristianismo, los intelectuales, me dice Paz, han sido incapaces de mexicanizar la democracia. Jamás han reflexionado sobre los verdaderos problemas de su pueblo, han sido “inferiores a su misión histórica”.

El izquierdismo, enfermedad infantil de los intelectuales latinoamericanos

Pero ¿por qué el propio Octavio Paz, antes de unirse al liberalismo, tuvo que ser favorable a la revolución? ¿Había, en su paso por la extrema izquierda, una especie de necesidad histórica?

“En los años treinta, cuando yo tenía veinte años—responde Octavio Paz—, nadie era demócrata, ni en Europa ni en México. Los maestros del pensamiento de mi juventud fueron Marx, Nietzsche, Ortega y Gasset. A imagen de los intelectuales rusos del siglo XIX, los de América Latina no soñaban con otra cosa que ir hacia el pueblo, unirse a los campesinos y los obreros”. Algunos, como el propio Octavio Paz, se comprometieron en la guerra de España. otros se hicieron miembros de las juventudes comunistas; y otros se unieron a los fascistas. “El aprendizaje de la tolerancia y la democracia fue tanto más difícil para mí—añade Paz—cuanto que los poetas que yo admiraba eran Ezra Pound, un simpatizante de Mussolini, y T. S. Eliot, que era católico y maurrasiano”. Cierto que Paz leía a Paul Valéry, pero éste no exhortaba al compromiso político, al contrario. Después de la Segunda Guerra Mundial, el magisterio y la influencia pasaron a Jean-Paul Sartre, lo cual, me confía Paz, no contribuyó a aclarar las ideas de los latinoamericanos.

Pero el izquierdismo de los intelectuales latinoamericanos no se explica sólo por influencias literarias. Según Paz, se debe más a los orígenes burgueses de esas minorías y a su educación por los jesuitas. Pues no son precisamente los campesinos y los obreros, precisa, los revolucionarios en este continente. Son los intelectuales, quienes han hallado en la revolución un sucedáneo al catolicismo. De la revolución esperan que les traiga la fraternidad, la finalidad histórica y la trascendencia. Como los sacerdotes, los intelectuales quieren convertirse en los portavoces de un pensamiento total, porque opinan que Cristo ha sido confiscado por obispos reaccionarios. Una parte de la Iglesia, observa Octavio Paz, ha intentado recuperar terreno: “Mientras que era aliada de Franco durante la guerra de España, hela aquí hoy con los sandinistas en Nicaragua y los marxistas en Brasil”. ¡Siempre del lado malo, en suma!

Una última causa, propia de la región, explica este izquierdismo: la vecindad con los Estados Unidos. “Los Estados Unidos fascinan y repelen a los latinoamericanos. En su discurso, rechazan a los yanquis, pero, en su vida cotidiana, los imitan”. Como, por añadidura, “los Estados Unidos son masoquistas”, los intelectuales latinoamericanos son permanentemente invitados por las universidades norteamericanas para denunciar en ellas el imperialismo yanqui. Es, constata Paz, una “profesión bien remunerada”.

“Pero si bien puedo explicar el izquierdismo de los intelectuales—añade Paz—, no por ello los disculpo”. A lo largo de la historia del siglo XX, y no solamente en América Latina, escritores, filósofos, poetas y pintores se han convertido en cómplices de las peores iniquidades históricas. Algunos se han equivocado con “inocencia”—como Julio Cortázar—, otros con cinismo, como Gabriel García Márquez. Pero “en ningún caso el genio debe excusar el error ni autorizar la alianza con los verdugos”.

La indignación de los europeos es selectiva

Desgraciadamente, lamenta Octavio Paz, como están mal informados, los europeos caen con frecuencia en los mismos errores que los intelectuales revolucionarios de América Latina. Siempre dispuestos, desde París o Londres, a denunciar las dictaduras militares, los supuestos defensores de los derechos del hombre no comprenden que el verdadero peligro viene en realidad de Castro. Los caudillos tradicionales, observa Paz, bien sean de civil o de uniforme, al menos aparentan respetar los principios de la democracia. Admiten el principio de la soberanía popular. Incluso Pinochet se creyó finalmente obligado a organizar elecciones. Los dictadores no tienen la ambición de controlar los pensamientos del pueblo. “Son autoritarios, pero no son totalitarios. Por otra parte, estos dictadores acaban por marcharse; ¡vea Brasil, Argentina y Chile!” Pero el castrismo es de naturaleza diferente, más diabólico. Castro pretende rehacer al hombre, cambiar la naturaleza humana. “El castrismo es totalitario; los caudillos no”.

A las buenas personas defensoras de los derechos del hombre que se inquietan por los pueblos de América Latina, Paz les pide que jerarquicen su indignación. ¡Que se manifiesten primero contra Castro! Y que se interesen también por la suerte de los mexicanos.

Desde hace sesenta años, éstos se hallan dominados por una gigantesca burocracia, una de las más represivas del continente: el Partido Revolucionario Institucional. El PRI, dice Paz, es una especie de “partido bolchevique hereditario”. Gana desde hace sesenta años todas las elecciones en una mascarada de democracia, en tanto que los cargos son, en realidad, transmitidos de padres a hijos. “Desde hace veinte años espero—añade Paz—que los intelectuales europeos firmen peticiones para la democracia en México”. Paz reconoce que el PRI mantiene la paz civil, pero el pueblo llano mexicano no deja de empobrecerse, y las desigualdades sociales de agravarse. “La pobreza del Tercer Mundo sólo tiene una causa: las iniciativas individuales son reprimidas por el Estado”.

La democracia educará al pueblo

¿Tiene sentido el sufragio universal para vastos pueblos sin tradición electoral, sin educación, sin clase media? “La democracia—responde Paz—es una invención permanente; es ella la que educará al pueblo”. Pero ¿la libre empresa no será, como en Brasil, o como a menudo en México, la justificación de algunos monopolios poderosos vinculados a políticos corrompidos? Respuesta de Paz: “El papel de un gobierno democrático será luchar contra la corrupción, contra los monopolios, y favorecer la aparición de una clase media independiente del poder político”.

Conviene mencionar que proposiciones de este tipo, en aquella región del mundo, hubieran sido inimaginables, o más bien inexpresables, no hace ni diez años. Pero Octavio Paz ya no está aislado. “¿Sabe usted—me dice—que Mario Vargas Llosa organizó el año pasado, en Lima, una manifestación de cien mil personas contra la nacionalización de los bancos? El gobierno socialista pretendió que era una reunión de burgueses, ¡pero no hay cien mil burgueses en todo Perú!” Vargas Llosa demostró en el terreno de los hechos que el pueblo llano era favorable a la libertad de empresa, y que los burócratas y los intelectuales eran los únicos estatistas.

Pero ¿puede hablarse de “liberal” en este continente donde el término ha sido tan prostituido, y a menudo reivindicado por los déspotas? ¿No invocaba el propio Pinochet el liberalismo?

“¡El destino de toda idea grande—me responde Paz—es el de ser traicionada!” Marx fue traicionado por los comunistas, Cristo lo es a menudo por la Iglesia, y los liberales son a menudo traicionados por la burguesía”. Pero “la cruz y la grandeza” del intelectual liberal es, según Paz, asumir estas contradicciones y “edificar la sociedad liberal en tanto que la critica”.

“Todo mi esfuerzo hoy—me dice Octavio Paz—consiste en convencer a los pueblos latinoamericanos de que no hay ‘una solución latinoamericana’ a sus dificultades particulares, sino que las soluciones a la pobreza son universales; son las mismas en todas las civilizaciones”.

He aquí nuevamente una reflexión que no hubiera sido escuchada, hace diez años, en el Tercer Mundo: la ideología dominante entonces exigía políticas “nacionales” basadas en el papel exclusivo del Estado.

“Ya ve usted claramente—me dice Paz—que México está hoy en Occidente. Pero, en contrapartida, sepa que Occidente no está sólo en Europa”.

El mestizaje, ¿futuro de Occidente?

México fue indio, cuenta Paz; luego los indios desaparecieron de él casi totalmente bajo el efecto de enfermedades importadas de Europa. Llegó entonces la hora de los mestizos. Rechazados al mismo tiempo por la sociedad india tradicional y por las élites españolas, los mestizos no tuvieron más recurso que hacerse soldados. Hasta el día en que el ejército se apoderó del poder. Los mestizos llegaron entonces a dominar la política. Pero, a finales del siglo XX, la situación da nuevamente la vuelta. Por el juego de la demografía—la población de México se ha doblado en treinta años; Ciudad de México es la mayor ciudad del mundo—, el pueblo mexicano está en curso de reindianización. Los descendientes de los españoles, los criollos como Octavio Paz, están a punto de desaparecer, y la piel de los mestizos se oscurece. “Mi raza—dice el poeta—está en vías de extinción”.

Última paradoja de la historia: este pueblo mexicano que “recobra su sangre de los orígenes” ha sido totalmente conquistado por la cultura occidental. México está en Occidente, me dice Paz: ya no hay civilización india. “Los blancos han sido absorbidos por los indios, pero éstos, a su vez, han sido absorbidos por la cultura de los blancos”. ¿Quién ha ganado? ¿Qué clase de victoria ha sido? ¿Y hay que inquietarse por ello?

“Toda cultura nace de la mezcla, del encuentro, de los choques. E, inversamente, las civilizaciones mueren a causa del aislamiento, de la obsesión por su pureza. El drama de los aztecas, como el de los incas, nació de su aislamiento total. No preparados para enfrentarse con otras normas que las suyas, las civilizaciones precolombinas se volatilizaron en su primer encuentro con el extranjero”.

Me pregunto si México no prefigura el destino de todo Occidente. Octavio Paz se lo pregunta también.

Guy Sorman

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LEA #247

LEA

En junio de 1980 Pergamon Press publicaba Road Maps to the Future, del economista ucraniano Bohdan Hawrylyshyn, entonces Director del International Management Institute de Ginebra. Como tal, el libro fue encargado por el Club de Roma, el foro internacional que fundara el fallecido Aurelio Peccei.

En uno de sus pasajes, Hawrylyshyn describe las graves discontinuidades que pueden desatarse imprevista y repentinamente en sociedades sometidas a graves presiones. Así explica: «En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipitados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan demasiadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cassettes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia».

Pudiera ser que la situación política venezolana correspondiera o se acercara a una saturación como la descrita por Hawrylyshyn. En todo caso, luego de que el episodio de la cesación de la señal abierta de RCTV hubiera sido absorbido con algún costo político considerable para el gobierno, y luego de un período de vacaciones que ha atemperado los ímpetus opositores—por lo menos los estudiantiles—la presión de la olla volverá a aumentar, y esta vez con algo más fundamental: la reforma de la Constitución para abrir paso a la perpetuación de Hugo Chávez en la jefatura del Estado.

Acción Democrática ha anunciado, por ejemplo, que está dispuesta a aliarse con otros factores de oposición para librar una lucha unificada contra esa reforma constitucional. Pero, en el fondo, es ésta una receta que reedita la fórmula de la extinta Coordinadora Democrática. Cada vez que se ha intentado federar el archipiélago de factores minúsculos que caracteriza a la oposición formal, se ha fracasado. Pareciera, además, que el electorado venezolano continúa escindido en una proporción de 60-40 de los que apoyan al gobierno y quienes lo repulsan, y el Artículo 345 de la Constitución establece, respecto del referendo final que completaría la reforma, lo siguiente: “Se declarará aprobada la Reforma Constitucional si el número de votos afirmativos es superior al número de votos negativos”. Esto es, un solo voto de mayoría sería suficiente.

¿Cómo, entonces, pudiera derrotarse la pretensión de Chávez? Una vez más, el texto de Hawrylyshyn pudiera ofrecer la clave. En cada uno de los ejemplos que citara, hay una figura personal como catalizador necesario, un líder. Si estamos en medio de una solución sobresaturada, y no se ha producido todavía la precipitación de la mezcla, es porque ninguno de los muy repetidos líderes de la oposición tiene la virtud catalítica. Se necesitaría una voz distinta.

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CS #247 – Política profesional

Cartas

La Política es un arte. A pesar de la legítima existencia de “ciencias políticas”, la Política no es en sí misma una ciencia, sino una profesión, un arte, un oficio. Del mismo modo que la Medicina es una profesión y no una ciencia, por más que se apoye en las llamadas “ciencias médicas”, la Política es la profesión de aquellos que se ocupan de encontrar soluciones a los problemas públicos.

Por tal razón, las soluciones a esta clase de problemas no se obtiene, sino muy rara vez, por la vía deductiva. La esencia del arte de la Política, en cambio, es la de ser un oficio de invención y aplicación de tratamientos. En este sentido, hay un “estado del arte” de la Política.

El paradigma así delineado se contrapone a una visión tradicional de la Política como el oficio de obtener poder, acrecentarlo e impedir que un competidor acceda al poder. Esta formulación, que los alemanes bautizaron con el nombre de Realpolitik, es el enfoque convencional, que en el fondo es responsable por la insuficiencia política—exactamente en el mismo sentido que se habla de insuficiencia cardiaca o renal—de los actores políticos tradicionales. El tránsito de un paradigma de Realpolitik a un paradigma “clínico” o “médico” de la política se hará inevitable en la medida en que la sociedad en general crezca en informatización y acreciente de ese modo el nivel general de cultura política de los ciudadanos.

Siendo que la política es una profesión, y de las más complejas, se sigue que debe beneficiarse de una formación sistemática de educación superior, la que debe ser impartida por una escuela universitaria de Política, en la que pudiera ganarse una licenciatura y, posteriormente, grados superiores.

No son lo que se requeriría las escuelas de Ciencias Políticas. Los “politólogos” egresados de tales escuelas están preparados para el estudio y la enseñanza sobre los procesos políticos, no para hacer Política. Tampoco son la solución los postgrados en políticas públicas, encaminados a preparar para el rol de analistas—policy analysis—al estilo de instituciones tales como la Escuela Keneddy de Gobierno (Universidad de Harvard) o el doctorado en policy analysis de la Corporación RAND, puesto que, de nuevo, sus egresados están en capacidad de servir como auxiliares científicos a la toma de decisiones públicas, y no como decisores ellos mismos. (Típicamente el análisis de políticas se conduce en institutos especializados que en inglés son designados con el nombre de think tanks).

………

Tradicionalmente—y sobre todo en Venezuela—el político profesional es un autodidacta, proveniente en su mayoría del campo jurídico o militar, aunque ocasionalmente de otras profesiones: Belaúnde Terry, arquitecto; Lusinchi, médico… Esas formaciones inciden de modo muy colateral sobre la profesión política propiamente dicha, y se da preferencia a destrezas o técnicas más relacionadas con el proceso de obtención de poder.

Así, la oratoria es una práctica apetecida por nuestros políticos, como lo es también el conocimiento de la técnica propagandística y demás instrumentos de análisis y manejo de la opinión pública. Una comprensión suficiente de los procesos de negociación y resolución de conflictos resulta útil al modelo prevaleciente de política de poder y conciliación de intereses.

Este modelo prescribe, en consecuencia, que la legitimación de un actor político se da en función de su éxito como “combatiente” o “luchador”, en la medida de su éxito en el descrédito de un adversario, y muy poco en términos programáticos relacionados con la solución de problemas públicos. Por otra parte, las organizaciones que típicamente alojan a quienes compiten por el poder se parecen muy poco a las instituciones del poder público, por lo que el adiestramiento en la creación y mantenimiento de alianzas dista mucho de ser útil a la hora de dirigir un aparato público organizado de manera muy distinta. La coordinación de una marcha de protesta es asunto muy diferente a la toma de decisiones en gabinete, o a la formulación de una política exterior, por ejemplo.

No se trata de desconocer que el know how en artes como las mencionadas sea totalmente impertinente al ejercicio político. A fin de cuentas, la emulación y la competencia son conductas connaturales a las personas. En este caso, sin embargo, es posible concebir una disciplina del combate, un encauzamiento del mismo con privilegio de una legitimación programática. No se trata de eliminar el «combate político», sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que propongan. Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan romántico ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas, mientras ese conjunto humano progresa, indetenible, en la búsqueda de la verdad. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro La Doble Hélice (1968) es una descarnada exposición a este respecto. Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte “salvaje” en uno más “civilizado”, en el que no toda clase de ataque está permitida. En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los «luchadores» políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevadísimo costo social.

Por otra parte, una buena proporción del trabajo político tiene que ver con negociación y manejo de conflictos, así como es de mucha utilidad estar familiarizado con los principales protocolos y técnicas del análisis de políticas—diseño de escenarios, análisis de sensibilidad, etc. No es esto suficiente, sin embargo, y Tocqueville hizo un preciso apunte a este respecto, cuando comentaba cómo los políticos al servicio de Luis XVI fueron incapaces de prever la irrupción de la Revolución Francesa: «…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario». (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución).

………

Tal vez sea aun más fundamental la ignorancia o más bien desactualización epistémica de la inmensa mayoría de los políticos. El siglo XX, acabado de concluir, ha representado para la humanidad una fase de insólito aumento de la complejidad. Usualmente nos referimos a ella en sus manifestaciones tecnológicas o económicas. Con frecuencia aproximadamente igual tratamos de interpretar los cambios políticos del siglo y los destacamos como expresión del profundo grado de transformación de esta época. Menos frecuente es el examen de los cambios al nivel gnoseológico e ideológico, que desde un punto de vista no marxista del cambio social, en gran medida son responsables de este último, el cambio observable en sistemas más tangibles. Las revoluciones en el pensamiento, en la comprensión del universo, de la sociedad, de las relaciones del hombre y de su entorno, ocurridas en el siglo XX, han sido profundas.

A través del análisis de las fracturas que se producen en los contenidos de ciertos campos del conocimiento cuando se pasa de una época a otra, el filósofo francés Michel Foucault (Les mots et les choses), empleó la noción de episteme para referirse al núcleo de nociones básicas y centrales de una determinada época o, de otro modo, para designar el espacio total de lo pensable en un momento histórico específico. Foucault analiza en detalle el campo de la biología, el de la economía y el de la lingüística. Así llega a encontrar cómo hay una radical diferencia conceptual, una verdadera fisura de separación, entre la biología moderna y la clásica, la que ni siquiera se pensaba a sí misma como biología sino como “historia natural”. Igual discontinuidad se observa entre la economía y la ciencia que la precedió, la “teoría de las riquezas”, y entre la lingüística y la “gramática” que fue su antecesora. En cambio, logra demostrar la comunidad de imágenes e ideas que se da entre la historia natural, la gramática y la teoría de las riquezas, del mismo modo como encuentra nociones comunes a la economía, la lingüística y la biología posteriores. Nuestros políticos, como prácticamente todos los hombres, comprenden al mundo y a la sociedad desde una episteme, un conjunto de paradigmas que en el mejor de los casos corresponden a nociones prestadas de la física clásica. Así, por ejemplo, son comunes las expresiones “fuerzas políticas”, “vectores políticos”, “espacios políticos”, y se discute con la mayor seriedad cuestiones tales como que si hay espacio para una nueva fuerza política.

Pero resulta que en los últimos cuarenta años la ciencia ha podido arribar a un conocimiento altamente pertinente al caso de la Política: se trata de la comprensión de los sistemas complejos con las teorías de la complejidad, de los fenómenos caóticos, del comportamiento de enjambres, etc. Un político profesional que ignore estas nuevas estructuras para la interpretación de los sistemas complejos será incapaz de comprender las sociedades contemporáneas y por tanto de prescribir tratamientos a sus problemas.

El pénsum, en consecuencia, de una escuela universitaria de Política, deberá componerse de un conjunto de materias que correspondan a la complejidad del campo profesional de ese oficio y la responsabilidad implicada en ejercerlo. De un lado, las materias políticas propiamente dichas. En otro grupo, las muy fundamentales disciplinas de la nueva episteme, junto con las herramientas analíticas que requiere. (Matemáticas fractales, principalmente). Una buena dotación de materias electivas—políticas especiales como la educativa, la sanitaria, la comunicacional, etc.—junto con talleres, seminarios y un régimen de pasantías, complementará la redondez necesaria a la carrera. No pasaría mucho tiempo, por otra parte, sin que debiera responderse a ulteriores necesidades de postgrado.

Para llevar a la práctica estas nociones será preciso el desarrollo de un proyecto más completo y detallado, así como armar la estrategia necesaria a la obtención de las autorizaciones que debiera proveer nuestro Consejo Nacional de Universidades para la creación de esta novísima y fundamental carrera. Y ninguna de estas cosas, por otra parte, será posible sin que una universidad específica asuma el liderazgo de la idea. ¿Cuál de las nuestras se atrevería? ¿Será preciso crear una enteramente nueva?

Es pronosticable que la demanda de cupo en una carrera como la descrita sería muy nutrida, en una sociedad que, como la venezolana, se encuentra inmersa en graves problemas de índole política, necesitados de solución.

Por último, la innovación implicada en la fundación de una Escuela de Política, única en su clase en el mundo, conllevaría un inusitado interés internacional en torno a su existencia y evolución.

LEA

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FS #154 – Lectura de cartilla

Fichero

LEA, por favor

Hace seis días, el general en jefe Raúl Isaías Baduel hizo entrega de su cargo de Ministro del Poder Popular para la Defensa —MINPOPOPDEFENSA, según costumbre del diario Tal Cual para las abreviaturas burocráticas—al general en jefe Gustavo Rangel Briceño, oficial verdaderamente rojo, de la entera confianza del Presidente de la República. En la ocasión mencionada, el general Baduel leyó un sorpresivo discurso con el que, puede decirse con propiedad, leyó la cartilla a Hugo Chávez.

En efecto, Baduel decidió acometer de frente los problemas que plantea la pretensión de instaurar en Venezuela un régimen socialista, desgranando un conjunto de claras advertencias ante su antiguo jefe. Echando mano de invocaciones religiosas y códigos guerreros japoneses, en el fondo dijo a Chávez que todo lo estaba haciendo mal. Así, se refirió al punto del partido único que sustituye a toda una sociedad, a la necesidad democrática de contrapesos y poderes autónomos, a los peligros de un capitalismo de Estado, e incluso a problemas conductuales y estilísticos, al recordar una recomendación del código samurai: «Un Samurai es cortés incluso con sus adversarios». Se lo está diciendo a alguien que se caracteriza, precisamente, por la descortesía. A pesar del aguacero, el Presidente calificó el discurso de manantial de ideas que valdría la pena considerar.

De hecho, parece haberse tomado en serio la llamada de atención. Ahora anuncia que ha pedido a Fidel Castro, Daniel Ortega y Alyaksandr Lukashenko que enumeren los vacíos conceptuales o fallas de sus propias concepciones socialistas en Cuba, Nicaragua y Belarús, para que en Venezuela pueda evitarse errores similares. Al mismo tiempo expuso que el socialismo era una «ciencia» destinada a cambiar continuamente, y por tal razón debía ser objeto de continuo estudio. Baduel le había dado la pauta al decir (¿irónicamente?) en su discurso: «…si la base para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels, lo que construyamos sobre ella no puede serlo menos…»

Ambos personajes, pues, parecen creer sincera y conmovedoramente que el marxismo es una ciencia. Si Chávez anda a la caza de equivocaciones pasadas en el pensamiento socialista, puede decírsele, con Popper, que el error de bulto es justamente creer que una ideología—que es lo que el marxismo es—pueda ser una ciencia. En una entrevista hecha por Guy Sorman se comenta: «El éxito de una ideología, explica [Isaiah] Berlin, guarda relación con su simplicidad, y no con su verdad. El marxismo es totalmente inútil para comprender la historia, jamás ha desempeñado ningún papel en el desarrollo económico, pero ello no impide que haya marxistas. El éxito viene de que cuanto más elemental es una ideología, atribuyendo por ejemplo una causa única a la historia, más atrae a las multitudes. La ideología hace las veces de reflexión para las masas sin cultura. Por añadidura, las ideologías del siglo XIX tienen pretensiones científicas: quienes se adhieren a ellas logran de repente el prestigio del conocimiento. La repetición de eslóganes, consignas y catecismos diversos sirve de análisis: es muy cómodo y nada fatigoso». (Los comentarios citados de Chávez se produjeron en la inauguración de una enorme imprenta de 9.000 metros cuadrados, que imprimirá catecismos socialistas a razón de 20 millones de ejemplares por año).

Las palabras de Baduel, lo marcado de la lectura y su momento, son indudablemente algo sintomático. Que en momentos cuando Hugo Chávez ejerce el poder público constituido en su totalidad, haya considerado Baduel oportuno y necesario pararle el trote al mandatario, revela que también considera posible hacerlo porque encontrará eco favorable, tanto en el seno de la Fuerza Armada como en plena sociedad general. El incidente revela, pues, que a pesar de las apariencias Hugo Chávez no las tiene todas consigo.

La Ficha Semanal #154 de doctorpolítico reproduce íntegramente el discurso del ex Ministro, pronunciado el pasado 18 de julio en el Patio de la Escuela Militar.

LEA

Lectura de cartilla

Quiero iniciar estas palabras agradeciendo desde mi alma en primer lugar a Dios Todopoderoso y Eterno, por haberme concedido el privilegio de servirle en grande desde esta posición, estando protegido por su mano poderosísima, y a todas las personas que con su apoyo, trabajo, dedicación e intercambio coadyuvaron a llevar a feliz conclusión mi gestión al frente de este Ministerio.

Agradezco al Señor Presidente por la confianza que depositó en mí al asignarme esta responsabilidad, a usted, mi amistad y sentimientos de afecto.

Especial mención merecen mis dilectos compañeros de armas, que conformaron en mi entorno un equipo, sin cuyo aporte invalorable el resultado exitoso de nuestra labor diaria hubiese sido imposible, a ellos mi eterna gratitud y mi amistad por siempre, cualquiera sea la trinchera que ocupe.

Hoy me sucede por designios del Altísimo, a cuya voluntad me acojo mansamente, y decisión de la superioridad, el Señor General en Jefe Gustavo Rangel Briceño, compañero y amigo de quien conozco entre otras virtudes sus arraigados principios religiosos, que le servirán de férreo soporte durante su tránsito por este cargo. A usted mis mejores deseos y que Dios le guíe e ilumine en todas sus decisiones.

Me ha correspondido el honor de ejercer el cargo de Ministro del Poder Popular para la Defensa, posición que obliga a quien la ocupe, por principio y por ley, a mostrar su pensamiento frente al ejercicio direccional de los hombres y la estrategia política del Estado, de cara al futuro para que el ciudadano de nuestra Nación, hoy en tránsito político social inédito, conozca del profesionalismo de su accionar y, en consecuencia, sienta el descanso y reposo que le merezca al comprobar la decisión de apego del jefe militar a la institucionalidad del Estado venezolano, conservando la disciplina, la obediencia y la subordinación, pilares fundamentales de nuestra institución, con el ejemplo y la preservación de los valores de nuestros integrantes.

Cuando digo que nos encontramos en un tránsito inédito, que en los órdenes político y social está atravesando nuestra Nación, entre otras cosas, me refiero al proceso de construcción de un nuevo modelo político, económico y social al cual hemos denominado Socialismo del Siglo XXI.

El término Socialismo lamentablemente no tiene un significado uniforme y homogéneo para todo el que de él habla y de allí quizás la incertidumbre e inquietud que se generan en algunos sectores de la vida nacional cuando siquiera se le menciona. El llamado del Señor Presidente Hugo Chávez a construir el Socialismo del Siglo XXI, implica la necesidad imperiosa y urgente de formalizar un modelo teórico propio y autóctono de Socialismo que esté acorde a nuestro contexto histórico, social, cultural y político. Hay que admitir que este modelo teórico hasta los momentos, ni existe ni ha sido formulado y estimo que mientras esto sea así, persistirá la incertidumbre en algunos de nuestros grupos sociales.

Como he dicho en otro lado, debemos “inventar” el Socialismo del Siglo XXI sí, pero no de manera desordenada y caótica, sino valiéndonos de las herramientas y el marco de referencia que nos da la ciencia. Debemos inventar nuestro modelo propio con lógica, con método, con orden, en fin con ciencia.

En el Aló Presidente del 27 de marzo de 2005, el Señor Presidente Chávez indicó, cito: “el Socialismo de Venezuela se construiría en concordancia con las ideas originales de Carlos Marx y Federico Engels” fin de la cita. Reiterando lo que al respecto he mencionado en una oportunidad anterior, si la base para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels, lo que construyamos sobre ella no puede serlo menos, so pena de que la estructura construida no pase a ser más que una humilde choza levantada sobre los cimientos de un rascacielos.

Mucho se ha escuchado en tiempos recientes, a algunos teóricos que quieren dar su aporte a la construcción de un modelo socialista propiamente venezolano, sobre lo inconveniente que sería repetir los errores cometidos en los países del llamado “socialismo realmente existente”, entre ellos, la extinta Unión Soviética. Sin embargo, estimo que los errores que estos teóricos señalan, se quedan única y exclusivamente en lo concerniente a las fallas de orden político del modelo soviético, por ejemplo, en cuanto a la relación entre el partido revolucionario y el Estado y entre el partido y el pueblo, o en el peligro de cometer los errores del Partido Comunista de la Unión Soviética, el cual se convirtió en una organización que sustituyó y desplazó a la sociedad y que al final terminó siendo manejada por el Comité Central del partido.

En el orden político, nuestro modelo de socialismo debe ser profundamente democrático. Debe dilucidar de una vez por todas que un régimen de producción socialista no es incompatible con un sistema político profundamente democrático, con contrapesos y división de poderes. En este aspecto considero que sí deberíamos apartarnos de la ortodoxia marxista que considera que la democracia con división de poderes es solamente un instrumento de dominación burguesa. Como bien lo señaló nuestro Presidente Hugo Chávez en una entrevista concedida a Manuel Cabieses, Director de la revista Punto Final: Cito: “En la línea política uno de los factores determinantes del Socialismo del Siglo XXI debe ser la democracia participativa y protagónica. El poder popular. Hay que centrar todo en el pueblo, el partido debe estar subordinado al pueblo. No al revés”, fin de la cita.

Sin embargo, no son solo los de orden político los únicos errores que deberían considerarse. No debemos olvidar algo fundamental: El socialismo es, en sentido estricto, un sistema de producción económica, tal como el capitalismo al que debe sustituir es también un sistema de producción económica. También se cometieron errores de índole económica en los países del socialismo real. Contra estos también hay que estar en guardia, para no repetirlos. Los errores económicos de estos países del socialismo real como la URSS, incluyen la insuficiente generación de riqueza, ya que a pesar de haber logrado una industrialización acelerada, de tener una economía centralmente planificada y de los planes quinquenales, la economía soviética no pudo ser rentable, no pudo generar la riqueza necesaria para mantener confortablemente a su pueblo. Una de las grandes paradojas y contradicciones  de la economía soviética se refleja en el hecho de que esta nación llegó a depender de las importaciones de trigo, precisamente provenientes de  su archienemigo durante la Guerra Fría, los Estados Unidos de Norte América, para poder alimentar a su población; como ejemplo de ello tenemos que en 1979 el gobierno norteamericano envió a la Unión Soviética 25 millones de toneladas de maíz y trigo. La URSS no pudo dar el salto definitivo hacia adelante para alcanzar los niveles de eficacia en la generación de riqueza de sus competidores capitalistas, a pesar de que logró notables avances en materia social, educación, deporte, salud, arte, etc. Ciertamente no queremos repetir estos errores tampoco.

No podemos permitir que nuestro sistema se transforme en un Capitalismo de Estado, donde sea el Estado el único dueño de los grandes medios de producción. Un país puede cometer el error de nominalmente llamarse socialista y en realidad practicar un capitalismo de Estado. Durante un tiempo y después de la etapa conocida como comunismo de guerra, la Unión Soviética aún  llamándose una República Socialista, practicó el Capitalismo de Estado a instancias del propio Lenin. En ese tiempo, entre los años 1921 y 1927 etapa que se conoce como “Nueva Política Económica”, se justificó tal acción alegando los errores económicos del llamado comunismo de guerra y que llevaron a la rebelión de Kronstadt y a otros acontecimientos que casi liquidan a la Revolución Bolchevique. Este período de “comunismo de guerra” que se extiende de 1917 a 1921, se caracterizó sobre todo por el fracaso: fracaso en la agricultura y fracaso en la actividad industrial. La política de nacionalización total de todas las empresas agrícolas, industriales y comerciales crea entre el gobierno y la población graves malentendidos y un descontento que desembocan en la anarquía, el hambre y la rebelión anticomunista. Los precios suben verticalmente, mientras que la producción se hunde y la moneda se desvaloriza y deja de ser un medio normal de cambio. La producción agrícola es una tercera parte de su volumen en 1913; la producción industrial corresponde al 13% de su nivel en 1913 y el tráfico ferroviario al 12%. Se estima que en 1921 mueren de hambre 5 millones de personas en la Unión Soviética.

El comunismo de guerra dejó la enseñanza de que no se puede implantar cambios bruscos en el sistema económico, es decir abolición a rajatabla de la propiedad privada y la  socialización brutal de los medios de producción sin que esto repercuta negativamente en la producción de bienes y servicios y sin que concomitantemente se genere un descontento generalizado en la población. Lenin acuñó el término “Capitalismo de Estado” para referirse a lo que él consideraba era la fase de transición ideal entre el capitalismo y el socialismo. Esto significó una coexistencia por un período de 7 años del capitalismo con el socialismo. Se permitió la propiedad privada de medios de producción pequeños y medianos; sin embargo, el Estado se reservó para sí los grandes medios de producción. Se mantuvo nacionalizada la banca, pero se dejó el comercio en manos privadas y se permitió la venta de los productos a los precios que fijara el mercado.

Uno de los atractivos que siempre ha ejercido el socialismo clásico, es la idea subyacente de que un sistema socialista debe poder realizar un reparto más equitativo y justo de la riqueza que uno capitalista, en donde las inmensas desigualdades son la orden del día. Pero no debemos olvidar algo que quizás por evidente muchas veces obviamos. Antes de repartir la riqueza hay que generarla. No se puede repartir algo que no existe. Esa fórmula no se ha inventado. El modelo de socialismo que desarrollemos debe ser tal, que nos muestre el camino socialista hacia la producción y generación de riqueza primero y luego permita un reparto equitativo de la misma entre quienes la generaron, o como diría Marx, cito: “de cada quien según su capacidad y a cada quien según su necesidad” fin de la cita.

Para que el modelo socialista que nos planteemos tenga éxito, este debe encontrar las maneras de hacernos a los venezolanos más productivos.

En el pasado, durante la IV República, los gobiernos emplearon la riqueza excesiva generada por el “boom” petrolero para financiar todo tipo de ayudas económicas y subsidios. Numerosos venezolanos llegaron a depender enteramente de la ayuda oficial. En vez de enseñarle a los venezolanos cómo generar riqueza a través del trabajo y el esfuerzo, se les enseñó a pedirle ayuda al gobierno de turno. Cuando el boom petrolero terminó, el Estado se encontró súbitamente sin los fondos para continuar subsidiando la economía nacional. Fue entonces cuando el país se sumergió en la crisis, la peor en toda la historia venezolana. Nuestro modelo de socialismo debe y tiene que evitar la repetición de estos errores. Necesitamos aprender de los errores cometidos durante las últimas cuatro décadas y evitar repetirlos

Como el llamado de nuestro Presidente a construir e inventar el Socialismo del Siglo XXI ha estado acompañado también de algunas líneas y directrices, tales como aquella de que nuestro modelo debe y tiene que ser profundamente cristiano, basado en las ideas de justicia social de Cristo El Redentor, considero pertinente citar un pasaje del Evangelio que ilustra bien lo que Nuestro Señor Jesús pensaba respecto de la generación y reparto de la riqueza. Es la conocida parábola de los talentos que se encuentra en el evangelio según San Mateo capítulo 25 versículos 14 al 30. Dice allí Jesús: Cito “El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió. En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor. Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. Fin de la cita. En esto, Jesucristo, va abiertamente en contra del concepto absolutista de la propiedad que privaba por aquel entonces y que al parecer algunos todavía sostienen: El que uno puede hacer con la propiedad lo que se le antoje; esto es contradicho abiertamente según Nuestro Señor Jesús por la obligación de rendir cuentas, según el uso de los bienes morales, intelectuales y materiales. Y la rendición de cuentas implica un castigo muy duro. El evangelio continúa diciendo: El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. «Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado». Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor». Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: «Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado». «Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor». A cada quien se le exigió según sus capacidades. A cada quien según sus talentos. A cada quien según los bienes que había recibido. No podía exigírsele igual a quien recibió 5 que a quien recibió 2. Las obligaciones de los seres humanos no son equiparables, nuestra responsabilidad, aunque de la misma naturaleza, no es igual para unos que para otros. A quien mucho se le ha dado, mucho se le exigirá. Por último, Jesucristo condena en este Evangelio, en forma clara y llana, el atesoramiento. Cuando dice San Mateo: Llegó luego el que había recibido un solo talento. «Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!». Pero el señor le respondió: «Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido,  tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes. A quien poco se le dio, poco se le exigió. Pero si aún si ese poco no lo cumple, son para él «las tinieblas». El infierno es en el Evangelio, el castigo inexorable para quien teniendo la posibilidad no produce; para quien teniendo la aptitud, no la usa; para quien, siendo pobre porque poco se le ha dado, no utiliza lo poco que tiene en bien de los demás.

Para poder conseguir la meta de generar riqueza de manera diferente al modelo capitalista, nuestro socialismo debe “hacer pueblo”, ya que como lo dijo el maestro Simón Rodríguez: “No puede haber República sin pueblo”. Para hacer pueblo, Simón Rodríguez sugería la implementación de lo que él llamaba de manera visionaria la “Educación Social”. Afirmaba el Maestro Simón Rodríguez en 1828: Cito: “Las costumbres que forma una Educación Social producen una autoridad pública, no una autoridad personal; una autoridad sostenida por la voluntad de todos, no la voluntad de uno solo, convertida en Autoridad o de otro modo, la autoridad se forma en la educación, porque educar es crear voluntades. Se desarrolla en las costumbres que son efectos necesarios de la educación y vuelve a la educación por la tendencia de los efectos a reproducir la autoridad. Es una circulación del espíritu de Unión entre socios, como lo es la de la sangre en el cuerpo de cada individuo asociado pero la circulación empieza por la vida”. Fin de la cita.

Nuestro modelo Socialista debe romper con la mala costumbre del pasado de enseñarle derechos al pueblo, pero no deberes. Nuestro modelo Socialista debe enseñarle al pueblo lo que tiene que hacer para poder obtener lo que no tiene. Nuestro modelo socialista debe enseñarle al pueblo que las cosas no aparecen por arte de magia, sino que hay que obtenerlas a base de esfuerzo y trabajo. Esa debe ser la tarea de la verdadera educación social, que permita formar al republicano que necesitamos para conseguir todo el potencial del cual es capaz esta tierra venezolana de gracia, tan amada, tan bendecida y protegida por Dios.

En ese sentido, la Fuerza Armada puede aportar mucho a la construcción del modelo, ya que en la institución armada la ecuación siempre ha sido inversa, puesto que hemos aprendido y practicado que nuestros deberes están en primera línea de importancia. Es el cumplimiento de los deberes uno de los componentes de mayor ponderación en la vida del soldado. Incluso, podemos afirmar que en los últimos años y sobre todo con la aprobación popular de la Constitución de 1999, nuestros deberes y responsabilidades se han incrementado, ya que además de los tradicionales, inherentes a la seguridad y defensa de la nación y a la cooperación en el mantenimiento del orden interno, se ha añadido el de la participación activa de la Fuerza Armada en el desarrollo nacional. Esta última misión la hemos venido cumpliendo fielmente y a cabalidad y es una honra para la institución el ser tomada en cuenta para llevarla a cabo; sin embargo, apreciamos que es necesario que se afinen los instrumentos legales que la regulan, y que le permitan a la FAN atender con mayor eficiencia administrativa, operativa y financiera esta labor.

El pueblo venezolano les dio a los militares venezolanos un mandato claro en el artículo 328 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Ahí el pueblo venezolano nos dio, hablando en términos militares, “una finalidad”, “un para qué”; que se traduce en garantizar la independencia y la soberanía de la nación, y asegurar la integridad del espacio geográfico. El pueblo venezolano también nos dio “un cómo” a los integrantes de la Fuerza Armada Nacional, a través del ejercicio de tres misiones fundamentales: la defensa militar, la cooperación en el mantenimiento del orden interno y la participación activa en el desarrollo nacional.

Son tres misiones que deben estar en un perfecto equilibrio dinámico, y de ellas se desprende que el pueblo venezolano nos asignó el patrimonio de custodiar las armas de la República para defender sus intereses y ser administradores de la violencia legal y legítima del Estado. Pero más que administradores de la violencia, debemos ser propulsores y mantenedores de la paz, y generadores de sosiego y sendero cierto hacia el desarrollo de nuestro pueblo.

Invoco las palabras pronunciadas por el Papa Juan Pablo II El Grande, El Peregrino de la Paz, de feliz e imborrable memoria. Cito: “En un dilatado clima de concordia y respeto de la justicia puede madurar una auténtica cultura de paz, capaz de extenderse también a la comunidad internacional” (Discurso pronunciado al Cuerpo Diplomático, Enero 1997)

Y navegando en las páginas del Concilio Vaticano II, encontrándonos en la Gaudium et spes (alegría y esperanza), cito: “La paz no es la mera ausencia de la guerra ni se reduce al solo equilibrio de la fuerza adversaria, sino que es el fruto del orden plantado en la sociedad humana por su divino fundador y que los hombres sedientos de una perfecta justicia deberán llevar a cabo”.

La Fuerza Armada Nacional debe ser un instrumento de poder para la democracia política, la paz y el desarrollo, cuya actuación se enmarca en el reto que demandan la voluntad nacional y el liderazgo, con miras a la reivindicación de instituciones y procedimientos en beneficio del colectivo nacional.

Desde ahora se impone un tiempo de reflexión, a este humilde soldado de infantería paracaidista.

Estos son los siete principios que rigen el Código de Bushido, la guía moral de la mayoría de Samurais. Sed fieles a él y vuestro honor crecerá. Rompedlo y vuestro nombre será denostado por las generaciones venideras.

1.Gi- Honradez y justicia. Sé honrado en tus tratos con todo el mundo. Cree en la justicia.

2.Yu- Valor heroico. Álzate sobre las masas de gente que temen actuar. Ocultarse como una tortuga en su caparazón no es vivir. El coraje heroico no es ciego. Es inteligente y fuerte. Reemplaza el miedo por el respeto y la precaución.

3.Jin- Compasión. Desarrolla un poder que debe ser usado en bien de todos. Ayuda a tus semejantes en cualquier oportunidad. Si la oportunidad no surge, sal de su camino para encontrarla.

4. Rei- Cortesía. Un Samurai es cortés incluso con sus adversarios. Recibe respeto no solo por la fiereza en la acción, sino también por su manera de tratar a los demás. La auténtica fuerza interior del Samurai se vuelve evidente en tiempos de apuros.

5. Meyo- Honor. Las decisiones que tomas y cómo las llevas a cabo son un reflejo de quien eres en realidad. No puedes ocultarte de ti mismo.

6. Makoto- Sinceridad Absoluta. Cuando un Samurai dice que hará algo, es como si ya estuviera hecho. El simple hecho de hablar ha puesto en movimiento el acto de hacer. Hablar y hacer son la misma acción. Y

7. Chugo- Deber y lealtad. Las palabras de un hombre son como sus huellas; puede seguirlas donde quiera que él vaya.

Que Yahvé, Elohim de los Ejércitos, Supremo Hacedor de todas las cosas, bendiga y guarde por siempre a la República Bolivariana de Venezuela.

Raúl Isaías Baduel

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LEA #246

LEA

A diferencia de lo registrado por la encuestadora Hinterlaces—que la popularidad de Hugo Chávez habría descendido varios puntos desde su reelección en diciembre pasado—el Instituto Venezolano de Análisis de Datos (IVAD), dirigido por Félix Seijas, habitualmente considerado un encuestador confiable, reporta de sus datos de comienzos del mes de junio que la figura presidencial alcanza una opinión favorable en el 71% (70,9) de los ciudadanos consultados.

La información ha sido voceada casi exclusivamente por los medios controlados por el gobierno. (O por amigos tales como la agencia cubana de noticias, Prensa Latina). La construcción del lenguaje es, naturalmente, enteramente cargada. Dice, por ejemplo, un despacho de la Agencia Nacional de Noticias, en relación con las protestas por el caso de la licencia vencida de RCTV (retraducido del inglés del sitio pro-gobierno www. VHeadline.com): “Mientras tanto, 59% dijo que los desórdenes debieran terminar y 36% que las manifestaciones debieran continuar”. Según IVAD, una mayoría aprueba la medida de la no renovación de la concesión de televisión abierta para Empresas 1BC. La carga propagandística se revela de nuevo en la redacción de VHeadline: “En corroboración del hallazgo de un 52,% de aprobación a la decisión de Chávez de no extender la licencia de la estación televisora burguesa reaccionaria, está el hallazgo paralelo de que 45,2% de la gente quiere que la odiosa estación televisora burguesa mantenga su licencia”. Así se decora la torta de información con nevado ideológico para el descrédito.

No está todo claro, sin embargo, con la encuesta de Seijas. A pesar de lo reportado, el mismo estudio registra que una mayoría votaría a favor de RCTV en un referendo consultivo que se convocara al efecto. Así informa El Correo del Caroní: “Un 65% votaría a favor de reabrir RCTV si se hiciera un referéndum”.

Y a pesar de las diferencias, Hinterlaces e IVAD parecen coincidir en el registro de un rechazo a la agenda ideológica del presidente Chávez. De nuevo reporta El Correo del Caroní: “En cuanto al discurso radical ‘socialista’ de Chávez, sólo 30,3% de la muestra asegura que es ‘la ideal’, mientras 56,4% prefiere la ‘democracia social’. Un 3,4% dijo que ‘el capitalismo’ y 4,7% por el comunismo…  Tampoco encuentra mucho respaldo la reelección indefinida que es el sueño más preciado de Chávez con la reforma constitucional. Un 64,3% de los encuestados la rechaza, mientras un 30,7% la aprueba…”

Habría que ver qué entienden los consultados por las etiquetas que designan los cuatro sistemas mencionados. De ser verdad la medición publicada por el diario del distrito Caroní, el partido Un Nuevo Tiempo, que ha dicho encarnar la opción de la “democracia social”, tendría el mandado hecho, y debiera superar en preferencias al Partido Socialista Único (desconfíe de las imitaciones) de Venezuela.

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