LEA #244

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El ex consejero de la Casa Blanca que responde al nombre y sobrenombre de Lewis Scooter (motoneta) Libby, recientemente condenado por perjurio y otras faltas graves a prisión, estuvo de visita en la mansión y oficina presidenciales de los Estados Unidos el pasado fin de semana, como atestigua una fotografía de Getty Images que lo muestra acompañado por Dick Cheney, el Vicepresidente que ha rehusado cumplir regulaciones que obligan a todo funcionario ejecutivo de ese país. A pesar de la evidencia circunstancial, el martes de esta semana, en rueda de prensa conducida por Tony Snow, Secretario de Prensa, éste se negó a contestar a un periodista que preguntaba si Cheney había pedido a George W. Bush que impidiera el encarcelamiento de Libby, beneficiario de una sorpresiva conmutación de pena que lo libra de la cárcel por gracia presidencial.

Las restantes ochenta y cuatro preguntas sobre el caso sí fueron manejadas por Snow, quien debió explicar las razones por las que Bush anulaba de ese modo una sentencia firme a treinta meses de prisión contra Libby. Ahora, el antiguo jefe de gabinete de Cheney queda sujeto a un régimen de libertad bajo fianza y el pago de una multa considerable. No debiera tener dificultad en pagarla: un nutrido grupo de políticos republicanos promovió una exitosa colecta de millones de dólares para que Libby no tuviera que poner un céntimo para sufragar los costos de su defensa. Seguramente sobró plata. (Y todavía es posible que Bush termine concediéndole un perdón pleno).

La presidencia de Bush-Cheney, pues, sigue comportándose con arrogancia. La anulación práctica de la decisión tribunalicia, un poder separado, es una nueva señal de que la pareja más poderosa del mundo se considera, como un Chávez cualquiera, por encima de la ley. Tan sólo la semana pasada Cheney se negó a comparecer ante el Senado norteamericano que le citaba, alegando que su persona está exceptuada de esa obligación legal en lo tocante a información clasificada. (Argumentó que no era una “entidad” del poder ejecutivo porque también era, por definición constitucional, Presidente del Senado).

Los republicanos, por supuesto, están felices con la medida. Los demócratas, por lo contrario, denuncian el beneficio presidencial como un abuso. La senadora Clinton, por ejemplo, declaró: “A cuatro años de la guerra en Irak, los norteamericanos todavía viven con las consecuencias de los esfuerzos de esta Casa Blanca por acallar la opinión contraria. Esta conmutación envía la clara señal de que, en esta administración, el amiguismo y la ideología se imponen a la competencia y la justicia”.

Ahora se verá si un Congreso mayoritariamente demócrata es capaz de corregir la anomalía de un Vicepresidente que ya es descrito como un cuarto poder, distinto del ejecutivo, el legislativo y el judicial. Hasta ahora la actuación del nuevo congreso estadounidense, dominado por los demócratas, ha sido mucho ruido y pocas nueces. Entretanto, la ciudadanía norteamericana comienza a abrigar serias sospechas de que su sistema político, después de todo, no sea tan perfecto, al permitir estas cosas. Se trata de una peligrosa y corrosiva conciencia. Arnold Toynbee diagnosticó, como causa principal de la caída del Imperio Romano, el desapego de sus ciudadanos respecto de los valores que lo habían sostenido.

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CS #244 – Nocivo para la salud (mental)

Cartas

El primero de los doctores modernos de la Iglesia Católica, Santo Tomás de Aquino, se ocupaba de absolutamente todo. No en vano era decididamente aristotélico; como sabemos, Aristóteles también filosofó sobre lo humano y lo divino. En su obra magna, la Suma Teológica, Tomás de Aquino no dejó cuestión sin abordar y contestar. De hecho, la obra misma está organizada en cuestiones particulares, que son expuestas con sus pros y sus contras antes de ofrecer la respuesta del sabio doctor. Por ejemplo, la cuestión 101 (IA Prima) dilucida los siguientes puntos: si los niños nacían o no nacían perfectos en ciencia y si inmediatamente después de nacer tenían o no tenían uso de razón. En medio de una amplia discusión de cuestión tan fundamental, Tomás ofrece su dictamen: “Si el sentido está impedido, e impedidas también las potencias sensitivas internas, el hombre no tiene perfecto uso de razón. Es el caso de los que duermen o de los locos. Las potencias sensitivas son orgánicas. Por eso, los actos y también el uso de la razón quedan impedidos si los órganos están imposibilitados. En los niños este impedimento se da por la excesiva humedad cerebral”. En suma, de acuerdo con el gran doctor, los niños no venían con uso de razón desde el nacimiento; esta facultad se adquiere después, con el tiempo.

Para la operación sacramental de la Iglesia Católica es de suma importancia la definición de un estado de las personas naturales en el que éstas pueden juzgar por sí mismas. Mientras las almas no alcanzan tal condición, no pueden acceder a sacramentos como el de la Confirmación o la Eucaristía. Estrictamente, para recibir el sacramento de la Confirmación, pongamos, se requiere haber alcanzado la “edad de la discreción de juicio” (canon 891), y ésta se interpreta habitualmente como sinónima de la expresión “edad del uso de razón”. (Esta sinonimia se observa claramente, por ejemplo, en el Directorium catechisticum generale, Addendum: 1 AAS 64, 1972, 173).

Así, el Capítulo I (De la condición canónica de las personas físicas) del Título VI (De las personas físicas y jurídicas) del Código de Derecho Canónico, establece las definiciones necesarias. El canon 97 estipula inequívocamente: “§ 1. La persona que ha cumplido dieciocho años es mayor; antes de esa edad, es menor. § 2. El menor, antes de cumplir siete años, se llama infante, y se le considera sin uso de razón; cumplidos los siete años, se presume que tiene uso de razón”. El canon 99 abunda sobre el punto construyendo en modo negativo: “Quien carece habitualmente de uso de razón se considera que no es dueño de sí mismo y se equipara a los infantes”.

Bueno, el actual Presidente de la República nació en 1954 (28 de julio), de modo que puede presumirse que adquirió uso de razón en 1961. (Es sólo una presunción). Y es en este último año cuando el psicólogo canadiense—de raíz ucraniana—Albert Bandura realiza un experimento clásico y verdaderamente crucial, que ofrece fundamento empírico a la más eficaz de las explicaciones de la delincuencia, y que igualmente permite entender lo que seguramente es la más nociva y venenosa de las influencias que Hugo Chávez Frías ejerce sobre la psiquis nacional. Para sostener esta última afirmación es menester ir de cuento.

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Aunque la autoridad de una persona no convierte automáticamente en veraces las afirmaciones que tenga a bien hacer—la falacia de autoridad no se admite como razonamiento válido—conviene apuntar que Albert Bandura, nacido en Mundare, Canadá, en 1925, es considerado el psicólogo vivo más importante en Norteamérica. A Bandura, objeto de cada honor académico-profesional imaginable, se le tiene por el padre de la teoría cognitiva, y es el autor de la teoría del aprendizaje social, aquel que se produce por la imitación de las conductas de un modelo. Habiéndose graduado en su país en la Universidad de la Columbia Británica, obtuvo sus grados superiores—Master of Arts y Ph. D.—en 1951 y 1952 de la Universidad de Iowa. En 1953 ingresó como profesor al Departamento de Psicología de la Universidad de Stanford, en California, y allá está todavía, investigando y enseñando.

Desde el comienzo, Bandura se interesó en el papel jugado por la modelación social en el pensamiento, la motivación y la acción humanas, y muy pronto precisó el foco de sus investigaciones para dedicarse al estudio de la relación entre esa modelación y las conductas agresivas. Su enfoque fue decididamente experimentalista. Desde la época de sus estudios de postgrado, sostenía que los psicólogos debían “conceptualizar los fenómenos clínicos de forma que los haga susceptibles a la prueba experimental”, pues creía que sólo en el laboratorio podía la investigación psicológica controlar los factores que determinan la conducta. De este esfuerzo germinó su primer libro—Adolescent Aggression (1959, Hugo Chávez todavía no tenía uso de razón)—y más adelante (1973), Aggression: A Social Learning Analysis.

Su base conceptual, pues, es la teoría del aprendizaje social. (Bandura publicó en 1986 Social Foundations of Thought and Action: A Social Cognitive Theory, obra de enorme influencia en la que los seres humanos son entendidos como entes capaces de autorregulación y autodesarrollo, y no como un manojo de respuestas a estímulos externos—conductismo—o como el producto de impulsos internos, como Freud los entendía en buena medida). La conducta, sin embargo, es grandemente influenciada por factores ambientales, y es en mucho la imitación de modelos. En particular, Bandura ha sostenido que los individuos, especialmente los niños, aprenden sus respuestas agresivas al observar a personas en actos de agresión, bien sea directamente o a través de medios como el cine y la televisión.

Los individuos, pues, no heredan una tendencia a la violencia; la adquieren por imitación. Al hacerlo, por otra parte, refuerzan esa conducta al obtener algún beneficio, sea éste el alivio de una tensión, la ganancia financiera, la aprobación de terceros o el desarrollo de su autoestima. Es fácilmente sostenible que la teoría del aprendizaje social es la teoría de la conducta más relevante a la criminología.

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Es dentro de esta formulación teórica que se produce el clásico experimento del “muñeco Bobo”. (Bobo es acá el nombre adjudicado a un payaso pintado sobre un muñeco porfiado, fabricado en cubierta de plástico inflada hasta el tamaño de un prepúber, con una base llena de arena que le confiere peso y lo hace inderribable. Fue en una época un juguete popular).

El experimento diseñado por Bandura se hizo con 36 niños y 36 niñas del jardín de infancia de la Universidad de Stanford, cuya edad promedio era de 4 años y 4 meses. Varios arreglos cuidadosos permitieron controlar diversos factores. Por ejemplo, la maestra de los párvulos y el experimentador ordenaron a los niños según la agresividad que hubieran mostrado antes del experimento, para descartar la influencia de una posible predisposición. Sobre esta ordenación pudo Bandura agrupar a los niños con base en el nivel de agresividad promedio. Un primer grupo experimental de 24 infantes fue sometido a modelos de comportamiento agresivo. El segundo, de idéntico tamaño, a modelos de conducta no agresiva. Ambos grupos fueron luego divididos por sexo. En total, hubo ocho grupos experimentales y un grupo de control.

Cada niño del programa fue tratado individualmente, de modo que se evitó la influencia de sus compañeros de clase. En la primera parte del experimento, se conducía un niño y un modelo adulto a un cuarto en el que se sentaba al infante en una esquina, donde podía jugar con calcomanías o papas talladas para imprimir, mientras el modelo adulto se sentaba en otra esquina, donde había un juego para armar, un palo liviano—un mallet, o palo de croquet de plástico—y el muñeco porfiado inflable. Antes de abandonar la habitación, el experimentador explicaba que estos últimos juguetes sólo podrían ser usados por el modelo adulto.

Después de jugar con el juego para armar por un minuto, el modelo agresivo atacaba al muñeco y lo golpeaba, empleando el mallet para darle golpes en la cabeza, y también usaba expresiones verbales violentas. Después de unos diez minutos de esta conducta, el experimentador regresaba a la habitación, despedía al modelo adulto agresivo y llevaba al niño a otro cuarto, donde un modelo adulto no agresivo jugaba solamente con el juego para armar durante todos los diez minutos, sin prestar atención alguna al muñeco.

Al cabo de estos dos episodios, cada niño iba a otro cuarto de juegos, donde encontraba juguetes muy atractivos, como un avión jet, una muñeca con ropas y su coche, un carro de bomberos, etc. Con el fin de detonar rabia o frustración en el niño, se le dejaba jugar muy poco rato con estos juguetes, y se le explicaba que estaban reservados a otros niños y que si iban a otra habitación encontrarían juguetes con qué jugar.

Por último, se dejaba solo a cada niño por un tiempo de veinte minutos en una última habitación, la que contenía juguetes agresivos y no agresivos. (Los agresivos incluían al muñeco y el mallet, así como pistolas de dardos y un grillo de cadena; los no agresivos un juego de té, papel y creyones, una pelota, animales de granja en material plástico y otros). Un grupo de jueces observaba a los niños tras un vidrio-espejo (cámara de Gesell), y evaluaba su conducta para medir su agresividad con ocho parámetros. Por ejemplo, una medida registraba la agresión física de apuñear o patear al muñeco, sentarse sobre él, golpearlo con el mallet o tomarlo y lanzarlo por el cuarto. La segunda medida registraba la agresión verbal, y se tomaba nota de las frases que fueran repetición de las proferidas por los modelos adultos. Otras conductas agresivas eran también medidas, aunque no fuesen imitación estricta de los modelos adultos agresivos.

Antes de acometer el experimento, Bandura había formulado varias predicciones. La primera suponía que los niños que fueran expuestos al modelo adulto agresivo intentarían imitarlo aun en su ausencia. Luego, creía que la conducta de estos niños diferiría marcadamente de la de los que observaron un modelo no agresivo o ningún modelo. (Los del grupo de control). Además predijo que los niños que vieron al modelo no agresivo no sólo exhibirían menos agresividad que los que confrontaron al modelo agresivo, sino incluso menos que la que exhibirían los del grupo de control, que no fueron objeto de modelación. Adicionalmente, pronosticó que los niños imitarían más a los modelos de su mismo sexo, y que se observaría más agresividad en los varones.

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¿Cuáles fueron los resultados? Concluidas las mediciones, se encontró que, en efecto, quienes fueron expuestos al modelo agresivo se condujeron de forma más agresiva que los restantes niños del experimento. Para los varones de ese grupo se registró un promedio de 38,2 acciones agresivas, y de 12,7 para las niñas. Las agresiones verbales imitativas en este grupo fueron en promedio 17 en los varones y 15,7 en las hembras. En los niños que observaron al modelo no agresivo, y los del grupo control que no vieron a ningún modelo, prácticamente no se observó conductas agresivas, ni físicas ni verbales.

Los resultados también confirmaron que los niños son influenciados más fácilmente por modelos de su mismo sexo, y que en general los varones son más agresivos que las hembras. (Los varones exhibieron en conjunto 270 conductas agresivas, contra 128 de las hembras). No pudo alcanzarse una conclusión respecto de la predicción de que los modelos no agresivos actuarían disuasivamente respecto de conductas agresivas. En agresiones con el mallet, los varones expuestos a modelos no agresivos de su mismo sexo exhibieron conductas menos agresivas que los niños del grupo de control; en cambio, los varones expuestos a una modelo no agresiva mostraron más agresividad que la de los del grupo de control. (¿Será que los varones no hacen mucho caso a las mujeres?)

La conclusión principal del equipo de Bandura y sus colaboradores, en síntesis, es que conductas específicas como la agresión pueden ser aprendidas a partir de la observación y la imitación de modelos. Los niños llegaron a pensar que la conducta agresiva era aceptable, y de este modo sus inhibiciones de la agresión se debilitaron. Este debilitamiento hace más probable que se responda a situaciones futuras con respuestas más agresivas. La agresividad se aprende.

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Desde que entró, en mala hora, Hugo Rafael Chávez Frías a la política venezolana, el 4 de febrero de 1992, este ciudadano se ha conducido, constantemente, como un modelo agresivo. Por supuesto, por sus actos de esa fecha, que fueron armados para la agresión. Pero también en su campaña electoral de 1998, cuando ofrecía freír cabezas de adecos y copeyanos; también el 4 de febrero de 1999—cuarenta y ocho horas después de haber jurado sobre una constitución a la que declaró, frente a su padre, moribunda, en revelación de su carácter despiadado—cuando emplazó a la Presidenta de la Corte Suprema de Justicia para que aceptara el robo por necesidad; también cuando sugirió a Marcel Granier que su vida corría peligro; también cuando escribía cartas, en plan de colega revolucionario, al terrorista criollo Illich Ramírez Sánchez, alias “El Chacal”; también cuando incitó agresiones de otros, como las de la banda de Lina Ron, a la que declaraba luchadora meritoria; también cuando despidió con sorna a los ejecutivos de PDVSA; también cuando insulta a mandatarios extranjeros e instituciones públicas y organizaciones no gubernamentales en cualquier parte del globo; también cuando excita las invasiones de propiedades privadas, como él mismo hace en aplicación del “método Chaz”; también cuando amenaza a quienes se le opongan con el empleo de la fuerza armada; también cuando compra armas—fusiles, helicópteros, submarinos—y establece contingentes de reservistas más grandes que el ejército regular; también cada vez que golpea la palma de su mano diestra con el puño siniestro; también cuando no cesa de hablar de guerra, de magnicidio, de guerrilla, de resistencia; también cuando ofrece la expropiación a cuanto factor social no se alinee con su voluntad; también cuando acuña el lema de “patria, socialismo o muerte”.

Cualquier cosa positiva que Chávez haya podido traer a su pueblo es anulada por esta permanente modelación de la violencia, por cuanto aquí el daño que infiere es a lo psíquico de nuestra sociedad. No hay, pues, nada que pueda salvar a las administraciones de Chávez en el registro de la historia, y esto debe ser explicado a sus partidarios en nuestra ciudadanía. Uno pudiera invitarles a que hicieran una lista de los aciertos de Chávez, pues por más larga que fuese sería reducida a la insignificancia al cotejarla con su perenne modelación de la violencia y la agresión, que deja cicatrices en el espíritu de la Nación. ¿Cómo puede disminuir la delincuencia en un país cuyo presidente la modela, exacerbando el azote que lacera por igual a sus partidarios y sus opositores? ¿Qué asaltante no se sentirá «dignificado» por la conducta presidencial, cuya agresividad y cuyo desprecio por la propiedad puede tomar por modelos?

Este rasgo terrible y definitivo del modo de gobernar de Hugo Chávez se complementa con una “desconexión moral”—moral disengagement, otro concepto de Bandura—que le impele a fabricar excusas para su mala conducta, eludir la responsabilidad de sus consecuencias y culpar a sus víctimas. Las razones de Chávez son, mayormente, coartadas.

Y esta espantosa modelación, más gravemente, es amplificada en el más obsceno culto a la personalidad que haya conocido Venezuela. No hay agencia oficial que no le adule, no hay programa que no se atribuya a sus méritos, no hay pieza publicitaria del gobierno que no infle su ego megalómano y tóxico.

Preparémonos para una inmensa tarea de psiquiatría política al cese de su mando.

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FS #151 – Discurso de Bercy

Fichero

LEA, por favor

El fragmento del discurso de Nicolás Sarkozy—Discurso de Bercy—publicado en la Carta Semanal de la semana pasada (#243, 28 de junio), suscitó marcado interés, y curiosidad por conocer el texto completo. En esta ocasión se reproduce, en esta Ficha Semanal #151 de doctorpolítico, su sección central, de la que el fragmento anterior fuese tomado. Por otra parte, se anexa al final de este envío el texto íntegro en francés, en un archivo .pdf en el que lo correspondiente a lo traducido ha sido resaltado en cursivas.

Como se verá de esta ficha, el actual Presidente de Francia tuvo por mucho tiempo un importante resentimiento con el proceso que el mundo conoció como “el Mayo Francés”, una explosión de direcciones revolucionarias—algo de marxismo, bastante de anarquismo y mucho de sexualidad—que en 1968 sacudió al gobierno del general de Gaulle, a Francia entera y a buena parte de Occidente. Poco tiempo después el fuego se había extendido hasta varias universidades norteamericanas, donde el asunto de la rebeldía añadió un muy concreto repudio a la Guerra de Vietnam. En Francia, la onda expansiva incluyó un paro general de las dos terceras partes de la fuerza de trabajo, y de Gaulle se vio forzado a disolver la Asamblea Nacional y convocar a elecciones parlamentarias anticipadas. El movimiento, sin embargo, se disolvió tan repentinamente como había comenzado, y en las elecciones subsiguientes el gobierno quedó más fortalecido que nunca.

Sarkozy tenía trece años de edad en mayo de 1968 (nació el 28 de enero de 1955), y por tanto no pudo tener mucha participación en los acontecimientos. No obstante, una niñez dura—su padre se separó de su madre, y a pesar de su prosperidad se negó a proveer a la prole de tres hermanos—le hizo madurar rápidamente, y su abuelo, que fue la influencia principal en sus primeros años, era un decidido partidario del general de Gaulle. Al término de su baccalauréat en 1973, Sarkozy se inscribió en la Universidad París X – Nanterre, justamente donde se había encendido la mecha revolucionaria hacía sólo cinco años antes. De una vez adhirió al movimiento estudiantil de derecha en la universidad.

En el texto reproducido acá, Sarkozy evoca uno de los lemas gritados y pintados en París en 1968: “CRS = SS”. Todos sabemos que fueron las SS; las siglas CRS designan a las Compagnies Républicaines de Sécurité, las brigadas especiales francesas para el control de tumultos. También emplea el término okupa, que denota lo que en Venezuela llamamos invasores; esto es, grupos de personas que ocupan a la fuerza propiedades ajenas.

Es evidente que Sarkozy es partidario del orden, de la vida social normada. Pero si se lee con atención su discurso del 29 de abril, uno descubre que no es, ni con mucho y a pesar de su derechismo, un troglodita, sino un político de orientación moderna y sensitiva, tal vez el mandatario de hoy al que pueda más fácilmente adjudicarse, sin duda alguna y en propiedad, por fin al siglo XXI.

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Discurso de Bercy

El pensamiento único, que es el pensamiento de quienes lo saben todo, de quienes se creen no sólo intelectualmente sino también moralmente por encima de los demás, ese pensamiento único había denegado a la política la capacidad para expresar una voluntad. Había condenado la política. Había profetizado su caída imparable frente a los mercados, las multinacionales, los sindicatos, Internet. Se sostenía que en el mundo tal cual es hoy, con sus informaciones que se difunde instantáneamente, sus capitales que se desplazan cada vez más rápido y sus fronteras ampliamente abiertas, la política ya no jugaría más que un papel anecdótico y que ya no podría expresar una voluntad, porque el poder pronto estaría compartido, diluido, disperso en red; porque las fronteras estarían totalmente abiertas y los hombres, los capitales y las mercancías circularían sin obedecer a nadie.

Pero la política retorna. Retorna por todas partes en el mundo. La caída del Muro de Berlín pareció anunciar el fin de la Historia y la disolución de la política en el mercado. Dieciocho años después, todo el mundo sabe que la Historia no ha terminado, que siempre es trágica y que la política no puede desaparecer porque los hombres de hoy sienten una necesidad de política, un deseo de política como rara vez se había visto desde el fin de la segunda guerra mundial.

La necesidad de política tiene por corolario la necesidad de nación. La nación también había sido condenada. Pero aquí está de nuevo, para responder a la necesidad de identidad frente a la mundialización, vivida como una empresa de uniformización y mercantilización del mundo en la que ya no quedaría lugar para la cultura y para los valores del espíritu. Quizá la inquietud es excesiva, pero es bien real y expresa una necesidad de identidad muy fuerte. Por todas partes la he encontrado en esta campaña; en todas partes me han hablado de ella gentes de toda condición. Pero la nación no es sólo la identidad. Es también la capacidad de estar juntos para protegerse y para actuar. Es el sentimiento de que no se está solo para afrontar un futuro angustioso y un mundo amenazante. Es el sentimiento de que, juntos, se es más fuerte, y podremos hacer frente a lo que, solos, no podríamos afrontar.

Yo he querido volver a poner la voluntad política y Francia en el corazón del debate político. La voluntad política y la nación están siempre para lo mejor y para lo peor. El pueblo que se moviliza, que se convierte en una fuerza colectiva, es una potencia temible que puede actuar tanto para lo mejor como para lo peor. Hagamos las cosas de manera que sea para lo mejor. Conjuraremos lo peor respetando a los franceses, manteniendo nuestros compromisos, respetando la palabra dada. Conjuraremos lo peor haciendo que la moral retorne a la política.

No me da miedo la palabra «moral». Desde mayo de 1968 no se podía hablar de moral. Era una palabra que había desaparecido del vocabulario político. Hoy, por primera vez en decenios, la moral ha estado en el corazón de la campaña presidencial. Mayo del 68 nos había impuesto el relativismo intelectual y moral. Los herederos del 68 habían impuesto la idea de que todo vale, de que no hay ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, entre lo bello y lo feo. Habían querido hacernos creer que el alumno vale tanto como el maestro, que no hay que poner notas para no traumatizar a los malos alumnos, que no había diferencias de valor y de mérito. Habían querido hacernos creer que la víctima cuenta menos que el delincuente, y que no puede existir ninguna jerarquía de valores. Habían proclamado que todo está permitido, que la autoridad había terminado, que las buenas maneras habían terminado, que el respeto había terminado, que ya no había nada que fuera grande, nada que fuera sagrado, nada admirable, y tampoco ya ninguna regla, ninguna norma, nada que estuviera prohibido.

Recordad el eslogan de mayo del 68 en las paredes de la Sorbona: «Vivir sin obligaciones y gozar sin trabas». Así, la herencia de mayo del 68 ha liquidado a la escuela de Jules Ferry en la izquierda francesa, que era una escuela de la excelencia, del mérito, del respeto, del civismo; una escuela que quería ayudar a los niños a convertirse en adultos y no a seguir siendo niños grandes, una escuela que quería instruir y no infantilizar, porque había sido construida por grandes republicanos que tenían la convicción de que el ignorante no es libre. Pero la herencia de mayo del 68 ha liquidado esa escuela que transmitía una cultura común y una moral compartida, cultura y moral gracias a las que todos los franceses podían hablarse, comprenderse, vivir juntos. La herencia de mayo del 68 ha introducido el cinismo en la sociedad y en la política. Han sido precisamente los valores de mayo del 68 los que han promovido la deriva del capitalismo financiero, el culto del dinero-rey, del beneficio a corto plazo, de la especulación. El cuestionamiento de todas las referencias éticas y de todos los valores morales ha contribuido a debilitar la moral del capitalismo, ha preparado el terreno para el capitalismo sin escrúpulos y sin ética, para esas indemnizaciones millonarias de los grandes directivos, esos retiros blindados, esos abusos de ciertos empresarios, el triunfo del depredador sobre el emprendedor, del especulador sobre el trabajador.

Los herederos de mayo del 68 han degradado el nivel moral de la política. Todos esos políticos que reivindican la herencia de mayo del 68, dan al prójimo lecciones que jamás se aplican a sí mismos, quieren imponer a los demás comportamientos, reglas, sacrificios que jamás se imponen a sí mismos. Proclaman: «Haced lo que yo digo, no hagáis lo que yo hago». Ésa es la izquierda heredera de mayo del 68, la que está en la política, en los medios de comunicación, en la administración, en la economía. La izquierda que le ha tomado gusto al poder, a los privilegios. La izquierda que no ama a la nación porque no quiere compartir nada. Que no ama a la República porque no ama la igualdad. Que pretende defender los servicios públicos, pero que jamás veréis en un transporte colectivo. Que ama tanto la escuela pública, que a sus hijos los lleva a colegios privados. Que dice adorar la periferia, pero que se cuida muy mucho de vivir en ella. Que siempre encuentra excusas para los violentos, a condición de que se queden en esos barrios a los que ella, la izquierda, no va jamás. Esa izquierda que hace grandes discursos sobre el interés general, pero que se encierra en el clientelismo y el corporativismo. Que firma peticiones y manifiestos cuando se expulsa a algún «okupa», pero que no aceptaría que se instalara en su casa. Que dedica su tiempo a hacer moral para los demás, sin ser capaz de aplicársela a sí misma. Esa izquierda, en fin, que entre Jules Ferry y mayo del 68 ha elegido mayo del 68, es la que condena a Francia a un inmovilismo cuyas principales víctimas serán los trabajadores, los más modestos, los más pobres.

Ésa es la izquierda que desde mayo del 68 ha renunciado al mérito y al esfuerzo, que ha dejado de hablar a los trabajadores, de sentirse concernida por la suerte de los trabajadores, de amar a los trabajadores; porque el valor trabajo ya no forma parte de sus valores, porque su ideología ya no es la de Jaurès o la de Blum, que respetaban a los trabajadores, sino que ahora la ideología de la izquierda es la del reparto obligatorio del trabajo, la de las 35 horas, la del asistencialismo. La crisis del trabajo es ante todo una crisis moral, y en ella la herencia de mayo del 68 tiene una enorme responsabilidad. Yo quiero rehabilitar el trabajo, quiero devolver al trabajador el primer lugar en la sociedad.

La herencia de mayo del 68 ha debilitado la autoridad del Estado. Esos herederos de los que en mayo del 68 gritaban «CRS = SS», toman sistemáticamente partido por los violentos, los alborotadores y los estafadores contra la policía. Lo hemos visto tras los incidentes de la Estación del Norte. En lugar de condenar a los violentos y de apoyar a las fuerzas del orden y su difícil trabajo, no se les ha ocurrido nada mejor que esta frase, que merecería ser inscrita en los anales de la República: «Es inquietante constatar que se ha abierto una fosa entre la policía y la juventud». Como si los vándalos de la Estación del Norte representaran a toda la juventud francesa. Como si fuera la policía la que estaba actuando mal, y no los violentos. Como si los violentos hubieran destrozado todo y saqueado los comercios para expresar una revuelta contra una injusticia.

Como si el hecho de ser jóvenes lo excusara todo. Como si la sociedad fuera siempre culpable y el delincuente siempre inocente. Ésos son los herederos de mayo del 68, que denigran la identidad nacional, que atizan el odio a la familia, a la sociedad, al Estado, a la nación, a la República.

En estas elecciones se trata de saber si la herencia de mayo del 68 debe ser perpetuada o si puede ser liquidada de una vez por todas. Yo quiero pasar la página de mayo del 68. Pero tiene que ser más que un gesto. No hay que contentarse con poner banderas en los balcones el 14 de julio y cantar la Marsellesa en vez de la Internacional en los mítines del Partido Socialista. No se puede decir que se desea el orden y tomar sistemáticamente partido contra la policía. No es posible seguir denunciando la «provocación» y el «Estado policial» cada vez que la policía intenta hacer respetar la ley. No se puede decir que uno apuesta por el valor del trabajo y, al mismo tiempo, generalizar las 35 horas, seguir cargándolo con impuestos y estimular la mentalidad del asistido, del que cobra del Estado para no trabajar. No se puede decir que se desea obstaculizar las deslocalizaciones y al mismo tiempo rechazar cualquier experimentación del IVA social, que permite financiar la protección social con las importaciones. No es posible proclamar grandes principios y negarse a inscribirlos en la realidad. Yo propongo a los franceses romper realmente con el espíritu, con los comportamientos, con las ideas de mayo del 68, con el cinismo de mayo del 68. Propongo a los franceses devolver a la política la moral, la autoridad, el trabajo, la Nación. Les propongo reconstruir un Estado que haga realmente su trabajo y que, en consecuencia, domine las feudalidades, los corporativismos y los intereses particulares. Les propongo rehacer una República una e indivisible contra todos los comunitarismos y todos los separatismos. Les propongo reedificar una nación que de nuevo esté orgullosa de sí misma.

Al poner sistemáticamente los derechos por encima de los deberes, los herederos de mayo del 68 han debilitado la idea de ciudadanía. Al denigrar la ley, el Estado y la nación, los herederos de mayo del 68 han favorecido el crecimiento del individualismo. Han incitado a cada cual a no pensar más que en sí mismo y a no sentirse concernido por los problemas del prójimo.

Yo creo en la libertad individual, pero quiero compensar el individualismo con el civismo, con una ciudadanía hecha de derechos pero también de deberes. Quiero derechos nuevos, derechos reales y no virtuales. Quiero un derecho real a un techo, al alojamiento. Un derecho real al cuidado de los hijos, a la escolarización de niños con minusvalías, a la dependencia para los mayores. Quiero el derecho a un contrato de formación para los jóvenes de más de 18 años, y a la formación a lo largo de toda la vida. Quiero el derecho a la caución pública para aquellos que no tienen padres, para los que no tienen relaciones, para los enfermos a los que no se les quiere prestar porque se considera que representan un riesgo demasiado elevado. Quiero el derecho a un contrato de transición profesional para los que están en paro.

Pero quiero que estos derechos estén equilibrados con los deberes. La ideología de mayo del 68 habrá muerto cuando la sociedad se atreva a recordar a cada cual sus deberes, cuando en la política francesa se ose proclamar que, en la República, los deberes son la contrapartida de los derechos. Ese día al fin se habrá realizado la gran reforma moral e intelectual que Francia necesita una vez más. Entonces podremos reconstruir sobre cimientos renovados esa República fraternal que es el sueño siempre inacabado, nunca realizado de Francia desde el primer día en que tuvo conciencia de su existencia como nación. Porque Francia no es una raza, no es una etnia, ni sólo un territorio; Francia es un ideal incansablemente perseguido por un gran pueblo que, desde su primer día, cree en la fuerza de las ideas, en su capacidad para transformar el mundo y hacer la felicidad de la humanidad.

Quiero decírselo a los franceses: el pleno empleo, el crecimiento, el aumento del poder adquisitivo, la revalorización del trabajo, la moralización del capitalismo, todo eso es necesario y es posible. Pero eso no son más que medios que deben ser puestos al servicio de una cierta idea del hombre, de un ideal de sociedad donde cada cual pueda encontrar su lugar, donde la dignidad de todos y cada uno sea reconocida y respetada.

Nicolás Sarkozy

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CS #243 – Piezas de estudiantina

Cartas

Es totalmente evidente que las últimas semanas de nuestra política han recibido un hálito refrescante, una brisa vivificante que cobró vida con las acciones estudiantiles de protesta por las más recientes amenazas a la libertad de expresión, concretadas en el arrebatón del que fuera objeto RCTV.

El discurrir estratégico y táctico de los líderes estudiantiles ha sido poco menos que impecable. Con mucha claridad, por una parte, se han alejado de caracterizaciones ideológicas—“Los estudiantes no somos socialistas, somos seres sociales. No somos liberales, somos libres”—y de apegos partidistas que pudieran mancharles. Ni siquiera quieren identificarse con RCTV, y aclaran que manifiestan por la libertad de expresión, por la conciliación y por el diálogo. Este último objetivo es, precisamente, lo más refrescante dentro del fenómeno, diferente a lo que la oposición radical recomienda, que se niega sistemáticamente al diálogo. Así, sobre todo en estudios de televisión, han coincidido estudiantes que apoyan al gobierno con los que protestan su arbitrariedad y su imposición de pensamiento único. Se han vuelto a encontrar, luego de que se vieran por primera vez el 7 de junio en la Asamblea Nacional, de donde los protestantes escaparon incólumes, después de detonar sus cargas de profundidad—un único discurso sucinto y eficaz y el acto mismo de la salida—, de la trampa circense que había montado Cilia Flores.

Contrástese esa actitud—que ha dialogado hasta con las fuerzas policiales destinadas a reprimirlos—con la de los irredentos e inmortales patriotas de la iracundia ritual. Por ejemplo, un correo electrónico que invitaba para la marcha de ayer, Día del Periodista, fijaba objetivos (se ruega excusar la fea escritura, que se copia sin alterarla): “La manifestacion de hoy en Caracas, es una oportunidad unica para exigir y lograr doblegar al gobierno, en la reapertura de la señal de RCTV. Ello implica una derrota politica del gobierno y una primera escala en ruta derribar al gobierno de facsinerosos encabezados por Hugo Chavez. Las condiciones para lograr doblegar al gobierno son las siguientes: 1. Que la manifestacion sea multitudinaria (+-500 mil personas). 2. Expandir la direccion del movimiento de protestas incorporando los grupos de la sociedad civil y partidos politicos de la oposicion. 3. Enfrentar y derrotar contundentemente a las pretensiones de saboteos de las hordas chavistas. 4. Pasar a niveles superiores de la lucha y olvidarse de dialogos infructuosos con las instituciones secuestradas por el gobierno. 5. Profundizar y extender las protestas en las fabricas, mercados y transporte publico de todo el pais sin excepcion alguna de ciudades. 6. Exigir a la FF AA pronunciarse en favor de la restitucion de los derechos civiles y a la libertad de expresion”.

La consigna que encabezaba esa pieza, modelo de torpeza política, reedición del camino que llevó al «carmonazo» y al paro, es la siguiente: “A la calle. Todos con los estudiantes por la libertad de expresión”. Si los estudiantes de la protesta debían evadir la trampa que Cilia Flores les tenía tendida, con igual o mayor agilidad deben alejarse de apoyos como ése. Menos mal que los protagonistas de la marcha de ayer, que culminó por los lados de Quinta Crespo, donde RCTV tiene sus oficinas y estudios, no fueron los estudiantes, sino los periodistas, que escogieron conmemorar su propio día con una manifestación. Así, la presencia anunciada de fuerzas políticas—como la de Un Nuevo Tiempo—no logró todavía contaminar la hasta ahora pura protesta estudiantil. Lo que ocurrió ayer no se diferencia en casi nada de las marchas promedio convocadas por la Coordinadora Democrática en su efímera época de oro, y más de uno entre los marchistas, concluida la romería y la lectura de un manifiesto, tomó de regreso un mototaxi hasta algún buen restorán español de La Candelaria, para almorzar patrióticamente, con festiva libación incluida, por la libertad de expresión. Los restoranes de la amable parroquia hicieron su agosto en junio, repletos de parroquianos que gritaban «libertad» mientras despachaban unas chistorras. Es una necedad suponer que una cosa así va a “doblegar” al gobierno.

………

Un buen amigo me comentaba ayer que estaba preocupado. Pensaba que las inminentes vacaciones escolares amortiguarían la contundencia del admirable movimiento estudiantil, pues ya no se verían las caras con tanta frecuencia los compañeros de protesta. Por mi parte respondía que las vacaciones me parecían una bendición justamente por eso. Ya es difícil mostrar originalidad y espontaneidad en cada nuevo acto. Ya comienzan a verse demasiado estructurados. Reunir en un estadio a quienes están de acuerdo de antemano para que escuchen diagnósticos y consignas repetidas no lleva consigo mucho futuro.

Lo que en inglés se llama “sabiduría convencional”, sin embargo, aconseja “mantener caliente la calle”. Se había perdido la presencia callejera al término de la campaña electoral de 2006, y los estudiantes la resucitaron. De allí el júbilo en mucho corazón opositor. Pero no es la reiteración de la protesta, en episodios cada vez menos imaginativos, algo que vaya a restituir la autorización de señal abierta a RCTV. Aunque según algunas interpretaciones, así como según algunos intereses, “lo que hay que hacer” es continuar escenificando marchas y manifestaciones. No son pocos, como hemos visto, quienes sinceramente creen que de esa manera “caerá el gobierno”.

Ha habido logros indudables, por supuesto: el gobierno ha perdido mucho en la opinión nacional e internacional y ha emergido una barrera disuasiva de otras arbitrariedades e imposiciones. En estos momentos es más difícil al gobierno apretar un poco más a una ya bastante oprimida libertad de expresión o intentar un ataque frontal contra la autonomía universitaria. Ya sabe que experimentaría una resistencia nada despreciable, la de la mayoría de los jóvenes del país. Esto no significa, naturalmente, que cejará en sus pretensiones de control social absoluto.

Ahora bien ¿qué van a hacer los estudiantes? Sobre todo ¿qué proposiciones traerán a la mesa del debate nacional, que ellos mismos han solicitado? Cuando, en la Asamblea Nacional, hablaba Douglas Barrios en representación de la protesta juvenil, no sólo caracterizó a los estudiantes como seres sociales libres, en lugar de socialistas o liberales; también dijo: “No somos oposición, tenemos proposición”. ¿Cómo van a proceder para formularla primero y anunciarla después? ¿Cuál será el ámbito de esa proposición? ¿Se limitará a los temas de la libertad de expresión y la autonomía universitaria, o se extenderá hasta los confines de la anunciada reforma constitucional? Si asisto a la Asamblea Nacional con franela roja, y luego me la quito diciendo que aspiro a un país donde pueda ser tomado en cuenta sin que tenga que estar uniformado, estoy haciendo una declaración política, ciudadana, y ésa es una declaración que trasciende lo meramente estudiantil.

Pero sería malo que a pesar de decir explícitamente que no se es oposición sino proposición, el movimiento estudiantil asumiera un papel meramente opositor. En los últimos años se repite un dato fundamental, que usualmente es desatendido, acerca de la estructura de la opinión nacional. En marzo de hace dos años—VII Monitor socio-político de Hinterlaces, marzo 2005—la distribución de la opinión era ésta: 37% de chavismo, 11% de oposición, 51% de desubicados. En el #197 de esta carta, del 3 de agosto de 2006, se reportaba una medición de Hinterlaces sobre entrevistas hechas dos meses antes: 35% de los entrevistados se identificó como chavista, 15% se declaró opositor y 49% “ni-ni”. En marzo de este año la misma encuestadora midió de modo muy similar: 34% de partidarios del Presidente, 13% de oposición y 43% indefinido. (En esta última distribución se ha separado 10% de quienes dijeron no saber o se negaron a contestar). Si los estudiantes se dejan asimilar a la categoría opositora, estarían representando a algo menos del 15% de los electores. (Aun tomando en cuenta que el cierre de RCTV, como medida específica, es rechazada por una mayoría de la población, y que el apoyo a Chávez ha bajado unos buenos puntos desde el 3 de diciembre de 2006).

Lo que es mayoría sólida en Venezuela es el amplísimo contingente de ciudadanos que no están convencidos ni por Chávez ni por la suma de ofertas opositoras. A pesar de esto, me escribe alguien que excomulgó a Gustavo Dudamel (sustituiré el nombre del escritor por un conjunto de letras repetidas): “…esta Venezuela nuestra vive días trágicos. Aquí ya no hay lugar para el guabineo… lo que sí es cierto es que ya no hay espacio para el acomodo. Abreu, Ugalde, Alcalá y NNNN, todos estamos en la balanza. No es que Chávez nos ha llevado a parecernos a él. Es que ha llegado el momento de las definiciones”.

Ésa no puede ser la ruta, porque en Chávez hay cosas atinadas y en la oposición cosas equivocadas. La mejor de las oposiciones a Chávez—alta y urgentemente necesaria, vista su malignidad—tendría que empezar por anotar las cosas positivas que Chávez ha traído, que las hay. Tendría que reconocer que tiene razón en más de un punto. (Tal vez incluso en su paranoia anti-magnicida: los documentos liberados esta semana de viejos archivos de la CIA confirman que, como se sospechó abiertamente en medios norteamericanos en 1972, el organismo estadounidense de espionaje intentó el asesinato de Fidel Castro, empleando para eso a muy concretos gángsters de la mafia, uno de ellos Sam Giancana).

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Seguramente surgirán de las filas del movimiento estudiantil de 2007 próximos líderes políticos. Quienes tengan más tripas o ganas para lo público, entre los jóvenes que ahora sorprenden a Chávez—si a ver vamos, al país entero—serán dentro de poco líderes políticos en todo el sentido del término. De más de una lucha estudiantil ha salido un político del futuro. (Nicolás Sarkozy, por ejemplo, que en el mayo francés de 1968 se ubicó en el bando gaullista, contrario al prometedor pero perecedero lado de Daniel Cohn Bendit, y ahora es Presidente de Francia. Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Rafael Caldera, entre nosotros, fueron dirigentes de movimientos estudiantiles).

A los jóvenes estudiantes, por otra parte, les asiste una ventaja biológica. Su menor edad les confiere flexibilidad mental, pues no han tenido tiempo de cristalizar sus propios paradigmas. Esto no es ningún mérito especial; la juventud es una enfermedad pasajera, y es muy posible encontrar jóvenes biológicos que parecen chochos dinosaurios de opinión. La juventud o la decrepitud verdaderas están en el cerebro y en el corazón, no en la frescura de la piel o el número de la cédula de identidad. Son las ideas y la pasión lo que hace joven al hombre.

Hasta ahora, por fortuna, han evitado el error de Julio Borges—que siempre quiso justificar su partido simplemente porque sus dirigentes eran jóvenes—o de Marcel Granier, que en una época promovía su Grupo Roraima como la generación de relevo que derrotaría al Estado omnipotente. Hasta ahora, entonces, el movimiento estudiantil se mantiene puro y receptivo, flexible y no comprometido. Sobre todo quienes, entre sus líderes, se visualicen en una carrera a largo plazo, deberán dedicarse al estudio de nuevos paradigmas y conceptos políticos y estratégicos. Por ahora son brillantes y valientes tácticos a la busca de estrategas idóneos. Debe haber uno que otro por ahí.

LEA

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FS #150 – Estrategia del conflicto

Fichero

LEA, por favor

Tal como fuese anticipado en la edición anterior, esta Ficha Semanal #150 de doctorpolítico contiene la sección final—Riposta a la ideología: una nueva estrategia del conflicto—de la conferencia que el gran filósofo protestante francés, Paul Ricoeur, desarrollara en la Semana Social de Rennes en 1972. Con esta entrega se completa el texto íntegro de la misma.

Puede ser oportuno acá anotar algunos de los puntos establecidos por Ricoeur en sus textos de ensayo político.

Por un lado, Ricoeur analiza con detalle (La ideología y la utopía: dos expresiones del imaginario social) tres funciones importantes de las ideologías, a saber, la ya revisada de la ideología como disimulación o distorsión, la de justificación o legitimación y, finalmente, la ideología en tanto integración. Así pone: «Me parece que su función es de integración, más fundamental todavía que la precedente de legitimación y, con mayor razón, que la de disimulo. A fin de hacer comprender de qué se trata, partiré de un uso particular de la ideología, en el cual resulta evidente su función de integración. Se trata de las ceremonias de conmemoración, gracias a las cuales una comunidad cualquiera reactualiza, de alguna manera, los acontecimientos que considera como fundantes de su propia identidad: es, en consecuencia, una estructura simbólica de la memoria social».

Pero también destaca una cierta fragilidad del discurso político, inevitable. El análisis de Ricoeur señala que el discurso político transcurre en el espacio de la retórica, específicamente en lo que Aristóteles llama la retórica deliberante o política. En este sentido, la retórica política se diferencia de la demostración racional de conclusiones, que procede por pasos lógicos e ineludibles hasta arribar a conclusiones plenamente garantizadas. Es lo que en la Carta Semanal #241 se comentaba sobre la distinción aristotélica entre conocimiento y opinión.

En efecto, la acción política se orienta primordialmente al futuro, y acerca de éste no podemos alcanzar la certidumbre, y sólo podemos tener opiniones. (Precisamente es la retórica el tipo de espacio discursivo apropiado para la emisión y discusión de opiniones). En consecuencia, los resultados de la deliberación política nunca podrían escapar de la disputa razonable. No existe constitución, ley o emprendimiento político que pudiera ser definitivamente justificado. Es ésa la fragilidad de la política, tal como la explica Ricoeur.

Resulta natural, entonces, una cierta frustración ante la incapacidad del discurso político para alcanzar la certeza. Es tal frustración motivo suficiente para aceptar una cierta ideología, o un método que pretenda, a pesar de lo antedicho, haber arribado a conclusiones inescapables. Algunos, pues, aceptarán, para escapar a la duda, un programa utópico que prometa una sociedad ideal alcanzable, o una cómoda ideología que prescriba la ruta que debiera transitar una sociedad dada. En cambio, otros se refugian en un método—el análisis de costo-beneficio, por ejemplo—para proponer resultados supuestamente inmunes a los desafíos racionales. Aun otros pueden simplemente huir de la política, en vista de que sus logros habituales son escasos o terribles.

Pero entonces tales conductas dan paso a la exclusión. Quienes huyen de la política se excluyen a sí mismos, y los que abrazan ideologías o utopías excluyen a quienes no estén de acuerdo con ellas y, en este caso, ejercen un cierto grado de dominación sobre los excluidos. Dado, prosigue Ricoeur, que el objetivo de la política responsable es el predomino del poder común sobre la exclusión, debe representarse las opiniones de tanta gente como sea posible, pues sólo así es posible promover ese poder general de la comunidad. Es así como la responsabilidad en política nace de su propia fragilidad.

LEA

Estrategia del conflicto

III. RIPOSTA A LA IDEOLOGÍA: hacia una nueva estrategia del conflicto.

He aquí lo que yo quería decir sobre las motivaciones-pantalla, sobre las ideologías. Nuestro problema actual es atravesar esas motivaciones-pantalla y liquidar en nosotros esta comprensión ideológica de los conflictos. He tratado la ideología como una esquematización impuesta por la fuerza a los hechos, sea para minimizar sea para imponer el conflicto, y, sobre todo, como una concepción-pantalla que impide reconocer la realidad. La riposta a la ideología debe ser a la vez empírica, teórica y práctica.

l. Riposta empírica:

Hoy es preciso tener el espíritu muy flexible, muy experimental, muy atento a las formas antiguas y nuevas del conflicto, no contentarse con análisis que tienen más de un siglo, sino ser muy descriptivos, discernir los verdaderos conflictos, tanto contra las ideologías que los enmascaran como contra las que los magnifican. Es lo que he intentado hacer en la primera parte de este trabajo.

2. Riposta teórica:

Necesitamos una reflexión fundamental sobre el conflicto, sobre su función. Aquí quisiera aportar la contribución de una reflexión más propiamente filosófica y discernir el reto de todos los conflictos descritos. Por mi parte, me impresiona que en nuestros días no podamos llegar a unir estas dos palabras: libertad e institución. El reto que se oculta tras el conflicto de la sociedad represiva y la libertad salvaje, de la ideología del diálogo y de la del conflicto a toda costa, es éste: ¿cómo conjugar los progresos de la libertad y los de la institución? Aquí es donde yo veo el ámbito, el núcleo del drama y del desgarramiento contemporáneo. Tenemos una buena crítica de los sistemas económicos, ya se trate del capitalismo o del socialismo autoritario; pero los conflictos mayores nos trasladan más allá de esta crítica de los sistemas.

Lo que me parece que está en cuestión es la posibilidad misma de vivir en instituciones.

En efecto, por una parte, las instituciones han llegado a ser ilegibles e indescifrables, extrañas y alienantes, pesadas e insoportables; por otra parte, somos presa del fantasma de una libertad sin instituciones. Me parece que esta es la paradoja que subyace a lo que he denominado la ilusión de la disidencia y la tentación del orden.

Ahora bien, para afrontar este vértigo de doble sentido, del orden y de la libertad salvaje, es preciso rehacer hoy todo un trabajo de pensamiento, como el que han hecho los grandes filósofos políticos: Platón y Aristóteles entre los antiguos, Maquiavelo, Rousseau y Hegel entre los modernos. La tarea, hoy como ayer, es interrogarse sobre lo que puede ser una libertad sensata, es decir, una libertad que tenga sentido. No es necesario, en cada época, reinventar el problema del «Contrato social» de Rousseau, es decir, la idea de un pacto en el cual «cada uno se dé a todos sin darse a nadie»; dicho de otro modo, la idea de una renuncia mutua, por la cual la libertad salvaje desiste a favor de la libertad civil. Para Rousseau, es cierto, el contrato era sólo un contrato político en el que lo que estaba en juego era el Estado y su soberanía. Hoy, para nosotros, el problema es el del nexo social más elemental, al nivel del lenguaje, de la sexualidad y del ejercicio de toda clase de autoridad. Tomado en su extensión más general, el desafío del «Contrato social» es «la entrada en instituciones». La tarea de nuestro tiempo es, por lo tanto, pasar del «contrato social restringido» (a lo política y a la soberanía) a un «contrato social generalizado» (a toda institución).

Si rechazamos esta problemática, nuestra libertad seguirá siendo algo arbitrario, obstinado y devastador; lo que Hegel, siguiendo en esto a Rousseau, llamaba «libertad del vacío, furia de destrucción». Y, en efecto, una libertad que no entre en institución es potencialmente terrorista. De aquí que hoy la piedra angular de una filosofía social es ésta: repensar todas las instituciones en función de un criterio único: la realización y el florecimiento de la libertad.

La institución no es nada en sí misma; consiste en un conjunto de reglas aplicadas a las actuaciones y a los comportamientos sociales, que permite a la libertad de cada cual realizarse sin dañar la de los otros. Todo pensamiento político fundamental debe mantenerse en este punto crucial donde se entrelazan la institución y la libertad, o mejor, donde se engendran mutuamente. Si la institución no se sitúa en ese trayecto inteligible que Hegel llamaba «la realización de la libertad», se convierte en opaca, ilegible, indescifrable, y cada cual comienza a soñar su libertad fuera de las leyes.

En cambio, una cosa es cierta: lo más contrario a todo pensamiento político—y finalmente a toda acción política—es la reivindicación de lo informe. En términos positivos, la entrada en institución forma parte del concepto de libertad, si, por lo menos, la libertad sensata debe ser otra cosa que la arbitraria y salvaje. Una apología de la libertad salvaje, al eliminar la cuestión del sentido, conduce, inevitablemente, a la «furia de destrucción».

A partir de esta convicción fundamental, podemos ahora volver a los problemas concretos que mencionaré para terminar.

Efectivamente, sólo el que conserve en lo más profundo de su convicción la exigencia de una síntesis de la libertad y del sentido, de lo arbitrario y de la institución, puede vivir de modo sensato el conflicto central de la sociedad moderna. Aunque hoy en día no estamos incluso en situación de dar una figura a nuestra esperanza, podemos ya darle un nombre a nuestro descontento, reflexionar sobre él y comprenderlo. Es cierto que desde el mundo capitalista hasta el mundo comunista, la historia humana no ha logrado realizar una síntesis exitosa entre el poder de decidir, detentado por los diversos poderes y concentrado en la autoridad del Estado y, por otra parte, la pulsión de las libertades movidas por un sueño de espontaneidad, de auto-determinación y de auto-gestión; en una palabra, de creatividad. Pero al dar un nombre a nuestro descontento, damos también la forma de una flecha a nuestro deseo.

3. Riposta práctica:

Bajo este título daré algunas sugerencias prácticas referentes a lo que yo llamaría una nueva estrategia de los conflictos. Pero nos encontramos aquí en un terreno tan nuevo que nos agarra desprevenidos hasta el punto de que es necesario dar a estas sugerencias la forma de pregunta: «El conflicto, ¿signo de contradicción o de unidad?»

a) Hay una primera cuestión que se plantean frecuentemente los educadores y todos los que tienen a su cargo una responsabilidad y una autoridad, y la tarea de mantener en estado de funcionamiento una institución cualquiera: ¿hasta qué punto, y cómo, asumir en la conducta social la especie de experimentación salvaje que hemos visto desplegarse en el terreno de las costumbres, de las relacione sociales y políticas? ¿Debemos extender la tolerancia de la sociedad con respecto a todos los comportamientos «anómicos»? ¿Debemos y podemos hacerlo? He oído decir recientemente que una sociedad no funciona sino con base en una lealtad incondicional (loyalisme). Si esto es cierto, todo descenso de las tolerancias por debajo de un nivel crítico ¿no provoca, tarde o temprano, la réplica de un nuevo  “orden moral”, de derecha o de izquierda, que ofrece y—si es necesario impone—una nueva lealtad incondicional? En resumen, ¿hasta dónde no ir demasiado lejos en el dejar hacer, dejar pasar? Tal vez no haya respuesta abstracta, al margen de la reconstitución de un cierto consenso social referente a los umbrales, los límites, y de una especie de tacto, cualidad mayor del hombre de Estado de mañana, concebido igualmente como educador de la comunidad y como depositario de la decisión política.

b) Una segunda cuestión se refiere al buen uso de las acciones de ruptura, simbólicas o no, violentas o no. Yo admito que ellas puedan despertar a las masas de su adormecimiento; pero también ahí hay en algún punto un umbral crítico; más allá de éste, aquellas acciones ya no son comprendidas y no provocan más que miedo, odio y cólera. El problema actual es hacer comprender, «concientizar», como dicen nuestros amigos latinoamericanos; para esta tarea no  convienen acciones demasiado manifiestamente teatralizadas, sino verdaderas campañas de explicación. Tenemos necesidad de mediadores sociales que no busquen ni conciliar ni polarizar a toda costa, sino que ayuden a cada cual a reconocer a su adversario; en mi opinión, el mediador social es aquél que explica, al hombre del poder, las motivaciones profundas de la impugnación, y le revela que es él quien no tiene proyecto global—y no, como él cree, su adversario, a quien tan fácilmente acusa de «querer destruirlo todo sin saber qué cosa poner en su lugar»; pero el mediador social es también aquél que explica al anarquista la necesidad y el sentido de la entrada en institución; para este fin, ¡le dará un pequeño curso sobre Hegel!

Pero también existe la cuestión de saber lo que se puede esperar hoy de un esfuerzo así para «concientizar»—que yo opongo a «traumatizar». ¿Cómo hacerlo cuando el tiempo libre y la cultura popular están captados y modelados por los mismos poderes que reinan sobre la producción y el consumo?

c) Hay una tercera cuestión—y es inmensa—: saber qué pasa y qué va a pasar en cuanto al viejo debate entre reforma y revolución. Yo tiendo a decir que, planteado en términos de alternativa, el debate es puramente académico y escolástico. Lo esencial es saber, en cada situación, qué cambios se consideran deseables y razonables; es una cuestión de oportunidad y de ocasión de saber qué estrategia es apropiada. Porque si las reformas pueden ser acusadas de consolidar y prolongar el sistema, las revoluciones—sobre todo las fallidas—tienen un costo económico, social y, sobre todo, humano, que no se quiere evaluar. Nuestras sociedades han superado, tal vez, el punto de esta alternativa. Quizás hemos entrado en el tiempo de la estrategia compleja, en la que fases de negociación, de concertación, alternarán con fases de agitación, de ruptura y hasta de violencia, pero sin que el ritmo de crecimiento quede fundamentalmente amenazado. Esta cláusula plantea hoy, a la acción revolucionaria, condiciones desconocidas por las sociedades menos avanzadas y, por esta razón, menos frágiles que las nuestras. Mi tendencia aquí sería decir que la revolución y la reforma no pertenecen a los mismos planos de referencia: la revolución se sitúa, sobre todo, al nivel de las convicciones y de las motivaciones: es el «no» del gran rechazo; la reforma caracteriza el nivel de la acción; ella designa los cambios de fondo impuestos a la realidad social y política. Los momentos de ruptura violenta son, tal vez, necesarios; pero hay que pensar en ellos sólo como una peripecia. La revolución no es una peripecia: es la presión continua de la convicción sobre la acción responsable. Una nueva distribución se esboza así entre los términos mayores que sirven para definir una estrategia de la acción política.

Pero no quiero quitar su forma interrogativa a esta tercera sugerencia; es una pregunta que someto a su consideración: ¿han superado o no nuestras sociedades las formas clásicas de la acción revolucionaria, tal como ellas fueron codificadas por los grandes pensadores socialistas, de Proudhon y Marx a Lenín y Trotsky?

Termino con esta sugerencia, que perturba unas cuantas ideas preconcebidas. Pero ¿no estamos destinados a ser sacados de quicio en lo referente a nuestras ideas recibidas, si queremos permanecer atentos a las formas nuevas de los conflictos y a proyectar los nuevos rasgos de la acción misma?

Nuestro modo de participar en los «gemidos de la creación» es inscribir nuestra esperanza en una lectura atenta y en una acción innovadora.

Paul Ricoeur

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