por Luis Enrique Alcalá | Mar 6, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
John Brockman es un neoyorquino describible como empresario de la modernidad, a quien conocí en 1974 gracias al contacto establecido por el poeta y experto en multimedia Gerd Stern, un estupendo amigo entonces basado en Cambridge, Massachusetts. No me refiero a un empresario moderno, sino a alguien que ha hecho de la modernidad su territorio. Autor él mismo—The late John Brockman, Conversations with John Brockman, The Third Culture—estuvo asociado con The Whole Earth Catalogue, una publicación que representó, al decir de Steve Jobs, el fundador de Apple Computers (hoy Apple Inc.), una especie de Google en papel en la década de los setenta.
Brockman fundó también The Reality Club, una asociación dedicada a la búsqueda intelectual que se reunía a escuchar a poetas como Stern, actrices como Ellen Burstyn o científicos como Stuart Kauffman, Murray Gell-Mann o Benoit Mandelbrot y discutir con ellos las ideas más radicales y avanzadas. (El suscrito fue hecho miembro honorario del club, y posee una chaqueta negra de lanzador de béisbol, con el nombre del club a la espalda y el propio sobre el pecho. Su hija mayor había secuestrado la prenda, pero ya hace un tiempo que la ha devuelto).
Por último, Brockman es el editor de Edge, un sitio web (www.edge.org) que ha extendido las funciones del club—de hecho lo contiene ahora—y es en sí mismo un hervidero de debates de avanzada. Una de sus secciones, el World Question Center, estimula el debate sobre preguntas extraordinariamente sugestivas. La revista inglesa Prospect acaba de publicar la respuesta de cien de sus colaboradores—filósofos, historiadores, periodistas, políticos, educadores—a una pregunta sugerida por el curioso “centro” de Edge, es decir, por John Brockman. La pregunta es ésta: “Izquierda y derecha definieron el siglo XX, ¿qué viene ahora?” Puesta así, la cuestión suscita una reflexión predictiva acerca del siglo XXI.
La Ficha Semanal #134 de doctorpolítico traduce algunas de las respuestas obtenidas por Prospect, cada una muy interesante. La revista reporta: “El pesimismo de las respuestas es sorprendente: casi nadie espera que el mundo mejore en las próximas décadas, y muchos esperan que se pondrá mucho peor”. Tal vez se deba este resultado a que la mayoría de quienes contestaron son del Viejo Mundo, ingleses por su mayor parte, pues la pregunta para el debate de 2007 propuesto por Brockman orienta contrariamente: “¿Sobre qué es usted optimista? ¿Por qué?” Y explica: “Como actividad, como estado mental, la ciencia es fundamentalmente optimista. La ciencia resuelve cómo funcionan las cosas y así puede hacerlas funcionar mejor. Muchas de las noticias son o buenas noticias, o noticias que pueden hacerse buenas, gracias a un conocimiento cada vez más profundo y eficiente y a herramientas y técnicas poderosas… ¿Sobre qué es usted optimista? ¿Por qué? Sorpréndanos”.
LEA
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¿Qué viene ahora?
Necesitamos una alternativa a la democracia que salve el planeta. La humanidad se ha propuesto agotar los recursos del planeta. Los votantes de las naciones ricas no querrán ceder nada; los votantes (o dictadores) de las naciones en desarrollo procurarán lo que tienen los ricos. Dado que las democracias deben reflejar lo que quieren las mayorías, no podrán detener este proceso. (A las dictaduras no les importa). La ciencia no afrontará el reto. Puede que renazcan viejas ideas sobre filósofos-reyes y dictaduras benignas. Puede que emerjan ideas completamente nuevas. De cualquier manera, la democracia como hoy la conocemos no sobrevivirá al siglo.
Don Berry, periodista.
Cosmos vs patriotas. Los cosmopolitanos vienen en dos sabores: para los cosmos de izquierda, la necesidad apremiante será la de tratar los problemas mundiales, como el calentamiento global, la proliferación nuclear y la injusta distribución de la riqueza y el ingreso. Para los cosmos de derecha, será la de romper las barreras al comercio mundial. Cosmos de todos los colores exigirán un fuerte crecimiento en el poder de las instituciones mundiales, y una disminución de las soberanías estatales. Para los patriotas locales, los cosmos representan un nuevo imperialismo del hombre de Davos y sus asistentes. Los pats de izquierda insistirán en la protección de los trabajadores locales de la competencia externa y de las culturas locales de la McDonaldización. Los pats de derecha querrán proteger a los nativos de étnicas extrañas y se involucrarán en ataques preventivos contra potencias extranjeras amenazantes. Pats de todos los sabores insisten en que el Estado-nación seguirá siendo la mejor y última esperanza de la democracia contra las pretensiones meritocráticas de los cosmo-elitistas.
Bruce Ackerman, académico.
El fin de la guerra fría eliminó el filo de la división derecha/izquierda, y dejó el problema de la dirección del liderazgo político. El sesgo político llenó ese espacio, pero los doctores del sesgo se volvieron confiados en exceso, lo que dio pie a escándalos y ocultamientos. La verdad se afirmó a sí misma, y la gente se desilusionó. Ella ve un país que tiene problemas reales: terrorismo, cambio climático, una administración pública tumefacta que ni gobierna ni analiza críticamente la operación del gobierno. Por sobre todo, un país lobotomizado por el fracaso de la educación secundaria, y las fracasadas teorías de la educación comprehensiva y la llamada enseñanza centrada en el niño.
La división en el futuro no será entre la izquierda y la derecha, sino entre los intereses creados de la incompetencia gubernamental, por un lado, y la urgencia democrática por reformas, por el otro. Tarde o temprano los políticos descubrirán la oportunidad de reafirmar la honestidad y la integridad, acometer los problemas y alcanzar la popularidad.
Michael Axworthy, escritor.
En el siglo 21 habrá un énfasis nuevo sobre los derechos del grupo, en oposición a la preocupación del siglo 20 acerca del individuo. Entretanto, la relación entre lo humano y lo no humano (principalmente los animales, aunque también las plantas y quizás incluso el paisaje) se hará importante a medida que se manifiesten las consecuencias del cambio climático. El Islam político, que luce ahora tan amenazante, será contenido y derrotado, puesto que es un movimiento negativo, nostálgico y reactivo. Grandes progresos ocurrirán en las ciencias biológicas, en especial en neurociencias. El primer desafío será el de comprender los nexos entre la mente y el cerebro, y una vez que éstos hayan sido explicados, los científicos de la medicina y la biología avanzarán hacia una nueva comprensión de la fisiología de una mente y un cuerpo unificados. Esto tendrá profundas consecuencias, no sólo para el cuidado de la salud, sino para el derecho e incluso para la filosofía y la religión.
Robin Banerji, periodista.
Estado-Nación vs. Estado-mercado. El orden constitucional del Estado-nación veía su papel como el de regular y revertir los resultados de los mercados. Los Estados-mercado, en contraste, tratan de usar el mercado para obtener sus metas gubernamentales. En relación con esto, los Estados usaban la ley como un modo de imponer los códigos morales del grupo nacional dominante—usualmente, pero no siempre, un grupo dominante étnico, cultural, lingüístico y racial. Los partidos políticos de los Estados-nación veían la ley como el medio de lograr sus objetivos morales. Los partidos de los Estados-mercado, sea desregulando industrias o la reproducción en las mujeres, tratan de maximizar las opciones de los ciudadanos sin dar por sentado demasiado respecto del modo de acordarse sobre objetivos comunes. Entre otras consecuencias, este nuevo orden constitucional generará una nueva forma de terrorismo.
Philip Bobbitt, escritor político.
La izquierda y la derecha fueron y son una distinción nominal entre dos cepas de la misma postura totalitaria. El problema real del siglo 20 fue que las presiones demográficas y económicas que fracturaron los imperios dieron lugar a los estados nacionales con liderazgos mal equipados para confrontar el reto nihilista. El vacío fue llenado por regímenes totalitarios, cuyas ideologías incendiaron Europa y el mundo. Recuérdese que Hitler fue un arquitecto fracasado, que Stalin había estudiado para el sacerdocio y Mussolini era un maestro de escuela. Los herederos de los nihilistas del siglo 19 y el 20 son los terroristas de hoy basados en la fe. Si las democracias actuales no son capaces de ganar contra los nuevos nihilistas en los niveles intelectuales y de comunicación, no tendrán oportunidad de ganar en el espacio de la seguridad y crearán otro peligroso vacío, listo para ser llenado. Las naciones-estado comprobaron ser un experimento político desastroso en los siglos 19 y 20; puede que se revelen como desastrosos en el siglo 21, a causa de la proliferación nuclear. No obstante, espero que el siglo 21 vea una reducción sustancial de las infraestructuras políticas. Si un conglomerado es por su mayor parte malo o indiferente, sus accionistas lo forzarán de regreso a sus competencias básicas. Todo lo demás debe irse. ¿Por qué debiera ser diferente con los gobiernos? No hay ni izquierda ni derecha; lo que hay es sentido común. Los políticos de los países grandes aman despreciar las democracias directas de los países pequeños. ¿Por qué? Porque temen su ejemplo y su agilidad. Los sistemas políticos heredados del siglo 20, sean democráticos o totalitarios, son neo-feudales, incompatibles con un siglo 21 en el que los electores voten una vez cada cierto número de años, pero los consumidores votan y los bloggers “bloguean”.
Rudi Bogni, banquero y director corporativo.
La gran división de las próximas décadas será entre la “comunidad basada en la realidad” y la “comunidad basada ideológicamente”. Se observó a menudo en el siglo 20 que la extrema derecha y la extrema izquierda daban la vuelta tras el espectro y se encontraban—algo así como Hitler y Stalin compartiendo una cerveza en el infierno. El terreno común que comparten los grupos extremos es una firme resistencia a los hechos, sea la resistencia de Bush a los datos del cambio climático o que Brezhnev rehusara aceptar que invertir el flujo de los ríos siberianos no era una buena idea. Hay ahora una clara división entre quienes están preparados para enfrentar verdades incómodas y aquellos que persisten en insistir que sus puntos de vista acerca de lo que debe ser triunfarán sobre lo que es.
Joe Boyd, productor musical.
Seremos gobernados por una suerte de creencias populistas, ideas y políticas que surgen consensualmente en los blogs, sitios web, focus groups y similares. (Tanto Barack Obama como Hillary Clinton anunciaron sus candidaturas por Internet). Esto tiene su atractivo. También es aterrador, como hallase Tocqueville acerca de la democracia norteamericana, pues conduce a la tiranía de la mayoría. Funciona con vastas cantidades de información no totalmente exacta—Wikipedia es espléndida y enloquecedora.
AS Byatt, novelista y crítico.
Liberalismo vs. autoritarismo se está convirtiendo rápidamente en la división filosófica en las sociedades desarrolladas. El 11 de septiembre y otras atrocidades terroristas han destacado una sensación de ansiedad acerca de la seguridad en un mundo crecientemente globalizado. La respuesta de los gobiernos ha sido la de tratar de obtener cada vez más conocimiento y control de las vidas y actividades de sus ciudadanos. El gobierno británico es uno de los peores al respecto. Cédulas de identidad, los excesos de la base de datos de DNA, y un incesante impulso hacia la extensión del período de detención sin juicio son todos síntomas de sus tendencias autoritarias.
El terrorismo es visto hoy como un mayor peligro que requiere una respuesta más fuerte que la de los setenta o los ochenta, porque lo entendemos menos que lo que entendimos nuestras amenazas domésticas. Pero no hay “guerra” contra el terrorismo. El terrorista es un criminal y debe ser tratado como tal. El poder invasor del Estado es el orden del día, pero el terrorismo prospera donde las libertades civiles son negadas. Los liberales deben enfatizar ese punto con fuerza, y revertir la tendencia al autoritarismo.
Menzies Campbell, político.
El argumento de la izquierda era que el pobre puede serlo menos si el rico se hace menos rico. Ya no más. Sin embargo, queda una pregunta. ¿Puede el pobre serlo menos sólo si el rico se hace más rico, o es que el pobre se empobrece cuando el rico se enriquece? El más débil argumento de la izquierda de hoy dice que el rico no puede hacerse más rico si el pobre debe hacerse menos pobre. Este debate continuará conformando el mundo del siglo 21.
La más dramática expansión de la economía del pobre, sin embargo, vendrá ahora de la religión. Habrá aquellos para los que el propósito humano será explicable sólo en términos de religión, y aquellos para los que será entendido puramente en términos de procesos científicos.
Todas las religiones principales se verán envueltas, enfrentando la resistencia secular. Esta profunda división se hará evidente en debates acerca de cómo dar alivio a aquellos que se sientan desempoderados y desesperanzados.
Un modo de este debate se dará sobre las tecnologías que cambian la vida, desde terapias genéticas hasta el entretenimiento. El agónico desafío liberal-secular al alcance de estas tecnologías será exprimido, a medida que los puntos de vista no religiosos de la naturaleza humana se lancen a la ilimitada exploración de los horizontes tecnológicos, y choquen con una oposición religiosa asertiva basada en parte en la sospecha de los retos a la fe, pero también sobre la convicción de que los avances tecnológicos están sesgados a favor del beneficio de los ricos.
Ram-Prasad Chakravarthi, filósofo.
La historia, decía Hegel, es la creciente idea de la libertad. En el siglo 19, la libertad vino del imperio de la ley y el Estado. En este siglo, la libertad provendrá del derecho internacional, pero no tenemos un Estado internacional. Cuando Hegel escribía, los asuntos vitales del día—la salud pública, los derechos de los trabajadores, la educación, el voto—eran problemas que provenían de la industrialización. Éstos fueron resueltos a través del estado nacional, que dio una identidad a gente dislocada del país, un marco legal para la industria y soluciones a los problemas que creaba. En el siglo 21, las nuevas formas de comunicación nos han traído un mundo nuevo y necesitamos también una nueva forma constitucional. La gran pregunta es cómo organizar este mundo en el que la política y la identidad son nacionales, pero en el que sólo podemos sobrevivir y prosperar si actuamos internacionalmente. Está muy bien hablar sobre “la comunidad internacional”, pero ¿qué es ella y cómo puede funcionar?
Robert Cooper, funcionario de la Unión Europea.
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 1, 2007 | LEA, Política |

Los políticos demócratas en los Estados Unidos parecen caminar una cuerda floja en el Congreso. A pesar de haber alcanzado la mayoría en ambas cámaras en gran medida sobre el descontento popular con la guerra en Irak, dicen y se desdicen a la hora de aprobar medidas eficaces. En el Senado se dice preparar una resolución que declararía inexistentes las motivaciones originales de la guerra: eliminar armamento de destrucción masiva supuestamente existente y, quizás, deponer a Hussein en el proceso. Ya Hussein no está en el mundo de los vivos, y las armas de destrucción masiva nunca fueron encontradas. Ergo, el esfuerzo bélico norteamericano ya no tendría justificación. Al declarar perimida la resolución que permitiera la invasión de Irak, los Estados Unidos tendrían que abandonar ese país a su propia suerte.
Pero este esquema no ha llegado aún a la votación, y el liderazgo demócrata en el Senado ha dicho en los últimos días que antes que manejar el caso iraquí debe atenderse prioritariamente el tema de la seguridad interna. Por lo que respecta a la Cámara de Representantes, los demócratas se encuentran ahora, luego de haber producido una resolución no vinculante—non binding—contra la guerra en Irak, a punto de adelantar un acuerdo que en efecto aprobaría los fondos adicionales requeridos por el gobierno de Bush para sufragar el combate en Irak y Afganistán. (99 mil millones de dólares). Tan sólo se incluiría una cláusula que buscaría establecer criterios de apresto de tropas antes de enviarlas a la guerra.
Así, pues, en los momentos Bush parece salirse con la suya. Los demócratas, por un lado, no quieren aparecer como los culpables de falta de apoyo a sus compatriotas combatientes ni como los responsables de una retirada que pudiera representar un desastre, por más que una reciente encuesta del Washington Post registre que 53% de los estadounidenses exigen ahora el establecimiento de una fecha fija y a corto plazo para el regreso de sus soldados. De algún modo, parecen eludir el verse involucrados en la administración de una guerra que prefieren sea cargada entera a la responsabilidad de Bush.
A esto se suma la tensa situación con Irán, país que no se somete a resoluciones de la ONU en lo tocante a sus programas de enriquecimiento de uranio, y que, al decir del gobierno de Washington, está suministrando armas que alimentan la sangrienta lucha de facciones en Irak. Ciertamente, las más recientes señales del gobierno de Bush han parecido preparar una acción “preventiva” contra Irán, en una especie de huida hacia adelante frente a la creciente insatisfacción con sus políticas. Las consecuencias de una campaña de ese tipo serían gravísimas; una sola de ellas sería el salto de los precios del petróleo a niveles superiores a los 125 dólares por barril, en estimaciones de expertos. (Si se interrumpe, por caso, el flujo del energético desde el Golfo Pérsico).
Por esto traen algo de sosiego las declaraciones de Condoleezza Rice, Secretaria de Estado, al anunciar que los Estados Unidos aceptan reunirse el mes entrante en Bagdad con representantes de Irán y de Siria, para conversaciones sobre la situación en Irak bajo el patrocinio del gobierno de este país. Con tal de que no se le vaya a ocurrir a al Quaeda intentar algún atentado contra tan apetecibles diplomáticos, luego del reciente ensayo en Afganistán, muy cerquita de Dick Cheney.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Mar 1, 2007 | Cartas, Política |

Hace dos días se cumplieron dieciocho años—mayoría de edad—de los acontecimientos que en Venezuela son referidos como los del “27F”. Una gigantesca explosión social, sin precedentes en el país, tomó por sorpresa a prácticamente todo el mundo, a los quince días de la segunda ascensión al poder de Carlos Andrés Pérez. Su gabinete de la época no podía estar conformado por más prestigiosos profesionales de la economía y las finanzas, y Pérez mismo era un avezado político.
En efecto, entre 1989 y 1992, muy connotados profesores así como gerentes reconocidamente idóneos del sector privado ejercieron importantes funciones públicas. No fueron capaces, sin embargo, de imaginar la reacción popular a las primeras medidas del segundo gobierno de Pérez, del “paquete” o catecismo prácticamente impuesto por el Consenso de Washington, del que el brazo ejecutor era el Fondo Monetario internacional. (Institución que, dicho sea de paso, anda últimamente de capa caída. Desde una cima de 81 mil millones de dólares en préstamos para 2004, ha caído al nivel de 17 mil millones—de los que sólo Turquía ha asumido el 75%—y ahora considera vender parte de sus tenencias en oro para enjugar significativas pérdidas operativas. El “doctor del dinero”, que hace no mucho pretendía enderezar la vida económica de las naciones con “mercados emergentes”, está él mismo enfermo).
Por estas razones resulta interesante contrastar nuestro caso local de miopía técnica con el juicio que mereció a Tocqueville la ceguera de los funcionarios del gobierno de Luis XVI, cuando la Revolución Francesa estaba a punto de estallar: “…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario”. (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución).
Pero no todos los estrategas estaban perdidos o confundidos. Para el caso venezolano tiene especial relevancia la intuición analítica de Yehezkel Dror, puesto que se trata de un investigador que vino constantemente al país entre 1972 y 1992, cuando era atendido y escuchado por los miembros más representativos de sus élites. Dror no sólo describió adecuadamente la inestabilidad intrínseca del régimen de Reza Palevi, el Shah de Irán, bastante antes de su sorpresivo desplome, sino que caracterizó el problema general de la “endemia” de las sorpresas en un brillante artículo de 1975. (How to Spring Surprises on History: “Eventos considerados como de baja probabilidad ocurren con frecuencia variable y la sorpresa llega a ser endémica”).
Si bien, pues, era evidente que la mayoría de los analistas no sabían qué decir respecto del futuro en ciertas áreas especialmente volátiles, unos pocos mostraban que era posible manejar satisfactoriamente el problema cambiando el punto de vista y la comprensión de la dinámica propia de los acontecimientos sociales.
Es sólo muy recientemente que la “teoría de la complejidad”, que incluye la llamada “teoría del caos”, ha podido proporcionar un paradigma adecuado. Los primeros ejercicios analíticos de predicción eran fundamentalmente proyecciones en línea recta. (La estadística había proporcionado la herramienta de la “regresión lineal”, mientras el “determinismo histórico” de las doctrinas marxistas contribuía a esa opinión de que el futuro era único e inevitable). Obviamente, sólo pocos fenómenos pueden ser adecuadamente descritos como una línea recta.
El reconocimiento de la multiplicidad del futuro llevó, más tarde, al desarrollo de la técnica de “escenarios” (principalmente por la Corporación RAND, en la década de los sesenta), en los que se exponía intencionalmente un conjunto de descripciones diferentes del futuro en cuestión. Sin embargo, aún la técnica de escenarios tiende a estar asociada con una percepción del problema en forma de “abanico” de futuros, según la cual se presume una continuidad de la transición entre los distintos futuros, al desplazarse por el área continua del abanico. Este modo de ver las cosas supone, por tanto, una enorme cantidad de incertidumbre, pues los futuros serían, en el fondo, infinitos.
El formalismo matemático (fractales) sobre el que se asienta la teoría de la complejidad, en cambio, permite describir el futuro como una estructura arborificada o ramificada, como una arquitectura discontinua en la que unos pocos futuros posibles actúan como cauces o “atractrices” por los que puede discurrir la evolución del presente. (Benoit Mandelbrot, investigador del Thomas Watson Research Center de la compañía IBM, presentó en 1982, en su libro The Fractal Geometry of Nature, la noción de “fractal”—en términos generales una línea que exhibe “autosimilaridad”, que se parece a sí misma. La matemática fractal reproduce, con ecuaciones de extrema simplicidad, estructuras ramificadas complejas, sean éstas el perímetro de un helecho o la forma del aparato circulatorio humano. Cuando los investigadores de fenómenos caóticos—el clima, la turbulencia de los líquidos, los ataques cardíacos, etcétera—buscaban una herramienta analítica que les permitiera describir estos procesos, encontraron que la matemática fractal era justamente lo que necesitaban. Las “atractrices”, o cauces del orden subyacente a los fenómenos caóticos, son líneas de tipo fractal).
Un modelo sencillo de un sistema de atractrices lo constituye un péndulo que oscila a poca distancia de una base hexagonal, en cuyos vértices se han colocado imanes de aproximadamente igual intensidad magnética. Tomando el péndulo entre los dedos se le dota de un impulso inicial que, al soltarlo, lo hace describir una trayectoria que bajo la acción de los imanes es típicamente errática. Al agotarse el impulso inicial el péndulo se detiene sobre uno de los vértices (una de las atractrices). Incluso en un sistema tan sencillo como éste, no es posible predecir cuál será la atractriz que predominará al final.
Incertidumbres de este tipo han llevado a la desesperante noción de que la predicción social es imposible. El hecho de que por lo atrayente del nombre, se haya popularizado más la teoría del caos que la teoría de la complejidad que la engloba, ha contribuido aún más a la desesperanza.
Pero esto es un conocimiento y una aplicación superficiales de tales teorías. Por una parte, aun los fenómenos caóticos transcurren por cauces que siguen un orden subyacente estricto. Por la otra, ya a niveles prácticos se ha tenido éxito en introducir estímulos que “sincronizan” procesos caóticos para hacerlos seguir trayectorias estables. En otras palabras, es posible dominar el caos. (Ver William L. Ditto y Louis M. Pecora, Mastering Chaos, Scientific American, agosto de 1993 y antes Elizabeth Corcoran, Ordering Chaos, Scientific American, agosto de 1991). Más aún, la proporción de caos dentro de los sistemas complejos es usualmente pequeña, y predomina en éstos un proceso opuesto y más poderoso de autorganización, especialmente en sistemas que, como el social, son capaces de intercambiar información. (Ver Stuart A. Kauffman, Antichaos and Adaptation, Scientific American, agosto de 1991).
Naturalmente, ciertos episodios caóticos pueden tener consecuencias lamentables en magnitudes enormes. Los acontecimientos del 27 y el 28 de febrero de 1989, por ejemplo, son más fácilmente comprensibles si se les interpreta como un caso de proceso caótico, antes que como resultado de una acción subversiva intencional. En muchos sistemas físicos la transición de una fase ordenada a una fase caótica se produce al aumentar la magnitud de algún parámetro, la velocidad, por ejemplo. En el caso del crash del mercado de valores de Nueva York en octubre de 1987, ese parámetro ha podido ser la mayor velocidad de transmisión de datos que se había logrado luego de la completa computarización de las transacciones. El 27 de febrero de 1989 pudo observarse la propagación de la avalancha desde Guarenas, exacerbándose por la transmisión del evento a través de los medios de comunicación social, pero también a través de una cadena informal de transmisión de información: los mensajeros motorizados, que exhiben desde hace mucho una rápida solidaridad de conducta y que fueron propagando el descontento desde Guarenas a Petare, de allí a Chacaíto, a la estación del Metro en Bellas Artes, y así sucesivamente.
En contraposición a estas posibilidades caóticas, los sistemas sociales aprenden y se autorganizan. A pesar de la larga acumulación de tensiones sociales en el país, el apagón masivo del sistema eléctrico venezolano del 29 de octubre de 1993 no condujo a disturbios dignos de ser mencionados. Era viernes, día de pago, y la extensa falla eléctrica que llegó del Guri hasta San Cristóbal significaba que los bancos no tenían “línea” ni los telecajeros operaban; no había servicio de Metro en Caracas, y los trabajadores que vivían en Catia y laboraban en Petare (y a la inversa), caminaron la ciudad para regresar a sus moradas, sin dinero, y ni una sola vidriera fue rota, a sólo cuatro años del “caracazo”. La ciudadanía intuyó tal vez que los disturbios, de producirse, proporcionarían un pretexto para la toma del poder político por autoridades militares que se habían mostrado como inusualmente agresivas en sus declaraciones públicas. (Se conspiraba contra el precario gobierno presidido por Ramón J. Velásquez, y la interrupción del servicio eléctrico formaba parte del plan). La comunicación telefónica sirvió esta vez para generalizar la impresión de que se estaba frente a la preparación de un golpe de Estado: la conciencia política lograda en esos años de tanto sufrimiento social evadió la posible trampa.
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Anteayer, 27 de febrero de 2007, el mundo financiero fue sacudido por el “chinazo”. Un marcado descenso, cercano al 9%, de los índices bursátiles de Shanghai, se propagó como incendio forestal californiano en una cadena que encendió primero las restantes bolsas asiáticas, luego cruzó Europa y finalmente causó a la Bolsa de Valores de Nueva York su pérdida más grande en un solo día desde los ataques hiperterroristas del 11 de septiembre de 2001. En los dos últimos días más de un billón (castellano) de dólares se esfumó del valor de las acciones en el mundo entero. La cifra es casi inimaginable; una idea de su magnitud se forma en nuestra mente al constatar que equivale a más de veintidós veces el monto actual de las reservas venezolanas en dólares.
Parece saberse ahora que el chispazo fue producido intencionalmente. El gobierno chino, profundamente preocupado por una sobreinversión desmedida en papeles negociados en y desde Shanghai, había activado una “fuerza de tareas” especial, un equipo ejecutivo que buscaría podar una mata recrecida de especulación bursátil, no justificada racionalmente. La activación de este grupo de acción tuvo lugar el lunes 26 de febrero, y su influencia no se hizo esperar. El purgante actuó rápidamente en Shanghai, sin que se midiera sus consecuencias en el resto del planeta.
Tanto Europa como los Estados Unidos tenían, por supuesto, sus fuentes autónomas de volatilidad. En este último país, por ejemplo, los informes oficiales revelaron que las tasas de crecimiento del producto bruto en el último trimestre de 2006 habían sido sobrestimadas grandemente. (En lugar de 3,5% se corrigió a 2,3%, y Alan Greenspan, de prestigio mucho mayor que el poseído por su sucesor, se aventuró a advertir que la economía norteamericana podía entrar en recesión en 2007).
Pero lo que ha puesto de manifiesto el nuevo crash, con su amplísima extensión y la rapidez con la que se propagó la onda expansiva, es el grado aun mayor de interdependencia de una economía globalizada, y el peso que ahora tiene en el sistema económico mundial la economía china.
La “corrección” al alza experimentada ayer en casi todas las bolsas, que ha producido un momentáneo alivio, no ha enjugado completamente todos los factores de riesgo. De las 1.400 acciones diferentes que se cotizan en Shanghai, 800 fueron suspendidas el 27 de febrero. Su caída no ha terminado todavía, y el gobierno chino continúa pensando que su mercado de valores está gravemente sobrevaluado. Es de esperar que actuará de nuevo, para podarlo aun más, hasta que esté más a su gusto.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 27, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Esta Ficha Semanal #133 de doctorpolítico consiste en la traducción de un conciso editorial del Houston Chronicle, fechado el 23 de los corrientes. En él se expresa una crítica del periódico norteamericano acerca de un nuevo programa del gobierno federal de su país, destinado especialmente a examinar solicitudes de visas provenientes de personal cubano de la salud.
La pieza es interesante porque es a un tiempo clara y penetrante, poniendo el énfasis en las consecuencias prácticas de una política federal. Es evidente que una de las áreas en las que la administración Bush ha embarrado las cosas es la política de inmigración. La idea, por ejemplo, de construir un descomunal “Muro de Berlín” a lo largo de su frontera con México, ha levantado muy explicables ronchas en su vecino del sur y críticas en su propio interior. Es sintomático también que el Houston Chronicle se edita en Texas, el terruño de la familia Bush y territorio de paso para mucha de la inmigración ilegal de origen mexicano.
El tema de la inmigración ilegal es ciertamente delicado, especialmente en los Estados Unidos pero, como se sabe, de gran poder irritante también en Europa. Vistos como la tierra prometida de todos los habitantes del planeta, los EEUU son el destino favorito de muchos emigrantes, que huyen de espantosas condiciones de miseria y sumisión en sus propios países de origen. La década de los 80 representó para los Estados Unidos un marcado incremento de esta clase de inmigración, proveniente de México y Cuba principalmente. Tan sólo en 1980 aquel país permitió la entrada de 800.000 personas, lo que es no únicamente el mayor número de inmigrantes aceptado por cualquier país en ese año, sino que representó el doble de los inmigrantes acogidos por el resto del mundo. No se puede decir que los EEUU no son hospitalarios.
Pero esas cifras produjeron un cambio importante en el estado de la opinión pública sobre el tema. A mediados de la década mencionada algunos estudios indicaban que 91% de los estadounidenses deseaban “un enérgico esfuerzo” para detener la inmigración ilegal. En 1984 se publicó un volumen que contenía las conferencias de un simposio sobre la política de inmigración de los Estados Unidos. (Duke University Press). La introducción estuvo a cargo de William French Smith, ex Procurador General de los Estados Unidos. En ella propone tres criterios a tomar en cuenta para un remozamiento de las leyes de inmigración norteamericanas: “Primero, deben existir límites a la inmigración. Ninguna nación, por próspera y humanitaria que sea, puede dar acomodo, por sí sola, a todos los habitantes del mundo que buscan una vida mejor. Segundo, esos límites deben ser establecidos con justicia e imparcialidad, sin tomar en consideración países o razas. Tercero, dichos límites deben ser aplicados firmemente mientras se presta atención a la equidad de los procedimientos y a los valores de la privacidad y la libertad individuales”. Todavía no ha concluido en el debate político estadounidense el asentamiento de un terreno tan movedizo.
El editorial del Houston Chronicle es importante para nosotros, por último, porque hace alusión expresa al caso de los médicos cubanos que trabajan en Venezuela.
LEA
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Barrio afuera
Es un síntoma de la claustrofobia en Cuba—tanto política como económica—que miles de sus trabajadores de la salud saltaran frente a la oportunidad de trabajar en los barrios más atemorizadores de Venezuela.
Estos profesionales tenían pocas opciones. Durante décadas, el presidente Fidel Castro ha despachado médicos a los países más pobres como una forma de diplomacia. Si no fuera suficiente la presión para ir, la necesidad de ganar más de $15 mensuales en Cuba lo sería.
En Venezuela, sin embargo, la “diplomacia del doctor” parece más comercio que otra cosa. En trueque por unos 93.000 barriles diarios de petróleo, Castro envió más de 15.000 doctores, terapeutas y entrenadores físicos a los barrios venezolanos.
Para Castro, eso es una manera de mantener las luces encendidas. Para Chávez, es una forma tremendamente popular de proveer cuidados de salud a toda hora para una población que hasta hace poco no recibía ningunos. Sin duda, el comercio de doctores sirve muy bien las necesidades políticas de ambos líderes.
Pero también ha sido un beneficio histórico para los pobres de Venezuela. Como con muchos de los programas sociales de Chávez, tiene dos profundos efectos. Hace la vida más vivible para los ciudadanos más descuidados de Venezuela, que son justamente la mayoría. Y les confiere un sentido de dignidad y valor que pocos líderes anteriores a Chávez creyeron adecuado conceder.
Es por esto que la forma perversa de los Estados Unidos en la “diplomacia del doctor” es tan destructiva de los intereses de los EEUU. En agosto, en un intento de impedir a Chávez, el Departamento de Seguridad Interior lanzó el programa de Acogida del Profesional Médico Cubano, que se supone acelerará el procesamiento de las peticiones de asilo de los doctores.
Según una reseña de John Otis en el Chronicle, alrededor de 360 doctores, dentistas y terapeutas físicos han hecho solicitudes. Aproximadamente 160 de los doctores han sido aceptados, mientras que otros solicitantes—que debieron abandonar Venezuela ilegalmente para inscribirse—todavía aguardan por sus visas.
Si son rechazados, tendrán 30 días para abandonar Colombia, donde la mayoría se refugió para solicitar las visas. Como no pueden regresar a Cuba, en esencia los solicitantes rechazados serán apátridas.
Es fácil ver por qué tantos corren el riesgo. Los doctores que formaron parte de la brigada cubana para Venezuela manifiestan orgullo de representar una diferencia en las vidas de los pobres venezolanos. Pero detestan ser usados como peones, trabajar hasta el cansancio siete días a la semana y vivir en vecindarios tan peligrosos que los doctores venezolanos rehúsan poner un pie en ellos. Los doctores cubanos han sido atacados, incluso muertos, en esas zonas.
Por sobre todo, una vez que están lejos de Cuba comienzan a imaginar las posibilidades de ser libres de un todo. Casi pueden saborear lo que es vivir en un país donde no son seguidos por operativos del gobierno y pueden hacer sus propias decisiones profesionales y personales.
Este deseo no es exclusivo de los profesionales médicos de Cuba. Todos los cubanos merecen cumplirlo. Lo que es particular respecto de los solicitantes de asilo es el muy visible bien que están haciendo a los necesitados y el aprecio que su servicio inspira por toda la región.
Tanto para Chávez como para Castro, la diplomacia del doctor es una propaganda inmensamente elogiosa. A la inversa, nuestros intentos de atraer esos doctores refuerza el estereotipo desalmado y materialista del norteamericano del que Chávez y Castro tanto se precian. La estrategia de los EEUU parece todavía más egoísta porque no todos los esperanzados doctores realizarán alguna vez su sueño. Los otros, habiendo abandonado Venezuela, quedarán varados en Colombia como inmigrantes ilegales.
Los doctores cubanos, como todos los cubanos, debieran tener el derecho de ir donde quieran. No debieran tener que trabajar en granjas como jornaleros para pagar las deudas de Castro. Sin embargo, los Estados Unidos no debieran urgirlos activamente a la defección.
Es mala diplomacia. No puede garantizar el asilo del doctor, pero garantiza que los observadores a lo largo de las Américas concluyan que nuestra idea de diplomacia implica la privación de los pobres.
The Houston Chronicle
por Luis Enrique Alcalá | Feb 22, 2007 | Cartas, Política |

Hace unos pocos días que compartí conversación con un estupendo e inteligente amigo. La charla tomó el rumbo de un examen de mi persona política, más que de mis lecturas del hecho político mismo. Debo decir, con no poco orgullo, que mi amigo—por algo lo es—me declaró suficiente, no sin declarar que quedaba un asunto residual por explicar. Para esto se valió de la referencia a otras opiniones o, mejor, otras incertidumbres. Así me dijo que había escuchado, en boca de otras personas y con alguna frecuencia, la siguiente pregunta: “Pero ¿cuál es la línea de Luis Enrique?”
Formulada de esa manera, la cuestión se reduce a determinar cuál es mi postura ideológica y, en particular y dado que mi amigo ha debido estar citando a gente de su círculo—el de personas que hacen inversiones en dólares—cuál es mi posición respecto de “la empresa privada”. Un rebote memorioso me retrotrajo a veintidós años atrás, cuando una muy influyente matrona caraqueña me aconsejaba sobre la búsqueda de apoyo financiero a una antigua publicación mía: “Basta que digas que tu revista es para la defensa de la empresa privada”. Bueno, mi publicación no era precisamente para eso, aunque ciertamente tampoco era para atacarla. El plano de atención de mis textos era el societal, el de la sociedad venezolana en su conjunto, y desde esa perspectiva la institución de la libre empresa es un componente más de lo societal, y por tanto no podía ejercer prelación sobre el resto, no debía ser la cúpula o el punto de partida. En aquel momento, impedido conceptual y principistamente de proporcionar la definición que me era requerida, no obtuve el apoyo que mucho me habría convenido.
………
Un total de once años trabajé en un importante grupo industrial venezolano (para no mencionar empleos más breves en empresas y otras instituciones privadas), y tuve la fortuna de disfrutarlo como una verdadera universidad. Mi buena suerte me colocó en el seno de un conglomerado regido por claros principios éticos y, aunque tuve acceso continuo y profundo a sus decisiones del más alto nivel, nunca fui testigo de una acción ilegal o moralmente indebida. De hecho, en una sesión de junta directiva presencié una discusión acerca de si una de las empresas subsidiarias estaba ganando dinero excesivamente, a pesar de que se ajustaba a precios internacionales—de hecho, exportaba con éxito—y tenía como socio al Instituto Venezolano de Petroquímica, una empresa del Estado que no ponía la más mínima objeción a los niveles de precios y ganancias. La inquietud por el lucro excesivo era autónoma, completamente espontánea. Tengo, por tanto, una experiencia concreta acerca de cómo es posible ser rico sin ser malo.
La distribución de cualidades morales en un grupo humano lo suficientemente grande tiende a adoptar una curva normal. Al igual que con las inteligencias o las estaturas—5% de las personas mide más de 1,80 mts., 5% mide menos de 1,60 y el 90% restante tiene una estatura intermedia—las cualidades morales excepcionalmente buenas o marcadamente malas no son demasiado frecuentes. La proporción de santos o héroes en una población cualquiera es exigua—hay una Madre Teresa de Calcuta por planeta—y asimismo, y afortunadamente, la proporción de malandrines a tiempo completo es más bien escasa. El producto moral cotidiano del ciudadano promedio no es ni un acto heroico ni un crimen. Esa persona estará en capacidad de comportarse como héroe, sin embargo, en situaciones excepcionales; digamos cada seis años y dos meses y once días, y será capaz de sostener su elevado tono de entonces por unas treinta y dos horas, a lo sumo. Pero también será capaz de echarle una buena broma al compadre—ponerle cuernos, por ejemplo, o birlarle unos reales—cada cuatro años, diez meses y veintidós días. De resto, su vida transcurre en un equilibrio moral de deberes cumplidos pero no muy moralmente exigentes, y alguna que otra transgresión venial, como comerse un semáforo o descontar del impuesto algún gasto moderado pero ficticio. Así somos los humanos, ésa es la condition humaine. Es la condición que llevamos con nosotros a todo papel que desempeñemos, a cualquiera sea nuestra vocación o nuestro oficio. No es éste el que nos impone un carácter malévolo o benéfico; no se es ni mejor ni peor por ser deportista, o bombero, o político o empresario. Si a ver vamos, no hay relación causal inmediata entre la pobreza y la bondad, como no la hay entre la riqueza y la maldad. A pesar de esto hay mucha gente que afirma que la política es intrínsecamente cochina, o que ser rico es malo. Almas simples y superficiales, de las que las más peligrosas son las que se creen con autoridad para erigirse como jueces morales de sus prójimos o de ésta o aquélla ocupación o condición social.
Ocurre, por supuesto, que las cosas que son malas tienden a ser más llamativas, y esta calidad tiene, incluso, fundamento biológico. Nuestros aparatos sensoriales transmiten con mucha más urgencia un dolor agudo—el causado por una puñalada, por ejemplo—que el suculento sabor de la guanábana. Debemos dar gracias a Dios por este rasgo de nuestra fisiología sensorial, puesto que en la percepción del dolor puede irnos la vida, mientras que en la experiencia gustativa sólo está implicado el placer momentáneo.
Pero es esa asimetría lo que nos induce, equivocadamente, a juicios horizontales y anchos absolutamente inválidos. Nos interrumpe el tránsito algún abusador que pasa la bocacalle con la luz roja, y nos confirmamos en la hipótesis de que “el venezolano” es de carácter abusivo. Así pontificamos, como si cada uno fuese un antropólogo que hubiera hecho estudio científico de la cosa, y a pesar de que por cada conductor que se pasa de vivo haya doscientos que no lo hacen. Por cada político corrupto hay muchos más que no lo son; por cada empresario desalmado y usurero hay muchos más que son gente absolutamente promedio, y hay más de uno que es ejemplo de civismo y desprendimiento.
Así, pues, tiendo a ver las cosas: a partir de una postura clínica, no ideológica. Creo que la libre iniciativa económica es parte de la fisiología de una sociedad normal, y en esto no hay postura ideológica. Si me opongo a quienes sostienen que la economía debe ser intervenida a cada instante o, peor aún, controlada totalmente por el Estado es por razones médicas: porque creo saber que la libertad empresarial es un rasgo de normalidad y salud en las sociedades, no porque sea un catecúmeno de la religión de von Mises.
………
Paso, pues, algún trabajo con quienes quieren saber—con la mayor naturalidad y el mayor derecho, dicho sea de paso—si soy un defensor a ultranza de la libre empresa (en más de un caso no lo soy) o si debe ubicárseme a la izquierda o la derecha, ideológicamente hablando. Realmente no se puede, pues no trabajo—y esta publicación es muestra clara de eso—a partir de un plano ideológico. Para quien suscribe, no hay otra cosa en política que problemas de carácter público y tratamientos disponibles para resolverlos, unos más y otros menos eficaces, unos con menor costo que otros, algunos de costo verdaderamente horrible y peligroso. (Que son a los que más me opongo, en más de un caso con pasión nada clínica).
Desde este punto de vista, no supongo que todo lo que provenga de algún actor político al que habitualmente me oponga debe ser condenado y rechazado. Por ejemplo, me encuentro en una posición metodológica—no ideológica—que me permite ver bondades en algunas de las iniciativas de Hugo Chávez, por más que él me parezca, en tanto político y como lo he dicho más de una vez, una entidad oncológicamente maligna para nuestra sociedad.
Ejemplos. Puedo coincidir con Chávez en su preferencia por un mundo “multipolar”, en lugar de uno en el que se manifieste la hegemonía de una nación cualquiera, Estados Unidos o cualquier otra. Puedo estar a favor de una democracia más participativa, en lo que coincido, antes que con Chávez—quien no tiene, en todo caso, la cosa muy clara—con gente como John Naisbitt, caballero perfectamente liberal o, entre nosotros, con el profesor Humberto Njaim, decididamente insospechable de marxismo.
Puedo darme cuenta de que no es mala la campaña gubernamental de sustitución de bombillos incandescentes por lámparas fluorescentes, y de que exactamente en eso se encuentra hoy muy empeñado el gobierno australiano. (Tim Johnston reportaba anteayer desde Sidney, para el International Herald Tribune, que Australia quiere que la iluminación incandescente haya desaparecido en su territorio para dentro de tres años, como parte de su empeño por reducir la emisión de gases de invernadero).
O puedo concurrir en que vale la pena emitir una nueva moneda, un nuevo bolívar, que equivalga, como se propone ahora, a mil bolívares de los actuales. De hecho, esto era recomendación del suscrito hace ya casi trece años. El 19 de octubre de 1994 expuse la proposición—entonces sólo se requería reducir dos ceros a nuestra moneda, dada nuestra situación económica de entonces, relativamente mejor—en una publicación que por la época mantenía y que había bautizado con el nombre de referéndum. (En tiempo cuando los venezolanos no habíamos sido llamados todavía a consultas de ese tipo, lo que puede indicar mi precoz preferencia por la democracia participativa). Copio a continuación el breve texto del número 8 de su primer volumen, rogando al lector que suprima su risa—¿su añoranza?—ante las cifras de la época:
“El deterioro del poder adquisitivo del bolívar ha sido objeto hasta de un análisis ‘semántico-humorístico’ de las efigies del Libertador empleadas en las sucesivas denominaciones. (Del Bolívar vigoroso del billete de Bs. 100 a la imagen enferma que ostentan los billetes de Bs. 1.000). Humor negro, no cabe duda.
Tal deterioro ha llegado a expresarse en la necesidad, ya anunciada, de imprimir billetes con denominaciones de hasta cinco mil bolívares. Esta medida tendría por objeto facilitar las transacciones y aligerar los volúmenes de billetes de banco que hoy en día es preciso acarrear para los pagos más cotidianos.
En otras latitudes, en otros países se ha optado, en cambio, por reformular la definición del valor unitario de las monedas. Esto ha sido hecho algunas veces con éxito. Otras veces el cambio de la moneda no ha servido como un factor contribuyente al tratamiento de la inflación. El ejemplo antonomásico de un caso exitoso es el del franco nuevo, con el que la república francesa sustituyó a cien de los francos viejos. Ese cambio de valor se ha demostrado como estable.
Más recientemente, en varios países de América del Sur se ha procedido también a la emisión de nuevos signos monetarios sustitutivos de los anteriores, con mayor éxito que en otras ocasiones, cuando tales manipulaciones llegaron a verse anuladas dentro de los procesos hiperinflacionarios de Brasil y de varios países del Cono sur del continente.
Tiene sentido preguntarse, entonces, si una medida de naturaleza similar tiene cabida en Venezuela, y si la misma sería de algún modo eficaz en el tratamiento de la dolencia inflacionaria. Una escala de conversión adecuada para un nuevo bolívar sería la misma que la empleada por los franceses. Así, un nuevo bolívar debiera valer 100 bolívares de los actuales.
Probablemente sería más estable una medida de ese tipo dentro de una economía de mayores proporciones que la nuestra pero, aunque sólo fuese por su efecto facilitador de las transacciones en efectivo, aunque sólo fuese por su efecto psicológico sobre la población, vale la pena considerar la emisión de un nuevo bolívar más fuerte. La comodidad en el uso de una nueva moneda más poderosa puede llegar a ser un factor de cierta importancia, así como la psicología no es un factor a despreciar dentro del juego económico de sociedades, y convendría a la psiquis nacional ver de nuevo respetado en el símbolo monetario, hoy en día vergonzantemente disminuido, la persona del Padre de la Patria.
Es por esto que proponemos a la consideración de nuestros suscritores, para que se pronuncien en referéndum, la siguiente proposición: que se produzcan los pasos técnicos y legales necesarios para que el Banco Central de Venezuela proceda a emitir un nuevo bolívar que pueda cambiarse a una tasa de un bolívar nuevo por cada cien de los bolívares actuales”.
¿Define una “línea”, una postura ideológica el argumento inmediatamente precedente? En absoluto no. Coincidencias como ésa no me hacen chavista—menos si pensaba así hace más de una docena de años—como tampoco mi crítica de la actual oposición venezolana. Precisamente por considerar lo más sano para nuestra nación que cese lo antes posible el experimento de Chávez, es que literalmente desespero constatando la ineficacia y la ceguera del liderazgo opositor de los últimos ocho años.
Hoy seguimos constatando la misma invidencia y la misma ineficacia, mientras crece una cierta abulia, una anomia más o menos resignada, que sólo encuentra refugio en el estiramiento de las vacaciones decembrinas o el asueto de Carnaval (Caracas sigue agradablemente vacía y sin tráfico); mientras crece la extensión invasiva del gobierno. El enjambre ciudadano, sin embargo, rumia su situación. He allí el aprendizaje, que permitirá la emergencia de liderazgos nuevos. Quiero repetir acá el comienzo del principal artículo de la primera entrega en 2007 de esta carta: “El año 2007 puede ser mirabilis u horribilis para Venezuela, dependiendo, primero que nada, de la conducta del enjambre ciudadano. A la larga, es el trabajo de sus mujeres y hombres lo que determinará el progreso del país, y esto es así a pesar de los políticos. Claro que lo político será, como siempre, determinante, pero el conjunto de las acciones individuales de los pobladores de la nación hace la mayor masa, la mayor contribución”. LEA
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