por Luis Enrique Alcalá | Feb 20, 2007 | Fichas, Política |

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Tal como fuera anunciado en la anterior edición de la Ficha Semanal de doctorpolítico, este número 132 reproduce el discurso pronunciado por el Dr. Rafael Caldera el 1o. de marzo de 1989, en el extinto Senado de la República. Sus palabras se escucharon en sesión ordinaria convocada cuarenta y ocho horas después de la explosión del “caracazo”.
La enorme escala de la violencia liberada sobrecogió al país entero, e impactó al mundo, acostumbrado a una plácida democracia venezolana que había dejado atrás, a fines de la década de los años sesenta, la violencia política y social. Y he aquí que un hombre, cuando todavía no había cesado de un todo el gigantesco disturbio, llamaba a sus compatriotas a la serenidad, a la reflexión y al optimismo. Les llamaba también, insistentemente, a la rectificación y el esfuerzo. Este hombre era Rafael Caldera.
Al cabo del segundo período de Carlos Andrés Pérez, el mandatario que causó la conflagración con sus desalmadas medidas, poco después de haber celebrado con boato digno de rey su asunción al poder, Rafael Caldera asumió de nuevo la Presidencia de la República, a continuación del breve y laborioso interregno presidido por Ramón J. Velásquez. Con característica mala suerte, le tocó maniobrar la nave republicana desde una extensa crisis bancaria, que de algún modo había sido anticipada por banqueros como Oscar García Mendoza y analistas como Francisco Faraco. Durante todo su período, además, debió apañarse con precios bajos del petróleo, lo que hizo más difícil la gestión económica.
Caldera fue rápido en el diagnóstico, y no dejó de apuntar que “decirle al pueblo que se apriete el cinturón mientras está viendo espectáculos de derroche, es casi una bofetada; la reacción es sumamente dura”.
La longitud del discurso, bastante mayor que la del publicado en el #131, nos llevó a pensar que podría ser fraccionado en dos entregas; al final optamos por reproducirlo aquí entero, creyendo que es más útil a los suscritores disponer de él en un solo archivo.
De este discurso observó el añorado Luis Castro Leiva: “…sorprende por su claridad y prudencia en medio de la conmoción causada por las acciones y pasiones desatadas… Veamos los efectos de no haber escuchado al Presidente Caldera a tiempo… El Gobierno olvidó la Razón, dejó de percibir la realidad, dos cosas simples indicadas por el Presidente Caldera. Tres años después Venezuela dio, como temiera el Orador en ese momento, un traspié”.
Así pasa con la potencia profética de personas imprudentemente desatendidas. El padre de un muy dilecto amigo solía decir: “Yo nunca tengo razón; yo siempre tenía razón”.
LEA
…
Consejos de estadista
Ciudadano Presidente del Senado
Ciudadanos Vicepresidentes
Honorables Senadores
La gravedad de la actual situación nacional, reconocida sin ambages por el Jefe del Estado en su alocución de ayer, me ha movido a solicitar en la Mesa Directiva del Senado autorización para usar esta alta tribuna que la Constitución ha puesto a disposición de los ex Presidentes de la República, para desde aquí expresar sus puntos de vista y enviar su mensaje al país en los asuntos de extraordinaria importancia que así lo requieran.
Hemos vivido, estamos viviendo todavía, aun cuando afortunadamente en algunos aspectos parece amainar la intensidad de los hechos, una situación indudablemente grave y de una trascendencia enorme para el país. No vamos a negar que hechos como éste sirven de ocasión para que algunos sectores se aprovechen de la situación, ya sea por intereses ideológico-políticos, o ya sea por finalidades que rozan con lo delictual. Pero es indudable, y lo reconoció el propio Presidente de la República, que un sentimiento que se ha venido apoderando del ánimo de nuestras clases populares hizo explosión con motivo de la primera de las medidas del “paquete” anunciado, la referente al aumento del precio del combustible y de los precios del transporte.
Nos tiene que doler intensamente lo que ha ocurrido. Aunque he tenido que vivir a lo largo de mi existencia muchos azarosos momentos que han marcado la difícil vía de Venezuela hacia la democracia, tengo en mi espíritu como la mayor satisfacción el haber podido contribuir a llevar a la realidad el anhelo de pacificación que está siempre presente en el corazón de los venezolanos. Pareciera que esa paz lograda, que ha sido uno de los atributos fundamentales de nuestra democracia actual, está amenazada por una situación realmente difícil, dura e inquieta, en que no basta el ejercicio indispensable de la autoridad gubernamental y de los recursos que el poder público pone a su disposición, sino que tiene que haber un enfoque profundo y sincero de la realidad social que estamos viviendo.
Por de pronto, nos duele que los hechos hayan producido pérdida de vidas venezolanas. Nos duele que se hayan cometido injusticias con modestos comerciantes, con pequeños industriales, con trabajadores que han padecido, como víctimas inocentes, los efectos de la situación. Nos tiene que doler que las dificultades del transporte colectivo sean mayores, con la desaparición por incendio de numerosas unidades.
Tenemos que llevar nuestro mensaje a todo el país y especialmente a los jóvenes, a las nuevas generaciones, a los sectores populares, para que abandonen una posición de violencia, pero indudablemente que nuestro mensaje caería en el vacío, si no hiciéramos el esfuerzo de de hacernos intérpretes de sus inquietudes y de sus motivaciones. No las motivaciones de los que quieren aprovechar pescando en río revuelto, sino las motivaciones de la gente que irreflexivamente, pero desbordando lo que tiene dentro de sí, ha llegado a realizar actos de violencia y saqueos que posiblemente no habían pasado por su imaginación.
Tenemos que darnos cuenta de que esta situación es grave. Por de pronto, el Gobierno Nacional tiene la obligación de recuperar la normalidad de la vida ciudadana, lo cual no solamente implica la protección de los almacenes, de los depósitos, de las farmacias, de los medios de comunicación, sino que supone de inmediato un esfuerzo muy grande, en el cual tenemos que ayudarlo todos, para restablecer el abastecimiento, que está en serio y grave peligro, en los artículos más esenciales para la vida de toda la población; y con ello remediar la necesidad que todos los habitantes de esta gran metrópoli, de las principales ciudades del país, tienen de vivir como seres humanos en una vida normal.
Creo que a los partidos políticos corresponden en estos momentos una responsabilidad y una obligación muy alta y también un papel sumamente importante: el de llegarle al pueblo para encauzar sus sentimientos hacia la actitud cívica, hacia la protesta ordenada, hacia la presencia dentro de los moldes de una Constitución y de unas leyes. Para esto es necesario que sientan la angustia de una hora difícil que está experimentando Venezuela. Es necesario para esto que el pueblo invitado a militar en sus organizaciones políticas, para expresar sus inquietudes, sus dolores, sus anhelos, sus sufrimientos, sus necesidades, tenga también la idea de que las autoridades no son indiferentes ante sus reclamos; de que sus planteamientos se atienden y se oyen. Y temo mucho que actitudes dogmáticas, fáciles de adoptar en la teoría, pero difíciles de llevar a cabo en la realidad, mellen en el ánimo del pueblo para que deje la violencia y se encauce hacia la resistencia, hacia la protesta, hacia la presencia cívica, lo que no podría obtenerse si no se le transmitiera la sensación cabal de que su actitud, sus posiciones encuentran oídos, tienen acogida, logran eco en la conducta de las autoridades.
En estos días se ha hablado mucho de lo económico y de lo social. Y hay una tesis de algunos técnicos de que primero es la economía y después lo social. Yo creo que la economía y lo social son inseparables. Y que es un error grave pretender dejar para más tarde que la gente coma, que la gente viva mejor, que la gente tenga mejores condiciones de existencia, para hacer una especie de ensayo, sobre el que algunos dicen: si no resulta, nos vamos todos. Cosa incierta. Porque no nos vamos a ir. Se irán los que puedan encontrar mayores facilidades de vida en otra parte. Se irán buenos inmigrantes que encontrarán que en Venezuela se acaba esa acogedora hospitalidad que los hizo hacer de este país su nueva patria. Se irán algunos cerebros que necesitamos para el desarrollo y a los que se les ofrecen en los medios científicos y financieros de países desarrollados, cláusulas, condiciones sumamente atractivas. Pero nosotros no. Los venezolanos de verdad, los que amamos a fondo esta patria, no nos vamos a ir.
Vamos a enfrentar la situación. Pero enfrentar esta situación requiere el esfuerzo de todos. En los últimos días se ha estado presentando como ejemplo que nuestro Gobierno debe seguir, el de la política adoptada por el Partido Socialista Obrero Español en el gobierno actual del Estado español. Han ignorado que España tiene unos indicadores económicos muy impresionantes, pero está en condiciones distintas, porque ha ingresado a la Comunidad Europea y esto plantea una situación completamente distinta. A pesar de ello, hace unas semanas una huelga general fue tan determinante que el propio Presidente del Gobierno, señor Felipe González, reconoció que había sido un gran éxito de la oposición. Esa huelga general la promovieron no sólo las Comisiones Obreras movidas por el Partido Comunista, sino la Unión General de Trabajadores que siempre ha sido la base fundamental del electorado del partido que está en el Gobierno. Y eso que en España hay una seguridad social bastante buena, excelente en comparación con la seguridad social en nuestro país, aunque los promotores de la huelga y la masa trabajadora consideran que necesita modificaciones y reajustes de acuerdo con las circunstancias que ha creado el aumento del costo de vida en aquel país.
Pienso que los técnicos, realmente, tienen buena intención y tienen conocimientos. Pero si olvidan el análisis de la realidad social, están equivocados. No soy yo quien vaya a negar la buena intención y el coraje del Presidente Carlos Andrés Pérez para lanzarse por este camino que los técnicos le han aconsejado. Pero quisiera decir que el partido Acción Democrática, que tiene el componente político del actual gobierno, está obligado a analizar los hechos, sus repercusiones, la situación de un país que tiene un margen elevado de gente que no gana ni siquiera hasta el nivel de pobreza crítica que en cualquier país civilizado daría lugar a la seguridad social. Esta realidad está planteada. Considero que tenemos la obligación de hacerle frente.
Al Fondo Monetario Internacional no lo he calificado nunca como una banda de facinerosos ni he usado frente a sus componentes calificativos que involucren ofensa. Pero es un organismo monetarista, que tiene una visión parcial de la situación, y que impone recetas que en definitiva no contemplan la amplitud del problema; que han demostrado lo impropio de su resultado en más de un país y precisamente en este Continente latinoamericano.
El problema del precio del combustible es un problema hasta cierto punto artificial, y sorprende que se haya empezado la aplicación del “paquete de medidas” anunciadas precisamente por el punto más crítico, por la situación más explosiva en todos los países del mundo, porque el transporte colectivo para el trabajador significa un gravamen considerable sobre su presupuesto y hasta un obstáculo para llegar a su trabajo de donde deriva su sustento. Esta aplicación de las medidas, multiplicada seguramente en parte por la usura y en parte por la realidad de que el costo de los vehículos y de los repuestos aumenta considerablemente con el anuncio de las medidas cambiarias, está agravada aun por el anuncio de que dentro de un año se va a duplicar. Es decir, que si se logra que en este año las cosas más o menos se normalicen y la gente más o menos acepte el costo social de las medidas, ya se está preparando para el próximo año una nueva provocación, una nueva situación en la cual sería muy difícil que no se produjeran hechos de tanta entidad como los que han ocurrido.
Los promotores o, por lo menos, los defensores del “Paquete de medidas del Ejecutivo”, el argumento principal que nos dan es que de no hacerse esto la situación sería después más grave. No le dicen que esto es bueno ni que es conveniente, le dicen a uno simplemente que esto no hay más remedio que hacerlo. Y yo me pregunto si esta argumentación es realmente exacta. Porque en el fondo, según lo dijo el propio Presidente ayer, esto que él no quiere reconocer como una capitulación ante el Fondo Monetario Internacional, es la condición para recibir un “dinero fresco” que el Fondo y otros organismos y la propia banca acreedora nos pueden enviar, no en forma de regalo sino en forma de préstamo oneroso que vamos a tener que satisfacer más tarde.
Pero este dinero que se necesita quizás más que todo para mantener artificialmente un cierto tipo de cambio en cuanto al sistema monetario, no creo yo que sea exactamente lo que se necesita si se ven las cosas desde otro punto de vista.
Yo no acepto la tesis de que la industria petrolera está en decadencia ni ha declinado. Venezuela vivió con un petróleo vendido a dos dólares. No puede dejar de vivir con un petróleo vendido a catorce, a dieciséis, a dieciocho dólares. El problema ¿dónde está? En dos aspectos:
Uno, en que el ingreso de divisas que el petróleo nos asegura —y que creo que el año pasado llegó a once mil millones de dólares— se utilice como debe ser: en las necesidades efectivas del país. Sin complacencia hacia los dilapidadores o hacia los aprovechadores. Sin corrupción, sino con mucha seriedad, con mucha responsabilidad, con mucho espíritu de justicia, abierto al juicio de los que pueden con toda rectitud verificar que se está manejando bien esa riqueza.
El otro, el problema de la deuda. Si no tuviéramos la obligación del servicio de la deuda en este momento, no digo yo que Venezuela estaría nadando en felicidad, pero su cambio internacional podría funcionar de una manera sana. Hay que insistir —y no se trata de un discurso aquí o allá—, se trata de plantear formalmente, ante los países acreedores, con la solidaridad comprometida de los gobiernos de América Latina, el que se abra un camino razonable y urgente para aliviar a estos países de esa terrible carga.
Pienso que desgraciadamente, los acontecimientos del lunes y de ayer pueden servir para que los Estados Unidos se den cuenta de lo absurdo de una política que no reconoce la urgencia, la gravedad de este problema, que puede echar por tierra —digámoslo con angustia, con dolor, la democracia en América Latina.
Venezuela ha sido una especie de país piloto. En este momento es lo que los norteamericanos llaman “show window”, “el escaparate de la democracia en América Latina”. Ese escaparate lo rompieron a puñetazos, a pedradas y a palos, los hambrientos de los barrios de Caracas a quienes se quiere someter a los moldes férreos que impone el Fondo Monetario Internacional, directa o indirectamente.
Yo quisiera que hubiera estado aquí antier el señor Baker, el Secretario de Estado del nuevo gobierno de Estados Unidos, que dicen que es un hombre duro y que nos quiere obligar a adoptar un sistema económico basado en principios liberales, que marchan bien donde hay otras realidades y otros sistemas. Estados Unidos es un país liberal, pero un país que le da de comer a los que ganan menos de doce mil dólares anuales, a expensas de la sociedad. Aquí se nos vende la tesis de un liberalismo a medias, que quiere aplicar la libertad en los sectores que resultan favorecidos y deja que vean cómo hacen, a los sectores depauperados a los cuales se les ofrecen meras posibilidades compensatorias.
Se ha logrado un acuerdo entre Fedecámaras y la CTV. Me duele que este acuerdo no lo hubieran hecho antes de los disturbios del día lunes, porque hubiera tenido más valor. Pero que no se diga que se está aumentando el salario de los trabajadores, que se están estableciendo compensaciones satisfactorias para ellos. Es apenas parte del daño sufrido el que se repone, porque la otra parte la sufren sus hogares, los hogares de los trabajadores. Si la merma del salario real llega a los índices que los propios técnicos reconocen, tenemos que admitir que lo que se les va a reponer es una parte de esa pérdida, pero que la otra la van a soportar ellos mismos; y lo que se les repone, en definitiva lo van a cubrir ellos mismos, porque se traduce en aumentos de precios y los precios recaen sobre el consumidor y el consumidor es, principalmente, el trabajador.
Esta situación es, repito, indudablemente grave. Es indiscutiblemente difícil. Tenemos que abrir caminos para la solución. Por de pronto, se pide reflexión. Yo estoy convencido de que tenemos que pedirle reflexión al pueblo, reflexión a todos los sectores; tenemos que pedirle reflexión también al Gobierno.
El Gobierno debe estudiar estos hechos a fondo. Me recordaba la Senadora Pulido que en Francia, cuando aquellos grandes acontecimientos, que se llamó “el mes de mayo del General”, se resolvió nombrar una gran Comisión por la Asamblea Nacional, para estudiar las causas y características de la violencia. Esto hay que hacerlo, pero hay algo más urgente, más inmediato. Yo creo que no sería conveniente que el Gobierno Nacional se encasillara en una posición y dijera que esto tenía que suceder pero que las medidas van adelante, sin ningún análisis de las modificaciones que se puedan hacer.
En materia de gasolina, los argumentos confieso que no me han convencido. Desde hace años, algunos venimos preguntando por qué no se hace en serio un experimento con el gas natural, que se está derrochando y perdiendo en los yacimientos venezolanos, para que los autobuses y los taxis anden con sus bombonas de gas y la gasolina que se ahorre se pueda vender al precio internacional para mejorar las finanzas.
La idea del alza de los intereses la justifican algunos técnicos diciendo que tiene por objeto contraer la liquidez para que la gente tenga menos dinero para comprar dólares y se pueda equilibrar el mercado cambiario.Yo me pregunto si ese objetivo vale el sacrificio que significa para tanta gente, al ponerle el dinero inaccesible, porque el dinero con esos intereses tan altos no lo pueden pedir prestado sino los que tengan negocios de usura, en los cuales pueden ganar por sus actividades porcentajes superiores al que le tienen que pagar a los bancos.
Esta situación reclama, en verdad, análisis, estudio y consideración. Sostengo que esta reflexión es indispensable y que tenemos que dar el ejemplo. El ejemplo debe empezar a todos los niveles. Yo, por ejemplo, debo confesar aquí con toda sinceridad que me preocupa, me mortifica, me inquieta que el Congreso se vaya a encajonar en una guerra a cuchillo entre Gobierno y Oposición. Creo que es necesario dar otro ejemplo: que es necesario que unos y otros estén dispuestos a buscar caminos para el entendimiento; pero esos caminos no se logran con posiciones unilaterales e irreductibles. Aquí hay gente con experiencia de la vida política y de la negociación bien inspirada, y que debe tener conciencia del momento tan difícil que está viviendo este país y del entorno que estamos viviendo en los países hermanos.
En un discurso que pronuncié el 23 de enero en Petare, con motivo de un nuevo aniversario de nuestra democracia, no oculté mis preocupaciones. Si hacemos un recorrido imaginario por todos los países de América Latina, nos angustiamos más y no podemos tener la ingenua idea de que Venezuela no será, en modo alguno, afectada por lo que pueda ocurrir. Tenemos el deber de abrir camino, tenemos el deber de hacer realidad eso que han dado ahora en llamar “concertación”, que en realidad, fundamentalmente, reside en el diálogo. Pero no el diálogo después de que las posiciones están tomadas, sino el diálogo para tomar las posiciones.
En el primer período de gobierno, cuando era Presidente Rómulo Betancourt, muchas veces desde Miraflores teníamos que hablar ante la televisión los representantes políticos, los representantes empresariales, los representantes laborales, para llamar al pueblo a tener confianza y a desistir de la violencia; pero previamente nos habíamos puesto de acuerdo sobre las medidas que se iban a establecer; las discutíamos, las analizábamos, se modificaban a veces y cuando estábamos de acuerdo, nos era fácil defenderlas. Pero no es tan fácil que llamen a alguien a defender una posición sobre la cual ha manifestado dudas y en relación a la cual no se le ha dado la oportunidad de discutir.
Yo creo indispensable —como he dicho antes— la reflexión. Me parece que sería un error patriótico de la Oposición poner contra la pared a Acción Democrática. Obligaría a defender a todo trance y como sea, medidas que pueden producir un daño irreversible. Yo creo que hay que darle la oportunidad a ese componente político, para que analice, estudie y haga sentir su juicio, porque son muy respetables y muy dignos de aplauso los técnicos que están en el Gabinete, pero alguien me decía (y esto lo expreso sin ninguna desconsideración para ellos) que si el asunto fracasa, ellos vuelven a sus cátedras en sus institutos, mientras que el daño lo va a sufrir la democracia venezolana, en la cual los partidos que tienen mayor representación popular son los que cargan mayor responsabilidad y tienen más que perder.
Pienso, pues, que es necesario hacer que se prenda la luz de la razón, que se abra un camino para la discusión constructiva. No se le puede pedir sacrificio al pueblo si no se da ejemplo de austeridad, La austeridad en el Gobierno, la austeridad en los sectores bien dotados es indispensable, porque decirle al pueblo que se apriete el cinturón mientras está viendo espectáculos de derroche, es casi una bofetada; la reacción es sumamente dura.
Todos los dirigentes políticos democráticos en Venezuela hemos ratificado nuestra fe en el pueblo. El pueblo es el sujeto de la democracia, el sujeto de la vida política; pero pareciera que a medida que se institucionaliza el sistema, como que nos fuéramos alejando más de ese pueblo, del pueblo que siente, que vive, que se expresa de una manera impropia y a veces busca estas formas de expresión que llegan a lindar con la barbarie, pero al que hay que comprender. Tenemos que restablecer esta comunicación.
En el primer período de la democracia, el pueblo trabajador, el pueblo sano, estaba por defender el sistema; sufría, pero sentía que ese sistema era su garantía, que ese sistema era su apoyo fundamental. No debemos dejar que esto se pierda. Estamos en peligro de perderlo y, ¡ay! cuando se pierde esa relación entre el pueblo y sus dirigentes ¡qué difícil es restablecerlo! Se abre el campo para los demagogos, para los ambiciosos, para los especuladores, que no llevan en el fondo una sana intención de beneficio nacional.
Yo creo que lo que está pasando ahora, que nos obliga a todos a ayudar al Gobierno Nacional, a restablecer el abastecimiento, a restablecer los servicios, a hacer sentir de nuevo a la comunidad que puede vivir una vida normal, no puede verse como un episodio aislado. Es un alerta, un grave alerta y tenemos que aprovechar ese alerta para orientar la vida del país. Para rescatar la fe de los jóvenes, para restablecer en ellos, que no sufrieron lo que otras generaciones sufrieron para conquistar la libertad, el amor a esa libertad, el respeto a los derechos humanos y a todo lo que esto representa en la vida de cada venezolano.
Si estamos conturbados y dolidos por lo que está ocurriendo, la conclusión que debemos sacar es que ello nos obliga más. Vamos a hacer un esfuerzo todos, Gobierno y Oposición, adecos, copeyanos, masistas, militantes de los otros partidos, empresarios, trabajadores; vamos a buscar y a hacer verdad algo que decimos con mucha frecuencia, pero que cada uno está tratando de eludir; que cada uno asuma su cuota de sacrificio y que estemos listos para superar este momento tan delicado y sepamos, además, que no somos nosotros solos los que nos estamos jugando el porvenir.
Aquí están los amigos paraguayos, con quienes he tenido la oportunidad de departir, compartiendo su presencia valerosa contra la Dictadura allá ven su propio país. Muchos países de América Latina tienen sus ojos puestos en Venezuela. Si Venezuela da un traspié, será muy grave para todo el Continente.
¡Vamos pues, a luchar, vamos a recuperar el optimismo! Pero vamos a restablecerlo con el reconocimiento de la realidad. No vayamos a crear falsas mentiras. No creo que tenemos la obligación de aceptar como irrefutables e indiscutibles dogmas de organismos internacionales, que pueden estar bienintencionados dentro de su dirección, pero cuyos consejos, que muchas veces no son consejos sino condiciones para firmar Cartas de Intención y para darnos un poquito de dinero con el cual les paguemos sus intereses y podamos sobrevivir, sean el único camino que debemos seguir para superar los obstáculos e ir hacia adelante para alcanzar el porvenir.
Creo que en este momento Venezuela espera mucho de su dirigencia política, de su dirigencia empresarial, de su dirigencia laboral. Vamos a hacer un esfuerzo, un noble esfuerzo y a establecer bases realmente sanas y sólidas, para que acontecimientos como los que estamos viviendo no se vuelvan a repetir.
Honorables Senadores, muchas gracias.
Rafael Caldera
por Luis Enrique Alcalá | Feb 15, 2007 | LEA, Política |

Un debate crucial—así lo calificó el propio presidente Bush—se produce en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos. Está centrado sobre el sensitivo tema de la guerra en Irak y, más específicamente, sobre el financiamiento de un aumento de tropas estadounidenses en ese país, que el gobierno federal ha predicado sobre la base del control de la miniguerra civil que por estos días aflige a los iraquíes.
Más de un representante republicano ha saltado la talanquera para alinearse con la crítica postura de los demócratas. Ric Keller, representante republicano por Florida, echó mano de metáforas domésticas: “Imagina que tu vecino rehúsa cortar su grama y la maleza le llega a la cintura, así que decides podar su jardín cada semana. El vecino nunca te agradece, te odia, y a veces saca un revólver y te dispara. Bajo estas circunstancias ¿debes seguir podando su grama por siempre? ¿Envías cada vez más familiares tuyos a cortar su grama? ¿O le dices a ese vecino, mejor te empeñas y cortas tú mismo tu grama, o habrá para ti serias consecuencias?” No hay ambiente en el Congreso de EEUU para aumentar el contingente de tropas en Irak.
Bush, hablando ante el American Enterprise Institute, expuso más coherentemente su propia posición: “Ésta puede ser la primera vez en la historia del Congreso de los Estados Unidos que se vote enviar un nuevo comandante a la batalla y luego se vote para oponerse a su plan, el que es necesario para tener éxito en esa batalla”.
Poco antes, Vladimir Putin pronunció un discurso lleno de acerbas críticas contra la política exterior de los Estados Unidos. Desde la época anterior a Gorbachov no se escuchaban palabras de tan fuerte y amplia censura. Entre otras cosas, Putin dijo lo siguiente: “Un Estado, los Estados Unidos, han sobrepasado sus fronteras nacionales en toda manera… Esto está alimentando una carrera armamentista de países con el deseo de obtener armas nucleares”. Es obvia la alusión al caso de Irán, y es en el Oriente Próximo donde Rusia tiene más posibilidad de molestar los designios estadounidenses, sea mediante el suministro de armas a estados beligerantes en la zona o, simplemente, buscando la afirmación de los precios del petróleo, como probablemente procurará Putin en próxima visita a Arabia Saudita. A los rusos no les interesa que los saudis aumenten su producción.
Una buena noticia: el acuerdo con Corea del Norte, que depone sus planes de armarse nuclearmente para obtener alimentos y energía que necesita con urgencia. Una mala noticia, que el gobierno norteamericano dice tener seria evidencia de armamento transferido desde Irán a Irak. Ahora aumentará Bush las tropas de su país en Afganistán, ostensiblemente en anticipación del recrudecimiento de ataques talibanes al término del invierno. La presencia militar norteamericana en la zona no se reduce; aumenta marcadamente. Que no se le vaya a ocurrir a Bush emprender ahora una guerra contra Irán, como forma de escapar al cerco que parecieran tenderle los demócratas de su país.
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 15, 2007 | Cartas, Política |

El gobierno se ha mostrado extraordinariamente diligente en el aumento de su control sobre la economía nacional. En materia de días, las transnacionales AES Corporation, Verizon y CMS Energy Corporation han firmado acuerdos en los que se pacta la venta de sus acciones en La Electricidad de Caracas, CANTV y Seneca, la empresa suplidora de electricidad a Nueva Esparta. Los representantes de cada una de estas firmas se han declarado razonablemente satisfechos con los precios pactados y las condiciones de los traspasos, así como han señalado que las negociaciones se condujeron con profesionalismo. (Verizon recibirá 572 millones de dólares por el 28,5% de las acciones de CANTV; AES obtendrá 739 millones por su 82% de La Electricidad de Caracas. El precio pactado por CANTV es inferior al que ofreciera en su momento el empresario mexicano Carlos Slim, pero la diferencia estaría más que justificada porque en este caso el gobierno asumirá los pasivos laborales de la empresa).
Por otra parte, preocupado por la tasa de inflación experimentada en enero (2%, que anualizada pudiera alcanzar 27% para todo 2007) el gobierno, principal responsable del fenómeno, busca poner en práctica medidas diversas. En efecto, ha sido el marcadísimo incremento de la liquidez (44% en 2006), a causa de un recrecido gasto público en año electoral (56% recrecido en los primeros 10 meses de 2006), el combustible fundamental de la inflación observada. El conjunto de su política económica—control de cambios a tasa fija, controles de precios, gasto exacerbado—junto con todo género de desestímulos a la inversión privada, no ha sido eficaz para reducir la inflación.
Así, se habla de un nuevo pacto antinflacionario, y de estimular al sector bancario para que aumente las tasas de interés sobre depósitos, con la esperanza de fortalecer la propensión al ahorro y retirar de la circulación una proporción significativa de la liquidez excesiva, que se restaría de este modo del gasto de los consumidores. Las estatizaciones, en sí mismas, contribuirían a este esfuerzo, al representar inversión pública en lugar de gasto. También el gasto en el exterior: ahora ha anunciado el gobierno que adquirirá 2.000 millones de dólares adicionales de la deuda argentina.
Al propio tiempo, el Ejecutivo modifica el régimen de manejo de divisas con la intención de regular la liquidez. La industria petrolera ya no ofrecerá los dólares que se originan de la venta de hidrocarburos al Banco Central de Venezuela, sino a la Tesorería Nacional, y luego la Tesorería cambiará los dólares en el BCV para atender el gasto de los ministerios y demás organismos oficiales. La Tesorería recibirá directamente de PDVSA las regalías, el impuesto sobre la renta y los dividendos causados.
Pero concurrentemente con la inflación de comienzos de año (4% en el sector de alimentos) se ha manifestado la escasez de ciertos rubros básicos: azúcar (ya desde hace un tiempo), leche y carne. El argumento empresarial de estos sectores es sencillo: no pueden vender a pérdida. La reacción gubernamental es en cambio doble. Una de sus caras favorece a productores y comerciantes, pues ha accedido a un aumento en los precios regulados respecto de su nivel anterior (38% para la carne de res, 45,3% para pollo y huevos, 5,6% para la leche). También ha procedido a eliminar el impuesto al valor agregado de esos productos. A partir de hoy los consumidores no tendrán que pagar el impuesto al valor agregado cuando compren carne de ganado bovino y porcino, mayonesa, aceite vegetal y avena. Tampoco pagarán IVA el maíz y el sorgo, que se usa para procesar los alimentos balanceados que consumen los animales. También quedará exonerado de este tributo el transporte terrestre de todos los alimentos de primera necesidad. La decisión supone un sacrificio de 3,5 billones de bolívares para el fisco, lo que representa 5,1% de la meta de recaudación del año 2007 prevista en el presupuesto. Quedará al SENIAT la tarea de rellenar el agujero con el cobro de otros impuestos, que le permitan entregar al fisco 58,5 billones de bolívares pronosticados para 2007.
La otra cara es amenazante; el gobierno intervendrá las empresas comercializadoras de alimentos que a su juicio incurran en acaparamiento o especulación: “Denme la primera excusa para nacionalizar el primer frigorífico, el primer gran abasto, la primera red o distribuidora de alimentos, o lo que fuere, y ponerlo a la orden del pueblo», dijo Chávez en el Círculo Militar, en un acto con pensionados del Seguro Social. La Ministra de Industrias Ligeras y Comercio, María Cristina Iglesias, ya entregó al Presidente un proyecto de “Ley Especial de Defensa Popular contra el Acaparamiento, la Especulación y la Usura sobre Alimentos bajo Régimen de Control”. La administración de las empresas intervenidas pasaría a manos de los consejos comunales.
¿Cómo reacciona el sector privado a estos anuncios? El Presidente de Fedecámaras, José Luis Betancourt, considera el anuncio de este último decreto una verdadera amenaza, y declara que “así no se puede trabajar”. Pero los empresarios más directamente involucrados cantan en otra tónica; por ejemplo, el director ejecutivo de la Asociación Nacional de Supermercados y Autoservicios (ANSA), Luis Rodríguez, anunció que el sector está cumpliendo con las regulaciones de precios anunciadas por el Ejecutivo: «Desde ayer arrancamos con los precios regulados de la Gaceta y obviamente el día de hoy con nuevos precios porque hay productos que están saliendo con IVA. Hemos estado en ese proceso». Además añadió que lo ofrecido por Chávez no debe ser visto como una amenaza, sino como ¡“un voto de confianza»! Esto declaró: «Mucha gente lo ve como una advertencia o como una amenaza. Nosotros estamos cumpliendo con la regulación, que es lo que está en Gaceta, y creo que no debería haber ningún tipo de represalias al respecto». Curándose en salud, precisó que la asociación que dirige sólo agrupa al 17% de los establecimientos del sector, y expresó el deseo de que sus afiliadas no paguen los platos rotos del 83%, que pudiera salirse de las regulaciones establecidas. Y Pablo Baraybar, que preside la Cámara Venezolana de la Industria de Alimentos (Cavidea) dijo no estar preocupado por el anuncio de nacionalización hecho por el presidente Hugo Chávez, «pues nunca hemos dejado de vender ningún producto al mercado. Ese tipo de acciones no las aplica la industria de alimentos».
En síntesis, los empresarios procuran alinearse con las regulaciones, dejándose meter en cintura. Nada de amenazar con paros para tumbar al gobierno. Debilitados al extremo luego de la huelga de 2002-2003, y frente a un gobierno muchísimo más poderoso que el de esa época, han optado por acatar. La ruta de escape es otra. En las últimas semanas las solicitudes de visa norteamericana han pasado de 400 diarias a 800 al día, y funcionarios de la embajada de Inglaterra indican que las solicitudes de visa para ese país vienen ahora expresadas en un tono de desesperación. Un sitio web destinado a pretendientes a la emigración—www.mequieroir.com—ha visto aumentar sus visitas diarias de 20.000 a 60.000 desde el pasado 3 de diciembre.
Ya Chávez ha hecho una nueva advertencia: los Estados Unidos están, según su lectura de las más recientes declaraciones de funcionarios estadounidenses—Rice, Burns—inmersos en un plan para crear problemas económicos a Venezuela.
………
En este mismo mes de febrero se cumplirán tres años de la visita a Venezuela de Robert Mugabe, el dictador de Zimbabwe que ya ha igualado nuestro record local—veintisiete años—de permanencia en el poder, implantado por Juan Vicente Gómez. Aquí fue saludado y ensalzado por Hugo Chávez, quien le llamó un “verdadero luchador por las libertades”. Mugabe estaba dormido—pobre, con el jet lag no pudo resistirse a las virtudes dormitivas del discurso—cuando Chávez le elogiaba, y no repuesto del todo dejó caer después al piso la réplica de la espada del Libertador, que le fue ofrecida en reconocimiento a sus méritos de gobernante permanente.
Durante los últimos siete años Zimbabwe ha experimentado una constante declinación en su actividad económica y su nivel de vida, y más recientemente el ritmo de este deterioro se ha acelerado. La autoridad eléctrica nacional de ese país ha emitido advertencias acerca de un colapso del servicio de electricidad. Una interrupción del sistema de tratamiento de aguas ha detonado una epidemia de cólera en Harare, la capital. En Marondera, una ciudad de 50.000 habitantes al oriente del país, todos los servicios públicos fueron cortados, luego de que la ciudad agotara los recursos a emplear en la reparación de equipos dañados. Al sur de Harare, el pueblo de Chitungwiza recibe electricidad sólo cuatro días por semana.
Hace unas tres semanas los funcionarios públicos de Zimbabwe recibieron un aumento de 300% en sus salarios, pero este insólito aumento que cuadruplica sus ingresos no es más que una fracción de la tasa de inflación. Por esto 110.000 maestros han entrado en una “operación morrocoy” para presionar por más dinero. Sus nuevos salarios no alcanzan a los 60 dólares al mes, si se les estima según el valor de su divisa en el mercado negro. Se acerca ya a mes y medio una huelga de médicos y enfermeros, que están exigiendo un aumento de casi 9.000% en su paga, y el jefe de la policía teme por disturbios suscitados por sus subalternos, en caso de no recibir aumentos de paga muy sustanciales.
La crisis de Zimbabwe, bajo la férula del “campeón de libertades” Mugabe, está signada por la hiperinflación: medida desde abril del año pasado, representa una tasa anual de cerca de 1.000%, y por estos días ha superado, acelerándose, el nivel de 1.281%. Tan sólo en la última semana, los precios de la carne, el aceite vegetal y los vestidos aumentaron en 223%. La enfermedad ha dejado a ocho de cada diez zimbawinos en la miseria, diezmado a sus pocas empresas y granjas y expuesto al gobierno a la bancarrota. La mortal dinámica hiperinflacionaria ha hecho imposible que el gobierno central y los gobiernos locales cumplan sus presupuestos y que los empresarios puedan adquirir materias primas. Entretanto, el intento de subsidiar los productos básicos ha vaciado las arcas gubernamentales y promovido la corrupción.
El gobierno de Mugabe está tan claro como el de Chávez. Por esto culpa a un “complot occidental” de los problemas de su país y se niega a devaluar la moneda, que no logra alcanzar en el mercado negro más de diez por ciento de su valor oficial. La explicación suple la consabida culpación de la naturaleza, pues recientemente las lluvias han sido benignas. A pesar de esta bendición, la última cosecha de maíz es inferior a la del año anterior y ya se cuenta entre las peores de su historia. El combustible subsidiado que el gobierno suple a los agricultores a 330 dólares zimbabwinos es cambiado de inmediato en el mercado negro, donde se obtiene fácilmente diez veces ese valor.
Para ayudar patriótica y revolucionariamente a la solución de la crisis, el banco central de Zimbabwe ha decretado que la inflación es ilegal. Cualquier persona que aumente los precios que cobra o los salarios que paga entre el 1o. de marzo y el 30 de junio, será apresado y “castigado”. El gobernador del banco central, Gideon Gono, patria o muerte con Mugabe, dijo que sólo un “firme contrato social” para terminar la corrupción y reestructurar la economía podrá poner fin a la crisis. Su discurso fue transmitido a todo el país en cadena nacional. En la zona más pobre de Harare no pudo escucharse la segunda mitad: un apagón de la electricidad impidió la recepción.
Las fuerzas de seguridad también han contribuido abnegadamente con el control de la situación: líderes sindicales fueron golpeados seriamente por la policía, incendiarios han quemado la casa de un líder que aboga por más democracia, autoridades eclesiásticas fueron arrestadas cuando se reunían para discutir sobre el estado de la economía. Y para cuidar que la libertad de expresión pueda reflejar el doloroso proceso con fidelidad, el acoso a los periodistas del país ha arreciado, mientras los periodistas extranjeros tienen vedado ingresar a Zimbabwe bajo amenaza de encarcelamiento.
¿Cómo afectan políticamente al régimen las condiciones descritas? Bueno, los militares no están conformes con su aumento del 300%; quieren 1.000%. El creciente número de huelgas y protestas envalentona al Congreso de Sindicatos de Comercio, que comienza a planear un paro general. Más sintomáticamente, el Frente Patriótico de la Unión Nacional Africana de Zimbabwe, el propio partido de Mugabe, se negó en diciembre a apoyar una enmienda constitucional que habría extendido el presente período de gobierno hasta 2010, sólo dos años más. Hasta ahora, el partido de gobierno había complacido todo capricho de Mugabe. Pocos analistas dudan que se producirá en Zimbawe una aguda crisis de poder a corto plazo. Lamentablemente, no hay esperanzas en una transición democrática. El partido de oposición, el Movimiento para el Cambio Democrático, está dividido al interior, no cuenta con un líder eficaz y es continuamente reprimido por el gobierno. Aun así, parecen estar contados los días del Dr. Robert Mugabe, el “luchador de libertades” tan apreciado por Chávez.
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“Es la economía, estúpido”. Ésta fue la frase más repetida por William Clinton y su comando electoral durante la campaña de 1992, que lo llevó a la presidencia de los Estados Unidos al derrotar a George H. W. Bush, el padre del actual presidente norteamericano. El Dr. Rafael López-Pedraza registra en un trabajo suyo sobre el tema de la identidad latinoamericana, lo siguiente: “El Oxford Dictionary define al estúpido como alguien incapaz de pensar con claridad que carece de inteligencia y sentido común. Cabe agregar que quien está imbuido de una ideología piensa con los esquemas limitados que ésta le provee y por ello, desde luego, no puede tener una visión individuada de la realidad que confronta. Se sabe que el diagnóstico que se hizo de Hitler fue el de una personalidad histérica… No voy a extenderme comentando este tipo de personalidad, pero me gustaría mencionar otro[s] rasgo[s] suyo[s] importante[s], como es la necesidad paranoica de buscarse un enemigo en quien proyectar la sombra que no acepta de sí mismo”. (“Condoleezza la tiene cogida conmigo, y esto demuestra que ahora hay un plan económico contra Venezuela”).
Antes de la referencia a Oxford el notable psiquiatra junguiano había descrito, certeramente: “La energía de estos héroes modernos se funda en el mismo mito del héroe: en los estados de posesión que éste conlleva y en la relación que hemos mencionado con los espíritus de los héroes muertos y Hécate. Sin embargo, la herramienta de su oficio hoy día es una rudimentaria jerga, tomada miméticamente de lo que queda de las ideologías del socialismo europeo del siglo XIX y del nazismo del siglo XX. Al igual que la ideología que movió a los héroes de las guerras independentistas, y como toda ideología, la de los héroes actuales es de una gran estrechez mental y, en cualquier caso, es empleada desde la confusión adolescente que históricamente somos. Evidentemente, la retórica ideológica de los héroes latinoamericanos pasados y presentes es sólo un vehículo instrumental del poder. Su uso al referirse a los estratos marginales, convertidos en fuentes poder, se reduce a la vieja tradición cristiana de la pobreza: el niño Jesús pobre, de importancia central en la Contrarreforma, por oposición al niño Jesús rico de la Reforma. Para el héroe de hoy la pobreza es esencial para poder funcionar. Sin ella no existiría y por tanto uno llega a pensar que necesita crear más y más pobreza para perpetuarse en el poder. La oposición pobreza-riqueza reaparece como un mimetismo rudimentario de la lucha de clases del siglo XIX marxista y reduce un conflicto, que por sus complejidades es de proporciones insalvables, a la fórmula: nosotros los pobres somos buenos y los ricos son malos”. (Rafael López-Pedraza, Sobre héroes y poetas, Festina lente, 2002).
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Feb 13, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Debo admitir con satisfacción que el #224 de la Carta Semanal de doctorpolítico suscitó considerable interés, y que la razón principal por la que eso ocurriera fue la rectificación de ciertas ideas respecto de posturas y actuaciones del Dr. Rafael Caldera en relación con los hechos del 4 de febrero de 1992 y sus secuelas. Más de una persona expresó el deseo de conocer el discurso completo, del que se citó apenas unos pocos trozos. Es ésa la razón por la que esta Ficha Semanal #131 se dedica a reproducir las palabras íntegras del ilustre político en Sesión Extraordinaria del Congreso de la República, sostenida en horas de la tarde de aquella infausta fecha.
La tarea se simplifica porque, en abril de 1992, las prensas venezolanas de Editorial Arte imprimieron un folleto contentivo del texto del discurso de Caldera en esa ocasión, acompañado del que pronunciara el 1o. de marzo de 1989 a raíz de los sucesos del 27 y 28 de febrero, circunstancia igualmente preocupante y traumática, y del artículo de Manuel Alfredo Rodríguez citado también en la carta #224 y un magnífico preámbulo del recordado Luis Castro Leiva. De hecho, anticipo que la próxima ficha semanal reproducirá ese discurso de 1989, porque al igual que el recogido aquí es una pieza llena de sabiduría republicana. Leídos en su integridad, se entenderán mejor sus puntos descollantes, envueltos en su majestuoso contexto.
Castro Leiva apuntó al término de su introducción: “En Democracia se es tanto más libre cuanto mejor se enrumben los deberes de Libertad. Las dificultades de la República en Democracia ponen a prueba al Político y a su vocación. Dos veces hemos visto a la Sociedad y a la República a riesgo de perecer. Dos veces hemos oído a los políticos hablar y a la Política callar. El Presidente Caldera, Senador Vitalicio de Venezuela, el ciudadano Rafael Caldera, restituyó la idea de la Política a su vocación, su voz a la República. La Nación ha oído bien. Volverá a escuchar”.
Es así. En manos de Pérez estuvimos a punto, dos veces, de perecer. Cuando Caldera hizo ciertas advertencias concretas a quien en ese entonces era Presidente de la República, su estimación de la peculiar personalidad de Pérez ha debido pesar a la hora de formularlas. No eran Betancourt, Leoni, Medina Angarita, Gallegos, Velásquez, Herrera, Vargas, Soublette, Sucre o el mismo Caldera quienes actuarían con garantías suspendidas.
Una vez más: la especie del cálculo político frío en Caldera, la idea de que habría calculado sus palabras para posicionarse con ventaja ante unas cercanas elecciones presidenciales, no resiste al análisis. Leído con atención el discurso, se comprobará que Caldera arriesgó el favor de la clase política entera, de las Fuerzas Armadas, de los empresarios y del pueblo mismo, al criticarlos a todos. Se metió con todo el mundo, incluyendo poderosas instituciones internacionales y poderosos gobiernos extranjeros. Sería, verdaderamente, una muy extraña manera de granjearse el apoyo de actores tan fundamentales.
No, lo que ocurrió fue otra cosa, y Manuel Alfredo Rodríguez lo tuvo claro: Caldera metió en su garganta la voz del común y miró más allá del horizonte.
LEA
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Palabra del Pueblo
Señor Presidente del Congreso
Señor Vicepresidente, Presidente de la Cámara de Diputados
Ciudadanos Senadores
Ciudadanos Diputados
He pedido la palabra, no con el objeto de referirme al Decreto de Suspensión de Garantías, aun cuando quiero hacer en torno a él tres breves consideraciones.
La primera, la de que el propio Decreto revela la gravedad de la situación que estamos viviendo, y aun cuando encuentro un defecto de redacción porque los Considerandos se refieren a hechos ocurridos y no a la situación actual y a los peligros que con la Suspensión de Garantías se trata de enfrentar, se supone que es precisamente porque la situación del país es delicada; porque el sistema democrático, la normalidad y el orden público están corriendo peligro después de haber terminado el deplorable y doloroso incidente de la sublevación militar, es necesaria la medida tan extraordinaria de suspender a la población general el uso y ejercicio de las Garantías Constitucionales.
La segunda observación que quiero hacer, es la de que no estoy convencido de que el golpe felizmente frustrado hubiera tenido como propósito asesinar al Presidente de la República. Yo creo que una afirmación de esa naturaleza no podría hacerse sino con plena prueba del propósito de los sublevados. Bien porque hayan confesado y exista una confesión concordante de algunos de los comprometidos o algunos de los actores del tremendo y condenable incidente, o bien porque exista otra especie de plenas pruebas que difícilmente creo se puedan haber acumulado ya en el sumario que supuestamente debe haberse abierto por la Justicia Militar. Afirmar que el propósito de la sublevación fue asesinar al Presidente de la República es muy grave; por lo demás, se me hace difícil entender que para realizar un asesinato, bien sea de un Jefe de Estado rodeado de todas las protecciones que su alta condición le da, haya necesidad de ocupar aeropuertos, de tomar bases militares, de sublevar divisiones; desde luego que hoy está demostrado que por más protección que tenga cualquier ciudadano, con el armamento existente en la actualidad y con los sistemas de comunicación, un asesinato es relativa y desgraciadamente fácil de cometer. El caso del Dictador Anastasio Somoza en el Paraguay, férreamente gobernado por el General Stroessner, con todas las protecciones que la condición de este depuesto gobernante suponía, indica que ninguna persona, por más protegida que esté, puede salvarse de un asesinato cuando se cuenta con los medios y con la decisión de perpetrarlo.
Por eso, pues, yo me siento obligado en conciencia a expresar mi duda acerca de esta afirmación, y considero grave que el Ejecutivo en su Decreto de Suspensión de Garantías y el Congreso en el Acuerdo aprobatorio, hayan hecho tal afirmación, que además de ser conocida en el país está dispuesta a difundirse en todos los países del exterior.
La tercera observación respecto a la Suspensión de Garantías se refiere al deseo que quiero expresar, en nombre del país, de que esas facultades se ejerzan con ponderación, con gran sentido de responsabilidad. Admitimos que el Gobierno necesita en momentos de dificultad de poderes extraordinarios, que no pueden someterse a las restricciones y términos que la Constitución establece; pero sabemos también por experiencia secular en Venezuela que estas facultades pueden convertirse en fuente de abusos, de excesos, de violaciones absolutamente injustificadas, no sólo en lo relativo a la garantía de seguridad personal, al derecho de no ser detenido sin fórmula de juicio, al allanamiento de los hogares, sino también a la muy delicada garantía de libertad de expresión del pensamiento, respecto a la cual abrigo la esperanza, y la quiero formular aquí y creo en eso representar el sentimiento público, de que se ejerza con toda la ponderación, con todo el sentido de respeto que una garantía tan fundamental tiene para el funcionamiento de la democracia.
Yo pedí la palabra para hablar hoy aquí antes de que se conociera el Decreto de Suspensión de Garantías, cuando esta Sesión Extraordinaria se convocó para conocer los graves hechos ocurridos en el día de hoy en Venezuela, y realmente considero que esa gravedad nos obliga a todos, no sólo a una profunda reflexión sino a una inmediata y urgente rectificación.
Cuando aquí en el país y fuera de él he sido muchas veces preguntado, como seguramente lo habrán sido los Senadores y Diputados aquí presentes, acerca de las causas de la estabilidad democrática en Venezuela, en momentos en que el sistema naufragaba en naciones de mejor tradición institucional que la nuestra, generalmente me referí a cuatro factores que para mí representaban una gran importancia.
Por una parte, a la inteligencia que existió en la dirigencia política de sepultar antagonismos y diferencias en aras al interés común de fortalecer el sistema democrático.
En segundo lugar, a la disposición lograda, a través de un proceso que no fue fácil, de las Fuerzas Armadas para incorporarse plenamente al sistema y para ejercer una función netamente profesional.
Tercero, a la apertura que el movimiento empresarial demostró, cuando se inauguró el sistema democrático, para el progreso social, comprensión que tuvo para el reconocimiento de los legítimos derechos de la clase trabajadora.
Pero, en último término, el factor más importante fue la decisión del pueblo venezolano de jugárselo todo por la defensa de la libertad, por el sostenimiento de un sistema de garantías de derechos humanos, el ejercicio de las libertades públicas que tanto costó lograr a través de nuestra accidentada historia política.
Debo decir con honda preocupación que la situación que vivimos hace más de treinta años no es la misma de hoy. Por una parte, la inteligencia de la dirigencia política ha olvidado en muchas ocasiones esta preocupación fundamental de servir antes que todo al fortalecimiento de las instituciones. Por otra parte, el empresariado no ha dado las mismas manifestaciones de amplitud, de apertura, que caracterizaron su conducta en los años formativos de la democracia venezolana. En tercer lugar, porque las Fuerzas Armadas, que han sido ejemplares en su conducta profesional en las garantías de las instituciones, están comenzando a dar muestras de que se deteriora en muchos de sus integrantes la convicción de que, por encima de todo, tienen que mantener una posición no deliberante, una posición obediente a las instituciones y a las autoridades legítimamente elegidas. Y cuarto, y esto es lo que más me preocupa y me duele, que no encuentro en el sentimiento popular la misma reacción entusiasta, decidida y fervorosa por la defensa de la democracia que caracterizó la conducta del pueblo en todos los dolorosos incidentes que hubo que atravesar después del 23 de enero de 1958.
Debemos reconocerlo, nos duele profundamente pero es la verdad: no hemos sentido en la clase popular, en el conjunto de venezolanos no políticos y hasta en los militantes de partidos políticos ese fervor, esa reacción entusiasta, inmediata, decidida, abnegada, dispuesta a todo frente a la amenaza contra el orden constitucional. Y esto nos obliga a profundizar en la situación y en sus causas.
En estos momentos debemos darle una respuesta al pueblo y tengo la convicción de que no es la repetición de los mismos discursos que hace treinta años se pronunciaban cada vez que ocurría algún levantamiento y que vemos desfilar por las cámaras de la televisión, lo que responde a la inquietud, el sentimiento, a la preocupación popular. El país está esperando este mensaje. Yo quisiera decirle en esta tribuna con toda responsabilidad al Señor Presidente de la República que de él principalmente, aunque de todos también, depende la responsabilidad de afrontar de inmediato las rectificaciones profundas que el país está reclamando. Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; cuando no ha sido capaz de poner un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad. Esta situación no se puede ocultar. El golpe militar es censurable y condenable en toda forma, pero sería ingenuo pensar que se trata solamente de una aventura de unos cuantos ambiciosos que por su cuenta se lanzaron precipitadamente y sin darse cuenta de aquello en que se estaban metiendo. Hay un entorno, hay un mar de fondo, hay una situación grave en el país y si esa situación no se enfrenta, el destino nos reserva muchas y muy graves preocupaciones.
Por eso he pedido la palabra para ejercerla en este elevado recinto. Transmitirle desde aquí al Señor Presidente de la República y los dirigentes de la vida pública nacional, mi reclamo, mi petición, mi exigencia, mi ruego, en nombre del pueblo venezolano, de que se enfrente de inmediato el proceso de rectificaciones que todos los días se está reclamando y que está tomando carne todos los días en el corazón y el sentimiento del pueblo.
Ése es el motivo de la presente intervención y creo que era imposible que por un simple acuerdo de la Comisión de Mesa de que no se hablare para discutir el Decreto de Suspensión de Garantías, el Congreso se reuniera y le dijera al país que no ha hecho otra cosa sino darle paso al Decreto: un Acuerdo que se votó creo que tres o cuatro veces, y se indicó votado por unanimidad. Yo aclaro que no lo voté, no porque no estuviera de acuerdo en el fondo que se suspendieran las garantías, sino por las reservas que expresé y, sobre todo, porque no considero justo el que se afirme, de una manera tan absoluta, que el propósito de los culpables de la sublevación haya sido el asesinar al Presidente de la República.
Por otra parte, quiero decir que esto que estamos enfrentando responde a una grave situación que está atravesando Venezuela. Yo quisiera que los señores Jefes de Estado de los países ricos que llamaron al Presidente Carlos Andrés Pérez para expresarle su solidaridad en defensa de la democracia entendieran que la democracia no puede existir si los pueblos no comen, si como lo dijo el Papa Juan Pablo II, “no se puede obligar a pagar las deudas a costa del hambre de los pueblos”. De que esos señores entiendan que estas democracias de América Latina están requiriendo una revisión de la conducta que tienen frente al peso de la Deuda Externa, alocadamente contraída y en muchos casos no administrada propiamente, que nos está colocando en situaciones cuyo costo ha llegado a asustar a los propios dirigentes del Fondo Monetario Internacional y de los otros organismos financieros internacionales.
Yo quisiera, pues, desde aquí también, que pudiera llegar mi pedimento al Presidente Bush, al Presidente Mitterrand, al Presidente Felipe González, a los Jefes de los países del mundo desarrollado y ricos, para que se den cuenta de que lo que pasó en Venezuela puede pasar en cualquiera de nuestros países porque tiene un fondo grave, un ambiente sin el cual los peores aventureros no se atreverían siquiera a intentar la ruptura del orden constitucional.
Esa situación tenemos nosotros que plantearla con toda decisión. Cuando ocurrieron los hechos del 27 y 28 de febrero del año de 1989, desde esta Tribuna yo observé que lo que iba a ocurrir podría ser muy grave. No pretendí hacer afirmaciones proféticas, pero estaba visto que las consecuencias de aquel paquete de medidas, que produjo el primer estallido de aquellos terribles acontecimientos, no se iban a quedar allí, sino que iban a seguir horadando profundamente en la conciencia y en el porvenir de nuestro pueblo. Dije entonces en algún artículo que Venezuela era algo como la vitrina de exhibición de la democracia latinoamericana. Esa vitrina la rompieron en febrero de 1989 los habitantes de los cerros de Caracas que bajaron enardecidos. Ahora la han roto la culata de los fusiles y los instrumentos de agresión que manejaron los militares sublevados. Esto es necesario que se diga, que se afirme y que se haga un verdadero examen de conciencia. Estamos hablando mucho de reflexión, estamos haciendo muchos análisis, pero la verdad verdadera es que hemos progresado muy poco en enfrentar la situación y que no podemos nosotros afirmar en conciencia que la corrupción se ha detenido, sino que más bien íntimamente tenemos el sentir de que se está extendiendo progresivamente, que vemos con alarma que el costo de la vida se hace cada vez más difícil de satisfacer para grandes sectores de nuestra población, que los servicios públicos no funcionan y que se busca como una solución que muchos hemos señalado para criticarla, el de privatizarlos entregándolos sobre todo a manos extranjeras, porque nos consideramos incapaces de atenderlos. Que el orden público y la seguridad personal, a pesar de los esfuerzos que se anuncian, tampoco encuentran un remedio efectivo. Aquí, en este mismo recinto, se sientan honorables representantes del pueblo que han sido objeto no solamente de despojo, sino de vejámenes, por atracadores en sus propios hogares sin que se haya logrado la sanción de los atropellos de que han sido objeto.
Esto lo está viviendo el país. Y no es que yo diga que los militares que se alzaron hoy o que intentaron la sublevación que ya felizmente ha sido aplastada (por lo menos en sus aspectos fundamentales) se hayan levantado por eso, pero eso les ha servido de base, de motivo, de fundamento, o por lo menos de pretexto para realizar sus acciones.
Por eso termino mis palabras, rogándole al Presidente de la República que enfrente de lleno, en verdad y decididamente esta situación que, como dije antes, sirve de motivo, o por lo menos de pretexto, para todos aquellos que quieren destrozar, romper, desarticular el sistema democrático constitucional del que nos sentimos ufanos.
Muchas gracias, ciudadanos Senadores, ciudadanos Diputados.
Rafael Caldera
por Luis Enrique Alcalá | Feb 8, 2007 | Cartas, Política |

En la madrugada del 4 de febrero de 1992 comenzaron mis problemas personales con Hugo Chávez, mi culebra con él, pues, aunque en ese momento mi malestar ni siquiera conocía un rostro al que hacer objeto de mi profundo disgusto. Viviendo no muy lejos de La Casona, las nutridas e incesantes detonaciones de armas de guerra se percibían con bastante claridad dentro de mi casa. No hacía falta aviso para comprender que el estruendo no provenía de una refriega entre policías y delincuentes; era, evidentemente, el intento de un golpe de Estado en marcha. Habían llegado los golpistas.
El primer síntoma de mi malestar personal era una sensación de impotencia, a la que se superpuso rápidamente la percepción de que alguna gente abusaba de mí. Supongo que la misma impotencia me causaría una violenta invasión extranjera, como las protagonizadas por los Estados Unidos en Grenada o Panamá. No podría hacer nada por impedir lo que se desarrollaba a menos de un kilómetro de mi vivienda. Mis oídos zumbaban, y no era sólo por las detonaciones; el sordo zumbido era la inequívoca señal de un azoramiento, de una vergüenza ajena que seguramente me enrojecía el rostro, por más que no pudiera verse ningún rubor a esas horas oscuras. Y el abuso: nadie me había preguntado si estaba de acuerdo con un intento sangriento de deponer a Carlos Andrés Pérez. Yo no había autorizado a nadie para eso. Finalmente, toda la cosa me parecía una directa intromisión en mi agenda política personal, que desde mis menguadas fuerzas se proponía forzar nada menos que la renuncia de Pérez. Que unos soldados desconocidos se entrometieran en un asunto estrictamente civil era una afrenta que se me hacía personalmente. Esas sensaciones sentí, egocéntricamente, mientras encajaba la seguridad de que unos abusadores armados procuraban el derrocamiento de un presidente elegido por mayoría popular en diciembre de 1988. No puedo defender que sintiera empatía popular, colectiva; de inmediato tomé el episodio horrendo de modo personal.
Mi egoísmo podía aducir atenuantes de su culpa: hacía menos de veinticuatro horas que el diario El Globo publicara un artículo mío, bajo el parco título de Basta. Allí decía: “Esto es lo que debemos decir en febrero: que Carlos Andrés Pérez ha fracasado. Que no queremos su mando. Que nuestra armazón constitucional, por fortuna, tiene modo de suplirle. Que necesitamos de vuelta las facultades que le dimos, porque es él la encarnación y la síntesis de lo que no puede seguir siendo políticamente en Venezuela. Que todo eso lo hemos venido diciendo en las encuestas. Que no queremos esperar hasta febrero de 1994. Que la cosa es ya”. Y también, al final: “No queremos más dolor innecesario. No queremos más vergüenza. No queremos que nos intente persuadir, una y otra vez, de que para alcanzar ‘la mayor suma de felicidad posible’ es preciso que seamos infelices. Basta de paquete. Basta de financiarle sus campañas extranacionales. Basta de mermas al territorio. Basta de megaproyectos, sociales o económicos. Basta de megaocurrencias. Basta de megalomanía. Usted, señor Pérez, que hace no mucho ha tenido la arrogancia de autotitularse patrimonio nacional, tiene toda la razón. Usted sí es patrimonio nacional, historia nacional, cruz y karma nacionales. Por tanto es a nosotros a quienes corresponde decidir qué hacer con Ud. Por de pronto, no queremos que siga siendo Presidente de la República”. (El Globo, 3 de febrero de 1992).
Y esto no era un grito único y momentáneo. Desde que comencé a escribir en El Globo había venido, in crescendo, insistiendo en el tema de la renuncia de Pérez. De hecho, me había mudado agradecidamente a las páginas de El Globo porque se me habían cerrado las de El Diario de Caracas, donde por primera vez hablé de esa salida.
El 21 de julio de 1991, un poco más de seis meses antes del alzamiento, publicó este último periódico un artículo al que llamé “Salida de estadista”. En él expuse: “El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal”.
A los pocos días, el director de El Diario de Caracas, Diego Bautista Urbaneja, que tiempo después se distinguiría promoviendo la candidatura cosmética de Irene Sáez, usó su página semanal para mostrarse en desacuerdo con lo que propuse. Después de afirmar “no creo que exista un peligro serio de golpe de Estado” (seis meses antes de la intentona de Arias Cárdenas y Chávez), se refirió a mi proposición en característico tono dubitativo. Así opinó que si Pérez renunciase “daría una gran lección de decencia política”, para atenuar el punto con la siguiente advertencia: “No simpatizo con lecciones morales en sociedades que, por las dificultades que atraviesan, no pueden reaccionar a ellas provechosamente”. Urbaneja había criticado que en mi prescripción estuvieran ausentes “las razones morales”.
Por tal razón escribí un segundo artículo, titulado “Palabras mayores”, y lo remití a Urbaneja para su publicación. En sus párrafos finales ripostaba de esta manera: “Pero lo que no puede ser negado es que, independientemente de cuál sea la magnitud actual de la probabilidad o deseabilidad de un golpe de Estado, éstas han aumentado considerablemente desde que la vergonzosa secuencia fuera iniciada por el destape del lío de las fragatas. Desde la época de Betancourt, cuando, por muy distintas razones a las de ahora, se temía por una asonada militar a cada momento, nunca se había visto tal profusión de artículos o declaraciones en torno al tema del golpe. Desde la época de Pérez Jiménez los venezolanos no se habían preguntado con tanta ansiedad si un golpe de Estado pudiera convertirse en algo necesario. Por eso quise oponerme al golpe, señalando un camino constitucional, del mismo modo como estoy opuesto a una continuación de Pérez en el poder. Es decir, ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario… Donde discrepo de Diego Urbaneja es en cuanto a su apreciación de que Venezuela no está en capacidad de aprovechar lecciones morales. Es precisamente eso lo que el país está solicitando a gritos. Pero no es Pérez quien nos va a dar lecciones de moral con la renuncia que debiera comenzar a redactar. Es el país quien se la daría a Pérez, exigiéndosela”.
Este segundo artículo no fue publicado nunca. Ni siquiera obtuve acuse de recibo, mucho menos una explicación.
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En realidad, no se necesitaba ser un iluminado para advertir la peligrosa inminencia de un golpe de Estado ya en aquellos momentos. El primer semestre de 1991 había estado cargado de un exceso de escándalos que gravaron con mucha fuerza la psiquis nacional. En enero se destapó el sonado caso del edificio Florida Cristal, que terminó por llevar a Antonio Ríos, el Secretario General de la Confederación de Trabajadores de Venezuela, a la cárcel. Luego, en rápida sucesión, emergieron los casos de la extorsión televisada al empresario Lamaletto, las grabaciones que se había hecho a los almirantes Larrazábal y Jurado Toro (affaire de corrupción en la adquisición de fragatas de guerra), la aparición de Gardenia Martínez y el descubrimiento de su relación comercial-concubinaria con Orlando García, jefe de seguridad del presidente Pérez, la extraña muerte—¿asesinato, suicidio?—de Lorena Márquez en Maracay… y ya para ese entonces el propio Pérez había recibido en La Orchila al presidente del Banco de Crédito y Comercio Internacional, un gigante financiero que colapsaría poco después, al mostrarse como el mayor lavador de dinero sucio del mundo. El hedor era insoportable. A mediados de 1991 una peligrosa matriz de opinión cobraba fuerza: o Pérez o golpe.
Pero es que ya antes era patente una grave insuficiencia política en Venezuela. En febrero de 1985 escribía: “Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tradicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales. Los descalificamos porque nos hemos convencido de su incapacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio intelectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. Así lo revela el análisis de las proposiciones que surgen de los actores políticos tradicionales como supuestas soluciones a la crítica situación nacional, situación a la vez penosa y peligrosa”.
No hubo intentos serios de corrección de rumbo por parte de estos actores, y un poco más de dos años después redacté “Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela”. (26 de septiembre de 1987). En este trabajo consideré la posibilidad de un outsider en la Presidencia de la República y la de un golpe militar. Una de las versiones consideradas era un golpe de raíz izquierdista. Así puse: “Por otra vía, los golpistas podrían buscar apoyo, ya no en los sectores económicos, sino en los estratos de más bajos ingresos, planteando una orientación populista (al estilo de Perú en los años sesenta) nutrida ideológicamente de fórmulas de izquierda, esto es, con dosis variables de marxismo”. En las conclusiones escribí, cuatro años y cuatro meses antes del 4 de febrero de 1992: “…de ganar las elecciones de 1988 uno de los candidatos tradicionales, probablemente lo haría con un porcentaje muy reducido de votos. En ese caso el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable”. En alguna parte se ha reportado que la gente del MBR 200 quiso moverse, justamente, a fines de 1991, y que la maniobra, por diversas razones, fue pospuesta hasta febrero del año siguiente.
A pesar de todo lo antedicho, mi visión de entonces era más bien miope. En el mismo estudio no concedía muy alta probabilidad a un golpe de Estado de origen marxista. Creía, equivocadamente, que las Fuerzas Armadas se habían vacunado eficazmente contra el parásito izquierdista. Estaba errado.
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Post mortem del 4 de febrero de 1992: tal vez una cincuentena de muertos, de ellos diecisiete soldados a lo sumo. Es decir, menos que las defunciones violentas que acontecen en un fin de semana cualquiera en el país. Para quienes defienden la asonada, la cifra es una ganga. De hecho, así razonan en artículos de opinión, algunos de los cuales aparecen en el sitio web de la Radio Nacional de Venezuela: “La propaganda electoral en 1998 trató de confundir a los votantes mediante el intento de vincular a Chávez con la masacre de Carlos Andrés Pérez en 1989… cuya diferencia con el números de muertes causadas por la rebelión del 4 de febrero de 1992 fue abismal”. Algo así como que el holocausto desatado por los nazis justifique que yo asesine, una bagatela, a una mera docena de ciudadanos.
Dos años más tarde presidía la República el Dr. Rafael Caldera y procedía al sobreseimiento de la causa de los conjurados del 4 de febrero. Es una simpleza atribuir a esta decisión la culpa de que Hugo Chávez llegara a convertirse en Presidente. Al año siguiente de la salida en libertad de los conspiradores y golpistas, una plancha del MBR 200 se inscribía en las elecciones de la Federación de Centros Universitarios de la Universidad Central de Venezuela. Llegó de última. Más pertinentemente, en diciembre de 1997, a un año escaso de las elecciones presidenciales del 6 de diciembre de 1998, los estudios de opinión registraban una intención de voto a favor del candidato Chávez que oscilaba alrededor del 7%. Fueron factores distintos del sobreseimiento los que permitieron su triunfo.
Pero sí es criticable en la medida de libertad de los golpistas la terrible modelación que se hacía ante los ciudadanos: que no era nada grave levantarse en armas contra las instituciones de la República, que uno podía alzarse y causar la muerte de venezolanos sin mayor pena que la de una temporada en el penal de Yare, antes de ser puesto en plena libertad con sus derechos políticos intactos; que hasta podía uno de una misma vez conseguir un empleo público. (Caldera ofreció a Arias Cárdenas la dirección del PAMI, el programa de asistencia materno-infantil del gobierno nacional).
Ésta era una lección perversa, y así escribí en junio de 1994, poco tiempo después de que los responsables del crimen constitucional salieran libres: “No es un costo bajo el de poner en la calle, en libertad, a los responsables de las asonadas del 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992… Es por esto que lo correcto desde el punto de vista legal hubiera sido que los golpistas de 1992 hubieran purgado la condena exacta que las leyes prevén en materia de rebelión. Puede que sea políticamente útil tener en la calle al ex comandante Chávez exhibiendo la escasez de su discurso. Puede pensarse que Caldera, después de su discurso del 4 de febrero de 1992, pudiera estar de algún modo obligado a perdonar a los infractores. Puede hasta admitirse que las sacudidas de 1992 conmovieron o consolidaron la opinión contra Pérez, pero no existe asidero legal que permita afirmar que los golpistas hicieron lo debido”. (referéndum, 4 de junio de 1994).
En efecto, Rafael Caldera pronunció uno de los mejores discursos de su vida en horas de la tarde del 4 de febrero de 1992, premunido de su condición de Senador Vitalicio. De nuevo la simpleza atribuye a este discurso su triunfo electoral de 1993, que se debió mucho más a otros factores de muy diversa índole. (Como que venía—era prácticamente el único dirigente nacional de importancia que lo hiciera—de varios años de coherente oposición a la receta “ortodoxa” del Consenso de Washington, administrada sin miramientos por Carlos Andrés Pérez). De nuevo el simplismo político tiene por dogma que Caldera se colocó con sus palabras en connivencia con los conjurados. Esto es una tontería. La condena de Caldera al golpe no deja lugar a equívocos: “…la normalidad y el orden público están corriendo peligro después de haber terminado el deplorable y doloroso incidente de la sublevación militar…” “Yo pedí la palabra para hablar hoy aquí antes de que se conociera el Decreto de Suspensión de Garantías, cuando esta Sesión Extraordinaria se convocó para conocer los graves hechos ocurridos en el día de hoy en Venezuela, y realmente considero que esa gravedad nos obliga a todos, no sólo a una profunda reflexión sino a una inmediata y urgente rectificación”. “Debemos reconocerlo, nos duele profundamente pero es la verdad: no hemos sentido en la clase popular, en el conjunto de venezolanos no políticos y hasta en los militantes de partidos políticos ese fervor, esa reacción entusiasta, inmediata, decidida, abnegada, dispuesta a todo frente a la amenaza contra el orden constitucional”.
Caldera estaba diciendo, valientemente, la verdad. Más valientemente continuó: “Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; cuando no ha sido capaz de poner un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad… El golpe militar es censurable y condenable en toda forma, pero sería ingenuo pensar que se trata solamente de una aventura de unos cuantos ambiciosos que por su cuenta se lanzaron precipitadamente y sin darse cuenta de aquello en que se estaban metiendo”. Tenía razón.
El 8 de febrero de 1992 el diario El Nacional publicó un artículo firmado por Manuel Alfredo Rodríguez, llamado sencillamente “Caldera”. En éste expuso: “El discurso pronunciado por el Maestro Rafael Caldera el 4 de febrero, es un elevado testimonio de patriotismo y un diáfano manifiesto de venezolanidad y humanidad. Pocas veces en la historia de Venezuela un orador pudo decir, con tan pocas palabras, tantas cosas fundamentales y expresar, a través de su angustia, la congoja y las ansias de la patria ensangrentada”. Y para que no cupieran sospechas aclaró: “Nunca había alabado públicamente a Rafael Caldera, aunque siempre he tenido a honra el haber sido su discípulo en nuestra materna Universidad Central. Nunca he sido lisonjero o adulador, y hasta hoy sólo había loado a políticos muertos que no producen ganancias burocráticas ni de ninguna otra naturaleza. Pero me sentiría miserablemente mezquino si ahora no escribiera lo que escribo, y si no le diera gracias al Maestro por haber reforzado mi fe en la inmanencia de Venezuela”. Nada menos que eso después de declarar: “La piedra de toque de los hombres superiores es su capacidad para distinguir lo fundamental de lo accesorio y para sobreponerse a los dictados de lo menudo y contingente. Quien alcanza este estado de ánimo puede meter en su garganta la voz del común, y mirar más allá del horizonte”.
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Por supuesto que no fue común asistir, en la tarde del 4 de febrero de 1992, a la asunción de la responsabilidad del golpe por parte de Hugo Chávez Frías. En esto se comportó como todo un hombre. No es nada ordinario observar una cosa así; forma parte de la más frecuente condition humaine tratar de lavarse las manos y rehuir la responsabilidad por nuestros actos. El problema es que los ocasionales destellos de valentía moral de Hugo Chávez se pierden en la inconsistencia de su inescrupulosidad, de su vocación por la mentira.
Para empezar, el intento golpista del 4 de febrero fue un verdadero abuso contra la ciudadanía, más allá de su obvia patología política; de que, como dijera Caldera, fuese la intención de “destrozar, romper, desarticular el sistema democrático constitucional del que nos sentimos ufanos”. Como se ha aducido acá mismo en reiteradas ocasiones, el derecho de rebelión no reside en ningún grupo o asociación, y menos es propio de una logia de militares que se reúnan a jurar prepotencias ante los restos de un decrépito aunque procero samán. El único titular de ese derecho es una mayoría de la comunidad. En consecuencia, al alzarse en armas, los conspiradores del MBR 200 abusaron de un derecho que no les correspondía, muy especialmente porque por aquellos días una mayoría nacional se expresaba claramente en contra de un golpe de militares. Así, su abuso no fue sólo genérico, sino específico, puesto que el golpe contravino una expresa voluntad del pueblo venezolano.
Luego, los recuentos de Chávez no han dejado de estar envueltos en falsedad. Por caso, Chávez dijo reiteradamente, en entrevistas, en reuniones, en declaraciones, que él y sus compañeros habían intentado derrocar al gobierno de Venezuela porque Carlos Andrés Pérez había ordenado al Ejército volver sus fusiles contra el pueblo en febrero de 1989, contra la explícita condena del Libertador, que había declarado la posibilidad abominable. Para la época de su prisión en Yare, sin embargo, Hugo Chávez ya había admitido que “su grupo” conspiraba desde hacía siete o nueve años (desde el bicentenario del nacimiento de Bolívar). Por tanto, para el 27 y 28 de febrero de 1989, la intención de tomar el poder por la fuerza ya estaba formada varios años antes. Mal podía presentarse como pretexto para el golpe fallido del 4 de febrero de 1992 algo que no pudo tener nada que ver con la conformación de su logia conspirativa.
Luego, Chávez argumentó a la revista Newsweek, a comienzos de 1994 (poco antes de ser liberado), que el artículo 250 de la Constitución Nacional prácticamente le mandaba a rebelarse. Lo que el artículo 250 estipulaba era que en caso de inobservancia de la Constitución por acto de fuerza o de su derogación por medios distintos de los que ella misma disponía todo ciudadano, independientemente de la autoridad con la que estuviera investido, tenía el deber de procurar su restablecimiento. Pero con todo lo que podíamos criticar a Carlos Andrés Pérez en 1992, y aun cuando estuviésemos convencidos de que lo más sano para el país era su salida de Miraflores, ni Pérez había dejado de observar la Constitución en acto de fuerza, ni la había derogado por medio alguno. Todas las cosas que le eran censurables a Pérez tenían rango subconstitucional. Esto sin mencionar, naturalmente, que la misma Constitución, que Chávez enarbolaba engoladamente para la revista norteamericana, estipulaba claramente: “Toda autoridad usurpada es ineficaz, y sus actos son nulos”. (Artículo 119). “Es nula toda decisión acordada por requisición directa o indirecta de la fuerza, o por reunión de individuos en actitud subversiva”. (Artículo 120). Y, por supuesto, “Las Fuerzas Armadas Nacionales forman una institución apolítica, obediente y no deliberante, organizada por el Estado para asegurar la defensa nacional, la estabilidad de las instituciones democráticas y el respeto a la Constitución y a las leyes, cuyo acatamiento estará siempre por encima de cualquier otra obligación. Las Fuerzas Armadas Nacionales estarán al servicio de la República, y en ningún caso al de una persona o parcialidad política”. (Artículo 132).
Chávez, pues, lee lo que le conviene, como hace con su interpretación interesada, parcial y deformada del pensamiento de Bolívar. Ya Presidente, ha empleado su verbo manipulador para vender una interpretación falaz, necesaria porque con gran desparpajo gusta de acusar a sus enemigos de golpistas: que los conspiradores de 1992 no eran golpistas; eran revolucionarios. De este modo, con un golpe de efecto terminológico, superficial y falso, pretende lavar la culpa que una vez pareció asumir.
En verdad, Carlos Andrés Pérez, de quien alguna amiga suya íntima quiso hacer una estatua ecuestre en Rubio, su pueblo natal, era un megalómano político. Cuando mandaba, era difícil imaginar que pudiera ser superado en este rasgo. (Sólo sabemos de Guzmán Blanco a distancia, por intermedio de los historiadores). Pero ha sido rebasado con creces. La glorificación que Chávez hace de sí mismo y de sus crímenes se propone con descaro y desmesura. Lo que propone a la Nación, con sus desfiles y su “orden” del 4 de febrero, es que definitivamente abrace el abuso y la violencia como guías morales.
Pero él no es suficientemente bravo para debatir a campo abierto con quien quiera contradecirlo. Durante la campaña electoral de 1998, Roberto Coimbra, máximo ejecutivo de la agencia publicitaria J. Walter Thompson, organizó desayunos-tertulia con algunos de los candidatos presidenciales de ese año. Por alguna razón desconocida para mí, fui invitado al que tuvo como expositor a Hugo Chávez Frías. Después de agotar su verborrea—en aquella época no era tan aguda—los circunstantes pudimos intervenir y preguntar. Usé mi turno para declarar que, en mi opinión, lo que Chávez presentaba como gesta épica, el 4 de febrero de 1992, había sido un acto abusivo y criminal. Ante mis argumentos no atinó a producir una respuesta directa, limitándose a evadir el punto y declarar que podríamos debatir sobre eso en una oportunidad “más propicia”. En efecto, al concluir el acto se me acercó preocupado, en compañía de su edecán de entonces, William Izarra. Vino a indicarme que estaba interesado en conversar conmigo, y a pesar de que le dije frontalmente, rayano en la descortesía, que si continuaba en su empeño de glorificar la fecha no veía que tuviéramos diálogo posible, pidió una tarjeta a Izarra con el número de su teléfono celular para entregármela. De eso hace ya casi nueve años, y nuestra red telefónica, que ahora quiere estatizar, no estaba tan desarrollada. El número era más corto que los de ahora. Nunca llamé, pero lo guardo. Era el 014-377543.
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