FS #130 – Sabía de petróleo

Fichero

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El notable economista mexicano Víctor Urquidi, fallecido en 2004, viene con sus palabras a esta breve Ficha Semanal #130 de doctorpolítico. Se trata de su prólogo a Venezuela’s Oil, una colección, publicada en inglés, de artículos y discursos de Rómulo Betancourt—junto con otros documentos—sobre lo que fuera el tema de su vida: el petróleo venezolano. El libro fue publicado en Londres en 1978 por George Allen & Unwin, con traducción al inglés de Donald Peck.

El prólogo de Urquidi ofrece un esquema sucinto del problema: el asunto se contrae a la lucha por el control nacional de la riqueza petrolera venezolana, la que culminó con la nacionalización decretada por Carlos Andrés Pérez, miembro del partido fundado por Betancourt, en 1975. No hay en este tema, por consiguiente, mucho de nuevo bajo el sol. Hugo Chávez alberga un odio particular por las figuras de Betancourt y de Pérez, pero en realidad éstos se le adelantaron en las conquistas verdaderamente básicas.

El propio Betancourt trazó la historia de esa lucha en el discurso cuya lectura Urquidi recomienda: el que pronunciara como Senador Vitalicio el 6 de agosto de 1975, unas tres semanas antes de la firma de la ley que nacionalizaba la industria petrolera en Venezuela. Allí sumó su voto a la aprobación del Artículo 5o. de la ley, que permite la asociación del Estado con compañías extranjeras, trayendo a colación que hasta la Unión Soviética, que había “alcanzado la etapa correcta para el pragmatismo, ha suscrito acuerdos de asociación con una de las más agresivas compañías petroleras del mundo moderno, la Occidental Petroleum, controlada por el audaz Dr. Armand Hammer. Así que, si una gran potencia como la Unión Soviética esta haciendo esto, ¿por qué debiéramos preocuparnos o temer la discusión con algunas compañías, con pleno conocimiento de lo que poseemos, acerca de cuándo acumular inventarios, de cuándo renovar nuestras bastante obsoletas instalaciones refinadoras, y también de cómo empezar a explorar, no explotar, la famosa faja bituminosa del río Orinoco?”

Venezuela’s Oil fue publicado primero en español, pero ya en ese momento había llamado la atención de los ingleses. El profesor Hugh Thomas escribió una reseña del libro para The Times Literary Supplement, en la que dice: “Cinco cosas destacan en él, como en la mayoría de la prosa de Betancourt: un fuerte sentido de las palabras (libre de jerga); dedicación a la democracia; un genuino orgullo de ser venezolano y un consecuente y disciplinado resentimiento de las compañías petroleras multinacionales que, por muchos años en Venezuela como en otras partes, escamotearon al país una justa participación en las ganancias; un profesionalismo bien informado por lo que respecta a la política del petróleo; y, finalmente, una mente genuinamente cultivada, lo que es raro entre políticos y que, en el caso de Betancourt, es el fruto de años de lectura y estudio en el exilio”.

Esta ficha se ha compuesto con toda intención comparativa. Ojalá se cumpla lo previsto por Betancourt en el Senado: “…tengo fe en Venezuela, y sé que no habrá más dictaduras en Venezuela…”

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Sabía de petróleo

Venezuela es ahora dueña de su petróleo, lo que no había sido el caso por sesenta años. El 29 de agosto de 1975 el presidente Carlos Andrés Pérez puso su firma a la ley orgánica que reserva al Estado la producción y comercialización de los hidrocarburos (el instrumento legal por el que fueron nacionalizados) y, el 1o. de enero de 1976, el gobierno venezolano tomó formalmente posesión de la riqueza petrolera del país.

Uno de los patriotas venezolanos que ha figurado grandemente en la historia de la nacionalización del petróleo es Rómulo Betancourt. Dos veces Jefe de Estado, ha luchado sin cesar por preservar la autonomía del país. Comenzó la lucha en los años treinta, y no cejó o retuvo sus esfuerzos cuando estuvo en el exilio a causa de dictaduras represivas. Durante los períodos de gobierno democrático, y cuando él mismo estuvo en el poder, la campaña iniciada por Betancourt se convirtió en elemento clave de la plataforma nacionalista de su partido Acción Democrática; desde 1958, cuando fuera depuesto el régimen de Pérez Jiménez, se ha convertido en la ambición nacional sostenida por todos los grupos políticos.

Este libro consiste de una serie de artículos de Betancourt sobre el petróleo venezolano, precedido por su discurso, como senador vitalicio, en el Senado venezolano el 6 de agosto de 1975. En él el lector encontrará, no sólo la historia de una gran campaña política y económica, sino también los apasionados argumentos de un defensor del pueblo venezolano y sus justos reclamos, y los argumentos razonados de un capaz administrador del petróleo del país. Desde que las primeras compañías se establecieran a comienzos de este siglo, dos tendencias conflictivas han venido influyendo en conexión con la industria petrolera: el nacionalismo y la sumisión a las influencias externas. Betancourt narra la historia de los primeros intentos por limitar las concesiones cedidas a las compañías extranjeras, los que pronto quedaron en nada con nuevas leyes favorables a los intereses foráneos. Al regreso de su exilio en marzo de 1936, Betancourt ayudó a enfocar la atención de su país sobre el problema petrolero. El gobierno fluctuó de un lado para otro, pero este oro negro permaneció enteramente en manos del capital extranjero que disfrutaba enormes privilegios, hasta que la Junta Revolucionaria de 1945 estableció los primeros impuestos importantes a la industria por decreto. Para 1948 este gobierno había logrado el primer contrato colectivo de la industria y una nueva distribución de las ganancias del petróleo a partes iguales entre el gobierno y las compañías petroleras. Después de otro paso atrás en un período en el que fueron puestas a la venta muchas concesiones, ha habido progreso, bajo los gobiernos democráticos a partir de 1958, hacia la venezolanización del petróleo. Para 1975 se había forjado un equilibrio entre un fuerte nacionalismo y un nuevo sentido de cooperación internacional en defensa de los recursos petroleros. No debe olvidarse que la OPEP data de 1960, y que fue fundada a instancias de Venezuela.

La actual decisión de nacionalizar el petróleo es consistente con la creciente conciencia del pueblo venezolano, a pesar de la hostilidad externa en aumento, de lo que implica el hecho de que su riqueza básica está en los hidrocarburos, y cómo puede ser usada como la base principal de su desarrollo económico y social. Tan recientemente como en 1964 el Congreso de los EEUU se impuso a objeciones de la Casa Blanca y excluyó a los países de OPEP, incluidos Venezuela y Ecuador, de las concesiones tarifarias otorgadas a 120 naciones. Pero la voluntad de la nación ha prevalecido en Venezuela, y ha sido puesta en práctica de manera eficaz, de forma que ahora Venezuela es dueña de su propia riqueza y puede manejarla con el interés de sus futuras generaciones en el corazón.

Quiero llamar la atención del lector a los argumentos empleados por Rómulo Betancourt en conexión con el controversial Artículo 5 de la ley orgánica, que permite al gobierno venezolano, luego de un voto especial del Congreso, suscribir contratos de asociación con firmas privadas, por períodos limitados de tiempo y bajo el supremo control del Estado.

Dadas la escala y complejidad de la industria petrolera, Venezuela no podía darse el lujo de verse impedida y arriesgar un fracaso técnico. Los intereses básicos de la nación están en juego, y así se alcanzó una solución que asegurará la administración eficiente sin sacrificio de los derechos soberanos del país.

Los ensayos que componen este libro son una muy útil y necesaria adición al previo gran libro de Betancourt, Venezuela, Política y Petróleo, publicado por primera vez en México. (Fondo de Cultura Económica, 1956).

Estos libros dan completa cuenta de la política petrolera venezolana en años recientes, la que culmina en la nacionalización. Corresponderá a una nueva generación continuar cosechando las ganancias del petróleo, como fuera brillantemente propuesto por Betancourt y sus seguidores hace treinta años, para la sociedad toda; en la próxima década los resultados de esta política serán aun más sorprendentes de lo que son ahora. Que esta política, comenzada en México en 1938, establezca un ejemplo para el resto de América Latina.

Víctor Urquidi

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LEA #223

LEA

Dos noticias frescas provenientes del norte retratan el carácter ineficaz y pernicioso del gobierno de George W. Bush. La ineficacia queda expuesta en las declaraciones del almirante William Fallon al Comité de Defensa del Senado de los Estados Unidos. El candidato a comandar las fuerzas norteamericanas en Irak dijo el martes que la estrategia de los Estados Unidos en ese país no estaba funcionando, y que quedaba “poco tiempo” para modificar tal situación mediante un cambio de enfoque. Curándose en salud mientras procuraba el puesto, aseguró: “No hay garantías de éxito, pero pueden contar con mi mayor esfuerzo».

La otra noticia es más ominosa todavía. Esta vez el escenario es el de la cámara baja del congreso estadounidense. La Unión de Científicos Preocupados (Union of Concerned Scientists), un grupo de vigilancia cívica muy sofisticado, llevó al Comité de Supervisión y Reforma del Gobierno de la Cámara de Representantes los hallazgos de un estudio, según el cual unos 150 climatólogos, entre 279 entrevistados, reportaron haber sido objeto de interferencia gubernamental durante los últimos cinco años. ¿El objeto? Presionar para que expresiones tales como “cambio climático” o “calentamiento global” fueran eliminadas de comunicaciones científicas sobre el clima mundial. El informe habla de 435 incidentes de esta naturaleza.

El comité pudo escuchar el testimonio de Rick Piltz, un científico que estuvo al servicio del gobierno y renunció a su cargo en el año 2005, a raíz de que recibiera presiones para que amortiguara la presentación de datos sobre el calentamiento global. Su jefe, Phil Cooney, funcionario del Consejo sobre Calidad Ambiental de la Casa Blanca, quien fuera el que ejerciera presión sobre él, terminó empleándose en ExxonMobil al año siguiente. Dijo Piltz: “Su edición de los reportes de programas, que habían sido preparados y aprobados por gerentes de ciencia de carrera, tuvieron el efecto acumulado de añadir un énfasis de incertidumbre acerca del calentamiento global, minimizando sus probables consecuencias”.

Esta postura del gobierno de Bush, mantenida y reiterada, entrará en colisión con el informe que se espera sea presentado mañana desde París. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas reportará que la influencia humana sobre el cambio del clima es no sólo muy real, sino de una muy seria gravedad. El borrador del reporte, basado en investigaciones de más de 2.500 científicos de casi 130 países, que Bush no ha podido acallar, indica que hay una probabilidad de 90% de que la actividad humana haya sido la causa del calentamiento planetario en los últimos 50 años. También estima que ese calentamiento causará problemas de escasez de agua a una población de entre 1.100 y 3.200 millones de personas, y un contingente adicional de entre 200 y 600 millones sufrirá hambre. Entre otras predicciones, los científicos anticipan la pérdida total de las regiones “alpinas” australianas y un posible colapso del sistema selvático amazónico. Pero el Tío Sam pretende tapar el sol con su gordo dedo.

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CS #223 – Política elemental

Cartas

Fue bajo el Secretario de Defensa de John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, el genio ejecutivo Robert Strange McNamara, que se introdujera el concepto de “presupuesto de base cero” (zero-base budgeting) al seno de la administración pública de los Estados Unidos. Formaba parte de un conjunto de métodos para la planificación y la toma de decisiones que Charles Hitch, el Contralor del Departamento de Defensa, instauró bajo instrucciones de McNamara. (PPBS, Programming, Planning and Budgeting System. Johnson ordenó su extensión al resto de la administración federal). Era algo así como lo siguiente: el comandante de la Sexta Flota llegaba al Departamento de Defensa para entrevistarse con el jefe, a quien decía como estaba acostumbrado: “Señor Secretario: he aquí el presupuesto de la Sexta Flota para 1961. El incremento respecto del año anterior es de sólo siete por ciento. Permítame explicar esa diferencia”. Pero McNamara interrumpía y contestaba: “No, Almirante. Lo que necesito que me explique en su integridad es todo el gasto de la Sexta Flota. Quiero que me lo justifique por entero, desde cero. Podemos empezar por esto: ¿para qué se necesita la Sexta Flota? ¿No podríamos obtener lo que ella logra con algo distinto y mejor?”

Zero-base. Back to basics. Square one. El ABC, la cartilla. Por ese procedimiento, McNamara forzaba a toda unidad significativa del aparato militar estadounidense a reflexionar sobre su propia existencia. Y ésa es la misma pregunta que la Nación debe hacerle a la política. Inocentemente, frescamente ¿para qué es necesaria la política?

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Los humanos sólo hacemos ciertas cosas bien en enjambre. La mayoría de las veces, además, ni siquiera actuamos en enjambre, sino individualmente o en pequeños grupos. Resolvemos la mayoría de nuestras necesidades de ese modo. Así ganamos nuestro pan, así compramos, así aprendemos y jugamos, así amamos y odiamos. Pero hay cosas que la transacción civil no alcanza a cubrir. El más perfecto de los códigos civiles concebibles no puede acomodar los procesos públicos, los que son indigeribles a base de transacciones privadas. Ése es el reino de los problemas públicos, y es por ellos que tendríamos que permitir la existencia a la política. Ninguna política se justifica si no es capaz de mostrar que puede resolver esos problemas al menor costo humano.

Porque existen los problemas públicos se justifica el Estado. Si no los tuviéramos no necesitaríamos al Estado. Y si el Estado, si sus distintas instituciones no sólo no resuelven los problemas de carácter público, sino que encima los agravan, debemos cambiar ese Estado. Pero este derecho es del enjambre, de la Nación, de la ciudadanía, del Poder Constituyente Originario, del Poder Público Primario, no de un hombre que se confunda con el Estado.

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Todo paciente tiene derecho al mejor tratamiento posible, dilucidado con los criterios más confiables. No hay más confiables criterios que los científicos. La medicina se justifica porque administra al paciente lo mejor que la ciencia puede ofrecer.

Las naciones tienen el derecho de exigir a sus políticos que lo que se propongan imponer sea lo mejor según criterio lo más científico posible. No lo más ideológico posible. El arte de la política debe ser hoy en día, luego de lo que se ha aprendido en materia de creación y aplicación de políticas, de raíz científica, no ideológica. La ideología debe ser suplantada por la metodología. Ningún político serio podría exigir a estas alturas de la civilización planetaria poderes sobre bases ideológicas, mucho menos únicas, puesto que las ideologías son presuntas curaciones de los males públicos que no son diferentes de “la medicina del siglo dieciocho, cuando los doctores aplicaban sanguijuelas para extraer sangre de los pacientes, a menudo matándolos en el proceso”. (Jeffrey Sachs).

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La política no es una ciencia, por más que finque sus cimientos en la ciencia. Es un arte, una profesión, un oficio, un métier, como la medicina no es una ciencia, aunque haya ciencias médicas, como las hay políticas. Por esta razón hay un estado del arte de la política, su state of the art. Éste cambia y crece, con la creatividad humana. Los protocolos de ataque a la pobreza no son los mismos después de que Muhammad Yufus, el economista de Bangladesh que fundó y ha dirigido el Banco Grameen—y que recibió por eso el Nobel de la Paz—introdujera los programas crediticios que han significado el abandono de la pobreza para millones de personas desatendidas por la banca convencional, especialmente mujeres. La política no es una ciencia, mucho menos una ciencia deductiva, una geometría. (“Una nueva geometría del poder”). La política no se deduce, sino que se inventa. Y una ideología es la pretensión falaz de proveer axiomas sobre la sociedad y la historia, de los que pueda la política deducirse. La noción del valor terapéutico de las ideologías es tan inoperante y obsoleta como la doctrina de los miasmas de la medicina precientífica.

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El mejor médico, aun ante alguien estudiado en sucesión en Boloña, la Sorbona y Yale, es el propio cuerpo humano. No hay terapia tan fina y tan poderosa como la que provee el sistema inmunológico natural. Por esto el más consciente de los médicos confía en la sabiduría fisiológica. Del mismo modo el político debe ser modesto, percatado de que el cuerpo social en su conjunto, así sea el del país más pobre y atrasado, es más sabio que él. No es un buen político quien se pretende inerrante. Menos aún cuando se cree moralmente superior a sus congéneres, o a algún grupo social. La peor de las políticas es la moralizante, como la de McCarthy, Robespierre o Torquemada, que se sintieron autorizados a condenar. El buen médico emite dictámenes, sujetos a mejora, no juicios finales.

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El médico no es el jefe del paciente. En Argentina se acepta, incorrectamente, que se diga Presidencia de la Nación. El presidente de una república moderna no debe ser aceptado como jefe del país, mucho menos su dueño. Lo que debiera presidir es la rama ejecutiva del poder público constituido, nada más. No debe legislar, no debe juzgar, no debe condenar. No puede decirle a todo un país que le obedezca. Quien decide si acepta el tratamiento que el mejor médico le propone es el paciente. Sólo de él es ese derecho. Sólo en una emergencia, y cuando el paciente se encuentre sin conciencia, estará el médico autorizado a intervenir sin su consentimiento. La Venezuela paciente no ha perdido todavía la conciencia.

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No se legitiman los tratamientos que un médico prescribe porque sea gigantesco o extraordinariamente fuerte, ni porque sea el médico que primero vio al paciente, ni tampoco porque algunos de sus colegas sean gente indeseable. Lo único que puede legitimarlos es que sean eficaces a bajo costo, y es el deber de un médico, como el de un político, explicar claramente los costos y beneficios de una prescripción. El médico, el político, no están obligados con una doctrina, sino con la salud del paciente, de la sociedad, y con la verdad.

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Las nociones precedentes, propias de una medicina política, son de fácil aceptación y comprensión popular, que intuitivamente las sabe verdaderas. Se oponen, naturalmente, a las de una política precientífica, ocupada principalmente del acceso al poder. A la larga, son las únicas que pueden sustituir el paradigma de la Realpolitik, la política de poder, que es la que prevalece. Son las únicas que más temprano que tarde la superarán, puesto que no puede detenerse el mayor estado de conciencia de la humanidad.

El ya clásico texto de John Vásquez, The power of power politics (1983), destaca la crisis de ineficacia explicativa y predictiva del paradigma que concibe a la actividad política como proceso de adquisición, intercambio y aumento del poder detentado por un sujeto de cualquier escala (individuo, corporación, estado). Aun cuando su investigación se centra sobre la inadecuación de esa visión en el campo académico de las ciencias políticas, este fenómeno tiene su correspondencia en el campo de la política práctica. (A fin de cuentas, lo que la baja capacidad predictiva de ese paradigma significa es que en la práctica política el estilo de la Realpolitik parece, al menos, haber entrado en una fase de rendimientos decrecientes).

Una de las razones para esta situación de crisis del paradigma del poder por el poder, puede ser encontrada en la informatización acelerada del planeta y sus consecuencias. La Realpolitik ha necesitado siempre del secreto para garantizar su eficacia. Pero en los últimos tiempos hemos sido testigos del descubrimiento y exposición pública de los más elaborados planes de ocultamiento político. Un caso particularmente notable fue el del financiamiento de la Administración Reagan a los «contras» en Nicaragua. Un complicadísimo y retorcido esquema de ocultamiento, que involucraba a insospechables aliados momentáneos (Irán, que para los efectos de relaciones públicas era enemigo de los Estados Unidos), resultó ser imposible de ocultar.

Por esto es que el glasnost, la política de «transparencia» declarada por Gorbachov en la antigua Unión Soviética, más que un deseo inspirado en valores éticos, era una necesidad. Ante el asedio de los medios de comunicación, que se ha unido a las previsibles acciones de los adversarios políticos que intentan descifrar las intenciones del contrario, el actor político de hoy se ve forzado, cada vez más, a determinar sus planes suponiendo que van a ser, a la postre, conocidos públicamente. La política de hoy tiende a parecerse cada vez más a un juego de ajedrez, en el que cada oponente posee información completa acerca de la cantidad, calidad y ubicación de las piezas del contendiente.

Una política de poder puro, de imposición, de pretendida inerrancia, moralista, por más que a corto plazo pueda dominar, tiene sus días contados, porque la humanidad, a pesar de sus tropiezos y desmanes, siempre aprende, y a la larga da cabida a la racionalidad.

Son éstas las cosas que deben ser enseñadas a los Electores, puesto que es su sabiduría política lo más importante. Neil Postman y Charles Weingartner sostenían en La enseñanza como actividad subversiva (1969), que una de las tareas fundamentales de la educación era proporcionar a los educandos un “detector de porquería” (crap detector). El estudiante debía aprender a distinguir entre un discurso válido y con sentido, y uno construido con falsedad. Así el paciente racional debe preferir la medicina científica a cacareadas “medicinas sistémicas” o “alternativas”, independientemente de la propaganda televisada que nuestros canales de televisión admitan. Así debe el ciudadano preferir, más bien exigir, una política científica, y rechazar la payasada que en estos días busca imponérsenos. Suena a “científica”, porque una astucia terminológica la vende con imágenes de mecánica automotriz. No hay nada más inadecuado que la metáfora mecánica para la referencia social. Nada más burdo que el símil de unos “motores”, nada más inexacto. La política eficaz y responsable es postmecánica.

El primer deber del político es el de educar al pueblo, para que sea cada vez más autónomo, menos tutelado, políticamente. (Claro que entonces él mismo debe ser educado en la verdad política). Así que recordaremos a John Stuart Mill y Bárbara Tuchman. Dice ésta en conjetura profundamente democrática: «El problema pudiera ser no tanto un asunto de educar funcionarios para el gobierno como de educar al electorado a reconocer y premiar la integridad de carácter y a rechazar lo artificial».

Dice Mill: “Si nos preguntamos qué es lo que causa y condiciona el buen gobierno en todos sus sentidos, desde el más humilde hasta el más exaltado, encontraremos que la causa principal entre todas, aquella que trasciende a todas las demás, no es otra cosa que las cualidades de los seres humanos que componen la sociedad sobre la que el gobierno es ejercido… Siendo, por tanto, el primer elemento del buen gobierno la virtud y la inteligencia de los seres humanos que componen la comunidad, el punto de excelencia más importante que cualquier forma de gobierno puede poseer es promover la virtud y la inteligencia del pueblo mismo… Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan”.

Pero también advierte: “Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad, y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho”. LEA

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FS #129 – Populismo togado

Fichero

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El sociólogo venezolano Orlando Albornoz, profesor de larga y fructífera trayectoria en la Universidad Central de Venezuela, escribió una obra dedicada al examen de lo que él denomina «populismo académico», que es la postura del régimen chavista ante la educación superior. Para buscar mayor resonancia, Albornoz escribió la obra, en dos tomos, en idioma inglés. Academic Populism: Higher education policies under State control fue publicada en 2005 por la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UCV, en asociación con Bibliotechnology C. A. En ella hace Albornoz la disección del problema de una universidad asediada por primitivos y equivocados planteamientos revolucionarios. El primer tomo desentierra «Las raíces del populismo académico»; el segundo describe al «Populismo académico en progreso: El caso venezolano».

La Ficha Semanal #129 de doctorpolítico traduce la sección final del capítulo 12—Educación superior en 2004: educación superior para todos—del primer volumen. En estos trozos el sociólogo confronta la ingenua idea igualitarista, cargada de emocionalidad pero desprovista de todo soporte científico, y recuerda el experimento peronista que sirve de fuente al chavista.

Al término del capítulo mencionado, una nota al pie remite a la conferencia dictada por Juan Domingo Perón en 1949, ante el I Congreso Nacional de Filosofía de Argentina, obviamente escrita para él por algún amanuense anónimo, para exhibir una cultura que Perón no tenía y con la cual quería lucirse ante los profesores nacionales y extranjeros asistentes. Si bien ciertas formas exteriores del peronismo y el chavismo son similares, las analogías llegan a su término en cuanto a la apreciación sobre el marxismo. Así leyó Perón en la ocasión mencionada:

Todavía Fichte crea un amplio espacio donde el individuo, subordinado al todo social, puede realizarse. Hegel convertirá en Dios al Estado. La vida ideal y el mundo espiritual que halló abandonados los recogió para sacrificarlos a la Providencia estatal, convertida en serie de absolutos. De esta concepción filosófica derivará la traslación posterior: el materialismo conducirá al marxismo, y el idealismo, que ya no acentúa sobre el hombre, será en los sucesores y en los intérpretes de Hegel, la deificación del Estado ideal con su consecuencia necesaria, la insectificación del individuo. El individuo está sometido en éstos a un destino histórico a través del Estado, al que pertenece. Los marxistas lo convertirán a su vez en una pieza, sin paisajes ni techo celeste, de una comunidad tiranizada donde todo ha desaparecido bajo la mampostería. Lo que en ambas formas se hace patente es la anulación del hombre como tal, su desaparición progresiva frente al aparato externo del progreso, el Estado fáustico o la comunidad mecanizada.

Frente a Chávez, hasta el mismísimo Perón se hubiera rasgado las vestiduras. LEA

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Populismo togado

Las sociedades están organizadas como un cuerpo asincrónico, y lo mejor que podemos hacer es compensar algunas de las variables que afectan la desigualdad con el fin de lograr cierta igualdad democrática y justa. Pero alguna gente se aprovechará de las oportunidades y otra no, y esto, tarde o temprano, enfatizará diferencias sociales que no pueden ser evitadas. Es inútil tratar de hacer a las sociedades homogéneas, puesto que las sociedades están compuestas de individuos y éstos nunca obedecen reglas que se les imponen externamente sobre lo que sería interesante llamar “natural”, sin importar cuál sea la red de su ambiente social. La búsqueda de igualdad puede conducir a grandes injusticias cuando quiera que sus políticas estén concebidas incorrectamente y sean emprendidas para acomodar metas políticas e ideológicas de corto plazo. Éste es otro ejemplo de cómo el populismo académico puede trabajar en contra de los mejores deseos y los más nobles ideales. La desigualdad, como la pobreza, no es cualquier enfermedad endémica que pueda eliminarse de una vez y para siempre, con la administración de la medicina adecuada. La una y la otra son variables de muy compleja naturaleza, y su manejo requiere cuidado y compasión. Del mismo modo, estos argumentos, empleados en nombre de alguna revolución disponible, sólo servirán propósitos perversos y serán la causa de tristeza y frustraciones.Ningún venezolano que conozca los déficit sociales de esta sociedad negará que hay desigualdades salvajes—el término está tomado del libro de Jonathan Kozol (1991) Savage inequalities, children in America’s schools, New York: Crown Publishers—que son no sólo no equitativas sino injustas. También son obstáculos para el desarrollo, cualquiera sea el modelo que se escoja para ese objetivo. En desesperación, las sociedades toman a veces el camino equivocado al efecto de un deterioro incrementado de tales problemas y la creación de otros nuevos. Esto pudiera ser el efecto de la revolución venezolana, que tratando de hacer bien sólo ha logrado empeorar las cosas y aumentar el costo de la recuperación. La indignación moral no es suficiente para mejorar la calidad de vida en una sociedad dada. Para hacer ese bien se requiere políticas públicas probadas que son el resultado de cuidadoso análisis; de otra forma las improvisaciones y la toma de decisiones arbitraria producirán sólo efectos negativos. Muchas de las decisiones de la revolución parecen ser hechas al calor de una aproximación emocional y sentimental a la solución de problemas. Por otro lado, aun cuando algunas de esas decisiones parecen haber sido tomadas sin racionalización aparente, la revolución ha sido muy persistente en la búsqueda de sus fines. Se trata de un objetivo muy simple: tomar por completo el poder de la sociedad para cambiar el modelo de la “sociedad capitalista neoliberal” al modelo de la “nueva sociedad revolucionaria”. Debe emplear la estrategia de dos pistas para el desarrollo político: establecer “lo nuevo” junto a “lo viejo” hasta que “lo nuevo” ocupe todo el espacio y “lo viejo” se desvanezca y desaparezca. Según la lógica de la revolución, el poder debe ser retenido a toda costa. Ésta puede ser la tragedia que se cultiva en Venezuela, una sociedad secuestrada por alguna gente con la peregrina idea de que el poder puede ser retenido indefinidamente por algunos en nombre del conjunto. Esto se llama dictadura y/o totalitarismo, y como tal es una perspectiva muy desagradable para una sociedad al comienzo del siglo XXI. Muchos venezolanos sienten que la democracia debiera prevalecer.

Los fundamentos ideológicos de la revolución son engañosos en cuanto a la condición humana. Es razonable creer que todos los hombres son iguales ante la ley. Pero afirmar que todos tienen las mismas capacidades cognitivas para aprender, y los mismos niveles de interés, motivación y expectativas de logro es totalmente equivocado, científicamente hablando. Hay diferencias individuales que no pueden ser fácilmente cambiadas por la intervención del gobierno. Los hallazgos científicos acumulados en los últimos cincuenta años han demostrado que las diferencias en inteligencia, por ejemplo, son intratables, y que la capacidad intelectual promedio de varios grupos socioeconómicos y étnicos es diferente; y en caso de tratar de modificar tal cosa el procedimiento está lleno de complejidades. No es suficiente proponer la justicia y la equitatividad como instrumento de cambio. Gente sin información puede ser fácilmente llevada a creer que la inteligencia puede ser mejorada. Esto fue una política de Estado en Venezuela, cuando un gobierno trató infructuosamente de mejorar los niveles de inteligencia social de la población. Se aseguró a la gente que un cierto número de años este país estaría entre los pueblos más inteligentes del mundo, y que los Premios Nóbel lloverían sobre Venezuela por docenas. Todos estos propósitos se demostraron equivocados. Pero en vez de aprender de la experiencia, el actual régimen está prometiendo a todos los venezolanos una escolaridad hasta el nivel de postgrados. Ésta es una proposición cruel, inmoral e injusta. Una sociedad que ha sido incapaz de ofrecer escolaridad a todos los niños en un sistema formal, difícilmente pueda adiestrarlos a todos al nivel de postgrado. Los regímenes están acostumbrados a desarrollar una capacidad inagotable para ofrecer lo imposible y manipular esperanzas. La revolución venezolana ha aplicado el mecanismo de la propaganda política para vender su imaginario ideológico, y la impresión es que ha tenido éxito. Los venezolanos más pobres y menos educados pueden estar más dispuestos a creer que la felicidad está a su alcance, y que muy pronto todos tendrán los beneficios de la educación, el empleo y la vivienda, y que todos serán libres de la pobreza y la inseguridad social. Los incansables líderes de la revolución son visibles en los medios masivos con ideas articuladas que promueven la ilusión. Obviamente, tal como ocurre, los fondos estatales para este esfuerzo propagandístico se consiguen fácilmente, y se emplea estrategias comunicacionales hábiles y profesionales a este efecto.

Como se sabe, el populismo es ilimitado en sus proposiciones. El catálogo de promesas hechas por el prototipo de todo populismo, el régimen de Juan Domingo Perón en Argentina, es legendario. Su programa político, que llamaba una tercera posición entre el capitalismo y el comunismo, era fuertemente nacionalista, anti-imperialista y anti-Estados Unidos. Estaba basado en una rápida industrialización y la autosuficiencia económica. En el poder, Perón se hizo cada vez más autoritario: los oponentes eran encarcelados, la prensa acallada o cerrada, y la educación estrictamente controlada. Con ayuda de su popular esposa, Eva Duarte, convirtió a los sindicatos en una organización militante conocida como los descamisados según líneas fascistas. A esto se llama la lógica de algunos regímenes populistas; están destinados a suprimir la libertad como parte del paquete. No hay necesidad de establecer falsas comparaciones entre las situaciones argentina y venezolana, sin embargo, es importante observar que ambos regímenes han tenido el apoyo del Ejército, y en estos casos, y quizás a causa de la naturaleza anti-intelectual del Ejército, han chocado contra la vida y la fuerza académicas, que siempre prevalecen. Una de las tempranas influencias ideológicas sobre los líderes de la revolución venezolana viene de Perón, aunque hasta ahora no ha sido tomada ninguna de las acciones violentas de los líderes argentinos. De hecho, “la revolución bonita” navega a puerto a pesar de los muchos obstáculos puestos por la oposición, de los que el régimen se ha aprovechado. Todavía está por verse si la revolución venezolana tomará alguna vez el camino emprendido por Perón.

Orlando Albornoz

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LEA #222

LEA

George W. Bush escogió cuidadosamente decir en su mensaje del martes sobre el “Estado de la Unión”: “No podemos fracasar en Irak”. Dos cosas son notables en tan escueto lema. Primera, el empleo del plural de la primera persona, cuando la invasión de Irak es de él, no del Congreso al que hablaba, mucho menos del 70% de los estadounidenses que ahora rechaza ésa, su guerra. (Encuesta del Washington Post y ABC News justo antes del discurso de anteayer). Es en él en quien no se confía: el público prefiere (60%) que el Congreso demócrata resuelva el conflicto a que lo maneje Bush (33%). Sesenta y cinco por ciento está opuesto al envío de más tropas a Irak, la última ocurrencia del Presidente de los Estados Unidos. (El Brujo, o más bien el Estadista, de Los Palos Grandes recuerda que mientras Nixon negociaba la salida de Viet Nam, ordenaba el recrudecimiento de los bombardeos, para poder acusar de traidores a los demócratas que le negaban apoyo). El 71% de los encuestados considera que los Estados Unidos están seriamente fuera de curso. Es ése el verdadero estado de la unión.

La segunda particularidad del eslogan propuesto por Bush es que, increíblemente, no percibe que ya él ha fracasado en Irak. Invadió al país sobre la base de dos supuestos rotundamente desmentidos por la realidad: que el régimen de Hussein almacenaba armas de destrucción masiva y que actuaba de consuno con al Quaeda. Al verificarse la inexistencia de ambas cosas Bush resbaló su justificación para replantearla como la meta de traer la democracia y la estabilidad, no sólo a Irak, sino a todo el convulsionado Cercano Oriente. Pero ahora sunnis y shiítas se aprestan a agarrarse por los moños en toda el área, y no hay signos de que el democrático gobierno iraquí, bushdependiente, pueda estabilizar su país sin la presencia de las fuerzas de ocupación.

No es que no se puede fracasar en Irak; es que ya se fracasó. Bush hijo ha fracasado como presidente. Esto es algo que ya sabe la ciudadanía norteamericana, y la sabiduría institucional de los Estados Unidos, con independencia de poderes que ya quisiéramos acá, está respondiendo a esa conciencia. Tan sólo un senador republicano salió en defensa de la política de Bush en Irak. El resto del Congreso, demócratas y republicanos por igual, ha hecho saber con rapidez que las “correcciones” de Bush a su demencial política son decididamente insuficientes.

Bush disfruta todavía de 33% de aprobación, su punto más bajo desde que alcanzó el poder en 2001. Rememora The Washington Post: “Sólo dos presidentes han tenido índices de aprobación más bajos en vísperas de un discurso sobre el Estado de la Unión. Richard Nixon estaba en 26 por ciento en 1974, siete meses antes de que renunciara por el escándalo de Watergate. Harry S. Truman estaba en 23 por ciento en enero de 1952, empujado por la desaprobación pública del conflicto coreano y su despido del general Douglas MacArthur”.

A la postre, las guerras en las que los Estados Unidos se han metido después de 1945 terminan siendo rechazadas por su pueblo: Corea, Viet Nam, Irak. Esta última debe cesar ya: es un horrible y sangriento e injustificable e insostenible fracaso. Como debe cesar, pues no tiene compón, la presidencia de Bush. Para eso los Estados Unidos tienen el procedimiento de impeachment. ¿Qué otra cosa decidir para neutralizar a quien es responsable del repudio más generalizado que ese país haya tenido nunca?

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