por Luis Enrique Alcalá | Mar 15, 2007 | LEA, Política |

Nadie ignora que el periódico londinense Financial Times no es, precisamente, de inclinación izquierdista. Por esto tiene particular peso uno de sus trabajos «en profundidad», suscrito por Carola Hoyos bajo el título Las nuevas Siete Hermanas: gigantes de petróleo y gas empequeñecen a sus rivales occidentales.
Como recuerda la propia autora, el cognomento de «las Siete Hermanas» fue inventado por Enrico Mattei, el líder del Ente Nazionale Idrocarburi (ENI) que falleciera en un accidente de aviación que se afirma fue provocado para sacarlo del juego. La expresión designaba un cartel de petroleras privadas norteamericanas y europeas—Standard Oil de Nueva Jersey (luego Exxon, hoy ExxonMobil), Standard Oil de Nueva York (Mobil, hoy fusionada con Exxon), Standard Oil de California (Chevron, que se uniría con Texaco), Texaco (dicho), Royal Dutch Shell, Anglo-Persian Oil Company (APOC, luego British Petroleum, hoy BP después de haber absorbido Amoco, la antigua Standard Oil de Indiana) y Gulf (más tarde desmembrada entre Chevron, BP y Cumberland Farms). Estas compañías controlaron por décadas el negocio petrolero mundial en la etapa que siguió al desmembramiento de la holding original de John D. Rockefeller, la Standard Oil, que a comienzos del siglo XX manejaba más del 80% de la producción petrolera mundial.
Hoyos reporta que ese dominio es claramente del pasado. Las nueve Siete Hermanas son ahora Aramco (Arabia Saudita), Gazprom (Rusia), CNPC (China), NIOC (Irán), PDVSA (Venezuela), Petrobras (Brasil) y Petronas (Malasia). Son empresas estatales que dominan casi la tercera parte de la producción mundial de petróleo y gas, y controlan más de la tercera parte de las reservas del planeta. Las viejas hermanas están reducidas ahora a 10 por ciento de la producción y el 3 por ciento de las reservas.
Entre otras cosas, el trabajo de Hoyos registra una nueva ola de agresividad de parte de estas compañías estatales. No es, pues, únicamente PDVSA la que arrebatará el control mayoritario de la inversión en las empresas que operan en la faja del Orinoco. Gazprom, por ejemplo, no ha ocultado su pretensión de despojar a BP del control del campo gasífero de Kovyta, uno de los principales activos de la compañía inglesa en Rusia.
Dice el nutrido artículo: «La renuencia de los gobiernos a la reinversión de los recientes ingresos extraordinarios de sus compañías petroleras nacionales en la propia industria, yace en la base de muchas de las preocupaciones acerca de los futuros suministros. En vez de reinvertir, esos gobiernos emplean los fondos para iniciativas sociales o los desperdician». Y toma nota específica de Venezuela, al señalar: «El presidente Hugo Chávez, de Venezuela, gasta dos tercios del presupuesto de PDVSA en sus programas sociales populistas, y envió en esa dirección casi 7 mil millones de dólares para 2005, comparados con los 77 millones de dólares gastados en 1997 por el gobierno anterior, según un estudio de la Universidad Rice».
El futuro pertenece a estas compañías. Según la Agencia Internacional de Energía, el 90 por ciento de los nuevos suministros provendrá, por los próximos cuarenta años, de países en desarrollo. La chequera de Chávez parece interminable.
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 15, 2007 | Cartas, Política |

La semana pasada se registraba acá la siguiente opinión: “Son los mismos medios de comunicación de los Estados Unidos los que presentan el próximo viaje de George Bush, a varios países latinoamericanos, como un intento por contrarrestar la influencia de Chávez en la región. No hay un solo artículo sobre el proyectado periplo que no mencione a Hugo Chávez, y si el Presidente de los Estados Unidos debe, en esta última y agónica etapa de su equivocado gobierno, enrumbarse hacia un continente al que ha descuidado por completo durante siete años, porque estaría en los intereses de su país entorpecer la agenda del gobierno de Venezuela, tan sólo eso ya le da a Chávez un cartel de matador que el novillero Rosales no puede reivindicar”.
Ya antes, para fines de 2005, la generosa hospitalidad editorial de Don Fausto Masó permitió al suscrito cohabitar con otros autores, principalmente con el inteligente periodista Pedro Pablo Peñaloza, el espacio textual de un libro editado por su sello, Libros Marcados. Este libro se llamó “Chávez es derrotable”. Al comienzo de mis planteamientos en esa oportunidad, y luego de un conciso inventario de la cantidad de poder real acumulada por Hugo Chávez ya para ese entonces, comenté que éste había “adquirido una estatura mundial que, independientemente de su corrección, es superior a la de cualquier candidato emergido o emergente y a la de cualquier otro presidente venezolano de la historia, en verdad segunda sólo tras la de Bolívar”.
Ahora que han concluido la gira de Bush y la contragira de Chávez, es bueno formarse una idea de los resultados de ambas odiseas. Sintéticamente puede afirmarse que el viaje de Bush, con el que buscó enmendar siete años de indiferencia hacia América Latina, fue un fracaso desde el punto de vista de sus objetivos, pero que tal cosa no se debe en absoluto al marcaje que Chávez le impuso a distancia al seguirlo por todo el continente como piquetero trashumante. Bush no necesitó de la ayuda de Chávez para fracasar; pudo hacerlo muy bien él solo.
Esto es así, esencialmente, porque ya la imagen de Bush está muy claramente formada, en América Latina como en el resto del mundo. Bush tiene cada vez menos aliados. A estas alturas quizás sólo cuente con la admiración de Tony Blair, de salida como el norteamericano, quien escribe en el número más reciente de Foreign Affairs que ahora hay en el mundo una lucha de valores, y que los valores “correctos” se verán comprometidos en una larga contienda contra los valores “incorrectos”—léase, principalmente, los del Islam—bajo la guía y dirección de los Estados Unidos. Explícitamente, pues, es Blair el único jefe de Estado que propugna esa subordinación; ni siquiera Uribe Vélez, receptor de la más grande ayuda internacional de los Estados Unidos tras la que éstos envían al Oriente Próximo, afirmaría una cosa así.
De modo que, ya antes de emprender su moroso viaje hacia el sur, Bush era percibido como uno de los más funestos presidentes de la historia de su país, y esta evaluación, en la que coincide la mayoría de la opinión estadounidense, no podía aspirar a ser cambiada fundamentalmente con un vuelo rasante por un número de países latinoamericanos cuidadosamente escogidos por el Departamento de Estado.
Una muestra de la prensa mundial confirma esta lectura. Por ejemplo, El País de Madrid anota: “La gira de George W. Bush por cinco países latinoamericanos, finalizada ayer en México, ha discurrido sin pena ni gloria. No porque sus intenciones fueran censurables o equivocadas o porque los destinos hayan sido mal elegidos. El problema del largo viaje de Bush hacia el sur es que llega demasiado tarde, cuando su presidencia se desvanece, y con muy poco que ofrecer, salvo buenas palabras, a un subcontinente que en los últimos años ha visto cómo se acrecienta su distancia con Washington y que gira electoralmente a la izquierda. No hay nuevas políticas y no hay nuevos amigos”. Y añade: “La devaluada credibilidad de EE UU en Latinoamérica necesita a estas alturas mucho más que prédicas sobre justicia social y libre comercio. El problema para Bush, que ha tenido el buen sentido de no responder a la contragira histriónica de Hugo Chávez, no es sólo que carece de una agenda consistente para responder a los grandes desafíos sociales de la región, su auténtica piedra de toque. Es que tampoco está en condiciones, al final de su presidencia y con un Congreso hostil, de satisfacer algunas de las mayores expectativas de sus amigos”.
El Mercurio de Chile resume la generalizada impresión: “La gira de seis días por América Latina del Presidente George Bush logró algunos aciertos diplomáticos, aunque no sirvió para mejorar la imagen de la superpotencia ni contrarrestar la percepción de que la región no ha recibido el trato que merecía de la Casa Blanca, de acuerdo a varios medios de la prensa continental, como el diario estadounidense The New York Times, el argentino La Nación o el brasileño O Globo”. (También en Brasil, O Folha de Sao Paulo calificó las ofertas de Bush como “paquete irrisorio).
En Montevideo, capital de uno de los países visitados por Bush, y donde estuvo más cerca de Chávez, separado de él por el estuario del Río de la Plata, el diario La República publica: “La visita del presidente Bush no tuvo repercusiones relevantes… En el séptimo año de gobierno, decide viajar a una región totalmente olvidada en sus discursos y en sus decisiones centrales. La prioridad de su política internacional es el combate al terrorismo que lo llevó a injustificadas invasiones a Afganistán e Irak que terminaron aislándolo, tanto en el plano internacional como en el ámbito nacional. Su obsesión por el combate al terrorismo le hizo perder interés en los problemas básicos del subdesarrollo, como el hambre, la pobreza, el desempleo y la marginación. De aquí el olvido sobre los problemas de nuestra región. Esta visita trata de atender este déficit, de acordarse con la pobreza, pero con propuestas inadecuadas como el libre comercio, concepción que no aplica al mantener los subsidios agrícolas, las cuotas, prohibiciones y otras formas de protección que reflejan la inexistencia del libre juego del mercado”.
¿La hipocresía denunciada por Chávez? Es en los mismos Estados Unidos donde el Chicago Tribune expone que la fanfarria de Bush acerca de una “OPEP del etanol” no llega a convertirse en sinfonía. El periódico destaca que, después de todo el cacareo, Bush indicó que no estaba sobre la mesa el punto de la eliminación del arancel de 54 centavos de dólar por galón de etanol brasileño, que impide prácticamente su penetración del mercado estadounidense. Esta barrera arancelaria, que no tiene nada de libre comercio, ha sido establecido para proteger el etanol, a partir de maíz, que se produce en el Medio Oeste de los Estados Unidos. Por si fuera poco, los productores norteamericanos—apunta el Chicago Tribune—se benefician adicionalmente de un crédito fiscal de 51 centavos de dólar por galón.
Y es que hasta el mismísimo New Herald publica un artículo de opinión en el que se lee: “La repetida aseveración del presidente Bush durante su gira a América Latina de que los Estados Unidos sienten ‘compasión’ hacia la región fue una expresión poco feliz en un momento equivocado: en varios países se la vio como un término peyorativo, que además no estaba respaldado por un compromiso financiero significativo. Según mis cuentas, Bush dijo al menos 15 veces en sus conferencias de prensa durante el viaje que los Estados Unidos son un país ‘compasivo’. Eso sonó algo extraño para muchos en la región, no sólo porque Bush se ha olvidado virtualmente de América Latina después de los ataques terroristas del 2001 y apoyó la construcción de un muro en la frontera con México, sino también porque al mismo tiempo el presidente petropopulista de Venezuela, Hugo Chávez, estaba haciendo promesas a diestra y siniestra de donar mucho más dinero que el presidente norteamericano”.
Además, como destaca el mismo articulista, los Estados Unidos son el país desarrollado que destina menos recursos a la ayuda internacional en términos proporcionales. El grupo de los 22 países más ricos del mundo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), reporta que mientras Noruega dedica 0,9% de su producto interno bruto a ayuda exterior, Francia 0,42% y España 0,26%, los Estados Unidos aportan a esta clase de ayuda únicamente el 0,16% de su PIB. La compasión gringa es algo chucuta.
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No se necesitaba, pues, que Hugo Chávez paseara por el continente como agitador común para que George Bush se fuera de él con las manos vacías. En su propio periplo, una instancia más de su actividad preferida, no sólo comprometió nuevas ayudas de varios miles de millones de dólares—tan sólo mil para Haití—sino que incurrió en los gastos directos de su costosa movilización y los relativos a la organización de las concentraciones ante las que habló. Son reales que le van a hacer falta a la República para afrontar las expectativas que ha suscitado, para pagar los ingentes volúmenes de una deuda pública interna que ha aumentado en mil por ciento en los últimos ocho años.
Esta desconexión entre el fracaso de la gira de Bush y la gira de agit prop de Chávez se hace patente, también, en los mismos observadores que criticaron sin miramientos el viaje del primero. En la nota ya citada en La República de Montevideo, cuyo autor es Alberto Couriel, se consigue la siguiente distinción: “No descartamos que entre sus objetivos [los de Bush] buscara formas de contrarrestar el accionar del presidente de Venezuela, Hugo Chávez. La elección de visitar Colombia, Brasil y México puede inscribirse, también, dentro de este objetivo. Su actitud de no nombrar a Chávez en las conferencias de prensa realizadas en Brasil y Uruguay, frente a preguntas concretas, marcan su preocupación. Mi impresión es que, en esta materia, no tuvo resultados positivos. Esto no significa que estemos de acuerdo con la actitud del presidente venezolano de participar en un acto masivo en el estadio de Ferro en el mismo momento en que Bush visitaba Uruguay. En múltiples oportunidades destacamos los aportes positivos del gobierno de Venezuela hacia el Uruguay y su actitud favorable frente a la integración latinoamericana. Pero no concordamos con su presencia en ese momento en Buenos Aires ni con el apoyo implícito del gobierno de Kirchner a la realización de ese acto”.
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 13, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
C. P. (Charles Percy) Snow (1905-1980) escribió unas cuantas novelas, como las de la serie Strangers and Brothers, que describe la política propia del mundo académico. También era el esposo de Pamela Hansford Johnson, una poetisa, dramaturga y novelista británica. Fue asimismo un agudo crítico social, muy interesado en política, preocupado especialmente de la división entre países ricos y pobres. Uno de sus mordaces aforismos—apropiada reflexión para quienes acatan obsequiosamente los caprichos de jefes autoritarios—dice: “Cuando uno piensa en la larga y lóbrega historia del hombre, uno encuentra que más crímenes horribles han sido cometidos en nombre de la obediencia que en nombre de la rebelión”.
Pero la carrera profesional de Snow fue en realidad la de científico y administrador de ciencia. Físico graduado, la Segunda Guerra Mundial le llevó a involucrarse en la política científica inglesa. Para la época del gobierno laborista de Harold Wilson llegó a ser el segundo en el Ministerio de Tecnología.
En 1959 Snow dictó en la Universidad de Cambridge una conferencia cuyo texto llegó a convertirse rápidamente en un clásico. Fue publicada en forma de libro bajo el título The Two Cultures and the Scientific Revolution. El debate posterior le llevó a moderar algunas de sus observaciones—sin abandonar la tesis inicial—las que llevó en 1963 a un nuevo libro: Las dos culturas: una segunda mirada.
Seguramente su doble personalidad de escritor de ficción y científico le permitió la intuición del tema. C. P. Snow postulaba en la conferencia la incomunicabilidad de dos grupos distintos de intelectuales: los humanistas y los científicos. Para un científico el nombre de Knut Hamsum puede ser tan arcano como el de Subramanyan Chandrasekhar para un literato. Snow creía que este fenómeno era un grave problema, al que habría que poner remedio mediante una reforma de la educación. La Ficha Semanal #135 de doctorpolítico reproduce los párrafos más famosos de su disertación.
Probablemente los científicos sociales, adiestrados en métodos de la ciencia y cercanos por objeto al “mundo de la cultura”, estén en mejor posición de establecer la comunicación entre esos compartimientos estancos. Snow creía que el asunto es lamentable porque son los miembros de la “cultura tradicional” quienes manejan el mundo.
En nuestro patio es algo así muy notorio. Es muy raro que un científico llegue a puestos de importancia en la estructura política del país. Quienes nos han gobernado provienen, en su mayoría, de la carrera jurídica o la casta militar. José María Vargas, médico, y Rómulo Gallegos, novelista, son excepciones. Y esto significa que lo que nos ha gobernado, en verdad, es un paradigma jurídico-militar. Es un compuesto sintético basado en la creencia en que el acto político supremo es o una ley o un acto de fuerza.
En México, durante el “Porfiriato” de fines del siglo XIX, un hálito positivista llevó al presidente Díaz a probar en el gabinete a “los científicos”, imbuidos de las doctrinas de Augusto Comte. El experimento no fue muy exitoso, pero quizás más porque Porfirio Díaz era en verdad un dictador que porque la aproximación científica a la política estuviese errada. En todo caso, si es frecuente que un político haya leído, al menos, a Doña Bárbara, es muy raro que tenga idea alguna acerca del Principio de Incertidumbre. Podemos esperar que la creciente informatización del planeta producirá electores más exigentes, que no tolerarán el analfabetismo de los políticos en cosas de la ciencia.
LEA
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Las dos culturas
En un polo, la cultura científica es en realidad una cultura, no sólo en un sentido intelectual, sino en un sentido antropológico. Esto es, sus miembros no necesitan siempre entenderse—y por supuesto a menudo no lo hacen—completamente los unos a los otros; los biólogos frecuentemente tienen una idea borrosa de la física contemporánea; pero hay actitudes comunes, aproximaciones y supuestos comunes. Esto es así, sorprendentemente, de modo amplio y profundo. Pasa a través de otros patrones mentales, como los de religión, de política o de clase.
Estadísticamente, supongo que una ligera mayoría de científicos son incrédulos en términos religiosos, comparados con el resto del mundo intelectual, aunque hay bastantes que son religiosos, y éstos parecen estar aumentando entre los jóvenes. También estadísticamente, ligeramente más científicos son políticamente de izquierda aunque, de nuevo, muchos se tienen por conservadores, y también esto parece ser más común entre los jóvenes. Comparados con el resto del mundo intelectual, considerablemente más científicos en este país, y probablemente en los Estados Unidos, vienen de familias pobres. Sin embargo, en un amplio rango de pensamientos y conductas, nada de eso importa. En su trabajo, y en mucha de su vida emocional, sus actitudes están más cercanas a las de otros científicos que a las de no científicos que en religión, política o clase tengan sus mismas etiquetas. Si se me permite arriesgar alguna abreviación, diría que ellos tienen, de modo natural, el futuro en los huesos.
Puede que les guste o no, pero lo tienen. Esto era verdad de conservadores como J. J. Thomson y Lindemann como de los radicales Einstein o Blackett; tan verdadero en el cristiano A. H. Compton como en el materialista Bernal; en los aristócratas Broglie o Russell como en el proletario Faraday; en aquellos que nacieron ricos, como Merton o Víctor Rothschild, como en Rutherford, que era el hijo de un todero. Sin pensar en ello, todos respondían similarmente. Éso es lo que una cultura significa.
En el otro polo la distribución de actitudes es más amplia. Es obvio que entre ambos, a medida que nos movemos en la sociedad intelectual de los físicos a los intelectuales literarios, se encuentra toda clase de tonos de sentimiento. Pero creo que el polo de la incomprensión total acerca de la ciencia irradia su influencia a todo el resto. Esa incomprensión total ofrece, más extendidamente de lo que uno cree, viviendo en ella, un cierto aroma acientífico a toda la cultura “tradicional”, y a menudo ese aroma acientífico, mucho más que lo que queremos admitir, está a punto de hacerse anticientífico. Los sentimientos de un polo son los antisentimientos del otro. Si los científicos tienen el futuro en los huesos, entonces la cultura tradicional responde deseando que el futuro no existiera. Y es la cultura tradicional, hasta cierto punto muy poco disminuida por la emergencia de la científica, la que maneja el mundo.
Esta polarización es pura pérdida para todos nosotros. Para nosotros como pueblo, y para nuestra sociedad. Es al mismo tiempo una pérdida práctica, intelectual y creativa, y repito que es incorrecto imaginar que estas tres consideraciones son claramente distinguibles…
El grado de incomprensión a cada lado es del tipo de chiste que se ha agriado. En este país hay alrededor de cincuenta mil científicos trabajando, y alrededor de ochenta mil ingenieros profesionales o tecnólogos. Durante la guerra, y en los años posteriores, mis colegas y yo tuvimos que entrevistar a unos treinta o cuarenta mil de ellos, es decir, alrededor del 25 por ciento. El número es lo suficientemente grande como para darnos una buena muestra, aunque la mayoría de los hombres con los que hablamos tiene todavía menos de cuarenta años. Pudimos descubrir unas cuantas cosas acerca de lo que leían y pensaban. Confieso que incluso estimándoles y respetándoles, quedé algo conmovido. No esperábamos que sus vínculos con la cultura tradicional fueran tan tenues, no mucho más que un formal saludo a la bandera.
Como era de esperar, algunos de los mejores entre los científicos tenían y tienen de sobra energía e interés, y así nos encontramos con algunos que habían leído todo aquello de lo que habla la gente literaria. Pero eso es muy raro. La mayoría del resto, cuando uno intentaba sondear qué libros había leído, confesaría modestamente: “Bueno, he probado algo de Dickens”, como si Dickens fuera un escritor extraordinariamente esotérico, enredado y dudosamente remunerador. De hecho, así era exactamente como le veían: pensamos que ese hallazgo, el que Dickens hubiera sido transformado en el arquetipo de lo literariamente incomprensible, fue uno de los resultados más extraños de todo el ejercicio.
Pero, por supuesto, al leerlo, al leer casi cualquier escritor que debiéramos valorar, estaban sólo saludando a la bandera de la cultura tradicional. Ellos tienen su propia cultura, intensa, rigurosa, constantemente activa. Esta cultura contiene una gran cantidad de debate, usualmente mucho más riguroso, y casi siempre en un nivel conceptual superior al de los argumentos de las personas letradas, aun cuando los científicos emplean alegremente palabras en sentidos que las personas letradas no reconocen. Los sentidos son exactos, y cuando hablan acerca de “subjetivo”, “objetivo”, “filosofía” o “progresista”, todos saben lo que quieren decir, aunque no sea lo que uno estaría acostumbrado a esperar.
Recuerden, éstos son hombres muy inteligentes. Su cultura es de muchas maneras exigente y admirable. No contiene mucho de arte, con la excepción, una importante excepción, de la música. Intercambio verbal, argumentación insistente. Discos de larga duración. Fotografía a color. El oído, hasta cierto punto el ojo. Libros, muy pocos, aunque no muchos irían tan lejos como un héroe, quien quizás debo admitir estaba bastante más abajo en la escalera de la ciencia que aquellos de los que hablo, y quien preguntado sobre los libros que leía, respondió firme y confiadamente: “¿Libros? Yo prefiero usar mis libros como herramientas”. Era muy difícil no dar rienda suelta a la imaginación: ¿qué clase de herramienta sería un libro? ¿Quizás un martillo? ¿Un primitivo instrumento de excavar?
De libros, pues, muy poco. Y de los libros que para la mayoría de las personas letradas son pan de cada día, como novelas, historia, poesía, dramas, casi nada en absoluto. No es que no se interesen en la vida psicológica, moral o social. En la vida social ciertamente lo están, más que la mayoría de nosotros. En la moral, ellos son en gran medida el más sólido grupo de intelectuales que tenemos; hay un componente moral justo en la médula de la ciencia misma, y casi todo científico forma sus propios juicios de la vida moral. En la psicológica tienen casi tanto interés como la mayoría de nosotros, aunque ocasionalmente tengo la impresión de que le llegan más bien tarde. No es que carezcan de intereses. Es mucho más que la literatura entera de la cultura tradicional no les parece pertinente a esos intereses. Están, por supuesto, absolutamente equivocados. Como resultado, su comprensión imaginativa es menos de lo que debía ser. Se han autoempobrecido.
Pero ¿qué hay con el otro lado? También están empobrecidos, quizás más seriamente porque son más vanidosos sobre el punto. Todavía les gusta pretender que la cultura tradicional es “toda” la cultura, como si el orden natural no existiese. Como si la exploración del orden natural no fuera de interés por su valor intrínseco o sus consecuencias. Como si el edificio científico del mundo físico no fuera, en su profundidad intelectual, su complejidad y su articulación, la más hermosa y maravillosa obra colectiva de la mente del hombre. No obstante, la mayoría de quienes no son científicos no tiene idea de ese edificio en absoluto. Aun si quieren, no pueden. Es más bien como si, sobre un inmenso espectro de la experiencia intelectual, todo un grupo careciera de oído. Excepto que, en este caso, esa sordera musical no proviene de la naturaleza sino del adiestramiento o, más bien, de la falta de adiestramiento.
Como pasa a los que no tienen oído, no saben lo que se pierden. Se ríen condescendientemente de los científicos que jamás han leído una obra importante de la literatura inglesa. Los desprecian como especialistas ignorantes. Sin embargo, su propia ignorancia y su propia especialización son igualmente sorprendentes. Más de una vez he asistido a reuniones de gente que, según estándares de la cultura tradicional, es tenida por superiormente educada y que con gusto considerable expresaban su incredulidad ante la incultura de los científicos. Una o dos veces he sido provocado y preguntado a los asistentes cuántos de ellos pudieran describir la Segunda Ley de la Termodinámica. La respuesta ha sido fría; también ha sido negativa. No obstante, estaba preguntando algo que es el equivalente científico de preguntar: ¿ha leído usted una obra de Shakespeare?
Ahora creo que si hubiese hecho una pregunta aun más simple—como ¿qué entiende usted por masa, o aceleración?, que es el equivalente científico de decir ¿puede usted leer?—no más de uno de cada diez de los muy educados hubiera creído que hablábamos el mismo lenguaje. Así, el gran edificio de la física moderna crece, y la mayoría de las personas más inteligentes en el mundo occidental tienen tanta comprensión de él como sus ancestros neolíticos hubieran tenido.
C. P. Snow
por Luis Enrique Alcalá | Mar 8, 2007 | LEA, Política |

Dos mandatarios parecidísimos se dirigen hacia América del Sur: George W. Bush y Hugo R. Chávez. Ambos son fundamentalistas, aunque de signo contrario, y lo que van a exhibir en latitudes sureñas es de lo peor de la política mundial de nuestros días. Ambos son tercos y arrogantes, ambos llevan al extremo la política de poder, ambos tienen tino para la terminología, ambos están muy equivocados.
Uno, el nuestro, cree que es su obligación principal en estos momentos convertirse en director de protestas callejeras en contra del norteamericano. Así se aleja de socios respondones—Podemos, PPT—que se han negado sin ambages a la noción de un pensamiento único, y que han llegado a enmendar el eslogan “patria, socialismo o muerte” al ofrecer el lema “patria, socialismo y vida”. Más claro no canta un gallo.
Así se aleja, también, de la realidad inflacionaria que admitió le preocupaba, y que pretende tapar con la mitomanía del magnicidio y los nuevos roces con Colombia. Así deja de pensar en la enorme demanda social acumulada, que su despreciado gobierno no logra satisfacer. Así escapa de la economía.
El otro, el estadounidense, va a América Latina para ofrecer menos ayuda real que la que Chávez dispendia. Si se dice que gente como Kirchner simplemente se aprovecha de la chequera chavista, Bush será recibido igualmente por puro interés, no porque se comparta su particular agenda o su ideología mercadista.
Al sur llegará cada vez más vulnerable. Poco después del destape del escándalo del hospital militar Walter Reed, que ya provocó la destitución de su director y la salida del Secretario del Ejército, y poco antes de la condena de Lewis Libby, asistente del vicepresidente Cheney, por obstrucción a la justicia, The New York Times publicaba (4 de marzo), una lista de tareas para que el Congreso enfrentara lo que considera un “asalto a algunos de los principios fundadores de la democracia norteamericana” por parte de la administración Bush.
En apariencia, Chávez está más firmemente atornillado a su silla que Bush a la de él. Pero Chávez, que tanto detesta a Bush, está siguiendo sus pasos. Aquí también hay un ataque a los principios fundadores de la democracia. Esto tiene sus límites, y ya han comenzado a dibujarse con la aparición de la llamada “oposición bolivariana”.
En épocas antiguas, los campeones de dos ejércitos se enfrentaban en duelo singular. Ya no se estila esta confrontación de hombre a hombre, pero qué bueno sería que Chávez y Bush se encontraran, digamos, en La Asunción, y se entraran directamente a pescozadas. Como dice el dicho, pelea de perros, en la que uno no se mete.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Mar 8, 2007 | Cartas, Política |

Uno de estos días, la semana pasada, se encontraba Teodoro Petkoff en el programa insignia de la televisión política opositora: “Aló ciudadano”, conducido por el periodista marabino Leopoldo Castillo, otrora de Venevisión. La primera parte de la entrevista se concentró en el tema de la multa impuesta al vespertino Tal Cual, dirigido por Petkoff, y al abogado-humorista Laureano Márquez, quien en el día de ayer recibió el apoyo de la moribunda—diría Chávez—RCTV, en remitido de solidaridad publicado en prensa nacional.
El tema escogido, que ha ocupado varias ediciones del periódico, no era sino el abreboca. Una vez dicho lo que tenía que decirse al respecto—incluida la noticia de que Tal Cual recibió en contribuciones del público recursos superiores a la multa exigida—comenzó una muy fuerte y coherente crítica de Petkoff al gobierno de Hugo Chávez. Los argumentos empleados por el avezado político tenían mucho peso, y fueron avanzados con una claridad pedagógica que el más lerdo de los ciudadanos sería capaz de entender. Cualquier observador del programa, y el suscrito era uno en ese momento, ha debido sentir la verdad y la contundencia del análisis de Petkoff. De hecho, a este observador le pareció que el editor de Tal Cual descollaba, una vez más, como la figura más redonda e inteligente de la oposición venezolana. Tenía la sensación, por ejemplo, de que Manuel Rosales no sería capaz de ese discurso. Si alguien, dentro del actual aparato opositor, tenía algún chance de convertirse en verdadera contrafigura de Hugo Chávez, ése era, pensaba, Teodoro Petkoff.
El gobierno ha debido sentir lo mismo porque, cuando faltaban aún unos veinte minutos de programa, forzó una cadena de radio y televisión que cubrió los próximos catorce de esos minutos, destrozando así el eficaz discurso de Petkoff, a quien de ese modo le arrebataba micrófono y cámara. No le convenía que éste continuara en el uso de la palabra.
Al regreso de la forzada interrupción, Petkoff, visiblemente molesto, denunció la cadena como un abuso más de un gobierno que tiene muy suficientes espacios y tiempos para la comunicación de su propaganda. Tal vez habría sido mejor una sonrisa y un sencillo comentario—”Parece que al gobierno no le interesa que yo hable”—precisamente porque el abuso era evidente, y la oportunidad demasiado específica como para que el corte fuera una simple coincidencia. Es más, el suscrito apostaría que la cadena estuvo programada de antemano. El gobierno de Chávez tiene ojos y oídos por todas partes, y seguramente sabía con suficiente antelación de la comparecencia de Petkoff ante Castillo. El segmento de propaganda gubernamental estaba cronometrado, y fue introducido en el momento justo para concederle todavía al entrevistado unos cinco minutos para su cierre, ya perdido el ritmo, el momentum de su prédica.
No es la primera vez, tampoco; ya otra aparición anterior de Petkoff en “Aló ciudadano” fue interrumpida de manera similar. Y esto pone de manifiesto, de nuevo, cómo es que el gobierno de Hugo Chávez emplea el poder; de qué manera es sofisticado a la hora de crearle impedimentos al adversario.
………
Una alternativa eficaz al avasallante proyecto de Hugo Chávez debe dilucidar varias cuestiones. Una sola entre ellas es la de encontrar una contrafigura apropiada. Como se dice en la política estadounidense, you can’t fight somebody with nobody.
Esta publicación no ha ocultado su opinión acerca de la insuficiencia de Manuel Rosales a este respecto. Las dimensiones del liderazgo de Hugo Chávez sobrepujan en mucho el conjunto de cualidades del líder zuliano. Son los mismos medios de comunicación de los Estados Unidos los que presentan el próximo viaje de George Bush, a varios países latinoamericanos, como un intento por contrarrestar la influencia de Chávez en la región. No hay un solo artículo sobre el proyectado periplo que no mencione a Hugo Chávez, y si el Presidente de los Estados Unidos debe, en esta última y agónica etapa de su equivocado gobierno, enrumbarse hacia un continente al que ha descuidado por completo durante siete años, porque estaría en los intereses de su país entorpecer la agenda del gobierno de Venezuela, tan sólo eso ya le da a Chávez un cartel de matador que el novillero Rosales no puede reivindicar. Algún arrastrado adulador de cuyo nombre se prescindirá ha sugerido que al país le conviene estudiar ¡el pensamiento (?) de Hugo Chávez! Pues bien, si tamaño dislate tendría que intentar la síntesis imposible de lo profusamente contradictorio que es “el pensamiento de Chávez”, en el caso del pensamiento de Rosales el intento confrontaría la escasez.
Rosales es, sencillamente, un operador político clásico, capaz, sin duda, dentro de un concepto clásico de la política, pero no calza los zapatos de estadista. No puede dar mucho más que lo que ofreció Enrique Mendoza durante su vigencia, cuando fue primero un diligente alcalde del extinto Distrito Sucre, luego un abnegado y valiente gobernador del estado Miranda y, más tarde, un eficaz organizador de las acciones de calle de la también extinta Coordinadora Democrática; un buen táctico, jamás un estratega de las dimensiones requeridas, como se demostró fehacientemente durante la campaña que culminó en el fallido referendo revocatorio de 2004.
Más de un analista opositor bien intencionado admite, en análisis a puertas cerradas, que tal cosa es así. Su razonamiento va como sigue: Manuel Rosales es el hombre del momento, es lo que tenemos, es lo que hay. Probablemente no será el líder del futuro, pero puede cumplir el papel de líder transicional.
La iglesia católica sabe de candidatos de transición. Así se pensó, por ejemplo, que el cardenal Angelo Giuseppe Roncalli, por su avanzada edad, sería un pontífice de breve papado, que daría tiempo al colegio cardenalicio para elevar otro papa de mayor profundidad temporal. (Un favorito, el arzobispo Montini, no era aún cardenal. Luego sería el papa Paulo VI). La sorpresa fue mayúscula con Juan XXIII, quien disparó las ejemplares encíclicas Mater et Magistra y Pacem in Terris y convocó al segundo Concilio Ecuménico Vaticano. El Papa Bueno revolucionó la iglesia durante su breve pontificado. Claro, para hacer una cosa así hay que tener con qué.
Es por esto que si fuera correcta la tesis de que lo que necesita la polis venezolana es un líder transicional que pueda contrapesar a Chávez, tal papel le viene mejor a Teodoro Petkoff que a Manuel Rosales.
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Ambos dirigentes tienen ocupaciones que restan tiempo a la función necesaria. Rosales gobierna en el estado Zulia, donde debe responder a los ciudadanos que lo eligieron y, en general, a todos los zulianos. Petkoff es quien dirige a Tal Cual, al frente del cual debe responder a quienes sostienen al periódico.
Es evidente que Tal Cual es sostenido financieramente de modo artificial. El vespertino no ha llevado inserta jamás una publicidad suficiente para sufragar sus costos. Un fideicomiso, y aportes posteriores, permiten que el costoso papel de periódico, la impresión y la compacta nómina de la redacción y la administración sean cubiertos. Y esto es así porque Tal Cual es, desde sus inicios, un proyecto político, no un proyecto periodístico. Ni sus lectores lo compran buscando en él periodismo; nadie adquiere Tal Cual para mantenerse informado del acontecer mundial o nacional.
Claro que, no teniendo partido luego de que dejara al MAS que había fundado—Petkoff y Pompeyo Márquez advirtieron a tiempo a sus antiguos copartidarios, con claridad meridiana, del enorme error que sería apoyar electoralmente a Chávez en 1998—una tribuna periodística era un modo inteligente de prolongar una vigencia en la conciencia pública.
Tal cosa la logró tempranamente Petkoff con la dirección de otro vespertino: El Mundo, de la Cadena Capriles. En poco tiempo dinamizó al diario que antes atraía lectores sólo por los amarillistas y muy dudosos titulares de primera página, y le dio peso y profundidad.
Pero como ahora con las cadenas que interrumpen sus ocasionales apariciones en televisión—sin contar su propio programa—también en aquella ocasión el gobierno intervino para silenciarlo. Aplicando presión tributaria sobre la sucesión de Miguel Ángel Capriles, el gobierno de Chávez logró que Petkoff fuera sacrificado cuando estaba por concluir el año de 1999, el primero de Chávez en el poder. Petkoff no cumplió ni un año al timón de El Mundo.
Antes de tal incidente el público lector podía creer que Petkoff seguía una vocación periodística. Pero la rueda de prensa que convocó a su salida no dejó dudas de que se dedicaría a combatir el régimen. A la emergencia de Tal Cual en 2000, poco antes de las elecciones en las que Chávez derrotaría a Arias Cárdenas, estaba claro que se trataba de un vehículo político, no de un periódico.
A estas alturas Petkoff no necesita a Tal Cual para mantener presencia política. Si de lo que se trata es de colocar un mensaje suyo de lunes a jueves en un periódico de magra circulación—Tal Cual no se publica en fines de semana, y los viernes la página editorial es llenada por el multado Laureano Márquez—no se necesita ocupar el tiempo del único líder visible que es capaz de enfrentar a Chávez con peso, cultura y coherencia. Otros pueden continuar la tarea “periodística” en la misma línea opositora, liberando así a la persona política que es Petkoff, quien puede escribir un editorial diario en quince minutos, para la labor más crucial de liderar la oposición.
Ya no estamos en campaña electoral. Ya no se trata de que Datos mida baja aceptación electoral de Petkoff, relativamente, ante Rosales. Ahora se trata—en verdad siempre se trató—de contar con un líder de peso y, por más que sea lamentable, éste no es Manuel Rosales. Que éste se encuentre dirigiendo la gestación de Un Nuevo Tiempo a medio tiempo es ciertamente encomiable. Se necesita, no puede dudarse, una maquinaria, y Omar Barboza, otro operador político al estilo de Rosales o Mendoza, ha sido encargado del empeño. (Con los curiosos refuerzos de Leopoldo López y Gerardo Blyde. Un breve contacto con el Arúspice de Los Palos Grandes permitió comprobar que andaba de vena casquillera. En algún sueño profético entrevió que Leopoldo López protagonizaría la primera división de Un Nuevo Tiempo, cuando se enterase de que no sería el candidato presidencial de la organización en 2012. Entonces intentaría convencernos de que comanda Un Nuevo Tiempo Popular).
Petkoff, que ya no pretenderá más la Presidencia de la República, puede conducir la organización necesaria, y la opinión nacional para el tránsito a un Estado distinto al que ahora invade, en descarada desmesura, absolutamente toda la vida nacional. (Y no poca de la internacional). Precisamente porque Petkoff no conserva pretensiones de candidato presidencial, está mandado a hacer para el liderazgo imparcial del esfuerzo.
Y aunque puede observarse que Petkoff nació en El Batey, estado Zulia, su figura es más propiamente nacional, al haberse hecho, desde hace mucho tiempo, caraqueño. La solución no está ahora en la hegemonía zuliana, como por mucho tiempo el país creyó que la supremacía andina resolvería sus problemas. Hugo Chávez no es Ignacio Andrade.
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