CS #231 – Superficialidad pretenciosa

Cartas

Una noticia del comienzo justo de esta semana, sobre el desempeño reciente de PDVSA, ha suscitado titulares y comentarios no sólo en nuestra prensa local, sino en más de un medio del exterior. Además de nuestros principales diarios, puede enumerarse incompletamente a servicios como Data Processing y COMTEX, a The Miami Herald, el International Herald Tribune, el Houston Chronicle, Globe & Mail, Forbes, Business Week, Diario Financiero, Cronista Comercial y, a través de las agencias Associated Press y Reuters, que comentaron el hecho, muchos otros diarios extranjeros importantes. Nuestros periódicos, por cierto, construyeron mayormente sus notas con base en el artículo de AP. Lo que se destaca es: “Caen las ganancias de PDVSA”.

En efecto, para el ejercicio 2006 la ganancia neta alcanzada por la empresa fue de 4.770 millones de dólares, o 1.710 millones menos que la del año anterior, que fue de 6.480 millones. El descenso del último año equivale a 26,4% de la ganancia neta obtenida en 2005.

La explicación—destacan todas las publicaciones enumeradas—parece residir en un hecho simple: la inversión social de PDVSA—que se contabiliza como deducible para efectos de impuesto sobre la renta—pasó de 6.900 millones de dólares en 2005, a 13.260 millones en 2006, para prácticamente duplicarse. (Un aumento de 92,2%).

La implicación estándar de las notas aparecidas en los medios enumerados es, sencillamente, que tal desempeño es señal de un preocupante y muy serio deterioro de PDVSA. El sitio web www.vcrisis.com, por ejemplo, lleva una nota firmada por Aleksander Boyd, bajo el inexacto titular “PDVSA pierde dinero bajo la gerencia socialista de Chávez” (es inexacto porque PDVSA no perdió dinero: ganó 4.770 millones de dólares), en la que luego de citar la información proporcionada por AP comenta: “¿Pero es una sorpresa que PDVSA esté perdiendo dinero bajo una gestión revolucionaria? ¿Choca a alguien que a pesar de precios altos récord de petróleo PDVSA puede ser la única gran compañía petrolera cuyos beneficios estén disminuyendo? Pero, más importante, ¿qué dice esto acerca de la producción real de PDVSA? ¿Cómo es que una compañía que supuestamente está produciendo 3,3 millones de barriles diarios ve caer sus beneficios en 26%?”

¿De dónde obtuvieron Reuters y Associated Press estas cifras? Pues del propio sitio web de PDVSA, que ha puesto a la disposición de cualquier internauta un informe operativo (2005) y financiero (2006) que da cuenta de sus ganancias, su inversión social y muchos otros rubros y actividades.

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El 13 de abril de 2005 contestaba el suscrito un amable requerimiento de ayuda, expuesto por una profesora de la Universidad de los Andes. La profesora explicaba: “Yo estoy haciendo un trabajo sobre la juridicidad del chavismo, y necesito especialmente la gaceta donde se publica la reforma del Código Penal, la del decreto 3.444 y ésta, si es que existe. Me propongo demostrar, entre otras cosas: el origen ilegítimo de la constitución del 99 (para lo cual necesito la sentencia de la Corte Suprema de Justicia, de fecha 19 de enero de 1999), y la sistemática violación de esa Constitución tanto en la elaboración de las leyes como en su aplicación”.

Luego de dirigirla a fuentes en las que podría obtener la información solicitada—el mismo sitio web del Tribunal Supremo de Justicia le proporcionaría el texto, del 19 de enero de 1999, de la decisión sobre recurso de interpretación del Artículo 181 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política, que abrió la puerta a la consulta sobre la conveniencia de elegir una asamblea constituyente—le ofrecí mi propia opinión: “Por lo que respecta a la juridicidad de la Constitución de 1999 me temo que es inatacable. En particular considero plenamente acertada la decisión de la Corte Suprema de Justicia del 19 de enero de 1999, que se obtiene en el sitio del TSJ. El año antes yo había escrito a favor de la interpretación que fue sustentada por la Corte; esto es, que el pueblo, en su condición de Poder Constituyente Originario, tiene carácter supraconstitucional… Por otra parte, debemos ponernos de acuerdo. Si la Constitución es nula entonces no tendría importancia que se la viole. Para poder argumentar que ha sido violada habría que admitir que es válida”.

La estimada académica caía, como muchos otros críticos bien intencionados, en la inconsistencia. Primero se proponía comprobar que la Constitución vigente no es válida. Una vez hecho esto, se quejaría amargamente de que se la violaba a cada rato.

Exactamente lo mismo puede aducirse del informe publicado por PDVSA. Si se emplea cifras contenidas en él, respecto de su ganancia neta y su inversión social, y se les da por ciertas para opinar que la empresa se encuentra en serísimo declive, entonces, en aras de la consistencia argumental, uno debe dar por cierto el resto de la información que contiene.

Por ejemplo, habría que dar por cierto que PDVSA ha venido aumentando sus ingresos brutos de manera reiterada y consistente. El informe publica los datos—en un Estado de Resultados—desde 2001 hasta 2006, ambos años inclusive. Las siguientes son las cifras en millones de dólares estadounidenses para este rubro: 2001, 46.250; 2002, 42.580; 2003, 46.589 (el último trimestre de 2002 y el primero de 2003 se vieron afectados por el paro petrolero); 2004, 64.757; 2005, 85.730; 2006, 101.838. (En cuanto a estos ingresos, la mayor parte proviene del core business; la venta al exterior de petróleo y sus productos arrojó, para los mismos años, e igualmente en millones de dólares, la siguiente serie: 42.682, 39.875, 44.178, 60.972, 81.105, 96.676). En cinco años, pues, y naturalmente por efecto del incremento sostenido de los precios del petróleo, PDVSA duplicó el valor de sus exportaciones del año 2001.

El petróleo producido en el país, sin embargo, no fue suficiente para satisfacer la clientela de la empresa. En el mismo lapso se duplicó asimismo las compras hechas por PDVSA precisamente de petróleo y sus productos, al siguiente ritmo: 2001, 18.228; 2002, 17.956; 2003, 21.016; 2004, 24.649; 2005, 32.799; 2006, 38.331.

¿Qué otras cosas experimentaron duplicación? Pues los costos y gastos operativos; de 38.249 millones de dólares en 2001, se pasó a 78.907 millones en 2006. Pero la ganancia operacional—que el Estado de Resultados denomina “Ganancia antes de gastos para el desarrollo social e impuesto sobre la renta”—excedió la duplicación. Este rubro pasó de 8.001 millones en 2001 a 22.931 millones en 2006. El incremento supera el 100%, al expresarse como 186,6% de la ganancia operacional de 2001, es decir, una vez que los costos y gastos de operación del negocio han sido descontados de los ingresos brutos.

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Para adquirir autoridad con la que alarmarse de la caída, en términos absolutos y porcentuales, de la ganancia neta de PDVSA, afincándose en el informe publicado el lunes pasado, 26 de marzo de 2007, por la empresa, habría que dar crédito a otros componentes del mismo.

Por ejemplo, que PDVSA tiene planes de llevar la producción de petróleo al nivel de 5,8 millones de barriles por día en 2012, mediante una inversión total de 77.000 millones de dólares. Estas cifras, que no parecen desnutridas, serían alcanzadas mediante la combinación de 20.000 millones de dólares en inversión privada y 57.000 millones por parte de la misma PDVSA. Es para estos fines que se predica la emisión de bonos—hasta ahora de colocación muy exitosa—por 5.000 millones de dólares. El Ministro-Presidente de PDVSA, Rafael Ramírez, explicó varias cosas en torno a esta iniciativa: primero, que para cubrir las necesidades de inversión—redondeó la cosa en 60.000 millones de dólares—PDVSA está acudiendo al crédito externo y ahora, por primera vez en su historia, al mercado financiero nacional; segundo, que no se contempla ulteriores emisiones de bonos para el mercado local; tercero, que las gestiones crediticias por el total requerido llevarían a PDVSA a una relación deuda/patrimonio de 22,8%, “lo cual está mucho mejor que los niveles de endeudamiento de otras empresas como Shell, BP, o Exxon Mobil”. (De hecho, esta nueva relación regresaría las cosas al nivel del año 2002, cuando fue de 22%, luego de haber estado en 23% el año anterior. La relación había mejorado significativamente en los últimos años: 2003, 18%; 2004, 9%; 2005, 7%; 2006, 6%). Ramírez destacó mucho la participación de los nacionales venezolanos: “por primera vez se está ofreciendo la posibilidad a los venezolanos que inviertan en nuestro propio desarrollo, para que los recursos no sólo provengan del exterior, sino también de nuestra propia economía, que estén garantizados de una manera efectiva, con el respaldo de la primera empresa del país, Petróleos de Venezuela”.

La producción actual de crudo (no incluye gas), por cierto—de tener consistentemente por verdaderas todas las cifras del informe—es, nacionalmente, de 3.274.000 barriles diarios para 2005. Boyd ponía en duda esta cifra luego de dar por verídicas las relativas a la ganancia neta y la inversión social, incluidas en el mismo informe, y además atribuía erróneamente el monto a PDVSA. Como lo explica el documento, sólo 2.906.000 barriles diarios correspondieron a PDVSA, y la diferencia de 368.000 barriles diarios debe atribuirse a la participación de terceros en la Faja Petrolífera del Orinoco. (La Gaceta Oficial con fecha de ayer publica una estimación del Ministerio de Finanzas, que coloca la producción de PDVSA esperada para 2007 en 2.966.000 barriles diarios en promedio).

Hablando de la Faja, el informe de PDVSA—¿deberemos creerle todo?—expone: “El área de la Faja Petrolífera del Orinoco (18.220 km2) ha sido dividida en 27 bloques cuyas reservas serán certificadas. PDVSA considera que el proceso de certificación incrementará las reservas de la Faja Petrolífera del Orinoco en unos 236.000 millones de barriles (‘mmbls’)… Como consecuencia de la antedicha certificación, Venezuela pasará a tener las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo”. ¿Es esto un signo de grave y preocupante declinación del negocio petrolero venezolano? Bueno, esto depende de que creamos la veracidad de las afirmaciones de PDVSA al respecto, empresa a la que se cree para restregarle que su ganancia neta ha disminuido en 26%. N’est-ce pas?

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Es verdad, parece, que la ganancia neta de PDVSA experimentó una disminución de 26% entre 2005 y 2006. Pero ¿cuál es el significado político de esto? ¿Cómo puede interpretarse en un barrio este desempeño?

No faltará en la propaganda del régimen la siguiente explicación: la ganancia neta de PDVSA corresponde al enriquecimiento del accionista; esto es, del Estado. La inversión social de PDVSA corresponde a un enriquecimiento del Pueblo. Y resulta que en el mismo lapso el accionista consintió en disminuir su enriquecimiento en 26%, con tal de aumentar el enriquecimiento del Pueblo en 92%. ¿Habrá descontento en los “sectores populares” de Venezuela por este resultado?

En verdad, la ganancia neta de PDVSA, su ganancia operativa (antes de la inversión social y el ISLR) aumentó en 19,4% en 2006. Esta ganancia, de 22.931 millones de dólares, se distribuyó del siguiente modo: 9.670 millones (42%) para el accionista—ganancia neta de 4.774 millones más 4.896 millones de impuesto sobre la renta—y 13.261 millones (58%) para el Pueblo. Casi 60-40 a favor del Pueblo. ¿Tendría base la oposición formal venezolana para pensar que una cosa así no tendrá efecto político favorable al gobierno? ¿Deberá ella insistir en rasgarse las vestiduras porque la ganancia neta de PDVSA ha disminuido? ¿Caerá en la trampa de intentar el descrédito gubernamental por el desempeño de su industria fundamental? Si se cree uniformemente la información suministrada por la empresa estatal de petróleo, y ésta es capaz de aumentar ingentemente su producción y sus reservas, al punto de establecerlas como las mayores del planeta, con un endeudamiento que le lleva a una relación deuda/patrimonio no peor que las de las más prestigiosas petroleras privadas, ¿no tendrá el gobierno, en contra de una lectura parcial, selectiva y sesgada de una oposición precipitada, un argumento de oro ante el mundo y frente a los pobres del país?

Hace exactamente una semana, el diario Tal Cual publicaba la segunda y última parte de muy agudas impresiones del escritor colombiano Gustavo Bolívar. Su análisis no tiene pérdida. Entre otras cosas decía: “Así las cosas, la Venezuela inconforme se enfrenta por estos días a un dilema difícil. Seguir con los brazos caídos y dejar que Chávez gobierne, legisle, imparta justicia, eduque a sus hijos bajo el esquema revolucionario, y maneje el presupuesto de la nación con auditores amigos o volver a levantar la frente, llenarse de nuevos bríos y conquistar el lugar que le corresponde a la oposición de cualquier nación decente del mundo. Pero ese respeto que se requiere para ser tenido en cuenta como una fuerza opositora no se logra cantando joropo con letras ridículas en los programas de televisión mañaneros, ni agrediendo al gobernante, ni tratándolo de payaso. La oposición se gana un lugar y un respeto entre la gente y entre el mismo gobierno con propuestas. Gobernando en la sombra. Uniendo los capitales de los ricos y haciendo obras sociales en aquellos lugares a los que el Estado no ha llegado. Investigando con seriedad. Protestando con respeto, paz y obstinación como lo hizo Gandhi. Haciendo propuestas objetivas. Alabando con honestidad y desprendimiento las cosas buenas que hace el gobierno, porque las hace”.

Y todavía añadió: “Fortaleciendo la democracia con foros donde se estudien reformas urgentes, como la electoral, por ejemplo. Estudiando al contradictor, desnudando sus falencias y debilidades. Encomendando el liderazgo a personajes con talla de estadistas, muy carismáticos como no lo fue el candidato Rosales durante la última campaña y con mucha credibilidad, algo de lo que pocos miembros de la oposición gozan por el sectarismo, el odio y la subjetividad como enfrentan a diario a su contendor. Pero lo más importante: Preparándose para gobernar cuando le llegue el turno porque, como reza el adagio, no hay rey que dure cien años ni pueblo que lo resista”.

Así concluyó: “Por eso, si lo que quieren sus opositores, por el cansancio que les produce seguir luchando, es matar a Chávez, deben saber que a Chávez no se le mata con un rifle de mira telescópica y largo alcance, entre otras cosas, algo indebido y sucio. A Chávez se le mata con argumentos, ideas y un tesonero, incansable, sano y buen ejercicio de la resistencia civil. Y lo tienen que empezar a hacer ya o tendrán que acostumbrarse a convivir con su exótica, ruinosa y altanera manera de gobernar, porque si de algo han de servirle las facultades otorgadas por la ‘Ley habilitante’ es para elevar a rango constitucional la reelección inmediata y vitalicia de los presidentes, es decir su perpetuación en el poder. Sin democracia no hay libertad, sin libertad no hay felicidad y sin felicidad no hay paraíso. Resistencia civil y pacífica”.

Cuidado, pues, con la algazara automática que cree ver blanco para la puntería opositora en cosas como la disminución de la ganancia neta de PDVSA. En una cosa tan complicada como nuestro proceso político de hoy, el éxito no puede conseguirse con argumentos superficiales, sólo pretendidamente contundentes. Lo primero que tendría que hacer una oposición que quiera ser eficaz, es usar mejor el cerebro.
LEA

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FS #137 – No mandarás

Fichero

LEA, por favor

En los comienzos del diario marabino La Verdad, liderado entonces por el recordado Jorge Abudei, fui generosamente invitado a escribir semanalmente en sus páginas. Así estuve allí durante veintisiete veces consecutivas, hasta que ocupaciones editoriales en otro periódico de Caracas dificultaron la continuación de la escritura para Maracaibo.

El décimo cuarto de los artículos fue escrito el 16 de julio de 1998, bajo el título “No mandarás”, obviamente en forma de mandamiento bíblico. El texto en cuestión trata de un tema que se ha hecho recurrente en mis escritos sobre política: los impedimentos que se colocan activamente para impedir la contribución política de los “hombres de pensamiento”.

Como puede fácilmente colegirse, la publicación del artículo ocurrió casi justamente en la mitad del año electoral de 1998, caracterizado por una gran pobreza temática. Era el año de la campaña cosmética de Irene Sáez, a quien sus asesores recomendaron frecuentes cambios de tocado y atuendo. (Como, por ejemplo, peinarse de forma similar a Evita Perón). Hugo Chávez ya hablaba de Bolívar, Maisanta, Ezequiel Zamora y Simón Rodríguez. (Contradiciendo la recomendación de este último—”O inventamos o erramos”—pues difícilmente es inventar la fijación sobre el pasado). Henrique Salas Römer hacía lo suyo, encabezando cabalgatas en y desde el Campo de Carabobo. A estas y otras conductas de mercadeo político hace alusión el artículo.

En un texto más amplio—De héroes y de sabios—escrito un mes antes del artículo reproducido en esta Ficha Semanal #137 de doctorpolítico, se hacía el siguiente apunte:

“Vilfredo Pareto, sociólogo y economista italiano de principios de siglo, se ha hecho muy conocido en el ámbito empresarial, gracias a que sus ‘curvas’ han devenido en concepto medular de la escuela gerencial de la ‘calidad total’. También es el autor de ‘La circulación de las élites’. En este libro Pareto describe la configuración de poder más frecuente como aquélla en la que los hombres de acción, los ‘leones’, son los que gobiernan. Pero también expone que cíclicamente los ‘leones’ arriban ante atolladeros que no pueden superar, y deben venir entonces los ‘zorros’ al gobierno, los hombres de pensamiento, los que dominan el ‘arte de la combinatoria’, a resolver la situación. Según su esquema, los ‘leones’ y los ‘zorros’ se alternan cíclicamente; según Pareto las élites circulan.

Tal vez, entonces, estemos en Venezuela necesitando un desplazamiento, aunque sólo sea temporal, de ‘leones’ por ‘zorros’, de caudillos por filósofos. Tal vez estemos ante la necesidad de un nuevo ciclo de Pareto, y entonces recupere la vigencia la idea de un ‘retorno de los brujos’, que fuera el título de uno de los libros de mayor influencia en la fértil década de los años sesenta”.

Traducido a folklore venezolano, el asunto es denotable por la oposición ancestral entre Tío Tigre y Tío Conejo. Fue por esto que el suscrito contribuyera al libro editado por Fausto Masó, varias veces mencionado en estas páginas (Chávez es derrotable), con un artículo titulado Tío Conejo como outsider. La fórmula continúa vigente: la contrafigura que puede superar a Chávez deberá tener rasgos muy distintos a los convencionales. En febrero de 1985 escribí ya que los nuevos actores: “Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la competencia necesaria, pues, como ha sido dicho, nuestro problema es que los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son aceptables todavía”.

LEA

No mandarás

Existe una antigua leyenda de las tribus germánicas según la cual al comienzo del mundo sólo había dos clases de hombres: héroes y sabios. Según el mito, los héroes se levantaban todas las mañanas dispuestos para la faena:  conquistar castillos, rescatar doncellas y matar dragones. Al caer el día cesaba la jornada; y entonces los héroes se dirigían a las cuevas de los sabios, para que éstos les explicaran el significado de sus hazañas, pues no sabían ni por qué ni para qué las emprendían.

El recuerdo de este relato vino a mi mente al leer, a mediados del año pasado, un análisis de Argenis Martínez, el que encabezaba así: “La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones”. No se concibe que quien ostensiblemente lea mucho, piense mucho, invente mucho, pueda ser un buen gobernante.

Y no sólo es que en Venezuela se prohíbe a los sabios y brujos mandar, sino que ni siquiera se les estima. Una vez un profesor extranjero, experto internacional en sistemas de decisión de alto nivel, fue invitado por un ministro venezolano muy importante. El profesor, a petición del ministro, recomendó la institución de un centro nacional de investigación y desarrollo de políticas, de una unidad de análisis de políticas para la Presidencia de la República, y de un programa de formación para los que trabajarían en ambos tipos de centro. Dijo que esa trilogía era indispensable para aumentar la racionalidad en la toma de decisiones públicas. Después de escucharlo con mucha atención, y después de declarar que esto último era lo que él procuraba hacer desde su ministerio, el ministro dijo: “El problema, profesor, es que por mucho tiempo más la clave de la política venezolana estará en el número de compadres que tenga el Presidente en el territorio nacional”.

Y no se crea que algo así ocurre sólo en el corazón del Gobierno Central: hace unos años ya, en una de las operadoras de PDVSA, un conferencista buscaba una página en blanco en el rotafolio de la junta directiva a la que hablaría en unos instantes. En ese proceso se topó con una página en cuyo centro estaba escrito lo siguiente: “A la industria petrolera no le conviene tener demasiada gente inteligente”.

¿Qué es este prejuicio contra las personas que tienen la tara de intelectualidad? Que se sepa, la Constitución de 1961 sólo inhabilita para el ejercicio de los altos cargos públicos a quienes no son venezolanos por nacimiento, a quienes son demasiado jóvenes, a quienes son religiosos. (Si se comprende las enmiendas, a quienes han sido hallados culpables de delitos contra la cosa pública). No existe indicación alguna, ni en su texto original ni en las dos enmiendas subsiguientes, de la inhabilidad política de los “hombres de pensamiento”. ¿De dónde se saca entonces que éstos no deben mandar?

Debe ser de la versión criolla de la leyenda alemana en la que los héroes se han desentendido de los fines, de los significados políticos, y sólo atienden a la emisión de señales, que pueden ser cabalgatas en Carabobo, patadas de fútbol en atuendo deportivo, moños recogidos o sueltos, asociaciones felinas o bolivarianas, boinas militaroides, eslóganes, jingles, apariciones en estadios o corridas de toros. El problema de los contenidos políticos, de los tratamientos a problemas públicos, de los programas, no es asunto que les desvela. Para eso siempre puede contratarse a alguien que los imagine y los escriba.

Éste es, pues, el asunto. En el “viejo modelo político” los caciques mandan, los héroes matan dragones, pero no tienen que pensar en la solución a los problemas públicos. De eso deben ocuparse, subordinados siempre a quienes mandan, los sabios que encuentran los significados y los brujos que producen menjurjes y encantamientos. Profesionales que encuentren soluciones. El modelo, el arquetipo, el paradigma en el viejo sentido de ejemplo, prescribe a quien detente o quiera detentar el mando el papel y el carácter de un combatiente. No el de un resolvedor de problemas. Pero ¿no es justamente la solución de los problemas públicos la verdadera y única justificación de la política? ¿Hasta cuándo elegiremos como gobernantes a quienes se forman como combatientes? ¿Cuándo entenderemos que en la compleja sociedad de hoy son otros los talentos necesarios?

LEA

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LEA #230

LEA

La constante referencia a Bolívar, la manía de llamar bolivariano a todo, es una coartada del actual gobierno de Venezuela. Es una práctica manipuladora, por supuesto. Se hurga la psiquis nacional y se deforma su conciencia histórica para asentar un régimen político concreto. Ahora se expone, por ejemplo, la absurda idea de que existe un socialismo bolivariano; esto es, que Bolívar tenía ideas socialistas. Se trata, naturalmente, de una burda patraña: el tipo de república que el Libertador aspiraba a construir era de carácter claramente liberal, y su modelo era Inglaterra.

Así, una acumulación de mentiras sobre mentiras produce una imagen aberrada, que oculta la única cosa en la que Chávez está interesado del pensamiento bolivariano: que Bolívar quería presidir Colombia de manera vitalicia. (Algo así como el cargo napoleónico de Primer Cónsul, que luego dio origen al imperio).

Es tanta la distorsión, que se requeriría una paciente pedagogía de nuestros historiadores, y no en seminarios o talleres universitarios, sino en programas difundidos por medios de comunicación masiva, para corregirla. La palabra de Germán Carrera Damas o la de Elías Pino Iturrieta—quien ha añadido elocuencia y detalle y actualización al diagnóstico de «El culto a Bolívar»—debiera salir al aire, como antaño lo hacían las de Arturo Úslar Pietri o José Antonio Calcaño, en programas culturales que echamos en falta.

Pero tal vez baste una prédica más sencilla y más al grano. Nuestro derecho civil designa por emancipación al momento cuando el adolescente se hace adulto y ya no necesita de la guía moral de los padres. Él es ahora capaz de su propia determinación ética.

Necesitamos pues, una segunda emancipación. La primera nos habrá liberado del yugo español; la segunda debe librarnos de la patológica fijación en la figura del «Padre de la Patria».

Hasta que no terminemos de enterrar a Bolívar y permitirle descanso, no seremos una república adulta. Es ley de vida, y signo ineludible de madurez, la emancipación del padre.

Entretanto, quien se llena la boca con el augusto nombre para manipularnos haría bien en pasearse por el siguente hecho: ni la procacidad ni la agresividad fueron rasgos bolivarianos. Si por algo se distinguió Bolívar fue por la urbanidad y la cortesía—Sucre también—con la que siempre trató incluso a sus más enconados enemigos. Una república procaz y pendenciera jamás será bolivariana.

LEA

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CS #230 – Debe ser que puede ser

Cartas

Es absolutamente obvio que la actual dominación política de Venezuela se conduce con arreglo a la más primitiva de las formas: la voluntad omnímoda de un hombre que no tolera disensiones. No habrá otra manera de superar esta situación que no sea la oferta de una política distinta, intelectualmente honesta.

En estudio—Monitor Socio-Político—de Hinterlaces, recientemente concluido, la cosa es descrita del siguiente modo: “El desafío pareciera estar en la construcción de una nueva hegemonía con base en un discurso que garantice una efectiva sintonía con las exigencias mayoritarias de unidad, equidad, eficiencia, orden y ética, cuyos ingredientes principales sean los valores democráticos y humanos para lograr colocarse por encima del antagonismo político y de la polarización. Para ello, es crucial el surgimiento de un nuevo liderazgo”. (Destacado de esta carta).

Un liderazgo que siga, moderadamente como los partidos clásicos de la democracia venezolana o exacerbadamente como el actual régimen, un paradigma político de poder puro (Realpolitik), será incapaz de producir los resultados descritos en la cita del estudio de Hinterlaces. ¿Qué pudiera sustituir este paradigma? En repetidas ocasiones se ha argumentado acá que un paradigma de política clínica (o medicina política) puede ofrecer el sustituto que convenza. A fin de cuentas, tanto el chavismo como las corrientes políticas que se le oponen organizadamente, son minorías. El mismo estudio reporta la siguiente distribución (que no ha variado prácticamente nada desde una medición de la misma encuestadora publicada en junio del año pasado): chavistas o simpatizantes, 34%; de oposición, 13%; ni-ni o independientes, 43%; no saben o no responden, 10%. (Con mayor detalle, éstas son los afiliaciones reportadas: MVR, 20%; Primero Justicia, 2,8%; Un Nuevo Tiempo, 2,3%; Podemos 2%; AD, 1,1%; COPEI, 0,7%; otros, 1,1%; no simpatizan con ningún partido, 67,1%). Es evidente que ninguna agrupación política, ni siquiera la del propio Presidente de la República—que quiere un solo partido de la revolución socialista—convence a un número suficiente de ciudadanos. (Dicho sea de paso, el estudio mide una opinión favorable al liderazgo de Manuel Rosales de 25%, contra 59% de opinión desfavorable y 16% de indecisos).

¿Cómo procede o actúa un paradigma de política clínica? Un ejemplo nos muestra cómo se decidirían, dentro de él, las políticas públicas.

Si el Ministerio de Sanidad—hoy, por manía terminológica, Ministerio del Poder Popular para la Salud, antes Ministerio de la Salud y el Desarrollo Social—se encontrase ante la necesidad de construir un nuevo hospital público, seguramente no convocaría a una masiva reunión de arquitectos, médicos, pacientes, enfermeros, administradores de salud, a celebrarse en un gran espacio como el Parque del Este para que, “participativamente”, se pusieran de acuerdo sobre el diseño del hospital. (Hay decisiones públicas—la mayoría—que no se avienen bien a la deliberación ciudadana).

En cambio, determinaría como primera cosa, técnicamente, los criterios de diseño: debe ser un hospital para 1.500 camas, debe cubrir las especialidades tales y cuales, no debe pasar de un costo de tanto, etcétera.

Una vez con tales criterios en mano, procedería a llamar a licitación a unas cuantas oficinas de arquitectura demostradamente capaces. Las oficinas de arquitectos que participaran en la licitación desarrollarían, cada una por su lado, un proyecto completo y coherente. No serían admitidas, por ejemplo, proposiciones que sólo diseñaran la sala de partos o la admisión de emergencias. Cada oficina tendría que presentar un proyecto completo. Sólo así podrían competir, la una contra la otra, en una licitación que contrastaría una proposición coherente y de conjunto contra otras equivalentes.

Este es el mismo método que debe emplearse para la emergencia de políticas públicas complejas. Lo que el espacio político nacional debe alojar es una licitación política con claras reglas para la contrastación de proposiciones de conjunto.

¿Cuáles son estas reglas? Si a la discusión se propone una formulación que parece resolver un cierto número de problemas o contestar un cierto número de preguntas, la decisión de no adoptar tal formulación debiera darse si y sólo si se da alguna o varias de las siguientes condiciones:

a. cuando la formulación no resuelve o no contesta, más allá de cierto umbral de satisfacción que debiera en principio hacerse explícito, los problemas o preguntas planteados.

b. cuando la formulación genera más problemas o preguntas que las que puede resolver o contestar.

c. cuando existe otra formulación—que alguien debiera plantear coherentemente, orgánicamente—que resuelva todos los problemas o conteste todas las preguntas que la formulación original contesta o resuelve, pero que además contesta o resuelve puntos adicionales que ésta no explica o soluciona.

d. cuando existe otra formulación propuesta explícita y sistemáticamente que resuelve o contesta sólo lo que la otra explica o soluciona, pero lo hace de un modo más sencillo. (En otros términos, da la misma solución pero a un menor costo).

Esto es el método verdaderamente racional para una licitación política. No se trata de eliminar el “combate político”, sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga.

Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan “romántico” ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. (El relato que hace James Watson –ganador del Premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick– en su libro La Doble Hélice (1968) es una descarnada exposición a este respecto. Equipos de investigación competidores, seguros de que tras el descubrimiento sobrevendría el Nóbel, se obstaculizaban mutuamente, ocultando información o preparando zancadillas). A pesar de que el instinto de emulación no ha perdido la agresividad en el campo científico, este combate es canalizado según reglas que producen conocimiento nuevo y útil.

Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Antes de esta intervención, una pelea de box se daba en alguna taberna en la que se abría espacio a los pugilistas apartando sillas y mesas. Se peleaba a mano limpia, y un asalto concluía cuando un contendor caía al suelo, y el combate mismo cuando un peleador ya no pudiera levantarse. (Hubo peleas que superaron el centenar de rounds). Queensberry introdujo la prescripción de los guantes, marcó las zonas corporales prohibidas a los golpes, e introdujo el ensogado, así como el tiempo de tres minutos por asalto y claras funciones para el árbitro. Así se transformó el boxeo de un deporte “salvaje” en uno más “civilizado”, en el que no toda clase de ataque está permitida. Lo mismo puede forzarse con la política.

En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los “luchadores” políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social.

Las consideraciones anteriores llevan a la cuestión de la forma más democrática de conducir las licitaciones políticas. Por lo expuesto, se entiende que la producción de una política pública requiere el concurso profesional de pequeñas unidades, de un número reducido de cerebros pensando en el tema como problema complejo, interconectado. En los Estados Unidos se emplea el término think tanks para referirse a esas unidades compactas. Tal vez una buena traducción sea la de “centros de política aplicada”. ¿No hay acá un riesgo de aristocratización del proceso político?

En 1991 fue publicado el libro The Idea Brokers: Think Tanks and the Rise of the New Policy Elite, escrito por James Allen Smith. Allí se encuentra una evaluación según la cual los think tanks norteamericanos se han alejado del público y, según él, de los propósitos de los patrocinantes originales, que esperaban que esas organizaciones de política aplicada sirviesen para educar al público y para proveer bases libres de valores desde las cuales se pudiera juzgar la eficacia de las políticas públicas. Los think tanks se limitan, por regla general, a comunicarse con los miembros de las élites, mientras el público permanece ausente de los debates.

Contra este “gobierno de expertos” alertaba Woodrow Wilson: “¿Qué nos espera si va a ocuparse científicamente de nosotros un reducido número de caballeros que serían los únicos en comprender las cosas?”  O como lo pone John H. Fund: “Las políticas públicas son demasiado importantes para dejarlas en manos de los expertos”.

La invención política, naturalmente, no puede ser coto exclusivo de centros de política aplicada, pero es obvio, según el análisis del punto anterior que tampoco puede esperarse que surja coherentemente de una deliberación colectiva. La salida al problema estriba en que los “brujos” se entiendan a sí mismos como responsables ante la “tribu” y no únicamente ante los “caciques”. Es decir, que el producto de sus análisis tenga carácter público.

La comunicación entre “brujos” y “caciques” es no sólo necesaria, sino el cauce habitual para tramitar y ejecutar la invención política. Toda organización, incluyendo acá las organizaciones biológicas, exhibe una estructura de “cogollo”, como han debido comprobarlo ya las organizaciones políticas de reciente cuño, que han surgido con el pretexto de suplantar las viejas organizaciones, entre otras cosas, por “cogolléricas”. Todas han generado sus propios cogollos; nada ha cambiado a este respecto.

De modo que el problema no reside en negar el hecho incontestable de que cualquier organización requiere un órgano de dirección y que éste debe estar compuesto por un número reducido de personas. El punto está en si ésta es una aristocracia cerrada o una aristocracia abierta al “demos”: una aristodemocracia.

En una concepción clínica de la política, esto es, en una política entendida como actividad de carácter médico, el político no es el “jefe” del pueblo. Es un experto que de todos modos debe someter al paciente la consideración del tratamiento. El que debe decidir en última instancia si se toma la pastilla es el pueblo. El político debe limitarse a ser el ductor del aparato del Estado. Elegimos un jefe de Estado, no un jefe de los venezolanos.

Defender ideas de esta clase requiere una gran fe en la inteligencia colectiva, exige abandonar la idea de que el pueblo es bruto y no responde sino a sobornos o convocatorias emotivas. En los focus groups de Hinterlaces sale el tema. Algunos participantes que se confiesan chavistas dijeron: “Es que antes no existíamos”. “Lo más importante que se ha conseguido es el respeto”. “Ahora tenemos esperanza, tenemos una oportunidad, tenemos por qué luchar“. “Me gusta la participación que hay, porque antes no nos tomaban en cuenta para nada”. Pero habitantes de los barrios que se describen como ni-ni o independientes también señalaron: “La oposición piensa que somos ignorantes y marginales”. “Ellos creen que en los barrios no hay gente inteligente, que uno no tiene derecho a tener un buen par de zapatos de marca o a tener un buen celular… Nos siguen despreciando”.

El pueblo está listo para oír a quienes le digan la verdad, responsablemente.

LEA

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FS #136 – El auge de la mentira

Fichero

LEA, por favor

Cuando quien firma abajo estaba a punto de cumplir cinco meses de existencia, Octavio Paz publicaba en la revista mexicana Novedades (2 de junio de 1943) un artículo titulado El auge de la mentira. Es un discurso apasionado y juvenil, y por esto exagerado, acerca de la credulidad de nuestra época. Su texto completo forma esta Ficha Semanal #136 de doctorpolítico. Paz fustiga en el mismo ensayo diminuto la mentira del cine y la de la política. La exageración está en la primera denuncia; la segunda es exacta. Paz opone al cine la poesía, inexactamente, pues el cine puede ser un verdadero arte no exento de poesía. Pero se entiende lo que quiere decir: que el cine vende, mayormente, ilusiones que sirven al escape de la realidad.

La tesis general es, pues, muy verdadera. En nuestra época se cree, con lamentable facilidad, los pases de los encantadores de serpientes, las presentaciones de los charlatanes—una pretendida medicina “sistémica”, que nuestros publicistas no vacilan en ensalzar en la televisión porque paga buen dinero—los discursos de los demagogos. Octavio Paz habló en su cortísimo ensayo con autoridad: el mexicano premiado con el Nóbel de Literatura en 1990, ya de joven estaba comprometido con la verdad. Muerto en 1998, no pudo comentar, como lo habría hecho certeramente, sobre la mentira que nos gobierna en Venezuela. El artículo reproducido acá coincidía temporalmente con la locura nazi, cuando aún faltaban dos años de la Segunda Guerra Mundial.

El hermoso y estimulante trozo del castellano joven de Paz—tenía 29 años—es una anticipación. Cuarenta y cinco años más tarde Jean-François Revel comenzaba un libro diciendo: “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira». (La connaissance inutile). La concisión del poeta que era Paz creció magistralmente en el ensayista que era Revel. En 1988 se publicaba “El conocimiento inútil”, que valió a éste el Premio Chateaubriand y el Premio Jean-Jacques Rousseau.

La pluma de Revel no tenía nada de complaciente. Así escribió cáusticamente: “El club con más socios del mundo es el de los enemigos de los genocidios pasados. Sólo tiene el mismo número de miembros el club de los amigos de los genocidios en curso”. (La gran mascarada, 2000). “La certeza de ser de izquierdas descansa en un criterio muy simple, al alcance de cualquier retrasado mental: ser, en todas las circunstancias, de oficio, pase lo que pase y se trate de lo que se trate, antiamericano”, “La globalización es el chivo expiatorio de los inútiles”. (La obsesión antiamericana, 2002). “La tentación totalitaria, bajo la máscara del demonio del Bien, es una constante del espíritu humano”. (La tentación totalitaria, 1976).

Y también escribió en La connaissance inutile: “La democracia se suicida si se deja invadir por la mentira; el totalitarismo si se deja invadir por la verdad”.

LEA

El auge de la mentira

En los tiempos antiguos el hombre no era más crédulo que en los presentes—aunque sí más creyente. La falta de fe, el escepticismo, la desconfianza no ciegan las fuentes de la credulidad, solamente la hacen cambiar de color y de objeto. Ya nadie cree en las sirenas, ni en la alquimia, pero muchos millones creen al doctor Goebbels y casi todos los habitantes del planeta prestan crédito al mundo que les pinta Hollywood—crédito que jamás han concedido a un filósofo o a un científico. La credulidad de los antiguos, al contrario de lo que ocurre ahora, no nacía del cansancio de buscar y de las sucesivas desilusiones de la historia y la vida interior; su fuente era más pura y por eso sus imágenes también poseían frescura y pureza: nacían del candor, del asombro. El hombre moderno cree por desesperación, porque todas las explicaciones le han fallado o han resultado insuficientes: cree por debilidad de la razón, no por exceso de imaginación. Generalmente se intoxica con cualquier teoría o con cualquier pobre sucedáneo cinematográfico; si asiste a un mitin, lo que pretende es buscar, ciegamente, un nuevo contacto con una noción que la vida moderna le ha hecho perder: el sentido de la fraternidad; si va un cine, lo que intenta es emborracharse de optimismo, vivir la vida que no puede vivir, satisfacer unos instintos reprimidos durante el día o encontrar el olvido de sí mismo.

Los griegos, ese pueblo de políticos, sentían una profunda e instintiva desconfianza frente a los razonamientos y promesas de los políticos y, hasta muy avanzada su historia, dudaban de los filósofos y escarnecían a los utopistas. (No tuvieron profetas, en el sentido hebraico de la palabra). Y, sin embargo, aceptaban y creían todas las fábulas de los poetas. La religión griega no fue una creación de los sacerdotes ni de un alto clero; tampoco el producto de la filosofía o del pensamiento moral: la religión griega fue una creación, una libre creación, de los poetas griegos. Ni Homero, ni Hesíodo, ni ninguno de los creadores de los mitos de Prometeo, Afrodita, Zeus o Hera fueron intelectuales, santos, profetas o clérigos. Para todos los modernos, la poesía es, evidentemente, una mentira manifiesta, cuando no un extravío reprochable; y si la seca poesía moderna es considerada como superchería y locura, ¿qué decir de la poesía griega? Cuando un poeta dice que las olas son una manada de cabras que trepan por la playa rocosa, ¿quién le puede creer? ¿Y habrá algún loco que tome en serio las hazañas de Aquiles, el tormento de Prometeo, la caja de Pandora, el nacimiento de Venus o el castigo de Galatea? Sí, hubo unos locos que creyeron esas fábulas de los poetas: los griegos, los mismos que desconfiaban de la razón y condenaron a Sócrates…, no obstante que fueron los primeros que descubrieron la razón especulativa, fundando así la ciencia y la filosofía.

Los mitos, esas invenciones y fábulas de los poetas, no impidieron a los griegos concebir la geometría, fundar los sistemas del razonamiento y, en fin, producir una filosofía que no hemos hecho sino desarrollar. La cultura griega no fue sino una racionalización de los mitos griegos. Su educación, una pedagogía tendiente a aplicar y realizar entre la juventud los ideales y las virtudes de los héroes míticos. Filósofos, políticos y pensadores no hicieron otra cosa que racionalizar, explicar y aplicar las intuiciones de los poetas. (A la inversa de lo que ocurre entre nosotros: se quiere un arte al servicio de la religión, de la industria o de las necesidades del Estado. Se crea así un arte oficial, aristocrático, precisamente lo contrario de lo que se pretende). La teoría de Platón sobre las reminiscencias y los arquetipos, singular anticipación de la doctrina del inconsciente colectivo de Jung, ¿no es acaso la primera y ya afortunada tentativa para explicar los mitos de los poetas, no como simples mentiras sino como verdades ocultas, como figuradas exprsiones de la memoria inconsciente y sobrepersonal?

Salvo Platón, poeta en su juventud, los griegos no desconfiaron de la poesía ni la juzgaron irreal y mentirosa. Sabían que la imaginación no es lo contrario de la realidad sino su metáfora. Una creación poética, si lo es de verdad, contiene a la realidad, aunque no la exprese en términos exactos, científicos o racionales. No mintieron Homero ni Cervantes cuando crearon a Aquiles y a Don Quijote, como no mintió Flaubert cuando dio vida a Emma Bovary. Los sabios, especialmente los psicólogos y los antropólogos, se sirven de los mitos de los poetas para bautizar sus descubrimientos, porque fueron ellos los primeros que expresaron los enigmas de la naturaleza. ¿Qué ha hecho Freud sino glosar y explicar la tragedia griega, el mito de Edipo y el de Electra? ¿Qué han hecho Frazer o Lévy-Bruhl sino servirse de los mitos primitivos, no para negarlos como simples mentiras sino para explicar el alma y la sociedad arcaicas? La imaginación le sirve al hombre para expresar a la realidad, no para corromperla o mutilarla.

Pero ahora el hombre se rehúsa a la imaginación. Ha dejado de creer en los poetas, aunque sigue prestando crédito a sus baratos sucesores: los empresarios de Hollywood—para no hablar de los nuestros—y los empresarios de la locura, como Hitler… La decadencia de la imaginación no nos ha hecho amantes de la exactitud sino que nos ha entregado a la mentira. Es ella la que triunfa, disfrazada de realidad.

Octavio Paz

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