¡Rotundamente NO!

Razones para votar negativamente los proyectos de modificación constitucional del Presidente de la República y la Asamblea Nacional el 2 de diciembre de 2007

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La procesión va por dentro

TALCUAL

Dos críticas distintas han sido dirigidas sobre Raúl Isaías Baduel, pero se hermanan en una cosa: provienen ambas de posiciones extremas. El chavismo radical ha optado por ignorar el fondo de su oposición a la “reforma” constitucional de Chávez y descalificarlo con meros epítetos. El oposicionismo radical estuvo de acuerdo con su entera exposición… hasta que recomendó ir a la votación para decir no. Allí se perdió esa cosecha, dijeron los ultrosos de la oposición. Para ellos, Baduel ha debido decir todo lo previo y de seguidas llamar a la abstención. Uno que otro militar alborotado dice: “Mi general Baduel apuntó mal. Todo iba muy bien, hasta que llamó a votar. Ahí nos decepcionó”.

Pero Baduel no ha decepcionado a una persona muy particular: un influyente teórico marxista, cuya opinión pesa sobre toda la izquierda latinoamericana y aun en el pensamiento neo-marxista mundial. La referencia es a Heinz Dieterich, quien hasta no hace mucho era uno de los más importantes apoyos teóricos de Chávez. Dieterich acaba de escribir un preocupado artículo (8 de noviembre) sobre el distanciamiento de Chávez y Baduel. En su texto no sólo sale Dieterich en decidida defensa de la trayectoria y personalidad de Baduel, no sólo considera que con su reciente jugada éste “procura ocupar el centro político del país”, sino que recomienda a Chávez la búsqueda de un acuerdo con su antiguo Ministro de Defensa y además se atreve a decir: “Es evidente que la nueva Constitución no es necesaria para avanzar el carácter antiimperialista y popular del proceso bolivariano que encabeza el Presidente en los ámbitos nacional e internacional, ni tampoco es necesaria para avanzar hacia el Socialismo del Siglo XXI”. O sea, dice a Chávez que su proyecto de “reforma” constitucional es enteramente prescindible y, de paso, se refiere al mismo como lo que verdaderamente es: una “nueva Constitución.

Ya antes, el 2 de agosto de este año, Dieterich había insertado otras advertencias en su sitio web. Allí, en torno al problema de un “socialismo del siglo XXI”, pone: “Después de dos años de discusión, en gran medida caótica, irrespetuosa y superficial, que empieza a mermar la credibilidad del discurso socialista del Presidente, es una necesidad política para Hugo Chávez y la Revolución bolivariana pasar a la etapa del debate científico”.

Algo muy grave está ocurriendo ahora mismo en las entrañas y el contexto del chavismo, cuando el interesado consultor Dieterich se arriesga a dejar sentado por escrito que está mermando “la credibilidad del discurso socialista del Presidente”.

Y no es sólo el alemán; el 1º de noviembre, una nutrida Sala 1 de Parque Central alojaba un foro-bautizo del libro ““La Revolución Bolivariana: Nuevos desafíos de una creación heroica”, escrito por Amílcar Figueroa. El panel de comentaristas, que incluía a Douglas Bravo, desató una feroz crítica contra Chávez y su proyecto de “reforma” constitucional. Hubo quien lo llamara “el nuevo Führer”.

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LEA #263

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El país terminó de perder la persona de Luís Herrera Campíns, hombre probo de especial sensibilidad social y buenas intenciones. Absolutamente nadie puede negar que fuera uno de los mandatarios más honestos que haya conocido el país.

Para la época de la campaña electoral de 1998, asumí postura crítica de su promoción de la candidatura de Irene Sáez. Creo que eso fue un error de gran monta, que facilitó la llegada al poder del actual gobernante.

Pero a poco de haber concluido su gobierno (1979-1984), y aun durante el período, sostuve, en contra de la evaluación más frecuente, que su administración había sido buena. (Don Ricardo Zuloaga era, prácticamente, mi única compañía).

Así escribí, por ejemplo, a comienzos de 1986: “Con muy pocos venezolanos de la hora sostenía por aquel entonces que bajo cierta luz el gobierno de Herrera Campíns no había sido tan malo. Si se razonaba que el gobierno de Pérez había sido ‘nefasto’, había que recordar entonces que las primeras jugadas de Herrera habían gozado de un consenso apreciable. El enfriamiento de la economía fue visto unánimemente como necesario en la reunión del Grupo Santa Lucía (una muestra bastante representativa de las élites venezolanas) que tuvo lugar en Barbados en enero de 1979. También pareció que se lograría algo dramático en materia de la represión de corruptelas con el planteamiento de la batalla del ‘Sierra Nevada’. El gobierno anunció, en su carácter de gestor del ‘Estado promotor’, noción de campaña de Luís Herrera, que se produciría una importante transferencia de empresas públicas hacia manos privadas. Hasta llegó a publicarse en 1980, como globo de ensayo, un estudio conjunto de las oficinas centrales de planificación y de personal, en el que se diagnosticaba un considerable exceso en el empleo público y se implicaba la necesidad de un programa de reducción de sus niveles. Si Caldera había dejado una deuda pública de 20.000 millones (cifra adeca), Pérez la había más que quintuplicado hasta los 110.000 millones (cifra copeyana) y Luís Herrera habría hecho descender ese incremento de 400% hasta uno de 36% al haber llevado la deuda hasta 150.000 millones (cifra adeca). Bajo esta luz el esfuerzo podría haber sido considerado casi heroico. En la experiencia de todo gerente los porcentajes de incremento positivo o negativo son variables más accesibles al control que los propios niveles absolutos, y la imagen de la locomotora desbocada del gobierno de Pérez sugería la de un terco tanque de guerra, Luís Herrera, que habría intentado frenarla completamente al embestirla sin conseguir más que una apreciable desaceleración”.

E igualmente: “El otro factor digno de mencionar es el marcado aumento en el escrutinio que de las ejecutorias públicas hacían, principalmente, los medios de comunicación social. Se puede decir que a este respecto aumentó la democracia venezolana durante el período de Luís Herrera. En efecto, nunca antes un gobierno había estado expuesto a un asedio tan insistente o tan escudriñador. El día que llegue a ser posible una cuenta más objetiva de los casos de corrupción administrativa y se haga una comparación entre los producidos en el gobierno de Pérez y en el de Herrera, será posible notar que durante el período de este último aumentó la frecuencia de reporte. Habrá que decidir entonces si hubo más corrupción absoluta durante el mandato de Luís Herrera o si la percepción de que así lo fue dependió más de una mayor cantidad de iluminación, si el tumor era realmente más grande que antes o si se veía más porque la lámpara del quirófano alumbraba mejor”.

Ha muerto un gran venezolano. Paz a su alma hermosa.

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CS #263 – Seriedad y travesura

Cartas

Hace exactamente una semana, el suscrito almorzaba con un economista y un ingeniero venezolanos. El primero, presidente de una compañía del área financiera, aumentó el valor ya considerable del condumio—por lo sabroso de los platos y la interesante e intensa conversación—al insertar un comentario final. Primeramente, apuntó que el referéndum previsto para la consideración del proyecto de “reforma” constitucional introducido por Hugo Chávez no era revocatorio de su mandato, ni una instancia de elección en la que su cargo estuviera en juego. (Luis Ugalde, entre otros, también ha expuesto esta importante distinción). Siendo así, argumentó el compañero de almuerzo y financista del mismo, los partidarios de Chávez en el Consejo Nacional Electoral pudieran estar menos dispuestos a dar su vida por el proyecto, y estarían inclinados a hacer valer los resultados aun en el caso de que éstos fueren adversos a la proposición. Es, sin duda, una observación inteligente, un empujón adicional a favor de la creciente tendencia de ir a votar para rechazar explícitamente el proyecto de Chávez.

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Como han destacado importantes estudiosos de la opinión pública—Luis Vicente León, Alfredo Keller, Oscar Schemel—el gobierno perdería el referéndum constituyente si la abstención fuese más bien baja. Sabemos, sin embargo, que hay una prédica muy activa a favor de abstenerse y que, más gravemente aún, unos cuantos presuntos salvadores de la Patria conspiran de nuevo para suscitar una “crisis de gobernabilidad” que, según ellos, conduciría a una acción militar—o remoción quirúrgica a la Noriega—que terminaría con la dominación chavista. Teodoro Petkoff editorializó el martes de esta semana en Tal Cual, alertando sobre la tontería de repetir récipes fracasados en 2002 y 2003, los que, por otra parte, han marcado a la oposición venezolana con un dañoso estigma golpista del que no ha sabido—o querido—desembarazarse. Y el ingeniero del almuerzo referido, militar retirado, se refugió en una tesis terca y simplista: que como Chávez era militar, sólo un militar podría sacarlo del poder. Como si poseyese la verdad política definitiva, remachó su afirmación con una parábola del juego de bolas criollas: una bola saca a otra bola con un boche. Hasta allí la superficial sociología de su dogmatismo.

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Dos tipos básicos de crítica han sido dirigidos sobre Raúl Isaías Baduel, pero se hermanan en una cosa: provienen ambos de posiciones extremas. El chavismo radical encamburado o enchufado—Cilia Flores, Jorge Rodríguez, Pedro Carreño, Diosdado Cabello, Jorge Luís García Carneiro, Orlando Maniglia (mayoría de militares en proporción de dos a uno)—ha optado por ignorar el fondo de las aseveraciones de Baduel y procurar su descalificación con meros epítetos. El oposicionismo radical estuvo de acuerdo con su entera exposición… hasta que recomendó ir a la votación para decir no. Allí se perdió esa cosecha, dijeron los ultrosos de la oposición. Para ellos, Baduel ha debido decir todo lo previo y de seguidas llamar a la abstención. De hecho, el militar-ingeniero del acontecido almuerzo del jueves pasado reportó que algunos militares activos con los que habla periódicamente le habrían dicho exactamente eso: “Mi general Baduel apuntó mal. Todo iba muy bien, hasta que llamó a votar. Ahí nos decepcionó”.

Pero no ha decepcionado a una persona muy particular: un influyente teórico marxista, cuya opinión pesa sobre toda la izquierda latinoamericana y aun en el pensamiento neo-marxista mundial. La referencia es a Heinz Dieterich, quien hasta no hace mucho parecía ser uno de los más importantes apoyos teóricos de Chávez. Dieterich acaba de colocar en su página en Internet (http://www.rebelion.org/dieterich.htm) un preocupado artículo (8 de noviembre) sobre el distanciamiento de Chávez y Baduel. (La ruptura Chávez-Baduel: impedir el colapso del proyecto popular). En su texto no sólo sale Dieterich en decidida defensa de la trayectoria y personalidad de Baduel, no sólo considera que con su reciente jugada éste “procura ocupar el centro político del país”, sino que recomienda a Chávez la búsqueda de un acuerdo con su antiguo Ministro de Defensa y además se atreve a decir: “Es evidente que la nueva Constitución no es necesaria para avanzar el carácter antiimperialista y popular del proceso bolivariano que encabeza el Presidente en los ámbitos nacional e internacional, ni tampoco es necesaria para avanzar hacia el Socialismo del Siglo XXI. Y es igualmente obvio que el modelo actual tiene una serie de debilidades estructurales, que pueden hacer crisis el próximo año, particularmente en la economía y en la falta de dialéctica en los órganos de conducción del país”. O sea, dice a Chávez que su proyecto de “reforma” constitucional es enteramente prescindible y, de paso, se refiere al mismo como lo que verdaderamente es: una “nueva Constitución”. Al mismo tiempo, remata con la premonición de una crisis “estructural” en 2008, la que sobrevendría por razones económicas—Maza Zavala ya las advierte en PDVSA—y por, traduzcamos, la mordaza a la discusión impuesta por el gobierno.

Ya antes, el 2 de agosto de este año, Dieterich había insertado otras advertencias en su sitio web. (Hugo Chávez, Raúl Baduel, Raúl Castro y el Bloque Regional de Poder Popular avanzan el Socialismo del futuro). Allí, en torno al problema de un “socialismo del siglo XXI”, pone: “Después de dos años de discusión, en gran medida caótica, irrespetuosa y superficial, que empieza a mermar la credibilidad del discurso socialista del Presidente, es una necesidad política para Hugo Chávez y la Revolución bolivariana pasar a la etapa del debate científico”.

Esto lo dice Dieterich justamente al término de la sección que dedica a Raúl Isaías Baduel, con cuyo nombre, además, inicia el artículo entero y al que coloca delante del de Chávez y el de Raúl Castro. El artículo arranca así: “1. Aporte de próceres y aporte obrero a la economía socialista: En los últimos días el Socialismo del Siglo XXI ha dado un gran paso adelante. El ex Ministro de Defensa de Venezuela, Raúl Isaías Baduel, ha definido sin ambages que el socialismo no se puede construir sin la ciencia. Hugo Chávez ha reconocido públicamente que la informática define el carácter de la economía política contemporánea y el Presidente interino de Cuba, Raúl Castro, ha recalcado la función cibernética vital que cumplen los precios en toda economía moderna. A su vez, el sector obrero del Bloque Regional de Poder Popular-Argentina (BRPP) dio a conocer que presentará, en el ‘Segundo Encuentro de Pueblos y Estados por la Liberación de la Patria Grande’ (en noviembre), la compleja contabilidad socialista (valores) de un gran buque mercante de 45 mil toneladas y de un automóvil”. Es decir, aparte de la conmovedora noticia del logro histórico de haber podido sacar—¡por fin!—cuentas socialistas sobre un vehículo naval y uno terrestre, Dieterich ejecuta su acostumbrada colgadita para declarar “próceres” a Castro, Chávez y Baduel, y ubica a este último a la cabeza de la serie, no sin destacar lo que pudiera representarle honorarios de consultoría: que el “socialismo del siglo XXI” necesita ciencia y en especial cibernética, que son precisamente las cosas que él presume conocer.

Algo muy grave está ocurriendo ahora mismo en las entrañas y el contexto del chavismo, cuando el interesado consultor Dieterich se arriesga a dejar sentado por escrito que está mermando “la credibilidad del discurso socialista del Presidente”.

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Hace exactamente dos semanas la editorial El Tapial organizó un foro-bautizo del libro “La Revolución Bolivariana: Nuevos desafíos de una creación heroica”, cuyo autor es Amílcar Figueroa, Presidente Alterno del Parlamento Latinoamericano y antaño miembro del PRV-Ruptura. El libro, se dijo, quiso ser una contribución a la “autocrítica del proceso”. En el acto, celebrado en la Sala 1 de Parque Central, hablaron ante un lleno total de chavistas el cubano Roberto Regalado, historiador, Douglas Bravo, ex guerrillero, Elio Hernández, líder del MVR y delegado al Congreso del Partido Socialista Único de Venezuela, y Víctor Moronta, dirigente estudiantil que es igualmente delegado al Congreso del PSUV. Freddy Bernal había sido anunciado, pero no se presentó en el lugar.

Los panelistas venezolanos ofrecieron—¡oh sorpresa!—una feroz crítica al proyecto de “reforma” constitucional, al liderazgo mismo de Hugo Chávez—hubo quien aludiera a él como el “nuevo Führer”—y a la constitución del PSUV. De no haber sido porque fustigaban la adulteración del proyecto socialista, se hubiera podido pensar que el evento había sido convocado por el “Comité Nacional de la Resistencia”. De Chávez se dijo que imponía una conducción excluyente y que pretendía la concentración de todo poder, eliminando, de paso, los controles que mantuvieran a raya la corrupción. (Nombres concretos de funcionarios y dirigentes corruptos se escucharon en el salón, dentro de una nómina parcial de la “boliburguesía”).

Hubo también una crítica descarnada del proceso de conformación del PSUV, y se dijo que se había suprimido en él toda discusión doctrinaria, para constreñir el Congreso de la naciente organización a un debate secundario sobre el reglamento del partido. Hubo la denuncia de la predecapitación de la autocrítica revolucionaria. Hubo la condena del proyecto de “reforma” de Chávez como neocapitalista. Hubo queja de su afiliación con ideólogos extranjeros—¿Dieterich? ¿Harnecker?—mientras desprecia los aportes locales, autóctonos, folklóricos y endógenos.

No parece que esta especie de chavismo—ya no sin Chávez sino contra él—vaya a decir sí al proyecto presidencial de deformación constitucional en el referéndum de diciembre próximo.

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Quien escribe no dispone de datos que le permitan afirmar que Raúl Baduel decidió oponerse de modo farisaico a la nueva constitución que Chávez quiere. Por lo contrario, lo que se conoce de Baduel apunta a su seriedad y a su valentía. Además, y por encima de todo, tiene toda la razón al oponerse. Pero sería ingenuo pensar que en su postura sólo hay motivos altruistas y patrióticos. Del modo más legítimo Baduel pudiera soñar con ser Presidente de la República. (Lo que en sí mismo puede ser altruista y patriótico). Es venezolano por nacimiento, no posee ninguna otra nacionalidad, tiene más de treinta años de edad, es de estado seglar y no está sometido a condena por sentencia de firmeza definitiva. Tiene todo el derecho. ¿Qué se opone a este derecho y a la posibilidad de ejercerlo, que tal vez quisiera Baduel materializar en 2012? El proyecto de Chávez, que estrecha el paso a toda ambición que no sea la suya. (No la anula de un todo; de salirse con la suya, Chávez tendría aún que presentarse a reelección. Todavía no tenemos una norma constitucional que prescriba su presidencia vitalicia, ni siquiera en su proyecto).

Más de uno hace sus cálculos pensando en 2012. Las cuñas televisivas de Leopoldo López, por ejemplo, parecieran llevar esa intención. Los cuatrillizos de Julio Borges habrán reforzado su pretensión presidencial, y Manuel Rosales todavía sueña con lograr lo que Pedro Carmona, aun con su apoyo, no pudo preservar. Herman Escarrá se imagina Presidente, y Diosdado Cabello, en su estilo sibilino, calcula lo mismo. No ha disminuido—al contrario, debe haber aumentado—el contingente de venezolanos que se visualizan despachando desde Miraflores. Al suscrito mismo le pica ese zancudo de cuando en cuando.

Y lo que el proyecto de Chávez pretende es que esos apetitos no sean saciados. Baduel no puede estar contento con eso y, por lo visto, Dieterich tampoco. Éste sabe, estudioso de la historia del socialismo como es, que en las filas del chavismo militan muchos que se creen con aptitudes para dirigir el Estado venezolano, y que el proyecto reconstituyente de Chávez inevitablemente les frustra. Menos contentos todavía están los congregados en la Sala 1 de Parque Central el pasado 1o. de noviembre.

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Un asunto distinto es que Baduel sea un sucesor conveniente. Obviamente puede reivindicar cualidades de seriedad, discreción, prudencia, profesionalismo y coraje. ¿Es esto suficiente?

Apartando que su fe personal en la reencarnación, y su sacralización del código samurai, no sean precisamente indicios de modernidad, Baduel comulga con la ideología marxista. Ya el hecho de inscribirse en una ideología, aunque fuera liberal, socialcristiana o socialdemócrata, señalaría su afiliación a un paradigma obsoleto. Pero más allá de este dato fundamental y previo, la que escoge es marxista, y ésta es la más equivocada de todas. Baduel cree, desinformada e ingenuamente, que el marxismo es una ciencia: “…si la base para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels, lo que construyamos sobre ella no puede serlo menos…”  (Discurso del 18 de julio de 2007).

El marxismo no es ninguna ciencia. No exhibe, como pusiera Karl Popper en evidencia, la refutabilidad que caracteriza a toda ciencia digna del nombre, y un eventual Jefe de Estado que crea que Marx y Engels hacían ciencia, con la rigidez que eso implica ante una época de humildad y apertura debidas, no será un mandatario que nos convenga. Además, Baduel es, antes que nada, un militar. ¿Y no estamos viviendo la hipertrofia cancerosa del militarismo en Venezuela, que requeriremos reducir?

De aquí a 2012 Baduel pudiera concebiblemente recomponer, en dificilísimo pero no imposible ejercicio, su estructura paradigmática personal; pudiera reaprender. Hasta tanto eso no ocurra, no puede sostenerse que sea el mejor sucesor de Chávez entre los imaginables. Pero bienvenido sea su vigoroso y corajudo rechazo a las pretensiones de Hugo Chávez, y bienvenida sea su convocatoria a votar. En ambas cosas tiene razón.

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Es verdad que una normalidad constitucional difiere la posibilidad de sustituir a Chávez para 2012. (Si no logra hacer aprobar su proyecto de deformación de la Constitución; en caso contrario el Tribunal Supremo de Justicia, seguramente, le adjudicaría una ñapa de un año, pues también quiere extender el período a un septenio, como Guzmán Blanco). Pero podemos perfectamente pensar en una travesura, que pasa a ser expuesta.

El 19 de enero de 1999, la Corte Suprema de Justicia, en decisión histórica, sentenció que podía preguntarse al pueblo si quería elegir una asamblea constituyente, a pesar de que esta figura no estuviese contemplada en la constitución vigente en ese momento, que era la promulgada el 23 de enero de 1961. Más adelante, la Corte especificó (13 de abril de 1999) que “la asamblea constituyente tiene por único objeto dictar una nueva Constitución”.

Una constitución es, por supuesto, entidad superiorísima y mucho más fundamental que un presidente cualquiera. Si un mero referéndum consultivo sirvió para dilucidar si queríamos, mediante asamblea constituyente no contemplada en la constitución, sustituir la que nos regía por otra enteramente nueva, ¿qué pudiera oponerse a la noción de que otro referéndum consultivo nos preguntara si queremos elegir un nuevo presidente, aunque formalmente no se haya cumplido el período especificado para quien esté en ejercicio?

Las condiciones constitucionales son muy sencillas: “Artículo 71. Las materias de especial trascendencia nacional podrán ser sometidas a referendo consultivo por iniciativa del Presidente o Presidenta de la República en Consejo de Ministros; por acuerdo de la Asamblea Nacional, aprobado por el voto de la mayoría de sus integrantes; o a solicitud de un número no menor del diez por ciento de los electores y electoras inscritos en el registro civil y electoral”.

No podría discutirse que una pregunta tal sea o no “de especial trascendencia nacional”, y el corte definitivo del registro electoral (31 de agosto de 2007) indica que en estos momentos son reconocidos 16.112.857 ciudadanos como electores. Esto es, tan sólo 1.611.286 firmas—no de caligrafía similar—harían inevitable ese preciso referéndum.

Esto se dice acá porque, como ya temen Baduel y Dieterich, el gobierno de Chávez puede verse inmerso en profunda crisis a cortísimo plazo. Herr Dieterich la vislumbra en 2008 (como el Arúspice de Los Palos Grandes desde hace ya bastante), y sólo menos de dos meses nos separan de ese próximo año. Y a juzgar por los lapidarios juicios de Parque Central, ya la crisis se ha concretado.

Hugo Chávez ha escogido—como Marcos Evangelista Pérez Jiménez, como Luis Napoleón Bonaparte—la fecha del 2 de diciembre para su nuevo golpe de Estado. Si llegamos a superar la torpe prédica de la abstención y vamos a votar con valentía y responsabilidad, no sólo se habría detenido la pretendida deformación constitucional, sino que la popularidad del régimen quedaría gravemente afectada. La abstención es totalmente incapaz de lograr ese efecto.

Conviene, pues, ir pensando en decisiones excepcionales del Poder Constituyente originario, que somos nosotros.

LEA

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FS #170 – Garzón soldado

Fichero

LEA, por favor

Ahora ha abierto el Presidente de la República un nuevo frente de batalla. Ya no es que enfrenta al jefe del capitalismo imperialista mundial, Sr. George W. Bush. Ahora está en guerra personal y directa con la Corona de España. No puede sentirse más feliz que con eso. Ahora sí puede decir que es, en verdad, el segundo Libertador, el segundo Bolívar, en una Segunda Guerra de Independencia que nos separará definitivamente de España.

Claro que el primer Bolívar, el único, procuraba hablar y actuar con la mayor urbanidad, especialmente si se dirigía a algún enemigo. Luego de su entrevista con Morillo en Santa Ana (27 de noviembre de 1820), el general español pudo escribir: “Acabo de llegar del pueblo de Sta. Ana, en donde pasé ayer uno de los días más alegres de mi vida en compañía de Bolívar y de varios oficiales de su estado mayor, a quienes abrazamos con el mayor cariño… Bolívar estaba exaltado de alegría; nos abrazamos un millón de veces, y determinamos erigir un monumento para eterna memoria del principio de nuestra reconciliación en el sitio en que nos dimos el primer abrazo”. A Hugo Chávez, en cambio, le manda a callar el Rey de España.

Los acólitos de siempre han salido a defender la patanería del Jefe del Estado. El propio Chávez equivoca la causa del regaño, y adelanta la hipótesis de que el Rey se molesta porque él diga que Aznar tenía conocimiento del golpe de abril de 2002, que a lo mejor el mismo Juan Carlos lo sabía, y explica que no tuvo intención de ofender a nadie. Según él, llamar fascista a una persona, y compararla con una serpiente, no constituyen ofensa; interrumpir a un orador, colega suyo, fuera de su propio derecho de palabra, es algo a lo que tiene derecho, pues puede decir lo que le dé la gana.

Chávez no ha entendido qué pasó, puesto que es constitucionalmente incapaz de cortesía. Sus secuaces sí, pero creen entender también que en la adulación incondicional y rastrera les va la continuidad en sus lucrativos cargos.

Hubo un precursor del Rey. No hace mucho vino a Venezuela el juez Baltasar Garzón, español como Juan Carlos de Borbón, como José Luis Rodríguez Zapatero y José María Aznar; español, en fin, como nosotros, que formamos nuestro cerebro y nuestra alma en el espacio de la lengua castellana. Como pueblo somos, por encima de cualquier otra cosa, españoles, por más que políticamente no seamos súbditos de la Corona de España. “Venezuela no es un pueblo. Es tan sólo la población que de la parte septentrional de América del Sur ha hecho el pueblo español. Esta es la verdad que ya no debemos eludir”. (En carta del suscrito al Dr. Arturo Sosa h., 7 de septiembre de 1984).

Garzón vino al 37o. Congreso Internacional de CONINDUSTRIA, para hablar el 19 de junio de este mismo año. Al conocerse públicamente sus palabras, se desató la acostumbrada jauría oficialista para insultarlo, tratando de descalificarle sin adelantar ni un solo argumento.

La Ficha Semanal #170 de doctorpolítico reproduce la sección final del discurso de Baltazar Garzón. Es una lectura apropiada para el momento.

LEA

Garzón soldado

El espíritu democrático se ha ido tejiendo de forma lenta pero incontenible desde todos los frentes de la inteligencia humana y, siguiendo la estela de John Locke en su carta sobre la tolerancia en el ya lejano 1689, debemos defender el derecho de libertades y derechos humanos, empresariales y laborales, y de resistencia y de rebelión ante situaciones extremas de abuso de poder, huyendo de la sumisión que impone la obediencia oficializada y proclamando la necesidad de enarbolar la bandera de la libertad por encima del jergón de la sumisión, como decía Étienne de La Boétie en su discurso sobre la servidumbre voluntaria allá por el siglo XVI.

Los adictos a la intolerancia no tienen más argumentos que la cobardía y la violencia. Borges nos recuerda la historia del caballero a quien, en medio de una discusión teológica o literaria, su contrincante arrojó a la cara un vaso de vino. Sin inmutarse, el agredido replicó: “Esto señor, es una digresión; ahora espero su argumento”.

Los defensores de la intolerancia actúan como ese agresor y carecen de argumentos. No dejan lugar a la razón común, y con su acción quieren borrar al contrincante si es un adversario o aniquilarlo si es un enemigo.

Los intolerantes no dudan. Descienden por línea directa del autoritarismo—que siempre se reviste de una especie de verdad inmutable—están cargados de consignas, son disciplinados y sumisos, tergiversan la realidad y la historia, a las que nacionalizan, y finalmente se inmolan o matan por sus posiciones trascendentes, que únicamente existen en el hueco de su cabeza. El oficial en la Colonia Penitenciaria de Kafka es un adicto a la intolerancia, preocupado únicamente por la eficacia de su máquina de matar, confundiendo la justicia con la necesidad de las víctimas. Por eso, ni en sueños reciben los intolerantes la visita de la duda.

La ideología de la intolerancia localista, tribal, fascinada melancólicamente por lo irracional y lo mítico, se asienta preferentemente en viejos bastidores doctrinales, dogmas y ortodoxias a granel, donde la crítica es imposible y a veces se adereza con un supuesto izquierdismo, como mero adhesivo oportunista que busca presentar lo viejo como moderno y camuflar la persecución política y la depuración ideológica desde un fanatismo totalitario.

Para los intolerantes la culpa siempre es del otro; a través de esta gimnasia sombría se liberan de sus propios fantasmas, lo que les permite seguir viviendo en los parajes de la ficción y del delirio. Los intolerantes crean su propio entorno social, cultural y afectivo; se movilizan y se encuadran para facilitar aliento popular a sus activistas y simpatizantes, se esfuerzan en captar militantes tristemente esmaltados con siniestras y horrendas agresiones como único botín de guerra. Así se cierra una especie de círculo infernal de este juego escalofriante, diseñado para un obsceno destino por los santones de cualquier fundamentalismo, que es la expresión patológica del desequilibrio y de la quiebra del universo.

Los fundamentalistas rechazan la hermenéutica, el pluralismo y el relativismo, y sólo afirman desde una turbia complicidad el miserable reinado de la exclusión. Cuando el disenso está amordazado, la tortura, el asesinato, la censura, la extorsión, la amenaza, la corrupción, han sido herramientas favoritas a través de la historia de los intolerantes, que pretenden evitar cualquier opinión divergente y, si ésta surge, silenciarla o denostarla inmediatamente.

Ante esta pequeña corte de testigos que hoy nos reunimos aquí, me parece oportuno traer también a colación las palabras de Elías Canetti, que en su masa y poder ha contribuido decisivamente a poner de relieve el carácter atávico y transindividual de las actitudes intolerantes, ligadas siempre a los reflejos de la supervivencia que rigen las psicologías del poder.

El filósofo británico Jonathan Glover denuncia el carácter criminal de la intolerancia política y cultural. La conclusión de Glover, tras el repaso a tanta ignominia de tal exceso de barbarie, es un tanto desalentadora para la especie humana. Los hombres no han aprendido; no hemos aprendido a respetarnos los unos a los otros. Persiste una especie de orgullo guerrero que fomenta la eliminación de aquellos que han sido calificados de enemigos. Confiesa Glover que la antipatía hacia las diferencias, combinada con un aberrante tribalismo, son constantes y casi inextirpables de la psicología del intolerante. Sin embargo, hija legítima de la tolerancia es la libertad que se abrocha irrefutablemente con la paz, una paz democrática incardinada en el derecho y en la justicia. La libertad, como afirma Don Manuel Azaña, Presidente de la Segunda República Española, no hace felices a los hombres, los hace sencillamente hombres.

Ahora que el concepto de seguridad pugna por sofocar y neutralizar al concepto de libertad, es preciso volver a cantar la gloria constitutiva de la libertad humana como la única empresa y aventura irrenunciables. Frente a la injusticia y a la infamia, sólo cabe una pedagogía de la indignación activa cimentada en la libertad.

Frente al curso fatal y siniestro de los acontecimientos, sólo cabe una oposición firme que ponga a prueba, desde la libertad, nuestra capacidad para cambiar el ritmo de la historia. Frente a la trinchera que destila odio y segrega venganza, sólo cabe el ejercicio de una libertad que, desde el coraje y la convicción ética, interpele y desafíe la mezquina gloria de los intolerantes y que cubra de garantías a quienes ninguna respetan.

Karl Popper lo afirmó sin rodeos: sólo la libertad parece hacer segura a la seguridad, y entre ambas cubren todo el espectro garantista que pueda exigirse, pero a la vez contiene su excusa. La única paz posible y verdadera es una paz justa, libre y democrática. Demos por ello validez actual a las palabras del padre Juan de Mariana, que también en el ya lejano siglo XVI decía: “Bueno es el nombre de la paz, sus frutos gustosos y saludables, pero advertid que bajo el color de la paz no nos hagamos esclavos, A la paz la acompañan el respeto y la libertad. La servidumbre es el mayor de los males y se debe rechazar con todo cuidado, con las armas y la vida si fuere necesario”.

Hoy es un buen día para cimentar la lucha por la libertad y la justicia, y es que sólo en libertad la justicia da vida y muestra cómo debe lucharse para que éstas adquieran sentido. El destino no está trazado en las estrellas; lo formamos nosotros día a día. Ni tristezas ni olvido, ni impunidad ni justificación. Es preciso vencer el miedo, y hacerle frente en cualquier esquina con la mano abierta y el corazón entero.

Queridos amigos y amigas: el mundo que hoy vivimos es una inmensa cartografía de diferencias. Sólo, insisto de nuevo, la tolerancia puede cambiar el mundo. Cuanto más amplio es el marco de intercambio cultural, más aprenderemos los unos de los otros. Habitamos un mundo más plural y variado que nunca, y la globalización no puede acabar con las culturas del mundo, sólo puede añadir una más. La base de esta cultura global tendrá que ser el pluralismo, porque es el único valor capaz de abarcar a todos los demás para conducirnos a una unidad diversa. De cómo construyamos esto dependerá nuestro futuro como género humano y nuestras posibilidades como parte del universo.

La cultura nos provee de referentes éticos y, como decía Borges, yo preferiría pensar que a pesar de tanto horror hay un fin ético en el universo, que el universo responde al bien. Y en ese argumento pongo mis esperanzas, y es por ello que, frente a los intolerantes que siembran semillas de odio, frente a los que ejercen el poder y permiten o auspician que se mate, o que el miedo se apodere de una humanidad secuestrada, y frente a los que confunden religión frente a fundamentalismos fanáticos, la única vía, insisto, es, ahora más que nunca, recuperar las exigencias de una ética de la convicción junto con una ética de la responsabilidad. Es ejercer la valentía civil, que antepone el valor de la verdad a cualquier conveniencia pragmática y utilitarista. Es exigir la compatibilidad entre el pluralismo de opciones que diseñe el horizonte de nuestro futuro democrático, lejos de la neutralidad valorativa de la que nos hablaba Max Weber.

Una democracia sin valores, inmersa en la incertidumbre o en la contingencia política oportunista, tiende a convertirse en un totalitarismo visible o latente, y olvida lo que Tocqueville advertía acerca de que el fundamento de la sociedad democrática estriba en el estado moral de un pueblo. Aprendamos del Libertador Simón Bolívar cuando, en la carta al Teniente Coronel español Francisco Doña el 27 de agosto de 1820, le decía: “El hombre de honor no tiene más patria que aquella en la que se protegen los derechos de los ciudadanos y se respeta el carácter sagrado de la humanidad”; o, cuando en su carta al General Santander el 30 de octubre de 1823, le dijo: “En moral, como en política, hay reglas que no se pueden traspasar pues su violación suele costar caro”.

Baltazar Garzón

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