por Luis Enrique Alcalá | Oct 25, 2007 | Cartas, Política |

Con escasos ocho días de diferencia, y muy cercanos el uno del otro, morían en 1955 dos titanes del pensamiento occidental. El 18 de abril, en el Hospital de Princeton, Nueva Jersey, expiraba Albert Einstein, de quien es difícil decir algo original que al mismo tiempo sea justo. El primero en despedirse, el 10 del mismo mes en Nueva York, fue Pierre Teilhard de Chardin. Dejaba tras de sí una poderosa y persuasiva visión acerca del sentido del mundo y su evolución, que tenía por eje fundamental la aparición del fenómeno humano. Einstein era el escenógrafo, Teilhard el dramaturgo. Alberto había revelado la estructura y comportamiento del teatro; Pedro narró el drama.
La narración de El fenómeno humano es esencialmente optimista: la evolución del cosmos es un acrecentamiento de consciencia en dirección a un polo atractor, el Punto Omega. Para alcanzarlo el universo inventa primero la vida, y ésta hace centenares de miles de ensayos, no exentos de error. Cada nueva especie es un nuevo intento por llegar a Omega, y es la humana—dotada de la única conciencia reflexiva natural—la que finalmente podrá completar la misión, cuando los hombres sepan acercarse los unos a los otros para una sobrevida de conciencia unificada. El mundo, pues, posee sentido; no es una pura cantidad, sino un vector con dirección.
Teilhard estuvo todo el tiempo consciente de las dificultades que su visión impondría a la teología ortodoxa, y por tal razón advirtió que sólo describía los rasgos de un fenómeno. Si se atrevió a presentar la monumental narrativa de su obra fue porque estaba persuadido de que el siglo XX fue “probablemente más religioso que cualquiera otro. ¿Cómo pudiera no serlo, con tantos problemas por resolver? El único problema es que todavía no ha encontrado un Dios que pueda adorar”.* San Pedro Teilhard se atrevió a sugerir un esbozo apenas de su imagen, entrevista al final de la aventura cósmica cuya crónica escribió.
Pero Teilhard sabía que tan acendrado y descomunal optimismo sería objetado por quienes apuntarían, atinadamente, que la peripecia humana aloja innumerables instancias de mal. Por lo demás, no necesitaba ese acicate: para cuando se completaba la escritura de El fenómeno humano, ya la Segunda Guerra Mundial había entrado en su segundo año de muerte y destrucción. Por esto se sintió obligado a escribir un apéndice a su obra: “Algunas consideraciones acerca del lugar y la parte que corresponden al mal en un mundo en evolución”. En él enumera Teilhard cuatro clases de mal en el mundo:
Mal de desorden y de fracaso, en primer lugar. Hasta en sus zonas reflexivas, ya lo hemos visto, el Mundo procede a golpe de probabilidades, por tanteo. Ahora bien: por este mismo hecho, incluso dentro del dominio humano (en el cual, no obstante, el azar está mejor controlado), cuántos fallos para un éxito, cuántas miserias para una alegría, cuántos pecados para un solo santo… estadísticamente, en todos los grados de la Evolución, siempre y por todo lugar, el Mal se forma y se vuelve a formar, implacablemente, en nosotros y a nuestro alrededor. Necessarium est ut scandala eveniant. Así lo exige, sin apelación posible, el juego de los grandes números en el seno de una Multitud en vías de organización.
A continuación reconoce otro tipo: “Mal de descomposición, después: simple forma del precedente, en el sentido de que enfermedad y corrupción siempre proceden de un azar desgraciado; sin embargo, forma agravada y doblemente fatal, nos es necesario añadir, en la medida que, para el viviente, el hecho de morir se ha convertido en la condición regular, indispensable, del reemplazo de los individuos, unos por otros, siguiendo el mismo phylum: la muerte, engranaje esencial del mecanismo y de la ascensión de la Vida”.
Una tercera clase de mal es presentada de esta forma: “Mal de soledad y de angustia, también: la gran ansiedad (muy propia del Hombre) de una conciencia que se despierta a la reflexión en un Universo oscuro, en el que la luz necesita siglos y siglos para llegarle, un Universo que todavía no alcanzamos a comprender, ni a saber qué es lo que nos pide…”
Por último una clase de mal, si se quiere, más útil: “Mal de Crecimiento, por medio del cual se expresa en nosotros, con las angustias de un parto, la ley misteriosa que, desde el más humilde quimismo hasta las más altas síntesis del espíritu, se hace traducir, en términos de trabajo y de esfuerzo, cualquier progreso en la dirección de una mayor unidad”.
No negaba sino que exponía, como taxonomista, esas cuatro especies del mal de las que daba testimonio: “Dolores y faltas, lágrimas y sangre: tantos subproductos (a menudo preciosos, por otra parte, y aun reutilizables) engendrados en ruta por la Noogénesis”. (La formación de la conciencia). Es decir, a pesar de reconocerlo, tuvo la frialdad clínica para buscar en el mal mismo la oportunidad de usarlo para crecer.
……..
Es una distinción francesa la idea de una cuenta corta y una larga de la historia. Ésta última es el tiempo lento, secular o milenario, de las sociedades. A su ritmo, las naciones experimentan fases felices o infelices de su existencia; algunas hasta su aniquilación. El progreso de las sociedades, o su declive, no son procesos rápidos. Esta característica de la cuenta larga puede desesperar a los miembros concretos de una comunidad, que quisieran ver la cesación de un mal o una gran necesidad social consumarse en el curso de sus propias vidas de cuenta corta. La lentitud metamórfica de la cuenta larga puede ser tolerada por el filósofo idealista, pero suscita la rebelión del existencialista que se ocupa del aquí y del ahora. ¿De qué me sirve un mapamundi—diría un Kierkegaard caraqueño—si lo que quiero es saber cómo llegar de la parroquia de La Candelaria a la urbanización de La Urbina?
Resulta comprensible, pues, que el venezolano que sabe del mal que la dominación chavista ha traído a su patria desespere por su término. No le consuela que se le recuerde la máxima castellana que asegura la inexistencia de males que duren cien años. Imaginar que la abrumadora presidencia de Chávez pudiera cesar en 2021—o tal vez con su muerte, según los precedentes de Gómez, Franco o Castro—se le hace intolerable; de hecho, preferiría con mucho su abandono instantáneo del cargo que detenta.
A pesar de tan fuerte sentimiento, resulta mucho más constructivo superarlo y convertir su origen, como proponía Teilhard de Chardin, en oportunidad de crecimiento.
Hablo de aprendizaje. Si los venezolanos nos quedáramos—no todos, por cierto—en el mero repudio de Hugo Chávez, si no nos preguntáramos por el significado de su aparición ni buscáramos en nosotros mismos errores pasados, si persistimos en ellos, la experiencia de su gobierno no será otra cosa que puros “[d]olores y faltas, lágrimas y sangre”, puro mal.
Una primera lección que se deriva de la dolencia oncológica del chavoma es que éste jamás hubiera tomado cuerpo de no haber sido precedido por una política soberbia, que no encontró manera de acomodar la crítica y se negó a la metamorfosis; ahora tenemos, además de soberbia, altanería.
Los primeros signos de una conciencia de rechazo a la política que precediera a Chávez datan al menos de 1984. Para la época, la prestigiosa encuestadora Gaither hacía regulares estudios de opinión en Venezuela. En ellos era la siguiente una pregunta estándar: “¿Cuál es el mejor partido?” (A los entrevistados se les ofrecía las opciones de AD, COPEI, MAS y otros). En agosto de 1974, la suma de las respuestas de “ninguno” y la abstención que típicamente se codifica como “No sabe/No contesta” era de 29% de los encuestados. En septiembre de 1979 y octubre de 1983 esta suma se había estabilizado en 27%. Para agosto de 1984, a seis meses del inicio del gobierno de Jaime Lusinchi, el indicador ascendió a 43%. (Casi 30% respondió decididamente: “el mejor partido es ninguno”). Esta súbita fractura, una toma de conciencia repentina reflejada en el estudio de esa última fecha debió prender las alarmas políticas.
Tal cosa, sin embargo, no ocurrió. No por mala voluntad, sino porque es típica conducta humana, las élites venezolanas prefirieron creer que cataclismos como el del Viernes Negro eran perturbaciones momentáneas de las aguas políticas, que pronto desaparecerían en el lago de la normalidad. A fines de 1983 me preguntaba un altísimo ejecutivo de una empresa privada emblemática del país, enterado de mis planes de editar una revista sobre temas políticos, sobre qué escribiría. Respondí que lo haría sobre “los procesos fundamentales de la crisis”. Esta respuesta lo hizo meditar unos segundos, al cabo de los cuales repreguntó: “Y cuando se acabe la crisis ¿de qué vas a escribir?” A veinticuatro años de la inocente pregunta los vientos de crisis aún no han amainado.
………
Una lección todavía más fundamental es que la situación política que el país atraviesa tampoco habría sido posible si la dirigencia venezolana de los años previos a Chávez hubiera respetado a la ciudadanía y a su inteligencia. La inmensa mayoría de los venezolanos ha sentido por demasiado tiempo, más allá de la penuria económica, un persistente desprecio proveniente de las élites nacionales.
Hace un poco más de un mes que tuve una constatación típica de este fenómeno. Recibí la generosa apreciación de un texto mío, escrita en los siguientes términos: “Interesante tu escrito y llama al debate. Eso sí, entre nosotros, los de las clases medias profesionales. Los que votan mayoritariamente por Chávez no saben de estas cosas, o no les interesan y les parecen paja de gamelote. Pero sí les interesa consumir cada vez más y mejores bienes, tener trabajo… Pero eso sí: fácil, sin mucho esfuerzo, tener casa, carro y poder viajar y tomar caña los fines de semana”.
Lamentablemente, tal opinión es muy difundida. A veces reviste una escritura más sofisticada, y emerge como tesis sociológica de pretendida exactitud: “…una naturaleza sobreprotectora, que nos ha dotado a la vez de un clima benigno y de riquezas naturales, que no exigen otro sacrificio que la extracción, ha ido estimulando en nosotros… la certidumbre de que nos basta extender la mano para que el pan llueva sobre ella, y por esa vía, ha fomentado en nosotros la irresponsabilidad, la pereza y la sensación de que siempre algún milagro nos rescatará de la miseria, sin necesidad de que ofrezcamos nuestro esfuerzo a cambio”. (Marcel Granier, La generación de relevo vs. el Estado omnipotente, Publicaciones Seleven, Caracas, 1984, págs. 2 y 3).
Es hora de respetar a los venezolanos y confiar en ellos. En junio de 1998 quise advertirlo: “Si el liderazgo nacional continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles”. Y buena parte del pueblo cree que es esto último lo que Chávez ha hecho precisamente.
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Pero la cosa no se agota en el aprendizaje de los dirigentes. Nosotros, los ciudadanos, también estamos llamados a aprender de esta época de destacado mal político.
Debemos aprender, pienso, que no podemos dejar a los dirigentes a la libre, sin exigirles eficacia y responsabilidad.
Debemos aprender la solidaridad, pues las cosas sociales no se resuelven todas con la sola búsqueda de la prosperidad individual.
Debemos aprender la tolerancia, y ser capaces de encontrar la virtud en el enemigo más acérrimo. En todas partes se encuentra la verdad, afirmaba Santo Tomás de Aquino, incluso en el error.
Debemos aprender que se puede ver lo bueno dentro de lo malo.
Parábola. En medio de un camino polvoriento destacaba el cuerpo patas arriba de un perro muerto. Un primer grupo de transeúntes pasó a su lado comentando: “¡Qué espectáculo tan desagradable! ¡Qué hediondez!”
Al rato nuevos viajeros caminaron por el sitio, y decían: “¡Qué horror! ¡Qué asqueroso! ¡Qué mosquero!”
Todavía pasaron por el lugar otros peregrinos y afirmaron: “¡Qué irresponsabilidad! ¿Por qué no han recogido ese animal? ¡Esto es falta de gobierno!”
Hasta que un caminante solitario se acercó, y con una mirada compasiva enunció en voz alta: “¡Qué dientes tan blancos tiene ese perro!”
LEA
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* En carta a Émile Licent.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 23, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Es, por supuesto, muy satisfactorio que algún texto escrito por uno suscite el interés de sus lectores. Así aconteció la semana pasada con “El político virtuoso”, el artículo principal de la Carta Semanal #259 de doctorpolítico, dedicado a postular cuatro virtudes principales del buen político. Hubo quien preguntara—o me retara—directamente para saber si yo podía reportar alguna conducta mía que respondiera a la noción de responsabilidad política, dado que ésta se presentaba en el artículo mencionado como la principal de aquellas virtudes. El texto reproducido en esta Ficha Semanal #167, tomado del libro Krisis (1986), pudiera tal vez ilustrar el punto y contestar la pregunta.
El suscrito pudo imprimir en junio de 1986, gracias a la ayuda financiera de Gerd Stern, poeta, gurú de medios y gran amigo—hace tres semanas vino de Estados Unidos para regalarme una estupenda visita—dos mil ejemplares de ese libro, que había completado el Martes de Carnaval de ese mismo año y había comenzado a escribir dos meses antes. Se trataba de unas “memorias prematuras”, que habían resuelto un problema estructural de escritura. (Si escribía un “manual” de política quedarían por fuera problemas concretos de la sociedad venezolana a los que quería referirme; si escribía una suerte de “plan de la Nación” no tendrían en él cabida temas de carácter teórico o general que también quería exponer. La solución consistió en narrar lo que había venido haciendo durante los últimos tres años—1983-1985—de mi vida, a partir de mi decisión de abandonar un empleo para dedicarme a la actividad política).
El fragmento transcrito a continuación corresponde a los meses de mayo y junio de 1985, poco después de que hubiera presentado—febrero—a la consideración de un amplio grupo de venezolanos el proyecto de un nuevo tipo de organización política: la Sociedad Política de Venezuela, referida en el texto como “spV”. La revista Válvula mencionada al comienzo era el primer número de una publicación de las empresas de Andrés Sosa Pietri, el que contenía un texto de Arturo Úslar Pietri y uno mío, relativos ambos a la idea de una unión de los pueblos hispanoamericanos.
Fue Sosa Pietri quien llamara a mi casa, una vez publicado el libro y repartidos algunos ejemplares, para opinar que en él había indiscreciones que a su juicio no debiera contener; esto es, objetaba su contenido por considerarlo de mala educación. En esa oportunidad llamé su atención a una salida permitida en el Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres de Manuel Antonio Carreño, quien en general consideraba del todo incivil y grosero que los visitantes de una casa penetraran en ella montados a caballo. El lugar de los equinos era el patio exterior, donde debían ser amarrados. Pero Carreño estimaba permisible que los médicos, en caso de emergencia, llegaran con sus corceles hasta el comedor. Dije entonces a Sosa Pietri que nos encontrábamos en emergencia política, y que yo era médico político o pretendía serlo.
Esta ficha relata mi renuencia a aceptar una honrosa posición por causa de incompatibilidad con mis percepciones, y también la desaceleración voluntaria de un proyecto político que consideraba digno, por tomar en cuenta condiciones críticas del ambiente nacional de la época—período de Jaime Lusinchi—que requerían atemperar la crítica. Creo que son ejemplos de responsabilidad política. En el texto se menciona también el concepto de una “capa de crisis”, y para el momento ignoraba la noción que luego escuché de un médico, que atendía a un pariente de mi esposa aquejado de hemorragias abdominales. Este doctor se refirió a la condición de “hemorragia por capas”, y la definió como la certeza de que sobrevendrían nuevos sangramientos junto con la incertidumbre acerca de cuál sería su localización. Estábamos, pues, claramente en crisis política para 1985, pero la inmensa mayoría de la dirigencia nacional no quiso entenderla o actuar suficientemente para conjurarla. Siete años después, alguien intentaba un golpe de Estado, y seis años más tarde asumiría la Presidencia de la República.
LEA
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Actos responsables
A fines de mayo volví al Colegio El Ángel, por invitación de Elías Santana, para hablar a sus alumnos sobre el tema hispánico. Antes había repartido ejemplares de Válvula a los muchachos. La experiencia fue increíblemente refrescante. La tesis no tenía ninguna dificultad con los jóvenes, quienes la ven con mucho menos problema que muchos adultos.
El día 30 de ese mes almorcé con Marino Pérez Durán. Marino es un carismático profesor universitario, de origen cubano, que asesora a Krygier, Morales & Asociados. Alberto Krygier había querido que conversara con él, pues le había hecho llegar una copia del texto de febrero y Pérez Durán tenía algunos comentarios. Marino me llevó a comer unos apetitosos sandwiches cubanos que hacen en un local de la Ciudad Comercial Tamanaco. De tanto hablar no hice más que mordisquear el mío. Los comentarios de Pérez Durán eran de corte escéptico. Marino es otro de los que piensan que “hay AD y COPEI para rato”. Pero una afirmación de Marino Pérez Durán quedaría en mi mente mucho tiempo, sin que pudiera tenerle una respuesta clara hasta meses después. Su inocente pero crucial aserción fue la siguiente: “No me gusta el nombre de ‘sociedad política’ para la asociación que propones. La sociedad política es el Estado entero”.
Comenzó el mes de junio. Mes estándar de inquietud económica. Tendría que darme prisa para constituir el grupo que le había planteado originalmente a Eduardo Quintero, para el que ya había obtenido siete respuestas positivas de siete sondeos que había hecho. De lo contrario muy pronto no tendríamos con qué comer en la casa. Una interrupción del proceso fue la inesperada intervención quirúrgica de Luís Armando, mi hijo varón más pequeño. Además de descuadrarme la agenda esto introdujo una nueva minibancarrota. En el estado de mi economía un neumático dañado bastaba para desequilibrar absolutamente el precario presupuesto. Tuve que pedir ayuda. Eduardo Quintero y Carlos Zuloaga salieron adelante nuevamente, aunque mis llamadas de urgencia no hicieron nada para impresionar favorablemente a Eduardo, quien desde hacía tanto tiempo venía esperando que yo “concretara”.
El 12 de junio me invitó a almorzar Gustavo Tarre Briceño. Algo había sabido, por Eduardo Fernández, de la idea de la nueva asociación política que yo estaba promoviendo. Le expliqué un poco del asunto durante el almuerzo y le entregué una copia del texto de febrero, la que prometió leer durante su inmediato viaje a Brasil. Gustavo insistió en esa oportunidad en que mi renuncia a COPEI no sería aceptada y me invitó a participar activamente en la preparación del “congreso ideológico” de su partido. En cuanto a lo de la renuncia le dije que yo no podía regresar a COPEI y que, en todo caso, yo no había descartado aún que Eduardo Fernández fuese un candidato apoyable a la Presidencia de la República en 1988. Si llegaba a convencerme de esto, le expliqué a Gustavo, mi ayuda a Eduardo sería prácticamente imposible dentro del partido, en el que mi fuerte oposición a Caldera le resultaría altamente incómoda a Eduardo Fernández. Por lo que respecta al congreso ideológico tuve que declinar, pues Gustavo me había dicho que les hacía falta un nivel intermedio, sociológico, entre un nivel principista y filosófico que estaba confiado a Enrique Pérez Olivares y Arístides Calvani, y un nivel de políticas específicas del que se ocupaban diferentes comisiones. Gustavo creía, y me aseguró que también Eduardo, que yo era el indicado para establecer un “puente” entre esos dos niveles.
En esas condiciones, expliqué, lo que se me pedía era involucrarme en algo en lo que yo no creía, puesto que pensaba que la política ya no podía seguir “deduciéndose” a partir de un piso principista y abstracto de principios ideológicos generales. Le dije que estaba dispuesto, no obstante, a expresar mi opinión respecto del esquema general del congreso a Guillermo Yepes Boscán, coordinador del evento.
Por esos días publicó Eduardo Fernández un artículo que llamó “La conspiración satánica”, haciendo uso de la frase de Caldera de hacía unos meses. En este artículo, publicado en el diario El Nacional, Eduardo hacía una especie de retrato hablado de los “conspiradores”, advirtiendo contra quienes osaran cuestionar a los partidos, puesto que criticar a los partidos equivaldría automáticamente a denigrar de la democracia como sistema. No hacía más, pues, que repetir la falacia de la identificación de partidos concretos con democracia. A este artículo riposté en uno que envié a El Nacional bajo el título de “La conspiración angélica”. No fue publicado por mi expresa petición. Esas semanas de junio fueron unas semanas de extrema agitación nacional. Vino una nueva ronda de malas noticias del lado petrolero y fueron ésas las semanas de intensos rumores contra el Banco Unión y el Banco Latino. Pronto vendría la Asamblea Anual de FEDECÁMARAS y el ambiente se encontraba caldeado a raíz de fuertes discrepancias alrededor del órgano principal del “pacto social”, la Comisión Nacional de Costos, Precios y Salarios. La psiquis nacional se sumergió en lo que llamé una “nueva capa de crisis”. Sentí por esos días una profunda preocupación por el país. El gobierno respondió más o menos adecuadamente y pudo represar el pánico que ya amenazaba con producir graves “corridas” contra los bancos señalados por los rumores, los que fueron deliberadamente propalados. Los médicos de la Clínica Ávila, por ejemplo, en cuya sede opera una agencia del Banco Unión, fueron llamados telefónicamente por personas que permanecieron anónimas. En dichas llamadas se les informaba con todo detalle del monto de sus respectivas cuentas corrientes y se les “aconsejaba” retirar los fondos antes de la debacle que sobrevendría. Ante esta campaña el gobierno reaccionó con rápidas y eficaces declaraciones de Carmelo Lauría, quien se dejó ver junto con los principales directivos del Banco Unión. Una extraña declaración de Octavio Lepage estuvo a punto de derrumbarlo todo. Desde la primera plana de El Nacional Lepage comentaba que ¡había mucha gente ingenua que se dejaba capturar por la propaganda de los bancos en vez de fijarse en su verdadera solidez! La increíble paciencia del venezolano, tal vez más que los buenos oficios del gobierno, impidió que el pánico de esos días adquiriera las dimensiones de un colapso.
La nueva capa de crisis, sin embargo, tornó peligrosa la coyuntura. Apartando la eficacia de las campañas de descrédito contra el sistema bancario, la sensibilidad ante la situación se evidenció en un aumento claro de la reacción alérgica de los actores políticos tradicionales ante las crecientes críticas. Se reeditó, como vimos, el tema de la “conspiración satánica”, se produjeron reuniones de gobierno y oposición, y notorios aplausos y apoyos del máximo liderazgo oposicionista al discurso del Presidente de la República en la asamblea de FEDECÁMARAS, el que en su parte final hizo directa alusión al “descrédito” del sistema que significaría la continua crítica a los partidos. Hasta una que otra destitución violenta, tanto en medios públicos como privados, signó los días como unos de especial sensibilidad de los actores políticos tradicionales.
La crisis, en su nueva capa, agravó el estado de sobrecarga decisional al que está sometido nuestro sistema político. En la oportunidad de mi aparición en el programa de Carlos y Sofía Rangel recordé una anécdota de Héctor Hernández Carabaño. Cuando aún no había cumplido siquiera un año como Ministro de Educación de Rafael Caldera, en 1969, Héctor convocó a un grupo de amigos relacionados con actividades fundacionales para plantear una angustiosa situación. Su ministerio, nos explicó, era el único que, con un Congreso en manos de la oposición, había obtenido un aumento presupuestario respecto del año anterior. Había logrado ciento treinta millones de bolívares adicionales, por la época una cantidad muy considerable. Ahora bien, a las pocas semanas un conflicto laboral de los maestros había cobrado ochenta de esos ciento treinta millones. Cuarenta millones más se necesitaban para reparaciones de emergencia en aulas que amenazaban con caerse. Le quedaban diez millones de bolívares para innovar en materia de educación. Lo más grave, sin embargo, no era la escasez de fondos. Hernández Carabaño confesó no tener tiempo para una calmada reflexión sobre el futuro de la educación en Venezuela. Todo el día se la pasaba, según sus propias palabras, “apagando incendios”. Por esto nos había convocado, para que nos dedicáramos a la tarea de pensar el futuro de la educación venezolana. Dije a los televidentes de Carlos y Sofía que era ahora el gobierno en general, y todo el estrato dirigencial del país el que se encontraba sobrecargado, ante la simultaneidad y gravedad de los problemas. En tales circunstancias sentí que era en buena medida irresponsable una reiteración de la crítica y que lo requerido era un apaciguamiento y hasta un apoyo al gobierno. Así lo expresé a varios influyentes actores, pues llegué a sentir, tal vez exageradamente alarmado, que la situación de sobrecarga del sistema pudiera desembocar en apagón. Llamé a la secretaria de Alberto Quirós Corradi y le pedí que no se publicase “La conspiración angélica”, enviando en su lugar uno sobre el concepto de “democracia científica”. Envié una copia a Eduardo Fernández, sin embargo, para que supiera lo que yo pensaba de su infortunada “conspiración satánica”. En la carta que la acompañaba reiteré mi renuencia a participar en el “congreso ideológico”, repitiendo lo que le había dicho ya a Gustavo Tarre Briceño.
Por ese tiempo me pareció ajustada la siguiente imagen para la analogía con la crítica situación: la ciudadanía podría reaccionar a los planteamientos de la “spV” como los espectadores de una película que desde el comienzo muestra el desarrollo de un incendio. Un incendio, por cierto, más grande que los que Hernández Carabaño confrontó en su época. En los minutos más recientes del espectáculo, una nueva conflagración surge y pasa a primer plano. El espectador ve cómo unos protagonistas (los actores políticos tradicionales), mal que bien se afanan en controlar el nuevo episodio de fuego (por más que su técnica bomberil haya sido responsable de algunos de los puntos que arden). Entretanto, en la acera de enfrente, unos “extras” de la película (estos impertinentes y noveles actores políticos de la “spV”), estaríamos comentando críticamente sobre la organización del cuerpo de bomberos, sobre la conveniencia de regresar al color rojo de los carros-bomba según muy recientes estudios y alguna que otra exquisitez de ese tipo, cuando lo que deberíamos estar haciendo es tomar algún cubo de agua y ayudar en el control del incendio. En reversión de la analogía, más que criticar debiéramos estar proponiendo soluciones.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Oct 22, 2007 | Artículos, Política |

Una de las características más particulares del régimen político que ha caído sobre Venezuela es su capacidad para razonar al revés. Y una de las más destacadas maestras de tal método es la ciudadana Cilia Flores, actual Presidenta de la Asamblea Nacional.
Como sabemos, entre las modificaciones propuestas a la Constitución por la propia Asamblea Nacional está la desaparición de la garantía del debido proceso y del derecho a la información en caso de declaración de un estado de emergencia. Flores ha aducido: “Hay hechos que no podemos olvidar, como el de algunos sectores que abusando de los derechos que da la Constitución incurrieron en delitos y en un golpe de Estado en donde se posicionó una dictadura y en donde aún se reclama justicia”. También dijo que quienes planificaron el golpe del 12 de abril de 2002 planificaron también la impunidad, y que “en función de que no haya más impunidad” se eliminó la referencia a los derechos mencionados.
Ya esta parte de la deforme explicación es malísima. Hace mucho que los golpistas de 2002 perdieron el poder que asumieron efímeramente, y nada ha impedido, salvo las fugas y los exilios autoimpuestos, que el gobierno procese a los responsables. Fue el asilo de Carmona Estanga en la Embajada de Colombia, y su posterior traslado a este país—no un proceso judicial debidamente llevado o la actuación de los medios de comunicación—lo que ha puesto a ese caballero fuera del alcance de la vindicta de Chávez.
El vigente texto constitucional es, en esta materia, un avance sobre lo dispuesto en la constitución de 1961, que sólo preservaba la garantía de la vida y la expresa prohibición de incomunicación o tortura y penas perpetuas o infamantes. En desarrollo ulterior, el Artículo 337 de la Constitución establece que “podrán ser restringidas temporalmente las garantías consagradas en esta Constitución, salvo las referidas a los derechos a la vida, prohibición de incomunicación o tortura, el derecho al debido proceso, el derecho a la información y los demás derechos humanos intangibles”. Con la propuesta alteración de este artículo el gobierno podría pagar y darse el vuelto, declarando un estado de excepción, durante el que los ciudadanos pudiéramos ser procesados indebidamente y además estar impedidos de obtener información acerca de lo que ocurre.
En justificación de tan grave retroceso, Flores razona también en marcha atrás y afloja esta perla: “quien defienda las garantías en un Estado de Excepción es porque está pensando en desestabilizar… El que no piense en desestabilizar o dar un golpe no va a pensar que esto se va a dar nunca”.
La cosa es al revés, Srta. Flores. Es quien suprime esas garantías quien está pensando en violar el debido proceso y desconocer el derecho de los venezolanos a estar informados. Si no fuera así, si no tuviera necesidad de imposibilitar un proceso civilizado o no requiriese la desinformación del pueblo, no propondría escamotear garantías conquistadas el 15 de diciembre de 1999.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 18, 2007 | LEA, Política |
Una de las características más particulares del régimen político que ha caído sobre Venezuela es su capacidad para razonar al revés. Y una de las más destacadas maestras de tal método es la ciudadana Cilia Flores, actual Presidenta de la Asamblea Nacional.
Como sabemos, entre las modificaciones propuestas a la Constitución por la propia Asamblea Nacional—no contenidas en el proyecto original de Miraflores—está la desaparición de la garantía del debido proceso y del derecho a la información en caso de la declaración ejecutiva de un estado de emergencia. (Artículo 337). Flores ha aducido que este cambio fundamental y peligrosísimo “fue debatido en función de ‘múltiples propuestas de todos los sectores’ que pedían que, de alguna forma, se garantizara la paz de la República”. (Karina Brocks, El Universal, viernes 12 de octubre).
Flores abundó en el asunto: “Hay hechos que no podemos olvidar, como el de algunos sectores que abusando de los derechos que da la Constitución incurrieron en delitos y en un golpe de Estado en donde se posicionó una dictadura y en donde aún se reclama justicia”. Reporta Brocks: “Flores dijo que quienes planificaron el golpe de Estado planificaron también la impunidad, ‘y en función de que no haya más impunidad’ se decidió adecuar el artículo referente al Estado de Excepción, estableciendo la restricción o suspensión de garantías sin preservar el derecho al debido proceso y a la información”.
Ya esta parte de la deforme explicación es malísima. Quienes planificaron lo acontecido el 12 de abril de 2002, que es a lo que Flores se refiere, hace mucho que perdieron el poder que asumieron efímeramente, y nada ha impedido, salvo las fugas y los exilios autoimpuestos, que el gobierno procese a los responsables. Ni la falta de un debido proceso ni una mordaza a la información hubieran estorbado la impunidad que pudiera existir. Fue el asilo de Carmona Estanga en la Embajada de Colombia, y su posterior traslado a este país—no un proceso judicial debidamente llevado o la actuación de los medios de comunicación—lo que ha puesto a ese caballero fuera del alcance de la vindicta de Chávez.
El vigente texto constitucional es, en esta materia, un avance sobre lo dispuesto en la constitución de 1961, que sólo preservaba la garantía de la vida y la expresa prohibición de incomunicación o tortura y penas perpetuas o infamantes. En desarrollo ulterior, el Artículo 337 de la Constitución establece que “podrán ser restringidas temporalmente las garantías consagradas en esta Constitución, salvo las referidas a los derechos a la vida, prohibición de incomunicación o tortura, el derecho al debido proceso, el derecho a la información y los demás derechos humanos intangibles”. Con la propuesta alteración de este artículo el gobierno podría pagar y darse el vuelto declarando un estado de excepción, durante el que los ciudadanos pudiéramos ser procesados indebidamente y además estar impedidos de obtener información acerca de lo que ocurre.
En justificación de tan grave retroceso, Flores razona también en marcha atrás y afloja esta perla: “quien defienda las garantías en un Estado de Excepción es porque está pensando en desestabilizar… El que no piense en desestabilizar o dar un golpe no va a pensar que esto se va a dar nunca”.
La cosa es al revés, Srta. Flores. Es quien suprime esas garantías quien está pensando en violar el debido proceso y desconocer el derecho de los venezolanos a estar informados. Si no fuera así, si no tuviera necesidad de imposibilitar un proceso civilizado o no requiriese la desinformación del pueblo, no propondría escamotear garantías conquistadas el 15 de diciembre de 1999.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Oct 18, 2007 | Cartas, Política |

Para la filosofía clásica, una discusión acerca de la blancura, o el honor, o el “lugar del mal en el mundo”, era una tarea con sentido. Se hablaba de esas cosas como si tuvieran entidad, como si en realidad habitaran en alguna región especial del cosmos. Naturalmente, no existe la blancura como una entidad separada; existen cuerpos que despiden luz—un fenómeno electromagnético—que nuestras retinas reciben para formar en la corteza cerebral una sensación neuro-psicológica a la que ponemos la etiqueta de blanco.
Del mismo modo, no hay tal cosa como la belleza; existen impresiones visuales o acústicas que producen sensaciones particularmente placenteras, en algunos casos una emoción admirada. A las imágenes o sonidos concretos que las causan los consideramos bellos, pero no es el caso de que sobre la estructura máxilo-facial de Julia Roberts o la arquitectura básica de un bajo cifrado alguien colocara un ingrediente llamado belleza—que tomara de algún depósito que lo contenga en cantidades apreciables—para crear un rostro que nos enamore o un concierto que nos entusiasme o nos eleve.
Es posible, incluso, considerar hermosa una cierta concatenación de palabras—”la maestría de Dios, que con magnífica ironía me dio a la vez los libros y la noche”—, que son en sí mismas símbolos de considerable abstracción y, naturalmente, opinamos con frecuencia que un cierto sentimiento es bello. Aplicamos, entonces, el mismo término—belleza—a situaciones, condiciones, rasgos y eventos de muy disímil calidad, y lo empleamos como que si lo que significa existiera en el tiempo y el espacio.
En cierta forma, pues, discurrir en abstracto sobre las llamadas virtudes humanas no tiene demasiado sentido. Las nociones de nobleza o de diligencia o de heroísmo son, en el fondo, etiquetas lingüísticas convenientes, prácticas o cómodas para discurrir y analizar. Lo que en propiedad existe es una colección biográfica, para cada persona individual, de comportamientos específicos ocurridos en secuencia temporal. Nadie está definido por la posesión de una materia-valentía o una substancia-generosidad.
Dicho lo que antecede, puede ser útil, a pesar de todo, establecer cuáles serían las virtudes humanas—concepto inasible—que serían exigibles de un político, pues al proponerlas de ese modo en verdad queremos decir, de forma abreviada, que esperamos en quienes se ocupan de los negocios públicos conductas concretas que tendremos por virtuosas; esto es, dignas de imitación y de aprecio y, sobre todo, beneficiosas para los miembros de su comunidad. Comoquiera que los políticos, cuando tienen éxito en hacerse con una cierta cantidad de poder, adquieren sobre nuestras vidas una influencia que supera la habitual en transacciones interpersonales cotidianas, y como nadie tiene original derecho—otra idea abstracta—de imponer su voluntad a otro en virtud de la igualdad de principio—más abstracción—entre los seres humanos, deben por aquella ventaja comportarse de forma que satisfagan criterios más astringentes que los comunes, exigibles a todo el mundo. Puesto de otra forma: entre los más fundamentales derechos políticos de los miembros de una comunidad, se encuentra el de exigir a sus líderes un comportamiento virtuoso. Nos lo deben.
¿Cuáles serían los rasgos más esenciales de un político virtuoso, el único que justificaría el desmedido y desusado poder que asume sobre nosotros? ¿Cuáles serían las virtudes políticas más importantes?
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Se me pone que la primera virtud realmente importante, quizás la base de todas las otras, es la de ser responsable. Un político, se ha sostenido acá varias veces, es asimilable a un médico, y su misión fundamental, la única que justifica su poder, es la de resolver problemas de carácter público. Si un político no es capaz de producir buenas soluciones a problemas de esa índole, su actuación y el poder que detenta carecen de justificación, carecen de legitimidad. El caso es peor, por supuesto, cuando estamos frente a un político que, en lugar de resolver o aliviar problemas públicos, los crea él mismo o los agrava.
Así como a un médico, por consiguiente, a un político podemos exigirle que ofrezca los mejores tratamientos posibles—dentro del estado de su arte—a los problemas públicos que encuentra, y él está obligado a proporcionarlos dentro de su mejor conocimiento. Ya Hipócrates había jurado: “Seguiré aquel sistema de régimen que, de acuerdo con mi capacidad y juicio, considere de beneficio para mis pacientes, y me abstendré de todo aquello que sea deletéreo y dañino”.
Un político improvisado, entonces, que sólo posea un conocimiento parcial o superficial de su arte, o que sepa únicamente de procedimientos útiles a la consecución del poder pero muy poco del modo de aliviar los males públicos, será irresponsable, y por tanto deberá ser por nosotros rechazado. Es de suprema importancia para un régimen democrático que el electorado sepa distinguir entre un político responsable y uno que no lo sea, entre uno que está preparado concienzuda y responsablemente para el ejercicio de la función pública y un mero charlatán, un vendedor de tónicos milagrosos o panaceas—“el Pacto Social”, “una democracia nueva”, “el socialismo del siglo XXI”—, un encantador de serpientes, un demagogo con alma de estafador.
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La segunda virtud a exigir de un político es la humildad. El mejor de los médicos, graduado en Boloña, con postgrados sucesivos en París y Boston y una longeva experiencia clínica, sabe que el cuerpo humano es mucho mejor médico que él. Sabe, por ejemplo, que nada en el arsenal terapéutico que domina es tan sabio, o tan refinado y preciso, como el sistema inmunológico natural del organismo humano. Del mismo modo, un político responsable debe entender que el cuerpo social le supera en entendederas, y que no debe jamás creerse autorizado a imponer al pueblo su criterio individual.
Alberto Einstein lo puso así: “Mi ideal político es la democracia. Que cada hombre sea respetado en tanto individuo y ninguno sea idolatrado…. Estoy muy consciente de que, para que una organización cualquiera alcance sus objetivos, un hombre debe hacer el trabajo de pensar y dirigir y, en general, asumir la responsabilidad. Pero los conducidos no deben ser coaccionados, y deben poder escoger a su líder”. En un artículo escrito en 1930 para The New York Times, expuso: “Permítanme comenzar con una confesión de fe política: que el Estado está hecho para el hombre, no el hombre para el Estado… El Estado debe ser nuestro sirviente; no debiéramos ser esclavos del Estado”. (También dijo, por cierto: “Cualquier necio inteligente puede hacer que las cosas sean más grandes, más complejas y más violentas. Se necesita un toque de genio—y mucho valor—para moverse en la dirección opuesta”).
La mención de Einstein en este contexto es muy pertinente, pues el sabio más destacado del siglo XX, que él fuese, era una lección viviente de humildad. De hecho, puede uno decir con propiedad que la historia de los logros del intelecto humano, en ese siglo ya ido, no ha sido otra cosa que una reiterada convocatoria a la humildad. Wittgenstein había encontrado los límites del lenguaje, Heisenberg los de la certidumbre física, Gödel los de las matemáticas, Popper los de la objetividad misma. Más recientemente, los teóricos del caos y la complejidad han vuelto a toparse con límites fundamentales. El primer día de este mes de octubre, la revista Newsweek reportaba sobre los problemas novísimos que ha traído a la Física la constatación de que el cosmos contiene inconmensurables cantidades de materia y energía “oscuras”, las que son muchísimo mayores que la materia y energía para las que existen teorías más o menos aceptables. Es decir, que ignoramos cómo es y cómo se comporta el 96% de la materia y la energía contenida en el universo. Nuestra ciencia más avanzada ha conseguido, a duras penas, articular explicación acerca del comportamiento de sólo el 4% del cosmos. Newsweek escogió el siguiente título para el artículo referido: “En la ‘energía oscura’, humildad cósmica”.
Pero los políticos, en abrumadora mayoría, se conducen por la vida como si fuesen seres inerrantes, y eso que su campo profesional es bastante más complejo que el asumido por las ciencias naturales. Su discurso es usualmente enfático, muchas veces furibundo, como si hubiesen alcanzado una certidumbre que les da derecho a la imposición de sus criterios e ideologías. En particular, son más arrogantes cuando rebasan el discurso meramente político para pontificar como jueces morales, con la condena de amplios conjuntos humanos y pretender que su opinión es moralmente superior. Los electores debiéramos bajarle el copete a los políticos que pretenden tener toda la razón.
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Una tercera virtud política, exigible de los líderes que adquieren poder público y complementaria de la anterior o muy cercana a ella, es la compasión. De nuevo, fue Einstein quien dijese: “Por lo que a mí concierne, prefiero un vicio silencioso a una virtud ostentosa”. En su excepcional humildad, reconocía que los seres humanos somos limitados, imperfectos, pecadores. Es el reconocimiento de esta condición, común a todo miembro de la especie humana, la base de la compasión, la capacidad para compartir la pasión y la falibilidad del otro, para la comprensión y el perdón. Todos tenemos derecho a la vergüenza.
Quien odia es un mal político; quien se mueve con el poder en pos de sus resentimientos es un mal político, pues desecha parte integral del tejido social y niega a otros la libertad de mejorar, de dejar atrás sus errores y progresar moralmente. El peor atentado contra la libertad del otro es congelarle en su pasado.
Es por esto que uno de los más decisivos avances en el arte de la Política fue la separación de los poderes públicos, de modo que el ejecutivo no pudiera ser al mismo tiempo juez. Podemos y debemos exigir compasión al gobernante.
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Finalmente, una virtud esencial del buen político es la honestidad. Un político puede estar al día en el state of the art de su profesión; puede incluso ser humilde y compasivo, pero si es deshonesto será un político terrible.
Cuando Hipócrates redactaba su inmortal juramento no se limitó a lo propiamente profesional, cuyos deberes estipuló claramente. Fue más allá para especificar, por ejemplo: “En cualesquiera casas a las que entre, entraré en ellas para beneficio del enfermo, y me abstendré de cualquier acto voluntario de malicia y corrupción”.
El político que tiene el poder en sus manos es, por su misma posición, un inevitable modelo de conducta. Si es deshonesto se convierte en modelo de deshonestidad, y daña así el temple moral de la sociedad entera. Convierte a la comunidad en organismo cínico, desvergonzado, que se siente autorizado a la corrupción porque sus hombres más encumbrados se conducen deshonestamente.
Como sabemos, la honestidad no sólo se refiere en lo político al pulcro empleo de los recursos que son de toda la comunidad; también existe la honestidad intelectual, y quien miente a conciencia, quien perora discursos torcidos para argüir a favor de sus fines de poder, quien ofrece explicaciones de la historia o de las cosas a sabiendas de que son superficiales o demasiado alegres, carece de ella.
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Sería fácil añadir otras virtudes a esta exigua lista, pero si los ciudadanos de esta nación tomáramos conciencia de que debemos exigir a nuestros políticos responsabilidad, humildad, compasión y honestidad, y así lo hacemos, podríamos al fin construir entre todos una buena república. Sería utilísimo, por caso, preguntarnos si el gobernante de turno ha sido adornado con las cuatro virtudes cardinales de un buen político.
¿Es Hugo Chávez responsable, en el sentido expuesto? ¿Es humilde? ¿Es compasivo? ¿Es honesto?
LEA
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