por Luis Enrique Alcalá | Mar 13, 2008 | LEA, Política |

Las cifras de la revolución “bolivariana” no están cuadrando. Las reservas internacionales, para empezar, experimentan el embate de transferencias a FONDEN (Fondo de Desarrollo Nacional), o el gasto de divisas en recrecidas importaciones de productos terminados por el Convenio ALADI, ligadas al desabastecimiento. En los primeros dos meses del año estas importaciones más que se duplicaron respecto de igual lapso del año anterior. (108% de aumento).
Pero esto, claro, es el “cochino capitalismo”. Es lo que la revolución corregiría con inventos tales como la cogestión obrera. Ah, pero pasa que esta línea revolucionaria, como los benditos “motores” de la revolución, se está viendo interrumpida. Los trabajadores de una empresa textil intervenida (INVETEX), algo más de doscientas personas, ya no reciben remuneraciones, mucho menos las acciones que se les había prometido. (El tentempié que obtenía cada uno de la Misión Vuelvan Caras, 614 bolívares fuertes, ya no les llega, pues la tal misión ha sido descontinuada). Los obreros de Sanitarios Maracay ya no deben contar tampoco con un esquema de cogestión, dado que el gobierno ha decidido declarar el ramo como no prioritario y devolver la compañía sus propietarios originales. Por lo que respecta a la gente que trabaja en la papelera INVEPAL, titular de 49% de las acciones, ella se queja de las pérdidas de 18 millones de bolívares fuertes en 2007, y habla desenfadadamente de corrupción en la empresa.
Claro está, allí seguimos lidiando con la economía—“ser rico es malo”—pero si miramos a actividades puramente sociales, seguramente encontraremos allí los triunfos de la revolución. ¿No es así?
No, no es así. Luis Bravo Jáuregui, investigador de la Universidad Central de Venezuela, recién termina de analizar las cifras reportadas para la matrícula de educación primaria, según las reporta el mismo Ministerio del Poder Popular para la Educación. Reporta así Gustavo Méndez en El Universal: “De acuerdo al informe oficial, la matrícula del primer grado se incrementó en 16 mil 703 alumnos con respecto al año anterior para alcanzar un total de 640 mil 54 párvulos. Pero inmediatamente saltan las comparaciones. Para el período 96-97 la cifra era de 670 mil 701 alumnos en el mismo grado. Aún más, el docente indica que el número de repitientes fue de 61 mil 912 alumnos”. La “Quinta” República va para atrás, como el cangrejo.
Jáuregui concluye que el flaco crecimiento de la matrícula de primer grado es inferior al crecimiento de la población entre 6 y 7 años de edad, que es la que debiera ingresar al sistema de educación primaria. Siendo que se estima dicha población en 984.490 niños, se colige que unos 345.000 de ellos no han ingresado a ese sistema.
La solución sea tal vez declararnos, en referéndum, como país extranjero, a ver si Hugo Chávez se digna en visitarnos y prometernos los churupos que, digamos, ha concedido a Argentina. Más modestamente, ¿no sería posible que nos regalara, al menos, lo que el señor Antonini llevó hasta allá en un maletín?
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 13, 2008 | Sin categoría |

Al suscrito solía causarle mucha gracia un chiste que contaba uno de sus compadres, como pretendida viñeta caracterológica del venezolano. Aquí se expondrá sólo esquemáticamente; es mucho mejor oírlo con todas las groserías necesarias a su colorida versión original.
Resulta que un venezolano, muy embriagado, se encontraba en un cierto pub londinense y arranca a gritar todo género de procaces improperios, dirigidos principalmente a la reina Isabel y su principesco consorte, Felipe de Edimburgo. Decía cosas horribles de los augustos personajes a voz en cuello. Toda la concurrencia lo observaba consternada, hasta que, casi de inmediato, un hombre vestido de negro se acercó al borracho, a quien mostró un carnet del Servicio Secreto del Reino Unido y le conminó a salir del local en su compañía. Nuestro compatriota consintió en salir, no sin gritar: “¡Ay, ¡gran vaina! ¿Me vas a asustar con ese carnet? Chapéame, pues. ¡La reina Isabel es una #@&§∑, y el príncipe Felipe es un ¶€øyΩ!”
Una vez en la calle, el agente secreto de Su Majestad le informó: “Caballero, la sección 45.1.4 del Acta Contra Actividades Subversivas del Reino puede castigarle con un juicio sumario y hasta la pena de muerte si usted persiste en su actitud”. Impertérrito, el borracho contestó: “¡Ay, qué miedo! Llévame a juicio, estúpido—esto es un eufemismo—pero la reina Isabel es una…” Etcétera.
En efecto, el agente llama a una radiopatrulla y conduce al indiciado hasta la sede de un tribunal, donde un juez convocado de emergencia le espera ya, vestido con toga y cubierta su cabeza con la consabida peluca ceremonial. Allí insiste el pintoresco personaje: “Ay, ¡qué miedo, mascarita! ¿Crees que me vas a asustar con esa peluca de afeminado? ¡La reina Isabel es una #@&§∑ y el príncipe Felipe es un ¶€øyΩ! ¿Y qué?”
Para ir recortando la cosa, digamos que el irrefrenable beodo es condenado a muerte, con ejecución instantánea en la horca, lo que le causa risa y le lleva a fanfarronerías extra y más insultos subidos de tono contra la casa real y el sistema jurídico inglés. En ruta al cadalso, llevado por dos guardias bien fornidos, camina tras un verdugo encapuchado, y a éste lo increpa: “Ay, ¡gran cosota! ¿Tú crees que me voy a asustar con esa capucha? ¡No juegue! ¡La reina, el príncipe y tú también son unos…!”
Detenidos finalmente bajo la horca, el verdugo pasa el lazo por la cabeza del inconsciente y le ajusta la soga al cuello. Y es entonces cuando el borracho le reclama: “¡Pero bueno, vale! ¿Qué te pasa? ¡Me estás apretando!”
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Naturalmente, hay personas así en todas las culturas. En la hispánica se les designa como fanfarrones (que se precian y hacen alarde de lo que no son, y en particular de valientes), pero los sajones tienen a sus blusterers (que hablan insultante y duramente, con poco efecto) y los franceses también tienen quienes incurren en rodomontade o fanfaronnade. No es privativo de la venezolanidad esta clase de personaje costumbrista. El chiste causa gracia—aseguro que es así cuando se le escucha en lenguaje colorido—pero no debe pensarse que sea en verdad una instancia ejemplar de lo que Abraham Kardiner hubiera llamado la personalidad básica de los venezolanos.
A pesar de esta salvedad, es claro que la conducta reciente del presidente Chávez está tipificada en ese cuento. Después que alardeó en señal televisada con diez batallones y aviones Sukhoi, con el cese de relaciones diplomáticas y la expulsión de los delegados colombianos en Venezuela, amén de amenazas de expropiación contra empresas de dueños también colombianos, aderezado todo esto con insultos sin fin al presidente Uribe, una vez que se le habló de ciertos archivos digitales y guerrilleros, una vez que el Consejo Permanente de la OEA eludiera una condena específica de Colombia y no se refiriera en absoluto a Venezuela en el texto de su resolución, el presidente Chávez se presentó como cordero de la paz en la República Dominicana, para abogar por el entendimiento ante la Cumbre del Grupo de Río. Era como reclamar que lo estuvieran apretando.
El lenguaje corporal y gestual del presidente Correa era inequívoco: su rostro reflejaba inmensa incredulidad. Quien hacía apenas horas lo había recibido en Venezuela para un espectáculo a dúo de acusaciones e injurias contra Uribe, quien lo había azuzado para que rompiera relaciones con Colombia y acercara a su frontera con este país algo de las magras fuerzas militares ecuatorianas, lo había dejado en la estacada, sin aviso o anestesia. Si Correa se declara todavía suspicaz—a nivel personal, dijo—acerca de Uribe, ya ha aprendido que Chávez es perfectamente capaz de traición y deslealtad.
Como ha destacado más de un analista, las propias FARC emitieron un precoz comunicado al conocerse la muerte de “Raúl Reyes” en Ecuador, en el que indicaron que ese incidente no tendría por qué impedir el proceso de canje “humanitario”. Ellas mismas, conocedoras como nadie de su precaria situación militar, no querían interrumpir la ruta hacia su deposición de las armas, única salida que les queda. Ellas saben que sus fuerzas actuales, estimadas generosamente en 8.000 guerrilleros, ya no son sino la sombra de un cuerpo armado subversivo que hace sólo cinco años contaba con 4.000 combatientes más, y que tan sólo el año pasado desertaron de sus filas unos 2.500. Y ese comunicado fue emitido antes de que supieran del segundo golpe durísimo en dos semanas: la muerte de “Iván Ríos” a manos de su propia gente para salvarse de una situación desesperada. Su eficacia terrorista ha disminuido marcadamente: Uribe, que accedió al poder en 2002 sobre la promesa de reducir a las FARC, y que aumentó la fuerza militar colombiana en 44%, ha logrado que la cantidad de secuestros disminuyera en 83% y los ataques terroristas en 76% para 2007.
No es noticia fresca para las FARC, por consiguiente, su propio desplome, signado por el repliegue, la precariedad y la disensión intestina. Es más, ahora parece probable que hubieran depuesto ya las armas para este momento de no haber mediado el aliento y el apoyo material y financiero que les haya hecho llegar el gobierno presidido por Hugo Chávez. Es muy probable que hayan sido los sueños opiáceos—más bien cocáceos—de Chávez lo que haya frenado una capitulación más temprana de los irregulares, al persuadirles de que sus fuerzas, sumadas a las tropas hermanas de Venezuela, Ecuador y Nicaragua podrían acabar con la podrida cúpula uribista, heredera de los asesinos del Libertador en Santa Marta.
Pero ahora van a constatar que son tan desechables para Chávez como lo son Rafael Correa, Luis Tascón, Juan Barreto o Raúl Baduel. Ahora verán cómo el apoyo del gobierno venezolano se esfuma súbitamente. No es Chávez quien querrá mantenerse en sociedad con unos perdedores. Antes explicará a Fidel Castro que los guerrilleros en Colombia no sirven para nada, y que son una causa perdida.
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Para usar un sustantivo caro a la retórica de las FARC, los áulicos de Chávez han proclamado que fue su jefe quien trajo la paz al continente. Las declaraciones del embajador venezolano en México, Roy Chaderton, han sido deplorables, pero aun son más lamentables las del oportunista general retirado Alberto Müller Rojas, quien en 1992, después de la intentona de Chávez y su banda de abusadores, pescueceaba para ser reconocido como un miembro de “Los Notables”, el grupo de intelectuales que se reunía en torno a la figura de Arturo Úslar Pietri. (En aquel año Müller adulaba a Úslar en artículos de prensa, presentándolo como el primero que había solicitado la renuncia de Carlos Andrés Pérez, cuando en diciembre de 1991 el desaparecido maestro proponía que Pérez se pusiera al frente de un “gobierno de emergencia nacional”, y a pesar de que el 21 de julio de ese mismo año El Diario de Caracas publicó un artículo en el que se propugnaba esa renuncia y el mismo Müller trató de ridiculizarlo).
Tan inconsistente personaje ha comentado el deseo formulado por Manuel Rosales, en cuanto a la traslación al interior de nuestro país del espíritu de conciliación que finalmente prevaleció en tierras dominicanas. “Yo no creo que ahora existan las condiciones”, dijo Müller, y aludiendo directamente a Rosales apuntó: “A mi me da risa oírlo, después de que se atrevió a llamar a Chávez traidor a la patria”. Una vez asentado ese preámbulo, se guindó del jefe para exponer que Chávez estaba defendiendo la “patria territorial”—que no estaba amenazada; a menos que Chávez diera consciente asilo a guerrilleros en nuestro territorio no tenía nada que temer—y luego habría exhibido “una gran capacidad política” en la isla de Santo Domingo, factor que habría asegurado la paz.
La lógica de Müller es, por supuesto, arrastradamente inconsistente. Si la siguiera, habría tenido que decir que las manifestaciones pacíficas de Chávez le movían a risa con sólo oírlas, pues éste le había dicho a Uribe poco antes de la cumbre, por la medida chiquita, que era traidor a la “Patria Grande”. (Por no mencionar el carísimo y “pacífico” desplazamiento de tropas). Los revolucionarios de pacotilla, obviamente, reivindican el privilegio de la inconsistencia, que les permite, desde una postura desgarradamente moralista, condenar a otros por pecados que ellos cometen en mucho mayor cuantía.
Lo que lleva a Chávez a su hipócrita actuación, que daba la espalda a Correa, no era otra cosa que la amenaza de acusarle ante la Corte Penal Internacional y una doble constatación: que ni las praderas sudamericanas serían incendiadas contra Colombia ni el pueblo venezolano le acompañaba en su desvarío. Sondeos rápidos de la opinión nacional llegaron a medir un rechazo de 82% a la peregrina idea de una guerra con Colombia. Presentarlo, entonces, como el gran pacificador de la comarca, es una falacia descomunal, que no se traga ni la autora de sus días.
La amenaza de Uribe no ha sido desmontada de un todo. Los equipos jurídicos colombianos no han cesado su trabajo, en cuanto a la acusación de Chávez como promotor y financista de una fuerza irregular que comete sistemáticamente crímenes de lesa humanidad. Ayer no más el gobierno de Uribe hacía entrega a la Interpol, en la persona de nadie menos que su máxima autoridad ejecutiva, Ronald Noble, quien se trasladó especialmente a Colombia, los computadores incautados en el operativo contra “Raúl Reyes”.
Los estadounidenses, por otra parte, se aprestan a la cacería. Ya hay actividad en el Congreso de los Estados Unidos en esa dirección, funcionarios del gobierno insinúan sin mucho velo que Venezuela puede ser declarada un estado que ayuda a terroristas y hasta el propio presidente Bush, que durante años había optado por ni siquiera nombrar a Chávez, ayer lo acusó por nombre y apellido ante la Cámara Hispánica reunida en Washington. Difícilmente Uribe y Bush, consistentemente insultados por Chávez, dejen pasar la oportunidad de contar, por primera vez, con evidencias harto comprometedoras para el presidente venezolano. Por de pronto, como está dicho, la pelota ha sido pasada a la policía internacional. No debe esperarse del secretario Noble, abogado y profesor de la Escuela de Derecho de la Universidad de Nueva York (de permiso), antiguamente responsable de la oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, así como ex jefe del equipo de la División Criminal de su Departamento de Justicia, unánimemente reelecto por cinco años más, en 2005, a su cargo actual, una actitud complaciente con Chávez.
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Una cierta sabiduría emerge en Venezuela en cabezas opositoras a Chávez y parece generalizarse. En días recientes, quien escribe ha podido escuchar y leer, en más de un sitio, la paciente y sensatísima opinión de que todavía debe permitirse que Chávez se cueza en su propia salsa. Es preciso, se sostiene, que el rechazo nacional a su figura crezca hasta el borde de la unanimidad; que el aprendizaje del pueblo acerca de su malignidad se haya generalizado. Sólo así, se arguye, será posible su abandono del poder sin que sea tenido como mártir inmolado por su fe antiimperialista. Es necesario que su coartada quede descubierta universalmente.
No debe haber apuro, entonces. La oposición a Chávez por contención se ha vuelto de nuevo posible, a raíz de su primera derrota electoral el 2 de diciembre pasado y la incesante serie de traspiés internacionales con los que se ha tambaleado. Esto es, seguramente pagaríamos un costo mientras se generaliza la opinión en su contra. pero eso sería un costo muy menor al que ya hemos pagado, puesto que su capacidad para hacer estropicios se ha visto considerablemente reducida.
Además, la oposición que hace falta para su derrota definitiva no es la de una mera contención. (“Sería ingenuo suponer que ahora Chávez no apretará una tuerca más… Urge encontrar el modo de tomarle la zurda muñeca que empuñará la llave inglesa y dificultarle el opresivo giro con el que querrá expandir su totalitaria y quirúrgica manera de gobernar”. Carta Semanal #100 de doctorpolítico, 19 de agosto de 2004). La oposición profundamente eficaz es la superposición, como argumentaba el suscrito en una conocida peña caraqueña a comienzos de 1999. El mensaje que la permita debe ser transmitido al pueblo, y este proceso consumirá un tiempo, que será menor en la medida que se le ayude acelerándolo.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Mar 11, 2008 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Al Dr. Mauricio Báez, quien me obsequió La teoría pura de la ideología
El 27 de febrero de este año, falleció en el estudio de su casa de Stamford, Connecticut, a la edad de 82 años, uno de los más brillantes y combativos expositores del conservatismo norteamericano, William Frank Buckley. Aunque fuese radicalmente conservador—o libertario, como a veces se definía—su inteligencia le exigía realismo, y es así como, sin condenarla de un todo, opinó en un artículo de su propia revista (National Review, febrero de 2006), que no había dudas de que los norteamericanos habían fracasado en sus objetivos de la guerra en Irak. Antes había declarado: “…el conservatismo implica una cierta sumisión a la realidad, y esta guerra tiene una obvia irrealidad y está siendo inevitablemente capturada por los acontecimientos…” Si Bush fuese un primer ministro europeo, dijo, la experiencia de la guerra le hubiera forzado a retirarse o renunciar. Más generalmente, hizo este juicio: “La realidad de la situación es que las misiones en el extranjero que tratan de lograr un cambio de régimen en países que carecen de un estatuto de derechos o tradición democrática son terriblemente arduas”.
Quizás Buckley había aprendido algo de un famoso debate con Noam Chomsky, a quien llevó a una de las transmisiones del programa de televisión que condujo para el Public Broadcasting System durante treinta tres años (Firing Line, 1966-1999). La “entrevista” a Chomsky es característica del estilo pugnaz de Buckley, que impedía el despliegue argumental de su interlocutor con frecuentes interrupciones. En esa ocasión, los formidables personajes chocaron, justamente, sobre el tema de las intervenciones norteamericanas en terceros países. A juicio de quien escribe, Chomsky demostró un conocimiento más preciso de los hechos, mientras que Buckley se defendió, principalmente, a base de retórica. (Puede verse grabaciones del debate en YouTube, a partir de http://www.youtube.com/watch?v=VYlMEVTa-PI&feature=related).
Igualmente se encuentra en YouTube la entrevista que hiciera en 1985 a Kenneth Minogue (http://www.youtube.com/watch?v=-CIOSkrfRC4), a raíz de la publicación del libro de este último Alien Powers: The Pure Theory of Ideology. Minogue es Profesor Emérito de Ciencia Política en la Escuela de Economía de Londres, y un “euro-escéptico” miembro del Grupo de Brujas y la Fundación Europea, dos think tanks conservadores que, a pesar de sus nombres, descreen de la integración política de Europa. (La presidenta honoraria de la fundación es Margaret Thatcher).
El libro de Minogue ha sido traducido al castellano (La teoría pura de la ideología, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1988). Es un incisivo y profundo estudio del fenómeno ideológico, de valor pedagógico inestimable. En su introducción, escribe Minogue: “La ideología participa de todo el oportunismo de cualquier uso político del lenguaje”, y la define como “la propensión a construir explicaciones estructurales del mundo humano”. La Ficha Semanal #185 de doctorpolítico reproduce la sección inicial (Las paradojas de la ideología) de su último capítulo (Conclusión). No tiene desperdicio.
LEA
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Ideología y paradoja
El gran descubrimiento de la ideología fue que la civilización europea moderna, por debajo de sus apariencias ingeniosamente artificiales, es el despotismo más sistemáticamente opresor que el mundo haya conocido jamás. Toda historia, por supuesto, es un acto de opresión, pero sólo en los tiempos modernos la opresión comenzó a esconderse a sí misma detrás de una fachada de libertad.
Para poner este argumento en perspectiva, es relevante anotar que la germinación de la ideología coincidió con la abolición británica del tráfico de esclavos, y para el tiempo en que Lincoln firmó el Edicto de Emancipación ya estaba completamente establecida. Durante este mismo período, se preparó el trabajo preliminar por el sufragio universal de los adultos, y para liberar a las mujeres de la restricción doméstica hasta un grado sin precedentes. Es verdad, por supuesto, que muchos ideólogos reconocieron estas mismas liberaciones como cumbres de la tierra prometida. Sin embargo, el hecho más notable sobre la ideología es su intento de demostrar que lo que para pruebas más ordinarias—un fin del hambre y de las más pesadas cargas de trabajo, respeto por los derechos humanos—había sido un gigantesco salto hacia adelante de la humanidad, es realmente un retraso monumental. La civilización occidental se estaba confundiendo a causa del grado en que las instituciones opositoras y adversarias habían servido realmente para incrementar antes que para destruir su estabilidad; pero en ideología, esto había producido una oposición para terminar con todas las oposiciones, un adversario no inclinado a jugar un juego competitivo sino a la destrucción total de todo lo que constituye el mundo moderno. La ideología es la más pura expresión posible de la capacidad de la civilización europea de autoaversión.
La promoción de semejante movimiento enfrenta claramente problemas formidables. Retóricamente, son problemas de cómo persuadir a una sociedad de occidentales individualistas de embarcarse en un curso de acción tan evidentemente conducente a la autodestrucción; lógicamente, estos son problemas de contradicción entre lo que el ideólogo es y lo que parece ser. Levanta el estandarte del cambio contra un establishment conservador; sin embargo, su telos es una condición puramente estática. Hay un movimiento político inclinado hacia la destrucción de las mismas condiciones de la política. Apela a nuestras respuestas morales, aunque niega la realidad de la vida moral. Los proletariados de la teoría ideológica son primero vaciados de cualquier pensamiento y sentimiento real que puedan tener, y provistos entonces de las proposiciones de la ideología. Mientras afirma la libertad, encara una comunidad en la cual sólo el único tipo de acto correcto será concebible. Ataca las desigualdades, aunque apunta a la destrucción de las únicas entidades—los individuos—que pueden en algún sentido serio ser tomados como iguales. Afirma la democracia verdadera, pero encara una unanimidad que haría innecesaria a la democracia. Reclama la rúbrica del criticismo sólo para declarar incontestables sus propias verdades. Tales son algunas de las paradojas a las cuales nos lleva nuestro análisis.
Por encima de todo, quizás, está la paradoja de que la ideología, que propone romper las mistificaciones teóricas en la liberación de la praxis, supone la entera destrucción de la práctica. Pues la práctica es una transacción, en la cual un agente deseoso se distingue a sí mismo del resto del mundo, embarcado en una actividad a la búsqueda de satisfacción, y por esa razón acepta el riesgo de la frustración. Después de la transformación ideológica, sin embargo, el hombre no estaría ya apartado del hombre (o aun de la mujer), y la humanidad no estaría apartada de la naturaleza. Todas las distinciones constitutivas de la práctica, junto con los problemas morales y filosóficos que le son consecuentes, estarían abolidas, canceladas, aufgehoben pues (como Marx lo dijo):
Ese comunismo… es la genuina resolución del conflicto entre hombre y naturaleza y entre hombre y hombre—la verdadera resolución de la contienda entre existencia y esencia, entre objetivación y autoconfirmación, entre libertad y necesidad, entre el individuo y la especie. El comunismo es el acertijo de la historia resuelto, y sabe que él es la solución.
Una situación de las cosas en las cuales toda contienda entre esencia y existencia haya sido resuelta puede posiblemente ser una cosa bella, pero no habría nadie para contemplar semejante belleza, desde que la separación entre la belleza y su contemplador estaría también entre las cosas resueltas. No es una condición posible para los seres humanos, y esto quiere decir que la ideología plantea un problema esencialmente insoluble para Occidente, AI declarar Ia putrefacción de una civilización, realmente está declarando odio por cualquier vida humana posible. Lo que propone es el equivalente cósmico de un pacto suicida.
Si giramos hacia la influencia real de esta teoría pura de la ideología sobre Europa y el mundo, nos impactarán dos cosas. La primera es que la influencia de la ideología en Occidente puede fácilmente ser exagerada. Los movimientos políticos que generó, tales como comunismo y feminismo, tuvieron que tomar una forma política y de este modo se hicieron sensibles a lo que la gente real quiere, Todos los movimientos semejantes están marcados por fuertes tendencias revisionistas. La teoría pura de la ideología aparece sólo en áreas de pura intelectualidad, o entre pequeños grupos extremistas. No hay cambio importante en los dos últimos siglos que le pueda ser atribuido con exclusividad. Por supuesto. suministró un vocabulario y un ímpetu para vastos cambios en el sistema industrial, especialmente en las condiciones del trabajador industrial y también en la condición de las mujeres, pero estos dos cambios responden a desarrollos evidentemente sensibles de la tecnología y las costumbres. La contribución directa de la ideología fue poner al trabajador contra el capitalista, al negro contra el blanco, a los hombres contra las mujeres. La ideología fue para la vida pública lo que un buen arranque de cólera es a la vida privada: consigue resultados. Y, como la cólera, puede también tener desagradables efectos colaterales, tales como la multiplicación de las inútiles antipatías generalizadas. Pero, por todo esto, poca gente en Occidente estuvo por un momento preparada a abandonar las delicias de la alienación (a las cuales podrían llamar libertad) con el fin de vivir en una sociedad entregada para reencauchar a un conjunto de revolucionarios poseedores de la verdad, y un aparato de poder despótico. Por otro lado, la influencia de los modos ideológicos de pensamiento, tales como la propensión a las explicaciones estructurales que prescinden de autonomía moral, es muy poderosa, e inclina a mucha gente culta a asimilarse a sí misma a los universales ideólogos con desprecio de las lealtades particulares hacia los amigos, la familia y el país.
Sucedió de otro modo en el mundo no occidental. El proceso de modernización disolvió evidentemente muchos de los vínculos acostumbrados de la sociedad tradicional, Si esto fue tomado como un mal, entonces muchas de las sociedades tradicionales importaron no sólo el mal, sino también la ideología como un antídoto para el mal, que también es un producto occidental. Esto inhibió no sólo sus propios poderes de asimilar lo que podrían valiosamente usar de la civilización occidental, sino también su capacidad autóctona de desarrollar antídotos de su propia cosecha. Las formas recientes de nacionalismo y anticolonialismo tienden a ser destructivas de la cultura tradicional y espiritualmente incapaces de desarrollar nada nuevo. La elite se hace opresora o cosmopolita, y no hay duda sobre el modo característico de pensamiento que impera entre las elites opresoras del mundo no europeo: es ideológico.
Kenneth Minogue
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 6, 2008 | LEA, Política |

Es innegable que el actual proceso electoral de los Estados Unidos, que determinará quien será el sucesor del terrible George W. Bush, no tiene precedentes. Hasta John McCain, ya preungido como el candidato de los republicanos, no es un conservador típico, siendo como es un luchador incansable contra el predominio de poderosos intereses creados. Naturalmente, al emerger esta semana como el precandidato insuperable, ha ido a retratarse con Bush, por aquello de mantener unido al partido del Presidente con el de él mismo.
Pero lo que marca con un sello insólito la campaña por la Presidencia de los Estados Unidos es la coincidencia de dos precandidaturas muy especiales: la de la senadora Hillary Clinton, que pudiera ser la primera mujer en alcanzar tan suprema magistratura, y la del senador Barack Obama, el primer norteamericano de raza negra que pudiera lograr exactamente lo mismo.
Hasta el día martes la dinámica parecía favorecer inexorablemente a Obama, pero luego del resurgimiento de Clinton gracias a tres importantes triunfos primarios—Ohio, Texas y Rhode Island—ante su contendor, colega y copartidario, que sólo pudo ganar en Vermont, la senadora por Nueva York ha recuperado momentum, y ahora es Obama quien argumenta con base en las matemáticas electorales. (Dijo que la cuenta de delegados a su favor arroja una ventaja que resultará insuperable. En los momentos supera a Clinton por un centenar de delegados).
Lo parejo de las posiciones amenaza con remitir la decisión al poder de los “superdelegados”, personalidades del partido que tienen un peso extra en la determinación final de la convención electoral de los demócratas. En teoría podrían revertir la decisión de los votantes en las primarias, pero las encuestas registran que un poco más de las dos terceras partes de éstos considera que los superdelegados deberán respetar la voluntad popular democráticamente expresada. En verdad, si esto no ocurriere, el Partido Demócrata debiera cambiarse el nombre.
A raíz de los resultados de las votaciones de anteayer, por otra parte, Hillary Clinton ha hecho una declaración audaz, que Obama no ha comentado hasta los momentos de redactar esta nota. Clinton ha dicho estar abierta a compartir la fórmula—el ticket—demócrata con Obama. Naturalmente, se apresuró a añadir: “Tal vez el proceso apunte en ese sentido, pero desde luego todavía debemos decidir quién encabezará la fórmula. Creo que el pueblo de Ohio dijo claramente que debería ser yo”.
La senadora Clinton no es suscritora de esta publicación, pero aquí se dijo en el #275, del 21 de febrero, comentando la posibilidad inversa—Obama como número uno y Clinton como número dos—lo siguiente: “¿Un ticket invencible? Al menos un verdadero cambio, ciertamente uno que el planeta necesita”.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Mar 6, 2008 | Cartas, Política |

El idioma inglés, entre otras cosas por su manera peculiar de construir palabras a partir de componentes más simples, se caracteriza por una gran riqueza léxica. Por ejemplo, el sufijo –manship, construido él mismo a partir de man (hombre) y la desinencia –ship, ésta de uso variable, como en los casos de scholarship (estudio o logro académico, aprendizaje de alto nivel, beca) o apprenticeship (período durante el que se es un aprendiz o el proceso de serlo). En algunos casos esta desinencia se refiere a una habilidad especificada por la raíz que la precede. Por caso, el término marksman (que emplea mark en el sentido de un blanco para puntería y se une, de nuevo, a man para designar a un tirador experto) da origen a marksmanship, que connota la destreza de un tirador experimentado y preciso.
Bien, la palabra inglesa brink se aplica al borde de un precipicio, al borde de un terreno justamente antes de convertirse en una pendiente empinada o vertical; de un acantilado, digamos. El inglés no se detiene allí; a partir de tal vocablo fabrica el concepto de brinkmanship, cuya definición ofrece el Oxford American Dictionary en los siguientes términos: “El arte o práctica de proseguir una política peligrosa hasta los límites de la seguridad antes de detenerse, especialmente en política”. (Obviamente, la palabra política se refiere en el primer uso a una política, como puede ser la política de salud o la política económica o la de seguridad. La segunda vez que aparece en la definición está referida al sentido convencional de la actividad de consecución y empleo del poder).
Este preámbulo se hace necesario porque el castellano no tiene un equivalente de brinkmanship, palabra precisa que describe la conducta reciente de Álvaro Uribe Vélez, quien ordenó la penetración de fuerzas militares colombianas, el sábado 1º de marzo a las cero horas veinticinco minutos (hora local), a territorio de Ecuador para una misión que concluyó con la muerte de Luis Edgar Devia Silva, alias Raúl Reyes, el segundo jefe de las FARC, y de otros dieciséis (o veinte) guerrilleros, además de la muerte del soldado colombiano Carlos Hernández. Una vez consumada la operación, Uribe levantó el teléfono e informó al presidente ecuatoriano, Rafael Correa, acerca de la violación de territorio, alegando que este hecho fue un caso de legítima defensa ante los disparos que los efectivos colombianos habrían recibido de los irregulares de las FARC tras la frontera de Ecuador. Por esta acción ofreció inmediatamente sus excusas. A continuación, y una vez ordenadas las movilizaciones de tropas de Venezuela y Ecuador hacia sus respectivos límites con Colombia, Uribe declaró que las de Colombia no harían lo mismo. Brinkmanship. Uribe llegó al borde del precipicio y se replegó.
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Como era de esperar, Ecuador protestó de inmediato la incursión colombiana, violatoria de su espacio territorial. Más tarde, afirmó que de sus propias investigaciones in situ se desprendía que la relación colombiana no se ajustaba a la verdad. Según el gobierno ecuatoriano, los guerrilleros extranjeros estacionados en su territorio no habrían atacado a las fuerzas de Colombia, y que en cambio habían sido muertos en medio de plácido e inocente sueño. Correa se mostró más airado que al comienzo y, luego de consultas con Hugo Chávez, procedió a cortar relaciones diplomáticas con Colombia y movilizar efectivos militares hacia la frontera con este país, en ejercicio propio de brinkmanship.
Pero Colombia se asomó de nuevo al precipicio de la guerra. Aduciendo haber tomado posesión de tres computadores de Devia, mientras aquella movilización se iniciaba dijo haber encontrado en uno de ellos un informe del jefe guerrillero en el que se daba cuenta de una reunión suya con Gustavo Larrea, el Ministro de Seguridad Interna de Ecuador, en la que habría obtenido seguridades de que no sería molestado por autoridades militares o policiales ecuatorianas mientras se encontrara dentro de Ecuador con su tropa irregular.
Larrea se vio entonces impelido a admitir que se había reunido con Devia, pero declaró que el encuentro, sostenido en enero, se habría efectuado en un tercer país distinto de Colombia y Ecuador, y que los asuntos tratados no habían sido los expuestos por la policía colombiana. El ministro implicado aseguró que sólo había dialogado sobre la liberación de algunos rehenes en poder de las FARC y que había advertido a Devia que sus guerrilleros no debían ingresar a tierra ecuatoriana. (“Desde luego que incumplió la palabra”, dijo Larrea de un Devia que ya no está en capacidad de contradecirlo).
Es evidente que Colombia violó la territorialidad de Ecuador, como acaba de declarar (por aclamación) el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos. Pero estamos ante dos opciones, ambas muy problemáticas. La primera es que la verdad está del lado de Colombia (o, más bien, del lado de Devia): que el gobierno ecuatoriano toleraba la ocupación de parte de su espacio por irregulares colombianos. Esta opción es gravísima, naturalmente; implicaría que Rafael Correa ha tomado partido contra el gobierno de Colombia y a favor de su enemigo interno.
Pero la segunda posibilidad es que Ecuador dice la verdad, y que su gobierno ignoraba la presencia de un campamento guerrillero dirigido por Devia en su territorio. En este caso, la guerrilla colombiana ejercía uti possidetis de facto dentro de Ecuador. Dicho de otro modo, el grupo de Devia ejercía posesión de territorio ecuatoriano; ya la parcela en la que al menos dormían sus integrantes no era controlada por Ecuador sino por la guerrilla. Vista la cosa así, si el gobierno de Correa desconocía esta ocupación Colombia no penetró en territorio ecuatoriano sino en dominios guerrilleros, usurpados a Ecuador. Pero esta usurpación no ha sido en ningún momento reprobada por las autoridades ecuatorianas, mucho menos en los mismos términos tajantes, insultantes y airados que han sido dirigidos contra Uribe y sus colaboradores. Todavía no hemos visto, proveniente de Ecuador, una protesta iracunda contra las FARC, dirigida por ejemplo a Pedro Antonio Marín (alias Manuel Marulanda, alias Tirofijo o marksman), por el hecho de que serían sus fuerzas los originales violadores del territorio de Ecuador. Esta inconsistencia constituye una conducta que deja muy mal parados a Rafael Correa y su gobierno.
A mayor abundamiento, la doctrina del uti possidetis juris—originada por cierto en América Latina para curarse ante pretensiones europeas luego de la derrota de España en estas tierras, y para reducir la probabilidad de conflictos entre los estados que asumieron sus antiguos dominios—tiene su fuente remota en la noción romana de la posesión, distinta de la figura de propiedad. (La propiedad del terreno ocupado por Devia y sus secuaces, sin duda, es de Ecuador; no así lo era su posesión hasta el sábado 1º de marzo, cuando Colombia le hizo el favor de eliminar a sus presuntos usurpadores). Guatemala, por ejemplo, ha pretendido desde hace mucho que Belice, las antiguas Honduras Británicas, le pertenecería, y para sostener tal pretensión ha oscilado entre un principio de uti possidets juris y uno de uti possidetis de facto. Así lo revelan las siguientes palabras de Pedro de Aycinena, en su momento canciller de Guatemala, dirigidas a la Cámara de Diputados de su país (se traduce de la versión inglesa): “Al examinar esta situación, no podemos dejar de reconocer que el derecho que hemos alegado constantemente, como presuntos herederos de la soberanía de España, fue considerablemente debilitado, debido a nuestra falta de medios para tomar posesión de estos territorios que habían sido desertados y abandonados por España misma y subsecuentemente por nosotros. Más aún, tal derecho, enfrentado a una posesión real y el ejercicio práctico de soberanía [por Gran Bretaña primero y por Belice después], independientemente de los medios por los que fueron adquiridas, pudiera conducir a una discusión prolongada que, aunque soportada con algún fundamento por nosotros, no ofrecía ninguna esperanza razonable de éxito”.
En suma, Ecuador no puede alegar que ejercía control sobre el terreno ocupado por los irregulares colombianos, si es que quiere aducir ignorancia de su presencia; para reivindicar posesión—no la propiedad, por supuesto, que no se discute—tendría que admitir que los guerrilleros eran sus huéspedes.
Otrosí. Algún lúcido abogado ha ilustrado a doctorpolítico sobre un recoveco jurídico que ignoraba: la llamada “culpa de la víctima”, que gravita sobre una “compensación de las culpas”. Para usar su ejemplo, si una dama de edad avanzada muere al ser atropellada por un carro, estamos ante un caso de homicidio cuya culpa recae sobre el conductor del vehículo, así sea un caso de homicidio culposo, esto es, sin intención. Pero si la víctima se abalanzó imprudentemente a la calle vestida de negro y con el rostro embetunado, en una vía carente de iluminación durante la fase de luna nueva o bajo un cielo enteramente nublado, entonces hay una culpa en la víctima que “compensa”, en algún grado a determinar por el juez, la culpa del conductor y la atenúa. Como él mismo señala, habría sido una clara imprudencia de Larrea haber puesto su confianza en un personaje delincuente como Devia, quien “[d]esde luego incumplió la palabra”.
Otrosí. Si el gobierno de Colombia faltó gravemente, por la violación de territorio ecuatoriano sin advertir de su intención a Rafael Correa, igualmente grave es que el ministro Larrea haya sostenido conversaciones con Devia a espaldas del gobierno de Colombia, por más que ellas hayan sido para tramitar la “humanitaria” liberación de personas secuestradas por las FARC o para decidir la construcción de un templo dedicado a la Virgen del Putumayo. (Cuya existencia ignoramos). Ningún tercer estado tiene derecho a entrometerse en el difícil proceso que debe ser regido únicamente por el legítimo gobierno de Colombia, sin que éste le haya autorizado expresamente. El derecho no asiste a los entrometidos. Es asqueroso que un tercer gobernante cualquiera se inmiscuya en tan complicada cosa, con el fin de desacreditar al gobierno colombiano y presentarse a sí mismo como campeón de causas humanitarias.
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Otro es el caso de la intromisión del gobierno “bolivariano”, a todas luces impertinente y desmedida. La resolución del Consejo Permanente de la OEA, ciertamente, declaró que “el hecho ocurrido constituye una violación de la soberanía y de la integridad territorial del Ecuador y de los principios del derecho internacional”, pero ni fue tan lejos como una condena de Colombia, ni aludió para nada a Venezuela. Sin decirlo expresamente, la organización multilateral ha opinado que nuestro país no tiene vela en tan literal entierro.
El brinkmanship de Chávez también ha salido a relucir. Chávez, el “brinkman” (en su caso, el hombre que se la pasa brincando), ordenó mayestáticamente la movilización de tropas hacia parte de la frontera con Colombia e interrumpió las relaciones diplomáticas con este país, no sin su acostumbrada descarga cloacal de insultos e injurias interesadas. (Como es de esperar, la mediocridad de su canciller, de su embajador ante la OEA o de una negatividad tan extraviada como la de Iris Varela, le han hecho coro. Esta última, bajo la creencia de que es una política muy atenta, amenazó con declarar traidores a la patria a los medios de comunicación que reportaran sobre los movimientos de tropa venezolana. Cuando el papá del Bush ahora encaramado desató la inexcusable invasión de Panamá en diciembre de 1989, el mundo entero supo de la operación a través de imágenes difundidas por CNN, que captaron la partida de los invasores desde el Fuerte Bragg. Hasta José Vicente Rangel ha salido a defender la obligación de nuestros medios de reportar nuestros movimientos militares).
Un editorial del diario Tal Cual ha conjeturado que la desmesura de Chávez se explica por su temor de que efectivamente el gobierno colombiano encontrara, en el campamento donde murió Devia, pruebas que le comprometieran, y por tal razón habría intentado picar adelante con una alharaca que fungiese como cortina de humo.
A esta explicación puede añadirse una observación simple. Uribe no autorizó la penetración de territorio ecuatoriano para apropiarse de productos agrícolas, o bienes muebles de cualquiera otra índole. No lo hizo para tomar posesión permanente de un trozo del suelo de Ecuador. Uribe ordenó a conciencia la grave violación para ponerle la mano a un criminal, común y de guerra, que era el responsable de todo género de atrocidades y delitos y se encontraba refugiado en santuario de Ecuador. Por supuesto, también esperaba capturar, como aparentemente lo hizo, información útil a la lucha que libra contra los irregulares. Que Chávez, entonces, haya ordenado una desproporcionada movilización militar, y haya ofrecido como justificación que tal decisión obedece al temor de que el gobierno vecino pudiera ordenar una incursión análoga en territorio nuestro, equivale prácticamente a la admisión de que en nuestro suelo es posible encontrar pretextos idénticos: la presencia de guerrilleros colombianos ante, al menos, la vista gorda de Chávez y su combo.
El gobierno de Uribe sostiene que “Tirofijo” se encuentra en Venezuela, en una finca aledaña al departamento del Norte de Santander. (En Táchira o el Zulia). La inteligencia brasileña tiene al líder máximo de las FARC como enfermo necesitado de atención médica de consideración, y si es verdad que Devia debió su muerte a una llamada de Chávez, tal cosa sería porque el reporte personal de éste sobre la más reciente liberación de rehenes tenía que hacerse al jefe real de las FARC, impedido Pedro Marín de ocuparse directamente de las cosas por causa de incapacidad física. Raúl Reyes era a Marulanda como Raúl Castro es a Fidel, al menos mientras el “Mono” Jojoy y otros competidores por la herencia de “Tirofijo” así lo toleraran.
Claro, la cosa se ha puesto más seria para Chávez. No tiene nada de “risible” la posibilidad de una acusación en su contra ante la Corte Penal Internacional, de cuyo estatuto constitucional (Estatuto de Roma) son signatarias tanto Venezuela como Colombia. El gobierno de Uribe dice tener pruebas de unas amplias connivencia, complicidad y cooperación del gobierno “bolivariano” con los irregulares de las FARC. Chávez dice no tener miedo, pero la espada de Damocles que Uribe ha colgado sobre su cabeza es mucho más ominosa que cualquier penetración de piquijuye por tropas colombianas en nuestro territorio, que es lo que Chávez dice prevenir, “amante de la paz” como sería, con sus ramplones ejercicios de guerra.
Rafael Correa y Hugo Chávez, pues, se han puesto ellos mismos en evidencia. Que la OEA no haya mencionado siquiera de pasada a Venezuela en su recentísima resolución sobre la crisis andina, no sólo dice que nuestro país no tiene competencia o interés en el asunto, sino que muy pocos quieren verse asociados ya con Chávez, al menos en el tema de las guerrillas colombianas.
El pueblo venezolano tampoco. Podía argüirse que en la guerra que ya no tendrá lugar Venezuela podía aspirar a una superioridad de ataque aéreo, o en materia de equipo blindado. Con lo que Chávez no iba a poder contar era con la moral de la población, el más importante de los factores de un esfuerzo bélico exitoso.
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