CS #280 – Samba y joropo

Cartas

En los tiempos ya idos del segundo gobierno de Rafael Caldera, un viraje en la atención de la cancillería venezolana desplazó significativamente la mirada preferente hacia el sur; más específicamente, hacia Brasil. Eran los tiempos de una intensa amistad con el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, el presidente brasileño que había vivido en Venezuela y hecho sentir su bonhomía y su inteligencia de sociólogo en los predios del CENDES (Centro de Estudios del Desarrollo) de la Universidad Central de Venezuela. (Antes, en su primer gobierno, Caldera había logrado finalizar la demarcación de límites entre Brasil y Venezuela).

Tan estrecho fue el acercamiento entre Cardoso y Caldera, que Ramón Adolfo Illarramendi, antiguo embajador venezolano en Jamaica, a la sazón al mando de una unidad de análisis de políticas para la segunda presidencia del yaracuyano, jugaba con una idea para la que encontró cierta resonancia aun en algunas cabezas brasileñas. Ésta era la utopía de crear dos nuevos estados en América del Sur: uno estaría formado por la mayor parte del Brasil actual; el otro se constituiría por la fusión de Venezuela y la parte más norteña de Brasil.

Naturalmente, de este sueño sin destino no trascendió nada hacia los objetivos del causahabiente de Caldera, Hugo Chávez Frías. Lo que si heredó este sucesor fue la camaradería con el gigantesco país portugués y, todavía durante la presidencia de Cardoso, Chávez firmó acuerdos bilaterales con Brasil. Muy poco después, la simpatía aumentó marcadamente con la asunción de Luiz Inácio Lula da Silva, en el año 2002.

Para algunos opinadores en Venezuela—notablemente para Alejandro Peña Esclusa—la llegada de Lula al poder en Brasil era un desarrollo ominoso. A comienzos de 2002, antes de los sucesos de abril, Peña Esclusa argumentaba que había que salir de Chávez antes de que Lula se encaramase en la presidencia de su país, pues una vez que esto ocurriera la alianza Chávez-Lula—presuntamente manifiesta en sesiones del Foro de Sao Paulo—significaría que el presidente venezolano sería prácticamente inamovible.

Pero la trayectoria de Lula en la jefatura del estado brasileño no exhibe la misma radicalidad que la propugnada por Chávez. Lula se ha mudado del socialismo a la socialdemocracia, y en un curso que pudiera ser tenido por reformista, ha presidido un sostenido progreso económico de su país y un aumento considerable de su importancia política. Hace un año, cuando George W. Bush emprendía una morosa gira latinoamericana, que Chávez procuró boicotear con su propia contragira, Lula recibía al presidente de los Estados Unidos para marcar su autonomía con una muy distendida y amigable bilateralidad. Lula no cree que Bush huele a azufre.

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La nueva visita de Chávez a Brasil lleva tres propósitos ostensibles. El primero y más obvio es el de continuar promoviendo la entrada plena de Venezuela a Mercosur, que se ha visto entorpecida, entre otras cosas, por el pésimo cartel que tiene Chávez en el Senado de Brasil, al que una vez acusara de estar formado por loros repetidores del discurso de Washington. La sola relación comercial bilateral entre Venezuela y Brasil alcanzó el año pasado la suma de 5.000 millones de dólares (el nivel sostenido con Colombia), tras un aumento de 36% respecto del año anterior.

El segundo propósito es de naturaleza energética. Desde 2005 hay conversaciones entre PDVSA y Petrobrás para la construcción y operación conjunta de una refinería en territorio brasileño—en Recife, bajo el nombre de José Inácio Abreu e Lima, el revolucionario brasileño que peleara del lado patriota en la guerra venezolana por la independencia—propuesta por primera vez ya en el año 2000. El esquema ha mantenido una participación brasileña de 60% y una de 40% para Venezuela. Según recientes declaraciones de Petrobrás, falta dilucidar muy poco para concluir el arreglo definitivo, pero la petrolera brasileña ya ha comenzado los movimientos de terreno en el sitio, y ha hecho saber que procedería con el proyecto aun sin Venezuela. (La capacidad inicial sería de 200 mil barriles diarios, para ser duplicada en pocos años. El importante yacimiento petrolífero descubierto recientemente en Brasil permitiría a este país justificar la inversión en la refinería a partir de su propio suministro). Ya se sabe que el acuerdo definitivo no podrá ser firmado por ambos presidentes durante esta visita, y se estima consumir al menos dos meses más en las negociaciones de puesta a punto.

Pero el más vistoso objetivo de la reunión entre Chávez y Lula tiene que ver con el reino de la seguridad continental. El segundo ha propuesto la constitución de un “Consejo de Seguridad” de América del Sur, organismo de consulta dentro del que pudiera absorberse los amagos de conflicto militar interno, como el que hace nada puso en movilización contingentes de Ecuador y Venezuela hacia sus respectivas fronteras con Colombia.

Cada quien, por supuesto, interpreta las cosas a su manera. Lo que en principio está pensado como un mecanismo de consulta y resolución de conflictos al estilo del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, para Chávez es una suerte de OTAN de América del Sur que permita la defensa de nuestra masa continental contra “el imperialismo, los neoliberales y la acción militar preventiva”. En verdad, es éste el concepto que hace poco expusiera Chávez en visita a Nicaragua, y que propusiera tan temprano, aunque menos beligerantemente, como en el año 2000.

Esta última concepción, la más atrevida, tiene mucho sentido geopolítico, y no es en absoluto invento original de Hugo Chávez. En artículo (Tema de Estado) publicado en La Verdad de Maracaibo en septiembre de 1998, antes de la llegada de Chávez al poder, el suscrito adelantaba la opinión de que la integración de América del Sur era más viable que la de América Latina entera, y que vista la escala de Brasil, probablemente sería más sensato entender esa integración como la convergencia de tres bloques: Brasil, el Cono Sur y una gran república bolivariana, formada por el territorio de las repúblicas liberadas por Bolívar. Éstos eran los términos: “Como espacio geopolítico y ecológico, pues, tiene sentido pensar en su organización política de conjunto. Y tiene sentido en momentos cuando asistimos a la manifestación del intento de NAFTA en Norteamérica, del intento de la Comunidad Europea, de los reacomodos que ya se han producido en el área asiática. Tiene más sentido aún si consideramos que el mundo va hacia una planetización política, en la que la coexistencia de culturas diversas será una realidad. América del Sur puede ser una maqueta de este proceso más amplio de integración, pues además de la obvia presencia de la cultura latina, incluye a los pueblos de las distintas Guayanas y a los de las Malvinas. (Si es que no incluyésemos también a las Antillas Neerlandesas o a Trinidad y Tobago). Pero América del Sur incluye a Brasil, y su escala no debe ser ignorada. Por esto no deja de ser una idea a considerar, antes de un pacto continental de América del Sur, la conformación de una república boliviana, de la verdadera Bolivia, la amplia. Definida como el territorio que Bolívar liberó de la corona española, esa república es un hexágono abierto que abarca desde los límites superiores de Panamá hasta los inferiores de Bolivia. Eso sí provee un mercado suficiente para un grado de diversificación básico y toma en cuenta las escalas de Brasil y el cono sur para formar, de un modo más equilibrado, la Organización del Tratado de América del Sur”.

Antes, en diciembre de 1984, coincidía con Arturo Úslar Pietri en la imaginación de una integración política del área iberoamericana, y las consideraciones de defensa ya entraban en la formulación, que propugnaba el tratamiento al señalar: “En el nivel político, más que nunca la ‘tercera ola’ será una discusión de grandes interlocutores. Y hasta ahora sólo parece que conversarán los sajones, los eslavos, los europeos dependientes de los sajones y los dependientes de los eslavos, los chinos y los japoneses, los hindúes. Es decir, unidades políticas de centenares de millones de personas”. (La verdad que ya no podemos eludir, Válvula, diciembre de 1984). Algo más tarde escribía: “No es insensato pensar en un aumento de las pretensiones de dominio norteamericano sobre nuestra zona. Las nuevas tecnologías de comunicación no hacen sino aumentar la potencialidad de control y dominación que una supernación desarrollada en ese aspecto puede querer emplear, sobre todo si se trata de asuntos que esa potencia considera vitales para sus intereses más fundamentales… Por la integración política en un contexto cultural homogéneo Venezuela consigue resolver varios problemas importantes de un golpe. Para comenzar, es necesario precisar que el tratamiento propuesto es el de una integración federativa. Esto es, la integración no consiste en transferir todas  las funciones públicas a un gobierno supranacional, sino únicamente las funciones de Estado clásicas: representación diplomática o relación política con terceros estados, defensa ante terceros estados, emisión de una moneda única del área integrada, principalmente… Hay otros efectos diferentes del estrictamente económico que hacen atractiva a Venezuela (y a los demás países participantes) la opción de convertir su razón de Estado a través de una confederación de estados del área latina, aún cuando también el aumento de eficacia se traduce en muchos casos en un menor gasto por concepto de funciones de Estado. Por ejemplo, tenemos lo concerniente a seguridad y defensa. El ahorro sería considerable si, en vez de hacer como ahora, que además de defender con ejércitos el perímetro latino, gastamos en una defensa interfronteriza, elimináramos este último renglón. Es así como la contribución que cada país haría al presupuesto federal de defensa sería menor que la cantidad que cada quien gasta por separado. Por supuesto, es de esperar que la agregación de las posibilidades de defensa individuales daría como resultado unas fuerzas armadas comunes de considerablemente mayor tamaño y potencia. El efecto que la emergencia de esta nueva postura de defensa tendría sobre la actual tensión mundial pudiera ser altamente beneficioso, de continuar el nuevo Estado, como es de suponer, en la tradición pacifista de la mayoría de los países del conjunto”. (Dictamen, junio de 1986).

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Pero aun cuando en las consideraciones anteriores se incluía la referencia a las apetencias norteamericanas, aun antes del desplome de la Unión Soviética y la emergencia de la pretensión unipolar, la unión propuesta no cobraba sentido en una pretensión antinorteamericana. La idea de la defensa suramericana no debe ser formulada adversariamente; se sostiene a sí misma sobre la simple conciencia de que, además de la presencia de más de doscientos “municipios del planeta” (sus actuales naciones-estado), la polis planetaria en construcción vendrá determinada por acomodación de los macrofeudos o grandes agregados políticos: China, India—estos dos en curso de acercamiento—Estados Unidos, Rusia, Europa, etcétera. En esa nueva Tabla Redonda de grandes barones, América del Sur no ha logrado todavía reunirse para pretender un asiento, y ya es hora de que lo haga, desde una postura pacifista. No es sano entender una “OTAN de América del Sur” como una organización contraria a los Estados Unidos, ni tampoco contraria a ninguna otra entidad nacional o supranacional.

Brasil, por otra parte, va a halar en una dirección distinta de la que Hugo Chávez quiere. Es altamente sintomático que, un día antes de esta nueva visita de Chávez a Brasil, el canciller de esta nación, Celso Amorim, haya ofrecido declaraciones clarísimas y contundentes, poco características de la proverbial y plácida indefinición de Itamaraty. Amorim marcó muy preciso distanciamiento de la posición venezolana respecto del conflicto interno colombiano. No sólo reafirmó que Brasil no asume neutralidad en este conflicto, sino que además disiente de la idea, formulada por Chávez, de conceder a las FARC el status de fuerza beligerante. Dijo Amorim (habla Lula, por tanto): “Brasil, por ejemplo, discrepa totalmente de la posición del presidente de Venezuela en relación con las FARC como fuerza beligerante. Nosotros no concordamos con esa idea. No creo que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia merezcan ningún status político, porque practican secuestro, crímenes abominables”. Y luego de sucesivas preguntas de los periodistas, reiteró más específicamente: “Brasil condena la acción de las FARC, el presidente Lula condenó el crimen de secuestro, que es abominable. Brasil no es neutro entre las FARC y el gobierno colombiano”, al tiempo que opinó que los rehenes en poder de las FARC “tendrían que ser sueltos unilateralmente, sin condiciones”.

Una vez más, alguien le para el trote a Chávez, y esta vez es su anfitrión, la víspera misma de su visita, con advertencias inequívocas en mentís de las alarmas que Peña Esclusa prendía hace seis años.

Tampoco encontrará eco Chávez en Brasil para su postura antinorteamericana principista. Siendo un político pragmático, Lula no sólo ofreció a George W. Bush la más amable bienvenida durante su deslucida gira latinoamericana del año pasado, sino que ha dirigido una política económica que nunca pudiera ser descrita como anticapitalista. No en balde, la inversión extranjera en Brasil creció el año pasado cerca de un 40% respecto de la recibida en 2006.

Menos todavía desacelerará Brasil su inversión militar, con o sin OTAN sudamericana. Muy por encima de Colombia, que a su vez supera a Venezuela en capacidad y apresto bélico, Brasil es la primera potencia militar de América del Sur, soportada por una estructura industrial que no es monoproductora ni dependiente sólo de sus  exportaciones. Y para este mismo año de 2008, el presupuesto de defensa de Brasil experimentará un crecimiento de 50% sobre lo invertido en 2007.

Venezuela debió haber buscado, primero, el fortalecimiento del área andina—bolivariana, en el recto sentido—antes que una bilateralidad con Brasil que obviamente es desproporcionada. Pero Chávez se dio a la tarea, explícitamente desde 2006, de torpedear a la Comunidad Andina de Naciones, y a agriar las relaciones con sus dos mayores componentes: Colombia y Perú. Son los más débiles del área, Bolivia y Ecuador, sus aliados del momento. Pero así es como funciona la cabeza geopolítica de nuestro presidente.

En 1943, Walt Disney lanzó una segunda película de dibujos animados que apelara a la América Latina: Los tres caballeros. El neurótico Pato Donald representaba a los Estados Unidos, José Carioca era un divertido loro brasileño y Pancho Pistolas un alocado gallo charro, en representación de México. El amistoso trepador carioca puede pasar por Lula; las pistolas—de procedencia rusa—son ahora esgrimidas por Chávez, ya no por Pancho, mientras la irascible personalidad de Donald sigue siendo representación de Bush, pero no es fácil decir que la conducta del mandatario venezolano sea la de un caballero.

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FS #187 – Sueño en blanco y negro

Fichero

LEA, por favor

El gobernador demócrata de Nuevo México, Bill Richardson, ha anunciado hace cuatro días su apoyo a la candidatura presidencial de Barack Obama en los Estados Unidos. Al día siguiente, explicó en un programa de televisión (Good Morning America Weekend) que lo que desencadenó su decisión fue el discurso del candidato sobre el tema de la tensión racial. (Puede verse y escucharse en YouTube el discurso completo: http://es.youtube.com/watch?v=pWe7wTVbLUU ). Dijo Richardson: “Tuvo un problema con su pastor. Ha podido no decir nada o dejarse deslizar. En vez de esto, atacó de frente el tema racial, refiriéndose a los estereotipos y asumiendo posiciones muy firmes”. Luego de llamarlo “un líder de una vez en la vida”, y opinar que Obama uniría a la nación norteamericana, Richardson sintetizó su impresión: “Simplemente creo que el senador Obama trae una nueva cepa de liderazgo, una nueva cepa de consejeros, una nueva cepa de electores, gente más joven, gente que ha estado fuera de la política. Esto es muy atractivo, no sólo para el Partido Demócrata, sino para el país”.

Como era de esperar, la candidatura de Barack Obama ha suscitado variados tipos de ataque, entre los que no falta el que tan bien conocemos en Venezuela: el infundio esparcido en correos electrónicos. El más famoso de ellos es uno que pretende identificarlo como agente islámico radical, sobre la base de que su padre era musulmán—se separó de su madre cuando Obama tenía dos años de edad—y que había estudiado en una escuela musulmana en Indonesia. (El correo en cuestión, por supuesto, no llevaba la firma de nadie, aunque causó los despidos, en el equipo de campaña de Hillary Clinton, de dos activistas que presuntamente eran los autores).

Pero Obama es un fenómeno político del que semejantes necedades rebotan con facilidad. En su discurso aludido, ya clásico sobre el tema racial (18 de marzo), Obama explicó: “Decidí optar por la presidencia en este momento porque creo profundamente que no podremos resolver los retos de nuestro tiempo a menos que los resolvamos juntos, a menos que perfeccionemos nuestra unión comprendiendo que podemos tener distintas historias, pero sostenemos esperanzas comunes; que podemos lucir diferentes y haber venido de sitios distintos, pero todos queremos movernos en la misma dirección: hacia un mejor futuro para nuestros hijos y nuestros nietos”.

Cuando arrancaba la campaña de Obama y la senadora Clinton aparecía como la segura ganadora de la nominación demócrata, Mario Vargas Llosa decidió escribir sobre el primero. Esta Ficha Semanal #187 de doctorpolítico reproduce su artículo, tal como apareciera en el Diario Las Américas el 14 de julio de 2007 bajo el título: Obama y el sueño americano. (Originalmente publicado en El País de Madrid).

Naturalmente, la opinión de Vargas Llosa es muy llamativa, por tratarse de un intelectual y político con posiciones conservadoras.

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Sueño en blanco y negro

El año pasado dicté un curso semestral en la Universidad de Georgetown, en Washington DC. La gran mayoría de mis estudiantes tenía un absoluto desinterés por la política, con excepción de tres de ellos—dos mujeres y un varón, los tres blancos—que iban a clases con insignias del senador Barack Obama, quien en ese entonces todavía no había anunciado que se presentaría a la pre selección por el Partido Demócrata de su candidato a la Presidencia. Los tres jóvenes se habían ofrecido ya como voluntarios si se confirmaba su candidatura y me los imagino ahora trabajando afanosamente entre los 9.500 voluntarios que, según leo en Time Magazine de esta semana, han realizado la proeza de conseguir para su candidato, a través del teléfono, las cartas y sobre todo el Internet, donaciones de 32 millones y medio de dólares en el segundo trimestre de este año, es decir unos 10 millones de dólares más que las obtenidas por Hillary Clinton.

Pero acaso esta ventaja no lo diga todo. Lo importante es que la suma alcanzada por Obama procede de pequeñas cantidades enviadas por unas 258 mil personas, la mayoría de medianos y pequeños ingresos, en tanto que la de la senadora neoyorquina se origina en donantes menos numerosos y de más altos ingresos.

Según las encuestas, hoy Hillary Clinton ganaría la nominación demócrata a Barak Obama por 37% a 23%, pero todavía queda mucho pan por rebanar. El factor decisivo puede ser el voto negativo, que es despiadado contra la senadora—la mitad de los electores votarían por cualquiera para impedir que ella ganara—en tanto que la hostilidad del electorado contra el senador es muy reducida y se concentra sobre todo en minorías racistas, en tanto que su radio de simpatía o no antipatía (no es lo mismo) abarca por igual amplios sectores de blancos, negros e hispanos. Todas las encuestas señalan, por ejemplo, que del 12 por ciento de votantes que respaldan a John Edwards la gran mayoría apoyaría a Obama si su candidato abandona la partida. Yo, personalmente, creo que sería muy bueno para el Partido Demócrata tener al senador como su candidato y todavía mejor para los Estados Unidos si éste ganara los comicios presidenciales.

La razón mayor que se esgrime en contra de su elección es su falta de experiencia ejecutiva en cuestiones de gobierno. La tenía todavía menos que él John Kennedy cuando fue elegido y en su breve gestión resultó un magnífico estadista que inyectó a la sociedad estadounidense un formidable dinamismo y un contagioso idealismo a toda la generación joven. Y eso es lo que necesita a gritos Estados Unidos después de este período de mediocridad, confrontación y desgarramiento: un líder nuevo, no contaminado con la politiquería menuda, que, trascendiendo la mera coyuntura, hable con un lenguaje genuino y persuasivo de los grandes problemas y sea capaz de transmitir un mensaje de esperanza, de confianza en el sistema y en el futuro, de solidaridad con los que sobrellevan la peor parte de la sociedad de la abundancia, y que toque por igual a los norteamericanos de todas las razas, culturas y estratos económicos. Creo que ningún otro candidato, ni demócrata ni republicano, es capaz de semejante empresa, con la sola excepción de Barack Obama.

Las credenciales de éste y de su esposa Michelle no pueden ser mejores. Hijo de un inmigrante negro africano y de una mujer blanca de Kansas, Obama se educó en Hawai y pasó una temporada larga en Indonesia, donde vivió la experiencia de un país subdesarrollado y musulmán. Gracias a sus méritos consiguió llegar a la universidad más prestigiosa del mundo, Harvard, donde fue un alumno estrella de la Law School cuya revista dirigió (por elección de toda la escuela, donde tanto los estudiantes blancos como los de color lo apoyaron). Michelle, por su parte, nacida en una familia modesta de Illinois, consiguió también gracias a sus sobresalientes estudios ser aceptada en Princeton y en Harvard, donde se graduó con honores. Ambos se conocieron haciendo trabajo social en las comunidades marginales de Chicago, de modo que, antes de que Barack Obama iniciara su carrera propiamente política, postulando a una representación local, ya llevaban ambos varios años de trabajo comunitario, inmersos en los sectores más violentos, pobres y desesperanzados de la sociedad estadounidense.

Desde que descubrí el entusiasmo de mis tres estudiantes de Georgetown por Obama, del que hasta entonces no sabía nada, he procurado seguirlo, escucharlo y leerlo. No es un político al uso, sino una personalidad singular, excepcionalmente franca y persuasiva, que evita los estereotipos y las banalidades y no vacila en ir contra la corriente en defensa de sus convicciones. Su discurso frente a la comunidad negra, sobre todo, es tan riesgoso como principista: nada de victimismos ni lloriqueos, con todas sus limitaciones el sistema es suficientemente flexible y abierto como para vencer el infortunio, progresar y alcanzar unos niveles de vida decentes. Los negros no deben perder el tiempo lamentándose por los horrores del pasado, sino remangarse las camisas y ponerse manos a la obra para erradicar los males del presente, al igual que los hispanos, los demás inmigrantes y las decenas de decenas de americanos blancos que padecen escasez, abusos o viven por debajo de sus anhelos. El “sueño americano” no es un eslogan, sino una realidad que puede sufrir recesos momentáneos, como el actual, pero puede volver a funcionar como un marco de justicia y libertad para todos si los ciudadanos invierten en ello mucho trabajo e ilusión y los gobernantes dictan leyes justas y saben hacerlas respetar. Los términos claves de su discurso son reconciliación, solidaridad, abrir más y más oportunidades para todos y emprender una lucha implacable contra la corrupción, los favoritismos, el privilegio y el abuso.

El senador Obama estuvo desde un principio contra la intervención armada en Irak, algo que es una credencial ante los votantes de izquierda, pero, sin embargo, sobre este delicado asunto se muestra ahora sumamente pragmático y prudente, pues, en vez de exigir un retiro inmediato e incondicional de las fuerzas militares estadounidenses, propone una salida gradual y correlativa a la cesión de responsabilidades a las autoridades y fuerzas militares iraquíes, a fin de evitar el caos y, sobre todo, el aniquilamiento por los fanáticos de distintos pelajes de ese amplio sector de la sociedad iraquí que apostó por la democratización y se ha visto destrozado a mansalva por los extremistas suníes, chiíes y las distintas sectas y grupúsculos terroristas.

La buena salud del sistema político norteamericano consiste en haber hecho realidad aquello que Kart Popper sostenía era el ideal de una democracia: una institucionalidad que impidiera a los gobiernos hacer mucho daño. Estados Unidos ha tenido algunos malos presidentes, cuyos desafueros dejaron dramáticas secuelas en los ámbitos económicos, sociales y morales. Pero estas consecuencias hubieran podido ser infinitamente peores si el sistema de contrapesos, balances y, sobre todo, la descentralización del poder, de sus instituciones, no hubiera servido de freno y corrección de aquellos errores. Por eso, pese a todo lo malo que se le pueda achacar—y vaya si hay un país sobre la tierra que es sometido a un escrutinio sesgado y feroz por la miríada de enemigos con que cuenta—cada vez ha conseguido rehacerse a sí mismo desde sus raíces. Por eso sigue siendo tan próspero, libre y poderoso.

Aunque no gane la nominación demócrata y por lo tanto quede fuera de la carrera presidencial, Barack Obama ha conseguido ya un logro impresionante: volatilizar aquel prejuicio según el cual pasarían muchas generaciones antes de que un negro pudiera ser elegido Presidente de los Estados Unidos. El interesante informe que presenta esta semana la revista Newsweek al respecto es concluyente. Una encuesta nacional llevada a cabo por la Newsweek Poll, da estos sorprendentes resultados: un 92% de las personas consultadas declaran que ellas sí votarían por un negro para la Presidencia y un 59% creen que el conjunto de la sociedad sí está preparada para aceptar un mandatario de color. El mensaje interracial que ha sostenido el senador Obama desde el inicio de su campaña no puede haber dado mejores frutos: pese a haber un candidato de color, la raza no va a ser un factor decisivo a la hora de votar para los ciudadanos norteamericanos en esta elección.

A diferencia de lo que ocurre en otras partes, como América Latina, donde en cada consulta electoral es el sistema mismo el que se pone a prueba, en Estados Unidos, una sociedad con una capacidad autocrítica pugnaz e ilimitada, la confianza en el sistema está sin embargo profundamente arraigada en la inmensa mayoría de la colectividad y quienes lo cuestionan y quisieran erradicarlo han sido siempre minorías insignificantes, sin la menor gravitación electoral, de existencia efímera. Por eso, aunque ha padecido crisis profundas, como el crash del 29 o la era de McCarthy y la caza de brujas, Estados Unidos no ha tenido nunca dictadores y su democracia se ha autoregenerado cada vez, con ayuda de líderes sanos, idealistas e incorruptibles. Ya era hora de que una de estas figuras renovadoras de la democracia americana fuera un joven de piel oscura, salido de uno de esos bolsones sociales deprimidos y conflictivos de la sociedad, al que el sistema permitió, pese a sus taras, superar la adversidad, salir adelante y dedicar su vida a luchar para que otros millones de norteamericanos desfavorecidos pudieran seguir su ejemplo.

Mario Vargas Llosa

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LEA #279

LEA

En la justificación de mucho de la política se cuela con gran frecuencia una suspensión de la ética, a pesar de que quienes la intentan esgrimen valores desde una superioridad moral como pretexto de sus desaguisados. Éste es el caso patente de la guerra llevada por el gobierno de los Estados Unidos a Irak, que acaba de cumplir cinco años, uno más que la Primera Guerra Mundial.

Pero incluso analistas críticos de esa desventura, como la penetrante Stratfor, suspenden la moral en sus apreciaciones del asunto. Esa muy informada publicación, en su informe Stratfor’s War: Five Years Later (18 de marzo), incluye, entre otras formulaciones cínicas, la siguiente justificación: “La administración ciertamente mintió acerca de sus razones para entrar en Irak. Pero Franklin Delano Roosevelt ciertamente mintió acerca de la planificación para involucrarse en la Segunda Guerra Mundial, John Kennedy mintió acerca de su transacción de misiles en Turquía por misiles en Cuba, y así sucesivamente. Los líderes no pueden conducir la política exterior sin el engaño, y frecuentemente la gente que engañan es su propio público. Esto es, simplemente, la forma como son las cosas”.

Dicho de otro modo, la mentira sería no sólo funcional sino ineludible, y la política no tendría nada que ver con la ética.

George W. Bush ha pretendido celebrar el quinto aniversario de su guerra privada contra Irak presentándola, en discurso de ayer en el Pentágono, como todo un “éxito estratégico”. Pero la última encuesta de CNN registra que la aprobación de Bush por los electores estadounidenses es la más baja de toda su excesiva presidencia (tiene a 67% en contra y 31% a favor), récord que sólo ha sido superado por su propio padre, por Truman poco antes de la elección de Eisenhower, Nixon poco antes de su caída, Johnson al cierre de la guerra de Vietnam y Carter en 1979.

Son cosas como la locura de la invasión a Irak las que facilitan coartadas a Hugo Chávez, mandatario rechazable por más de una válida razón. Chávez es, tanto como Bush, cultor de la política de poder, y al igual que éste, pretende ser moralmente superior a sus semejantes. (Holier than thou, “más santo que tú”, reza la fórmula inglesa).

A pesar de esto último, y no por celebrar a Chávez, debe celebrarse sí la decisión tribunalicia en el Reino Unido que ha suspendido la congelación de fondos de PDVSA, previamente adjudicada a favor de ExxonMobil. Aun cuando el reclamo prosigue ante el CIADI (órgano del Banco Mundial para el arreglo de disputas), la suspensión de la orden contra activos de PDVSA es decididamente un alivio para nuestra primera empresa y, por ende, un alivio para Venezuela.

Ninguna pasión política debiera llevar a un solo venezolano a lamentarse por este hecho.

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CS #279 – Caciques o shamanes

Cartas

La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones.

Argenis Martínez

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Existe una antigua leyenda de las tribus germánicas según la cual al comienzo del mundo sólo había dos clases de hombres: héroes y sabios. Según el mito, los héroes se levantaban todas las mañanas dispuestos para la faena: conquistar castillos, derrotar bandidos, rescatar doncellas y matar dragones. Al caer el día cesaba la jornada; y entonces los héroes se dirigían a las cuevas de los sabios, para que éstos les explicaran el significado de sus hazañas, pues no sabían ni por qué ni para qué las emprendían.

Es inevitable relacionar la tensión polar que esa narración nos muestra con el satírico epígrafe de Argenis Martínez. Lo que la leyenda indica es que desde hace mucho tiempo, en un pueblo bastante distante de nuestra heredad, ya se pensaba que había una gente que se ocupaba de las cosas y otra distinta que se entretenía con los significados de las cosas. No es sólo en Venezuela, pues, que se manifiesta esa bipolaridad entre “hombres de acción” y “hombres de pensamiento”, entre héroes y sabios, entre caciques y brujos. Pero en Venezuela esta tensión  se manifiesta con particular crudeza.

Porque no sólo es que en Venezuela se prohibe a los brujos mandar, sino que ni siquiera se les estima. Una vez un profesor extranjero, experto internacional en sistemas de decisión racional de alto nivel, fue invitado por un ministro central de un gabinete de la última mitad de siglo venezolana. El profesor, a petición del ministro, recomendó la institución de un centro de investigación y desarrollo de políticas—con una cierta propensión al largo plazo, bien dotado de recursos, escudado del poder—una unidad de análisis de políticas para la Presidencia de la República, naturalmente sometida al corto plazo, con capacidad de respuesta instantánea, y un programa de formación para los que trabajarían en ambos tipos de centro. Dijo que esa trilogía era indispensable para aumentar la racionalidad en la toma de decisiones públicas. Después de escucharlo con mucha atención, y después de declarar que esto último era lo que él procuraba hacer desde su ministerio, el ministro dijo: “El problema, profesor, es que por mucho tiempo más la clave de la política venezolana estará en el número de compadres que tenga el Presidente en el país”.

Y no se crea que algo así ocurre sólo en el corazón del Gobierno Central: hace unos años ya, en una de las operadoras de PDVSA, cuando la empresa pasaba por ser nuestro dechado de virtudes gerenciales, un conferencista buscaba una página en blanco en el rotafolio de la junta directiva a la que hablaría en unos instantes. En ese proceso se topó con una página en cuyo centro estaba escrito lo siguiente: “A la industria petrolera no le conviene tener demasiada gente inteligente”.

¿Qué es este prejuicio contra las personas que tienen la tara de intelectualidad? Que se sepa, la Constitución sólo inhabilita para el ejercicio de los altos cargos públicos a quienes no son venezolanos por nacimiento, a los que siéndolo tengan otra nacionalidad, a quienes son demasiado jóvenes, a quienes son religiosos, a quienes estén sometidos a condena por sentencia definitivamente firme. No existe indicación alguna de la inhabilidad política de los “hombres de pensamiento”. ¿De dónde se saca entonces que éstos no deben mandar?

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Es un rasgo de modernidad de las más exitosas sociedades del planeta la presencia institucional importante de una reflexión profesional, sistemática, disciplinarmente amplia, sobre la dirección de sus organizaciones. En cada organización de importancia, sea pública o privada, las unidades de inteligencia y estrategia ocupan un espacio considerable y, fuera de ellas, grandes centros de análisis constituyen los think tanks, los “tanques de pensamiento”, que son capaces de inventar políticas, analizarlas, mejorarlas, e inventar también herramientas de análisis, de predicción, de invención y decisión.

Acá en Venezuela, en cambio, ha resultado muy difícil establecer este tipo de centros, y cuando se ha logrado hacerlo su vida ha resultado efímera o se ha distorsionado sus funciones propias para convertirlos en fabricadores de discursos o vitrina de eventos dirigidos a un objetivo de relaciones públicas. Y también ocurre que se le da el nombre de think tanks a organizaciones que realmente no lo son, con lo que se desacredita inmerecidamente a los verdaderos.

Si uno observa con un poco de detenimiento a las sociedades dominantes, se dará cuenta de que en ellas abundan organizaciones de esa clase. No debe ser casualidad que prolifere en los Estados Unidos toda clase de institutos de investigación y desarrollo de políticas—la Corporación RAND, la Institución Brookings, el Instituto Hudson, el Centro para el Estudio de las Instituciones Democráticas, el Instituto Catón, la Fundación Heritage, el Instituto de Investigaciones de Stanford, y un larguísimo etcétera. Las sociedades avanzadas procuran alcanzar racionalmente un destino favorable.

Y no dudan de la enorme utilidad que estos centros de recomendación pueden rendir. Las ganancias que pueden derivarse de un solo estudio pueden justificar por sí solas toda la vida de un instituto. (El caso antonomásico es el del descomunal ahorro que representó para la fuerza aérea norteamericana la invención, en el seno de la Corporación RAND, del método de abastecimiento de combustible a los aviones en vuelo, que evitaban las operaciones de mayor consumo de gasolina: el aterrizaje y el despegue).

Hay, pues, una razón profunda para esa mayor presencia de los institutos de política en las sociedades dominantes, de un mayor espacio para ellos: en los sistemas sociales más evolucionados, como ocurre con los sistemas biológicos, hay una mayor presencia de pensamiento organizado, que en lo social se concentra sobre la búsqueda de soluciones a los problemas públicos.

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Usualmente no se toman demasiado en serio los partidos y líderes políticos el tema del programa de gobierno, o muchas veces—hay honrosas excepciones—lo acometen a través de métodos intuitivos y vistosos, con los que procuran ligarlos a la mezcla de impresiones que su mercadeo de campañas busca inyectar en la psiquis de los Electores. Estos métodos son constitucionalmente ineficaces para generar un esquema estratégico con alguna coherencia, y así refuerzan la tendencia a despreciar esa actividad.

Cuando algún dirigente político más sensato que el promedio ha logrado persuadir a sus copartidarios de que un programa de gobierno es algo de importancia, casi siempre se dispone la realización de un evento—en ocasiones precedido de eventos parciales más pequeños—en el que una pléyade de notables viene a exponer sus ideas programáticas en el área de su especialidad. La elección de ese método de ensamblaje de partes elaboradas por una decena de cabezas dispares, o la acumulación aluvional de fragmentos menores cuando se involucra a centenares de participantes, es un error reiterado de la política venezolana, y conduce usualmente a documentos tibios, que se diferencian poco de los de otros partidos, ineficaces en su excesiva vaguedad y abstracción o, paradójicamente, en su excesivo detalle. Nunca se ha producido por este método un plan de gobierno que haya sido ejecutado.

En todo caso, siempre se destina a la elaboración programática una escasa cantidad de recursos. Un precandidato presidencial de partido consideraba demasiado costoso invertir, en el sostén de una unidad que trabajaría todo un año para elaborar un “programa de Estado”, una cantidad que era la mitad de lo que en ese mismo momento aquél gastaba en publicidad en una sola semana. En esa misma ocasión ofreció un argumento que le parecía definitivo; decía que las elecciones norteamericanas de ese año serían ganadas por un cierto candidato y éste no tenía un programa, de modo que ¿para qué hacía falta un programa?

Esa anécdota parece ser la versión criolla de la leyenda alemana en la que los héroes se han desentendido de los fines, de los significados políticos, y sólo atienden a la emisión de señales, que pueden ser cabalgatas en Carabobo, patadas de fútbol en atuendo deportivo, moños recogidos o sueltos, asociaciones felinas o bolivarianas, boinas militaroides, eslóganes, jingles, apariciones en estadios o corridas de toros. El problema de los contenidos políticos, de los tratamientos a problemas públicos, de los programas, no es asunto que les desvela. Para eso siempre puede contratarse a alguien que los imagine y los escriba.

Otro candidato presidencial venezolano, por ejemplo, decía a un auditorio de estudiantes universitarios que el país estaba urgido de un “nuevo modelo político” pero que él ¡no estaba seguro de cuál era! Al comentar tan inocente declaración en un grupo que se reúne frecuentemente para analizar el acontecer político nacional, el líder del mismo opinó que eso no venía siendo problema del candidato. De esta manera daba expresión a una noción bastante común, y que no es exclusiva de nuestra escena política. En su obra Para entender al neoliberalismo, William Schneider se refiere al mismo punto del desinterés presidencial norteamericano por lo programático, al decir que un presidente “después de todo, siempre puede contratar a alguien que le solucione los problemas”.

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En un viejo modelo político los caciques mandan, los héroes matan dragones, pero no tienen que pensar en la solución a los problemas públicos. De eso debieran ocuparse, subordinados siempre a quienes mandan, los sabios que encuentran los significados y los brujos que producen menjurjes y encantamientos. Profesionales que encuentren soluciones. El modelo, el arquetipo, el paradigma (en el viejo sentido de ejemplo), prescribe a quien detente o quiera detentar el mando el papel y el carácter de un combatiente. No en vano las imágenes con las que los actores políticos convencionales hacen auto-referencia tienden a ser las de “combatiente” o “luchador” político o social, y se refieren a la “arena” y a la “lucha” políticas y a los procesos de “vencer” y “derrotar”.

Y piensan ellos, así como la mayoría de nosotros, que su papel consiste en “mandar”. No en mandar a secas, lo que pudiese ser moderado si se restringiera al mando sobre los órganos ejecutivos del Estado, sino que se entiende como mandando sobre la Nación. El candidato que declaró con la mayor frescura desconocer cuál era el modelo político que necesitaba Venezuela se refirió, en un conocido programa de televisión, a quienes pretendieran “gobernar sobre un país”. Y esta idea de que se gobierna sobre un país es, con seguridad, algo que debe ser cambiado, justamente, en un nuevo modelo político para Venezuela y, si a ver vamos, para cualquier país. No se gobierna sobre un país, se gobierna para un país.

Todas estas cosas pertenecen a la noción que encontramos en la leyenda alemana, en el rotafolio de la compañía petrolera venezolana, en el ministro que hablaba de compadres, en los que anuncian sus pretensiones presidenciales sin saber lo que harían como presidente: que los héroes mandan aunque sean unos inconscientes.

Y su corolario fuerte es que los sabios, los brujos, no mandan, no pueden mandar, no se les debe permitir que manden, porque ellos no saben matar dragones ni vencer oponentes en las arenas políticas. No se concibe que quien ostensiblemente lea mucho, piense mucho, invente mucho, pueda ser un buen gobernante, sea un hombre capaz de acción, ni siquiera capaz de defenderse. Esto es percibido así no sólo por los políticos que trabajan bajo esas premisas, sino por el común de los mortales. Por eso podemos ser sorprendidos cuando llegamos a observar a un “hombre de pensamiento” comportándose como un “hombre de acción”.

Esta percepción va a cambiar, no obstante.

Desde hace ya algún tiempo es posible registrar una nueva irrupción del pensamiento y la inteligencia en el ámbito del poder. La revista Fortune titulaba en su edición del 14 de enero de 1991: “Ahora capital significa cerebro, no sólo dólares”. Y citaba a líderes empresariales norteamericanos que decían cosas como las siguientes: que el capitalismo empresarial había dado paso a un capitalismo gerencial que ahora cedía el sitio a un “capitalismo intelectual”; que “la materia gris es tan diferente a los billetes que la economía neoclásica, con sus leyes de la oferta y la demanda y de los rendimientos decrecientes, no puede explicar adecuadamente cómo funciona su substancia”; que el capital intelectual producirá un profundo desplazamiento en la riqueza del mundo de los dueños de los recursos naturales a quienes controlen las ideas y el conocimiento.

Este proceso, que ya ha comenzado en el ámbito de la economía, no tardará en manifestarse con igual fuerza en el ámbito de la política, y cuando lo haga cambiará radicalmente el modo como ésta es practicada.

Es probable que continúe habiendo un predominio de los “hombres de acción” en las cabezas ejecutivas de los Estados, de los partidos políticos, pero aun en este caso habrá un marcado aumento del espacio y la influencia de los “hombres de pensamiento” en la política. Es probable que los hombres de pensamiento que se dediquen a la formulación de políticas se entiendan más como “brujos de la tribu” que como “brujos del cacique”. Esto es, se reservarán el derecho de comunicar los tratamientos que conciban a los Electores, sobre todo cuando las situaciones públicas sean graves y los caciques se resistan a aceptar sus recomendaciones.

Pero también es probable que en algunos pocos casos algunos brujos lleguen a ejercer como caciques. En situaciones muy críticas, en situaciones en las que una desusada concentración de disfunciones públicas evidencie una falla sistémica, generalizada, es posible que se entienda que más que una crisis política se está ante una crisis de la política, la que requiere un actor diferente que la trate.

Vilfredo Pareto, sociólogo y economista italiano de principios del siglo XX, se ha hecho muy conocido en el ámbito empresarial, gracias a que sus “curvas” han devenido en concepto medular de la escuela gerencial de la “calidad total”. También es el autor de La circulación de las élites. En este libro Pareto describe la configuración de poder más frecuente como aquélla en la que los hombres de acción, los “leones”, son los que gobiernan. Pero también expone que cíclicamente los leones arriban ante atolladeros que no pueden superar, y deben venir entonces los “zorros” al gobierno, los hombres de pensamiento, los que dominan el “arte de la combinatoria”, a resolver la situación. (En términos de nuestro folklore, Tío Tigre sustituido por Tío Conejo). Según su esquema, los leones y los zorros se alternan cíclicamente; según Pareto las élites circulan.

Tal vez, entonces, estemos en Venezuela necesitando un desplazamiento, aunque sólo sea temporal, de leones por zorros, de caudillos por filósofos. Tal vez estemos ante la necesidad de un ciclo de Pareto, y entonces cobre vigencia la idea de un “retorno de los brujos”, que fuera el título de uno de los libros de mayor influencia en la fértil década de los años sesenta.

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FS #186 – Balada guerrillera

Fichero

LEA, por favor

La Ficha Semanal #186 de doctorpolítico consiste de la traducción al español—de una traducción al inglés (por Sara Sugihara)—de un artículo escrito por Bernard-Henry Lévy, filósofo francés nacido en Argelia en 1948. La versión inglesa fue publicada el 15 de marzo por The New Republic, un interesante Journal of Politics and the Arts. (www.tnr.com). Debo agradecer al amigo Rafael Rengifo que me haya dirigido al artículo de Lévy, el que lleva consigo la gravedad e inmediatez del conocimiento personal de Iván Ríos, el guerrillero colombiano muerto y mutilado por quienes debían ser sus custodios.

La sucinta pieza pinta con economía y dolorido asombro el desquiciamiento de Ríos, persona que en vida hacía gala de una retorcida argumentación. Fue escrita el día cuando las agencias de noticias daban cuenta del espantoso asesinato a sangre fría de Iván Ríos (nom de guerre de Manuel Muñoz Ortiz), y es un testimonio primario acerca del poder enloquecedor de la ideología.

Lévy es más famoso por un libro descollante entre los dieciocho que lleva escritos, el que justamente lleva por título La ideología francesa. Uno de los líderes de la Nouvelle Philosophie (1976), sus críticos lo consideran un dandy malcriado y narcisista. (Casado tres veces, es hoy el esposo de la muy hermosa actriz francesa Arielle Dombasle). Pero Lévy es un valiente intelectual y periodista que se preocupa activamente por los derechos humanos y por su violación en cualquier parte del mundo.

No se trata, sin embargo, de un conservador radical que sea incapaz de sintonizar con acciones duras de “revolucionarios”. Lévy apoyó la “Doctrina Mitterrand”, que tolera que vivan en libertad en Francia terroristas italianos de la Brigada Roja, a pesar de que hayan sido condenados por la justicia de Italia. En este caso, Lévy estima que a fines de los años setenta y comienzos de los ochenta los derechos humanos eran violados constantemente en Italia, lo que absolvería las acciones de los brigadistas.

Como puede verse, Bernard-Henry Lévy es un hombre polémico. Es preciso leer con atención sus escritos—El testamento de Dios, Las aventuras de la libertad, El siglo de Sartre, American vertigo—, para disolver la impresión de inconsistencia que una postura como la mencionada causa, si se la compara con el juicio que hace de Iván Ríos. En todo caso, estamos frente a un pensador combativo y exigente, que junto con unos cuantos más rompió con el marxismo, inconforme con la respuesta de los seguidores de esa ideología a la situación cuasi-revolucionaria del mayo francés de 1968.

Nada de lo anterior resta poder a su artículo sobre Iván Ríos, al que puso por título Balada de un hombre muerto. En ella canta un hombre que es escuchado por Nicolás Sarkozy.

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Balada guerrillera

En febrero de 2001, mientras investigaba para mi libro sobre las guerras olvidadas, conocí a Iván Ríos, el comandante de las FARC que fuera recientemente ejecutado por su propio jefe de seguridad y guardaespaldas, en algún lugar de la frontera entre los departamentos colombianos de Caldas y Antioquia.

Los periódicos de esta mañana dicen que tenía cuarenta años. En mi memoria era un poco más viejo.

En cualquier caso, era el más joven de los siete miembros del secretariado general de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, o FARC.

Era también el más cultivado del grupo, quizás el más inteligente, y el único que había estudiado en la universidad en Medellín. Antes de pasar a la clandestinidad se llamaba Manuel Muñoz Ortiz, y su relación con el líder supremo de las FARC, Manuel Marulanda Vélez, de sobrenombre “Tirofijo”, era muy estrecha. Pertenecía al círculo íntimo de Tirofijo. Como dijera Osama bin Laden de otro intelectual brillante, Omar Sheikh, era una suerte de hijo adoptado.

Puedo verlo ahora en su bunker de Los Pozos, en medio de la jungla amazónica, exponiéndome la serie de eventos que lo llevaron, un joven y estudiado marxista que había crecido con el castrismo y leído en detalle a los escritores Louis Althusser y Charles Bettelheim, a unir sus fuerzas con uno de los más sangrientos movimientos guerrilleros del planeta.

Puedo verlo: tranquilo, sereno, encarnando al “asesino delicado” de Camus; un hombre que había aprendido a vencer sus recelos. Era como un Kaliayev cuyos años de soledad y de aislamiento en una jungla, cuyas paranoia y oscuridad probablemente lo convirtieron en un salvaje e iracundo Stepan Fedorov: inhumano, desprovisto de escrúpulos o dudas.

Todavía puedo verlo, su emaciada silueta, su cabello bien peinado, su barba impecablemente mantenida, hablando como un profesor que analiza una ecuación extremadamente compleja, explicando sin el menor azoro la “profunda justicia” de los secuestros planeados por las FARC, de Ingrid Betancourt, entre otros.

Lo recuerdo hablándome mientras caminábamos hacia el pequeño aeropuerto rural donde se esperaba la llegada de Camilo Gómez, el Alto Comisionado para la Paz del Presidente de Colombia. Ríos empleaba sus habilidades dialécticas para convencerme de que el cultivo de coca, la militarización de los laboratorios clandestinos donde sería refinada, el tráfico de cocaína y su comercialización masiva al servicio de las metrópolis del Imperio Americano, todo eso era una forma de resistencia a la opresión, un modo para que campesinos empobrecidos quebrados por los capitalistas se defendieran a sí mismos, una respuesta políticamente correcta al deterioro de los términos de intercambio entre Norte y Sur implantados por las corporaciones estadounidenses.

Rara vez en mi vida me he topado con una racionalidad tan desquiciada.

Nunca había estado tan cerca de esta clase de degeneración ideológica, convertida en la coartada glaseada de un gangsterismo puro.

Ahora el hombre está muerto.

Veo las fotos publicadas hoy por la prensa colombiana. Todo lo que queda de su cara, donde a veces divisé una sonrisa furtiva, una mueca ligeramente demente que se borraba lentamente, es su máscara mortuoria que sobresale de la sábana de plástico blanco con la que su cuerpo fue amortajado.

Recuerdo su elegante gesto al señalar un mapa clavado en la pared del bunker, mostrándome la zonas de los departamentos de Huila y Putumayo donde aparentemente los gringos habían estado rociando defoliantes como los que una vez usaron en Vietnam.

Su mano derecha cortada fue entregada por Pedro “Rojas” Montoya, el guerrillero que lo mató. Rojas también llevó el pasaporte de Ríos y su computador personal al comandante de la guarnición de San Mateo, que durante semanas había rodeado a las FARC.

En verdad, oscilo esta mañana entre, no dos, sino tres sentimientos.

Primero, una cierta emoción (¿por qué no admitirla?) al recordar esa mente extraviada, esa brillante inteligencia que, aun el día que exponía sus intolerables sofismas, era oscuramente seductora.

Luego, una verdadera satisfacción, porque las FARC, este gang, esta mafia, está ahora en una racha perdedora, ya que la muerte de Ríos siguió de inmediato a la de su compañero del secretariado, Raúl Reyes, el 1Ëš de marzo, lo que quizás signifique que se acerca la largamente esperada rendición de las FARC.

Por último, el pensamiento esencial—no, más que el pensamiento el temor—sobre el destino de los rehenes en general y de Ingrid Betancourt en particular, en las horas y días que vienen. ¿Quién puede decir como actuarán estas bestias salvajes, estos perros de la guerra, cuando perciban que han sido acorralados? Y cómo—a pesar del horror, de los crímenes, de los errores inerradicables de estos años de terrorismo ciego—pudiéramos no rezar por el comienzo de un último, un verdaderamente último diálogo: uno que salve a los inocentes.

Bernard-Henri Lévy

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