Contribución a la Peña de Luis Ugueto Arismendi (2)

El peñero Ugueto

El peñero Ugueto

Observaciones preliminares

Asistimos a una crisis de crisis. Es trilladísimo lugar común que la peor de las maldiciones en China te desea que vivas una época interesante. La inestabilidad de muchos cambios se encargará de que afrontes innumerables y graves problemas. No es necesaria una maldición más específica.

Es rasgo de la época una condición a la que los médicos se refieren con el nombre de “hemorragia por capas”: se tiene la certeza de que sobrevendrán sangramientos, pero se ignora dónde y cuándo se presentarán. En 1982, Yehezkel Dror definió esta característica en los siguientes términos: “La sorpresa se ha hecho endémica”.

No podrá entenderse la crisis si se procura tomar distancia de ella (lo que, de paso, es imposible). Por lo contrario, debe uno adentrarse al mismo corazón del huracán, donde sabemos que reina la calma, propicia al examen sosegado de las cosas.

Para propósitos analíticos conviene organizar las reflexiones en dos esferas, la planetaria y la nacional.

ESFERA PLANETARIA

Primera reflexión: Luis Ugueto y Francisco Layrisse, además de enseñarnos a interpretar aspectos concretos de la crisis, nos ofrecieron un plano de conjunto, y en él destacaron eventos de magnitud cataclísmica que han resultado ser marcadores definitorios; por ejemplo, el desplome de la Unión Soviética y la reciente y súbita disminución de primacía de los Estados Unidos, entre otros.

A estas mutaciones de gran tamaño conviene añadir otras de distinto tenor, que dándose con un componente principalmente científico y tecnológico, hablan no tanto de preocupación como de esperanza.

  1. La emergencia de una conciencia ecológica. Tan tarde como en 1969 se publicaba una colección de trabajos sobre el tema bajo el nombre: “La ciencia subversiva: ensayos hacia una ecología del hombre”. En 1967, lo que sería la biblia predictiva del más prestigioso futurólogo (Herman Kahn, The Hudson Institute, The Year 2000: A Framework for Speculation on the Next Thirty-Three Years), no hacía mención alguna del tema ambiental en sus más de cuatrocientas páginas. Las nuevas generaciones, en cambio, vienen con una conciencia ecológica innata.
  2. Los inicios de la conquista del espacio. El impresionante telescopio espacial Hubble se descompone en el espacio y los ingenieros de la NASA pueden arreglarlo a casi 600 kilómetros de distancia. Los chinos acaban de alunizar y, ayudados por ellos, hasta nosotros hemos puesto un satélite “bolivariano” en órbita.
  3. La ingeniería genética. La promesa descomunal de una ingeniería que ni siquiera tenía nombre en 1979, que ya ha hecho el mapa del genoma humano, y, más en general, las nuevas tecnologías médicas. Hace dos semanas se transplantó, con total éxito funcional, dos brazos ajenos a un ciudadano alemán que el año pasado perdió los suyos en un accidente.
  4. La Internet. Con seguridad, la más trascendente de las revoluciones, asentada sobre las propias de la computación y las telecomunicaciones. La polis planetaria en gestación construye su cerebro, en conexión sin precedentes, ya no pasiva como la de la televisión, de los habitantes del planeta. En Venezuela se estimaba a inicios de este año una población de cinco millones y medio de internautas, de los que casi las dos terceras partes corresponden a los estratos D y E. Para 1995, ya IBM de Venezuela había registrado esa vocación universal de modernidad en el pueblo venezolano, al conocer que la compra-venta de computadores personales de segunda mano en los barrios caraqueños movía más dinero que el mercado corporativo de computación.

Segunda reflexión: El frenazo del crecimiento económico, expresado en el carácter recesivo de la crisis financiera y real, marca un tiempo de diástole, aprovechable para el examen y el aprendizaje. Exactamente el mismo ideograma chino genera las nociones de crisis y oportunidad. El vocablo “crisis”, proveniente del griego, significa en esta lengua decisión. (Krinein, decidir). La decisión sensata debe ser precedida por la reflexión.

Tercera reflexión: Una idea de la profundidad y extensión de la crisis se obtiene al considerar que no sólo los procesos económicos y políticos se manifiestan críticamente. Igual cosa sucede con los sistemas de pensamiento. Prácticamente no hay ciencia que no haya experimentado o esté sufriendo una crisis de paradigmas. Cuando se creía que al fin había un modelo coherente de la materia—el Modelo Estándar (1967)—se descubre que sus leyes sólo describen el 4% de la materia presente en el universo. (La materia y la energía “oscuras”, de las que nada se sabe, componen el resto). Es a partir de 1959 cuando comienza la ciencia del caos, y después la de los sistemas complejos, la teoría de enjambres, etcétera, que ofrecen nuevos y poderosos marcos mentales que van desde la meteorología hasta la economía, pasando por la turbulencia de fluidos, la cosmología, el crecimiento de las ciudades, la cardiología y la psiquiatría, entre otras áreas del conocimiento. A empezar y pensar de nuevo. Hasta el campo religioso está en asedio. Escribió Teilhard de Chardin: “El siglo XX fue probablemente más religioso que cualquier otro. ¿Cómo pudiera no serlo, con tantos asuntos por resolver? El único problema es que todavía no ha encontrado un Dios que pueda adorar”. La imagen que las diversas y hermosas metáforas que son las religiones—budista, judía, cristiana, islámica, etcétera—proporcionan de Dios ya no son fácilmente implantables en conciencias del siglo XXI, que asumen la ciencia como piso natural de sus creencias.

Cuarta reflexión: Es imposible superar tan grande remolino sin la disposición a abandonar viejos paradigmas, algunos entre ellos los más queridos. No puede esperarse resultados nuevos de la repetición de los mismos procedimientos que nos han metido en problemas. Para ser una persona 21, que comprenda su siglo y lo maneje, es preciso ponerse al día con los más recientes marcos mentales proporcionados por la ciencia. Nuestros políticos convencionales, como en todo el mundo, son seres newtonianos, que comprenden la política en términos de espacios y fuerzas—“¿Hay espacio en Venezuela para una nueva fuerza política?”, se ha oído discutir—, y por tanto están constitucionalmente impedidos de entender la dinámica de los grandes sistemas complejos. A un alumno de cuarto grado puede aceptársele decir que el cuerpo humano se divide en cabeza, tronco y extremidades—la misma idea de una anatomía tripartita de gobierno, empresarios y trabajadores—pero no a un profesional de la Medicina.

Quinta reflexión: Resulta aconsejable un intento por estructurar la incertidumbre, puesto que no puede reducírsela por completo—la sorpresa se ha hecho endémica—y por tanto es útil un inventario de los problemas más importantes. Por ejemplo, el 13 de octubre The New Yorker ofrecía su decidido aval a la candidatura de Barack Obama en un largo editorial, donde decía: “La restauración estadounidense en asuntos exteriores requerirá un compromiso no sólo con la cooperación internacional, sino también con instituciones internacionales que puedan tratar el calentamiento global, las dislocaciones de lo que probablemente sea una crisis económica global que se profundiza, las enfermedades epidémicas, la proliferación nuclear, el terrorismo y otros desafíos más tradicionales a la seguridad. Muchos de los vehículos de la era de la Guerra Fría para el contacto y la negociación—las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el régimen del Tratado de No Proliferación Nuclear, la Organización del Tratado del Atlántico Norte—están moribundos, deteriorados u obsoletos”. Del enfoque fresco, zero budgeting, back to basics de estos problemas podrán surgir tratamientos distintos. En realidad, ningún país debiera poseer armas nucleares. Para prevenir escenarios de invasiones agresivas extraterrestres, o para demoler aerolitos amenazantes en imitación de Bruce Willis en Armagedón, la Organización de las Naciones Unidas debiera asumir un único control planetario de esta clase de armamentos.

ESFERA NACIONAL

Primera reflexión: El cuadro clínico nacional revela como signo predominante la presencia de un chavoma. Se escoge esta metáfora oncológica para resaltar que el proceso chavista no nos fue inoculado desde afuera, por un anofeles o un chipo. Estaba en nuestras entrañas. Luego, porque sus rasgos son claramente expansivos, invasivos, agresivos, perniciosos. Pero este tumor se superpone a un cuadro previo, todavía actuante, de insuficiencia política. (En el mismo sentido que decimos insuficiencia renal o cardiaca. Si el corazón no bombea la sangre como debe, hablamos de insuficiencia cardiaca. Si el sistema político no resuelve los problemas de carácter público, que es la única función que lo justifica, estamos ante un síndrome de insuficiencia política). La etiología de esta insuficiencia no es una maldad consustancial a los políticos o la política en sí misma. Es de raíz paradigmática.

No es cierto que el primer punto de la agenda estándar del Comité Nacional de COPEI, todos los lunes, fuera cómo fastidiar a los venezolanos. El CEN de Acción Democrática procuraba decidir, según lo mejor de sus entendederas, algo en bien del país. Son los marcos mentales desde los que estos políticos operan, ya obsoletos, el origen de la insuficiencia que permitió la emergencia del chavoma, la que descollaría de nuevo después de la remoción del tumor. El 20 de octubre de 1991 escribía Arturo Úslar Pietri en El Nacional: “… de pronto el discurso político tradicional se ha hecho obsoleto e ineficaz, aunque todavía muchos políticos no se den cuenta. Toda una retórica sacramentalizada, todo un vocabulario ha perdido de pronto significación y validez…” Pero ahora se da la posibilidad de construir organizaciones políticas con un código genético diferente al de un partido convencional. (Cuál es ése código es tema que puede exponerse mejor en una presentación separada). Si no cambian las reglas esenciales a la operación de los partidos, no cambiará nada. Resucitada Teresa de Calcuta e inscrita en AD, a los quince minutos comenzaría a comportarse como Henry Ramos Allup.

Segunda reflexión: Una coyuntura inminente domina ahora nuestra actuación política: las elecciones estadales y municipales del 23 de noviembre. Es llamativo que un antiguo ministro de Hugo Chávez (Ignacio Arcaya) escriba por estos días: It is expected that the government of president Hugo Chávez will face a serious setback in municipal and regional elections due on November 23”. Aunque sin duda puede hacerse todavía más de una cosa constructiva, es dado esperar que los resultados de ese día sean interpretados por el enjambre ciudadano, ya no por los activistas de lado y lado, como una reducción significativa del dominio oficialista. Es este resultado el que verdaderamente importa.

Tercera reflexión: Luego viene la elección verdaderamente crucial, mucho más importante que la de ahora, de la Asamblea Nacional. Hacia ese hito contamos con dos años para la preparación, y en ellos el componente fundamental será un proceso de formación en, justamente, nuevos paradigmas de la acción política. Si se hace las cosas bien, será posible presentar al país una nueva y competente camada de políticos, muy diferente a la actual, y lograr una mayoría en la Asamblea Nacional. A partir de ese momento, ya no más leyes habilitantes, ya no más autorizaciones a viajes presidenciales al exterior de duración superior a cinco días, ya no más aprobación automática de opacos presupuestos. En cambio, la potestad real de verdadera fiscalización y control del Ejecutivo Nacional, lo que ha estado ausente desde la época del “Plan Bolívar 2000”.

Cuarta reflexión: You can’t fight somebody with nobody, dice uno de los más famosos adagios de la política anglosajona. Es menester sacar al campo de juego una contrafigura de Chávez que pueda refutarlo. El ritual cotidiano de acusación, que comienza con Miguel Ángel Rodríguez por RCTV Internacional y cierra con Leopoldo Castillo se ha revelado como ineficaz. Más que acusar hay que refutar. Lo que conduce a preguntarnos por los rasgos de la persona apropiada. Luego de unas pocas notas adicionales, se reproduce un artículo del suscrito sobre el tema.

NOTAS

1. Jesús Eduardo Rodríguez hizo una elocuente defensa de la doctrina y trayectoria reciente de la Iglesia Católica, expresada en los grandes papas más recientes y sus encíclicas y actuaciones. Concurro con su apreciación desde adentro del catolicismo. Quise poner de manifiesto, sin embargo, que desde el punto de vista de un antropólogo extraterrestre coexisten en el planeta, en virtud de su diversidad cultural, al menos cuatro grandes bloques religiosos diversos, y que una persona del siglo XXI requiere anclajes psicológicos actualizados de la noción de Dios. A este respecto, parece ser una experiencia reiterada de la ciencia el toparse, en el lí­mite de sus especula­ciones más abstractas, con el problema de Dios. Puede que sea un importantísimo subproducto de la actividad científica moderna el de proporcionar imágenes para la meditación sobre un Dios al que ya resulta difícil imaginar bajo la forma de un ojo en una nube o una zarza ar­diendo, que eran figuras adecuadas para la mentalidad de un pastor israelita de hace 3.500 años. Tal vez un Dios informático para una Era de la Información.

Otras intuiciones pertinentes nos vienen, como de contrabando, junto con el tema de “los otros”: la presencia de otros seres inteligentes en el uni­verso. Los astrofísicos consideran muy seriamente la posibilidad de vida in­teligente extraterrestre. En realidad, dado el gigantesco número de estrellas y galaxias, contadas por centenares de millones, la hipótesis de que estamos so­los en el cosmos resulta, decididamente, una conjetura presuntuosa. Hasta ahora no hay resultado positivo de los incipientes intentos por es­tablecer comunica­ción con seres extraterrestres, a pesar de la seriedad cientí­fica de tales intentos. (Por ejemplo, el proyecto OZMA, que incluyó la transmisión hacia el espacio exterior de información desde el gran radiote­lescopio de Arecibo, en Puerto Rico, en códigos que se supone fácilmente desci­frables por una inteligencia “normal”). ¿Qué consecuencias podría esto tener para, digamos, el paradigma cris­tiano, hasta cierto punto asentado sobre una noción de unicidad del género humano en el universo? Aun antes de cualquier contacto del “tercer tipo”, la mera posibilidad del encuentro ejerce presión sobre los postulados actuales de al menos algunas –las más “personalizadas”– entre las religiones terres­tres.

2. También concurro con una central postulación de Jesús Eduardo: que es necesario plantearse el tema de cómo somos gobernados. Pude componer una cierta aproximación al asunto en 1998:

“Creer que la política debe entenderse como se entiende a la medicina no es un punto trivial. Es algo muy fundamental, porque lo que se propone es que se trata de profesión, arte, ocupación u oficio, no de una ciencia. Nuestras universidades debieran tener escuelas de política.

No hablo de las escuelas de ciencias políticas, que enfatizan, por un lado, la historia de los acontecimientos políticos tanto como la de las ideas políticas, y que por el otro examinan el fenómeno político desde la perspectiva imparcial de la ciencia, con la intención de formular alguna teoría que explique ese fenómeno más o menos adecuadamente.

Hablo de escuelas de política que capaciten para hacerla, no para explicarla. De escuelas en las que se enseñe cosas útiles al ejercicio de la función pública. Yo sé que se enseña algo de técnicas de decisión y cosas así en las escuelas de ciencias políticas, pero esta carrera no capacita demasiado para ese ejercicio. Lo que necesitamos es una carrera en la que se estudie mucho de lo que hay hoy en día bastante desarrollado, un arsenal de formatos para decidir, para analizar costos y beneficios, para comunicar, para inventar tratamientos, para procurar la salud pública.

Y creo que lo primero que debieran enseñar esas escuelas es que el pueblo es más sabio y poderoso que el gobierno. Que la intervención del político debe ser siempre por la salud del pueblo. Que nunca deja de aprenderse el arte del Estado.

Eso, creo, no tiene nada de trivial. La política no es la búsqueda y preservación y engrandecimiento del poder por cualquier medio eficaz, sino la potenciación de la salud pública.

Este modo de entender la política es un cambio que se dará en el mundo. Es inevitable. Nuestra sociedad está siendo cada vez más informatizada. Eso quiere decir que cada vez más habrá más canales, cada vez más interactivos, cada vez más baratos, a través de los cuales podremos hacer algo con la información, desde recibirla hasta generarla, y a través de esa generación, así sea en un solo voto en un referéndum electrónico, podremos influir cada vez más en nuestros procesos públicos.

Pronto nos daremos cuenta de que los políticos que queremos son los verdaderamente idóneos, que están preparados en las disciplinas pertinentes y que buscan por encima de cualquier cosa la salud de la sociedad. Pronto estaremos en capacidad de exigirlos en la función pública. No habrá modo de ocultar por mucho tiempo la incompetencia. La pregunta es ¿querrá Venezuela estar entre las primeras sociedades en hacer política desde esa perspectiva, o preferirá continuar siendo el terreno de batalla en el que quienes solamente quieren el poder luchan entre sí por poseerlo?”

Nueve años más tarde aduje: El mejor médico, aun ante alguien estudiado en sucesión en Boloña, la Sorbona y Yale, es el propio cuerpo humano. No hay terapia tan fina y tan poderosa como la que provee el sistema inmunológico natural. Por esto el más consciente de los médicos confía en la sabiduría fisiológica. Del mismo modo el político debe ser modesto, percatado de que el cuerpo social en su conjunto, así sea el del país más pobre y atrasado, es más sabio que él. No es un buen político quien se pretende inerrante. Menos aún cuando se cree moralmente superior a sus congéneres, o a algún grupo social. La peor de las políticas es la moralizante, como de la de McCarthy, Robespierre o Torquemada, que se sintieron autorizados a condenar. El buen médico emite dictámenes, sujetos a mejora, no juicios finales. El médico no es el jefe del paciente. En Argentina se acepta, incorrectamente, que se diga Presidencia de la Nación. El presidente de una república moderna no debe ser aceptado como jefe del país, mucho menos su dueño. Lo que debiera presidir es la rama ejecutiva del poder público constituido, nada más. No debe legislar, no debe juzgar, no debe condenar. No puede decirle a todo un país que le obedezca. Quien decide si acepta el tratamiento que el mejor médico le propone es el paciente. Sólo de él es ese derecho”.

3. Es también acierto de Jesús Eduardo apuntar esta contradicción: si la ONU está enferma, ¿cómo va a entregársele el arsenal nuclear del mundo? La contradicción sería sólo aparente si pensamos en una ONU distinta, reformada, curada. Tal vez es una agencia especializada de la organización el locus preferible.

3. Juan Antonio Müller manifestó su preferencia por el gradualismo, y advirtió contra los peligros de un excesivo cambio paradigmático. Me confieso, como dije, extremista del centro. Quien fuera por muchos años mi mentor intelectual, Yehezkel Dror, entretuvo por años un debate con Charles Lindblom, el apóstol de la postura asumida por Juan Antonio, quien la llamaba incrementalismo. Dror la entendía, con algo de ironía, como muddling through, y prescribía en cambio un radicalismo selectivo. Tampoco creía en revoluciones totales, pero aconsejaba identificar una media docena de puntos en un Estado en los que convenía hacer reformas a fondo. Incluso más: Dror desaconsejaba pensar en términos de optimización y recomendaba hacerlo con el criterio de preferización; no buscar lo óptimo, usualmente inalcanzable y por eso mismo paralizante, sino lo preferible, lo mejor dentro de lo posible. En julio de 1972, cuando vino por primera vez a Venezuela, expuso lo fundamental de su doctrina a un grupo que lo escuchó en la casa de Gustavo Vollmer Herrera. Ricardo Zuloaga le informó que el español tiene este refrán: Lo mejor es enemigo de lo bueno. A Dror le encantó la sabiduría hispánica.

Pero no se trata tanto de revoluciones de acción exterior como de mutaciones importantes en nuestra percepción y entendimiento de las cosas, y en gran medida esto es ponerse al día con estructuras intelectuales recientes que ya están allí, principalmente la ciencia de la complejidad y la asunción de la era de las redes y la comunicación digital. Fue esto último una de las claves en la conversión de Barack Obama en el cuadragésimo cuarto Presidente de los Estados Unidos. En febrero de 1985 me referí al punto de este modo: “…la actual crisis política venezolana no es una que vaya a ser resuelta sin una catástrofe mental que comience por una sustitución radical de las ideas y concepciones de lo político”. Al año siguiente insistí: “…es mi creencia que la revolución que necesitamos es distinta a las revoluciones tradicionales. Es una revolución mental antes que una revolución de hechos que luego no encuentra sentido al no haberse producido la primera. Porque es una revolución mental, una ‘catástrofe en las ideas’, lo que es necesario para que los hechos políticos que se produzcan dejen de ser insuficientes o dañinos. Por eso creo que las élites deben hacerse revolucionarias”.

(En el artículo que transcribo al final de estas notas se añade otro ángulo al tema, en referencia al tema de una constituyente, al verificar lo que más de una vez ocurre al conservatismo o gradualismo).

4. Esperaré a la próxima sesión de la peña para opinar a partir de las importantes cosas que escuchamos de Carlos Sequera Yépez, especialmente en lo tocante a la riqueza reflexiva de sus miembros y su posible proyección ulterior, y me congratulo por el testimonio de reconocimiento que ofreció a Luis Alberto Machado.

5. En la exposición de mi compañero de ticket, el Vicepresidente Electo Maxim Ross, se caracterizó al Consenso de Washington como una mera prescripción de sensatez y disciplina fiscal. Estoy seguro de que las limitaciones del tiempo le obligaron a ser taquigráfico; yo mismo fui impreciso y por esto suscité unos pocos desacuerdos. Pero el Consenso de Washington fue más que eso, pues insistía, sobre todo, en la apertura absoluta de los mercados de los países emergentes y la liberación sin freno de las tasas de interés. Sin haber llegado a los extremos de la “caja de conversión” modificada que Menem y Cavallo impusieron en Argentina, no pocas industrias venezolanas sufrieron la carga de tasas excesivas de interés, y la aplicación del paquete del segundo gobierno de Pérez, calcado sobre el Consenso de Washington, condujo al cataclismo del “caracazo”, una gravísima inestabilidad política y la crisis bancaria de 1994.

Dos de los más ilustres colegas de Maxim, con directo conocimiento del asunto, han comentado sobre los inconvenientes que trajo el Consenso de Washington. En The End of Poverty (2005), dijo Jeffrey Sachs: De algún modo, la actual economía del desarrollo es como la medicina del siglo dieciocho, cuando los doctores aplicaban sanguijuelas para extraer sangre de los pacientes, a menudo matándolos en el proceso. En el último cuarto de siglo, cuando los países empobrecidos imploraban por ayuda al mundo rico, eran remitidos al doctor mundial del dinero, el FMI. La prescripción principal del FMI ha sido apretar el cinturón presupuestario de pacientes demasiado pobres como para tener un cinturón. La austeridad dirigida por el FMI ha conducido frecuentemente a desórdenes, golpes y el colapso de los servicios públicos. En el pasado, cuando un programa del FMI colapsaba en medio del caos social y el infortunio económico, el FMI lo atribuía simplemente a la debilidad e ineptitud del gobierno. Esa aproximación, por fin, está comenzando a cambiar”.

En Globalization and its Discontents (2002), Joseph Stiglitz—Premio Nóbel de Economía en 2001 y nada menos que Economista Jefe y Vicepresidente Senior del Banco Mundial—expuso así: Las políticas del FMI, basadas en parte en el anticuado supuesto de que los mercados generaban por sí mismos resultados eficientes, bloqueaban las intervenciones deseables de los Gobiernos en los mercados, medidas que pueden guiar el crecimiento y mejorar la situación de todos. Lo que centra, pues, muchas de las disputas que describo en las páginas siguientes son las ideas y las concepciones sobre el papel del Estado derivadas de las mismas… Las decisiones eran adoptadas sobre la base de una curiosa mezcla de ideología y mala economía, un dogma que en ocasiones parecía apenas velar intereses creados. Cuando la crisis golpeó, el FMI prescribió soluciones viejas, inadecuadas aunque “estándares”, sin considerar los efectos que ejercerían sobre los pueblos de los países a los que se aconsejaba aplicarlas. Rara vez vi predicciones sobre qué harían las políticas con la pobreza; rara vez vi discusiones y análisis cuidadosos sobre las consecuencias de políticas alternativas: solo había una receta y no se buscaba otras opiniones. La discusión abierta y franca era desanimada: no había lugar para ella. La ideología orientaba la prescripción política y se esperaba que los países siguieran los criterios del FMI sin rechistar… Algún dolor era indudablemente necesario, pero a mi juicio el padecido por los países en desarrollo en el proceso de globalización y desarrollo orientado por el FMI y las organizaciones económicas internacionales fue muy superior al necesario. La reacción contra la globalización obtiene su fuerza no sólo de los perjuicios ocasionados a los países en desarrollo por las políticas guiadas por la ideología, sino también por las desigualdades del sistema comercial mundial. En la actualidad—aparte de aquellos con intereses espurios que se benefician con el cierre de las puertas ante los bienes producidos por los países pobres—son pocos los que defienden la hipocresía de pretender ayudar a los países subdesarrollados obligándolos a abrir sus mercados a los bienes de los países industrializados más adelantados y al mismo tiempo protegiendo los mercados de éstos: esto hace a los ricos cada vez más ricos y a los pobres cada vez más pobres… y cada vez más enfadados”.

Estos conocedores del monstruo por dentro avisan que el Consenso de Washington fue una fórmula simplista con evidente carga ideológica. Era la época en la que muchos creían altaneramente, con Francis Fukuyama—The End of History and the Last Man—, que la historia había llegado a su fin con la desintegración de la Unión Soviética.

La historia prosiguió, pues lo más fundamentalista del neoconservatismo llegó a ese Washington consensual de la mano de George W. Bush. Al desplome de la Unión Soviética, los poderosos Estados Unidos han debido procurar la conciliación mundial y ofrecerse como hermano mayor, no como figura paterna. Pero la arrogancia sin talento produjo lo que el 61% de 109 historiadores estadounidenses consultados considera el peor gobierno de toda la historia de los Estados Unidos. (History News Network. El 98% lo considera meramente un fracaso).

Ayer, el pueblo estadounidense—We the People—eligió en Barack Obama a su nuevo Presidente. De madrugada escribí:

“Entonces apareció un hombre de tez oscura en el Parque Grande de Chicago para comunicarse con los suyos, y hablar del pueblo y nada de sí mismo. Agradeció a su familia, a sus colaboradores; recordó a su abuela, que murió sabiendo que su nieto llegaría; aconsejó humildad a su partido en la victoria, e hizo la promesa de ser sincero y de escuchar a la gente, especialmente cuando ésta no estuviera de acuerdo con sus decisiones. Entre la multitud, el negro Jesse Jackson no podía retener el llanto, pero también captaron las cámaras la imagen de una niña hermosa y muy rubia, sentada sobre los hombros de su padre, enjugar sus propias lágrimas de infancia emocionada por la historia que sin entender intuía.

Ni una sola vez se refirió Obama a su triunfo. Vencedor indudable, con una cuenta de votos electorales que holgadamente duplicó la de McCain, no hizo otra cosa que certificar la grandeza de su patria y convocar de nuevo al trabajo y la unión. In Order to form a more perfect Union.

Noche mágica, eléctrica, poderosa a las orillas del lago Michigan. Y celebraron en Kenia, y el índice Nikkei subía en Tokio más de trescientos puntos, y el dólar ganaba ante el euro porque ahora los especuladores suponen que el éxito de Obama acelerará la recuperación económica. Regresa la confianza escarmentada y los estadounidenses son felices.

Ya el mundo es mejor por el 4 de noviembre; ya respira aliviado. Anoche, los Estados Unidos volvieron a ser, primus inter pares, el líder del planeta. Yes, we can”.

I rest my case. Lean, por favor, el apéndice que sigue. Con un cordial saludo a todos

Luis Enrique Alcalá

Retrato hablado

 

El 24 de junio de 1998, cuando faltaba un poco más de cinco meses para la elección presidencial de ese año, un importante encuestador venezolano recomendó, a una reunión que concluyese ya por ese entonces que Henrique Salas Römer no podría ganarle a Hugo Chávez Frías, lo siguiente: “Debe darse espacio, recursos y promoción a una contrafigura de Chávez, aunque esa contrafigura no vaya a ser candidato”. Esto es, el experto proponía deslindar el trabajo de un posible presidente y el de alguien que pudiera darle un revolcón argumental a Chávez.

De ese consejo ha transcurrido, a estas alturas, más de una década, y el problema principal de la política venezolana continúa siendo estructuralmente el mismo. Un angloparlante diría: You can’t fight somebody with nobody. (No puedes combatir a Alguno con Ninguno). Quienes se han enfrentado a Chávez como cabeza de su oposición—Salas Römer, Arias Cárdenas, Carmona Estanga, Rosales Guerrero—no han podido con él; no sólo no pudieron parar a Chávez, sino que ni siquiera pudieron parársele.

Además de estos nombres, por supuesto, ha habido muchos otros que han pretendido ser, si no candidatos presidenciales (más de uno lo ha querido), al menos la contrafigura necesaria. Alfredo Peña, Guaicaipuro Lameda, Herman Escarrá, Miguel Henrique Otero, Alejandro Armas, todos antiguos colaboradores de Chávez, han ocupado importante espacio comunicacional en estos últimos años, pero ninguno ha tocado la fibra nacional para hacerla resonar a su favor en forma suficiente. De otros, que siempre han estado en la oposición, puede decirse exactamente lo mismo. Prácticamente cada uno de ellos comanda algún partido o, al menos, algún grupo de simpatizantes de sus teóricas candidaturas futuras.

Naturalmente, 2008 no es un año en el que se elija Presidente de la República; nuestro calendario político marca ahora, para el 23 de noviembre, la elección de gobernadores de estado y alcaldes. Pero más de un avezado analista percibe que no hay refutación de Chávez—más allá de la acusación ritual—mientras los numerosos candidatos se concentran, como es lógico, en la problemática local de las circunscripciones en las que aspiran a cargos electivos. Así, por ejemplo, el Grupo La Colina preparó en septiembre pasado una presentación en la que destacaba: “…la disminución de la resistencia que le hacen sus contendores en el ruedo del día a día, habida cuenta de la focalización de Partidos y Candidatos en lograr la nominación Unitaria”. Y también: “…la Oposición estuvo ausente del escenario político-social los pasados 6 meses. La discusión interna y la dificultad de la unidad tomaron tiempo y dejaron a Chávez con muy bajo costo político por los males que se desprendieron de su gestión y por la radicalización de acciones y discursos que él desarrolló. En pocas palabras, Chávez tuvo pocos contendores en los pasados meses”. A partir de este análisis, el Grupo La Colina recomienda: “Desarrollar y mantener una campaña comunicacional diferenciada del discurso de candidatos y con foco en Chávez. (Paraguas)”.

Esto es, que como no pertenece a la temática municipal de Brión en Miranda la visita de la flota rusa o la ayuda a Cristina Kirchner, entonces alguien que no sea candidato a estas elecciones debe asumir la vocería nacional contra el Presidente de la República y su discurso. (En sentido estricto, los colineros no abogan por un vocero único, aunque sí resaltan que la contrafigura de Chávez se llama Ninguno). También, como más de un candidato opositor fuera de los Estados Vaticanos de Chacao y Baruta debe apelar al “chavismo light” para tener posibilidades de triunfo, no debe pedírsele que emprenda un ataque antipresidencial.

La necesidad a la que se refieren estos análisis y varios otros—los de John Magdaleno, por ejemplo, que hace focus groups—recrece porque Chávez, que incurre en abuso de poder e ilegalidad al tomar parte muy directa en las campañas individuales de candidatos que le son afectos, introduce un envoltorio nacional para elecciones que de suyo son locales. Y si queda poco por hacer a este respecto antes del 23 de noviembre, esa necesidad recrudecerá más para cuando sobrevengan las elecciones de Asamblea Nacional, cuyos miembros, aunque son elegidos por estados, conforman el componente legislativo del Poder Público Nacional. De aquí a diciembre de 2010, la necesidad de la contrafigura de Chávez será más aguda.

………

Siendo así las cosas ¿cuáles serían los rasgos imprescindibles en tal contrafigura?

El primero de ellos, paradójicamente, es que no sea una contrafigura de Chávez. Es decir, que su razón de ser no sea oponerse al actual Presidente de la República. El discurso de una contrafigura exitosa, si bien tendrá que incluir una refutación eficaz del chavismo, deberá alojar asimismo planteamientos nacionales que debiera sostener aun si Chávez no existiese. El problema político venezolano es más grande que Chávez. Días antes de la reunión de mediados de 1998 referida al comienzo, alguien argumentaba que se requería un proceso constituyente en Venezuela, dado que el “sistema operativo” del Estado venezolano no funcionaba bien, y había que instalar uno nuevo. (No se pasa de Windows XP o Vista a Windows 7 poniendo remiendos al sistema más antiguo, sino dominándolo con la superposición del nuevo). El “constituyente ordinario” (el Congreso de la República) quedaría excedido en sus facultades, puesto que él mismo era creación de la constitución que había que sustituir enteramente con nuevos conceptos constitucionales. Ante esta declaración, uno de sus interlocutores encontró virtud en el planteamiento, al suponer que “le arrancaría una bandera a Chávez”. El proponente admitió ese efecto colateral beneficioso, pero recalcó que la constituyente debía operar aunque Chávez no existiera. De más está decir que si se hubiese seguido ese camino, la constituyente habría sido muy distinta de la que Chávez terminó convocando. En diciembre de ese año fue posible escribir: “Pero que [se] haya dejado transcurrir [el] período sin que ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Este es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida”.

Luego, y en estrecha relación con lo anterior, la refutación del discurso presidencial debe venir por superposición. El discurso requerido debe apagar el incendio por asfixia, cubriendo las llamas con una cobija. Su eficacia dependerá de que ocurra a un nivel superior, desde el que sea posible una lectura clínica, desapasionada de las ejecutorias de Chávez, capaz incluso de encontrar en ellas una que otra cosa buena y adquirir de ese modo autoridad moral. Lo que no funcionará es “negarle a Chávez hasta el agua”, como se recomienda en muchos predios. Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes. Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política del pueblo, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución.

Quien sea capaz de un discurso así, por supuesto, deberá haber abrevado de las más modernas y actuales fuentes de conocimiento, y haber arribado a un paradigma de lo político que deje atrás tanto la desactualizada y simplista dicotomía de derechas e izquierdas—capitalismo o liberalismo versus socialismo—como el modelo de política de poder (Realpolitik). El discurso de Chávez es, obviamente, decimonónico, pero no podrá superársele con Hayek o Juan XXIII.

Quien pretenda el trabajo de contrafigura de Chávez deberá, en la misma línea, ser enciclopédicamente capaz. Esto es así, más que porque lo requiera la tarea política normal, porque la narrativa de Chávez, fuertemente ideológica, contiene una explicación y una respuesta para prácticamente casi todo. Hay una manera “bolivariana” de lavarse los dientes, de entender la historia de Venezuela y del mundo, de suponer el futuro, de estimar cómo deben ser los seres humanos, de prescribir la forma de la economía y los contenidos de la educación, de cambiar los nombres de todas las cosas, etcétera. La contrafigura tendrá que moverse con comodidad en más de un territorio conceptual, tendrá que ser tan “todo terreno” como Chávez. No bastará que sea “buen gerente”, o que haya hecho méritos como operador político convencional.

Después, la contrafigura viable no podrá tener ni rabo de paja ni techo de cristal. En particular, no debe ser asimilable a una vuelta al pasado pre-chavista, a lo que inexactamente se entiende por “Cuarta República”. Menos todavía debiera ser posible tildarla de elitista. Quien quiera asumir la misión no deberá entenderse como parte de una “gente decente y preparada” que desprecie la venezolanidad, como más de uno que denosta frecuentemente del gentilicio y se presume “material humano” superior al de la mayoría de sus compatriotas. Aparte de su injusticia e incorrección intrínsecas, el tufo de una orientación aristocratizante se distingue a cien kilómetros de distancia y no es apreciado.

Además de todo lo anterior, el candidato al empleo de contrafigura de Chávez deberá ser tan buen comunicador como él, capaz de sintonía y afinidad. No basta disponer de dotes intelectuales y morales. El acto político es esencialmente un acto de comunicación. Por supuesto, el contenido de la comunicación, el mensaje mismo, tendrá que ser sólido, serio, responsable, pero tendrá que ser comunicado con idoneidad. Los públicos no deberán oler en el líder buscado la mentira, ni detectar lenguajes corporales que contradigan su prédica.

Finalmente, y no menos importante, la persona en cuestión deberá estar dispuesta a arriesgarse grandemente. Una tarea como la descrita pondrá en peligro, indudablemente, su seguridad personal. Chávez no es José Gregorio Hernández, y aun si quisiere respetar a ese contendiente, tan distinto de los que ha confrontado hasta ahora, su círculo inmediato incluye gente violenta con lógica revolucionaria que autoriza, en nombre de valores pretendidamente superiores, prácticamente cualquier cosa. Lo de Chávez y sus principales aliados es un protocolo de poder sine die, eterno. El outsider del que se viene hablando deberá ser capaz de resistir los ataques que sobrevendrían, en una gama que puede ir desde el enlodamiento de su reputación hasta la eliminación física. El riesgo aumentará a medida que la opción que represente comience a significar una posibilidad clara de éxito.

………

A lo mejor es muy difícil hallar candidatos que reúnan las condiciones enumeradas, pero la necesidad aconseja la contratación de head hunters que puedan encontrarlos tanto como la publicación de ofertas de empleo en los periódicos.

Por otra parte, es posible afirmar que ante una contrafigura de esa clase el juego cambiaría radicalmente. Es en gran medida porque los electores no perciben la encarnación de esos rasgos en alguien concreto, que la popularidad de Chávez sigue midiéndose alta. Como se ha reportado acá, hasta en círculos chavistas se echa ahora en falta la figura de un outsider idóneo, convincente, pues ya saben que la continuación de Chávez en el poder es inconveniente para el país.

Cuando ya una mayoría nacional rechazaba a Carlos Andrés Pérez en 1991, se detectaba igualmente la negativa a su sustitución porque se ignoraba quién podía sucederlo.

LEA

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FS #219 – La escogencia

Fichero

LEA, por favor

The New Yorker es, sin duda y merecidamente, una de las más prestigiosas publicaciones en el mundo, y un repetido festín textual y visual. (Sus caricaturas a página completa son legendarias). Vio la luz primera el 17 de febrero de 1925, con la edición del día 21, en la costumbre estadounidense de fechar anticipadamente sus revistas. Con inmancable toque de humor, TNY ha sido depositario de serísimos análisis críticos, tanto políticos como literarios, y la revista misma publica narraciones y poesía. Con frecuencia sus piezas son largas; en la edición del 31 de agosto de 1946, un solo trabajo—Hiroshima, de John Hershey—ocupó la revista entera.

La portada de la edición del 21 de julio de este año causó explicable escándalo. En ella, una caricatura del matrimonio Obama mostraba al marido, de turbante y sandalias, en saludo de puño cerrado a su cónyuge, ataviada ésta con ropa de camuflaje, peinado afro y rifle de asalto colgado al hombro. Al fondo, se distinguía una bandera de barras y estrellas ardiendo en una chimenea y, sobre la boca de ella, una efigie de Osama bin Laden. La campaña de Barack Obama consideró que la caricatura era de mal gusto y potencialmente inflamatoria, aunque el candidato mismo declaró que no le molestaba, no sin decir que le parecía insultante para los musulmanes de los Estados Unidos: “Hay musulmanes estadounidenses maravillosos que hacen por todo el país cosas maravillosas”. La publicación adujo que, lejos de ser contraria a Obama, la polémica portada buscaba satirizar las acusaciones absurdas contra el candidato.

A estas alturas, ya no hay confusión respecto de las intenciones editoriales de TNY. La edición del 13 de octubre de 2008 contiene un inequívoco apoyo de la revista—The Choice—a la candidatura de Obama, en términos razonados con gran elocuencia. Característicamente, la pieza es marcadamente extensa. La Ficha Semanal #219 de doctorpolítico presenta la traducción completa del largo editorial.

Sólo una vez antes TNY hizo una cosa así. En 2004, rompiendo una vieja tradición de neutralidad, quebró lanzas a favor del candidato demócrata John Kerry. A pesar de su preferencia liberal—progresista, en el uso norteamericano del vocablo—es sintomático que en ambas ocasiones la figura de George W. Bush provocara la militancia de la elegante publicación. Implacablemente, TNY descalifica, con datos y citas, la candidatura de John McCain y el gobierno de George W. Bush, al que tiene por el peor de los Estados Unidos desde la Reconstrucción emprendida tras la Guerra Civil. (Otros son aun más duros. En una encuesta de este año, patrocinada por History News Network, 109 historiadores fueron consultados sobre el actual gobierno estadounidense, y 61% opinó que era el peor de toda la historia; 98% de los historiadores lo diagnosticó como un fracaso). Entre las varias cifras mencionadas por TNY, destaca la de soldados estadounidenses muertos en Irak, en exceso de 4.000. La guerra de Bush ha matado ya más de sus compatriotas que los 2.974 fallecidos en los ataques del 11 de septiembre de 2001, que fueron el pretexto principal de la invasión.

La lectura del aval de The New Yorker a Barack Obama basta para entender por qué hoy, 4 de noviembre de 2008, el pueblo de los Estados Unidos le elegirá, por significativa mayoría, como su cuadragésimo cuarto presidente. Porque, a diferencia de su competidor, rezuma grandeza.

LEA

La escogencia

Nunca que recordemos ha sido una elección más crítica que la que se acerca rápidamente—ese es el cliché cuadrienal, tan esperado como los globos y la ampulosidad. Y sin embargo, ¿cuándo antes lo sentimos tan urgentemente verdadero? ¿Cuándo habían tenido tantos estadounidenses una percepción tan clara de que una presidencia—al nivel de la competencia, la visión y la integridad—ha socavado al país y sus ideales?

La administración titular se ha distinguido a sí misma para la historia. La presidencia de George W. Bush es la peor que ha habido desde la Reconstrucción, así que no es un misterio que el Partido Republicano—que ha ejercido el dominio de la rama ejecutiva del gobierno federal durante los últimos ocho años, y el de la rama legislativa por la mayor parte de ese período—tenga pocas ganas de defender sus ejecutorias, domésticas o internacionales. El único orador en la convención de St. Paul que pronunciara una o dos frases en apoyo del Presidente fue su esposa, Laura. Entretanto, el nominado, John McCain, jugó el papel de un ilusionista de vodevil, al pedir ser visto como un apóstol del cambio después de años de abrazar lo esencial de la agenda de Bush con ardor siempre creciente.

El desastre republicano comienza en casa. Aun sin tomar en cuenta cualquiera que sea el fantásticamente costoso plan que termine de emerger, para ayudar al rescate del sistema financiero de los largamente practicados esquemas piramidales de Wall Street, el panorama económico y fiscal es desolador. Durante la administración Bush, la deuda nacional, que ahora se acerca a 10 billones de dólares, casi se ha duplicado. El presupuesto federal del año que viene se proyecta con un déficit de 500 mil millones de dólares, en precipitada caída desde el superávit proyectado de 700 mil millones cuando Bill Clinton dejó el cargo. La creación de empleos en el sector privado ha sido un sexto de lo que fue bajo el presidente Clinton. Cinco millones de personas han caído en la pobreza. El número de estadounidenses sin seguro médico ha aumentado en siete millones, mientras que la prima promedio es casi el doble. Entretanto, el principal logro doméstico de la administración Bush ha sido desplazar la carga relativa de los gravámenes de los ricos al resto. Para el 1% más rico entre nosotros, los recortes impositivos de Bush valen, en promedio, cerca de mil dólares por semana; para el quintil inferior, alrededor de un dólar y medio. La injusticia sólo puede crecer si el doloroso—y sin embargo necesario—rescate de los mercados de crédito termina impidiendo el rescate de nuestro sistema de salud pública, nuestro ambiente y nuestra infraestructura física, educativa e industrial.

Al mismo tiempo, 150.000 tropas estadounidenses están en Irak y 33.000 en Afganistán. Todavía hay desacuerdo sobre la sabiduría de deponer a Saddam Hussein y su horrible régimen, pero ya no más la duda de que la administración Bush manipuló, intimidó y mintió al público estadounidense en esta guerra y luego manejó incompetentemente su seguimiento en casi todos sus aspectos. Los costos directos, además de un gasto de 600 mil millones de dólares, han incluido la pérdida de más de 4.000 estadounidenses y 30.000 heridos, la muerte de decenas de miles de iraquíes y el desplazamiento de cuatro millones y medio de hombres, mujeres y niños. Sólo ahora, después de que las fuerzas estadounidenses han peleado ya más tiempo del que pelearon en la Segunda Guerra Mundial, hay un destello de esperanza de que el conflicto en Irak haya entrado en una etapa de frágil estabilidad.

Los costos indirectos, tanto de la guerra en particular como de la aproximación unilateralista de la administración a la política exterior en general, también han sido inmensos. La tortura de prisioneros, autorizada al más alto nivel, ha sido una catástrofe ética y de diplomacia pública. En momentos cuando el ambiente global, la economía global y la estabilidad global demandan por igual una transición hacia nuevas formas de energía, los Estados Unidos han sido un retrógrado global, derrochador en su consumo y temerario en su política. Estratégica y moralmente, la administración Bush ha dilapidado la capacidad estadounidense de contrarrestar el ejemplo y arrogancia de sus rivales. China, Rusia, Irán, Arabia Saudita y otros estados no liberales han llegado a la conclusión, cada uno a su manera, de que los principios democráticos y los derechos humanos no son componentes requeridos para un futuro estable y próspero. En recientes reuniones de las Naciones Unidas, déspotas envalentonados como Mahmoud Ahmadinejad han venido a mofarse de nuestras dificultades y saludar el “fin de la era estadounidense”.

La elección de 2008 es la primera en más de medio siglo en la que un presidente o vicepresidente en ejercicio no esté en las boletas de votación. Hay, sin embargo, un partido en ejercicio, y ese partido ha tenido la suerte de encontrarse, aparentemente contra los deseos de su base, con un candidato al que evidentemente no gustaba George W. Bush antes de que se pusiera de moda hacerlo. En Carolina del Sur, en 2000, Bush aplastó a John McCain con una clandestina campaña primaria tan cruel que McCain, memorablemente, reviró contra los aliados de Bush de la Derecha Cristiana. Tan profunda era la ira de McCain que en 2004 flirteó con la posibilidad de unirse al ticket demócrata bajo John Kerry. Bush, que asumió el cargo como un “conservador compasivo”, gobernó inmediatamente como ideólogo derechista. Durante ese primer período, McCain reforzó su reputación, algunas veces merecida, de “heterodoxo” dispuesto a trabajar con los demócratas en problemas como la normalización de relaciones con Vietnam, la reforma del financiamiento de campañas y la de las normas inmigratorias. Promovió, conjuntamente con John Edwards y Edward Kennedy, un estatuto de derechos de los pacientes. En 2001 y 2003 votó contra los recortes presupuestarios de Bush. Con John Kerry, patrocinó una ley que elevara los estándares de la eficiencia de combustible automotriz y, con Joseph Lieberman, un régimen para un tope a las emisiones de carbón. Fue uno dentro de una minoría de republicanos que se oponían a la perforación ilimitada en busca de petróleo y gas costa afuera de los Estados Unidos.

Desde la elección de 2004, no obstante, McCain se ha movido sin remordimientos hacia la derecha en procura de la nominación republicana. Ha rendido pleitesía a Jerry Falwell y predicadores de su calaña. Abandonó la reforma de las leyes de inmigración, terminando por oponerse a su propio proyecto de ley. De modo más chocante, McCain, que había denunciado repetidamente la tortura bajo cualquier circunstancia, votó en febrero contra una prohibición de las mismas técnicas de “interrogación enriquecida” que él mismo soportara una vez en Vietnam, cuando los torturadores fuesen civiles empleados por la CIA.

Respecto de casi cualquier tema, McCain y el candidato del Partido Demócrata, Barack Obama, hablan un lenguaje general de reforma, pero sólo Obama ha presentado una visión convincente, racional y plenamente desarrollada. McCain ha abandonado su oposición a los recortes impositivos de la era de Bush y ha asumido la vocación demagógica—en medio de la recesión y la calamidad de Wall Street, con las amenazas de crisis en seguridad social, Medicare y Medicaid—en pro de adicionales recortes impositivos. Los de Bush expiran en 2011. Si McCain, como ha propuesto, recortara los impuestos a las corporaciones y los estados, una vez más los beneficios irían desproporcionadamente a los ricos.

En Washington, ha concluido la locura por un puro triunfalismo del mercado. El Secretario del Tesoro, Henry Paulson, llegó a la capital (vía Goldman Sachs) como republicano, pero parece que se irá como un demócrata. En otras palabras, ha llegado a comprender que los abusos que condujeron a la actual crisis financiera—no siendo el menor de ellos la especulación excesiva sobre capitales prestados—sólo pueden ser arreglados mediante regulación y supervisión gubernamental. McCain, que nunca ha evidenciado mucho interés, o conocimiento, en cuestiones económicas, ha tenido poco de substancia que decir acerca de la crisis. Su gesto más notable de preocupación—una melodramática suspensión de su campaña y la posposición del primer debate presidencial hasta que el plan de salvamento del gobierno estuviese listo—se reveló rápidamente como vacía táctica de distracción.

En contraste, Obama ha hecho un estudio serio de la mecánica y la historia de este desastre económico y de las posibilidades de estimular una recuperación. En marzo pasado, en Nueva York, en un discurso notable por su profundidad, equilibrio y anticipación, dijo: “Un completo desdén por una presupuestación de como vaya viniendo vamos viendo, ha permitido que demasiados hayan puesto su ganancia a corto plazo por delante de sus consecuencias a largo plazo”. Obama está comprometido con reformas que valoran no sólo la restauración de la estabilidad sino la protección de la vasta mayoría de la población, que no tomó parte en los frutos de los años de embriaguez. Ha propuesto mayor regulación programática del sistema financiero, la creación de un Banco de Reinversión en la Infraestructura Nacional, que ayudará a revertir el deterioro de nuestras carreteras, puentes y sistemas de tránsito masivo y a crear millones de empleos, y una inversión importante en el sector de energía ecológica.

Sobre la energía y el calentamiento global, Obama ofrece un conjunto de poderosas propuestas. Apoya un programa de limitaciones para reducir las emisiones de carbono de los Estados Unidos en 80% para 2050, una meta enormemente ambiciosa, pero que muchos climatólogos dicen que debe alcanzarse si es que se quiere mantener el dióxido de carbono atmosférico bajo niveles desastrosos. Los más grandes emisores comprarían cuotas de carbono y aquellos que emiten menos dióxido de carbono que lo que se les permite venderían los créditos resultantes a los que emiten más; con el tiempo, las cuotas disponibles declinarían. Significativamente, Obama quiere licitar las cuotas; esto proveería 15 mil millones de dólares por año para desarrollar fuentes alternas de energía y la creación de programas de adiestramiento para empleos en tecnologías ecológicas. También quiere elevar los estándares federales de ahorro de energía y requerir que el 10% de la electricidad de los Estados Unidos sea generada a partir de fuentes renovables en 2012. Tomadas en conjunto, sus propuestas representan la estrategia más coherente y de visión más penetrante que haya sido ofrecida por un candidato presidencial para reducir la dependencia de la nación de combustibles fósiles.

En algún momento hubo razones para esperar de McCain y Obama un debate sensato acerca de la política energética y climatológica. McCain fue uno de los primeros republicanos en el Senado en apoyar límites federales al dióxido de carbono, y ha blasonado su propio apoyo a un programa de control menos ambicioso como evidencia de su autonomía respecto de la Casa Blanca. Pero a medida que las encuestas mostraron que los estadounidenses se ponían nerviosos con los precios de la gasolina, McCain aparentemente encontró conveniente cambiar de rumbo también en este campo. Acogió una idea de dudoso valor—levantar la veda federal a la perforación petrolera costa afuera—para ponerla en el centro de su campaña. La apertura de las aguas costeras de los Estados Unidos a la perforación no tendría impacto sobre los precios de la gasolina a corto plazo, e incluso a largo plazo su efecto, según un análisis reciente del Departamento de Energía, sería insignificante. Tan incómodos hechos, sin embargo, son desestimados alegremente por una campaña que finalmente encontró su voz en el eslogan “¡Perfora, bebé, perfora!”

El contraste entre los candidatos es aun más agudo en lo tocante a la tercera rama del gobierno. Actualmente, prevalece una tensa equiparación entre los jueces de la Corte Suprema, donde cuatro conservadores de línea dura confrontan cuatro liberales moderados. Anthony M. Kennedy es el voto decisivo, que determina el resultado de caso tras caso.

McCain alude al Presidente de la Corte, John Roberts, y al magistrado Samuel Alito, dos conservadores confiables, como modelos para los nombramientos que posiblemente haría. Si cree en lo que dice, y reemplaza aunque sea un solo moderado en la actual Corte Suprema, entonces la decisión de Roe vs. Wade será revertida y de nuevo podrán los estados imponer prohibiciones absolutas al aborto. Los puntos de vista de McCain en esta materia se han endurecido. En 1999 decía estar opuesto a la anulación de la decisión; para 2006 ya decía que su deceso no le molestaría en absoluto; para 2008 ya no apoyaba que se añadieran la violación y el incesto como excepciones a la plataforma opuesta al aborto de su partido.

Pero descartar esa decisión—lo que a fin de cuentas dejaría a los estados en libertad tanto de permitir el aborto como de criminalizarlo—sería sólo el comienzo. Dada la agenda ideológica que el bloque conservador existente ha seguido, es posible predecir que las acciones afirmativas de cualquier clase probablemente serían abolidas por una corte de McCain. Los esfuerzos por expandir el poder ejecutivo, a los que en años recientes algunos jueces han tratado de resistir noblemente, probablemente aumentarían. Caerían las barreras entre la iglesia y el Estado, las ejecuciones crecerían, las limitaciones legales al poder corporativo se extinguirían; todo eso con sólo un nuevo nombramiento conservador en la corte. Y es probable que el nuevo Presidente haga tres nombramientos.

Obama, que fue profesor de derecho constitucional en la Universidad de Chicago, votó contra la confirmación no sólo de Roberts y Alito, sino contra candidatos no calificados a tribunales de menor rango. Como senador por el estado de Illinois, obtuvo el apoyo de fiscales y organizaciones policiales para protección de inocentes contra su convicción en casos capitales. Mientras McCain votó para continuar negando los derechos de habeas corpus a detenidos, en perpetuación del régimen de la administración de Bush por el que el Estado patrocina la detención extralegal, Obama tomó el lado opuesto, presionando para que se restaurara el derecho a defenderse de todo prisionero retenido por los Estados Unidos. El futuro judicial estaría seguro a su cuidado.

Para la taquigrafía del comentario político, la guerra de Irak pareciera emparejar a McCain y Obama en términos gruesos. Pero al oponérsele antes de la invasión, Obama tuvo la presciencia de advertir sobre una ocupación costosa e indefinida y el surgimiento de un radicalismo anti-estadounidense alrededor del mundo; al apoyarla, McCain no previó nada de esto. Más recientemente, a comienzos de 2007, McCain arriesgó sus posibilidades presidenciales a la proposición de que cinco brigadas de combate adicionales podrían salvar una guerra que por entonces lucía sin esperanzas. Obama, junto con la mayoría del país, había decidido que era tiempo de detener las pérdidas estadounidenses. Ningún cálculo candidatural acerca de Irak ha sido tan políticamente rastrero como la repetida aseveración de McCain de que Obama valora su carrera por encima de su país; ambos hombres basaron sus posiciones, correctas o incorrectas, sobre razonamientos y principios.

El sucesor del presidente Bush heredará dos guerras y las realidades de recursos limitados, decaimiento de la voluntad popular y disminución de posibilidades de lo que puede ser logrado con el poder estadounidense. Los puntos de vista de McCain sobre estos asuntos van del simplismo al desconocimiento. En Irak busca “victoria”, una palabra que el general Petraeus se rehusa a emplear, y fundamentalmente representa mal la naturaleza desordenada e irresoluta del conflicto. En cuanto a Afganistán, en las raras ocasiones cuando McCain lo menciona implica que el aumento de tropas puede ser directamente transferido desde Irak, lo que sugiere que su comprensión de la contrainsurgencia no es tan firme como él insistió que era durante el primer debate presidencial. McCain siempre exhibe más fe en la fuerza que interés en sus consecuencias estratégicas. A diferencia de Obama, McCain no tiene estrategia política para ninguna de las dos guerras, sólo la dudosa esperanza de que una mayor seguridad permitiría que las cosas se arreglen. Obama ha advertido desde hace tiempo del deterioro a lo largo de la frontera entre Afganistán y Pakistán, y tiene una comprensión considerada de su vital importancia. Su estrategia, tanto para Afganistán como para Irak, muestra una comprensión del papel que la política interna, la economía, la corrupción y la diplomacia regional juegan en guerras en las que no hay victoria en el campo de batalla.

Una experiencia personal inimaginablemente dolorosa enseñó a McCain que la guerra es ante todo una prueba de honor: mantén la voluntad de seguir luchando, prepárate a arriesgarlo todo y entonces prevalecerás. Preguntado en el debate sobre las “lecciones de Irak”, McCain dijo: “Creo que las lecciones de Irak son muy claras: que uno no puede tener una estrategia fracasada que luego haga que uno casi pierda un conflicto”. Es la respuesta de un soldado; pero un estadista debe tener una visión más amplia de la guerra y de la paz. Los años por venir exigirán no sólo determinación, sino también flexibilidad, paciencia, buen juicio e inmersión intelectual. No son estas cosas el fuerte de McCain más que en el actual Presidente. Obama, por su parte, parece saber que se necesita más que voluntad y fuerza para extraer alguna ventaja del naufragio de los años de Bush.

Obama está también más capacitado para la tarea de renovar los cimientos de la influencia estadounidense. La restauración estadounidense en asuntos exteriores requerirá un compromiso no sólo con la cooperación internacional, sino también con instituciones internacionales que puedan tratar el calentamiento global, las dislocaciones de lo que probablemente sea una crisis económica global que se profundiza, las enfermedades epidémicas, la proliferación nuclear, el terrorismo y otros desafíos más tradicionales a la seguridad. Muchos de los vehículos de la era de la Guerra Fría para el contacto y la negociación—las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el régimen del Tratado de No Proliferación Nuclear, la Organización del Tratado del Atlántico Norte—están moribundos, deteriorados u obsoletos. Obama tiene la mirada generacional que será requerida para revivir o reinventar estos pactos. Él sería el primer presidente estadounidense de la posguerra que no estuviera impedido ni por Munich ni por Vietnam.

El próximo Presidente debe asimismo restaurar la credibilidad moral estadounidense. El cierre de Guantánamo, la prohibición de toda tortura y la finalización de la guerra de Irak tan responsablemente como sea posible proveerá un punto de partida, pero sólo eso. La presidencia moderna es un vehículo de comunicación tanto como de toma de decisiones, y las audiencias relevantes son globales. Obama ha inspirado a muchos estadounidenses en parte porque alza un espejo de su propio idealismo. Su elección no haría menos, y probablemente haría más, hacia el exterior.

Lo que más distingue a los candidatos, no obstante, es el carácter, y aquí, contrariamente a la opinión convencional, Obama es claramente el más fuerte de los dos. No hace mucho, Rick Davis, el jefe de campaña de McCain, dijo: “Esta elección no es acerca de los temas. Está elección tiene que ver con una visión compuesta de lo que la gente obtiene de estos candidatos”. La idea de que esta elección es entre personalidades deja de lado las políticas, la complejidad y la responsabilidad. Aun así, hay algo de verdad en lo que dijo Davis, pero difícilmente apunta a la conclusión que deseaba.

Como eco de Obama, McCain ha convertido el “cambio” en uno de sus mantras de campaña. Pero el cambio que ha entregado es el de sí mismo, y no únicamente en la alteración de sus posiciones. Una disposición a alcahuetear e incluso a mentir ha llegado a definir su campaña presidencial y su publicidad televisada. Una doblez despreciativa, una mezquindad han penetrado sus discursos mitinescos; tanto, que parece obvio que, en la carrera por la victoria, está dispuesto a reproducir unos cuantos de los métodos sucios que lo derrotaron hace ocho años en Carolina del Sur.

Tal vez nada haya revelado tanto el cinismo de McCain como su elección de Sarah Palin, antigua alcaldesa de Wasilia, Alaska, que había sido gobernadora de ese estado por 21 meses, como nominada republicana para Vicepresidente. En las entrevistas que ha concedido desde su nominación, ha tenido dificultad para articular respuestas coherentes no estudiadas acerca de los temas más elementales del día. Estamos observando a una candidata a la Vicepresidencia atiborrarse a última hora para un examen inminente sobre política doméstica y exterior elementales. Esto es gracioso como rutina de Tina Fey en Saturday Night Live, pero como visión del futuro político es profundamente inquietante. Palin no es competente para ser el respaldo de ningún Presidente de ninguna edad, mucho menos de uno de 72 años con salud imperfecta. Al escogerla, McCain cometió un acto de temeridad e irresponsabilidad que quita el aliento. La elección de Obama, Joe Biden, tiene sus propias imperfecciones. Su lengua corre a veces por delante de su mente, y provee su propia munición a los comediantes nocturnos, pero no se le puede comparar con Palin. Su profunda experiencia en asuntos extranjeros, lo judicial y la política social lo hacen un socio confiable y complementario para Obama.

A medida que la campaña se ha desarrollado, peor han ido reflejándose en McCain los aspectos de su personalidad y su carácter. A menos que las apariencias sean muy engañosas, él es impulsivo, impaciente, autodramatizador, errático y compulsivo tomador de riesgos. Puede que estas cualidades hayan contribuido a su utilidad como senador no convencional, pero en un Presidente serían una amenaza.

En contraste, el mensaje de transformación de Obama está acompañado por una pragmática calma. Un tropismo hacia la unidad es una parte esencial de su carácter y su campaña. Es parte de lo que le permitió sobreponerse a una oponente demócrata que entró en la carrera con tremendas ventajas. Es lo que le ayudó a forjar una carrera política que se basa tanto en los liberales de Hyde Park como en los políticos profesionales del centro de Chicago. Sus preferencias políticas son claramente liberales, pero está determinado a dirigirse a un amplio espectro de estadounidenses que no necesariamente comparten cada uno de sus valores u opiniones. Para algunos que lo oponen, su ecuanimidad en presencia incluso de los más feos ataques parece altivez; para algunos que lo apoyan, su renuencia a contraatacar en vena similar parece un desprendimiento autodestructivo.

Y sin embargo es el temperamento de Obama—y no el de McCain—el que luce apropiado para el cargo que ambos hombres buscan y para la volátil y peligrosa era que vivimos. Aquellos que descartan su ser centrado como egocentrismo o su compostura como indiferencia están tan equivocados como aquellos que malinterpretaron la tranquilidad de Eisenhower como estupidez o el humor de Lincoln como falta de seriedad.

Hoy en día, casi todo político que piense en lanzarse para Presidente procura convertirse en autor. Los libros de Obama son diferentes: él los escribió. La Audacia de la Esperanza (2006) es un conjunto de disquisiciones políticas, laxamente estructuradas alrededor de un recuento de su primer año en el Senado de los Estados Unidos. Aunque en cierto modo es un manifiesto de campaña, es superior al mosaico usual del género hecho con discursos escritos por terceros.

Pero es el primer libro de Obama—Sueños de mi Padre: Una historia de Raza y Herencia (1995)—el que ofrece un atisbo insólito de la mente y el corazón de un potencial Presidente. Obama comenzó a escribirlo en sus tempranos años treinta, antes de que fuese candidato para nada. Desde Theodore Roosevelt, ningún político estadounidense tan cercano al pináculo del poder había producido una obra tal, convincente, grandemente personal y con mérito literario, antes de ser arrancado por las mareas de la ambición política.

Una elección presidencial no es la concesión de un premio Pulitzer: elegimos un político, ojalá un estadista, no un autor. Pero el primer libro de Obama es valioso en la forma como revela sus actitudes fundamentales de mente y espíritu. Sueños de mi Padre es una iluminadora memoria, no sólo de la substancia en la propia historia peculiarmente estadounidense de Obama, sino también de las cualidades que trae a la narración: una formidable inteligencia, una empatía emocional, una autorreflexión, un equilibrio y una notable capacidad para ver la vida y el mundo a través de los ojos de gente muy distinta a él. Como casi todos los otros senadores y gobernadores de su generación, Obama no cuenta con un servicio militar como parte de su biografía. Pero su vida ha estado llena de pruebas—personales, espirituales, raciales, políticas—que gravitan sobre su preparación para una gran responsabilidad.

Es perfectamente legítimo llamar la atención, como McCain lo ha hecho, a la carencia en Obama de una experiencia convencional en la factura de políticas nacionales o internacionales. También nosotros desearíamos que tuviera más. Pero el ejercicio de cargos no es la única clase de experiencia relevante a la tarea de conducir una nación de extravagante variedad. La inmersión de Obama en ambientes humanos diversos (el arco iris racial de Hawai, el caldero racial de Chicago, el Nueva York contracultural, la clase media de Kansas, la Indonesia predominantemente musulmana), los años de organización entre los pobres, su cata del derecho corporativo y su molienda en el interés público y el derecho constitucional, estas cosas, también, son experiencias. Y su libro demuestra que ha extraído de ellas cada gota de percepción y amplitud de perspectiva que contenían.

La agotadora, a veces irritante y larga campaña de 2008 (y 2007) ha tenido al menos una virtud: ha demostrado que la inteligencia y el sereno temperamento de Obama no son meras ficciones del arte de escritor. Ha cometido errores, sin duda. (Su rechazo a la imaginativa proposición de McCain de una serie apariciones conjuntas sin mediación es uno de ellos). Pero, en conjunto, su campaña ha estado marcada por la paciencia, la planificación, la disciplina, la organización, la competencia tecnológica y la astucia estratégica. A menudo, Obama ha visto dos o tres movidas adelante, relativamente impertérrito ante la histeria permanente del ciclo horario de las noticias y los gritones de los noticieros por cable. Y cuando la crisis ha golpeado, como lo hizo cuando las rabietas divisionistas de su antiguo pastor amenazaron con derribar su campaña, se puso a la altura de las circunstancias, rescatándose a sí mismo con un discurso que no sólo extrajo el veneno sino que demostró un profundo respeto por el electorado.

Aunque sus oponentes han tratado de atacarlo como hombre de “meras” palabras, Obama ha restablecido la elocuencia a su sitial esencial en la política estadounidense. La opción entre elocuencia y experiencia es falsa, algo que demostrara Lincoln, sin cargo luego de un único período en el Congreso, en su propia campaña de renovación política y nacional. Los “meros” discursos de Obama sobre todo tema, desde la economía y los asuntos exteriores hasta la raza, han estado en el centro de su campaña y su éxito; si triunfa, su elocuencia será central a su capacidad de gobernar.

No podemos esperar que un hombre sane toda herida, o resuelva cada crisis política importante. Se dice que la presidencia es en gran medida una cosa de despertar en la mañana y tratar de beber de un hidrante contra incendios. En la quietud de la Oficina Oval, el ruido de las exigencias perentorias puede ser ensordecedor. Y sin embargo, Obama tiene el temperamento para acallar el ruido cuando sea necesario y concentrarse en lo esencial.

La elección de Obama—un hombre de mezcla étnica, a la vez cómodo en el mundo y supremamente representativo de los Estados Unidos del siglo 21—revertiría, de un golpe, la imagen de nuestro país en el exterior y refrescaría su espíritu en casa. Su ascensión a la presidencia sería una culminación simbólica de las acciones civiles y del sufragio de los años sesenta, y de las luchas centenarias por la igualdad que las precedieron. No puede pasar sin decir algo estimulante, incluso excitante, acerca del país, acerca de su dedicación a la tolerancia y la inclusión, acerca de su fidelidad, después de todo, a los valores que proclama en sus libros de texto. En momentos de calamidad económica, perplejidad internacional, fracaso político y moral golpeada, los Estados Unidos necesitan tanto elevación como realismo, tanto cambio como firmeza. Necesitan un líder temperamental, intelectual y emocionalmente en sintonía con las complejidades de nuestro atribulado planeta. El nombre de ese líder es Barack Obama.

The New Yorker

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LEA #309

LEA

Anoche se produjo un evento desusado, a pesar de saberse hace dos semanas que ocurriría, en la campaña por la Presidencia de los Estados Unidos. La referencia es al “infomercial” de treinta minutos de Barack Obama, transmitido en prime time por CBS, NBC, Fox, MSNBC, Univisión, BET y TV One. Desde la época de la candidatura de Ross Perot (1992) no se veía el empleo de piezas de larga duración en campañas electorales. Antes de él, en los años cincuenta y sesenta, hubo programas pagados para propósitos electorales, pero cayeron en desuso al conocerse que tendían a aburrir a las audiencias.

No fue, ciertamente, el caso de los treinta minutos de Obama. Aunque no se dispone aún de cifras de la audiencia alcanzada, el impacto ha debido ser enorme. Después de la medianoche, Google News listaba 1.032 artículos sobre el evento, y YouTube registraba centenares de miles que habían visto el infomercial en su sitio web, en cuatro segmentos. (YouTube los lleva en varios enlaces. Puede verse el primer segmento en http://www.youtube.com/watch?v=a0JhEtzch4Y, el segundo en http://www.youtube.com/watch?v=VPPqqdoDtmA, el tercero en http://www.youtube.com/watch?v=m0gkcRdmqhQ y el cuarto en http://www.youtube.com/watch?v=ghJFOBcZW34).

El video de Obama lo mostró como figura presidenciable que no mencionó ni una sola vez a su oponente o su compañera de fórmula, e hizo sólo una referencia tangencial a George W. Bush. Con una edición hábil, presentó varios casos de gente real que vive en los estados más disputados, intencionalmente conectando con el elector común. Asimismo hizo uso de algunos minutos para referirse a su herencia familiar. Estratégica y tácticamente, fue una obra maestra.

La operación, a un costo de más de tres millones de dólares, fue fácil para una campaña que sólo en septiembre recogió ciento cincuenta, en contribuciones acercadas principalmente por Internet cuyo promedio estuvo alrededor de veinticinco dólares per cápita. No hay duda de que la campaña de Obama ha resultado ser una muy significativa innovación. Tan especial fue el programa en prime time, que la transmisión de lo que fue el quinto y último juego de la Serie Mundial entre Philies de Philadelphia (triunfantes) y Mantarrayas de Tampa experimentó, con el consentimiento de Major League Baseball, un retraso de cinco minutos para acomodarlo.

Los Phillies ganaron la serie, a pesar de que las simulaciones en computador previas al cotejo y la mayoría de los pronosticadores anticipaban la victoria del equipo de Florida. Lo mismo no va a ocurrirle a John McCain el 4 de noviembre, martes próximo. No va a resultar electo Presidente de los Estados Unidos en contra de todos los pronósticos.

LEA

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CS #309 – Retrato hablado

Cartas

El 24 de junio de 1998, cuando faltaba un poco más de cinco meses para la elección presidencial de ese año, un importante encuestador venezolano recomendó, a una reunión que concluyese ya por ese entonces que Henrique Salas Römer no podría ganarle a Hugo Chávez Frías, lo siguiente: “Debe darse espacio, recursos y promoción a una contrafigura de Chávez, aunque esa contrafigura no vaya a ser candidato”. Esto es, el experto proponía deslindar el trabajo de un posible presidente y el de alguien que pudiera darle un revolcón argumental a Chávez.

De ese consejo ha transcurrido, a estas alturas, más de una década, y el problema principal de la política venezolana continúa siendo estructuralmente el mismo. Un angloparlante diría: You can’t fight somebody with nobody. (No puedes combatir a Alguno con Ninguno). Quienes se han enfrentado a Chávez como cabeza de su oposición—Salas Römer, Arias Cárdenas, Carmona Estanga, Rosales Guerrero—no han podido con él; no sólo no pudieron parar a Chávez, sino que ni siquiera pudieron parársele.

Además de estos nombres, por supuesto, ha habido muchos otros que han pretendido ser, si no candidatos presidenciales (más de uno lo ha querido), al menos la contrafigura necesaria. Alfredo Peña, Guaicaipuro Lameda, Herman Escarrá, Miguel Henrique Otero, Alejandro Armas, todos antiguos colaboradores de Chávez, han ocupado importante espacio comunicacional en estos últimos años, pero ninguno ha tocado la fibra nacional para hacerla resonar a su favor en forma suficiente. De otros, que siempre han estado en la oposición, puede decirse exactamente lo mismo. Prácticamente cada uno de ellos comanda algún partido o, al menos, algún grupo de simpatizantes de sus teóricas candidaturas futuras.

Naturalmente, 2008 no es un año en el que se elija Presidente de la República; nuestro calendario político marca ahora, para el 23 de noviembre, la elección de gobernadores de estado y alcaldes. Pero más de un avezado analista percibe que no hay refutación de Chávez—más allá de la acusación ritual—mientras los numerosos candidatos se concentran, como es lógico, en la problemática local de las circunscripciones en las que aspiran a cargos electivos. Así, por ejemplo, el Grupo La Colina preparó en septiembre pasado una presentación en la que destacaba: “…la disminución de la resistencia que le hacen sus contendores en el ruedo del día a día, habida cuenta de la focalización de Partidos y Candidatos en lograr la nominación Unitaria”. Y también: “…la Oposición estuvo ausente del escenario político-social los pasados 6 meses. La discusión interna y la dificultad de la unidad tomaron tiempo y dejaron a Chávez con muy bajo costo político por los males que se desprendieron de su gestión y por la radicalización de acciones y discursos que él desarrolló. En pocas palabras, Chávez tuvo pocos contendores en los pasados meses”. A partir de este análisis, el Grupo La Colina recomienda: “Desarrollar y mantener una campaña comunicacional diferenciada del discurso de candidatos y con foco en Chávez. (Paraguas)”.

Esto es, que como no pertenece a la temática municipal de Brión en Miranda la visita de la flota rusa o la ayuda a Cristina Kirchner, entonces alguien que no sea candidato a estas elecciones debe asumir la vocería nacional contra el Presidente de la República y su discurso. (En sentido estricto, los colineros no abogan por un vocero único, aunque sí resaltan que la contrafigura de Chávez se llama Ninguno). También, como más de un candidato opositor fuera de los Estados Vaticanos de Chacao y Baruta debe apelar al “chavismo light” para tener posibilidades de triunfo, no debe pedírsele que emprenda un ataque antipresidencial.

La necesidad a la que se refieren estos análisis y varios otros—los de John Magdaleno, por ejemplo, que hace focus groups—recrece porque Chávez, que incurre en abuso de poder e ilegalidad al tomar parte muy directa en las campañas individuales de candidatos que le son afectos, introduce un envoltorio nacional para elecciones que de suyo son locales. Y si queda poco por hacer a este respecto antes del 23 de noviembre, esa necesidad recrudecerá más para cuando sobrevengan las elecciones de Asamblea Nacional, cuyos miembros, aunque son elegidos por estados, conforman el componente legislativo del Poder Público Nacional. De aquí a diciembre de 2010, la necesidad de la contrafigura de Chávez será más aguda.

………

Siendo así las cosas ¿cuáles serían los rasgos imprescindibles en tal contrafigura?

El primero de ellos, paradójicamente, es que no sea una contrafigura de Chávez. Es decir, que su razón de ser no sea oponerse al actual Presidente de la República. El discurso de una contrafigura exitosa, si bien tendrá que incluir una refutación eficaz del chavismo, deberá alojar asimismo planteamientos nacionales que debiera sostener aun si Chávez no existiese. El problema político venezolano es más grande que Chávez. Días antes de la reunión de mediados de 1998 referida al comienzo, alguien argumentaba que se requería un proceso constituyente en Venezuela, dado que el “sistema operativo” del Estado venezolano no funcionaba bien, y había que instalar uno nuevo. (No se pasa de Windows XP o Vista a Windows 7 poniendo remiendos al sistema más antiguo, sino dominándolo con la superposición del nuevo). El “constituyente ordinario” (el Congreso de la República) quedaría excedido en sus facultades, puesto que él mismo era creación de la constitución que había que sustituir enteramente con nuevos conceptos constitucionales. Ante esta declaración, uno de sus interlocutores encontró virtud en el planteamiento, al suponer que “le arrancaría una bandera a Chávez”. El proponente admitió ese efecto colateral beneficioso, pero recalcó que la constituyente debía operar aunque Chávez no existiera. De más está decir que si se hubiese seguido ese camino, la constituyente habría sido muy distinta de la que Chávez terminó convocando. En diciembre de ese año fue posible escribir: “Pero que [se] haya dejado transcurrir [el] período sin que ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Este es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida”.

Luego, y en estrecha relación con lo anterior, la refutación del discurso presidencial debe venir por superposición. El discurso requerido debe apagar el incendio por asfixia, cubriendo las llamas con una cobija. Su eficacia dependerá de que ocurra a un nivel superior, desde el que sea posible una lectura clínica, desapasionada de las ejecutorias de Chávez, capaz incluso de encontrar en ellas una que otra cosa buena y adquirir de ese modo autoridad moral. Lo que no funcionará es “negarle a Chávez hasta el agua”, como se recomienda en muchos predios. Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes. Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política del Pueblo, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución.

Quien sea capaz de un discurso así, por supuesto, deberá haber abrevado de las más modernas y actuales fuentes de conocimiento, y haber arribado a un paradigma de lo político que deje atrás tanto la desactualizada y simplista dicotomía de derechas e izquierdas—capitalismo o liberalismo versus socialismo—como el modelo de política de poder (Realpolitik). El discurso de Chávez es, obviamente, decimonónico, pero no podrá superársele con Hayek o Juan XXIII.

Quien pretenda el trabajo de contrafigura de Chávez deberá, en la misma línea, ser enciclopédicamente capaz. Esto es así, más que porque lo requiera la tarea política normal, porque la narrativa de Chávez, fuertemente ideológica, contiene una explicación y una respuesta para prácticamente casi todo. Hay una manera “bolivariana” de lavarse los dientes, de entender la historia de Venezuela y del mundo, de suponer el futuro, de estimar cómo deben ser los seres humanos, de prescribir la forma de la economía y los contenidos de la educación, de cambiar los nombres de todas las cosas, etcétera. La contrafigura tendrá que moverse con comodidad en más de un territorio conceptual, tendrá que ser tan “todo terreno” como Chávez. No bastará que sea “buen gerente”, o que haya hecho méritos como operador político convencional.

Después, la contrafigura viable no podrá tener ni rabo de paja ni techo de cristal. En particular, no debe ser asimilable a una vuelta al pasado pre-chavista, a lo que inexactamente se entiende por “Cuarta República”. Menos todavía debiera ser posible tildarla de elitista. Quien quiera asumir la misión no deberá entenderse como parte de una “gente decente y preparada” que desprecie la venezolanidad, como más de uno que denuesta frecuentemente del gentilicio y se presume “material humano” superior al de la mayoría de sus compatriotas. Aparte de su injusticia e incorrección intrínsecas, el tufo de una orientación aristocratizante se distingue a cien kilómetros de distancia y no es apreciado.

Además de todo lo anterior, el candidato al empleo de contrafigura de Chávez deberá ser tan buen comunicador como él, capaz de sintonía y afinidad. No basta disponer de dotes intelectuales y morales. El acto político es esencialmente un acto de comunicación. Por supuesto, el contenido de la comunicación, el mensaje mismo, tendrá que ser sólido, serio, responsable, pero tendrá que ser comunicado con idoneidad. Los públicos no deberán oler en el líder buscado la mentira, ni detectar lenguajes corporales que contradigan su prédica.

Finalmente, y no menos importante, la persona en cuestión deberá estar dispuesta a arriesgarse grandemente. Una tarea como la descrita pondrá en peligro, indudablemente, su seguridad personal. Chávez no es José Gregorio Hernández, y aun si quisiere respetar a ese contendiente, tan distinto de los que ha confrontado hasta ahora, su círculo inmediato incluye gente violenta con lógica revolucionaria que autoriza, en nombre de valores pretendidamente superiores, prácticamente cualquier cosa. Lo de Chávez y sus principales aliados es un protocolo de poder sine die, eterno. El outsider del que se viene hablando deberá ser capaz de resistir los ataques que sobrevendrían, en una gama que puede ir desde el enlodamiento de su reputación hasta la eliminación física. El riesgo aumentará a medida que la opción que represente comience a significar una posibilidad clara de éxito.

………

A lo mejor es muy difícil hallar candidatos que reúnan las condiciones enumeradas, pero la necesidad aconseja la contratación de head hunters que puedan encontrarlos tanto como la publicación de ofertas de empleo en los periódicos.

Por otra parte, es posible afirmar que ante una contrafigura de esa clase el juego cambiaría radicalmente. Es en gran medida porque los electores no perciben la encarnación de esos rasgos en alguien concreto, que la popularidad de Chávez sigue midiéndose alta. Como se ha reportado acá, hasta en círculos chavistas se echa ahora en falta la figura de un outsider idóneo, convincente, pues ya saben que la continuación de Chávez en el poder es inconveniente para el país.

Cuando ya una mayoría nacional rechazaba a Carlos Andrés Pérez en 1991, se detectaba igualmente la negativa a su sustitución porque se ignoraba quién podía sucederlo. LEA

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FS #218 – Tolón, tolón

Fichero

LEA, por favor

La llegada de la recesión económica mundial, efecto acumulativo de diversos factores—entre los que puede anotarse no sólo la villana crisis hipotecaria, sino asimismo la burbuja de los precios del petróleo—ha suscitado drásticos cambios en la percepción humana, incluida en ella la de los líderes del mundo. Entre éstos destaca Nicolás Sarkozy quien, cuatro días antes del desplome bursátil del pasado 29 de septiembre, pero ya después de las caídas de Lehman Brothers, Merryll Lynch, AIG, etcétera, pronunció un memorable discurso en Tolón. (Agradezco a Gonzalo Pérez Petersen haber llamado mi atención a la pieza). De ese discurso se transcribe en esta Ficha Semanal #218 de doctorpolítico su primera mitad.

En opinión de Sarkozy, la crisis es la campana de muerte de un sistema económico propio del siglo XX pero inadecuado para el siglo XXI. Como apuntan igualmente otros estadistas y analistas, se hace evidente la necesidad de construir uno nuevo, el que tendrá que poner en su sitio a lo que él llama “capitalismo financiero”. De hecho, Sarkozy certifica: “En el fondo, con el final del capitalismo financiero—que había impuesto su lógica a toda la economía y que había fomentado su perversión—muere una determinada idea de la globalización”. El mismo día que Sarkozy pronunciara su ya famoso discurso, se recordaba en la Carta Semanal #304 de doctorpolítico un dictamen publicado por el suscrito catorce años antes, referido a la crisis bancaria venezolana de 1994: “…es posible afirmar que uno de los problemas básicos de la economía venezolana es, hoy por hoy, el crecimiento desproporcionado de la actividad financiera nacional, el que ha incluido una buena parte de actividad puramente especulativa… la débâcle de un número apreciable de bancos y la subsiguiente compactación del sector, así como el objetivo gubernamental de reducir las tasas de interés, pueden ser vistos como procesos—traumáticos, por cierto—que pudieran corregir el desequilibrado crecimiento del sector financiero venezolano. Un sector que ha experimentado una modernización considerable, pues ese logro debe anotársele sin mezquindad; un sector que contiene más de un ejemplo de administración sobria y recta; un sector, no obstante, que creció más de lo debido, ante la inconsciencia de un sector público que debió darse cuenta, a tiempo, de la crisis que se estaba gestando”. (4 de mayo de 1994).

Del mismo modo puede entenderse a la crisis de estos días como una gigantesca oportunidad: la de echar las bases organizativas de una polis planetaria, cuyo menester surge de la realidad de la globalización.

Pero esas bases no tienen nada que ver con el socialismo. A pesar de haber destacado el papel regulador y protector que el sector público debe cumplir ante los sistemas financieros, Sarkozy advirtió: “La crisis financiera que vivimos hoy… no es la crisis del capitalismo. Es la crisis de un sistema que se ha alejado de los valores más fundamentales del capitalismo, que ha traicionado al espíritu del capitalismo. Quiero decirlo a los franceses: el anticapitalismo no ofrece ninguna solución a la crisis actual. Reanudar el colectivismo que tantos desastres provocó en el pasado sería un error histórico”.

LEA

Tolón, tolón

Señoras y Señores Ministros,

Señoras y Señores Parlamentarios

Si he querido dirigirme esta tarde a los franceses es porque la situación de nuestro país lo exige.

Soy consciente de mi responsabilidad en estas circunstancias excepcionales.

Una crisis de confianza sin precedente desestabiliza la economía mundial. Las grandes instituciones financieras están amenazadas, millones de pequeños ahorristas en el mundo que depositaron sus ahorros en la bolsa ven cómo su patrimonio se descompone día tras día, millones de jubilados que han cotizado en fondos de pensiones temen por su jubilación, millones de hogares modestos viven momentos difíciles por el alza de los precios.

Como en todo el mundo, los franceses temen por sus ahorros, por su empleo y por su poder adquisitivo.

El miedo es sufrimiento.

El miedo impide emprender, el miedo impide implicarse.

Cuando se tiene miedo, no se tiene sueños; cuando se tiene miedo, uno no piensa en el futuro.

Hoy, el miedo es la principal amenaza para la economía.

Hay que vencer ese miedo. Es la labor más urgente. No se vencerá, no se restablecerá la confianza con mentiras, sino diciendo la verdad.

Los franceses quieren la verdad y estoy convencido de que están dispuestos a escucharla.

Si sienten que se les esconde algo, la duda crecerá.

Si están convencidos de que no se les oculta nada, hallarán en ellos mismos la fuerza para superar la crisis.

Decir la verdad a los franceses es decirles que la crisis no ha terminado, que sus consecuencias serán duraderas, que Francia está demasiado implicada en la economía mundial como para pensar siquiera un instante que pueda estar protegida contra los acontecimientos que, ni más ni menos, desequilibran el mundo.

Decir la verdad a los franceses es decirles que la crisis actual tendrá consecuencias en el crecimiento, en el desempleo, en el poder adquisitivo durante los próximos meses.

Decir la verdad a los franceses es decir, en primer lugar, la verdad sobre la crisis financiera.

Porque esta crisis, sin igual desde los años 30, marca el final de un mundo construido tras la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría.

Ese mundo fue impulsado por un gran sueño de libertad y de prosperidad.

La generación que venció al comunismo había soñado con un mundo donde la democracia y el mercado resolverían todos los problemas de la humanidad. Había soñado con una globalización feliz que acabaría con la pobreza y la guerra.

Este sueño ha empezado a hacerse realidad: las fronteras se han abierto, millones de hombres han escapado a la miseria, pero el sueño se ha quebrado con el resurgimiento de los fundamentalismos religiosos, los nacionalismos, las reivindicaciones identitarias, el terrorismo, los dumpings, las deslocalizaciones, las derivas de las finanzas globales, los riesgos ecológicos, el agotamiento anunciado de los recursos naturales, las revueltas del hambre.

En el fondo, con el final del capitalismo financiero—que había impuesto su lógica a toda la economía y que había fomentado su perversión—muere una determinada idea de la globalización.

La idea de la omnipotencia del mercado que no debía ser alterado por ninguna regla, por ninguna intervención pública; esa idea de la omnipotencia del mercado era descabellada.

La idea de que los mercados siempre tienen razón es descabellada.

Durante varios decenios, se ha creado las condiciones que sometían la industria a la lógica de la rentabilidad financiera a corto plazo.

Se ha ocultado los riesgos crecientes que había que correr para obtener rendimientos cada vez más exorbitantes.

Se ha desarrollado sistemas de remuneración que incitaban a los operadores a correr cada vez más riesgos inconsiderados.

Se ha fingido creer que los riesgos desaparecían uniéndolos.

Se ha permitido que los bancos especulen en los mercados en vez de hacer su trabajo, que consiste en invertir el ahorro en desarrollo económico y analizar el riesgo del crédito.

Se ha financiado al especulador y no al emprendedor.

No se ha controlado las agencias de calificación y los fondos especulativos.

Se ha obligado a las empresas, a los bancos, a las aseguradoras a inscribir sus activos en las cuentas a precios del mercado que aumentan y se reducen en función de la especulación.

Se ha sometido a los bancos a reglas contables que no garantizan la gestión correcta de los riesgos y que, en caso de crisis, agravan la situación en vez de amortiguar el choque.

¡Es una locura y hoy pagamos por ello!

Este sistema donde el responsable de un desastre puede partir con un paracaídas dorado, donde un corredor de bolsa puede hacer perder 5.000 millones de euros a su banco sin que nadie se dé cuenta, donde se exige a las empresas rendimientos tres o cuatro veces más elevados que el crecimiento real de la economía, este sistema ha creado profundas desigualdades, ha desmoralizado a las clases medias y ha fomentado la especulación en los mercados inmobiliarios, de materias primeras y de productos agrícolas.

Pero este sistema—hay que decirlo porque es la verdad—no es la economía de mercado, no es el capitalismo.

La economía de mercado es el mercado regulado, el mercado al servicio del desarrollo, al servicio de la sociedad, al servicio de todos. No es la ley de la jungla, no son beneficios exorbitantes para unos y sacrificios para todos los demás. La economía de mercado es la competencia que reduce los precios, que elimina las rentas y que beneficia a todos los consumidores.

El capitalismo no es el corto plazo, es el largo plazo, la acumulación de capital, el crecimiento a largo plazo.

El capitalismo no es la primacía del especulador. Es la primacía del emprendedor, la recompensa del trabajo, del esfuerzo, de la iniciativa.

El capitalismo no es la disolución de la propiedad, la irresponsabilidad generalizada.

El capitalismo es la propiedad privada, la responsabilidad individual, el compromiso personal, es una ética, una moral, instituciones.

De hecho, el capitalismo ha posibilitado el extraordinario auge de la civilización occidental desde hace siete siglos.

La crisis financiera que vivimos hoy, mis queridos compatriotas, no es la crisis del capitalismo. Es la crisis de un sistema que se ha alejado de los valores más fundamentales del capitalismo, que ha traicionado al espíritu del capitalismo.

Quiero decirlo a los franceses: el anticapitalismo no ofrece ninguna solución a la crisis actual.

Reanudar el colectivismo que tantos desastres provocó en el pasado sería un error histórico.

Pero no hacer nada, no cambiar nada, conformarse con cargar al contribuyente todas las pérdidas y fingir que no ha pasado nada también sería un error histórico.

Mis queridos compatriotas, podemos salir reforzados de esta crisis. Podemos salir y podemos salir reforzados, si aceptamos cambiar nuestro modo de pensamiento y nuestros comportamientos.

Si hacemos el esfuerzo necesario para adaptarnos a las nuevas realidades que se imponen a nosotros. Si actuamos, en vez de padecer.

La crisis actual debe incitarnos a refundar el capitalismo en una ética del esfuerzo y del trabajo, a encontrar de nuevo un equilibrio entre la libertad necesaria y la regla, entre la responsabilidad colectiva y la responsabilidad individual.

Tenemos que alcanzar un nuevo equilibrio entre el Estado y el mercado, cuando en todo el mundo los poderes públicos se ven obligados a intervenir para salvar el sistema bancario del derrumbe.

Debe instaurarse una nueva relación entre la economía y la política mediante el desarrollo de nuevas reglamentaciones.

La autorregulación para resolver todos los problemas, se ha acabado.

El laissez-faire, se ha acabado.

El mercado que siempre tiene razón, se ha acabado.

Hay que aprender de la crisis para que no se reproduzca. Hemos estado al borde de la catástrofe, el mundo ha estado al borde de la catástrofe, no podemos correr el riesgo de empezar de nuevo.

Si queremos construir un sistema financiero viable, la moralización del capitalismo financiero es una prioridad.

No dudo en decir que los modos de remuneración de los dirigentes y de los operadores deben estar enmarcados. Ha habido demasiados abusos, demasiados escándalos.

O los profesionales se ponen de acuerdo sobre las prácticas aceptables o el Gobierno de la República resolverá el problema mediante la ley antes de fin del año.

Los dirigentes no deben tener el estatuto de mandatario social y beneficiar a la vez de las garantías de un contrato de trabajo.

No deben recibir acciones gratuitas.

Su remuneración debe fundarse en los resultados económicos reales de la empresas.

No deben poder optar por un paracaídas dorado cuando han cometido faltas o han puesto a su empresa en dificultad. Y si los dirigentes están interesados por el resultado—es algo positivo—los demás asalariados de la empresa, en particular los más modestos, también deben estarlo, puesto que ellos también participan en la riqueza de la empresa. Si los dirigentes tienen stock options, los demás asalariados también deben tenerlas o beneficiarse de un sistema de incentivos.

He aquí algunos principios sencillos basados en el sentido común y en la moral elemental en los que no cederé.

Los dirigentes perciben remuneraciones elevadas porque tienen grandes responsabilidades.

Pero no se puede querer un buen salario y no asumir las responsabilidades. Ambas cosas van unidas.

Es aún más cierto en el campo de las finanzas.

¿Cómo admitir que tantos operadores financieros salgan ganando, cuando durante años se han enriquecido conduciendo a todo el sistema financiero a la situación actual? Se ha de buscar responsabilidades y los responsables de este naufragio deben, al menos, ser sancionados financieramente.

La impunidad sería inmoral.

No podemos conformarnos con hacer pagar a los accionistas, a los clientes, a los asalariados, a los contribuyentes y exonerar a los principales responsables.

¿Quién podría aceptar algo que sería, ni más ni menos, una gran injusticia?

Además, hay que reglamentar los bancos para regular el sistema, ya que los bancos son el núcleo del sistema.

Hay que dejar de imponer a los bancos reglas de prudencia que incitan primero a la creatividad contable y no a gestionar con rigor los riesgos. En el futuro, habrá que controlar mucho mejor la forma en la que desempeñan su oficio, el modo de evaluación y de gestión de los riesgos, la eficacia de los controles internos, etcétera.

¡Habrá que imponer a los bancos financiar el desarrollo económico y no la especulación!

La crisis que vivimos debe conducirnos a una reestructuración de gran amplitud de todo el sector bancario mundial. Teniendo en cuenta lo que acaba de ocurrir y la importancia de las implicaciones para el futuro de nuestra economía, es evidente que, en Francia, el Estado estará atento y desempeñará un papel activo.

Habrá que enfrentarse al problema de la complejidad de los productos de ahorro y de la opacidad de las transacciones para que cada uno pueda evaluar realmente los riesgos que corre.

Pero también habrá que plantearse preguntas polémicas como la de los paraísos fiscales, las condiciones en las que se realizan las ventas al descubierto que permiten especular vendiendo títulos que no se poseen o la cotización continua que permite comprar y vender en todo momento activos y que influye—como sabemos—en las aceleraciones del mercado y en la creación de burbujas especulativas.

Habrá que interrogarse sobre la obligación de contabilizar los activos al precio del mercado que tanto desestabilizan en caso de crisis.

Habrá que controlar a las agencias de calificación que—insisto en ello—han presentado fallas.

De ahora en adelante, ninguna institución financiera, ningún fondo deben poder escapar al control de una autoridad de regulación.

Pero la reorganización del sistema financiero no sería completa, si a la par no se previera acabar con el desorden monetario.

La moneda está en el centro de la crisis financiera y de las distorsiones que afectan a los intercambios mundiales.

Si no somos cuidadosos, el dumping monetario acabará por engendrar guerras comerciales extremadamente violentas y dará vía libre al peor proteccionismo.

Ya que el productor francés puede obtener todos los beneficios de productividad que quiera o que pueda, puede incluso competir con los salarios reducidos de los obreros chinos, pero no puede compensar la infravaloración de la moneda china.

Nuestra industria aeronáutica puede ser muy eficaz, pero no puede luchar contra la ventaja competitiva que la infravaloración crónica del dólar da a los constructores estadounidenses.

Por tanto, reitero hasta qué punto me parece necesario que los Jefes de Estado y de Gobierno de los principales países concernidos se reúnan antes a fin de año para extraer las lecciones de la crisis financiera y coordinar sus esfuerzos para restablecer la confianza. He realizado esta propuesta de pleno acuerdo con la Canciller alemana, la Sra. Merkel, con quien me he entrevistado y con quien comparto las mismas preocupaciones a propósito de la crisis financiera y sobre las lecciones que vamos a tener que extraer.

Estoy convencido de que el mal es profundo y de que hay que renovar todo el sistema financiero y monetario mundial, como en Bretton Woods después de la II Guerra Mundial.

Así, podremos crear herramientas para una regulación mundial que la globalización y la globalización de los intercambios hacen necesarias.

No se puede seguir gestionando la economía del siglo XXI con los instrumentos económicos del siglo XX.

Tampoco se puede concebir el mundo del mañana con las ideas de ayer.

Cuando los bancos centrales hacen todos los días la tesorería de los bancos y cuando el contribuyente estadounidense va a gastar un billón de dólares para evitar una quiebra generalizada, ¡me parece que la cuestión de la legitimidad de los poderes públicos para intervenir en el funcionamiento del sistema financiero ya no se plantea!

A veces, la autorregulación es insuficiente.

A veces, el mercado se equivoca.

A veces, la competencia es ineficaz o desleal.

Entonces, el Estado tiene que intervenir, imponer reglas, invertir, tomar participaciones, a condición de que sepa retirarse cuando su intervención ya no sea necesaria.

No habría nada peor que un Estado preso de los dogmas, preso de una doctrina rígida como una religión.

Imaginemos cómo estaría el mundo, si el Gobierno estadounidense no hubiese hecho nada frente a la crisis financiera, con el pretexto de respetar una supuesta ortodoxia en materia de competencia, de presupuesto o de moneda.

En estas circunstancias excepcionales en las que la necesidad de actuar se impone a todos, llamo a Europa a reflexionar sobre su capacidad para hacer frente a la urgencia, a concebir de nuevo sus reglas, sus principios, extrayendo lecciones de lo que ocurre en el mundo.

Europa debe dotarse de los medios necesarios para actuar cuando la situación lo exige y no condenarse a padecer.

Si Europa quiere preservar sus intereses, si quiere poder intervenir en la reorganización de la economía mundial, debe iniciar una reflexión colectiva sobre su doctrina de la competencia—a mi juicio, la competencia es sólo un medio y no un fin en sí—, sobre su capacidad para movilizar recursos para preparar el futuro, sobre los instrumentos de su política económica, sobre los objetivos asignados a la política monetaria.

Sé que es difícil porque Europa incluye 27 países, pero cuando el mundo cambia, Europa también debe cambiar. Debe ser capaz de transformar sus propios dogmas.

No puede estar condenada a la variable de ajuste de las demás políticas, por no disponer de medios para actuar. Y quiero hacer una pregunta seria: si lo ocurrido en Estados Unidos hubiese ocurrido en Europa, ¿con qué rapidez, con qué fuerza, con qué determinación se habría enfrentado Europa, con las instituciones y los principios actuales, a la crisis?

Para todos los europeos, es evidente que la mejor respuesta a la crisis debería ser europea.

En mi condición de Presidente de la Unión, propondré iniciativas en este sentido en el próximo Consejo Europeo del 15 de octubre.

Nicolás Sarkozy

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