LEA #308

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No para la sangría de las bolsas en el mundo, y el precio del barril de petróleo sigue palo abajo. La causa de estas cosas es la misma: hemos entrado en una recesión económica mundial. En toda Asia, en Europa, en América del Sur y del Norte, los valores caen. Y tal como la ingente ayuda financiera a los mercados financieros y a las instituciones bancarias no logra restituir todavía la confianza, el globo de ensayo lanzado por la OPEP—un recorte anunciado de tres millones de barriles diarios en su producción—obtuvo una ligera mejoría de los precios del crudo para que al poco rato prosiguiera su declive. El West Texas Intermediate cerró ayer a US$ 66,75, o 5,43 dólares por debajo de la víspera; el Brent del Mar del Norte bajó su precio a US$ 63,96, nivel que no veía desde mayo del año pasado. Otra burbuja que explota y nos afecta de manera muy directa. El gobierno venezolano elaboró imprudentemente su presupuesto de 2009 según un estimado de US$60 por barril (casi el doble del estimado de 2008), y ya Chávez ha tenido que salir para opinar que si el precio no baja de US$ 55 podría capear el temporal; más bien, que el temporal sería para nosotros un simple aguacero fuerte.

Es de esperar una reformulación del presupuesto nacional, y habrá que ver si el presidente venezolano prefiere sacrificar a Cristina Kirchner o a Daniel Ortega que a nosotros, si le quedan ganas de comprarse—¿para qué?—el Banco de Venezuela.

Que el país entra en la recesión mundial con un nivel bastante alto de reservas internacionales es seguramente una cosa buena; que ellas sean suficientes para mantener el dispendio gubernamental es otra cosa muy distinta. Deberemos conformarnos con menos submarinos que los que habíamos encargado. ¡Qué se va a hacer!

Habrá que diferir sueños de mayor inversión en infraestructura, y Caracas tendrá que aguantar su espantoso tráfico, a punto de coagulación. Anzoátegui, estado al que CADAFE ya le ha anunciado racionamiento del suministro, pudiera verse en una dieta eléctrica más prolongada. Los pagos del gobierno, ya bastante atrasados, se harán más viscosos todavía. Los motores de la revolución sufrirán ahogo, y las protestas crecientes tendrán que ser manejadas estáticamente, desde un fortín. No será posible celebrar como se debe la próxima visita de la flota de guerra rusa, pues nos movemos hacia el déficit fiscal y la inflación seguramente superará, en términos bolivarianos fuertes, el 30% en año electoral.

Es ahora cuando la retórica revolucionaria se verá en problemas, cuando será exigido al máximo el verbo presidencial. Si la corrupción más grande que haya visto Venezuela había sido tolerada mientras había para todo el mundo, ahora será chispa que puede incendiar una sabana de indignación. Vamos a ver cómo es que hace el gobierno para apagar los múltiples incendios, en época de sequía de la hacienda.

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CS #308 – Mundo nuevo y bueno

Cartas

Arturo Schopenhauer (1788-1860), no cabe duda, fue un importante filósofo alemán. Fue también un destacado machista, práctico y teórico. En Parerga y Paralipómena, por ejemplo, escribió: “Las mujeres están directamente capacitadas para actuar como las enfermeras y maestras de nuestra niñez temprana por el hecho de que ellas mismas son infantiles, frívolas y de cortas miras; en una palabra, son niños grandes toda su vida, una suerte de etapa intermedia entre el niño y el hombre maduro, que es el hombre en el estricto sentido de la palabra”. Más conocida, naturalmente, es su lapidaria y superficial sentencia: “La mujer es un animal de cabellos largos e ideas cortas”.

Esta postura machista, que desarrollaría extensamente en ensayos— uno de sus “Estudios sobre el pesimismo”, en los que trata temas tan aleccionadores como la vanidad de la existencia humana y el suicidio, se llama simplemente “Sobre las mujeres”—iba de la mano con otros prejuicios, algunos de los cuales llevan resonancia racista, o al menos una fuerte carga antiétnica. Así, por caso, escribió la siguiente lindeza: “En otros continentes hay monos; en Europa hay franceses; eso nos compensa”. Debe uno decir en su descargo, no obstante, que tan insultante evaluación no era etnocéntrica; pocas líneas más adelante dice cosas peores del pueblo alemán y reniega de su propio gentilicio.

El amargado caballero que era Schopenhauer fue, por supuesto, un personaje del siglo XIX, pero su cinismo o su racismo no son cosas que hayan desaparecido. Tan pronto como Colin Powell expresó su apoyo a la candidatura de Barack Obama surgieron “análisis” que explicaban su posición como el apoyo de un hombre negro a otro de su misma raza. Pero esa opinión, pobre intento de algunas almas WASP (White Anglo-Saxon Protestant) por moderar el considerable impacto del aval de Powell, no es en absoluto la prevaleciente. Alexandra Marks, blanca, anglosajona y protestante, periodista del equipo editorial en The Christian Science Monitor, escribió ayer desde Oxford, Mississippi (Surging Obama campaign suggests US racism on the wane): “El tema racial ha estado entreverado en la historia de los Estados Unidos desde sus inicios. Ha sacado a la luz lo mejor y lo peor de la nación, desde el coraje de los militantes de los derechos civiles hasta el terrorismo asesino del Ku Klux Klan… A medida que se acerca el día de las elecciones, el senador Obama amplía su ventaja sobre su rival, el senador John McCain, a dos dígitos. Encuestas recientes también muestran que el 91% de los estadounidenses dice sentirse cómodo con la idea de tener un presidente afroamericano”. Marks cita a William Winter, ex gobernador de Mississippi blanco, anglosajón y protestante, y que para colmo sirvió en la Segunda Guerra Mundial como soldado en Filipinas: “La elección de Barack Obama como Presidente de los Estados Unidos sería la más grande cosa para la reconciliación y la comprensión raciales que pudiera ocurrir en este país, y creo que significaría mucho para nosotros tenerlo como un líder en el mundo y ser capaces de señalarlo como Presidente de los Estados Unidos”.

Y lo que el negro Powell dijo del mulato Obama fue: “Creo que necesitamos una figura transformadora. Creo que necesitamos un presidente que sea un cambio generacional, y es por eso que estoy apoyando a Barack Obama”.

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Hace unos días, la cadena CNN presentaba un interesante capítulo de su serie “Destinos”, dedicado a mostrar al Paraguay como atractivo país para la visita turística. Al tiempo que mostraba hermosos parajes y significativos elementos de cultura, el programa entrevistaba a varios visitantes, la mayoría de otros países sudamericanos, aunque también de uno que otro europeo. Una pareja muy joven, procedente de Colombia, fue igualmente requerida por los periodistas, y sus respuestas sobresalieron nítidamente respecto de las de los restantes entrevistados, por más que ninguna de estas últimas dejó de ser atinada y positiva. El contenido concreto de las respuestas juveniles no tuvo nada fuera de lo común; la diferencia estuvo en el tono natural de sus observaciones. Cosas como la hermandad primordial de pueblos distintos, la importancia de la cultura autóctona, la igualdad de hombres y mujeres, no eran dichas como declaración solemne o programas políticos, sino con la misma naturalidad con que uno hablaría de la lluvia o una sopa cotidiana. No hacían el menor esfuerzo por convencer a nadie, puesto que daban su discurso por sentado, comme il faut, as a matter of fact. Ni siquiera estaban conscientes de su propia frescura: se trataba, simplemente, de la visión inmediata de la juventud. Cambio generacional, como el que Powell ha pedido.

El mundo va a ser mejor porque llegarán los jóvenes con esa perspectiva. Cuando vengan a ocuparse de la cosa pública no tendrán que ser convencidos de la importancia de preservar el planeta, porque serán ecólogos natos; no pasarán trabajo con la diversidad cultural del mundo, pues habrán nacido en la globalidad; no conocerán el prejuicio étnico, ya que las vallas publicitarias multirraciales de los colores unidos de Benetton serán historia remota, convertida por el tiempo en el modo estándar de la percepción. No serán locales.

Esto no es poesía, o deseo ingenuo. De un observador tan intenso y agudo como Kevin Kelly escuchamos esto (That We Will Embrace the Reality of Progress):

Soy optimista acerca de lo único que, por definición, podemos ser optimistas: el futuro. Cuando anoto lo positivo y lo negativo que hoy trabajan en el mundo, veo progreso. El mañana luce como que será mejor que hoy. No sólo en progreso para mí, sino para todo el mundo en el planeta tanto en conjunto como en promedio… Como dijera una vez el rabino Zalman Schacter-Shalomi: ‘Hay más bien que mal en el mundo, pero no por mucho’. Inesperadamente, ‘no mucho’ es todo lo que necesitamos cuando tenemos el poder del interés compuesto en operación. El mundo sólo necesita ser 1% mejor (o incluso una décima de por ciento mejor) cada día para acumular civilización. En tanto creemos 1% más de lo que destruimos cada año, tendremos progreso. Este incremento neto es tan pequeño que es casi imperceptible, especialmente ante el 49% de muerte y destrucción que nos afronta. Sin embargo, este minúsculo, delgado y tímido diferencial genera progreso”.

No se trata, por tanto, de negar el mal social en el mundo. Allí está, pero está allí para superarlo, y en más de un caso es posible progresar en proporciones mayores que la medida por Kelly.

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No se trata de negar que los venezolanos, en particular, confrontamos dificultades grandes. Pero a pesar de la fuerza del mal, de la patología de una voluntad de poder totalitario, una voluntad más grande va logrando progresos. Los resultados del 2 de diciembre de 2007 eran impensables cuando comenzaba ese año, como parecía improbabilísimo el grado de cohesión candidatural que las opciones no oficialistas han logrado para las inminentes elecciones estadales y municipales. Hay casos casi incomprensibles, como la conducta en Chacao de Leopoldo López, que quisiera controlar el poder de ese municipio por persona interpuesta, o la de Manuel Rosales, que aún pretende ser el líder nacional opositor mientras busca pegarse de un presupuesto municipal una vez que ya no puede seguir disponiendo del zuliano. Pero son los menos.

Es un progreso enorme que la oposición radical, la de los atajos insurreccionales, haya sido reducida a una mínima expresión. Y es una bendición que la inteligencia general de los venezolanos continúe, a pesar de la obscena y prolongada propaganda del gobierno, rechazando muy mayoritariamente el modelo político castrista y apoyando decididamente el régimen de propiedad privada. Es saludable que un político tan significativo como Teodoro Petkoff haya acogido la fórmula de “tanto mercado como sea posible, tanto gobierno como sea necesario”.

Como el año pasado, el pueblo rumia su próxima actuación electoral, mientras sube el tono y frecuencia de la protesta social. Por más que el Presidente de la República abandona sus obligaciones juradas, para dedicarse cada día a campañas electorales que no son suyas, crece el desengaño en sus propias filas. Hace poco se escribió acá: “El suscrito conoce de cerca partidarios suyos que ya lo desahucian, tan evidente es su agresiva enfermedad. Incapaces de admitir la restauración de antiguos usufructuarios del poder, se quejan de no distinguir en el paisaje la figura de un outsider, empleando el mismo término que introdujera a comienzos de los ochenta, cuando ya era obvio el desarreglo político del país, el oráculo que fuera Gonzalo Barrios”.

Todavía falta mucho trabajo, pero hay aprendizaje. Falta ir más allá del neurótico ritual cotidiano de Miguel Ángel Rodríguez y Leopoldo Castillo, que todos los días acusan valientemente, pero no refutan. Aún no se ha logrado establecer otro plano, superior, de discurso, desde el que sea posible decir que fue prudente la movilización de depósitos públicos venezolanos de bancos estadounidenses hacia bancos suizos y al mismo tiempo arropar y apagar el fuego destructor del verbo y la intención presidenciales.

Pero es que nuestras elecciones de noviembre no son sino una etapa más, y vendrán luego las de la Asamblea Nacional, para las que quedarán dos años enteros de preparación. No será fácil, pero no es imposible saldar el aprendizaje y los logros de este año para alcanzar una participación legislativa nacional que haga imposibles nuevas leyes habilitantes o viajecitos presidenciales de más de cinco días. Es posible una nueva mayoría en la Asamblea Nacional.

La necesidad de progreso nos convoca. Venezuela será mejor porque hemos venido aprendiendo. Aunque se logre menos de lo que se aspira—todavía puede trabajarse mejor la cosa—, el 24 de noviembre el país estrenará nuevo traje político, y éste será el de una reducción de la hegemonía regional oficialista. Si además se cuenta, como propone Ángel Oropeza, ya no sólo el número de gobernaciones o alcaldías arrancadas al chavismo, sino el total nacional de los votos que no le favorezcan, podrá presentarse un resultado positivo sólido, mucho mayor que el paciente 1% de progreso que Kevin Kelly estima suficiente para la humanidad entera.

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Y ajenas elecciones de noviembre nos convendrán. El triunfo de Barack Obama luce indetenible, y así como en Venezuela andan de capa caída los golpistas y los magnicidas, no hay en estos momentos en los Estados Unidos una cábala tan capaz como la que asesinó a dos Kennedy y a Martin Luther King en cinco años apenas. Es más, un intento de eliminar criminalmente a Obama, en circunstancias tan críticas como las que viven los Estados Unidos, bien pudiera llevar a esta nación a una catástrofe mayor. En la pieza que Alexandra Marks escribió para The Christian Science Monitor, la periodista reporta la opinión de una voz aislada que cree que los Estados Unidos no están preparados para un presidente afroamericano. Y dice: “Pero cuando las encuestas continúan dando a Obama una sólida ventaja, otros están fuertemente en desacuerdo. Y están preocupados con lo que pudiera pasar si Obama no triunfa el 4 de noviembre. ‘Creo que habría un caos’, dice Jimmy Gray, un pastor vendedor de frutas en Georgia, que es negro. ‘Hay demasiada gente lista para un nuevo país y una nueva visión, y usted vería al 50 por ciento del pueblo, que apoya a Obama, rebelándose contra cualquier otro gobierno que se pusiera allí’.”

Desde este puesto de observación se anticipa que el triunfo de Barack Obama será contundente. Los vientos de cambio se han desatado en los Estados Unidos, como lo demuestra la cantidad de nuevos votantes que se han inscrito en número inusitado, como lo manifiesta la afluencia numerosa de votantes adelantados en los estados donde se permite la votación temprana. Associated Press reportaba ayer: “Números sin precedentes de votantes tempranos en Florida y otros estados del sur han obligado a los funcionarios electorales a añadir equipo, extender los horarios y distribuir agua y asientos para acomodar a la gente mientras espera durante horas en los sitios de votación”. Las encuestas, aun con una tendencia favorable a Obama que crece por horas, subestiman lo que ocurrirá en menos de dos semanas.

Un negro en la Casa Blanca. No es tiempo de Lo que el viento se llevó; es tiempo de lo que el viento trajo. Ahora le toca, por fin, a un negro. A un estadista que Carolina Keneddy cree que pudiera ser un presidente como su padre: un presidente de los Estados Unidos que dejará a Hugo Chávez sin su coartada favorita. Ya le veremos acomodando el discurso para decir que ahora la cosa es distinta.

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El 17 de abril de este año moría en su patria, Martinica, un grande poeta negro: Aimé Césaire, que alguna vez habló “sobre las grietas de nuestros labios de Orinoco desesperado”. Esto prometió en vida:

“Yo reencontraré el secreto del gran diálogo, el secreto de las grandes combustiones. Diré tormenta, río, diré tornado. Diré hoja. Diré árbol. Me mojarán todas las lluvias, brillaré humedecido por todos los rocíos. Igual que la sangre arrebatada en la corriente lenta del ojo de las palabras, como caballos furiosos, como niños muy pequeños, como coágulos, cubrefuegos, como ruinas de templo, como joyas, correré lejos, lo suficientemente lejos como para desalentar a los mineros. El que no me entienda, tampoco entenderá el rugido del tigre. Soy el que canta con la voz aherrojada en el jadeo de los elementos. Es dulce ser nada más que un pedazo de madera, un corcho, una gotita de agua en las aguas torrenciales del comienzo y del fin. Es dulce abandonarse en el corazón destrozado de las cosas. La poesía nace con el exceso, la desmesura, con la búsqueda acuciada por lo vedado”.

Como los estadounidenses dentro de pocos días, hagamos diecinueve después poesía.

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FS #217 – Mercado político

Fichero

LEA, por favor

Es evidentísimo que la instauración del régimen chavista en Venezuela, desde 1999, constituye un proceso que en términos oncológicos es canceroso: agresivo, invasivo, maligno. Y puede tenérsele por tal porque su aparición en el teatro político venezolano no se debe a la inoculación de un virus dañino por la vía de un vector externo: un anofeles o un zancudo patas blancas. El chavismo estaba, en estado latente, dentro del cuerpo nacional.

Pero el muy preocupante cuadro clínico que el chavismo representa no es la única enfermedad del sistema político venezolano; antes de 1992, cuando se observara el signo precoz del chavoma por primera vez, ya el aparato político estaba aquejado por el grave síndrome de una insuficiencia política generalizada. Esta expresión cabe perfectamente; el médico habla de insuficiencia renal cuando el aparato urinario no filtra la sangre como debe, o de insuficiencia cardiaca cuando el corazón no bombea la sangre con la presión requerida. La función del aparato político es la de resolver problemas de carácter público; no otra cosa lo justifica. En consecuencia, cuando no lo hace es justo diagnosticarlo como insuficiente.

¿Desde cuándo estuvo presente en Venezuela este cuadro de insuficiencia política? Por lo que atañe a la intuición popular, los estudios de opinión comenzaron a detectar un desapego de los electores en relación con los partidos a comienzos de los ochenta (encuesta Gaither de agosto de 1984). Ya la campaña electoral de 1983 había sido muestra de la fatiga de los ciudadanos ante las ofertas tradicionales de los candidatos. (“El venezolano que asistió a cualquiera de las innumerables reuniones que poblaron, como a cualquier otra, la batalla electoral de 1983, estaba más preocupado por el país en su conjunto, clara y evidentemente enfermo, que por el interés sectorial de su inmediata incumbencia. De allí el éxito de la vaga promesa del ‘Pacto Social’ por Jaime Lusinchi, pues si abstracta e imprecisa, al menos tenía la virtud de ser formalmente una panacea”. Krisis, Memorias Prematuras, 1986).

Para febrero de 1985, mientras Lusinchi no había aún cumplido la mitad de su período, fue posible elaborar un documento que dibujaba lo que pudieran ser los rasgos de una organización política con un código genético distinto del de un partido tradicional. Una sección del mismo, reproducida en esta Ficha Semanal #217 de doctorpolítico, inventariaba la oferta del “mercado político” venezolano. La evaluación allí contenida acerca de las ofertas—el VII Plan de la Nación cuyo diseño fuera liderado por Luis Raúl Matos Azócar y Ana Julia Jatar, las proposiciones del Grupo Roraima, etcétera—continúa siendo en gran medida válida para describir las ofertas actuales. (Las no chavistas; el chavismo es caso aparte y mucho más grave).

Falta asistir a una verdadera transformación en el paradigma político prevaleciente, que sigue siendo el mismo de la política de poder: uno en el que la legitimación política tiene que ver menos con nuestra propia positividad que con la negatividad del contrario.

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Mercado político

Lo que se está ofreciendo al país en momentos de obvia crisis es insuficiente. El gobierno, por ejemplo, el que, dicho sea de paso, ha cumplido un primer año de casi máxima eficiencia dentro de los viejos marcos en los que opera, no ha hecho otra proposición substancial que la oferta del llamado “pacto social” y la adopción de un estilo de gobierno que ofrece un contraste favorable respecto de otros anteriores. Pero el “pacto social” no es otra cosa que un instrumento, una herramienta. Es una herramienta, para comenzar, que no tiene nada de nueva. Es el viejo instrumento del diálogo o del consenso, de la concertación o del acuerdo, con el viejo nombre que vuelve a estar de moda de “pacto social”. Y es una herramienta, por lo demás, que para algunos importantes analistas requiere un substrato de relativa prosperidad para ser manejada. Pero no hay en esa proposición instrumental del “pacto social” una visión del país, una concepción del Estado, mucho menos un programa.

Tampoco se puede llamar programa del gobierno a los lineamientos para un VII Plan “de la Nación” puesto que aún el gobierno no lo reconoce como su proposición, y sobre todo cuando hemos sido testigos de la forma como se separó de su cargo el campeón de ese documento. Sin embargo, la proposición está allí; ¿qué encontramos en ella?

Los primeros componentes de lo que habría sido el VII Plan “de la Nación” revelaron un intento por mejorar la metodología con la que se había venido arribando a los planes “de la Nación”, los que debieran ser el atado de las políticas más importantes y más a largo plazo de la gestión de gobierno. Nuevamente, pues, una preocupación por la herramienta que en este caso representó un intento más o menos serio por mejorar.

Luego puede encontrarse en los lineamientos del VII Plan un conjunto meramente enumerativo de los que se considera “los” problemas nacionales. No hay a su lado una enumeración de oportunidades que nos salve de otra de esas listas abrumantes y castradoras de nuestro lado calamitoso. No hay allí una verdadera trabazón diagnóstica de los problemas enumerados. Ni siquiera puede considerarse a esa lista, más aún, una taxonomía completa, pues más de un profundo problema ha quedado sin incluir. Como tal enumeración problemática, contribuye a la depresión de la psicología nacional sin postular al menos una verdadera explicación de esa problemática.

En cuanto a las soluciones se las ofrece de tres clases: primera, una lista de estados deseables (más democratización, mejor distribución de la riqueza, etcétera), lo que obviamente no es la solución sino el estado que se alcanzaría después de aplicar las soluciones que no se proponen; segunda, una fórmula procedimental de obtener las soluciones—otra vez—por consenso de “sectores representativos”; y, tercera, la “solución” del “sector económico de cooperación”. Se nos dice que por esto último debe entenderse la implantación—tampoco detallada en su aplicabilidad—de nuevas variantes de la propiedad de medios de producción. (En el mundo se están dando, con éxito, nuevas formas de asociación productiva de modo espontáneo, pero es difícil entender cómo podría manejarse un proceso así desde un centro gubernamental). Los lineamientos del VII Plan no son, en consecuencia, una solución suficiente o pertinente.

Otros actores—los partidos—proponen, básicamente, o un apoyo al gobierno o una oposición. Ambos se rigen por una regla de silencio y control por parte de pequeños círculos o “cogollos”, lo que hace aún menos probable en ellos la emergencia de proposiciones de refrescamiento. El “principal partido de la oposición” ha propuesto un programa compuesto del “objetivo” de oponerse “vigorosamente” al gobierno actual y el de recuperar el control del poder público en la próxima oportunidad electoral. Para más tarde se propone realizar un evento bajo la guisa de un “congreso ideológico”, pues vagamente barrunta que debe haber algo fundamentalmente malo en su forma de comprender lo político. Será un evento que difícilmente puede ofrecerle, a posteriori, una justificación para haberse opuesto que no sea la del mero deseo de recuperar el poder, que es la que hasta ahora han ofrecido. Recientemente, luego de volver a leer en la opinión pública un rechazo cada vez más generalizado a la gestión de los actores políticos tradicionales, ese partido ha desempolvado para proponer al gobierno una suerte de agenda de concertación, en la que efectivamente sólo puede hallarse otra enumeración incompleta de áreas en las que “deberían” ponerse de acuerdo, sin que, por supuesto, tal agenda haya sido acompañada de un conjunto equivalente de proposiciones concretas sobre el manejo de cada área. Ocasionalmente, es cierto, algún “equipo” de ese partido emite consideraciones y algunas proposiciones en torno a ciertas coyunturas particulares, en las que las diferencias que logra establecer respecto de las líneas gubernamentales son usualmente diferencias de grado.

De otros lados ha surgido, en aprovechamiento de una “moda de la derecha” y ante la evidencia del preocupante desempeño económico, dos proposiciones cuya asociación no es todavía definitiva. Un grupo de jóvenes empresarios ha patrocinado la realización de un estudio acerca del reciente proceso económico nacional, estudio en el que se incluyen proposiciones de cambio en la política económica general hasta ahora seguida por los gobiernos venezolanos. El estudio es demasiado limitado y puntual como para que pueda considerársele una proposición global, pues no considera sino aspectos económicos e incurre en algunas apreciaciones inexactas, como cuando hace residir el mayor peso de la explicación de la problemática en el modelo de desarrollo aplicado por países que experimentaron un auge petrolero. Tiene sin embargo este estudio el inestimable valor de haber apuntado en la dirección correcta cuando sugiere que lo que es necesario cambiar son los “axiomas” en los que se ha sustentado la política económica.

Hasta cierto punto asociado a esa proposición ha resurgido un discurso liberal que propone una generación de relevo opuesta al Estado, el que es visto como la explicación última de casi todos los males. Acompañan a esta reedición del liberalismo seudoexplicaciones de nuestro “subdesarrollo” tan manidas como la de este tenor: “…una naturaleza sobreprotectora, que nos ha dotado a la vez de un clima benigno y de riquezas naturales, que no exigen otro sacrificio que la extracción, ha ido estimulando en nosotros… la certidumbre de que nos basta extender la mano para que el pan llueva sobre ella, y por esa vía, ha fomentado en nosotros la irresponsabilidad, la pereza y la sensación de que siempre algún milagro nos rescatará de la miseria, sin necesidad de que ofrezcamos nuestro esfuerzo a cambio”.  Son explicaciones que forman familia con las de una supuesta “huella perenne” o mala calidad del “material humano” nacional, en las que el pronombre “nosotros” de alguna manera deja de aplicarse al explicador de turno. (Los explicadores de esta clase no suelen concebirse como formando parte de ese “material humano”).

No es suficiente, sin embargo, destacar las obvias negatividades del “Estado” ni ofrecer la perogrullada de que debe venir un “relevo”, menos aún cuando lo que pareciera sugerirse es que el relevo simplemente debe darse de ciertos políticos por ciertos empresarios, o cuando se fundamentan los diagnósticos en semiverdades que no hacen otra cosa que denostar del grupo humano nacional. Además, el relevo que no obstante es necesario, no es un relevo de generación sino un relevo de competencia.

Otras voces menos poderosas han propuesto otras direcciones, y durante la campaña electoral pasada hubo algunos planteamientos más profundos respecto del problema de Estado y el problema de Gobierno. Unos, lamentablemente, han estado excesivamente asociados a una actitud de escándalo moralizante o no se han emancipado todavía de fundamentaciones invigentes. Otros fueron ofrecidos a comandos de campaña de actores políticos tradicionales, quienes los rechazaron al encontrar que iban en dirección distinta a la que le permite concebir su estructura de prejuicios y, muy principalmente, porque habrían requerido la descomposición de su red de aversiones y enemistades.

Esta es, a grandes rasgos, la oferta política nacional. Su caracterización más sencilla consiste en darse cuenta de que se trata de una oferta política cualitativamente insuficiente.

Esto se traduce, a la hora de evaluar los actores políticos, en una calificación de los actores políticos tradicionales como incompetentes.

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LEA #307

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El ministro Andrés Izarra, encargado del despacho “del poder popular” para la Comunicación e Información, ha puesto el grito en el cielo por ácidos comentarios del editor Rafael Poleo, aireados en el programa de Globovisión, Aló Ciudadano, que dirige el periodista Leopoldo Castillo. Poleo, con quien esta publicación ha estado en frecuente desacuerdo, comparó a Hugo Chávez con Benito Mussolini, y expresó su preocupación de que nuestro Presidente pudiera tener un fin parecido al del líder de los fascistas originales—no acepte imitaciones—, los italianos.

Castillo advirtió a Poleo que esa opinión pudiera ser entendida como incitación a delinquir, y es precisamente ésa la línea asumida por Izarra. Con esa interpretación clamó a CONATEL y a las instituciones de la justicia venezolana, para que se tomara cartas en el asunto, las que serían contrarias a Poleo, Castillo y Globovisión.

Con el propósito de denunciar al autor de esta nota por similar delito, se reproduce aquí texto publicado en el #16A (Extra) de esta carta, con fecha del 5 de diciembre de 2002, seis años antes del atrevimiento de Poleo. Iba como sigue:

“Es el enjambre, Presidente, lo que puede perfectamente matarle. No un asesino a sueldo, no un asalto militar. Ud. pudiera morir como Mussolini sin Petacci… Ojalá no. Pero si llegara a ser, en desagravio a Bolívar, que su cuerpo colgara de un poste, amoratado, herido de mordiscos y cuchillos, mojado de saliva ajena, desnudo y de cabeza de un árbol de la Plaza Bolívar, Ud. recordará otro árbol señero, al que nunca conoció frondoso, ante el que una vez juró su desatino”.

En la cita está claro que no se le desea tal fin al Presidente, y desde estas mismas líneas se ha declarado estúpidas las iniciativas de conspiración en torno a golpes de Estado o intentos de magnicidio, tan recientemente como hace tres semanas.

Pero hay que tener tupé para encontrar incitación al delito por opiniones como las emitidas por Poleo o el suscrito. Si Izarra fuese capaz de una mínima objetividad, debiera percatarse de que su jefe, en aplicación del criterio que ha esgrimido rayando en la histeria, sería culpable, en grado de continuidad muy pertinaz, de incitar al delito prácticamente cada vez que abre la boca. Y sus seguidores, de rango mayor o menor, repiten la peligrosa conducta. Entre los poco importantes, sin ir muy lejos, se cuenta la ciudadana Lina Ron, que comentando el más reciente artefacto explosivo lanzado a Globovisión, y aprobando de un todo la iniciativa de quienes se atribuyeron la autoría, declaró sin ambages que esa planta televisora era “objetivo militar”.

Hasta hoy, ni el ministro Izarra, ni el ministro El Aissami—que el día del atentado se atrevió a exigir a los periodistas cómo debía reportarse el hecho—han siquiera condenado las declaraciones de Ron (no precisamente Santa Teresa), y mucho menos han buscado que caiga sobre ella el peso de la ley por tan inequívoca incitación a delinquir. Probablemente esperan que la combativa chavista emita su aprobación de la bomba lacrimógena y los panfletos lanzados en el periódico que edita Poleo.

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CS #307 – Negro en la Casa Blanca

Cartas

Mientras debatían en Long Island los principales aspirantes a la Presidencia de los Estados Unidos, los agentes bursátiles de Asia hacía tiempo que se habían levantado a vender lo que pudieran. Habiendo cogido seña del índice Dow Jones—baja de 733 puntos ayer, la segunda más grande en su historia—, todas las bolsas asiáticas se despertaron—“Ya es mediodía en China”, diría Luis Chataing—en un empinado tobogán. Australianos y neozelandeses arrancaron a la baja y, como efecto dominó, cada bolsa del Extremo Oriente cayó por una pendiente. Al receso del almuerzo, la bolsa japonesa había perdido 9,55% (descenso de casi 912 puntos en el índice Nikkei), las de Hong Kong y Singapur 6% cada una, la de China 4%, la de Indonesia 4,7%, la de Filipinas 5% y la de Corea del Sur 7%. Atención Chocolates El Rey: el primer ministro Aso pidió cacao desde Japón: dijo que los Estados Unidos deben aumentar su plan de salvamento, que considera insuficiente.

No muy lejos de Wall Street, cruzando el East River, Barack Obama y John McCain se midieron en debate por tercera y última vez en la campaña electoral estadounidense de 2008. A la confrontación había llegado en ventaja el primero de los nombrados. Desde que explotó la crisis bursátil—el lunes 29 de septiembre—, los sondeos de opinión política registraron un desplome equivalente de la popularidad de George W. Bush y un masivo traslado de intención de voto a favor de Obama, al punto de darle ventaja de dos dígitos, por primera vez en la campaña, sobre McCain.

El desplazamiento tiene cierta lógica. Por una parte, es el tema de la crisis financiera y la recesión que, ahora se sabe, la precedía, el nuevo punto focal de las elecciones en los Estados Unidos. Y como una marcada mayoría de dos a uno entre los electores supone que Obama puede capear el temporal mejor que McCain, es natural que el primero haya tomado más distancia del segundo. Luego, la selección de Sarah Palin, Gobernadora de Alaska, como compañera de fórmula, le ha representado a McCain más costo que beneficio; no llega a 30% la proporción de votantes que creen que Palin está preparada para encargarse de la presidencia, y McCain, después de todo, tiene 73 años de edad. Finalmente, en los últimos días la campaña del republicano aumentó los ataques personales contra Obama—Palin lo acusó de encompincharse con terroristas—y este giro ha caído mal a la mayoría de los electores estadounidenses.

………

¿Por qué ocuparse de una campaña en el norte cuando sólo treinta y ocho días nos separan de un importante certamen electoral en Venezuela? La respuesta es obvia: quiéralo o no el gobierno venezolano, la economía nacional está estrechamente acoplada a la de los Estados Unidos, que son nuestro principal socio comercial, y desde que Hugo Chávez gobierna la relación política con ese país ha sido su constante obsesión y su más útil coartada. Ayer reconoció que el desarrollo de la crisis podía significar que continuara cayendo el precio del petróleo; en esto no se llama a engaño.

Pero es que, además, el destino de los Estados Unidos, tanto económico como político, es de suprema importancia para todo el mundo, y durante la presidencia de George W. Bush la reputación de los Estados Unidos ha sufrido grande erosión. Prácticamente en cada rubro de interacción con el exterior, los Estados Unidos se han conducido poco solidariamente con el resto de los países. Para 2007, por ejemplo, la oficina del Secretario General de las Naciones Unidas conjuntamente con la agencia española DARA, dedicada a la evaluación de la ayuda internacional en el mundo, publicó una lista de veintitrés naciones ordenada según su “índice de respuesta humanitaria”; los Estados Unidos ocuparon el puesto dieciséis, detrás de Suecia, el líder, y de Noruega, Dinamarca, Holanda, la Comisión Europea, Irlanda, Canadá, Nueva Zelanda, el Reino Unido, Suiza, Finlandia, Luxemburgo, Alemania, Australia y Bélgica. En materia de solidaridad internacional, los Estados Unidos sólo superaron a España, que le siguió muy de cerca, y a Japón, Francia, Austria, Portugal, Italia y Grecia. Esto, sin contar su conducta autoproteccionista en las rondas de la Organización Mundial de Comercio o sus reticentes posturas respecto del Protocolo de Kyoto.

Por supuesto, la guerra en Irak ha contribuido grandemente al descrédito de los Estados Unidos. Antes de los ataques del 11 de septiembre de 2001, e incluso antes de tomar posesión por primera vez de la presidencia de su país, ya George Bush tenía a Irak entre ceja y ceja, como documentara abundante y detalladamente Bob Woodward en Plan of Attack: “Comenzando enero de 2001, antes de que George W. Bush tomase posesión, el vicepresidente electo Dick Cheney envió un mensaje al secretario de defensa saliente, William S. Cohen, un republicano moderado que prestó sus servicios en la administración demócrata de Clinton. ‘Realmente necesitamos informar al presidente electo sobre algunas cosas’, dijo Cheney, añadiendo que quería una ‘discusión seria acerca de Irak y las diferentes opciones’. El presidente electo no debiera recibir el rutinario y enlatado paseo por el mundo que normalmente se ofrece a los presidentes entrantes. El Tema A debía ser Irak”. (En la Ficha Semanal #6 de doctorpolítico, 3 de agosto de 2004).

La guerra contra Irak fue predicada sobre dos argumentos: que el régimen iraquí auspiciaba a los terroristas de Al Quaeda y que almacenaba peligrosísimas armas de destrucción masiva. Ninguna de las acusaciones resultó ser cierta, y la presencia militar estadounidense en el país de Las Mil y Una Noches protegió la lucrativa intervención de Halliburton, empresa en la que el vicepresidente Cheney—y la petrolera familia Bush—tenía obvio interés.

A continuación, el gobierno de Bush permitió la tortura de prisioneros de esa guerra, y protegió la práctica con aberrantes doctrinas que suspendían los derechos humanos de sus rehenes, alegando que no eran merecedores de trato humanitario. No contento con eso, el gobierno norteamericano buscó, bilateralmente, la inmunidad de sus funcionarios ante eventuales juicios contra agentes suyos por crímenes de guerra que pudieran perpetrar: “Pero en lo que sí se comportan los Estados Unidos como descarados hegemones es en su decisión de suspender su ayuda militar—incluyendo el adiestramiento—a 35 países que apoyan a la Corte Penal Internacional pero no han ‘exceptuado’ a los Estados Unidos de eventuales causas en su contra por genocidio y crímenes de guerra. Según la agencia Fox News, los Estados Unidos, que son signatarios del pacto que creó la corte el año pasado, ‘temen que [el tribunal] pueda procesar causas políticamente motivadas en contra de sus líderes militares y civiles’. La administración de Bush está muy dispuesta, naturalmente, a levantar las sanciones—que incluyen a Colombia y a seis países de Europa oriental—cuando los países en cuestión consientan en conceder bilateralmente inmunidad para los funcionarios estadounidenses”. (Carta Semanal #43 de doctorpolítico, 3 de julio de 2003).

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Tan sólo la semana pasada se exponía acá: “Si Barack Obama llegare a ser electo Presidente de los Estados Unidos, si no traiciona los criterios que hasta ahora ha expuesto y si no lo matan, si los Estados Unidos ponen fin a sus invasiones y a la pretensión de inmunidad por crímenes de guerra, si dejan de creerse el jefe del mundo, si son más cuidadosos y responsables con sus actividades financieras, si dejan de negarse a los deberes ecológicos, si abren su comunicación respetuosa con todas las naciones y dejan de regañarlas, entonces eso será la mejor de las noticias políticas posibles y el mundo abrirá sus admirados brazos a la que es, sin duda y a pesar de sus errores, la más admirable de las naciones y la tendrá por primus inter pares”. Parece que la primera de esas numerosas condiciones se hará realidad en poco más de dos semanas. Antes se había apuntado: “Por lo que atañe a la política de los Estados Unidos, nada más auspicioso que lo que parece será un deslave—landslide—de votos populares y colegios electorales a favor de Barack Obama, porque éste es el único de los candidatos presidenciales que parece percatarse de la erosión del prestigio internacional de su patria. McCain, con todos los méritos que pueda encontrarse en él, es un candidato que piensa imperialmente; Obama es más conciliador, no es belicista, sabe que el gobierno de su país ha abusado de su poder”.

Ayer predecía CNN, agencia que transmitió cada uno de los debates entre Obama y McCain, que el candidato demócrata obtendría, si las votaciones fuesen ahora, un total de 277 votos electorales (contra 174 para el republicano), siete más de los necesarios para resultar electo. (Suma de estados “seguros” e inclinados a favor de cada candidato, mientras 85 votos electorales pudieran todavía definirse por alguno de los dos. Aunque todos éstos lo hicieran por McCain, el candidato republicano no alcanzaría los votos necesarios). Tal valoración se desprendía de estudio del equipo de analistas políticos de la televisora de Atlanta, que tomó en cuenta varios factores incluyendo, por supuesto, los datos de los últimos sondeos de opinión. Éstos muestran cómo ciertos estados clave, que votaron por Bush en la última elección, se han pasado al campo de Obama. (Colorado, ventaja de 4% para Obama; en Florida, ventaja de 5 puntos; en Virginia, ventaja de 10%). En términos de historia, de las trece colonias originales de los Estados Unidos en 1776, sólo dos—Carolina del Sur y Georgia, los estados más sureños—todavía favorecen a McCain. De hecho, es una nueva guerra de secesión el reparto actual, pues son los confederados los que apoyan a McCain, y los azules del norte, los estados de mayor desarrollo cultural, los que favorecen a Obama.

Estas cifras fueron tomadas antes del tercer y último debate de los dos candidatos. La misma CNN, en una muestra nacional de televidentes que vieron la discusión—de la que 40% dijo simpatizar con los demócratas y 30% con los republicanos—, encontró que 58% opina que ganó Obama el cotejo. (Versus 31% por McCain, para una diferencia de 27% a favor de su contendor). También midió que antes del debate 63% tenía opinión favorable sobre Obama (51% sobre McCain) y que después del evento 66% opinaba favorablemente de él (y McCain bajaba a 49%, para ventaja de Obama de 17%). Con estos resultados, Obama ha sido pronunciado triunfador en todas las tres confrontaciones que sostuvo con McCain.

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Al tiempo de concluir esta redacción—3:30 p. m. del 16 de octubre en Tokyo—el índice Nikkei ha caído 1.089 puntos. Las bolsas asiáticas reaccionan a una estadística y una opinión: que las ventas al detal en los Estados Unidos han resultado menores que las predichas y que Standard & Poor pudiera rebajar la calificación crediticia de los bancos de Corea del Sur, a siete de los cuales ha colocado en lista de observación. Aunque la septicemia financiera pareciera estar bajo relativo control, luego de la acción unánime de los más grandes bancos centrales, es ahora la debilidad general del paciente planetario el motivo de preocupación, y la incertidumbre sobre la duración de su convalecencia. El atleta que hasta hace poco corría está aún aquejado de una grave infección, y no puede esperarse que recupere su antigua forma en pocos días.

No puede ser más crucial que la de ahora otra elección anterior de un nuevo Presidente de los Estados Unidos. Esta nación, que todavía es la más grande fuerza de civilización en el mundo, debe rehabilitarse para bien del planeta entero. Barack Obama ha mostrado reiteradamente que es sensible a un bajón pronunciado, ahora agudo, de la reputación de su país. Aunque sólo fuera por eso, está mejor dispuesto que John McCain para la muy difícil tarea de repararla.

Desde aquí, desde Venezuela, la grave crisis mundial debe verse con preocupación solidaria, no acompañarse con fáciles y groseros chistes socialistas, muy de mal gusto. Durante bastante tiempo se advirtió, incluso por alguna que otra voz sensata en el seno de la OPEP, que los elevados precios del petróleo podían incitar una recesión de la economía global. Si bien no tenemos parte en el desbarajuste del crédito internacional, sí atizamos el fuego recesivo. Y en un sistema tan complejo como la economía de 7.000 millones de personas, de suyo “sensitivo a “las condiciones iniciales”, un factor de tamaño tan moderado como el petróleo venezolano puede tener efectos de magnitud desproporcionada, por aquello del “efecto de ala de mariposa”. Sólo un gusto patológico por lo cataclísmico puede celebrar lo que hoy ocurre en la economía del mundo y las tribulaciones que aquejan a su líder.

LEA

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