por Luis Enrique Alcalá | Feb 10, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Una vez más, vuelve a la Ficha Semanal de doctorpolítico el célebre financista George Soros. En esta ocasión, la #228 reproduce dos secciones de la primera parte de su libro más reciente: El nuevo paradigma de los mercados financieros (Taurus, 2008).
Soros no oculta para nada que se considera discípulo de Karl Popper (mencionado en la Carta Semanal #318, de la semana pasada). De hecho, The Open Society Institute fue el nombre que escogió para denominar a su fundación insignia, y el término “sociedad abierta” fue tomado de Henri Bergson por Popper, quien lo expandió a una completa tesis en su conocida obra La sociedad abierta y sus enemigos (1945). Una sociedad abierta es, en esencia, una sociedad democrática, abierta a la diversidad de opiniones que pueden ser expresadas libremente. El propio Soros ofrecía—en La amenaza capitalista, artículo en The Atlantic Monthly en su edición de febrero de 1997—la siguiente definición: “Entiendo la sociedad abierta como una sociedad abierta a su mejora. Debemos comenzar por el reconocimiento de nuestra propia falibilidad, la que se extiende no sólo a nuestras construcciones mentales sino también a nuestras instituciones. Lo que es imperfecto puede mejorarse mediante un proceso de ensayo y error. La sociedad abierta no sólo permite este proceso sino que lo estimula, al insistir sobre la libertad de expresión y el amparo de la disensión”.
Soros ha convertido la noción de sociedad abierta en la principal de sus causas en tanto ciudadano universal. Pudiera decirse entonces, con alguna inexactitud, que es ella su ideología.
Por otra parte, ha elevado a causa en el sentido explicativo el fenómeno que llama reflexividad: una relación circular, autorreferencial, entre causas y efectos en medio de una situación social. Un ejemplo clásico de procesos reflexivos lo ofrecen las llamadas «profecías autocumplidas». (Definidas por el sociólogo norteamericano Robert Merton sobre idea de su antecesor William Thomas, que trató el asunto bajo la forma de un teorema: If men define situations as real, they are real in their consequences). Si los jugadores de bolsa se convencen de que un cierto título bajará de precio, tenderán a venderlo, con lo que el precio en efecto bajará.
Soros cree que esta clase de dinámica es fundamental en la comprensión de la actual crisis financiera, pero en las secciones reproducidas acá relaciona la reflexividad con el problema político general. El dilema que le preocupa es el de poder o verdad, y correctamente conjetura que la solución del mismo reside en las exigencias que hagan los electores. Es lo que había entendido ya Bárbara Tuchman (The March of Folly, Alfred A. Knopf 1984): “The problem may not be so much a matter of educating officials for government as educating the electorate to recognize and reward integrity of character and to reject the ersatz”. (El problema pudiera ser no tanto una cuestión de educar a funcionarios para el gobierno como de educar al electorado para que reconozca y recompense la integridad de carácter y rechace lo postizo).
LEA
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Poder y verdad
LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD
Ahora que sabemos que la realidad puede manipularse, es mucho más difícil comprometerse con la búsqueda de la verdad de lo que lo era en el tiempo de la Ilustración. Primero, es más difícil establecer lo que es la verdad. La Ilustración consideraba la realidad algo dado e independiente y, por tanto, cognoscible; pero, cuando el curso de los acontecimientos depende de las creencias sesgadas y de las concepciones erróneas de los participantes, la realidad se convierte en un blanco movedizo. Por otra parte, no es autoevidente que la búsqueda de la verdad deba tener prioridad sobre la búsqueda de poder. E, incluso si el electorado estuviera convencido de ello, ¿cómo puede conseguir que los políticos sean honestos?
La reflexividad nos da parte de la respuesta, aunque deja sin resolver el problema de cómo conseguir que los políticos sean honestos. Nos enseña que la búsqueda de la verdad es importante precisamente porque las concepciones erróneas tienden a generar consecuencias adversas no queridas. Desafortunadamente, la gente no entiende bien el concepto de reflexividad. Eso puede ser parte de la influencia de largo alcance que han ejercido la tradición de la Ilustración y, más recientemente, el lenguaje posmoderno, sobre la visión del mundo que tiene la gente. Ambas interpretaciones de la relación entre pensamiento y realidad están distorsionadas. La Ilustración ignora la función manipulativa. El enfoque posmoderno va al otro extremo. Al tratar la realidad como un conjunto de narrativas habitualmente en conflicto, no da suficiente importancia al aspecto objetivo de la realidad. El concepto de reflexividad ayuda a identificar las carencias de cada enfoque. Dicho esto, la reflexividad no es ni mucho menos una representación perfecta de una realidad muy compleja. El mayor problema del concepto es que busca describir la relación entre pensamiento y realidad como entidades separadas cuando en realidad el pensamiento forma parte de la realidad.
He adquirido un sano respeto por el aspecto objetivo de la realidad tanto por haber vivido bajo los regímenes nazi y comunista como por haber especulado en los mercados financieros. La única experiencia que te infunde más respeto por una realidad externa más allá de tu control que la de perder dinero en los mercados financieros es la de la muerte —y la muerte propia no es una experiencia real de la vida—. Es muy difícil que un público que ocupa gran parte de su tiempo en la realidad virtual de los espectáculos televisivos, los videojuegos y otras formas de entretenimiento desarrolle ese respeto. Es digno de mención que la gente en Estados Unidos hace lo posible para negar u olvidar la realidad de la muerte. Pero, aunque no hagas caso de la realidad, ésta te alcanza.
iQué mejor momento que el actual para traer este argumento a colación, cuando son tan evidentes las consecuencias adversas no intencionadas de la guerra contra el terror y la realidad virtual de los productos financieros sintéticos ha desbaratado nuestro sistema financiero!
EL LENGUAJE POSMODERNO
Hasta hace poco, no había prestado mucha atención a la visión posmoderna. No la había estudiado, y no la había comprendido del todo, pero pensaba descartarla directamente porque parecía en conflicto con el concepto de reflexividad. Consideraba la visión posmoderna del mundo como una sobrerreacción a la fe excesiva de la Ilustración en la razón, en particular, a la creencia de que la razón es capaz de abarcar la realidad. No veía ninguna conexión directa entre el lenguaje posmoderno y las ideologías totalitarias y las sociedades cerradas, aunque me daba cuenta de que, al ser muy condescendiente con los diferentes puntos de vista, la posición posmoderna podía fomentar el surgimiento de ideologías totalitarias. Recientemente, cambié de idea. Ahora veo una conexión directa entre el lenguaje posmoderno y la ideología de la administración Bush. Esa revelación me vino cuando estaba leyendo un artículo en octubre de 2004 de Ron Suskind en el New York Times Magazine. Esto es lo que decía:
En el verano de 2002 [… ] tuve una reunión con un asesor jefe de Bush. Me mostró el disgusto de la Casa Blanca [por una biografía de Paul O’Neill, El precio de la lealtad, de Ron Suskind], y entonces me dijo algo que en ese momento no entendí del todo, pero que ahora creo que es la clave de la presidencia de Bush.
El auxiliar dijo que los tipos como yo estaban «en lo que nosotros denominamos la comunidad basada en la realidad» que él definía como la gente que «cree que las soluciones surgen de vuestro estudio ponderado de una realidad perceptible». Asentí y murmuré algo sobre los principios de la Ilustración y el empirismo. Me cortó. «Ésa ya no es la forma en que el mundo funciona hoy», continuó. «Ahora, somos un Imperio y, cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad. Y mientras tú estudias la realidad —por muy ponderado que seas— actuaremos de nuevo, creando otras realidades nuevas, que también puedes estudiar, y así es como se explican las cosas. Somos actores de la historia… os dejamos a ti, a todos vosotros, que estudiéis lo que hacemos».
El auxiliar, supongo que Karl Rove, no sólo reconocía que se puede manipular la verdad, también alentaba esa manipulación como si se tratara de una perspectiva privilegiada. Esto interfiere directamente con la búsqueda de la verdad tanto porque la revela inútil como porque la hace mas difícil dado que la manipula constantemente. Además, el enfoque de Rove llevó a la restricción de las libertades al manipular a la opinión pública con el objeto de aumentar los poderes y prerrogativas del presidente. Eso es lo que llevaba implícito la administración Bush cuando declaraba la guerra contra el terror.
Creo que la guerra contra el terror es un excelente ejemplo de los peligros inherentes en la ideología de Rove. La administración Bush usó la guerra contra el terror para invadir Irak. Éste fue uno de los ejemplos con más éxito de manipulación, pero sus consecuencias para Estados Unidos y la misma administración Bush fueron poco menos que desastrosas.
La gente está ahora despertando, como si se tratara de un mal sueño. ¿Qué podemos aprender de la experiencia? Que la realidad manda y, si la manipulamos, es bajo nuestra responsabilidad. Las consecuencias de nuestras acciones pueden divergir de lo que esperamos. Por muy poderosos que seamos, no podemos imponer nuestra voluntad al mundo: tenemos que comprender cómo funciona. El conocimiento perfecto no está a nuestro alcance; pero debemos intentar acercarnos a él tanto como podamos. La realidad no es un blanco fácil, pero debemos buscarla. En definitiva, la comprensión de la realidad debe tener prioridad sobre su manipulación.
Tal y como están las cosas, se suele preferir la búsqueda del poder a la búsqueda de la verdad. Popper y sus seguidores —yo incluido— nos equivocamos cuando dimos por supuesta la búsqueda de la verdad. Reconocer el error no nos debe llevar a abandonar el concepto de sociedad abierta. Al contrario, la experiencia con la administración Bush debe reforzar nuestro compromiso con la sociedad abierta como una forma deseable de organización social. Sin embargo, debemos cambiar nuestra definición de lo que implica una sociedad abierta. Ademas de las típicas cualidades de la democracia liberal —elecciones libres, libertades individuales, división de poderes, Estado de derecho, etcétera—, la sociedad abierta también implica un electorado que insista en ciertos estándares de honestidad y veracidad. Primero debe determinarse con cuidado en que consisten estos estándares y, después, deben ser generalizadamente aceptados.
George Soros
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 5, 2009 | LEA, Política |

Llama mucho la atención que el gobierno nacional haya destacado como vocero y negociador principal de su parte, en el caso de la profanación de la Sinagoga Tiferet Israel (Maripérez), al canciller Nicolás Maduro y que, simultáneamente, haya silenciado sobre el mismo caso la voz del Ministro del Interior y Justicia, que en propiedad es quien debiera dar el frente ante el terrible asunto.
El Ministro de Relaciones Exteriores es quien conduce cotidianamente, bajo la dirección del Presidente de la República, las relaciones internacionales del Estado venezolano. ¿Es que, entonces, el actual gobierno conceptúa a la comunidad israelita de Venezuela como formada por extranjeros, como un cuerpo extraño, foráneo, que no pertenece a la Nación propiamente dicha? ¿Es que la sinagoga ultrajada con método y saña es entendida como si fuera la embajada de otro país?
Eso sería una primera explicación del protagonismo de Maduro en el caso. Otra distinta sería, simplemente, que El Aissami está castigado. Que últimamente su labor, que debiera ser la de garantizar la seguridad de los habitantes de este país, deja mucho que desear, vistas las tasas de criminalidad o la impunidad impúdica del “colectivo” La Piedrita y de la perfectamente inútil Lina Ron. Que el policía mayor se va a caer de maduro.
Otra más permite pensar que lo que pasa es que El Aissami, que probablemente tenga una colección considerable de pañoletas palestinas, no quiera nada con los judíos y se haya negado a ayudar a la Asociación Israelita de Venezuela. Una versión cercana es que el propio gobierno haya estimado que un ministro con ese nombre, tal vez también por razones adicionales, no caería simpático a nuestros judíos.
En fin, uno puede proseguir en esta generación de ficciones que expliquen el insólito caso de un canciller ocupado de asuntos de seguridad interna, pero lo cierto es que el incidente de Maripérez contrasta con otros episodios de terrorismo paragubernamental, como los de la mencionada Piedrita. Comparadas con lo que pasó en la sinagoga violada, las hazañas del estúpido y criminal colectivo son cosa de amateurs. En verdad, el modus operandi, que incluyó una profesional y concienzuda limpieza de evidencias incriminatorias, no se parece en nada a lo que estamos acostumbrados ya a ver como técnicas de amedrentamiento de la población: o abiertamente, como abusos oficiales de la fuerza pública (gas del bueno), o encubiertamente, pero a punta de bombitas lacrimógenas mayormente inocuas, por parte de free lances de cuya actuación El Aissami, entre otros, se hace el desentendido.
Ese contraste, pues, señala en otra dirección, y autoriza la sospecha de actores interesados en rayar más aún a un gobierno que hace tiempo parece una zebra. El 11 de abril de 2002 ya hubo estupideces de esa calaña, cuidadosamente planificadas.
Por otra parte, ciertas posturas de las asociaciones israelitas dan pie a la primera interpretación expuesta sobre la incumbencia del canciller Maduro. En comunicado oficial de la Confederación de Asociaciones Israelitas de Venezuela, se refiere que una delegación, reunida ayer con Maduro y otros funcionarios, ratificó sus “nexos indestructibles e incuestionables, por razones históricas, espirituales, afectivas y familiares con el Estado de Israel”. La mezcla de religión con política no es buena cosa, como los propios judíos, víctimas de una intolerancia milenaria, conocen muy bien con inolvidable dolor.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Feb 5, 2009 | Cartas, Política |

Al día siguiente de la elección del cuadragésimo cuarto Presidente de los Estados Unidos, el 5 de noviembre, escribía Roger Simon para Capitol News: “La victoria de Obama no señala un desplazamiento ideológico en este país. Significa que el público americano se ha hartado de las ideologías”.
Pocos días después otras voces dirían cosas parecidas. Como es su costumbre, la revista TIME escoge una “persona del año”, y 2008 no fue ni una excepción al uso ni trajo una sorpresa. ¿Quién otro que Barack Obama, el primer hombre de color en la Presidencia de los Estados Unidos, hubiera podido ser escogido? Pero un finalista ilustre entre varios considerados por la revista fue Nikolás Sarkozy. TIME pidió a Tony Blair que escribiera para la ocasión una escueta semblanza del Presidente de Francia. Blair lo elogió como un verdadero líder, nada convencional, y opinó: “…está preparado para pensar fuera de la caja. Reflexionemos por un momento, y veremos que la construcción de su gobierno es un logro notable. Su Ministro de Relaciones Exteriores—el inmensamente capaz Bernard Kouchner—es un socialista, como lo son varios otros ministros. Nicolás ha adoptado el bipartidismo no sólo con una gracia natural, sino también con un sincero abrazo de corazón. Él se yergue en el moderno molde post-ideológico”.
Por lo que atañe al número uno, además de la extensa pieza analítica sobre Obama, propuesta el 16 de diciembre por David Von Drehle, la edición de TIME publicó una reveladora entrevista hecha nueve días antes a quien entonces era todavía sólo un presidente electo. (A Von Drehle le acompañaron esta vez el Editor en Jefe y el Editor Ejecutivo de la revista, John Huey y Richard Stengel, en señal de respeto y por la importancia de la ocasión).
La primera pregunta de la entrevista fue: “¿Qué clase de mandato ha recibido usted?”
Esto dijo Obama: “Bueno, creo que ganamos una victoria decisiva. Sin embargo, cuarenta y siete por ciento del pueblo americano votó por John McCain. Por consiguiente, no creo que los americanos quieren arrogancia en su próximo presidente. Pienso que recibimos un fuerte mandato de cambio… Esto significa un gobierno que no esté impulsado ideológicamente”.
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Naturalmente, la primera tentación, al reflexionar sobre lo dicho por Obama, es lamentarse porque el presidente venezolano no entiende que, por las mismas razones que expone el presidente norteamericano, su notoria arrogancia está de más. Que debiera gobernar como Sarkozy, tendiendo puentes.
Más profundo asunto es, no obstante, esta cosa de lo post-ideológico. No es casualidad que los presidentes más vivaces del día, Obama y Sarkozy, hayan entendido que desde una postura ideológica no llegarían a ningún lado, ni tampoco es casual que Blair diga que lo moderno es dejar atrás a las ideologías.
No es la primera vez que se prescribe o anuncia el abandono o deceso de lo ideológico. Exactamente en 1960, el sociólogo Daniel Bell, próximo a cumplir noventa años, publicó El fin de la ideología (The End of Ideology: On the Exhaustion of Political Ideas in the Fifties), una obra cuya influencia alcanza a nuestros días. De algún modo, Francis Fukuyama recogió la noción en The End of History and the Last Man (1992), y hasta Michel Foucault (Les mots et les choses: Une archéologie des sciences humaines, 1966) es responsable por un post-historicismo y un post-humanismo que se deriva de su idea de que “el hombre es un invento reciente” (en tanto concepto elaborado por los humanistas) y su provocadora declaración de que “el hombre ha muerto”.
Foucault y Fukuyama, claro, discurren en el exquisito terreno de la filosofía, y el segundo de ellos llegó a pensar que el desplome de la Unión Soviética equivalía a la entronización definitiva de la democracia y el mercado, poniendo fin a la historia justamente en el mismo sentido predicho desde el opuesto punto de vista de Marx: que una vez que triunfara el socialismo e impusiera un régimen comunista, ya la ideología sería innecesaria.
El planteamiento de Bell, en cambio, ocurre en el campo sociológico y se limitó a proponer que las ideologías clásicas—el liberalismo, el marxismo y los tipos intermedios, así como los nacionalismos extremos del fascismo y el nazismo—que surgieron en el siglo XIX y principios del siglo XX, se habían agotado como fuente de discurso político pertinente. Bell suponía que en su lugar aparecerían ideologías de corte localista.
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Todo esto está muy bien, pero ¿qué demonios es una ideología? El concepto es impreciso, como ocurre con muchas de las ideas con las que se discurre en ciencias o filosofía de lo social. (Si se cree, por ejemplo, que la ampliamente usada idea de “paradigma”—en el significado propuesto por Thomas Kuhn en The Structure of Scientific Revolutions—es un concepto bien definido, considérese que Margaret Masterman encontró que el propio Kuhn empleaba la palabra en no menos de veintiún sentidos diferentes en su libro de 1962).
La Real Academia Española coloca en su diccionario una segunda acepción de la palabra, la que define así: “Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc”. El Oxford American Dictionary propone un significado parecido—“las ideas y maneras de pensar características de un grupo, clase social o individuo”—pero también una primera acepción que define ideología como “un sistema de ideas e ideales, especialmente aquel que forma las bases de la teoría económica y política”. Wikipedia, en cambio, produce una definición más amplia: “Una ideología es un conjunto de metas e ideas, especialmente en política. Puede ser entendida una ideología como una visión comprehensiva, como un modo de ver las cosas, o como un conjunto de ideas propuestas por la clase dominante de una sociedad a los miembros de ésta. El propósito principal de una ideología es el de ofrecer un cambio en la sociedad a través de un proceso de pensamiento normativo… Implícitamente, toda tendencia política involucra una ideología, sea o no propuesta como sistema de pensamiento explícito”.
Para los propósitos de esta discusión, digamos que una ideología es un sistema de creencias acerca de cuál es la sociedad humana perfecta o preferible. En este sentido, La ciudad de Dios—escrita por San Agustín poco después del saqueo de Roma por los visigodos en el año 410 de nuestra era—contiene elementos ideológicos, por más que el término ideología, en su significado original de “ciencia de las ideas”, no fuera acuñado sino hasta 1796 por Destutt de Tracy. (El DRAE acoge este sentido arcaico en la primera acepción: “Doctrina filosófica centrada en el estudio del origen de las ideas”). De hecho, el residuo atávico de este original sentido etimológico contribuye al prestigio de la palabra entre incautos, que construyen inadvertidamente por sí mismos el siguiente teorema: las ideas son la manifestación más elevada de la humanidad; por consiguiente, una ideología, que vendría siendo algo así como las ideas que son obtenidas científicamente, es algo de gran elevación que debe ser admitido. Los partidos “serios” son los que esgrimen una ideología; es por esto que realizan “congresos ideológicos”. Un partido que no disponga de una ideología no pasaría de ser un aparato pragmático que sólo procura hacerse con el poder del Estado.
Lo cierto es que todo partido político es, en el fondo, una organización con el pragmático propósito de obtener poder político y, si dispone de ideología, esgrime ésta como justificación (coartada) de su objetivo. Descrita como aglomeración de “principios” y “valores”, la ideología partidista santifica al partido y a sus líderes, pues éstos serían “hombres de principios”. Decir estas cosas, de todos modos, no equivale a negar que amplios contingentes de personas puedan creer honestamente que deben “defender” esos principios y que una política inspirada en ellos sería la mejor entre las posibles. Tampoco significan que la acción política no deba estar sujeta a normas morales. La bondad cabe con holgura en el reino de la eficacia.
En verdad, es la proximidad entre moral e ideología lo que suscita intensas emociones a los socios ideológicos. Quien cree que una cierta ideología es la correcta y adhiere a ella tiende de modo natural a sentirse superior a los que no le acompañan. Con frecuencia, lamentablemente, esta conciencia de superioridad moral se hace patológica, hasta el contrasentido de procurar la eliminación del contrincante conceptual, precisamente miembro de la sociedad que quiere hacerse justa y feliz. Es la carga emocional lo que convierte a la ideología en causa, el factor capaz de provocar “una añoranza por una causa en la cual creer”, como describe Bell en el capítulo 13 de El fin de la ideología. Es decir, las ideologías no se derivan, por más que algunas lo pretendan, del conocimiento científicamente obtenido; ellas son, más bien, asunto de fe, “causas en las cuales creer”. Al actuar como religiones, las ideologías están sujetas a la infecciosa enfermedad de los fanatismos.
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Una ideología se compone, entonces, de una explicación y una prescripción. Por el primero de sus componentes, pretende entender cómo funciona una sociedad dada o, como en el caso de la más pretenciosa de todas (el marxismo), la historia entera de la humanidad. (Historicismo marxista o materialismo histórico). Es este componente el que se quiere hacer pasar por científico. Aunque fue la pareja Marx-Engels la que acuñó el término “socialismo utópico”, fue el segundo quien catalogó las teorías de Marx como “socialismo científico”. Muchos creen conmovedoramente que esto es así. Por ejemplo, el general Raúl Isaías Baduel, con ocasión de su pase a retiro el 18 de julio de 2007, dijo en su discurso de despedida: “…si la base para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels, lo que construyamos sobre ella no puede serlo menos, so pena de que la estructura construida no pase a ser más que una humilde choza levantada sobre los cimientos de un rascacielos”. (Destacado añadido).
Fue, sin embargo, nadie menos que Karl Popper, el papa de la filosofía de la ciencia en el siglo XX, quien mostrara y demostrara que el “historicismo”, en particular el marxista, era un discurso contracientífico. (En La miseria del historicismo. El título alude a La miseria de la filosofía, obra de Marx para refutar La filosofía de la miseria, de Proudhon). Antes, en La lógica de la investigación científica, Popper establece un sólido criterio, el famoso “criterio de demarcación”, para distinguir entre un discurso científico y uno que no lo es. El marxismo no pudo nunca superar la barra del criterio popperiano.
La explicación proporcionada por la ideología usualmente consigue culpables de un estado indeseable de la sociedad—indeseabilidad que se establece según los “valores” de la ideología concreta—que resalta en su crítica. Así, por ejemplo, el marxista sostendrá que la culpa del subdesarrollo es de la empresa privada, cuyo afán de lucro produce la “exclusión” de grandes contingentes humanos en su afán por mantener privilegios de clase, y que el Estado revolucionario está llamado a corregir ese estado de cosas; por lo contrario, un liberal argüirá que el subdesarrollo es culpa de la excesiva intromisión del Estado en la economía y que, si se deja tranquila a la “libre empresa”, será posible alcanzar un desarrollo avanzado. En medio de estos polos extremos se ubican las ideologías intermedias: básicamente la socialdemocracia (socialismo evolucionista o reformista), una suerte de socialismo de virulencia atenuada fundado desde Alemania por Eduard Bernstein hacia 1896, y la democracia cristiana o socialcristianismo, desarrollado a partir de principios expuestos en las “encíclicas sociales” de los papas a partir de León XIII (1891), y que desde un inicio se perfilaba explícitamente como un “tercer camino”.
Estas cuatro “medicinas”—precientíficas todas, por cierto—suponen ser panaceas que curan la calvicie y la indigestión políticas, el estreñimiento y los calambres económicos, la urticaria y la impotencia sociales y la obesidad y el sabañón culturales. Como prescripción sirven—pretenden quienes las propugnan—para resolver cualquier problema público. Incluso formalmente, son panaceas en tanto son nombres genéricos que funcionan como etiquetas o marcas. Nadie sabe exactamente qué contiene el frasco que las luce. Piénsese, por caso, en el cacareado “socialismo del siglo XXI”, pero también en la “democracia nueva” de una cierta campaña electoral de 1988 o el “pacto social” de una de 1983. Para esta ocasión, algún prestigioso político publicó un folleto de intención explicativa acerca de lo que sería el mentado “pacto social”, pero su peculiar retórica sólo tuvo éxito, si acaso, en precisar lo que no era el pacto social. (“No debe entenderse por pacto social esto o lo otro… No debe confundirse el pacto social con eso o aquello…” Etcétera). La frase “centralidad de la persona humana” sirvió para que un cierto obispo contestara todas las entrevistas que se le hicieron en televisión, durante un par de años de auge de su popularidad. Era la receta que ofrecía al ser consultado sobre materia o problema cualesquiera.
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La Política es, o debe ser y es lo que podemos los ciudadanos exigir, el arte de resolver problemas de carácter público. Ninguna otra cosa la justifica. El objetivo con la reelección de algún mandatario, por ejemplo, no consiste en “recompensar a quienes [el pueblo] estime como sus mejores gobernantes”, como propuso anteayer el magistrado Francisco Carrasquero López a la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, sino la facultad del pueblo de mandar que continúe sirviéndole un empleado que ha demostrado su eficacia y honradez. Es una aberración la bendita teoría de la reelección como “premio al buen gobernante”, que el Presidente de la República ha aprendido y recita porque le conviene. La Primera Magistratura Nacional no es un trofeo.
Se trata, con la Política, de un oficio difícil y delicado. El político se entromete con una sociedad y su historia. Es lo que hace un médico, un odontólogo, un enfermero, con un paciente a la escala personal. A éstos exigimos que estén al día en el estado del arte de su profesión; por esto no puede ser que algún galeno interprete a estas alturas un cuadro patológico a partir de una teoría (ideología) de los miasmas, o prescriba la ingestión de esmeraldas molidas—más de una vez rayaron la mucosa gástrica de señores renacentistas que podían pagar ese tratamiento—porque tengan una presunta virtud astrológica.
La misma cosa puede exigirse ahora de nuestros políticos. No hay ideología que sea explicación suficiente de nuestro actual estado como república; menos todavía hay alguna de la que derive una solución universal de nuestros problemas. En particular, Venezuela sufre hoy de la pretensión pueril—malacrianzas incluidas—de imponernos una ideología socialista desde el gobierno nacional. Irónicamente, fue el mismo Marx quien sostuviese que las ideologías de la clase dominante de una sociedad son propuestas (o impuestas) al resto de la sociedad, para que los intereses de la clase gobernante parezcan ser los intereses de todos.
Pero también las fuerzas formales que se oponen a ese designio cojean de la misma pata ideológica. El Movimiento Al Socialismo, Podemos, Patria Para Todos ondean banderas marxistas; Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo son partidos de la socialdemocracia; COPEI, Primero Justicia, Proyecto Venezuela y lo que quede de Convergencia son organizaciones socialcristianas. La misma redundancia de opciones dentro de una misma corriente ideológica ya es signo de que, incluso para ellas, lo ideológico no es lo importante.
La ideología debe, por ende, ser suplantada por la metodología: la que sea más eficaz para resolver, con menor costo social, un problema público concreto. Esto suena muy pragmático, pero se trata de un pragmatismo responsable.
luis enrique ALCALÁ
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 3, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Una brevísima Ficha Semanal #227 de doctorpolítico recoge los epígrafes y los párrafos iniciales del último capítulo—La evolución futura del cerebro—de un libro de Carl Sagan: Los dragones del Edén: Especulaciones sobre la evolución de la inteligencia humana.
Sagan era, en verdad, astrónomo y astroquímico, indudable líder de la comunidad científica estadounidense y un extraordinario comunicador. A pesar de sus antecedentes profesionales—y tal como ocurrió con Francis Crick, biólogo molecular—experimentó la fascinación que sobre muchos científicos ejerce la doble maravilla del cerebro y la inteligencia humana. Fue excelso divulgador de la ciencia de frontera; en Cosmos, serie para televisión, y el best seller absoluto de los libros de ciencia basado en ella, construyó un majestuoso marco para la comprensión de nuestro papel en el universo, en un terreno que le era más familiar. En cambio, El cerebro de Broca y Los dragones del Edén le adentraron por la historia natural de la inteligencia. (Este último libro le valió el Premio Pulitzer en 1977).
Una vez que la evolución opta por la ruta de los cordados (animales dotados de un eje nervioso como la médula espinal), las estructuras neurales progresan en dirección de—término de Teilhard de Chardin—una cefalización creciente. El progreso ocurre por aposición de nuevos pisos nerviosos sobre los más primitivos, sin que éstos desaparezcan en los aparatos de los seres más evolucionados. Por ejemplo, el cerebro de un ofidio es mayormente un bulbo olfatorio, pero es obvio que el tigre es muy capaz de oler. En el texto reproducido, Sagan menciona las estructuras conocidas como neocortex, sistema límbico y complejo R. Explica en el capítulo tercero que el complejo R (por la palabra “reptil”) es la más primitiva de las tres y el principal motor psíquico de un cocodrilo o dinosaurio. Superpuesto a esa formación se encuentra el sistema límbico (del latín para “límite” o “borde”), ya presente en los mamíferos. Los humanos tenemos ambas estructuras, pero sobre ellas nuestros cerebros han colocado el techo del neocortex, asiento fisiológico de las capacidades intelectuales superiores. Paul MacLean, citado por Sagan, demostró que el complejo R es suficiente para generar la conducta agresiva, la territorialidad, el ritual y el establecimiento de las jerarquías sociales. (En una palabra: el chavismo). El sistema límbico añade, a la “sangre fría” de los reptiles, la profundidad de las emociones. El neocortex, finalmente, incorpora la posibilidad de análisis, reflexión y decisión.
Los trozos escogidos para esta ficha encierran al menos dos lecciones: primera, que la repetición de conductas tradicionales difícilmente podrá redundar en adaptación a un ambiente cambiante; segunda, que aunque lleve tiempo se impondrá a la larga la civilización sobre la agresiva infancia humana del cazador o el militar.
LEA
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Cambio y fuera
Es de la naturaleza del futuro ser peligroso… Los grandes avances de la civilización son procesos que prácticamente destruyen las sociedades en las que ocurren.
Alfred North Whitehead
Aventuras en las ideas
La voz del intelecto es suave, pero no descansa hasta que ha obtenido audiencia. En último término, luego de interminables rechazos, alcanza el éxito. Es éste uno de los pocos puntos en los que uno puede ser optimista sobre el futuro de la humanidad.
Sigmund Freud
El futuro de una ilusión
La mente es capaz de cualquier cosa puesto que todo está en ella: todo el pasado, así como todo el futuro.
Joseph Conrad
El corazón de la oscuridad
El cerebro humano pareciera hallarse en un estado de inquieta tregua, con escaramuzas ocasionales y raras batallas. La existencia de componentes del cerebro con predisposición a ciertas conductas no es una invitación al fatalismo o la desesperación: tenemos control sustancial sobre la importancia relativa de cada componente. La anatomía no es el destino, aunque tampoco es irrelevante. Al menos algunas enfermedades mentales pueden ser entendidas en términos de un conflicto de los partidos neurales en pugna. La represión mutua entre diversos componentes ocurre en muchas direcciones. Hemos mostrado cómo hay represión límbica y neocortical del complejo R, pero en la sociedad puede también darse la represión del neocortex por el complejo R y represión de un hemisferio cerebral sobre el otro.
En general, las sociedades humanas no son innovadoras. Son, más bien, jerárquicas y ritualistas. Las sugerencias de cambio son saludadas con sospecha: implican una variación futura desagradable en el ritual y la jerarquía: el intercambio de un conjunto de ritos por otro, o quizás una sociedad menos estructurada con menos rituales. Y sin embargo, hay momentos cuando las sociedades deben cambiar. “Los dogmas del tranquilo pasado son inadecuados para el tormentoso presente”; así describía Abraham Lincoln tal verdad. Mucha de la dificultad encontrada en los intentos por reestructurar las sociedades, incluyendo la estadounidense, se deriva de esa resistencia de los grupos con intereses creados en el statu quo. Un cambio significativo requiere que aquellos en los sitios superiores de la jerarquía desciendan muchos escalones. Tal cosa les luce indeseable y de allí su resistencia.
Pero una cierta cantidad de cambio—de hecho algún cambio significativo—es aparente en la sociedad occidental, ciertamente insuficiente pero más que en casi cualquier otra sociedad. Las culturas más viejas y estáticas son mucho más refractarias al cambio. En el libro “La gente del bosque”, de Colin Turnbull, hay una punzante descripción de una infante pigmea lisiada, a quien antropólogos visitantes le ofrecen una sorprendente innovación tecnológica: una muleta. A pesar del hecho de que pudiera mitigar el sufrimiento de la niña, los adultos, incluyendo sus padres, no prestaron particular interés al invento. Hay muchos otros casos de intolerancia a la novedad en las sociedades tradicionales; ejemplos diversos pudieran extraerse de las vidas de hombres tales como Leonardo, Galileo, Desiderio Erasmo, Charles Darwin y Sigmund Freud.
El tradicionalismo de las sociedades en estado estático es generalmente adaptativo: las formas culturales son producto de una evolución penosa en muchas generaciones, y se sabe que funcionan bien. Como ocurre con las mutaciones, es probable que un cambio azaroso funcione peor. Pero también como con las mutaciones, los cambios son necesarios para el logro de adaptaciones a nuevas circunstancias ambientales. La tensión entre estas dos tendencias determina en buena medida el conflicto político de nuestros tiempos. En una época caracterizada por un ambiente externo físico y social que cambia con rapidez, como la nuestra, la acomodación y la aceptación del cambio es adaptativa; en las sociedades que habitan ambientes estáticos no lo son. Los estilos de vida del cazador-recolector han servido bien a la humanidad durante la mayor parte de su historia, y creo que hay suficiente evidencia de que en cierta manera fuimos diseñados por la evolución para una cultura de esa clase; cuando abandonamos la vida de caza y recolección abandonamos la infancia de nuestra especie. La cultura de la caza y la recolección y la cultura de alta tecnología son ambas productos del neocortex. Estamos ahora irreversiblemente encaminados por el segundo de estos senderos. Pero tomará tiempo acostumbrarnos a él.
Carl Sagan
por Luis Enrique Alcalá | Feb 2, 2009 | Política, Presentaciones |

Decisión que conviene en el referéndum del 15 de febrero de 2009 sobre la propuesta enmienda constitucional
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