por Luis Enrique Alcalá | Ene 29, 2009 | LEA, Política |

La mera consideración de una poderosa idea, hasta ahora meramente esbozada, fue capaz ayer de inyectar una sorprendente confianza al mercado de valores en la Bolsa de Nueva York, lo que coronó un día de ganancias en Asia y Europa. Lo más llamativo fue el súbito aumento en el precio de las acciones de algunos bancos, que hasta hace nada estuvieron asediados por la incertidumbre y la desconfianza. Así, por ejemplo, Citigroup y Bank of America vieron aumentar su posición en más de 13%, mientras que los europeos se adelantaron con un impulso en las acciones de Deutsche Bank AG y Barclays Plc de al menos 18%. El índice S&P 500 mostró ganancias por cuarto día consecutivo, en su mejor desempeño desde noviembre y el promedio industrial Dow Jones conquistó más de doscientos puntos.
El detonante de tan optimista reacción fue el anuncio de que, tal vez la semana que viene, el equipo económico del nuevo gobierno de los Estados Unidos esboce las características de un banco de salvamento que planearía establecer, al que ya se le ha adjudicado el decidor nombre de Badbank. Esta entidad, se anticipa, compraría de los bancos privados los “activos tóxicos” que constituyen el principal obstáculo al regreso de la confianza financiera. En verdad, sería un mal banco aquel que se empeñara en adquirir activos de dudoso valor. Se habla de one trillion dollars—un billón castellano de dólares—para esta operación, cuyo dueño sería el FOGADE norteamericano, la Federal Deposit Insurance Corporation (FDIC). La agencia Bloomberg califica el plan como un intento de “quebrar el espinazo de la crisis crediticia”.
Al optar por este diseño, el gobierno estadounidense puede extender su alivio a los mismos ciudadanos endeudados, cuyos créditos forman los activos a adquirir. Desde el Badbank, la FDIC podría extender facilidades que permitieran una reestructuración benevolente de los créditos, y a sus emproblemados beneficiarios la oportunidad de cumplir con sus obligaciones.
Otra ventaja obvia es que se elude la estatización de la banca privada de los Estados Unidos, aunque no deja de producir un cierto escalofrío el solo tamaño de la entidad que sería establecida, que empequeñecería al más grande de los bancos comerciales.
Barack Obama ha convocado a un esfuerzo conjunto de todos los estadounidenses para conjurar la inmensa crisis de la economía y, añadiendo los hechos a las palabras, emite claras señales de que el gobierno federal está dispuesto a asumir la parte de carga que le toca.
¿Responderán todos los ciudadanos de Estados Unidos del mismo modo solidario? Uno se pregunta esto cuando se entera de que ciertos bufetes de abogados en ese país cobran más de 18 dólares por minuto (unos 1.100 dólares por hora), como honorarios de consulta a empresas que se encuentran en proceso de quiebra. Suena como codicia: la avidez profesional que se prende de la necesidad urgente de clientes debilitados, una costosa y especializada terapia intensiva sobre pacientes a punto de morir.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ene 29, 2009 | Cartas, Política |

Quien hace esta manifestación aparecería en cualquier estudio de opinión dentro de la categoría de los no alineados. No soy partidario del gobierno o alguno de los partidos y grupos que lo apoyan. Tampoco estoy afiliado a partido o grupo alguno que se defina como de oposición a aquél. No creo que el socialismo es la solución para el país, pero no pienso que lo sea el liberalismo. Si bien admito ser, a mi escala personal y en la medida de mis posibilidades, responsable por el bienestar de cada habitante del planeta, creo asimismo que los mercados son la forma natural de la economía humana aunque, como ahora, requieran vigilancia y control, pues su benéfica presencia no agota la anatomía y la fisiología de las sociedades humanas. Reconozco progresos en Venezuela en los últimos años para el nivel de vida de muchos venezolanos desaventajados, y que hayan adquirido un reconocimiento social del que antes carecían; pero también me preocupo por la creciente inseguridad de las personas y por una prédica agresiva oficial que regala un pretexto y sirve de modelo a la delincuencia. No soy escuálido, pitiyanqui o usufructuario cuarto-republicano, y tampoco tupamaro, rojo-rojito o bolivariano. Reconozco la inmensa deuda que tengo con nuestros libertadores, la que debo pagar con su respetuosa memoria, pero creo que el pueblo venezolano debe emanciparse de Bolívar, como un hombre joven que sale de la adolescencia y, por ley de vida, debe emanciparse de su padre por más que lo ame.
Prefiero que mi descendencia viva en un mundo pluripolar, no en uno dominado por una sola potencia, independientemente de cuán poderosa o meritoria ella sea. Creo que a la par de China, India, Europa, Rusia, Australia, los Estados Unidos y las grandes naciones del Pacífico y de África, el condominio sudamericano debe estar presente, como bloque, en un concierto planetario que asegure la paz y la cooperación para superar los complicados problemas del mundo. No estoy comprometido con ninguno de los bandos que combaten en Gaza, y quiero que ambos logren la reconciliación permanente. Durante los años de presidencia de George W. Bush expresé consistentemente mi oposición a sus políticas, así como reconocí su elevada gallardía al comentar el triunfo electoral de Barack Obama. Creo que el mundo debe enorgullecerse de su diversidad cultural, verdadera clave de sus logros futuros, que cada religión debe tener su espacio libre en la conciencia de la gente y que ninguna puede imponerse a las demás, mucho menos con la violencia: no existe guerra a la que pueda llamarse santa.
Las tecnologías de la comunicación permiten ya que más de mil millones de habitantes de la Tierra se conecten en la Internet; entre nosotros, los venezolanos, más de seis millones lo hacen casi todos los días. Esto significa que podemos compartir y aprender; en particular significa que la cultura política de cada uno de nosotros puede crecer, y por esto apruebo la noción de una democracia cada vez más participativa, en la que ejerzamos nuestro derecho y cumplamos nuestra responsabilidad de ciudadanos. En esa nueva democracia mundial que se construye por minutos, como es natural, debo respetar el punto de vista de los demás, y tengo fundados motivos para esperar respeto hacia los míos.
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Digo estas cosas para que se conozca claramente desde cuál posición asumo una postura respecto de la enmienda constitucional que ahora se propone a nuestro juicio, y acerca de la que tendremos oportunidad de expresarlo el próximo 15 de febrero de este año 2009. Para considerarla, buscaré dirigirme a la esencia de la modificación propuesta, y para ello haré como si fuera la primera vez que se somete a nuestra consideración, a fin de considerar su verdadero meollo. Prescindiré, por tanto, de discutir el sentido que tiene votar una segunda vez por algo que ya rechazamos, y pasaré por alto el irrespeto que se nos hace con esta reiteración. Pensaré el problema como si tuviera que decidirlo en 2013, después que la prohibición constitucional de plantear una misma reforma varias veces en un solo período hubiera cesado en sus efectos.
En esencia se nos pregunta si queremos tener la posibilidad de elegir indefinidamente a una misma persona para cualquiera de los cargos por elección de nuestro aparato público. Sabemos, por supuesto, que la intención real del proponente—que por mandado a la Asamblea Nacional es el actual presidente de la República—es la de reelegirse de modo indefinido mientras quiera postularse. Ésta es la pregunta que se somete a la consideración del Poder Constituyente Originario, del Pueblo, de la Corona, del Soberano.
Quien contestará la pregunta, pues, es el Soberano. ¿En qué consiste esta soberanía?
La soberanía se expresa en dos circunstancias, y la primera es que no existe sobre ella un poder superior; la segunda es que el Soberano tiene poder absoluto para decidir cualquier medida pública, sin estar limitado por otra cosa distinta de los derechos humanos y los tratados internacionales válidamente contraídos.
El límite impuesto por los derechos humanos no puede ser transgredido por ningún soberano. Ni siquiera un referéndum popular en el que voten todos los Electores a favor puede aprobar la violación de la vida o la opinión de un solo ciudadano, puesto que su opinión y su vida son sus derechos en tanto persona. Ningún soberano puede obligarme a creer en el liberalismo o el socialismo, puesto que tales cosas son asunto de opinión y es mi derecho decidir si las acepto o las rechazo.
El límite de los tratados internacionales en los que la República haya convenido válidamente proviene del hecho evidente de que, si bien es nuestra nación soberana, existen muchas otras que también lo son, y en este sentido son nuestros iguales.
Dicho esto, ¿sería la reelección indefinida una violación de derechos humanos o de tratados internacionales válidos? En absoluto, y sobre ella puede entonces decidir soberanamente el pueblo venezolano.
¿Qué nos convendría decidir?
El 15 de diciembre de 1999 y el 2 de diciembre de 2007 ya habíamos decidido que era inconveniente permitir, por ejemplo, más de una reelección presidencial. Es parte de una larga doctrina constitucional venezolana, de origen bolivariano en el Congreso de Angostura, que los mandatos excesivamente prolongados conducen a la tiranía. Es esta conciencia, asimismo, sabiduría general de los demócratas. John Stuart Mill advirtió, por ejemplo, en 1861: “Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad: y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho”. Simón Bolívar, por supuesto, lo dijo de modo más sucinto con más de cuatro décadas de anticipación: “…nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerlo y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”.
No nos conviene la reelección indefinida. Es preciso decir no a la enmienda propuesta por el Ejecutivo disfrazado de Asamblea Nacional.
La razón es simple. El mecanismo de la inconveniencia funciona a través del abuso. Imaginemos que en un futuro algún presidente llegare a controlar los poderes que debieran contrapesar el suyo, que su voluntad se impusiere sobre las deliberaciones del Poder Legislativo Nacional, que el máximo tribunal de la República le complaciere con jurisprudencia a la medida de sus deseos, que las autoridades electorales sesgaren sus dictámenes a su favor, así como se plegaren a su beneficio las instituciones pensadas para la defensa del pueblo. Supongamos, más aún, que un hipotético presidente tal empleare los militares que le deben en principio obediencia para sus fines políticos, así como todo medio radioeléctrico o impreso poseído o controlado por el Estado, y también la tesorería pública y la de sus empresas y entidades, incluyendo las reservas internacionales, e igualmente los vehículos de uso público para el transporte de adeptos voluntarios o forzados, como empleados públicos obligados so pena de despido y persecución, y ocupara las paredes de edificios nacionales con el culto mural de su persona, y el tiempo de las emisoras privadas de radio y televisión para hablar interminablemente de sí mismo y desacreditar falazmente a quien ose disentir y desacatarle. Pensemos ahora que este mítico gobernante quisiera reelegirse: ¿que diríamos de la imparcialidad y justicia de las elecciones a las que se presentara con esa cantidad de poder sin contrapeso alguno? ¿Cuán democráticas serían esas elecciones?
Dado que una situación como la descrita, por más exagerada que sea, no es enteramente imposible, será de la mayor utilidad pública que el Soberano se proteja del abuso de sus mandatarios, y de la mayor importancia que niegue la enmienda promovida por el Presidente de la República el próximo 15 de febrero. El Soberano estará mejor servido cuando disponga de más grados de libertad electoral, cuando puedan tener varios candidatos a un cargo público electivo igualdad de oportunidades, no cuando un solo mandatario, inescrupuloso y abusivo, pueda inclinar desproporcionadamente la balanza de los recursos, del tiempo y del espacio a su favor, hasta el punto de limitar o anular, por la vía de la persecución legislativa y judicial, las posibilidades reales de sus competidores.
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Soy un ciudadano no alineado. Soy un Ni-ni. Y votar en contra de una pretensión hegemónica vitalicia no me convierte en adeco, cosa que, por lo demás, se puede ser honrosamente. Votar no el 15 de febrero no equivale a mi circuncisión por la fe, ni me transforma en creyente de ninguna otra religión honorable. Negar la enmienda “tramitada” por la Asamblea Nacional, por encargo del Presidente de la República, no me involucra en designios imperiales de ninguna potencia, sean ésta los Estados Unidos de Norteamérica o los Estados Unidos del Brasil. Al decirle no a Hugo Chávez dentro de diecisiete días no venderé mi patria: ejerceré mi derecho, que él está obligado a respetar y, más todavía, a proteger.
El hecho de no estar afiliado a ninguna de las opciones políticas actuantes no me impide percibir el estilo tramposo empleado finalmente en la presentación de la enmienda, que ha escamoteado el sentido de la autorización ansiada por el Presidente de la República y lo esconde tras equívocas invenciones, en ocurrencias de pícaro que así revela su carácter y la mínima consideración que los ciudadanos le merecemos. Escarmentado de decir las cosas directamente, de llamar a las cosas por su nombre, utiliza el subterfugio de una redacción que ni siquiera describe las consecuencias reales de aprobarla. Ni siquiera tiene la letra chiquita de las pólizas de seguro de construcción leonina.
La redacción final de la pregunta quiere hacer creer a los venezolanos que desde el 15 de febrero en adelante la elección de mandatarios y legisladores dependerá “exclusivamente del voto popular”, como si ahora no lo fuese. Pero veamos el respeto que guarda el promotor de la enmienda por el voto popular.
Anteayer se encontraba el Presidente de la República en el estado Táchira no, como pudiera pensarse, en funciones de gobierno sino en labores proselitistas. Allí dijo que si en 2012 resultare electo un presidente que fuera adeco o copeyano “habría guerra”. Así explicó: “Si la oposición llega al poder habrá una guerra, por eso es necesario garantizar la continuidad del proceso revolucionario democrático bolivariano y ahí está la propuesta de la enmienda constitucional (que implantaría la reelección presidencial ilimitada)”.
Pues si en 2012 el voto popular elige a un presidente que pertenezca a COPEI o Acción Democrática, ésa será voluntad que deberá ser inequívocamente respetada. El Presidente de la República declara que desconocería esa voluntad con una guerra, y demuestra cuán hipócrita es la redacción de la enmienda que propone. En lugar de “ampliar los derechos políticos del pueblo” ya se prepara a cercenarlos.
Últimamente, en nueva imitación de Fidel Castro, Hugo Chávez ha comenzado a ejercer como columnista de prensa. El Latin American Herald Tribune reprodujo su primer artículo, en el que argumenta de este modo:
“En Venezuela, como lo sabemos, el pueblo, una vez activado el poder constituyente, aprobó nuestra avanzadísima Constitución Bolivariana, el 15 de diciembre de 1999, hace ya casi diez años, iniciándose con ello, no sólo la refundación de la República, sino también la puesta en marcha del Proyecto Nacional Simón Bolívar y la transición hacia el socialismo.
Hoy, después de tantos acontecimientos de todo orden, que marcaron estos primeros diez años de revolución, se impone asegurar la continuidad del proceso democrático bolivariano, proyectándolo con mayor fuerza hacia la segunda y tercera décadas de este siglo que ha comenzado y evitando a toda costa cualquier riesgo de retorno al pasado, lo cual sería verdaderamente catastrófico para la Patria.
De allí, lectores y lectoras, compatriotas todos, la propuesta de Enmienda Constitucional, cuyo único fin es darle mayor poder al pueblo, a la hora de poner y quitar gobiernos”.
Si ése fuera el único fin de la enmienda ¿cómo es que—una vez más—amenaza con guerra si ese mismo pueblo, el Soberano, quisiere elegir a quien no le guste?
Todo venezolano debiera percatarse de tan siniestros designios y votar contra la enmienda constitucional propuesta el 15 de febrero. Reconozco que no todos los compatriotas pensarán de esta manera, y muchos votarán afirmativamente de modo honesto, en la creencia de que así sirven mejor a un proyecto político que ha despertado sus esperanzas.
Pero quienes no estemos alineados, en el sentido de no satisfacernos con el discurso oficialista ni con el de la oposición formal, no podemos estar desalineados de nuestro bien común, que es por eso mismo también nuestro bien individual. Aquí no puede haber Ni-ni porque en realidad no existe opción. Se trata de un solo país, y no se puede ser ni venezolano ni venezolano.
Hablo, pues, como no alineado a los no alineados: el 15 de febrero será crucial, para nuestras posibilidades personales y ciudadanas, que vayamos a votar y que lo hagamos para negar lo que únicamente puede ser, a la larga, una tiranía.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | Ene 27, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El 30 de diciembre de 2008, el Diario Las Américas—el más viejo periódico de habla hispana de Miami, fundado en 1953—publicó un artículo cuyos autores son Alexander Alum, de la Escuela de Leyes de la Universidad Northwestern, y Rolando Armando Alum, de Palisades Medical Enterprises en Nueva Jersey, padre del primero. Esta Ficha Semanal #226 de doctorpolítico se contrae a reproducir la pieza en cuestión.
El artículo de los Alum lleva un propósito sencillo: dar aviso de un libro que demuele la noción, sostenida propagandísticamente por el régimen cubano, de que la Medicina y los sistemas de salud en Cuba son excelentes. Este cliché, verdadera coartada del régimen que ha cumplido este mes medio siglo de feroz opresión, es demolido por la autora de la obra, Katherine Hirschfeld, médica norteamericana que ejerce ahora la docencia en la Universidad de Oklahoma y conoció en 1996, en visita románticamente emprendida, el monstruo sanitario cubano por dentro. Hirschfeld había sido atraída por la ingenua noción de una excelencia médica cubana, pero su propia enfermedad, y las investigaciones históricas que emprendiera, la llevaron a las conclusiones que expone valientemente, y nadando contra la corriente de la falsa versión estándar, en Health, Politics and Revolution in Cuba Since 1898. (Puede obtenerse de Amazon el libro desde http://www.amazon.com/Health-Politics-Revolution-Cuba-Since/dp/0765803445).
La revista Choice reseña: “Es sorprendente conocer, en este recuento etnográfico por una antropóloga médica estadounidense, que el gobierno de Castro aparentemente ha estado alterando los libros de contabilidad… Habiendo sido golpeadas sus idealizaciones preconcebidas por ‘discrepancias entre la retórica y la realidad’, observa un sistema represivo, burocratizado y secreto, amplio en ‘militarización’ pero corto en derechos de los pacientes, con ‘doctores familiares’ empleados por el Estado que no sólo son responsables por la salud de esos pacientes, sino también de exponer su disensión política… La autora, recurriendo a documentos históricos concluye que el régimen mostró avances en salud pública después de 1959, pero concomitantemente manipuló tanto las estadísticas de salud como el impacto de una previa involucración de los Estados Unidos en Cuba para resaltar los supuestos éxitos de la revolución de 1959. Una mirada reveladora y persuasiva sobre la salud pública bajo el socialismo. Altamente recomendable”.
Hirschfeld se ha limitado a exponer, mediante el empleo de una rigurosa metodología, la mentira que nuestro presidente ha enarbolado en el Panteón Nacional para celebrar cincuenta años de opresión.
LEA
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Médicos espías
El régimen reinante en Cuba marca medio siglo este primero de enero. Sus apologistas en el extranjero aún se afincan, particularmente, en la defensa de supuestas mejorías en los sistemas de salud y de educación. A pesar de la extensa bibliografía cubanológica, no ha habido hasta ahora suficientes estudios académicos que desglosen dichos mitos; pero ya tenemos uno ejemplar. Según cuenta en Health, Politics and Revolution in Cuba Since 1898—Salud, Política y Revolución en Cuba desde 1898—(Transaction: 2008), la antropóloga Katherine Hirschfeld se fue a Cuba en 1996 atraída por los supuestos logros en la salud pública. Pero esta joven estadounidense resultó ser otro intelectual más cuyo idealismo ingenuo se desvaneció al experimentar en carne propia la horrible realidad de la Cuba de hoy.
La autora residió por un tiempo en Santiago de Cuba, en donde devino en una verdadera “observadora-participante” al contraer el dengue, la fiebre infecciosa que las autoridades habían declarado erradicada una década atrás, por lo que la epidemia de 1996-97 fue considerada un “secreto de Estado.” Hirschfeld atravesó por una experiencia surrealista en un hospital santiaguero, el cual estaba sub-equipado y sub-atendido—irónico, ya que Cuba envía personal médico, supuestamente “de exceso,” a otros países (por. ej., Venezuela, en donde muchos de ellos desertan).
Al igual que le ha ocurrido a otros investigadores extranjeros (por ej., el controversial antropólogo Oscar Lewis a finales de los 60), la metodología de Hirschfeld—entrevistando a ciudadanos comunes—levantó las sospechas de la Seguridad del Estado cubana, por lo que fue interrogada en repetidas ocasiones. La antropóloga se marchó, pues, a La Habana, en donde, aunque con limitaciones, pudo examinar documentos históricos en algunos archivos. Su conclusión es que el sistema de salud post-1959 llegó, con el tiempo, a todos los rincones del país; pero acarreando un precio político-represivo, ya que es parte integral del complejo aparato de control socio-legal. Todo personal médico es considerado “un soldado revolucionario” entrenado a espiar a sus propios pacientes.
La autora clasifica los servicios de salud de la isla en tres estratos: El primero, para las élites privilegiadas del Partido Comunista y los extranjeros que pagan con los codiciados dólares, es el nivel que tanto celebran no pocos académicos y periodistas en el extranjero, así como ciertas personalidades de Hollywood. El segundo plano, de inferior calidad—y en coordinación con los infames Comités de Vigilancia—es para el resto de la población. Es ahí donde los disidentes políticos confrontan una gran desventaja al no recibir atención médica adecuada.
La tercera categoría la constituye una “red” informal de salud a la cual el cubano promedio recurre al no confiar en el sistema médico burocrático. Típicamente, profesionales del sector de la medicina—incluyendo odontólogos—ejercen clandestinamente a cambio de efectivo, así como por trueques (por ej., enseres robados de agencias estatales, y/o enviados por familiares emigrados). Hirschfeld explica que las autoridades se hacen de la “vista gorda,” ya que esta red “subterránea” alivia al estado de pacientes.
Se desprende del estudio de Hirschfeld—si es que quedaba alguna duda—que un sin número de servicios en Cuba dependen de remesas y envíos caritativos del Exilio, el cual, paradójicamente, es blanco de ataques constantes por parte del gobierno, así como de sus fanáticos defensores en el exterior. Quizás el lector familiarizado con la problemática cubana no encuentre nada nuevo en este libro; pero las Ciencias Sociales se reducen a menudo a documentar lo obvio. Lo cierto es que Hirschfeld describe, etnográficamente, aspectos de la vida cotidiana vistos desde adentro, y desde abajo, a diferencia de aquellos intelectuales que tratan de negar la realidad, pontificando cómodamente desde el extranjero, a veces basándose en meras breves visitas semi-turísticas.
No obstante, lo más admirable de Hirschfeld es su integridad intelectual. Con notables excepciones, el gobierno de La Habana es todavía considerado una vaca sagrada en ciertos medios intelectuales extranjeros. Sin embargo, Hirschfeld—ahora profesora universitaria en Oklahoma—no escatima en aplicar fuertes calificativos a la longeva y dinástica dictadura, llamándola totalitaria y despótica. La loable audacia de la Dra. Hirschfeld radica en su candidez, retando a aquellos intelectuales que otorgan al callar la verdad, aquellos autores que menosprecian la honestidad que se espera de los estudiosos comprometidos con la objetividad cándida, esencial en las Ciencias Sociales.
Hirschfeld reafirma que el acometimiento más evidente del régimen no ha sido el mejorar la calidad de vida del ciudadano promedio, sino su efectividad en difundir una imagen falsa, manufacturando y manipulando estadísticas a su favor. Ella desafía esa propaganda que parece todavía influenciar a ciertos intelectuales en el extranjero, quienes tienden a identificarse, no con las pobres víctima—como es costumbre en las Ciencias Sociales—sino, insólitamente, con la anacrónica gerontocracia dominante. En fin, este paradigmático primer libro de Hirschfeld merece ser traducido al español cuanto antes.
Rolando Alum Jr. & Alexander Alum
por Luis Enrique Alcalá | Ene 22, 2009 | LEA, Política |

Anteayer asumía Barack Obama el poder en Washington, en un espectáculo cuidadosamente planificado y de indudable potencia mediática. (No es malo que entienda la importancia de los medios, para competir con mucha ventaja contra megalómanos estadistas-locutores de discurso interminable). Todo fue previsto. No han debido ser espontáneas las dos ocasiones en que bajó con su esposa de la muy acorazada limusina Cadillac para caminar en medio de la calle, muy cerca de los ciudadanos apostados muy temprano en las aceras. No habría puesto en apuros al Servicio Secreto el primer día de su mando. Ambas caminatas fueron decididas suficientemente de antemano. Pero antes de los insólitos paseos, más de dos millones de personas se reunieron para verlo asumir el cargo más poderoso del mundo. (El Distrito de Columbia tiene una población residente de un poco menos de seiscientos mil habitantes, y aunque 92% de sus electores votaron por Barack Obama, la mayoría de los espectadores de su toma de posesión venían de más allá de su cuadrada área con diez millas de lado).
Ayer, después de asistir a un servicio religioso en la Catedral Nacional de Washington, se reunió primero con el personal de la Casa Blanca—al que agasajaría por la noche—, después con sus consejeros económicos—para afinar el plan de recuperación que presentará al Congreso—y finalmente con los comandantes militares de las operaciones de Estados Unidos en Irak, a quienes solicitó elaboren los planes de una retirada “responsable” de las tropas estadounidenses estacionadas en ese país. Hacia la una y media de la tarde firmaba dos órdenes ejecutivas y tres memorados presidenciales. Entre ellos estaba la orden de suspender los juicios en Guantánamo. Mañana ordenará el cierre de las instalaciones dentro del plazo de un año y a la Agencia Central de Inteligencia desmantelar su red de prisiones secretas. No pierde el tiempo, y su gabinete está prácticamente completo. El Senado de los Estados Unidos confirmó ayer, por votación de 94 a favor y 2 en contra, la designación de Hillary Clinton como Secretaria de Estado. Uno de sus más decididos defensores—y en general de la vía libre para Obama—fue John McCain, a su vez agasajado el lunes por el nuevo presidente, quien lo llamó héroe y destacó sus esfuerzos por vencer posiciones sectarias.
Es un buen arranque, sin duda y, sobre todo, un buen ejemplo. Es bueno que las naciones del planeta aprendan la lección de dejar atrás las diferencias surgidas, incluso con acrimonia, en una campaña electoral, para la cooperación que supere los problemas.
Claro que ese aprendizaje no está al alcance de todos. Gente como Robert Mugabe, por ejemplo, y otros que le tienen por gran estadista, seguramente son genéticamente incapaces de adquirirlo.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ene 22, 2009 | Cartas, Política |

Según la mitología, Zeus había asignado una medida apropiada y un justo límite a todos los seres: el gobierno del mundo coincide así con una armonía precisa y mensurable, expresada en las cuatro frases escritas en los muros del templo de Delfos: “Lo más exacto es lo más bello”, “Respeta el límite”, “Odia la hybris [insolencia]”, “De nada demasiado”.
Umberto Eco
Historia de la belleza
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La disfrazada propuesta de enmienda constitucional, que permitiría la reelección indefinida del actual Presidente de la República, está obviamente peleada con la exactitud (ha sido hecha confusa e imprecisa adrede, a través de la manipulación y la mentira) y, por tanto, no es la más bella. Es igualmente obvio que no respeta el límite establecido por el Poder Constituyente Originario en referéndum del 15 de diciembre de 1999 y ratificado en otro del 2 de diciembre de 2007. Todo el cambiante planteamiento se ha caracterizado, además, por la más flagrante insolencia presidencial, y es aparente que su propósito es ejercer el poder en demasía. En síntesis, las mesuradas virtudes principales de la civilización occidental, cuya cuna es precisamente Grecia la antigua, son despreciadas por el mandatario de turno, cuyo proceder es deliberado.
Una vez más, la barbarie—muy a conciencia, muy divertida consigo misma—contra la civilización. Rufino Blanco Fombona acuñó en su tiempo el término “barbarocracia”, para referirse a la autocracia gomecista, la misma que persiguió estudiantes, los apresó en Puerto Cabello y La Rotunda y los expatrió a raíz de sus protestas de 1928.
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Puesto a escoger, creo que habría preferido La Rotunda a La Piedrita. La primera era con frecuencia irreversible: muchos que en ella entraron jamás salieron vivos. Era, por supuesto, el más rotundo emblema de la más implacable dictadura del siglo XX venezolano. La Piedrita, en cambio, es azarosa; no tiene la inevitabilidad de La Rotunda, no tiene su certeza. No se sabe nunca cuándo descargará su alevosa y cobarde mano. La Rotunda no respetaba derecho humano, en su tortura arbitraria y su desalmado asesinato, pero era al menos un elemento de orden público. El general Gómez era un hombre serio. Uno habría sabido a qué atenerse.
La Piedrita no es la misma cosa; que se sepa, no ha matado a nadie todavía, aunque más de una de sus traicioneras hazañas hubiera podido causar víctimas fatales. Pero cumple un papel más siniestro: las cárceles de las dictaduras son lugar de castigo y escarmiento para sus opositores; la función de La Piedrita es amedrentar la opinión libre en general, mantenerla en zozobra, hacerla neurótica. Exhibe su impunidad con impudicia: en verdad, ministro El Aissami, si usted sabe la ubicación exacta de esa gavilla en la geografía caraqueña ¿cómo es que usted no ha ordenado ya reducirla, desarmarla, apresar a sus miembros y enjuiciarles? ¿Es que en el exiguo ámbito territorial de La Piedrita está suspendido el Estado de Derecho? ¿Es que ese grupo terrorista es más poderoso que las fuerzas a su orden?
Claro, como destaca la publicación Veneconomía—en artículo reproducido por el Latin American Herald Tribune—la violencia contra quienes osen disentir de la línea gubernamental es política de Estado. (“Es evidente que, como buen autócrata y discípulo de Norberto Ceresole, Chávez cree en la violencia como arma política legítima para alcanzar sus objetivos”). Son las normas de Ceresole, no las de Zeus, las que rigen la actuación política del gobierno.
Esta sistemática táctica no es en absoluto nueva; tan sólo se ha hecho últimamente más grosera—ahora siembra bombas preparadas por la policía para incriminar a la oposición estudiantil, la que más le irrita—a medida que toma conciencia de sus crecientes dificultades. El 17 de octubre de 2002, por ejemplo, se reportaba (en la novena edición de esta carta) acerca de los primeros ataques de afectos del gobierno contra el diario El Nacional, escenificados un año antes a raíz de virulento abuso verbal del propio Presidente de la República. Entonces se registró: “Son incontables las intimidaciones verbales y las agresiones físicas, con lesiones personales y daño a la propiedad, en contra de periodistas que procuran reflejar diariamente el acontecer venezolano. Y éstas son manifestaciones incitadas y auspiciadas por el gobierno. En una ocasión fue agredido un camarógrafo de televisión por un sujeto que minutos más tarde aparecía refugiado en el propio Palacio de Miraflores, tras la figura del actual Ministro del Interior y Justicia, Diosdado Cabello…” Sólo empezaban entonces; ahora es obvio que están terminando.
Cosas como ésas son más que sabidas por los embajadores que debieron aguantar siete horas y media de peroración presidencial en la Asamblea Nacional. ¿Cuándo es que sus respectivos gobiernos van a darse por enterados y decir algo al respecto?
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Es muy probable que la pretensión continuista de Hugo Chávez resultaría claramente derrotada aunque no circulase ya ni un solo folleto más contra la enmienda que ha promovido, aunque ya nadie dijera nada en su contra, aunque nadie marchara para repudiarla o izara una pancarta para recordarnos palabras de Bolívar que hemos ya memorizado. La matriz de opinión está sembrada, porque lo que está en juego es obvio y nuestro pueblo no es bruto. Ni que se pare de cabeza convencerá, en lo que falta hasta la consulta, a una mayoría nacional a su favor.
Se habla ahora de sondeos recientes de la opinión que retratarían una pelea más o menos pareja entre el pro y el contra de la enmienda. En verdad, los sondeos posteriores a los trucos más obscenos—la ampliación de la reelegibilidad a todo funcionario por elección y la camuflada redacción final de la pregunta—están todavía en proceso. (La encuestadora Datos, por ejemplo, a pesar de lo que sugiriera hace poco algún articulista, no ha concluido el procesamiento de su encuesta). Pero los que fueron hechos en diciembre reflejan todos una ventaja marcada para la negativa.
Un estudio particularmente interesante fue el dirigido por Roberto Briceño León, John Magdaleno, Olga Ávila y Alberto Camardiel. Este esfuerzo combinó una encuesta nacional (22 de diciembre) y la realización de focus groups bastante especiales, pues fueron compuestos de modo que no se mezclaran partidarios del gobierno, sus opositores o gente no alineada con ninguno de esos polos.
Naturalmente, este estudio combinado encontró un cincuenta por ciento de claro rechazo a la enmienda, mientras que registró sólo treinta y seis por ciento de apoyo. (La gente más joven y la población femenina es la que más repudia la pretensión continuista; en términos etarios, el proyecto sólo tiene mayoría en las personas mayores de cincuenta y cinco años; en términos socioeconómicos, sólo el estrato E—numéricamente menor que el D—le da una mayoría de apoyo. También registra la conocida aprobación mayoritaria a la gestión de gobierno, 61,4%; pero al mismo tiempo computa en 52% la proporción de la población que tiene poca o ninguna confianza en Hugo Chávez).
Los focus groups arrojaron detalles muy significativos; tal vez el principal es la presencia de dudas e incomprensiones, hasta vergüenza, en los grupos conformados con partidarios del gobierno. La interpretación de la encuesta, por su parte, pone de manifiesto el carácter crucial de los electores no alineados ni con el gobierno ni con la oposición.
Quien escribe tuvo la fortuna de asistir a una rica presentación de Briceño León y Magdaleno sobre estos resultados. Como es su costumbre, no se limitaron a la medición y el diagnóstico, y enhebraron a partir de sus datos una serie, mayormente sensata, de recomendaciones estratégicas para afirmar el rechazo a la proposición continuista. Una recomendación específica llama la atención.
Briceño y Magdaleno, luego de expresar su convicción de que la inminente consulta ofrece una oportunidad para “reposicionar” a la oposición, argumentaron que era de la suprema importancia la elección de quienes debieran hacer ostensiblemente frente—fronting—al proyecto de enmienda. Hablaron de una disyuntiva—falsa, a mi manera de ver—entre estudiantes y líderes convencionales, dando a entender que no había otras voces posibles. (En intento pedagógico hablaron, debe reconocerse, de encontrar los “badueles” o “marisabeles” de 2009). Esto es, la recomendación de Briceño y Magdaleno es la de constituir un coro de tres voces: la de aquellos que aún no están listos (estudiantes), la de los rechazados (líderes convencionales), la de los saltadores de talanquera (“badueles” y “marisabeles”). ¿Es que no hay otras voces en Venezuela?
Llama la atención que, después de haber expuesto que sería decisiva la participación de los electores no alineados—el estudio combinado mide su tamaño a la par de quienes apoyan a Chávez y mayor que el de sus opositores, como lo han hecho desde hace al menos seis años todas las encuestadoras, en proporciones cambiantes que oscilan entre 35% y 50%—, no se saque la conclusión obvia. Antes que “badueles” o “marisabeles”, urge conseguir voces no alineadas, con discurso no alineado y argumentos no alineados para asestar el golpe definitivo a las pretensiones continuistas de Hugo Chávez.
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Pero lo que está en juego es de la mayor gravedad, y a pesar de que la sensación más generalizada es que la fantasía de poder vitalicio será erradicada a mediados de febrero por una mayoría del pueblo, que ahora rumia en silencio su propia opinión acerca de la inoportuna, arrogante y perniciosa enmienda pretendida, es preciso acumular todos los esfuerzos para que la claridad del decreto del Soberano en esta materia sea deslumbrante.
Queda muy poco tiempo, gracias a la tramposa prisa impuesta por el Presidente de la República. ¿Qué puede hacerse?
Quizás lo primero sea percatarse de que no hay una oposición a esta enmienda; las oposiciones son muchas. Esto, en sí, no es tan malo, puesto que en gran medida la materia es asunto del enjambre ciudadano.
La confrontación, no obstante, es importantísima y decisiva. ¿Qué se hace en casos como éste? Los estadounidenses originarios, que habitaban en total un área inferior a la de Venezuela, decidieron en 1776 que no tolerarían más las imposiciones arbitrarias de Jorge III de Inglaterra, sabiendo que tal decisión les traería la guerra. ¿Formaron entonces trece ejércitos, uno por cada colonia rebelada? Formaron uno solo, y eligieron un solo comandante supremo: Jorge Washington.
Queda muy poco tiempo antes del referéndum buscado, en actitud insolente pero verdaderamente suicida, por el régimen. Si quienes, entre los opositores a la enmienda, pueden adjudicar recursos financieros y comunicacionales para combatirla, conviniesen en reconocer en persona concreta, ya no un nuevo Baduel o una segunda Marisabel, sino a un Washington, pudieran aumentar en mucho la probabilidad del éxito contra el anormalmente recrecido apetito de poder de Hugo Chávez. Una decisión de esa monta permitiría el uso más eficiente de los escasos recursos e introduciría la coordinación que garantizaría la eficacia.
Si se prefiere una imagen que no sea bélica, entonces que escojan un director de orquesta, para confiarle la responsabilidad de disponer los instrumentos y las voces para el gran concierto. Los cantores e instrumentistas también podrían comprender con facilidad que conviene dejarse coordinar, frente a un evento que no elige absolutamente a nadie.
Este comandante único debe ser persona avezada en lides políticas, preferiblemente más allá del bien y del mal; un buen estratega, claro e inteligente. Los lectores no se sorprenderán de conocer que, si estuviera en mí tal escogencia, optaría con los ojos cerrados por la persona de Teodoro Petkoff.
Ya no tiene partido, ya no pretende la Presidencia, pero es una de las personas más lúcidas, valientes y experimentadas de este menguado período de la política venezolana. Por mí, que tome la batuta.
luis enrique ALCALÁ
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