por Luis Enrique Alcalá | Feb 19, 2009 | LEA, Política |

No deja de ser doloroso que unos cuantos venezolanos se hayan dejado encandilar por el oropel del Stanford International Bank, propiedad de “Sir” R. Allen Stanford, hasta el punto de que sus imprudentes inversiones (entre 2.500 y 3.000 millones de dólares) representen la tercera parte de la captación de la entidad para los “certificados de depósito” que la Comisión de Valores de los Estados Unidos (SEC) ha calificado de fraudulentos.
Quien escribe, por otro lado, conoce a unos cuantos empleados del grupo financiero Stanford, y sabe que han actuado inocentemente de buena fe. Entre los primeros engañados por el Sr. Stanford—que alguna vez, para horror de la Universidad de Stanford, insinuó que era pariente de su fundador—está, sin duda, la mayoría de sus empleados. La creciente revelación de detalles de la colosal estafa indica que sólo Allen Stanford y su ejecutivo de confianza James Davis, basado en la isla de Antigua, conocían la verdad sobre el destino de 8.000 millones de dólares que lograron birlar a sus clientes. Tal cosa, sin embargo, no excusa la feliz y ciega aquiescencia de sus demás ejecutivos y vendedores, ni la ingenuidad de sus clientes, que arriesgaron sus capitales—más de uno los ahorros de toda su vida—en los vistosos pero imposibles esquemas de remuneración excesiva ofrecidos por la delincuente organización.
Hace escasamente ocho días el propio Allen Stanford remitía a los clientes un correo electrónico en el que aseguraba que todo estaba bien, que sólo se trataba de un artículo aislado en una revista (la venezolana Veneconomía Mensual, que dio el pitazo de alarma el mes pasado) y que el origen de la molestia era el reconcomio de antiguos empleados insatisfechos. Pero Google News registraba anoche, no ya un artículo en una revista local, sino más de 3.200 artículos sobre el escándalo, las autoridades estadounidenses han presentado acciones civiles contra Stanford (pronto vendrán las penales, tras la investigación corriente del FBI) y hasta un abogado del grupo en Antigua se apresuró a desdecir la defensa que inicialmente había presentado. Hasta los auditores del banco son sospechosos: una oscura firma londinense con oficina en Antigua, que firmó su último visto bueno el 31 de diciembre y cuyo socio principal falleció al día siguiente.
Los medios hacen su agosto en febrero con la jugosa noticia, y ha salido a relucir que Allen Stanford dio contribuciones a los demócratas e incluso dirigió la palabra a una de las sesiones de su convención del año pasado. El suscrito pudo conocer poco después un video de esa intervención. El pomposo Stanford, hoy en día desaparecido, hablaba patéticamente desde un podio colocado en medio de un pasillo cercano a un bar, mientras el tropel de gente que quería pertrecharse con un trago no le prestaba la más mínima atención.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Feb 19, 2009 | Cartas, Política |

“…creo que ganamos una victoria decisiva. Sin embargo, cuarenta y siete por ciento del pueblo americano votó por John McCain. Por consiguiente, no creo que los americanos quieran arrogancia en su próximo presidente”.
Barack Obama
TIME Magazine, Entrevista a la Persona del Año 2008
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El presidente Chávez no puede sentirse orgulloso de su triunfo del 15 de febrero. Conseguido con la ventaja del abuso sistemático, no puede presentarlo al mundo como una victoria limpia. Carga sobre sí, por consiguiente, el desdoro de todo jugador sucio. Crece su mala fama.
Por otra parte, a pesar del gigantesco y obsceno esfuerzo—gasto monetario, malversación de uso, extorsión e intimidación, manipulación falaz—tampoco es que puede exhibir cifras impresionantes. Después de todo, entre el 16 de enero y el 15 de febrero de este año se le voltearon unos 350 mil partidarios: el PSUV aseguraba en la primera fecha que 6.668.984 firmas apoyaban el proyecto de enmienda de la Constitución y, al decir del Consejo Nacional Electoral, exactamente treinta días después votaban por ella 6.319.636 electores.
Peor aún se le pone la cosa si se toma en cuenta que en diciembre de 2006, cuando el registro electoral tenía un millón menos de electores registrados, votaron por su candidatura 7.309.080 de ellos. O sea, se perdió más de un millón de votantes ; de esa cantidad, como hemos visto, la tercera parte desapareció en el último mes. En otras palabras, en diciembre de 2006, Chávez logró llevar a las mesas de votación al 46,3% de los electores; dos años más tarde pudo arrastrar sólo al 37,7%. Hubiera debido lograr, para preservar sus proporciones, 1.443.973 votos por encima de los que obtuvo hace cuatro días.
Cosas como ésas, y su propia “ganancia” de 693.652 votos respecto del referéndum de 2007, han determinado un espíritu francamente positivo en la mayoría de los opositores al gobierno. No son muchas las caras largas, y todo líder político de la oposición ha interpretado los resultados como un logro muy significativo. Una que otra persona dice que “este país es una m…” o “Yo lo que sé es que en cuanto pueda me voy p’al c…” La mayoría, sin embargo, siente que la jornada del pasado domingo valió la pena y que, a pesar de la derrota, fue satisfactoria.
La conciencia de humildad recogida en el epígrafe llama directamente a su aplicación en el caso presidencial, por supuesto. (“…la primera tentación, al reflexionar sobre lo dicho por Obama, es lamentarse porque el presidente venezolano no entiende que, por las mismas razones que expone el presidente norteamericano, su notoria arrogancia está de más”. Carta Semanal #318 de doctorpolítico, 5 de febrero de 2008). Pero si ella puede ser recomendable en el vencedor, mucho más es la modestia la virtud más útil al derrotado.
Las cuentas pueden sacarse de muchas maneras. Por ejemplo, si se anota que “la oposición” ganó casi 700 mil votos entre ambas consultas referendarias, entonces no debe ocultarse el hecho de que el gobierno aumentó su votación ¡en 1.940.244 sufragios!
Cuidado, pues, con extraer conclusiones apresuradas. La lectura estratégica correcta sólo puede venir con la modestia.
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Modestia, antes que nada, para practicar la primera exigencia de la democracia. “Somos demócratas”, proclaman los adversarios del gobierno, y el más elemental de los rasgos de la democracia es la aceptación y el respeto a la voluntad de la mayoría. No se habla acá de un mero acatamiento, de un “no tengo otro remedio que aceptarlo”. Lo democrático es aceptar, respetuosamente, con orgullo de demócratas, que 6.319.636 electores venezolanos votaron a favor de la enmienda propuesta. Seguramente una cierta proporción de estos sufragios se debió a la coacción feroz, como se anotaba al comienzo, pero nadie tiene base para aventurar una ponderación seria de esa magnitud. No puede decirse, como se escucha en autoreferencia complacida: “Nuestros votos fueron votos pensados, sensatos, racionales; los votos afirmativos son los de gente inculta, atemorizada, vendida o fanática”. Una tal soberbia es del todo desaconsejable. Podemos seguir pensando que el rechazo a la enmienda recién aprobada era lo correcto, lo más sano y prudente para nuestro sistema político, pero no se justifica la hipótesis de que cada uno de los más de seis millones de compatriotas que votaron a favor de ella tuvo por motivo algo despreciable o censurable.
Necesitamos igualmente modestia para evaluar correctamente el significado de la abstención. No puede decirse, como también se escucha, que a casi una tercera parte de los electores (30,08%) no le importa para nada el país. El celebrado hito del 2 de diciembre de 2007 se debió en mucho a una abstención bastante mayor (44%) que la del pasado domingo, y muy especialmente a la abstinencia electoral de usuales partidarios del gobierno. De nuevo, se trata de un contingente tan grande—el 15 de febrero—como el número de personas que quisimos negar una enmienda que nos parecía, y nos sigue pareciendo, altamente inconveniente. Es una práctica simplista, propia de los análisis primitivos, atribuir a cinco millones de personas un único e idéntico motivo para haber prescindido del voto y, en ningún caso, puede considerárseles opositoras en su totalidad.
Se requiere modestia para rechazar el pensamiento que supone que ahora “la oposición” dispone de un “caudal” de cinco millones de votos. No existe la caja fuerte en la que ese caudal esté guardado; el caudal íntegro fue consumido el domingo 15. Tampoco, obviamente, dispone Chávez de un caudal contrapuesto de seis millones de seguidores. Chávez, eso sí, ha sido capaz de producir mayorías a su favor en todas las confrontaciones electorales en las que ha intervenido menos una. Apartando el atípico referéndum del 2 de diciembre de 2007, las ganó todas. De esto, sin embargo, no se desprende que Chávez sea el dueño irreversible de las opiniones y voluntades de quienes hasta ahora le han favorecido con sus votos, y en cambio puede sostenerse con seriedad que su influencia ha disminuido. No es casualidad que en la misma noche del domingo pasado reconociera cuáles son las principales debilidades de su gobierno: la delincuencia y la corrupción, a las que declaró prioritarias. (Es la primera vez que la inseguridad ciudadana es elevada por Chávez a tan destacado sitial. Cuando inscribía su candidatura presidencial en el CNE a mediados de 2006 sólo mencionó a la corrupción administrativa, y dijo que quería ser reelecto para “continuar la lucha contra la corrupción”. En la noche del 3 de diciembre de ese año, ya proclamado vencedor, aseguró enfáticamente que su prioridad era entonces “combatir la corrupción y la burocratización”. Más de dos años después repite el asunto, pero nada significativo se ha hecho en esta materia, como lo demuestra el hecho de que el gobierno no ha podido explicar convincentemente, por caso, las llamativas andanzas del Sr. Antonini, o que ahora sostenga cómicamente que sí hay lucha contra la corrupción porque se propone declarar la responsabilidad política de Manuel Rosales por una camioneta presuntamente malversada. Hay que tener tupé).
La modestia es necesaria para que no se entienda que “la oposición” a la enmienda presentada por persona interpuesta (la Asamblea Nacional) es idéntica a la suma de los partidos declarados como de oposición; es bastante mayor. Es necesaria para que tampoco “los estudiantes” se crean los dueños de la votación negativa. Si bien tuvieron un papel más destacado que el de los líderes partidistas, esto obedece a que el “comando” que dominan los asignadores de recursos financieros y comunicacionales a “la oposición” determinó que Goikoetxea es más tragable que Ramos Allup, y por tal razón los estudiantes debían asumir la misión del fronting de la campaña opositora. (Ciertos electores desapercibidos de esa decisión se hacían eco de las infaltables leyendas urbanas: Manuel Rosales habría pactado su silencio como pago de su exoneración de lo que ahora lo acusan). Una vez más, como ocurrió en diciembre de 2007 y noviembre de 2008, una buena cantidad de otros actores trabajaron muy duro para ofrecer una resistencia organizada, admirable y muy sustancial y arrancarle terreno al gobierno, lo que se puso claramente de manifiesto en las elecciones de gobernadores y alcaldes. En especial es encomiable el esfuerzo realizado por varias organizaciones en materia de defensa del voto, en la que ha habido notables progresos.
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Pero donde es más profunda la necesidad de un tono intelectual modesto es en el examen de las premisas y axiomas que informan las estrategias políticas de quienes sostenemos que Chávez no conviene al país. Es preciso cuestionarlas con método de “presupuesto cero”, aunque se trate de nuestras estrategias favoritas.
A éstas se las repite, en buena medida, como disco rayado. La manida línea de la “unidad de la oposición”, por ejemplo. En su más reciente versión se propone como “la unión de los estudiantes con los partidos”; esto es, de quienes todavía no están listos con los que ya no son aceptados. La inercia y la falta de imaginación dominan la estrategia.
Desde esta postura se cierra el paso, una vez más, a la innovación. A fines de 1998, bloqueada la idea de una asamblea constituyente por quienes pudieron convocarla con más sensatez, y antes del primer triunfo de Chávez, se comentó: “Pero que [se] haya dejado transcurrir [el] período sin que ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Éste es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida”. Poco antes se había advertido: “La constituyente es inoportuna, estamos en crisis, no conviene añadir incertidumbre con ella, dicen algunos. Trampa. Nunca parecen ser oportunas las transformaciones, según algunos. Volver a posponer el cambio es aumentar todavía más la temperatura de la olla de presión, que tiene ciertamente un límite”. No hemos olvidado la historia que se desarrolló desde esas fechas.
Una vez más, se adelanta la formulación sensatoide de que por los momentos no conviene intentar nuevos caminos, a pesar de que los actores políticos convencionales, independientemente de los muchos méritos que han acumulado, no tienen lo que hace falta. Más allá de ligeros cambios estilísticos y de una renovación generacional en COPEI, para tomar como ejemplo su caso específico, este partido sigue siendo más o menos lo que era antes del advenimiento de Chávez a la Presidencia de la República. Claro, el partido se ha reposicionado como de centro-derecha—así explica con satisfacción Eduardo Fernández—; ya no obedece a la ubicación de centro-izquierda que Rafael Caldera estipulara en el mitin de cierre (en la Plaza Venezuela) de su campaña de 1963, ni se enfatiza aquello de la Juventud Revolucionaria Copeyana que el mismo Fernández dirigiera en tiempos más remotos. Ahora ensaya la marca “COPEI – Partido Popular”, en imitación de o concesión al partido de José María Aznar, que bastante ayuda financiera le ha concedido en época de vacas flacas, cuando hasta los alemanes de la Fundación Konrad Adenauer le habían regateado fondos por decepción con su reciente desempeño. Pero sigue siendo un partido clásico, de pretensión ideológica, cuando el molde moderno, Tony Blair dixit y Obama y Sarkozy ilustran, es post-ideológico.
Este último párrafo, sin embargo, como escueto estudio de caso no significa que el propio Eduardo Fernández no tenga nada útil que decir, o que COPEI—o Primero Justicia o Un Nuevo Tiempo—sea una organización incapaz de contribuir positivamente a la superación del agudo cuadro patológico de nuestra política. En opinión de quien escribe, Eduardo Fernández es un político preparadísimo, de gran inteligencia y no poca valentía, y sería un desperdicio nacional injustificable despreciar la mucha gasolina que aún le queda en el tanque.
De lo que se trata es de otra cosa. Por un lado, la modestia se expresa igualmente en el reconocimiento de la deuda que se tiene con los precursores. He aquí el espíritu de la frase mil veces atribuida a Isaac Newton: “Si vi más lejos fue porque subí sobre los hombros de gigantes”. Y la modestia es, entonces, asimismo exigible de los gigantes mismos.
Pero necesitamos nuevos contextos, nuevas organizaciones, para el aprovechamiento inteligente y concentrado de mucho talento político nacional. No es lo más eficaz, con perdón de la inscripción de Jon Goikoetxea en Primero Justicia, el procedimiento inverso de colocar un elemento nuevo en un ambiente viejo. El gurú de la sociología de la comunicación y la modernidad que fuera Marshall MacLuhan tuvo esto muy claro, y sugirió que un sillón Luis XV podía lucir estupendamente en el más moderno pent house de Manhattan, pero que un computador en el Palacio de Versalles reventaría su ambiente de un modo chocante e incomprensible.
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Hace unos días, en un sorprendente ejercicio de lucidez, por lo demás habitual en él, el Dr. Ramón J. Velásquez dibujó con hábil pincel grueso el trayecto histórico que nos ha traído a este insólito momento. Con toda la intención trazó la rúbrica de cierre: “El resultado de todo esto es que el país está dividido”.
¿Unir a “la oposición”, cuando la mitad de la nación no le está afiliada, sería la estrategia adecuada? Tal vez, pero la tarea política profunda es la de unir a ese país dividido. Es imposible completarla con altanería.
luis enrique ALCALÁ
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 17, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El día viernes 13 de febrero, cuarenta y ocho horas antes del referéndum del domingo pasado, el Dr. Luis Alberto Machado me confiaba su impresión de que el presidente Chávez ganaría la contienda constiuyente. Así podía inferirlo de las más responsables evaluaciones que había conocido.
Pero el Dr. Machado no se detuvo en eso. Su propósito, en cambio, era infundirme su interpretación anticipada de lo que serían los resultados, los que a su juicio incluirían asimismo una mitad casi del país que negaría su apoyo a la enmienda constitucional propuesta a consulta popular. Me dijo, entonces, que esta última circunstancia era un signo extraordinariamente saludable, admirable más bien, pues tal cosa mostraba inequívocamente que después de diez años de detentar el poder, de haber dispuesto de todos sus resortes, incluso de poderes que no le corresponden, de cuantiosos recursos, y luego de haberlos empleado con agresividad y ventajismo sin precedentes en nuestra historia, la mitad del país no se había doblegado a su voluntad. Esto, me dijo, le parecía una realidad de importancia descomunal, digna de ser valorada y celebrada.
El Dr. Machado, en consecuencia, no se llevó una sorpresa con los acontecimientos posteriores. Menos aún se deprimió al conocerlos.
Tampoco serían sorprendidos dos autores completamente separados y distantes el uno del otro, el ex embajador Sadio Garavini di Turno y el articulista afiliado al Washington Post que firma como Edward Schumacher-Matos. Ambos escribieron antes de que la votación del domingo tuviera lugar; ambos dijeron cosas atinadas. Sus dos artículos son reproducidos, uno tras otro, en esta Ficha Semanal #229 de doctorpolítico.
Esta publicación no comparte la gama total de matices en ambos análisis, pero ve en ellos una coincidencia de puntos de vista que habla mucho de una maduración en el tratamiento interpretativo del fenómeno chavista. Ambas piezas, además, forman familia con el constructivo y justificadamente optimista juicio del Dr. Machado.
En el artículo de Garavini es de resaltar su acertada lectura de la erosión continuada del apoyo a Chávez y su convocatoria al trabajo político. Schumacher adelanta una sensata recomendación a la nueva administración estadounidense: que no se meta en nuestra política local y deje el problema Chávez a los venezolanos.
A partir de estas lecturas puede inferirse que el país y el mundo no cesan de aprender de sus errores. El futuro siempre podrá ser, por eso, mejor que el pasado en términos generales. Con uno que otro doloroso retroceso, la humanidad crece en conciencia.
LEA
…
Dos plumas
La lucha sigue
Escribo estas líneas antes del 15 de febrero, por tanto desconozco, obviamente, el resultado del referéndum. Pero, cualquiera haya sido el desenlace de la votación, la lucha política seguirá.
De acuerdo a todas las encuestas serias, el país está dividido en dos grupos más o menos equivalentes. Sin embargo, recordemos que el Presidente Chávez obtuvo en las elecciones presidenciales del 2006 casi el 63% de los votos, mientras que en las recientes elecciones regionales el chavismo logró escasamente el 52%, perdiendo en la capital y en los estados más poblados y relevantes del país.
Todo esto lo logró la alternativa democrática a pesar de sus divisiones y de no contar, por ahora, con un liderazgo claro y consolidado. Además, el resultado obtenido por el NO, ganando o perdiendo, hay que subrayarlo, se habrá logrado no obstante que los demócratas venezolanos se enfrentaron al uso y al abuso ilegal de todo el presupuesto nacional y de todas las instituciones del Estado en la campaña electoral.
A esto habría que agregarle la descarada intimidación de los empleados públicos. Todo lo cual significó el más obsceno “ventajismo” que gobierno alguno haya utilizado desde la caída de Pérez Jiménez.
Además, cualquiera haya sido el resultado, se obtuvo al final de la época de oro del chavismo, cuando se disfrutó de los más altos y sostenidos ingresos fiscales de la historia de Venezuela. Si con ese dineral un gobierno, con todo el poder del Estado a su disposición y diez años de tiempo, logra sólo obtener el apoyo de más o menos la mitad del país, es evidente que ha sido de una incapacidad y una ineficiencia descomunales. Podemos imaginarnos cómo gobernará en la época de “vacas flacas”, que se avecina.
El sol está a las espaldas de Chávez. El caudillo, ya no puede ocultar su vocación totalitaria, de clara matriz castro-comunista. San Agustín decía que los humanos tenemos tres clases fundamentales de deseos: la “libido sentiendi”, la “libido cognoscendi” y la “libido dominandi”. La “libido dominandi”, la concupiscencia por el poder de Chávez es espantosamente patológica. Con todos los problemas que tiene el país, lo que se le ocurrió a Chávez es llamar a un referéndum inconstitucional, que implicó el gasto inmoral de centenares de millones de dólares y una enorme cantidad de horas de trabajo y de clases perdidas, así como la suspensión de inversiones y una baja considerable de la actividad económica. Todo esto para satisfacer la insaciable “libido dominandi” del caudillo”.
Si el NO ganó, la lucha sigue, porque Chávez inventará, en un futuro más o menos cercano, algún otro mecanismo (Asamblea Constituyente, otra enmienda etc.) para reproponer su obsesiva pasión por el poder, pero lo tendrá que hacer “herido en el ala”, con la magia carismática en crisis. El sedicente Mesías y “salvador del pueblo” requiere, para mantenerse en el poder, de un abrumador apoyo popular, que ya no existe.
Si ganó el SI, la lucha sigue, porque de todos modos, Chávez habrá bajado su votación considerablemente, desde su reelección en el 2006. Su “curva” va bajando, mientras la de la alternativa democrática seguirá subiendo. Por eso, tuvo prisa en llamar a este referéndum. Si no se cruzaron las curvas esta vez, será en un futuro bastante cercano. La alternativa democrática tiene, desde ya, que empezar a trabajar en las candidaturas unitarias para las próximas elecciones de concejales y, sobretodo, para las cruciales elecciones parlamentarias del año que viene. La lucha sigue, pero la alternativa democrática es el futuro.
Sadio Garavini di Turno
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Cercando a Chávez
El comienzo del fin está llegando para Hugo Chávez.
El autoritario presidente venezolano escenificará mañana un referéndum sobre un cambio constitucional que le permitiría postularse indefinidamente a la presidencia. Los encuestadores dicen que Chávez tiene una pequeña ventaja, pero la elección es en mayor medida irrelevante. A menos que ocurra un milagro petrolero, el antiguo paracaidista del ejército está siendo minado lentamente por su mal manejo económico y la corrupción, como unos cuantos hombres fuertes populistas antes que él.
Puede que los precios petroleros se recuperen algo de su actuales niveles bajos de alrededor de cuarenta dólares por barril, pero no pronto y no cerca de los más de ochenta por barril que Chávez necesita para eludir una devaluación importante que atizaría la inflación rampante y la escasez de alimentos. La suya es la crónica de una muerte anunciada, una vieja historia que terminara en la mayor parte de América Latina en los ochenta pero que Chávez y demasiados venezolanos han escogido visitar de nuevo.
Hay aquí una lección para la nueva administración de Obama. No debiera engancharse con Chávez en una disputa pública y ciertamente no debiera trabajar privadamente en su contra dentro de Venezuela. Ambas aproximaciones son tontas, las mismas que los guerreros atávicos de la Guerra Fría impusieron a George W. Bush durante su primer período. El astuto Chávez hizo verbalmente de Bush un hazmerreír en el sur, y la cofianza hemisférica en los Estados Unidos fue seriamente dañada cuando la administración Bush pareció avalar un golpe en 2002 contra Chávez que fracasó.
Obama debiera meramente ignorar a Chávez y dejar que los venezolanos se ocupen de él. Se habla mucho de cómo Chávez es un pendenciero que ha reclutado a Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Honduras y Cuba en una alianza izquierdista antinorteamericana. ¿A quién le importa? Ninguno de estos pequeños países es una amenaza o quiere serlo. No hay Unión Soviética que los use como plataforma, y la inmersión china en el hemisferio es puramente comercial.
La historia es también una guía. Dos dictadores venezolanos hicieron también cambios constitucionales similares para ser reelegidos, y ambos fueron depuestos al año siguiente, el último en 1958, al comenzar el ciclo democrático que condujo a Chávez. En diez años como presidente, sin embargo, Chávez ha sido el anunciante de una “democracia iliberal” con el voto de la mayoría, principalmente de los pobres y los no educados, para destripar la Asamblea y los tribunales del país, clausurar medios independientes y nacionalizar muchas industrias.
Chávez perdió un referéndum similar hace catorce meses. Para la votación inminente, ha recurrido a la táctica fascista de los treinta: fomentar la inseguridad para subir en las encuestas. Partidarios suyos han lanzado bombas lacrimógenas a los hogares de adversarios (e incluso en la misión del Vaticano), atacado a manifestantes y señalado líderes estudiantiles como judíos, creando un clima en el que una sinagoga fue profanada hace dos semanas. Ahora Chávez hace campaña como la alternativa a este caos.
En verdad, Chávez tiene apoyo genuino. Ha reducido a la mitad la tase de pobreza extrema en un país desde hace tiempo mal manejado y maldito por la irresponsabilidad popular común a muchos países petroleros. Con largueza petrolera, Chávez construyó escuelas y hospitales para los pobres y condujo al país a un boom de consumo. Pero también crecieron el crimen y la corrupción, y no ha construido nada que sea económicamente sustentable.
Como ha dicho Cristopher Sabatini, de la Sociedad de las Américas en Nueva York: “La economía global está dejando atrás a Chávez, y tristemente para él y todos los izquierdistas que vieron en él un antídoto contra la globalización, sus sueños bolivarianos están a punto de concluir con el colapso de su única fuente de poder: el petróleo”.
La inflación en Venezuela anda por 31 por ciento, con mucho la más grande en América Latina, y se espera que alcance este año 45 por ciento. La tasa de cambio oficial es de 2,15 bolívares por dólar, pero la del mercado negro supera los 5 bolívares, lo que es una brecha tan grande que el gobierno no tendrá otro remedio que devaluar la moneda, lo que a su vez elevará los precios locales todavía más. El gobierno tiene suficientes reservas para continuar subsidiando los alimentos por el año próximo, pero esto ha generado escasez de alimentos. Y el gobierno está tan atrasado en sus pagos a los contratistas petroleros que muchos han dejado de trabajar, recortando la producción de la gallina de los huevos de oro. El petróleo representa 95 por ciento de las exportaciones de Venezuela.
Esto es un cuadro ya visto. Ha conducido a caos y golpes en América Latna. Los oponentes de Chávez, muchos de ellos jóvenes, dicen querer derrotarlo limpiamente en las próximas elecciones, programadas para 2012. Puede que no tengan el lujo de que dure tanto tiempo.
Edward Schumacher-Matos
por Luis Enrique Alcalá | Feb 12, 2009 | LEA, Política |

Una característica casi enteramente común a los estudios de opinión serios de los últimos dos meses es que el rechazo a la enmienda para la reelección indefinida del Presidente de la República—los demás funcionarios y legisladores son ñapa—es posición mayoritaria entre los electores venezolanos. Sólo los más acendrados partidarios del gobierno, y unos cuantos ingenuos que han comprado la falaz propaganda oficialista, están dispuestos a aprobarla.
Lo que hace incierto el desenlace previsible del referéndum del próximo domingo es la afluencia efectiva de los votantes y, por supuesto, una oposición a la enmienda que se quede en su casa equivale a aprobarla. El que calla otorga.
No es posible a esta publicación, por tanto, adelantar una predicción acerca del resultado dominical. El mero ojo clínico, en ausencia de encuestas, permite suponer que la votación del 2 de diciembre de 2007, contraria a las pretensiones presidenciales, debiera ser superada el 15 de febrero de 2009. La intención continuista es más clara a pesar del tramposo camuflaje, el incomprensible apuro es más evidente, la violenta agresividad gubernamental más patente. (El general González González amenaza a última hora con el Código Orgánico de Justicia Militar, cuyo artículo 501 estipula penas de hasta veinte años de prisión por el delito de “ataque al centinela”, para disuadir a quienes se apresten a protestar alguna extralimitación de los que tienen por única función la protección del voto popular).
Pero es posible que Chávez logre obtener dentro de tres días una votación favorable, y esta circunstancia debe llamar a dos estados de conciencia. El primero es de la más inmediata importancia práctica: hay que ir a votar. Aunque sufragar afirmativamente es sin duda un apoyo al gobierno, votar en contra no equivale a un apoyo a la oposición. Los estudios indican claramente que cerca de las cuatro quintas partes de quienes se representan como no alineados (insatisfechos con la oferta del gobierno y la de la oposición formal y conocida) repudian la enmienda. Esta fuerte mayoría debe ir a expresarse.
El segundo estado de conciencia necesario es éste: si, en mala hora, el continuismo saliera triunfante esta vez, no será responsable predicar un fraude como explicación del resultado, luego de que se invita a votar predicando que el voto es inviolable y secreto. En esa indeseable circunstancia, lo responsable será examinar serenamente las causas del tropiezo y prepararse para la próxima confrontación electoral.
Es preciso que no renazca un radicalismo golpista, cuyo falso axioma principal es que con este régimen la vía democrática estaría clausurada.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Feb 12, 2009 | Cartas, Política |

Prácticamente todo idioma dispone de metáforas zoológicas para referirse a su economía y su política. Los estadounidenses, por caso, hablan de un oso cuando el mercado de valores se haya en fase de contracción y de un toro cuando es momento de expansión, aluden a halcones y palomas para referirse a posturas belicistas o pacifistas y simbolizan con un burro el partido de los demócratas y con un elefante el de los republicanos
La lengua castellana dispone también de las suyas, para describir con gran economía ciertos tipos de personalidad en la política. Así, nos informa el Diccionario de la Real Academia que la expresión “más resbaloso que la guabina” es una locución adjetiva que se emplea en Venezuela—y en Puerto Rico, con o sin conspiraciones—para referirse a una persona que es “Hábil para salir airosa de cualquier situación”. Es decir, cuya argumentación es tan resbaladiza que se hace imposible comprometerle con una opinión decidida en torno a algún asunto. (Tengo en mente la figura particular de un cierto magistrado de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia). La guabina misma, por supuesto, es un pez de río mucilaginoso, de allí que escape resbalando cuando se intenta atraparlo con las manos. En Cuba decirle guabina a alguien es llamarlo cobarde, y el mismo DRAE recoge que en ese país significa, despectivamente, una persona que “interesadamente y con frecuencia, cambia de parecer o de filiación política, o que se abstiene de tomar partido”.
No muy lejos del carácter guabinoso está el del camaleón. En este caso hablamos de quien, tal como el reptil saurio que “posee la facultad de cambiar de color según las condiciones ambientales”, es una persona “que tiene habilidad para cambiar de actitud y conducta, adoptando en cada caso la más ventajosa”.
Una vez más, el camaleón que es Hugo Chávez esconde la mano izquierda con la que toma una granada y extiende la derecha con una paloma de la paz—amarrada, naturalmente, pues si no huiría espantada—, mientras comunica en alguna nauseante cadena que se ha enterado de que existe un tal colectivo La Piedrita y también ha recordado que Lina Ron tiene muy mal carácter (anárquico). En la misma declaración, proclama que el gobierno venezolano no es antisemita, a pesar de que expulse embajadores israelíes y se alíe y congratule con Mahmud Amahdineyad, quien niega el holocausto y piensa, como, Hamás, que Israel debe desaparecer. Añade quien saltara a la arena política con un intento de golpe, no faltaba más, que “la oposición”—término que eleva al rango de categoría universal kantiana)—busca dar un golpe de Estado. Él siempre ha buscado la paz. Luego ordena el apresamiento de Valentín Santana a la Fiscalía General de la República, la que entonces se da por enterada de las actuaciones delictivas de ese ciudadano. A Lina Ron le augura la soledad, a pesar de que esta señora aparezca recientemente en la cordial compañía de Jorge Rodríguez, quien es el alcalde al que ordenara la expropiación arbitraria del Centro Sambil de La Candelaria y antes fuera su Vicepresidente Ejecutivo.
Hábil, el Presidente. Pudiera, a su salida del cargo que ha detentado en sobrada demasía, seguir una notable carrera como pedigüeño malabarista de semáforo; no dejaría caer ni una sola bola.
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Pero la personalidad presidencial trasciende lo camaleonino, y entonces la metáfora zoológica no es fácil de hallar. A pesar de que se habla de engaño animal cuando, por ejemplo, ciertas ranas verdes macho croan con voz más grave de la que tienen habitualmente para sugerir que son ejemplares más fuertes en época de celo, o se nombra coral roja falsa a una serpiente que no es venenosa cuando la parecidísima coral auténtica sí lo es, no es fácil conseguir un animal al que adjudicar el rasgo de mentiroso. Sobre esto hay tajante opinión; Fernando González Ochoa, el filósofo colombiano, dijo una vez a Félix Ángel Vallejo: “Los animales, los vegetales y los minerales, siempre dicen o expresan la verdad. El único ser mentiroso, entre todos los de la creación, es el hombre”. Y el Presidente de la República viene de admitir muy reciente y divertidamente que miente cuando ese proceder le conviene.
El 13 de enero de este año todavía incipiente, Chávez torturaba a los televidentes venezolanos con una alocución de más de siete horas y media desde la Asamblea Nacional. Se trataba de su informe de gestión al concluir el ejercicio de 2008, al que convirtió en panegírico de los diez años que ya lleva en el poder, que asumió por vez primera el 2 de febrero de 1999. Entre los asistentes que no pudieron despegarse de sus asientos estaban, como es natural, los diputados mismos y las barras convocadas para el apoyo ruidoso y borreguil, pero también sufrieron el excesivo y autobiográfico abuso los miembros del cuerpo diplomático acreditado en el país. Entre otras barbaridades, éstos debieron escuchar la explicación, acerca de cómo el presidente Chávez mentía, por propia admisión, una veintena de años atrás.
En efecto, en uno de sus peculiares recuentos históricos, el recuerdo de Hugo Chávez regresó a febrero de 1989, cuando Carlos Andrés Pérez asumía por segunda vez la Presidencia de la República. Chávez aludió específicamente al acto de toma de posesión de Pérez en el Teatro Teresa Carreño, el fastuoso acto que mereció el cognomento de “coronación” e irritó a una población muy exigida, a la que días después se le aumentaría el precio de la leche y el pan, y el del transporte público al producirse el aumento del precio de la gasolina; a esa población que reaccionaría airada con el “Caracazo” del 27 y 28 de febrero de ese año. Recordó Chávez, incluso, que Fidel Castro, su “padre”, estaba entre los circunstantes que aplaudían a Pérez. Entonces, el Presidente de la República contó a quienes apenas comenzaban la sufriente audición, y a quienes en ese momento lo veían y escuchaban por radio o televisión, cómo es que él era quien aplaudía más frenéticamente, aunque por supuesto conspiraba ya activamente, para que se le tuviera por persona afecta al régimen. Esta confesión la expuso con orgullo satisfecho, como si el engaño fuera travesura meritoria, inmoralidad necesaria a la revolución que todo lo absuelve.
El Presidente de la República es un mentiroso inveterado. Durante la campaña electoral de 1998, Chávez dijo reiteradamente en entrevistas, reuniones y declaraciones que él y sus compañeros habían intentado derrocar al gobierno constitucional de Venezuela porque Carlos Andrés Pérez había ordenado al Ejército volver sus fusiles contra el Pueblo en febrero de 1989 para controlar los desórdenes ya mencionados, contra la explícita condena del Libertador, que había declarado la posibilidad abominable. Para la época de su prisión en Yare, sin embargo, Hugo Chávez ya había admitido que “su grupo” conspiraba desde hacía siete o nueve años (desde el Bicentenario de la muerte de Bolívar). Por tanto, para el 27 y 28 de febrero de 1989, la intención de tomar el poder por la fuerza ya estaba formada varios años antes. Mal podía presentarse como pretexto para el golpe fallido del 4 de febrero de 1992 algo que no pudo tener nada que ver para la conformación de una logia conspirativa. Pero esto no obstaba para que Chávez ofreciera a conciencia un argumento falso, una de sus primeras coartadas bolivarianas.
Antes había ofrecido ya otras explicaciones. El ex comandante Chávez argumentaba a la revista Newsweek a comienzos de 1994 que el artículo 250 de la Constitución Nacional de 1961 prácticamente le mandaba a rebelarse. Lo que ese artículo 250 estipulaba es que en caso de inobservancia de la Constitución por acto de fuerza o de su derogación por medios distintos a los que ella misma disponía, todo ciudadano, independientemente de la autoridad con la que estuviera investido, tendría el deber de procurar su restablecimiento. Pero con todo lo que se podía criticar a Carlos Andrés Pérez en 1992, y aun cuando los venezolanos estuviésemos convencidos de que lo más sano para el país era su salida de Miraflores, ni Pérez había dejado de observar la Constitución en acto de fuerza, ni la había derogado por medio alguno. Todas las cosas que le eran censurables a Pérez tenían rango subconstitucional, y por tanto esa otra justificación ofrecida por Chávez era asimismo mentirosa.
Son también de la campaña electoral de 1998 instancias—existen videos—en las que fuera preguntado directamente por su presumible orientación socialista. Con la mayor desfachatez, el candidato Chávez negaba esa especie en reuniones de la época con empresarios, y decía que su plataforma no era socialista sino bolivariana. Ya en el gobierno, mientras establecía sus líneas de coordinación con Fidel Castro, explicó en 2000 que buscaba, “como Tony Blair”, una “tercera vía” entre capitalismo y socialismo.
Ahora, en cambio, ahíto de poder, presa de lo que los japoneses denominan “enfermedad de la victoria”, ya no oculta sus engaños: ahora miente con descaro y, es lo peor, con gozo. Su regodeo en la Asamblea Nacional es el más reciente ejemplo.
A menos que las encuestas le indiquen que se ha pasado de la raya. Y es esto lo que ha suscitado su última y repentina conversión a la paz. Después de que su campaña franca fuera corregida a media marcha para hacerla más digerible—que ahora sí quería que otros funcionarios pudieran reelegirse indefinidamente, que se trataba, con redacción engañosa, de ampliar los derechos políticos del pueblo—, las tácticas periféricas de amedrentamiento mediante fuerzas de choque amateurs como el “colectivo” La Piedrita empezaron a costarle una disminución de intención de voto a su favor.
No se busque, pues, en su tardía orden de detención al cabecilla de La Piedrita la consecuencia lógica de sus pacíficos principios. En ella sólo hay pose y mentira. Hipocresía funcional, adoptada voluntariamente, en otro profundo irrespeto a la inteligencia venezolana, como técnica estándar de gobierno.
luis enrique ALCALÁ
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