LEA #322

LEA

Los churupos dan ahora sólo para estatizar plantas arroceras de mediano tamaño, ya no bancos de tamaño grande. A la gente del Banco Santander se le ha hecho saber que, por ahora, lo de comprarle el Banco de Venezuela está diferido. La masa no está para bollos.

Apenas concluida la tarea política de la apresurada enmienda constitucional, la Presidencia de la República expresó al fin preocupación por la situación económica del planeta, que al deprimir la demanda petrolera y los precios de nuestra principal fuente de divisas, cambia radicalmente las posibilidades de la revolución. Es difícil saber si en verdad era Montgomery mejor comandante de tanques que Rommel; lo cierto es que este último se quedó sin gasolina. Ya la revolución no es tan fácil. Ahora dice el Presidente del Metro de Caracas, poco antes de que algunos de sus trabajadores fuesen a protestar ante las oficinas de Chacao, que el Ejecutivo Nacional, no la mera compañía sino el gobierno entero, carece de los recursos requeridos para honrar el contrato colectivo firmado hace menos de seis meses.

Pero esta situación pudiera cambiar dentro de poco. La apuesta del gobierno es que la recesión mundial no llegue a convertirse en depresión, y que los precios del petróleo repunten antes de que sea demasiado tarde para el socialismo del siglo XXI. Mientras esto ocurre, las abundantes reservas de moneda extranjera pueden cubrir la brecha entre el descomunal gasto público venezolano y los ingresos fiscales. ¿Tiene tal esperanza algún asidero?

Hay ya algunos analistas que dibujan exactamente ese escenario. Los expertos en petróleo de Barclays Bank, por ejemplo, creen que la caída de la demanda petrolera dejará de ser tan acusada en los meses venideros, mientras que del lado de la oferta su contracción impulsará los precios hacia arriba. Bernstein Research fijó su atención en la reducción de la oferta no OPEP, la que estima pudiera caer en 2,5 millones de barriles diarios durante 2009. PFC Energy también pronostica, aunque con cifras menores, una contracción continuada de la oferta petrolera a corto plazo.

Esta reducción se suma, por supuesto, a la ya decidida por la OPEP, que ha retirado del mercado alrededor de tres millones de barriles diarios. La realidad de los costos se impone sobre las inversiones programadas en la industria petrolera como en la del arroz, y los proyectos de desarrollo son diferidos o cancelados cuando los números no dan.

En los últimos días los precios de petróleo han detenido su caída, e incluso han mostrado alguna recuperación. Quizás quienes esperaron que la solidez del gobierno venezolano se vería gravemente mermada del lado financiero se adelantaron en exceso. Aun así, es difícil que regrese para Hugo Chávez la posibilidad de financiar la revolución latinoamericana. Por ahora no tiene cómo sufragar la adquisición del Banco de Venezuela.

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CS #322 – Tanques para pensar

Cartas

Comenzaba apenas la cuarta década del siglo XX y Londres se encontraba bajo asedio aéreo de la Luftwaffe. La defensa antiaérea de la ciudad dejaba mucho que desear y el proceso de decisiones militares característico de la época no lograba mejorar la situación. Luego de largos meses de ineficacia surgió una proposición poco convencional, la que fue aceptada, por supuesto, porque es característica humana universal acordarse de Santa Bárbara cuando truena. Alguien propuso entregar el problema a científicos pues, argumentaba, a fin de cuentas son personas adiestradas en una forma sistemática y flemática de pensamiento. Fue así como se constituyó el primer equipo de «investigación operacional» de la historia. Un químico, un matemático, un filósofo, y otros científicos después, hincaron el diente al descoordinado sistema de defensa aérea londinense. La mayoría de los problemas era, justamente, de problemas de coordinación y control, problemas sistémicos, de relación entre componentes y dinámicas complejas. El equipo tuvo éxito, y a partir de sus resultados Londres sintió una notable mejoría en lo que de todos modos fue una angustia prolongada y terrible.

Allí fue, entonces, donde se probó por primera vez de modo explícito que la acción convergente de varias cabezas educadas en los modos de la ciencia puede no sólo contestar preguntas sino también resolver problemas. No se trata, por supuesto, de problemas de tecnología física. A fin de cuentas, siempre la sabiduría, la filosofía natural, encontró tiempo para diseñar espejos incendiarios y proyectiles, construir puentes y acueductos, inventar máquinas y herramientas, descubrir vacunas y remedios. Esta vez se trataba de una tecnología de decisión, de un etéreo proceso de análisis e invención de arreglos y organizaciones.

Más tarde, el mundo anglosajón sobre todo, vería el nacimiento y desarrollo de variadas versiones de institutos para el análisis científico de problemas públicos y la invención de soluciones y políticas. Había nacido la institución del think tank, un centro típicamente multidisciplinario para la investigación y el desarrollo de políticas y tratamientos a problemas de carácter público. Notables ejemplos norteamericanos son, por citar algunos nombres, la Corporación RAND, el Centro para el Estudio de las Instituciones Democráticas, el Instituto Hudson y la muy venerable Institución Brookings.

No es en los pueblos sudamericanos demasiado frecuente este modelo de simbiosis de conocimiento y poder, con algunas muy honrosas excepciones como en el caso del Instituto Torcuato Di Tella argentino o el CENDES venezolano, aunque este último instituto se encuentra muy disminuido desde su época de mayor influencia en la década de los años sesenta. Pareciera que nuestro gen cultural del reconocimiento a lo sabio fuese un gen recesivo. No existe en nuestros arquetipos del inconsciente colectivo una pareja equivalente a la de Merlín y Arturo. En nuestras latitudes Arturo pretende indicarle a Merlín qué es lo que éste tiene que hacer, lo que es, obviamente, una inversión del arquetipo inglés de un guerrero que toma su norte de un sabio.

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En Venezuela es particularmente escueta la participación de lo científico en la formación de las políticas públicas. Ciertamente, los ingenieros, los médicos, los economistas, los encuestadores funcionan en un nivel técnico, como calculistas o diseñadores físicos, como coordinadores de servicios, como acumuladores y suministradores de estadísticas. No así los investigadores científicos en tanto analistas de decisiones e inventores de políticas. Más cerca de las decisiones políticas están los expertos en mercadeo y propaganda que los sabios de nuestra nación. Seguramente el paso instantáneo más importante que podemos dar en nuestra próxima fase de desarrollo político debe ser la de una mayor participación de los científicos venezolanos en la construcción de las decisiones públicas.

Mientras esto no ocurra, las grandes “soluciones” a nuestros problemas públicos surgirán de la improvisación, de la mera intuición del gobernante, de su capricho. Este mecanismo intuitivo de generación de soluciones o políticas muchas veces conduce a la generación de problemas adicionales, pues la complejidad de los problemas sociales, la complicada imbricación de causas y efectos hace que las soluciones más eficaces sean con frecuencia contraintuitivas.

Marcos Pérez Jiménez, por ejemplo, creyó alguna vez que resolvería el problema de los barrios caraqueños, agravado durante su administración, con dinero e ingeniería civil aplicada a nuestra ecología urbana. Si los habitantes de los barrios vivían mal en sus ranchos, “era de cajón” que lo que debía hacerse era construir mejores unidades de vivienda. Así surgieron los “superbloques” de apartamentos en las zonas de Simón Rodríguez y la actual parroquia del 23 de Enero (que en venganza contra su creador adoptó el nombre de la fecha de su derrocamiento). Pero la causa profunda de la proliferación de los barrios en Caracas era una acelerada migración rural-urbana: el traslado de numerosas familias campesinas que consideraban un rancho urbano preferible a un rancho en un conuco, pues a pesar del hábitat precario y pobre estimaban que sus probabilidades de progreso económico eran mayores en la ciudad que en el campo. Así, cuando hicieron su aparición los superbloques, lo que ocurrió es que más leña se añadió al fuego. El intuitivo invento de Pérez Jiménez hizo aun más atractiva la migración a la ciudad. Un análisis sistémico del asunto hubiera puesto de relieve las relaciones dinámicas del problema, y desarrollado soluciones más eficaces cuando el problema todavía era de dimensiones manejables. (A comienzos de la década de los años cincuenta, no había casi otro barrio caraqueño distinto del Guarataro y La Charneca).

Ahora pensamos que los problemas económicos de los venezolanos pueden ser resueltos mediante la promoción de “núcleos endógenos” y gallineros verticales—¿qué será de su vida?—o de estatizaciones, sean éstas de arroceras o de siderúrgicas. Las mentes simples creen que los problemas del mundo, y sus soluciones, son tan simples como ellas.

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El cerebro humano, a pesar de constituir el órgano nervioso más desarrollado de todo el reino de lo biológico, no regula directamente sino muy pocas cosas. Más específicamente, la corteza cerebral, asiento de los procesos conscientes y voluntarios de mayor elaboración, sólo regula directamente los movimientos de conjunto del organismo, a través de su conexión con el sistema músculo-esquelético. La gran mayoría de los procesos vitales son de regulación autónoma. (Muchos de ellos ni siquiera son regulados por el sistema nervioso no central, o sistema nervioso autónomo). La analogía con la relación de lo político y lo económico es inmediata. La economía, según la observamos, tiende a funcionar mejor dentro de un ambiente de baja intensidad de regulación.

La corteza cerebral puede emitir órdenes incuestionables al organismo… por un tiempo limitado. Puede ordenar a los músculos respiratorios, por ejemplo, que se inmovilicen. Al cabo de un tiempo más bien breve esta orden es insostenible y el aparato respiratorio recupera su autonomía. Este hecho sugiere, por supuesto, más de una analogía útilmente aplicable a la comprensión de la relación entre gobierno y sociedad.

Más aún, es sólo una pequeña parte de la corteza cerebral la que emite esas órdenes ineludibles. (La circunvolución prerrolándica, o área piramidal, es la única zona del cerebro con función motora voluntaria, la única conectada directamente con efectores músculo-esqueléticos). La corteza motora, la corteza de células piramidales, abarca no más que la extensión aproximada de un dedo sobre toda la superficie de la corteza de un hemisferio cerebral. Un tercio de la corteza restante es corteza de naturaleza sensorial. (A través de los cinco sentidos registra información acerca del estado ambiental o externo; a través de las vías sensoriales propioceptivas se informa acerca del estado del medio interno corporal). La gran mayoría de la superficie cortical del cerebro humano es corteza asociativa. Emplea la información recibida por la corteza sensorial, coteja recuerdos almacenados en sus bancos de memoria, y es la que verdaderamente elabora el telos, la intencionalidad del organismo humano. Es interesante constatar este hecho: en la corteza cerebral hay más brujos que caciques.

La necesidad de una «corteza asociativa» del Estado venezolano es evidente, pero su espacio debe ser determinado como permanente, y su composición y métodos establecidos según lo conocido ahora en materia de la disciplina denominada policy sciences (ciencias de las políticas, no ciencia política), luego de varias décadas de elaboración conceptual y metodológica a este respecto. Y estas ciencias no son ideologías, ni liberales ni socialistas. He aquí un campo para un rediseño de la arquitectura del Estado y los restantes actores políticos que aloje, de modo permanente y adecuado, la función asociativa de la generación de políticas.

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En aguda descripción, C. P. Snow oponía la ignorancia de lo literario en un científico, que asistiera a uno de esos cultos saraos neoyorquinos a lo Woody Allen, al supino desconocimiento de lo científico por parte de un artista que igualmente conversaba en esa fiesta. El científico no lograba ubicar un recuerdo para Wallace Stevens o registrar conocimiento acerca del modernismo italiano, tal vez; pero el artista no acertaba a identificar quién era Roger Penrose ni estaba enterado de la función del ARN mensajero, pongamos por caso.

Desde esos compartimientos estancos del interés especializado hasta la más grave inconsciencia social respecto de la importancia estratégica y fundamental de lo científico, se extiende la gama que describe el aislamiento relativo de la ciencia y la tecnología en la mayoría de nuestras sociedades, y que explica mucho de la baja prioridad que se le suele asignar en los presupuestos nacionales. Esto, si bien más grave en latitudes de esta Tierra de Gracia sudamericana, es un fenómeno más bien universal. La ciencia tiende a aislarse y a agravar su aislamiento en la medida de su baja sofisticación para la interacción política. Jeffrey Pfeffer, por ejemplo, ha documentado el punto para los Estados Unidos (en Managing with power), con el caso de la confrontación de investigadores de la biomedicina y los bancos de sangre en torno a la transmisión del virus HIV a través de transfusiones sanguíneas. Miles de muertes norteamericanas por SIDA mediaron entre el primer alerta de los científicos en 1981 y la verdadera extensión del despistaje de HIV en depósitos de sangre hacia 1985. En todas partes se cuece habas.

Entre las diversas estrategias disponibles para sacar a la ciencia y la tecnología del aislamiento en que se encuentra en la mayoría de nuestros países, probablemente sea la más responsable el incremento de la participación de los científicos y tecnólogos en los procesos de formación de las políticas públicas. Más allá de su contribución especializada en cada área específica, los científicos están en capacidad de emplear su adiestramiento mental en el análisis de los inmensos problemas que aquejan a nuestras sociedades y en la invención de protocolos de solución. Ninguna otra cosa puede convencer más acerca de la gigantesca pero regateada importancia social de la ciencia.

El aporte de la ciencia a la composición de las decisiones públicas se lleva a cabo de forma estándar, como dijimos, en el seno de instituciones especializadas conocidas como think tanks, término para el que todavía carecemos en castellano de una traducción más adecuada que aquella de «pensaduría» del ex sacerdote austriaco Iván Ilich. Y a pesar de que una pensaduría es un buen negocio, no siempre se dispone de los recursos para establecer uno equivalente a la Corporación RAND, que aloja en las afueras de Los Angeles a varios centenares de doctores y de discípulos dedicados al arte de obtener políticas racionales.

Pero he aquí que la novísima presencia de las redes informáticas, de la maravilla civilizatoria de la Internet permite ahora la instalación de verdaderos think tanks virtuales, los que al menos no consumen edificaciones, salones, aulas para la conferencia que ahora puede hacerse electrónicamente distribuida a distancia. En efecto, no se requiere otra cosa que enfocar las capacidades interactivas de la Red para dedicarlas en parte a la opinión científica sobre los problemas sociales y la creación metódica de tratamientos a los mismos. La tecnología de aplicaciones computarizadas está ya allí: la posibilidad de la publicación, la conferencia y el correo electrónicos. Con estos instrumentos un buen webmaster o maestro de red puede conducir una pertinente construcción científica de conjunto orientada a la búsqueda de soluciones a muchos problemas públicos. La instantaneidad y amplitud de la Red y sus redes inaugura la posibilidad de una crucial contribución de la ciencia a la política.

Como decía Gastón Berger, debemos procurar la cooperación de aquellos que conocen lo conveniente con aquellos que determinan lo que es posible.

luis enrique ALCALÁ

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FS #231 – Estaba temblando

Fichero

LEA, por favor

El martes de la semana pasada la ficha precedente a ésta, la #231 de doctorpolítico, recogía un artículo de Ángel Graterol Monserratte con rasgos en verdad proféticos. Haberlo encontrado removió mi memoria y me puso a ubicar un artículo propio que también pudiera considerarse premonitorio. El Diario de Caracas lo publicó el sábado 30 de agosto de 1986, bajo el título “Está temblando”. Esta ficha lo reproduce.

La conciencia ecológica era relativamente reciente para ese entonces; veinte años antes la “Biblia” de la futurología—The Year 2000, del Instituto Hudson liderado por Herman Kahn—no dedicaba ni una sola frase de sus centenares largos de páginas al problema ambiental. En 1969, Paul Shepard y Daniel McKinley editaron una colección de “ensayos hacia una ecología del hombre”, y con algún temor escogieron como título “La ciencia subversiva”. Todavía se estaba muy lejos de la prédica de Al Gore acerca del calentamiento planetario y su Premio Nóbel de la Paz. Ni siquiera era popular todavía la “hipótesis Gaia” de James Lovelock, a pesar de haber sido formulada por vez primera en esa misma década de los años sesenta. (La hipótesis propone que los componentes vivos e inertes de la Tierra forman un conjunto que se autorregula y puede ser entendido como un organismo único. Lovelock la propuso como teoría del feedback de la Tierra mientras trabajaba para la NASA sobre métodos para detectar posible vida en Marte, y no la bautizó con su famoso nombre hasta 1972. Su popularidad tardaría todavía tres años más en llegar).

Pero la intención del artículo, aunque dedicó una buena parte de su texto al tema ambiental—reprodujo un vívido pasaje de una fábula de Jacquetta Hawkes que formaba parte del libro editado por Shepard y McKinley—era más bien política. Desde los movimientos de la geología pasaba analógica y, por supuesto, retóricamente a sugerir la inminencia de un cataclismo de naturaleza política, y este atrevimiento tuvo lugar tres años antes del Caracazo. Un año después, el 5 de julio de 1987, Eduardo Fernández diría como orador de orden en el Congreso de la República: “El pueblo está bravo”. Once años más transcurrirían para que llegara al poder una anomalía que ha impuesto castigo en exceso al liderazgo político de la época, que prefirió suponer que acontecimientos como el Viernes Negro eran desajustes pasajeros que no amenazaban la estabilidad de las instituciones democráticas del país.

El padre de un amigo solía decir: “Yo nunca tengo razón. Yo siempre tenía razón”. En más de una ocasión es muy preferible no tenerla.

LEA

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Está temblando

Son fallas supuestamente “en reposo” las que se están moviendo por estos días. San Casimiro, Las Tejerías… A las fallas de esa zona algunos venían llamándolas—hasta ahora, supongo—fallas “inactivas”. Pero lo seguido de los temblores ha significado, no sin razón, una sensación de alarma: pocas personas se sentirían tan seguras como para afirmar que la secuencia de unos temblores hasta ahora inocuos implica que no ocurrirá un terremoto de proporciones mayores. A la mayoría de nosotros se Ie ha ocurrido imaginar algún valor premonitorio en los recientes sacudimientos.

Y no es solamente aquí que la Tierra está dando muestras de una nueva, preocupante y generalizada inquietud. El volcán del Nevado del Ruiz y ahora el de Nios en Camerún, el terremoto de México, el granizo enorme en Milán durante pleno agosto, las inundaciones en Norteamérica. En lenguaje algo malandro me decía alguien la semana pasada: “La Tierra está revirando”. Como una manifestación de protesta ante la incesante perforación de su piel en busca de los minerales de la industrialización, o para hacer las pruebas subcutáneas que determinen que los artefactos nucleares explotan en verdad durísimo, como si Hiroshima y Nagasaki no lo hubiesen mostrado con suficiente claridad.

Es como si la Tierra poseyera cada vez una conciencia mayor y al contrario su paciencia fuese cada vez menor. Como si la depredación de sus especies, la contaminación de su atmósfera, la destrucción de sus bosques hubieran ya superado su tolerancia y su habitualmente plácida disposición. Así lo advertía Jacquetta Hawkes en la hermosa fábula “Una mujer tan grande como el mundo”, que se publicó, con suficiente adelanto, en 1953 y en la que representaba a nuestro planeta como mujer:

Pronto, también, las nuevas criaturas se hicieron molestas. Atormentaban su piel y su carne de cien modos con su incansable actividad; dañaban su física belleza mientras destruían la milenaria quietud de su mente. Sus querellas con el viento y sus celos, su incomodidad corporal y mental, fueron al fin demasiado para la natural negligencia y el buen carácter de la Mujer. Su cuerpo era ella misma y suya la plenitud de ser. Se dio vueltas una y otra vez, se rascaba y se abofeteaba, y mientras se rascaba, se abofeteaba y se volteaba comenzó a reír. Rió mas fuerte, abandonándose totalmente a la risa. Cuando se calmó y las nubes pudieron de nuevo doblarse suavemente en su derredor, estuvo una vez más en paz, sabiéndolo todo y no importándole nada. Ni siquiera se preocupaba porque el Viento nunca regresara, incapaz de perdonarle su disoluta destrucción.

En otro reino distinto y paralelo al de la geología, en otro mundo, el mundo de la política, está asimismo temblando. Los políticos venezolanos de lo tradicional leen los sismogramas, y se contentan de los pocos grados que en intensidad han alcanzado los temblores. Saben que el territorio que pisan evidencia la existencia de fallas, pero continúan impertérritos pues se trataría de fallas inactivas, de cantidades sociales que no constituyen amenaza para los antisísmicos edificios de los partidos. No les importa que la tierra política se mueva muy fuertemente en Perú o en Colombia, o que esté a punto de erupción en Chile o en Sudáfrica. Acá los temblores son poco perceptibles y por eso confían en que la geografía no se modificará.

Pero ese terreno político, como diría Galileo, sin embargo se mueve, se desplaza, se reacomoda. Hasta ahora, con poca violencia o con fuerza muy localizada.

En 1812 se le ocurrió a alguien interpretar el sismo que asoló a Caracas como señal de que los revolucionarios habían recibido una grave advertencia del Cielo. Por eso Bolívar tuvo que tomar partido contra la naturaleza.

Hoy es posible la asociación inversa. Los sismos, las calamidades naturales que van en aumento, deben entenderse ahora a favor de los cambios, como prefiguración de la transformación en la política. Los temblores de ahora son advertencia contra los que pretenden que todo se quede como está, contra los que aspiran a que la geología del poder permanezca incólume. Y de que está temblando, está temblando.

Luis Enrique Alcalá

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CS #321 – Reputados diputados

Cartas

Zaratustra bajó de la montaña y habló de las tres transformaciones del alma. Primero, dijo, es como un camello: un espíritu sacrificado que pide las cargas más pesadas. El camello se convierte entonces en león: “Para crearse la libertad y un santo No, aun enfrente del deber; para eso, hermanos míos, hace falta el león”, prosiguió Zaratustra.

Después preguntó y se contestó él solo: “Pero decidme, hermanos, ¿qué puede hacer el niño que no haya podido hacer el león? ¿Para qué hace falta que el fiero león se trueque en niño? El niño es inocencia y olvido, un nuevo comenzar, un juego, una rueda que gira sobre sí, un primer movimiento, una santa afirmación”.

“Así hablaba Zaratustra”, escribió Federico Nietzsche.

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Cuando las sociedades entran políticamente en shock, cuando algún acontecimiento suspende sus procesos normales, cuando se da cuenta de que los mismos procedimientos no le darán el éxito que desea, cuando despierta de una ilusión y se siente culpable por haber creído en ella puede permitirse, debe permitirse, la inocencia del niño. Es el momento de preguntarse por las cosas más elementales, por aquellas que se dan por sentadas. Es inocencia y olvido.

¿Para qué existe el Estado? ¿Por qué es que elegimos gobernantes y les permitimos encumbrarse? ¿Qué sentido tiene tocar un himno nacional a un hombre como nosotros? ¿Qué nos lleva a darle poderes tan extensos? ¿Cómo justifican su existencia las instituciones públicas en general? ¿Para qué es necesaria la política?

“Los humanos sólo hacemos ciertas cosas bien en enjambre. La mayoría de las veces, además, ni siquiera actuamos en enjambre, sino individualmente o en pequeños grupos. Resolvemos la mayoría de nuestras necesidades de ese modo. Así ganamos nuestro pan, así compramos, así aprendemos y jugamos, así amamos y odiamos. Pero hay cosas que la transacción civil no alcanza a cubrir. El más perfecto de los códigos civiles concebibles no puede acomodar los procesos públicos, los que son indigestibles a base de transacciones privadas. Ése es el reino de los problemas públicos, y es por ellos que tendríamos que permitir la existencia a la política. Ninguna política se justifica si no es capaz de mostrar que puede resolver esos problemas al menor costo humano.

Porque existen los problemas públicos se justifica el Estado. Si no los tuviéramos no necesitaríamos al Estado. Y si el Estado, si sus distintas instituciones no sólo no resuelven los problemas de carácter público, sino que encima los agravan, debemos cambiar ese Estado. Pero este derecho es del enjambre, de la Nación, de la ciudadanía, del Poder Constituyente Originario, del Poder Público Primario, no de un hombre que se confunda con el Estado”.

Ni Hugo Chávez es el Mesías ni se necesita uno para sucederlo con ventaja de Venezuela.

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Con un giro infantil debemos restablecer las cosas. Pensar que hoy hemos entrado todos los que habitamos esta tierra a esta misma tierra, y que habiendo decidido unánimemente reconocernos como una nación, queremos establecer una república. Ya sabemos que la nación debe construirse con ciudadanos que no se desprecien los unos a los otros o la nación no podrá ser, y queremos que la república sea ella misma, res pública, cosa pública, y que el Estado sea el aparato necesario al mejor tratamiento de los problemas públicos.

Quien quiera ser hoy político en Venezuela, entonces, deberá preguntarse si está capacitado para identificar los mejores tratamientos posibles a los problemas públicos y para aplicarlos. Los ciudadanos debemos exigirle eso.

¿Cuáles son esos problemas? Es un cliché declarar a Venezuela un país más que estudiado y diagnosticado, pero no es tan claro que haya un consenso nacional—no un consenso oficial o un consenso opositor—acerca de cuáles son los problemas que, siendo los susceptibles de tratamiento público (no todos lo son), sean los más importantes.

Claro que toda sociedad tiene unas necesidades básicas, la seguridad la primera de ellas. De allí, y de las circunstancias específicas de cada nación, se derivará lo que por la medida chiquita sería conveniente tener: no un plan de la nación, no un proyecto-país, sino una sencilla y más bien escueta enumeración de prioridades.

Y hoy por hoy, la más alta prioridad de nuestra política es la política misma. Debe cambiarse en más de un punto lo que ella ha venido a ser en Venezuela. Uno de los puntos prioritarios de ese cambio es el restablecimiento de la independencia y el equilibrio de los poderes públicos.

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Si bien son de bastante importancia los concejos municipales y su elección de este año, ellos no tienen que ser exigidos por problemáticas nacionales como la anotada. No debiera cargarse, en lo más mínimo, a las campañas edilicias con pesos nacionales, pero lo nacional es, obviamente, más importante, sobre todo hoy, que lo municipal. En este sentido, es mucho más alta la prioridad de elegir mejores diputados a la Asamblea Nacional que la de elegir los significativos ayuntamientos.

Para diciembre de 2010 deberemos tener las elecciones de Asamblea Nacional, y ellas son una oportunidad única para restablecer la independencia del Poder Legislativo Nacional. A este fin es concebible un esfuerzo innovador, fuera de los paradigmas y esquemas de los actores políticos convencionales—sean éstos partidos u organizaciones no gubernamentales—fuera de algunos conceptos estratégicos esgrimidos desde fines de 2001 a comienzos de 2009, que sea capaz de capturar la mayor votación y colocar en la Asamblea una mayoría de diputados que no estén plegados a los designios del actual Poder Ejecutivo Nacional.

Es hora de comenzar a trabajar seriamente, como gente grande, en la cristalización de esa posibilidad. Si bien es cierto que el propio Chávez no podría ser desplazado del poder hasta fines de 2012—su período concluye en enero de 2013—es cierto igualmente que el panorama político nacional cambiaría drásticamente si el gobierno perdiera el control del Poder Legislativo Nacional. Acá se escribía hace un poco más de tres meses:

“Si se hace las cosas bien, será posible presentar al país una nueva y competente camada de políticos, muy diferente a la actual, y lograr una mayoría en la Asamblea Nacional. A partir de ese momento, ya no más leyes habilitantes, ya no más autorizaciones a viajes presidenciales al exterior de duración superior a cinco días, ya no más aprobación automática de opacos presupuestos. En cambio, la potestad real de verdadera fiscalización y control del Ejecutivo Nacional, lo que ha estado ausente desde la época del Plan Bolívar 2000”.

Para que tal cosa sea posible es preciso combinar varias nociones no convencionales, y tal vez la principal de éstas sea la de no buscar la estructuración de un movimiento que sólo atine a entenderse a sí mismo como oposición a Chávez. Cuando concluía el año de 1996, y Caldera gobernaba por segunda vez, el Partido Socialcristiano COPEI decidió que anunciaría al país las líneas maestras de su estrategia. Éstas fueron el trío de a) oponerse al gobierno de Caldera, b) deslindarse de Acción Democrática y c) continuar en política de alianzas con el MAS, la Causa R, etcétera. Como puede verse, las tres líneas estaban definidas en términos de actores externos a COPEI mismo, no acertaban a proponer ninguna referencia sustantiva respecto del propio partido, y de ellas brillaban por su ausencia los principales problemas del país. Eran líneas de una estrategia alienada, fuera de sí. Pensar lo político solamente en función de Chávez es caer en la misma alienación. Si un grupo de candidatos pretende ser electo a la Asamblea Nacional, si pretende llegar a ser su mayoría, tendrá que centrar su oferta en una descripción del trabajo legislativo y contralor que haría allí, centrarse sobre la elaboración y comunicación de cuál sería su aporte político real desde la instancia parlamentaria.

Si este grupo, por otra parte, está constituido por candidatos que porten un nuevo paradigma político, superior al discurso político convencional de poder y combate, entendido como misión ineludible de resolver problemas de carácter público, intentada ésta desde un ejercicio profesional responsable, éticamente constreñido, entonces, por añadidura, como subproducto inevitable, se dispondrá una acción que pueda refutar y superar el chavismo. Buscando lo esencial, lo que es primario de lo político, se resolverá lo acuciante. Resuelto lo importante se habrá resuelto lo urgente.

Finalmente, esos candidatos no podrían venir impuestos por cogollos o transacciones de corte convencional. Cada uno tendría que estar, por su cuenta, soportado por un grupo de electores.

De estas tres condiciones, la central y dominante es la segunda: la presencia de un paradigma político no convencional. Esto es así porque la pertinencia programática exigida en la primera condición no podrá existir si se pretende actuar, una vez más, desde una perspectiva de Realpolitik y mediante un protocolo que sólo sabe transar o consensuar.

Lo que lleva a formular de una vez la tarea inicial: emprender un inmenso casting político en el país, en procura de rectas vocaciones públicas que quisieran expresarse en tarea de asambleístas, vocaciones que no padezcan de esclerosis paradigmática y que estén por tanto abiertas a un adiestramiento, a un trabajo técnico, a una preparación vino tinto bajo la guía de un Richard Páez de la operación.

Lo de recta vocación pública no es accidental ni secundario. Bárbara Tuchman decía: “Conscientes del poder controlador de la ambición, la corrupción y la emoción, puede ser que en procura de un gobierno más sabio busquemos primero la prueba del carácter. Y esta prueba deberá ser la del coraje moral”.

Tuchman no hablaba de un gobierno brillante, sino de un gobierno sabio, y como dice el economista Barry Schwartz, “no necesitas ser brillante para ser sabio”. Lo que se busca en una asamblea es su sabiduría colectiva.

O, como lo ponía el leñador de hojalata de El mago de Oz: “Una vez tuve cerebro, y también un corazón; y habiendo tenido los dos, prefiero con mucho tener un corazón”.

O, finalmente, como lo decía Andrés Eloy Blanco en el Coloquio bajo la palma:

Por eso quiero, hijo mio,
que te des a tus hermanos,
que para su bien pelees
y nunca te estés aislado;
bruto y amado del mundo
te prefiero a solo y sabio.

A Dios que me dé tormentos,
a Dios que me dé quebrantos,
pero que no me de un hijo
de corazón solitario.

luis enrique ALCALÁ

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FS #230 – Coincidencia profética

Fichero

LEA, por favor

Los Estados Unidos de Norteamérica son el país de los abogados y el derecho, de las demandas y los juicios. Por tal razón es también al país de las advertencias. (Caveat, del latín “que vea”).

Para nosotros, sobre todo en estos tiempos de Premios Oscar, es la más familiar de todas la que advierte: “Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”. Y en verdad, esto puede afirmarse de un artículo publicado por El Universal el 13 de octubre de 1980 bajo el título “El verdadero vendaval” pues a menos que su autor, el ingeniero Ángel Graterol Monserratte, tuviese el don de la profecía, no podía suponer que mucho de su contenido sería enteramente aplicable a nuestra condición actual, a casi treinta años de distancia.

El artículo nació de la indignación que provocaban, en un espíritu apasionado, descaradas declaraciones de Carlos Andrés Pérez, que año y medio antes había entregado la Presidencia de la República a Luis Herrera Campíns. Graterol hace referencia textual a las críticas que por entonces tenía Pérez el tupé de enfilar contra Herrera. (Por esa época el mismo Herrera, poco característicamente, pues jamás censuraba directamente a las personas, endilgó a Pérez el calificativo de “caradura”).

La enumeración que hace Graterol de los problemas que trajo ese primer gobierno perecista, en cualquier caso, pareciera haber sido construida en tiempos de Hugo Chávez, el mismo que doce años más tarde que el artículo se rebelaría para intentar deponer a Pérez por la fuerza en su segundo gobierno. Chávez no es, entonces, excepción a la regla formulada por Jorge Guillermo Federico Hegel: que en el fragor de una lucha muy intensa, los enemigos más acérrimos terminan por parecerse.

El malestar causado por Carlos Andrés Pérez al término de su primer período se presentó precozmente en los comienzos del segundo, y ya para 1991 una mayoría nacional lo repudiaba. La esposa de quien escribe, inscrita en esa mayoría, solía decir que nada podía ser peor que el gobierno de Pérez. Ahora sabe que no debe formular cosa parecida y tiene a su evaluación de aquella época por pavosa.

El ingeniero Graterol se desempeñaba, para la época de su artículo, en la Dirección Comercial de la Compañía Anónima Venezolana de Cementos (Vencemos), a la que casi literalmente entregó su vida. (En un accidente en Pertigalete, sede de la mayor de las plantas de la empresa, estuvo a punto de perderla, pero la muerte se conformó esa vez con arrancarle un brazo). Más tarde, ascendería a la Vicepresidencia Ejecutiva y después llegaría a ejercer el cargo de Presidente. Hasta hace no mucho se desempeñaba como Presidente de la Junta Directiva de Lafarge-Coppée Cementos La Vega. Para fines de 1980, albergaba todavía la esperanza de que el gobierno de Herrera Campíns arreglara los estropicios dejados por Pérez. “Recibo un país hipotecado”, dijo Herrera al asumir su cargo; cinco años más tarde lo había hipotecado en segundo grado y lo ponía en manos de Jaime Lusinchi, para que éste vaciara la botija antes de regresarlo a Pérez.

La Ficha Semanal #230 de doctorpolítico reproduce el artículo de Ángel Graterol Monserratte.

LEA

Coincidencia profética

Hasta hace pocos días el señor ex presidente Carlos Andrés Pérez permanecía agradablemente silencioso y discreto en sus declaraciones públicas. Teníamos la impresión de que finalmente comenzaba a realizar su condición de ex Presidente de Venezuela y como tal a enmarcar sus discrepancias con la actual administración de la República dentro de lineamientos contribuyentes a solucionar sus vendavalescos problemas. Ha durado poco esta discreta actuación del señor ex presidente.

En gira política por el llanero estado Cojedes, ha recogido su peculiar estilo y seguramente, al sentirse a sabana abierta en época de invierno copioso. con ventisca agresiva sentencia: “El país está azotado por un vendaval”.

No cabe duda que el señor ex presidente posee extraordinaria habilidad para “voltear la tortilla”, como suele decirse en este país con ocasiones de difícil hacer.

Es oportuno el momento para recordar que hace seis años y medio, apenas, el ex presidente Pérez obtuvo el triunfo mas contundente que haya logrado político alguno en los anos de vida democrática de la nación. Todo el país recordará la mayoría absoluta obtenida en las Cámaras Legislativas. lo cual permitió al señor ex presidente se le otorgaran poderes extraordinarios para adelantar su gestión de gobierno.

Como si lo anterior fuera poco, la situación petrolera mundial. permite que el ingreso al fisco nacional por concepto de nuestra riqueza proveniente de la explotación de hidrocarburos, alcance, durante los cinco años de la administración Pérez, los trescientos mil millones de bolívares. Pues bien, ante el cuadro anterior de bonanza política y económica del país, se inicia el “verdadero vendaval” que hoy el señor ex presidente increíblemente nos recuerda.

Comienza en la nación una especie de delirio de grandeza. El señor ex presidente se siente presidente, legislador, magistrado, juez, diplomático. experto financiero, industrial, ingeniero en todas sus ramas, perito importador de todo tipo de bienes de primera línea, etc. Así, las Inversiones del Estado se canalizan hacia gigantescas ampliaciones de las industrias denominadas básicas, acero, aluminio, etc. El gasto público, la inflación, la escasez de alimentos y productos básicos de todo tipo, el costo de la vida, los decretos y leyes propiciadores de la inestabilidad laboral, el bandolerismo, con sus asaltos y robos, el río crecido de indocumentados y pescadores en río revuelto de distintas nacionalidades, el deterioro de la mística y empeño por el trabajo y lo que es mas grave, el derrumbe de los valores éticos y morales del venezolano, comienzan a galopar a ritmo, ya no de vendaval, sino de huracán, llegando a extremes lamentables.

Los problemas fundamentales de la población, quo con tanta esperanza se pensaba que finalmente, con los enormes recursos del Estado. serían resueltos o por lo menos mejorados, por el contrario; se agudizan aún más y el gigantismo reinante se olvida totalmente de ellos.

De tal manera que la recolección de basura. la confiabilidad del sistema telefónico, el transporte colectivo, la vivienda, el agua, la seguridad personal, la educación de la familia, etc., son víctimas de un deterioro alarmante. Al final del período constitucional parece como si todo lo mencionado ha sido arrastrado por una creciente de inmundicias y arrinconado en el peor recodo del cauce de deterioro colectivo a que se condujo el país.

Para rematar su faena Ilanera, el señor ex presidente, haciendo uso del actual estilo y refiriéndose al quinto aniversario de la nacionalización de nuestra eficiente Industria petrolera expresa: “Se recuerda el milagro pero no al Santo”. Realmente el ex presidente tiene voluntad. Para él todos los señores legisladores, de su partido o no, y todos los expertos que ofrecieron sus valiosas opiniones en tan delicado asunto nacional, además de la colectividad venezolana. no estaban presentes cuando Ie entregaron la ley respectiva debida y exhaustivamente discutida para que estampara su firma. Sólo su agradable figura estaba presente.

Pasarán, posiblemente, todos los años del actual período y quizás más, para reorganizar este país que durante cinco anos fue sometido al mas increíble vendaval de nuestra montaña andina, que nación latinoamericana alguna haya soportado y siga en pie.

El pueblo venezolano dio el primer paso hacia esta reorganización en las pasadas elecciones de 1978. El señor ex presidente Carlos Andrés Pérez sabe esto bien.

Ángel Graterol Monserratte

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