CS #349 – Promesas electorales

Cartas

La política responsable es la que puede ofrecerse responsablemente, sin promesas insinceras, inalcanzables o meramente vagas. Es la política que promete lo que puede cumplir y, en política, más de una vez lo que se puede cumplir es sólo que se tratará lo más que se pueda, hasta donde se pueda, de lograr la solución o tal vez la simple mejora de un problema público mediante la implantación de ciertas políticas. Cuando algún candidato aspire a algún cargo público, sea éste legislativo, ejecutivo o contralor, su campaña electoral será responsable en la medida en que se atenga a la regla enunciada. Sus promesas electorales no debieran rebasarla.

Los médicos, usualmente, no prometen larga vida a los enfermos terminales, a los desahuciados. No mienten. Los médicos no le pintan a un jorobado un futuro atlético. Del mismo modo, los políticos no debieran mentir al electorado. Ningún demagogo puede ser tenido por verdadero político, por alguien que entienda su misión en la vida el alivio de los problemas públicos.

Ningún político serio puede prometer que eliminará la pobreza, como se prometiera en la campaña presidencial de 2006; ninguno puede decir que eliminará la corrupción, como se prometió en la misma campaña, porque todo control imaginable de los erarios públicos puede ser violado y, hasta que la especie humana sea reprogramada genéticamente para evitarlo, sus poblaciones tendrán todas una minoría de miembros con propensión irresistible al peculado; ningún presidente puede garantizar que no habrá crímenes en la sociedad a la que debe servir, ninguno que acabará con la delincuencia. Ni siquiera a plomo limpio, como un cierto candidato a gobernador prometía en 1989 a los electores de su estado. Lo más que puede hacerse a esos respectos es moderar las dimensiones de las dolencias públicas habituales.

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Los electores venezolanos tenemos por delante unas cuantas elecciones. Las de Asamblea Nacional, el año que viene; dos años después las presidenciales; este mismo año las de concejales y miembros de las juntas parroquiales. Los candidatos a los cargos derivados de estas elecciones tendrán que hacer promesas electorales. El objeto fundamental de toda campaña electoral es una promesa. ¿Cuáles serían los tipos de promesa que debiéramos permitir, que pudiéramos admitir los electores?

Por ejemplo, un candidato a la diputación a la Asamblea Nacional no puede prometer resultados ejecutivos, puesto que las atribuciones de ese órgano del Poder Público son legislativas, indagatorias, contraloras, de autorización o aprobación, limitantes del Poder Ejecutivo. Pero como cada diputado individual no es sino uno entre muchas decenas de iguales, un candidato a la Asamblea Nacional no puede prometer una ley cualquiera que considere beneficiosa a la comunidad o parte de ella sin dañar otras partes. Lo que pudiera prometer es que intentará persuadir a sus colegas—en número suficiente para su aprobación—acerca de su bondad. Si en su campaña, por caso, hubiera ya convencido a dos candidatos más, y si éstos resultaren electos, pudiera anticipar que presentará un proyecto legislativo, puesto que la iniciativa de las leyes puede ser ejercida por un grupo de tres diputados. Hasta allí; no puede prometer más. No puede decir a los electores del estado Guárico que serán felices por su causa o a los electores del municipio Brión que meterá al Presidente de la República en cintura. Por supuesto, puede prometer con sinceridad que trabajará para lograrlo, puede prometer que dará su voto a favor de una legislación que proteja los árboles de caimito o que privilegie las relaciones de Venezuela con las islas Caimán, suponiendo que ella se presente a la discusión en cámara.

Cualquier otra cosa prometida por un candidato a la Asamblea Nacional constituye una promesa irresponsable.

Otra cosa distinta es su explicación honesta al electorado de cómo entiende la cosa política, de cómo ve o comprende los problemas de la nación o alguna de sus regiones, de los criterios que emplea para juzgar la cosa pública. Esto también es una obligación, pero no es una promesa estrictamente, más allá de la obvia de que regiría su actuación como diputado con arreglo a ese entendimiento, esa visión, esos criterios.

Esto es, entonces, lo que puede prometerse, y en buena medida lo que se promete es una conducta antes que resultados concretos. Es por esto, seguramente, que Bárbara Tuchman predicaba así, en el epílogo de La marcha de la locura:

Conscientes del poder controlador de la ambición, la corrupción y la emoción, puede ser que en busca del gobierno más sabio debamos encontrar primero la prueba del carácter. Y esa prueba debiera ser el coraje moral. (…) El problema puede no ser tanto un asunto de educar funcionarios para el gobierno como uno de educar al electorado para que reconozca y premie la integridad de carácter y rechace lo postizo.

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Un candidato a la Presidencia de la República puede prometer, ciertamente, muchas más cosas, puesto que un presidente tiene mucho más poder, y éste es fundamentalmente ejecutivo. El Presidente de la República tiene una enorme organización bajo su mando, con atribuciones de intervención en muchos aspectos de la vida de la comunidad nacional. (En especial desde que tenemos al actual gobernante, que ha expandido brutalmente su radio de acción en detrimento del territorio que antes era prerrogativa de la sociedad. El Estado de Chávez ha arrancado facultades que antes ejercía el enjambre ciudadano por su cuenta, ha sido un invasor de la ciudadanía, incluso de la de sus partidarios, que ya se atreven a señalar cómo es que su “hiperliderazgo” no deja espacio a otros líderes, ni siquiera a una “dirección colectiva”).

Pero aun con esas recrecidas facultades ningún presidente puede hacer, o garantizar que se haga, cosas que la sociedad hace por sí misma. Es esta limitación fundamental la que hace que cualquier “proyecto-país” sea en principio un espejismo. Los países tienen la costumbre de hacerse ellos mismos, y lo hacen sin proyecto. Incluso bajo férulas tan apretadas como la que impusiera José Stalin, la mayor parte del aporte soviético al mundo se debía al trabajo, a la acción de los pueblos soviéticos, no a la de su régimen totalitario.

Allá por 1980 llegó a manos del suscrito un documento inusual. Era la declaración completa y precisa, aunque escueta, de las políticas del Ministerio de Industrias de Israel, explicadas en cincuenta páginas a lo sumo. Llamó su atención porque contrastaba con los documentos típicos de nuestra costumbre en planificación pública. Por ejemplo, el Plan Petroquímico Nacional, en siete u ocho tomos, promulgado durante el primer gobierno de Rafael Caldera. Era tan detallado, y sus componentes estaban tan íntimamente trabados, que nunca fue llevado a la práctica en proporción apreciable, entre otras cosas porque, al no completarse unos cuantos eslabones colocados al principio, las cascadas de proyectos que dependían de aquéllos se veían irremisiblemente interrumpidas. El V Plan de la Nación, ensamblado durante el sucesor de aquél, Carlos Andrés Pérez, no llegó al cincuenta por ciento de metas ejecutadas, como tampoco Mi compromiso con Venezuela, el programa de gobierno de Luis Herrera Campíns recogido en dos volúmenes, fue llevado a la práctica en proporción significativa. Las innumerables promesas programáticas del gobierno de Hugo Chávez, desde el Eje Orinoco-Apure hasta la universidad en Miraflores, pasando por el plan de conversión del Aeropuerto de la Carlota, típicamente se quedan a mitad de camino, cuando no en la primera piedra y el más reciente discurso.

En cambio, el documento israelí se limitaba a describir cómo se comportaría el Ministerio de Industrias ante ciertas circunstancias, y a enumerar cuáles prioridades e iniciativas fomentaría o apoyaría. De nuevo, el “plan” del fomento industrial israelí era más un compromiso de conducta que un conjunto de proyectos públicos excesivamente articulado y concatenado. El ejemplo encierra una lección, e ilustra cómo no es lo serio y responsable que los candidatos a Presidentes de la República prometan programas de gobierno demasiado específicos.

De nuevo, las poderosas atribuciones conferidas al presidente venezolano—veintitrés especificadas en la Constitución en su Artículo 236, amén de “[l]as demás que le señale esta Constitución y la ley”—no pueden lograr lo imposible. En Krisis, Memorias Prematuras (Ex Libris, 1986), quien escribe contaba:

Fue pensando sobre todo en el drama de Luís Herrera Campíns que escribí el primero de una serie de artículos que publiqué en El Diario de Caracas durante 1983. Lo llamé: Lo que puede hacer un presidente. Advertía allí sobre la verdadera capacidad de un jefe de gobierno venezolano. Estábamos en período electoral y pronto nos lloverían las promesas. Un presidente en Venezuela puede, aparentemente, lograr mucho, considerando la acumulación de mando que administra. Para moderar las expectativas recordé la fábula de la industria petroquímica nacional. Durante años había arrojado pérdidas, llegando a convertirse en uno de los clásicos quebraderos de cabeza de la administración pública venezolana. Luego fue entregada a la gerencia petrolera local. En cinco años dejó de ser lo que era y rindió su primer flujo de caja positivo. Ahora bien, este exitoso experimento era justamente eso: un experimento de laboratorio en condiciones harto especiales. La nueva gerencia era la mejor gerencia del país, y actuaba sin limitaciones prácticas de fondos y sin la incidencia del constante escrutinio al que se somete a un Presidente de la República. Ninguna de estas condiciones son asequibles a un jefe de gobierno. Ninguna lo era en esos momentos para Luís Herrera Campíns. Ninguna lo sería para su sucesor.

Si algo conoce ya la conciencia de Hugo Chávez—y prefiere no pensar en eso—es que mucho de lo que criticaba en sus antecesores, a los que despreciaba, no ha podido él remediarlo, a pesar de contar con poderes muy marcadamente mayores que los de ellos, prácticamente dictatoriales, y con presupuestos mucho más ricos. Si supo conseguir pretextos para alzarse en armas, en violación de nuestro marco constitucional, por comportamientos mucho peores que esas excusas tendría que admitir que hubiera debido alzarse contra sí mismo muchas veces más.

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Y es que un Presidente de la República no es el jefe del país. El Presidente no debe mandar a los ciudadanos; éstos pueden mandarle a él. El Presidente de la República es, meramente, el jefe del aparato del Poder Ejecutivo Nacional, el que debe dirigir en el servicio exclusivo de la comunidad.

Nosotros debemos tomar conciencia de los límites presidenciales y de nuestra propia soberanía sobre nuestros presidentes. Por eso hace residir Tuchman la clave del asunto en la educación del electorado. No es que no sean importantes las luces que puedan adornar a un gobernante, sino que más importante aún son las que deben distinguir a un pueblo mejor preparado para la democracia, para que, entre otras cosas y muy precisamente, sepa escoger bien a quien le conferirá poderes enormes.

Esta publicación ha reproducido más de una vez estas palabras de John Stuart Mill:

Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad: y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho.

Pero, claro, las condiciones del estadista, y antes del candidato, son muy pertinentes. Un candidato idóneo a la Presidencia de la República debiera satisfacer, al menos, las condiciones que Alexis de Tocqueville, en El Antiguo Régimen y la Revolución, consideraba esenciales al “verdadero arte del Estado»: “…una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro…”

Tales rasgos o talentos no son el contenido de una promesa, de una tesis política, de un programa; tan sólo son objeto de ostensión, tan sólo puede mostrárselos.

Las tesis políticas, por lo demás, no se fabrican en laboratorios políticos para luego encontrar líderes que las asuman. En la práctica humana, ellas vienen encarnadas en los líderes. El programa de Roosevelt, el de Reagan, el de Clinton, el de Obama no existieron antes de lo que fuesen sus convicciones más acendradas acerca de la conducta correcta del gobierno; cada uno de esos programas fue el desarrollo, justamente, de esas convicciones, con el auxilio experto que siempre es aconsejable para evitar que el candidato diga necedades.

Así que la promesa más básica que puede hacer un candidato a gobernar es una política seria, una política responsable.

Porque es que si se trata de elegir a un hombre, es a él, a su carácter, a su trayectoria, a lo que debe dirigirse la atención ciudadana. Es lo que nos daría la pista para saber, más que el contenido concreto de sus decisiones, por lo demás de absoluta importancia, cómo se comportaría en el poder.

luis enrique ALCALÁ

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FS #259 – El precio de la profecía

Fichero

LEA, por favor

Irving Stone (1903-1989) explotó como nadie el género biográfico en forma novelada. Dos de sus novelas biográficas, o sus adaptaciones, llegaron al cine. En 1956 Kirk Douglas representó a Vincent Van Gogh en Anhelo de vivir, una película basada en un libro de Stone del mismo nombre. Más famoso filme fue La agonía y el éxtasis (1965), en el que Charlton Heston interpretó a Miguelángel y Rex Harrison al papa Julio II. Como era característico en el escritor, la obra sobre la que se basó la película fue meticulosamente documentada: no sólo vivió Stone varios años en Florencia y en Roma, donde trabajó incluso como aprendiz de escultor, sino que hizo traducir del italiano al inglés 495 cartas del genio renacentista, encargando la tarea a Charles Speroni, Profesor de Italiano en la Universidad de California en Los Ángeles. El gobierno italiano confirió a Stone varias distinciones honoríficas por su contribución al conocimiento del Renacimiento en Italia.

Entre las casi dos decenas de novelas biográficas escritas por Stone se encuentra Pasiones del espíritu, su biografía de Sigmund Freud. La Ficha Semanal #259 de doctorpolítico se construye con algunos extractos traducidos de la versión original inglesa: Passions of the Mind, Doubleday, 1971.

La presentación que Stone hace de Freud nos habla de un hombre tenaz e intelectualmente honesto, que debió pagar años de incomprensión a causa de su fidelidad a los hallazgos de su ciencia, la que inventó prácticamente solo en una Viena mojigata en la que, por fortuna, todavía no se había instalado oficialmente el antisemitismo a fines del siglo XIX y principios del XX. Es una trayectoria, no obstante, que culmina en triunfo.

La historia en Pasiones del espíritu, pues, es la de las dificultades que todo pionero confronta, que todo profeta debe pagar si no puede callarse, y es una maqueta de los obstáculos que debe superarse si se quiere innovar en materia política.

En una de sus novelas (Overload, 1979), Arthur Hailey inventa al vicepresidente de la ficticia compañía de suministro eléctrico Golden State Power and Light, Nimrod Goldman, quien sufre como Freud por haber pronosticado con bastante antelación y mucho rechazo una falla mayor de energía en California. Goldman recibe una lección de la dama parapléjica a la que ama, quien le enseña la postura correcta que debe asumir, cuando llegue la hora de su reconocimiento, en un poema con ecos de Omar Khayyám que escribe para él. He aquí una traducción apresurada:

El dedo móvil a veces retrocede / No para escribir de nuevo sino para releer: / Y lo que una vez fue desechado, objeto de ridículo, / Puede, en la plenitud de una luna o dos, / O incluso años, / Ser aclamado como sabiduría / Dicha francamente tan temprano, / Necesitada de valor / Para enfrentar la maledicencia de otros menos perceptivos, / Aun abrumada de diatriba. / Querido Nimrod! / Recuerda: Un profeta es rara vez elogiado / Antes del ocaso / Del día cuando por primera vez proclama / Verdades desagradables. / Pero cuando tus verdades / Se hagan obvias con el tiempo, / Su autor reivindicado, / Sé, en ese momento de cosecha, clemente, piadoso / Amplio de mente, con propósito grande, / Y que la contrariedad de la vida te divierta. / Porque no son a todos, sólo a los pocos, / Los dones présbitas—larga visión, claridad, sagacidad— / Por suerte, con la lotería del nacimiento, / Conferidos por la atareada naturaleza.

El padre de un amigo solía decir: «Yo nunca tengo razón; yo siempre tenía razón».

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El precio de la profecía

“Te aconsejaría ir poco a poco, Sig; sé discreto. No arriesgues la ridiculización de Viena con tu idea de la histeria masculina. Lo único que puedes es hacerte daño”.

Sigmund caminaba nerviosamente por el cuarto.

“Pero Josef, ¿tú no me estarás pidiendo que abandone lo que he aprendido?”

“Usa tu intuición y tu adiestramiento en tus pacientes. Construye primero un portafolio de pruebas”.

“Una vez que mi traducción de Charcot aparezca en alemán el material definitivo estará disponible para que todos lo lean. Estaré comprometido”.

Breuer negaba con la cabeza, vacilante. “Leerán la neurología de Charcot con gran respeto; y cuando lleguen al material sobre la histeria masculina lo desecharán como el pecado venial pasajero de un gran científico. Y en cuanto a tu parte en el libro, estás traduciendo, no abogando”.

“Josef, estoy planeando escribir sobre el tema para mi conferencia en la Asociación Médica…”

“¡Entonces no lo hagas! Es demasiado peligroso. Los escépticos sólo pueden ser convencidos a su propio ritmo, no al ritmo del proselitista”.

(Discusión de Breuer y Freud). Pág. 199.

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“Sigmund, el adversario que más te combate es el que está más convencido de que tienes razón”.

(Theodor Meynert a Freud). Pág. 336.

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Breuer negaba con la cabeza. “No. No tenemos un vocabulario para describir lo que estamos encontrando. No tenemos mapas ni aparatos… porque los viejos son irrelevantes”.

(Breuer a Freud, cuando éste le decía “Hemos descubierto verdades universales acerca de la mente inconsciente y sobre cómo descarga la histeria. ¿Es que cincuenta casos concienzudamente investigados no son tan reveladores como cincuenta láminas de patología estudiadas con el microscopio?”  Freud pujaba para que Breuer se atreviera a la publicación conjunta de sus hallazgos, que lo eran más de Freud que de Breuer). Pág. 354.

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“Creo que mis servicios y obligaciones para con un paciente se han completado una vez que he revelado el significado escondido y secreto de sus síntomas. La cura reside en ese mismo acto. Realmente no es mi responsabilidad si acepta mi diagnóstico o no, aunque por supuesto no habrá cura a menos que lo acepte. Por tanto, para mí es urgente que ella crea en mi solución y trabaje fielmente con mis indicaciones. Si los dolores son la culpa de Emma obviamente no soy yo el culpable; por tanto, ella ha fracasado en su propia cura y no soy responsable de ninguna parte del fracaso”.

(Freud comentándole a Martha un sueño que había tenido y que relacionaba con una paciente renuente a aceptar su diagnóstico y su tratamiento). Pág. 407.

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“Freud, fuimos juntos a la Escuela de Medicina, trabajamos juntos en los laboratorios durante años, he admirado tu trabajo sobre parálisis en niños. Es por eso que te pido: no publiques tu conferencia. Eso te causará un daño irreparable. Perderás el respeto que ahora se tiene por ti. Tanto Kraft-Ebing como yo creemos que estás yendo demasiado rápido y tomando demasiados riesgos. Deberías trabajar varios años más, acumular evidencia adicional, probar tus hipótesis, erradicar la posibilidad de error”.

Sigmund se sentía mal. Estudió los rostros de los dos hombres exitosos que tenía delante.

Kraft Ebing añadió con suavidad, “Hemos desarmado tu conferencia pieza por pieza, y estamos convencidos de que cometes un error fundamental con tu concepto de ‘sexualidad infantil’. Es completamente repugnante a la naturaleza humana. Te encarezco, mi querido Freud, que no permitas que tu creencia se lleve por delante las evidencias que hasta ahora has encontrado, como lo hiciste en tu conferencia. No abandones los precisos métodos de la ciencia a la que has dedicado tu vida. Una publicación prematura dañaría más que tu reputación”.

Sorprendido, Sigmund preguntó, “A quién más dañaría?”

“A la Escuela de Medicina. Rundschau se lee mucho. Podrías hacer un gran daño a tu universidad”.

(Wagner-Jauregg y Kraft-Ebing, tratando de convencer a Freud de que no publicara su conferencia sobre la etiología de la histeria). Págs. 426 y 427.

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Como era poco probable que fuese invitado de nuevo a hablar ante alguna sociedad médica, y la publicación de su conferencia había conducido, en sus propios términos, “a la ruptura de la mayor parte de mis contactos”, preguntó a un viejo conocido de su padre en los negocios acerca de un grupo con el que pudiera discutir sus descubrimientos.

“¿Dónde puedo encontrar un círculo escogido de personas de carácter que me reciban amigablemente a pesar de mi temeridad?”

El hombre mayor respondió: “El B’Nai Brith es un sitio donde se encuentran hombres de ese tipo. Pero para el propósito de la reunión a que te refieres, te recomiendo a los jóvenes del Círculo Académico de Lectura Judío”.

Cerca de treinta jóvenes se reunieron en el salón del club en la Ringstrassen Haus en una noche de sábado. Nada sabían de lo que Sigmund denominó “los primeros atisbos en las profundidades de la vida instintiva del hombre” ni habían oído jamás acerca de la estructura arquitectónica de la mente inconsciente. Escucharon con fascinado respeto y luego hicieron preguntas que indicaban que, aunque sólo comprendían elementalmente lo que el Dr. Sigmund Freud tenía que decir, estaban ansiosos por saber más.

(Esta conferencia fue dictada por Freud a un público no iniciado luego de las primeras represalias de sus colegas. “Sus pacientes referidos por otros doctores se desvanecieron por completo, como si hubiera sido puesto en una lista negra. No venían los pacientes del Allgemeine Krankenhaus, del Instituto Kassowitz ni de los doctores que se los enviaban antes”). Pág. 430.

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La conferencia fue anunciada en el Neue Freie Presse  y generó considerable interés. Por la mañana del día de la conferencia llegó una carta expresa a la Berggasse. Excusándose, el vocero de la Sociedad Filosófica explicaba: se había filtrado algo acerca del contenido de la conferencia del Dr. Freud; algunos de los miembros, los hombres, no las mujeres, habían objetado. ¿No podría el Dr. Freud ser tan considerado como para comenzar con casos y ejemplos inofensivos, no sexuales? Luego, cuando llegase al material que algunos pudieran considerar ofensivo, no podría él anunciar, tan delicadamente como fuese posible, que se disponía a detallar ciertos asuntos objetables; y luego esperar unos instantes, en silencio por supuesto, “durante los cuales las damas pudieran abandonar el salón?”

Canceló la conferencia con una nota tan indignada que casi quemaba el papel. Martha preguntó: “¿No podrías haber disertado sobre la psicopatología de la vida cotidiana? Tú mismo has dicho que ése es el camino fácil hacia el inconsciente, y hay muy poco material sexual en el libro”.

“Sí hubiera podido, si para empezar me hubieran pedido esa conferencia. Pero después de que he presentado el cuerpo principal de mi obra, declarar noventa por ciento de ella indecente o reprensible sería admitir que estoy haciendo algo malo. Si estos hombres creen que los oídos de sus mujeres son demasiado delicados para oír acerca de la vida sexual de Homo Sapiens prefiero retirarme de su plaza de toros”.

“Si tuvieras que elegir” le echó en cara Minna, “¿qué preferirías ser, el matador o el toro?”

“En cada corrida salgo gloriosamente ataviado como el matador, pero al final de la prueba de algún modo me he transformado en el toro con la espada en el lomo, dobladas mis rodillas en la arena”.

(Freud comentando su frustración amargamente ante su mujer y su cuñada, pues hacía cinco años, desde la conferencia ante la Sociedad de Psiquiatría y Neurología, que no recibía invitaciones. La que le hizo la Sociedad Filosófica le había alegrado enormemente, sólo para que la conferencia nunca se llevara a cabo). Pág. 517.

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Esa noche Sigmund se sentó en su estudio y escribió a Fliess con sarcasmo:

“El Wiener Zeitung no lo ha publicado todavía, pero las noticias se han regado desde el Ministerio. ¡El entusiasmo público es inmenso! Las felicitaciones y los ramos de flores continúan lloviendo, como si el papel de la sexualidad hubiera sido reconocido súbitamente por Su Majestad, la interpretación de los sueños confirmada por el Consejo de Ministros, y la necesidad de la terapia psicoanalítica de la histeria aprobada por una mayoría de dos terceras partes del Parlamento. Obviamente, vuelvo a tener buena reputación, y mis más tímidos admiradores ahora me saludan desde lejos en la calle”.

Uno de los primeros en aparecer fue un efervescente Wilhelm Stekel. Su cara resplandecía de orgullo. Sigmund se sintió conmovido.

“¡Excelencia! Ahora que usted es el Profesor Sigmund Freud en vez de un simple e inferior Dozent, ¿no habrá llegado el momento de llevar a cabo su plan de formar su propio grupo? Creo que usted lo llamó un seminario, un círculo de gente interesada en el psicoanálisis…”

(Después de largos años Freud había sido nombrado Profesor, distinción que en el Imperio Austro-Húngaro era conferida por el propio Emperador. En la campaña final fue ayudado por la presión a su favor de la Baronesa von Ferstel, a la que había curado). Pág. 536.

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“Con todo, es mejor que ser ignorado. Es tradicional atacar salvajemente aquello que uno más teme”.

(Freud a Stekel). Pág. 562.

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“La herejía de una generación es la ortodoxia de la siguiente”.

(Freud a Jung). Pág. 563.

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“Para las decisiones sin importancia busca en tu mente consciente. Para las grandes decisiones de tu vida, deja que domine tu mente inconsciente. De esa forma no te equivocarás”.

(Freud a Theodor Reik, que le pedía consejo sobre su matrimonio y su vida profesional). Pág. 721.

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Desde el Armisticio la Sociedad Psicoanalítica Internacional había crecido tremendamente; ahora tenía doscientos treinta y nueve miembros, de los cuales ciento doce habían asistido al Congreso, con la adición de otros ciento cincuenta interesados. Once miembros habían hecho el viaje desde América, treinta y uno de Inglaterra, noventa y uno de Berlín, un testimonio del trabajo hecho por Karl Abraham, Max Eitingon y luego Hanns Sachs y Theodor Reik en el centro de adiestramiento. A pesar de la continua oposición y adversidad, veinte miembros habían venido desde Suiza. Mirando al gran salón y recordando los desafortunados quebrantos en el Congreso de Munich de hacía una década, Sigmund reflexionaba:

“Tenemos la cantidad y la fortaleza para sostenernos. ¡Hemos llegado! Puede que perdamos miembros a lo largo de los años, por razones relevantes o irrelevantes; pero estamos tan firmes sobre nuestros pies como cualquier sociedad psiquiátrica o neurológica”.

El psicoanálisis había llegado para permanecer.

(Congreso de Berlín de 1922). Pág. 764.

Irving Stone

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LEA #348

LEA

Mientras ponemos atención a nuestros problemas políticos domésticos—y su irritante constancia ocupa buena parte de nuestra conciencia disponible—, grandes y preocupantes procesos ocurren en lo que que Adlai Stevenson llamó la nave espacial de la Tierra, quizás sin saber que Henry George ya había usado la metáfora Tierra-nave en su libro Progreso y pobreza de 1879.

En 1965 dijo Stevenson en discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas: “Juntos viajamos, pasajeros de una pequeña nave espacial, dependiente de sus vulnerables reservas de aire y de suelo”. Es esta nave—por ahora única—la que se está recalentando.

El viernes de la semana pasada la revista Science publicó un estudio con el que un consorcio de científicos, dirigido por Darrell Kaufman, de la Universidad del Norte de Arizona, reconstruyó un registro de las temperaturas árticas, década por década, de los últimos dos mil años. El más escueto y brutal de sus hallazgos es el siguiente dato: la década de los años noventa del siglo veinte, ha sido la más caliente desde que naciera Jesús de Nazaret.

Los científicos obtuvieron innumerables muestras de sedimentos en catorce lagos del Ártico, que correlacionaron inequívocamente con otros dos marcadores: anillos en árboles y núcleos de hielo. Hasta el siglo XX, la tendencia de la temperatura del Polo Norte fue la de progresivo enfriamiento, como consecuencia de bamboleo de la Tierra en su órbita alrededor del sol.

Pero, en la última década, las temperaturas de verano en el Ártico han sido de 1,4 grados centígrados por encima de lo esperado según la tendencia referida, y 1,2 grados por encima de las registradas en 1900.

El culpable de esta historia, más probablemente, es la acumulación de gases de invernadero como resultado del empleo de combustibles fósiles, la deforestación y otras actividades humanas.  Uno de los coautores del estudio, David Schneider del Centro Nacional de Investigación Atmosférica de los Estados Unidos, indicó: “Este estudio nos provee un registro de largo plazo, que revela cómo los gases de invernadero de las actividades humanas están abrumando el sistema climático natural del Ártico”. Somos nosotros quienes recalentamos el planeta, y no es tan fácil echar agua a su radiador.

¿Qué hace un país como Venezuela, productor y comercializador de combustibles fósiles, ante un problema de tan grande y peligrosa magnitud? En sistemas tan complejos como el clima, no todos los cambios son graduales. Hay algunos que son repentinos y masivos, como la enorme mutación que, hace unos 5.500 años, súbitamente transformó en lo que hoy es el desierto del Sahara lo que antes eran praderas que alimentaban animales que en ellas pastaban.

Es nuestra obligación examinar nuestra responsabilidad como nación en el problema inmenso del calentamiento planetario.

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CS #348 – Futuro en ramas

Cartas

Los logros cumbre del pensamiento, al menos en Occidente, tardan un tiempo antes de llegar, en una suerte de goteo o trickling down a lo Ronald Reagan, al vulgo y, cuando finalmente lo hacen, con décadas de retraso, muy poco de su esencia es entendido por quienes lo reciben. Así, por caso, justo al comienzo de los años sesenta—en tiempos aún pre Beatles y pre hippies—se dio la pasajera moda, en estratos medios y altos de la población, de celebrar “fiestas existencialistas”. Un golpe de vista fugaz sobre cualquiera de estas reuniones habría registrado la fastidiosa escena de jóvenes vestidos preferentemente de negro, si posible con suéteres cuello de tortuga—las damas usaban con frecuencia boinas y pañuelo al cuello—, sentados en el piso de las casas, fumando sin parar—las féminas buscaban distinguirse haciéndolo con largas boquillas—, creyendo que vestían el atuendo de la intelectualidad francesa y esforzándose por mantener conversaciones a partir de frases absurdas. La bebida era habitualmente abundante, la comida parca y no muy gustosa.

Una vaguísima noción de lo que fuera el existencialismo era el conocimiento promedio de los asistentes a tan tediosos festejos. En general, bastaba la información de que “los existencialistas” iban por la vida en actitud desapegada y aburrida, nada jovial; el rostro serio que suponíamos era correspondencia gestual de la postura filosófica era copiado disciplinadamente por los contertulios en nuestras fiestas; no se escuchaba mucho reír en ellas.

Alguno de mediana cultura sabría de la existencia imprecisa de Jean Paul Sartre, y quizás lo habría visto fotografiado en el artículo superficial de una revista de barbería—Bohemia, quizás—y llevara por eso además de la pinta negra o gris oscuro una pipa, para completar el look existencialista. En cualquier caso, todos admitíamos sin entenderlo que el existencialismo y los existencialistas eran, de algún modo para nosotros borroso, la vanguardia de la modernidad.

Nadie—con la posible excepción de José Rafael Revenga que estudió Filosofía en Lovaina—había leído La náusea, y mucho menos tenía idea de que el precursor de Sartre era un teólogo y filósofo danés que en vida respondiera al nombre de Søren Kierkegaard. En la infancia del país del que Pérez Jiménez había desaparecido, el existencialismo no prometía mucha utilidad. Cuando ya no hacíamos fiestas como las descritas, Luchino Visconti nos permitió creer que entreveíamos, en 1967, al menos como se trata un tema con el lente “existencialista”, al llevar al cine El extranjero, de Albert Camus. Pero éste mismo rehusaba esa etiqueta, y habría sido más apropiado considerarlo como el líder del absurdismo, al sostener que es humanamente imposible encontrar sentido o significado al universo. No estábamos, pues, tan perdidos, cuando nos sentábamos en el piso de una casa en penumbras para intercambiar humo y absurdidades, sobre un telón de jazz, antes de que la psicodelia y las patotas motorizadas suplantaran ese tedio con el grito de guerra de Timothy Leary: Turn on, tune in, drop out.

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Estas filtraciones de cultura de un piso a otro de las conciencias sociales puede ocurrir, no obstante, con algo de mayor rigurosidad, no tan irresponsablemente como la indiferencia autorizada en inocuas fiestas juveniles. Hay ocasiones en las que teorías exitosas de cierta disciplina son objeto de transplante a otros campos. Por ejemplo, la poderosa eclosión del evolucionismo de Carlos Darwin no tardó en suscitar un “darwinismo social”, la interpretación de la historia humana como resultado de la competencia y el predominio del más fuerte. (Spencer, Galton, Carnegie y otros. El propio Darwin había atizado este fuego, al exponer en El origen del hombre y de la selección en relación al sexo: “Así, los miembros débiles de las sociedades civilizadas propagan su tipo. Nadie que haya atendido la cría de animales domésticos pondrá en duda que esto debe ser altamente injurioso a la raza humana. Es sorprendente cuán rápidamente conducen una falta de cuidado o un cuidado en la dirección incorrecta a la degeneración de una raza doméstica; pero, con la excepción del hombre mismo, casi nadie es tan ignorante como para permitir que sus peores animales se reproduzcan”). En el bicentenario del nacimiento de Darwin, ya no se toma literalmente su principio de supremacía del más dotado como explicación suficiente de la evolución de las especies (hay que leer a Stuart Kauffman), por una parte; por la otra, el darwinismo social no duró mucho como teoría tomada en serio por las ciencias sociales.

En otros casos el asunto procede de otra manera: en campos muy distintos se nota la emergencia de procesos de estructura muy similar, los que parecen seguir una misma matemática. Los modelos de teoría del caos, por ejemplo, se aplican con idéntica pertinencia a problemas de turbulencia de fluidos, fibrilación ventricular, colapsos bursátiles, dinámica planetaria, meteorología o acústica.

Pero, las más de las veces, dentro de la ciencia más seria la contaminación de una disciplina a partir de otra ocurre inconscientemente. La ciencia precursora, por así llamarla, contribuye a la conformación de un contexto cultural genérico, un telón de fondo, casi un “inconsciente colectivo” en el que es posible que una disciplina tome, sin advertirlo, alguna noción prestada de otra disciplina. Éste es el caso de los esfuerzos profesionales por hacer predicción social seria.

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Es en 1794 cuando el Príncipe de los Matemáticos, Carlos Federico Gauss, describió el método, hoy de uso común y elemental por la ciencia estadística, de los “mínimos cuadrados” que permite representar un número suficiente de mediciones de algún fenómeno o proceso por una línea recta. En verdad, la ecuación que relaciona, digamos, la presión y la temperatura de un gas dentro de un recipiente da origen a una línea recta como representación, aun cuando en la práctica las mediciones reales llevadas a un gráfico nos proporcionan más bien una nube de puntos que más o menos se extiende en una trayectoria borrosamente rectilínea. El método de Gauss, pues—que empleó a sus diecisiete años para predecir el trayecto del planetoide Ceres—permite lo que los estadísticos llaman una “regresión lineal”, la conversión de una serie de datos en una línea recta cuya pendiente sigue aproximadamente la dirección general de los puntos que esos datos determinan en un gráfico. Es la recta que mejor representa a los puntos; ninguna otra lo haría mejor.

Muy pronto comenzó a trasladarse esta técnica al problema de la predicción social; no en balde el nombre de la Estadística viene del término Estado. A pesar de que hay Física Estadística, y que los sistemas de control de calidad en una fábrica de cerveza se fundan en métodos estadísticos, aquella ciencia se considera fundada en 1662, con la obra del demógrafo precursor inglés John Graunt: Observaciones naturales y políticas sobre las partidas de defunción. Los Estados serios debían asentar sus decisiones sobre censos y otras mediciones confiables, y la ciencia que los trataba era la Estadística.

Pero al principio la Estadística no se usaba para predecir. Es en el siglo XIX cuando comienza a generarse líneas de regresión para series temporales, las que correlacionaban el progreso de alguna magnitud—tamaño de una población en habitantes, por ejemplo—con el mero paso del tiempo. Al obtener líneas rectas que representaban el crecimiento poblacional, los profesionales de la Estadística sucumbieron a la tentación de simplemente prolongar sus líneas hacia fechas del futuro. Así pronosticaban, y con marcado acierto, el tamaño de una población en tiempos del porvenir.

Pero es en el mismo siglo XIX cuando Carlos Marx pregona su pretensión de que ha dado con un método para tratar científicamente el despliegue histórico de la humanidad: el materialismo histórico. Marx creyó haber descubierto, como si fuera un Newton social, las “leyes de la historia”, las que le permitirían pronosticar el decurso futuro de la humanidad como si se tratara de una trayectoria balística, fácilmente determinable mediante ecuaciones de mecánica racional.

Y, en gran medida, la cultura inmediatamente postmarxista llegó a pensar que, en efecto, el futuro de la humanidad era predecible. En cierto sentido, todos éramos marxistas a comienzos del siglo XX, como éramos todos darwinistas. Allí estaba el telón de fondo cultural que reforzaba la validez de la regresión lineal como método adivinatorio del futuro cuantificable.

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Sin embargo, es justamente en los propios inicios del siglo veinte, entre 1905 y 1916 para ser precisos, cuando Alberto Einstein construye una nueva física de lo más grande: sus teorías especial y general de la relatividad. Uno de sus gráficos más didácticos consiste en una mitad inferior en la que una línea vertical choca hacia arriba, perpendicularmente, contra una línea horizontal que representa el instante presente; la línea vertical representa la trayectoria del pasado hasta este momento. De ese pasado no hay duda; ya ocurrió, ya colapsó, aunque pueda ser ignorado mientras no sea descubierto. A Julio César se le asesinó de veintitrés puñaladas el 15 de marzo del año 44 antes de Cristo; no fue el 16 de marzo ni el 8 de enero, y no fueron cinco puñaladas ni cincuenta, sino las referidas.

¿Qué pasa con el futuro? La mitad superior del gráfico consiste en dos líneas oblicuas divergentes que se originan en el punto de encuentro de las líneas vertical y horizontal ya descritas; aquéllas limitan la distancia que puede ser recorrida en cierto tiempo a la velocidad de la luz. Naturalmente, a mayor tiempo es mayor la distancia que puede recorrerse, y por esto las líneas divergen como los bordes de un abanico, para describir un área que es más grande a medida que uno se adentra en el futuro. Lo que cae fuera de estas líneas oblicuas queda definido como futuro imposible: cualquier punto en el exterior del abanico representaría un lugar al que sólo podría alcanzarse viajando a una velocidad mayor que la de la luz, que para la teoría de la relatividad es la velocidad máxima absoluta.

Es seguro que no se razonó así—a partir de un gráfico einsteniano—en la Corporación RAND a comienzos de los años sesenta para replantearse el problema de la predicción social. Mientras unos asistíamos, sin mucho entusiasmo, a fiestas “existencialistas”, los científicos sociales del mayor think tank del mundo inventaban la técnica de predecir mediante la construcción de “escenarios”. Pero puede presumirse que las nociones relativistas fueron permeando, fueron goteando durante décadas para cristalizar en el campo de la futurología social en la idea de que el futuro no era único, como pretendió el materialismo histórico, sino plural. Al mismo tiempo, la constatación evidente de que los más entre los procesos sociales son bastante erráticos, y no pueden ser razonablemente representados por una línea recta, complementó la erosión en la noción de que el futuro era lineal. (En procesos de gran inercia, de cambio lento, como el crecimiento de una población lo suficientemente grande, todavía resulta adecuada la herramienta de la regresión lineal; no así en procesos más volátiles, como por ejemplo en el caso de los valores de acciones o productos en el tiempo).

La definición técnica completa de un escenario incluye la descripción de un estado futuro posible de alguna sociedad o proceso social, junto con la especificación de los pasos por los que la situación actual pudiera alcanzar ese futuro. El empleo de esta técnica, por tanto, es técnicamente exigente cuando se emplea con rigor, aunque en el fondo sea un ejercicio de imaginación.

El reconocimiento de la pluralidad del futuro, en consecuencia, comenzó a ser manejado con la redacción de diversos escenarios considerados como posibles, en el sentido de ser capaces de imaginar la serie de pasos que llevarían del presente a la situación que describen. Un esquema frecuente es el de imaginar un “mejor escenario”, un “peor escenario” y un “escenario intermedio”. Pero no hay nada de mágico u obligatorio en el número de tres escenarios. Puede perfectamente redactarse cinco escenarios, o seis, u ocho…

La técnica de predicción por escenarios se inventó delante del telón de fondo cultural del abanico relativista. A medida que el futuro es más lejano, la incertidumbre es mayor, como lo es el área del abanico a medida que se aleja del vértice que es el momento presente.

Pero al hacerlo así acogió inadvertidamente una premisa no explícita: que el área del abanico es continua, y que en principio sería posible imaginar una infinitud de escenarios. Entre dos escenarios cualesquiera, siempre resultaría posible imaginar un escenario intermedio.

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Así llegamos a una nueva percepción. El nuevo telón de fondo conceptual viene provisto por las teorías de la complejidad y el caos, y con su matemática apropiada: la matemática fractal. Son disciplinas que han emergido en la segunda mitad del siglo XX, y por tanto son de goteo reciente.

Estas teorías tratan con procesos que proceden a paso de bifurcaciones y ramificaciones, como la anatomía de un árbol o la configuración de un delta fluvial. El formalismo matemático sobre el que se asienta la teoría de la complejidad permite, también, describir el futuro como una estructura arborificada o ramificada, como una arquitectura discontinua en la que unos pocos futuros posibles actúan como cauces o “atractrices” por los que puede discurrir la evolución del presente.

Los sistemas complejos, como el clima, la ecología o la sociedad, se mueven a lo largo de unos pocos cauces. El futuro, entonces, no está compuesto de una variedad infinita de escenarios. Son tan sólo unos pocos cursos, carriles o cauces—sus atractrices—los que conducen el cambio de un sistema complejo. Son, por ejemplo, unos pocos conductos los que están desaguando el caudal político venezolano, y si esto es así la incertidumbre viene siendo algo menor de lo que habitualmente se supone. Hay incertidumbre, naturalmente, pero al menos podemos estructurarla, al menos conocemos la forma general del delta de los cauces políticos en Venezuela a fines de 2009.

La forma seria y responsable de considerar el futuro político es, pues, la de imaginarlo como el delta de un río. Está formado por brazos o caños diversos, los que no llevan todos el mismo caudal. Los más caudalosos son los más probables.

Es así como aun en condiciones de extrema complejidad es posible tanto predecir el futuro como seleccionarlo. Por el lado de la predicción social, el problema es ahora un asunto de identificación de las atractrices (cauces) actuantes en un momento dado. Por el lado de la acción, se trata de evitar ciertas atractrices indeseables y de seleccionar alguna atractriz conveniente o, más allá, de crear una nueva atractriz altamente deseable. Eso es, fundamentalmente, la esencia de una imagen-objetivo. Eso es lo que deben proporcionar los estrategas políticos.

luis enrique ALCALÁ

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FS #258 – Insuficiencia política

Fichero

LEA, por favor

Algunos suscritores de las publicaciones de doctorpolítico—Carta y Ficha, hasta ahora— manifestaron curiosidad sobre el trabajo—Dictamen, junio de 1986—del que fue extraído el fragmento reproducido en el artículo breve de la carta de la semana pasada, la #347. En otras ocasiones se ha aludido acá a ese trabajo, el primero en el que explícitamente intentara una aproximación médica o clínica a los problemas políticos. El fragmento reproducido en esta Ficha Semanal #258 es parte de la sección “Insuficiencia política funcional”, dentro de un capítulo dedicado al diagnóstico que, en síntesis, encuentra que esa insuficiencia tiene por etiología (origen) la esclerosis del paradigma político.

Es de algún interés notar que muchos de los problemas políticos que sufre hoy nuestra sociedad, grandemente exacerbados, se encontraban ya molestándonos hace veintitrés años. Y es que, en gran medida, los diez últimos años no son otra cosa que, justamente, la exacerbación de patologías preexistentes. Si algo es esclerótico es el paradigma político del presidente Chávez: una lógica de Realpolitik o política de poder llevada a sus penúltimas consecuencias—hay regímenes mucho peores, como los de Castro, Hitler, Pinochet, Stalin—y la entronización simplista de una ideología marxista. Nos instruye el DRAE: esclerosis. (Del gr. σκλá½µρωσις). 1. f. Med. Endurecimiento patológico de un órgano o tejido. 2. f. Embotamiento o rigidez de una facultad anímica.

Es de la introducción a Dictamen una exigencia relativa a los tratamientos políticos que se propongan a los electores, principalmente en campañas electorales:

“No se califica un médico porque haya logrado descalificar a otro. No se convierten en eficaces sus tratamientos porque los vociferen, como no es garantía de eficacia el que algunos sean los más antiguos médicos de la familia. El paciente requiere el mejor tratamiento que sea posible combinar, así que lo indicado es contrastar los tratamientos que se propongan. Debe compararse lo que realmente curan y lo que realmente dañan, pues todo tratamiento tiene un costo. Es así como debe seleccionarse la terapéutica. Será preferible, por ejemplo, un tratamiento que incida sobre una causa patológica a uno que tan sólo modere un síntoma; será preferible un tratamiento que resuelva la crisis por mayor tiempo a uno que se limite a producir una mejora transitoria. Y por esto es importante la comparación rigurosa e implacable de los tratamientos que se proponen. Solamente así daremos al paciente su mejor oportunidad… La política se hace entonces exigible como un acto médico”.

Hoy, veintitrés años después de que fuera escrito, diez años después de que un cirujano político llegara a gobernar en Venezuela, es tiempo desde hace tiempo de pasar a una fase postoperatoria más tranquila. Ya basta de anestesiar e inmovilizar al paciente para intervenirlo con acciones traumáticas e invasivas.

LEA

Insuficiencia política

Es evidente que el sistema político está funcionando inadecuadamente y que contribuye de manera decisiva al comportamiento también inadecuado de otros sistemas, pues no sólo no genera las respuestas para los problemas que muchas veces él mismo diagnostica, sino que impide el normal desenvolvimiento de los restantes componentes societales. Incluso impide el normal desenvolvimiento de sí mismo, al enmascarar procesos que debieran aceptarse como normales y que, al realizarse de todas maneras de forma encubierta, lo hacen ineficientemente, con un costo muy superior al que sería normal. Por ejemplo, a esta modalidad de “victorianismo político” corresponden actividades tales como las del tradicional apoyo encubierto desde las instituciones gubernamentales a los distintos procesos electorales en los que participa el partido de gobierno. En sociedades de mayor desarrollo político se considera natural que, digamos, un Presidente de la República se pronuncie pública y abiertamente en favor de candidatos de su preferencia.

En la caracterización de esta insuficiencia política funcional es importante anotar que se trata de un proceso autocatalítico, o, lo que es lo mismo, un proceso cuyos productos contribuyen a acelerar el proceso: se produce una retroalimentación. El desempeño incorrecto del sistema político se va agravando en virtud de su propia ineficacia. Asimismo, otro rasgo digno de notar es que el sistema político se comporta en estas condiciones con una exacerbación de sus respuestas alérgicas. Las críticas al sistema sólo se aceptan si provienen del mismo sistema político. (Aún esto mismo es estrictamente controlado, como lo comprueban las represalias contra hipercríticos intrapartidistas como Luis Matos Azócar).

Una de las modalidades de descalificación de la crítica externa consiste en calificar a los críticos de “conspiradores”. En este juego se incurre con frecuencia en contradicción. Por ejemplo, en las últimas semanas, a raíz de debates sobre una presunta vulneración de la libertad de prensa y de opinión, el Partido Social Cristiano COPEI ha censurado el uso de la palabra “conspiración” por parte del Gobierno, en aparente olvido de que fue el propio Dr. Rafael Caldera quien introdujo el tema de la “conspiración satánica” durante 1985, reforzado por artículo de prensa del Secretario General, Eduardo Fernández, justamente bajo el mismo título.

Así, pues, la insuficiencia política funcional se manifiesta en Venezuela como enfermedad grave y, lo que es peor, con tendencia a un progresivo agravamiento. Es importante notar que la insuficiencia del sistema político es reconocida por los miembros más conspicuos del mismo. Por citar el caso más notorio, vale la pena recordar una cruda frase del Primer Magistrado Nacional, Dr. Jaime Lusinchi, en ocasión de contestar a las Comisiones del Congreso de la República  que fueron a participarle la instalación del período legislativo de 1985. En esa oportunidad el Presidente de la República confesó: “…el Estado casi se nos está yendo de las manos”. Una situación análoga a la ejemplificada por la preocupante frase del Presidente Lusinchi es la que protagonizaría el piloto de un gran avión de pasajeros que saliese de su cabina para anunciar a los pasajeros de primera clase (los senadores y diputados) que el aeroplano no responde a los mandos.

Pudiera ser que una mayor tendencia a la candidez es característica de los Presidentes de Acción Democrática. En 1975, el entonces Presidente Carlos Andrés Pérez confesaba a los periodistas que no había sido posible dar a luz el documento contentivo del “V Plan de la Nación”, por cuanto, a pesar de que él había convocado por tres veces a su discusión ¡los ministros no habían leído el documento!

No es, pues, una situación desconocida para los habituales protagonistas de la escena política nacional esta insuficiencia política funcional aguda. ¿Cuáles son sus causas?

Una primera causa evidente es la del hipercrecimiento del tejido político, que infiltra e invade a otros tejidos del soma nacional. Es posible referirse a una neoplasia del sistema político, que, como todo crecimiento maligno, va destruyendo otros tejidos hasta el punto de destruir la vida y por este proceso destruirse al final a sí mismo. La infiltración más notable es detectada, como vimos antes, en la invasión del sistema judicial (controlado partidistamente, como ha podido verse recientemente en el caso de las nuevas autoridades de la Corte Suprema de Justicia), en la invasión del sistema económico a través del excesivo control permisológico que impide la circulación normal y de una hiperplanificación, y en la invasión y mediatización del sistema de representación popular. Esta hiperplasia política hace que el propio sistema político se encuentre en situación de sobrecarga decisional, puesto que, a las complicadas circunstancias ambientales derivadas de procesos tales como la reestructuración de la deuda externa, el deterioro de los precios petroleros y la situación de inseguridad de áreas vecinas (Centroamérica), ha añadido la complicación de su propio exceso.

En circunstancias tan complicadas como las actuales, resulta incomprensible que el propio Ejecutivo Nacional se complique y se recargue con una miríada de responsabilidades que bien pudiese delegar o desempeñar de otra forma. Por ejemplo, entre los decretos que dictó el Presidente Lusinchi con base en la llamada Ley Habilitante, se encontraban aquellos por los que el Presidente debía autorizar cada tarjeta de crédito que fuese a ser adjudicada a funcionarios públicos, así como también se reservaba el Presidente la autorización de todo nuevo cargo de la Administración Central. En tales condiciones, no queda tiempo material ni psicológico para la invención eficaz de políticas. Las presiones cotidianas consumen todo el tiempo disponible y, de este modo, la planificación de estrategias resulta poco menos que imposible. El Gobierno actúa para “apagar incendios”, pues no puede dedicar suficiente atención a los verdaderos negocios de Estado, sobre todo cuando también debe dedicar atención a los ataques de la oposición y a los acontecimientos políticos de su propio partido.

Pero debe existir una causa más profunda de insuficiencia del sistema político, pues, como hemos anotado, estos procesos patológicos han sido más de una vez diagnosticados. Es así como algo más fundamental es la causa última de la insuficiencia. En nuestra opinión esta causa es la esclerosis paradigmática evidente en  los actores políticos tradicionales.

Todo actor político lleva a cabo su actividad desde un marco general de percepciones e interpretaciones de los acontecimientos y nociones políticas. Este marco conceptual es el paradigma político, y del paradigma que se sustente depende la capacidad de imaginar y generar las soluciones a los problemas públicos.

Es ése el sustrato del problema. La insuficiencia política funcional en Venezuela no debe explicarse a partir de una supuesta maldad de los políticos tradicionales. Con seguridad habrá en el país políticos “malévolos”, que con sistematicidad se conducen en forma maligna. Pero esto no es explicación suficiente, puesto que en la misma proporción podría hallarse políticos bien intencionados, y la gran mayoría de los políticos tradicionales se encuentra a mitad de camino entre el altruismo y el egoísmo políticos.

La explicación última de nuestra insuficiencia política funcional reside, pues, en la esclerosis paradigmática del actor político tradicional.

luis enrique ALCALÁ

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