por Luis Enrique Alcalá | Oct 1, 2009 | Cartas, Política |

Lo sé bien porque en aquel entonces yo mismo formaba parte importante del coro: fue en tiempos de “Pérez, segunda parte” cuando escribí una telenovela que alcanzó gran audiencia nacional, algunos de cuyos personajes más recordados no hacían sino llevar agua al molino de la antipolítica. En aquella telenovela todos los políticos eran cínicos, todos los empresarios estaban por el “Estado pequeño”, y por ello mantenían funcionarios corruptos en su nómina, y todas las transgresiones de la ley por parte de la “lumpenpobrecía” marginada estaban justificadas.
Ibsen Martínez
Una conversación con Moisés Naím
Noviembre de 2007
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Crece la magnitud de un repudio bifronte. Una de sus caras gesticula en rechazo a Hugo Chávez Frías y su gobierno, por supuesto; la otra hace muecas cada vez más críticas a los partidos de oposición, las que significan también, por extensión, una crítica a la Mesa de la Unidad. Hasta un defensor tan tenaz y leal de la oposición formal y sus aprendizajes como Teodoro Petkoff emitió una señal de alarma; el miércoles 23 de septiembre, desde su seudónimo Simón Boccanegra, escribía “¡Auxilio! ¿Adónde va la oposición?”, que iniciaba diciendo: “La verdad sea dicha: este minicronista está a punto de tirar la toalla con la oposición. El espectáculo no puede ser más deplorable. Un lío de órdago en Copei; un proceso interno en AD que termina con la expulsión del ex presidente de ese partido; un plan en marcha de algunos sectores de oposición contra otros”. Tan sólo cinco días antes (18 de septiembre) había alertado contra “El deporte de tirarle piedras a la oposición”. Ahora reportaba dolida incredulidad porque la cosa llegara hasta sostener que la recién nacida hija de Leopoldo López sería “bisbisnieta de Bolívar”, una filiación imposible por cuanto el Libertador no dejó descendencia, que se sepa. Algún asesor de López adujo que políticamente se estaba en una “batalla por los símbolos” e inventó un “astuto” correo electrónico apócrifo en el que se felicitaba a la tierna descendiente del héroe y su orgulloso padre. Boccanegra puso punto final: “Por este camino, Chávez forever”.
En su mismo periódico, Tal Cual, su articulista estrella cogió el cambio de seña; Ibsen Martínez decía desde sus páginas, luego de que otros cinco días hubieran transcurrido (28 de septiembre):
Ciertamente, políticos hemos tenido en el pasado que hicieron todo lo posible por ganarse el descrédito y el hartazgo generales con que ayudaron, como suele decirse, a tenderle la cama a Hugo Chávez. Pero, trascurridos más de diez años de la hecatombe que heló la sonrisa socarrona con que Herrera Campins miraba de soslayo a Irene Sáez como quien miraba a la gran esperanza blanca, el mismo tiempo transcurrido desde que un empequeñecido Alfaro Ucero fue dejado en el hombrillo y sin gato, sin mayor ceremonia, por los líderes de su partido para apoyar a un cacique carabobeño, cabría esperar que los herederos de aquellas carcasas hubiesen aprendido algo de su difícil y noble oficio. No ha sido así. Basta ver los indescifrables tejemanejes internos de “Un Nuevo Tiempo”, la presencia casi exclusivamente declarativa que hoy tiene “Primero Justicia”, la maquinal melancolía con que se desenvuelve la querella copeyana y el fachendoso histrionismo con que Ramos Allup cree velar lo que ocurre a bordo de esa nave de inactuales zombies todavía llamada “Acción Democrática”, para quitarse el sombrero ante la noble consecuencia de la masa opositora.
El título del artículo de Martínez no dejaba lugar a dudas: “¿Chávez forever?”, haciendo eco de la campanada de Petkoff. La cosa es grave. Tan sólo la semana pasada se aludía aquí, antes de ese más reciente artículo de Martínez, a la admisión reproducida en el epígrafe: “La verdad es que los partidos venezolanos, especialmente Acción Democrática y COPEI, que alternaron en el poder suministrando seis personalidades para ejercer ocho presidencias entre 1959 y 1999, no necesitaron ayuda para deteriorarse ante la opinión pública, no necesitaban que Ibsen Martínez expusiera sus defectos en una telenovela que fue posible porque copió de la realidad política, a pesar de que recientemente él haya llegado a pensar que se le fue la mano y se sienta, sin motivo, culpable de la venida de Hugo Chávez por haber atizado la antipolítica”. (Carta Semanal #350 de doctorpolítico, 25 de septiembre, tres días antes de “Chávez forever”).
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La situación es tal que emblemáticos ex líderes de aquellos emblemáticos componentes del bipartidismo difunto—y hasta un ex chavista también emblemático—se ponen de acuerdo en un discurso: estamos en una situación muy delicada: Chávez se viene abajo y del otro lado no hay quien capitalice el desplome; los partidos de la Mesa de Unidad no son capaces; es preciso establecer una organización política nueva. Uno de ellos sostiene que se trata de consolidar un gran partido anti Chávez, que arrancaría con los cinco millones de votos del 15 de febrero en el bolsillo, y algunos parecen entender que Leopoldo López tendría la clave de esa nueva organización. A fin de cuentas, López cuenta con la experiencia acumulada de cuatro organizaciones: Primero Justicia Asociación Civil—la que recibió en su oportunidad reales de la PDVSA de Giusti gestionados por la madre de López, antaño Gerente de Asuntos Públicos de la División de Servicios de la empresa, mientras su hijo se desempeñaba como Analista de Entorno Nacional en la misma compañía—, Primero Justicia partido, Primero Justicia “popular” (al romper con Julio Borges) y Un Nuevo Tiempo (paciente partido con el que también rompe, después de auspiciar un candidato distinto, su propio de a caballo, al de UNT para la Alcaldía de Chacao). Para consolidar esta opción lopecista ante pretensiones de reciclaje candidatural de uno de los viejos, es que se ventila filiaciones bolivarianas. (En realidad, pone Wikipedia: “López’ mother, Antonieta Mendoza, is the daughter of Eduardo Mendoza Goiticoa, who is the great-grandson of the country’s first president Cristobal Mendoza and descended from the same family of Bolivar himself. More specifically, Leopoldo López is the great-great-great-great-nephew of Simón Bolívar”). Retátarasobrinonieto, pues, para estar claros.
En otro eje menos mantuano, una segunda protocandidatura presidencial intenta organizar la oposición a Chávez en su favor. Unidos por la Democracia es la marca que distingue profusos correos electrónicos en promoción de la figura de Antonio Ledezma. A comienzos de la huelga de hambre estudiantil que anoche concluyera abruptamente, las transmisiones electrónicas saludaban que se siguiera “el ejemplo de Antonio Ledezma”, el inventor y titular de la franquicia de las huelgas de hambre en predios de la representación en Caracas de la Organización de Estados Americanos. Ahora escribe (Terminó la huelga sin pena ni gloria) Miguel Ángel Nieto en nombre de Unidos por la Democracia: “…con un profundo dolor y decepción escribo esta noche, y la primera reflexión que me hago es, ‘SERA QUE NOS MERECEMOS A CHAVEZ’, pues en este plan, el país nacional se va decepcionando cada día mas, es así como hace pocos momentos vimos terminar sin pena ni gloria un esfuerzo loable que mantuvo arrinconado al régimen quien estaba pagando un costo altísimo y el mundo entero veía como los heroicos estudiantes dejaban desnudo ante el mundo al régimen, pero al final sucedió como dice el viejo refrán: MATARON AL TIGRE Y LE TUVIERON MIEDO AL CUERO…”
Más adelante pone (se corrige un poco el atropellado texto):
Desde que la huelga empezó se dijo que no era sólo por Julio Rivas, es más en el día de ayer al salir en libertad y declararse en huelga de hambre así lo manifestó, era por algo más importante que un solo preso político que hoy con justicia logró la libertad, pero hasta aquí todo muy bien, pero y dónde queda RICHARD BLANCO, DONDE QUEDAN LOS 11 EMPLEADOS DE LA ALCALDIA METROPOLITANA, DONDE QUEDA MARACAO, no amigos me disculpan si hiero susceptibilidades o les aguo la fiesta a alguien, pero esto no puede ser, pero es que hay algo peor, donde quedó la solicitud de que el régimen permitiese la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a Venezuela, ah?, la cambiaron por una visita de ellos a la OEA en Washington, y me pregunto, carajo será que los Derechos Humanos nos los violan allá?
Etcétera.
Por supuesto, Antonio Ledezma también hizo publicitado turismo opositor de visita a la OEA en Washington, y suspendió su propia huelga de hambre sin que el caso de Richard Blanco o el de los once empleados de la Alcaldía Metropolitana, por los que ahora se fustiga a los estudiantes, estuvieran resueltos. A pesar de sus lamentaciones, Nieto concluye (esta vez sin correcciones): “Pero animo Venezuela, la lucha continua, los Julio, al igual que los valientes de otras anteriores huelgas jamás se dan por vencidos, y ahora es cuando la lucha continua, pero eso si y esto jamás lo olviden: LAS GRANDES HUELGAS DE HAMBRE COMO LAS DE GHANDI, Y OTRAS JAMAS TUVIERON ESTE TRISTE FINAL”.
Se dice que los residuos atávicos de Acción Democrática ven ahora en Antonio Ledezma a su propio candidato presidencial en 2012. Es sabido que, antes de fundar Alianza Bravo Pueblo y destacarse en la prédica abstencionista del “Comando Nacional de la Resistencia”, Ledezma era militante adeco.
¿Será que nos merecemos a Chávez? ¿Chávez forever?
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Desde una óptica distinta, sin embargo, estas cosas que parecen horribles pueden ser entendidas como manifestaciones diversas de una sola preocupación: la lucha contra la dominación de Hugo Chávez. Si pueden estar esas y otras iniciativas equivocadas, de todos modos revelan una actitud generalizada que procura expresarse en acción, no quedarse con los brazos cruzados.
Las iniciativas, por otra parte, no son exclusivas de los espacios partidistas. En una miríada de puntos del país una angustiada creatividad busca salidas y soluciones. Por ejemplo, los hermanos Vladimir y Rodrigo León han descubierto una ingeniosa fórmula para arribar a postulaciones con apoyo mayoritario a la Asamblea Nacional: que cada partido u organización de la “sociedad civil” confeccione planchas con candidatos a presentar en unas elecciones primarias, cuyos votantes pueden componer la suya propia combinando nombres de una y de otra. Si el estado X tuviera para elegir a doce diputados, cada organización postulante—una treintena, tal vez—presentaría una plancha con doce nombres, y los participantes en las primarias opositoras del estado en cuestión compondrían por su lado sus listas personales. Un programa de computación desenredaría la madeja con ayuda del método D’Hondt y restituiría la representación proporcional que la Ley Orgánica de Procesos Electorales ha debilitado gravemente, al menos para la selección de los candidatos opositores.
Así como la Fórmula León, hay muchas ideas que carecen de espacio para ser analizadas y debatidas, un espacio capaz de crear foco y orden a partir de la cacofonía de la oposición. La Mesa de la Unidad no es, obviamente, ese espacio, pero pudiera ella propiciar el establecimiento de una “Asamblea Democrática”—siglas: A. D.—a la que pudiera llevarse ideas como la descrita u otra cualquiera de mayor gravedad aún. Por ejemplo, la proposición de construir una nueva organización política, en vista del agotamiento práctico, o aun extinción, de los canales partidistas tradicionales.
Bastante ha tardado en emerger el todavía incipiente consenso acerca de la conveniencia de una organización política “de código genético distinto” del que determina la conducta de los partidos conocidos. En innumerables ocasiones se ha tocado el tema en esta publicación. He aquí una típica (Carta Semanal #69 de doctorpolítico, 15 de enero de 2004):
En febrero de 1985, luego de largos meses de trabajo y análisis, fue posible arribar en Venezuela al diseño general de un tipo de asociación política caracterizado por un código genético diferente al de un partido convencional. Subyacía al análisis un diagnóstico de insuficiencia política de los actores políticos tradicionales, y se ubicaba la etiología de esa condición en una “esclerosis paradigmática” de esos actores. Esto es, que no ya la negatividad de tales actores (la idea de que serían intencionalmente nocivos o de que la actividad política es de suyo una praxis “sucia”), sino la insuficiencia de su positividad en razón de que operaban dentro de marcos conceptuales obsoletos, era la causa del deplorable desempeño de nuestro Estado, de nuestras instituciones y de los actores políticos predominantes. Creía tenerse claro para entonces que se requería toda una sustitución de paradigmas y la emergencia de un vehículo asociativo nuevo, que dejara atrás los vicios de constitución que fuerzan a los partidos convencionales, independientemente de la buena voluntad de sus integrantes y dirigentes, a un desempeño insuficiente.
Así, se planteaba en un “documento base” de esta nueva asociación cosas como las siguientes: “Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte? Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos”. Y más adelante especificaba: “No basta, sin embargo, para justificar la aparición de una nueva asociación política la más contundente descalificación de las asociaciones existentes. La nueva asociación debe ser expresión ella misma de una nueva forma de entender y hacer la política y debe estar en capacidad de demostrar que sí propone soluciones que escapan a la descalificación que se ha hecho de las otras opciones. En suma, debe ser capaz de proponer soluciones reales, pertinentes y factibles a los problemas verdaderos”.
Hace casi 20 años, por consiguiente, ya algunas cabezas interesadas en el proceso político nacional veían muy difícil una metamorfosis de los partidos que les permitiera ser portadores de un nuevo paradigma acerca de la Política, distinto del prevaleciente enfoque “realista” o de Realpolitik. Habiendo generado un diseño consecuente con el diagnóstico y el análisis, habiendo tenido éxito en formular un paradigma alterno, experimentaron no obstante todo género de dificultades para constituir la asociación. El experimento era visto como excesivamente romántico.
A las alturas de septiembre de 2004, en cambio, es posible que ya sea más que evidente que la insuficiencia del viejo modo de hacer política, vistos los resultados de un gobierno irresponsable y arrogantemente “revolucionario” y de una oposición insustancial e incompetente, implique la necesidad de construir e impulsar nuevos cauces para la expresión de vocaciones públicas.
La cosa, pues, no es nueva. Es asunto largamente pensado.
Ahora bien, comoquiera que la necesidad de la nueva organización ha aflorado en más de una cabeza venezolana, y dado que algunos—Leopoldo López, por caso—tienen un concepto más o menos aterrizado de lo que pudiera ser, convendría contar con un espacio en el que todas las versiones imaginadas sean cotejadas en licitación política. Conviene hacer su contraste como proposiciones de conjunto, una contra la otra. Acá se sugirió el 28 de agosto de 2003 (Carta Semanal #51):
Si el Ministerio de Sanidad se encontrase ante la necesidad de construir un nuevo hospital público, seguramente no convocaría a una masiva reunión de arquitectos, médicos, pacientes, enfermeros, administradores de salud, a celebrarse en un gran espacio como el Parque del Este para que, “participativamente”, se pusieran de acuerdo sobre el diseño del hospital.
En cambio, determinaría como primera cosa, técnicamente, los criterios de diseño: debe ser un hospital para 1.500 camas, debe cubrir las especialidades tales y cuales, no debe pasar de un costo de tanto, etcétera.
Una vez con tales criterios en mano, procedería a llamar a licitación a unas cuantas oficinas de arquitectura demostradamente capaces. Las oficinas de arquitectos que participaran en la licitación desarrollarían, cada una por su lado, un proyecto completo y coherente. No serían admitidas, por ejemplo, proposiciones que sólo diseñaran la sala de partos o la admisión de emergencias. Cada oficina tendría que presentar un proyecto completo. Sólo así podrían competir, la una contra la otra, en una licitación que contrastaría una proposición coherente y de conjunto contra otras equivalentes.
¿Cuáles pudieran ser, en este caso, los criterios de diseño que guiaran a los licitantes? A juicio de esta publicación debieran ser los siguientes: 1. la organización no debe ser un partido político convencional definido por una ideología, ni nacer para oponerse o desplazar a los partidos; debe regirse, en cambio, por una metodología y deberán poder pertenecer a ella miembros de partidos; 2. la organización no debe serlo de organizaciones, sino de ciudadanos; 3. la organización no debe definirse como instrumento de la “comunidad opositora”, y su apelación universal debe ayudar a subsanar el problema de un país dividido.
Así que los arquitectos que propugnan una nueva organización política—Leopoldo López, por ejemplo—que participen en la licitación política abierta y pública aquí propuesta, en vez de promover su proyecto en arreglo de cogollos o mandarinatos. Esto es, si es que esa cosa de la unidad tiene algún valor. De lo contrario, que cada quien siga su rumbo.
luis enrique ALCALÁ
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 29, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El 15 de diciembre de 2002, en pleno desarrollo del paro de la “Gente del Petróleo”, remitió el suscrito un “memorándum electrónico” a un conocido abogado venezolano, en respuesta a oblicuas y despectivas alusiones de éste en un documento titulado “¿Por qué el gobierno se resiste al referendo?” El abogado en cuestión, cuyo nombre ha sido sustituido en el texto de esta Ficha Semanal #261 de doctorpolítico por el nombre Fulano, escribía con aparente molestia.
Parecía ser que molestaba al susodicho profesional del Derecho que quien escribe hubiera adelantado opiniones jurídicas sobre temas constitucionales sin ser abogado, y creyó refutarlas apuntando meramente a ese hecho. Pero la verdad era que aquellas opiniones refutaban una vistosa teoría suya, que sostenía la invalidez de la Constitución de 1999 por provenir de un referéndum convocado por una asamblea constituyente, y porque ésta no era figura contemplada por la Constitución de 1961 en su articulado.
La tesis había sido presentada públicamente en la Asamblea Anual de Fedecámaras celebrada en Maturín en julio de 2001, cuando en ella resultara electo Pedro Carmona Estanga como Presidente del organismo. Diez meses después creería ser el Presidente de otra cosa.
En el decreto constitutivo que promulgara el 12 de abril de 2002, Carmona pretendió suspender de sus cargos a los diputados principales y suplentes a la Asamblea Nacional (Artículo 3), y también destituir de sus cargos al Presidente y demás Magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, “así como al Fiscal General de la República, al Contralor General de la República, al Defensor del Pueblo y a los miembros del Consejo Nacional Electoral” (Artículo 8).
¿Sobre cuál fundamento podía basarse la validez jurídica de tan graves decisiones? La teoría del abogado molesto venía como anillo al dedo, pues si la Constitución de 1999 era nula, los cargos creados por ella eran inexistentes. De hecho, el Artículo 8 del decreto de Carmona sostuvo que las personas afectadas por la destitución detentaban “cargos ilegítimamente ocupados”.
Como la usurpación de Carmona no pasó de treinta y seis horas, nunca hubo oportunidad de ofrecer la explicación antecedente. Pero el abogado molesto iba a ser premiado. En la mañana del día 12 de abril, antes del acto de constitución de su efímero gobierno de facto, Carmona ofreció una rueda de prensa en el Salón de los Espejos del Palacio de Miraflores. A la gran mesa estuvieron sentados unos cuarenta personajes, entre ellos el abogado de la conveniente teoría. Carmona adelantó la noticia de la constitución de un consejo consultivo, y dijo que la mayoría de quienes estaban allí serían miembros de ese consejo, luego promulgado, ilícitamente, en el Artículo 4 de su aberrante decreto vespertino.
La ficha de hoy reproduce las primeras dos páginas del memorándum de refutación que el suscrito remitiera al abogado de marras.
LEA
…
Abogado molesto
Mi propósito era tan sólo el de reducir la frondosa masa de contradicciones y abusos que acaban por convertir el derecho y los procedimientos en un matorral donde las gentes honestas no se animan a aventurarse, mientras los bandidos prosperan a su abrigo.
Margueritte Yourcenar
Memorias de Adriano
A fines de 1993, Fulano, José Vicente Rangel entrevistaba a Don Arturo Úslar Pietri en el programa que por ese entonces el hoy Vicepresidente Ejecutivo de la República Bolivariana de Venezuela conducía en Televén. Comoquiera que el tema de una constituyente venía siendo planteado con insistencia desde 1989 (desde el “Frente Patriótico” liderado por Juan Liscano), Rangel inquirió sobre el punto a Úslar Pietri. (En realidad, sobre el tema de una reforma constitucional). Úslar comentó: “Ése es un asunto que debe ser manejado por expertos en derecho constitucional e historiadores”.
Traigo a colación la anécdota porque Úslar Pietri, de estar vivo, habría concurrido contigo en la opinión de que el tema constitucional es asunto técnico y profundo, no propio a la exploración de “algún diletante de la ciencia jurídica”. Asimismo, porque como es práctica común de los pronunciamientos tribunalicios, en particular de aquellos que provienen del Máximo Tribunal, antes de entrar en materia es necesario dilucidar el problema de la competencia. De mi competencia para discutir el tema constitucional.
Porque es que en más de una ocasión, de modo velado y oblicuo, nunca directo y frontal, haces alusiones a mí, más que a mis argumentos, con la expresión “diletante”, que en tu caso lleva intención descalificadora y despreciativa. El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, por cierto, registra, como última acepción del término, ese sentido peyorativo. Pero también define: “Aficionado a las artes, especialmente a la música. Conocedor de ellas. Que cultiva algún campo del saber, o se interesa por él, como aficionado y no como profesional”.
Prefiero entenderme dentro de las acepciones positivas de la palabra, y por tanto reivindico con orgullo que puedo ser entendido, en efecto, como diletante en materia constitucional. El diccionario igualmente anuncia que el vocablo tiene origen italiano. No escapa a tu culta persona que diletante significa, en esa lengua, lo mismo que amante. Un diletante del derecho es, en ese sentido, un amante del derecho. Y he aquí la clave para diferenciar nuestras respectivas situaciones: tú ejerces profesionalmente el derecho; yo tan sólo lo amo.
Tampoco ignoras, por supuesto, que el argumento ad hominem, por más que se exprese con tu florentino estilo de aludir sin nombrar, es una de las falacias más elementales, menos refinadas, más primitivas. Desde el punto de vista lógico esa clase de argumentación es completamente inválida. De modo que si se tratara de una mera referencia de retórica defectuosa dejaría pasar la atribución de diletantismo, dado que no tiene la menor importancia argumental.
Pero como digo, en tu caso, dada la reiteración, parece revelar una posición tomada, según la cual estaría vedado a los ciudadanos comunes el pensamiento jurídico o, como decía Úslar, el asunto constitucional sería territorio estrictamente reservado a especialistas. No estuve de acuerdo con Úslar en esa ocasión. Indudablemente que los expertos en derecho constitucional son imprescindibles en las tareas constituyentes. También pueden aportar conocimiento relevante los historiadores, sin duda. Pero ése no era el sentido del dictum uslariano, y entonces debo tomar distancia de sus implicaciones. Si la única disciplina pertinente a la deliberación constitucional, aparte del derecho, fuese la historia, de algún modo la prescripción de Úslar equivaldría a recomendar que se acometa la labor constituyente con la vista en el pasado. En cambio, creo que serían de invalorable utilidad los aportes de disciplinas diferentes, sobre todo en lo que tiene que ver con el diseño orgánico del Estado. Expertos en organización y sistemas, sociólogos, futurólogos, tendrían mucho que contribuir al diseño de una constitución, especialmente en esta época de rupturas paradigmáticas y de cambios planetarios.
Es por esta clase de razones, Oswaldo, sobre las que podría abundar a placer, que rechazo que me descalifiques. Estoy perfectamente autorizado, en tanto profesional, en tanto intelectual y, sobre todo, en tanto ciudadano, para opinar, con responsabilidad, en el tema que ha ocupado nuestra reciente correspondencia la que, de nuevo, en mi caso es frontal y directa, y en el tuyo oblicua e insidiosa. A tu correo anterior te respondí directamente. Tú escoges la distancia olímpica de la alusión innominada.
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Saldado ese punto definitivamente secundario, paso a comentar el nuevo ropaje de tu argumentación jurídico-constitucional, aunque lo haré en mi orden y no en el tuyo, que se me hace farragoso. Será inevitable que repita conceptos y razonamientos, porque tergiversas significado y secuencia lógica de puntos ya dilucidados.
Y voy a comenzar por aclarar un asunto cronológico. Tres años antes de tu conferencia de julio de 2001 en la asamblea de Fedecámaras de ese año, cuatro meses antes de la decisión de la Corte Suprema de Justicia de enero de 1999, ya había escrito (septiembre de 1998), en un brevísimo artículo cuya intención era refutar ciertas argumentaciones contrarias a la convocatoria de una constituyente: “Es preciso reformar la Constitución de 1961 para que pueda convocarse una constituyente (Brewer-Carías y otros), pues hay que preservar el ‘hilo’ constitucional. Incorrecto. El artículo 250 de la constitución vigente, en el que fincan su argumento quienes sostienen que habría que reformarla antes, habla de algo que no existe: ‘Esta Constitución no perderá su vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o fuere derogada por cualquier otro medio distinto del que ella misma dispone’. El texto de 1961 no dispone de medio ninguno para derogarla. Sólo menciona enmiendas o reforma general. No prescribe medio alguno para sustituirla por conceptos constitucionales cualitativamente diferentes. Además, el Poder Constituyente, nosotros los Electores, estamos por encima de cualquier constitución. Si aprobamos la convocatoria a una constituyente eso es suficiente”. Anexo a esta comunicación el texto completo de ese sucinto análisis, a fin de que puedas entender el trozo encajado en su contexto. Igualmente adjunto otro texto más antiguo, “Comentario constitucional”, de octubre de 1995.
Esto es, Fulano, mi argumentación sobre la vaciedad del artículo 250 de la constitución de 1961 no tiene que ver con lo que tú llegarías a sostener varios años más tarde, y que he calificado de peregrino argumento. Sostuviste que la Constituyente de 1999 y su producto, la Constitución vigente, y a pesar de que hubiese sido ésta refrendada en referéndum del pueblo venezolano, son nulas, inexistentes, porque la Constituyente del 99 era “un medio distinto” de los dispuestos por el texto del 61 para su derogación.
En realidad, Fulano, se trata de un asunto más bien sencillo: la constitución del 61 no disponía absolutamente de ningún medio para su derogación. A pesar de esto escribes: “Algún diletante de la ciencia jurídica ha aventurado razonamientos justificativos del proceso en la circunstancia de que la Constitución de 1961 no contemplaba su derogatoria, sino la enmienda y la reforma, como si la derogatoria fuera un mecanismo o procedimiento distinto de la reforma y no el resultado de la entrada en vigencia del texto reformado”.
Este diletante de la ciencia jurídica te muestra a ti, Fulano, que en efecto la constitución del 61 dice a la letra: “o fuere derogada por cualquier otro medio distinto del que ella misma dispone”. No dice “fuere reformada”, ni tampoco “fuere enmendada”. Y tú sabes perfectamente las diferencias de significado. Mi más bien minúscula contribución sólo consistió en descubrir que la redacción del 250 del 61 era, en el mejor de los casos, defectuosa, si es que, como ha sido dicho tantas veces, el famoso 250 fuese intencionalmente un cerrojo definitivo que confería a esa constitución la condición de eternidad invulnerable.
La derogatoria sí puede ser muy distinta de una reforma. Precisamente, la constitución de 1961 no fue jamás entendida como una reforma de la de 1953, que estuvo en vigencia hasta el 23 de enero de 1961, sino como un texto constitucional enteramente nuevo. Por eso dispuso explícitamente: “Queda derogado el ordenamiento constitucional que ha estado en vigencia hasta la promulgación de esta Constitución”. (Artículo 252).
O por ejemplo, nota, por favor, la siguiente redacción: “Mientras no sea modificado o derogado por los órganos competentes del Poder Público, o no quede derogado expresa o implícitamente por la Constitución, se mantiene en vigencia el ordenamiento jurídico existente”. Creo que ya te habrás percatado de que tal estipulación es, justamente, la Disposición Transitoria Vigésima Tercera (última), de la constitución de 1961 que, como ella misma dice, forma parte integral de la misma constitución. Esa disposición te ilustra, entonces, que algo puede ser derogado sin que sea reformado o enmendado.
Eso por lo que respecta a tu precario teorema que pretende que la constitución vigente en Venezuela es la de 1961, montado sobre la premisa de una frase semánticamente vacía del artículo 250 de esa constitución.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | Sep 25, 2009 | Cartas, Política |

No matter how many teachable moments we have, some people won’t be taught.
Frank Rich – Even Glenn Beck Is Right Twice a Day, The New York Times
19 de septiembre de 2009
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La proximidad de algún evento electoral—y hemos tenido bastante más de uno en la última década—hace resurgir temas recurrentes. Uno de los ya clásicos es el de la inconveniencia de criticar a los partidos de oposición.
En verdad, es una de las más reiteradas críticas a nuestra nación que somos una nación criticona. Es lo que Augusto Mijares criticaba—y refutaba—en Lo afirmativo venezolano. Quien escribe ha resonado desde siempre con sus admoniciones. El 8 de agosto de 1994 exponía:
Imaginemos un paciente en grave condición. Está acostado sobre una cama, asaetado por agujas hipodérmicas de todos los calibres, vendado, amarrado, cosido, conectado. Y supongamos que todo el personal médico y paramédico del hospital se agrupa a su alrededor, y que también todos los miembros de su larga familia se hallen presentes, y periodistas, sacerdotes, sepultureros y vendedores de seguros estén también allí, todos hablando en voz alta, opinando, criticando, debatiendo: “Se ve muy mal. Yo vine a verlo ayer y hoy está mucho peor. Ese suero no está goteando casi nada. El adhesivo se le está desprendiendo. Por aquí se está desangrando. Por este lado le está saliendo pus. Qué sala tan horrible, no hay derecho. A mí me han dicho que ese médico es un pirata. A mí me dijeron que bebía. Este paciente no tiene remedio”. ¿Cómo pensamos que puede recuperarse un paciente en estas condiciones?
Naturalmente, la crítica excesiva, para no hablar de la meramente mal intencionada, es un exceso, es malsana, es en sí misma criticable, aunque esto último parezca llevarnos, indefectiblemente, a una iteración paradójica digna del análisis de Bertrand Russell o Kurt Gödel. En efecto ¿cómo podemos criticar a quien critica si al hacerlo nosotros mismos criticamos? ¿No es quien critica al crítico un cachicamo diciéndole al morrocoy conchudo? ¿No debiera caer su propia crítica sobre sí mismo?
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No es éste, por tanto, tema nuevo en nuestra política. En junio de 1986 el suscrito comentaba:
El desempeño incorrecto del sistema político se va agravando en virtud de su propia ineficacia. Asimismo, otro rasgo digno de notar es que el sistema político se comporta en estas condiciones con una exacerbación de sus respuestas alérgicas. Las críticas al sistema sólo se aceptan si provienen del mismo sistema político.
Aún esto mismo es estrictamente controlado… Una de las modalidades de descalificación de la crítica externa consiste en calificar a los críticos de “conspiradores”. En este juego se incurre con frecuencia en contradicción. Por ejemplo, en las últimas semanas, a raíz de debates sobre una presunta vulneración de la libertad de prensa y de opinión, el Partido Social Cristiano COPEI ha censurado el uso de la palabra “conspiración” por parte del Gobierno, en aparente olvido de que fue el propio Dr. Rafael Caldera quien introdujo el tema de la “conspiración satánica” durante 1985, reforzado por artículo de prensa del Secretario General, Eduardo Fernández, justamente bajo el mismo título.
Ni siquiera es tema nuevo para esta publicación. En el ya vetusto #64 de esta Carta Semanal, del 1º de diciembre de 2003, se trataba en el artículo De mangueras y enemigos. Decía, por ejemplo:
Una de las recetas más persistentes, favorita entre quienes pretenden ser entendidos como los más valientes patriotas que Venezuela haya tenido, se presenta en varias versiones. Una de las más vulgares reza: “no debemos pisarnos la manguera entre bomberos”.
Se trata del rechazo que en ciertas cabezas encuentra cualquier crítica que se haga, por ejemplo, a la Coordinadora Democrática, al Bloque Democrático, a los militares de Altamira, a la Gente del Petróleo. “No debemos atacarnos entre nosotros mismos”.
En la mayoría de los casos la prescripción parece contener una gran dosis de sentido común. Si hay base para presumir que la desunión puede conducir a la derrota, entonces parece suicida e irresponsable la crítica de “nosotros mismos”. Tan claro como el récipe de no trancar una mano segura.
Pero ¿qué pasa si lo que se critica es precisamente la aparente sabiduría de una estrategia estúpida? En retrospectiva ¿no hubiera sido mejor que la crítica a la idea del paro de hace un año se hubiera dejado sentir con más fuerza, si hubiera terminado por imponerse?
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“No puede haber democracia sin partidos”. Axioma fundamental de cierta lógica política, esa afirmación se propone como la base de un silogismo que se erige como muralla protectora de partidos concretos ante la crítica. Si no puede haber democracia sin partidos, el ataque sobre ellos, su crítica, equivaldría a minar la democracia misma.
Esta defensa, por otra parte, se aplica prácticamente de forma exclusiva a los partidos de oposición al gobierno actual. Es un discurso que no se consigue entre los partidarios de ese gobierno. En una de sus versiones, esgrimida con frecuencia creciente, se pretende asignar la culpa del advenimiento de Chávez a la crítica de los partidos en la década de 1990, a la “antipolítica”—ya no a una “conspiración satánica”—, a la telenovela Por estas calles de RCTV.
La verdad es que los partidos venezolanos, especialmente Acción Democrática y COPEI, que alternaron en el poder suministrando seis personalidades para ejercer ocho presidencias entre 1959 y 1999, no necesitaron ayuda para deteriorarse ante la opinión pública, no necesitaban que Ibsen Martínez expusiera sus defectos en una telenovela que fue posible porque copió de la realidad política, a pesar de que recientemente él haya llegado a pensar que se le fue la mano y se sienta, sin motivo, culpable de la venida de Hugo Chávez por haber atizado la antipolítica. (Es culpa imposible: Chávez conspiraba al menos desde 1983, y se alzó el 4 de febrero de 1992, casi cuatro meses antes de la salida al aire de Por estas calles).
Este proceso de deterioro, por otra parte, no debe ser atribuido mayormente a la maldad específica de actores políticos concretos. En Venezuela, por sus condiciones propias, por su muy larga historia de caudillos y déspotas y su muy corta historia democrática, por su vulnerabilidad económica intrínseca—en razón de su excesiva dependencia del petróleo—, el proceso planetario de agotamiento del paradigma político clásico se manifestó a la vez con precocidad y crudeza. Es en todas partes del mundo donde la fijación doctrinaria sobre una política de poder y la inscripción en el eje izquierda-derecha produce rendimientos decrecientes. (Obviamente, en términos de las necesidades de los pueblos. Los gobernantes de la Realpolitik ambidiestra sí obtienen evidente usufructo del ejercicio del poder).
Mientras la “política realista”—o “política de poder”—se revelaba cada vez más como improductiva (c. f. John A. Vasquez, The Power of Power Politics, 1983 y 1998), y cuando el método ideológico se hacía claramente irrelevante, nuestros partidos respondieron a su crisis echando más leña al fuego, con oportunismo, laboratorios de guerra sucia y congresos ideológicos. Insistieron en la interpretación de que, en realidad, no estaba pasando nada.
Y bastante antes de que pudiera decirse que hubo una actividad “antipolítica” en Venezuela, los estudios de opinión anticiparon la crisis de credibilidad partidista que se avecinaba. Tan temprano como en 1984 la encuestadora Gaither mostró cómo, en el lapso de un año, el porcentaje de encuestados que no lograba identificar un “mejor partido” entre las opciones AD, COPEI, MAS y otros—es decir, todos—saltó bruscamente de 27% a 43%, o casi la mitad de la opinión pública. Tradicionalmente, la abstención electoral en Venezuela había sido mínima; todavía para las elecciones presidenciales de 1983, la abstención fue de sólo 12%. Seis meses después, la abstención creció a 40,7% en las elecciones municipales de 1984. Dos años más tarde la empresa Datos registraba que ya 58% de sus entrevistados prefería un candidato presidencial que no viniera de los partidos. Etcétera.
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Es obvio que la práctica de la política requiere organizaciones. El término polis designaba a la clásica ciudad-Estado griega, y de allí viene nuestra palabra. Y es que polis significa muchos, y por ende la política es una actividad impracticable en soledad. Las organizaciones políticas son, pues, imprescindibles.
Pero esto no equivale a admitir que las organizaciones necesarias o adecuadas son exactamente los partidos políticos de la actual oposición venezolana, o aceptar que éstos deben gozar de inmunidad a la crítica. De hecho, cuando los estudios de opinión arrojan que los apoyos ciudadanos a todos los partidos de la oposición en conjunto están en el orden de 10% de los consultados, una inmensa mayoría de 90% de los venezolanos indica que no son ellos las organizaciones necesarias o adecuadas.
Tampoco puede sostenerse que esto último sea un fenómeno momentáneo. Hace años que las preferencias por cualquiera de los partidos de oposición se mide con un dígito inferior a cinco o en decimales, y que sumados todos no componen siquiera la quinta parte del electorado. Para la última elección de Asamblea Nacional (diciembre de 2005), las mediciones en las encuestas hacían presumir que el conjunto de partidos de oposición, a lo sumo, podría obtener no más de 15% de las curules en disputa, y eso que todavía operaba un esquema de representación proporcional de las minorías, que ahora ha sido llevado a un mínimo por la recientemente promulgada Ley Orgánica de Procesos Electorales. Fue esa desagradable expectativa lo que en verdad llevó a los partidos de oposición, luego de encontrar un buen pretexto, a retirarse irresponsablemente de tales elecciones y entregar de ese modo el control absoluto del Poder Legislativo Nacional a Miraflores.
Ahora aparece en la agenda política de la nación una nueva elección de Asamblea Nacional, precedida de la elección de concejales y miembros de juntas parroquiales. ¿De qué desempeño reciente vienen los partidos de oposición? En las elecciones de gobernadores y alcaldes del 23 de noviembre de 2008, hace menos de un año, la oposición formal logró un avance significativo: cuando hasta ese momento contaba sólo con las gobernaciones de Nueva Esparta y Zulia, logró sumar a ellas las de Carabobo, Miranda y Táchira, así como la Alcaldía del Distrito Metropolitano de Caracas.
Pero las candidaturas oficialistas se alzaron con el resto de las gobernaciones (18) y ganaron 281 alcaldías, mientras los partidos de oposición, todos juntos, lograron convertir a sus candidatos en sólo 54 alcaldes. ¿Son éstos resultados auspiciosos?
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Además del cómodo teorema de que no se debe atacar a los partidos porque así se debilita a la democracia—que justamente existe para que pueda haber crítica y diversidad de opiniones—, otro silogismo de aceptación casi universal es que la oposición debe ir unida a sus confrontaciones electorales con el gobierno. En abono a esta tesis son señalados los ejemplos de la gobernación del estado Bolívar y la Alcaldía de Valencia, circunscripciones en las que la ausencia de un esquema unitario redundó en triunfo oficialista.
De nuevo, el razonamiento parece impecable. Si “vamos” desunidos se le sirve la mesa al gobierno.
Sin embargo, hay alianzas que restan en lugar de sumar. Una entrevista a Irene Sáez pudiera conocer su opinión acerca de lo útil que resultó ser la fusión de su candidatura con COPEI, y otra a Henrique Salas Römer sobre cómo afectó el tardío apoyo de Acción Democrática a la suya, eventos que sí contribuyeron decisivamente al triunfo de Hugo Chávez en diciembre de 1998. (Y es mucha la tentación de reproducir, una vez más, la definición de bote salvavidas de Jardiel Poncela: “Lancha que sirve para que se ahoguen juntos los que se iban a ahogar por separado”).
Hay casos en los que pareciera bastar, incluso, un solo partido para asegurar una mayoría de candidaturas exitosas a la Asamblea Nacional el año que viene. De no sobrevenir sorpresas, por ejemplo, Primero Justicia y sus aliados debieran ser capaces de llevar a la Asamblea Nacional más diputados por el estado Miranda que el PSUV. Igual cosa parece capaz de lograr Un Nuevo Tiempo en el caso del Zulia, y la gente de Morel Rodríguez, quizás, pudiera hacer lo propio en Nueva Esparta. (El asunto no es tan claro en Carabobo y Táchira; en estas dos circunscripciones, luchas intestinas debilitan las opciones partidistas).
Y es que la estructura latente de las preferencias partidistas, a estas alturas y grosso modo, arroja la siguiente composición: a favor del PSUV se pronuncia hoy un 25% de los consultados por las encuestadoras; por la suma de los partidos de oposición un 10% apenas. La muy grande mayoría nacional no está alineada a lo largo de ningún partido, y lo estratégicamente lógico, consistente y sensato sería entonces producir candidaturas no alineadas, con un discurso no alineado que alcance a una población no alineada.
Esto es más importante ahora que hay una nueva legislación electoral, pues el mayor peso se concede en ella a los diputados nominales. Como cantaba el grupo ABBA, The winner takes it all, y esto significa que es preciso llegar de primero. En los cotejos nominales no hay subcampeones.
En síntesis, la crítica seria a los partidos es necesaria; ella no se hace por deporte ni como actividad placentera. Sobre todo con Acción Democrática y COPEI tiene el país una deuda inmensa, puesto que ellos crearon la democracia venezolana y produjeron gran parte de la institucionalidad del país, mientras atinaron en muchas de sus políticas públicas. Pero su tragedia es que no han podido superar la entropía que los ha carcomido para reducirlos a una sombra ineficaz, y esto seguirá peor porque reiteran los mismos remedios que ya no funcionan.
El primer deber de un partido político es el de leer la realidad honestamente y sacar las consecuencias que de ella se derivan; si la suma de los partidos de oposición sólo entusiasma a la décima parte de los electores venezolanos, una aplicación estricta del principio de representación proporcional de las minorías—que unánimemente defienden en su crítica a la LOPE—implicaría que sólo uno de cada diez diputados debiera provenir de su alianza perfecta. El país tendría que encontrar la manera de identificar los restantes nueve fuera de esos partidos.
luis enrique ALCALÁ
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 22, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
La Ficha Semanal #260 de doctorpolítico se compone con una sección de larguísima carta enviada a un amigo del suscrito, en octubre de 1997, para alimentar su necesidad de saber, mientras estaba en el exterior por unos pocos meses, cómo se perfilaba el arranque del año siguiente, año de elecciones en Venezuela. La sección corresponde al reporte de la convención del partido COPEI que terminó asumiendo la candidatura presidencial de Irene Sáez, y es particularmente dura hacia la candidata y, sobre todo, hacia Luis Herrera Campíns.
El fragmento reproducido sugiere que el triunfo electoral de Hugo Chávez en 1998 no era inevitable, y que las ejecutorias de los principales partidos de entonces, AD y COPEI, permitieron que Chávez, que en 1997 tenía una intención de voto a su favor que no superaba 7%, resultara ganador, mientras que Sáez, que llegó a disfrutar de más de 60% de esa intención, se hundiera como el Titanic. La razón principal de ese hundimiento fue que Sáez, cuya imagen era de independiente, la destrozó al aceptar el apoyo de una de las mitades del bipartidismo que la mayoría del electorado rechazaba, a esas alturas, con ferocidad. Al negar lo que había parecido ser su esencia, los electores sólo encontraron dos candidatos para desaguar su bipartidismo—Salas Römer y Chávez—y uno de ellos no podía ocultar su tufo de conservador elitesco. La votación fue hacia el que de ellos dos se parecía más a la mayoría pobre.
En el texto se menciona al “maletinazo” y el “cuñazo”, hitos desagradables en la historia de COPEI. El primer término alude a la compra de votos a favor de la candidatura de Lorenzo Fernández en una convención electoral del partido, por parte del calderismo, contra la de Herrera. (Gente del bando de este último admitió al suscrito, no obstante, que el lado herrerista era el que había lanzado la primera piedra a este respecto). El “cuñazo” es descrito por el politólogo Herbert Koeneke del siguiente modo: “En 1988, el comando de campaña de Eduardo Fernández, ante la abrumadora ventaja de Carlos Andrés Pérez en las encuestas de intención electoral, decidió transmitir un comercial, al que se llegó a denominar ‘el cuñazo’, en el que se atacaba a los gobiernos precedentes, incluido el de su correligionario Luis Herrera Campíns, por la pésima situación económica en que habían dejado al país”. (El Universal, 13 de octubre de 1998).
En cualquier caso, la candidatura Sáez—promovida inicialmente por Enrique Mendoza, de cuyo presupuesto mirandino vivió COPEI por esa época en gran medida—fue uno de los puntos más bajos, si no el más bajo, de toda la historia de un partido otrora glorioso y que hoy en día aparece en las encuestas en el rubro “otros”.
LEA
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Punto bajo
Los aspectos sustanciales de la Convención de septiembre pudieron ser predichos con matemática exactitud bastante antes de su celebración. Se conocía la redacción, en términos generales, de la reforma estatutaria que sería propuesta y aprobada para abrirle la puerta a la candidatura Sáez; se sabía que el informe político del Secretario General procuraría la reconfirmación de la estrategia oficial—modificada con lo necesario para acomodar las realidades divisionistas de los socios de su alianza—anunciada en noviembre de 1996; se sabía que Eduardo Fernández sería de nuevo inmisericordemente vapuleado.
Una cosa, sin embargo, destacó adicionalmente con claridad. La XXI Convención Nacional de COPEI fue la convención de la revancha de Luis Herrera Campíns. Los dos sorprendentes discursos pronunciados allí por el Presidente de COPEI llamaban profundamente a la preocupación.
El primero de ellos, el discurso de instalación oficial de la convención, estableció un tono pugnaz y reconcomiado desde el mismo arranque del evento. Y la pugnacidad iba claramente dirigida contra dos personajes, Rafael Caldera y Eduardo Fernández, y contra una institución, Acción Democrática.
El segundo discurso, en buena medida dirigido a contrarrestar un discurso de reconvención de José Antonio Pérez Díaz, detalló puntos de reconcomio hacia Caldera y Fernández—“aquel desaguisado del maletinazo en Radio City… aquella espantosa estupidez política del cuñazo”—pero incluyó además lo que tal vez sea la más abierta declaración de populismo y clientelismo que se le haya escuchado a un dirigente nacional de importancia. Ya al término de éste su segundo discurso, Luis Herrera Campíns pronunció las siguientes palabras: “…les voy a decir por qué creo que necesitamos ganar: no por ustedes, que al fin y al cabo—unos por razón de experiencia estamos jubilados, otros por razón de méritos están desempeñando importantes responsabilidades en los organismos representativos—tenemos nuestro medio de vida asegurado, ni de la mayor parte de los dirigentes municipales y regionales del partido que también tienen su vida, por lo menos a corto plazo, asegurada. No, no por ellos, sino por los que no tienen cargos en la burocracia, por los que no tienen acceso a la administración pública para plantear sus problemas y que se los resuelvan, para que se les escuche su pobreza, para que se les dé una muestra de afecto y de solidaridad, que se los podría dar un Presidente copeyano o un gobierno donde el Partido COPEI sea también partido de gobierno…”
Debo admitir que tan descarada declaración me produjo una muy desagradable sensación, aunque ya había escuchado que esa racionalización herrerista estaba siendo ofrecida a más de un copeyano: ganemos para que puedan tener cómo vivir. Resuélvanse, asegúrense de estar “cubridos”—como diría la inefable Blanca Ibáñez—con un triunfo electoral. No imaginé nunca, sin embargo, que el presidente de ese partido se atreviera a presentar un argumento tan alejado de la ética socialcristiana en el seno de una Convención Nacional, ante unas cámaras de televisión que transmitieron al país todo el discurso.
A partir de ese momento comencé a pensar que mientras Luis Herrera Campíns fuese el máximo estratega de COPEI este partido no tendría futuro. COPEI ha sufrido demasiado tiempo las consecuencias del distanciamiento y enemistad entre Rafael Caldera y Luis Herrera Campíns. Por eso escribía en artículo que me publicó el diario El Nacional, poco después del triunfo electoral de Caldera en 1993: “Poco falta para que en Oslo los señores De Klerk y Mandela reciban juntos, hermanados, el Premio Nóbel de la Paz. ¿Es que hay en Venezuela una rencilla de mayor monta que la que representaban Mandela y De Klerk en África del Sur?… Hoy en día las Alemanias separadas ya son una sola, hoy en día los Estados Unidos y Rusia cooperan, Israel y la Organización para la Liberación Palestina cooperan. ¿Son los conflictos venezolanos más importantes que los de estos antiguos enemigos?… En 1992, ¿había entre COPEI y Pérez una diferencia menor que la que hay hoy día entre COPEI y Caldera? En ese año la intención del salvamento de la democracia sirvió para la participación de COPEI en el gobierno de Pérez. ¿Es que hoy en día la situación nacional es menos apremiante que entonces?… Es difícil encontrar algún punto en la ‘carta de intención’ de Caldera, resumen de su programa de gobierno, que colida frontalmente con algún postulado doctrinario de COPEI. ¿Qué argumento podría esgrimirse, entonces, para que COPEI negara su apoyo a Rafael Caldera?”
Y sin embargo, ahora COPEI dice que admitirá alianzas electorales hasta con Convergencia—luego, por supuesto, de procurarlas con ambos fragmentos del MAS y de la Causa R—pero nunca con Acción Democrática, organización que vendría siendo, en la interpretación estándar del herrerismo, la encarnación de las huestes satánicas.
Un partido que se deje conducir desde el reconcomio, a partir de un complejo de Edipo irresuelto, de una fijación patológica que no le permite concebir otra razón de ser que la de oponerse a un “adversario histórico”, será un pobre partido, pues no acierta a proponer nada constructivo. La conducción que Luis Herrera Campíns ha impreso a COPEI es a todas luces nefasta, para el partido y para el país. COPEI tiene que encontrar un modo de neutralizar la influencia del ex presidente Herrera quien, si a lo mejor es un estratega eficaz de votos y oportunismos, es ciertamente, en tanto hombre de Estado, una pobre y dañina figura.
Él es el justificador de la candidatura de la Srta. Sáez, y ha indicado que no hay que preocuparse por el problema de sus capacidades porque “modernamente el poder es compartido” y que explica su prominencia en las encuestas porque ahora vivimos en una “civilización de la imagen”. El cinismo parece ser el estilo que nos propone el actual Presidente de COPEI.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | Sep 17, 2009 | LEA, Política |

Por estos días corre, en predios donde el análisis político es sofisticado, una preocupación opositora por el efecto desmoralizador que pudieran tener resultados adversos, en las inminentes elecciones de concejales y miembros de juntas parroquiales, sobre el desempeño en las elecciones más cruciales y portentosas de la Asamblea Nacional.
Una tal inquietud no existiría, por supuesto, si no se temiera que el oficialismo volverá a arrasar en las primeras elecciones. Las referencias recientes no son, naturalmente, muy esperanzadoras. En el referéndum celebrado el 15 de febrero, el gobierno ganó en 281 municipios del país, mientras que la oposición solo logró triunfar en 54 de ellos.
Sin duda, la elección de concejales y miembros de juntas parroquiales no es lo mismo que un referéndum polarizador a nivel y escala nacionales. En principio, esos funcionarios están más cerca de los problemas del ambiente vecinal y urbano de los habitantes, y más alejados de las grandes cuestiones ideológicas que se dirimen en el teatro político general. La proximidad de los candidatos a sus comunidades les hace más evaluables en términos de su posible aporte a la solución de problemas más cotidianos e inmediatos.
No obstante, hay un efecto perverso de la conducta reciente del gobierno central sobre esa razonable presunción. Al haber enfilado, a partir de los resultados del 23 de noviembre de 2008, contra las alcaldías y gobernaciones ganadas por candidatos de oposición, al recortar o regatear los recursos de las mismas, emite una terrible señal: que la existencia de un acueducto o de una escuela municipal, que la eficaz vigilancia policial de los vecindarios, que la puntualidad del aseo urbano, va a depender de la sumisión de los concejales y miembros de juntas parroquiales a los designios del Palacio de Miraflores, por cuanto no habrá recursos para quienes le adversen; antes bien, experimentarían todo género de obstáculo y entorpecimiento. Ergo, por mero y sencillo interés local, convendrá votar por candidatos cuadrados con el gobierno nacional; sólo así llegarían los recursos para el asfaltado de nuestras calles o la construcción de las cloacas que necesitamos.
Se trata de una brutal política de deslealtad con el pueblo, aunque de probable eficacia electoral a corto plazo solamente. Porque, si elegimos a favoritos del chavismo porque nos darían la mejor probabilidad de que haya recursos para el trabajo sobre problemas municipales y parroquiales, y la realidad resultare ser de expectativas insatisfechas por incumplimiento, la factura política no se hará esperar, a interés compuesto, en subsiguientes elecciones.
A lo mejor el gobierno fue tan diabólico como para prever ese efecto perverso. A fin de cuentas, casi que se dedica exclusivamente a planificar confrontaciones y diseñar tácticas abusivas para reducir y maniatar a la oposición. Pero es una política que no prosperará a plazo mediano y largo: el pueblo aprende cuáles son los gobernantes que se conducen de manera gangsteril, el pueblo conoce cómo se comportan ciertos actores cuando tienen el poder.
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