por Luis Enrique Alcalá | Oct 13, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En 1928, Jóvito Villalba cumpliría veinte años (el 23 de marzo), pero antes, el 6 de febrero de ese mismo año bisiesto, pronunció un discurso que le haría famoso. Desde entonces se le tendría como eximio orador.
La ocasión era el día de una ofrenda al Libertador en el Panteón Nacional de los estudiantes universitarios de Caracas, presididos por su flamante reina de carnaval: Beatriz (Peña) Primera. Se celebraba la Semana del Estudiante, y cada uno de los actos de este festejo se convirtió en protesta no demasiado velada contra la dictadura del general Juan Vicente Gómez. (Además del discurso de Villalba, debe anotarse uno de Rómulo Betancourt y otro de Joaquín Gabaldón Márquez, amén de versos con intención subversiva de Pío Tamayo en el acto de coronación de la reina estudiantil). Gómez ordenó la captura y prisión de los protagonistas.
Esta Ficha Semanal #263 de doctorpolítico reproduce la pieza oratoria del joven Villalba. Su estilo es el de la época: hiperbólico, repetitivo, poético, épico. Apartando su empatía con la raíz española de los venezolanos—Villalba hablaba de “esta América española nuestra”—que el actual Presidente de la República rechazaría, otros rasgos del discurso se encuentran en la retórica oficialista de estos tiempos. Por una parte, la denuncia y rechazo del imperialismo estadounidense: “la absurda pretensión imperialista de otra raza”. Luego, el tono épico que decreta grandes momentos históricos: “el milagro bíblico de una nueva creación”. También, la superstición etnocéntrica: «el destino altísimo de nuestra raza sudamericana».
Por último, la fijación sobre la figura de Simón Bolívar. En la Carta Semanal #230 de doctorpolítico, del 22 de marzo de 2007, se opinaba así: “Nuestro derecho civil designa por emancipación al momento cuando el adolescente se hace adulto y ya no necesita de la guía moral de los padres. Él es ahora capaz de su propia determinación ética. Necesitamos pues, una segunda emancipación. La primera nos habrá liberado del yugo español; la segunda debe librarnos de la patológica fijación en la figura del ‘Padre de la Patria’. Hasta que no terminemos de enterrar a Bolívar y permitirle descanso, no seremos una república adulta. Es ley de vida, y signo ineludible de madurez, la emancipación del padre”.
Nuestra política debe dejar de ver hacia el pasado, por más heroico o meritorio que haya sido el nuestro.
Por supuesto, el celebrado discurso de Villalba era una oración juvenil: ampulosa, críptica (por necesidad política), hasta pedante. Pero fue, sin duda, un discurso galvanizador, y la dictadura leyó correctamente su potencialidad revolucionaria. El orador había anunciado una nueva época y descrito la hora como oscura. Era una declaración de guerra al régimen, y Juan Vicente Gómez la entendió como tal.
LEA
…
En el Panteón
¡Majestad! ¡Compañeros!:
Desde la atalaya altísima de una tribuna, donde se forjó la redención todavía no cumplida de un pueblo, José Martí dijo cierta vez, como trompetazo de orgullo vidente, que al Libertador le faltaba mucho por hacer en América.
Hoy, compañeros, en este día de la ofrenda, venimos ante el Libertador, porque ha llegado para él, precisamente, inminentemente, la hora de volver a ser.
Ante la conciencia libre de América, surge íntegro, encendido de fuerza, el grito de una protesta unánime, el mismo ideal de fraternidad latinoamericano, que cien años antes cupo holgado en la mirada visionaria del Libertador, y en todos los espíritus de esta América española nuestra, ese ideal es lo bastante generoso, para servir de causa, donde se sostiene y donde se llena de horizonte, frente a la absurda pretensión imperialista de otra raza el destino altísimo de nuestra raza sudamericana.
Al propio tiempo, en tierras de Venezuela, reduciéndole al límite de la patria, la afirmación de que ha vuelto a sonar el momento del héroe se revela también, como nueva campanada para esta tumba gloriosa en la inquietud de nosotros, que es la inquietud del gesto que ha de venir.
Por eso lo buscamos aquí donde se halla incontaminado el ambiente, como soterráneo hontanar de idealismo para las generaciones de la patria, a fin de incorporarle en la recia cruzada de que es lírica y juvenil anunciación esta fiesta; y a fin de que volviéndose luminoso su recuerdo, en la oscuridad de esta hora les alimente la pupila a todos los que en la patria venezolana la conserven intacta, diáfana, transparente, después de haber estado de cara al sol durante veinte años.
Incorporándola a nosotros, su obra, que es de todos. Él se difundirá en nuestras almas como un soplo siempre nuevo de juventud eterna, “divino tesoro” que a través de cien años se nos guarda incólume, sin que la extinga en el eslabón de las generaciones patrias el brusco vacío de quienes renunciaron dolorosamente en la claudicación. Virtualidad de él es precisamente esa de poder renacer, sin resentirse de anacronismo, aquí, entre nosotros, en la Universidad como un súbdito más de Beatriz I. Porque en el fondo de su obra se encuentra como título de nacionalidad para nuestro venezolanísimo reinado universitario, el mismo comprensivo amor hacia la patria, que todos los días diafaniza de ideal el alma lírica del estudiante, porque él no fue sólo el Libertador, el hombre que condujo invicto un ejército ante el asombro inédito de un Continente. Todo eso, y sobre todo eso algo más: un hijo de América, que forjó ese ideal que fue hasta ayer demasiado alto para contarse, como un número más, junto a doctrinas oportunistas en el programa teatral de conferencias panamericanas.
Como tal, como verdadero hijo de América, supo comprender y sentir en honda belleza de sacrificio y de promesa, la angustia de esta raza americana nuestra, que había de buscar en la explicación de un siglo, el sentido total de su destino para el porvenir.
¡Libertador!: Ha llegado de nuevo la hora de tu acción, que coincide para nosotros con este momento de definirnos ante el destino y ante nosotros mismos. Sentado estás, como te vio Martí, en la roca de crear, con la Federación de Estudiantes, con esta fiesta de la Primavera Universitaria, con el reinado de esta reina integral. ¡Oh! Samaritana de la siembra, de cuya belleza trasciende hacia ti como en una parábola de lirismo, el viejo dolor de tu pueblo: con todo eso, arraigo del futuro. Y propiciado el surco, pedimos a tu serenidad, con esta ofrenda, la palabra que ha de gestar el milagro bíblico de una nueva creación.
Habla, ¡oh, Padre! ante la Universidad donde se forjó la patria hace años. Pueda oírse otra vez tu voz rebelde de San Jacinto. En este sitio, cuando Beatriz Primera de Venezuela te haya ofrendado la nueva ternura de estas flores, dinos el secreto de tu orgullo, que es el mismo secreto de trescientos años, revelado ayer por el Ávila, por el viejo monte caraqueño, a María de 1783.
Padre nuestro, Simón Bolívar,
Padre nuestro, Libertador,
Cómo han puesto los esbirros
Tu Santiago de León.
Jóvito Villalba
por Luis Enrique Alcalá | Oct 9, 2009 | Cartas, Política |

Estimada suscritora, estimado suscritor: en el #352 de la Carta Semanal de doctorpolítico se hizo relación y comentario de una presentación a cuatro manos a la que asistí. En ella no se mencionaba a los protagonistas, pero por elemental deber de caballero, la hice llegar al encuestólogo-asesor que fue aludido, a fin de que conociera por mi iniciativa lo que había opinado.
Esta persona acusó recibo y me envió su respuesta, al final de la cual dice: «Con tu venia, quisiera enviarle esta respuesta a la lista de tus lectores…»
Complaciendo, pues, su deseo, remito a usted esa contestación del politólogo John Magdaleno, al cabo de la cual, muy naturalmente, transcribo mi propia contestación.
Con un cordial saludo
Luis Enrique Alcalá
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Estimado Luis Enrique, gracias por tu gentil envío.
Con todo respeto, considero muy distorsionada tu interpretación de mi análisis sobre la situación del país -desarrollado en casa del amable Luis Ugueto el lunes pasado con limitaciones de tiempo, una laptop que se apagó y un video-beam que nunca llegó-, para lo cual me ofrezco a explicártelo con detalle en persona, y así poder iniciar un debate más fructífero.
No tengo problema alguno en que estés en desacuerdo y lo digas públicamente, pero sabes que para criticar con fundamento, estimado amigo, hay que asegurarse, primero, de comprender bien los planteamientos de tu interlocutor. De lo contrario, a lo que asistimos -como suele suceder en Venezuela- es a un diálogo de sordos. Te puede estar pasando, a mi modo de ver, como quien lee por primera la «Crítica de la Razón Pura» de Kant, y arranca a criticarlo sin asegurarse primero de comprender bien la naturaleza y significación de sus planteamientos.
Sin pretender compararme con la talla intelectual de semejante figura, quisiera invitarte a que iniciáramos una reflexión conjunta, más profunda, sobre los temas que nos preocupan. Pero para ello, creo imprescindible exponerte algunas de las que, en mi opinión, son las inexactitudes o incomprensiones más graves contenidas en tu «carta»:
1. Sabes bien que no se ha dado, en estricto sentido, un debate público franco, abierto y de envergadura sobre los temas de coyuntura, entre otras cosas porque hay una hipersensibilidad tal en algunos círculos políticos que decir unas cuantas verdades es percibido como una herejía. Un análisis frío y objetivo, que examine con crudeza la actuación de la oposición durante estos 10 años, incluyendo el desempeño de actores sociales y políticos, ha quedado reservado para círculos privados y hasta íntimos. Entonces no me digas que nadie ha impedido el debate. Un debate serio y racional todavía no ha comenzado a una escala significativa, Luis Enrique. Lo que hay hasta ahora son, a mi modo de ver, aproximaciones menores, en audiencias reducidas o en medios de comunicación de poco alcance, y no un debate público de relevancia. Dimensionemos bien lo que es un debate público de altura. A esto me refería en mi intervención.
2. Cuando Petkoff abre el debate, concediéndote la razón en que ha fijado posición, lo ha hecho descalificando visiones distintas a la suya, como en efecto lo hizo al calificar de bizantina la propuesta de la tarjeta única. Quien te escribe, que conceptualmente ve como imprescindible a la alianza perfecta y valora en este momento como políticamente inviable la propuesta de la tarjeta única, no se aferra a esta última. De hecho, pienso que pueden convivir perfectamente la tarjeta de los partidos y una tarjeta que agrupe a diversas organizaciones políticas y sociales, siempre y cuando haya unidad perfecta. Lo que sí reclamo, como ciudadano y -digámoslo sin complejo- opinador, es un tratamiento más cauteloso de las diferentes posiciones. ¿Qué clase de debate es ese al que se ingresa descalificando a una de las opciones posibles?; ¿o es que crees que Teodoro ha sido, en este tema, un interlocutor meticulosamente respetuoso de las diferentes opciones estratégicas disponibles?
3. Sabes bien a qué me refiero cuando señalo que el principal soporte de la imagen del gobierno ha sido concentrarse en la agenda de lo social, por la vía de las Misiones y la publicidad oficial que las mercadea eficazmente, y que ello ha tenido un importantísimo impacto en los estratos bajos, que representan el 81% del país. Negar esto hoy en día, Luis Enrique, es resistirse a creer que el planeta tierra no es cuadrado. El discurso y la praxis política que se concentra, así se perciba superficial y efectistamente, en temas como salud, educación, vivienda y alimentación, le habla directamente a ese 81% porque versa sobre sus necesidades cotidianas y urgentes. Te pregunto si crees que la oposición lo ha hecho con la misma eficacia comunicacional y política que el gobierno y si, en tu opinión, ha llegado a plantear -ya sea como bloque o, al menos, individualmente algunos de sus actores- propuestas serias y atractivas para los más pobres, que hayan sido conocidas y digeridas por la mayor parte de la opinión pública. En este punto me temo que tenemos serias diferencias y, si te he entendido bien, creo que confundes las comunicaciones de la oposición con la existencia de propuestas reales y factibles.
Al margen de la «tarjeta Mi Negra» y el «Cesta Ticket Petrolero» propuestos por Rosales y Petkoff en la campaña de 2006, que en realidad eran propuestas de política social más desarrolladas en el terreno del mercadeo político que en el de la viabilidad técnica y presupuestaria, ¿crees que, por ejemplo, la oposición ha volcado sus esfuerzos a diseñar y proponer un sistema de protección social de avanzada?; ¿percibes como agotada y resuelta la necesidad de alterar la ecuación Estado-petróleo-pueblo en Venezuela?; ¿crees agotado y resuelto el debate alrededor de las propuestas de democratización de la renta petrolera (como la propuesta del Fondo de Regalías Petroleras que ha puesto sobre la mesa La Causa R)?; ¿ves, acaso, algún consenso mínimo en esta materia?; ¿o más aún, puede decirse, en este caso, que se ha dado un auténtico debate público de envergadura?; ¿crees que hay una propuesta novedosa y atractiva en materia de salud, para enfrentar el drama de los hospitales públicos del país y la deficiente atención de la red de atención primaria, que el gobierno ha intentado revitalizar con «Barrio Adentro», infructuosamente desde la perspectiva de la calidad del servicio?; ¿ha desarrollado y comunicado públicamente la oposición una propuesta seria para mejorar «agresivamente» el acceso y la calidad de la educación venezolana?
4. Claro que en alimentación no se puede competir con el Estado, amigo. Nadie desconoce eso. Pero si existieran propuestas serias, bien pensadas y masivamente comunicadas en materias como salud y educación, por señalar solo dos ejemplos, es mucho lo que la oposición hubiera podido avanzar durante estos años, pese al gigantesco impacto de Mercal. ¿Te das por satisfecho con lo que la oposición ha hecho en estas materias o crees que es hora de un examen profundo y desapasionado, que tome distancia de los afectos políticos, y que reconozca que se han invertido más horas, en los partidos de oposición, en designar candidaturas para elecciones que en proponerle cosas serias al país?
5. Es obvio que la oposición ha concentrado la mayor parte de sus esfuerzos en la defensa de las libertades democráticas. Y para que no se confunda mi posición, no veo en ello algo «ontológicamente» perjudicial. La pregunta de relevancia estratégica es, como la expresé ese día, si concentrarse en la agenda de la defensa de la democracia le facilita a la oposición la comunicación con los estratos D y E (que, repito, representan 81% de la población) y, más aún, la adhesión de estos a su causa.
Permíteme comunicarlo de otro modo, Luis Enrique: ¿no crees que la lucha por las libertades consustanciales a la democracia ha podido ser acompañada, profundizada y más eficazmente justificada para los estratos bajos haciendo esfuerzos por plantearles propuestas en la agenda social, e incluso, impulsando reivindicaciones en este terreno?; ¿o no ves, acaso, el impacto de las actuales luchas sindicales en la reconfiguración de la correlación de fuerzas políticas y sociales en Guayana?
Insisto: nadie discute la legitimidad de la defensa de las libertades públicas y las instituciones de la democracia. Mi análisis lo que sugiere es que, si el 50% percibe al gobierno interesado o preocupado por los temas de la agenda social y un 40% percibe a la oposición interesada en la defensa de las libertades y el Estado de Derecho, la oposición se está comunicando ineficazmente con los más pobres.
6. No desconozco que al hablar de opciones de política social estamos hablando, al final de cuentas, de política también. No olvides que soy Politólogo de pre-grado y post-grado, lo que trasciende la etiqueta de «encuestólogo». La distinción reproduce sencillamente la percepción existente en la opinión pública, amigo. Aquí confundes cuando hablo en mi nombre y cuando lo hago para facilitar la comprensión de la opinión pública venezolana. Es al 50% del país a quien tienes que reclamarle que perciba al gobierno concentrado en los temas de la agenda social (salud, educación, alimentación y vivienda), y no a mi, estimado amigo. Es a la opinión pública, de vuelta, a quien tienes que voltear a mirar para comprender por qué 40% la percibe concentrada en temas asociados a la defensa de los valores de la democracia y no en los temas de la agenda social.
Seguramente sabes, Luis Enrique, sobre todo en virtud de tu formación intelectual, que las distancias entre las percepciones de la población sobre lo público y las de los dirigentes o los intelectuales son enormes. Pues bien, ocurre que pese a que «lo social» es ciertamente un abordaje más de lo político, lo político a secas tiende a tener otras significaciones en la población. Y a eso es a lo que me refería en mi exposición del lunes.
7. Sabes bien la importancia de señalar «nunca hemos sido mayoría, salvo en el referéndum de 2007», en una audiencia de connotados opositores, porque ello busca, con base en la evidencia irrefutable de los estudios de opinión de las cuatro encuestadoras más prestigiosas del país, que se asuma de una vez por todas lo que no se asumió públicamente antes de 2006: que la oposición ha sido minoría. Y si señalo la expresión en el plural de la primera persona («nosotros») es para que esa audiencia entienda que lo dice alguien cuya opinión y comprensión del mundo y el país lo ubica «espitirualmente» cerca de ellos, al margen de los matices ciertamente existentes. Es un viejo recurso para generar rapport, que no debería escandalizar a nadie que conozca mis opiniones personales, legítimas por demás. Me extrañan las líneas que le dedicas a este asunto menor en tu carta, porque ello pudiese ser interpretado, por alguna mente neurotizada, como el deseo de que mi discurso sea portador de la neutralidad valorativa que se exige en los totalitarismos de cualquier signo, incluso los de orden metafísico.
8. Finalmente, Luis Enrique, pienso que he podido recibir un tratamiento más cortés en tu «carta», como corresponde a alguien con don de gentes e intelectualmente bien formado como tú. Lo que hice el lunes fue compartir con ustedes un análisis que he venido haciendo con motivo del examen de muchos estudios nacionales de opinión pública y la revisión de los acontecimientos políticos de estos 10 años a la luz de varios documentos de interés.
Ciertamente he compartido ese análisis con actores políticos y sociales, entre ellos Leopoldo López, pero no veo por qué ello debería escandalizar a nadie. Tu insistencia, en la «carta», en que mi análisis tuvo el propósito de «hacerle la cama» al discurso posterior de Leopoldo López, desconoce lo más elemental y que no se puede ocultar: que él comparte mi análisis y que está operando en la dirección de intentar colaborar en la reparación de algunas de las monumentales fallas de la oposición durante estos 10 años, de las que él no se excluye en su totalidad, como lo ha dicho públicamente al referirse a las elecciones parlamentarias de 2005.
Pero debes saber que López no es el único que comparte ese análisis. Que otros líderes políticos y sociales, formadores de opinión, empresarios, sindicalistas y estudiantes también, y que ya son miles de ojos y oídos los que han podido ver y escuchar la presentación entera, directamente, y que desafortunadamente no pude mostrarles con exhaustividad ese día, en virtud de los problemas técnicos ocurridos. ¿Piensas, aún así, que mi análisis es una caricatura reduccionista de la realidad, tal y como la dibujaste en tu «carta»?
¿Será, amigo, que abrimos un espacio para que veas la presentación, comprendas el análisis de fondo y lo asimiles con más calma?; ¿será que mi análisis exige «oídos más atentos»?; ¿será que merece más respeto…?
Con tu venia, quisiera enviarle esta respuesta a la lista de tus lectores y a los asistentes a la peña de Luis Ugueto, a quienes seguramente les enviaste tu «carta».
Saludos.
JM
……
Hola, John. Primero que nada, debo aclararte que supones mal: no me he ocupado de enviar mi carta #352 a los asistentes a la Peña de Ugueto. Algunos entre ellos son suscritores de la misma y por eso la reciben, pero si es tu voluntad no tengo inconveniente en remitir a mi lista el correo que me has hecho llegar; por supuesto, junto con esta respuesta que ahora compongo para que el asunto pueda ser entendido. Hay estimaciones que colocan el número de destinatarios finales en 170.000, no porque mi lista tenga ese tamaño, sino porque una buena cantidad de quienes reciben mi publicación directamente de mí la reparten viralmente y la cosa se riega. Avísame, pues, si ése es tu deseo.
Estoy seguro, por otra parte, de que en tu pensamiento y análisis hay mucho más que lo que expusiste, pero mis comentarios se limitaron a concentrarse sobre esto último: lo que dijiste y cómo lo dijiste. Tomé notas. No estoy, pues, interpretando tu análisis y tampoco distorsionándolo; estoy comentando exactamente lo que te escuché, dicho por ti con énfasis y vehemencia suficientes como para que se entendiera con toda claridad. Para que hubiera habido distorsión habría tenido que reportar cosas distintas de las que dijiste, y esto no lo he hecho; cada una de las afirmaciones comentadas por mí las dijiste tú. En cuanto a las limitaciones de tiempo, tú conoces bien las reglas de la Peña de Ugueto: dos horas en total para toda ella, de las que ustedes, López y tú, ocuparon una hora y cuarenta minutos. Si hubo limitación temporal fue para quienes hubiéramos querido debatir lo que oímos; en cuanto el anfitrión indicó que las intervenciones posteriores sólo serían para hacerle preguntas a López, pedí me retirara de la lista en la que me había anotado, pues no era mi intención preguntarle nada. Según se nos explicó, no podríamos debatir sobre lo escuchado hasta, quizás, el próximo 19 de octubre, siempre y cuando no se atraviese una sesión diferente que está en preparación, lo que rodaría todo hasta tres semanas después. Las fallas técnicas y logísticas las tengo por poco importantes, aunque sí me parece significativo que el origen de la sesión y su coordinación vinieran, como anunció Montero, desde la Alcaldía de Chacao; tenía entendido que López ya no es alcalde de ese municipio. No veo qué razón justifica que un funcionario del mismo, que además se hizo presente en la exposición, deba promover disertaciones de López sobre cuestiones extrañas a los asuntos municipales. ¿Peculado de uso?
………
En tu reacción a lo que expuse, se expresa una preocupación por haber sido descrito como encuestólogo y exhibes tus títulos de politólogo de pregrado y postgrado. También usé los términos «trabajador de la opinión pública» y «asesor»; creo que son las ocupaciones a las que te has dedicado últimamente. De hecho, en tu exposición del lunes también emergió esta preocupación: sin que nadie te lo preguntara o te cuestionara en absoluto, quisiste decir: «No les está hablando un académico; yo he interactuado mucho con los partidos; he trabajado mucho con COPEI; asesoré a Petkoff en 2006 y le bajé quince puntos a su rechazo, que era lo único que se podía hacer; yo hice mi trabajo. Yo sé de lo que estoy hablando. No es un académico el que les habla». Es decir, te preocupaste mucho por establecer lo que pueda ser tu autoridad en estas cosas lo que, por otro lado, no creo fuera tema pertinente a esa sesión de la Peña. Como debes saber, la autoridad de alguien no convierte automáticamente lo que diga en verdadero, como tampoco el hecho de que alguien sea un contrabandista hace falsa por ese mismo hecho ninguna de sus posibles afirmaciones. La ciencia de la lógica conoce estas cosas, precisamente, como la falacia de autoridad y la falacia ad hominem, y las tiene por modos inválidos de razonar. Dejaré sin comentar tu analogía con Immanuel Kant y la pretensión de que no he comprendido bien lo que expusiste. Te oímos todos y hablaste muy claramente, así que, si no se te entendió bien, revisa tu propio discurso y su delivery. Digo, por aquello del locus externo (muy de moda) como explicación conveniente de errores propios.
El orden que escogiste para reaccionar, distinto del que empleé, es en sí mismo sintomático; de nuevo es el tema de la posición de Petkoff ante la discusión sobre la tarjeta única lo que parece desvelarte. Reitero, y puedo haber leído mal yo mismo, que creo que Petkoff no ha rechazado la tarjeta única, ni ha declarado, como pones, bizantina su propuesta. Lo que ha calificado de bizantino es la discusión acerca de la tarjeta única antes de que existan candidaturas únicas. Es decir, él estima que hay cosas previas que tienen que ser dilucidadas; si hubiera estado hablando en una asamblea habría pedido la palabra anunciando: «Punto previo». Por lo demás, su postura es una opinión más, igual a la tuya o la mía, y tiene todo el derecho de decir que considera el asunto, esto es, la discusión, como bizantina. (DRAE: 3. adj. Dicho de una discusión: Baldía, intempestiva o demasiado sutil). El sentido que emplea es el de algo intempestivo. (DRAE: 1. adj. Que es o está fuera de tiempo y sazón).
¿Es esto una prohibición de discutir la cosa? ¿Tiene Petkoff tal poder que su declaración de que algo es intempestivo interrumpe cualquier ventilación del tema? No lo creo, y por esto me pareció que sacabas el asunto fuera de proporciones; en tres ocasiones preguntaste, de manera efectista (DRAE: 1. adj. Que busca ante todo producir fuerte efecto o impresión en el ánimo) y en tono indignado: «¿Por qué no se puede discutir esto públicamente?» Nadie te lo impide; nadie se los impide, y al reiterar el punto repetidamente dabas a entender que alguien atentaba contra el democrático derecho a la libre opinión de diligentes y meritorios opositores.
Aclaro, por cierto, que no está en mi ánimo o interés defender a Petkoff; ya él es un hombre crecido, y sabe defenderse muy bien. Lo que sí creo es que has escogido centrar tu reclamo en su opinión al respecto, lo que sazonaste con el no tan velado ataque a su persona política, al hacer referencia a tu presunto logro profesional de «bajarle quince puntos a su rechazo». En vez de argumentar, si es que quieres disentir de su opinión, a favor de la oportunidad de la discusión que él estima bizantina, intempestiva, inoportuna, fuera de tiempo y sazón, optaste por quejarte de que él, por sí solo, impedía la discusión del punto.
Veo que concurrimos en un asunto distinto, aunque relacionado: la conveniencia de contar con un espacio adecuado al debate importante, sean éstos los «temas de coyuntura» que sugieres u otros más profundos aún, menos coyunturales. Tanto es que coincidimos que en mi Carta #351—redactada en ignorancia de que López y tú, a petición de un funcionario de la Alcaldía de Chacao, expondrían en la Peña—toco justamente ese tema. (La copio abajo para tu conocimiento). Y no es la primera vez que lo hago; el 7 de mayo de 1985 (hace más de veinticuatro años) ya especificaba la siguiente idea en el esbozo de una nueva organización política: «Una función organizadora del debate político, que le prescriba un formato o método científico: La Sociedad Política de Venezuela deberá instrumentar el ambiente necesario para dar alojamiento a la invención política y para que las proposiciones que por ella surjan puedan ser adoptadas luego del más estricto análisis y la consulta más amplia posible… Para esto se instrumentará una normativa que permita la comparación crítica de proposiciones alternas o competidoras y que asegure un máximo de objetividad política”.
………
Respecto de la agenda social vs. la agenda política (así fue como lo expusiste), no veo en cuál punto de mi artículo niego la importancia política de la acción «social» del gobierno; dirige, pues, a alguien más esta afirmación: «Negar esto hoy en día es resistirse a creer que el planeta tierra no es cuadrado». No se me aplica. Lo que escribí estuvo referido exclusivamente a tu planteamiento, a la forma en que introdujiste la cosa, que bastante simplista me pareció. De nuevo, no hago hipótesis acerca de qué otras cosas puedas pensar sobre el complejo tema; me atengo, simplemente, a lo que expusiste, y esto ya lo referí y comenté en mi carta. Dije, en síntesis, que el fenómeno del apoyo a Chávez es bastante más complejo que la satisfacción con unas misiones gubernamentales y que, curiosamente, luego de que hubieras postulado que ésa era la razón fundamental del fracaso de una oposición que se concentraría en una agenda política, ella había desaparecido de tu juicio sobre los resultados del referéndum de 2004. Apunté, además, que el gobierno tenía, muy especial y explícitamente, una clara agenda política. Añado ahora que ella era claramente visible bastante antes de noviembre de 2004, cuando se expuso en reunión de gobernadores y alcaldes oficialistas electos el 30 de octubre de ese año. También pareció desprenderse de tu manera de exponer—no necesariamente de lo que sea tu comprensión—que hasta entonces la agenda política de Chávez era desconocida. Mucho antes de los apuntes de Martha Harnecker se conocía la orientación marxista y militarista de Chávez, contraria a la libre empresa, antagónica de la Iglesia y la educación privada (Decreto 1.011, 18 de diciembre de 2000); la fritanga de cabezas adecas y copeyanas la había anunciado en la campaña de 1998, y dos años después anticipaba que gobernaría hasta el 2021; sus primeras agresiones a los medios se manifiestan en 2001 (cerco de Lina Ron a El Nacional siguiendo pauta de un Aló Presidente) y en diciembre de 2002 las huestes chavistas arremetieron contra un buen número de televisoras y estaciones de radio en ataque coordinado de una sola noche; en 1999, en carta temprana (abril) a la Corte Suprema de Justicia declaró abiertamente su concepto autoritario, en línea final que postulaba «el Principio de la exclusividad presidencial en la conducción del Estado». Etcétera. Quienquiera que hubiera necesitado la lección en Fuerte Tiuna de noviembre de 2004 para enterarse de la agenda política de Chávez no venía poniendo mucha atención a las advertencias de Alberto Garrido o los consejos de Norberto Ceresole, que hablaron mucho antes que Harnecker.
Tampoco se encuentra en mi artículo absolución alguna de los partidos que hacen oposición formal en Venezuela; soy crítico de ellos, y bastante antes que tú; de modo explícito (por escrito) desde febrero de 1985 (hace más de veinticuatro años) aunque, por supuesto, según razones bastante diferentes de las tuyas («por sus errores» y el «salto al vacío» del referéndum revocatorio de 2004). De hecho, con ocasión de comentar una primera vez alguna presentación tuya en casa de Ugueto—lo que me reclamaste en su momento, sin que pudieras luego ofrecer un motivo concreto de queja—fui muy claro. Te refresco:
Briceño y Magdaleno, luego de expresar su convicción de que la inminente consulta ofrece una oportunidad para «reposicionar» a la oposición, argumentaron que era de la suprema importancia la elección de quienes debieran hacer ostensiblemente frente—fronting—al proyecto de enmienda. Hablaron de una disyuntiva—falsa, a mi manera de ver—entre estudiantes y líderes convencionales, dando a entender que no había otras voces posibles. (En intento pedagógico hablaron, debe reconocerse, de encontrar los «badueles» o «marisabeles» de 2009). Esto es, la recomendación de Briceño y Magdaleno es la de constituir un coro de tres voces: la de aquellos que aún no están listos (estudiantes), la de los rechazados (líderes convencionales), la de los saltadores de talanquera («badueles» y «marisabeles»). ¿Es que no hay otras voces en Venezuela? Llama la atención que, después de haber expuesto que la participación de los electores no alineados—el estudio combinado mide su tamaño a la par de quienes apoyan a Chávez y mayor que el de sus opositores, como lo han hecho desde hace al menos seis años todas las encuestadoras, en proporciones cambiantes que oscilan entre 35% y 50%—sería decisiva, que no se saque la conclusión obvia. Antes que «badueles» o «marisabeles», urge conseguir voces no alineadas, con discurso no alineado y argumentos no alineados para asestar el golpe definitivo a las pretensiones continuistas de Hugo Chávez.» (Carta Semanal #316 de doctorpolítico, 22 de enero de 2009).
Añado, como otra muestra, un botón más. El 8 de diciembre de 2005 escribía:
Igualmente, por supuesto, se requerirá la emergencia de organizaciones políticas con un «código genético» bastante diferente de las actuales. Los partidos que se niegan a desaparecer, renuentes a la regeneración, refractarios contumaces, negados a la metamorfosis, se quejan de que una cierta «antipolítica» sería la culpable de la neoplasia política que hoy nos domina. Que la «sociedad civil» ha pretendido, erradamente, suplantarles, que serían instituciones insustituibles. La verdad es que no puede haber política sin organización, pero ciertamente ya no sirven los modelos arcaicos, ni siquiera cuando son replicados en moldes que se presentan como odres nuevos. (Carta Semanal #167).
De modo, pues, que haberme referido críticamente a tu presentación del pasado lunes no es, en modo alguno, una opción a favor de los partidos que, sumados, concitan sólo 10% de las preferencias públicas.
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Es astuto intento el recurso que haces de formularme una buena cantidad de preguntas, con el efecto retórico de sugerir que las contestaría todas negativamente. Se parece a la tramposa y famosa pregunta: «¿Ha dejado usted de pegarle a su mujer?», que contestada afirmativa o negativamente admitiría la premisa acusatoria. Enumero las que has planteado:
«¿Qué clase de debate es ese al que se ingresa descalificando a una de las opciones posibles?; ¿o es que crees que Teodoro ha sido, en este tema, un interlocutor meticulosamente respetuoso de las diferentes opciones estratégicas disponibles?»; «¿crees que, por ejemplo, la oposición ha volcado sus esfuerzos a diseñar y proponer un sistema de protección social de avanzada?; ¿percibes como agotada y resuelta la necesidad de alterar la ecuación Estado-petróleo-pueblo en Venezuela?; ¿crees agotado y resuelto el debate alrededor de las propuestas de democratización de la renta petrolera (como la propuesta del Fondo de Regalías Petroleras que ha puesto sobre la mesa La Causa R)?; ¿ves, acaso, algún consenso mínimo en esta materia?; ¿o más aún, puede decirse, en este caso, que se ha dado un auténtico debate público de envergadura?; ¿crees que hay una propuesta novedosa y atractiva en materia de salud, para enfrentar el drama de los hospitales públicos del país y la deficiente atención de la red de atención primaria, que el gobierno ha intentado revitalizar con ‘Barrio Adentro’, infructuosamente desde la perspectiva de la calidad del servicio?; ¿ha desarrollado y comunicado públicamente la oposición una propuesta seria para mejorar ‘agresivamente’ el acceso y la calidad de la educación venezolana?»; «¿Te das por satisfecho con lo que la oposición ha hecho en estas materias o crees que es hora de un examen profundo y desapasionado, que tome distancia de los afectos políticos, y que reconozca que se han invertido más horas, en los partidos de oposición, en designar candidaturas para elecciones que en proponerle cosas serias al país?»; «no crees que la lucha por las libertades consustanciales a la democracia ha podido ser acompañada, profundizada y más eficazmente justificada para los estratos bajos haciendo esfuerzos por plantearles propuestas en la agenda social, e incluso, impulsando reivindicaciones en este terreno?; ¿o no ves, acaso, el impacto de las actuales luchas sindicales en la reconfiguración de la correlación de fuerzas políticas y sociales en Guayana?»
Ninguna de esas preguntas es pertinente a nuestra discusión: qué fue exactamente lo que dijiste el lunes pasado y cuál opinión me mereció. El intento de desplazar mi atención hacia tan numerosos temas no va a funcionarte.
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Tampoco me he escandalizado en lo más mínimo porque hayas hablado de «nosotros» al exponer que «apartando el dos de diciembre de 2007, nunca hemos sido mayoría», ni siquiera porque ahora confieses que esta construcción no era otra cosa que el «viejo recurso para generar rapport». Aunque visto así, entonces se trata de una manipulación de la audiencia, que es cosa contra mi natura. Creo que el político, o el politólogo que habla de política deben respetar a quienes los oyen diciendo exactamente lo que piensan y prescindir de trucos intencionales para provocar empatía. Había tomado literalmente tus palabras y las tuve por un signo más de equivocación conceptual y estratégica. Esto dije: «He allí la falla de origen de la inmensa mayoría de los planteamientos políticos distintos del chavismo: que sólo atinan a definirse como antichavistas. Desaparecido Chávez, dejarían también, entonces, de tener sentido sus existencias. Ésa es la misma falla de origen de la iniciativa que acá se discute». Creo que te leí bien; creo que tú piensas desde la perspectiva de la oposición a Chávez; nunca te he oído formulaciones diferentes y, naturalmente, tienes todo el derecho de pensar así. Habiendo leído la defensa que opones ahora a mi apreciación, entiendo que lo que dices puede depender de quiénes te escuchan, y en este caso admites que habrías estado «toreando para los tendidos», como más de un torero que ha sido criticado por aficionados que se sientan al sol.
Pero disiento de tu estimación que considera a eso un «asunto menor». Por lo contrario, creo que se trata de un punto central de la necesidad política de la hora, tal vez el más importante de todos. Y tampoco creo esto desde hace quince días. Ya en 1999 dije a la Peña de Ugueto que la superación de Chávez no vendría por oposición sino por superposición. Así lo recordaba en mi Carta #100 (19 de agosto de 2004, cuatro días después del infructuoso referéndum revocatorio):
Pero también decíamos en 1999 que esa contención no sería suficiente, y que más que una oposición habría que ejecutar una superposición, una elaboración discursiva desde un nivel superior de lenguaje político, que flotara sobre sus agendas [las de Chávez], sobre su nomenclatura, sobre sus concepciones, sobre los terrenos que siempre escogió astutamente para la batalla y a los que llevó, casi sin esfuerzo, a un generalato opositor incompetente, y que pudiera, esa interpretación alterna, ese discurso fresco, ser convincente para el Pueblo. Este discurso es perfectamente posible. Ese discurso existe, y entre él y unos Electores hambrientos de liderazgo eficaz, sólo hay que interponer los medios que hasta ahora sólo han estado disponibles para actores ineficaces.
Por esto viene ahora una nueva etapa, preñada de posibilidades, más aprendida. Venezuela, herida, desconcertada, desilusionada y nihilista, tiene que recuperarse de la desazón y el fracaso. Y al cabo de un tiempo más bien corto, encontrará el camino correcto y verá sus tribulaciones de ahora como el principio de su metamorfosis creadora. No nos avergonzamos de nuestras tribulaciones, decía San Pablo, porque a la postre transmutan en esperanza, y no nos avergonzamos de nuestra esperanza.
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Por último, veo que has prescindido de un todo de comentar mi evaluación de lo dicho por López. Supongo que concurres enteramente con él, puesto que eres su asesor, en todo lo que explicó de su «movimiento social» (que tú llamaste «organización social»), y que tu silencio al respecto obedece a que crees que sería él quien está llamado a defender su planteamiento. Pero no quiero olvidar que insertaste otras preguntas, las finales, con aparente duda. Éstas fueron: «¿Piensas, aún así, que mi análisis es una caricatura reduccionista de la realidad, tal y como la dibujaste en tu ‘carta’? ¿Será, amigo, que abrimos un espacio para que veas la presentación, comprendas el análisis de fondo y lo asimiles con más calma?; ¿será que mi análisis exige ‘oídos más atentos’?; ¿será que merece más respeto…?»
Cuando quieras me presentas lo que supones cambiará mi evaluación. El Viernes de Concilio de este año fui a tu casa a visitarte y conversar contigo de política. Esta vez pudieras venir tú a la mía, que te recibirá con un amistoso café.
Saludos para ti
Luis Enrique Alcalá
P. S. Después de comenzar esta contestación supe que habías enviado la correspondencia que me dirigiste a Luis Ugueto, expresando tu interés en que la distribuyera a discreción. Entonces hice lo propio con mi Carta #352. Ahora le remitiré esta contestación. Te dejo con mi Carta #351, que te ofrecí al comienzo porque trata el punto de un espacio para el debate. LEA
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(Nota: acá no se incluye la Carta #351, que usted ha debido recibir la semana pasada).
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 8, 2009 | Cartas, Política |

El título de este artículo es la transliteración al alfabeto romano del cirílico Что делать, que dice en ruso: ¿qué debe hacerse? o ¿qué debemos hacer? Sirvió primero como título de una novela políticamente radical, escrita en prisión por Nikolai Chernyshevsky. Completada en 1863, increíblemente pasó los filtros de la prisión e, incluso, fue recuperada por la policía zarista una vez que el censor de la revista Sovermennik anunciara en la gaceta policial que había extraviado el manuscrito en un coche de alquiler. La policía del Zar, por supuesto, no leyó el texto que procedió a encontrar, y así sirvió de cómplice involuntario en la publicación de un libro extraordinariamente subversivo.
La obra fue criticada por Dostoievsky y por Tolstói (quien escribió un panfleto argumentativo con el mismo título), pero se convirtió en un clásico entre los socialistas y anarquistas europeos hasta que, finalmente, el mismísimo V. I. Ulianov, o Lenin para los íntimos, escribiera su propio panfleto político y preguntara de nuevo (1902): ¿qué debemos hacer? Éste es el libro del que Hugo Chávez pretende entregar un ejemplar a Barack Obama, después de haberle obsequiado el obsoleto Las venas abiertas de América Latina. (Debe ser para que el Presidente de los Estados Unidos entienda su socialismo del siglo XXI a partir del socialismo soviético del siglo XX, para ver si se empata).
Es ésa—¿qué debe hacerse?—la misma pregunta que se hacen muchos venezolanos, especialmente quienes ejercen o quieren ejercer, eficazmente, oposición al régimen político encabezado por ese mismo Chávez. Algunos, más aún, creen—creemos, para ser sinceros—tener la respuesta a esta cuestión. La semana pasada, se daba cuenta acá de cómo hay quienes creen que ella es la formación de una nueva organización, bajo la premisa de que la oposición formal expresada en los partidos aliados en la Mesa de la Unidad no sería capaz de capitalizar el creciente deterioro del gobierno en materia de apoyo político a su favor (lo que no es, ni con mucho, la única razón válida para proponerla). Una de las corrientes de tal convicción sostiene que la alternativa a esos partidos es un “movimiento social”.
Quien escribe tuvo oportunidad de escuchar directamente este último planteamiento de boca de su vocero más connotado: un joven político profesional, a quien un trabajador de la opinión pública preparó el terreno mediante una hora de interpretación de datos procedentes de encuestas diversas. Y comoquiera que este último, con no poca indignación, preguntó más de una vez “¿por qué no puede discutirse estas cosas públicamente?”, como si alguien se lo impidiera, en lo que sigue se procederá a disecar su análisis y la descripción del “movimiento social” que después hizo el político para el que trabaja. Esta discusión no les identificará, para ceñirse exclusivamente a lo que fueron los componentes de su tesis.
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El encuestólogo y prologuista ofreció como premisa inicial la siguiente declaración: “Apartando el 2 de diciembre de 2007, nunca hemos sido mayoría”. Y ese plural de la primera persona gramatical no necesitaba ser explicado; aquello a lo que ese implícito “nosotros” se refería era a quienes se oponen a Chávez y, más específicamente, a la audiencia que tenía por delante mientras hablaba. Ése es el conglomerado que entiende como determinante, ésa sería la clientela que esperaba sus palabras.
Tal óptica no es nueva; desde que Chávez asumió por vez primera la Presidencia de la República, en los inicios de 1999, el resto de las iniciativas políticas ha optado por entenderse como mera oposición a Chávez. En terminología relativamente reciente, se la nombra como “comunidad opositora”. Un artículo en el diario El Nacional aducía poco después de la derrota de Manuel Rosales en las elecciones presidenciales de 2006: “La votación que el CNE le adjudicó al candidato opositor es importante, siempre y cuando éste sepa ejercer el liderazgo del antichavismo…” (Felices perdedores, 12 de diciembre de 2006). Exactamente ese mismo día, un análisis que circuló privadamente se expresaba en términos como los siguientes (se subraya un cierto término repetido insistentemente):
La oposición… decidió no participar en las elecciones legislativas… la Oposición ya había perdido sus Gobernaciones y Alcaldías… para una parte importante de la Oposición el contrincante mayor no era Chávez, era el CNE… Muchos pensaban que la oposición era mayoría… la ausencia de la Oposición de la contienda electoral… La Oposición se debatía entre el método de escogencia del candidato único y la campaña por condiciones… Muestra un liderazgo indiscutible en la oposición durante la campaña… Se ganó al lograr la unidad de toda la oposición… Que la oposición es minoría… ¿Cuál es el estado de la oposición un día después?… La Oposición amanece como un conglomerado nacional de importante magnitud… no desperdiciar esfuerzos en combatir a la oposición desde la oposición misma…
He allí la falla de origen de la inmensa mayoría de los planteamientos políticos distintos del chavismo: que sólo atinan a definirse como antichavistas. Desaparecido Chávez, dejarían también, entonces, de tener sentido sus existencias. Ésa es la misma falla de origen de la iniciativa que acá se discute.
Una nueva acción política que quiera ser viable no puede pensarse como oposición a Chávez; es preciso que procure superar el actual estado de cosas por superposición, por salto a un nivel superior de la política. (A fin de cuentas, el régimen de Chávez no es otra cosa que la exacerbación oncológica de una política que no inventó él: la política de poder posicionada en algún punto del eje decimonónico de izquierda y derecha). La refutación de Chávez debe venir, para usar términos evangélicos, por añadidura, nunca como única justificación.
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Luego de iniciar su presentación desde esa perspectiva equivocada—que reiteró a lo largo de aquélla—el encuestólogo que hacía la cama a su cliente procedió a instruir a los circunstantes con interpretaciones harto conocidas, presentadas como si nunca hubieran sido pensadas. Por ejemplo, que la aceptación de Chávez había sido alta porque ponía énfasis en la agenda social: salud, alimentación y educación, principalmente; esto es, por las famosas “misiones”. En cambio, la oposición se habría concentrado en la agenda política: la libertad, la crítica a la corrupción y el militarismo, la defensa de los presos políticos y el derecho de protesta, etcétera. Allí estaría la clave de la diferencia en el desempeño del régimen y el de la oposición, entre el oficialismo y “nosotros”.
Pero esto es, obviamente, una necedad. Los partidos de oposición no tienen cómo establecer un Mercal competidor, ni módulos equivalentes a los de Barrio Adentro, por un lado (no son gobierno); por el otro, la oposición formal ha sido muy cuidadosa de no atacar a las “misiones”, y hasta entendió que en la campaña de 2006 debía prometer programas “sociales”. (No otra cosa era la oferta de la “tarjeta Mi Negra” por Manuel Rosales, en evolución de la noción petkoffiana de un “cesta-ticket petrolero”). Y tampoco es que el gobierno no haya tenido una agenda política. ¿Qué fue, entonces, la Asamblea Constituyente de 2009? ¿Qué han sido las innumerables elecciones y campañas? ¿Qué era, entonces, la Batalla de Santa Inés, sino la campaña de Chávez contra su revocación en 2004? ¿Qué ha sido su incesante prédica socialista o los ataques a los medios de comunicación (al menos desde 2001)? ¿Qué fue entonces la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario y las restantes cuarenta y ocho leyes decretadas por Chávez en 2001 con el poder de una ley habilitante? ¿Qué es su política exterior si no precisamente eso, política? Decir que Chávez le gana a la oposición formal porque su agenda es social y la de los contrincantes es política resulta ser un simplismo abismal.
Sostener eso, por otra parte, es partir de la impresión, equivocada, de que el insólito y prolongado apoyo popular a Chávez sólo tiene una raíz clientelar, utilitaria, en desconsideración o ignorancia del hecho de los intensos lazos afectivos que ha sabido establecer, de la sensación de presencia y reconocimiento de quienes se han entendido como excluidos o discriminados, de su sintonía con tesis de moda como la multipolaridad planetaria o la democracia participativa, del aprovechamiento de fenómenos como el fracaso del Consenso de Washington y la más reciente crisis financiera.
Pero, además, la simplista explicación del éxito de Chávez no duró consistentemente en la exposición del asesor retained por el político que hablaría después. Expuso una caracterización del fracaso opositor en el intento revocatorio de 2004 como un “salto al vacío”. En él se habría fracasado porque la oposición no acertó a poner en escena a una “contrafigura de Chávez”—explicación parcial posiblemente correcta—y, sobre todo (fue en lo que más insistió), porque el documento del llamado “Consenso-País” de la Coordinadora Democrática no fue suficientemente promovido o publicitado, porque no se imprimió y repartió una cantidad suficiente de ejemplares entre la población, porque no se hizo con él una campaña publicitaria con pegada. Es decir, desapareció de esta teoría la previa explicación de la agenda social del gobierno, las “misiones”, que precisamente arrancaron en 2003 cuando el gobierno se vio enfrentado al referéndum revocatorio, y que recibieron no menos de 5.000 millones de dólares durante su primer año.
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Otras cosas dijo el encuestólogo asesor que querían causar un efecto preparatorio pero eran, por decir lo menos, inexactas. Por ejemplo, afirmó que los electores no alineados (los vilipendiados Ni-ni) habrían venido a la existencia a partir del “carmonazo”. Bueno, los electores que llegaron a conformar hasta 70% de intención de voto por Irene Sáez, ya en 1996, no querían nada con partidos, ni de izquierda ni de derecha (Ni-ni), y la encuestadora Gaither registraba en agosto de 1984 que 43% de sus consultados no identificaba un mejor partido entre las opciones AD, COPEI, MAS y Otros (Ni-ni-ni-ni). Para esos momentos, Gonzalo Barrios alertaba sobre la posibilidad de un outsider como candidato presidencial exitoso (en portada de la revista Auténtico), y la encuestadora Datos medía la preferencia de casi sesenta por ciento de sus entrevistados por un candidato que no viniera de los partidos en 1986.
Sin embargo, y a pesar de una crítica insatisfactoriamente explicada a los partidos—“la población los rechaza por sus errores”—parecía ser su preocupación más apasionada la opinión, presuntamente entorpecedora, de Teodoro Petkoff. La discordia se centraba sobre dos temas: la tarjeta única opositora para las elecciones de Asamblea Nacional y la celebración de elecciones primarias de la oposición como método de arribar a las candidaturas que todos debieran apoyar. El expositor acusaba a Petkoff de querer silenciar la discusión pública de estas cuestiones. (“¿Por qué no se puede discutir públicamente estas cosas?”, insistía en preguntar en tono indignado).
Desde esta publicación se lee con atención (sin aprobarlos enteramente), entre muchas otras fuentes, los editoriales de Petkoff en Tal Cual (que precisamente son su participación en la discusión pública de estas cosas; mal puede endilgársele que impide esa discusión pública cuando él mismo discute de la manera más pública posible). Lo que esta carta ha entendido que Petkoff señala respecto de la discusión de la tarjeta única es que se requiere una operación previa: la determinación de los candidatos únicos; es decir, que no se ponga la carreta delante de los caballos.
Luego, en cuanto a las elecciones primarias, Petkoff las acoge como un posible método que pudiera ser empleado según los casos concretos, junto con el método consensual y el de la guía de las encuestas.
Y esto debe tener como base—es suposición no autorizada que esta publicación hace sobre el razonamiento de Petkoff—la constatación de que estado por estado y circuito por circuito las cosas cambian. Por ejemplo, puede prácticamente asegurarse que Un Nuevo Tiempo es capaz, por sí solo, de llevar más diputados zulianos que el PSUV a la Asamblea Nacional, y probablemente Primero Justicia puede hacer algo análogo en el estado Miranda. No puede decirse lo mismo de todo otro estado, y entonces es muy aconsejable analizar las cosas caso por caso.
La tesis final del asesor-encuestólogo anclaba en la premisa de la agenda social como ganadora: después de señalar, con veracidad, que la identificación electoral con los partidos opositores arroja un total que no supera el 10%, concluyó que la alternativa a estas organizaciones políticas era una organización social. Así sacó el toro de los picadores y lo dejó servido a su cliente en medio del redondel.
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El matador habló veinte minutos menos que su prologuista, y entró de lleno a explicar en qué consistía la organización, el “movimiento social” que estaría construyendo desde febrero de este año. (“Contactando estudiantes, sindicalistas, políticos, académicos…”) Este movimiento se constituiría sobre cinco líneas de acción.
Primera. Consiste en una acción social a partir de “redes” y voluntariado.
Segunda. La línea de la formación a través de cursos de autoestima, dinámica de grupos, autogestión de proyectos, etcétera.
Tercera. La organización de la protesta ciudadana.
Cuarta. La defensa de la voluntad popular. (¡Incluyendo elecciones sindicales!)
Quinta. La discusión de una propuesta de país para la generación de esperanza. (Propuesta no explicada. Tendría que venir expresada en propuestas “sencillas”, “claras”, “viables”, “creíbles” y unos cuantos adjetivos más por el estilo).
Explicó que “nosotros nos propusimos”—él en plural mayestático—desde 2005 penetrar las redes populares existentes en Venezuela.
Declaró que “la única manera de organizar a los venezolanos es ésa”, refirió estar “absolutamente convencido de que el mecanismo para lograr candidaturas unitarias es el de las elecciones primarias” y volvió a la distinción entre el oficialismo y “nosotros”.
¿Qué puede decirse de un esquema tan escueto e inexplicado?
Bueno, puede apuntarse que el esquema de redes significa en este caso el contacto (penetración) de redes “sociales” existentes. Una red deportiva en La Bombilla, a la que tendría que enredarse con una red cultural en La Dolorita. Puede apuntarse que este tipo de politización de organizaciones civiles creadas con otros fines fue camino recorrido por los viejos partidos, que postulaban planchas para elecciones de centros de estudiantes o la Junta Directiva del Club Puerto Azul. Puede apuntarse que se trataría, otra vez, de una organización de organizaciones, y no de una organización de ciudadanos, que es lo que hace falta. Puede apuntarse que la alternativa política a organizaciones políticas no puede ser una “organización social”, sino otra organización política, que naturalmente puede llevar un código genético distinto—otras reglas de operación—del de las organizaciones clásicas o convencionales. Puede apuntarse que el uso de la expresión “redes”, sin mayor explicación, lleva la intención mercadológica de sonar a nuevo o moderno.
Puede señalarse que el adiestramiento sugerido es sobre puras herramientas, y que no se mencionó la formación en conceptos políticos, paradigmas políticos, teoría o filosofía o ética política.
Puede comentarse que hay mucha gente en Venezuela que ya procura organizar la protesta social y la defensa de la voluntad popular, y que no se explicó qué traería de nuevo o esencialmente distinto la iniciativa expuesta a estos fines.
Puede indicarse que la “propuesta de país”—suponiendo que sea necesaria—no parece estar desarrollada y que, por consiguiente, siendo que tal cosa parece constituir la justificación última de la iniciativa, tendría que ser completada antes de convocar a su apoyo. La cantidad de adjetivos adosados al término “propuestas” es de suyo sospechoso. El 20 de noviembre de 2003 se exponía en la Carta Semanal #63 de doctorpolítico (Consenso bobo, en comentario sobre el “Consenso-País” de la Coordinadora Democrática, abuela fallecida de la Mesa de la Unidad):
Era práctica ritual de muchos economistas venezolanos reunirse en diciembre de cada año durante el segundo período de Caldera—usualmente en el IESA—para echar predicciones sobre la inflación y la tasa de cambio del año siguiente. Los periodistas hacían su agosto, pues cada economista de alguno de estos “paneles de expertos” estaba muy dispuesto a conceder declaraciones. La declaración estándar era algo más o menos como lo siguiente: “Lo que propongo es un verdadero programa económico integral, armónico, coherente y creíble”.
Ya el mero hecho de que tal afirmación se compusiera de un solo sustantivo y cinco adjetivos debía llamar a la sospecha. Pero, por otra parte, una sencilla prueba podía evidenciar que se trataba, en realidad, de una seudoproposición. La prueba consiste, sencillamente, en construir la proposición contraria, la que en este caso rezaría así: “Propongo un falso programa económico desintegrado, inarmónico, incoherente e increíble”. Resulta evidentísimo que nadie en su sano juicio se levantaría en ningún salón a proponer tal desaguisado. Ergo, la proposición original no propone, en realidad, absolutamente nada.
Repetición: la semana pasada se recordó una exigencia formulada en febrero de 1985. Es la siguiente. “No basta, sin embargo, para justificar la aparición de una nueva asociación política la más contundente descalificación de las asociaciones existentes. La nueva asociación debe ser expresión ella misma de una nueva forma de entender y hacer la política y debe estar en capacidad de demostrar que sí propone soluciones que escapan a la descalificación que se ha hecho de las otras opciones”.
La presentación del “movimiento social de las redes” no cumple con esa especificación. De hecho, después de argumentar retóricamente sobre la necesidad impostergable de elecciones primarias, el torero fue inquirido sobre la inscripción de su novísima organización en el Consejo Nacional Electoral, único modo de hacer postulaciones válidas. Explicó entonces que no podía hacerlo, por tratarse de un “movimiento social”.
Si este tal movimiento, inmedido en sus proporciones, seguramente no mayores que las de un partido cualquiera, no puede postular, entonces la exigencia de elecciones primarias es insincera. Estaría jugando al fracaso electoral opositor, para salir luego a decir que eso ocurrió porque los partidos resistieron su proposición, la “única forma” de conseguir candidaturas plenamente unitarias.
luis enrique ALCALÁ
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 6, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En diciembre de 1990 concluyó el suscrito un trabajo titulado “Un tratamiento al problema de la calidad de la educación superior no vocacional en Venezuela”. En él abogaba por la introducción de “estudios generales” en las universidades venezolanas, sobre argumentos como éstos:
…es importante destacar que nuestro sistema educativo, en general, enseña con una orientación atrasada. Nuestro sistema educativo ofrece una sola oportunidad a los educandos para formarse una concepción general del mundo. Esa oportunidad se da a la altura de la educación secundaria, cuando todavía el joven puede examinar al mismo tiempo cuestiones de los más diversos campos: de la historia tanto como de la física, del lenguaje como de la biología, de la matemática y de la psicología, del arte y de la geografía. Si no existe, dentro del bachillerato venezolano, la previsión programática de intentar la integración de algunas de sus partes o disciplinas, al menos permite que “se vea” un panorama diverso. Luego, nuestro sistema encajona al alumno por el estrecho ducto de especialización que le exige nuestra universidad. Ya no puede pensar fuera de la disciplina o profesión que se le ha obligado a escoger, cuando, en la adolescencia, todavía no ha consolidado su entendimiento ni su visión de las cosas y mal puede tener convicción sólida acerca de lo que quiere hacer en el mundo.
El sistema educativo tiene entonces una estrategia para protegerse de la obsolescencia de los conocimientos especializados. Luego de la carrera universitaria habitual, ofrece niveles cada vez más especializados y profundos: master o magister, doctorados, post-doctorados. Pero también se hace obsoleta la concepción general del mundo, de eso que los alemanes llaman Weltanschauung. Y para esto no existe remedio institucionalizado.
Una universidad típica norteamericana, en cambio, exige la decisión de profesionalización después de un college de cuatro años en el que se obtiene, con un pequeño grado de pre-especialización, los títulos gruesos de Bachellor in Science o Bachellor in Arts. (“El tiempo dedicado al aprendizaje general es marcadamente superior en el bachellor estadounidense que en el bachiller venezolano. La edad en la que el bachellor debe escoger finalmente un campo de profesionalización es más madura que la que exhibe nuestro típico bachiller de 17 años. Luego, en dos años tan sólo que toma el master de profesionalización, se obtiene un profesional capaz y más consciente de su papel general en la sociedad”).
La Ficha Semanal #262 de doctorpolítico recoge parte de la discusión del punto en el trabajo mencionado, en la que se señala cómo, incluso en los Estados Unidos, una excesiva preocupación por los autores clásicos conduce a la ignorancia de lo más recientemente pensado.
Entre nosotros, el bachiller típico sabe bastante de Carlomagno y nada de Churchill, tiene una buena idea de Newton y ninguna acerca de Mandelbrot. Una “persona 21”, aquella que es capaz de entender y navegar el siglo en el que vive, no puede pasar sin familiarizarse con el pensamiento del presente o el pasado recentísimo.
LEA
…
Presente mata pasado
Hace unos pocos años se suscitó una interesante polémica en los Estados Unidos. La discusión involucró a universitarios y funcionarios gubernamentales, principalmente a las autoridades de la Universidad de Stanford y el Secretario de Educación del gobierno federal norteamericano. No se debatía sobre la guerra de Vietnam o sobre presupuestos de educación. El centro de la contienda lo constituía la decisión de la Universidad de Stanford de modificar su curso básico sobre civilización occidental.
Tradicionalmente, la educación superior norteamericana ha considerado básica la instrucción sobre la civilización occidental y ha fijado su estrategia en el conocimiento de los más destacados pensadores de esta civilización. Mortimer J. Adler ha sido, sin duda, el más eficaz argumentador de la importancia de los textos “canónicos” de dicha civilización. How to read a book, que incluye una lista de los “cien libros principales” de Occidente, es el asiento de las principales tesis de Adler. En la misma onda, la Universidad de Harvard editó, por allá por 1908, los “Clásicos Harvard”, una colección conocida como “el estante de metro y medio” y que constituía una selección de literatura que aspiraba a ser irrefutablemente superior.
Una expresión más conocida de la misma postura es la de los Great Books de la Universidad de Chicago, publicadora de la Enciclopedia Británica. Es una colección a la que esa universidad llama “la Gran Conversación” y también “la substancia de una educación liberal”. (Adler es editor asociado de la colección). Varias declaraciones de los editores de los Great Books son ilustrativas de toda una filosofía educativa, traducida en política y estrategias educativas, que subyace al concepto de educación superior norteamericana. (Aunque posturas similares son observables en la educación venezolana, por una parte, y aunque muchos autores se quejen de que en los propios Estados Unidos la lectura de los “clásicos” se haya reducido demasiado).
En primer lugar, los dos primeros párrafos del tomo introductorio de la colección:
Hasta hace poco el Occidente ha considerado evidente que el camino de la educación transcurre por los grandes libros. Nadie podía considerarse educado a menos que estuviese familiarizado con las obras maestras de su tradición. Nunca hubo mucha duda en la mente de nadie acerca de cuáles eran esas obras maestras. Ellas eran los libros que habían perdurado y que la voz común de la humanidad llamaba las mejores creaciones escritas de la mente occidental.
En el curso de la historia, de época en época, nuevos libros han sido escritos que han ganado su lugar en la lista. Libros que una vez se creyó merecedores de estar en ella han sido superados, y este proceso de cambio continuará tanto tiempo como los hombres puedan pensar y escribir. Es la tarea de cada generación la de reevaluar la tradición en la que vive, descartar la que no pueda usar y traer al contexto del pasado distante e intermedio las contribuciones más recientes a la Gran Conversación. Este conjunto de libros es el resultado de un intento por revalorar y reincorporar la tradición de Occidente para nuestra generación.
La colección se detiene en Sigmund Freud. El autor inmediatamente anterior es William James. El antepenúltimo, Dostoievsky. A pesar de lo cual se aclara:
Los Editores no pensamos que la Gran Conversación llegó a su término antes de que el siglo veinte comenzara. Por lo contrario, saben que la Gran Conversación ha continuado durante la primera mitad de este siglo, y esperan que continúe durante el resto de este siglo y los siglos por venir. Confían en que han sido escritos grandes libros desde 1900 y que el siglo veinte contribuirá muchas nuevas voces a la Gran Conversación… La razón, entonces, de la omisión de autores y obras posteriores a 1900 es simplemente que los Editores no sintieron que ellos o ninguna otra persona pudiera juzgar con precisión los méritos de textos contemporáneos. Durante las deliberaciones editoriales acerca del contenido de la colección, mayor dificultad fue confrontada en el caso de autores y títulos del siglo diecinueve que con aquellos de cualquier siglo precedente. La causa de estas dificultades—la proximidad de estos autores y obras de nuestros propios días y nuestra consecuente falta de perspectiva en relación con ellos—haría todavía más difícil hacer una selección de autores del siglo veinte.
A nuestro juicio, esta dificultad es salvable y, con ello, rescatable para el pensamiento del estudiante de hoy el tesoro al que las estrategias de la Universidad de Chicago y de Mortimer Adler han renunciado: la riqueza y pertinencia de las grandes obras de pensamiento del siglo XX. En efecto, la intención de la colección Great Books es una intención canónica: esto es, el intento de canonizar el pensamiento del pasado bajo la hipótesis de su pertinencia al mundo actual. De hecho, en el pensamiento de los editores de la colección no deja de traslucirse un dejo spengleriano sobre la “decadencia de Occidente” y, tal vez, una disimulada añoranza de “siglos de oro”, cuando las cosas habrían sido mejor. “Estamos tan preocupados como cualquiera otro con el abismo en el que la civilización Occidental parece haberse zambullido de cabeza. Creemos que las voces que pueden restaurar la cordura a Occidente son las de aquellas que han tomado parte en la Gran Conversación”.
Sin dejar de considerar importante un estado de información adecuado, razonable, acerca de las nociones que autores del pasado tenían acerca del universo y de la sociedad, de la mente y de los objetos, consideramos que la estrategia de los Great Books de la Universidad de Chicago, la estrategia de los clásicos o libros canónicos, está equivocada e impone un énfasis incorrecto a la educación superior y aún a la educación media.
En primer término, la canonización no puede aspirar a la permanencia. No se trata de que los grandes libros del pasado, agrupados con algún criterio selector, incorporen verdades definitivas o soluciones finales a ciertos problemas. La misma colección a la que nos hemos venido refiriendo es un ejemplo de las contradicciones entre los distintos autores respecto de los diversos temas que discuten. En la mejor de las situaciones, pues, esas “voces de la Gran Conversación” que los editores de los Great Books quieren oír de nuevo, porque piensan que “pueden ayudarnos a aprender a vivir mejor ahora”, ilustrarán puntos de vista divergentes sobre cuestiones que, si bien en algunos casos pueden ser identificadas como viejos problemas, hoy en día están dotadas de contenidos diferentes y son interpretadas a través de imágenes e ideas que necesariamente tienen que manifestarse de modo muy distinto a las maneras intelectuales del pasado. No es lo mismo, por ejemplo, intentar el pensamiento sobre el tema del universo, desde la perspectiva de un pastor israelita de hace 3.500 años, que desde la percepción y construcción mental de un ingeniero de computación de 1990. O considérese, igualmente, la dificultad de hallar una solución al problema de la integración europea en la lectura de la historia griega.
Por otra parte, la acumulación del conocimiento humano es justamente la base más fundamental de sus posibilidades futuras, por lo que no es de despreciar la tradición intelectual de Occidente ni tampoco la de otras culturas.
El aparente dilema puede salvarse, a nuestro modo de ver, mediante dos cambios de perspectiva. Primero, teniendo a los “grandes libros” como herramientas de utilidad heurística. Esto es, como instrumentos estimulantes de la creación y la invención. Así, se trata de dar la bienvenida a los viejos estados mentales de la humanidad, expresado en sus obras anteriores, sean éstas escritas, plásticas, ejecutables, científicas o artísticas, en tanto acicate de una nueva producción, y no como depositarias de soluciones prêt-à-porter a los problemas contemporáneos, las que nos permitirían la holgazanería intelectual de una erudición sin sabiduría.
Luego, debe dedicarse un espacio educativo marcadamente menor a la consideración de los clásicos que al pensamiento más reciente, al que se acuerda en nuestro sistema educativo un examen definitivamente escaso. La serie televisiva “Cosmos”, diseñada y conducida por el astrofísico norteamericano Carl Sagan, dio origen a un libro que llevó el mismo nombre, en el que se incluye una poderosa analogía. Se trata de su ya famoso calendario cósmico, en el que reduce a la escala de un año toda la evolución cósmica, desde el postulado Big Bang de los orígenes, hasta nuestros días. Al transportar, como en una suerte de geometría descriptiva, la temporalidad de la evolución del universo descubierta hasta ahora sobre el tiempo de un año, de inmediato se evidencia cómo en los primeros meses la densidad de eventos significativos es muy baja. Después, al final del año cósmico comienzan a aglomerarse los acontecimientos, al punto de que la aparición de la especie humana se produce el “31 de diciembre” y los desarrollos históricos más recientes en los últimos segundos y milésimas de segundo anteriores a la medianoche de ese día.
Análogamente, si se proyectara sobre la división de un año un “calendario de la civilización”, desde la aparición de la especie humana hasta el último día de 1990, se mostraría, con diferente pendiente, un fenómeno similar de mayor intensidad creativa a medida que transcurren las épocas y los siglos. Si alguna dificultad confrontaron los editores de la Universidad de Chicago, fue la de la profusión de obras importantes del siglo XX que habrían debido considerar. Es, por tanto, un desperdicio, que se excluya de la formación intelectual del estudiante actual la rica producción de ideas del siglo en el que vive, a favor de un estudio de los clásicos.
La excusa de la imposibilidad de juzgar la importancia por la excesiva proximidad no es válida. La consecuencia que se ha querido evitar es la de una selección efímera, el que una obra considerada importante en un momento sea desvalorizada luego y excluida de la lista canónica. Pero los propios editores de Chicago han declarado que tales listas son cambiantes—“En el curso de la historia, de época en época, nuevos libros han sido escritos que han ganado su lugar en la lista. Libros que una vez se creyó merecedores de estar en ella han sido superados, y este proceso de cambio continuará tanto tiempo como los hombres puedan pensar y escribir”. Así ocurrió también con los Classic Books de Harvard de 1908, cuyas selectas obras “incluyen varias novelas norteamericanas que en la actualidad parecen arcaicas y no eternas”. (James Atlas, La Batalla de los Libros).
Además, no es necesariamente cierto que juzgar adecuadamente a las obras de la actualidad sea intrínsecamente más difícil que la valoración de textos más alejados en el tiempo. Hay algo de erróneo en ese postulado muy usado en el quehacer histórico, el de que sólo es posible el juicio correcto después del paso del tiempo. Hay algo de ilusión óptica en esa creencia. El paso del tiempo no sólo era requerido para la amortiguación de “las pasiones”, que por otra parte son perfectamente pasibles a causa de eventos del pasado. (Considérese, si no, la fuerza emocional con la que se debaten temas como el origen del mundo, o la animadversión casi personal que Karl Popper exhibe hacia Platón en The Open Society and its enemies). El tiempo se consume también en el mismo proceso de búsqueda de información remota. Pero, por un lado, hoy en día nos hallamos en presencia de una abundancia documental e informativa, situación inversa a la escasez de fuentes documentales sobre los hechos a medida que son más remotos. Por el otro, la información se borra; la entropía informativa, reconocida en la ecuación fundamental de la teoría de la información, existe realmente. La información se pierde, se desorganiza, se extravía, con el correr de los días. Sólo a una mente cósmica, a un cerebro divino, le será posible preservar todo el universo de datos que se yuxtapone al universo “natural” y cada vez se integra más con él.
Lo anterior significa que es muy necesario hacer historia instantánea, aunque la pasión sea más fuerte con lo inmediato. Entre otras cosas, porque lo desapasionado es, como lo apasionado, una distorsión.
Si es conveniente, y potencialmente muy útil, el estudio de los clásicos, es necesaria una dosificación diferente que permita el acceso a otros estados mentales, tanto de la contemporaneidad, como hemos venido argumentando, como de otras culturas y modos de pensamiento distintos a los de Occidente. La planetización que experimenta la humanidad, el concepto en formación de un mundo “global”, son fenómenos que exigen conocer modelos intelectuales y procesos culturales hasta ahora ignorados por nosotros.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | Oct 1, 2009 | LEA, Política |

Por acá hemos tenido nuestros sustos. Desde el temblor que sirvió para acosar a Globovisión y el pronóstico de Jesse Chacón sobre un ciclo sísmico milenario, nuevos sismos, como el de Tucacas, han puesto nerviosa a la población venezolana. Nada, sin embargo, como lo que está ocurriendo por los lados de Indonesia.
Luego de un tsunami cernido sobre la isla de Samoa, ya en el Pacífico abierto, un terremoto feroz de 7,6 grados en la escala de Richter, y otro no tan intenso al día siguiente, han azotado a Sumatra, una de las más grandes islas indonesias. Solamente en Padang, la ciudad del oeste de Sumatra bajo la que se desató la energía del terremoto, la cuenta de fallecidos va por quinientas personas y se tiene la seguridad de que esa cifra ascenderá significativamente. La mortal secuela ha afectado muy considerablemente a la isla que es el centro de las industrias petrolífera y gasífera de Indonesia, país miembro de la OPEP. En la Universidad Tecnológica de Nanyang en Singapur, el sismólogo Kerry Sieh cree que falta ver todavía un terremoto mucho peor.
Y es que la zona ha presentado una recrecida actividad sísmica desde el año 2000. Los expertos han registrado una historia de varias décadas de actividad sísmica intercaladas con épocas de tranquilidad: desde comienzos del siglo XIV van tres de estas fases de peligro, y todas terminan con un terremoto masivo. El último ocurrió en 1833.
La tierra, pues, parece estar revirando. Un recuento de terremotos, tsunamis y huracanes reflejará cómo es que nuestra época es particularmente nutrida en desastres naturales.
Jacquetta Hawkes escribió en 1953 una fábula ominosa: Una mujer tan grande como el mundo. (Fue recogida en Subversive Science: Essays Towards an Ecology of Man, libro editado por Daniel McKinley y Paul Shepard en 1969). Una mujer del tamaño de un planeta, «habitualmente de plácida disposición», es visitada de cuando en cuando por el viento, que tiene con ella tórridas sesiones de amor, luego de las cuales seres nuevos pululan por la piel de la hembra planetaria. Después de la sesión más apasionada de todas, nuevos seres bípedos surgen y la maltratan con perforaciones, cortes y polución.
La fábula concluye así:
Pronto, también, las nuevas criaturas se hicieron molestas. Atormentaban su piel y su carne de cien modos con su incansable actividad; dañaban su física belleza mientras destruían la milenaria quietud de su mente. Sus querellas con el viento y sus celos, su incomodidad corporal y mental, fueron al fin demasiado para la natural negligencia y el buen carácter de la Mujer. Su cuerpo era ella misma y suya la plenitud de ser. Se dio vueltas una y otra vez, se rascaba y se abofeteaba, y mientras se rascaba, se abofeteaba y se volteaba comenzó a reír. Rió mas fuerte, abandonándose totalmente a la risa. Cuando se calmó y las nubes pudieron de nuevo doblarse suavemente en su derredor, estuvo una vez más en paz, sabiéndolo todo y no importándole nada. Ni siquiera se preocupaba porque el Viento nunca regresara, incapaz de perdonarle su disoluta destrucción.
No hagamos caso. Sigamos molestándola.
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