Ford Falcón modelo PPT

El candidato de Albornoz

El candidato de Albornoz

 

Quien primero me lo dijo fue Raúl Aular—médico, ejecutivo, líder de proyectos, experto en estudios de opinión y consultor gerencial—, escribiendo lo que sigue en correo electrónico del 9 de febrero de 2010, desde Barquisimeto:

Creo que en Lara puede darse una dinámica con la capacidad real de moldear de manera determinante los acontecimientos a nivel nacional. Hay mucha atención sobre lo que sucede en el estado y es vital moverse con inteligencia. Me preocupa el discurso de algunos “líderes” de oposición del estado: tienen una crisis de identidad; ante la ausencia de un discurso propio y al ubicarse en el bando opositor, se ven obligados a atacar a Falcón, pero inmediatamente quedan descolocados ante la popularidad del personaje y, sin quererlo, haciéndole el trabajo al chavismo radical. Este dilema es único en el país y representa un extraordinario reto de posicionamiento político, cuya resolución puede esconder las claves y códigos comunicacionales para desconectar a las masas tanto del discurso chavista como del discurso opositor ramplón que menosprecia al pueblo tanto como lo hacen los rojos. ¡Hay que meterle cabeza y sofisticación a la dinámica larense!

Luego, anteayer sábado, José Álvarez Cornett se comunicó conmigo por Twitter: “Una pregunta para @doctorpolitico El ‘nuevo’ PPT ¿le quitará más votos al chavismo o competirá mejor que la oposición por el segmento Ni-Ni?” Luego me incitó al delito: “@doctorpolitico Tal vez puede ser un buen análisis para su blog. Noto que gente importante: H. Falcón, Gral. Antonio Rivero, ahora están en PPT”.

Contesté diciendo, primero, que no todo lo que estuviera en primeras planas era importante, y luego que de Henri Falcón ya me había ocupado el pasado 21 de marzo (Qué cresta la de Falcón). Pero @chegoyo estaba en realidad tubeando al diario El Nacional, que ayer domingo publicó una entrevista a Henri Falcón de un poco más de media página.

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Es claro que Falcón busca hablar a los Ni-Ni aludidos por Álvarez Cornett, busca el posicionamiento descrito por Aular. Hernán Lugo-Galicia le pregunta en El Nacional: “¿Y en lo electoral no es así: blanco y negro?” Falcón contesta: “Si se revisan [sic] los estudios de opinión*, la mayoría rechaza los extremos radicales de la oposición y del Gobierno. Un sector de la población tiene la expectativa de que la dirigencia le hable de igualdad, ética, productividad, respeto y diálogo”. (Este blog promete y anuncia que dedicará, próximamente, todo un artículo a desmontar y discutir esta última enumeración).

Descubre Falcón el agua tibia, porque este problema ha sido diagnosticado muchas veces y desde hace varios años. Veamos, por ejemplo, lo reportado en el #60 de la Carta Semanal de doctorpolítico (30 de octubre de 2003, hace casi siete años):

“El Tercer Lado” es la fórmula que William Ury, experto internacionalmente reconocido en negociación de conflictos, propone para el encuentro de una salida pacífica en Venezuela. Según su enfoque, los conflictos se dan entre dos polos antagónicos y extremos, incluidos dentro de un “tercer lado” que representa a la comunidad general. Y ésta, que no participa directamente en el combate, es la más afectada. (Dato de Ury: las guerras de hoy en día, a diferencia de las clásicas, se caracterizan porque nueve de cada diez muertes son de civiles “ajenos” a la confrontación).El récipe de Ury: es preciso fortalecer el “tercer lado” para lograr la paz.(…) A través de múltiples ejemplos Ury mostró cómo es que los factores iniciales en la resolución de graves y recientes conflictos violentos fueron siempre las mujeres y los líderes religiosos. La iglesia católica venezolana, los medios de comunicación del país, parecieran buscar opciones distintas a las hasta ahora operantes. El Tercer Lado Ni-ni pudiera ser lo que andan buscando.

O por ejemplo esto, escrito en la Carta Semanal #72 (Ni lo uno ni lo otro, 5 de febrero de 2004, hace un poco más de seis años):

Laureano Márquez y Elías Santana, por nombrar sólo dos recientes casos, emiten vistosas pero superficiales y fáciles invectivas contra una buena cantidad de ciudadanos, a quienes una igualmente superficial nomenclatura intenta designar con el negativo apelativo de “ni-ni”. Lo hacen, además, con autosuficiencia moral. Regañan. José Antonio Gil, en cambio, anticipa o echa en falta un promedio entre extremos. William Ury viene a hablarnos de un “tercer lado”. ¿De quién hablamos? ¿Es que no hay modo de hablar de esa gente de modo sustantivo? No se trata de un tercer lado. No se trata de definirse diciendo: yo no soy tú pero tampoco tú. No se trata de insinuarse como una cuña entre dos polos para separarlos. Se trata de elevarse a un plano superior en el que sobrevivirán elementos de ambos polos. Pero no es un promedio porque la visión que necesitamos trae nuevos elementos. No es una suma algebraica. No es oposición sino superposición.

O, poco antes del referéndum revocatorio de 2004 (Carta Semanal #91, del 17 de junio de ese año), esta consideración: Pero hay una sustanciosa minoría de Electores—alrededor de 40%—que al tiempo que repudia a Chávez igualmente deja de encontrar atractivo en la, hasta ahora, difusa propuesta de la Coordinadora Democrática. Algunos creen que a estos Ni-Ni les pasaría lo que al asno de Buridan: un pollino equidistante de dos pacas de pienso absolutamente idénticas, que al no encontrar razón de preferir una a la otra deja de escoger y se muere de hambre.

O en El mero centro (Carta Semanal #190, 15 de junio de 2006, pronta a cumplir cuatro años y cuya lectura recomiendo ampliamente):

El respetado encuestador Eugenio Escuela incluyó una pregunta muy interesante en su estudio de la opinión pública venezolana de mayo de este mismo año 2006. (Levantamiento de datos entre el 6 y el 13 del mes pasado). Se preguntó a los entrevistados: “¿Usted se considera una persona de…?” Las opciones eran: extrema izquierda, izquierda, centro-izquierda, centro, centro-derecha, derecha, extrema derecha. Bueno, un 30% de los encuestados optó por no contestar o decir que no sabía. Pero los que contestaron se distribuyeron en lo que se asemeja mucho a una curva de Gauss, a una distribución estadística “normal”. De los que escogieron una ubicación, 1,03% dijo ser de extrema izquierda y 2,29% de extrema derecha; 8,69% se ubicó en la izquierda y 9,26% en la derecha; 14,42% se apostó en posición de centro-izquierda y 14,06% en centro-derecha. ¡Cincuenta coma veinticinco por ciento en el mero centro! (Respecto del universo total: extrema izquierda, 0,72%; extrema derecha, 1,60%; izquierda, 6,07%; centro-izquierda, 10,07%; centro-derecha, 9,82%, centro, 35,10%). ¿Será lo adecuado presentar una oferta que, entendiéndose a sí misma como trascendente de la vieja dicotomía izquierda-derecha, pueda ser comprendida por los electores como de centro? ¿Y será el candidato correcto ese caballero desconocido que responde al maracaibero nombre de Ninguno Nosabe Nocontesta?

(En este mismo blog se incluyó un gráfico de estos resultados en la entrada Por todo el centro, del 15 de abril de este año. Acá se reproduce de nuevo):

«Yo lo que soy es extremista de centro». LEA, noviembre de 1963 (clic para ampliar)

Claro, hay raíces más antiguas en esa población despegada de los actuales polos de la política nacional. El 8 de octubre del año pasado hacía referencia a ellas en la Carta Semanal #352 de doctorpolítico, en la que aludía a exposición del asesor político John Magdaleno (un abono que, a manera de introducción, hizo en favor de una intervención de su cliente, Leopoldo López):

He allí la falla de origen de la inmensa mayoría de los planteamientos políticos distintos del chavismo: que sólo atinan a definirse como antichavistas. Desaparecido Chávez, dejarían también, entonces, de tener sentido sus existencias. Ésa es la misma falla de origen de la iniciativa que acá se discute. Una nueva acción política que quiera ser viable no puede pensarse como oposición a Chávez; es preciso que procure superar el actual estado de cosas por superposición, por salto a un nivel superior de la política. (A fin de cuentas, el régimen de Chávez no es otra cosa que la exacerbación oncológica de una política que no inventó él: la política de poder posicionada en algún punto del eje decimonónico de izquierda y derecha). La refutación de Chávez debe venir, para usar términos evangélicos, por añadidura, nunca como única justificación. (…) Otras cosas dijo el encuestólogo asesor que querían causar un efecto preparatorio pero eran, por decir lo menos, inexactas. Por ejemplo, afirmó que los electores no alineados (los vilipendiados Ni-ni) habrían venido a la existencia a partir del “carmonazo”. Bueno, los electores que llegaron a conformar hasta 70% de intención de voto por Irene Sáez, ya en 1996, no querían nada con partidos, ni de izquierda ni de derecha (Ni-ni), y la encuestadora Gaither registraba en agosto de 1984 que 43% de sus consultados no identificaba un mejor partido entre las opciones AD, COPEI, MAS y Otros (Ni-ni-ni-ni). Para esos momentos, Gonzalo Barrios alertaba sobre la posibilidad de un outsider como candidato presidencial exitoso (en portada de la revista Auténtico), y la encuestadora Datos medía la preferencia de casi sesenta por ciento de sus entrevistados por un candidato que no viniera de los partidos en 1986.

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No hay, entonces, nada de novedoso en la aproximación de Henri Falcón, en procura del mercado de los Ni-Ni, obvia mayoría en el país (que también Leopoldo López busca cortejar). Menos aún cuando insiste en regresar a la dimensión ideológica, una aproximación claramente obsoleta. A El Nacional le dijo: “Creo en la democracia, en un socialismo ético y productivo y en la Constitución”. (Destacado de este blog). Eso es lo que se conoce como posición socialdemócrata y, por tanto, Henri Falcón hubiera podido inscribirse perfectamente en Un Nuevo Tiempo (que no habla de socialdemocracia sino de democracia social para que creamos). Henri Falcón es neo-adeco.

Pero fue a refugiarse bajo el toldo de Patria Para Todos, un poco más a la izquierda de AD-Un Nuevo Tiempo (como antes lo fue, en mayor medida, el Movimiento Al Socialismo de Petkoff). Así da cuenta Wikipedia en español acerca del PPT:

Patria Para Todos o PPT, es un partido político venezolano fundado el 27 de septiembre de 1997 ubicado en la izquierda, está formado en su mayor parte por antiguos sindicalistas y algunos profesionales. El PPT surgió como una escisión de La Causa Radical. Inmediatamente desde la fundación del PPT, se alió con Hugo Chávez junto a la plataforma electoral Polo Patriótico. En el 2000 se separó de la coalición por divergencia en la elección de candidatos en los comicios legislativos y de gobernadores y de alcalde[s] de ese año. A pesar de la separación del gobierno de Chávez, el PPT no se alió con la oposición, pasando ser crítico de ésta y del gobierno, hasta que en el 2002 se volvió a integrar al chavismo, conformando el Bloque del Cambio.

En síntesis, Henri Falcón es “de izquierda”, lo que es cosa tan atávica como serlo “de derecha”. (“En los partidos políticos de segunda ola, los temas principales han sido el control de los medios de producción, el trabajo y los recursos naturales. Un partido de segunda ola proveía LA RESPUESTA: socialismo, capitalismo, marxismo, fascismo, dando por sentado que si todo el mundo siguiera sus dictados todos los problemas del mundo se resolverían. No es necesario decir que ninguna de las agendas mencionadas ha traído la era utópica que anunciaban”. Amos Davidowitz: The Internet and the Transformation of the Political Process: MAPAM, a Case Study, 1996).

Más aún: ha acompañado a Hugo Chávez durante una década. Todavía pasa trabajo para despegarse totalmente—en la entrevista concedida a Lugo-Galicia se mueve, en general, como una guabina—de Chávez y su gobierno. Pregunta: ¿Por qué tardó tanto en descubrir las amenazas o riesgos que implicaba Chávez? Respuesta: No hablo de amenazas y riesgos; hablo de la persona que conocí, de decisiones que en lo político están marcadas por momentos y circunstancias. Pregunta: ¿No representa un riesgo para la democracia un gobernante sectario? Respuesta: Eso depende del momento y sus circunstancias. El peligro viene dado más por la inacción, el miedo a actuar, consciente y duramente, dentro de la Constitución y las leyes. Pregunta: ¿Cuándo comenzó a distanciarse del Gobierno? Respuesta: Mi distanciamiento, más que del Gobierno y del partido, es de la conducción y los métodos que niegan el sentido de lo colectivo y el debate y que impiden una efectiva materialización de los principios de la Constitución, que para muchos, y me incluyo por ser corredactor, es una de las más avanzadas del mundo. Pregunta: ¿Ha dicho todo lo que sabe del poder? Respuesta: No soy quién para calificar; sólo expreso, de manera clara, mi verdad.

Esa clara “verdad”, aparentemente es ésta: “Soy un creyente de la democracia inclusiva, cargada de garantías y de oportunidades y con énfasis en lo social. (…) Creo en la democracia, en un socialismo ético y productivo y en la Constitución”. Tan clara “verdad” como haber establecido que pudiera haber momentos y circunstancias en las que un gobernante sectario no representaría un riesgo para la democracia.

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En este blog se puso el pasado 21 de marzo: “No hay quejas sustantivas de la actuación administrativa de Henri Falcón en el estado Lara, ni en su carácter de alcalde, electo y reelecto, del municipio Iribarren (Barquisimeto), ni en el de su gobernador electo y reelecto. Todo lo contrario: el 23 de noviembre de 2008, fue el gobernador en funciones que obtuvo la mayor votación en cualquiera de los estados del país, recibiendo el 73,15% de los votos. Ni siquiera Chávez se ha acercado a un resultado como ése, y seguramente lo envidia”. Tales méritos, sin embargo, no lo convierten en contrafigura eficaz de Chávez—contra quien alguien o algunos habrán de medirse en 2012—, como los éxitos de Manuel Rosales, primero en Maracaibo y después en todo el estado Zulia (al igual que Falcón en Barquisimeto y Lara), no lo hicieron contendor suficiente en 2006. La popularidad de Rosales en el Zulia no fue trasplantable a todo el país (perdió en todas partes, incluido el estado Zulia, salvo en Maracaibo); nada garantiza que la popularidad de Falcón en Barquisimeto y Lara pueda extrapolarse a Venezuela.

También se dijo en la oportunidad aludida: “Falcón, por otra parte, se ha caracterizado por ser un gobernante moderado y asequible, muy distinto del estilo típico del Presidente de la República”. Pero asimismo: “Ha marcado Falcón distancias estilísticas con Chávez, obviamente, pero tampoco es que ha manifestado frontal desacuerdo con ninguna de las ejecutorias presidenciales de los últimos once años, que son muchísimas, por supuesto, la mayoría terribles”. La perniciosidad de Hugo Chávez no se agota en su malacrianza. LEA

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*La construcción correcta es “Si se revisa los estudios de opinión…” De un tiempo a esta parte se construye con excesiva frecuencia—no es vicio exclusivo de su idioma—como lo hizo Falcón: “Si se revisan los estudios de opinión…” La confusión se origina porque la atención se pone sobre el plural del complemento directo “los estudios de opinión”. Pero, en castellano, el verbo concuerda en número con el sujeto, no con el complemento directo. (“Él revisa los estudios de opinión” y no “Él revisan los estudios de opinión”). Aquel tipo de oraciones se conoce como oraciones “cuasirreflejas”; parecen reflejas—“Yo me peino, tú te bañas, ellos se mudan de ropa”—, en las que el sujeto y el complemento directo son una misma cosa, pero no lo son. (Por esto los camiones deben decir: “Se hace viajes y mudanzas” y no “Se hacen viajes y mudanzas”, puesto que los viajes no se hacen a sí mismos). Una oración cuasirrefleja es una clase de oración impersonal; esto es, de sujeto no especificado o inexistente. (“Ayer llovió”). Se lo presume gramaticalmente en singular. (“Ayer llovió a cántaros”, y no “Ayer llovieron a cántaros”). Vale.

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La voz de titanio

El insuperable torrente de una voz elegante

 

A tío Edgar, y a Horacio, mi compadre

El abajo firmante admite de buen grado que lo que sigue contiene una dosis elevada de sesgo y fanatismo. Es un homenaje a quien considero—y no estoy, de ningún modo, solo en esto—el tenor operático perfecto: Jussi Bjoerling. El único tío que me queda, Edgar Corothie-Chenel, a quien dedico esta entrada, me hizo escucharlo por primera vez, una tarde en su cuarto de la quinta Aragonesa, cuando yo tenía catorce años (en Cavalleria Rusticana, de Pietro Mascagni, seguida de I Pagliacci, de Ruggiero Leoncavallo, pues ambas óperas breves venían en un solo álbum). Allá por los años cincuenta, así como güelfos y gibelinos que enfrentaban los carros Ford a los Chevrolet, RCTV a Televisa (predecesora de Venevisión), La Salle al Loyola y el Caracas al Magallanes, hubo quienes prefirieran a Mario del Monaco. Los partidarios de Bjoerling, no obstante, si dudábamos a veces en alguna de las categorías de aquel mundo binario, en cuanto al arte de su noble voz no abrigábamos la menor hesitación: nos sabíamos asistidos de la razón más absoluta. Hoy todavía opondríamos su canto—con ventaja algo menor, hay que reconocerlo—a quienes juran que Luciano Pavarotti ha sido el más grande de los tenores. Para que el visitante de esta casa virtual pueda juzgar por sí mismo, se ha puesto aquí una abundante muestra de la perfección canora del tenor sueco. No hay por qué escucharla toda en una sola sentada.

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Johan Jonatan «Jussi» Björling (1911-1960) nació en la pequeña localidad de Borlänge (40.000 habitantes), en la provincia sueca de Dalarna. El mundo tuvo la inmensa suerte de que su padre, David Bjoerling, fuese él mismo un refinado cantante y le enseñara a usar su voz única, incomparable, desde que fuera un infante. El debut de Jussi, con el Cuarteto Masculino Bjoerling, tuvo lugar cuando tenía ¡cuatro años de edad! He aquí un registro en YouTube en el que canta Mattinata, de Leoncavallo, poco antes de cumplir veinte, en 1930 (el año en que tuviera lugar su debut operático) y en sueco.

Después de cantar durante un poco más de once años con el cuarteto familiar, Bjoerling hizo su debut en un concierto en solitario en los Estados Unidos, en el inevitable Carnegie Hall, en 1937. Al año siguiente hizo el papel de Rodolfo en La bohème, de Giacomo Puccini, en el Metropolitan Opera House de Nueva York. Desde entonces sería el dueño de ese patio en las décadas de los cuarenta y los cincuenta.

Era inevitable que se le comparara con Enrico Caruso (1873-1921), quien había sido el rey del Metropolitan, donde acumuló el récord imbatible de 863 apariciones en dieciocho temporadas consecutivas. De hecho, pronto se conoció a Bjoerling como “el Caruso sueco”. Resulta imposible dilucidar hoy quien tuvo mejor voz o era el mejor cantante; las grabaciones de la época del gran tenor italiano eran ciertamente muy limitadas. Sin embargo, el estilo de Caruso se parecía más bien al de Pavarotti, excesivamente melodramático. Pavarotti fue el Caruso que cerrara el siglo XX y muriera abriendo el XXI.

No había nada de melodramático en Bjoerling. Quienes aupaban a del Monaco le reclamaban, precisamente, que cantara con presunta frialdad escandinava. Pero esto último era evaluación peregrina. Bjoerling ajustaba, asombrosamente, su canto al sentido de la letra y el drama que actuaba, en perfecto delivery. Nadie como él ha hecho orfebrería vocal tan perfecta, nadie como él ha cantado, por ejemplo, E lucevan le stelle, de la ópera Tosca de Giacomo Puccini, con tan rico contraste. Ésta es la letra:

Bjoerling como Cavaradossi

E lucevan le stelle…
ed olezzava la terra…
stridea l’uscio dell’orto…
e un passo sfiorava la rena…
Entrava ella, fragrante,
mi cadea fra le braccia…
Oh! dolci baci, o languide carezze,
mentr’io fremente
le belle forme disciogliea dai veli!
Svanì per sempre
il sogno mio d’amore…
L’ora è fuggita…
E muoio disperato!
E non ho amato mai tanto la vita!…

Es la evocación de amor de un hombre pronto a morir ajusticiado, desesperado al fin del parlamento porque ese destino le toca justamente cuando ama tanto la vida a causa de su amada. Antes, cuando recuerda los besos y caricias, el sentimiento es otro, una memoria de dulzura. En el verso le belle forme disciogliea dai veli! (“¡las bellas formas libraba del velo!”) Bjoerling borda delicadamente ese significado, con un control de la voz en pianissimo que es más difícil que el necesario para gritar un Do de pecho. (Otros tenores cantan con fuerza, inapropiadamente, ese pasaje que habla de despojar a la amada, delicadamente, de sus tules). Luego, convoca la potencia de sus pulmones para expresar la furia de la desesperación. Los monegascos de los cincuenta, pues, estaban grandemente equivocados. Oigamos a Bjoerling en el aria del Acto III de Tosca:

Tosca

Lo que caracterizó a Bjoerling fue lo que, a falta de concepto más preciso, se llamara su “sonido”. El timbre o, mejor, los timbres de la voz de Bjoerling eran de una riqueza insólita, llena de armónicas como una campana, como la voz de Pedro Vargas. Era un sonido cristalino, elegante, justamente afinado, dulce, brillante, sedoso, noble, potente, suave, viril, luminoso. Tal vez sea éste el adjetivo más apropiado. Bjoerling tenía la paleta de Pierre-Auguste Renoir en la garganta (y el exacto dibujo de Durero). Hela aquí desplegada en Donna non vidi mai (Manon Lescaut, Puccini):

Manon Lescaut

Fueron las óperas de Puccini, por supuesto, las que mejor se avenían, por su melodiosa musicalidad, a la tersura de su voz, en la que el vibrato nunca salía de sus justos términos. La técnica de Bjoerling, además, era de una exactitud y una naturalidad pasmosas. Ni en las arias más difíciles se le oyó jamás la menor inspiración para tomar aire. Su canto era un río incesante, impulsado por el fuelle de un pecho fuerte hacia una estructura facial de pómulos amplios que graduaba el timbre como un sintonizador de precisión, para no hablar de la impecable pronunciación en cualquier idioma en que cantara. Pero también cantó mucho de Verdi—se tiene por la grabación definitiva de su Requiem la que Bjoerling hizo tres meses antes de morir—, de Gounod, Cilea, Giordano, Strauss (Richard), Rachmaninoff, Brahms, Leoncavallo, Donizetti, Borodin, Grieg, Mascagni, Bizet, Sibelius, Tchaikovsky, Flotow, etcétera. El famoso Largo de Händel es, en verdad, el aria Ombra mai fu, de su ópera Jerjes. Aquí está cantada por Bjoerling, seguida por su convincente rendición de la difícil Aria de Lenski, de la ópera Eugenio Oneguin de Pyotr Ilyich Tchaikovsky, cantada en sueco:

Jerjes

 Eugenio Oneguin

Jussi Bjoerling debió fajarse con una seria propensión alcohólica, que probablemente fue la causante de su muerte poco antes de cumplir sesenta años. (Murió seis meses después de un ataque cardiaco sobrevenido el 15 de marzo de 1960; sin hacerle caso, ¡se presentó ese mismo día en Covent Garden, la sede de la Ópera Real de Londres, para cantar en el rol de Rodolfo en La bohème!). Su viuda, Anna-Lisa Berg, una fina soprano ella misma, dejó constancia de los problemas de su esposo en la biografía que escribió con ayuda de Andrew Farkas, pero también del carácter de Jussi como “amoroso hombre de familia y colega generoso”.

Jussi Bjoerling amaba el mar y el deporte de la navegación a vela. En el video que sigue podemos escuchar, de su compatriota Gustaf Nordqvist, la poderosa canción Till havs (Al mar):

Para cerrar este insuficiente homenaje al noble tenor perfecto, la pièce de résistance, traída acá a propósito para humillar y zaherir a los fanáticos de Pavarotti: Nessun dorma, la popular aria de Calaf en Turandot, ópera última y póstuma de Giacomo Puccini. A estas alturas, con el vigoroso sonido del tubo de órgano que era Jussi Bjoerling, con ese Do de pecho, ya sólo puede hablarse de gañote. Apártese, don Luciano, que hubiera querido usted cantar así para un día de fiesta. LEA

Turandot

<i>Bjoerling, 1960, durante la grabación de Turandot. Al centro está sentado Erich Leinsdorf, quien dirgió la Orquesta de la Ópera de Roma</i>

Bjoerling, 1959, durante la grabación de Turandot. Sentado al centro, Erich Leinsdorf, quien dirigió la Orquesta de la Ópera de Roma

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Patología política (y II)

La tutoría de la violencia

En 1961, Albert Bandura, considerado hoy el psicólogo más importante de Norteamérica, realizó un experimento clásico y verdaderamente crucial, que ofrece fundamento empírico a la más eficaz de las explicaciones de la delincuencia, y que igualmente permite entender lo que seguramente es la más nociva y venenosa de las influencias que Hugo Chávez Frías ejerce sobre la psiquis nacional.

En aquel año, el actual Presidente de la República alcanzaba, presumiblemente, el uso de razón. Chávez nació en 1954, y ahora que un arzobispo se le enfrenta cabe citar lo que estipula el canon 97 del Código de Derecho Canónico: “§ 2. El menor, antes de cumplir siete años, se llama infante, y se le considera sin uso de razón; cumplidos los siete años, se presume que tiene uso de razón”. Es decir, en 1961 Hugo Chávez debía ya tener la capacidad para distinguir entre el bien y el mal.

Bandura se interesó en el papel jugado por la modelación social en el pensamiento, la motivación y la acción humanas, y muy pronto precisó el foco de sus investigaciones para dedicarse al estudio de la relación entre esa modelación y las conductas agresivas. Su enfoque fue decididamente experimentalista. Desde la época de sus estudios de postgrado, sostenía que los psicólogos debían “conceptualizar los fenómenos clínicos de forma que los haga susceptibles a la prueba experimental”, pues creía que sólo en el laboratorio podía la investigación psicológica controlar los factores que determinan la conducta. De este esfuerzo germinó su primer libro—Adolescent Aggression (1959, Hugo Chávez todavía no tenía uso de razón)—y más adelante (1973), Aggression: A Social Learning Analysis.

Su base conceptual, pues, es la teoría del aprendizaje social. En 1986, Bandura publicó Social Foundations of Thought and Action: A Social Cognitive Theory, obra de enorme influencia, en la que los seres humanos son entendidos como entes capaces de autorregulación y autodesarrollo, y no como un manojo de respuestas a estímulos externos—conductismo—o como el producto de impulsos internos, como Freud los entendía en buena medida.

La conducta, sin embargo, es grandemente influenciada por factores ambientales y es, en mucho, la imitación de modelos. En particular, Bandura ha sostenido que los individuos, especialmente los niños, aprenden sus respuestas agresivas al observar a personas en actos de agresión, bien sea directamente o a través de medios como el cine y la televisión.

Los individuos, pues, no heredan una tendencia a la violencia; la adquieren por imitación. Al hacerlo, por otra parte, refuerzan esa conducta al obtener algún beneficio, sea éste el alivio de una tensión, la ganancia financiera, la aprobación de terceros o el desarrollo de su autoestima. Es fácil ver que la teoría del aprendizaje social es la teoría de la conducta más relevante a la criminología.

A partir del famoso experimento de 1961 (ver su descripción en Wikipedia), la conclusión principal del equipo de Bandura y sus colaboradores fue que las conductas de agresión pueden ser aprendidas a partir de la observación y la imitación de modelos. Los niños observados en el experimento llegaron a pensar que la conducta agresiva era aceptable, y de este modo sus inhibiciones de la agresión se debilitaron. Este debilitamiento hace más probable que se responda a situaciones futuras con respuestas más agresivas. La agresividad se aprende.

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Desde que entró, en mala hora, Hugo Rafael Chávez Frías a la política venezolana—el 4 de febrero de 1992—, este ciudadano se ha conducido, constantemente, como un modelo agresivo. Por supuesto, por sus actos de esa fecha, que fueron armados para la agresión. Pero también en su campaña electoral de 1998, cuando ofrecía freír cabezas de adecos y copeyanos; también el 4 de febrero de 1999—cuarenta y ocho horas después de haber jurado sobre una constitución a la que declaró, frente a su padre, moribunda, en revelación de su carácter despiadado—cuando emplazó a la Presidenta de la Corte Suprema de Justicia para que aceptara el robo por necesidad; también cuando sugirió tempranamente a Marcel Granier que su vida corría peligro; también cuando escribía cartas, en plan de colega revolucionario, al terrorista criollo Illich Ramírez Sánchez, alias “El Chacal”; también cuando incitó agresiones de otros, como las de la banda de Lina Ron, a la que declaraba luchadora meritoria; también cuando despidió con sorna a los ejecutivos de PDVSA; también cuando ha insultado a mandatarios extranjeros e instituciones públicas y organizaciones no gubernamentales en cualquier parte del globo; también cuando ha excitado las invasiones de propiedades privadas, como él mismo ha hecho en aplicación del “método Chaz”; también cuando ha amenazado a quienes se le opongan con el empleo de la fuerza armada; también cuando compra armas—fusiles, aviones y helicópteros de guerra, submarinos—y cuando establece contingentes de reservistas más grandes que el ejército regular; también cada vez que golpea la palma de su mano diestra con el puño siniestro; también cuando no cesa de hablar de guerra, de magnicidio, de guerrilla, de resistencia; también cuando ofrece la expropiación a cuanto factor social no se alinee con su voluntad; también cuando acuña el lema de “patria, socialismo o muerte”.

Cualquier cosa positiva que Chávez haya podido traer a su pueblo es anulada por esta permanente modelación de la violencia, por cuanto aquí el daño que infiere es a lo psíquico de nuestra sociedad. No hay, pues, nada que pueda salvar a las administraciones de Chávez en el registro de la historia, y esto debe ser explicado a sus partidarios en el seno de nuestra ciudadanía. Uno pudiera invitarles a que hicieran una lista de los aciertos de Chávez pues, por más larga que fuere, sería reducida a la insignificancia al cotejarla con su perenne modelación de la violencia y la agresión, que deja cicatrices en el espíritu de la Nación.

¿Cómo puede disminuir la delincuencia en un país cuyo presidente la modela, exacerbando el azote que lacera por igual a sus partidarios y sus opositores? ¿Qué asaltante no se sentirá “dignificado” por la conducta presidencial, cuya agresividad y cuyo desprecio por la propiedad puede tomar por modelos?

Este rasgo terrible y definitivo del modo de gobernar de Hugo Chávez Frías se complementa con su “desconexión moral”—moral disengagement, otro concepto de Bandura—, que le impele a fabricar excusas para su mala conducta, eludir la responsabilidad de sus consecuencias y culpar a sus víctimas. Las razones que Chávez ofrece son, mayormente, coartadas.

Y esta espantosa modelación, para agravarla, es amplificada por el más obsceno culto a la personalidad que haya conocido Venezuela. No hay agencia oficial que no le adule, no hay programa que no se atribuya a sus méritos, no hay pieza publicitaria del gobierno que no infle su ego megalómano y tóxico.

Quien se regodeara aludiendo a una tal enfermedad del “escualidismo”, es en sí mismo un agente patógeno peligrosísimo, que preside un proceso canceroso, maligno, pernicioso e invasivo, destructor del tejido conectivo venezolano. De hecho, es él mismo la causa de ese cuadro infeccioso secundario, mucho menos grave.

Preparémonos para una inmensa tarea de medicina y psiquiatría política al cese de su mando. LEA

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¡Vuelva al Cabildo!

Ramón Ovidio Pérez Morales

El documento abajo transcrito deslumbra por su claridad, asombra por lo completo y concentrado, sobrecoge por su valor. Dentro de la extensa literatura política venezolana de la última década, ningún otro texto se le compara en esas cualidades. Franco y contundente, constituye la más firme denuncia de un régimen que pretende imponer su voluntad en Venezuela desde un autoritarismo excluyente y ventajista.

Su autor es el Arzobispo Monseñor Ramón Ovidio Pérez Morales, Obispo Emérito de Los Teques, antes Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana y el Concilio Plenario de Venezuela, primero en el orden del linaje episcopal o sucesión apostólica del país. Monseñor Pérez Morales, nacido en Pregonero, escribió este pregón a título enteramente personal. Es la persona, es el ciudadano, quien habla antes que el obispo. Sus líneas no comprometen oficialmente a la Iglesia Católica de Venezuela, pero sí a la conciencia de su gente libre. LEA

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¡PRESIDENTE, VUELVA AL CABILDO!

 

La interpelación a Emparan

El 19 de abril de 1810, cuyo bicentenario acabamos de conmemorar, Francisco Salias, interpretando la voluntad popular, conminó al Capitán General Vicente Emparan a volver al Cabildo, máximo cuerpo representativo de la ciudadanía en ese momento. El Ayuntamiento había sido convocado para resolver la confusa situación nacional, a raíz de la crisis de poder originada en España por la intervención napoleónica. Emparan había sido invitado a la reunión capitular y conocía la finalidad de la misma; pero quiso evadir una decisión y por ello se dirigió a la Catedral para asistir a la celebración litúrgica del Jueves Santo.

El Ayuntamiento, además de sus miembros, congregaba en esos momentos a diputados, delegados, de diversos sectores de la ciudadanía, acompañados por una creciente aglomeración popular. Se tenía así una asamblea, la cual, en esa circunstancia, debía abordar  la suerte política de Caracas y Venezuela, y, como se percibía en el ambiente, decidir sobre su identidad y futuro como pueblo soberano.

El volver al Cabildo, por parte del Capitán General, significaba enfrentar con realismo la desafiante situación, y responder, con receptividad y lucidez, a las profundas e ineludibles aspiraciones de libertad y autonomía de la Provincia de Caracas y de gran parte de la Nación. El margen de maniobra de Emparan era estrecho, pero su mejor opción no consistía en eludir responsabilidades, sino en enfrentar la crisis y  favorecer una salida, la menos traumática posible para todos.

El Cabildo estaba consciente de que la agenda de ese día no la ocupaban intereses simplemente de un estrato determinado de la población o problemas sólo sectoriales por grande que fuesen. Lo que estaba sobre el tapete era cómo recoger, dándoles forma institucional, los anhelos y propósitos autonómicos de un vasto conjunto humano, que el Acta de la Independencia denominaría, al año siguiente, como “la Confederación americana de Venezuela en el continente meridional”. El cuerpo capitular reflejaba y representaba, con acierto y limitaciones, un sentimiento unitario nacional. Se estaba en una etapa germinal y este sentimiento debía traducirse ulteriormente en estructuras socio-económicas, políticas y culturales coherentes con una verdadera unidad. En ese momento, en efecto, persistían discriminaciones y exclusiones, no sólo de hecho, sino también de derecho (afirmación que, a doscientos años de distancia podemos repetir con humildad y reconociendo pecados actuales).

A propósito de estos hechos es oportuno traer aquí a colación lo expresado por la Conferencia Episcopal Venezolana en su reciente carta pastoral sobre el Bicentenario: “…entre el 19 de Abril de 1810 y el 5 de Julio de 1811, los fundadores de la Patria tomaron la difícil decisión de formar la República de Venezuela y proclamaron un hermoso sueño nacional, conscientes de la grandeza del mismo, del sacrificio que implicaba, así como de las limitaciones para llevarlo a cabo”. (No. 4).

“Tanto el 19 de Abril como el 5 de Julio—señala este documento—fueron dos acontecimientos  en los que brilló la civilidad. La autoridad de la inteligencia, el diálogo, la firmeza y el coraje no tuvieron que recurrir al poder de las armas o a la fuerza y a la violencia. La sensatez en el intercambio de ideas y propuestas respetó a los disidentes y propició el anhelo común de libertad, igualdad y fraternidad”. (No. 5). Más allá de la ambivalencia de aquellos acontecimientos, y posteriores procesos, el gran resultado tangible fue nuestro nacimiento como país independiente y la voluntad “…de lograr formas de convivencia y libertad para toda persona sin exclusión… aspiración primordial, pero imperfecta”. (No. 9).

Doscientos años después

En verdad, la Venezuela que conmemora su Bicentenario reconoce los límites de aquel sueño y esa aspiración, pues si “de derecho todos estaban incluidos en la esperanza y en la bendición de Dios, invocada para… una forma de convivencia que… fuera ámbito de vida, de libertad y de dignidad para todos, de hecho… la gran mayoría de los sectores populares quedó excluida”(id.), pero, además, tras comenzar en 1998 “…un proyecto… de ‘refundar’ la República… [cuya] ambición no sólo toca el tejido material y organizativo… sino también y, sobre todo, afecta el fondo íntimo, espiritual, del alma nacional” (id. 20), la Patria es hoy, en primera instancia, un país desgarrado, que se desangra e involuciona. Decir esto no significa en modo alguno ser “profeta de lamentaciones y desgracias” e ignorar la positividad tanto del existir mismo de la comunidad nacional en cuanto crisol de razas y pueblos, como de los valores y logros que registra el haber de su peregrinaje. Significa, sí, rememorar responsablemente, dar un aldabonazo a la conciencia de todos mis hermanos para un “despierta y reacciona”, ante la grave crisis que nos amenaza e interpela.

Sin pretender, obviamente, ser exhaustivo, expongo algunos elementos sobresalientes de esa crisis:

1. Venezuela, en efecto, ya no es una como sueño ni una como experiencia de convivencia.  Por motivos ideológico-políticos se la ha dividido artificialmente, Por lo menos a la mitad se la califica de apátrida y hasta de antipatriótica, decretándosela excluida del goce pleno de los derechos ciudadanos. ¿Cómo se va a celebrar festivamente, en democracia, el cumpleaños de una República cuya unidad se niega? Ya no se la considera la casa común que soñaron los fundadores, amplia, acogedora, tolerante, pacífica, fraterna, sino el recinto cerrado, exclusivo, único, de una secta maniquea. No ya la gran familia sino un ámbito inclemente de rechazos, y de apartheid superado en otras latitudes. ¡Los Derechos Humanos no son ya de todos los humanos!

2. Venezuela tampoco es ya plural. No se quiere que sea el hogar de un pueblo variado, multicolor, multicultural, donde los diferentes y también los díscolos tienen su lugar. A pesar de que en el Referéndum de 2007 se dijo “no a la propuesta de convertir la República en un “Estado Socialista”, porque contradice a “la Constitución, y a una recta concepción de la persona y del Estado”—Conferencia Episcopal Venezolana, 19 de octubre de 2007—, se persiste, desde el Poder, en la desobediencia manifiesta al mandato referendario y en la imposición, mediante hechos y “leyes”, de un tal sistema. La Constitución, en efecto, está siendo violada; más aún, no se oculta su interpretación y utilización como simple función del proyecto “socialista”, distorsionándola radicalmente. Está así en juego, obviamente, la legalidad del régimen. El proceso de dependencia de los poderes de uno solo, de estatización global, de centralismo nominalmente comunitario, de hegemonía masificante, acelera su marcha en los distintos campos de lo económico, lo político y lo ético-cultural. La democracia es, por el momento, soportada, pero está acosada, paulatinamente, por un voluntarismo “revolucionario” de vocación autocrática y “mesiánica”, y de desconocimiento o desvirtuación del derecho del hombre.

3. Venezuela ya no es ámbito de vida. Somos un país en monstruosa hemorragia culpable. Ocupamos lugar destacado en el mundo en materia de violencia y criminalidad. Nuestras calles son escenario de incontrolada delincuencia e impunidad; nuestras morgues, abarrotados lugares de doloroso compartir; nuestros juzgados y tribunales, recintos de injusticia por corrupción de venalidad o politización; nuestras cárceles recintos de inhumanidad, antítesis de reeducación, antesalas de muerte. Todo esto no era totalmente inédito, pero se ha exacerbado exponencialmente, al tiempo que el gobierno, de palabra y obra, siembra violencia cuando descalifica, injuria, amenaza y discrimina; cuando exhibe y acrecienta su arsenal bélico, radicaliza la militarización de la población y acentúa la represión de la disidencia. El lema “Patria, socialismo o muerte” es la correspondiente consigna militarista necrófila, de trágicas memorias históricas. No faltan quienes ante la galopante e irrefrenada inseguridad se plantean el interrogante de si ella no correspondería a una política de Estado, tendiente a que muerte y miedo conduzcan  a una parálisis que facilitaría la sumisión de la ciudadanía.

4. Venezuela ya no es una nación en “vías de desarrollo. Tenemos un petrocapitalismo de Estado, con liberalidades selectivas hacia afuera y populismo dentro. Motivos ideológico-políticos y el afianzamiento del poder privan sobre las verdaderas necesidades y aspiraciones de la población. Todo ello, unido a una ineficaz, ineficiente y dolosa gestión, está llevando a la caída de la producción nacional, del abastecimiento y del consumo, agravada por crisis inéditas previsibles en los servicios eléctrico e hídrico, configurando un cuadro de carencias y dependencia, objetivamente funcional también al “Proyecto” de concentración y control.

5. Venezuela ya no es respetada en su alma e identidad. La subjetividad y centralidad, la moralidad y espiritualidad de la persona humana se diluyen, para privilegiar la base material productiva y lo simplemente colectivo-estructural, literalmente “alienantes”. Se habla de refundar el país. ¿Sobre qué valores? El “socialismo del siglo XXI” (de creciente referencia marxista-leninista y con confeso modelo castro-comunista) se erige como fin y criterio supremos; se absolutiza y sacraliza la “Revolución”, hecha régimen establecido, convirtiéndola en norma definitiva de lo verdadero y lo bueno. Y todo esto tiende a personificarse en el líder máximo, inobjetable, inapelable, insustituible, omnipotente. En este marco se reformulan los símbolos, se rehace la memoria histórica y se decreta alianzas o mancomunidades con otros Estados, al margen de sentimientos nacionales y populares; se monopoliza la comunicación social, se reestructura la educación, la mentira se hace anti-cultura, se redefine el arte, se instrumentaliza lo religioso.

Volver al Cabildo

A partir de esta celebración del Bicentenario del 19 de abril, considero, pues, un urgente deber de conciencia, como ciudadano, creyente y obispo, retomar la interpelación de Francisco Salias e instar al comandante Hugo Chávez Frías: ¡Ciudadano Presidente, “vuelva usted al Cabildo”!

Le hago este llamado, con el debido respeto a la investidura y a la función, pero también con la claridad y la sinceridad que me exige, desde mi fidelidad a Dios y a mi conciencia, el servicio a Venezuela. Lo hago con esperanza creyente, sabiendo que Dios nos ama a todos, sin excepción, y nos ayuda en cualquier circunstancia a rehacer caminos para el mayor bien de nuestro prójimo. Lo hago también sin juzgar intenciones—cosa que sólo a Dios corresponde—ni considerarme sin responsabilidad respecto de los males que sufre el país. Lo hago, finalmente, sin pretender infalibilidad en mis apreciaciones. Sólo quiero y debo servir.

¿Qué significa hoy “volver al Cabildo”? Ante todo, no se trata de una vuelta “mecánica o anacrónica” a formas u organismos desaparecidos o históricamente datados, sino fidelidad creadora, memoria crítica, despertar consciente, sueño esperanzador.

En pocos puntos le sintetizaré lo que entiendo por ello.

1. Volver a la unidad de la Patria. Esta unidad no podría ser pseudo-armonía etérea o bucólica, tampoco uniformidad monolítica ni homogeneidad masificadora, asfixiantes, sino compartir plural, diversificado. Esto obliga a promover la efectiva participación de todos, individual y grupalmente considerados; a impulsar la solidaridad que integra, así como la subsidiaridad que estimula y conjuga la actividad de los cuerpos sociales intermedios, articulándola con la tarea que corresponde al Estado, en aras del bien común y de su punto culminante: la paz en la justicia y la verdad. Esto recuerda y exige, en lo concreto y cercano, saldar una deuda pendiente con nuestra memoria histórica integral y una responsabilidad con hombres y mujeres reales caídos, mutilados, exiliados, presos o absueltos, convocando a una “comisión de la verdad” sobre los sucesos de Abril 2002. Tarea prioritaria de un Presidente es, en efecto, buscar la cohesión, la confraternidad de todos los ciudadanos, por encima de distingos de cualquier género, con miras a un trabajo corresponsable y compartido para lograr el progreso material, moral y espiritual de la Nación. El Primer Magistrado lo es de todos los venezolanos, no de un “proyecto”, ideología o partido, sino de una sola y misma patria. Nada debe estar más presente en la función presidencial que la prédica y acción convocantes, congregantes, a todos, de quienes es, a la vez, mandatario y servidor (y quienes, si pragmáticamente a ver vamos, son también contribuyentes que pagan los gastos presidenciales).

El retorno a la unidad es volver a la gente con miras a una convivencia ciudadana, viva y polícroma. Esto implica romper el encierro y la polarización en el yo, una idea o la secta. Liberar al país del símbolo por antonomasia de toda hegemonía oficial, y que arbitrariamente secuestra el tiempo y la privacidad del pueblo soberano: las “cadenas”. Abrirse al compartir ciudadano y a las preocupaciones de la entera comunidad; al diálogo sereno y a la discusión respetuosa, que  tendrían  expresión simbólica en una impostergable iniciativa de reconciliación nacional y en el debate civilizado de un “cabildo” (Asamblea, Gobernaciones, Alcaldías, Comunas) multicolor.

2. Volver a Venezuela como ámbito de vida. Recordemos que el primer instinto es el de conservación y el derecho primordial humano es el de la vida. La primera tarea de una sociedad es la de preservar y resguardar la supervivencia de sus miembros. El primer deber de un Estado es asegurar y favorecer la salud física, mental y moral de sus ciudadanos. De allí lo necesario y urgente de promover una cultura de la vida, frente a la proliferación y arraigamiento en muchas formas de una anticultura de muerte. En documento sobre La violencia y la inseguridad publicado a raíz de su última asamblea plenaria, el Episcopado expresó lo siguiente: “Es un deber de la ciudadanía exigir a los poderes del Estado, principalmente al gobierno, que cree las condiciones necesarias para que el derecho a la vida, a la integridad física, a la protección a la propiedad, al libre tránsito, entre otros, sean derechos al alcance de todos. Actualmente, la respuesta ante la violencia social es el miedo, que nos lleva a encerrarnos y a protegernos, a desconfiar de todos. Sálvese quien pueda y como pueda, parece ser la consigna ante un Estado indolente y cómplice” (No. 12). Volver a la vida es asumir prioritariamente y con decisión la defensa de la vida integral de los venezolanos, de todos los compatriotas hastiados de la delincuencia, irreductibles ante la impunidad, militantes contra toda prepotencia que descalifica y excluye, que pretende penalizar expresiones legalmente reconocidas o descalificar reclamos judicialmente garantizados. Volver a la vida es reconocer al otro como persona, creado a imagen y semejanza de Dios y portador, por tanto, de derechos inalienables; merecedor de respeto a su integridad física y moral, a la promoción y defensa de sus derechos inalienables, a la solidaridad con él, especialmente si es pobre y necesitado; es trabajar por la fraternidad y la paz, sobre el fundamento de la verdad y del bien. A quien preside la República le toca en esta tarea una responsabilidad de primer protagonismo. De allí que le corresponde acercarse con amorosa sencillez a las personas concretas, con sus logros y frustraciones, sus alegrías y tristezas, sus derechos humanos inalienables, su anhelo muy sentido de vivir en paz y seguridad, sin un continuo sobresalto y zozobra, y una permanente y agotadora confrontación verbal de tono militarista y nihilista, e iniciativas sociales con proclamas belicistas.

3. Volver al progreso en el marco de la Constitución. El pueblo venezolano se la ha dado como expresión de su soberanía; ella ilustra y garantiza el Estado de Derecho para todos, la estabilidad jurídica de las instituciones y el bienestar integral  de la Nación. La Constitución, establece, en su letra, el marco normativo tanto de la ciudadanía para el ejercicio de sus derechos y deberes, humanos y cívicos, como del Estado y de sus órganos, servidores de aquélla; y en su espíritu encarna el consenso fundamental de convivencia, el pacto social de principios y valores compartidos. Es necesario y urgente rescatarla, no sólo como “ley de leyes” y paradigma de toda legalidad, sino también para revalorizar la función humanizadora, radicalmente ética, del derecho. Según el artículo 2 de nuestra Carta Magna, “Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación, la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y en general, la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político”. Sobre estos principios fundamentales ha de construirse el progreso integral y compartido que requiere el país, el cual exige, además, la participación de todos los ciudadanos, grupos y entidades sociales, cuya iniciativa es indispensable acoger y promover, evitando exclusiones y sumando esfuerzos.

4. Volver a Venezuela. Apreciando sus raíces; haciendo memoria, crítica sí, pero fiel, realista y comprensiva, de su pasado; aceptando con humildad que somos herederos de “héroes y villanos”, no pretendiendo recomponer al arbitrio árboles genealógicos, practicar saltos antihistóricos ni violentar la biografía o el mensaje de los antecesores. No se puede pretender una refundación del país, pasando por encima de la identidad del pueblo; vaciando el alma nacional de sus vivencias espirituales y religiosas; minusvalorando el vecindario natural y la fisonomía cultural para priorizar extrañas alianzas; copiando modelos ideológico-políticos fracasados y lejanos a la idiosincrasia y a los verdaderos intereses venezolanos. Volver a Venezuela entraña también preocuparse ante todo por la propia Nación, no cayendo en aquello de “luz en la plaza y oscuridad en la casa”. La solidaridad internacional tiene que liberarse de tentaciones criptoimperialistas favorecidas por la potencia petrolera, de un lado, y recaídas neocolonialistas por sujeciones ideológicas, del otro. Venezuela es y ha de ser de todos como casa común y ámbito de acogida fraterna.

………

“Volver al Cabildo” exige, de modo prioritario y patente, que asuma Usted su responsabilidad de Presidente de la República. Este delicado cargo implica la escucha y dedicación a todos los venezolanos, trabajando por su unión en pro del bien común nacional. Nada más contradictorio con ello, que la identificación, implícita o explícita—y, peor, cuando se la exhibe—con sólo un sector de la población, despreciando y marginando a los demás, con base en motivos ideológico-políticos, raciales, religiosos o de cualquier otro género. El Presidente lo es, de verdad, cuando respeta a los ciudadanos “no a pesar de”, sino “precisamente por” sus diferencias, conviviendo en la diversidad comprensible e inevitable de una sociedad democrática, pluralista. Cuando tiene el reconocimiento de todos: los que lo eligieron y los que no votaron por él o lo adversan, pero que, en todo caso, deben y necesitan percibirlo sensible, cercano, humano, como su Presidente. De otro modo, está en juego la legitimidad de su ejercicio como mandatario.

La “vuelta al Cabildo”, Ciudadano Presidente, no podría menos que acarrear al país la alegría del reencuentro de los venezolanos, con la esperanza de lógicos frutos: progreso compartido, vigencia de la justicia y el derecho, fraterna solidaridad, paz estable, cultura de civilidad.

Como cristiano pido a Dios por Usted, para que, superando obstáculos y no dejándose amilanar por dificultades, prejuicios e intereses, presentes y pasados, pueda contribuir eficazmente, desde su alta responsabilidad, a reencauzar a esta nación por el camino de la unidad, en la verdad y la paz, la cual Cristo Jesús enfatizó en la Última Cena, en perspectiva religiosa, como valor máximo, y Simón Bolívar subrayó, en su postrer mensaje,  como condición de solidez y progreso de nuestros pueblos. ¡Señor Presidente, vuelva al Cabildo!

En Caracas, el 24 de abril de 2010

Firma autógrafa

R. Ovidio Pérez Morales

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Temas de Política Clínica (6)

<i>El político como médico</i>

El político como médico

El desiderátum de una Política Clínica, en la que la solución de los problemas públicos predomine sobre la búsqueda del poder, es despreciado por los políticos “profesionales”, que lo creen expresión romántica o ingenua. En política, nos dicen, es preciso sacar sangre. Y si se les dice que la actividad política pudiera ser modelada a partir de la actividad de la comunidad científica, entonces no pueden aguantar la risa.

Lo que ignoran, seguramente, es que la comunidad científica no deja de expresar las pasiones humanas de la emulación y la lucha. Es bueno percatarse a este respecto de que, del Renacimiento a esta parte, la comunidad científica—en la que la confrontación sigue un método universal descrito por Karl Popper en La lógica de la investigación científica—despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes aquellas pasiones, aun las más bajas y egoístas. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro «La Doble Hélice», de 1968, es una descarnada exposición a este respecto. Watson refiere la feroz competencia por la solución de ese problema, en la que su equipo, por ejemplo, se sentía en una carrera urgentísima contra el grupo liderado por Linus Pauling en los Estados Unidos.

Pero si se quiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de lucha física violenta, fue objeto de una metamorfosis con la introducción de las famosas reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte «salvaje», a puño limpio y sin árbitro, en uno algo más «civilizado», en el que no toda clase de ataque está permitida.

No se trata, en consecuencia, de negar el espíritu competitivo de la humanidad, sino de reglamentarlo, de encauzarlo hacia una competencia de ideas y soluciones. Se trata de eludir la terrible ironía de Argenis Martínez, quien escribiera: “La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones”.

En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de Electores la que termine imponiendo una nueva conducta a los «luchadores» políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevadísimo costo social. LEA

Audio del texto narrado


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