por Luis Enrique Alcalá | Feb 15, 2017 | Argumentos, Política, Terceros |

Cuando la retransmitía Venezolana de Televisión
La Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL) ha ordenado «la suspensión y salida inmediata de las transmisiones del Canal de Noticias CNN en español en el territorio nacional». En su justificación de la medida, adujo que a través de la cadena de noticias «sin argumento probatorio y de manera inadecuada difaman y distorsionan la verdad». No deja de necesitarse cara dura para repudiar una conducta que justamente caracteriza al gobierno presidido por Nicolás Maduro. (Estoy dispuesto a retractarme de esta última afirmación cuando el gobierno termine presentando pruebas irrefutables de que, por ejemplo, Julio Borges escogiera los blancos que serían bombardeados en Caracas por un mítico avión Tucano a comienzos de 2015. También pudiera ser que eso no fuese para CONATEL difamación sin argumento probatorio; a fin de cuentas, los alzados del 4 de febrero de 1992 no eran golpistas; eran rebeldes).
Comoquiera que Cable News Network es una agencia noticiosa estadounidense, cabe acá que salga en su defensa uno de los más importantes abogados de los Estados Unidos: Thomas Jefferson, uno de sus Padres Fundadores.
Nuestra libertad depende de la libertad de prensa, y ella no puede limitarse sin perderla. (Carta al Dr. James Currey, 28 de enero de 1786).
Siendo la base de nuestro gobierno la opinión del pueblo, su primer objeto debe ser el mantenimiento de ese derecho; si me fuere dado decidir si debiéramos tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no dudaría un instante en preferir lo segundo. (Carta al coronel Edward Carrington, 16 de enero de 1787).
Estoy por la libertad de prensa, y en contra de toda violación de la Constitución para silenciar por la fuerza y no por la razón las quejas o críticas, justas o injustas, de nuestros ciudadanos contra la conducta de sus agentes. (Carta a Elbridge Gerry, 26 de enero de 1799).
Para preservar la libertad de la mente humana y la libertad de prensa, todo espíritu debiera estar presto a entregarse al martirio, puesto que mientras pensemos como queramos y hablemos como pensamos, la condición del hombre procederá a mejorar. (Carta a William Green Mumford, 18 de junio de 1799).
Ningún experimento puede ser más interesante que el que ahora intentamos, y que confiamos terminará estableciendo el hecho de que el hombre puede ser gobernado por la razón y la verdad. Nuestro primer propósito debe ser, entonces, mantener abiertas para él todas las avenidas que llevan a la verdad. La más eficaz encontrada hasta ahora es la libertad de prensa. Es, por consiguiente, la primera que es cerrada por aquellos que temen la investigación de sus acciones. (Carta al juez John Tyler, 28 de junio de 1804).
Si una nación espera ser ignorante y libre, en estado de civilización, espera lo que nunca fue y nunca será. Los funcionarios de todo gobierno propenden a ordenar a voluntad sobre la libertad y la propiedad de sus constituyentes. No hay seguridad de ambas que no sea el mismo pueblo, ni podrán estar seguras sin información. Donde la prensa sea libre, y todo hombre capaz de leer, todo estará seguro. (Carta al coronel Charles Yancey, 6 de enero de 1816).
La única seguridad de todo reside en una prensa libre. La fuerza de la opinión pública no puede ser resistida cuando se permite que se exprese libremente. Debemos someternos a la agitación que produzca. Ella es necesaria para mantener las aguas puras. (Carta al Marqués de Lafayette, 4 de noviembre de 1823).
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Claro, se trata del abogado que escribiera en carta a William Stephens Smith, fechada en París el 13 de noviembre de 1787: «El árbol de la libertad debe ser regado de tiempo en tiempo con la sangre de patriotas y tiranos. Es su abono natural». LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 7, 2017 | Argumentos, Política |

Llegando a 7,5 millardos de terrícolas
A Marcel Granier
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En tan solo pocos días, 7.500 millones de seres humanos habitarán la Tierra. Al cierre del siglo XXI, se estima que la población mundial alcanzará 11.200 millones de personas, o 50% más que la población actual (añadiéndose 3.700 millones en 83 años apenas). Somos mucha gente, y seremos mucha más.

De millardo en millardo
Tardamos entre 100 y 200 mil años, desde nuestro origen en la sabana africana, para que fuéramos 1.000 millones de personas a comienzos del siglo XIX, pero un poco más de un solo siglo para que ese hito millardario se duplicara, en un crecimiento que continuó acelerándose. Tan enorme variedad de seres humanos se expresa en una rica gradación de colores de piel y estaturas, de inclinaciones vocacionales y niveles de inteligencia, de sentimientos y afiliaciones… Muchas son las patrias chicas en que nacemos, muchas las biografías concretas, innumerables los sufrimientos y las alegrías de esa biomasa bípeda. No en balde nos cuesta comprender a la humanidad.
Por eso, bastante antes de que alcanzáramos los números de hoy, los pensadores y científicos intentaron entendernos como miembros de algunos pocos tipos. Venimos en cuatro sabores temperamentales, se nos dijo mientras los médicos fueron los de la antigüedad grecorromana: sanguíneos, coléricos, melancólicos y flemáticos. Nuestro biotipo necesitó mas tarde sólo tres clases: longilíneo (flaco y alto), pícnico (gordo) y atlético. Después se habló de clasificarnos introvertidos o extrovertidos, cuando se distinguía desde hacía tiempo entre cinco razas: blanca, negra, amarilla, roja y cobriza, obviamente definidas por el color de la piel.
La política siempre buscó pocas categorías para tratar la diversidad: en Esparta, o se era homioi (ciudadano pleno), perieco (una especie de clase media) o ilota (esclavo; bueno, también había los esclavos-mercancía); en la Edad Media europea uno era de los oratores (clérigos), bellatores (militares) o laboratores (siervos de la gleba), una clasificación tripartita que de algún modo mutó en los tres «estados» de la sociedad francesa, representados en los États généreaux de su revolución. El marxismo simplificó todavía más el problema con facilidad dialéctica, reduciendo la clasificación tripartita a la pareja antagónica de poseedores versus desposeídos. Desde la Revolución Francesa se habla de izquierda, centro y derecha políticas, pero se preguntaba Carlos Fuentes en artículo publicado en Madrid y Ciudad de México el día de su muerte (Viva el socialismo. Pero…, 12 de mayo de 2012): “¿Cómo responderá François Hollande a este nuevo desafío, el de una sociedad que ya no se reconoce en ninguna de las tribus políticas tradicionales: izquierda, centro o derecha?” Para Nicolás Maduro, dicotómicamente marxista, no hay sino la Revolución Bolivariana y la derecha.
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Hace dos días recibí, en repago de una cita de Will Durant en Los placeres de la filosofía, un pasaje de Comercio y Civilización, artículo de Don Boudreaux (3 de junio de 2004):
El comercio y la civilización están íntima e indisolublemente conectados. El comercio crea civilización. Mientras mayor sea la libertad de comerciar, más civilizada será la sociedad… La gente, en la medida en la que es civilizada, no restringe a la fuerza el rango de las personas con las que los demás pueden comerciar en paz. La gente, en la medida en la que es civilizada, no asigna significación especial a la nacionalidad de quienes ofrezcan comerciar pacíficamente. El historiador Will Durant (1939) produjo una de mis descripciones favoritas de los beneficios últimos de un comercio abierto y libre, al señalar que la razón es ella misma hija de ese comercio: «Las encrucijadas del comercio son el lugar de encuentro de las ideas, el terreno para la atrición de las costumbres y las creencias rivales; las diferencias engendran los conflictos, la comparación el pensamiento; las supersticiones se anulan las unas a las otras… y la razón comienza».
Es así; el comercio puede hacernos mejores personas y también mejores políticos, llenos de comprensión y empatía:
Una tercera virtud política, exigible de los líderes que adquieren poder público… es la compasión… la capacidad para compartir la pasión y la falibilidad del otro, para la comprensión y el perdón. Todos tenemos derecho a la vergüenza. Quien odia es un mal político; quien se mueve con el poder en pos de sus resentimientos es un mal político, pues desecha parte integral del tejido social y niega a otros la libertad de mejorar, de dejar atrás sus errores y progresar moralmente. El peor atentado contra la libertad del otro es congelarle en su pasado. (El político virtuoso).
Asimismo nos hace mejores el arte; por esto propuso el periodista Ryszard Kapuściński en Los cínicos no sirven para este oficio:
Hoy, para entender hacia dónde vamos, no hace falta fijarse en la política, sino en el arte. Siempre ha sido el arte el que, con gran anticipación y claridad, ha indicado qué rumbo estaba tomando el mundo y las grandes transformaciones que se preparaban. Es más útil entrar en un museo que hablar con cien políticos profesionales. Hoy en día, como el arte nos revela, la historia se está posmodernizando. Si le aplicáramos a ella las categorías interpretativas que hemos elaborado para el arte, quizás lograríamos desentrañarla mejor y tendríamos instrumentos de análisis menos obsoletos que los que, generalmente, nos empeñamos en utilizar. Caídas las grandes ideologías unificadoras y, a su manera, totalitarias, y en crisis todos los sistemas de valores y de referencia apropiados para aplicar universalmente, nos queda, en efecto, la diversidad, la convivencia de opuestos, la contigüidad de lo incompatible. Puede derivarse de todo ello una conflictividad abierta y sanguinaria, arcaica, el enfrentamiento difuso, el renacimiento de los localismos y de los más feroces tribalismos, pero también podría surgir un lento aprendizaje de la aceptación de lo distinto a uno mismo, de la renuncia a un centro, a una representación única. Como el arte posmoderno nos enseña, quizás podríamos darnos cuenta de que hay espacio para todos y que nadie tiene más derecho de ciudadanía que los demás.
En el instante de cerrar esta nota, ya éramos 7.495.897.489 humanos en el planeta, y la política de la polarización es la política de los trogloditas. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 3, 2017 | Argumentos, Política, Terceros |

Comprobado: hijo de gato caza ratón
He debido titular Teclado prestado. No; más propiamente, sustraído. Traté sin éxito de obtener autorización de The Washington Post para que me permitieran traducir un lúcido artículo de Andrés Miguel Rondón, publicado el viernes de la semana pasada; sin permiso suyo o del venerable diario, pongo abajo una traducción apresurada. (Hoy pensé en él cuando elogiaba una inteligencia similar, la de Francisco Toro Ugueto, a su tío y padrino: José Toro Hardy. Mi intuición no andaba descaminada: Andrés Miguel Rondón escribe para Caracas Chronicles, el extraordinario blog iniciado por Toro).
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En Venezuela, no pudimos parar a Chávez. No cometan nuestros mismos errores.
Cómo permitir que un populista los derrote una y otra vez
Andrés Miguel Rondón – 27 de enero de 2016, 1:54 PM
Andrés Miguel Rondón es un economista que vive en Madrid y nació y fue criado en Venezuela.
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Donald Trump es un capitalista confeso; Hugo Chávez era un socialista con sueños comunistas. Uno construye rascacielos, el otro los expropiaba. Pero las políticas son sólo la mitad de la política; la otra mitad, la más oscura, es la retórica. Algunas veces, la retórica predomina. Tal ha sido nuestro destino en Venezuela durante las dos décadas pasadas, y ése es ahora el de ustedes, americanos. Porque, en un sentido, Trump y Chávez son idénticos. Ambos son maestros del populismo.
La receta del populismo es universal. Consiga una herida común a muchos, encuentre alguien a quien echarle la culpa y construya una buena historia que contar. Revuélvalo todo. Dígales a los heridos que usted sabe cómo se sienten. Que usted ha encontrado a los malvados. Etiquételos: las minorías, los políticos, los empresarios. Caricaturícelos: como gusanos, conspiradores malévolos, gente que odia y que pierde, lo que sea. Entonces retrátese a sí mismo como el salvador. Capture la imaginación de la gente. Olvídese de políticas y planes, simplemente cautívelos con un cuento. Uno que comience en furia y concluya en venganza. Una venganza en la que puedan participar.
Es así como la cosa se convierte en un movimiento. Hay algo calmante en toda esa ira. El populismo se construye sobre el irresistible encanto de la simplicidad. El narcótico de la solución simple a una cuestión intratable. Ahora el problema se simplifica.
El problema es usted.
¿Cómo sé eso? Porque crecí como el “usted” en el que Trump se apresta a convertirlos. En Venezuela, la clase media urbana de la que vengo fue representada como el enemigo, en la lucha política que sobrevino luego de la llegada de Chávez en 1998. Durante años, vi con frustración que la oposición no pudo hacer nada ante la catástrofe que se sobreponía a nuestra nación. Fue más tarde cuando me di cuenta de que este fracaso fue autoinfligido. Así que ahora, para mis amigos americanos, he aquí algunos consejos sobre cómo evitar los errores venezolanos.
No olviden quién es el enemigo
El populismo sólo puede sobrevivir en medio de la polarización. Funciona mediante el incesante vilipendio de un enemigo de tiras cómicas. Nunca olviden que ustedes son el enemigo. Trump necesita que ustedes sean el enemigo, así como toda religión necesita un demonio. Un chivo expiatorio. “¡Pero los hechos!”, dirán ustedes, enteramente equivocando el punto.
¿Qué los convierte en el enemigo? Para un populista la cosa es muy simple: si Ud. no es una víctima, Ud. es culpable.
Durante las protestas lideradas por los estudiantes en 2007 contra el cierre de RCTV, entonces el segundo mayor canal de TV en Venezuela, Chávez iba al aire continuamente para representarnos a nosotros los estudiantes como “cachorros del Imperio Americano”, “partidarios del enemigo del país”, bebés malcriados y antipatrióticos que sólo querían ver telenovelas. Usando nuestra procedencia como su acusación principal, buscó estereotiparnos como los herederos directos de los oligarcas mayormente imaginarios de la generación de nuestros padres. Los estudiantes que apoyaban al chavismo eran “hijos de la Patria”, los “hijos del Pueblo”, “el futuro del país”. Ni por un momento fue el análisis del gobierno más allá de esas caricaturas.
El problema no es el mensaje sino el mensajero, y si ustedes no se dan cuenta de eso están perdiendo su tiempo.
No exhiban desprecio
No alimenten la polarización, desármenla. Esto implica dejar atrás el teatro de la decencia herida.
Esto incluye retruécanos como el que el elenco de “Hamilton” dedicó al Vicepresidente electo Mike Pence poco después de la elección. Aunque sincero, sólo antagonizó a Trump; seguramente no convenció a ningún seguidor de Trump para que cambiara su punto de vista. Avergonzar nunca ha sido un método de persuasión eficaz.
La oposición venezolana luchó durante años para obtener eso. No pudimos dejar de pontificar acerca de lo estúpido que era el chavismo, no sólo hacia nuestros amigos extranjeros sino también hacia la base electoral de Chávez. “En serio ¿este tipo? ¿Están locos? Ustedes deben estar locos”, decíamos.
Estaba claro el subtexto. “Miren, idiotas: él va a destruir el país. Se alía descaradamente con los malos: Fidel Castro, Vladimir Putin, los supremacistas blancos o las guerrillas. Él no es tan inteligente. Está amenazando con destruir la economía. No respeta la democracia ni a los expertos que trabajan duro y saben cómo se hacen los negocios”.
Oí tantas veces variaciones de tales comentarios que mi despertar político se produjo por la tectónica toma de conciencia de que Chávez, sin importar su maldad, realmente no era estúpido.
Tampoco lo es Trump. Llegar al cargo más alto del mundo no sólo requiere una gran fuerza de voluntad, sino también una precisión retórica grandemente calculada. La clase de precisión con la que nacen sólo unos pocos genios políticos, ésa que él blande con extravagancia.
“Estamos en un sistema amañado, y una buena parte de la causa está en esa gente deshonesta de los medios de comunicación”, dijo Trump hacia el final de la campaña, cuando sonaba más parecido a Chávez. “¿No es sorprendente? Ni siquiera quieren verlos a ustedes”. La conclusión natural es muy clara: apaguen el televisor, escúchenme sólo a mí. Al menospreciar a los seguidores de Trump, ya han perdido la primera batalla. En lugar de combatir la polarización, han caído en ella.
Lo peor que pueden hacer ustedes es empaquetar juntos a los moderados y los extremistas y creer que los EEUU se dividen en racistas y liberales. Ésa es la definición de librito de la polarización. Nosotros creímos que nuestro país estaba dividido en oligarcas traidores y la base de Chávez, crédula y sin educación. El único beneficiario fue Chávez.
No traten de deponerlo
Nuestra oposición probó todo truco del libro. ¿Golpe de Estado? Hecho. ¿Una ruinosa huelga petrolera? Hecho. ¿Boicotear elecciones con la esperanza de que los observadores internacionales intervinieran? Ya saben.
Miren, los opositores estaban desesperados. Teníamos razón de estarlo. Pero un puño enfurecido no es una estrategia.
Quienes están del otro lado—y crucialmente los independientes—se rebelarán contra nosotros si parecemos estar enloqueciendo. Sólo estaríamos demostrando ser precisamente lo que decimos combatir: un enemigo de la democracia. Mientras tanto, le estamos dando al populista y sus seguidores suficiente combustible retórico para llamarnos con derecho saboteadores e intrigantes antipatrióticos, durante años y años.
Para una gran parte de la población, la oposición venezolana es todavía ese intrigante malcriado y antipatriótico. Eso minó la eficacia de la oposición en los años cuando más la necesitaríamos.
Claramente, los Estados Unidos tienen instituciones más fuertes y un más justo equilibrio de poderes que Venezuela. Aun fuera del poder, los demócratas no tienen un deseo aparente de intentar algo como un golpe de Estado, lo que está bien. Tratar de deponer a Trump, en vez de cavar para combatir su agenda, sólo distraería al público de cualquier política fallida que su administración ponga en práctica. En Venezuela, la oposición se enfocó en tratar de rechazar al dictador por cualquier medio posible, cuando hemos debido seguir señalando cómo el régimen de Chávez dañaba a la gente que precisamente decía servir.
Encuentren una contraargumentación. (No, no la que están pensando).
No pierdan su tiempo intentando demostrar que esta gran idea es mejor que aquélla. Boten todas las palabras grandiosas. El problema, recuerden, no es el mensaje sino el mensajero. No es que los partidarios de Trump son tan estúpidos como para distinguir lo correcto de lo incorrecto, es que ustedes les son más valiosos como enemigos que como compatriotas. Vuestro reto es probar que ustedes son de la misma tribu que ellos, que ustedes son americanos en exactamente la misma forma que lo son ellos.
En Venezuela, caímos en esa trampa de mala manera. Una y otra vez escribimos acerca de los principios, acerca de la separación de los poderes, de las libertades civiles, el papel de los militares en la política, la corrupción y la política económica. Les tomó diez años a los líderes de la oposición darse cuenta de que realmente tenían que ir a los barrios y el interior del país. No para un discurso o un mitin, sino para un juego de dominó o a bailar salsa, para mostrar que también eran venezolanos, que no sólo regañaban severamente sino que podían batear una pelota, que podían contar eficazmente un chiste. Que podían romper la división tribal, descender de las carteleras y mostrar que eran reales. Esto no es populismo disfrazado. Es el único medio de establecer su postura. Es tomar la decisión de no vivir en una cámara de eco. Poner pausa al canto de sirena de la polarización.
Porque si la música sigue, sí, ustedes verán vecinos deportados y amigos de credos diferentes y orientación sexual diferente que vivirán con miedo y ansiedad, mientras la desigualdad económica de su país se profundiza por ese camino. Pero algo peor pudiera pasarles. En Venezuela, generaciones enteras se partieron en dos. Se borró el sentimiento de una cultura compartida. La retórica ocupó el lugar de nuestros libros de historia, de nuestro futuro, de nuestra percepción de nosotros mismos. Perdimos la libertad de ser algo más que caricaturas.
Esto no tiene por qué ser vuestro destino. Ustedes pueden ser diferentes. Reconozcan que ustedes son el enemigo que Trump necesita. Muestren preocupación, no desprecio, por las heridas de aquellos que lo llevaron al poder. Por sobre todo, tengan paciencia con la democracia y luchen incesantemente para liberarse de los grillos de la caricatura de ustedes que los populistas han dibujado.
Se trata de una gran exigencia. Pero la alternativa es peor. Créanme.
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