Una práctica política lamentablemente común

 

Las heridas venezolanas son tantas y tan lacerantes, que no hay modo de curarlas sin una apelación perentoria al poder fundamental y originario del Pueblo, a través de un Gran Referendo Nacional. (5 de febrero de 2003).

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El 24 de septiembre de 1995 leí por Unión Radio el código de ética política que había compuesto días antes. En esa misma transmisión del programa dominical Argumento, que conducía por entonces, juré públicamente cumplirlo siempre. Así cerré la emisión de ese día:

Quiero dar a ustedes las gracias por su paciencia al escucharme. Quiero también ofrecer a quien desee tener una copia por escrito de este código de ética profesional para la Política el ponerla a su disposición. Pienso firmar las copias personalmente, como señal de compromiso no sólo público, sino con cualquiera que consienta en ser vigilante exigente del cumplimiento de mi compromiso. Tengo confianza en ustedes. Creo que todos juntos podemos hacer que la Política sea digna de su nombre.

Luego de la previa lectura del código repasé cada una de sus cláusulas para explicarlas. Esto dije de la octava:

La octava estipulación reza así: “Reconoceré según mi conocimiento y en todo momento la precedencia de aquellos que hayan interpretado antes que yo o hayan recomendado antes que yo aquello que yo ofrezca como interpretación o recomendación, y estaré agradecido a aquellos que me enseñen del arte de la Política y procuraré corresponderles del mismo modo”. Creo que es lamentable la mezquina práctica de presentar como propias ideas o tratamientos que han sido formulados por otras personas con antelación. Dicho en criollo: “No debe ganarse indulgencias con escapulario ajeno”.

El asunto no es meramente declarativo; como todas las demás que forman mi código, cumplo esa regla religiosamente. Pudiera ofrecer numerosos ejemplos de mi reconocimiento a personas particulares cuando encuentro sus opiniones valiosas y originales; por caso, reconocí una opinión de Alonso Moleiro leída en Tal Cual en el programa #94 de Dr. Político en RCR (10 de mayo de 2014): “una exposición de Alonso Moleiro que parece convencida de la necesidad de un referendo consultivo sobre el socialismo”, aunque había propuesto exactamente eso—en Parada de trote (23 de julio de 2009)—casi cinco años antes. Pero bastará citar algo menor escrito hace algo más de diez años (Política natural, 19 de marzo de 2009) para constancia de mi escrupulosidad al respecto (resalto en cursivas):

El anacrónico experimento de Chávez representa los últimos estertores—imagen de Eduardo Fernández—de una política vieja que agoniza.

Naturalmente, Fernández no fue la primera persona en hablar de “últimos estertores”; el dicho es muy antiguo y extensamente usado. (“…la revista que desde agosto de 1924 dirigirá González Ruano, es uno de los últimos estertores del Ultraísmo en materia de publicaciones periódicas”. Jaime Brihuega, Las vanguardias artísticas en España, 1909-1936). Pero yo había notado que había usado el cliché poco antes de mi artículo y, aunque claramente él no había inventado la expresión, opté por reconocerlo porque quise emplearla en mi texto.

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En este año de 2019, Eduardo Fernández y Claudio Fermín aunados, precedidos por pocos días de Nicmer Evans, y ahora el segundo de los nombrados de consuno con Juan Barreto, han asomado la posibilidad de un referendo consultivo como modo de superar nuestra crisis. Barreto ha aportado su partido Redes a la Alianza por el Referendo Consultivo (ARCO), que propuso tal iniciativa en declaración escrita a la prensa el pasado 3 de mayo:

Los miembros de (ARCO) Oly Millán, Gustavo Márquez, Enrique Ochoa, Santiago Arconada, Juan Barreto, Héctor Sánchez y Edgardo Lander, presentaron un documento, donde solicitan a la Asamblea Nacional (AN) asumir una postura democrática que guarde distancia y condene el fracasado intento de golpe de estado del pasado 30 de abril. “Ahora más que nunca la vía es el diálogo, la negociación y dejar que el pueblo hable, a través de la vía democrática del referéndum consultivo” declaró como vocero de ARCO, Enrique Ochoa Antich.

No creo que todos los nombrados ignoren mi larga prédica de un referendo popular en mi antigua publicación mensual—justamente llamada referéndum (1994-1998)—, en este blog, en la Carta Semanal de doctorpolítico y en casi siete años de programas semanales de Dr. Político en RCR.  Pero los que la conocen y la hacen suya sin aludirme son, creo, al menos inelegantes. De uno de ellos, Eduardo Fernández, puedo aseverar que conoce mi longeva prescripción; el leía mis cartas semanales y escuchó reiteradamente de mis labios, junto con su hijo Pedro Pablo, la invitación a sumarse al tratamiento referendario a fines de 2013 y principios de 2014.*

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No creo que nadie posea el monopolio de la verdad; por esto también juré hace veinticuatro años lo siguiente:

Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia.

Diez años antes había escrito (Tiempo de incongruencia, 8 de febrero de 1985):

Ese nuevo actor político, pues, requiere una valentía di­ferente a la que el actor político tradicional ha estimado necesaria. El actor político tradicional parte del princi­pio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como al­guien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra.

Por supuesto, creo en la participación ciudadana en la construcción de soluciones políticas, en especial de aquellos compatriotas de patente vocación pública. En la introducción de Dictamen (21 de junio de 1986), reconocí a unos cuantos actores públicos y les invité a proponer tratamientos a la patología política que era ya evidente en Venezuela:

Invito especialmente a todos aquellos venezolanos que han supuesto que dirigirían correctamente al país desde sus más poderosas magistraturas a que participen de esta licitación política a la que Venezuela ha convocado. Esta es una hora de inquietud legítima y de ansia de poder en muchos venezolanos, en líderes establecidos y en líderes por establecerse. Jamás como ahora la época de la democracia venezolana ha suscitado la emergencia de tantas personas prestas a blandir el timón de nuestra nave republicana. Olavarría, Fernández, Pérez, Canache Mata, Morales Bello, Caldera, Chirinos, Quirós Corradi, Muñoz, Piñerúa Ordaz, Álvarez Paz, Granier, Leandro Mora, Peñalver, Matos Azó­car, Aguilar, Cardozo, Mayz Vallenilla, Otero Castillo, Urbaneja, Ferrer, se cuentan entre los que han sentido alguna vez la focalización de su vocación pública en un deseo de poder. Son voces, entre muchas otras, que opinan so­bre el país y su destino. Todas ellas debieran participar en la licitación. Están particularmente obligados los que piensan luchar por la máxima conducción en Venezuela. Están obligados a ofrecer, más que su poder, cualquiera que sea el que tengan, su propio dictamen.

Luego añadí: “Pero sobre todo debe participar el pueblo. Es él el convocante. Es él el paciente. Es él, a la postre, quien tiene que comparar los dictámenes. Y tal vez puede hasta ser él su propio médico. Es aquél a quien debemos consultar, en una democracia que si no lo hiciera ya no lo sería, el tratamiento que pensamos debe aplicarse él mismo”.

Casi dos años antes (7 de septiembre de 1984) había escrito una carta al ex ministro Arturo Sosa (reproducida íntegramente en Krisis – Memorias prematuras); en ella argumenté, entre otras cosas, acerca de la necesidad de un nuevo tipo de organización política en Venezuela:

Una sociedad que nunca más se refiera a sus miembros como “masa”. Una sociedad que haga uso de la inmediata posibilidad tecnológica para dar paso a la participación de la voz del pueblo, que promueva la encuesta, la consulta, el referéndum.

Desde entonces, veinticinco años han transcurrido. LEA

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* Después de que me comentara esta entrada, un apreciado colega me avisó que Eduardo Fernández dijo por estos días a Maripili Hernández en una entrevista que él tenía un amigo con el que guardaba grandes coincidencias y grandes diferencias, y añadió: “Él es referendista”. Algo es algo.

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