seguidor, ra 1. adj. Que sigue algo o a alguien. (Diccionario de la Lengua Española)

 

Lo que Ud. piensa y dice es formidable, luminoso pero, si me permite que lo diga, su problema es que no tiene un grupo.

Ramón J. Velásquez (citado en Hallado lobo estepario en el trópico, 28 de mayo de 2011)

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A fines de 1984, el exministro Arturo Sosa me espetó: “Dime, carajito: ¿qué harías tú si tuvieras la fortuna de Rico MacPato y diez carajos que te sigan adonde tú digas?” Claramente, mi contestación no fue la que esperaba, pues le dije que probablemente montaría un periódico aunque hacía poco, el 7 de septiembre de ese año, le había anticipado por carta que me encontraba diseñando una organización política.

Recordé ese intercambio con Arturo Sosa el 10 de noviembre de 2018, en el programa #322 de Dr. Político en Radio Caracas Radio, para comentar la intervención de un oyente que suponía la existencia de “seguidores” míos. Éste es el fragmento correspondiente, de menos de dos minutos:

 

Creo que más bien Sosa suponía que pensaba entonces en una candidatura presidencial, a pesar de haberle escrito: “…varios crearemos una nueva sociedad política en y desde Venezuela. Una nueva sociedad política, no un partido. No una organización que sólo acierta a definirse si postula, casi en el mismo instante de su nacimiento, un candidato a la Presidencia de la República”. En febrero del año siguiente (1985), el proyecto de asociación hacía eso imposible: “La Sociedad Política de Venezuela en ningún caso postulará a persona alguna para un cargo público electivo”. De seguidas se explicaba: “…la Sociedad podrá emplear recursos financieros y téc­nicos en apoyo a la postulación de miembros suyos a cargos electivos, pero siempre y cuando los miembros en cuestión soliciten los recursos descritos luego de que hayan obte­nido el apoyo de un grupo de electores. Este apoyo deberá expresarse en un número de electores aun superior al que determinen las actuales leyes electorales venezolanas como definición de grupo de electores”. Poco después, se añadía dos condiciones más: 1. “Los miembros que aspiren al apoyo de la Asociación deberán haber completado un programa de formación análogo al descrito en la cláusula de operaciones estatutarias para autoridades y funcionarios de la Asociación” (esencialmente, en un taller de política clínica). 2. “Quienes aspiren al apoyo de la Asociación en su postulación para cargos públicos, deberán someter sus programas o plataformas a la consideración y evaluación de una comisión técnica provista por la Asociación según reglamentación que ella elaborará al respecto”. (¿Ud. quiere ser Alcalde de Humocaro Alto? ¿Qué se propone hacer en ese cargo?)

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Tampoco pensaba en un medio de comunicación como vehículo de una candidatura. Mientras ejercía como Editor Jefe de El Diario de Caracas, Hans Neumann me refirió cómo le habían visitado Allan Randolph Brewer Carías y Pedro Nikken (recientemente fallecido) para pedirle, en la Navidad de 1999, que “le diera un periódico” a Teodoro Petkoff. Comenté esto a Neumann en tres páginas de notas, de las que guardo imágenes de escáner, no un archivo de texto. Ésta es una de sus secciones:

Fragmento de facsímil de comunicación a Hans Neumann del 9 de enero de 2000

 

Como es sabido, Neumann fundó una nueva empresa editora que produciría el diario Tal Cual y, a pesar de que me dijo tres veces que estaba “muy satisfecho” con mi gestión en El Diario de Caracas, poco después me comunicó que cerraría este medio—lo que ocurrió en abril de ese año—porque no podía “mantener dos periódicos” y había decidido que la última misión de su vida sería la de derrotar a Hugo Chávez. (Irónicamente, la rotativa de El Diario de Caracas, propiedad de Neumann, había impreso desde sus inicios el desaparecido Correo del Presidente, diario de distribución gratuita que dirigiera Juan Barreto).

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Cuando planteaba a Arturo Sosa que tal vez crearía un periódico, pensaba más bien en una función pedagógica. El proyecto de asociación que por entonces preparaba tenía como el primero de sus propósitos “Contribuir al enriquecimiento de la cultura y capacidad ciudadana del público en general”. Así recordé en Catástrofe anticatastrófica (26 de febrero de 2018):

“…la actual crisis política venezolana no es una que vaya a ser resuelta sin una catástrofe mental que comience por una sustitución radical de las ideas y concepciones de lo político”. (De la presentación del Proyecto SPV). En Krisis – Memorias prematuras (1986), volvería sobre el concepto: “… la revolución que necesitamos es distinta de las revoluciones tradicionales. Es una revolución mental antes que una revolución de hechos que luego no encuentra sentido al no haberse producido la primera. Porque es una revolución mental, una ‘catástrofe en las ideas’, lo que es necesario para que los hechos políticos que se produzcan dejen de ser insuficientes o dañinos y comiencen a ser felices y eficaces”.

Nada de esto dije a Sosa; mi impensada respuesta a su insinuación de abundante apoyo a lo que pudieran ser mis planes políticos fue desechada de inmediato por él con estas palabras: “Eso no funciona; cuando hicimos el diario La Verdad lo que logramos fue un fracaso”. (Sosa fue socio de ese periódico, editado en Caracas en la década de los sesenta como apuntara Luis Henrique Ball Zuloaga en una semblanza de Nicomedes Zuloaga hijo: “Fue uno de los grandes promotores de la candidatura presidencial de Arturo Uslar Pietri y ejerció el cargo de diputado en el antiguo Congreso Nacional, desde donde ejerció enérgicamente la defensa de la libertad individual y la libertad económica. Fundó el extinto diario ‘La Verdad’ para defender esos principios y durante años mantuvo una línea editorial que le costó no solo la enemistad de políticos intervencionistas sino también de muchos empresarios, de esos que siempre han vivido del compadrazgo y los subsidios que logran obtener a cuesta de los intereses nacionales”). Claro que una golondrina no hace verano; el fracaso de La Verdad no implicaba que otros intentos tendrían el mismo destino, como pude demostrar como Editor Ejecutivo del diario La Columna en Maracaibo, entre 1989 y 1990:

En un patio dominado por la presencia de Panorama, la hegemonía informativa de este periódico nunca había sido quebrada por otro diario; ni La Columna, que era más antigua, ni El Diario de Occidente, ni Crítica, ni El Nacional de Occidente, ni El Zuliano, habían podido hacer mella en un cuasi-monopolio que decidía el mundo que existiría oficialmente para los zulianos: el registrado en las páginas de Panorama. Pero La Columna nueva ya alcanzaba en febrero de 1990, a seis meses de su reaparición, una circulación pagada que superaba la de ese periódico en unos seis a nueve mil ejemplares diarios en la ciudad de Maracaibo; en abril alcanzaba (en ocho meses) el punto de equilibrio entre costos de operación e ingresos por publicidad (USA Today se conformaba con lograr esa meta en cuatro años) y en junio no hubo más remedio que reconocer su increíble proceso con el premio máximo del periodismo nacional. (La erección de una columna nueva, 27 de junio de 2010).

……

Y es que, además, la constitución de la Sociedad Política de Venezuela no requería la fortuna de Rico Mac Pato, pero mi torpe reacción desperdició el obviamente entusiasta ofrecimiento de Sosa. Creo que ella, más que un desinterés monetario, expresaba cierto desagrado con su prescripción: “diez carajos que te sigan adonde tú digas”. Jamás me he visualizado con “seguidores”, y si ellos son una condición infaltable del éxito político entonces no lo alcanzaré nunca. No procuro apoyo incondicional de nadie. De nuevo, en el proyecto de la Sociedad Política de Venezuela incluí una sección cuyo título era Consagración de la crítica, donde escribí:

La Sociedad Política de Venezuela realizará operaciones políticas que formen parte de programas establecidos explí­citamente por ella. Estos programas surgirán de la inventi­vidad política de sus miembros, no de un proceso deductivo que parta de algún texto supremo. Ya no es posible deducir la solución de los problemas sociales concretos a partir de supertextos cuasibíblicos, sean éstos encíclicas papales o los libros capitales del marxismo. La política no se de­duce; la política se inventa y se escoge. La Sociedad Polí­tica de Venezuela instrumentará el ambiente necesario para dar alojamiento a la invención política y para que las proposiciones que por ella surjan puedan ser adoptadas luego del más estricto análisis y la consulta más amplia posible. Así, cualquier miembro podrá en cualquier instante elevar proposiciones programáticas a los órganos competentes de la Sociedad Política de Venezuela a fin de que éstas sean eva­luadas y convertidas en programas si se las encuentra im­portantes y conmensurables con los recursos que pueda la Sociedad arbitrar. Cualquier miembro podrá hacer eso en cualquier momento, aún si se trata de proposiciones que as­piren a sustituir a programas vigentes de la sociedad. Para esto se instrumentará una normativa que permita la compara­ción crítica de proposiciones alternas o competidoras y que asegure un máximo de objetividad política tal como la defi­nimos anteriormente. Por tanto, no será objeto de sanción de ninguna natura­leza aquel miembro que sustente una opinión diferente o aun opuesta a lo que sean los programas corrientes de la socie­dad, puesto que creemos que es de la refutación constante de las ideas y las formulaciones de los hombres de donde proviene el progreso, en un incesante proceso de superación de las cotas alcanzadas por anteriores esfuerzos.

En el apéndice de ese mismo texto (Tiempo de incongruencia), se expuso: “El actor político tradicional parte del princi­pio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como al­guien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra”.

Luego concluía, el 8 de febrero de 1985:

Más de una voz se alzará para decir que esta conceptuali­zación de la política es irrealizable. Más de uno asegurará que “no estamos maduros para ella”. Que tal forma de hacer la política sólo está dada a pueblos de ojos uniformemente azules o constantemente rasgados. Son las mismas voces que limitan la modernización de nuestra sociedad o que la pre­tenden sólo para ellos. Pero también brotará la duda entre quienes sinceramente desearían que la política fuese de ese modo y que continúan sin embargo pensando en los viejos actores como sus únicos protagonistas. Habrá que explicarles que la nueva política será posible porque surgirá de la acción de los nuevos ac­tores. Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la compe­tencia necesaria, pues, como ha sido dicho, nuestro pro­blema es que “los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son aceptables todavía”. Porque es que son nuevos actores políticos los que son necesarios para la osadía de consentir un espacio a la grandeza. Para que más allá de la resolución de los proble­mas y la superación de las dificultades se pueda acometer el logro de la significación de nuestra sociedad. Para que más allá de la lectura negativa y castrante de nuestra so­ciología se profiera y se conquiste la realidad de un bri­llante futuro que es posible. Para que más allá de esa de­mocracia mínima, de esa política mínima que es la oferta política actual, surja la política nueva que no tema la le­janía de los horizontes necesarios.

Seguramente es terquedad que siga creyendo que eso es lo correcto, y que no es correcto nada que sea imposible. LEA

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