Viniendo una mañana de Montalbán hacia Las Delicias de Sabana Grande, decidí repentinamente estacionarme en la Avenida Páez de El Paraíso para completar la audición de una música cuyo nombre no poseía; la había oído antes y apreciaba la nobleza de su tema principal, pero no sabía cómo se llamaba. Al terminar la obra, el locutor de Radio Nacional de Venezuela me informó que acababa de escuchar la Segunda Sinfonía de Jan Sibelius. ¡Ya era rico!
Acabo de descubrir esta versión de mi sinfonía favorita, con la increíble Susanna Mälkki al frente de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Fráncfort. Es sencillamente extraordinaria; valen la pena los tres cuartos de hora de escucha. Fue registrada el 17 de mayo de 2019, de un concierto en la Alte Oper Frankfurt (Ópera Antigua de Fráncfort del Meno), sala relativamente moderna que viera el estreno de nada menos que Carmina Burana de Carl Orff. (El video de YouTube—gracias de nuevo—puede verse a pantalla completa, oprimiendo el cuadrado al extremo derecho del borde inferior de la imagen).
¡Bravísimo! LEA
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Encore: del mismo Sibelius, su poema sinfónico Finlandia, acá con la Orquesta de Filadelfia y el Coro del Tabernáculo Mormón bajo la batuta de Eugene Ormandy (nacido en Hungría, que otrora fue país controlado por los soviéticos).
Esta pieza fue compuesta con motivos patrióticos, para movilizar a la oposición popular a la revocatoria de la autonomía finlandesa por el gobierno del Imperio ruso. Se hicieron famosos los diferentes títulos que fue recibiendo la obra para burlar la censura zarista, entre ellos Felices Sentimientos al Amanecer de la Primavera en Finlandia. (Wikipedia en Español).
Lo que sigue es la presentación, traducida al español, de una edición especial de The Economisten correo de ayer que lleva por título
Cómo Volodymyr Zelensky encontró su rugido
Volodymir Zelenski
En la mañana del 26 de febrero, Volodymyr Zelensky publicó un video de sí mismo en Twitter. Después de una noche de los peores combates que se hubieran visto en Kiev desde la Segunda Guerra Mundial, y de la propaganda de Moscú que afirmaba que había huido de la capital por miedo, el Presidente de Ucrania salió de su oficina con los ojos rojos y sin afeitar. Sostenía un teléfono inteligente en su mano derecha mientras se filmaba caminando frente a la Casa con Quimeras, un famoso punto de referencia de Kiev que sirve como residencia presidencial. Sonrió a la cámara y declaró: “¡Buenos días a todos los ucranianos! Hay por ahí muchos bulos*… pero aquí estoy”.
Zelensky parecía exhausto pero feliz: feliz de estar vivo, feliz de que Kiev no hubiera caído y feliz de desempeñar el papel de líder nacional, manteniendo su calma y su país juntos en la hora más oscura de sus 30 años de historia como estado independiente. Ése no era el papel que había elegido, sino el que se le impuso cuando Rusia invadió a Ucrania el 24 de febrero. Lo ha desempeñado con dignidad, fuerza y una pizca de humor. Cuando Estados Unidos se ofreció a llevarlo por aire a un lugar seguro, él respondió: “La lucha está aquí; Necesito munición antitanque, no un aventón”.
La noche anterior, en un discurso en Moscú, Vladimir Putin, el presidente de Rusia, se había comprometido a eliminar a Zelensky. El presidente de Ucrania es un hablante nativo de ruso con ascendencia judía. No obstante, hirviendo de odio, Putin lo había calificado a él y a su gobierno como “nazis consumidores de drogas”.
Si la fortuna favorece a Zelensky, es porque tiene la virtud que le falta a Putin: dice la verdad por su pueblo.¶
Modesto Mussorgsky compuso en 1874Cuadros de una exposición para honrar a Viktor Hartmann, pintor fallecido el año anterior a los 39 años de edad. Compositor y pintor se habían conocido seis años antes e iniciaron una cálida amistad; Hartmann obsequió a Mussorgsky dos de sus cuadros, que el músico prestó a una exhibición retrospectiva de pinturas de su amigo muerto. De ese evento surgió la idea de llevar a música la exposición, originalmente como piezas para piano que luego orquestaría Maurice Ravel. La pieza de cierre lleva por título La Gran Puerta de Kiev. Ucrania formaba entonces parte de Rusia. LEA
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Mikola Leontóvich (1877-1921) «fue un compositor, director de coro, y profesor ucraniano de renombre internacional. Escribió en el estilo de nacionalismo musical. Se especializó en música vocal». (Wikipedia en Español). Su composición de mayor fama es Shchedryk, también conocida como Campanas de Ucrania o el Villancico de las campanas (Carol of the bells). Con base en cantos folclóricos ucranianos, fue interpretada por primera vez por un coro de estudiantes de la Universidad de Kiev, la capital de Ucrania, en diciembre de 1916. (Y yo la oí por vez primera el 11 de mayo de 1976). He aquí una versión de lujo por el gran Coro del Tabernáculo Mormón, acompañado por la Banda de la Reserva de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. (En Campanas navideñas).
La discusión pública sobre Ucrania tiene que ver con la confrontación. Pero ¿sabemos adónde vamos? He visto En mi vida cuatro guerras comenzadas con gran entusiasmo y apoyo público, todas las cuales no supimos terminar y de tres de las cuales nos retiramos unilateralmente. La prueba de la política es cómo termina, no cómo comienza.
Con demasiada frecuencia, la cuestión de Ucrania se plantea como un enfrentamiento: si Ucrania se une al Este o al Oeste. Pero para que Ucrania sobreviva y prospere, no debe ser un puesto de avanzada de ninguno de los lados contra el otro; debe funcionar como un puente entre ellos.
Rusia debe aceptar que tratar de forzar a Ucrania a convertirse en un satélite y, por lo tanto, una nueva modificación de las fronteras de Rusia condenaría a Moscú a repetir su historia de ciclos autocumplidos de presiones recíprocas con Europa y Estados Unidos.
Occidente debe entender que, para Rusia, Ucrania nunca puede ser simplemente un país extranjero. La historia rusa comenzó en lo que se llamó la Rus de Kiev. La religión rusa se extendió desde allí. Ucrania ha sido parte de Rusia durante siglos, y sus historias ya estaban entrelazadas antes de esa fecha. Algunas de las batallas más importantes por la libertad rusa, comenzando con la Batalla de Poltava en 1709, se libraron en suelo ucraniano. La Flota del Mar Negro, el medio de Rusia para proyectar su poder en el Mediterráneo, tiene su base en arrendamiento a largo plazo en Sebastopol, en Crimea. Incluso disidentes tan famosos como Aleksandr Solzhenitsyn y Joseph Brodsky insistieron en que Ucrania era una parte integral de la historia rusa y, de hecho, de Rusia.
La Unión Europea debe reconocer que su burocrática morosidad, y la subordinación del elemento estratégico a la política interna en la negociación de la relación de Ucrania con Europa, contribuyeron a convertir una negociación en una crisis. La política exterior es el arte de establecer prioridades.
Los ucranianos son el elemento decisivo. Viven en un país con una historia compleja y una composición políglota. La parte occidental se incorporó a la Unión Soviética en 1939, cuando Stalin y Hitler se repartieron el botín. Crimea, el 60 por ciento de cuya población es rusa, pasó a formar parte de Ucrania recién en 1954, cuando Nikita Jruschov, ucraniano de nacimiento, la otorgó como parte de la celebración del tricentenario de un acuerdo ruso con los cosacos. Occidente es mayoritariamente católico; el este es en gran parte ortodoxo ruso. En el oeste se habla ucraniano; en el este habla principalmente ruso. Cualquier intento de un ala de Ucrania de dominar a la otra, como ha sido el patrón, conduciría eventualmente a una guerra civil o una ruptura. Tratar a Ucrania como parte de una confrontación Este-Oeste hundiría durante décadas cualquier posibilidad de llevar a Rusia y Occidente, especialmente Rusia y Europa, a un sistema internacional cooperativo.
Ucrania ha sido independiente por solo 23 años; anteriormente había estado bajo algún tipo de dominio extranjero desde el siglo XIV. No es sorprendente que sus líderes no hayan aprendido el arte del compromiso, y menos aún el de la perspectiva histórica. La política de Ucrania posterior a la independencia demuestra claramente que la raíz del problema radica en los esfuerzos de los políticos ucranianos por imponer su voluntad en partes recalcitrantes del país, primero por una facción, luego por la otra. Ésa es la esencia del conflicto entre Viktor Yanukovich y su principal rival política, Yulia Tymoshenko. Representan las dos alas de Ucrania y no han estado dispuestos a compartir el poder. Una política sabia de EE. UU. hacia Ucrania buscaría una manera de que las dos partes del país cooperen entre sí. Debemos buscar la reconciliación, no el predominio de una facción.
Rusia y Occidente, y mucho menos las diversas facciones de Ucrania, no han actuado según este principio. Cada uno de estos actores ha empeorado la situación. Rusia no sería capaz de imponer una solución militar sin aislarse, en un momento en que muchas de sus fronteras ya son precarias. Para Occidente, la satanización de Vladimir Putin no es una política; es una coartada para la ausencia de una.
Putin debiera percatarse de que, cualesquiera que sean sus quejas, una política de imposiciones militares produciría otra Guerra Fría. Por su parte, los Estados Unidos necesitan evitar el tratamiento de Rusia como un aberrante al que debe enseñársele pacientemente las reglas de conducta establecidas por Washington. Putin es un estratega serio, montado sobre premisas de la historia rusa. La comprensión de los valores y la psicología de los EE. UU. no es sus punto fuerte. La comprensión de la historia y la psicología rusas tampoco ha sido un punto fuerte de los legisladores estadounidenses.
Los líderes de todos los bandos deben volver a examinar los resultados, no competir en posturas. Ésta es mi noción de un resultado compatible con los valores y los intereses de seguridad de todas las partes:
Ucrania debiera tener derecho a elegir libremente sus asociaciones económicas y políticas, incluso con Europa.
Ucrania no debiera unirse a la OTAN, una posición que asumí hace siete años, cuando se trató el punto por última vez.
Ucrania debe tener la libertad de crear cualquier gobierno compatible con la voluntad expresa de su pueblo. Los sabios líderes ucranianos optarían entonces por una política de reconciliación entre las diversas partes de su país. A nivel internacional, debieran adoptar una postura comparable a la de Finlandia. Esta nación no deja dudas sobre su fiera independencia y coopera con Occidente en la mayoría de los campos, pero evita cuidadosamente la hostilidad institucional hacia Rusia.
Es incompatible con las reglas del orden mundial existente que Rusia se anexe Crimea. Pero debiera ser posible poner la relación de Crimea con Ucrania sobre una base menos tensa. Con ese fin, Rusia reconocería la soberanía de Ucrania sobre Crimea. Ucrania debiera reforzar la autonomía de Crimea en elecciones celebradas en presencia de observadores internacionales. El proceso incluiría eliminar cualquier ambigüedad sobre el estado de la Flota del Mar Negro en Sebastopol.
Éstos son principios, no prescripciones. Las personas familiarizadas con la región saben que no todos son aceptables para todas las partes. La prueba no es la satisfacción absoluta sino la insatisfacción equilibrada. Si no se logra alguna solución basada en estos u otros elementos comparables, se acelerará la deriva hacia la confrontación. El tiempo para eso llegará muy pronto.
Kissinger fue Secretario de Estado de 1973 a 1977. Este artículo se publicó por primera vez en The Washington Post en 2014.
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