por Luis Enrique Alcalá | Ene 20, 2010 | Argumentos, Política |

Mareo rojo
Primer frente: como era de esperar, el Consejo Nacional Electoral, controlado por mayoría oficialista, aprovechó bien las facultades, conferidas por la Ley Orgánica de Procesos Electorales, para redistribuir circuitos electorales a favor de las candidaturas socialistas. Los nuevos circuitos de votación surgieron, naturalmente, en territorios donde la oposición había obtenido resultados favorables en elecciones recientes, mientras que aquellos en los que los candidatos gobiernistas se desempeñaron bien permanecieron intocados. Nada nuevo; el ventajismo es el rasgo más prominente del chavismo.
Segundo frente: a PDVSA le va muy bien con la devaluación y la dieta eléctrica. Rafael Ramírez ha anunciado con alborozo que la deuda de PDVSA con sus proveedores se ha desvanecido, gracias al nuevo esquema de cambios, y señala que el racionamiento de electricidad no afecta a las operaciones de la empresa, puesto que la mayoría de los sitios de perforación genera su propia electricidad con plantas separadas de la red nacional.
Hasta ahí las buenas noticias para el gobierno. Todo lo demás es motivo de preocupación.
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La comparecencia de Hugo Chávez ante la Asamblea Nacional, el viernes pasado, para la presentación de su cuenta sobre “los aspectos políticos, económicos, sociales y administrativos de su gestión” en 2009, fue sintomática. Precedida de una hora entera de besos a niñitas y atención a galerones adulantes, la intervención, característicamente prolongada y divagante, tuvo ciertamente dos focos principales: la reiterada apelación al nuevo Nuncio Apostólico, Monseñor Pietro Parolin, y la constante referencia a la “Cuarta República”. Por momentos parecía que Chávez no había comparecido al Palacio Legislativo para explicar su gestión en 2009, sino para exponer la de los gobiernos anteriores al suyo, que cesaron hace ya casi once años exactos.
La constante apelación a Monseñor Parolin tiene una explicación obvia: tres días antes, la XCIII Asamblea Plenaria Ordinaria del Episcopado Venezolano había presentado al país su Carta Pastoral sobre el Bicentenario de la Declaración de la Independencia de la República, y en este notable documento destacan clarísimas críticas al desempeño del Estado en la última década. En suma, Chávez estaba ardido por la carta episcopal.
Por supuesto, el Presidente comparecía ante sus obsecuentes legisladores poco después del Viernes Rojo devaluador y de sus marchas y contramarchas—un gobierno que rectifica—en materia del racionamiento eléctrico impuesto a la capital de la República. Hay que reconocer que el espectáculo del viernes 15 de enero fue un acto de coraje mediático: la jovialidad presidencial quiso disipar la noción, muy difundida en la población, de que el gobierno estuviese en problemas. Alguien, en el canal televisivo de la Asamblea Nacional, decidió musicalizar el largo paseo de Chávez, previo a la alocución, con una pieza zarista: el tercer movimiento del primer concierto para piano y orquesta de Tchaikovsky fue repetido una y otra vez mientras duró el besamanos preludial.
Antes de ese acto, Chávez había intentado explicar a los venezolanos el asunto ese de la crisis eléctrica: que era causada por el fenómeno de El Niño y por la decisión equivocada de los gobiernos de la “4ª República” al construir el sistema del Guri, pues habían hecho depender de una sola fuente de suministro las tres cuartas partes de la generación eléctrica en el país. En su mensaje de cuenta, en cambio, los sospechosos cuarto-republicanos dejaron de ser imputados; el único villano era El Niño, El Niño, El Niño. Lo importante era asentar, como ítem de gestión egocéntrica, que esto “no es culpa de Chávez”.
Ahora desmiente esta explicación el Comité de Vigilancia (del Comité de Profesionales y Técnicos de Electrificación del Caroní C. A., EDELCA). En comunicado público, el comité decidió “aclararle a la nación que la crisis de insuficiencia de energía eléctrica no se debe al evento climatológico El Niño, cuya aparición en nuestra zona geográfica es cíclica y se hace presente en períodos regulares”. Y, para que no quedasen dudas, afirmó en el comunicado: “La principal causa de que actualmente nos encontremos en la situación de alarma se debe a que el Gobierno nacional no ha sido capaz de realizar, de manera oportuna, las inversiones requeridas en los sistemas de generación, transmisión, subtransmisión, distribución, comercialización y gestión del sistema eléctrico nacional”.
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El gobierno pretende anular el impacto previsible de la devaluación sobre los precios, una decisión macroeconómica, con tratamiento microeconómico expropiador. La crisis de un segmento del sistema bancario, originada en la tolerancia y estímulo a la corrupción, con el tratamiento microeconómico de la intervención. Ambas cosas dan pie a la orgía estatizante de un gobierno cuyo jefe acaba de declararse marxista, es decir, anacrónico. Ya el Estado venezolano se ha hecho con el control de 25% del sistema bancario nacional, y la Asamblea Nacional acaba de modificar la Ley de Defensa a las Personas en el Acceso a Bienes y Servicios, para extender el mecanismo de expropiación y las facultades presidenciales para iniciarla “sin que medie para ello declaratoria de utilidad pública e interés social por parte de la Asamblea Nacional”. (Chávez había pedido estos nuevos poderes el viernes 15 en su alocución ante la Asamblea, y ésta le complació de inmediato).
Pero el país no se engaña con la erraticidad del gobierno, que hoy dice, por enésima vez, que quiere mejorar las relaciones con los Estados Unidos y mañana los acusa de la ocupación de Haití bajo el disfraz de la ayuda humanitaria. (El hermano Lula, en cambio, conversa con Obama y le propone una mayor presencia estadounidense en la atribulada república del Caribe, que hoy fue despertada, a las 6:03 a. m., con un nuevo terremoto de 6,1 en la escala de Richter).
Por todas partes resurgen las fórmulas drásticas; una típica, la idea de la renuncia del Presidente. Rafael Poleo la presentó hábilmente en su Péndulo del viernes 15 en la revista Zeta, al sugerir a la gente del PSUV que la cesantía de Chávez es asunto que les conviene. («El Presidente debe renunciar en vista de su inocultable incapacidad para el ejercicio del cargo… Por cierto que esta mera exposición de hechos perceptibles por quien tenga ojos para ver, no puede ignorar que el PSUV, aun disminuido por una conducción errónea, sigue siendo el partido mayoritario, de lo cual se derivan derechos innegables. Uno de esos derechos sería, vía la Asamblea Nacional, decidir la substitución presidencial, mejor si previo acuerdo con el substituido. Porque no se trata de sacar del poder al PSUV, ni siquiera al Presidente Chávez, sino de cortar un proceso degenerativo que conduce al desastre»).
Y al creciente coro de advertencias provenientes de sus filas—Chaderton, Dieterich—se ha incorporado un video del grupo de los Carapaicas, gente armada de la Urbanización 23 de Enero, en el que hacen una desoladora descripción de la enorme torta y recomiendan la sustitución de todo el gabinete de ministros (con una que otra «honrosa» excepción).
Hasta el mismo Chávez, con incómoda jaqueca política, está muy consciente del problema. Ya son dos las ocasiones recientes en las que ha probado incitar a la dirigencia opositora formal, retándola a que plantee un nuevo referéndum revocatorio, mientras echa la culpa de cualquier problema sobre los hombros de terceros (hasta la delincuencia sería culpa ¡de la burguesía nacional en complicidad con los Estados Unidos, pues la promueve y financia!)
No será Chávez, en obvia decadencia, quien fijará la agenda política del pueblo. Hay otras maneras, distintas de la revocación, para dar término democrático a su desgobierno. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 16, 2010 | Política, Terceros |

Alfiles (bishops) en el tablero
«La Patria está a las puertas del segundo centenario de su nacimiento como país independiente, libre de vínculos coloniales con la corona española y comprometido con una absoluta liberación de todo coloniaje. En efecto, entre el 19 de abril de 1810 y el 5 de julio de 1811, los fundadores de la patria tomaron la difícil decisión de formar la República de Venezuela, y proclamaron un hermoso sueño nacional, conscientes de la grandeza del mismo, del sacrificio que implicaba, así como de las limitaciones para llevarlo a cabo».
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Así comienza la Carta Pastoral sobre el Bicentenario de la Declaración de Independencia de la República, aprobada el martes 12 de los corrientes por la XCIII Asamblea Plenaria Ordinaria del Episcopado Venezolano. Es un extraordinario documento, del que DoctorPolítico extrae y reproduce a continuación, en secuencia, lo que considera los párrafos de mayor pertinencia a la actual situación nacional. Una de las virtudes del mismo, sin duda, es el recorrido histórico que emprende para ofrecer sus conclusiones. LEA
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Tanto el 19 de abril como el 5 de julio fueron dos acontecimientos en los que brilló la civilidad. La autoridad de la inteligencia, el diálogo, la firmeza y el coraje no tuvieron que recurrir al poder de las armas o a la fuerza y a la violencia. La sensatez en el intercambio de ideas y propuestas respetó a los disidentes y propició el anhelo común de libertad, igualdad y fraternidad.
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Este hermoso sueño y propósito de reconocer la dignidad de todos, de lograr formas de convivencia y libertad para toda persona sin exclusión, era una aspiración primordial, pero imperfecta. Era sólo el inicio de un largo camino. En efecto, no se reconocía entonces la igual dignidad de indígenas, esclavos, negros, pardos, mestizos y blancos de orilla, ni se daba el mismo trato a los propietarios y a los carentes de medios materiales. La intención del proyecto no integraba en el nuevo orden las necesidades y aspiraciones más profundas y justas de vastos sectores. De derecho, todos estaban incluidos en la esperanza y en la bendición de Dios, invocada para romper con el pasado y emprender una larga marcha hacia la construcción de una forma de convivencia que, de verdad, fuera ámbito de vida, de libertad y de dignidad para todos; de hecho, sin embargo, la gran mayoría de los sectores populares quedó excluida.
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Queremos, sin embargo, concentrar nuestra reflexión en la etapa democrática iniciada a raíz de enero de 1958. Estas últimas décadas pueden desglosarse en dos períodos significativos y crecientemente contrastantes. El primero se caracterizó por una relativa bonanza económica, una significativa movilidad social ligada a la generalización de la educación y la formación profesional, así como por una consolidación de la institucionalidad democrática, el afianzamiento de una cultura civilista, de pacificación y pluralismo. Hubo, además, progresos significativos en el orden de la salud, educación e infraestructura.
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Ese primer período experimentó su quiebre a finales de los años setenta. La superabundancia de recursos, debida a los precios del crudo, no sólo dislocó la economía, sino que marcó el inicio de una creciente desilusión en las mayorías populares: la democracia integral no era para todos.
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Sin embargo, al no utilizarse la renta petrolera con real justicia y equidad, surgió un ansia de cambio más profundo, en el que se retomara el camino hacia una más equitativa justicia distributiva, un combate más vigoroso contra la corrupción y los privilegios, y una más efectiva participación, haciendo que los más pobres fueran auténticos sujetos activos, protagonistas de la cosa pública. Un logro positivo de este período fue la descentralización.
La vida nacional fue experimentando, pues, un desgaste y distorsión en la convivencia democrática por agotamiento de los partidos políticos, desencanto de la participación ciudadana y la insuficiente e inadecuada atención a las necesidades reales y expectativas sentidas de las grandes mayorías empobrecidas y crecientemente relegadas. Todo esto, junto con promesas insatisfechas y legítimas ansias de reconocimiento no tomadas en consideración, crearon una matriz favorable al surgimiento de alternativas transformadoras, más allá de un simple cambio de gobierno. Eso fue lo que prometió el candidato triunfador en la campaña electoral de 1998.
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El segundo período, en el cual estamos, abarca las últimas tres décadas hasta hoy. La transformación iniciada en 1998, fue el resultado de un profundo anhelo, definido como un proyecto inédito de “refundar” la República, y por eso contó inicialmente con un gran respaldo popular; sin embargo, el mismo se ha venido concretando en un “proceso de cambio”, primero de régimen, por un proceso constituyente y una nueva Constitución; luego de sistema, calificado ahora como revolucionario, de pretensión totalitaria, ya que intenta reestructurar tanto lo socioeconómico como lo político-institucional, lo jurídico-constitucional y lo ético-cultural. Por estas razones, su ambición no sólo toca el tejido material y organizativo del cuerpo social, sino también, y sobre todo, afecta el fondo íntimo, espiritual, del alma nacional. Todo esto, en su ideario y realizaciones, no sólo se presta a grandes ambivalencias y ambigüedades, sino que contradice elementos fundamentales de una auténtica cultura democrática.
Es un mal de la nación, en uno y otro período, el que millones de venezolanos continúen, todavía hoy, sumidos en condiciones materiales, institucionales y morales indignas de su condición humana, y permanezca frustrado el propósito de construir una República para todos en la riqueza de su diversidad y libertad, y con todos en la comunidad de su solidaridad y fraternidad. Las élites de antes y de ahora no han logrado que el pueblo sea sujeto capacitado y autónomo. Y el proyecto de socialismo del siglo XXI, pregonado ahora, dista mucho de lo que el pueblo venezolano aspira y reclama.
Hoy, a doscientos años, los venezolanos, puestos delante de Dios, hemos de confesar que sólo en parte hemos cumplido el propósito de los fundadores. Estamos contrariando la divisa fundacional ya mencionada de “no establecer nuestra felicidad sobre la desgracia de nuestros semejantes”. Nuestro pueblo experimenta grandes privaciones en medio de la abundancia de recursos petroleros; muchos hermanos nuestros carecen de oportunidades de empleo estable para una vida digna, y sobreviven y trabajan en medio de grandes dificultades y temores; el despilfarro, la corrupción y la ineficiencia acaban con los recursos que debieran convertirse en vida y no en confrontaciones, incertidumbres y desesperanza. Éstas, y otras carencias, han sido una constante en nuestro devenir republicano.
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La deuda social, las consecuencias de la falta de continuidad administrativa y el costo pagado por el populismo y el derroche son inmensos. Es mucho lo que tenemos que corregir. Es patente el sufrimiento humano de las mayorías cuando se coarta la libertad con leyes e instituciones que deterioran la vida humana.
Debemos asumir a la persona como sujeto singular de derechos y deberes, abierta solidariamente a los demás; lo contrario del egoísmo y de la masificación. Requerimos ciudadanos como agentes conscientes y beneficiarios del bien común, partícipes y actores de la soberanía popular. Necesitamos institucionalidad, es decir, intermediación eficaz de la libertad, responsabilidad subsidiaria por lo público y común. Y en ella, deseamos un Estado como instrumento apto, propiciador del mayor grado de felicidad para todos, con instituciones, leyes y servicios públicos justos y efectivos que promuevan y garanticen el bien común a través del florecimiento de la creatividad y libertad solidarias.
Vamos a construir juntos, en unión de corazones, de ideales y esperanzas, una Venezuela de hermanos, entregada con trabajo y responsabilidad a transformar los inmensos recursos con que Dios la ha dotado, para convertirlos en salud, educación, seguridad, vivienda digna y sobre todo en oportunidades de trabajo productivo, pilar fundamental del desarrollo humano integral para todos.
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La tarea no es fácil, como no lo fue entonces. Las resistencias son muchas y se requiere sacrificio y constancia, como nos lo demostró el Libertador con su vida y sus palabras visionarias. Es hora de construir verdaderas comunidades con igualdad de participación, de abrirnos al optimismo y de reencontrarnos todos como venezolanos en el abrazo de la dignidad y del amor de hijos de Dios; un abrazo que nos renueve en el reconocimiento y en la afirmación de los otros, de aquellos que tendemos a rechazar, incluso a odiar, y de aquellos a los que por ideas diversas o sectarismos políticos excluimos. Dios quiere para nosotros una Venezuela en la cual la unión, el perdón y el amor sean las bases sólidas para que el hermoso proyecto fundacional se convierta en realidad, sin las limitaciones que en estos doscientos años de historia lo han frenado.
La fecha del 19 de abril nos plantea, para hoy y para el futuro, una gran responsabilidad, a la que Dios nos llama cuando nos ordena, “no matarás” (Dt.5) y “ama a tu prójimo como a ti mismo” (Lc.): a todos, pero de manera especial a los dirigentes y líderes políticos, empresariales, culturales y sociales, que por su posición en la sociedad están llamados a presentar al país proyectos de transformación y avance que sean, al mismo tiempo, realistas e inspiradores, para producir efectivo bienestar e inclusión.
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En el marco de la situación actual del país, la conmemoración bicentenaria del 19 de abril y del 5 de julio ofrece una invalorable oportunidad para un examen de conciencia nacional acerca de lo que hemos hecho con la República heredada de los fundadores de la nación y, sobre todo, de lo que nos corresponde realizar en relación con lo que ellos soñaron en aquella génesis de la nación independiente.
En fidelidad creadora y crítica al proyecto de entonces, hemos de promover la salud espiritual del país, reconstruyendo lo que fuere necesario, en el sentido de una sociedad auténticamente justa, sin exclusiones ni divisiones; verdaderamente libre y democrática, con pluralismo, división de poderes, estado de derecho; de calidad cultural mediante la promoción de un genuino humanismo. Una Venezuela de todos y para todos, con atención preferencial a los más débiles, sin exclusiones ni presos políticos, con el debido respeto a los procesos judiciales, con las normales garantías para la propiedad privada y con diversidad de opciones políticas. Un país soberano, integrado internacionalmente en una real fraternidad de pueblos, sin expresiones altisonantes, acciones desafiantes o alianzas preocupantes.
Los Arzobispos y Obispos de Venezuela
por Luis Enrique Alcalá | Ene 14, 2010 | Argumentos |

Patrick Farrell - The Miami Herald/AP
Dos días antes del nuevo tormento en Puerto Príncipe, una hermana mía recordó algo que nuestra madre decía: «El alma duele». A quienes estamos lejos de estos hermanos caribeños, bien ilesos del ramalazo feroz que se abate sobre ellos, sólo puede dolernos el alma.
Es difícil imaginar qué saludo enviarles. ¿Cómo decirles que estamos con ellos, y que no entendemos por qué tienen que sufrir tanto?
El mismo día cuando Anne Morrow Lindbergh, mujer del famoso aviador, supo por fin que su pequeño hijo raptado estaba muerto y que había sido engañada inmisericordemente por su secuestrador, escribió una carta a su madre, recogida en su colección de diarios y correspondencia. En ella decía: “No creo que el mero sufrimiento enseñe. Si el solo sufrimiento enseñara, todo el mundo sería sabio, puesto que cada uno sufre. Al sufrimiento debe añadirse luto, comprensión, paciencia, amor, apertura y la disposición a permanecer vulnerable».
Eso lo decía una mujer terriblemente golpeada por un alevoso crimen contra el fruto de su vientre. Estaba dispuesta a permanecer vulnerable, estaba dispuesta a tener otro hijo; a pesar del miedo, estaba dispuesta a apostar de nuevo. Ojalá Haití encuentre la entereza de la señora Lindbergh, y sepa atreverse a despertar en cada nuevo día.
Es una bendición que el creciente tejido nervioso del mundo—Twitter, Facebook y demás redes sociales—haya acelerado la contribución de los habitantes del planeta que pueden enviar ayuda. Del diario El Universal saco los datos que pueden servir a cada uno de nosotros para acercar la nuestra.
Lo que podamos es amor, mientras el alma duele.
LEA
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¿Dónde entregar ayudas?
Diversas instituciones en Venezuela se han abocado a recolectar ayuda para los afectados por el terremoto que azotó el martes 12 de enero a la isla de Haití. En estos lugares usted podrá aportar diversos insumos, como agua potable, alimentos no perecederos, cobijas o mantas, que serán luego enviados a las zonas del desastre en ese país.
CRUZ ROJA DE VENEZUELA
Lista de insumos necesarios:
Agua potable
Dirección en Caracas:
Avda. Andrés Bello, justo al lado de la Universidad Alejandro Humboldt y frente a la Torre Banco Mercantil
Teléfono: (0212) 5780854.
CÁRITAS DE VENEZUELA
Esta institución está recibiendo tanto aportes económicos como alimentos no perecederos y agua potable para los afectados en Haití.
Cuenta Corriente Nº: 0105-0699-92-1699059454
Banco Mercantil
Depósitos a nombre de Cáritas de Venezuela.
Centro de acopio: Avda. Teherán, (antigua prolongación Avda. Páez), 200 metros antes de la UCAB, frente a la Urb. Juan Pablo II, Sede de la CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA, Montalbán, Caracas – Venezuela.
por Luis Enrique Alcalá | Ene 13, 2010 | Económica, Entrevistas, Política |
El Ing. Aurelio Useche Kislinger, ex Director Principal del Banco Central de Venezuela y ex Jefe de la Oficina Central de Presupuesto, ha accedido amablemente a asentar para DoctorPolítico su comentario sobre la devaluación de la moneda venezolana, recientemente decretada, el Viernes Rojo (8 de enero de 2010), por el Gobierno Nacional.
He aquí el archivo de audio:
por Luis Enrique Alcalá | Ene 13, 2010 | Argumentos, Política |
Y, por si acaso, tampoco he variado de opinión respecto a otra cosa: ni necesitamos ni queremos otro intento militar para resolver esta crisis. La soberanía no reside en los generales, no reside en Fedecámaras, en la CTV, en las universidades, en la Causa R, en la iglesia católica, en las otras iglesias todas reunidas, en las asociaciones de vecinos. La soberanía reside en el pueblo. En el pueblo todo. Ningún segmento, por más lúcido, capacitado o bien intencionado que pueda ser, tiene derecho a suplantar al cuerpo social en su conjunto.
Fe de erratas – El Globo, 26 de marzo de 1992
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Los lados de un forcejeo
Las caricaturas contrapuestas deben ser identificadas. La primera, a la izquierda, es facsímil de la que hiciera Nino Menardo, en estupenda interpretación de la idea de soberanía popular, para un artículo del suscrito (Destranquémosle) del 5 de marzo de 1992 en el diario El Globo, un mes y un día después de la intentona golpista de Arias Cárdenas, Chávez y demás socios conspiradores. Juan Bimba, en despreocupada pose de monarca, con una mano en el bolsillo de su liquilique arremangado para revelar las alpargatas, lleva en la otra el sombrero de cogollo, porque su cabeza luce ahora, perfectamente ajustada, la corona del Soberano. Se trata del Pueblo serenamente seguro de su poder, con cara de no tener que dar explicaciones.
Un poco antes, el 28 de febrero de aquel año, escribía también para El Globo:
En estricto sentido, el comandante Chávez y sus compañeros de la cuarta madrugada de febrero abusaron de nosotros.
He podido conocer y admirar muy de cerca la conducta médica de un pediatra excepcional. Como pocos médicos que conozco, éste se tomó en serio el juramento de Hipócrates, el primer código ético de una profesión que la Historia registra por escrito. El protocolo que sigue este médico al que me refiero es invariablemente el mismo: ante la enfermedad de uno de sus pacientes procura, primeramente, que el enfermo se cure sin su intervención de faculto. Parte, pues, de una confianza básica y fundamental en las propias capacidades del cuerpo humano para sanarse a sí mismo. Sólo si el paciente no da muestras de mejoría se aviene entonces a recomendar algún remedio. Para que consienta en recetar antibióticos casi que hay que torcerle el brazo. Un revólver sobre su pecho es necesario para que admita que, llegado un cierto momento, el caso debe tomarlo un cirujano. Para él un cirujano es, entonces, un último recurso y no es, propiamente y de acuerdo con Hipócrates, un recurso médico. Políticamente, las cosas deben verse de la misma manera.
El comandante Chávez actuó como cirujano. La imagen del 4 de febrero como acto quirúrgico ha entrado ya en nuestras cabezas. Pero los militares que participaron en la acción, independientemente de su valentía y de la pasión que los animaba, abusaron del pueblo venezolano. Porque es que ningún cirujano tiene derecho a intervenir sin el consentimiento del paciente, a menos que éste se encuentre inconsciente y, por tanto, privado de su facultad de decidir si se pone en las manos del cuchillero. Y el pueblo venezolano no estaba inconsciente y el comandante Chávez no nos consultó sobre la operación y nosotros no le autorizamos a que lo hiciera.
Claro que justamente un día antes de la fracasada intentona, el 3 de febrero de 1992, el mismo periódico había publicado otro artículo mío (Basta), último de una serie que exigía la renuncia de Carlos Andrés Pérez—la había pedido por vez primera el 21 de julio de 1991, desde El Diario de Caracas—, en el que puse:
Basta de paquete. Basta de financiarle sus campañas extranacionales. Basta de mermas al territorio. Basta de megaproyectos, sociales o económicos. Basta de megaocurrencias. Basta de megalomanía. Usted, señor Pérez, que hace no mucho ha tenido la arrogancia de autotitularse patrimonio nacional, tiene toda la razón. Usted sí es patrimonio nacional, historia nacional, cruz y karma nacionales. Por tanto es a nosotros a quienes corresponde decidir qué hacer con Ud. Por de pronto, no queremos que siga siendo Presidente de la República.
Era entonces difícil imaginar un gobierno peor que el suyo. Todos los estudios de opinión detectaban el rechazo generalizado que suscitaba, aunque también la renuencia a sustituirlo por la incertidumbre acerca de quién pudiera sucederle. Pero a la madrugada del día siguiente, cuando hasta mi casa llegaban atronadores los cercanos disparos contra La Casona, sentí como afrenta personal lo que hacían los alzados desconocidos, puesto que me había empeñado, no sin costo también personal, en que cesara el gobierno de Pérez por métodos civiles, civilizados.
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La segunda de las caricaturas es, a juicio de quien escribe, una de las más geniales del genio Pedro León Zapata, publicada el 29 de julio de 2008, como es costumbre, en el diario El Nacional, que no me ha autorizado a reproducirla.
Lo dice todo. Alude, por supuesto, a la frase de su mentor y modelo, Fidel Castro, en el alegato del juicio que siguió al fallido asalto al Cuartel Moncada de La Habana: “La historia me absolverá”. Pero el tiranosaurio del dibujo, con botas y charreteras, que no es rex sino red, dice como le corresponde que es la prehistoria quien lo absolverá. ¿De cuál forma más concisa puede decirse que el agresivo régimen rojo de Hugo Chávez es un anacronismo, una involución?
Desde que se anunciara, el Viernes Rojo, la devaluación que es, primero que otra cosa, la admisión de un fracaso—a lo que se ha añadido el humillante racionamiento eléctrico en un país cuya más patente «ventaja comparativa» era justamente la abundancia de energía fósil e hidroeléctrica—, el enjambre ciudadano se muestra propenso a volverse africanizado. Sin que hubiera líder ostensible que lo dirigiese, un buen número de las abejas electoras voló a consumir anticipadamente, en protección contra inevitables aumentos de precios; otro sub-enjambre convocaba a una gran marcha de protesta para el próximo 23 de enero; otro, simplemente, llamaba a salir a la calle ese mismo día, sin marcha; otro proponía, finalmente, un paro general con idéntico fin para hoy mismo. (De esta última convocatoria se sospecha que sea sembrada por el propio gobierno). Después de estas manifestaciones, la Mesa de la Unidad ha decidido oficializar la invitación a marchar el sábado 23 de enero (cómoda fecha). Por enésima vez, la carencia de imaginación política repite acciones enteramente simbólicas e ineficaces, que sólo sirven para drenar algo de la irritación ciudadana. Hace tiempo que al gobierno le da risa la consigna-cliché de la oposición burocrática: “Hay que calentar la calle”.
Fueron entonces, inicialmente, reacciones inorgánicas, reacciones de turba antes de ser burocratizadas por la Mesa de la Unidad, y por tal razón el gobierno debe preocuparse mucho. (En Las 9 leyes de Dios, Kevin Kelly dice: «Una turba puede dirigirse a sí misma, y en el territorio del cambio rápido, masivo y heterogéneo, sólo una turba puede dirigir»). Rafael Poleo, que en octubre de 2008 le mostró el espejo del fin de Benito Mussolini—en atrevimiento idéntico al que con seis años de anticipación apareciera en la Carta Semanal de doctorpolítico (#16A, del 5 de diciembre de 2002, referida en LEA, por favor #307)—y debió marchar una vez más al exilio, dijo en entrevista aparecida el lunes 11 de los corrientes, anteayer, en Tal Cual, que hay “tres elementos que podrían causar la caída del gobierno de Hugo Chávez en un futuro cercano”. Éstos son: “Uno, la fatiga del líder. Dos, la falta de dinero… Tres, Chávez ha optado por una apuesta perdedora en el tablero geopolítico”.
Con razones distintas, el infaltable Heinz Dieterich, aún admirador de Chávez, concedió una entrevista a Carolina Barros (Venezuela Analítica, 5 de enero de 2010) la que, después de citarle diciendo que si el gobierno perdía las elecciones de Asamblea Nacional el proceso bolivariano llegaría a su fin, incluyó el siguiente intercambio:
Pregunta: En uno de sus últimos artículos usted describió al Gobierno de Chávez como un Titanic a punto de chocar y señaló la urgencia por cambiar el rumbo. También el embajador de Venezuela ante la OEA, Roy Chaderton, dio una señal de alarma ante los medios.
Heinz Dieterich: La preocupación por la supervivencia de la revolución bolivariana, expresada por el embajador Roy Chaderton, existe en amplios sectores de la Nueva Clase Política (NCP) bolivariana, desde alcaldes, diputados, diplomáticos, militares, comunicadores, gobernadores y hasta ministros. Esa preocupación nació hace alrededor de tres años, pero se manifiesta hoy con mayor fuerza, porque el iceberg está más cerca. Como es natural, hay fracciones de derecha, centro e izquierda en la NCP, definidas por ideología, política y economía. Lo que tienen en común es su miedo a perder el poder. Por eso no actúan ante el presidente con la verdad y firmeza que requiere la grave crisis del sistema y de la nación.
Hay olor, pues, a inminencia. El iceberg al que Dieterich se refiere no es otro que el Pueblo de Venezuela, ése que Nino Menardo pintó con tanta inteligencia, el mismo que enviará a Hugo Chávez de regreso a la prehistoria. LEA
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