por Luis Enrique Alcalá | May 19, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Quien firma abajo completó, en diciembre de 1990 o hace diecinueve años, un estudio de unas cincuenta páginas bajo el título siguiente: Un tratamiento al problema de la calidad de la educación superior en Venezuela. En el breve ensayo, abogaba por la instalación de los estudios generales en las universidades venezolanas como ciclo previo a una especialización profesional.
Así, observaba:
“Nuestro sistema educativo ofrece una sola oportunidad a los educandos para formarse una concepción general del mundo. Esa oportunidad se da a la altura de la educación secundaria, cuando todavía el joven puede examinar al mismo tiempo cuestiones de los más diversos campos: de la historia tanto como de la física, del lenguaje como de la biología, de la matemática y de la psicología, del arte y de la geografía. Si no existe, dentro del bachillerato venezolano, la previsión programática de intentar la integración de algunas de sus partes o disciplinas, al menos permite que ‘se vea’ un panorama diverso. Luego, nuestro sistema encajona al alumno por el estrecho ducto de especialización que le exige nuestra universidad. Ya no puede pensar fuera de la disciplina o profesión que se le ha obligado a escoger, cuando, en la adolescencia, todavía no ha consolidado su entendimiento ni su visión de las cosas y mal puede tener convicción sólida acerca de lo que quiere hacer en el mundo”.
Pero además criticaba que, en general, nuestro sistema educativo y, sorprendentemente el estadounidense (liberal arts), enfatizara más lo canónico, lo clásico, el pensamiento antiguo que el más moderno. El egresado de estos sistemas estará más o menos versado en Platón e ignorará a Popper, tendrá idea de lo dicho por Juan Jacobo Rousseau sin conocer el aporte de John Rawls, y pensará mas en términos de mecánica newtoniana que relativista. Por esto prescribía: “…debe dedicarse un espacio educativo marcadamente menor a la consideración de los clásicos que al pensamiento más reciente, al que se acuerda en nuestro sistema educativo un examen definitivamente escaso”. Llegaba a esa conclusión después de postular: “Si es conveniente, y potencialmente muy útil, el estudio de los clásicos, es necesaria una dosificación diferente que permita el acceso a otros estados mentales, tanto de la contemporaneidad, como hemos venido argumentando, como de otras culturas y modos de pensamiento distintos a los de Occidente. La planetización que experimenta la humanidad, el concepto en formación de un mundo ‘global’, son fenómenos que exigen conocer modelos intelectuales y procesos culturales hasta ahora ignorados por nosotros”.
En esta Ficha Semanal #242 de doctorpolítico se reproduce algún pasaje del trabajo donde se discute este último punto y se recomienda el estudio de unos pocos grandes pensadores temporalmente más inmediatos—Wittgenstein, Gödel, Kuhn, Foucault, Prigogine, Mandelbrot, etcétera—como ruta preferible. La persona que sea capaz de navegar el siglo XXI requiere contenidos mentales más actuales, pues habitamos un mundo en gran medida inédito. Y ya había dicho el gran John Stuart Mill: “Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan”.
No puede esperarse una política nueva del pensamiento viejo.
LEA
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Last in/first out
El siglo XX, a punto de concluir, ha representado para la humanidad una fase de insólito aumento de la complejidad. Usualmente nos referimos a ella en sus manifestaciones tecnológicas o económicas. Con frecuencia aproximadamente igual tratamos de interpretar los cambios políticos del siglo y los destacamos como expresión del profundo grado de transformación de esta época. Menos frecuente es el examen de los cambios al nivel gnoseológico e ideológico, que desde un punto de vista no marxista del cambio social, en gran medida son responsables de este último, el cambio observable en sistemas más tangibles. Las revoluciones en el pensamiento, en la comprensión del universo, de la sociedad, de las relaciones del hombre y de su entorno, ocurridas en el siglo XX, han sido profundas.
Más aún, es característico del siglo XX la sensación de crucialidad de la época. Nunca antes alguna época histórica se pensó a sí misma como anfitriona de posibles resultados tan cataclísmicos como los que ocupan la atención de la humanidad contemporánea, obsesionada con la existencia misma de su hábitat, amenazado como aún lo está por el impacto directo de actividades destructivas, militares o civiles. La sensación es la de que aumenta la frecuencia o intensidad de decisiones cruciales.
A nuestra escala nacional, estamos al borde de radicales modificaciones de nuestra institucionalidad, de nuestra definición de país, de las relaciones del Estado y del individuo, y hasta del ámbito y asiento del Estado mismo, si se piensa en una cierta inevitabilidad de la integración de Venezuela en algún conjunto político-económico de orden superior. Estamos ante el reto de la Tercera Ola, de la reducción y replanteo del ámbito del Estado, de la normalización de nuestra patológica distribución de la riqueza, de la eventual invigencia de nuestro sustento petrolero, sea por agotamiento de nuestras fuentes o por obsolescencia de la tecnología de los hidrocarburos ante opciones energéticas diferentes. Estamos ante una agenda abrumadora y ante ella un recetario clásico es decididamente insuficiente. Es importante saber que las soluciones o adecuaciones que habrá que poner en práctica para un exitoso tránsito de esa turbulencia societal estarán condicionadas de manera sustancial por los conceptos, percepciones e interpretaciones que se tenga acerca del mundo, acerca de la sociedad, acerca de la persona. No poco de la observable ineficacia política de nuestros días debe atribuirse a la persistencia, en la mente de los actores políticos que deciden la vida de nuestra nación, de esquemas mentales antiguos y sin pertinencia; esquemas que fueron fabricados como producto de una deducción de principios o de la observación de sistemas sociales mucho más simples.
El método de enseñar a través de grandes textos no es, en ningún caso, desdeñable. Se trata de un modo de enseñanza menos rígido que el de tratar de cubrir un programa temático completamente concatenado o con aspiraciones de cobertura completa de una determinada disciplina. En el fondo, el modo de enseñanza sobre grandes textos no es poco semejante al famoso método de casos de la Escuela de Negocios de Harvard, sólo que aquí se trata de unos “supercasos” del pensamiento humano. Lo que hemos advertido es lo desperdiciador y hasta peligroso que viene a ser una educación superior que prescinda del pensamiento reciente por cualquier género de excusa. Pero si se quiere una educación eficaz y compacta—tampoco es el caso de obtener especialistas o expertos en el pensamiento moderno—y, por tanto, de duración relativamente corta sobre enfoques modernos de los temas principales de la humanidad—esos enfoques que constituyen su Weltanschauung, su “episteme”—muy probablemente el método de casos, el método de los grandes textos, resulte ser la estrategia preferible.
En primer lugar, porque pareciera ser que hoy en día habitamos una fase de la historia de la conciencia humana que, precisamente, se halla en fase de sustitución de paradigmas y teorías. Por esa razón mal podría presentarse una “suma gnoseológica” a fines del siglo XX. La física fundamental parece haberse acercado al límite de la integración de las fuerzas, de los campos, de las interacciones. Pero todavía no ha podido formular esa fuerza única, ese campo unificado, esa interacción de las que todas las demás interacciones fuesen casos especiales o manifestaciones. Mucho menos puede esperarse que esté listo, si es que eso va a ser posible alguna vez, un sistema orgánico del pensamiento de la humanidad al borde del tercer milenio cristiano. Lo que puede exhibirse, sin duda, es un conjunto intelectual variado, riquísimo y profundo, del que será difícil excluir instancias cuando haya que hacerlo por cuestiones de espacio y de tiempo disponibles a la educación formal o explícita. Lo que escasea es el espacio y el tiempo para pensar, no la importancia de lo pensado en este siglo.
Luego, es más económico enseñar por el método de casos de pensamiento, el método de los grandes textos. Los acontecimientos, muchísimos y variados, globales y locales, su crucialidad, nos imponen la urgencia de la respuesta. No nos es lícito asumir la postura del griego, que contemplaba al mundo, sino la del romano que lo transformó, según la comparación de Hegel, que en algunas clasificaciones ocurre como pensador “de derechas”. No nos será suficiente comprender la realidad, si no logramos transformarla, como destacó Marx, alumno de Hegel, y a quien algunas clasificaciones ubican a la izquierda. En el fondo ambos se habían topado con lo mismo, con una dualidad tan resistente como la historia. El hombre de pensamiento no puede eximirse de cooperar en la acción, pero tampoco el hombre de acción puede abstenerse de pensar. Sobre todo en una época como la actual, en la que el propio recambio paradigmático y epistémico induce a la incertidumbre conceptual, es criminal que aquél que vea lo que se puede hacer no procure que se haga, como es altamente peligroso que el que puede hacer rechace contemplar y entender lo que hace. Como auxilio a esta dualidad conocimiento-poder que debe encontrar solución a los problemas de la actualidad, los grandes textos de fines del siglo XX son indespreciables. (Una de las dimensiones del pensamiento importante, en algunas de sus expresiones, es su grado de penetración temporal. Muchas de las nociones importantes de cualquier siglo tienen carácter de predicción acertada, así sea por alguna manifestación de autocumplimiento. Tan solo esto justificaría la utilidad de su estudio.) Pero también puede seguramente encontrarse, en las huellas documentales de los pensadores importantes, muchas soluciones pospuestas que fueron “muy avanzadas para su tiempo”, que todavía son útiles y las que corren el riesgo de que se venza su eficacia. Habrían sido, entonces, desperdiciadas, porque habrían sido soluciones sin aplicación mientras estaban dispuestas a la mano.
De allí la importancia de acceder a nociones que corresponden mejor a la realidad, tanto física como social, lo que justifica el inventario y el estudio del pensamiento de nuestro tiempo. De allí que sea importante que un sistema educativo se readecúe, se reconstituya, en cuanto a contenidos y métodos, tomando en cuenta la necesidad de nuevos paradigmas e interpretaciones.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | May 15, 2009 | Cartas, Política |

Es época de elaboración. Hay gente histérica que condena la pasividad, que para ella es cobarde, ante los desmanes del Estado venezolano. Pero la verdad es que muchas abejas ciudadanas por sí solas, y un buen número de enjambres, quieren hacer algo y se ponen a inventar opciones de acción, bastantes entre ellas interesantes, más de una ineficaz o impráctica, alguna estúpida y criminal. Lo cierto es es que hay inquietud y sentido de emergencia en muchos individuos y conjuntos del gran enjambre ciudadano.
En algún momento habrá que escoger un plan sabio y completo, suficiente. Un plan tan bueno, además, que conocido por el gobierno, éste no podrá inventar excusa para impedirlo.
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Poco a poco se van levantando instituciones: el 18 de abril el Colegio Nacional de Periodistas reunió su cuadragésimo primer Secretariado en Carabobo, y desde allí emitió un comunicado en el que se declaraba “en conflicto en todo el país, para defender la democracia venezolana y, con ella, la libertad de expresión y el derecho a la información de todos los ciudadanos de esta nación”. En el mismo documento, nuestros periodistas, después de exponer que el gobierno “ha puesto en marcha un golpe de Estado al detal”, emitieron un voto de censura contra la Presidente de la Asamblea Nacional, diputada Cilia Flores, “por el constante acoso, seguimiento, irrespeto, abuso y desconocimiento de las libertades fundamentales de la democracia, al no permitir el ingreso al Hemiciclo de la Asamblea Nacional de las cámaras de televisión privadas e independientes”, y también por negarse a recibir a la directiva del Colegio, cosa que éste considera “hecho inaudito en sociedades democráticas y modernas del siglo XXI”.
Ayer fue una valiente Fedecámaras la que, por boca de su Presidente, José Manuel González, recordó al Ejecutivo Nacional el artículo 115 de la Constitución: “Se garantiza el derecho de propiedad. Toda persona tiene derecho al uso, goce, disfrute y disposición de sus bienes. La propiedad estará sometida a las contribuciones, restricciones y obligaciones que establezca la ley con fines de utilidad pública o de interés general. Sólo por causa de utilidad pública o interés social, mediante sentencia firme y pago oportuno de justa indemnización, podrá ser declarada la expropiación de cualquier clase de bienes”. González emplazó a la Presidente del Tribunal Supremo de Justicia, Luisa Estela Morales Lamuño, a aclarar si el Presidente de la República, que el domingo pasado dijo “No hay tierra privada” mientras ordenaba un nuevo arrebatón estatal de diez mil hectáreas, está por encima de la Constitución.
Abierto al diálogo democrático—“Queremos decirle al Presidente que abandone el miedo a convocar y escuchar a quienes piensan distinto que Usted; Venezuela sale adelante con el esfuerzo de todos”—, González sin embargo advirtió: “Alguien va a reventar, y no todo el mundo está dispuesto a permitir que le quiten lo suyo y que lo arruinen”.
Son éstas posturas que van a verse con más frecuencia y deben ser apoyadas. Era hora de que se le hablara así al gobierno. Verdaderamente, el Presidente de la República excedió el domingo sus propios, amplísimos, límites. Hasta hizo teología económica (¿economía teológica?) al postular absurda e irresponsablemente, alegremente, que el capitalismo “es una maldición que viene desde que Judas vendió a Cristo”. Él sabe que emite falsedades al hablar de esa manera, y parece no importarle.
Todavía llegó a decir una enormidad más: “El rico no es humano. Es un animal con forma humana”. Autorización a la delincuencia: a los ricos puede tratárseles como perros, animales que no tienen derecho de propiedad. A la usanza maquiritare, pues. El maquiritare (yekuana) es hombre; el waika (nombre que los maquiritare asignan a los yanomamis) es infrahumano. Por tal concepto los maquiritares se sintieron autorizados al genocidio contra los waikas. (No todo era idílico en estas tierras antes de la llegada de Colón, a quien muy irónicamente algunos demagogos indigenistas acusan de genocida. Decía la Carta Semanal #60 de doctorpolítico el 30 de octubre de 2003: “Esto es: incluso para decir barrabasadas Evo Morales y Hugo Chávez emplean el español, piensan en español, piensan español. Si fuesen lógicamente consistentes Morales debiera amenazar en quechua y Chávez despotricar en pemón. Debieran negar sus nombres, pues Morales no es apellido inca ni Chávez es caribe. Debieran resistir los micrófonos y las cámaras, puesto que son de marca Sennheiser o Ikegami, en lugar de modelos Paramaconi XC o Atahualpa Special Edition”. El Airbus que usa Chávez para viajar, que no posee ni siquiera Bill Gates para lo mismo, es un producto capitalista, aunque posterior a Judas Iscariote).
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En otra de las pistas del circo gubernamental, se desarrolla la ofensiva recrudecida contra Globovisión. De no haber sido porque ayer le veía la cara y escuchaba su voz, habría pensado que lo que decía Tarek El Aissami provenía de un político opositor. Sumado al coro anti Ravell, el Ministro del Interior y “Justicia” se quejaba de un canal de televisión, que no nombró, porque éste se dedicaría a la siembra del odio y la tensión en la sociedad. Era evidente que lo que decía se aplicaba con gran exactitud al propio gobierno y, en particular, al jefe para el cual trabaja, aficionado a mantener al país en vilo con una o más arbitrariedades agresivas por semana.
La nueva ronda de denuestos y amenazas, coronada el fin de semana por nadie menos que el Presidente de la República, ha sido provocada porque la revolución pacífica-armada, como comentó Alberto Federico Ravell, fue sorprendida durmiendo en la madrugada del alarmante sismo caraqueño de hace nueve días. El canciller de la República fue el primer cañón liviano en emprenderla contra Globovisión. José Vicente Rangel, que a la conclusión del referéndum del 15 de febrero hizo, como pretendido jefe del “chavismo sin Chávez”, un amago a favor de establecer un diálogo gobierno-oposición (que rápidamente fue desechado por este último), habló por enésima vez del Plan Jaque al Rey, para presumir de informado y congraciarse con quien no tardó en sacarle la alfombra del piso.
Pero acá también puede enredársele el papagayo al Presidente. No sólo es que Néstor Kirchner se ha sentido impulsado a declarar, desde bien lejos, contra un posible cierre y confiscación de Globovisión—“Prefiero que haya 100.000 medios que digan lo que digan, que todos digan lo que quieran”—, sino que en este mismo patio la diputada Fosforito, la furibunda Iris Varela, “aseguró que no está de acuerdo con que algún medio de comunicación sea cerrado” y recomendó al canal “que se suavice, que sea más imparcial y objetivo”. (JMS, Globovisión). La planta colocó también en su sitio web el siguiente reporte:
“El periodista Mario Villegas sostuvo que el Presidente Chávez lo que desea es un periodismo aclamacionista y no uno que sea equilibrado ni crítico. En su opinión, si lo consigue sería la muerte del periodismo y para el país una dictadura. Villegas considera que el cierre de Globovisión sería más grave que el de RCTV. ‘Chávez está jugando con candela’, dijo. Resaltó que el canal del Estado lo que hace es propaganda, en tanto que Globovisión permite que voces distintas se pronuncien. Villegas cree que lo que debe hacerse ante las amenazas es resistir y se puso a la orden del canal de noticias”.
Mario Villegas aludió en passant al caso de enfurecimiento del Alcalde del Municipio Libertador, el polifacético Jorge Rodríguez. A juzgar por algunos discursos de asambleístas nacionales, el periodista Nelson Bocaranda Sardi expuso a los hijos de Rodríguez a agresiones, al peligro, quizás, de sus vidas. Bocaranda había escrito en El Universal hace exactamente una semana: “Otro ejemplo de la doble cara robolucionaria la da el alcalde Rodríguez cuando pide a la Alcaldía de Chacao registrarse como habitante del municipio para poder usufructuar los excelentes servicios municipales y para que sus hijos vayan a la piscina del parque en La Castellana. Su apartamento en La Corniche de Altamira, con vidrios blindados por seguridad, tiene un costo superior al millón de dólares. Su caravana de protección asusta a los vecinos”. Pero uno se pregunta si a Bocaranda no se le fue la mano cuando la semana anterior (30 de abril) dijo: “En Panamá, en la sucursal del Banco Indosuez, habrían congelado—hasta que revele el origen de los fondos—una cuenta de la esposa de un energúmeno funcionario rojito—que ha pasado por varios cargos importantes—por un total de $ 36 millones. La dama está de psiquiatra”. ¿Sería esto una irrespetuosa alusión a la esposa de Rodríguez, que vive con uno? Si es así, se explicaría mejor la furia del personaje y sus amenazas contra el periodista.
Entretanto, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos no ceja en su presión. Reporta El Nacional:
“En un documento firmado por el secretario de la Corte Interamericana de Derechos Humanos dirigida a la Agente del Estado venezolano ante esta instancia, Margarita Escudero, se solicita información sobre las agresiones que contra la sede y el personal que labora en el canal de noticias Globovisión acometió el colectivo La Piedrita.
El exhorto obedece a una carta enviada a la Corte-IDH el pasado 24 de abril de 2009 en la cual le informan sobre la ‘reciente agresión contra periodistas, productores independientes, directivos y demás trabajadores de Globovisión por parte de personas abierta y públicamente simpatizantes del Gobierno’. Hace referencia el documento al vencimiento del plazo, el pasado 9 de marzo, para que el Estado adoptara medida provisionales de protección, solicitándole un informe sobre el particular”.
En el comunicado aludido del Colegio Nacional de Periodistas, el organismo explicó que había decidido “enviar a la Organización de los Estados Americanos (OEA), a la Relatoría de Libertad de Expresión de las Naciones Unidas y a Organizaciones No Gubernamentales de Derechos Humanos del Mundo Entero, expedientes y pruebas de denuncias sistemáticas que reflejan todos los atropellos que viven hoy los periodistas y los medios de comunicación privados e independientes en Venezuela”. La CIDH es, justamente, un órgano de la OEA.
Sobre el incendio sabanero de la revolución chavista, arrecia ahora el aguacero local e internacional que terminará por apagarlo.
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Hasta ahora es una revolución relativamente fácil: con real y con una oposición estratégicamente ineficaz. Ambas cosas están cambiando drásticamente.
La revolución chavista no va a encontrar el camino más allanado de aquí en adelante.
Es una guerra de clases, en apariencia, contra los ricos (que no son humanos). Pero no es una lucha de clases marxista. Ni Carlos Marx se atrevió a decir alguna vez que los ricos no eran gente, y el mismo Presidente de la República ha indicado la imposibilidad de que existan en Venezuela “cinco millones de ricachones”, que votaron contra su enmienda constitucional el 15 de febrero de este año. Entre los cinco millones que se abstuvieron de votar, al menos dos de ellos tampoco aprueban la reelección indefinida de un jefe que se considera no sólo necesario, sino imprescindible.
La Sociología, claro, ha venido variando en su definición del concepto de clase social. Antes (Marx) se establecía únicamente en términos de ingreso. Más modernamente, se ha pensado que la noción de clase se expresa mejor en actitudes (William Lloyd Warner) y en estilos de vida.
Visto así el asunto, uno puede entender que son muy contados los miembros del jet set que pudieran competir largo tiempo con el estilo de vida de nuestro Presidente. Consume muchos recursos y dispone de muchos más a su capricho. Por consiguiente, Hugo Chávez es rico, para la ciencia social reciente. Por otro lado, muchos se han enriquecido súbita y exageradamente con él. Es decir, han pasado de la humanidad a la infrahumanidad. Tal vez es por esto que sostiene que ser rico es malo.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | May 14, 2009 | LEA, Política |

Hans Rosling propugna una “visión del mundo basada en los hechos”. Es un profesor sueco de Salud Internacional en el Instituto Karolinska en su país. En la Universidad de Uppsala, ciudad en la que nació en 1948, estudió medicina y también estadística, antes de cursar salud pública en el Colegio Médico de San Juan en Bangalore. En 1986 recibió un doctorado de su alma mater, de regreso de Mozambique, donde fungió de funcionario médico de distrito en Nacala. El nuevo galardón académico fue la consecuencia de su descubrimiento de una clase desconocida de parálisis (konzo), enfermedad a cuyo estudio dedicó dos décadas de su vida en África.
En el sitio web www.ted.com se encuentra un tesoro de conferencias breves (veinte minutos cada una), en videos grabados en vivo por personalidades de bien ganado prestigio. Hace nada, TED (Technology-Entertainment-Design) puso en el sitio un video transmitido desde Caracas, con la Orquesta Juvenil Simón Bolívar dirigida por Gustavo Dudamel. (TED confiere premios a deseos de gente muy especial. José Antonio Abreu deseó: “Deseo que ustedes [TED] ayuden a crear y documentar un programa especial de adiestramiento para al menos 50 músicos jóvenes dotados, apasionados por su arte y la justicia social y dedicados a desarrollar El Sistema en los Estados Unidos y otros países”. TED respondió lanzando el programa de una vez desde el Conservatorio de Boston). Apartando este hecho de orgullo patriótico, vale la pena escudriñar TED frecuentemente, para ver y oír a gente como Murray Gell-Mann, Al Gore o Richard Dawkins.
Bueno, Hans Rosling ya ha dictado varias de sus charlas compactas ante audiencias presenciales (y virtuales mucho más numerosas) de TED. Una espectacular—a la que puede solicitarse títulos en español—es Hans Rosling shows the best stats you’ve ever seen.
Y es que Rosling desarrolló un software que permite la espectacularidad pedagógica de ver cómo se desarrollan ante nuestros ojos las tendencias más importantes, sociales y económicas, de la historia reciente de la humanidad. En cuestión de segundos, es posible alcanzar una comprensión estadística dinámica a la que no se llega aunque se memorizara las tablas de datos enteras que se emplea en la generación gráfica.
El software (Trendalyzer) es capaz de manejar el despliegue en el tiempo de interacciones complejas de una multitud de países simultáneamente. (Vale la pena visitar, además de TED, el sitio web de la Fundación Gapminder, que Rosling dirige). Fue su poder didáctico e informativo lo que llevó a Google a adquirir el software en marzo de 2007, el que ahora ofrece como Motion Chart Google Gadget.
¿A qué viene todo esto? A que las explicaciones de Rosling, enormemente enriquecidas y potenciadas con esa herramienta estadística y gráfica, permiten entender los grandes procesos históricos y desechar más de un mito. Nuestros políticos, ergo nuestros ciudadanos, debieran todos hacerse amigos de Gapminder.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | May 12, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Exactamente dentro de quince días, el 27 de mayo, pasará a formar parte del grupo de los sexagenarios o sesentones la periodista y escritora mexicana Alma Guillermoprieto. Es pluma prestigiosa, especializada en reportar revoluciones en América Latina. Ella misma se describe así: “Soy una cronista que se ocupa de juntar palabras de manera que mis lectores tengan la sensación de haber estado en un lugar, de haber entendido algo importante y se hayan emocionado”. (En entrevista que le hace Juan Cruz y publica El País de Madrid el 1º de febrero de este año). Su libro más famoso es La Habana en un espejo (Mondadori, 2005), en el que descubre las limitaciones de la dictadura castrista.
Guillermoprieto, nacida en Ciudad de México, fue antes bailarina profesional de danza moderna, que estudió en Nueva York. En la década de los setenta, escribió primero para The Guardian y luego para el Washington Post. En los ochenta ya era jefa para América del Sur en Newsweek. En la década siguiente escribió en The New Yorker y The New York Review of Books, a los que se unió National Geographic ya en el siglo XXI.
Es de esta revista justamente un trabajo suyo publicado en julio de 2008: El nuevo orden de Bolivia. Su primera mitad forma esta Ficha Semanal #241 de doctorpolítico.
Son típicas de Guillermoprieto ciertas inexactitudes. Por ejemplo, afirma que los cinco períodos presidenciales que siguieron al cese de la dictadura militar en 1982 no provinieron de elecciones “sino de la designación de un candidato de la clase blanca gobernante”. Esto no es así; todos los presidentes de Bolivia en ese tramo resultaron triunfantes en las elecciones o fueron designados constitucionalmente por el Congreso, tras elecciones en las que ningún contendiente obtuvo ventaja legalmente definitiva, o asumieron desde la vicepresidencia u otro cargo en la línea de sucesión ante la falta absoluta del presidente. (En otro artículo para National Geographic—Venezuela según Chávez, del 18 de abril de 2006—escribe: “La mejor manera de comprender el hechizo que el Presidente de Venezuela ejerce en sus conciudadanos es hacer lo que ellos hacen todos los domingos a las once de la mañana: arrellanarse frente al televisor en su sillón favorito, con una buena dotación de bebidas y bocadillos, para ver la transmisión de Aló Presidente, la comunión semanal de Hugo Chávez con su país”. La construcción hace pensar que al menos una gran mayoría de los venezolanos ve Aló Presidente, cuando su rating promedio no pasa de 12%).
Pero, en general, los trabajos de Alma Guillermoprieto retratan con muy suficiente fidelidad la realidad que encuentra en América Latina, que siente su patria. Lo que aquí pinta de Bolivia es fenómeno que no se puede desconocer o interpretar de manera distinta a la suya.
LEA
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Aimara, quechua, guaraní
Villa Tunari es un pequeño poblado tropical del centro de Chapare, una provincia boliviana. Hace tres años, se expresaron aquí las profundas raíces y el poderío de la revolución étnica de esta nación andina. En aquel entonces, la región había sido afectada por numerosas inundaciones que dejaron ríos revueltos, puentes destruidos, derrumbes y muerte. Varios vehículos, entre ellos un autobús lleno de reporteros, quedaron atrapados a 16 kilómetros de la localidad, cerca del crecido Río Espíritu Santo, entre un túnel sellado por un derrumbe y el puente más cercano que había colapsado. ¿Qué clase de persona se presentaría en medio de esta catástrofe para escuchar un discurso de campaña y lanzar consignas? La respuesta fue una multitud compuesta por miles de descendientes de los pueblos indígenas, u originarios, de Bolivia. Muchos cruzaron ríos desbordados y caminaron por kilómetros para llegar a las afueras de Villa Tunari, sin preocuparse por la insistente lluvia y el lodo que les llegaba a los tobillos y les arrancaba los huaraches. Algunos miembros de la prensa logramos cruzar el río en un todoterreno a lo largo de las ruinas del puente. Cuando llegamos, la gente llevaba horas bajo el diluvio, hombro con hombro y apretados alrededor de un endeble podio, tiritando bajo capas de plástico o empapados hasta la médula. Sin embargo, ahí permanecieron hasta el final del mitin, cuando se puso el sol. Estos hombres y mujeres se habían reunido aquí con una misión histórica: tras siglos de humillación y desafiando a la ley de probabilidades, el siguiente presidente de Bolivia, Evo Morales, estaba a punto de surgir de entre sus filas. Este hombre, elegido en diciembre de 2005 en una de las naciones más inestables de América Latina, sigue en el poder dos años y medio después. Su gobierno se ha visto atestado de dificultades: Bolivia está partida geográficamente entre las tierras bajas tropicales y el altiplano empobrecido. Hoy estas dos regiones se encuentran más divididas que nunca políticamente. Un movimiento autonomista en la parte oriental, donde habita más población blanca, amenaza la estabilidad del gobierno. Merece la pena recordarlo improbable que parecía en ese entonces el ascenso al poder de Morales, incluso aquel día en Villa Tunari, cuando faltaban solamente semanas para la elección. En la capital administrativa, La Paz, varios hombres influyentes de tez clara y vestidos de traje, con los que hablé días antes de la reunión, contemplaban con una mezcla de desprecio y asombro la posibilidad de que ganara. ¿Un presidente indígena? No triunfaría jamás. O bien, será elegido, pero su gobierno estaría condenado al fracaso en el corto plazo.
En el podio, los hombres lucían guirnaldas hechas de flores y hojas de coca y hablaban en lenguas que yo no entendía, el quechua y el aimara, del antiguo Imperio inca, y que hoy siguen siendo más usadas por ese publico que el español. El candidato, cuyo rostro amplio y nariz aguileña sobresalían en medio de las guirnaldas de coca, fruta y verdura, avanzó y empezó a hablar en español con acento. “¡Somos aimaras, quechuas, guaraníes, los propietarios legítimos de esta noble tierra boliviana!”, gritó entre exclamaciones y aplausos. La algarabía no se hizo esperar. En algún lugar, sonaba un bombo. ¿Un presidente cuya lengua materna no fuera el español? Imposible.
Los hombres y mujeres a mi lado me ignoraban cuando intentaba entablar una conversación. Olían a lana mojada y humo. La mayoría de las mujeres usaban sombreros de paja sobre sus trenzas negras, al estilo quechua, y traían polleras de terciopelo de colores intensos sobre enaguas cortas. Las mujeres aimaras, que en general son de complexión más robusta y caras más anchas, vestían faldas largas, chales bordados y bombín en la cabeza. Los hombres usaban pantalones viejos y camisas de poliéster remendados. En la mejilla de cada uno se podía ver un bulto: los hojas de coca que mastican todo el tiempo los nativos de los Andes.
La multitud respondió a una exhortación del candidato con un canto, moviendo sus puños en el aire, zapateando y agitando sus banderas. “Sus esfuerzos no serán en vano”, dijo Morales. Y aclamaron al futuro presidente de Bolivia y a sí mismos. Habían luchado juntos desde que él era un campesino como ellos, el cocalero y líder de una batalla larga y difícil contra las fuerzas antidrogas de Estados Unidos, concentradas en esta región. Lucharon con tesón y prácticamente sin armas en interminables confrontaciones con los militares y la policía antidrogas. La estrategia consistía en no ceder ante nada, de la misma manera en que demostraban apoyo a su candidato bajo la lluvia.
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El ascenso al poder de una nueva elite de pueblos indígenas militantes era inevitable. Hace casi quinientos años, los conquistadores españoles llegaron y transformaron el territorio boliviano básicamente en un campo de trabajos forzados. Las comunidades quechuas y aimaras del altiplano fueron separadas y su gente fue obligada a trabajar en minas sofocantes o en haciendas. Se les permitía la libertad suficiente para obtener apenas lo indispensable para vivir de la tierra. Los habitantes originales del Amazonas de Bolivia corrieron con la misma suerte. Después de la independencia del país, en 1825, se les envió a las tierras bajas para trabajar en la recolección de látex de los árboles de caucho. Apenas en los años ochenta del siglo XX, las comunidades indígena migrantes del altiplano—como las que se establecieron en Chapare—los expulsaron de sus tierras fértiles. La historia andina está marcada por estas rebeliones indígenas, pero prácticamente todas han terminado en tragedia y el cambio no ha llegado. A lo largo de Bolivia, ya muy avanzado el siglo XX, el uso de siervos seguía siendo legal. Actualmente, fuera de los núcleos urbanos, los patrones aún tienen la aterradora costumbre de violar a las mujeres a su servicio, y los hijos de estas uniones deben soportar el estigma de por vida.
En 1952, una revolución nacionalista resultó en la reforma agraria y les dio el voto a las mujeres y los indígenas (antes excluidos por “analfabetas”). Sin embargo, el país pasó la mayor parte del siglo bajo el mando de una elite militar corrupta. Cuando el ejército finalmente se retiró del poder y convocó a elecciones en 1982, Bolivia era el país más pobre de América del Sur y su deuda externa estaba entre las más grandes. Carecía de experiencia sobre la vida cívica moderna y el abismo entre la mayoría indígena y la minoría blanca era infranqueable. Los siguientes cinco períodos presidenciales no fueron fruto de elecciones sino de la designación de un candidato de la clase blanca gobernante.
Esto no significa que en el lugar imperara la apatía. El país estaba en un estado de revuelta constante, gracias a los sacerdotes radicalizados, sindicatos y organizaciones locales, así como a miles de mineros desempleados y altamente politizados del altiplano que migraron a la región de Chapare para establecerse como cocaleros. Estos agricultores, que cultivaban algo que en Bolivia es tan tradicional como el tabaco, y que con frecuencia desviaban al mercado ilegal de la cocaína, lucharon contra tropas bolivianas entrenadas por las fuerzas especiales estadounidenses. Los sacerdotes y los líderes sindicales organizaron comunidades enteras para que marcharan por sus derechos. Una guerrilla indigenista de corta duración bombardeó algunas torres de alta tensión y planteó la idea del retorno al Imperio inca, A partir de 2000, cada día parecía traer una nueva avalancha de marchas, bloqueos de caminos y huelgas.
En diciembre de 2005, como si repentinamente los indígenas bolivianos se percataran del poder de sus números, el grupo se lanzó a votar con una meta común. En el censo de 2001, 62% de la población se identificaba como indígena. Seis semanas después del mitin en Villa Tunari, Evo Morales ganó la elección presidencial con 54% (la primera victoria mayoritaria de esta magnitud en décadas) y con el índice de abstencionismo más bajo de la historia de este país. Las comunidades originarias del territorio nacional eligieron a docenas de miembros como representantes para ambas cámaras del congreso. Tras la toma de posesión, en una ceremonia que incluyó ritos andinos tradicionales oficiados por amautas, o sabios, quechuas y aimaras, el presidente Morales nombró cuatro ministros de su gabinete que tenían apellidos indígenas con sus tradicionales vestimentas coloridas. Además del español, las 36 lenguas indígenas que se hablan en Bolivia fueron declaradas oficiales en el proyecto de la carta magna. Cinco siglos tras la conquista, se vislumbraba la posibilidad de un Nuevo Mundo en Bolivia.
Alma Guillermoprieto
por Luis Enrique Alcalá | May 7, 2009 | Cartas, Política |

El bien, quisimos el bien:
enderezar al mundo.
No nos faltó entereza:
nos faltó humildad.
Lo que quisimos no lo quisimos con inocencia.
Octavio Paz
Nocturno de San Ildefonso
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Por estos días, quien escribe cree haber entendido incidentes diversos como verdaderas revelaciones. Si pensara en inglés, diría que ha sido sujeto de sucesivas epifanías.
La primera de ellas tiene que ver con la ira, que es pecado capital al que el suscrito tiene alguna propensión. Varios episodios inconexos fueron manifestaciones de ira inexplicable, desproporcionada, injustificada. En uno de ellos, observado a corta distancia, el conductor de un automóvil dobló a su derecha para entrar al garaje de su residencia, en calle de poco tráfico dentro de urbanización usualmente apacible. Detuvo su carro enfilado a la puerta y se bajó para abrirla. Detrás de él venía otro carro, manejado por una dama que hizo sonar la corneta del vehículo con furia e insistencia. El aludido gritó y manoteó en el aire, reclamando la agresión auditiva. La señora se bajó del carro que conducía y manoteó en el aire y gritó largo rato, reclamando con insultos y groserías la ausencia de una luz de cruce a quien llegaba por fin a su casa a descansar, quién sabe atravesando qué tráfico. Siguieron discutiendo. Mutuas amenazas fueron proferidas en un tono tan airado que merecería causas verdaderamente heroicas. Minutos después se disolvió el diferendo. El señor logró entrar en su casa; la señora prosiguió su camino. Cada uno habrá pensado: “¡Ahora sí me voy del país!”
La reverberación de los gritos pareció permanecer todavía unos buenos minutos, levitando en el sitio del intrascendente suceso. Con facilidad se entendía que la ira expuesta con tanta intensidad no podía provenir del mero episodio. La adrenalina de los ciudadanos conductores había estado, previamente, a punto de desbordarse, almacenada en cantidad creciente, retenida a duras penas. Uno no se pone así, no llega a esos extremos por causa tan insignificante. Habrían bastado una o dos groserías normales de lado y lado.
El incidente referido fue el más resonante y dramático; los otros fueron, sin embargo, del mismo tipo: la manifestación de una ira previa, no proporcional al estímulo inmediato que la desataba. Las condiciones basales de la gente venezolana son hoy de enfurecimiento retenido, y su matriz de origen es política.
Es estar atónito ante el atropello indetenible de un régimen que no respeta ninguna disidencia lo que pone al ciudadano común, desesperado porque no ve salidas, en anomia destructiva que se emprende contra quien se ponga por delante. Es tener miedo. Es trocar el temor en ira. Es un estado que el régimen busca. Es, cree el régimen, algo que le conviene.
El enjambre ciudadano, paulatinamente, se africaniza.
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Pero como admitiera al inicio, la ira no me es desconocida, y creí entonces que se me había revelado que debía controlarla. “¿Tendré que tomar uno de esos cursos de gestión de la ira?”, pensé. Temí que yo pudiera ponerme en una situación como la que acababa de ver o en una peor, incontrolable, de consecuencias imprevisibles, quizás graves o definitivas. Debía tener a la mano un método de anger control. ¿Hacer yoga? ¿Meditación trascendental? ¿Contar hasta diez? ¿Poner la otra mejilla?
Pocas horas después, el incidente y ese primer efecto en mí estaban mejor digeridos. El proceso político venezolano de los últimos años—medité—ha sido muy importante. No se parece casi a la política venezolana que habíamos vivido hasta 1999 desde la caída de Pérez Jiménez. No se trata tampoco del gobierno de los Monagas, o el de Joaquín Crespo. El gobierno actual es mucho más penetrante e invasivo que cualquier otro gobierno aguantado por Venezuela en toda su historia. Es comparable en transformación sólo a la Independencia, a nuestra guerra civil de la Federación, quizás a la Revolución Restauradora. Pero no ha sido período de enfrentamientos en el campo de batalla. Tampoco es una guerra fría; más bien es tibia, intermedia entre los tiros y la diplomacia. Una guerra, sí, librada sin cesar y en escalada de aceleración reciente, del Presidente de la República contra la mitad de la población, por la medida chiquita. Es un proceso de proporciones para nosotros gigantescas, tal vez no para los chinos.
¿Podría uno vivirlo sin extraer de tan portentoso cambio aunque fuera una lección profunda? ¿Que lección debiera aprender uno de estas cosas?
Una vez más, supe que el Presidente de la República conoce las consecuencias psicológicas de practicar su plan en plan arrollador. Tal vez crea que sólo rechaza esto el 15 a 20% de la población que dice ser de oposición e identificarse con algún partido. Cuando supo de los resultados del referendo del 15 de febrero no sabía cómo explicarse la cantidad de negativas. “No hay cinco millones de ricachones”, y culpó del fenómeno a los medios que no se le han plegado. Ellos habrían impedido que el apoyo superara 56% en febrero; de no ser por su intervención tendría que tener la aprobación de 80% del país, dijo. Pero él mismo conoce las bajas cifras de rating de Globovisión y Televén, y sabe que estas plantas no podrían haberle escamoteado veinticuatro puntos de apoyo. No pueden ser tan eficaces. Esos chivos expiatorios no son explicación; la teoría no es tal, es una coartada.
A pesar de tal cosa, está tan convencido de andar por bueno y épico camino que arremete y amenaza cada vez con más furia, y sabe que así es temido por una buena cantidad de la población, a la que quiere toda bajo su control.
Él quiere atemorizarnos, dispersar a sus opositores en estampida de retirada. ¿Vamos a complacerle la estrategia? ¿Es la negativa a esta pregunta la profunda lección que debo aprender de proceso político tan fuerte, o hay algo más que no he visto? ¿Qué me enseña la dominación de Chávez? ¿No debemos preguntarnos todos lo mismo? ¿Qué es lo que hemos aprendido?
………
Los versos del epígrafe, encontrados en texto de Inocencio Reyes Ruiz sobre el libro más reciente de Enrique Krauze (El poder y el delirio), me hicieron regresar a la época de mi tercer año de universidad, cuando verdaderamente conocí la política. Comenzaba en Venezuela la subversión armada en guerrillas, y yo estudiaba a 75 kilómetros del primer foco guerrillero del país, el de La Azulita, en el estado Mérida.
Fue en San Javier del Valle—en la casa de retiros que la Compañía de Jesús construyó (en conmemoración del accidente de aviación en el que dos decenas de alumnos del Colegio San José de Mérida perecieron en 1950)—, donde trabé conocimiento con el padre Manuel Aguirre Elorriaga. El fundador de la revista SIC, el Centro Gumilla y los sindicatos “autónomos” cristianos (CODESA), había ideado un cursillo de una semana para informar a jóvenes de las dimensiones del “problema social moderno” en el mundo y en Venezuela, e instruirlos en tres ideologías que pretendían darle respuesta: el liberalismo, el marxismo y la doctrina social católica. El Cursillo de Capacitación Social ofrecía también clases de oratoria y prácticas diarias de debate regido por las normas del orden parlamentario.
Hay que decir que, puesto a escoger, Manuel Aguirre habría optado por el marxismo si sólo existieran esa ideología y la ideología liberal, si no hubiera habido la “tercera vía” de la Doctrina Social de la Iglesia. En 1962, explicó en San Javier a una treintena de jóvenes que la propiedad conllevaba, según la doctrina expuesta por León XIII, Pío XI y Juan XXIII, una función social, incluso cuando se trataba de la posesión de facultades intelectuales, y que el derecho a la vida era de orden superior al derecho de propiedad, siendo por tanto lo indicado absolver a quien hubiera robado una gallina para alimentar a una hija pequeña y desnutrida de pobreza. Era exactamente el mismo argumento y ejemplo que Hugo Chávez arrojaría a Cecilia Sosa, Presidenta de la Corte Suprema de Justicia, el 4 de febrero de 1999 en discurso ante desfile militar, que ordenó en Los Próceres para celebrar el séptimo aniversario de su alzamiento.
Quien pasara por las manos de Manuel Aguirre escucharía el reclamo de que era un burgués blandengue que ignoraba la realidad del “problema social” de la pobreza, y de algún modo era impelido a sentir alguna envidia o inferioridad en relación con los jóvenes marxistas del Partido Comunista de Venezuela y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, quienes sí tendrían, más que nosotros—blandengues burgueses—la vocación social de remediar la injusticia de una distribución torcida de las riquezas.
Por esto pude reconocer esa época en el verso de Paz: “El bien, quisimos el bien”. No en balde era nuestro tiempo el de los hippies. Todavía creíamos quererlo con inocencia, aunque ya hubiésemos adquirido algo de inmodestia.
Ahora bien, la coyunda de estos ecos poéticos y las remembranzas que les corresponden, seguramente, surgió porque yo mismo acababa de leer el prólogo de Enrique Krauze a El poder y el delirio, obra en la que creo encontrar una buena cantidad de inexactitud. Krauze lo cierra con una idea-programa de Octavio Paz que me había dejado pensativo: “Debemos buscar la reconciliación de las dos grandes tradiciones políticas de la modernidad, el liberalismo y el socialismo. Es el tema de nuestro tiempo”.
Ésa es—creo ahora al releer a Paz después de haber visto la furia y el temor de estos días—la lección que debemos aprender de nuestro duro camino de una década. Es la forma correcta de trascender a Chávez.
………
Algunas sociedades parecen haber encontrado fórmulas de síntesis. Fue ayer cuando leyera, gracias a oportuno aviso de Jesús Eduardo Rodríguez, un artículo de Russell Shorto (Going Dutch) en la revista de The New York Times, publicado el pasado domingo. Se maravilla el articulista: “Pasé los meses iniciales en Ámsterdam bajo la impresión de que vivía en un sistema cuasi socialista, construido sobre ideas originadas en los cerebros de Marx y Engels. Es éste uno de los aspectos desconcertantes de Holanda. Es, y lo ha sido por largo tiempo, un país grandemente capitalista—los holandeses fueron pioneros de la corporación multinacional y adelantaron el concepto de acciones de capital, y el último año el país fue el tercer inversionista más grande en negocios de los Estados Unidos—, y sin embargo tiene lo que he llegado a creer que es un vasto Estado socialista de bienestar. ¿Cómo pueden coexistir estos sistemas de valores en polos opuestos?”
Con algo más de detalle, Octavio Paz especificó la misión política de nuestro tiempo en su conferencia—La búsqueda del presente—al recibir el Premio Nobel de Literatura de 1990:
La declinación de las ideologías que he llamado metahistóricas, es decir, que asignan un fin y una dirección a la historia, implica el tácito abandono de soluciones globales. Nos inclinamos más y más, con buen sentido, por remedios limitados para resolver problemas concretos. Es cuerdo abstenerse de legislar sobre el porvenir. Pero el presente requiere no solamente atender a sus necesidades inmediatas: también nos pide una reflexión global y más rigurosa. Desde hace mucho creo, y lo creo firmemente, que el ocaso del futuro anuncia el advenimiento del hoy. Pensar el hoy significa, ante todo, recobrar la mirada crítica. Por ejemplo, el triunfo de la economía de mercado—un triunfo por default del adversario—no puede ser únicamente motivo de regocijo. El mercado es un mecanismo eficaz pero, como todos los mecanismos, no tiene conciencia y tampoco misericordia. Hay que encontrar la manera de insertarlo en la sociedad para que sea la expresión del pacto social y un instrumento de justicia y equidad. Las sociedades democráticas desarrolladas han alcanzado una prosperidad envidiable; asimismo, son islas de abundancia en el océano de la miseria universal. El tema del mercado tiene una relación muy estrecha con el deterioro del medio ambiente. La contaminación no sólo infesta al aire, a los ríos y a los bosques sino a las almas. Una sociedad poseída por el frenesí de producir más para consumir más tiende a convertir las ideas, los sentimientos, el arte, el amor, la amistad y las personas mismas en objetos de consumo. Todo se vuelve cosa que se compra, se usa y se tira al basurero. Ninguna sociedad había producido tantos desechos como la nuestra. Desechos materiales y morales.
Reconciliaremos el liberalismo y el socialismo, como quería Octavio Paz, abandonándolos a ambos; como él mismo sugirió, superándolos. Son como dos escaleras de Wittgenstein que llevan al salón del futuro: “Mis proposiciones sirven como elucidaciones del siguiente modo: cualquiera que me entienda termina por reconocerlas como sin sentido, cuando las ha usado—como escalones—para trepar más allá de ellas. (Debe, por así decirlo, arrojar lejos la escalera después de haber subido por ella). Debe trascender estas proposiciones, y entonces verá el mundo correctamente”. (Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, Proposición 6.54 o penúltima).
luis enrique ALCALÁ
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