por Luis Enrique Alcalá | May 7, 2009 | LEA, Política |

La Folha de Sao Paulo ha publicado una entrevista exclusiva al ex presidente norteamericano James Carter, en la que augura mejores relaciones entre los Estados Unidos y las repúblicas de América Latina. Para Carter, “Latinoamérica será mucho más importante para Estados Unidos de lo que ha sido en los últimos ocho años, un período en que la Casa Blanca virtualmente sólo cometió errores”.
Carter saludó lo acontecido en la cumbre de Trinidad, en la que Barack Obama “dejó la puerta abierta para Cuba y tendió la mano a Bolivia, Ecuador y Venezuela”. Hizo, sin embargo, una excepción: “Veo disposición de dialogar con Obama en todos los países de la región, Nicaragua exceptuada. El discurso del presidente Ortega en la Cumbre de las Américas fue muy negativo”.
Apartando esta salvedad, Carter predicó la mayor amplitud del gobierno de su país: “No creo que se trate de una disputa para subvertir las relaciones de ciertos países con Venezuela o Bolivia. Tenemos lazos de respeto con la región y no opinamos sobre qué hacen o dejan de hacer los países. Además, no somos enemigos de China ni de Rusia, y no deberíamos ser enemigos de Irán. Obama quiere una buena relación con todos”.
Por supuesto, no faltarán quienes denuncien esta postura como entreguismo romántico, en el mejor de los casos, o como traición a los ideales estadounidenses de libertad. Para comentaristas de este tipo, la posición de Carter es fácilmente comprensible: el ex presidente de los Estados Unidos habría cohonestado un fraude electoral en Venezuela en 2004, cuando su fundación era socio observador electoral de la Organización de Estados Americanos.
Nadie cree eso en el exterior, no obstante, y cada vez menos gente sostiene esa leyenda urbana en Venezuela. (Ya en 2005, Alejandro Plaz, alto directivo de Súmate, admitió, ante asedio insistente de Pedro Pablo Peñaloza que le entrevistaba para El Universal, que no se había podido demostrar ese presunto fraude y que tampoco se podría en el futuro).
Ahora pudiera ganar el gobierno de Chávez otra batalla de opinión internacional. Manuel Rosales se ha asilado en Perú para no someterse a jueces que responderían a intereses políticos del gobierno, pero éste puede ahora mostrar que busca el enjuiciamiento de Juan Barreto, el antecesor de Antonio Ledezma en la Alcaldía Metropolitana, por presuntos delitos parecidos a los imputados a Rosales. Añádanse a este vistoso caso los procesos contra Raúl Isaías Baduel, ex Ministro de Defensa, Eduardo Manuitt, ex gobernador de Guárico, y Carlos Giménez, ex gobernador de Yaracuy, y el gobierno podrá decir que en su lucha contra la corrupción va contra un opositor mientras va contra cuatro que militaron en sus filas y gobernaron bajo Chávez.
En un sitio web afecto al “proceso”, puede leerse artículo de Natalí Vásquez denunciando la acusación de Giménez como maniobra contrarrevolucionaria. (http://www.aporrea.org/ideologia/a53988.html)
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por Luis Enrique Alcalá | May 5, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El segundo gobierno de Rafael Caldera, sobrevenido al término del período que inició Carlos Andrés Pérez y completó Ramón J. Velásquez, en virtud de una grave situación económica (heredada del período anterior y agravada por la crisis bancaria de 1994), la debilidad del apoyo político-electoral al gobierno (por Caldera votó sólo el 18% del electorado) y la edad del Presidente, transcurrió en una perpetua discusión en torno a si éste culminaría su segundo mandato de cinco años. (Hasta una reunión del Grupo Santa Lucía en 1996 llegó, de la mano de Elías Santana, el astrólogo José Bernardo Gómez a predecir la inminente muerte de Rafael Caldera).
El tema de la sucesión de Rafael Caldera había sido puesto en el tapete por nadie menos que el propio Canciller de la República, el Dr. Miguel Angel Burelli Rivas, el 9 de abril de 1995. Ese día el Canciller fue entrevistado por Marcel Granier en el programa Primer Plano, de Radio Caracas Televisión. Hacia el final de su comparecencia en el programa, Burelli Rivas planteó una eficaz y contundente defensa del gobierno de Rafael Caldera, destacando, entre otras cosas, que ese gobierno había tenido que consumir el tránsito de 1994 en el manejo de una crisis tras otra. Pero también dijo el Canciller que Venezuela se encontraba en la peligrosa situación, harto indeseable, de la siguiente disyuntiva: “Caldera o el caos”. Por último, Burelli Rivas declaró que a su juicio pocas tareas nacionales revestían tanta importancia como la de construir una “alternativa a Rafael Caldera”.
Era sorprendente la franqueza con la que Miguel Angel Burelli Rivas, desde su posición de ministro de Rafael Caldera, esbozara tan tempranamente el agudo problema. Parece más adecuado evaluar tan grave declaración no como un desliz de la lengua del Canciller, sino como un tema que probablemente habría comentado con el propio presidente Caldera. Hay que suponer, por tanto, que el mismo Rafael Caldera había dedicado algún tiempo a la misma preocupación. (También, por supuesto, era bastante probable que el propio Burelli Rivas pretendiera hacerse con la sucesión. Luego de la asonada del 4 de febrero de 1992, y junto con Arturo Úslar Pietri, Caldera y Burelli Rivas habían asomado la conveniencia de la renuncia de Carlos Andrés Pérez; el suscrito la propuso el 21 de julio de 1991: “El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal”).
El tema de la sucesión de Caldera fue acometido poco después de la entrevista a Burelli Rivas por referéndum, una publicación del suscrito (1994-98). Esta Ficha Semanal #240 de doctorpolítico reproduce la sección final del artículo en referéndum (Rafael Caldera & Sucs.)
LEA
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Après moi, le déluge
¿Cuáles son, en general, los rasgos deseables en un Presidente de la República a las alturas del cierre del siglo XX?
Normalmente se piensa que las características de un candidato presidencial, de un gobernante, deben corresponder a la idea de que la política es, esencialmente, una actividad de combate, una actividad polémica. En noviembre de 1989 un cierto Diputado marabino al Congreso de la República justificaba su apoyo a Oswaldo Alvarez Paz a la Gobernación del estado Zulia en los siguientes términos: “Oswaldo va a ser el mejor gobernador porque él es el mejor orador del Congreso”.
Es así como se ha creído que los rasgos deseables en un gobernante son los de un peleador que mantiene constantemente un ceño adusto y levanta enérgicamente sus puños o los dedos índice de cada mano; que debe estar adiestrado, contradictoriamente, en el arte de negociar y conciliar; que debe ser, por encima de todo, el triunfador en una larga carrera de obstáculos dentro de una organización partidista para hacerse con la candidatura.
Sobre este tema escribíamos en febrero de 1985:
“Esa nueva manera de hacer política requiere un nuevo actor político. El actor político tradicional pretende hacer, dentro de su típica organización partidista, una carrera que legitime su aspiración de conducir y gobernar una democracia. Sin embargo, el adiestramiento y formación que imponen los partidos a sus miembros es el de la capacidad para maniobrar dentro de pequeños conciliábulos, de cerrados cogollos y cenáculos. Se pretende ir así de la aristocracia a la democracia. El camino debe ser justamente el inverso. Debe partirse de la democracia para llegar a la aristocracia, pues no se trata de negar el hecho evidente de que los conductores políticos, los gobernantes, no pueden ser muchos. Pero lo que asegura la ruta verdaderamente democrática, no la ruta pequeña y palaciega de los cogollos partidistas, es que ese pequeño grupo de personas que se dediquen a la profesión pública sean una verdadera aristocracia en el sentido original de la palabra: el que sean los mejores. Pues no serán los mejores en términos de democracia si su alcanzar los puestos de representación y comando les viene de la voluntad de un caudillo o la negociación con un grupo. No serán los mejores si las tesis con las que pretenden originar soluciones a los problemas no pueden ser discutidas o cuestionadas so pena de extrañamiento de quien se atreva a refutarlas.
Ese nuevo actor político, pues, requiere una valentía diferente a la que el actor político tradicional ha estimado necesaria. El actor político tradicional parte del principio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como alguien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra.
De allí también su transparencia. El ocultamiento y el secreto son el modo cotidiano en la operación del actor político tradicional, y revelan en él una inseguridad, una presunta carencia de autoridad moral que lo hacen en el fondo incompetente. La política pública es precisamente eso: pública. Como tal debe ser una política abierta, una política transparente, como corresponde a una obra que es de los hombres, no de inexistentes ángeles infalibles.
Más de una voz se alzará para decir que esta conceptualización de la política es irrealizable. Más de uno asegurará que «no estamos maduros para ella». Que tal forma de hacer la político sólo está dada a pueblos de ojos uniformemente azules o constantemente rasgados. Son las mismas voces que limitan la modernización de nuestra sociedad o que la pretenden sólo para ellos.
Pero también brotará la duda entre quienes sinceramente desearían que la política fuese de ese modo y que continúan sin embargo pensando en los viejos actores como sus únicos protagonistas. Habrá que explicarles que la nueva política será posible porque surgirá de la acción de los nuevos actores.
Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la competencia necesaria, pues, como ha sido dicho, nuestro problema es que «los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son todavía aceptables».
Porque es que son nuevos actores políticos los que son necesarios para la osadía de consentir un espacio a la grandeza. Para que más allá de la resolución de los problemas y la superación de las dificultades se pueda acometer el logro de la significación de nuestra sociedad. Para que más allá de la lectura negativa y castrante de nuestra sociología se profiera y se conquiste la realidad de un brillante futuro que es posible. Para que más allá de esa democracia mínima, de esa política mínima que es la oferta política actual, surja la política nueva que no tema la lejanía de los horizontes necesarios”.
Por ahora postulamos que uno de los rasgos necesarios para conducir con tino y propiedad ese tránsito que el IX Plan de la Nación vislumbra como la inserción de Venezuela en la sociedad global del siglo XXI, es la condición que Alexis de Tocqueville definía como el “verdadero arte del Estado”: “…una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro…” (Alexis de Tocqueville. El Antiguo Régimen y la Revolución).
Para que sean altas las probabilidades de éxito en un conductor político a fines de este Milenio Segundo, es preciso que la persona en cuestión entienda verdaderamente el sentido de la actual transición de la humanidad. Es difícil que esto se dé en alguien cuyas raíces y cuya formación sean tradicionales. La formación de corte humanístico, preferiblemente en el campo del Derecho, resultará menos útil que una formación de raíz científica, de comprensión de sistemas complejos. La preocupación y el estudio consistente del futuro será más importante que la erudición historicista, típica en aquellos que han pululado en la escena política nacional. Lo que se requiere, antes que un historiador, es un estratega inmerso en las corrientes más actuales de la reflexión sobre el mundo actual y el venidero.
Igualmente será importante que el nuevo conductor político haya demostrado ser exitoso en el manejo de organizaciones de cierta complejidad, a través, fundamentalmente, de su capacidad de generar esquemas estratégicos convincentes que produzcan la entusiasta motivación de las organizaciones que hayan dirigido.
Finalmente, el candidato en cuestión deberá ser alguien que entienda el valor profundo de la democracia, de la contribución de los Electores en el importante y difícil arte de gobernar. Si un pretendiente al trono de Miraflores, si un aspirante a reposar en el lecho matrimonial de La Casona, no tiene escrúpulos en manipular, con las más poderosas técnicas de la psicología social, del mercadeo político en el que se han convertido las campañas electorales, la psiquis desprevenida de los Electores, estará evidenciando que no es el hombre necesario.
Por encima de todo, el hombre indicado deberá ser el poseedor de una visión de país. No podemos continuar siendo gobernados por hombres, más o menos dignos, más o menos honestos, más o menos hábiles en el arte de maniobrar y combatir a los contrincantes, si carecen de un concepto estratégico que sirva de marco a la tarea cotidiana de la conducción del Estado.
La pregunta a hacerse, entonces, es la siguiente: ¿existen en Venezuela personas que correspondan, en grado apreciable, a los rasgos necesarios a un gobermnante adecuado? Creemos que la respuesta es positiva. La conciencia nacional ha experimentado muchos cambios, los profesionales del país han aprendido mucho, e incluyen ahora una amplia gama de buenas cabezas que han seguido trayectorias diferentes a las de los políticos tradicionales y que, en consecuencia, entienden a la sociedad desde percepciones y perspectivas más modernas y pertinentes. Nuestra predicción consiste en afirmar que veremos la emergencia de estos personajes en la escena política nacional a corto plazo.
Pero exigiríamos también en los nuevos líderes la capacidad de “librar por todos”. Es preciso reconciliar a la Nación, y no será sano que ésta sea gobernada por los portadores de reconcomios y vindictas. Desde una postura clínica debe comprenderse que en gran medida son responsables los modelos de la actuación política, antes muchas veces que las personas concretas, de los deficientes resultados de nuestro sistema político. Así, será exigible a los nuevos gobernantes una actitud amplia, lejana de la tentación de justificarse con el recurso a la cacería de brujas y a la identificación y escarnio de chivos expiatorios. El país no necesita tanto la competencia como la cooperación, y a pesar de que ningún nuevo paradigma podrá eliminar los elementos competitivos de la práctica política, Venezuela avanzará más rápida y certeramente si logra desplazarse el énfasis de la combatividad a la solidaridad y la cooperación, como muchas veces ha argumentado el actual Ciudadano Presidente de la República, obviamente preocupado por el tema de su sucesión.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | Abr 30, 2009 | Cartas, Política |

A los cien días de haberse iniciado el gobierno de Barack Obama, el Senado de los Estados Unidos ha completado la aprobación del presupuesto federal más grande de la historia (tres billones cuatrocientos mil millones de dólares), en logro de enorme significación. Al comentar ayer este hito extraordinario, dijo el Presidente de los Estados Unidos:
“Este presupuesto construye sobre los pasos que hemos dado en los últimos cien días para mover esta economía de la recesión a la recuperación y, en último término, a la prosperidad. Comenzamos aprobando una ley de recuperación que ya ha ahorrado o creado más de 150 mil empleos y ofrecido una rebaja del impuesto al 95% de todas las familias trabajadoras. Hemos aprobado una ley que provee y protege el seguro de salud para 11 millones de niños estadounidenses cuyos padres trabajan a tiempo completo. Y lanzamos un plan de vivienda que ya ha contribuido con un pico en la cantidad de propietarios de casas que están refinanciando sus hipotecas, lo que equivale a una rebaja de impuestos adicional”.
Pero también ha podido decir: “Hemos rechazado el falso dilema entre nuestra seguridad y nuestros ideales cerrando el centro de detención de Guantánamo y prohibiendo la tortura sin excepción”.
En el ámbito internacional, por otro lado, ha revertido la postura negadora de la administración Bush en materia de calentamiento global, y sustituido la prepotente postura de jefe del mundo por la de una postura respetuosa de otros países y gobiernos.
Un regalo inesperado para Obama ha sido el espectro que le ha salido a los republicanos. El senador Arlen Specter, que hasta ayer militaba en filas republicanas, ha anunciado su migración a las demócratas. Siendo que lo más probable es que el puesto por definir en Minessota vaya también a los demócratas en la persona de Al Franken, no les será posible a los republicanos entorpecer la agenda legislativa de la Casa Blanca mediante las tácticas dilatorias del “filibusterismo”.
El electorado de los Estados Unidos, en más de 60%, aprueba su gestión. (El promedio es de 61,6%; Rasmussen Reports mide 55% mientras que ABC News/Washington Post registra 69% de aprobación).
Es, sin duda, una fuerza benéfica en el mundo el gobierno de Barack Obama.
Pero no falta quien encuentre forma de resentir y rechazar su brillante desempeño de arranque. Rob Asghar, Fellow del Centro de Diplomacia Pública de la Universidad del Sur de California, ha registrado—en The Huffington Post—cómo los comentaristas conservadores y “halcones” no cesan de chismear sobre lo que llaman el “tour global de excusas” de Barack Obama que incluye, más allá de sus propias representaciones, la admisión de su Secretaria de Estado, Hillary Clinton, de la responsabilidad estadounidense en el problema de las drogas en su reciente e impactante visita a México. Entre sus “pecados” estaría el haber saludado a Hugo Chávez con cortesía en Trinidad.
Lo cortés no quita lo valiente, reza el dicho español, y el propio Obama, en respeto de sus propios detractores, se ha limitado a señalar que sus fugaces intercambios con Hugo Chávez en nada han vulnerado la seguridad de los Estados Unidos, que es lo que es su responsabilidad.
El mundo, el continente americano en particular, desde hace cien días, y especialmente desde un evento cumbre en Puerto España que se anunciaba conflictivo y no lo fue, presenta otra cara, adquiere otro cariz.
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Ocariz. Carlos Ocariz, Alcalde del Municipio Sucre del estado Miranda. Puede decirse de su triunfo electoral del pasado 23 de noviembre que, además de capturar la Alcaldía del más importante, poblado y representativo municipio mirandino, produjo asimismo el triunfo en la Gobernación de Miranda de Henrique Capriles Radonski y el de Antonio Ledezma en la Alcaldía Metropolitana. Sus votos dieron para tres gobiernos y para profunda molestia de Hugo Chávez, que visitó Petare once veces en la campaña a favor de la candidatura de Jesse Chacón. Chávez, por consiguiente, fue personalmente derrotado por Ocariz en el Municipio Sucre.
En 2004 (el 4 de noviembre) reportaba esta carta así: “De los juveniles de Primero Justicia tal vez quien haya alcanzado más proyección política es, paradójicamente, el perdedor Carlos Ocariz. A menos de cuarenta y ocho horas de las votaciones concedió la victoria a su adversario, no sin destacar que había perdido por sólo 1.500 votos. De los ‘tres justicieros’ postulados a alcaldías caraqueñas—luego de que la mosquetera Hernández se retirara del centro de Caracas—fue el único que se midió en municipio de población mayormente proletaria, y estuvo a punto de ganar. Se ve claramente que hizo un buen trabajo”. El 10 de julio del año pasado decía la Carta Semanal #294 de doctorpolítico: “…Carlos Ocariz—por quien el suscrito votará para la Alcaldía del Municipio Sucre, justamente por su valentía al decir cosas ‘políticamente incorrectas’, como que en octubre de 2004 había perdido las elecciones por abstención opositora y no por fraude gobiernista—…” El 30 de septiembre de 2007 decía Luis Vicente León en su acostumbrado artículo dominical: “Carlos Ocariz lo entendió en carne propia cuando perdió la alcaldía de Sucre no porque era minoría, ni por que nadie lo robó, sino porque su mercado natural no votó, pensando que era imposible ganar, cuando la historia está llena de ejemplos que indican que nada, en política, es imposible”.
Pues bien, este lunes pasado llegó Carlos Ocariz a presentarse ante un nutrido grupo que esperaba para escucharlo con gran interés, y al describir su exitosa trayectoria política destacó como paso crucial justamente ese honesto reconocimiento de noviembre de 2004. Dijo Ocariz: “Me gané, no el apoyo de los chavistas de Petare, pero sí su respeto”.
Más cosas dijo y contó Ocariz hace tres días; por ejemplo, que el foco no es Chávez sino la gente, que la participación en elecciones es esencial, que si la oposición se contrae a decir sólo cosas desagradables a los electores les provocará inscribirse en el PSUV, y otras cosas en la misma dirección optimista.
Lo que no sabía Ocariz es que el efecto balsámico de sus palabras era en esos momentos más intenso que lo habitual: había llegado a la cita con algo de retraso y, antes de su discurso, el grupo se había enfrascado en la lectura más negativa posible de la situación política y económica, a partir de una justificada alarma por la proyectada Ley de Propiedad Social. Lo dicho por Ocariz dio otro cariz a la sesión. No disipó, por supuesto, los temores por las consecuencias de la ley mencionada, pero mostró una manera eficaz de oponerse, una fórmula para el éxito aun en contra del ventajismo más abrumador, como el que tuvo él que aguantar en el Municipio Sucre directamente de manos del Presidente de la República, que hacía cadenas de radio y televisión desde Petare.
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El lunes de esta semana se preguntaba Teodoro Petkoff, en su editorial de ese día en el diario Tal Cual, “¿Qué hacemos?” Y decía estas cosas:
“Chacumbele viene leyendo con preocupación lo que ha ocurrido desde su reelección para acá. Los resultados numérico-políticos del referéndum constitucional, de las elecciones regionales y del referéndum para la enmienda, muestran una clara tendencia al incremento en la votación opositora y a un decrecimiento correlativo en el respaldo popular a Chacumbele. La votación opositora ha subido desde un 37%-38% durante los ocho primeros años del chacumbelato, hasta girar en torno al 50% en los tres últimos procesos, en tanto que el respaldo electoral del oficialismo ha venido cayendo desde un promedio de 62%-63% hasta, también, las vecindades del 50%. Chacumbele sabe que, inexorablemente, las dos líneas opuestas van a cruzarse; la primera tendencia seguirá hacia arriba y la segunda hacia abajo. Eso es lo que lo ha llevado a tratar de descarrilar la estrategia democrática. Los atropellos que ha adelantado, más que fuerza, denotan una debilidad intrínseca”.
La respuesta de Petkoff a su propia pregunta es la siguiente: “¿Qué vamos a hacer? Pues, responder al nuevo reto, en las nuevas condiciones, pero sin llevar a que las contingencias coyunturales afecten la línea principal de acción, esa que ha venido produciendo avances”.
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Dos cosas es preciso superar en estos días de la “contingencia coyuntural” de una preocupación recrecida: primero, la desesperanza, que lleva a suponer que todo está perdido y no debe perderse un minuto más sin preparar las maletas; segundo, el simplismo estratégico, inmediatista o regañón.
Ya se conoce que ha comenzado la promoción de la figura y candidatura de Eveling Trejo de Rosales, en ocurrencia apresurada de algunos, que ven en ella el clon de Corazón Aquino ahora que su esposo ha optado por el exilio y asilo en Perú para no someterse a jueces controlados por Hugo Chávez. A algún iluminado le ha parecido que tal cosa es estrategia brillante, que es la hora de Merkel y Bachelet, la hora de que una mujer ocupe la Presidencia de la República en Venezuela.
Pudiera ser; el suscrito no tiene absolutamente nada en contra de la más igualitaria participación política de las damas. En 1968 escribía un artículo decididamente feminista en la clásica revista El Farol; en 1978 defendía la participación igualitaria de las mujeres en las sesiones del Grupo Santa Lucía, cuyas primeras reuniones las relegaban, como gran concesión, a escuchar en silencio las conferencias y deliberaciones, pues lo que se había pensado para ellas eran excursiones turísticas y expediciones de compra. (La defensa no se hizo porque fueran mujeres, sino porque eran personas). En 1986 llegó a escribir: “Sin ánimo de comparaciones, cuando he pensado en mujeres venezolanas que podrían desempeñar muy bien la Presidencia de la República, el nombre de Alba [Fernández de Revenga] viene a mi mente junto con el de Mercedes Pulido de Briceño”.
Pero no es mérito suficiente para el liderazgo nacional el ser esposa de un mártir político. Que el nombre de Doña Eveling sea propuesto, sin embargo, es sintomático: de algún modo expresa la falta que hace una voz opositora, una contrafigura de Chávez. Éste es personaje excepcional; podrá burlarse uno de que haya obsequiado un libro obsoleto y poco leído ya a Barack Obama, pero su gesto disparó el texto de Eduardo Galeano hasta el segundo lugar en ventas de Amazon en menos de treinta y seis horas, con celeridad “viral” digna de Susan Boyle. No podrá superársele sino con la oposición de persona excepcional.
Y además de los ocurrentes tenemos—parece ser nuestro sino—que lidiar con quienes son rápidos para desencadenar discursos de superioridad moral y arresto heroico. Una vez más el geólogo Gustavo Coronel pontifica airadamente desde su distante residencia en los Estados Unidos. En reciente artículo, echando en falta un levantamiento masivo del enjambre ciudadano para oponerse al gobierno de Hugo Chávez, expone con arrogante indignación: “El coraje moral es el ingrediente que falta en Venezuela para dar al traste con la pandilla chavista que ha arruinado al país. Aunque estoy seguro de que aún si los venezolanos no hiciéramos nada para sacarla del poder, ella implosionaría debido a su ineptitud, la exhibición de cobardía moral que está dando la sociedad venezolana, con su pasividad y hasta masoquismo, representa un profundo descrédito para nuestro gentilicio”. (Destacado de esta carta). Antes ha resucitado, con desprecio lombrosiano, un argumento que invalida cualquier pretensión democrática que aún quiera exhibir. Así pone: “Los seguidores del régimen son gente mediocre, resentida, ansiosa del poder y del dinero que ahora está a su alcance: son los chacones, los merentes y los isaíases; las linas, las cilias y las irises. Son gente cuya anatomía frecuentemente refleja sus torvas cualidades morales, generalmente fáciles de identificar por su aspecto en cualquier lugar del mundo, ya se trate de Calixto en Las Vegas, Hugo en Doha o Nicolás en Nueva York”.
Estas declaraciones de Coronel, emitidas desde la segura distancia que desde hace años lo separa de esta atribulada tierra, son injustas y constituyen una falta de respeto hacia quienes permanecemos en ella para dar la batalla cotidiana y la más profunda y penetrante. Dice Coronel: “La cobardía moral predomina entre los venezolanos sentados en la barrera, asistiendo inexplicablemente al espectáculo de su propia destrucción, exhibiendo una cobardía mezclada con indiferencia y masoquismo”. Y también: “Pronto tendrá que llegar la chispa que prenda la resistencia civil en Venezuela, una acción continuada en el tiempo, no una protesta esporádica.. Y esa chispa la encenderá un venezolano (a) con coraje moral”. Si, como parece ser su implicación, es él alguien con la estatura moral que haría falta ¿por qué no deja de vivir en los Estados Unidos y se radica de nuevo en Venezuela a guiarnos con su superioridad?
Coronel nos haría un gran favor adquiriendo un poco de modestia y respeto por los que aquí estamos dando la pelea.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | Abr 28, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En septiembre de 1987, hace ya casi veintidós años, completó el suscrito un estudio que llamó Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela. Dos fueron las “sorpresas” discutidas en tal trabajo: el acceso de un outsider a la Presidencia de la República y un golpe militar. Sobre esto último afirmaba en las conclusiones: “…de ganar las elecciones de 1988 uno de los candidatos tradicionales… la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable”. Pudiera sostenerse entonces, y halando las cosas por los cabellos, que el estudio mencionado tuvo un error de al menos un mes y cuatro días respecto de la asonada del 4 de febrero de 1992.
Al iniciar la discusión de la sorpresa golpista, establecía: “Las mismas condiciones que hacen en general más probable la aparición de un hecho político sorpresivo son las que han aumentado la base con la que contaría un intento militar de tomar el control de las cosas: las condiciones de creciente deterioro de la situación. Sería muy raro que en las condiciones venezolanas de la actualidad no hubiesen aumentado las aproximaciones al tema y el examen de las consecuencias de un hecho tal por parte de actores con alguna posibilidad técnica de intentarlo. Para empezar, la imagen del golpe circula por la psiquis del país en una mayor proporción desde hace al menos dos años. Este fenómeno incluye la añoranza comparativa de Pérez Jiménez para quienes conocieron su época, así como el atrevimiento de decirlo en personas de los estratos sociales menos dotados, quienes tienen menos que perder, pues en todo caso participan menos de los ya exiguos beneficios del sistema actual”.
Pero antes de considerar el caso del golpe, un primer capítulo (La propensión a la sorpresa) discutió factores comunes a ambas posibilidades, y de él su primera sección hacía referencia a cambios en la matriz de opinión pública en materia política. Es esta sección el contenido de la Ficha Semanal #239 de doctorpolítico. En ella se registra un deterioro súbito y marcado de la imagen de los partidos políticos cuando apenas comenzaba el sexto gobierno (Jaime Lusinchi) de la democracia venezolana.
No habiendo en esa época una prédica que pudiera identificarse como antipolítica—la vilipendiada telenovela Por estas calles se estrenó veintiséis días después del primer alzamiento de 1992, mientras que Abdalá Bucaram Ortiz y Antanas Mockus no hacen presencia política hasta mediados de los años noventa—aquel desplazamiento de la opinión en 1984 sólo puede atribuirse a evaluación autónoma de la ciudadanía y, presumiblemente, a un desempeño insatisfactorio por parte de los partidos.
LEA
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Variación matricial
No es necesario, para convencer de la posibilidad de una sorpresa política al ciudadano informado, hacer un recuento exhaustivo de los registros más formales de la opinión ni de aquella que se expresa en manifestaciones tales como artículos, conferencias, exposiciones de toda índole, reveladoras de un estado de ánimo nacional que incluye el escepticismo y hasta el hartazgo con todo un modo de conducir la función pública, tanto en el nivel del Gobierno como en el nivel de sus conductos nutritivos principales: los partidos políticos.
A pesar de esto, es conveniente datar el momento cuando se produjo el primer desplazamiento medible de la psiquis venezolana, desplazamiento que en estos momentos ya se ha asentado con claros signos de irreversibilidad. El desplazamiento, asimilable analógicamente al de las placas tectónicas de la geología, comenzó a ser más marcado cuando aún el Presidente Lusinchi no había cumplido un año como gobernante.
En efecto, la encuestadora Gaither registró en agosto de 1984 un súbito movimiento de opinión respecto de encuestas anteriores por lo que respectaba a la identificación del «mejor partido». Dicha encuesta comparaba sus resultados contra los obtenidos en la pregunta «¿cuál es el mejor partido?» en agosto de 1974 (primer año de gobierno de Pérez), septiembre de 1979 (primer año de Herrera) y octubre de 1983 (dos meses antes de las últimas elecciones presidenciales). Los siguientes datos dan los porcentajes de personas que respondieron «ninguno» (entre las opciones AD, COPEI, MAS y otros) y que no opinaron.
………………..AGO.74 SEP.79 OCT.83 AGO.84
NINGUNO ……..16 14 19 29
NO OPINA ……..13 13 8 14
TOTAL ………….. 29 27 27 43
Como puede verse, el total de personas que no lograba identificar un mejor partido entre las opciones disponibles experimentó un salto brusco equivalente a 16% más de los encuestados que en veces anteriores.
Ese mismo año, el 27 de mayo, las elecciones municipales registraban el más alto porcentaje de abstención electoral registrado desde 1958. Las abstenciones en las elecciones nacionales de 1983 representaron un 12,25% de los electores, mientras que seis meses después la abstención en los comicios municipales alcanzó el 40,7%. (Aún si se compara este radical comportamiento con la abstención de las elecciones municipales de 1979 – 27,1% – la diferencia entre las dos elecciones municipales es de 13,6% más de abstenciones.)
Dos años más tarde, la encuesta Datos (trabajo de campo entre el 20 de mayo y el 13 de junio de 1986) registró un 58% de encuestados a favor de elegir un independiente para desempeñar la Presidencia de la República y, tal vez más sorprendentemente, que el 52% lo consideraba posible.
Finalmente, en julio y agosto de este año de 1987 la encuestadora Gaither realiza en el Area Metropolitana de Caracas una «elección simulada», en la que un partido nuevo, no especificado y sin estipulación de candidato, obtiene el segundo lugar con 22%, detrás de Acción Democrática (37%) y relegando a C.O.P.E.I. (17%) al tercer puesto. En este mismo sondeo el porcentaje de la categoría «no sabe/no contesta» es de 12%. (La encuestadora «aclara que este «nuevo partido» es un atractivo para muchos votantes, sin especificar candidato, pero quizás ese ideal no sea alcanzable en la práctica.» La diferencia entre esta última impresión y el 52% que en 1986 midió Datos como creyentes en la posibilidad de un independiente en Miraflores puede deberse a la cercanía de la próxima fecha electoral y a la creencia de que ya no habría tiempo para montar ese «partido nuevo», esa opción diferente.)
Por otra parte, la misma proliferación de ofertas políticas nuevas es un indicador de que se percibe la situación política como más fluida. El Consejo Supremo Electoral es una institución de suyo conservadora, pero la nueva presión es registrada allí de modo evidente. El Presidente del organismo, Dr. Carlos Delgado Chapellín, opinó ante la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado que debiera concederse al elector venezolano la libertad jurídica de la abstención, como una forma para expresar su descontento ante las opciones que se le presentan. Eso es manifestación de una orientación creciente de la opinión pública, en la que, ante la ausencia de una opción nueva convincente cobra fuerza la salida de la abstención o el voto nulo como vehículo de protesta.
En suma, no hay dudas de que la matriz de opinión pública venezolana ha experimentado un muy significativo desplazamiento de signo contrario a los conductos políticos tradicionales, de que tal desplazamiento se ha producido recientemente con alguna brusquedad y de que tal desplazamiento no se ha detenido.
Luis Enrique Alcalá
por Luis Enrique Alcalá | Abr 23, 2009 | Cartas, Política |

El término “paradigma” y su uso en la expresión “paradigma político” se ha hecho de uso bastante generalizado. El sentido en el que se emplea es el propuesto por Thomas S. Kuhn en su obra de 1962 The Structure of Scientific Revolutions. Kuhn se refiere con el término paradigma al núcleo esencial de una determinada teoría o doctrina científica. Por ejemplo, en materia del fenómeno de la gravitación, el paradigma de la física aristotélica quedaba definido por el concepto de causa final; Aristóteles explicaba que los cuerpos cayesen porque todos los cuerpos buscarían ir hacia su lugar natural, la tierra, dado que todos los cuerpos estarían hechos del “elemento” tierra. Sobre el mismo fenómeno el paradigma de Newton sustituye el concepto de Aristóteles por la idea de “acción a distancia”, que permite concebir una “fuerza de gravitación universal” existente entre dos cuerpos cualesquiera. Einstein prescinde de esa noción de acción a distancia y la sustituye, a su vez, por la proposición de que la presencia de masa en el espacio induce una curvatura en éste; sería esta curvatura la que seguirían los astros al girar en derredor de cuerpos de mayor tamaño, y no una fuerza de gravitación.
La famosa obra de Kuhn describe el progreso de la ciencia entre épocas de estabilidad conceptual, de permanencia de un determinado paradigma, hasta que una crisis en el poder explicativo del paradigma conduce a la formulación de uno nuevo. Esta idea ha sido extendida para explicar la sucesión en el tiempo de las distintas concepciones sobre lo político. Los paradigmas, pues, son los marcos mentales básicos a partir de los cuales se interpreta la realidad. Obviamente, de ellos depende la conducta humana. Dice John Stuart Mill: “Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan”. (Ensayo sobre el gobierno representativo).
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La crisis de los paradigmas socio-políticos ha tenido una grave expresión en el descrédito que sufrió la llamada planificación estratégica. Comúnmente se acostumbra fechar la primera derrota importante de los planificadores estratégicos con el embargo petrolero árabe de fines de 1973. Las predicciones dejaron de ser confiables, al generalizarse la impresión de volatilidad o impredecibilidad del mercado petrolero. La discontinuidad, por otra parte, comenzó a manifestarse en el mundo político por esa misma época. La caída del régimen del Shah de Irán fue la primera “sorpresa” de cierta magnitud, la que inicia la serie de acontecimientos “impensables” que incluyó cataclismos tales como el derrumbamiento del Muro de Berlín y la desmembración de la Unión Soviética como secuela de la perestroika de Gorbachov.
Una turbulencia de tan grande magnitud dejaba mal parados los intentos predictivos de los más sofisticados centros de análisis. Junto con un agotamiento del recetario político clásico, esa inestabilidad ha sido la razón principal de que cundiera el escepticismo hacia los intentos de manejar el ambiente social desde marcos generales como guía para la acción. Ahora, un nuevo simplismo ideológico (el “socialismo del siglo XXI”) lleva las cosas al otro extremo, luego de una renuncia a pensar estratégicamente. Para que esto fuera posible, para que sonara viable al elector promedio en Venezuela, hubo antes un proceso de erosión en el pensamiento político de corte general.
En Venezuela fue muy intenso el rechazo a los “habladores de paja” de los departamentos de planificación estratégica. El IESA publicó en 1985 El caso Venezuela: Una ilusión de armonía, libro en el que sus editores, Moisés Naím y Ramón Piñango, objetaban a la planificación estratégica en el trabajo introductorio del siguiente modo: “El mejoramiento de la gestión diaria del país requiere que los grupos influyentes abandonen esa constante preocupación por lo grandioso, esa búsqueda de una solución histórica, en la forma del gran plan, la gran política, la idea, el hombre o el grupo salvador. Es urgente que se convenzan de que no hay una solución, que un país se construye ocupándose de soluciones aparentemente pequeñas que forman eso que, con cierto desprecio, se ha llamado ‘la carpintería’. Si bien no hay dudas de que la preocupación por lo cotidiano es mucho menos atractiva y seductora que la preocupación por el gran diseño del país, es imperativo que cambiemos nuestros enfoques”.
Es decir, el remedio propuesto era el de sustituir los estrategas por los tácticos.
Poco después (entre 1989 y 1993), muy connotados profesores así como gerentes reconocidamente capaces del sector privado ejercieron importantes funciones públicas (entre ellos, de modo destacado, Moisés Naím), con resultados terribles. Por esta razón resulta interesante contrastar este caso local de miopía técnica con el juicio que mereció a Tocqueville la ceguera de los funcionarios del gobierno de Luis XVI cuando la Revolución Francesa estaba a punto de estallar: “…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario”. (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución).
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Es sólo muy recientemente que la “teoría de la complejidad”, que incluye la llamada “teoría del caos”, ha podido proporcionar un paradigma adecuado a los muy complejos procesos sociales. Los primeros ejercicios analíticos de predicción eran fundamentalmente proyecciones en línea recta. (La estadística había proporcionado la herramienta de la “regresión lineal”, mientras el “determinismo histórico” de las doctrinas marxistas contribuía a esa opinión de que el futuro era único e inevitable). Obviamente, sólo pocos fenómenos pueden ser adecuadamente descritos como una línea recta.
El reconocimiento de la multiplicidad del futuro llevó, más tarde, al desarrollo de la técnica de “escenarios” (principalmente por la Corporación RAND, en la década de los sesenta), en los que se exponía intencionalmente un conjunto de descripciones diferentes del futuro en cuestión. Sin embargo, aún la técnica de escenarios tiende a estar asociada con una percepción del problema en forma de “abanico” de futuros, según la cual se presume una continuidad de la transición entre los distintos futuros, al desplazarse por el área continua del abanico. Este modo de ver las cosas supone, por tanto, una enorme cantidad de incertidumbre, pues los futuros serían, en el fondo, infinitos.
El formalismo matemático (fractales) sobre el que se asienta la teoría de la complejidad, en cambio, permite describir el futuro como una estructura arborificada o ramificada, como una arquitectura discontinua en la que unos pocos futuros posibles actúan como cauces o “atractrices” por los que puede discurrir la evolución del presente. (Un modelo sencillo de un sistema de atractrices lo constituye un péndulo que oscila a poca distancia de una base hexagonal, en cuyos vértices se han colocado imanes de aproximadamente igual intensidad magnética. Tomando el péndulo entre los dedos se le dota de un impulso inicial que, al soltarlo, lo hace describir una trayectoria que bajo la acción de los imanes es típicamente errática. Al agotarse el impulso inicial el péndulo se detiene sobre uno de los vértices, una de las atractrices. Incluso en un sistema tan sencillo como éste, no es posible predecir cuál será la atractriz que predominará al final).
Incertidumbres de este tipo han llevado a la desesperante noción de que la predicción social es imposible. El hecho de que por lo atrayente del nombre, se haya popularizado más la teoría del caos que la teoría de la complejidad que la engloba, ha contribuido aún más a la desesperanza.
Pero esto es un conocimiento y una aplicación superficiales de tales teorías. Por una parte, aun los fenómenos caóticos transcurren por cauces que siguen un orden subyacente estricto. Por la otra, ya a niveles prácticos se ha tenido éxito en introducir estímulos que “sincronizan” procesos caóticos para hacerlos seguir trayectorias estables. En otras palabras, es posible dominar el caos. Más aún, la proporción de caos dentro de los sistemas complejos es usualmente pequeña, y predomina en éstos un proceso opuesto y más poderoso de autorganización, especialmente en sistemas que, como el social, son capaces de intercambiar información.
Naturalmente, ciertos episodios caóticos pueden tener consecuencias lamentables en magnitudes enormes. Los acontecimientos del 27 y el 28 de febrero de 1989, por ejemplo, son más fácilmente comprensibles si se les interpreta como un caso de proceso caótico, antes que como resultado de una acción subversiva intencional. (Hubo incidencia de agitación programada, pero el grupo Bandera Roja no tenía, por supuesto, la escala que pudiera producir lo que ocurrió. El 27 de febrero de 1989 pudo observarse la propagación de la avalancha desde Guarenas, exacerbándose por la transmisión del evento a través de los medios de comunicación social, pero también a través de una cadena informal de transmisión de información: los mensajeros motorizados, que exhiben desde hace mucho una rápida solidaridad de conducta y que fueron propagando el descontento desde Guarenas a Petare, de allí a Chacaíto, a la estación del Metro en Bellas Artes, y así sucesivamente).
En contraposición a estas posibilidades caóticas, los sistemas sociales aprenden y se autorganizan. Es así como aun en condiciones de extrema complejidad es posible tanto predecir el futuro como seleccionarlo. Por el lado de la predicción social, el problema es ahora un asunto de identificación de las atractrices actuantes en un momento dado. Por el lado de la acción, se trata de evitar ciertas atractrices indeseables y de seleccionar alguna atractriz conveniente o, más allá, de crear una nueva atractriz altamente deseable.
Es un trabajo muy diferente del que puede acometer el mejor entre los políticos convencionales, cuyo know how seguirá siendo útil, aunque con rendimiento decreciente.
luis enrique ALCALÁ
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