CS #318 – Panaceas vencidas

Cartas

Al día siguiente de la elección del cuadragésimo cuarto Presidente de los Estados Unidos, el 5 de noviembre, escribía Roger Simon para Capitol News: “La victoria de Obama no señala un desplazamiento ideológico en este país. Significa que el público americano se ha hartado de las ideologías”.

Pocos días después otras voces dirían cosas parecidas. Como es su costumbre, la revista TIME escoge una “persona del año”, y 2008 no fue ni una excepción al uso ni trajo una sorpresa. ¿Quién otro que Barack Obama, el primer hombre de color en la Presidencia de los Estados Unidos, hubiera podido ser escogido? Pero un finalista ilustre entre varios considerados por la revista fue Nikolás Sarkozy. TIME pidió a Tony Blair que escribiera para la ocasión una escueta semblanza del Presidente de Francia. Blair lo elogió como un verdadero líder, nada convencional, y opinó: “…está preparado para pensar fuera de la caja. Reflexionemos por un momento, y veremos que la construcción de su gobierno es un logro notable. Su Ministro de Relaciones Exteriores—el inmensamente capaz Bernard Kouchner—es un socialista, como lo son varios otros ministros. Nicolás ha adoptado el bipartidismo no sólo con una gracia natural, sino también con un sincero abrazo de corazón. Él se yergue en el moderno molde post-ideológico”.

Por lo que atañe al número uno, además de la extensa pieza analítica sobre Obama, propuesta el 16 de diciembre por David Von Drehle, la edición de TIME publicó una reveladora entrevista hecha nueve días antes a quien entonces era todavía sólo un presidente electo. (A Von Drehle le acompañaron esta vez el Editor en Jefe y el Editor Ejecutivo de la revista, John Huey y Richard Stengel, en señal de respeto y por la importancia de la ocasión).

La primera pregunta de la entrevista fue: “¿Qué clase de mandato ha recibido usted?”

Esto dijo Obama: “Bueno, creo que ganamos una victoria decisiva. Sin embargo, cuarenta y siete por ciento del pueblo americano votó por John McCain. Por consiguiente, no creo que los americanos quieren arrogancia en su próximo presidente. Pienso que recibimos un fuerte mandato de cambio… Esto significa un gobierno que no esté impulsado ideológicamente”.

………

Naturalmente, la primera tentación, al reflexionar sobre lo dicho por Obama, es lamentarse porque el presidente venezolano no entiende que, por las mismas razones que expone el presidente norteamericano, su notoria arrogancia está de más. Que debiera gobernar como Sarkozy, tendiendo puentes.

Más profundo asunto es, no obstante, esta cosa de lo post-ideológico. No es casualidad que los presidentes más vivaces del día, Obama y Sarkozy, hayan entendido que desde una postura ideológica no llegarían a ningún lado, ni tampoco es casual que Blair diga que lo moderno es dejar atrás a las ideologías.

No es la primera vez que se prescribe o anuncia el abandono o deceso de lo ideológico. Exactamente en 1960, el sociólogo Daniel Bell, próximo a cumplir noventa años, publicó El fin de la ideología (The End of Ideology: On the Exhaustion of Political Ideas in the Fifties), una obra cuya influencia alcanza a nuestros días. De algún modo, Francis Fukuyama recogió la noción en The End of History and the Last Man (1992), y hasta Michel Foucault (Les mots et les choses: Une archéologie des sciences humaines, 1966) es responsable por un post-historicismo y un post-humanismo que se deriva de su idea de que “el hombre es un invento reciente” (en tanto concepto elaborado por los humanistas) y su provocadora declaración de que “el hombre ha muerto”.

Foucault y Fukuyama, claro, discurren en el exquisito terreno de la filosofía, y el segundo de ellos llegó a pensar que el desplome de la Unión Soviética equivalía a la entronización definitiva de la democracia y el mercado, poniendo fin a la historia justamente en el mismo sentido predicho desde el opuesto punto de vista de Marx: que una vez que triunfara el socialismo e impusiera un régimen comunista, ya la ideología sería innecesaria.

El planteamiento de Bell, en cambio, ocurre en el campo sociológico y se limitó a proponer que las ideologías clásicas—el liberalismo, el marxismo y los tipos intermedios, así como los nacionalismos extremos del fascismo y el nazismo—que surgieron en el siglo XIX y principios del siglo XX, se habían agotado como fuente de discurso político pertinente. Bell suponía que en su lugar aparecerían ideologías de corte localista.

………

Todo esto está muy bien, pero ¿qué demonios es una ideología? El concepto es impreciso, como ocurre con muchas de las ideas con las que se discurre en ciencias o filosofía de lo social. (Si se cree, por ejemplo, que la ampliamente usada idea de “paradigma”—en el significado propuesto por Thomas Kuhn en The Structure of Scientific Revolutions—es un concepto bien definido, considérese que Margaret Masterman encontró que el propio Kuhn empleaba la palabra en no menos de veintiún sentidos diferentes en su libro de 1962).

La Real Academia Española coloca en su diccionario una segunda acepción de la palabra, la que define así: “Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc”. El Oxford American Dictionary propone un significado parecido—“las ideas y maneras de pensar características de un grupo, clase social o individuo”—pero también una primera acepción que define ideología como “un sistema de ideas e ideales, especialmente aquel que forma las bases de la teoría económica y política”. Wikipedia, en cambio, produce una definición más amplia: “Una ideología es un conjunto de metas e ideas, especialmente en política. Puede ser entendida una ideología como una visión comprehensiva, como un modo de ver las cosas, o como un conjunto de ideas propuestas por la clase dominante de una sociedad a los miembros de ésta. El propósito principal de una ideología es el de ofrecer un cambio en la sociedad a través de un proceso de pensamiento normativo… Implícitamente, toda tendencia política involucra una ideología, sea o no propuesta como sistema de pensamiento explícito”.

Para los propósitos de esta discusión, digamos que una ideología es un sistema de creencias acerca de cuál es la sociedad humana perfecta o preferible. En este sentido, La ciudad de Dios—escrita por San Agustín poco después del saqueo de Roma por los visigodos en el año 410 de nuestra era—contiene elementos ideológicos, por más que el término ideología, en su significado original de “ciencia de las ideas”, no fuera acuñado sino hasta 1796 por Destutt de Tracy. (El DRAE acoge este sentido arcaico en la primera acepción: “Doctrina filosófica centrada en el estudio del origen de las ideas”). De hecho, el residuo atávico de este original sentido etimológico contribuye al prestigio de la palabra entre incautos, que construyen inadvertidamente por sí mismos el siguiente teorema: las ideas son la manifestación más elevada de la humanidad; por consiguiente, una ideología, que vendría siendo algo así como las ideas que son obtenidas científicamente, es algo de gran elevación que debe ser admitido. Los partidos “serios” son los que esgrimen una ideología; es por esto que realizan “congresos ideológicos”. Un partido que no disponga de una ideología no pasaría de ser un aparato pragmático que sólo procura hacerse con el poder del Estado.

Lo cierto es que todo partido político es, en el fondo, una organización con el pragmático propósito de obtener poder político y, si dispone de ideología, esgrime ésta como justificación (coartada) de su objetivo. Descrita como aglomeración de “principios” y “valores”, la ideología partidista santifica al partido y a sus líderes, pues éstos serían “hombres de principios”. Decir estas cosas, de todos modos, no equivale a negar que amplios contingentes de personas puedan creer honestamente que deben “defender” esos principios y que una política inspirada en ellos sería la mejor entre las posibles. Tampoco significan que la acción política no deba estar sujeta a normas morales. La bondad cabe con holgura en el reino de la eficacia.

En verdad, es la proximidad entre moral e ideología lo que suscita intensas emociones a los socios ideológicos. Quien cree que una cierta ideología es la correcta y adhiere a ella tiende de modo natural a sentirse superior a los que no le acompañan. Con frecuencia, lamentablemente, esta conciencia de superioridad moral se hace patológica, hasta el contrasentido de procurar la eliminación del contrincante conceptual, precisamente miembro de la sociedad que quiere hacerse justa y feliz. Es la carga emocional lo que convierte a la ideología en causa, el factor capaz de provocar “una añoranza por una causa en la cual creer”, como describe Bell en el capítulo 13 de El fin de la ideología. Es decir, las ideologías no se derivan, por más que algunas lo pretendan, del conocimiento científicamente obtenido; ellas son, más bien, asunto de fe, “causas en las cuales creer”. Al actuar como religiones, las ideologías están sujetas a la infecciosa enfermedad de los fanatismos.

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Una ideología se compone, entonces, de una explicación y una prescripción. Por el primero de sus componentes, pretende entender cómo funciona una sociedad dada o, como en el caso de la más pretenciosa de todas (el marxismo), la historia entera de la humanidad. (Historicismo marxista o materialismo histórico). Es este componente el que se quiere hacer pasar por científico. Aunque fue la pareja Marx-Engels la que acuñó el término “socialismo utópico”, fue el segundo quien catalogó las teorías de Marx como “socialismo científico”. Muchos creen conmovedoramente que esto es así. Por ejemplo, el general Raúl Isaías Baduel, con ocasión de su pase a retiro el 18 de julio de 2007, dijo en su discurso de despedida: “…si la base para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels, lo que construyamos sobre ella no puede serlo menos, so pena de que la estructura construida no pase a ser más que una humilde choza levantada sobre los cimientos de un rascacielos”. (Destacado añadido).

Fue, sin embargo, nadie menos que Karl Popper, el papa de la filosofía de la ciencia en el siglo XX, quien mostrara y demostrara que el “historicismo”, en particular el marxista, era un discurso contracientífico. (En La miseria del historicismo. El título alude a La miseria de la filosofía, obra de Marx para refutar La filosofía de la miseria, de Proudhon). Antes, en La lógica de la investigación científica, Popper establece un sólido criterio, el famoso “criterio de demarcación”, para distinguir entre un discurso científico y uno que no lo es. El marxismo no pudo nunca superar la barra del criterio popperiano.

La explicación proporcionada por la ideología usualmente consigue culpables de un estado indeseable de la sociedad—indeseabilidad que se establece según los “valores” de la ideología concreta—que resalta en su crítica. Así, por ejemplo, el marxista sostendrá que la culpa del subdesarrollo es de la empresa privada, cuyo afán de lucro produce la “exclusión” de grandes contingentes humanos en su afán por mantener privilegios de clase, y que el Estado revolucionario está llamado a corregir ese estado de cosas; por lo contrario, un liberal argüirá que el subdesarrollo es culpa de la excesiva intromisión del Estado en la economía y que, si se deja tranquila a la “libre empresa”, será posible alcanzar un desarrollo avanzado. En medio de estos polos extremos se ubican las ideologías intermedias: básicamente la socialdemocracia (socialismo evolucionista o reformista), una suerte de socialismo de virulencia atenuada fundado desde Alemania por Eduard Bernstein hacia 1896, y la democracia cristiana o socialcristianismo, desarrollado a partir de principios expuestos en las “encíclicas sociales” de los papas a partir de León XIII (1891), y que desde un inicio se perfilaba explícitamente como un “tercer camino”.

Estas cuatro “medicinas”—precientíficas todas, por cierto—suponen ser panaceas que curan la calvicie y la indigestión políticas, el estreñimiento y los calambres económicos, la urticaria y la impotencia sociales y la obesidad y el sabañón culturales. Como prescripción sirven—pretenden quienes las propugnan—para resolver cualquier problema público. Incluso formalmente, son panaceas en tanto son nombres genéricos que funcionan como etiquetas o marcas. Nadie sabe exactamente qué contiene el frasco que las luce. Piénsese, por caso, en el cacareado “socialismo del siglo XXI”, pero también en la “democracia nueva” de una cierta campaña electoral de 1988 o el “pacto social” de una de 1983. Para esta ocasión, algún prestigioso político publicó un folleto de intención explicativa acerca de lo que sería el mentado “pacto social”, pero su peculiar retórica sólo tuvo éxito, si acaso, en precisar lo que no era el pacto social. (“No debe entenderse por pacto social esto o lo otro… No debe confundirse el pacto social con eso o aquello…” Etcétera). La frase “centralidad de la persona humana” sirvió para que un cierto obispo contestara todas las entrevistas que se le hicieron en televisión, durante un par de años de auge de su popularidad. Era la receta que ofrecía al ser consultado sobre materia o problema cualesquiera.

………

La Política es, o debe ser y es lo que podemos los ciudadanos exigir, el arte de resolver problemas de carácter público. Ninguna otra cosa la justifica. El objetivo con la reelección de algún mandatario, por ejemplo, no consiste en “recompensar a quienes [el pueblo] estime como sus mejores gobernantes”, como propuso anteayer el magistrado Francisco Carrasquero López a la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, sino la facultad del pueblo de mandar que continúe sirviéndole un empleado que ha demostrado su eficacia y honradez. Es una aberración la bendita teoría de la reelección como “premio al buen gobernante”, que el Presidente de la República ha aprendido y recita porque le conviene. La Primera Magistratura Nacional no es un trofeo.

Se trata, con la Política, de un oficio difícil y delicado. El político se entromete con una sociedad y su historia. Es lo que hace un médico, un odontólogo, un enfermero, con un paciente a la escala personal. A éstos exigimos que estén al día en el estado del arte de su profesión; por esto no puede ser que algún galeno interprete a estas alturas un cuadro patológico a partir de una teoría (ideología) de los miasmas, o prescriba la ingestión de esmeraldas molidas—más de una vez rayaron la mucosa gástrica de señores renacentistas que podían pagar ese tratamiento—porque tengan una presunta virtud astrológica.

La misma cosa puede exigirse ahora de nuestros políticos. No hay ideología que sea explicación suficiente de nuestro actual estado como república; menos todavía hay alguna de la que derive una solución universal de nuestros problemas. En particular, Venezuela sufre hoy de la pretensión pueril—malacrianzas incluidas—de imponernos una ideología socialista desde el gobierno nacional. Irónicamente, fue el mismo Marx quien sostuviese que las ideologías de la clase dominante de una sociedad son propuestas (o impuestas) al resto de la sociedad, para que los intereses de la clase gobernante parezcan ser los intereses de todos.

Pero también las fuerzas formales que se oponen a ese designio cojean de la misma pata ideológica. El Movimiento Al Socialismo, Podemos, Patria Para Todos ondean banderas marxistas; Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo son partidos de la socialdemocracia; COPEI, Primero Justicia, Proyecto Venezuela y lo que quede de Convergencia son organizaciones socialcristianas. La misma redundancia de opciones dentro de una misma corriente ideológica ya es signo de que, incluso para ellas, lo ideológico no es lo importante.

La ideología debe, por ende, ser suplantada por la metodología: la que sea más eficaz para resolver, con menor costo social, un problema público concreto. Esto suena muy pragmático, pero se trata de un pragmatismo responsable.

luis enrique ALCALÁ

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FS #227 – Cambio y fuera

Fichero

LEA, por favor

Una brevísima Ficha Semanal #227 de doctorpolítico recoge los epígrafes y los párrafos iniciales del último capítulo—La evolución futura del cerebro—de un libro de Carl Sagan: Los dragones del Edén: Especulaciones sobre la evolución de la inteligencia humana.

Sagan era, en verdad, astrónomo y astroquímico, indudable líder de la comunidad científica estadounidense y un extraordinario comunicador. A pesar de sus antecedentes profesionales—y tal como ocurrió con Francis Crick, biólogo molecular—experimentó la fascinación que sobre muchos científicos ejerce la doble maravilla del cerebro y la inteligencia humana. Fue excelso divulgador de la ciencia de frontera; en Cosmos, serie para televisión, y el best seller absoluto de los libros de ciencia basado en ella, construyó un majestuoso marco para la comprensión de nuestro papel en el universo, en un terreno que le era más familiar. En cambio, El cerebro de Broca y Los dragones del Edén le adentraron por la historia natural de la inteligencia. (Este último libro le valió el Premio Pulitzer en 1977).

Una vez que la evolución opta por la ruta de los cordados (animales dotados de un eje nervioso como la médula espinal), las estructuras neurales progresan en dirección de—término de Teilhard de Chardin—una cefalización creciente. El progreso ocurre por aposición de nuevos pisos nerviosos sobre los más primitivos, sin que éstos desaparezcan en los aparatos de los seres más evolucionados. Por ejemplo, el cerebro de un ofidio es mayormente un bulbo olfatorio, pero es obvio que el tigre es muy capaz de oler. En el texto reproducido, Sagan menciona las estructuras conocidas como neocortex, sistema límbico y complejo R. Explica en el capítulo tercero que el complejo R (por la palabra “reptil”) es la más primitiva de las tres y el principal motor psíquico de un cocodrilo o dinosaurio. Superpuesto a esa formación se encuentra el sistema límbico (del latín para “límite” o “borde”), ya presente en los mamíferos. Los humanos tenemos ambas estructuras, pero sobre ellas nuestros cerebros han colocado el techo del neocortex, asiento fisiológico de las capacidades intelectuales superiores. Paul MacLean, citado por Sagan, demostró que el complejo R es suficiente para generar la conducta agresiva, la territorialidad, el ritual y el establecimiento de las jerarquías sociales. (En una palabra: el chavismo). El sistema límbico añade, a la “sangre fría” de los reptiles, la profundidad de las emociones. El neocortex, finalmente, incorpora la posibilidad de análisis, reflexión y decisión.

Los trozos escogidos para esta ficha encierran al menos dos lecciones: primera, que la repetición de conductas tradicionales difícilmente podrá redundar en adaptación a un ambiente cambiante; segunda, que aunque lleve tiempo se impondrá a la larga la civilización sobre la agresiva infancia humana del cazador o el militar.

LEA

Cambio y fuera

Es de la naturaleza del futuro ser peligroso… Los grandes avances de la civilización son procesos que prácticamente destruyen las sociedades en las que ocurren.

Alfred North Whitehead

Aventuras en las ideas

La voz del intelecto es suave, pero no descansa hasta que ha obtenido audiencia. En último término, luego de interminables rechazos, alcanza el éxito. Es éste uno de los pocos puntos en los que uno puede ser optimista sobre el futuro de la humanidad.

Sigmund Freud

El futuro de una ilusión

La mente es capaz de cualquier cosa puesto que todo está en ella: todo el pasado, así como todo el futuro.

Joseph Conrad

El corazón de la oscuridad

El cerebro humano pareciera hallarse en un estado de inquieta tregua, con escaramuzas ocasionales y raras batallas. La existencia de componentes del cerebro con predisposición a ciertas conductas no es una invitación al fatalismo o la desesperación: tenemos control sustancial sobre la importancia relativa de cada componente. La anatomía no es el destino, aunque tampoco es irrelevante. Al menos algunas enfermedades mentales pueden ser entendidas en términos de un conflicto de los partidos neurales en pugna. La represión mutua entre diversos componentes ocurre en muchas direcciones. Hemos mostrado cómo hay represión límbica y neocortical del complejo R, pero en la sociedad puede también darse la represión del neocortex por el complejo R y represión de un hemisferio cerebral sobre el otro.

En general, las sociedades humanas no son innovadoras. Son, más bien, jerárquicas y ritualistas. Las sugerencias de cambio son saludadas con sospecha: implican una variación futura desagradable en el ritual y la jerarquía: el intercambio de un conjunto de ritos por otro, o quizás una sociedad menos estructurada con menos rituales. Y sin embargo, hay momentos cuando las sociedades deben cambiar. “Los dogmas del tranquilo pasado son inadecuados para el tormentoso presente”; así describía Abraham Lincoln tal verdad. Mucha de la dificultad encontrada en los intentos por reestructurar las sociedades, incluyendo la estadounidense, se deriva de esa resistencia de los grupos con intereses creados en el statu quo. Un cambio significativo requiere que aquellos en los sitios superiores de la jerarquía desciendan muchos escalones. Tal cosa les luce indeseable y de allí su resistencia.

Pero una cierta cantidad de cambio—de hecho algún cambio significativo—es aparente en la sociedad occidental, ciertamente insuficiente pero más que en casi cualquier otra sociedad. Las culturas más viejas y estáticas son mucho más refractarias al cambio. En el libro “La gente del bosque”, de Colin Turnbull, hay una punzante descripción de una infante pigmea lisiada, a quien antropólogos visitantes le ofrecen una sorprendente innovación tecnológica: una muleta. A pesar del hecho de que pudiera mitigar el sufrimiento de la niña, los adultos, incluyendo sus padres, no prestaron particular interés al invento. Hay muchos otros casos de intolerancia a la novedad en las sociedades tradicionales; ejemplos diversos pudieran extraerse de las vidas de hombres tales como Leonardo, Galileo, Desiderio Erasmo, Charles Darwin y Sigmund Freud.

El tradicionalismo de las sociedades en estado estático es generalmente adaptativo: las formas culturales son producto de una evolución penosa en muchas generaciones, y se sabe que funcionan bien. Como ocurre con las mutaciones, es probable que un cambio azaroso funcione peor. Pero también como con las mutaciones, los cambios son necesarios para el logro de adaptaciones a nuevas circunstancias ambientales. La tensión entre estas dos tendencias determina en buena medida el conflicto político de nuestros tiempos. En una época caracterizada por un ambiente externo físico y social que cambia con rapidez, como la nuestra, la acomodación y la aceptación del cambio es adaptativa; en las sociedades que habitan ambientes estáticos no lo son. Los estilos de vida del cazador-recolector han servido bien a la humanidad durante la mayor parte de su historia, y creo que hay suficiente evidencia de que en cierta manera fuimos diseñados por la evolución para una cultura de esa clase; cuando abandonamos la vida de caza y recolección abandonamos la infancia de nuestra especie. La cultura de la caza y la recolección y la cultura de alta tecnología son ambas productos del neocortex. Estamos ahora irreversiblemente encaminados por el segundo de estos senderos. Pero tomará tiempo acostumbrarnos a él.

Carl Sagan

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Opinión desalineada

Decisión que conviene en el referéndum del 15 de febrero de 2009 sobre la propuesta enmienda constitucional

 

 

 

 

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LEA #317

LEA

La mera consideración de una poderosa idea, hasta ahora meramente esbozada, fue capaz ayer de inyectar una sorprendente confianza al mercado de valores en la Bolsa de Nueva York, lo que coronó un día de ganancias en Asia y Europa. Lo más llamativo fue el súbito aumento en el precio de las acciones de algunos bancos, que hasta hace nada estuvieron asediados por la incertidumbre y la desconfianza. Así, por ejemplo, Citigroup y Bank of America vieron aumentar su posición en más de 13%, mientras que los europeos se adelantaron con un impulso en las acciones de Deutsche Bank AG y Barclays Plc de al menos 18%. El índice S&P 500 mostró ganancias por cuarto día consecutivo, en su mejor desempeño desde noviembre y el promedio industrial Dow Jones conquistó más de doscientos puntos.

El detonante de tan optimista reacción fue el anuncio de que, tal vez la semana que viene, el equipo económico del nuevo gobierno de los Estados Unidos esboce las características de un banco de salvamento que planearía establecer, al que ya se le ha adjudicado el decidor nombre de Badbank. Esta entidad, se anticipa, compraría de los bancos privados los “activos tóxicos” que constituyen el principal obstáculo al regreso de la confianza financiera. En verdad, sería un mal banco aquel que se empeñara en adquirir activos de dudoso valor. Se habla de one trillion dollars—un billón castellano de dólares—para esta operación, cuyo dueño sería el FOGADE norteamericano, la Federal Deposit Insurance Corporation (FDIC). La agencia Bloomberg califica el plan como un intento de “quebrar el espinazo de la crisis crediticia”.

Al optar por este diseño, el gobierno estadounidense puede extender su alivio a los mismos ciudadanos endeudados, cuyos créditos forman los activos a adquirir. Desde el Badbank, la FDIC podría extender facilidades que permitieran una reestructuración benevolente de los créditos, y a sus emproblemados beneficiarios la oportunidad de cumplir con sus obligaciones.

Otra ventaja obvia es que se elude la estatización de la banca privada de los Estados Unidos, aunque no deja de producir un cierto escalofrío el solo tamaño de la entidad que sería establecida, que empequeñecería al más grande de los bancos comerciales.

Barack Obama ha convocado a un esfuerzo conjunto de todos los estadounidenses para conjurar la inmensa crisis de la economía y, añadiendo los hechos a las palabras, emite claras señales de que el gobierno federal está dispuesto a asumir la parte de carga que le toca.

¿Responderán todos los ciudadanos de Estados Unidos del mismo modo solidario? Uno se pregunta esto cuando se entera de que ciertos bufetes de abogados en ese país cobran más de 18 dólares por minuto (unos 1.100 dólares por hora), como honorarios de consulta a empresas que se encuentran en proceso de quiebra. Suena como codicia: la avidez profesional que se prende de la necesidad urgente de clientes debilitados, una costosa y especializada terapia intensiva sobre pacientes a punto de morir.

LEA

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CS #317 – Manifiesto no alineado

Cartas

Quien hace esta manifestación aparecería en cualquier estudio de opinión dentro de la categoría de los no alineados. No soy partidario del gobierno o alguno de los partidos y grupos que lo apoyan. Tampoco estoy afiliado a partido o grupo alguno que se defina como de oposición a aquél. No creo que el socialismo es la solución para el país, pero no pienso que lo sea el liberalismo. Si bien admito ser, a mi escala personal y en la medida de mis posibilidades, responsable por el bienestar de cada habitante del planeta, creo asimismo que los mercados son la forma natural de la economía humana aunque, como ahora, requieran vigilancia y control, pues su benéfica presencia no agota la anatomía y la fisiología de las sociedades humanas. Reconozco progresos en Venezuela en los últimos años para el nivel de vida de muchos venezolanos desaventajados, y que hayan adquirido un reconocimiento social del que antes carecían; pero también me preocupo por la creciente inseguridad de las personas y por una prédica agresiva oficial que regala un pretexto y sirve de modelo a la delincuencia. No soy escuálido, pitiyanqui o usufructuario cuarto-republicano, y tampoco tupamaro, rojo-rojito o bolivariano. Reconozco la inmensa deuda que tengo con nuestros libertadores, la que debo pagar con su respetuosa memoria, pero creo que el pueblo venezolano debe emanciparse de Bolívar, como un hombre joven que sale de la adolescencia y, por ley de vida, debe emanciparse de su padre por más que lo ame.

Prefiero que mi descendencia viva en un mundo pluripolar, no en uno dominado por una sola potencia, independientemente de cuán poderosa o meritoria ella sea. Creo que a la par de China, India, Europa, Rusia, Australia, los Estados Unidos y las grandes naciones del Pacífico y de África, el condominio sudamericano debe estar presente, como bloque, en un concierto planetario que asegure la paz y la cooperación para superar los complicados problemas del mundo. No estoy comprometido con ninguno de los bandos que combaten en Gaza, y quiero que ambos logren la reconciliación permanente. Durante los años de presidencia de George W. Bush expresé consistentemente mi oposición a sus políticas, así como reconocí su elevada gallardía al comentar el triunfo electoral de Barack Obama. Creo que el mundo debe enorgullecerse de su diversidad cultural, verdadera clave de sus logros futuros, que cada religión debe tener su espacio libre en la conciencia de la gente y que ninguna puede imponerse a las demás, mucho menos con la violencia: no existe guerra a la que pueda llamarse santa.

Las tecnologías de la comunicación permiten ya que más de mil millones de habitantes de la Tierra se conecten en la Internet; entre nosotros, los venezolanos, más de seis millones lo hacen casi todos los días. Esto significa que podemos compartir y aprender; en particular significa que la cultura política de cada uno de nosotros puede crecer, y por esto apruebo la noción de una democracia cada vez más participativa, en la que ejerzamos nuestro derecho y cumplamos nuestra responsabilidad de ciudadanos. En esa nueva democracia mundial que se construye por minutos, como es natural, debo respetar el punto de vista de los demás, y tengo fundados motivos para esperar respeto hacia los míos.

………

Digo estas cosas para que se conozca claramente desde cuál posición asumo una postura respecto de la enmienda constitucional que ahora se propone a nuestro juicio, y acerca de la que tendremos oportunidad de expresarlo el próximo 15 de febrero de este año 2009. Para considerarla, buscaré dirigirme a la esencia de la modificación propuesta, y para ello haré como si fuera la primera vez que se somete a nuestra consideración, a fin de considerar su verdadero meollo. Prescindiré, por tanto, de discutir el sentido que tiene votar una segunda vez por algo que ya rechazamos, y pasaré por alto el irrespeto que se nos hace con esta reiteración. Pensaré el problema como si tuviera que decidirlo en 2013, después que la prohibición constitucional de plantear una misma reforma varias veces en un solo período hubiera cesado en sus efectos.

En esencia se nos pregunta si queremos tener la posibilidad de elegir indefinidamente a una misma persona para cualquiera de los cargos por elección de nuestro aparato público. Sabemos, por supuesto, que la intención real del proponente—que por mandado a la Asamblea Nacional es el actual presidente de la República—es la de reelegirse de modo indefinido mientras quiera postularse. Ésta es la pregunta que se somete a la consideración del Poder Constituyente Originario, del Pueblo, de la Corona, del Soberano.

Quien contestará la pregunta, pues, es el Soberano. ¿En qué consiste esta soberanía?

La soberanía se expresa en dos circunstancias, y la primera es que no existe sobre ella un poder superior; la segunda es que el Soberano tiene poder absoluto para decidir cualquier medida pública, sin estar limitado por otra cosa distinta de los derechos humanos y los tratados internacionales válidamente contraídos.

El límite impuesto por los derechos humanos no puede ser transgredido por ningún soberano. Ni siquiera un referéndum popular en el que voten todos los Electores a favor puede aprobar la violación de la vida o la opinión de un solo ciudadano, puesto que su opinión y su vida son sus derechos en tanto persona. Ningún soberano puede obligarme a creer en el liberalismo o el socialismo, puesto que tales cosas son asunto de opinión y es mi derecho decidir si las acepto o las rechazo.

El límite de los tratados internacionales en los que la República haya convenido válidamente proviene del hecho evidente de que, si bien es nuestra nación soberana, existen muchas otras que también lo son, y en este sentido son nuestros iguales.

Dicho esto, ¿sería la reelección indefinida una violación de derechos humanos o de tratados internacionales válidos? En absoluto, y sobre ella puede entonces decidir soberanamente el pueblo venezolano.

¿Qué nos convendría decidir?

El 15 de diciembre de 1999 y el 2 de diciembre de 2007 ya habíamos decidido que era inconveniente permitir, por ejemplo, más de una reelección presidencial. Es parte de una larga doctrina constitucional venezolana, de origen bolivariano en el Congreso de Angostura, que los mandatos excesivamente prolongados conducen a la tiranía. Es esta conciencia, asimismo, sabiduría general de los demócratas. John Stuart Mill advirtió, por ejemplo, en 1861: “Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad: y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho”. Simón Bolívar, por supuesto, lo dijo de modo más sucinto con más de cuatro décadas de anticipación: “…nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerlo y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”.

No nos conviene la reelección indefinida. Es preciso decir no a la enmienda propuesta por el Ejecutivo disfrazado de Asamblea Nacional.

La razón es simple. El mecanismo de la inconveniencia funciona a través del abuso. Imaginemos que en un futuro algún presidente llegare a controlar los poderes que debieran contrapesar el suyo, que su voluntad se impusiere sobre las deliberaciones del Poder Legislativo Nacional, que el máximo tribunal de la República le complaciere con jurisprudencia a la medida de sus deseos, que las autoridades electorales sesgaren sus dictámenes a su favor, así como se plegaren a su beneficio las instituciones pensadas para la defensa del pueblo. Supongamos, más aún, que un hipotético presidente tal empleare los militares que le deben en principio obediencia para sus fines políticos, así como todo medio radioeléctrico o impreso poseído o controlado por el Estado, y también la tesorería pública y la de sus empresas y entidades, incluyendo las reservas internacionales, e igualmente los vehículos de uso público para el transporte de adeptos voluntarios o forzados, como empleados públicos obligados so pena de despido y persecución, y ocupara las paredes de edificios nacionales con el culto mural de su persona, y el tiempo de las emisoras privadas de radio y televisión para hablar interminablemente de sí mismo y desacreditar falazmente a quien ose disentir y desacatarle. Pensemos ahora que este mítico gobernante quisiera reelegirse: ¿que diríamos de la imparcialidad y justicia de las elecciones a las que se presentara con esa cantidad de poder sin contrapeso alguno? ¿Cuán democráticas serían esas elecciones?

Dado que una situación como la descrita, por más exagerada que sea, no es enteramente imposible, será de la mayor utilidad pública que el Soberano se proteja del abuso de sus mandatarios, y de la mayor importancia que niegue la enmienda promovida por el Presidente de la República el próximo 15 de febrero. El Soberano estará mejor servido cuando disponga de más grados de libertad electoral, cuando puedan tener varios candidatos a un cargo público electivo igualdad de oportunidades, no cuando un solo mandatario, inescrupuloso y abusivo, pueda inclinar desproporcionadamente la balanza de los recursos, del tiempo y del espacio a su favor, hasta el punto de limitar o anular, por la vía de la persecución legislativa y judicial, las posibilidades reales de sus competidores.

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Soy un ciudadano no alineado. Soy un Ni-ni. Y votar en contra de una pretensión hegemónica vitalicia no me convierte en adeco, cosa que, por lo demás, se puede ser honrosamente. Votar no el 15 de febrero no equivale a mi circuncisión por la fe, ni me transforma en creyente de ninguna otra religión honorable. Negar la enmienda “tramitada” por la Asamblea Nacional, por encargo del Presidente de la República, no me involucra en designios imperiales de ninguna potencia, sean ésta los Estados Unidos de Norteamérica o los Estados Unidos del Brasil. Al decirle no a Hugo Chávez dentro de diecisiete días no venderé mi patria: ejerceré mi derecho, que él está obligado a respetar y, más todavía, a proteger.

El hecho de no estar afiliado a ninguna de las opciones políticas actuantes no me impide percibir el estilo tramposo empleado finalmente en la presentación de la enmienda, que ha escamoteado el sentido de la autorización ansiada por el Presidente de la República y lo esconde tras equívocas invenciones, en ocurrencias de pícaro que así revela su carácter y la mínima consideración que los ciudadanos le merecemos. Escarmentado de decir las cosas directamente, de llamar a las cosas por su nombre, utiliza el subterfugio de una redacción que ni siquiera describe las consecuencias reales de aprobarla. Ni siquiera tiene la letra chiquita de las pólizas de seguro de construcción leonina.

La redacción final de la pregunta quiere hacer creer a los venezolanos que desde el 15 de febrero en adelante la elección de mandatarios y legisladores dependerá “exclusivamente del voto popular”, como si ahora no lo fuese. Pero veamos el respeto que guarda el promotor de la enmienda por el voto popular.

Anteayer se encontraba el Presidente de la República en el estado Táchira no, como pudiera pensarse, en funciones de gobierno sino en labores proselitistas. Allí dijo que si en 2012 resultare electo un presidente que fuera adeco o copeyano “habría guerra”. Así explicó: “Si la oposición llega al poder habrá una guerra, por eso es necesario garantizar la continuidad del proceso revolucionario democrático bolivariano y ahí está la propuesta de la enmienda constitucional (que implantaría la reelección presidencial ilimitada)”.

Pues si en 2012 el voto popular elige a un presidente que pertenezca a COPEI o Acción Democrática, ésa será voluntad que deberá ser inequívocamente respetada. El Presidente de la República declara que desconocería esa voluntad con una guerra, y demuestra cuán hipócrita es la redacción de la enmienda que propone. En lugar de “ampliar los derechos políticos del pueblo” ya se prepara a cercenarlos.

Últimamente, en nueva imitación de Fidel Castro, Hugo Chávez ha comenzado a ejercer como columnista de prensa. El Latin American Herald Tribune reprodujo su primer artículo, en el que argumenta de este modo:

“En Venezuela, como lo sabemos, el pueblo, una vez activado el poder constituyente, aprobó nuestra avanzadísima Constitución Bolivariana, el 15 de diciembre de 1999, hace ya casi diez años, iniciándose con ello, no sólo la refundación de la República, sino también la puesta en marcha del Proyecto Nacional Simón Bolívar y la transición hacia el socialismo.

Hoy, después de tantos acontecimientos de todo orden, que marcaron estos primeros diez años de revolución, se impone asegurar la continuidad del proceso democrático bolivariano, proyectándolo con mayor fuerza hacia la segunda y tercera décadas de este siglo que ha comenzado y evitando a toda costa cualquier riesgo de retorno al pasado, lo cual sería verdaderamente catastrófico para la Patria.

De allí, lectores y lectoras, compatriotas todos, la propuesta de Enmienda Constitucional, cuyo único fin es darle mayor poder al pueblo, a la hora de poner y quitar gobiernos”.

Si ése fuera el único fin de la enmienda ¿cómo es que—una vez más—amenaza con guerra si ese mismo pueblo, el Soberano, quisiere elegir a quien no le guste?

Todo venezolano debiera percatarse de tan siniestros designios y votar contra la enmienda constitucional propuesta el 15 de febrero. Reconozco que no todos los compatriotas pensarán de esta manera, y muchos votarán afirmativamente de modo honesto, en la creencia de que así sirven mejor a un proyecto político que ha despertado sus esperanzas.

Pero quienes no estemos alineados, en el sentido de no satisfacernos con el discurso oficialista ni con el de la oposición formal, no podemos estar desalineados de nuestro bien común, que es por eso mismo también nuestro bien individual. Aquí no puede haber Ni-ni porque en realidad no existe opción. Se trata de un solo país, y no se puede ser ni venezolano ni venezolano.

Hablo, pues, como no alineado a los no alineados: el 15 de febrero será crucial, para nuestras posibilidades personales y ciudadanas, que vayamos a votar y que lo hagamos para negar lo que únicamente puede ser, a la larga, una tiranía.

luis enrique ALCALÁ

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