por Luis Enrique Alcalá | Ene 27, 2009 | Fichas, Política |

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El 30 de diciembre de 2008, el Diario Las Américas—el más viejo periódico de habla hispana de Miami, fundado en 1953—publicó un artículo cuyos autores son Alexander Alum, de la Escuela de Leyes de la Universidad Northwestern, y Rolando Armando Alum, de Palisades Medical Enterprises en Nueva Jersey, padre del primero. Esta Ficha Semanal #226 de doctorpolítico se contrae a reproducir la pieza en cuestión.
El artículo de los Alum lleva un propósito sencillo: dar aviso de un libro que demuele la noción, sostenida propagandísticamente por el régimen cubano, de que la Medicina y los sistemas de salud en Cuba son excelentes. Este cliché, verdadera coartada del régimen que ha cumplido este mes medio siglo de feroz opresión, es demolido por la autora de la obra, Katherine Hirschfeld, médica norteamericana que ejerce ahora la docencia en la Universidad de Oklahoma y conoció en 1996, en visita románticamente emprendida, el monstruo sanitario cubano por dentro. Hirschfeld había sido atraída por la ingenua noción de una excelencia médica cubana, pero su propia enfermedad, y las investigaciones históricas que emprendiera, la llevaron a las conclusiones que expone valientemente, y nadando contra la corriente de la falsa versión estándar, en Health, Politics and Revolution in Cuba Since 1898. (Puede obtenerse de Amazon el libro desde http://www.amazon.com/Health-Politics-Revolution-Cuba-Since/dp/0765803445).
La revista Choice reseña: “Es sorprendente conocer, en este recuento etnográfico por una antropóloga médica estadounidense, que el gobierno de Castro aparentemente ha estado alterando los libros de contabilidad… Habiendo sido golpeadas sus idealizaciones preconcebidas por ‘discrepancias entre la retórica y la realidad’, observa un sistema represivo, burocratizado y secreto, amplio en ‘militarización’ pero corto en derechos de los pacientes, con ‘doctores familiares’ empleados por el Estado que no sólo son responsables por la salud de esos pacientes, sino también de exponer su disensión política… La autora, recurriendo a documentos históricos concluye que el régimen mostró avances en salud pública después de 1959, pero concomitantemente manipuló tanto las estadísticas de salud como el impacto de una previa involucración de los Estados Unidos en Cuba para resaltar los supuestos éxitos de la revolución de 1959. Una mirada reveladora y persuasiva sobre la salud pública bajo el socialismo. Altamente recomendable”.
Hirschfeld se ha limitado a exponer, mediante el empleo de una rigurosa metodología, la mentira que nuestro presidente ha enarbolado en el Panteón Nacional para celebrar cincuenta años de opresión.
LEA
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Médicos espías
El régimen reinante en Cuba marca medio siglo este primero de enero. Sus apologistas en el extranjero aún se afincan, particularmente, en la defensa de supuestas mejorías en los sistemas de salud y de educación. A pesar de la extensa bibliografía cubanológica, no ha habido hasta ahora suficientes estudios académicos que desglosen dichos mitos; pero ya tenemos uno ejemplar. Según cuenta en Health, Politics and Revolution in Cuba Since 1898—Salud, Política y Revolución en Cuba desde 1898—(Transaction: 2008), la antropóloga Katherine Hirschfeld se fue a Cuba en 1996 atraída por los supuestos logros en la salud pública. Pero esta joven estadounidense resultó ser otro intelectual más cuyo idealismo ingenuo se desvaneció al experimentar en carne propia la horrible realidad de la Cuba de hoy.
La autora residió por un tiempo en Santiago de Cuba, en donde devino en una verdadera “observadora-participante” al contraer el dengue, la fiebre infecciosa que las autoridades habían declarado erradicada una década atrás, por lo que la epidemia de 1996-97 fue considerada un “secreto de Estado.” Hirschfeld atravesó por una experiencia surrealista en un hospital santiaguero, el cual estaba sub-equipado y sub-atendido—irónico, ya que Cuba envía personal médico, supuestamente “de exceso,” a otros países (por. ej., Venezuela, en donde muchos de ellos desertan).
Al igual que le ha ocurrido a otros investigadores extranjeros (por ej., el controversial antropólogo Oscar Lewis a finales de los 60), la metodología de Hirschfeld—entrevistando a ciudadanos comunes—levantó las sospechas de la Seguridad del Estado cubana, por lo que fue interrogada en repetidas ocasiones. La antropóloga se marchó, pues, a La Habana, en donde, aunque con limitaciones, pudo examinar documentos históricos en algunos archivos. Su conclusión es que el sistema de salud post-1959 llegó, con el tiempo, a todos los rincones del país; pero acarreando un precio político-represivo, ya que es parte integral del complejo aparato de control socio-legal. Todo personal médico es considerado “un soldado revolucionario” entrenado a espiar a sus propios pacientes.
La autora clasifica los servicios de salud de la isla en tres estratos: El primero, para las élites privilegiadas del Partido Comunista y los extranjeros que pagan con los codiciados dólares, es el nivel que tanto celebran no pocos académicos y periodistas en el extranjero, así como ciertas personalidades de Hollywood. El segundo plano, de inferior calidad—y en coordinación con los infames Comités de Vigilancia—es para el resto de la población. Es ahí donde los disidentes políticos confrontan una gran desventaja al no recibir atención médica adecuada.
La tercera categoría la constituye una “red” informal de salud a la cual el cubano promedio recurre al no confiar en el sistema médico burocrático. Típicamente, profesionales del sector de la medicina—incluyendo odontólogos—ejercen clandestinamente a cambio de efectivo, así como por trueques (por ej., enseres robados de agencias estatales, y/o enviados por familiares emigrados). Hirschfeld explica que las autoridades se hacen de la “vista gorda,” ya que esta red “subterránea” alivia al estado de pacientes.
Se desprende del estudio de Hirschfeld—si es que quedaba alguna duda—que un sin número de servicios en Cuba dependen de remesas y envíos caritativos del Exilio, el cual, paradójicamente, es blanco de ataques constantes por parte del gobierno, así como de sus fanáticos defensores en el exterior. Quizás el lector familiarizado con la problemática cubana no encuentre nada nuevo en este libro; pero las Ciencias Sociales se reducen a menudo a documentar lo obvio. Lo cierto es que Hirschfeld describe, etnográficamente, aspectos de la vida cotidiana vistos desde adentro, y desde abajo, a diferencia de aquellos intelectuales que tratan de negar la realidad, pontificando cómodamente desde el extranjero, a veces basándose en meras breves visitas semi-turísticas.
No obstante, lo más admirable de Hirschfeld es su integridad intelectual. Con notables excepciones, el gobierno de La Habana es todavía considerado una vaca sagrada en ciertos medios intelectuales extranjeros. Sin embargo, Hirschfeld—ahora profesora universitaria en Oklahoma—no escatima en aplicar fuertes calificativos a la longeva y dinástica dictadura, llamándola totalitaria y despótica. La loable audacia de la Dra. Hirschfeld radica en su candidez, retando a aquellos intelectuales que otorgan al callar la verdad, aquellos autores que menosprecian la honestidad que se espera de los estudiosos comprometidos con la objetividad cándida, esencial en las Ciencias Sociales.
Hirschfeld reafirma que el acometimiento más evidente del régimen no ha sido el mejorar la calidad de vida del ciudadano promedio, sino su efectividad en difundir una imagen falsa, manufacturando y manipulando estadísticas a su favor. Ella desafía esa propaganda que parece todavía influenciar a ciertos intelectuales en el extranjero, quienes tienden a identificarse, no con las pobres víctima—como es costumbre en las Ciencias Sociales—sino, insólitamente, con la anacrónica gerontocracia dominante. En fin, este paradigmático primer libro de Hirschfeld merece ser traducido al español cuanto antes.
Rolando Alum Jr. & Alexander Alum
por Luis Enrique Alcalá | Ene 22, 2009 | LEA, Política |

Anteayer asumía Barack Obama el poder en Washington, en un espectáculo cuidadosamente planificado y de indudable potencia mediática. (No es malo que entienda la importancia de los medios, para competir con mucha ventaja contra megalómanos estadistas-locutores de discurso interminable). Todo fue previsto. No han debido ser espontáneas las dos ocasiones en que bajó con su esposa de la muy acorazada limusina Cadillac para caminar en medio de la calle, muy cerca de los ciudadanos apostados muy temprano en las aceras. No habría puesto en apuros al Servicio Secreto el primer día de su mando. Ambas caminatas fueron decididas suficientemente de antemano. Pero antes de los insólitos paseos, más de dos millones de personas se reunieron para verlo asumir el cargo más poderoso del mundo. (El Distrito de Columbia tiene una población residente de un poco menos de seiscientos mil habitantes, y aunque 92% de sus electores votaron por Barack Obama, la mayoría de los espectadores de su toma de posesión venían de más allá de su cuadrada área con diez millas de lado).
Ayer, después de asistir a un servicio religioso en la Catedral Nacional de Washington, se reunió primero con el personal de la Casa Blanca—al que agasajaría por la noche—, después con sus consejeros económicos—para afinar el plan de recuperación que presentará al Congreso—y finalmente con los comandantes militares de las operaciones de Estados Unidos en Irak, a quienes solicitó elaboren los planes de una retirada “responsable” de las tropas estadounidenses estacionadas en ese país. Hacia la una y media de la tarde firmaba dos órdenes ejecutivas y tres memorados presidenciales. Entre ellos estaba la orden de suspender los juicios en Guantánamo. Mañana ordenará el cierre de las instalaciones dentro del plazo de un año y a la Agencia Central de Inteligencia desmantelar su red de prisiones secretas. No pierde el tiempo, y su gabinete está prácticamente completo. El Senado de los Estados Unidos confirmó ayer, por votación de 94 a favor y 2 en contra, la designación de Hillary Clinton como Secretaria de Estado. Uno de sus más decididos defensores—y en general de la vía libre para Obama—fue John McCain, a su vez agasajado el lunes por el nuevo presidente, quien lo llamó héroe y destacó sus esfuerzos por vencer posiciones sectarias.
Es un buen arranque, sin duda y, sobre todo, un buen ejemplo. Es bueno que las naciones del planeta aprendan la lección de dejar atrás las diferencias surgidas, incluso con acrimonia, en una campaña electoral, para la cooperación que supere los problemas.
Claro que ese aprendizaje no está al alcance de todos. Gente como Robert Mugabe, por ejemplo, y otros que le tienen por gran estadista, seguramente son genéticamente incapaces de adquirirlo.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ene 22, 2009 | Cartas, Política |

Según la mitología, Zeus había asignado una medida apropiada y un justo límite a todos los seres: el gobierno del mundo coincide así con una armonía precisa y mensurable, expresada en las cuatro frases escritas en los muros del templo de Delfos: “Lo más exacto es lo más bello”, “Respeta el límite”, “Odia la hybris [insolencia]”, “De nada demasiado”.
Umberto Eco
Historia de la belleza
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La disfrazada propuesta de enmienda constitucional, que permitiría la reelección indefinida del actual Presidente de la República, está obviamente peleada con la exactitud (ha sido hecha confusa e imprecisa adrede, a través de la manipulación y la mentira) y, por tanto, no es la más bella. Es igualmente obvio que no respeta el límite establecido por el Poder Constituyente Originario en referéndum del 15 de diciembre de 1999 y ratificado en otro del 2 de diciembre de 2007. Todo el cambiante planteamiento se ha caracterizado, además, por la más flagrante insolencia presidencial, y es aparente que su propósito es ejercer el poder en demasía. En síntesis, las mesuradas virtudes principales de la civilización occidental, cuya cuna es precisamente Grecia la antigua, son despreciadas por el mandatario de turno, cuyo proceder es deliberado.
Una vez más, la barbarie—muy a conciencia, muy divertida consigo misma—contra la civilización. Rufino Blanco Fombona acuñó en su tiempo el término “barbarocracia”, para referirse a la autocracia gomecista, la misma que persiguió estudiantes, los apresó en Puerto Cabello y La Rotunda y los expatrió a raíz de sus protestas de 1928.
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Puesto a escoger, creo que habría preferido La Rotunda a La Piedrita. La primera era con frecuencia irreversible: muchos que en ella entraron jamás salieron vivos. Era, por supuesto, el más rotundo emblema de la más implacable dictadura del siglo XX venezolano. La Piedrita, en cambio, es azarosa; no tiene la inevitabilidad de La Rotunda, no tiene su certeza. No se sabe nunca cuándo descargará su alevosa y cobarde mano. La Rotunda no respetaba derecho humano, en su tortura arbitraria y su desalmado asesinato, pero era al menos un elemento de orden público. El general Gómez era un hombre serio. Uno habría sabido a qué atenerse.
La Piedrita no es la misma cosa; que se sepa, no ha matado a nadie todavía, aunque más de una de sus traicioneras hazañas hubiera podido causar víctimas fatales. Pero cumple un papel más siniestro: las cárceles de las dictaduras son lugar de castigo y escarmiento para sus opositores; la función de La Piedrita es amedrentar la opinión libre en general, mantenerla en zozobra, hacerla neurótica. Exhibe su impunidad con impudicia: en verdad, ministro El Aissami, si usted sabe la ubicación exacta de esa gavilla en la geografía caraqueña ¿cómo es que usted no ha ordenado ya reducirla, desarmarla, apresar a sus miembros y enjuiciarles? ¿Es que en el exiguo ámbito territorial de La Piedrita está suspendido el Estado de Derecho? ¿Es que ese grupo terrorista es más poderoso que las fuerzas a su orden?
Claro, como destaca la publicación Veneconomía—en artículo reproducido por el Latin American Herald Tribune—la violencia contra quienes osen disentir de la línea gubernamental es política de Estado. (“Es evidente que, como buen autócrata y discípulo de Norberto Ceresole, Chávez cree en la violencia como arma política legítima para alcanzar sus objetivos”). Son las normas de Ceresole, no las de Zeus, las que rigen la actuación política del gobierno.
Esta sistemática táctica no es en absoluto nueva; tan sólo se ha hecho últimamente más grosera—ahora siembra bombas preparadas por la policía para incriminar a la oposición estudiantil, la que más le irrita—a medida que toma conciencia de sus crecientes dificultades. El 17 de octubre de 2002, por ejemplo, se reportaba (en la novena edición de esta carta) acerca de los primeros ataques de afectos del gobierno contra el diario El Nacional, escenificados un año antes a raíz de virulento abuso verbal del propio Presidente de la República. Entonces se registró: “Son incontables las intimidaciones verbales y las agresiones físicas, con lesiones personales y daño a la propiedad, en contra de periodistas que procuran reflejar diariamente el acontecer venezolano. Y éstas son manifestaciones incitadas y auspiciadas por el gobierno. En una ocasión fue agredido un camarógrafo de televisión por un sujeto que minutos más tarde aparecía refugiado en el propio Palacio de Miraflores, tras la figura del actual Ministro del Interior y Justicia, Diosdado Cabello…” Sólo empezaban entonces; ahora es obvio que están terminando.
Cosas como ésas son más que sabidas por los embajadores que debieron aguantar siete horas y media de peroración presidencial en la Asamblea Nacional. ¿Cuándo es que sus respectivos gobiernos van a darse por enterados y decir algo al respecto?
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Es muy probable que la pretensión continuista de Hugo Chávez resultaría claramente derrotada aunque no circulase ya ni un solo folleto más contra la enmienda que ha promovido, aunque ya nadie dijera nada en su contra, aunque nadie marchara para repudiarla o izara una pancarta para recordarnos palabras de Bolívar que hemos ya memorizado. La matriz de opinión está sembrada, porque lo que está en juego es obvio y nuestro pueblo no es bruto. Ni que se pare de cabeza convencerá, en lo que falta hasta la consulta, a una mayoría nacional a su favor.
Se habla ahora de sondeos recientes de la opinión que retratarían una pelea más o menos pareja entre el pro y el contra de la enmienda. En verdad, los sondeos posteriores a los trucos más obscenos—la ampliación de la reelegibilidad a todo funcionario por elección y la camuflada redacción final de la pregunta—están todavía en proceso. (La encuestadora Datos, por ejemplo, a pesar de lo que sugiriera hace poco algún articulista, no ha concluido el procesamiento de su encuesta). Pero los que fueron hechos en diciembre reflejan todos una ventaja marcada para la negativa.
Un estudio particularmente interesante fue el dirigido por Roberto Briceño León, John Magdaleno, Olga Ávila y Alberto Camardiel. Este esfuerzo combinó una encuesta nacional (22 de diciembre) y la realización de focus groups bastante especiales, pues fueron compuestos de modo que no se mezclaran partidarios del gobierno, sus opositores o gente no alineada con ninguno de esos polos.
Naturalmente, este estudio combinado encontró un cincuenta por ciento de claro rechazo a la enmienda, mientras que registró sólo treinta y seis por ciento de apoyo. (La gente más joven y la población femenina es la que más repudia la pretensión continuista; en términos etarios, el proyecto sólo tiene mayoría en las personas mayores de cincuenta y cinco años; en términos socioeconómicos, sólo el estrato E—numéricamente menor que el D—le da una mayoría de apoyo. También registra la conocida aprobación mayoritaria a la gestión de gobierno, 61,4%; pero al mismo tiempo computa en 52% la proporción de la población que tiene poca o ninguna confianza en Hugo Chávez).
Los focus groups arrojaron detalles muy significativos; tal vez el principal es la presencia de dudas e incomprensiones, hasta vergüenza, en los grupos conformados con partidarios del gobierno. La interpretación de la encuesta, por su parte, pone de manifiesto el carácter crucial de los electores no alineados ni con el gobierno ni con la oposición.
Quien escribe tuvo la fortuna de asistir a una rica presentación de Briceño León y Magdaleno sobre estos resultados. Como es su costumbre, no se limitaron a la medición y el diagnóstico, y enhebraron a partir de sus datos una serie, mayormente sensata, de recomendaciones estratégicas para afirmar el rechazo a la proposición continuista. Una recomendación específica llama la atención.
Briceño y Magdaleno, luego de expresar su convicción de que la inminente consulta ofrece una oportunidad para “reposicionar” a la oposición, argumentaron que era de la suprema importancia la elección de quienes debieran hacer ostensiblemente frente—fronting—al proyecto de enmienda. Hablaron de una disyuntiva—falsa, a mi manera de ver—entre estudiantes y líderes convencionales, dando a entender que no había otras voces posibles. (En intento pedagógico hablaron, debe reconocerse, de encontrar los “badueles” o “marisabeles” de 2009). Esto es, la recomendación de Briceño y Magdaleno es la de constituir un coro de tres voces: la de aquellos que aún no están listos (estudiantes), la de los rechazados (líderes convencionales), la de los saltadores de talanquera (“badueles” y “marisabeles”). ¿Es que no hay otras voces en Venezuela?
Llama la atención que, después de haber expuesto que sería decisiva la participación de los electores no alineados—el estudio combinado mide su tamaño a la par de quienes apoyan a Chávez y mayor que el de sus opositores, como lo han hecho desde hace al menos seis años todas las encuestadoras, en proporciones cambiantes que oscilan entre 35% y 50%—, no se saque la conclusión obvia. Antes que “badueles” o “marisabeles”, urge conseguir voces no alineadas, con discurso no alineado y argumentos no alineados para asestar el golpe definitivo a las pretensiones continuistas de Hugo Chávez.
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Pero lo que está en juego es de la mayor gravedad, y a pesar de que la sensación más generalizada es que la fantasía de poder vitalicio será erradicada a mediados de febrero por una mayoría del pueblo, que ahora rumia en silencio su propia opinión acerca de la inoportuna, arrogante y perniciosa enmienda pretendida, es preciso acumular todos los esfuerzos para que la claridad del decreto del Soberano en esta materia sea deslumbrante.
Queda muy poco tiempo, gracias a la tramposa prisa impuesta por el Presidente de la República. ¿Qué puede hacerse?
Quizás lo primero sea percatarse de que no hay una oposición a esta enmienda; las oposiciones son muchas. Esto, en sí, no es tan malo, puesto que en gran medida la materia es asunto del enjambre ciudadano.
La confrontación, no obstante, es importantísima y decisiva. ¿Qué se hace en casos como éste? Los estadounidenses originarios, que habitaban en total un área inferior a la de Venezuela, decidieron en 1776 que no tolerarían más las imposiciones arbitrarias de Jorge III de Inglaterra, sabiendo que tal decisión les traería la guerra. ¿Formaron entonces trece ejércitos, uno por cada colonia rebelada? Formaron uno solo, y eligieron un solo comandante supremo: Jorge Washington.
Queda muy poco tiempo antes del referéndum buscado, en actitud insolente pero verdaderamente suicida, por el régimen. Si quienes, entre los opositores a la enmienda, pueden adjudicar recursos financieros y comunicacionales para combatirla, conviniesen en reconocer en persona concreta, ya no un nuevo Baduel o una segunda Marisabel, sino a un Washington, pudieran aumentar en mucho la probabilidad del éxito contra el anormalmente recrecido apetito de poder de Hugo Chávez. Una decisión de esa monta permitiría el uso más eficiente de los escasos recursos e introduciría la coordinación que garantizaría la eficacia.
Si se prefiere una imagen que no sea bélica, entonces que escojan un director de orquesta, para confiarle la responsabilidad de disponer los instrumentos y las voces para el gran concierto. Los cantores e instrumentistas también podrían comprender con facilidad que conviene dejarse coordinar, frente a un evento que no elige absolutamente a nadie.
Este comandante único debe ser persona avezada en lides políticas, preferiblemente más allá del bien y del mal; un buen estratega, claro e inteligente. Los lectores no se sorprenderán de conocer que, si estuviera en mí tal escogencia, optaría con los ojos cerrados por la persona de Teodoro Petkoff.
Ya no tiene partido, ya no pretende la Presidencia, pero es una de las personas más lúcidas, valientes y experimentadas de este menguado período de la política venezolana. Por mí, que tome la batuta.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | Ene 20, 2009 | Fichas, Política |

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La esposa del suscrito es incansable lectora y certera crítica de libros de ficción. En su opinión, “La otra isla”, la primera novela de Francisco Suniaga, es una obra estupenda. Ahora lee con detenimiento “El pasajero de Truman”, después que quien escribe tragara su texto en una tarde y una noche.
El libro, un best seller en las librerías venezolanas, es la explicación de uno de los misterios políticos más apasionantes del siglo XX venezolano: la entrada de Diógenes Escalante, candidato de consenso a la Presidencia en 1945, en el reino de la locura. Fue su insania súbita lo que precipitara el golpe de Estado del 18 de octubre contra el gobierno del general Medina Angarita, hecho que generó grandes y graves consecuencias.
Al gusto del autor de esta nota, el método escogido por Suniaga, aunque eficaz para la ilación del cuento, se hace a veces monótono y adquiere una artificialidad que se deriva de excesivas mediaciones. Supuestamente, reporta una serie de conversaciones entre “Román Velandia” (Ramón J. Velásquez) y “Humberto Ordóñez” (Hugo Orozco) luego de que el primero, empleado repentinamente por Escalante, esperase unas cuantas décadas para una reconstrucción obligada con el segundo, que fuera por muchos años asistente y amigo íntimo del candidato enloquecido. Hay momentos cuando, por ejemplo, Escalante recuerda cosas dichas a él por Cipriano Castro, en recuento que hace a Ordóñez-Orozco, para que éste a su vez las confíe muchos años después a Velandia-Velásquez y finalmente Suniaga, como narrador omnisciente, las transmita al lector. El detalle y longitud de algunos de estos discursos tan mediados hace poco creíble la técnica, pero debe admitirse que el lector queda precisamente informado y jamás se confunde con la enrevesada exposición, pues Suniaga es una pluma clara.
En algún punto Ordóñez-Orozco—¿Suniaga?—carga la mano contra Rómulo Betancourt, al sugerir que fue irresponsable o mentiroso, pues escribió en “Venezuela, política y petróleo” que detectó tempranamente en Escalante la mirada de quien tenía “el sistema nervioso ya quebrado”. Al menos el personaje Ordóñez-Orozco es, entonces, inconsistente, pues él mismo informa de conductas extrañas en Escalante antes de su traslado a Venezuela para encargarse de la candidatura, y hasta refiere que su barbero común en Washington le confió su impresión de que la salud de aquél estaba seriamente comprometida. Si la opción alterna fuera cierta, por otra parte, que Betancourt habría ofrecido irresponsablemente el apoyo de su partido a Escalante a pesar de percibirlo como psiquis herida, ¿qué pudiera decirse entonces de Ordóñez-Orozco, que no sólo aplacó convenientemente sus propias dudas, sino que se dedicó con la mayor pasión a prepararse para su propia prosperidad política, la que iba a alcanzar como mano derecha de quien iba a ser Presidente de la República? He allí una inconsistencia del antibetancurismo superficial.
Pero, más allá de echar luz sobre el hasta ahora oscurecido affaire Escalante, el texto de Suniaga enseña lecciones de indudable gravitación sobre nuestro presente. No puede haber escapado a su inteligencia que el eco de peripecias e ideas de la primera mitad de nuestro siglo pasado resonaría ahora, pues las asociaciones posibles son obvias. La Ficha Semanal #225 de doctorpolítico reproduce, como muestra de tales reverberaciones, dos fragmentos de la obra de Suniaga: en el primero, Escalante hace una evaluación preliminar de Cipriano Castro; en el segundo, refiere cómo obtuvo su primer cargo consular, en conversación con Castro en la que también participó el general Ibarra, Canciller de la época.
Cualquier parecido con la realidad actual es, como se advierte usualmente, pura coincidencia.
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Pura coincidencia
La vida tiene sus contradicciones. En 1899, en una de esas piruetas de nuestra historia, Castro se alzó contra el gobierno de Ignacio Andrade e invadió Venezuela desde Colombia. Los motivos aparentes están recogidos en proclamas del momento y en discursos dados posteriormente desde la Presidencia. El motivo real siempre me pareció otro: la crisis de los precios del café de finales del siglo XIX dejó arruinados a hacendados como Castro, y la guerra era el mejor negocio en el que podían anotarse. Por supuesto que no le faltó quien lo siguiera en esa empresa. Igual que Guzmán Blanco y otros caudillos criollos que le precedieron, contaba con esa aura que los eleva y los hace irresistibles. Era capaz de plantearse como posibles los disparates más grandes, más increíbles, y encontrar gente dispuesta a matar y morir por ellos. Dicho en las palabras del viejo embajador César Zumeta, era psicópata y psicopatógeno. Es decir, estaba loco y tenía la insólita cualidad de volver locos a los demás. Esa condición psicopática de Castro, cubierta por el barniz de la consigna “nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos”, daba a su épica un aire de romanticismo que le ganó la simpatía de los jóvenes que en los albores del siglo XX buscaban una esperanza a la que aferrarse. Y él les ofreció, nada más y nada menos, ser los hombres nuevos que la humanidad espera desde los tiempos de Caín. Yo no me tragué el cuento. Intuía, y después por mis lecturas comprobé, que el hombre nuevo no existe ni puede crearse, el hombre es un continuum, es siempre el hombre, sin adjetivos. Lo nuevo, sólo si ese hombre se lo labra, podría ser el tiempo en el que le toque existir. Y si logra eso, aun cuando con su accionar haya provocado una renovación real y profunda de su entorno, probablemente sufrirá el castigo de no poder ver su obra realizada. Ése es el sino de lo humano. (Págs. 43 y 44).
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—En principio, déjeme decirle que desde 1902 estoy en deuda con su tío, el general Calixto Escalante, y quiero que sepa que será a él a quien le deba el favor. No es fácil encontrar a alguien de la talla de su tío, dispuesto a dar la vida por nuestra noble causa. En cuanto a lo otro, mire, se me ocurre algo mejor, sería un desperdicio que usted se nos fuera para el Táchira. Con su estatura, porte y preparación, está mandado a hacer para representarnos en los salones diplomáticos de Europa. Vamos a aprovechar que aquí está el canciller y lo enviamos para allá. General Ibarra, vamos a mandar a este joven para Europa. ¿Qué consulado tenemos libre en el Viejo Continente?
—Ninguno. Lamentablemente están todos ocupados, señor Presidente -dijo el general Ibarra en un tono que, aunque respetuoso, parecía reflejar cierto cansancio—. Por gente amiga suya y de la Restauración, señor Presidente—agregó.
—¿Y Liverpool? ¿No me dijo usted hace unos días que el consulado en Liverpool estaba sin cónsul desde hacía tiempo?
—Sí, señor Presidente. Y hace apenas tres días, el dos de septiembre, me ordenó usted que lo cerrara. Incluso esta mañana le envié al embajador británico, Percy Wyndham, la nota donde le informo nuestra decisión de clausurarlo. Tal vez al joven podríamos adscribirlo a una embajada o a un consulado acá, en nuestra América.
—Pues no señor. En lo que salga de este despacho, me le notifica al embajador inglés que no cerramos nada, que hemos designado al señor Diógenes Escalante cónsul nuestro en Liverpool.
—Señor Presidente, perdone usted que le repita algo que ya sabe, pero la diplomacia tiene sus formas. Los ingleses no van a entender que, en la mañana, enviemos una nota informándoles que cerramos nuestro consulado en Liverpool y, en la tarde, mandemos otra notificándoles el nombramiento de un nuevo cónsul para esa delegación.
—Pues eso es exactamente lo que vamos a hacer, ministro. A mí me tiene sin cuidado lo que crean los ingleses. Venezuela es un país soberano y eso sí es bueno que lo tengan clarito los ingleses y quienes no lo sean. Para su tranquilidad, sepa usted que los ingleses, los de allá y los de América, los franceses, holandeses, alemanes, todos esos carajos, tienen siglos haciendo lo que les viene en gana, cosas peores y mucho más arbitrarias que ésta. ¿Le parece poca arbitrariedad haber bloqueado nuestras costas y bombardeado nuestros puertos porque les dio la gana? Y ya usted vio, no ha habido quien les dé el vuelto. ¿Dónde estaban las fórmulas diplomáticas cuando eso? Así que, sin temor alguno y sin dar explicaciones, esta tarde me manda esa nota, ésa es nuestra decisión y punto. Si no tuviéramos esta actitud inflexible cuando se trata de nuestra soberanía, lo del bloqueo se habría convertido en invasión. Que aprendan a respetar a Venezuela, ministro. No olvide que eso es muy importante y para enseñárselo al mundo estamos aquí. Y usted, Escalante, llévese lo dicho y lo decidido aquí como muestra de lo que debe hacer un patriota cuando lo que está de por medio son los intereses de la paria. No me canso de repetírselo a los diplomáticos de esta Revolución Restauradora; adonde quiera que usted vaya, Venezuela, la patria inmarcesible que Bolívar en su magnificencia nos legara, debe ir primero.
A mí que jamás fui capaz de actuar de esa manera me admiró esa determinación, ese saltar por encima de las formas, ese ¡hágase mi voluntad! que dictan los poderosos, sin detenerse a medir las consecuencias ni prestar oído a lo que piensen los demás. Aunque nunca me comportara así, e incluso lo censurara en privado, me cautivaba ese arrojo que los lleva a violar los procedimientos, las convenciones sociales, las normas jurídicas, los acuerdos políticos, los sacramentos y salir bien librados, si acaso no fortalecidos. Y es que se atreven hasta contra el sentido del ridículo. ¿Cuántas veces no me quedé estupefacto ante la temeridad con la que se enfrentan al ridículo los hombres como Castro? La dimensión de lo ridículo es uno de los parámetros que los autócratas rompen, y lo hacen tan a menudo que quienes lo rodean llegan a creer que esa conducta es normal, cuando, ni por asomo, lo es. Peor aún, los imitan y promueven en los demás esa actuación ridícula. Los autócratas no sólo son psicópatas y patogénicos, Humberto, también son ridículos y ridiculizadores. Recuerdo que Castro había adoptado, por aquellos primeros tiempos de su mandato, un uniforme de trabajo bastante curioso, una chamarra de lino crudo parecida al uniforme de verano del zar Nicolás de Rusia. Cuando tenía reuniones políticas con sus partidarios, completaba ese atuendo enrollándose en el cuello un pañuelo amarillo, el color de la bandera restauradora. Era asombroso ver entonces cómo los castristas, civiles y militares, lucían ese atuendo, en abierta competencia para ver quién se ponía la chamarra más rusa o el pañuelo más amarillo y se parecía más al jefe. En octubre de 1903, unos meses después de la humillación a la que nos habían sometido las flotas de Alemania e Inglaterra, asistí a un evento convocado en Miraflores para celebrar el aniversario de la Revolución Restauradora. Y desde la entrada al palacio hasta el salón del acto se encontraba usted con aquella comparsa de funcionarios y caudillos de provincia ataviados con chamarras zaristas y pañuelos amarillos enrollados en el cuello, iguales al general, uniformados como unos pendejos. Por situaciones como ésa, combinadas con el discurso heroico y lleno de floripondios del general Castro, su gobierno tuvo para mí una pátina ridícula que, dicho sea de paso, todas las dictaduras parecieran necesitar. (Págs. 51-55).
Francisco Suniaga
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 15, 2009 | LEA, Política |

Las matemáticas de la muerte son siempre horrorosas. Acá se ha recordado cómo Herman Kahn acuñara el término “megamuertes” (megadeaths), para manejar con más comodidad la estimación de víctimas en posibles conflagraciones nucleares. Por estos días de conflicto israelí-palestino en Gaza, han vuelto los cálculos a alimentar las discusiones del mismo.
Por ejemplo, la suma algebraica de muertes por el ataque israelí iniciado el pasado mes de diciembre y las víctimas producidas por los cohetes que Hamás dispara constantemente contra territorio de Israel, pareciera rendir un resultado desproporcionadamente desfavorable a los palestinos. La invasión de Gaza por el ejército de Israel ya ha causado cerca de un millar de muertes, muchas de ellas de civiles. En cambio, los ataques con cohetes sobre el sur de Israel han producido, entre 2002 y el comienzo de las recientes operaciones israelíes, no más de cuarenta muertes. (Irónicamente, una buena cantidad de las víctimas cobradas por los radicales palestinos han sido de palestinos mismos o personas de extracción árabe que hacían vida en territorio de Israel).
Comoquiera que una de las partes involucradas se regía por la prescripción taliónica de “ojo por ojo”—Éxodo 21:23–27—se ha puesto en tela de juicio la presunta desproporción del ataque israelí, que por otra parte ha ejercido a lo largo de los años múltiples represalias puntuales contra los ataques misilísticos, a menudo cobrando mayor cantidad de víctimas que aquellas por las que pasaba factura.
Pero es que el movimiento Hamás no se limita a los ataques remotos mediante cohetes, los que en términos cuantitativos han sido militarmente muy ineficaces. Entre 1994 y 2005, tan sólo los ataques de militantes suicidas de Hamás produjeron cuatrocientas ochenta víctimas fatales.
Se trata de una contabilidad odiosa. Cualitativamente, por otro lado, hay una asimetría evidente en este conflicto demasiado longevo. Israel acepta el concepto de un estado palestino; Hamás tiene por objeto fundamental la desaparición del estado de Israel. (Como lo pone un bloguista español: “Si los musulmanes deponen sus armas, habría paz en el mundo. Si los israelíes deponen sus armas, no habría más Israel”).
Al mundo le urge encontrar una solución definitiva a la conflictividad bélica en la que están involucrados los radicales de signo islámico. Casi veinte conflictos vigentes cuentan con la activa participación de musulmanes agresivos: Afganistán, Bosnia. Serbia, Costa de Marfil, Chipre, Timor Oriental, Indonesia, Cachemira, Kosovo, Kurdistán, Macedonia, Cercano Oriente, Nigeria, Pakistán, Filipinas, Chechenia, Armenia, Tailandia, Bangladesh y Somalia. En la tarea de hallar esa salida la primera responsabilidad pesa sobre las autoridades religiosas del Islam. Todas las principales entre ellas debieran proscribir y desterrar, clara y definitivamente, el concepto de jihad del corpus actual de la fe islámica. Como ha aducido Muhammad Shahrour, la Sura del Arrepentimiento en el Corán—una descripción del fallido intento de Mahoma por establecer un estado en la Península Arábiga—se emplea a menudo para justificar ataques extremistas. (“Maten a los paganos donde los encuentren”). Sharhour argumenta que ese mandato debe entenderse como restringido a la lucha específica que Mahoma libraba entonces y no puede, por tanto, entenderse como una prescripción genérica de aplicación contemporánea.
Mientras los líderes religiosos del Islam encuentran el temple para predicar valientemente esa doctrina de paz, convendrá volver a ver “Munich”, la película de Steven Spielberg. Después de que ha corrido la mayor parte de sus numerosos minutos, el espectador se da cuenta de que palestinos e israelíes luchan en el fondo por la misma cosa, provistos de los mismos argumentos. Ambos luchan por su tierra ancestral. En ella deben caber ambos.
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