FS #203 – En el fondo un villano

Fichero

LEA, por favor

El siglo XX comenzó, casi, con la muerte de la reina Victoria (22 de enero de 1901), y su primer año concluyó, casi, con el otorgamiento de los primeros Premios Nóbel (10 de diciembre de 1901, en el aniversario de la muerte de Alfredo Nóbel, quien los instituyera en testamento de 1895). Victoria fue el punto culminante del imperialismo europeo; los Premios Nóbel una magnífica institución de la civilización occidental que resalta uno de los rasgos dominantes de aquel siglo: el despliegue exponencial y asombroso de la ciencia. Informalmente, se conoce como Premio Nóbel de Economía al Premio en Ciencias Económicas instituido (1968) por el Sveriges Riksbank (el Banco Central de Suecia) en memoria de Alfredo Nóbel. Fue conferido por vez primera al año siguiente.

En el primer año del siglo XXI fue galardonado con ese premio el economista estadounidense Joseph E. Stiglitz, por su “análisis de las informaciones asimétricas en los mercados”. (Stiglitz compartió el premio con su colegas, también estadounidenses, George A. Akerlof y A. Michael Spence). En su lección como premiado en el Aula Magna de la Universidad de Estocolmo (8 de diciembre de 2001), Stiglitz explicó: “Muchos de los debates políticos de las últimas dos décadas se han centrado sobre un punto clave: la eficiencia de la economía y la relación adecuada entre el mercado y el gobierno. El argumento de Adam Smith [1776], el fundador de la economía moderna, de que los mercados libres conducían a resultados eficientes ‘como por arte de una mano invisible’, ha desempeñado un papel central en estos debates: sugería que podíamos, en gran medida, confiar en mercados sin intervención gubernamental. En el mejor de los casos, habría un rol limitado para el gobierno. El conjunto de ideas que presentaré acá ha minado la teoría de Smith y el punto de vista sobre el gobierno que descansa en ella. Han sugerido que la razón por la que la mano es invisible es que simplemente no está allí o, al menos, que si lo está es paralítica”.

Lo anterior es noción sostenida, entre otras cosas por las asimetrías de la información en los mercados—que dista de ser perfecta o transparente—, por quien fuera, además de Premio Nóbel en 2001, asesor económico del gobierno de William Clinton y nada menos que Economista Jefe y Vicepresidente Senior del Banco Mundial. Más sorprendente aún es que Stiglitz escribiera “El malestar de la globalización” (Globalization and its Discontents, 2002) para señalar como villano, precisamente, al mismísimo Banco Mundial. La Ficha Semanal #203 de doctorpolítico se compone de casi todo el prólogo—autobiográfico, tal vez egocéntrico—que Stiglitz escribió para el libro.

Pero el siglo XXI, el tercer milenio, se inició también con el primer atentado hiperterrorista de la historia. Stiglitz saca de ese horror, que empañó el año de su galardón, una sobria y constructiva moraleja: “El bárbaro atentado del 11 de septiembre ha aclarado con toda nitidez que todos compartimos un único planeta. Constituimos una comunidad global y como todas las comunidades debemos cumplir una serie de reglas para convivir. Esas reglas deben ser—y deben parecer—equitativas y justas, deben atender a los pobres y a los poderosos, y reflejar un sentimiento básico de decencia y justicia social. En el mundo de hoy, dichas reglas deben ser el desenlace de procesos democráticos; las reglas bajo las que operan las autoridades y cuerpos gubernativos deben asegurar que escuchen y respondan a los deseos y necesidades de los afectados por políticas y decisiones adoptadas en lugares distantes”.

LEA

En el fondo un villano

En 1993 abandoné la vida académica para trabajar en el Consejo de Asesores Económicos del presidente Clinton. Tras años de investigación y docencia, ésa fue mi primera irrupción apreciable en la elaboración de medidas políticas y, más precisamente, en la política. De ahí pasé en 1997 al Banco Mundial, donde fui economista jefe y vicepresidente senior durante casi tres años, hasta enero de 2000. No pude haber escogido un momento más fascinante para entrar en política. Estuve en la Casa Blanca cuando Rusia emprendió la transición desde el comunismo; y en el Banco Mundial durante la crisis financiera que estalló en el Este asiático en 1997 y llegó a envolver al mundo entero. Siempre me había interesado el desarrollo económico, pero lo que vi entonces cambió radicalmente mi visión tanto de la globalización como del desarrollo. Escribo este libro porque en el Banco Mundial comprobé de primera mano el efecto devastador que la globalización puede tener sobre los países en desarrollo, y especialmente sobre los pobres en esos países. Creo que la globalización—la supresión de las barreras al libre comercio y la mayor integración de las economías nacionales—puede ser una fuerza benéfica y su potencial es el enriquecimiento de todos, particularmente los pobres; pero también creo que para que esto suceda es necesario replantearse profundamente el modo en el que la globalización ha sido gestionada, incluyendo los acuerdos comerciales internacionales que tan importante papel han desempeñado en la eliminación de esas barreras y las políticas impuestas a los países en desarrollo en el transcurso de la globalización.

En tanto que profesor, he pasado mucho tiempo investigando y reflexionando sobre las cuestiones económicas y sociales con las que tuve que lidiar durante mis siete años en Washington. Creo que es importante abordar los problemas desapasionadamente, dejar la ideología a un lado y observar los hechos antes de concluir cuál es el mejor camino. Por desgracia, pero no con sorpresa, comprobé en la Casa Blanca—primero como miembro y después como presidente del Consejo de Asesores Económicos (un panel de tres expertos nombrados por el Presidente para prestar asesoramiento económico al Ejecutivo norteamericano)—y en el Banco Mundial que a menudo se tomaban decisiones en función de criterios ideológicos y políticos. Como resultado se persistía en malas medidas, que no resolvían los problemas pero que encajaban con los intereses o creencias de las personas que mandaban. El intelectual francés Pierre Bourdieu ha escrito acerca de la necesidad de que los políticos se comporten más como estudiosos y entren en debates científicos basados en datos y hechos concretos. Lamentablemente, con frecuencia sucede lo contrario, cuando los académicos que formulan recomendaciones sobre medidas de Gobierno se politizan y empiezan a torcer la realidad para ajustarla a las ideas de las autoridades.

Si mi carrera académica no me preparó para todo lo que encontré en Washington D C., al menos me preparó profesionalmente. Antes de llegar a la Casa Blanca había dividido mi tiempo de trabajo e investigación entre la economía matemática abstracta (ayudé a desarrollar una rama de la ciencia económica que recibió desde entonces el nombre de economía de la información), y otros temas más aplicados, como la economía del sector público, el desarrollo y la política monetaria. Pasé más de veinticinco años escribiendo sobre asuntos como las quiebras, el gobierno de las corporaciones y la apertura y acceso a la información (lo que los economistas llaman “transparencia”); fueron puntos cruciales ante la crisis financiera global de 1997. También participé durante casi veinte años en decisiones sobre la transición desde las economías comunistas hacia el mercado. Mi experiencia sobre cómo manejar dichos procesos comenzó en 1980, cuando los analicé por primera vez con las autoridades de China, que daba sus primeros pasos en dirección a una economía de mercado. He sido un ferviente partidario de las políticas graduales de los chinos, que han demostrado su acierto en las ultimas dos décadas, y he criticado con energía algunas de las estrategias de reformas extremas como las “terapias de choque” que han fracasado tan rotundamente en Rusia y algunos otros países de la antigua Unión Soviética.

Mi participación en asuntos vinculados al desarrollo es anterior. Se remonta a cuando estuve en Kenia como profesor (1969-1971), pocos años después de su independencia en 1963. Parte de mi labor teórica mas relevante fue inspirada por lo que allí vi. Sabía que los desafíos de Kenia eran arduos, pero confiaba en que sería posible hacer algo para mejorar las vidas de los miles de millones de personas que, como los keniatas, viven en la extrema pobreza. La economía puede parecer una disciplina árida y esotérica, pero de hecho las buenas políticas económicas pueden cambiar la vida de esos pobres. Pienso que los gobiernos deben y pueden adoptar políticas que contribuyan al crecimiento de los países y que también procuren que dicho crecimiento se distribuya de modo equitativo. Por tocar sólo un tema, creo en las privatizaciones (digamos, vender monopolios públicos a empresas privadas) pero sólo si logran que las compañías sean más eficientes y reduzcan los precios a los consumidores. Esto es más probable que ocurra si los mercados son competitivos, lo que es una de las razones por las que apoyo vigorosas políticas de competencia.

Tanto en el Banco Mundial como en la Casa Blanca existía una estrecha relación entre las políticas que yo recomendaba en mi obra económica previa, fundamentalmente teórica, asociada en buena parte con las imperfecciones del mercado: por qué los mercados no operan a la perfección, en la forma en que suponen los modelos simplistas que presumen competencia e información perfectas. También aporté a la política mi análisis de la economía de la información, en particular las asimetrías, como las diferencias en la información entre trabajador y empleador, prestamista y prestatario, asegurador y asegurado. Tales asimetrías son generalizadas en todas las economías. Dicho análisis planteó los fundamentos de teorías más realistas sobre los mercados laborales y financieros y explicó, por ejemplo, por qué existe desempleo y por qué quienes más necesitan crédito a menudo no lo consiguen—en la jerga de los economistas: el racionamiento del crédito—. Los modelos que los economistas han empleado durante generaciones sostenían que los mercados funcionaban a la perfección—incluso negaron la existencia del paro—o bien que la única razón de la desocupación estribaba en los salarios excesivos, y sugerían el remedio obvio: bajarlos. La economía de la información, con sus mejores interpretaciones de los mercados de trabajo, capital y bienes, permitió la construcción de modelos macroeconómicos que aportaron enfoques más profundos sobre el paro, y dieron cuenta de las fluctuaciones, recesiones y depresiones que caracterizaron al capitalismo desde sus albores. Estas teorías ofrecen claros corolarios políticos—algunos de los cuales son evidentes para casi todos los que conocen el mundo real—como que la subida de los tipos de interés hasta niveles exorbitantes arrastra a la quiebra a las empresas sumamente endeudadas, y que ello es malo para la economía. Aunque me parecían innegables, esas prescripciones políticas eran contrarias a las que el Fondo Monetario Internacional solía insistir en recomendar.

Las políticas del FMI, basadas en parte en el anticuado supuesto de que los mercados generaban por sí mismos resultados eficientes, bloqueaban las intervenciones deseables de los Gobiernos en los mercados, medidas que pueden guiar el crecimiento y mejorar la situación de todos. Lo que centra, pues, muchas de las disputas que describo en las páginas siguientes son las ideas y las concepciones sobre el papel del Estado derivadas de las mismas.

Aunque tales ideas han cumplido un papel relevante en el delineamiento de prescripciones políticas—acerca del desarrollo, el manejo de las crisis, y la transición—también son claves de mi pensamiento sobre la reforma de las instituciones internacionales que supuestamente deben orientar el desarrollo, administrar las crisis y facilitar las transiciones económicas. Mi estudio sobre la información hizo que prestara especial atención a las consecuencias de la falta de información; me alegró apreciar el énfasis en la transparencia durante la crisis financiera global de 1997-1998, pero no la hipocresía de instituciones como el FMI o el Tesoro de los EEUU, que la subrayaron en el Este asiático cuando ellos eran de lo menos transparente que he encontrado en mi vida pública. Por eso en la discusión de las reformas destaco la necesidad de una mayor transparencia, la mejora de la información que los ciudadanos tienen sobre esas instituciones, que permita que los afectados por las políticas tengan más que decir en su formulación. El análisis sobre la información en las instituciones políticas surgió de modo bastante natural de mi trabajo previo sobre la información en economía.

Uno de los aspectos estimulantes de acudir a Washington fue la oportunidad no sólo de entender mejor cómo funciona el Estado sino también de contrastar alguna de las perspectivas derivadas de mi investigación. Por ejemplo, en tanto que presidente del Consejo de Asesores Económicos de Clinton, traté de fraguar una filosofía y una política económicas que vieran a la Administración y a los mercados como complementarios, como socios, y que reconocieran que si los mercados son el centro de la economía, el Estado ha de cumplir un papel importante, aunque limitado. Yo había estudiado los fallos tanto del mercado como del Estado, y no era tan ingenuo como para fantasear con que el Estado podía remediar todos los fallos del mercado, ni tan bobo como para creer que los mercados resolvían por sí mismos todos los problemas sociales. La desigualdad, el paro, la contaminación: en estos campos el Estado debía asumir un papel importante. Trabajé en la iniciativa de “reinventar la Administración”: hacer al Estado más eficiente y sensible; había visto cuándo el Estado no era ninguna de las dos cosas y sabía que las reformas eran difíciles, pero también que, por modestas que parecieran, eran posibles. Cuando pasé al Banco Mundial esperaba aportar esta visión equilibrada, y las lecciones aprendidas, a los muchos más arduos problemas del mundo desarrollado.

En la Administración de Clinton disfruté del debate político, gané algunas batallas y perdí otras. Como miembro del gabinete del Presidente, estaba en una buena posición no sólo para observar los debates y sus desenlaces, sino también para participar en ellos, especialmente en áreas relativas a la economía, Sabía que las ideas cuentan pero también cuenta la política, y una de mis labores fue persuadir a otros de que lo que yo recomendaba era económica pero también políticamente acertado. En la esfera internacional, en cambio, descubrí que ninguna de esas dos dimensiones prevalecía en la formulación de políticas, especialmente en el Fondo Monetario Internacional. Las decisiones eran adoptadas sobre la base de una curiosa mezcla de ideología y mala economía, un dogma que en ocasiones parecía apenas velar intereses creados. Cuando la crisis golpeó, el FMI prescribió soluciones viejas, inadecuadas aunque “estándares”, sin considerar los efectos que ejercerían sobre los pueblos de los países a los que se aconsejaba aplicarlas. Rara vez vi predicciones sobre qué harían las políticas con la pobreza; rara vez vi discusiones y análisis cuidadosos sobre las consecuencias de políticas alternativas: solo había una receta y no se buscaba otras opiniones. La discusión abierta y franca era desanimada: no había lugar para ella. La ideología orientaba la prescripción política y se esperaba que los países siguieran los criterios del FMI sin rechistar.

Esas actitudes me provocaban rechazo; no sólo porque sus resultados eran mediocres, sino también por su carácter antidemocrático. En nuestra vida personal jamás seguiríamos ciegamente unas ideas sin buscar un consejo alternativo, y sin embargo a países de todo el mundo se les instruía para que hicieran exactamente eso. Los problemas de las naciones en desarrollo son complejos, y el FMI es con frecuencia llamado en las situaciones más extremas, cuando un país se sume en una crisis. Pero sus recetas fallaron tantas veces como tuvieron éxito, o más. Las políticas de ajuste estructural del FMI—diseñadas para ayudar a un país a ajustarse ante crisis y desequilibrios más permanentes—produjeron hambre y disturbios en muchos lugares, e incluso cuando los resultados no fueron tan deplorables y consiguieron a duras penas algo de crecimiento durante un tiempo, muchas veces los beneficios se repartieron desproporcionadamente a favor de los más pudientes, mientras que los más pobres en ocasiones se hundían aún mas en la miseria. Pero lo que más me asombraba era que dichas políticas no fueran puestas en cuestión por los que mandaban en el FMI, por los que adoptaban las decisiones clave; con frecuencia lo hacían en los países en desarrollo, pero era tal su temor a perder la financiación del FMI, y con ella otras fuentes financieras, que las dudas eran articuladas con gran cautela—o no lo eran en absoluto—y en cualquier caso sólo en privado. Aunque nadie estaba satisfecho con el sufrimiento que acompañaba a los programas del FMI, dentro del Fondo simplemente se suponía que todo el dolor provocado era parte necesaria de algo que los países debían experimentar para llegar a ser una exitosa economía de mercado, y que las medidas lograrían de hecho mitigar el sufrimiento de los países a largo plazo.

Algún dolor era indudablemente necesario, pero a mi juicio el padecido por los países en desarrollo en el proceso de globalización y desarrollo orientado por el FMI y las organizaciones económicas internacionales fue muy superior al necesario. La reacción contra la globalización obtiene su fuerza no sólo de los perjuicios ocasionados a los países en desarrollo por las políticas guiadas por la ideología, sino también por las desigualdades del sistema comercial mundial. En la actualidad—aparte de aquellos con intereses espurios que se benefician con el cierre de las puertas ante los bienes producidos por los países pobres—son pocos los que defienden la hipocresía de pretender ayudar a los países subdesarrollados obligándolos a abrir sus mercados a los bienes de los países industrializados más adelantados y al mismo tiempo protegiendo los mercados de éstos: esto hace a los ricos cada vez más ricos y a los pobres cada vez más pobres… y cada vez más enfadados.

Joseph E. Stiglitz

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LEA #294

LEA

Impeacheney. The action of charging the holder of the Office of Vicepresident of the United States with misconduct. (El acto de acusar al titular del Oficio de Vicepresidente de los Estados Unidos de conducta indebida). No es probable que la anterior definición aparezca, en años futuros, en el Diccionario Webster del idioma inglés porque prosperasen los presentes amagos de acusación formal de Dick Cheney por abusos diversos de su cargo. El año pasado, el representante Robert Wexler (demócrata por Florida), quien copreside la campaña de Barack Obama en su estado, intentó introducir una resolución de impeachment contra Cheney, y acaba de sumar su apoyo a la introducida por Dennis Kucinich (representante demócrata por Ohio) contra el propio presidente Bush esta semana. Entre los treinta y cinco cargos enumerados en la moción de Kucinich, figura prominentemente el Artículo II: “Falsa y sistemáticamente, y con intención criminal, mezclar los ataques del 11 de septiembre de 2001 con una representación tergiversada de Irak como amenaza de seguridad, como parte de una justificación fraudulenta de una guerra de agresión”.

Por su lado, la senadora demócrata Bárbara Boxer (California), quien preside el comité senatorial del Ambiente y las Obras Públicas, se propone recabar, judicialmente si es necesario, información pertinente al alegato de Jason Burnett, antiguo funcionario de la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos. Según supo primeramente por carta de Burnett del 6 de julio, la oficina del vicepresidente Cheney había presionado por la supresión de más de seis páginas en el testimonio preparado por la jefa del Centro de Control de Enfermedades y Prevención, que detallaban las consecuencias del calentamiento global sobre la salud de la gente. Esto es, Dick Cheney, en su destacado rol de cabildero de corporaciones petroleras, procuró que se dejara al pueblo norteamericano en la ignorancia de los efectos de los gases de invernadero sobre la salud general. Ese testimonio, fuertemente editado, fue presentado al Senado estadounidense. La senadora Boxer declaró: “Este encubrimiento está siendo dirigido desde la Casa Blanca y la oficina del Vicepresidente”.

A pesar de tales enormidades, no es probable que los intentos de impeachment contra ninguno de los dos personajes prosperen. (Para destituir de su cargo a algún funcionario impeachable, la Cámara de Representantes debe aprobar la moción, que iría al Senado para una convicción que requiere una mayoría calificada de las dos terceras partes).

El propio Barack Obama no está de acuerdo con la iniciativa. El año pasado declaró: “Creo que si comenzamos los procedimientos de acusación seremos tragados por la política que ha hecho que Washington funcione mal. Una vez más, en lugar de atender los asuntos de la gente, nos ocuparíamos en un circo incesante de ojo por ojo, de mutua retaliación”. Pareciera a primera vista, sin embargo, que son “asuntos de la gente” el enorme gasto de la guerra de Irak que sale de los bolsillos de los contribuyentes y los efectos nocivos a la salud del calentamiento global, que la Administración Bush ha desconocido de modo contumaz.

Pero la política convencional es la política que tenemos, y Obama, que ha prometido cambio, bien pudiera convertirse en decepción. Por eso no se escuchará el grito de “iImpeach Cheney!” y menos aún se formará en inglés el vocablo imbushment.

LEA

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CS #294 – Falta de urbanidad

Cartas

La tercera acepción del término “político” en el Diccionario de la Real Academia Española lo hace equivaler a los adjetivos “cortés” y “urbano”. La cuarta es definida así: “Cortés con frialdad y reserva, cuando se esperaba afecto”. En femenino, y operando como sustantivo, la décima acepción es “Cortesía y buen modo de portarse”.

Ése es el sentido en el que decimos “Fulano es muy político”, queriendo significar que Fulano no dice cosas imprudentes en momentos comprometedores de una conversación. Fulano siempre encuentra manera de eludir definiciones incómodas y de pronunciar alguna frase que agrade a sus interlocutores.

Ese significado de la palabra “político” es muy apropiado. La conducta que describe es comúnmente recomendada en la práctica cotidiana de la política, y no sólo en países que hablan castellano. En los de habla inglesa se hicieron populares, a partir de los años setenta, las expresiones “políticamente correcto” y “políticamente incorrecto” para aludir a quienes se comportan o no de modo “político”. Niall Ferguson nos decía anteayer (Ficha Semanal #202 de doctorpolítico), refiriéndose a versos de Rudyard Kipling: “Nadie se atrevería hoy a usar un lenguaje tan políticamente incorrecto”, a pesar de que, en su estimación, Kipling pronosticaba algo que llegaría a ser verdadero.

Hay una oposición, por consiguiente, entre ser “político” y la verdad. En julio de 1972 Yehezkel Dror ofrecía acá en Caracas, según los casos, recomendaciones contradictorias: “Si quieres ser eficaz es necesaria la transparencia de los valores; si pretendes mantener el consenso será mejor que los valores sean opacos”. Así, la eficacia, que precisamente debiera ser el valor supremo de la política, frecuentemente es supeditada a la necesidad de guardar la armonía, y se prefiere políticas mediocres con tal de no alborotar un avispero de opiniones disímiles. Los “consensos-país” son ciertamente formulaciones con las que es muy difícil estar en desacuerdo, puesto que escasamente proponen cosas tan generales que en realidad significan poco.

………

Quien escribe ha recibido, bastante más de una vez, consejos de que debe ser más “político”. La última vez que esto fuera explícito se dio el sábado 24 de noviembre del año pasado. Entonces escuché la opinión de que escribía, de cuando en cuando, juicios lapidarios; “al estilo de Robespierre”, se me dijo. Algo de justo debe haber en ese reclamo, pues lo he escuchado con variantes en otras ocasiones. En 1995 llamó a la casa un querido amigo a decir que estaba muy contento, pues uno de sus políticos favoritos me había elogiado. Añadió prontamente, sin embargo, que la misma persona se había quejado de que yo sería “una roca inamovible”, con la que era muy difícil o imposible negociar o transar.

De ser cierto esto último, el suscrito estaría impedido de cumplir un papel político, puesto que el paradigma prevaleciente, sobre su verdadero rostro de política del poder (Realpolitik) lleva el antifaz de la conciliación de intereses. En efecto, se busca el poder a toda costa, por medios no siempre santos, para emplearlo luego en la concertación de intereses habitualmente opuestos en el seno de una sociedad. La mayoría de las veces se sacrifica la verdad en esa búsqueda del acuerdo. (El “gran acuerdo nacional”, la “concertación”, el “pacto social”, el “consenso-país”). Los mejores pactos, sin duda, como el de Punto Fijo o los de la Moncloa, son los más francos.

………

No hay duda de que la realidad política, aquí y en todas partes del mundo, incluye el forcejeo y el regateo, la negociación y la transacción. Lo que es innecesario es la transacción de los principios o de la verdad. No es necesario mentir para ser un buen negociador.

Pero, se dirá, el problema no es mentir, sino que hay ciertas verdades que no deben ser dichas. Esto es rigurosamente cierto. Tampoco es necesario decir toda la verdad. Convertir el compromiso con la verdad en el prurito de revelarla toda, sin mirar a las consecuencias, no es sabio. Los humanos somos seres sensibles, y somos particularmente sensitivos a la crítica. Si escuchamos que alguien nos censura, no sentiremos simpatía por él. De hecho, aun cuando lo que sea criticado sean nuestras ideas, normalmente tomamos el asunto como si se tratara de algo personal. (“No hay nada tan humillante como una derrota intelectual”. Estudio Especial #1 de doctorpolítico, 26 de junio de 2008). Y la política viene de polis, que en griego significa “muchos”; no es posible ejercerla en soledad. El poeta político que fuera Andrés Eloy Blanco ya ponía en Coloquio bajo la palma (Canto a los hijos):

Por eso quiero, hijo mío,
que te des a tus hermanos,
que para su bien pelees
y nunca te estés aislado;
bruto y amado del mundo
te prefiero a solo y sabio.

A Dios que me dé tormentos,
a Dios que me dé quebrantos,
pero que no me dé un hijo
de corazón solitario.

El asunto es, sin embargo, como lo pone Dror, que para ser eficaces es necesario decir las cosas claras. Es la principal responsabilidad del político, sobremanera si ejerce una función pública, la de encontrar y aplicar los tratamientos más eficaces, entre los disponibles, para la solución de los problemas públicos, y la mentira nunca es una solución. Se puede ser enfermizo, por supuesto, cuando el compromiso con la verdad pasa a ser una pasión, o cuando se la presenta de modo insultante. En esta patología descuella, evidentemente, nuestro actual Presidente. No siempre dice la verdad, por supuesto, pero usualmente es agresivo aun cuando la pronuncia.

Hay, de todos modos, la patología inversa. Cuando un actor determinado se esfuerza por caer bien en toda circunstancia, puede llegar a una situación en la que haya perdido toda credibilidad. Hace unos años, un importante político nacional confiaba a quien escribe lo que sería su principal problema: “Me han dicho que soy el único político venezolano que es a la vez de los Leones del Caracas y los Navegantes del Magallanes”. Quien fuera su mano derecha por mucho tiempo, decía de él por esa época: “Si algún día llegare a ser Presidente, Miraflores no tendría espacio para recibir a quienes pudieran jurar que les ha prometido un ministerio”.

De modo, pues, que en esta cuestión debe encontrarse un punto medio. La eficacia que se busca a través de la verdad puede ser destruida en un santiamén por una frase imprudente o injusta, tanto como puede ser anulada en postura ecléctica, excesivamente “política”. No hay ninguna necesidad de andar por la vida sin otra cosa que hacer que enderezar entuertos a punta de agresiones muy sinceras, pero tampoco es una virtud decir que sí a todo, por el temor de negar lo que debe ser negado.

………

Las críticas a personas “políticamente incorrectas”, por otra parte, son muchas veces asimétricas, dependiendo de quien sea la persona política a quien aquéllas ataquen. Los mismos que rechazan la crítica a algún copartícipe de nuestra tendencia, montan una fiesta cuando las más gruesas invectivas son dirigidas al oponente. Es como si éste hubiera dejado de ser gente, tan de carne y hueso como nosotros, tan susceptible a la censura como nosotros mismos.

La cosa no es fácil. Por más empeño que pongamos en una política clínica, es innegable que se combate con acritud contra los adversarios. (En especial si se lidia con un contendiente, como Chávez, que es él mismo agresivo en grado sumo). No obstante, es posible disciplinarse a este respecto. Una regla útil es procurar la descalificación del contrario, no por su negatividad, sino por la insuficiencia de su positividad. A fin de cuentas, lo que interesa a los ciudadanos es la solución de los problemas públicos, antes que el descrédito de algún actor concreto. Siendo esto así, lo que más importaría a un trámite político responsable es mostrar que nuestro oponente propone políticas ineficaces o insuficientes.

¿Es tal disciplina posible? Hace casi cinco años se escribía acá (Carta Semanal #51, del 28 de agosto de 2003) lo siguiente: “…el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte ‘salvaje’ en uno más ‘civilizado’, en el que no toda clase de ataque está permitida”. Si esto fue posible a los boxeadores, ¿por qué no lo sería a los políticos?

Pues porque tal cosa no es necesariamente tan valorada como una actitud más combativa, especialmente en una cultura que exalta a los peleadores—olímpicamente destacamos, desde hace tiempo, en tiro, esgrima, boxeo, judo y tae kwon do, siendo una notable excepción a esta tendencia la del querido nadador Rafael Vidal—, o cuando la representación del electorado es el vehículo de su propia ira. En junio de 1986 completó el suscrito un trabajo que llamó Dictamen, su primer ejercicio de política clínica o medicina política. En su introducción se lee:

…los pueblos esperan, primero, que sus gobernantes aprendan y entiendan, que sus gobernantes resincronicen y favorezcan los cambios. A menos que sus gobernantes decidan no cambiar, y entonces también todo el pueblo se pasa, por un trágico momento, al bando de la ‘política realista’. También le ocurre a los pueblos que en ocasiones se sienten moralmente obligados a ganar por todos los medios.

Trece meses después, Eduardo Fernández diría en sesión solemne del Congreso de la República: “El pueblo está bravo”. En 1989 esto se supo con el “Caracazo”, y un pueblo bravo eligió a Hugo Chávez, cuya ira se hizo evidente antes en una madrugada de febrero.

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El pueblo está ahora, sin embargo, cansado de la animosidad política, empezando por la del Presidente de la República, indudablemente la más cargada y virulenta de las que haya visto Venezuela en toda su historia. Pero Chávez no inventó la Realpolitik, ni la noción de que la política es combate. En famoso discurso decía Rafael Caldera, uno de nuestros presidentes de mejor costumbre: “…porque no estoy en las alturas del poder, sino en las arenas de la lucha política”. Si se le ocurría a algún periodista solicitar a Carlos Andrés Pérez o Jaime Lusinchi que se definieran, cualquiera de los dos (así lo hicieron más de una vez) contestaría: “Yo lo que soy, ante todo, es un luchador político”. Y los militantes del Movimiento Electoral del Pueblo debieron inventar un saludo estatutario. No podían decirse entre sí, como antes, “compañeros”, ya que acababan de separarse de Acción Democrática y así se saludaban los adecos, ni tampoco podían decirse “camaradas”, puesto que tal es el saludo por antonomasia de los comunistas, así que decidieron llamarse oficialmente combatientes. Más recientemente, reportaba El Universal el 31 de mayo de este año: “Daniel Santolo, Secretario General de esta tolda [Causa R] afirmó que el respaldo a Leopoldo López está motivado por su condición de luchador social…”, y la misma nota traía el abundamiento de Andrés Velásquez, quien señalaba: “el apoyo a López está estrechamente ligado a la lucha por defender nuestra Constitución y nuestros derechos políticos, democráticos…” En el sitio web de Un Nuevo Tiempo se leía el lunes de esta semana en su primera reseña: “Las mujeres siguen en la lucha en las parroquias…” Y en un folleto de Carlos Ocariz—por quien el suscrito votará para la Alcaldía del Municipio Sucre, justamente por su valentía al decir cosas “políticamente incorrectas”, como que en octubre de 2004 había perdido las elecciones por abstención opositora y no por fraude gobiernista—se encuentra la siguiente primera definición: “Como incansable luchador por las justas reivindicaciones de la gente…”

Chávez, por supuesto, ha llevado este paradigma bastante más allá, casi hasta sus últimas consecuencias. (En verdad, el chavoma es una dolencia más bien leve, si se le compara con el hitleroma o el fideloma). En este campo, Chávez no obedece a la urbanidad con la que habitualmente combaten y se agreden políticos más convencionales; no come con cubiertos. Y, naturalmente, tiene formación profesional beligerante.

………

El paradigma descrito no es fácil de superar. A la larga, sólo puede ser la presión de los electores lo que induzca el cambio paradigmático que instaure una exigencia clínica: que la política sólo se justifica si logra resolver los problemas de carácter público. Mientras esto no ocurra, mientras el pueblo no tome conciencia de que puede imponer ese concepto, la tentación de ser “político” es difícil de rechazar. Habrá cosas “que no se dicen”.

Posiblemente fuera la primera reconvención que el suscrito recibiera a este respecto una llamada telefónica a mediados de 1986, rememorada en el #224 de esta publicación, del 8 de febrero del año pasado: “Había escrito sobre tema político unas ‘memorias prematuras’, en las que hacía mención detallada de algunos intercambios con personas concretas y conocidas. Se me dijo que esto no era de buena educación. Recuerdo haberme defendido al apuntar que Manuel Antonio Carreño, autor del famoso ‘Manual de urbanidad y buenas costumbres’, señalaba como del todo incivil y grosero que la gente entrara al interior de las casas montada en sus caballerías. Los corceles debían llegar solamente al patio, donde serían amarrados. Pero salvaba que en casos de emergencia los médicos podían llegar a caballo hasta el comedor. Así, dije a mi amable crítico, creo que estamos en emergencia, y en lo político médico soy”. Cuando una sociedad padece grave dolencia política, el escrúpulo de urbanidad debe dejar paso a la verdad, lo que no desdice de un comportamiento médico.

De hecho, en 1995 me preocupé de componer, y luego jurar, un código “hipocrático” para la política. La segunda de sus estipulaciones dice: “Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas y lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros”.

Pero un tal compromiso crítico debe ser asumido sin arrogancia. Quien critica debe estar él mismo abierto a la crítica. La quinta estipulación del código aludido es: “Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia”. Y la séptima dice: “No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo y que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías”. La octava exige: “Reconoceré según mi conocimiento y en todo momento la precedencia de aquellos que hayan interpretado antes que yo o hayan recomendado antes que yo aquello que yo ofrezca como interpretación o recomendación, y estaré agradecido a aquellos que me enseñen del arte de la Política y procuraré corresponderles del mismo modo”.

Debo admitir que esa práctica es exigente, y que tiende a traer costosas consecuencias a la vida personal de quien ose seguirla, aunque también puedo decir que no son intolerables. De resto, la crítica política que con frecuencia se encuentra en estas páginas es el ejercicio de una responsabilidad. No podría edulcorar mis evaluaciones, presentando inexactas lecturas al lector, porque una más cruda pero fiel interpretación me cause problemas. Podría simular que los recibo con alguna indiferencia.

Una vez me fue de ayuda leer a Cristopher Hodgkinson en The Philosophy of Leadership:

La indiferencia debe entenderse acá, naturalmente, en un sentido especial. No es que al líder no le importe. Al líder le importan y tienen que importarle los resultados, especialmente aquellos resultados humanos y organizacionales en los que tiene responsabilidad plena o parcial. A lo que, en razón del honor, debe ser indiferente es a los resultados de las acciones en tanto le afecten personalmente. Suponiendo que su curso de acción sea correcto, que ha descubierto cuál es su deber y cumplido con él, lo que es entonces un asunto de indiferencia, de despreocupación, es su propio éxito o fracaso. Ése es el ideal. Su propio ego debe dejar de importar, tiene que ser eliminado de la ecuación de las variables organizacionales. Tiene que ser trascendido. Y aunque esto pueda parecer escandalosamente idealista, esa praxis es también posible.

LEA

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FS #202 – Gringo imperator

Fichero

LEA, por favor

Niall Ferguson (Glasgow, 1964) ha sido llamado por The Times londinense “el más brillante historiador británico de su generación”. Es esta evaluación la que aparece al pie de su nombre, como lema heráldico, en la edición de bolsillo que hiciera Penguin Books (2004) de su libro “Imperio: cómo Inglaterra hizo el mundo moderno”. En todo caso, Ferguson escribe con gran amenidad, y revela la erudición con la que acomete sus temas en una profusa provisión de citas y documentos curiosos e interesantes.

Al comienzo de la introducción de ese libro Ferguson dice: “Cómo es que un archipiélago de islas lluviosas a las afueras de la costa nor-occidental de Europa llegó a gobernar el mundo, es una de las cuestiones fundamentales no sólo de la historia británica, sino de la del mundo”. Y luego añade: “La segunda y quizás más difícil cuestión es, simplemente, si el Imperio fue una cosa buena o mala”. La respuesta que Ferguson dará se pronuncia del lado positivo, no sin reconocer lo siguiente: “Hoy día es bastante convencional pensar que, a fin de cuentas, fue una mala cosa. Probablemente la razón principal de que el Imperio cayese en descrédito fue su involucración en el tráfico atlántico de esclavos y en la esclavitud misma”. Así cierra la introducción: “Para bien o para mal… el mundo que conocemos hoy es en gran medida el producto de la era británica del Imperio. El asunto no es si el imperialismo británico no tuvo manchas. Las tuvo. El asunto es si pudo haber un camino menos sangriento hacia la modernidad”.

Ferguson cree que en teoría esto era posible, aunque no en la práctica. Es una postura extraña en quien ha abogado por un “contrafactualismo histórico” y sostiene que no hay leyes históricas inexorables y que es la acción de los hombres concretos lo que determina  la trayectoria humana.

La Ficha Semanal #202 de doctorpolítico contiene el fragmento final de la obra, el cierre de su capítulo de conclusiones. En éste hace, primeramente, un balance que arroja saldo positivo para el Imperio Británico: “…el Imperio del siglo diecinueve indudablemente fue pionero del libre comercio, los movimientos libres de capital y, con la abolición de la esclavitud, del libre trabajo. Invirtió inmensas sumas en el desarrollo de una red global de modernas comunicaciones. Esparció y defendió el imperio de la ley en vastas áreas. Y aunque peleó muchas guerras menores, el Imperio mantuvo una paz global sin parangón antes o después”.

Pero luego admite Ferguson que los Estados Unidos son, en efecto, una nación tan imperial como la inglesa. Le da, por tanto, la razón a Hugo Chávez en este punto. Y eso que Ferguson aprobó abiertamente a George W. Bush y su invasión de Irak. Claro, a Ferguson le gustan los imperios de bandera anglosajona. Lo evidencia su imperioso lenguaje.

LEA

Gringo imperator

¿Qué lecciones pudieran aprender los Estados Unidos de la experiencia imperial británica? Una obvia es que la más exitosa economía del mundo—como Inglaterra fue durante la mayor parte de los siglos dieciocho y diecinueve—puede hacer mucho por imponer sus valores preferidos sobre sociedades menos avanzadas tecnológicamente. Es realmente sorprendente que Gran Bretaña fue capaz de gobernar tanto del mundo sin requerir un presupuesto de defensa especialmente grande. Para ser precisos, el gasto británico de defensa fue en promedio poco más de 3 por ciento de su producto nacional neto entre 1870 y 1913, y fue menor aún por el resto del siglo diecinueve.

Era dinero bien gastado. Sin duda es cierto que, en teoría, unos mercados internacionales abiertos hubieran sido preferibles al imperialismo pero, en la práctica, el libre comercio global ni estaba ni está ocurriendo. El Imperio Británico lo imponía.

En comparación, los Estados Unidos de hoy son inmensamente más ricos en relación con el resto del mundo que lo que alguna vez fuera Inglaterra. En 1913, la cuota de Inglaterra del producto total del mundo era de 8 por ciento; la cifra equivalente para los Estados Unidos era de 22 por ciento en 1998. No puede pretenderse que, al menos en términos fiscales, el costo de expandir el Imperio Americano llegaría a ser prohibitivo, aun cuando significase muchas guerras pequeñas como la de Afganistán. En 2000, el gasto de defensa estadounidense era de algo por debajo de 3 por ciento del producto nacional bruto, comparado con un promedio de 6,8 por ciento para los años 1948-98. Aun después de grandes recortes en el gasto militar, los Estados Unidos son todavía la única superpotencia del mundo, con una capacidad financiera y militar-tecnológica que no tiene rival. Su presupuesto de defensa es catorce veces el de China y veintidós veces el de Rusia. Inglaterra jamás disfrutó una ventaja tal sobre sus rivales imperiales.

La hipótesis, en otras palabras, es la de un paso en dirección de una globalización política, con un desplazamiento de los Estados Unidos de un imperio informal a uno formal, como una vez lo hiciera la Inglaterra victoriana. Esto es lo que ciertamente es de esperar si en verdad la historia se repite. Aunque su imperialismo no fue totalmente inconsciente, Inglaterra no se había propuesto gobernar una cuarta parte de la superficie terrestre. Como hemos visto, su imperio comenzó como una serie de bases costeras y esferas de influencia informales, en mucho como el “imperio” americano después de 1945. Pero las amenazas reales y percibidas a sus intereses comerciales tentaron constantemente a los británicos a progresar del imperialismo informal al formal. Fue así como tanto del mapamundi llegara a colorearse con el rojo imperial.

Nadie podría negar la extensión del imperio americano informal—el imperio de las corporaciones multinacionales, de las películas de Hollywood e, incluso, el de los evangelistas de televisión. ¿Es esto algo muy distinto del incipiente imperio británico de compañías comerciales monopolistas y misioneros? Tampoco es una coincidencia que un mapa que muestra las principales bases militares de los EEUU en el mundo se parezca notablemente a un mapa de las estaciones de aprovisionamiento de carbón de la Marina Real de hace cien años.  Incluso la política exterior americana reciente recuerda la diplomacia de cañoneras del Imperio Británico en su apogeo victoriano, cuando algún pequeño problema en la periferia podía ser resuelto con un breve y aguzado “golpe quirúrgico”. La única diferencia es que las cañoneras de hoy vuelan.

Sin embargo, en tres aspectos el proceso de “anglobalización” es hoy en día fundamentalmente diferente. Desde una inspección más cercana, las fortalezas de América pueden no ser las fortalezas de un hegemón imperial nato. Por una parte, el poderío imperial británico dependía de la exportación masiva de capitales y gente. Pero desde 1972 la economía americana ha sido importadora neta de capital (a razón de 5 por ciento del producto doméstico bruto en 2002), y sigue siendo el destino favorito de inmigrantes de todo el mundo, no un productor de posibles emigrantes coloniales. En su apogeo, Inglaterra fue capaz de girar sobre una cultura de desvergonzado imperialismo que se remontaba al Periodo Isabelino, mientras que los EEUU—nacidos no de una guerra contra la esclavitud, como el Sr. Blair parecía sugerir en una conferencia, sino de una guerra contra el Imperio Británico—siempre será gobernante de otros pueblos a regañadientes. Desde la intervención de Woodrow Wilson para restaurar al gobierno electo en México en 1913, el enfoque americano ha sido, demasiado a menudo, disparar algunos proyectiles, penetrar marchando, celebrar elecciones y luego irse al diablo… hasta la próxima crisis. Haití es un ejemplo reciente; Kosovo otro. Afganistán pudiera ser el próximo, o quizás Irak.

En 1899, Rudyard Kipling, el poeta más grande del Imperio, dirigió una poderosa petición a los Estados Unidos para que asumieran sus responsabilidades imperiales:

Asuman la Carga del Hombre Blanco—

Envíen los mejores de su cría—

Comprometan a sus hijos en exilio

A servir la necesidad de sus cautivos;

A atender con arnés pesado

Pueblos que aletean salvajes—

Sus pueblos sombríos, recién conquistados,

Medio diablos, medio niños.

Asuman la Carga del Hombre Blanco

Y cosechen su vieja recompensa:

La acusación de quienes mejoren,

El odio de los que protejan…

Nadie se atrevería hoy a usar un lenguaje tan políticamente incorrecto. La realidad es, no obstante, que los Estados Unidos han tomado—lo admitan o no—algún tipo de carga global, tal como urgía Kipling. Se consideran responsables no sólo de pelear una guerra contra el terrorismo y los Estados forajidos, sino también de diseminar los beneficios del capitalismo y la democracia fuera de su territorio. Y del mismo modo que el Imperio Británico antes que él, el Imperio Americano actúa infaltablemente en nombre de la libertad, aun cuando su propio interés se manifieste de manera primordial. Éste fue el punto que señalaba John Buchan, mirando hacia el apogeo del kindergarten imperialista desde el ventajoso y oscuro punto de 1940:

“Yo soñaba con una hermandad planetaria con historia de una raza y un credo común, consagrada al servicio de la paz; Inglaterra enriqueciendo al resto con su cultura y sus tradiciones, y el espíritu de los Dominios como un viento fuerte que refrescara el aire viciado de los viejos países… La ‘carga del hombre blanco’ es ahora una frase casi sin sentido; antes implicaba una nueva filosofía política y un estándar ético, serio y seguramente no innoble”.

Pero Buchan, como Churchill, encontró un heredero de este legado al otro lado del Atlántico:

“…Sólo hay en el globo dos organizaciones probadas de unidades sociales de gran escala, los Estados Unidos y el Imperio Británico. Este último ya no puede exportarse… pero los Estados Unidos… son el ejemplo supremo de una federación en acto… Si el mundo va a tener alguna vez prosperidad y paz, debe haber alguna clase de federación—no diré de democracias, pero sí de Estados que acepten el reino de la Ley. Para tal tarea, aquéllos me parece que son el líder predestinado”.

Descontando la retórica de tiempos de guerra, hay algo más que un poco de verdad en eso. Y, sin embargo, el imperio que hoy gobierna el mundo es a la vez más y menos que su progenitor británico. Tiene una economía mucho más grande, mucha más gente, un arsenal mucho mayor. Pero es un imperio que carece del impulso para exportar su capital, su gente y su cultura a aquellas regiones atrasadas que los necesitan con mayor urgencia y que, si son desatendidas, generarán las mayores amenazas a su seguridad. Es un imperio, en suma, que no se atreve a pronunciar su nombre. Es un imperio en negación.

El Secretario de Estado americano Dean Acheson dijo, célebremente, que Inglaterra había perdido un imperio y fracasado en encontrar un rol. Quizás la realidad es que los americanos han asumido nuestro viejo rol sin enfrentar el hecho de que un imperio viene con él. La tecnología del gobierno allende los mares puede haber cambiado—los acorazados pueden haber cedido el puesto a los F-15. Pero guste a quien guste, niéguelo quien lo niegue, el imperio es hoy una realidad, como lo fuera durante los trescientos años cuando Inglaterra gobernó, e hizo, el mundo moderno.

Niall Ferguson

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LEA #293

LEA

El mundo está, en algunas cosas, muy mejorado últimamente. Nosotros tuvimos, primeramente, un espectacular 2 de diciembre, cuando se derrotara el terrible proyecto de “reforma” constitucional auspiciado por el Ejecutivo y la Asamblea Nacional. A partir de allí, el gobierno de Chávez ha tenido que recular en varias ocasiones. (“La imposición de normas demagógicas de admisión a las universidades, el currículo ‘bolivariano’, la declaración de las FARC como insurgentes, la prohibición de aumentar el costo de los pasajes en Caracas, el cobro de la transmisión de videos de Venezolana de Televisión, la Ley de Inteligencia y Contrainteligencia”).

Luego, los demócratas en los Estados Unidos se han puesto de acuerdo para postular al primer hombre de raza negra a la Presidencia, y éste hace campaña ahora abrazado de su hasta hace nada contendiente, la primera mujer en aspirar al mismo cargo. Tan sólo el domingo pasado, además, la Madre Patria se alzó, para alborozo de todo español, de todo peninsular, de todo hispanoamericano, invicta, con la copa europea de fútbol al cabo de cuarenta y cuatro años.

Pero el evento más dramático y positivo de todos los últimos es, sin que quepa un asomo de duda, el astuto operativo del gobierno de Colombia que devolvió, finalmente, la libertad a Ingrid Betancourt y a otros catorce rehenes en poder de las FARC. El mundo entero está de fiesta. Bueno, no todo el mundo. Las FARC deben estar desoladas, y algo tristes Ramón Rodríguez Chacín y su jefe, el presidente Chávez. Sería especulación pura imaginar los sentimientos al respecto de Ahmadinejad y Mugabe.

El muy feliz suceso viene a ser la puntilla para las FARC, dejadas en ridículo luego de que hubieran sufrido las mortales bajas de Manuel Marulanda, Raúl Reyes e Iván Ríos. El ejército colombiano, que tenía cercados a los guardianes de Ingrid Betancourt, optó por dejarlos con vida en el engaño, y el gobierno de Colombia presentó tal decisión como acto de buena voluntad, que acompañó con una nueva invitación a que los irregulares depongan las armas—como recomendó el presidente Chávez después de sacar cuentas más realistas—con la promesa de una reincorporación digna a la vida ciudadana civilizada.

Las declaraciones de Ingrid Betancourt a su llegada a Bogotá, serenas, agradecidas e inteligentes, fueron una poderosa defensa de la democracia y la civilidad y un decidido espaldarazo a Álvaro Uribe. No sólo dijo que, por fortuna, había sido no ella sino Uribe electo a la Presidencia de Colombia, pues había resultado ser “un gran presidente”, sino que había reflexionado largamente y concluido que la reelección, concretamente la de Uribe y en general como posibilidad constitucional, había sido inmensamente beneficiosa para Colombia.

En momentos cuando ha sido judicialmente cuestionada la reelección de Uribe, una afirmación como ésa, proveniente de voz tan querida y poderosa, la de la mujer del día, no tiene precio. Para todo lo demás existe Mastercard.

LEA

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