CS #113 – Epifanía verde

Cartas

El 3 de noviembre el Presidente del Partido Socialcristiano COPEI, Eduardo Fernández, dirigía muy importantes y pertinentes palabras a la dirección nacional de esa organización. Se trataba de un sincero y valiente mea culpa, no exento de claridad. Así dijo:

«Hace seis años la oposición se propuso como objetivo sacar a Chávez del poder. Seis años más tarde, Chávez está más atornillado que nunca en el poder, y la oposición más debilitada que nunca. Seis años son un lapso suficiente como para sacar conclusiones. Adoptamos una línea política hace seis años y hemos obtenido fracasos y fracasos, hasta el último, el 31 de octubre. Tenemos que analizar seis años de una política opositora equivocada: porque si el objetivo de la política de la oposición era sacar a Chávez y fortalecer a la oposición, hemos logrado exactamente lo contrario: Chávez está muchísimo más fuerte, dentro y fuera del país, y la oposición está mucho más débil, dentro y fuera del país. Pero, además, tenemos doce años de fracasos en COPEI. Vamos a abrir un debate sobre estas circunstancias».

Más adelante en su exposición opinó así:

«Hay dos ‘guarimbas’, que quisiera analizar. Una es el fraude: ‘no lo estamos haciendo mal, lo que pasa es que nos roban las elecciones’… Si eso fuera verdad, en nuestro análisis tendríamos que ver cómo hacemos para no ser tan bobos, que ganamos todas las elecciones y nos las roban… Aquí, ciertamente, hay mucho más ventajismo del que nunca antes habíamos tenido en la historia democrática de Venezuela y se ha presentado una cantidad grosera de irregularidades en materia de registro electoral y otros aspectos que son evidentes y están a la vista de todos. Pero la prueba de que sí se podía ganar, no obstante las terribles irregularidades, es que Morel ganó en Nueva Esparta y Rosales ganó en el Zulia; y que los alcaldes que tenían que ganar, ganaron… Aquí de lo que se trata es de tener votos suficientes para superar cualquier maniobra y donde no hay votos no hay para donde coger. El compañero que gana, lo hace con registro electoral o sin registro electoral… Hay que investigar a fondo las graves fallas presentadas por el Registro Electoral Permanente y el ventajismo del gobierno, que fue una cosa atropellante, grosera y sin precedentes. Pero, entiéndanme, como se demostró con Morel y con Rosales: cuando hay votos no hay manera de que nos roben las elecciones».

Y, lapidariamente, afirmó:

«……comenté con algunos amigos que lo indicado el 15 de agosto pasado era que el líder más caracterizado de la Coordinadora Democrática, el compañero Enrique Mendoza, asumiera la derrota, derrota que se venía venir, derrota que él conocía tan bien como yo, o mejor que yo, porque él veía las encuestas antes que yo, y asumiera la derrota, anunciando que la Coordinadora Democrática ponía sus cargos a la orden, para que otros se dedicaran a administrar el capital político impresionante que teníamos y que fue reconocido por el CNE—capital político que se debe en buena medida y sin ninguna duda al trabajo del propio Enrique… Nada menos y nada más que cuatro millones de votos, 40% del electorado que votó por el SI.… Yo nunca he visto un suicidio político más insólito que el que se produjo como consecuencia de aferrarnos, de la manera como lo hizo la oposición, a la tesis del fraude».

Estas últimas palabras no fueron proferidas con intención de convertir a Enrique Mendoza en cabeza de turco o chivo expiatorio, sino como preparación para su personal oferta de poner su cargo partidista a la orden, así como invitó a toda la dirección nacional de COPEI a hacer lo mismo, y a abrir una profunda, descarnada y constructiva reflexión para sacar consecuencias de los doce últimos años de barranco para el partido. De hecho dijo: «Y la responsabilidad principal es mía. Repito, aquí no estamos en un debate para buscar chivos expiatorios, pero si ustedes tienen ganas de encontrar uno, aquí estoy a la orden».

Pero también reivindicó haber hecho recomendaciones estratégicas que fueron desatendidas, y que coinciden milimétricamente con lecturas de esta publicación. Por ejemplo, dijo Fernández: «¿Cuál fue la segunda recomendación que hicimos como recomendación estratégica para la campaña del 31 de Octubre? Desnacionalizar el debate. Si manteníamos la lucha frente al 31 de octubre como una continuación del referéndum estábamos derrotados otra vez… como en efecto (ocurrió)… Hicimos de la campaña electoral una continuación del debate del referéndum revocatorio, y lo volvimos a perder». (En el número 101 de la Carta Semanal de doctorpolítico del 26 de agosto se decía: «Y los candidatos no chavistas deberán ocuparse de sus respectivas montañas estadales y municipales, ofreciendo soluciones a su escala, antes que inscribiéndose en una lucha de rebeldía ante el poder central, porque lo que está ahora en juego es el poder descentralizado…»)

Muchas más cosas importantes, atinadas y claras dijo Eduardo Fernández el 3 de noviembre. Ahora bien, a pesar de su lucidez y su valentía, es difícil que el partido pueda recuperarse en tanto franquicia política. (Expresión que Fernández empleó). La marca COPEI puede estar irreversiblemente dañada desde el punto de vista mercadológico, y su definición como organización demócrata-cristiana puede contribuir a mantenerla anclada en una comprensión de lo político que ya ha sido rebasada por los fenómenos de lo que Alvin Toffler llamara la Tercera Ola. COPEI, como Acción Democrática, es partido de la Segunda Ola, de una conceptualización del «problema social moderno» en términos de la Revolución Industrial. Lo que ahora se requiere son organizaciones cualitativamente diferentes, y es prácticamente imposible, a estas alturas, recomponer a algo como COPEI para forzarle a una metamorfosis que le convirtiese en lo requerido. Tal como observara Marshall Mac Luhan, un sillón Luis XV puede encontrar acomodo dentro de un apartamento de decoración modernísima, pero un Macintosh G5 en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles lo reventaría. El ambiente nuevo puede contener lo viejo; el ambiente viejo no puede contener lo nuevo.

Pero otra cosa muy distinta son los hombres y mujeres de COPEI. En tanto estén vivos seguirán siendo, como cualquier persona, esperanzas de humanidad, especialmente si asumen la disposición a aprender de los errores que traslucen las gallardas palabras de Fernández. Es así como sus vocaciones políticas no están en absoluto muertas. Están allí para la mutación conceptual, para darse cuenta de que ahora hay que hacer cosas distintas de lo que vinieron haciendo, vistos los resultados de una práctica y unos paradigmas demostradamente obsoletos. Reagrupados junto con otras voluntades políticas que pueblan el país, dentro de un nuevo espacio y un nuevo concepto, podrían estar llamados a tareas importantes, tanto a escala nacional como local.

El caso particular de Eduardo Fernández es especialmente rescatable. No hay duda de que el país invirtió en él ingentes esperanzas y recursos, que la Nación no puede darse el lujo de desechar considerándole en desahucio. No hay duda de que empleó buena parte de esas esperanzas y esos recursos para formarse como un activo nacional de calidad considerable. Esa inversión sigue siendo susceptible de capitalización. Fernández está vivo porque aprende, está vivo porque toma conciencia y nota de sus aciertos tanto como de sus errores, así esto haya tomado, como él mismo apunta, no menos de una docena de años. Nunca es tarde para las epifanías.

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LEA #113

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Reporta Max Blumenthal en AlterNet: «Sólo unos pocos días después del 11 de septiembre, un golpeado George W. Bush invitó a un pequeño grupo de líderes evangélicos a la Casa Blanca para que le ofrecieran consejo espiritual. Allí discutieron tranquilamente las Escrituras y las implicaciones del 11 de septiembre por unos momentos. Luego el antiguo presidente de la Convención Baptista Sureña, James Merritt, se dirigió al presidente con unas pocas palabras de estímulo. ‘Sr. Presidente, usted y yo somos compañeros creyentes en Jesucristo’, dijo Merritt. Bush movió su cabeza afirmativamente. ‘Ambos creemos que hay un Dios soberano en control de este universo’. Bush asintió de nuevo. ‘Ya que Dios sabía que esos aviones golpearían esas torres antes de que usted y yo naciéramos, ya que Dios sabía que usted estaría sentado en esa silla aun antes de que el mundo fuera creado, sólo puedo extraer la conclusión de que usted es el hombre de Dios para esta hora’, sentenció Merritt. Fue entonces cuando Bush bajó su cabeza y lloró».

En Caracas tenemos un presidente santero (a lo cubano), y que se siente encarnación de Bolívar, miembro del panteón de María Lionza; ni que hablar del fundamentalismo de raíz islámica, con sus conceptos de Jihad, o de la sociedad israelita que entiende tener un contrato específico firmado por una divinidad que le confiara que es su pueblo predilecto y elegido; ahora en la sociedad más racional y secularizada del planeta también el fundamentalismo con asiento religioso contribuye a la formación de su política.

Se habla ya de una fusión cristiano-sionista contra el Islam, más o menos en los términos siguientes: esas dos religiones tienen, naturalmente, un origen común—comparten todo el Antiguo Testamento—aunque difieren en cuanto a la identificación de Jesús de Nazareth como Mesías. Pero más importante que la raíz, y más determinante para la conformación de un espíritu de cruzados es su coincidencia a futuro: es decir, los judíos esperan una venida del Mesías; los cristianos también esperan lo mismo, aunque en su caso la llamen una segunda venida. Y en ambos casos la expectativa es apocalíptica. Falta la conclusión final: la idea de que la batalla de Armagedón es ya, ahora, y que el enemigo es el Islam. He allí el peligro de este neofundamentalismo occidental. Samuel Huntington (The Clash of Civilizations) transmutado en profeta religioso de escatologías belicistas.

No es que Condoleezza Rice deba ser entendida como una ayatollah cristiana, pero no deja de preocupar que el más moderado Colin Powell haya sido sustituido por ella para servir a la política de un presidente que, con menos sofisticada cabeza, sí es propenso a arrebatos místico-políticos. (La propia Rice había observado el año pasado que la Secretaría de Estado no convenía a su carácter algo belicoso. Hubiera preferido robarle el cargo de Defensa a Donald Rumsfeld, con quien ha mantenido una constante competencia, llena de alguno que otro desencuentro de mutua agresividad).

Entretanto, al inicio de la toma de Fallujah, un enviado de la Deutsche Welle, situado a escasos dos kilómetros de la línea de choque, reportaba el impresionante rugido que erizaba su piel. No eran los cañones, sino un extenso estruendo de voces: el unánime grito de «Alá es grande».

El mundo se nos está poniendo marcadamente peligroso.

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FS #21 – De amigos y enemigos

Fichero

LEA, por favor

El Dr. Aníbal Romero, Profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad Simón Bolívar, es autor de una importante colección de estudios sobre el campo de su pasión académica y existencial. De prosa incisiva y clara, sus trabajos resultan iluminadores y no pocas veces anticipatorios. Por ejemplo, en febrero de 1999, al momento de la asunción de Hugo Chávez al poder en Venezuela, escribía: «Lo interesante del caso de Chávez consiste en el hecho de que su concepción de sí mismo es la del portador de un ‘cambio’, mas en realidad representa una regresión. Por un lado, el personalismo político conducirá a deteriorar aun más el ya muy lesionado esquema de la institucionalidad democrática; por otro lado, su nacionalismo y anti-imperialismo, así como su visión populista de la sociedad y la economía, nos arrastrarán por el ya trillado y fracasado sendero del estatismo y la demagogia. La relación caudillo-masa sustituirá, paulatina o rápidamente, los correajes institucionales, y las prácticas populistas en lo económico acelerarán el ya pronunciado empobrecimiento de una sociedad confundida, violenta, y negada a admitir las verdaderas causas de su penosa situación». (El Paroxismo del populismo, ponencia en el seminario ¿Sigue vigente el populismo en América Latina?, de la Fundación Pensamiento y Acción, recogida en Aníbal Romero: Decadencia y Crisis de la Democracia, Editorial Panapo, Caracas, 1989. Antes, en el mismo texto, había enumerado los rasgos fundamentales del «nasserismo militar» de Hugo Chávez: nacionalismo, anti-imperialismo, populismo y personalismo).

En el libro Estudios de Filosofía Política (Panapo, 1998), el Dr. Romero nos introduce al pensamiento de importantes pensadores de lo político. A mi gusto, uno es particularmente pertinente al momento venezolano actual: el pensamiento de Carl Schmitt, a quien el profesor Romero dedica el capítulo Teoría política e historia. Reflexiones sobre Carl Schmitt.

Schmitt (1888-1985) es un curiosísimo caso de la filosofía política reciente, por cuanto sus postulados principales llaman la atención de cuarteles disímiles y contrapuestos, incluso cuando se trata de corrientes implacablemente atacadas por su amargo discurrir. De preferencias marcadamente conservadoras—católico alemán—parecía llevar una trayectoria de «tercera vía» a la manera socialcristiana, dado que refuta por igual al liberalismo y al marxismo, lo que ciertamente es lo que hacen Rerum Novarum de León XIII y Quadragesimo Anno de Pío XI. Pero Schmitt es, por sobre todo, la expresión más lúcida de Realpolitik, pues a fin de cuentas reduce lo político a la determinación del eje existencial «amigo-enemigo». De hecho, su feroz crítica al liberalismo se afinca en el diagnóstico de que los liberales querrían ignorar de un todo esa distinción. Por este camino Schmitt terminó afiliándose nada menos que al partido nazi. Luego de la conclusión de la guerra emergió relativamente incólume, y dedicó buena parte de su tiempo a recuperar su prestigio dañado.

Es por esto que resulta curioso constatar que su análisis, que viene como anillo al dedo a proyectos como el chavista, puede ser aplicado por igual a buena parte de la oposición al chavismo, así como es sorprendente que campos enfrentados, como el neoconservatismo de George W. Bush y lo islámico, se dejen fascinar por las cínicas ideas de Schmitt.

Por ejemplo, Alan Wolfe (Profesor de Ciencias Políticas en Boston College) ha escrito recientemente (Un filósofo fascista nos ayuda a comprender la política contemporánea, The Chronicle of Higher Education, abril de 2004): «Dados el estridente antisemitismo de Schmitt y sus nada ambiguos compromisos con los nazis, la continua fascinación de la izquierda con él es difícil de comprender». Pero asimismo Wolfe declara: «Para entender qué es hoy peculiar del Partido Republicano uno necesita primero conocer acerca de un oscuro y muy conservador filósofo político. Su nombre, no obstante, no es Leo Strauss, quien ha sido ampliamente citado como el gurú intelectual de la administración Bush. Pertenece, en cambio, a un pensador menos conocido pero en muchas formas más importante llamado Carl Schmitt». Luego de registrar que Schmitt destaca que «los liberales se sienten incómodos con el poder y por esto critican más la política que involucrarse en ella» y de pronosticar que «los conservadores ganarán prácticamente todas sus batallas políticas porque son la única fuerza en América que es verdaderamente política», Wolfe concluye: «No en vano la elección de 2004 ha suscitado tanto interés. Estaremos decidiendo, si Schmitt es alguna guía, no sólo quién gana, sino si trataremos al pluralismo como bueno, el desacuerdo como virtuoso, la política como constreñida por reglas, la equidad como posible, la oposición como necesaria, y el gobierno como limitado».

Pero al mismo tiempo un activísimo y profundo intelectual del Islam, S. Parvez Manzoor, se siente atraído ineludiblemente por Schmitt. (La Soberanía de lo Político: Carl Schmitt y la Némesis del Liberalismo). Así dice: «Para los musulmanes, que se hayan en el extremo desfavorecido de la polémica civilizatoria, la lección de Carl Schmitt es precisamente la naturaleza política del orden mundial, la duplicidad de sus instituciones y la mojigatería de sus cruzados morales. El universalismo es la máscara que esconde el semblante de la hegemonía y el poder es el derecho del elegido».

¿Qué hay de particular en este pensador nacional-socialista que convenga por igual a islamistas e izquierdistas, a conservadores y nasseristas? La glosa analítica del Dr. Romero nos presenta la médula del pensamiento de Schmitt. La Ficha Semanal #21 de doctorpolítico corresponde a buena parte de la sección cuarta del capítulo dedicado a Schmitt en Estudios de Filosofía , una lectura decididamente recomendable. Los trozos en cursiva son escritura de Schmitt en su obra fundamental: El Concepto de lo Político.

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De amigos y enemigos

Lo político es aquello que tiene que ver con lo decisivo de la existencia, y lo decisivo es, precisamente, la afirmación existencial frente al «otro»: «La oposición o el antagonismo constituye la más intensa y extrema de todas las oposiciones, y cualquier antagonismo concreto se aproximará tanto más a lo político cuanto mayor sea su cercanía al punto extremo, esto es, a la distinción entre amigo y enemigo». Lo político tiene una esencia pero no una sustancia propia, ya que todos los ámbitos de la realidad, el religioso, el económico, el moral, etc., devienen en ámbitos políticos si esa «oposición decisiva», esa «agrupación combativa» entre amigos y enemigos tiene lugar. Una vez que esa intensificación de la conflictividad se produce, alcanzamos el plano de la decisión existencial, es decir, de lo político:

«…cualquier antagonismo concreto se aproximará más a lo político cuanto mayor sea su cercanía al punto extremo, esto es, a la distinción entre amigo y enemigo… Por sí mismo lo político no acota un campo propio de la realidad, sino sólo un cierto grado de intensidad de la asociación o disociación de hombres… La cuestión no es entonces otra que la de si se da o no tal agrupación de amigos y enemigos como posibilidad real o como realidad, con independencia de los motivos humanos que han bastado a producirla… En cualquier caso es política siempre toda agrupación que se orienta por referencia al «caso decisivo». Por eso es siempre la agrupación humana que marca la pauta, y de ahí que, siempre que existe una unidad política, ella sea la decisiva, y sea «soberana» en el sentido de que siempre, por necesidad conceptual, posea la competencia para decidir en el caso decisivo, aunque se trate de un caso excepcional».

Schmitt insiste que la guerra como tal no es el fin u objetivo de la política, sino su presupuesto, es decir, la opción que siempre está presente como posibilidad real, y que «determina de una manera peculiar la acción y el pensamiento humanos y origina así una conducta específicamente política». No obstante, es claro que su moral (pagana) subyace a su visión de lo político y le empuja inevitablemente a una concepción bélica de la política, una concepción para la cual lo que en última instancia está en juego es la posibilidad de la muerte física de seres humanos, muerte que, sostiene Schmitt, no puede justificarse por motivaciones de tipo normativo sino estrictamente existenciales:

«La guerra, la disposición de los hombres que combaten a matar y ser muertos, la muerte física inflingida a otros seres humanos que están del lado enemigo, todo esto no tiene un sentido normativo sino existencial, y lo tiene justamente en la realidad de una situación de guerra real contra un enemigo real, no en ideales, programas, o estructuras normativas cualesquiera. No existe objetivo tan racional, ni norma tan elevada, ni programa tan ejemplar, no hay ideal social tan hermoso, ni legalidad ni legitimidad alguna que puedan justificar el que determinados hombres se maten entre sí por ellos. La destrucción física de la vida humana no tiene justificación posible, a no ser que se produzca, en el estricto plano del ser, como afirmación de la propia forma de existencia…»

Lo paradójico de estas aseveraciones de Schmitt es que las mismas parecieran expresar una preocupación humanitaria, cuando en realidad son una manifestación particularmente importante de la lucha de Schmitt contra el liberalismo y la moral tradicional, más específicamente contra la tendencia—que Schmitt, como hemos visto, atribuye al liberalismo—a escapar de lo político y su exigencia existencial. Semejante pretensión, sostiene Schmitt, es fútil y contradictoria, ya que cuando la misma se concreta se convierte en una pretensión política, como ocurriría, por ejemplo, si la oposición pacifista contra la guerra llegase a ser tan fuerte que le llevase a una guerra contra los no-pacifistas; a una «guerra contra la guerra», lo cual no haría otra cosa que demostrar «la fuerza política de esa oposición», al agrupar a estos campos en el rango de amigos y enemigos. La importancia que para Schmitt reviste la afirmación de lo político como afirmación existencial—que a su vez requiere la permanente opción de distinguir entre amigos y enemigos—, le conduce a cuestionar la «guerra contra la guerra» y la absolutización del enemigo que tal meta implica. Este tipo de guerras presuntamente idealistas, impulsadas por motivos «nobles» y «puros», son a la hora de la verdad las más crueles, ya que van más allá de lo político y degradan al enemigo al mismo tiempo por medio de categorías morales. Los liberales, que normalmente pierden de vista la realidad de lo político y el imperativo de decidir, reaccionan de manera extrema cuando se topan con un desafío radical que les obliga a hacerlo, y convierten la guerra en cruzada moral, a través de la cual el enemigo real es transformado en enemigo absoluto al que se trata de aniquilar. Frente a esta concepción no-política de la distinción amigo-enemigo, Schmitt reivindica la del «partisano», el guerrillero pre-marxista al que califica de «telúrico», que limita la hostilidad y no absolutiza a su enemigo. Paradójicamente, explica Schmitt, Lenin se une al liberalismo al transformar a su enemigo en enemigo absoluto, al que se combate en una guerra civil a escala mundial de la que eventualmente emergerá como vencedor el comunismo, cuyo propósito final es crear una sociedad perfecta sin amigos ni enemigos. Schmitt defiende al partisano que protege su pedazo de tierra al que le une un lazo autóctono, pero condena a todos los que, como Lenin y los liberales, sueñan con eliminar la razón de ser de lo político y neutralizar la diferencia existencial. En síntesis, Schmitt condena tanto al liberalismo, por su presunta tendencia a emprender guerras que absolutizan al enemigo y pretenden su destrucción, así como a los marxistas como Lenin, que quieren construir una sociedad perfecta, objetivo que lleva al mismo resultado de la cruzada liberal: a la desaparición del enemigo y en consecuencia de la posibilidad de la diferencia.

Aníbal Romero

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CS #112 – Vuelta a la escuela

Cartas

La Política es un arte. A pesar de la legítima existencia de «ciencias políticas», la Política no es en sí misma una ciencia, sino una profesión, un arte, un oficio. Del mismo modo que la Medicina es una profesión y no una ciencia, por más que se apoye en las llamadas «ciencias médicas», la Política es la profesión de aquellos que se ocupan de encontrar soluciones a los problemas públicos.

Por tal razón, las soluciones a esta clase de problemas no se obtiene, sino muy rara vez, por la vía deductiva. La esencia del arte de la Política, en cambio, es la de ser un oficio de invención y aplicación de tratamientos. En este sentido, hay un «estado del arte» de la Política.

El paradigma así delineado se contrapone a una visión tradicional de la Política como el oficio de obtener poder, acrecentarlo e impedir que un competidor acceda al poder. Esta formulación, que los alemanes bautizaron con el nombre de Realpolitik, es el enfoque convencional, que en el fondo es responsable por la insuficiencia política—exactamente en el mismo sentido que se habla de insuficiencia cardiaca o renal—de los actores políticos tradicionales. El tránsito de un paradigma de Realpolitik a un paradigma «clínico» o «médico» de la política se hará inevitable en la medida en que la sociedad en general crezca en informatización y acreciente de ese modo el nivel general de cultura política de los ciudadanos y su presión y exigencia sobre los actores políticos concretos. Es una apuesta ganada a largo plazo, pero podría adelantarse sus ganancias en situaciones críticas como la nuestra.

Siendo que la política es una profesión, y de las más complejas (Albert Einstein: «La política es más difícil que la física»), se sigue que debe beneficiarse de una formación sistemática de educación superior, la que debe ser impartida por una escuela universitaria de Política, en la que pudiera ganarse una licenciatura y, posteriormente, grados superiores.

No son lo que se requeriría las Escuelas de Ciencias Políticas. Los «politólogos» egresados de tales escuelas están preparados para el estudio y la enseñanza sobre los procesos políticos, no para hacer Política. Tampoco son la solución los postgrados en políticas públicas, encaminados a preparar para el rol de analistas—al estilo de instituciones tales como la Escuela Kennedy de Gobierno (Harvard) o el doctorado en Policy Analysis de la Corporación RAND—puesto que, de nuevo, sus egresados están en capacidad de servir como auxiliares científicos a la toma de decisiones públicas, y no como decisores ellos mismos. (Típicamente el análisis de políticas se conduce en institutos especializados que en inglés son designados con el nombre de think tanks).

Tradicionalmente—y sobre todo en Venezuela—el político profesional es un autodidacta, proveniente en mayoría del campo jurídico, aunque ocasionalmente de otras profesiones—Belaúnde Terry, arquitecto; Lusinchi y Allende, médicos; Chávez, militar. Esas formaciones inciden de modo muy colateral sobre la profesión política propiamente dicha, y se da preferencia a destrezas o técnicas más relacionadas con el proceso de obtención de poder.

Así, la oratoria es una práctica apetecida por nuestros políticos, como lo es también el conocimiento de la técnica propagandística y demás instrumentos de análisis y manejo de la opinión pública. Una comprensión suficiente de los procesos de negociación y resolución de conflictos resulta útil al modelo prevaleciente de política de poder y conciliación de intereses.

Este modelo prescribe, en consecuencia, que la legitimación de un actor político se da en función de su éxito como «combatiente» o «luchador», en la medida de su éxito en el descrédito de un adversario, y muy poco en términos programáticos relacionados con la solución de problemas públicos. Por otra parte, las organizaciones que típicamente alojan a quienes compiten por el poder se parecen muy poco a las instituciones del poder público, por lo que el adiestramiento en la creación y mantenimiento de alianzas dista mucho de ser útil a la hora de dirigir un aparato público organizado de manera muy distinta. La coordinación de una marcha de protesta es asunto muy diferente a la toma de decisiones en gabinete, o a la formulación de una política exterior, por ejemplo.

No se trata de desconocer que el know how en artes como las mencionadas sea totalmente impertinente al ejercicio político. A fin de cuentas, la emulación y la competencia son conductas connaturales a las personas. En este caso, sin embargo, es posible concebir una disciplina del combate, un encauzamiento del mismo con privilegio de una legitimación programática. («No se trata de eliminar el ‘combate político’, sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga… Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan ‘romántico’ ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro La Doble Hélice (1968) es una descarnada exposición a este respecto.… Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte ‘salvaje’ en uno más ‘civilizado’, en el que no toda clase de ataque está permitida… En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los ‘luchadores’ políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social». Carta Semanal de doctorpolítico#51, 28 de agosto de 2003).

Por otra parte, una buena proporción del trabajo político tiene que ver con negociación y manejo de conflictos, así como es de mucha utilidad estar familiarizado con los principales protocolos y técnicas del análisis de políticas—diseño de escenarios, análisis de sensibilidad, etc. No es esto suficiente, sin embargo, y Tocqueville hizo un preciso apunte a este respecto, cuando comentaba cómo los políticos de Luis XVI fueron incapaces de prever la Revolución Francesa: «…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario». (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución, citado en Carta Semanal de doctorpolítico, #50, 21 de agosto de 2003).

Tal vez sea aun más fundamental la ignorancia o más bien desactualización epistémica de la inmensa mayoría de los políticos. («A través del análisis de las fracturas que se producen en los contenidos de ciertos campos del conocimiento cuando se pasa de una época a otra, Michel Foucault propone la noción de episteme, para referirse al núcleo de nociones básicas y centrales de una determinada época… Foucault analiza en detalle el campo de la biología, el de la economía y el de la lingüística. Así llega a encontrar cómo hay una radical diferencia conceptual, una verdadera fisura de separación, entre la biología moderna y la clásica, la que ni siquiera se pensaba a sí misma como biología sino como ‘historia natural’. Igual discontinuidad se observa entre la economía y la ciencia que la precedió, la ‘teoría de las riquezas’, y entre la lingüística y la ‘gramática’ que fue su antecesora. En cambio, logra demostrar la comunidad de imágenes e ideas que se da entre la historia natural, la gramática y la teoría de las riquezas, del mismo modo como encuentra nociones comunes a la economía, la lingüística y la biología posteriores». De «Un tratamiento al problema de la calidad de la educación superior no vocacional en Venezuela», estudio del suscrito de diciembre de 1990). Nuestros políticos, como prácticamente todos los hombres, comprenden al mundo y a la sociedad desde una episteme, un conjunto de paradigmas que en el mejor de los casos corresponden a nociones prestadas de la física clásica, a estas alturas superadas por el más fructífero de los siglos en física teórica. Así lo revelan expresiones tales como «fuerzas políticas», «vectores políticos», «espacios políticos». (Por ejemplo, la clásica pregunta: «¿Hay espacio para una nueva fuerza política?»)

Y resulta que en los últimos cuarenta años la ciencia ha podido arribar a un conocimiento altamente pertinente al caso de la Política: se trata de la comprensión de los sistemas complejos con las teorías de la complejidad, de los fenómenos caóticos, del comportamiento de enjambres, de la autorganización, etcétera. Un político profesional que ignore estas nuevas estructuras para la interpretación de los sistemas complejos será incapaz de comprender las sociedades contemporáneas y por tanto de prescribir tratamientos a sus problemas.

El pensum, en consecuencia, de una Escuela de Política, deberá componerse de un conjunto de materias que correspondan a la complejidad del campo profesional de ese oficio y la responsabilidad implicada en ejercerlo, pues la dimensión ética—deontológica—de la profesión política es de grandísima importancia. Hacer política es nada menos que entrometerse con la historia.

Pero los elementos esenciales de una nueva concepción de la Política pueden ser empacados en forma más compacta y elemental. Cursos de la nueva Política, hasta cursillos, más breves y sinópticos, pueden hacer una enorme diferencia en la inyección de nuevos paradigmas en cabeza de quienes sientan el llamado de lo político. Es esto la clave para la superación de la actual coyuntura nacional. Como adelantaban Louis Pauwels y Jacques Bergier en la ya mítica década de los sesenta, se trata, en el fondo, de un «retorno de los brujos».

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LEA #112

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Continúa el desbrozo del terreno político venezolano, cada vez más yermo, a la espera del abono y la siembra. Organizaciones de corte más radical, que parecían beneficiarse del fracaso de soluciones «democráticas, pacíficas, electorales y constitucionales», como el señero Bloque “Democrático», son puestas en ridículo con algazaras como la escenificada a raíz de la «desaparición forzada» del coronel Silvino Bustillos. Su «aparición voluntaria» no ocurrió suficientemente a tiempo como para impedir una verdadera inundación de indignadas condenas y vestiduras rasgadas que ahora se desinflan sin siquiera la compañía de la vergüenza.

Así evalúa el asunto una habitué de la política de Internet: «De nuevo la sociedad civil es engañada por sus supuestos líderes. El Bloque Democrático nuevamente nos pone en zozobra, creando historias y haciendo que nos las creamos. Yo por mi parte no los sigo más, haré lo que he debido hacer desde un comienzo que no es más que trabajar y dejar de escuchar tantas estupideces y a sus estúpidos». El más puro «ninismo».

Crece y se asienta, pues, el desengaño con liderazgos autoungidos que han producido fracaso tras fracaso. La aguda analista Argelia Ríos lo diagnostica de este modo: «El viejo sistema de partidos, columna vertebral de la llamada IV República, ha quedado demolido, bajo un amasijo de escombros. Los desafíos que la oposición tiene por delante son en extremo exigentes. Demasiado como para despacharlos con artificios benignos… Al conformismo del enorme fragmento-país (casi un 60%) que, por causa de la calamitosa sucesión de fracasos acumulados, no se siente identificado con el chavismo, ni con la oposición. El mercado, pues, está disponible para la política escrita en letras mayúsculas». (El Universal, 7 de noviembre de 2004).

No han desaparecido, por supuesto, los tomadores de atajos. Premunidos de sus «oportunas advertencias», continúan predicando que la solución venezolana radica en la precisión con la que un proyectil 7.62 pueda toparse con una cierta verruga frontal, o en la identificación del «traidor apropiado» que, bajo el influjo de la adulación, pudiera ver sus agallas recrecidas, las que le impelerían a «cogerse el coroto». La estupidez es tenaz.

Pero cada vez son, gracias a Dios, menos numerosos y menos eficaces los predicadores de golpes, magnicidios y guarimbas. Lo que viene ahora es trabajo político de gente grande.

LEA

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