por Luis Enrique Alcalá | Nov 9, 2004 | Fichas, Política |

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Alexis Charles Henri Maurice Clérel de Tocqueville (1805-1859) puede ser tenido como una de las mentes sociológicas de mayor penetración. En la obra que lo hizo famoso—La Democracia en América (1835-1840)—llegó incluso a anticipar la preponderancia de los Estados Unidos y de Rusia en el futuro, bipolaridad que no llegó a darse hasta un siglo después de la publicación.
Nacido en Verneuil, Francia, era de extracción noble, como la profusión de sus nombres atestigua. Habiendo comenzado sus estudios de leyes a los 18 años de edad, sirvió como magistrado en Versalles tres años más tarde bajo el reinado de Carlos X, cuyo gobierno fuera depuesto por la revolución de 1830. Junto con su compañero Gustavo de Beaumont solicitó al nuevo gobierno su traslado a América para un reconocimiento y evaluación de las instituciones penales en el nuevo continente. Tal cosa no era sino un pretexto para observar de cerca el desarrollo del sistema democrático norteamericano. La solicitud fue exitosa, y a Nueva York llegó con Beaumont en mayo de 1831.
Después de recorrer más de 11 mil kilómetros en Norteamérica—desde Canadá hasta Nueva Orleáns—regresó a Francia en febrero de 1832. Despachando rápidamente el informe sobre el sistema carcelario, comenzó a trabajar en su obra más conocida, cuya primera parte publicó en 1835. (La segunda parte fue editada en 1840). Nadie menos que el gran John Stuart Mill consideró que la extensa obra de Tocqueville representaba «el comienzo de una nueva era en la ciencia de la política».
Tanto fue el prestigio alcanzado por Tocqueville con la publicación que sobre él llovieron honores, y fue asediado para que regresara a la vida política. En 1839 fue electo a la Cámara de Diputados de su país, en la que sirvió hasta 1851, cuando se retiró de la vida pública para comenzar la escritura de L’Ancien Régime et la Révolution, cuyo primer volumen vio la luz en 1856. Sería el único tomo de lo que prometía ser su obra maestra.
El filósofo alemán Wilhelm Dilthey consideraba que Alexis de Tocqueville había sido «indudablemente el más ilustre de todos los analistas políticos desde Aristóteles y Maquiavelo». «La Democracia en América» pudiera ser considerada, con propiedad, como antropología política de calidad suprema, tantos son el rigor de su observación y la profundidad de sus conclusiones. No hay un autor norteamericano que haya podido superar el análisis de la sociedad estadounidense que aquel joven de veintiséis años construyese durante un viaje de nueve meses entre 1831 y 1832.
La Ficha Semanal #20 de doctorpolítico corresponde a un breve pasaje de «La Democracia en América», y es una muestra convincente de la penetración analítica de Tocqueville. En el trozo en cuestión—La influencia que la democracia americana ha ejercido en las leyes relativas a elecciones—alude a tres de los padres políticos de los Estados Unidos: Madison, Hamilton y Jefferson, a estos dos últimos para citarlos. El lector decidirá si las observaciones de Tocqueville pudieran ser pertinentes al caso venezolano.
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Leyes y elecciones
LA INFLUENCIA QUE LA DEMOCRACIA AMERICANA HA EJERCIDO EN LAS LEYES RELATIVAS A ELECCIONES
Cuando las elecciones recurren en largos intervalos, el Estado está expuesto a violenta agitación cada vez que tienen lugar. Los partidos hacen el mayor de los esfuerzos por alcanzar un premio que tan rara vez está a su alcance, y como el mal es casi irremediable para los candidatos que fracasan, las consecuencias de su decepcionada ambición pueden llegar a ser desastrosas. Si, por lo contrario, el combate legal puede ser repetido tras un breve lapso, los partidos derrotados se hacen pacientes.
Cuando las elecciones ocurren frecuentemente, su recurrencia mantiene a la sociedad en un perpetuo estado de febril excitación, e imparte una continua inestabilidad a los asuntos públicos.
Así, por un lado el Estado es expuesto a los peligros de una revolución, por el otro a perpetua mutación; el primero de los sistemas amenaza a la propia existencia del gobierno, el segundo es un obstáculo a una política estable y consistente. Los americanos han preferido el segundo de estos males sobre el otro; pero han arribado a esta conclusión más por instinto que por raciocinio; porque un gusto por la variedad es una de las pasiones características de la democracia. Una inestabilidad extraordinaria ha sido, por tales medios, introducida en su legislación.
Muchos de los americanos consideran a la inestabilidad de sus leyes la consecuencia necesaria de un sistema cuyos resultados generales son benéficos. Pero nadie en los Estados Unidos pretende negar el hecho de la inestabilidad, o argumentar que no sea un mal mayor.
Hamilton, después de haber demostrado la utilidad de un poder que pueda prevenir, o al menos dificultar, la promulgación de malas leyes, añade: «Quizás pueda decirse que el poder de impedir malas leyes incluye el de impedir las buenas; y que puede ser usado para un propósito como para el otro. Pero esta objeción pesará poco para quienes puedan estimar adecuadamente los daños de esa inconstancia y cambio en las leyes que constituye el mayor defecto del carácter y genio de nuestros gobiernos». (El Federalista, No. 73).
Y de nuevo en el No. 62 de la misma obra observa: «… La facilidad y exceso en la formación de las leyes parece ser la enfermedad a la que nuestros gobiernos están más expuestos… (Trazar los efectos perniciosos de la) inconstancia que en los concilios públicos surge de una rápida sucesión de nuevos miembros (llenaría un volumen). Cada nueva elección en los Estados cambia la mitad de los representantes. De este cambio de hombres sobreviene un cambio de opiniones (y de) medidas… (lo que) pierde el respeto y la confianza de otras naciones… envenena la bendición de la libertad misma… (y disminuye) el apego y la reverencia… del pueblo hacia un sistema político que revela tantas señales de enfermedad…)»
El mismo Jefferson, el más grande demócrata que la democracia de América ha producido hasta hoy, señaló los mismos males.
«La inestabilidad de nuestras leyes,» dijo en una carta a Madison, «es realmente un serio inconveniente. Creo que debiéramos obviarlo decidiendo que un año entero tenga que pasar entre la consideración de un proyecto de ley y su aprobación final. Después debiera ser discutida y puesta a votación sin posibilidad de efectuar alteraciones; y si las circunstancias del caso requiriesen una decisión más expedita, la cuestión no debiera ser decidida por una mayoría simple, sino por una mayoría de al menos dos tercios de ambas cámaras».
Alexis de Tocqueville
por Luis Enrique Alcalá | Nov 4, 2004 | Cartas, Política |

Muy sintomática fue la alocución de Manuel Rosales, gobernador reelecto del Zulia, poco después de la medianoche que separó el mes de octubre del mes de noviembre. Rodeado de felices partidarios, aliviado él mismo, en clásico tono mitinesco arengó a la multitud para prometer paz y amor, pan y circo. Porque lo primero que ofreció fueron abrazos y reconocimientos tendidos al general Gutiérrez y al comandante Arias Cárdenas, sus contrincantes, justificando tal gesto sobre la base de lo que, según su conocimiento, querrían los zulianos: que cesaran los partidos y se consolidara la unión.
Ante el muy visible sonrojo del mapa político nacional, Rosales no optó por correr sino por encaramarse. Esbozó la tesis de que los zulianos—¿los venezolanos?—quieren ahora olvidarse, por un tiempo al menos, de «estas divisiones que hemos tenido en los últimos meses» y ponerse a trabajar. (Pan). Y como los zulianos lo que quieren hacer es trabajar, animó a la turba a que se zambullera de una vez en ¡la Feria de la Chinita! Posteriormente reiteraría su disposición circense con una anticipada invitación a prepararse para la subsiguiente temporada navideña, a disfrutar en fraterna y amnésica paz. Impecable cierre circular de un discurso improvisado pero perfecto, encaramado.
Si éste es el héroe político que Rafael Poleo encarama en la portada de su revista «Zeta», si Rosales va a ser tenido como la contrafigura que «la oposición» ha esperado tanto—el «ñero» Morel Rodríguez no sería creíble—entonces Chávez morirá, como el general Gómez, como el general Franco, como parece que lo hará el osteoporótico comandante Castro, con el poder total en sus manos.
No poco de la motivación tras la peculiar arenga de Rosales deriva del puñal que presiona su carótida: la investigación de Danilo Anderson sobre su participación en el happening de Carmona Estanga. (En su caso no se trató de una firma descuidada sobre hojas sueltas que pudiera aducirse eran una lista de asistentes. Los videos le registran subiendo al estrado del absurdo, convocado por la voz enfebrecida de Daniel Romero y «en representación» de los gobernadores de estado, a cohonestar con su pública rúbrica el golpe del 12 de abril de 2002).
Los mercadólogos venezolanos saben desde hace tiempo que el Zulia, y especialmente Maracaibo, puede muy bien comprar una pasta dentífrica de marca diferente a la que el resto del país tendrá por favorita. Tan sólo este dato bastaría para explicar la íngrima figura de Rosales como gobernador de oposición. (De nuevo, Morel Rodríguez no cuenta. ¿Podemos imaginar una Asociación de Gobernadores de Oposición exclusivamente formada por Manuel y Morel?). Como de paso también el Zulia le dio su merecido al comandante Arias Cárdenas. Ya no pudo éste convencer a más de uno por ciento de los zulianos, y así recibió el castigo político reservado a los sinuosos, a las veletas, a las guabinas. Bravo, pues, por el bravo pueblo zuliano.
Pero Morel y Manuel son periferia marítima o lacustre. En el centro lo que queda ahora de territorio opositor es una suerte de estados pontificios que tendrán que firmar cesiones lateranas con ningunos otros que Chávez, Cabello y Barreto, ley de policía nacional mediante. Es decir, no puede esperarse eficaz liderazgo de oposición a Chávez desde el Vaticano de Chacao-Baruta y el Castel Gandolfo de El Hatillo, lo que en todo caso no sería la función propia de un alcalde submetropolitano.
De los juveniles de Primero Justicia tal vez quien haya alcanzado más proyección política es, paradójicamente, el perdedor Carlos Ocariz. A menos de cuarenta y ocho horas de las votaciones concedió la victoria a su adversario, no sin destacar que había perdido por sólo 1.500 votos. De los «tres justicieros» postulados a alcaldías caraqueñas—luego de que la mosquetera Hernández se retirara del centro de Caracas—fue el único que se midió en municipio de población mayormente proletaria, y estuvo a punto de ganar. Se ve claramente que hizo un buen trabajo.
Las notables bajas opositoras son, en orden creciente de relativa importancia, Eduardo Lapi en Yaracuy—quien estuvo a tirito de hacer lo que hicieron Liliana Hernández y Alfredo Peña: renunciar «a tiempo»—Enrique Mendoza—que pierde su única posesión política: el estado Miranda con el que estuvo tan larga e íntimamente identificado—y probablemente Henrique Salas-Roemer (Feo)—con cuya cesantía quedarían truncas las posibilidades políticas de la dinastía gallinácea de Carabobo.
Para propósitos prácticos, AD, COPEI y el MAS van desapareciendo progresivamente de todo menos de la Asamblea Nacional, a la que habrá que ver si pueden regresar a mediados de 2005. En realidad AD alcanzó a elegir a unos 50 alcaldes, COPEI a una veintena, Proyecto Venezuela a cinco y Primero Justicia a cuatro. Esto significa que la oposición en su conjunto, si se incluye una docena de otras alcaldías desperdigadas en varias opciones más pequeñas, bajó de 220 alcaldías a unas 90, para reducirse a 40% de su previo poder local.
La percepción de que sólo PV y PJ sobreviven es, pues, bastante inexacta. Desde el punto de vista de lo nacionalmente significativo, Proyecto Venezuela pudiera quedar reducido a Proyecto El Hatillo y sólo Primero Justicia podría exhibir algún otro logro vistoso, aunque muy constreñido geográficamente. Cuando Ocariz reconocía gallardamente su derrota, lanzado al futuro sobre la cifra de diputados regionales alcanzada por su partido, expuso con orgullo no poco conmovedor: «Nos convertimos en la segunda fuerza, por mucho además, en este gran estado Miranda». Segunda fuerza en uno de veintitrés estados: ése es todo el capital «justiciero».
Hay quien quiere establecer analogía entre Primero Justicia de hoy y COPEI de 1946, augurándole así futuro de poder. En el trienio adeco de 1945-48 la preponderancia de Acción Democrática era casi tan avasallante como la omnímoda dominación chavista. (Nunca llegó a los extremos de hoy. En aquel entonces las fuerzas armadas jamás llegaron a ser controladas como ahora, cuando se han convertido en partido militar: el teniente Cabello gobernador de Miranda, el general Acosta Carles gobernador de Carabobo (?), el capitán Blanco La Cruz gobernador de Táchira, etcétera. Y no existía PDVSA). Aun así COPEI pudo establecer una significativa base de operaciones en Mérida, Táchira y Trujillo, pues los andinos desplazados del poder central a la caída de Medina Angarita, especialmente los lopecistas, expresaron su repudio al adequismo que les había vencido votando verde.
Si Primero Justicia encarnase exactamente esa voluntad socialcristiana de poder, tendría que esperar no menos de los 23 años que transcurrieron entre la fundación de COPEI en la lavandería Ugarte y la primera llegada a Miraflores de Rafael Caldera Rodríguez. (Y habría que ver, por otra parte, si Julio Borges calza los puntos del patriarca fundador de COPEI).
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Es así como ya Chávez no tiene más trabajo en Venezuela. Algunas almas ilusas apuestan ahora a que Diosdado Cabello haga tan buen gobierno mirandino que pueda latirle en la cueva al Supremo. (Razonamiento parecido al que cifró sus esperanzas en «la cuña del mismo palo» que Arias Cárdenas representaba en 2000, al que vio en Luis Miquilena una suerte de Chapulín Colorado salvador y en el difunto Alejandro Armas un posible presidente transicional). De aquí a 2006 al menos, no hay absolutamente nadie que pueda disputarle a Chávez la próxima candidatura presidencial de los rojos.
¿Qué va a hacer Chávez, gladiador sin oponentes? Supremamente aburrido con Venezuela, cuyo manejo político confiará a algún lugarteniente de confianza—ya tiene el encargo el teniente Jesse Chacón desde el Ministerio del Interior y Justicia—volverá la mirada al exterior y tratará, con los bolsillos llenos, de extender la revolución «bolivariana» por el mundo. Pero primero lo intentará en Iberoamérica, la que a pesar suyo fue civilizada por España y Portugal. (Francia jamás civilizó nada en América «Latina», ni siquiera cuando Luis Napoleón intentó instalar en México a Maximiliano y Carlota de Austria).
Y he aquí que la reciente ola izquierdizante en América del Sur—además del mismo Chávez que inaugura la serie, Lula, Kirchner, Gutiérrez y ahora Vásquez—puede generar una dinámica paradójica. Pues, con la posible pero improbable excepción de Gutiérrez, ninguno de estos mandatarios se parece tanto a Salvador Allende como a François Mitterrand. Se trata de izquierdistas sensatos, más bien moderados. Es decir, paradójicamente, a la vocación transnacional de Chávez le iría mejor en la medida en que hubiese más presidentes derechistas en Suramérica, pues su protocolo de combate prospera cuando tiene enemigos. A Chávez no le resulta fácil concertarse con amigos. Vásquez, Gutiérrez, Kirchner y Lula no se dejarán naricear por Chávez, a quien tendrán por cabeza caliente.
Entretanto el país es un lienzo casi virgen políticamente, aunque no lo parezca. Un mes antes de las elecciones del pasado 31 de octubre Oscar Schemel preguntaba cosas a través de su encuestadora, Hinterlaces. Por ejemplo, preguntó por la confianza que los venezolanos tendríamos en los partidos políticos. (MVR incluido). Un 6% de los encuestados no quiso o no supo contestar, un 15% manifestó tener algo de confianza; y un 78% expresó que no confiaba en esas organizaciones. (Cuando se trata de asociaciones de partidos la cosa se pone peor. Un 85% dijo desconfiar de la Coordinadora Democrática, frente a sólo 9% que todavía para el 26 de septiembre confiaba en ella y 5% del que no se obtuvo respuesta).
Y Schemel también preguntó a los entrevistados cómo se definían (en pregunta abierta) en cuanto a posición política. La muestra arrojó estos resultados: chavistas, 36%; opositores, 11%; ni una cosa ni la otra (sino todo lo contrario) ¡52%!
Allí reside un enorme mercado de arranque para una nueva proposición política, la que en principio debe ser armada y ofrecida a todo el país, puesto que no deberá definirse como oposición ni como gobiernera. La salida no va a estar en cantidades, en repeticiones incesantes de acusación—llevamos tres años de constataciones al efecto—sino en sustancia, en factor cualitativo de refutación y superación. La solución no estará en correr—en el abandono de Ezequiel Zamora, Liliana Hernández y Alfredo Peña o el abstencionismo de Tulio Álvarez, ni siquiera en el muy sintomático adiós del guarimbero mayor: Robert Alonso—ni tampoco en encaramarse, como parece creer Manuel Rosales, sobre quien pende no la espada de Damocles sino la de Danilo.
Una clave nos la ofrece la física de comienzos del siglo XX. En 1905 Albert Einstein publicaba cuatro artículos miliares, entre ellos una interpretación cuántica del efecto fotoeléctrico. (Que fue por lo que la Academia Sueca se atrevió a concederle el Premio Nóbel en Física de 1921). Einstein tomó la noción cuántica de Max Planck y la aplicó al efecto fotoeléctrico: la emisión de electrones—corriente eléctrica—a partir de un material apropiado que reciba el impacto de fotones (luz).
Pues bien, Einstein mostró cómo es que el efecto en cuestión no depende de la cantidad de fotones que bombardeen un blanco de, digamos, selenio, sino de la frecuencia específica de los fotones incidentes, de su energía unitaria. Esto es, si un determinado material exhibe comportamiento fotoeléctrico a partir de un haz de luz verde, podremos alimentar con toda la potencia del sistema del Guri un haz de luz roja, que el fenómeno no se producirá.
O vienen actores políticos que sepan vibrar con la frecuencia adecuada y sepan transmitirla a los Electores, o no podrá superarse la semibarbarie chavista que ahora nos domina por todos lados. Es apuesta y fe personal de quien suscribe que esa excitación política de mayor calidad es perfectamente posible, y que podría evidenciarse por vez primera, si se hace el trabajo que es preciso, en los laboratorios de física electoral de la Asamblea Nacional, cuya renovación está prevista para mediados del año que viene.
Un evento político de esa clase doblaría campanas para 2006, y Chávez tendría que regresar de sus ilusiones continentales para asistir al deceso político de su propio experimento, si es que con igual tino pudiéramos escoger a un nuevo y correcto vehículo candidatural para postularlo a la Presidencia de la República. A juicio del suscrito, es posible reducir el chavismo a una minoría en la Asamblea Nacional, aunque no a partir de los fotones insuficientes de los partidos convencionales, Primero Justicia incluido, a menos que éstos supieran cambiar su frecuencia. Pero esto último es tan difícil—prácticamente imposible—que más valdrá formular una asociación política enteramente nueva. A esto comprometo mi esfuerzo.
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 2, 2004 | Fichas, Política |

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La revista Facetas, del Servicio Informativo y Cultural de los Estados Unidos, fue una extraordinaria publicación trimestral que dejó de existir a mediados de los años 90. De temática política y cultural, constituyó un estupendo muestrario de ideas y tendencias artísticas e intelectuales, en el que las grandes plumas contemporáneas norteamericanas encontraron cabida. Seymour Martin Lipset, Daniel Bell, Francis Fukuyama, Joseph Nye, Daniel Yergin, Arthur Schlesinger Jr., Samuel Huntington, Peter Drucker, entre muchos otros, poblaron las páginas de una revista—cuyo deceso es de lamentar—con agudas y actuales percepciones.
El contenido de esta Ficha Semanal #19 de doctorpolítico está tomado de un artículo publicado en el número 90 de Facetas, correspondiente al cuarto trimestre de 1990. Su autor es Michael Novak, filósofo de la religión y escritor, que a la sazón era Director de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad de Notre Dame. El artículo había sido publicado anteriormente en Commentary, muy importante revista de opinión editada por el American Jewish Committee.
Novak fue galardonado con el Premio Templeton para el Progreso de la Religión en 1994, y el 10 de febrero de 2003 disertó en la Ciudad del Vaticano—por invitación del embajador norteamericano ante la Santa Sede—sobre el tema «Guerra Asimétrica y Guerra Justa», referido específicamente a la «justicia» de una guerra contra Irak. En esa ocasión Novak argumentó a favor de la noción de que la guerra contra ese país debía considerarse justa, dado que, según su apreciación para el momento, Saddam Hussein tenía «los medios para desatar una devastadora destrucción sobre París, Londres, Chicago o cualquier ciudad de su elección en cuanto sea capaz de encontrar soldados de a pie clandestinos e indetectables para que lleven pequeñas cantidades de gas Sarín, toxina botulínica, ántrax y otros elementos letales hasta blancos predeterminados». Como sabemos todos a estas alturas, la premisa mayor de Novak resultó ser falsa, según se desprende del reciente informe de Charles Duelfer, el Inspector Jefe en Irak de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana, en el que se establece que Hussein no disponía de las armas de destrucción masiva sobre cuya existencia se predicó la cruzada de Bush Jr.
En todo caso, la opinión de Novak en el artículo de Facetas—Tedio, Virtud y Capitalismo Democrático—suscitado en gran medida por el certificado de defunción de la historia que Francis Fukuyama expidiera, resulta ser tanto interesante como pertinente. Novak no se muestra demasiado de acuerdo con Fukuyama: «De este modo, incluso con el supuesto hegeliano tan dudoso de que la historia puede llegar a término, es de fijo un tanto prematuro anunciar que eso ha ocurrido ya. Las instituciones que realicen la triple liberación de la política, la economía y la cultura están aún por ser construidas en la mayor parte de la faz de la Tierra». Los cubanos, los venezolanos, y ahora los uruguayos, ya sabemos de cierto que las ideologías izquierdistas no han muerto todavía.
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Capitalismo y democracia
Es cierto que la comunidad en el sentido del sociólogo, la Gemeinschaft—aquella larga y estrecha vinculación con la vida pueblerina a lo largo de muchas generaciones entre personas de la misma fe e intereses familiares—es menos posible en las sociedades dinámicas y móviles. A pesar de ello, la antigua sentencia de que los seres humanos son animales sociales es válida claramente en las sociedades capitalistas. Se afirma que existe mucha soledad en tales sociedades, pero si se acepta que cierta soledad es inherente a la libertad personal, la mayor parte de las actividades económicas bajo el capitalismo contemporáneo—con sus comités, sus reuniones y sus consultas—no tienen otro carácter sino el asociativo.
Por último está la competitividad, reconocida universalmente como la cualidad suscitada por las sociedades capitalistas, pero casi siempre considerada un vicio. Empero es a la vez un centinela de la imparcialidad en la economía y una defensa contra la colusión monopolística no sólo en la esfera económica, sino también en los ámbitos de la ética y la religión, por no mencionar la política. Un famoso pasaje de El Federalista—las cartas de los Fundadores a los periódicos explicando la Constitución y apremiando a su ratificación—lo plantea así:
«La gran seguridad contra una concentración gradual de los distintos poderes en un mismo departamento consiste en otorgar a quienes administran éste los medios constitucionales y los motivos personales necesarios a fin de resistir las intervenciones de los demás. La defensa prevista en este caso, al igual que en todos, debe ser conmensurada con el peligro de ataque. Debe hacerse que la ambición contrarreste la ambición. El interés del hombre debe conectarse con los derechos constitucionales del lugar. Acaso refleje la naturaleza humana el hecho de que deban ser necesarias semejantes disposiciones para controlar los abusos del gobierno. Pero ¿qué es el gobierno sino el mayor de los reflejos de la naturaleza humana? Si los hombres fuesen ángeles, no sería preciso ningún gobierno. Si los ángeles fueran a gobernar a los hombres, no harían falta controles externos ni internos al gobierno». (Las cursivas son nuestras).
Desde el principio se pretendía que las sociedades democrático-capitalistas estuviesen construidas según la pauta del «sistema de la libertad natural». Quería implicarse que tal sistema pertenecería a todos los humanos, quienquiera que fuesen. Sería adaptable a las costumbres locales, las historias, las tradiciones y las culturas con sólo que éstas abriesen los caminos institucionales a las capacidades humanas universales de reflexión y elección: en la política, la economía y en el ámbito de la conciencia y la cultura. El sistema no estaba proyectado para judíos o cristianos nada más, ni para anglosajones o franceses; estaba proyectado para todos los seres humanos.
Esta pretensión no la descarta el hecho histórico de que las visiones y prácticas que en principio condujeron al desenvolvimiento de las instituciones necesarias surgieran por primera vez en tierras hondamente conformadas por las enseñanzas del judaísmo y el cristianismo. Por supuesto, no fue un accidente que el capitalismo democrático se realizara inicialmente en forma embrionaria en dichas tierras. Judaísmo y cristianismo son, en un importante sentido, religiones de la historia y, en consecuencia, de la libertad.
De acuerdo con esta visión filosófico-teológica, cada ser humano tiene dignidad, es sagrado en un sentido en virtud de su capacidad de reflexión y elección; una alianza en la cual se ingrese libremente es el modelo supremo al cual pueden aspirar las comunidades humanas. Se concibe la civilización como una ciudad ideal donde los hombres se tratan no mediante la fuerza o la coerción, sino con la conversación de la razón.
De estas creencias proceden, en última instancia, las palabras de Thomas Jefferson en la Declaración de Independencia:
«Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales; que su Creador los dotó de ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para asegurar estos derechos se instituyen entre los hombres gobiernos que derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados; que tan pronto como cualquier forma de gobierno se vuelve destructora de estos fines el pueblo tiene el derecho de alterarlo o abolirlo y de instituir un gobierno nuevo, estableciendo su fundamento en principios tales, y organizando sus poderes en forma tal, que en su concepto considere el más apto para proporcionar seguridad y felicidad».
No obstante, afirmar que de las convicciones de judíos y cristianos acerca de la naturaleza y el destino humano parece derivarse directamente un «sistema de libertad natural», no significa que las sociedades libres se restrinjan a quienes sustentan tales creencias, ni que los detalles de estas sociedades fueran elaborados, o sólo pudieran haberlo sido, por creyentes judíos y cristianos. La verdad es que muchos de los discernimientos y experimentos institucionales prácticos indispensables para el desarrollo posterior de las sociedades democrático-capitalistas los preconizaron primeramente las culturas paganas de Grecia y Roma y, más tarde, algunos que se oponían al judaísmo y al cristianismo. Por lo demás, en las décadas recientes, el éxito de Japón y otras sociedades ajenas a la órbita judeocristiana al emular el modelo democrático-capitalista de desarrollo ha proporcionado una demostración concluyente de lo que los Fundadores norteamericanos sostenían a propósito de la libertad natural; es decir, una libertad no sólo disponible para judíos y cristianos sino para todos.
¿Qué decir entonces del futuro? En 1948 sólo 48 países firmaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en tanto que hoy la lista de países ha crecido hasta 166. Se han realizado muchos experimentos de ideología y construcción de sistemas y se han observado sus deplorables resultados. En particular, la muerte del ideal socialista –cuando menos dentro de las sociedades socialistas, aunque no entre numerosos intelectuales y clérigos del mundo capitalista– parece haber despejado el camino para nuevas valoraciones y para el establecimiento de varias proposiciones.
1. Incluso bajo el poder de estados, policías secretas y torturadores, la conciencia individual ejerce su vigor e infunde al alma un sentimiento de derechos inalienables.
2. Alguna forma de gobierno democrático-republicano representa la protección más adecuada de estos derechos, el mejor recurso institucional para «asegurarlos».
3. Una economía libre es condición necesaria, aunque no suficiente, para la práctica feliz de la democracia.
4. Una vida moral y cultural libre—libertad de conciencia, de información y de ideas—es indispensable tanto para la democracia como para el desenvolvimiento económico.
5. Una economía libre, que conceda un lugar adecuado a la iniciativa económica personal y a las capacidades humanas para la creatividad, es el mejor medio sistémico para conseguir escapar pronto de la pobreza.
6. La causa de la riqueza de las naciones es, más que nada, la mente creadora—la invención, el descubrimiento, la iniciativa personal y en grupo—así como las instituciones libres que la sostienen.
Que todo esto avance hacia el reconocimiento y la aceptación universales es algo que resulta maravillosamente animador, pero tampoco hay que extremar el optimismo todavía. Los seres humanos siempre dicen que quieren libertad, pero—como decía Dostoievski—lo primero que hacen al obtenerla es devolverla. Por añadidura, mucho de lo que parece prometedor nunca llega a fructificar y en ocasiones surgen horribles males del que a primera vista parece ser un pueblo próspero y altamente civilizado.
Michael Novak
por Luis Enrique Alcalá | Oct 28, 2004 | Cartas, Política |

El último día de 1930, Ambrogio Damiano Achille Ratti, natural de Desio, cerca de Milán, Italia, donde nació el 31 de mayo de 1854, residente del Estado-Ciudad Vaticano, actuando en su carácter de papa bajo el nombre de Pío XI, enviaba la encíclica Casti Connubi (Los castos esposos) a todos los Hermanos, Primados, Arzobispos, Obispos y otros Ordinarios Locales que disfrutaban la paz y la comunión con la Sede Apostólica, y a quienes, después de desearles salud y enviarles su bendición apostólica, les propuso lo que en términos católicos de la época era una considerable revolución. Pío XI declaraba en esa carta que «la mutua ayuda de los cónyuges» (lo que incluía el sexo), era uno de los dos fines primarios del matrimonio, siendo el otro la procreación.
A estas fechas eso no suena nada revolucionario. Hoy en día aceptamos lo sexual con mayor naturalidad y con sana alegría y gratitud por disponer del privilegio de tenerlo. Pero para 1930 la equiparación que Pío XI proponía era un gran avance respecto de caracterizaciones precedentes. Antes de Casti Connubi se reconocía un único fin primario del matrimonio: la procreación. Y lo que para Pío XI era la mutua ayuda de los cónyuges se tenía por fin secundario, y no se llamaba así, sino «remedio de la concupiscencia». (Concupiscencia: tendencia a pecar como herencia del pecado original de la primera pareja humana, el código «genético» de la humanidad. El matrimonio sólo ofrecía un alivio al escozor sexual, que sin el sacramento sería pecaminoso. La dignificación de lo sexual osada por Pío XI en 1930, aunque sugerida metafórica o alusivamente, constituyó una verdadera emancipación).
Pío XI no sólo hizo progresar la materia conyugal entre los católicos, sino que fue el verdadero arquitecto de la doctrina social de la iglesia en Quadragesimo Anno. Cuatro meses y medio después de Casti Connubi el papa despachaba esa avanzadísima encíclica social, bastante más atrevida y clara que la predecesora Rerum Novarum (Cosas nuevas), datada por León XIII cuarenta años antes, el 15 de mayo de 1891, y en cuya conmemoración fue escrita. En Quadragesimo Anno Pío XI se mostró como precursor de la «Tercera Vía» de Tony Blair, pues adelantaba proposiciones diferentes de las liberales y las marxistas a las que censuraba y condenaba sin disimulo.
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En materia de pecados políticos es importante saber contra qué pecamos. Tal vez en 2030, en conmemoración del primer centenario de Casti Connubi, algún papa pudiera plantarse para decir: «La Política siempre tendrá por uno de sus fines primarios la mutua ayuda de funcionarios y ciudadanos (lo que incluye la búsqueda del Poder), pero será asimismo fin primordial de la Política la solución a los problemas de carácter público».
Pero ahora precisamos de una formulación más radical y tajante, pre Casti Connubi, por así decirlo: «La Política tiene por fin primario la solución de los problemas de interés público, y el remedio a la concupiscencia del poder es un fin secundario». Porque es que el libertinaje político observable sólo atiende a la satisfacción de esa concupiscencia. Disimulada tras el disfraz de una ideología, con las caretas o coartadas de la libertad, la justicia social o la revolución, esa tendencia a la procura del poder es lo que prevalece. La Realpolitik.
De esa convicción de que la Política consiste en buscar poder mientras se impide al otro conseguirlo—letra pequeña: por todos los medios al alcance—participan todos los políticos convencionales, movidos a veces por la ingenua idea de que su misión es concertar una paz o pacto social para alcanzar valores, cuando éstos no son objeto de logro sino de empleo. Los valores son criterios para escoger políticas pero nunca metas concretables. No pueden serlo porque jamás dejan de ser necesarios, como dejan de serlo las metas alcanzadas. La libertad no se satisface jamás.
De modo que en el mejor de los casos tendremos políticos que persiguen realizaciones imposibles, y en el peor el más descarado pugilato por el poder. Nuestros políticos, cuando están de buenas, quieren suplir nuestras carencias objetivas con valores; cuando de malas, persiguen nuestro voto con tenacidad de mercadólogos o simplemente lo compran, lo extorsionan o lo adulteran. Necesitamos otros políticos, necesitamos otra Política. Necesitamos a quienes busquen las soluciones públicas por encima de la competencia.
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Ya es tarde para las elecciones regionales y municipales. Sobre el domingo último de este mes de octubre de 2004 está echada la tapa de la competencia nacional, que cierra la emergencia de la necesidad y la solución locales, con muy honrosas excepciones. Un candidato reparte favores al mejor estilo clientelar, aun antes de disponer de presupuesto público; el otro da permiso a una caravana de candidato oficialista, no sin advertir que considera tal actividad una provocación, pues el municipio por atravesar es claramente opositor, como él lo es. (Aunque resulte contradictorio que tengamos largo tiempo añorando que Puente Llaguno o la Plaza Bolívar caraqueña fueran territorio de todo el mundo). Éste busca legitimarse como gobernador porque está con el comandante del proceso; este otro nos anima a no dejar que «ellos» decidan por uno. («Ellos», los que están con el comandante del proceso). De resto, si soy gobernador o alcalde en busca de reelección, encuentro qué calles asfaltar a última hora y de qué postes colgar mi propaganda con mis eslóganes. Pura Realpolitik.
Hay quienes, por supuesto, guardan una cierta urbanidad a este respecto. Del lado no chavista se come Realpolitik con cubiertos. Se busca el poder, pero se procura desmentir que en esa búsqueda se emplea tácticas sucias, se pretende que sólo se juega limpio.
Del lado oficialista, en cambio, no se oculta ni el abuso, ni la ilegalidad ni el ventajismo. Por lo contrario, se anuncia que se jugará sucio. Hace unos cuantos años un periódico de circulación nacional publicaba el facsímile de dos cartas. Una era de un poderoso empresario nacional para un cierto banquero, a quien se le exigía una cierta retractación. La otra era la del banquero, capitulando ante la exigencia. Ambas cartas estaban evidentemente escritas en la misma máquina de escribir, aunque con membretes diferentes, por la misma secretaria. Era obvio que el texto de la capitulación había sido decidido por el vencedor, y que éste no buscaba ocultar ese hecho, sino todo lo contrario. Parecía estar en su interés que se supiera que podía torcer brazos y forzar voluntades. Así se comporta el gobierno nacional en Venezuela. Juega, como el que más, a la Realpolitik, sólo que en su caso se trata de un deporte extremo, sin límites.
Es en estas circunstancias cuando ahora parece darse una pleamar después de una prolongada bajamar abstencionista, provocada por un gobierno interesado en que se le sepa abusador y una dirigencia opositora incompetente, que exhibió la interpretación de fraude el 15 de agosto porque no quiso pagar el precio de su fracaso. Tal vez la nueva marea no sea suficiente para llenar la desecación provocada por las plañideras del fraude y por quienes mantienen cerradas unas cajas y anuncian transparencia desde sus persistentes opacidad y obstruccionismo. Si el domingo la abstención es grande, como vino siendo hasta el mentís del 15 de agosto, ya sabremos a quiénes echarle la culpa.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 26, 2004 | Fichas, Política |

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El 17 de septiembre de 1998 el diario La Verdad de Maracaibo, para el que escribía para la época con cierta regularidad, me publicó un artículo que llevó por título Tema de Estado. Se trató de una pincelada sobre el tema integracionista, que es una de mis más antiguas preocupaciones.
Por ejemplo, en estudio de 1986 sobre la condición del Estado venezolano y algunas prescripciones para su acomodo, formulé el problema en los siguientes términos: «Venezuela, en tanto Estado independiente, no tiene real viabilidad política o económica a largo plazo. No posee la escala poblacional necesaria como para sustentar una economía sólida y diversificada. No posee la potencialidad política como para ser realmente autónoma. La interacción entre países es dominada por actores de gran tamaño y nivel de desarrollo. En ese teatro político internacional, Venezuela tiene muy poca influencia y es, inversamente, vulnerada con gran facilidad… A esta insuficiencia podemos llamarla insuficiencia política constitucional, puesto que se refiere a una insuficiencia en la definición misma de Venezuela como Estado. La insuficiencia política constitucional es, asimismo, una causa fundamental de insuficiencia política funcional».
Y antes escribía, en 1984, al ex Ministro de Hacienda Arturo Sosa, hoy fallecido: «Venezuela no es un pueblo. Es tan sólo la población que de la parte septentrional de América del Sur ha hecho el pueblo español. Esta es la verdad que ya no debemos eludir. Un pueblo es un conjunto que sí puede ser, como lo exigía Toynbee, un ‘campo inteligible’ para el estudio histórico».
Y asimismo: «España peninsular se dirige hacia los francos y sajones porque se sabe también pequeña. Es también una población en busca de un pueblo. Quisiera acercarse más y lo hace tímidamente. Pasa vacaciones en América y protege a Contadora y defiende las Malvinas. Pero no es capaz de imaginar que nosotros pudiéramos reconocernos sus hermanos, como ya estaba declarado para 1810: «…cuando ya han sido declarados, no colonos, sino partes integrantes de la Corona de España, y como tales han sido llamados al ejercicio de la soberanía interina y a la reforma de la constitución nacional…» (Acta del Ayuntamiento de Caracas del 19 de abril de 1810)».
Y finalmente: «Grases demostró a la Generalitat catalana cómo el Bolívar tardío, como lo fue el originario, era un Bolívar español. Cómo su último sueño era la democracia en la Península que hasta ahora ha sido que Juan Carlos y Adolfo Suárez y Felipe González han podido completar. Sueño al que hubiese dedicado otro juramento si las fuerzas no le hubiesen faltado. Él no pudo regresar a la casa paterna puesto que las leyes de la vida le exigían la emancipación. Nosotros sí podemos convocar a todos los hermanos».
La Ficha Semanal #18 de doctorpolítico es el texto de «Tema de Estado», el artículo publicado en La Verdad.
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Tema de Estado
El 2 de agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta—hasta difícil—aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda europea hacia 1999.
Al mes siguiente, Milton Friedman, el Premio Nobel de Economía líder de la llamada escuela de Chicago, se expresaba en los términos siguientes: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso.»
Hace unos años el tema integracionista, en nuestras latitudes, estaba entendido como latinoamericano. La base cultural y el importante grado de comunidad histórica de los latinoamericanos era el criterio predominante. No estaba lejos de incluso los españoles, la idea de una «reconstitución» de los antiguos dominios del imperio. En 1984 (junio) Juan Tomás de Salas, el editor de la revista Cambio 16, y comentando una visita del presidente Alfonsín a España, editorializaba así: «Si Argentina y España consolidan sus regímenes democráticos, resuelven sus apuros económicos actuales y empiezan a andar por la historia con normalidad, en muy poco tiempo tocarán a su fin dos siglos de impotencia en el área de lo que fue el viejo imperio español… Pensando en grande, pensando así, la suerte del Presidente Alfonsín en Argentina es, de algún modo, nuestra propia suerte. Si allí se consolida la libertad, la nuestra se fortalece de inmediato; y si Argentina fracasa, nosotros fracasamos también.»
Poco tiempo después España se alejaba de esa añoranza y entraba, primero en la OTAN, luego en la Comunidad Económica Europea. Ahora es México que convino en conformar con los Estados Unidos y Canadá un gran bloque económico al norte del continente americano. Por esto el criterio cultural como el predominante en una idea de integración política se ha debilitado. Hoy resulta más natural la consideración de un criterio geopolítico y, sobre todo, ecológico.
América del Sur es geográficamente un continente distinguible de Norteamérica. No en vano es tratado así en la costumbre geográfica de los Estados Unidos. Es un continente caracterizado por la mayor variedad ecológica y biológica, si se le compara con el resto de los continentes. Es el continente que se despliega sobre la gama más amplia de latitudes. Es el continente que produce más de la mitad del oxígeno del planeta. Es el cuarto más grande de los continentes, con una superficie total de 17 millones 800 mil kilómetros cuadrados, o un 12% de la superficie terrestre del planeta.
Como espacio geopolítico y ecológico, pues, tiene sentido pensar en su organización política de conjunto. Y tiene sentido en momentos cuando asistimos a la manifestación del intento de NAFTA en Norteamérica, del intento de la Comunidad Europea, de los reacomodos que ya se han producido en el área asiática. Tiene más sentido aún si consideramos que el mundo va hacia una planetización política, en la que la coexistencia de culturas diversas será una realidad. América del Sur puede ser una maqueta de este proceso más amplio de integración, pues además de la obvia presencia de la cultura latina, incluye a los pueblos de las distintas Guayanas y a los de las Malvinas. (Si es que no incluyésemos también a las Antillas Neerlandesas o a Trinidad y Tobago).
Pero América del Sur incluye a Brasil, y su escala no debe ser ignorada. Por esto no deja de ser una idea a considerar, antes de un pacto continental de América del Sur, la conformación de una república boliviana, de la verdadera Bolivia, la amplia.
Definida como el territorio que Bolívar liberó de la corona española, esa república es un hexágono abierto que abarca desde los límites superiores de Panamá hasta los inferiores de Bolivia. Eso sí provee un mercado suficiente para un grado de diversificación básico y toma en cuenta las escalas de Brasil y el cono sur para formar, de un modo más equilibrado, la Organización del Tratado de América del Sur.
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