CS #109 – Extemporaneidad oportuna

Cartas

Me dice un amigo: la colmena ciudadana, a juzgar por lo que me llega, parece estar inquietándose. Así le contesté:

«En efecto, Ricardo, más de una de las abejas del enjambre—la colmena es un hábitat distinto, más organizado y fabricador—se encuentra en estado africanizado. Pero también hay mucho repliegue, mucha retirada. Ambas cosas son normales, y por ende son previsibles. Y si son previsibles es bastante probable que hayan sido previstas, pues este gobierno hace su trabajo. Es decir, el gobierno ríe mientras fuerzas ultraconservadoras, ultraescuálidas, exiguas, se africanizan y están a punto de intentar guarimbadas o linarronadas, y mientras una parte muy considerable del resto de la oposición ha decidido que no irá a votar. Lo primero le da la oportunidad de aumentar su represión, lo segundo le reportará mayor cuota de poder regional y municipal. Y no hay uno solo de los ‘líderes’ de oposición que haya dejado de estimular ambas cosas».

………………

Uno de los errores más generalizados en la consideración de lo político es el de proyectar sobre otros, a veces sobre enormes conjuntos sociales, nuestra propia lectura de las cosas, nuestros deseos, y atribuimos a los demás con frecuencia estados de conciencia que son sólo propios de nosotros. A esto no escapan, a veces, los más sofisticados analistas y las más capaces cancillerías. Un caso clásico es el de Israel poco antes de la guerra del Yom Kippur. Los israelitas fueron tomados completamente por sorpresa, por cuanto pensaban, correctamente, que los árabes perderían en el terreno militar, como en efecto ocurrió. ¿Cuál fue entonces la equivocación? Que como los israelíes jamás habrían ido a una guerra que perderían militarmente creyeron que asimismo razonarían y decidirían sus enemigos y por consiguiente no serían atacados. Y la verdad fue que el mind-set cultural de los árabes permitía ir a una guerra para perderla deliberadamente… y así obtener ventaja en el terreno diplomático, que también fue lo que ocurrió.

Una precisa descripción de dinámicas interpretativas falsas de esta naturaleza la ofreció Yehezkel Dror—(Wolfson Professor of Political Science, The Hebrew University of Jerusalem)—en un libro que ya cuenta con la edad de Cristo: Crazy States: A Counterconventional Strategic Problem. (Estados locos: un problema estratégico contraconvencional, 1971). Es un texto al que he hecho frecuente referencia en esta publicación. En entrevista concedida a fines de 1991 al Jerusalem Post, Dror comentaba sobre la conducta de Saddam Hussein. Así lo recoge Daniella Ashkenazy: «Saddam no es un loco en el sentido clínico, como a algunos les gustaría que creyéramos. Sus movimientos son impredecibles porque tiene un mind-set diferente que meramente parece loco a los occidentales.… Rehusándose a pensar lo impensable, los occidentales suponen que los estilos de confrontación se mantendrán dentro de limitaciones morales aceptadas».

Y en muchos de los juicios que los opositores de Hugo Chávez ofrecen, ese espejismo de atribuirle el mismo marco mental que usualmente empleamos, opera sobre la percepción y la interpretación de sus conductas, de modo equivocado y con consecuencias que frecuentemente trabajan a su favor.

Por ejemplo, a muchos resulta incomprensible que el Consejo Nacional Electoral, a todas luces controlado por el gobierno, se resista al conteo físico de las boletas que las máquinas de votación emiten. No nos entra en la cabeza que si tales máquinas fueron vendidas justamente a partir de su capacidad de imprimir comprobantes, a la hora de la verdad se impida el cotejo de éstos con las actas de votación. «Si supiéramos que somos ganadores»—razonamos—»lo primero que haríamos sería abrir las benditas cajas con las boletas, pues nuestro interés estaría en comprobar que ganamos limpiamente».

El punto es que Chávez no razona de ese modo. Una vez que tenía la certificación y aceptación internacional en sus manos—hasta Colin Powell le ha ofrecido aperturas recientemente desde Brasil—su interés era el contrario: prefería con mucho tener en la calle una oposición vocinglera y quejumbrosa cantando fraude, porque ninguna otra cosa debilitaría más a unas candidaturas regionales y municipales adversas a su proyecto, al entronizar una fortísima y casi irreversible propensión a abstenerse de votar en la clientela opositora.

Si a esto se añade alguna guarimba fuera de madre, alguna explosión, alguna locura violenta e ineficaz, pues mejor que mejor: Chacón y García Carneiro tendrán un día de fiesta.

De modo que es muy poco lo que puede hacerse por mantener los pocos muros de contención que quedan a escala de estados y municipios. Renuncias emblemáticas, como las de Ezequiel Zamora, William Ojeda, Liliana Hernández o Alfredo Peña; puestas en escena efectistas como la más reciente de Tulio Álvarez, que después de un mes no añadió nada a lo antes dicho y, al decir de algunos comentaristas, pareció estar más interesado en aparecer como el nuevo líder de la oposición una vez derrotado Enrique Mendoza; la imposibilidad casi total de acordar candidaturas unitarias en al menos un buen número de circunscripciones; todas estas cosas auguran un nuevo y resonante triunfo del gobierno el próximo 31 de octubre.

Pero el asunto cambia para mediados de 2005, cuando en principio a partir de julio deberemos tener las elecciones de Asamblea Nacional. Para ese momento es concebible un esfuerzo innovador, fuera de los paradigmas y esquemas de los actores políticos convencionales—sean éstos partidos u ONGs—fuera de los conceptos estratégicos esgrimidos desde fines de 2001 a fines de 2004, que sea capaz de capturar la mayor votación y colocar en la Asamblea una fracción mayoritaria.

Es hora de comenzar a trabajar seriamente, como gente grande, en la cristalización de esa posibilidad. Si bien es cierto que el propio Chávez no podría ser desplazado del poder hasta fines de 2006—su período concluye en enero de 2007—es cierto igualmente que el panorama político nacional cambiaría drásticamente si el gobierno perdiera el control del Poder Legislativo Nacional.

Para que tal cosa sea posible es preciso combinar varias nociones no convencionales, y tal vez la principal de éstas sea la de no buscar la estructuración de un movimiento que sólo atine a entenderse a sí mismo como oposición a Chávez. Cuando concluía el año de 1996, y Caldera gobernaba por segunda vez, el Partido Socialcristiano COPEI decidió que anunciaría al país las líneas maestras de su estrategia. Éstas fueron el trío de a) oponerse al gobierno de Caldera, b) deslindarse de Acción Democrática y c) continuar en política de alianzas con el MAS, la Causa R, etcétera. Como puede verse, las tres líneas estaban definidas en términos de actores externos a COPEI mismo, no acertaban a proponer ninguna referencia sustantiva respecto del propio partido, y de ellas brillaban por su ausencia los principales problemas del país. Si un grupo de candidatos pretende ser electo a la Asamblea Nacional, si pretende llegar a ser su mayoría, tendrá que centrar su oferta en una descripción del trabajo legislativo que haría allí, en un centrarse sobre aporte político real desde la instancia parlamentaria.

Si este grupo, por otra parte, está constituido por candidatos que porten un nuevo paradigma político, superior al discurso político convencional de poder y combate, entendido como misión ineludible de resolver problemas de carácter público, intentada ésta desde un ejercicio profesional responsable, éticamente constreñido, entonces, por añadidura, como subproducto inevitable, se dispondrá una acción que pueda refutar y superar el chavismo. Buscando lo esencial, lo que es primario de lo político, se resolverá lo acuciante.

Finalmente, esos candidatos no podrían venir impuestos por cogollos o transacciones de corte convencional. Cada uno tendría que estar, por su cuenta, soportado por un grupo de electores.

De estas tres condiciones, la central y dominante es la segunda: la presencia de un paradigma político no convencional. Esto es así porque la pertinencia programática exigida en la primera condición no podrá existir si se pretende actuar, una vez más, desde una perspectiva de Realpolitik y mediante un protocolo que sólo sabe transar o consensuar.

Lo que lleva a formular de una vez la tarea inicial: emprender un inmenso casting político en el país, en procura de rectas vocaciones públicas que quisieran expresarse en tarea de asambleístas, vocaciones que no padezcan de esclerosis paradigmática y que estén por tanto abiertas a un adiestramiento, a un trabajo técnico, a una preparación vino tinto bajo la guía del Richard Páez de la operación.

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LEA #109

LEA

La semana pasada recibí por correo electrónico varios trabajos sobre temas políticos de cierta relevancia, algunos de bastante actualidad. Los enviaba su autor, quien muy decentemente ofrecía el modo de «desuscribirse» de sus envíos, en caso de que algún destinatario no quisiera recibir sus materiales.

Los trabajos en cuestión están bastante bien escritos desde el punto de vista del solo castellano, lo que de por sí es una característica refrescante, dado que en el intercambio electrónico normal lo que tiende a apreciarse es justamente todo lo contrario.

Su contenido es otra cosa enteramente distinta. Aunque a ratos ofrece datos interesantes, estadísticas pertinentes y asociaciones llamativas, resulta obvio de la lectura que el autor opera, casi como autómata, dentro de un marco interpretativo totalmente marxista. Puedo jurar que en uno de los trabajos se adelanta, con la mayor seriedad, la conjetura de que detrás de la demolición de la centenaria estatua de Cristóbal Colón el pasado 12 de octubre debe encontrarse la mano peluda de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana que, según el articulista, siempre ha estado interesada en sembrar divisiones étnicas en y entre «nuestros pueblos».

Con el mayor respeto, agradecí al remitente el envío de los trabajos e intenté mostrarle que tan peregrina hipótesis venía traída por los cabellos, y que un factor más inmediato y eficaz al estúpido estropicio del Día de la Raza es la prédica alucinada y seudohistórica del presidente Chávez.

Intenté asimismo sugerirle que el esquema interpretativo marxista era de suyo de un gran simplismo, visto que sus textos contenían explicaciones de complejísimos procesos sociales a partir de factores causales únicos, como si se tratase de una física newtoniana clásica, de una sencilla mesa de billar donde las interacciones entre las bolas que corren por su superficie están enteramente determinadas.

Le aconsejé que no desvalorizara sus exploraciones de sociólogo aficionado mediante el recurso a condenas efectistas. Había escrito, por ejemplo, que estaba indignado porque en una sesión de la OEA la presidenta en funciones había llevado el debate en inglés, en el seno de un organismo mayoritariamente latino. Llamé su atención al hecho de que su queja sonaba contradictoria en la pluma de quien, como él, escribía desde una dirección electrónica con servidor «usa.net».

Nada. De nada sirvió. Con la mayor tranquilidad contestó con más artículos, entre los cuales estaba uno en el que—juro de nuevo—aseguraba ahora que las siniestras maquinaciones de la CIA se asomaban tras la redacción específica que la Constitución de 1999 había dedicado a las tribus indígenas venezolanas. (Según el autor de los febriles textos, el haberse referido a las tribus locales con el cognomento de «pueblos» era un error terrible de los constituyentes del 99, seguramente influido por un lobby de espías estadounidenses, porque la doctrina de las Naciones Unidas entrevé la transformación de pueblos sin Estado en naciones con él. A este fin estaría trabajando la CIA, para afectar el proceso revolucionario con la hostilidad de próximas naciones como Pemonozuela o Waraolandia).

Al sujeto le resbala cualquier argumento. Provisto de una teoría simple pero totalizante, encontrará explicación estándar para cualquier cosa, y ninguna argumentación en contrario le inducirá a abandonar el papel de combatiente revolucionario intelectual que con tan evidentes orgullo y alegría ha asumido. Y el redactor de tales desvaríos explica que su formación viene de experiencias pedagógicas nacionales, mencionando por ejemplo al Instituto Ezequiel Zamora, en el que habría aprendido cosas que le permiten afirmar que la clave de nuestros problemas es que las burocracias de los países dominantes han decidido impedir el desarrollo de nuestras desvalidas naciones. Etcétera.

Desde un dogmatismo tan cerrado es imposible la lectura clínica de nuestra historia y nuestra actual dinámica. Pero ésa es la rigidez de la concepción que el gobierno de Chávez procura convertir en dogma docente nacional. Y después entroniza en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas a un director escogido en una votación en la que los obreros del instituto tienen más peso que los propios investigadores.

Si hay todavía quien crea que lo ideológico no es importante para Chávez, y que no es en ese terreno donde la batalla fundamental debe ser librada, no ha comprendido todavía cuál es el verdadero carácter de esta revolución que consagra una sociología tan uniforme y elemental, tan tapa amarilla.

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FS #17 – Para hacer milagros

Fichero

LEA, por favor

E. F. (Ernst Friedrich) Schumacher (1911-1977) fue considerado uno de los «economistas humanistas», por su constante interés en los aspectos humanos y sociales del desarrollo. Habiendo nacido en Alemania, se encontraba estudiando en Oxford a la ruptura de hostilidades que condujo a la Segunda Guerra Mundial. Después de la guerra prestó servicios asesores a la Comisión Británica de Control en Alemania, así como también fue consejero del Consejo Nacional del Carbón en Inglaterra.

A pesar de esa inmersión en problemas de las economías de países avanzados, Schumacher desarrolló un interés especial por los países del llamado Tercer Mundo, cuyas peculiaridades tomaba en cuenta para sus prescripciones, las que contribuyeron a modificar los paradigmas primarios de la ayuda económica internacional. Conceptos tales como los de «tecnología apropiada», hoy de uso común en discusiones sobre transferencia de tecnología entre países de desarrollo desigual, se deben en gran medida a la prédica de Schumacher y a su labor en el «Grupo de Tecnología Intermedia» que fundó en su país de adopción.

Las principales doctrinas de Schumacher fueron recogidas en un pequeño libro que se convirtió en icono cultural de los años setenta: «Lo pequeño es hermoso» (Small is Beautiful, Harper, 1973). El subtítulo del libro es muy sugestivo: «La Economía como si la gente importara». (Economics as if People Mattered). En él cuestiona que el gigantismo sea un récipe de universal eficacia en materia económica: «¿Cuál es la escala apropiada? Depende de lo que estemos tratando de hacer. La cuestión de la escala es extremadamente crucial hoy en día, tanto en los asuntos políticos, sociales y económicos como en casi cualquier otra cosa. ¿Cuál es, por ejemplo, el tamaño apropiado para una ciudad? Y también pudiera uno preguntar ¿cuál es el tamaño apropiado de un país? Éstas son preguntas serias y difíciles. No es posible programar un computador y obtener la respuesta. Los asuntos realmente serios de la vida no pueden ser calculados».

Esta Ficha Semanal #17 de doctorpolítico se compone con fragmentos tomados del primer capítulo de la tercera parte de aquel libro, dedicado al tema general del desarrollo económico. Pudiera decirse que, en su conjunto, el libro de Schumacher es un discurso a favor de la diversidad cultural—antes de que la expresión fuese acuñada—y a favor de la libertad. En el capítulo que consagra a la discusión sobre el pronóstico del futuro, Schumacher declara: «Llego así a la alegre conclusión de que la vida, incluyendo la vida económica, todavía vale la pena vivirse porque es suficientemente impredecible e interesante».

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Para hacer milagros

Una tendencia malsana y perturbadora en casi todo país en vías de desarrollo es la emergencia, en una forma cada vez más acentuada, de una ‘economía dual’, en la que se dan dos patrones de vida diferentes, tan separados entre sí como si se tratara de dos mundos distintos. No se trata de que alguna gente sea rica y otra sea pobre, aunque unidas por una manera común de vivir: es un asunto de dos formas de vida que coexisten lado a lado de forma tal que incluso el más humilde miembro de un lado dispone de un ingreso diario que es un múltiplo grande del ingreso que obtiene aun el más diligente trabajador del otro grupo. Las tensiones sociales y políticas que surgen de la economía dual son demasiado obvias como para requerir descripción.

………

Nuestros científicos nos dicen incesantemente que todo lo que está a nuestro alrededor ha evolucionado por pequeñas mutaciones coladas a través de la selección natural. Ni siquiera al Todopoderoso se le acredita la capacidad de crear algo complejo. Cada complejidad, se nos dice, es el resultado de la evolución. Sin embargo nuestros planificadores del desarrollo parecen pensar que pueden hacerlo mejor que el Todopoderoso, que pueden crear las cosas más complejas de un golpe por un proceso llamado planificación, haciendo que Atenea surja, ya no de la cabeza de Zeus, sino de la nada, completamente armada, resplandeciente y viable.

Por supuesto, es posible lograr ocasionalmente cosas extraordinarias y no convencionales. Uno puede llevar a cabo un proyecto aquí o allá con éxito. Siempre es posible crear pequeñas islas ultramodernas en una sociedad preindustrial. Pero tales islas tendrán que ser entonces defendidas como fortalezas y aprovisionadas, como por helicóptero, desde lejos, so pena de ser anegadas por el mar que las circunda. Independientemente de lo que ocurra con ellas, sea que funcionen bien como que lo hagan mal, producirán la ‘economía dual’ de la que he hablado. No podrán integrarse a la sociedad circundante, y tenderán a destruir la cohesión de esta última.

De paso podemos observar que tendencias similares ocurren aun en algunos de los países más ricos, donde se manifiestan como una tendencia hacia una urbanización excesiva, hacia las ‘megalópolis’, dejando, en medio de la prosperidad, grandes espacios de gente golpeada por la pobreza, ‘desertores’, desempleados e inempleables.

Hasta hace poco, los expertos del desarrollo rara vez se referían a la economía dual y a sus males gemelos del desempleo masivo y la migración masiva hacia las ciudades. Cuando lo hacían, meramente los deploraban y los trataban como algo transicional. Entretanto, se ha hecho ampliamente reconocido que el mero paso del tiempo no será el sanador. Por lo contrario, la economía dual, a menos que sea contrarrestada conscientemente, produce lo que he llamado un ‘proceso de envenenamiento recíproco’, por el que el desarrollo industrial exitoso de las ciudades destruye la estructura económica del hinterland, y éste toma su venganza con la migración masiva hacia las ciudades, envenenándolas y haciéndolas completamente inmanejables.

………

¿Es que hay alternativa? Que los países en desarrollo no pueden prescindir de un sector moderno, particularmente cuando están en contacto directo con los países ricos, es algo que no se pone en duda. Lo que debe ser cuestionado es el supuesto implícito de que el sector moderno puede expandirse para absorber virtualmente a toda la población y que esto puede hacerse más bien rápidamente. La filosofía del desarrollo predominante de los últimos veinte años ha sido la siguiente: «Lo que es bueno para los ricos debe ser bueno para los pobres». Esta creencia ha sido llevada a extremos sorprendentes, como puede verse de la inspección de la lista de países en desarrollo en los que los norteamericanos y sus aliados, y en algunos casos también los rusos, han creído necesario e inteligente establecer reactores nucleares ‘pacíficos’ –Taiwán, Corea del Sur, Filipinas, Vietnam, Tailandia, Indonesia, Irán, Turquía, Portugal, Venezuela– países todos ellos cuyos más abrumadores problemas son la agricultura y el rejuvenecimiento de la vida rural, ya que la mayoría de sus gentes empobrecidas viven en áreas rurales.

El punto de partida de todas nuestras consideraciones es la pobreza o, más bien, un grado de pobreza que significa miseria y degrada y lleva a la estulticia a la persona humana; y nuestra primera tarea es reconocer y comprender las limitaciones que este grado de pobreza impone. Una vez más, nuestra filosofía crudamente materialista nos induce a ver sólo las ‘oportunidades materiales’… y a ignorar los factores inmateriales. Entre las causas de la pobreza, estoy seguro, los factores materiales son enteramente secundarios –cosas tales como la falta de riquezas naturales, o la falta de capital, o una infraestructura insuficiente. Las causas primarias de la pobreza extrema son inmateriales, y tienen que ver con ciertas deficiencias en educación, organización y disciplina.

El desarrollo no comienza con bienes económicos; comienza con la gente y con su educación, su organización y su disciplina. Sin estos tres factores, todo recurso permanecerá latente, inexplotado, potencial. Hay sociedades prósperas que ni siquiera tienen las más exiguas bases de riqueza natural, y hemos tenido mucha oportunidad de observar la primacía de los factores invisibles después de la guerra. Todo país, sin importar cuán devastado estuviera, que tuviese un alto nivel de educación, organización y disciplina, produjo un ‘milagro económico’. De hecho, éstos fueron milagros para aquellos cuya atención estuvo puesta en la punta del iceberg. La punta había sido pulverizada de un golpe, pero la base, que es la educación, la organización y la disciplina, siempre estuvo allí.

Allí yace, entonces, el problema central del desarrollo. Si las causas primarias de la pobreza son deficiencias en estos tres rubros, entonces el alivio de la pobreza depende primariamente de la remoción de esas deficiencias. Aquí yace la razón por la cual el desarrollo no puede ser un acto de creación, por qué no puede ser ordenado, comprado, planificado de modo comprehensivo: por qué es que requiere un proceso de evolución. La educación no ‘salta’; es un proceso gradual de gran sutileza. La organización no ‘salta’; debe evolucionar gradualmente para adaptarse a circunstancias cambiantes. Lo mismo puede decirse de la disciplina. Todas las tres deben evolucionar paso por paso, y la tarea principal de la política de desarrollo debe ser la de acelerar esta evolución. Todas las tres deben ser propiedad, no meramente de una diminuta minoría, sino de la sociedad entera.

Ernst Friedrich Schumacher

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CS #108 – Max se despide

Cartas

En su gigantesca e influyente obra maestra—Economía y Sociedad—Max Weber, uno de los nombres más notables en el panteón de la Sociología, describe tres tipos básicos de dominación, según el fundamento de su legitimidad.

Uno de ellos es la dominación o legitimación tradicional: el linaje de la reina Isabel o la línea apostólica de un papa, el fundador del partido, «Yo vi ese paciente primero y soy el médico de cabecera de la familia», «Ahora le toca a Octavio». El poder viene de una larga sucesión a partir de un hecho que mientras más antiguo está más cerca del mito o es mayor y más fundamental hazaña, y busca perpetuarse por herencia. El mérito no necesita acompañar a quien domina, pues ya está en el origen. Hasta cierto punto y a partir de cierto momento, esa fue la legitimación de Rafael Caldera en COPEI, el patriarca que había creado todo menos un heredero aceptable.

El segundo tipo es el de la dominación por legitimación carismática: quien domina es personalidad atrayente, en ocasiones extraordinariamente persuasivo, simpático pero también odioso, fascinante. Un caso clásico es Hitler, y un testimonio impresionante lo ofreció Dennis de Rougemont en sus diarios: cómo se quedó de una pieza cerca de un mitin de Hitler en Berlín, hipnotizado, siendo convencido por un carismático increíble, sin que él entendiera alemán. Aunque no convenciera persuadía. Por aquí tenemos alguien con esas características. No conozco que haya habido antes de Chávez un jefe de Estado venezolano del que prácticamente cada habitante del país lo nombrara o al menos lo pensara casi cada día durante cinco años seguidos.

El último tipo de dominación viene dado por la legitimación burocrática. Se controla la estructura que ejerce el poder o se tiene poder. Legitimación de Eduardo Fernández, por ejemplo, la de Carmelo Lauría o José Vicente Rangel. Controlan el aparato y así dominan. Chávez también emplea a fondo la estructura de poder y, como se sugiere antes, de un modo tan totalitario que ocupa de ese modo la conciencia de sus dominados. Ni siquiera Hitler, tal vez Castro, ha exigido tanta atención de parte de sus conciudadanos como Chávez desde que tomó el poder.

Como puede verse, es posible que una misma persona domine de más de una forma. Si Chávez insistiera en promover a Rosinés como Caldera a Andrés o Salas-Roemer padre al Pollo, estaría completando el catálogo de Weber con dominación tradicional neobonapartista o neogomecista. Además de carismático y burocrático, Fidel Castro es un dominador tradicional cuando anuncia la dinastía sucesora en su hermano Raúl.

Debiéramos ver con facilidad cómo ninguna de las tres dominaciones es garantía de eficacia en la solución de los problemas generales, ni siquiera la totalidad de ellas. Ninguna de ellas tiene relación alguna con lo que interesaría a los ciudadanos y, en el fondo, sería lo único que justificaría la existencia de un Estado, de una institución pública, de un actor político: la identificación, invención, consulta y aplicación de soluciones eficaces a los problemas de carácter público.

La legitimación de los actores políticos en una democracia debe ser, naturalmente, electoral. Pero más allá de eso tendría que ser ya no weberiana sino programática. Debiera estar en función de las políticas que se propone promulgar un candidato de resultar electo. Por tal razón los Electores tendríamos que exigir de los candidatos a cualquier cargo público la explicación de sus intenciones al respecto. Y esto es lo que justamente tiene menos importancia en un proceso electoral como los nuestros. A comienzos de 1998 Argenis Martínez había escrito en El Nacional: «La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones».

Aunque pueda haber algo de exageración en la fórmula de Martínez no puede caber duda de que las cosas son como él las pinta con vigoroso y lapidario trazo: lo programático tiene baja incidencia en la escogencia de nuestros funcionarios electos. La legitimación procede entre nosotros, casi siempre, por rutas weberianas. En el combate por la legitimación electoral se aduce tradicionalidad, se manipula con carisma, se controla burocráticamente con el poder o se aporta el descrédito de terceros. Me justifico porque aquél es malo.

Pero lo programático, la única y real legitimación admisible, está ausente, cada vez más, de nuestras elecciones. Rafael Caldera presentó su «Compromiso con Venezuela» en la campaña de 1993 cuando faltaban sólo tres semanas para la elección; algo parecido hizo Hugo Chávez, como también Salas-Roemer padre en 1998. Y la Coordinadora Democrática presentó su «consenso-país» a un país que no lo había hecho un mes antes del referendo revocatorio presidencial. El 25 de abril de 1993, el mismo día en que Oswaldo Álvarez Paz resultara electo candidato presidencial de COPEI en elecciones primarias, el flamante candidato declaró en el programa Primer Plano que sería entonces cuando se dedicaría a conformar los equipos que tendrían que elaborar su programa de gobierno. Esto es, admitió sin proponérselo que hasta ese momento su preocupación política fundamental era polémica, y que su legitimación como candidato copeyano tenía origen en el combate a un adversario interno—Eduardo Fernández—a través de la retórica, no un origen programático.

En el fondo es una desatención a las necesidades venezolanas, lo que se puede continuar una vez que se está en el gobierno: Chávez no comenzó a improvisar misiones—que ahora burocratizará en sus nuevos y endógenos ministerios—hasta septiembre de 2003, cuando una vez más había decidido enfrentar electoralmente a sus oponentes. En su campaña de 1998 su movimiento ofreció recoger firmas—no existía Súmate que le habría resuelto el problema—para convocar a referendo consultivo sobre la elección de constituyente. Cuando meses antes de la elección ya se sabía ganador se dejó de eso. ¿Para que tenía que molestarse con esa recogedera de firmas si él podría, como Presidente, convocar el referendo en Consejo de Ministros?

Los Electores debemos exigir una legitimación programática primero que todo. Si el candidato que nos convence de sus políticas, de sus programas, es además hombre valiente, pues magnífico; si es llano y poco alzado, mejor que mejor; si es muy buen gerente, habremos llegado al desiderátum. Pero si falta la claridad y la corrección programática, si ésta no es comunicada o comunicable, entonces faltará lo esencial.

No es nueva esta discusión, pero hasta ahora la exigencia programática ha sido vencida con el decreto burocrático de qué se trata de aspiración romántica. «La gente no quiere programas, la gente lo que quiere es un jefe que les llene la barriga». En 1992, un importante precandidato, aun reconociendo que programáticamente estaba muy débil, consideró excesivo destinar, para un año de trabajo de un equipo programático, una cantidad que por ese entonces gastaba quincenalmente en propaganda televisada. En su explicación de esta postura esgrimió que acababa de regresar de los Estados Unidos, una semana antes de la primera eleccón de Clinton, y que allí ganaría éste, que no había presentado programa. «¿Para que necesitamos programa?» preguntó.

¿Cómo puede combatirse esta configuración que impide que la legitimación política tenga carácter predominantemente programático?

Tal vez lo primero sería enterar a los actores políticos de que la legitimación programática no significa creer que la intentarían ángeles, o que por tal cosa desaparecerían la emulación y el combate, que es lo que tanto les gusta. Crear un espacio para el contraste de programas y políticas no requiere la eliminación de la competencia: sólo exige que se la reglamente para que el debate programático sea privilegiado. Lo que el espacio político nacional debe alojar es una licitación política con claras reglas para la contraposición de proposiciones de acción pública.

¿Cuáles serían esas reglas? Si a la discusión se propone una formulación que parece resolver un cierto número de problemas o contestar un cierto número de preguntas, la decisión de no adoptar tal formulación debiera darse si y sólo si se da alguna o varias de las siguientes condiciones:

a. cuando la formulación no resuelve o no contesta, más allá de cierto umbral de satisfacción que debiera en principio hacerse explícito, los problemas o preguntas planteados.

b. cuando la formulación genera más problemas o preguntas que las que puede resolver o contestar.

c. cuando existe otra formulación –que alguien debiera plantear coherentemente, orgánicamente– que resuelva todos los problemas o conteste todas las preguntas que la formulación original contesta o resuelve, pero que además contesta o resuelve puntos adicionales que esta no explica o soluciona.

d. cuando existe otra formulación propuesta explícita y sistemáticamente que resuelve o contesta sólo lo que la otra explica o soluciona, pero lo hace de un modo más sencillo. (En otros términos, da la misma solución pero a un menor costo).

Esto es el método verdaderamente racional para una licitación política. No se trata de eliminar el «combate político», sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga.

Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan «romántico» ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica –en la que la confrontación sigue un método universal– despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. (El relato que hace James Watson—ganador del premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—, en su libro La Doble Hélice (1968), es una descarnada exposición a este respecto).

Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación metamórfica con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte «salvaje» en uno más «civilizado», en el que no toda clase de ataque está permitida.

En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de Electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los «luchadores» políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevadísimo costo social.

………………

Pero también hay épocas o momentos cuando la transición es aun más profunda que el cambio de una política por otra. Entonces se trata de un cambio de paradigmas, de interpretaciones generales, de concepciones del mundo, la sociedad y sus historias. En ese caso particular la legitimación llega a ser una metalegitimación, porque se pronuncia en un metalenguaje. Ya no se trata de hablar de política, sino de hablar de la Política, en tanto profesión u oficio. La legitimación requerida en este caso es paradigmática.

En la Venezuela de estos días no será suficiente ni siquiera la legitimación programática, por más necesaria que sea. Al proceso que se justifica precisamente sobre una peculiar visión de las cosas sólo podrá superársele con una visión alterna.

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FS #16 – Lo espontáneo es mejor

Fichero

LEA, por favor

Ciertamente, Friedrich von Hayek (1899-1992) es el patriarca principal del liberalismo en el siglo XX. Filósofo y economista austriaco, fue el gran rival de John Maynard Keynes, el economista inglés cuyas doctrinas del pleno empleo fundamentaron buena parte del intervencionismo estatal dentro de las democracias occidentales, en especial en los Estados Unidos e Inglaterra.

Hayek obtuvo el Premio Nóbel de Economía (1974) con sus setenta y cinco años de edad, después de que muchos de sus discípulos lo hubiesen ganado. De modesto talante, se refiere a su propia obra con parquedad, a pesar de ser el indiscutido líder de la corriente liberal: «Por lo general las ideas de los economistas se imponen después de su muerte. Pero, en mi caso, he tenido el privilegio de vivir el tiempo suficiente para asistir al éxito de algunas de mis propuestas… Cuando yo era joven el liberalismo era ya viejo. Ahora que soy viejo, es el liberalismo el que ha rejuvenecido» Así admitía a Guy Sorman en 1989.

Sorman es un acucioso periodista francés que publicó en ese año el libro «Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo», una colección de entrevistas a intelectuales y pensadores tan notables e influyentes como Octavio Paz, Bruno Bettelheim, Claude Tresmontant, Karl Popper, Stephen Gould, James Lovelock, Ilya Prigoguin o Noam Chomsky.

La Ficha Semanal #16 de doctorpolítico está tomada del capítulo dedicado a Hayek, bajo el título «Los liberales deben ser agitadores». El título, a su vez, ha sido extraído de la advertencia final de Hayek: «Lo que voy a decirle es muy importante. Los intelectuales liberales deben ser agitadores, para invertir las corrientes de opinión hostiles a la economía capitalista. La población mundial es tan numerosa que sólo la economía capitalista conseguirá alimentarla. Si el capitalismo se hunde, el Tercer Mundo se morirá de hambre; eso es lo que pasa ya en Etiopía…»

LEA

……

Lo espontáneo es mejor

El liberalismo, me dice Hayek, es la única filosofía política verdaderamente moderna, y la única compatible con las ciencias exactas; converge con las teorías físicas, químicas y biológicas más recientes, en particular con la ciencia del caos formalizada por Ilya Prigoguin. En la economía de mercado, así como en la naturaleza, el orden nace del caos: la armonización de millones de decisiones y de informaciones conduce no al desorden sino a un orden superior. Adam Smith fue el primero en presentirlo en La riqueza de las naciones, hace dos siglos.

Nadie puede saber, precisa Hayek, cómo planificar el crecimiento económico, porque no conocemos verdaderamente sus mecanismos; el mercado pone en juego decisiones tan numerosas que ningún ordenador, por potente que sea, puede registrarlas. En consecuencia, creer que el poder político es capaz de sustituir al mercado es un absurdo. En lo que Hayek llama «la gran sociedad»—es decir, la sociedad moderna y compleja—es preciso, pues, recurrir al mercado, a la iniciativa individual. A la inversa, el dirigismo sólo puede funcionar en una sociedad minúscula donde todas las informaciones son directamente controlables. El socialismo, me dice Hayek, es ante todo una nostalgia de la sociedad arcaica, de la solidaridad tribal.

La superioridad del liberalismo sobre el socialismo no es, según Hayek, una cuestión de sensibilidad o de preferencia personales, sino un constante objetivo verificado por toda la historia de la humanidad. Allí donde la iniciativa individual es libre, el progreso económico, social, cultural y político es siempre superior a los resultados obtenidos por las sociedades planificadas y centralizadas. En la sociedad liberal, los individuos son más libres, más iguales, más prósperos que en la sociedad planificada.

Pero ¿no existe quizá una solución intermedia, de tipo socialdemócrata? «Entre la verdad y el error—replica Hayek—no hay vía intermedia». A Hayek jamás se le puede pillar en pecado de indulgencia…

El liberalismo es, por tanto, científicamente superior al socialismo, y sobre todo al marxismo al que Hayek califica de superstición. «Llamo superstición—explica—a todo sistema en el que los individuos se imaginan que saben más de lo que en realidad conocen». Es por este motivo que la mayor parte de los intelectuales son socialistas, o más bien «constructivistas».

Ser constructivista, en el vocabulario de Hayek, es creer que se puede rehacer el mundo a partir de un proyecto de sociedad teórica. Éste es el gran error de los socialistas. O, más bien, el socialismo es un error de los intelectuales. ¡Un error que se remonta a Descartes! Francia tiene, según Hayek, una responsabilidad particular en esta mentalidad geométrica aplicada a la realidad.

Lo que Hayek discute no son, pues, las intenciones o la moralidad de los socialistas, sino sus errores científicos y su «vanidad fatal»…

The Fatal Conceit es el título de la última obra que publicará Hayek en 1989. La superioridad histórica y científica del liberalismo, en una fórmula típicamente «hayekiana», se llama la «superioridad del orden espontáneo sobre el orden decretado». Ejemplos concretos de esa superioridad: las grandes instituciones que marchan bien, explica, no han sido inventadas por nadie. La familia o la economía de mercado son productos del orden espontáneo. Ningún intelectual, insiste, decidió un día crear una organización que debería llamarse capitalismo o economía de mercado.

Hayek añade que estas grandes instituciones de la sociedad moderna se basan en una moral. Una moral que no es «natural», sino el producto de una evolución, una evolución casi biológica, pero que afecta a las organizaciones sociales más que a los organismos vivos. Esta moral, me dice Hayek, no es natural, porque espontáneamente—por ejemplo—el hombre no tiende a respetar la propiedad privada o los contratos. Es la selección la que, actuando sobre el comportamiento moral, deja claro que, en el curso de los siglos, los pueblos que respetan los contratos y la propiedad se tornan más prósperos. He aquí el motivo por el que, según Hayek, la sociedad occidental se volvió moral, y sin esta moralidad fundamental, el capitalismo no podría existir.

Guy Sorman

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