por Luis Enrique Alcalá | Sep 28, 2004 | Fichas, Política |

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Hace poco oí la expresión «no futuros». Equivale más o menos a una expresión similar del finado Hermann Kahn, en su época el gurú más famoso de la futurología. (Dirigió el Instituto Hudson y fue el autor principal—en colaboración con Daniel Bell, presidente éste de la Academia Nacional de Ciencias estadounidense—del libro «El Año 2000» a mediados de la década de los sesenta). Kahn gustaba de comentar el año que acabara de pasar en términos de sus «no eventos», cosas que fueron insistentemente predichas pero que no ocurrieron.
No todo lo que se vislumbra como posible llega a realizarse, por lo menos de inmediato. Para febrero de 1985 un grupo de caraqueños consideró posible la emergencia de una nueva clase de asociación política, cuya cláusula primera (Del Objeto) decía: «La Asociación tiene por objeto facilitar la emergencia de actores idóneos para un mejor desempeño de las funciones públicas y el de llevar a cabo operaciones que transformen la estructura y la dinámica de los procesos públicos nacionales a fin de: 1. Contribuir al enriquecimiento de la cultura y capacidad política del público en general y especialmente de personas con vocación pública; 2. Procurar la modernización y profesionalización del proceso de formación de las políticas públicas; 3. Estimular un acrecentamiento de la democracia en dirección de límites que la tecnología le permite; 4. Aumentar la significación y la participación de la sociedad venezolana en los nuevos procesos civilizatorios del mundo».
Como puede verse, de la enumeración precedente no es posible establecer cuál es la ubicación de tal asociación en términos de un eje «derecha-izquierda». Dentro del «borrador» de un «documento base» para un «Congreso para la formación de una nueva asociación política», que escribí en febrero de 1985 se encuentra, sin embargo, otras claves, y puede entonces entenderse que lo que ocurre, en efecto, es que esa asociación es indescriptible en términos de «izquierdas-derechas».
La Ficha Semanal #14 de doctorpolítico es un extracto de ese «borrador», y se refiere específicamente a esa primitiva noción política de «derechas» e «izquierdas» y la supera con otro punto de vista. Pero en 1985 la sociedad política de Venezuela, un tipo de asociación política descrito en el «borrador» y de código genético distinto al de un partido convencional, no pudo constituirse, como tampoco lo ha hecho hasta la fecha. Esto es, hace más de 19 años tal cosa era un «no evento», un «no futuro». Es posible que haya llegado el momento de manifestarse como «sí presente».
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La sociedad normal
A John Phelps Tovar
Tal vez el mito político más generalizado y penetrante sea el mito de la igualdad. Hay diferencia entre las versiones, pero en general ese mito es compartido por las cuatro principales ideologías del espectro político de la época industrial: el marxismo ortodoxo, la socialdemocracia, el social-cristianismo y el liberalismo. Sea que se postule como una condición originaria—como en el liberalismo—o que se vislumbre como utopía final—como en el marxismo—la igualdad del grupo humano es postulada como descripción básica en las ideologías de los distintos actores políticos tradicionales. El estado actual de los hombres no es ése, por supuesto, como jamás lo ha sido y nunca lo será. Tal condición de desigualdad se reconoce, pero se supone que minimizando al Estado es posible aproximarse a un mítico estado original del hombre, o, por lo contrario, se supone que la absolutización del poder del Estado como paso necesario a la construcción de la utopía igualitaria, hará posible llegar a la igualdad. (Entre estos polos procedimentales extremos se desenvuelven corrientes de postura intermedia, como la socialdemocracia y el socialcristianismo.) Entretanto, se concibe usualmente a la obvia desigualdad como organizada dicotómicamente. Así, por ejemplo, se comprende a la realidad política como si estuviese compuesta por un conjunto de los honestos y un conjunto de los corruptos, por un conjunto de los poseedores y un conjunto de los desposeídos, un conjunto de los reaccionarios y uno de los revolucionarios, etcétera.
La realidad social no es así. Tómese, para el caso, la distinción entre «honestos» y «corruptos» que parece tan crucial a la actual problemática de corrupción administrativa. Si se piensa en la distribución real de la «honestidad» –o, menos abstractamente, en la conducta promedio de los hombres referida a un eje que va de la deshonestidad máxima a la honestidad máxima– es fácil constatar que no se trata de que existan dos grupos nítidamente distinguibles. Toda sociedad lo suficientemente grande tiende a ostentar una distribución que la ciencia estadística conoce como distribución normal de lo que se llama corrientemente «las cualidades morales»: en esa sociedad habrá, naturalmente, pocos héroes y pocos santos, como habrá también pocos felones, y en medio de esos extremos la gran masa de personas cuya conducta se aleja tanto de la heroicidad como de la felonía.
Si no se entiende las cosas de ese modo la política pública se diseña entonces para un objeto social inexistente. Y esto es lo usual, pues nuestra legislación típica incluye un sesgo hacia una descripción angélica de los grupos humanos—la famosa «comunidad de profesores y estudiantes en busca de la verdad» de nuestra legislación universitaria, por ejemplo—o bien hacia el polo contrario de una legislación que supone la generalizada existencia de una propensión a delinquir, como es el caso de la legislación electoral o del instrumento orgánico de «salvaguarda del patrimonio público».
Es necesario entonces que esa óptica dicotómica e igualitarista sea suplantada por un punto de vista que reconoce lo que es una distribución normal de los grupos humanos.
Por ejemplo, la distribución teóricamente «correcta» de las rentas, de adoptarse un principio meritológico, sería también la expresada por una curva de «distribución normal», dado que en virtud de lo anteriormente anotado sobre la distribución de la heroicidad y en virtud de la distribución observable de las capacidades humanas—inteligencia, talentos especiales, facultades físicas, etc. —los esfuerzos humanos adoptarán asimismo una configuración de curva normal.
Esta concepción que parece tan poco misteriosa y natural contiene, sin embargo, implicaciones muy importantes. Para comenzar, en relación a discusiones tales como la de la distribución de las riquezas, nos muestra que no hay algo intrínsecamente malo en la existencia de personas que perciban elevadas rentas, o que esto en principio se deba impedir por el solo hecho de que el resto de la población no las perciba. Por otra parte, también implica esa concepción que las operaciones factibles sobre la distribución de la renta en una sociedad tendrían como límite óptimo la de una «normalización», en el sentido de que, si a esa distribución de la renta se la hiciera corresponder con una distribución de esfuerzos o de aportes, las características propias de los grupos humanos harían que esa distribución fuese una curva normal y no una distribución igualitaria, independientemente de si esa igualación fuese planteada hacia «arriba» o hacia «abajo».
No es la normalización de una sociedad una tarea pequeña. La actual distribución de la riqueza en Venezuela dista mucho de parecerse a una curva normal y es importante políticamente, al igual que correspondiente a cualquier noción o valor de justicia social que se sustente, que ese estado de cosas sea modificado. Pero la tarea es la de obtener la normalización, no la de establecer primitivas políticas de «Robin Hood» o de «Hood Robin», como se las ha llamado.
Otra conclusión, finalmente, que se desprende del concepto de sociedad normal, es que el progreso posible de una sociedad es el progreso que desplaza a la curva normal como conjunto en una dirección positiva, y no el de intentar el igualamiento de la distribución por modificación en la forma de la curva. Si bien es posible que todos progresen, los esfuerzos que lleven una intencionalidad igualitaria están condenados al fracaso por constituir operaciones tan imposibles como las de construir un móvil perpetuo. Tan imposible como hacer que una población esté compuesta por genios, es lograr que sea toda de idiotas. Tan imposible como hacer que toda sea una población de santos es obtener que sea íntegramente conformada por delincuentes y, por tanto, en una sociedad económicamente justa no podrá ser que todos sus habitantes sean ricos o que todos sus habitantes sean pobres.
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 23, 2004 | Cartas, Política |

Un mito generalmente difundido en Venezuela interpreta que la sociedad está mal, en gran medida, en razón de desmesurados procesos de corrupción, a consecuencia de los cuales un grupo poco numeroso de gente sin escrúpulos sustrae indebidamente una renta social que, distribuida como debiese, daría por resultado un país feliz.
A mediados de la década de los ochenta el ilustre Dr. Humberto Njaim, a la sazón profesor del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela, publicó un miliar estudio sobre el tema de la corrupción en Venezuela. (Costos y Beneficios Políticos de la Ley Orgánica de Salvaguarda del Patrimonio Público, Revista de la Facultad de Derecho, UCV). Njaim aventuró una gruesa estimación del peculado en Venezuela y concluyó que la dictadura de Pérez Jiménez había sustraído el equivalente de 1% del presupuesto nacional de cada año, mientras que la democracia había alojado un peculado mayor, de 1,5%.
A primera vista las cifras suenan pequeñas, dada nuestra convicción estándar de que Venezuela sería un país particularmente corrupto. Aplicada, sin embargo, la tasa de «corrupción democrática» estimada por Njaim al presupuesto de 2004 (50 billones de bolívares), se estaría hablando de 750.000 millones de bolívares sustraídos por corrupción en el año. (Si es que las tasas actuales no son mayores que el índice Njaim, lo que pareciera ser el caso).
Pero visto el asunto desde otro ángulo, habría que decir que la democracia en Venezuela permitió el respeto a 98,5% de los recursos públicos que no fue sustraído, una buena noticia, sin duda. No puede ser, por consiguiente, que nuestros problemas como nación se deban a un tumor—indudablemente pernicioso y execrable—de 1,5% de tamaño. Algo equivocado debe haber en el manejo de una inmensa mayoría de los recursos públicos que no son objeto de corrupción.
En todo caso, llevados al equivalente en divisa norteamericana al precio actual del mercado libre los recursos del peculado montan a la cifra de 290 millones de dólares. Esta cantidad no era sino el 2,5% del faltante en los balances de la empresa Parmalat cuando se descubrió su gigantesca estafa.
Y desde el punto de vista del impacto directo sobre la ciudadanía, el cuociente que resulta de dividir el monto teórico de la corrupción entre la población venezolana arroja la cantidad de 30 mil bolívares al año. Este es el perjuicio ciudadano individual causable por corrupción en 2004. No es el caso que si se repartiese directamente esa cantidad a cada habitante la pobreza desaparecería del país.
Por tanto es importante conocer las proporciones reales de la corrupción en Venezuela y, sin cejar en el esfuerzo por moderarla, desmitificarla como presunta causa de atraso y subdesarrollo.
De algún modo el electorado está preparado para esta reinterpretación, pues la corrupción ha disminuido sensiblemente como problema percibido por la población. En 1992 era considerado como el segundo problema más importante del país (23% de la opinión pública lo mencionaba tras 25% que señalaba el estado de la economía como problema principal). Para diciembre de 2003 su mención se había reducido a sólo 1%, muy por debajo del desempleo (33%), la situación política (24%), la delincuencia (17%) y la situación económica (16%). (Estudio Perfil 21 Nº 57, Consultores 21).
(Para 1992 los principales problemas del país se ordenaban así: mala situación económica 25%, corrupción 23%, delincuencia 11%, desempleo 7%, situación política 5%. Obviamente ha habido desplazamientos muy significativos en la percepción nacional de los problemas más importantes).
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En 1959 Edward Lorenz, meteorólogo, manipulaba el clima artificial y meramente simbólico de sus modelos matemáticos en su primitivo computador Royal MacBee. Había formulado ecuaciones que relacionaban variables como temperatura y presión atmosférica y confiado al computador el tedioso cálculo de las interacciones, el que imprimía tablas de resultados y hasta un escueto gráfico que mostraba las oscilaciones del clima a lo largo del tiempo.
El computador de Lorenz no tenía mucha capacidad: sólo podía calcular hasta seis posiciones decimales. Pero el impresor era aun más lento, y por tal razón se le pedía que imprimiese los sucesivos valores sólo hasta los tres primeros decimales.
Un buen día Lorenz notó un segmento de gráfico que llamó su atención, por lo que se dispuso a correr el modelo de nuevo en el computador, a fin de examinar con mayor atención el episodio de su interés. Pero en lugar de arrancar los cálculos desde el inicio, dada la lentitud del cómputo, decidió tomar como condiciones iniciales valores previos de las variables cercanas a la zona interesante de las curvas. Así, tomó las hojas impresas, seleccionó un punto en el tiempo, previo pero no muy lejano, leyó los valores correspondientes, los ingresó manualmente a la máquina y arrancó el cómputo. Luego, para evitar el tedio, se fue a tomar café.
Cuando Lorenz regresó a su laboratorio se llevó una sorpresa mayúscula. El impresor trazaba ahora trayectorias enteramente distintas para las variables, y el gráfico no se parecía en nada a lo que originalmente había despertado su curiosidad. Al principio creyó que la causa sería un desperfecto repentino en el computador, o tal vez un error en su sistema de ecuaciones. Poco después encontró la verdad: en realidad no había especificado exactamente las mismas condiciones iniciales, pues leyó valores impresos con tres decimales redondeados, cuando entretelones el computador calculaba seis posiciones decimales. El error de una diezmilésima en la condición especificada para el nuevo cómputo había generado, con el paso del tiempo, discrepancias de gran magnitud. Había nacido la ciencia del caos.
Rápidamente Lorenz sacó la consecuencia: los sistemas complejos revelan una gran sensibilidad a las condiciones iniciales, y una pequeñísima diferencia en éstas puede acarrear a la larga diferencias descomunales.
La metáfora con la que este carácter de los sistemas complejos se popularizó adoptó ropaje, naturalmente, climatológico. Se la bautizó como el principio del ala de mariposa: en un sistema tan complejo como el clima, el aleteo de una mariposa en China puede causar un temporal en California.
Esta característica de los sistemas complejos salva, justamente, la trascendencia de lo individual, de lo más pequeño, aun en medio de la mayor enormidad. El más pequeño acto individual determina la forma del futuro, y por tanto la complejidad no es excusa para prescindir de la ética personal. La corrupción, independientemente de su tamaño, es algo social y personalmente malo, y nada debe excusarla.
La más moderna interpretación científica de la complejidad provee fundamento fuerte a un principio consustancial a la libertad económica: el respeto por el individuo, por la trascendencia de sus actos libres. En el enjambre de un país, de una economía, no es posible despreciar la acción individual. Una abeja puede hacer la diferencia. Una persona individual es responsable por todo el futuro de la humanidad, y para serlo plenamente necesita la libertad.
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 21, 2004 | Fichas, Política |

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La Ficha Semanal número 13 de doctorpolítico es algo extensa, pero vale la pena. En realidad es una cita de citas, por cuanto es un fragmento de la introducción de un trabajo del suscrito de septiembre de 1987, un año antes de la campaña que enfrentaría a Carlos Andrés Pérez, en pos de su segunda presidencia, con Eduardo Fernández, el candidato que desde cierto punto de vista no debía perder. El trabajo en cuestión llevó por nombre Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela.
El fragmento escogido corresponde a un intento por comprender conceptos útiles a la consideración anticipada de «sorpresas», y cita a Alexis de Tocqueville, a Bohdan Hawrylyshyn y, sobre todo, a mi amigo, maestro y mentor, el profesor Yehezkel Dror. Es gracias a estas citas, a pensamiento ajeno, que la ficha de hoy puede ser valiosa.
El estudio en sí consideró dos tipos de sorpresa en la Venezuela, siendo una de ellas el golpe militar. En las conclusiones se apunta: «Por lo que respecta a un golpe militar antes de las elecciones de 1988 las probabilidades aparecen como minúsculas, aun cuando el deterioro continuase, como parece lo inevitable. Sólo un deterioro muy fuertemente acelerado en lo que resta desde ahora hasta las elecciones, pudiera provocar un intento serio de golpe militar. Por esto el sistema político venezolano deberá estar pendiente de acciones intencionales de agitación y agravamiento de la situación por parte de elementos que estuviesen jugando a esta posibilidad. En cambio, de ganar las elecciones de 1988 uno de los candidatos tradicionales, probablemente lo haría con un porcentaje muy reducido de votos. En ese caso el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable».
Un mes y cuatro días después de que se agotara la vigencia de esa predicción de 1987, Hugo Chávez Frías y sus compañeros de asonada cometían el abuso del 4 de febrero.
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La vida te da sorpresas
Dror ha enumerado los rasgos de un modelo de confección de políticas (policymaking) en las condiciones actuales al que ha llamado el «modelo de apuesta difusa». «Una buena imagen para considerar la confección de políticas como apuesta difusa es la de un casino inestable, donde la opción de no jugar es en sí misma un juego con altas probabilidades en contra del jugador; donde las reglas del juego, las proporciones necesarias de suerte y habilidad y los premios, cambian en forma impredecible durante la apuesta misma; donde formas impredecibles de ‘cartas locas’ (tales como un ataque terrorista o la distribución de diamantes por millonarios pródigos) pueden aparecer súbitamente; y donde la salud y la vida de uno mismo y la de sus seres amados puede estar en juego, algunas veces sin uno saberlo».
El modelo extremo de apuesta difusa involucra situaciones en las que la dinámica que da origen a los resultados de una decisión es desconocida y toma la forma de indeterminación, discontinuidad y saltos. Algunas de las consecuencias de este estado de cosas son las siguientes:
a. Los resultados no pueden ser predichos ni en términos de posibilidades definidas ni en términos de riesgo, en el sentido técnico de distribuciones de probabilidad
b. La adjudicación de probabilidades subjetivas es un acto que puede ser calificado de ilusorio.
c. La no-decisión, o las decisiones incrementales (modificación de las cosas «poquito a poco»), constituyen estrategias fútiles como modo de contener la incertidumbre, dado que la repetición del mismo acto o la misma política puede dar origen a resultados radicalmente diferentes en cada ocasión.
d. Los valores, y las metas mismas, pierden su constancia en la toma de decisiones, entre otras cosas a causa de cambios impredecibles en los contextos que establecen las prioridades.
e. Una mejor inteligencia, en el mejor de los casos, no puede hacer otra cosa que hacer más explícita la ignorancia.
f. Se está en presencia de una alta probabilidad objetiva de que eventos de baja probabilidad ocurran frecuentemente. En términos subjetivos, domina la sorpresa.
Estos son los rasgos de un caso extremo y abstracto de «apuesta difusa» que, no obstante, puede ser más pedagógico a la hora de comprender el tipo de situación que confrontamos. Un modelo más cercano a la realidad modera la gravedad de esos rasgos y puede ser descrito, a su vez, en los siguientes términos:
a. Una cierta proporción de los resultados podrá ser prevista en términos de riesgo—estimación cuantitativa—y en términos de posibilidades—estimación cualitativa. La proporción restante adoptará la forma de configuraciones impredecibles, con discontinuidades y saltos.
b. En una cierta proporción, las situaciones podrán ser diagnosticadas como tendiendo más hacia la discontinuidad o como tendiendo más hacia la continuidad. En una cierta proporción la ignorancia domina, sin que exista la posibilidad de evaluar de antemano las situaciones como conducentes a la continuidad o a la ruptura.
c. La utilidad del empleo de probabilidades establecidas subjetivamente, y la del análisis de decisiones que se base en ellas, la constancia de valores y metas, la capacidad de la inteligencia para contener y reducir la ignorancia, etcétera, dependerán de una mezcla de incertidumbre e ignorancia.
d. Eventos considerados como de baja probabilidad ocurren con frecuencia variable y la sorpresa llega a ser endémica.
Puede ser que esta última enumeración no parezca mejorar las cosas demasiado. Sin embargo, permite una aproximación más constructiva al asunto. Por ejemplo, será posible, al menos para el tratamiento de una parte de los posibles eventos políticos o la preadaptación a ellos, una clasificación de los mismos en cuatro categorías a considerar, según sea su probabilidad de ocurrencia y el grado de impacto que tendrían: 1. Eventos de alta probabilidad y alto impacto, para los que sería una locura no prepararse. (Verbigracia, Carlos Andrés Pérez en la Presidencia de la República). 2. Eventos de alta probabilidad y bajo impacto, para los que no se requiere demasiada prevención, dado que modificarían poco el statu quo. (Por ejemplo, Eduardo Fernández en la Presidencia de Venezuela.) 3.. Eventos de baja probabilidad y bajo impacto, los que pueden ser más o menos desatendidos. (Tales como los casos de Rafael Caldera y Octavio Lepage como presidentes). 4. Eventos de baja probabilidad y alto impacto, para los que es aconsejable, al menos, tener previsto un plan contingente, ya que de ocurrir aquéllos las cosas cambiarían significativamente. (Estos pueden ser, entre otros, la posibilidad de un verdadero outsider como Presidente o la posibilidad de un golpe de Estado militar).
(Es importante advertir que en materia de la clasificación anterior no estamos calificando los impactos en términos de bondad o maldad. Un alto impacto puede ser positivo o puede ser negativo. Sobre todo en materia de los ejemplos expuestos, no es objeto de este trabajo discutir si la titularidad de Eduardo Fernández, Octavio Lepage, Rafael Caldera o Carlos Andrés Pérez en Miraflores es positiva o negativa en cada caso. Tan sólo hemos afirmado que, a nuestro criterio, de esas cuatro posibilidades únicamente la última introduciría cambios más marcados respecto del estilo y orientación general de la actual administración del Presidente Lusinchi. Puede haber outsiders positivos y negativos. Lo que sí sostenemos es que aún el proceso problemático venezolano no ha llegado a un grado de deterioro tal que un golpe de Estado deje de ser francamente negativo, y que no creemos que un golpe de Estado militar condujera de inmediato a una mejor forma de gobernar el país o a la solución de sus principales problemas.)
Desde el punto de vista de las posibilidades que provee una situación turbulenta, es necesario advertir que aumentan las probabilidades de éxito de aventuras que intencionalmente busquen cristalizar a su favor las múltiples tensiones existentes, siempre y cuando sean bien ejecutadas y den realmente salida a tales tensiones. En Road maps to the future, Bohdan Hawrylyshyn dice lo siguiente: «En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipitados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan demasiadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cassettes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia».
Yehezkel Dror emplea, junto con un análisis riguroso, varias sugestivas imágenes para el enfoque del tema en «Cómo sorprender a la Historia» (How to spring surprises on history). Por ejemplo, nos recuerda a Maquiavelo, para «considerar la posibilidad de convergencia entre oportunidades históricas raras (ocassione) que provee la historia (fortuna) y que pueden ser utilizadas por gobernantes que tengan las raras cualidades necesarias (virtu)».
Nuestra percepción popular incluye la expresión «en río revuelto ganancia de pescadores». No otra cosa es la percibida por líderes emergentes, distintos a los que militan en los partidos tradicionalmente poderosos de Venezuela. Es lo «revuelto» de la actual situación lo que ha estimulado la emergencia, en proporción jamás vista en Venezuela, de nuevos pretendientes al trono de la esquina de Miraflores. Apartando los consabidos candidatos de A.D. y C.O.P.E.I. y los que surgirían de los partidos menores—en gran medida también tradicionales (U.R.D. y el M.A.S., principalmente)—han asomado con mayor o menor fuerza, entre otros, los nombres de Jorge Olavarría y su Nueva República; Godofredo Marín y el partido de los evangélicos; Marcel Granier, que busca servirse de un eje comunicacional (RCTV y Diario de Caracas) al que añade el Grupo Roraima y ahora el M.I.N. de Gonzalo Pérez Hernández; el Rector Edmundo Chirinos, que había anunciado ya al comienzo de su rectorado que lo que perseguía era «un proyecto político»; el ex rector Ernesto Mayz Vallenilla con su Movimiento Moral, Reinaldo Cervini ofrecido como candidato de consenso para «las izquierdas», al igual que Alberto Quirós Corradi desde su plataforma de El Nacional; el Rector Pedro Rincón Gutiérrez como otra solución similar a los dos últimos nombrados; Leopoldo Díaz Bruzual que ya ha adornado algunos puntos urbanos con un afiche de su efigie en fondo morado; Vladimir Gessen, igualmente en afiches y pancartas de su Nueva Generación Democrática.
(Es nuestra impresión que la situación actual de la política venezolana corresponde a la situación de saturación descrita anteriormente en los términos de Hawrylyshyn. Por esta razón pensamos que ninguno de los nombrados en esta lista tiene la potencialidad de ser el «catalizador» que cristalice, o mejor, canalice a su favor las tensiones. La gran mayoría de ellos ha tenido ya exposición pública suficiente, por lo que, si hubiera sido percibido alguno como el líder buscado, hace tiempo ya que se hubiera producido la estampida y hace tiempo ya que esto se hubiera manifestado en los registros de opinión pública.)
No todas las personas perciben, no obstante, la situación de esa manera, como inminencia de cambio radical. Sobre todo en personas de relativa alta cultura política, y que pertenecen de algún modo a las élites políticas o económicas, es marcada la tendencia a considerar la situación como pasajera y resoluble mediante expedientes más o menos tradicionales. Esto es una tendencia relativamente común. Alexis de Tocqueville destaca, en L’Ancien Régime et la Revolution, la paradoja de la presencia evidente de los signos prerrevolucionarios y la ceguera de muchos de los actores sociales de Francia en 1789. «Ningún gran evento histórico está en mejor posición que la Revolución Francesa para enseñar a los escritores políticos y a los estadistas a ser cuidadosos en sus especulaciones; porque nunca hubo un evento tal, surgiendo de factores tan alejados en el tiempo, que fuese a la vez tan inevitable y tan completamente imprevisto… Las opiniones de los testigos oculares de la Revolución no estaban mejor fundadas que las de sus observadores foráneos, y en Francia no hubo real comprensión de sus objetivos aún cuando ya se había llegado al punto de explotar… es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario».
Dror ofrece la tesis de que en el mundo contemporáneo la probabilidad de discontinuidades está aumentando, lo que provee «situaciones en las que es posible estimular o hacer surgir algunas discontinuidades mediante la intervención consciente». Variables exógenas de importancia (esto es, no controladas desde dentro de un sistema político en particular) así como tendencias de creciente aproximación a soluciones de crisis, son los tipos principales de factores que hacen aumentar las ocurrencias sorpresivas. A su juicio, tres situaciones principales pueden justificar o motivar los intentos conscientes de provocar mutaciones políticas: «a. Si las tendencias actuales son vistas como crecientemente negativas y cada vez más peligrosas para los valores aceptados. b. Si se ha dado un salto en los valores que lleva consigo un imperativo categórico de tratar de cambiar la realidad, aun cuando ésta sea satisfactoria para los valores previos. c. Si la realidad se percibe en cualquier caso como turbulenta y mudable, requiriendo respuestas bajo la forma de saltos en políticas como el único modo de tener, tal vez, ‘feedback’ positivo. (Bien sea para evitar cambios negativos o para aprovecharse de oportunidades positivas.)»
Es también útil tomar en cuenta los pocos comentarios tentativos que puede Dror ofrecer (él mismo reconoce que en este terreno se mueve en terra incognita ) ante el problema operativo: cómo se planifica mejor una sorpresa a la historia. Copiamos textualmente:
«a. La selección y el éxito de intentos por mutar tendencias depende del macroanálisis de situaciones socio-políticas y político-estratégicas y su evolución. Algunas veces un individuo se muestra capaz de asir tales Gestalten. Pero, para hacerlo sistemáticamente, son necesarias unidades especiales compactas, altamente calificadas e interdisciplinarias. Los equipos de análisis político y de inteligencia del tipo convencional son incapaces de hacer el trabajo.
b. Es posible definir situaciones en las que se justifiquen intentos de ir más allá del incrementalismo y de sorprender a la historia. Tendencias al deterioro que constituyan amenazas cada vez más serias; ideologías y aspiraciones que no tengan chance sin rupturas radicales de la continuidad; turbulencia histórica que o se vuelve demasiado riesgosa o provee oportunidades que no volverán; todo esto, como ya ha sido mencionado, son condiciones que pueden ser analíticamente diagnosticadas y que justifican políticas de shock.
c. Puede ser posible a veces el diseño de una política de shock como política dominante, la que en el mejor de los casos logra desplazamientos muy deseables en los eventos y que en el peor de los casos no involucra costos serios. En otras situaciones puede ser posible reducir los riesgos de fracaso o sus costos, mediante un sondeo y aprendizaje preliminares, construyendo sobre la base de la reversibilidad o por varias estrategias de ‘compensación de apuestas’. (Hedging).
En vista de la incertidumbre de la postdiscontinuidad, las políticas de cambio radical usualmente confrontan riesgos irreductibles e indefinibles. Por tanto, a pesar de las posibilidades arriba mencionadas, tales políticas son intelectual y emocionalmente ‘apuestas difusas’. Todas las metodologías de confrontación de incertidumbre son útiles, pero de utilidad limitada.
d. La prudencia (que es un juicio de valor en «loterías») requiere por tanto de un «análisis del peor caso», en el que lo pésimo de la continuación de tendencias o de la no intervención en la turbulencia ambiental se compara con lo pésimo de los intentos de causar discontinuidad. La comparación de lo pésimo de la no intervención con lo óptimo de la intervención es un enfoque muy riesgoso que no puede ser recomendado. (Aunque, inherentemente, esto es un asunto de juicios de valor sobre las actitudes ante el riesgo.) Por el otro lado, la comparación de lo óptimo de la no intervención contra lo pésimo de la no intervención tampoco puede ser recomendada, por más que esto sea una difundida postura intelectual del incrementalismo y del conservatismo».
Por último, incluiremos este párrafo de Dror sobre una de las condiciones esenciales a la mutación histórica: «Un empresariado político (policy entrepreneurship) es un requisito para darle sorpresas a la historia. Implica la existencia de políticos singulares que sean innovadores, anulen el conservatismo y quizás sean más aventureros, aceptadores de riesgo y propensos a apostar». Y advierte: «Esto hace surgir un dilema: una demasiada concentración de poder en políticos singulares, o en un grupo muy pequeño de tomadores de decisiones, aumenta los peligros de acciones precipitadas y de equivocaciones. Por otro lado, un sistema demasiado cuidadoso de frenos, contrapesos y controles mutuos puede impedir las innovaciones políticas radicales del tipo histórico-mutante. Pequeños núcleos de políticos de altura, auxiliados por pequeñas islas de excelencia bajo la forma de equipos altamente calificados, pueden que sean lo óptimo para darle sorpresas a la historia. Este tipo de estructuras gubernamentales es aceptado en países democráticos bajo condiciones de crisis aguda».
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 16, 2004 | Cartas, Política |

Los lectores asiduos de Scientific American habrán seguramente notado en sus páginas el anuncio y oferta de los juegos de la serie WFF’n Proof. Se trata de estupendas herramientas didácticas para la seria enseñanza de disciplinas del conocimiento, de modo ameno aunque no por eso poco riguroso. Todos los juegos WFF’n Proof permiten la práctica constructiva. Allá por 1975 y 1976 los manejé todos con mis amigos y compañeros Eduardo Quintana Benshimol, que en paz descanse, y Juan Forster Bonini.
Queries’n Theories, por ejemplo, uno de los juegos del conjunto, es un magnífico tutorial para la comprensión del método científico o la modelación de la lingüística generativa. Los dos mejores de la colección son, sin duda, Propaganda y el juego que, como cuento cimero de Borges, da su nombre a aquélla: WFF’n Proof. Este último sirve para aprender el más fundamental de los sistemas de la Lógica: el cálculo proposicional, que dejaré para después. Propaganda es de inmediato interés político, porque adiestra en la identificación de las falacias de empleo más común con fullera intención de ganar adeptos o desacreditar oponentes. Para propósitos de este «seminario» informal, con ejemplos que facilitarán su comprensión, seleccionaré sólo tres de las falacias más frecuentes.
La primera, la falacia de asociación. Por estos días se escucha en televisión el siguiente pretendido razonamiento (más o menos en estos términos): «¿Sabe usted que Paul Ehrlich descubrió o hizo tal o cual cosa y que en su época fue ferozmente atacado aunque tenía razón? ¿Sabe usted que la medicina sistémica, como Ehrlich, rompe paradigmas y es por eso atacada, aunque es la mejor medicina en el planeta?» (Ehrlich, nacido en Alemania en 1854, recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1908. Fue inmunólogo, uno de los fundadores de la quimioterapia, y antes bacteriólogo de la mano del mismísimo Robert Koch. En efecto, tuvo que librar encarnizadas batallas contra quienes se oponían al tratamiento de la sífilis humana con sus eficaces preparaciones arsenicales).
No tienen nada que ver, ni lógica ni causalmente, los aciertos de Ehrlich con la presunta excelencia de la medicina «sistémica». Sin entrar a la calificación de la supuesta eficacia terapéutica de esta «medicina», basta señalar que en ningún momento tal propaganda ha demostrado que cualquier pretensión que haya sido atacada es, por ese mismo hecho, plenamente verdadera. A pesar de lo cual el razonamiento suena impresionantemente, sobre todo si en el «infomercial» aparecen, para reforzar, unas cuantas batas blancas y testimoniales de señores y señoras que aseguran haberse curado del estreñimiento o los sabañones gracias a la «medicina sistémica».
Se trata de una trampa para cazar incautos, por exclusivo afán de lucro, brujería en pose abusiva de galenos. Espantarían a Hipócrates que, como Jesús, les habría fustigado como hipócritas mercaderes que son. Un verdadero médico mantendría un mínimo pudor, que le impediría asociar irreverentemente la memoria del gran científico de Silesia, cuando hace tiempo que no puede defenderse, con una estafa de ese tipo, no digamos hacerse insolente propaganda.
La segunda falacia a considerar en este seminario aniversario es bastante más común, lamentablemente. La ha empleado acá una abundancia de oradores y escritores, de Acción Democrática, el MVR, COPEI, el PPT, el difunto MAN, el zombi URD, entre muchos otros movimientos. Se la conoce en la Dieta del Japón, se la encontraba en la Duma de los zares, se la ubica en el Senado norteamericano, y fue empleada con destacado éxito en el Reino del Terror de la Revolución Francesa y los discursos de nuestro Juan Vicente González, además de ser raciocinio predilecto de Juan Barreto. Es una falacia tan vieja como la humanidad. Se trata del argumento ad hominem.
Consiste en el procedimiento, muchas veces psicológicamente eficaz y frecuentemente bajo, de refutar a alguien, no por la inconsistencia o invalidez de lo que diga, sino porque, digamos, es un destacado narcotraficante o un sádico consuetudinario.
Pero la veracidad de las aserciones de ese alguien no dependen para nada de la cantidad de veces que le haya pegado a su mujer ni de las toneladas de droga que haya podido remitir de contrabando. Su carácter es una cosa; su verdad o su falsedad una enteramente distinta. Las biografías malvadas no garantizan equivocación en el discurso.
Por ejemplo, no guarda relación ninguna con la posible validez o utilidad de las proposiciones de Alberto Franceschi, el hecho de que ahora milite en Acción Democrática, que antes perteneciera a Proyecto Venezuela, del que se separó alegando personalismos intolerables de Henrique Salas Roemer, tras lo que quiso fundar un partido con Gerardo Blyde antes de que éste recalara en Primero Justicia, que más atrás fuese, por propia admisión, trotskista, y que antaño hubiera estado, en ocasión precursora, cercano al partido blanco al que ahora adhiere. Su discurso no se hace inválido porque parezca un ejemplar genuino de esa clase de políticos iracundos, atrabiliarios (de bilis negra) que, como Jorge Olavarría, Alfredo Peña, Andrés Velásquez, José Vicente Rangel, Oswaldo Álvarez Paz, y tantos otros, creen que es preciso mostrar constantemente un rostro disgustado, al borde del enfurecimiento. (Aprovecho el ejemplo para comunicar al Sr. Wills, que inquirió por el Sr. Franceschi, que los correos que al respecto le he enviado rebotan de su dirección electrónica).
Para ponerlo de modo más brutal. El terrible carácter de Hugo Chávez no es prueba de la falsedad de ninguna de sus frecuentemente equivocadas aseveraciones como tampoco, naturalmente, de su veracidad. Ya le he dicho falaz en otros momentos, pero estrictamente en términos de lo que dice.
La tercera falacia es aun más solapada porque, aunque es exactamente la inversa de la anterior, usualmente se suministra con mayor lubricación, y en virtud de su penetración más suave es algo más difícil darnos cuenta de que estamos siendo persuadidos con engaño. Es la falacia de autoridad, por la que se atribuye veracidad a una afirmación porque sea proferida por persona especialmente competente.
Una vez más, no tiene nada que ver la autoridad de una persona, su prestigio, su trayectoria más o menos meritoria, con la veracidad o falsedad de lo que afirme en ocasión específica. Bolívar, por mencionar un caso de panteón, ya dijo en su época muchas pistoladas.
Pero tomemos un caso más próximo y vigente. Se me ha dicho que al Dr. Nelson Socorro le dijo el Sr. Gustavo Cisneros que Hugo Chávez le había dicho, en conversación telefónica a las 8 de la noche—antes se me aseguró que había sido a las 7 y media—del 15 de agosto de 2004, que no reconocería «estos resultados» del referendo revocatorio.
El Sr. Cisneros no necesita presentación en Venezuela, pero quizás algunos lectores no recuerden que el punto alto de la parábola pública del Dr. Socorro coincidió con su titularidad de la Procuraduría General de la República en el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, al que abandonó justo a tiempo, poco antes de su débâcle final, luego de que por bastante duración pareciera no haberse dado cuenta de nada indigno en esa presidencia. Esto es, el Dr. Socorro desempeñó altísimo cargo y es tenido por preclaro jurista en algunos círculos. Sin lugar a dudas es una autoridad.
Claro, he dicho a quien me transmitió la conseja que a las 8 de la noche no había todavía ni resultados ni totalizaciones, por lo que difícilmente el Sr. Chávez hubiera podido estar refiriéndose a eso, tal vez a algunas entre las famosas exit polls de las que ahora parece haber como arroz. Lo que no le he preguntado es cómo, si el Sr. Cisneros, o un avisado abogado como el Dr. Socorro, están persuadidos de que el Sr. Chávez hablaba de cifras recibidas en el CNE, no se percataron de que tal cosa sería clarísima evidencia de que ese presidente tenía acceso a esa hora a algo que debía desconocer, lo que ciertamente es hecho más grave que su alegada e innecesaria renuencia a reconocer una realidad política, y por qué entonces no lo han denunciado, con patriótica valentía, por tan obvio abuso premonitor de trampa. Por supuesto, descarto que el Sr. Cisneros o el Dr. Socorro hubieran, independientemente del Sr. Chávez, tenido directo acceso, quizás por celulares, a la misma data prohibida de las máquinas de Smartmatic y hubieran sido ellos quienes le confrontaran con tal información. (Se me asegura, también, que esas vapuleadas máquinas eran vulnerables a la clase de teléfonos que he mencionado).
Pero el punto de lógica no es ése. Evadiendo yo mismo la argumentación ad hominem—que pudiera llevarme a sugerir imprudente e irrelevantemente que el Sr. Cisneros no es un arcángel ni el Dr. Socorro un querubín—y aceptando que lo que me contaron pudiera ser cierto, la cuestión es que los destacados méritos de ambos ciudadanos no aportan ni un ápice a la veracidad del chisme, más tomando en cuenta que, como en el juego del teléfono, es muy probable que la traducción de lo que verdaderamente haya dicho el Sr. Chávez haya podido transformarse a lo largo de una cadena de transmisión de tres eslabones y lo que haya llegado a mi oído—el cuarto—esté distorsionado.
Las falacias son argumentos inválidos, aunque se disfracen con apariencia de validez, y es importante políticamente que los ciudadanos podamos detectarlas al rompe y defendernos de ellas. En interesantísimo libro de Postman & Weingartner—Teaching as a subversive activity—se aducía que una de las funciones cruciales de la educación consiste en proveer a los educandos de un «detector de porquería».
……..
Pido ahora la paciente lealtad del lector cuando me desplazo del campo del juego Propaganda, al de WFF’n Proof, el terreno del cálculo proposicional. Prometo hacerme entender.
Dicho cálculo trata, como su nombre lo indica, de la lógica de las proposiciones que los humanos hacemos. A este fin las trata como entidades compuestas por afirmaciones, capaces de entrelazarse entre sí mediante lo que en gramática llamamos conjunciones o, en lenguaje técnico de la lógica, lo que conocemos por «conectivos». Son cuatro los conectivos que la lógica elemental considera (apartando el «conectivo» de la negación, que se aplica a un solo término y por ende no conecta dos proposiciones, como en «esta casa no es blanca»): 1. el presente en la fórmula «esta casa es blanca y el perro es bravo»; 2. el de «esta casa es blanca o el perro es bravo»; 3. el envuelto en «si esta casa es blanca entonces el perro es bravo» y, finalmente, 4. la fuerte implicación en «esta casa es blanca si y solo si el perro es bravo».
Pues bien, la lógica proposicional evalúa la capacidad significativa de los conectivos, independientemente del contenido específico de las proposiciones conectadas. Esto es, las evalúa así: «a y b»; «a o b»; «si a entonces b»; «a si y solo si b».
¿Cómo lo hace? Examinando las consecuencias, para la proposición general conectada, de considerar verdadera o falsa cada proposición «atómica» por separado. Por ejemplo, la proposición compleja «a y b» es evaluada así: sólo es verdadera cuando simultáneamente «a» y «b» son verdaderas. Para poder afirmar que «esta casa es blanca y el perro es bravo» requiero que sean verdaderas por separado las aseveraciones «esta casa es blanca» y «el perro es bravo». En los restantes tres casos la afirmación combinada es falsa. Al método práctico de tabular las distintas posibilidades se le llama una «tabla de verdad».
Ahora, créanme cuando les digo que la tabla de verdad de la implicación simple («si esta casa es blanca entonces el perro es bravo») indica que tal proposición molecular es verdadera en tres de cuatro casos y falsa sólo en uno de ellos. (Solamente cuando sea verdad que esta casa es blanca pero falso que el perro sea bravo. Quien no me crea puede divertirse jugando con tablas de verdad en sitios de Internet como http://sciris.shu.edu/~borowski/Truth/).
Falta poco. Estamos llegando al llegadero. Pues resulta que al menos desde el 10 de mayo de 1976 se conoce un teorema del cálculo proposicional que observa lo siguiente: que la afirmación («si esta casa es blanca entonces el perro es bravo») es falsa en uno de cuatro casos, como está dicho; pero si añadimos otra implicación y decimos «si Chávez es furibundo entonces si esta casa es blanca entonces el perro es bravo», tan enrevesada construcción será ahora falsa solamente en uno de ocho casos. Y si agregamos todavía una implicación más, como por ejemplo en «si Socorro cuenta cuentos entonces si Chávez es furibundo entonces si esta casa es blanca entonces el perro es bravo», tan inútil y complicado razonamiento será falso ¡solamente en uno de dieciséis casos posibles! Etcétera. Una implicación más nos llevaría a una falsedad contra 31 verdades y otra más a 63 resultados veraces contra uno solo falso. Und so weiter. Es decir, que nos podemos aproximar a la veracidad total, a una tautología, tanto como queramos mediante el sencillo expediente de ir poniendo implicaciones como pegostes adicionales.
Bueno, este hallazgo de la Lógica tiene uno análogo psicológico y político. Porque cuando decimos que Rendón determinó que hubo topes al «Sí», y añadimos que fotografiaron a soldados vaciando cajas contentivas de vouchers electorales, y que Hausmann encontró un cisne negro, y que Gaviria se vendió a Haliburton, y que mi mamá salió premiada con una papeleta «1. Sí», y que Cisneros arrancó del presidente Chávez la admisión de su culpa, y que Rodríguez no quiere mostrar las cajas, y que hubo transmisiones de Smartmatic en horario proscrito, y que un observador alemán aduce conocer encuestas a boca de urna de los militares que daban perdedor al «No», y que un periódico vasco tuvo las cifras que luego anunciaría el CNE a las 5 de la tarde del 15 de agosto, y que los carapaicas no celebraron, y que era imposible que el «No» ganara en territorio de Rosales, y que hubo el voto especular que Zamora prematuramente denunciara y ya ha olvidado, y que diez mil implicaciones más hasta la náusea están presentes, la impresión que se causa es abrumadora, y un espíritu inocente se convence irremisiblemente de que hubo fraude, cuando se sustituye la presencia de aunque sólo fuera una prueba efectiva e irrefutable, por una numerosa piraña de indicios de dudosa factura y procedencia.
Lo que llevaría a un buen detective a recelar la incongruencia de tan nutrida colección de indicios con el modus operandi conocido y el famoso carácter y antecedentes del principal sospechoso. Esto es, que la probabilidad de que tantas cosas se hayan dado juntas sólo es compatible con la siguiente hipótesis: los del «No» hicieron fraude, pero se habrían dedicado a la juerga y al descuido—por lo que dejaron tal cantidad de huellas que todavía le tomará un mes al enjundioso Tulio para documentarlas todas—durante toda la campaña, iniciada no cuando Jorge Rodríguez anunciara que el referendo había sido convocado, sino en 2002, durante las discusiones de la nunca bien ponderada Mesa de Negociación y Acuerdos, a la que justamente el gobierno llevó el desafío del referendo revocatorio.
Chávez, amigos, está loco, pero no come de aquello. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 14, 2004 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Así como con los «Sabios de Grecia», lista que ya en la antigüedad buscaba reconocer a sus más grandes hombres, una lista cualquiera de los más grandes genios de toda la historia no podría estar completa sin el nombre de Alberto Einstein.
No es, por supuesto, mi intención trazar acá la biografía del excelso físico del siglo XX, quien no sólo revolucionó para siempre el modo de pensar al universo. Aparte de esto su personalidad, con más de un defecto, era sin embargo característica de las personas de inteligencia excepcional: era modesta. Así dice de él Otto Frisch (en G. J. Whitrow: «Einstein: el hombre y su logro»): «La cualidad que dominaba su personalidad era una grande y genuina modestia. Cuando alguien le contradecía lo pensaba varias veces, y si encontraba que se había equivocado se deleitaba con eso, pues sentía que había escapado de un error y que ahora sabía más que antes».
Su colosal figura intelectual no pudo escapar a los procesos políticos de su tiempo. Primero, porque era alemán y judío, en época cuando el hitleroma hacía su aparición en Europa. Luego, porque su prestigiosa figura fue solicitada para que auxiliara el nacimiento—en 1948—del Estado de Israel. De hecho, le fue ofrecida la presidencia de ese Estado, la que declinó con la misma modestia que ya comentara Frisch. También, finalmente, porque su nombre estuvo ligado inevitablemente al uso militar de la energía atómica, cuya magnitud entrevió con precisión matemática en 1905 y de la que advirtiera más tarde a Franklin Delano Roosevelt en famosísima carta personal.
Así, es frecuente conseguirle opinando en materia política, terreno que él mismo consideraba inconmensurablemente más difícil que la física más abstrusa. En esta Ficha Semanal #12 de doctorpolítico dos fragmentos son recogidos. El primero es de discurso suyo en el Reichstag—que más tarde Hitler mandaría incendia—en ocasión de saludar, en 1922, a una delegación francesa que buscaba mejores relaciones con Alemania. (Luego de que Einstein hubiera visitado poco antes París con el mismo propósito). Einstein hablaba de las implicaciones de la globalización ¡hace 82 años! Dicho sea de paso, el trozo contiene una pregunta que sería la más famosa de las que formulara, treinta y ocho años más tarde, John Fitzgerald Kennedy en su discurso de toma de posesión de la Presidencia de los Estados Unidos. Pero no acusemos de plagiario al difunto presidente que, en todo caso, era orador mucho más eficaz que el genio de Ulm.
El segundo es un trozo de artículo escrito por Einstein y que publicara en 1930 el New York Times. Ambos fragmentos representan pensamientos, a mi modo de ver, mutuamente complementarios.
LEA
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Un político llamado Einstein
I.
Quisiera describir nuestra presente situación… como si tuviera la fortuna de ser testigo de los acontecimientos de este miserable planeta desde el ventajoso punto de la luna.
Primero, pudiéramos preguntarnos en qué sentido los problemas de los asuntos internacionales requieren hoy una aproximación bastante diferente de la del pasado—no sólo el pasado reciente, sino el del último medio siglo. Para mí la respuesta es bastante simple: debido a los desarrollos tecnológicos, las distancias a través del mundo se han encogido a la décima parte de su previo tamaño. La fabricación de productos en el mundo se ha convertido en un mosaico compuesto por piezas de todas partes del globo. Es esencial, y asimismo natural, que la recrecida interdependencia económica de los territorios del mundo, que participan en la producción de la humanidad, sea complementada con una organización política apropiada.
El famoso hombre en la luna no podría comprender por qué la humanidad, aun después de la espantosa experiencia de la guerra, fue todavía tan remisa a la creación de esa nueva organización política. ¿Por qué está el hombre tan poco dispuesto? Creo que la razón es que, por lo que concierne a la historia, la gente está afligida por una memoria muy pobre.
Es una situación extraña. El hombre común, expuesto a los eventos a medida que ocurren, pasa relativamente poco trabajo ajustándose a los grandes cambios, mientras el hombre culto que se ha empapado con mucho conocimiento y lo sirve a otros confronta un problema más difícil. A este respecto el lenguaje juega un papel particularmente desafortunado. Porque ¿qué es una nación sino un grupo de individuos que se influyen incesantemente los unos a los otros por medio de la palabra escrita y hablada? Puede que los miembros de una comunidad lingüística dada escasamente noten cuando su propio punto de vista peculiar se haga sesgado e inflexible.
Creo que la condición en la que hoy se encuentra el mundo hace que no sólo sea un asunto de idealismo sino de grave necesidad la creación de unidad y cooperación intelectual entre las naciones. Aquellos de nosotros que estamos conscientes de estas necesidades debemos dejar de pensar en términos de ‘lo que debiera hacerse por nuestro país’. Más bien debiéramos preguntar: ‘¿Qué debe hacer nuestra comunidad para establecer las bases de un mayor comunidad mundial?’ Porque sin esa comunidad más grande ningún país puede durar mucho.
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II.
Permítanme comenzar por una confesión de fe política: que el Estado está hecho para el hombre, no el hombre para el Estado. Esto es asimismo verdad de la ciencia. Éstas son formulaciones de vieja data, pronunciadas por aquellos para quienes el hombre mismo es el más alto de los valores humanos. Dudaría en repetirlas si no estuvieran siempre en peligro de ser olvidadas, particularmente en estos días de estandarización y estereotipo. Creo que la misión más importante del Estado es la de proteger al individuo y hacerle posible desarrollarse como personalidad creativa.
El Estado debiera ser nuestro siervo; no debiéramos ser esclavos del Estado. El Estado viola este principio cuando nos obliga a prestar servicio militar, particularmente ya que el objeto y el efecto de esa servidumbre es matar gente de otras tierras o infringir su libertad. Debiéramos, en verdad, sólo hacer los sacrificios por el Estado que sirvan para el libre desarrollo de los hombres.
Albert Einstein
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