por Luis Enrique Alcalá | Feb 12, 2004 | LEA, Política |
La palabra escenario se ha generalizado, sobre todo, en el lenguaje político. En el sentido usual se entiende por escenario alguna situación futura; en el sentido técnico un escenario se considera incompleto si no existe especificación de la secuencia de pasos que llevan de la situación actual hasta la futura. Es en este sentido que describimos aquí un escenario, que por supuesto no ignora la existencia de una multiplicidad de otros escenarios factibles.
Tiene que ver con iniciativa de esta publicación en su anterior entrega, cuando decíamos: «Desde que comenzó el actual período constitucional el aparato público venezolano cuenta con la innovación de la figura del Vicepresidente Ejecutivo de la República. Comoquiera que pudiéramos estar ante una inminente elección presidencial, y ésta involucrará con toda seguridad un cambio de Vicepresidente, conviene refrescar cuáles son las atribuciones de este peculiar funcionario
tal vez un desplazamiento de la atención hacia la figura del Vicepresidente contribuya a destrancar el juego por los predios de la oposición institucionalizada en la Coordinadora Democrática. Tanto porque pudiera generarse más consenso sobre el Vicepresidente que sobre el Presidente, como porque, en efecto, las capacidades de un Vicepresidente moderno pudieran compensar un perfil más convencional en el Presidente
El número uno es importante, ciertamente, pero pudiera ser que la clave del momento estuviese en encontrar un acertado número dos».
El escenario parte de lo siguiente: en pocos días más, aun con un retraso que exceda el Día de los Enamorados, el Consejo Nacional Electoral procederá a convocar, con tiempo suficiente para que se escenifique antes del 19 de agosto, un referendo revocatorio del mandato del Presidente de la República.
Por estas fechas habrá culminado para Súmate el compromiso más importante de su exitosa trayectoria cívica, bajando así la presión sobre María Corina Machado y Parisca. Su nombre pudiera entonces asomarse como magnífica opción para la Vicepresidencia Ejecutiva de la República. Vistas las atribuciones constitucionales de este cargo, podríamos estar muy tranquilos si en un futuro próximo la Vicepresidencia pasara a manos de la ingeniera Machado, joven, moderna, independiente, seria, eficiente, responsable, tenaz y serena. Cualquier Presidente de la República contaría en ella con una Vicepresidenta de lujo. Tanto es así que su designación en el puesto pudiera ser objeto de acuerdo preelectoral de los que pretendan la Presidencia de la República. He allí un pacto sencillo.
La figura de María Corina Machado refrescaría de inmediato el tráfico político nacional. Una mujer joven, carismática, profesional, que ha dirigido la organización ancla de la sociedad civil con gran tino, eficacia y equilibrio, con imparcialidad que quisiera para sí el CNE, sería una contrafigura ideal a la perniciosa gestión de José Vicente Rangel, y probablemente crearía entusiasmo y un foco positivo hacia el futuro, cosa que nuestros nobles «Ni-ni» esperan con angustia.
Si llegare a ser ineludible que unas elecciones primarias fuesen la instancia que determinaría un candidato unitario a la Presidencia, todavía Súmate podría ser el organizador indicado del evento (preferible a la Coordinadora Democrática) aun cuando la ingeniera Machado ya estuviese en lides vicepresidenciales, pues Súmate ha sido por su buen criterio una organización que no depende para subsistir de su excelente gerencia. Veinte ediciones atrás (Nº 53, 11 de septiembre de 2003) esta carta adelantaba: «
allí está Súmate, lista, técnicamente suficiente, claramente imparcial, para organizar esas primarias. Después del segundo y último firmazo, ésa será la tarea que le tocará realizar. A Súmate, todo nuestro apoyo».
En todo caso, María Corina Machado puede ser un brillante número dos, que daría un benéfico impulso y una oxigenación inestimable a un proyecto político de transición con alto grado de consenso.
La Presidencia es otra cosa. En nuestro criterio, dentro de la lista informal de candidatos que se manejan para la presidencia de transición, Teodoro Petkoff sería probablemente la opción preferible. Con suficiente experiencia política, hoy independiente, con carácter y energía suficientes, Petkoff es un presidente con quien todos podríamos vivir, incluso los chavistas.
Estatura de estadista tiene, ciertamente, y experiencia concreta de gobierno, a la que aportó además de su trayectoria política su formación de economista. No es esta condición algo que pueden exhibir, por mencionar algunos casos, Américo Martín, Alejandro Armas, Cecilia Sosa, Manuel Cova o Alberto Quirós Corradi, aunque este último puede mostrar indudable capacidad ejecutiva.
Pero aquí se trata no sólo de gerenciar, sino de proveer una visión de Estado. Acoplado este capital a los evidentes talentos de la directora de Súmate, Petkoff y Machado pueden convertirse en dupla invencible. Anunciada con anterioridad al revocatorio mismo puede generar entusiasmo suficiente como para compensar la tendencia a la abstención en un importante segmento de Electores.
El CNE pudiera objetar que se hiciese campaña para la Presidencia, pues no hay aún resultado revocatorio y por ende no hay seguridad de elecciones presidenciales posteriores. Pero ¿cómo podría objetar una campaña centrada en la Vicepresidencia Ejecutiva de la República cuando este cargo no está sujeto a elección y por tanto sale de su ámbito?
La secuencia completa del escenario: convocatoria a referendo revocatorio, emergencia de María Corina Machado como candidata de consenso a la Vicepresidencia, campaña de futuro centrada en ella, obtención de un candidato unitario idóneo para la Presidencia (ojalá por primarias, ojalá Petkoff), revocación del mandato presidencial, cierre del período constitucional en magníficas manos. Inshallah. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 5, 2004 | Cartas, Política |

Las últimas décadas del siglo XX, en gran medida por usanza norteamericana, dieron en llamarse post modernismo. No teniendo conciencia clara de lo que eran, tampoco encontraron un nombre propio, un sustantivo que les describiera con propiedad. Por esto lo adjetivo, por esto lo adverbial. Nosotros somos lo que viene después del modernismo, y no tenemos nombre todavía.
Así hubo en Venezuela un lema de campaña que proponía una «democracia nueva», o un «paquete alternativo» que se llamó «una economía con rostro humano». Pretendían llegar a la sustantividad con la adición de adjetivos. Casi pudieran haber dicho, en vez de una nueva democracia, una post democracia, para seguir la antedicha moda intelectual norteamericana.
Así hubo una estrategia de un partido en Venezuela expresada en estos términos: oposición al gobierno de Caldera, deslinde de Acción Democrática, continuar la exploración de alianzas con el MAS, la Causa R y otros partidos. Textual. No hay, en esta estrategia alienada, fuera de sí, una sola referencia a la esencia propia. Todo se entiende en oposiciones o alianzas respecto de terceros.
O no hay ya esencia, entonces, o se carece del modo de nombrarla. Tal vez esto sea síntoma de tiempos nuevos, de cosas demasiado incipientes, de cosas que comenzamos a hacer sin saber cómo se llaman. García Márquez habló de mundos que eran tan recientes que las cosas aún no tenían nombre, y para referirse a ellas había que señalarlas con el dedo.
………
Laureano Márquez y Elías Santana, por nombrar sólo dos recientes casos, emiten vistosas pero superficiales y fáciles invectivas contra una buena cantidad de ciudadanos, a quienes una igualmente superficial nomenclatura intenta designar con el negativo apelativo de «ni-ni». Lo hacen, además, con autosuficiencia moral. Regañan.
José Antonio Gil, en cambio, anticipa o echa en falta un promedio entre extremos. William Ury viene a hablarnos de un «tercer lado». ¿De quién hablamos? ¿Es que no hay modo de hablar de esa gente de modo sustantivo?
No se trata de un tercer lado. No se trata de definirse diciendo: yo no soy tú pero tampoco tú. No se trata de insinuarse como una cuña entre dos polos para separarlos. Se trata de elevarse a un plano superior en el que sobrevivirán elementos de ambos polos. Pero no es un promedio porque la visión que necesitamos trae nuevos elementos. No es una suma algebraica. No es oposición sino superposición.
Por ejemplo, sí se trata de decir que somos enjambre humano. Que un enjambre humano es un sistema complejo, y que los sistemas complejos, nos enseña la ciencia más revolucionaria y novedosa, presentan tendencia a la autorganización y «propiedades emergentes». Que aunque los componentes de un sistema complejo como el clima o la ecología, como la sociedad o la economía, puedan ser erráticos y hasta irracionales, del conjunto emerge una racionalidad superior. Es esto lo que da la ventaja al mercado, no una supuesta competencia perfecta que nunca ocurre. Es esto lo que da ventaja a la democracia.
O decir, por ejemplo, que esa mismísima ciencia advierte que los sistemas complejos son muy sensitivos a las condiciones iniciales, y que por tal cosa el aleteo de una mariposa en China puede desatar un temporal en California. Por tal cosa la más pequeña acción de cada uno de nosotros determina la forma del futuro, y por esto no puede aceptarse la irresponsabilidad, aun ante la enorme y compleja sociedad en cuya inmensidad pudiéramos desentendernos de todo. Y por esto no puede aceptarse el sacrificio de lo individual. La responsabilidad del más pequeño por el conjunto necesita la libertad para ser ejercida.
O decir también que las sociedades normales, que las sociedades más sanas siempre tendrán una distribución normal de la riqueza, y que siempre tendrán unos pocos muy ricos y unos pocos más pobres, mientras una gran mayoría deberá tener un nivel de vida adecuado, envidiable por la actual mayoría del país y del mundo.
O que sí es posible una Política para la que lo primordial sea la solución de los problemas públicos, y no la mera búsqueda del poder. Que sí es posible una organización política en la que se privilegie la creatividad y la legitimación programática, en lugar del acatamiento a líneas partidistas.
Porque acá nuestros partidos no encuentran cómo responder a lo que el pueblo pide y porque ya éste se da cuenta, como lo certifican las encuestas.
Porque esos partidos insisten en las dicotomías y en una economía romántica.
Porque seguirán impidiendo que el pueblo designe a sus representantes y los impondrán desde un consejo feudal, un directorio, un cogollito.
Porque todavía entienden «la cuestión social» como el regateo del patrono y del obrero cuando nuestro cuerpo social ya ha rebasado esa antigua disposición clasista, como un día la revolución industrial sustrajo el sentido a los viejos estamentos medievales.
Porque todavía quieren pautarle a lo económico algo más que un perímetro y unas direcciones, llegando a prescribirle la estructura, cuando es así que el tejido económico se fabrica bien si se fabrica a sí mismo.
Porque todavía no entienden que el acto político no es una decisión penal de inquisición y no se agota en una lucha contra una «corrupción» que no es otra cosa que expresión de una curva normal y de una indigestión por comilonas sucesivas de moneda extraña.
Porque no se dan cuenta de que el «bien común» o la «justicia social» no pueden ser objetivos, sino criterios para seleccionar de la gama de opciones factibles, de los proyectos con base, aquel proyecto y aquella opción que más justicia realice y mayor bien alcance.
Por todas estas cosas y otras similares, es por lo que es preciso crear una nueva sociedad política en y desde Venezuela.
Una nueva sociedad política, no un partido. No una organización que sólo acierta a definirse si postula, casi en el mismo instante de su nacimiento, un candidato a la Presidencia de la República. Una nueva sociedad, un pacto social. Que sea ella misma el paradigma para la sociedad venezolana. Que para ella sea inconsecuente que alguno de sus miembros sea, por supuesto, mujer o negro o empresario o musulmán o militar, como que tampoco tenga necesidad ninguna de impedir la entrada de los que sean copeyanos, adecos, masistas, emeverristas , primerojusticieros, alianzabravopueblistas o fieles a cualquiera otra de estas subrreligiones, con tal de que entiendan que ninguno de esos puntos de vista fragmentarios tiene la respuesta a los verdaderos problemas de hoy día. Y que por ende les dote de un lenguaje común en el que puedan formular proposiciones que les hagan acordarse, si es que aún no se han percatado de que son sus puntos de partida los que les mantienen enconados.
Una idea, que genere un movimiento que funde una organización que preste un servicio. Una organización que emplee recursos de su presupuesto central para alimentar operaciones políticas. Como campañas pro leyes que se introduzcan por iniciativa popular. O como la elección de miembros a cargos representativos, siempre y cuando cada uno de éstos haya sido capaz de juntar un grupo de electores que lo apoye. Una sociedad que propugne un pacto social cuya encarnación no se limite a ser una comisión tripartita, pues la anatomía de la sociedad es bastante más compleja que cabeza, tronco y extremidades. Que lo extienda más allá de una transferencia de la economía pública a la economía privada, y que lo lleve a la transferencia de lo hipertrofiado del gobierno central al estrato del interés y la gerencia provincial y municipal. Que no restrinja la formulación de un «plan de la Nación» a la recomendación terapéutica y tenga la audacia de emplear concentrada y concienzudamente una fracción de sus recursos en conquistas más audaces. Una sociedad que lleve a todas las aulas la revolución de la informática y que al mismo tiempo establezca una comunicación regular con sus miembros que trascienda la esporádica convocatoria a un «acto de masas». Una sociedad que nunca más se refiera a sus miembros como «masa» Una sociedad que haga uso de la inmediata posibilidad tecnológica para dar paso a la participación de la voz del pueblo, que promueva la encuesta, la consulta, el referéndum.
Una organización que ya no pretenda generar la política pública sin recurrir al análisis científico de las políticas. Que pueda ser selectivamente radical para no matar al paciente de choque cuando intente reformas universales para las que no hay capacidad de gerenciar y también para que no se conforme con una estrategia de paños calientes. Que sea humilde como para entender que es necesaria la experimentación social porque de lo social se sabe menos de lo necesario para estar totalmente seguro de todo. Que no entienda la ocasional incertidumbre política como debilidad y que no crea que la equivocación debe ser ocultada a toda costa. Que piense que si ha podido ver más es porque no tuvo que inventar la rueda de 1958 y que si los líderes de hoy no han podido ofrecer el nuevo modelo, el nuevo paradigma, es porque se encontraron atareados construyendo las posibilidades que tenemos ahora y que hoy son héroes de una profecía ya cumplida.
Estas cosas no pueblan los discursos políticos convencionales, pero forman parte de un enfoque alterno del que se desprenden conclusiones y métodos que eluden el pantano de la política tradicional, que no es otro que el de la crisis general de la política, hasta ahora dominada por el paradigma de la política de poder o Realpolitik, y del que Chávez no es otra cosa que exacerbación, que proceso neoplásico desbocado.
Quienes sientan estas cosas que anteceden como veraces o deseables serían regañados, por humoristas con arrestos de políticos bíblicos, porque las encuestas no serían capaces de entenderlos y los llamarían «ni-ni». Pero los verdaderos «ni-ni» son Chávez y la oposición conspicua, puesto que ni lavan ni prestan la batea. Ni resuelven los problemas ni permiten que otros lo hagan. El gran «ni-ni» de Venezuela se llama Hugo Rafael Chávez Frías.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ene 29, 2004 | LEA, Política |

La angustia se elevó por los cielos en los últimos días en Venezuela. Los acontecimientos del CNE dominaron los corazones y espíritus sensitivos olfatearon la posibilidad de una guerra civil a la vuelta de la esquina, tal era el desasosiego y la claustrofobia social. (Y la prédica de algunos actores que volvieron por sus fueros, exponiendo que sólo quedarían salidas de fuerza).
La sensación, en algunos, fue la que experimentaría un viajero en el interior de una larga caverna, y que mientras transita a gatas por un pasaje particularmente estrecho, tropieza todavía con una piedra que le corta en la pierna. El descontrol se apodera de él y se desespera y entra en una espiral viciosa que le oprime todavía más. La OEA había venido a decir que necesitaba acceso a dos áreas, control de calidad y comité técnico superior, y la decisión sobre su petición estaba aún en suspenso cuando Ezequiel Zamora declaró la emergencia. Había descubierto una mina enterrada en el piso y alertó públicamente del hecho. Esta fue la piedra que produjo la sangre.
Pero la verdad es que la diligente vigilancia y oportuna denuncia de Zamora logró restañar la herida a tiempo, y Francisco Carrasquero debió dar las instrucciones que corrigieran el abuso de un funcionario chavista en el CNE. Se perdió algo de sangre, posiblemente. Unas pocas firmas, tal vez, habrán sido invalidadas, al menos temporalmente, pero esa hemorragia pudo ser controlada. En esta trampa los cazamos.
Claro que en medicina se conoce la condición de «hemorragia por capas», lo que quiere decir que los médicos pueden afirmar que habrá nuevas hemorragias, pero no predecir cuándo y dónde. La vigilancia no puede cesar; menos después de la demostración de puertas cerradas del viernes. El sendero del revocatorio transita sobre terreno minado.
Entretanto, continúa operando el Estado subtotalitario, el que puede decir que no ha cerrado ningún canal de televisión—mientras el 23 de enero el Ministro de Infraestructura encabeza, con pañuelo de «tupamaro» al cuello, sobre poderosa motocicleta, una caravana frente a Globovisión. O continúa la presión de «pitbulls» que no cejan sobre Alfonso Martínez o se autoriza a la Asamblea a aprobar la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia por mayoría simple. Etcétera.
También trajo sosiego la providencial presencia de Carter, sin la menor duda. Chávez tuvo que admitir, en público, la petición de Jaramillo y el ex presidente norteamericano pudo declarar que no veía asomo de fraude por ninguna parte.
Alguien, entonces, está en campaña. (La «Misión Cristo»—pobreza cero en 2021—no es un anuncio de campaña por la alcaldía de Puerto Cumarebo, sino por la jefatura del Estado). La campaña del revocatorio es, en el fondo, una campaña presidencial con un solo candidato, y por esto es preciso encontrar «una contrafigura de Chávez, aunque esa figura no vaya a ser candidato». (Fórmula de Alfredo Keller, junio de 1998).
Demasiada gente determinará su participación en el revocatorio según pueda ser convencida por la hipotética contrafigura. Es la hora de la «Operación Diógenes»: Hay que encontrar, pronto, a esa persona.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ene 29, 2004 | Cartas, Política |

El Tribunal Supremo de Justicia acaba de decidir que la Asamblea Nacional puede, por mayoría simple, no calificada, aprobar una ley orgánica que regirá la actuación de sí mismo. La decisión de su Sala Constitucional, en distribución de votos que tal vez sea premonitoria de divisiones en otros organismos (Consejo Nacional Electoral, por ejemplo, donde también son cinco los votos) fue soportada por tres magistrados y rechazada por otros dos.
La Constitución, curiosamente, estipula una condición para iniciar la discusión de leyes orgánicas que depende de si han sido anticipadas en el texto constitucional. Si se trata de una ley que no ha sido contemplada por la Constitución, entonces se exigirá la votación calificada de dos terceras partes a favor de la Asamblea Nacional. Pero si apareciera en algún artículo de la Constitución una alusión siquiera a una ley orgánica de los gallineros verticales, entonces no se necesitaría sino mayoría simple para admitirla. (Artículo 203: «Todo proyecto de ley orgánica, salvo aquel que la propia Constitución así califica, será previamente admitido por la Asamblea Nacional, por el voto de las dos terceras partes de los y las integrantes presentes antes de iniciarse la discusión del respectivo proyecto de ley»).
¿Cuál de estos dos casos tipifica a la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia? Pues el segundo, lamentablemente. La Constitución hace mención específica de esa ley y por tanto no se requiere de las dos terceras partes de los votos de la Asamblea Nacional para aprobarla. La Constitución hace, por cierto, una única mención de esa ley en el Artículo 262: «El Tribunal Supremo de Justicia funcionará en Sala Plena y en Sala Constitucional, Político Administrativa, Electoral, de Casación Civil, de Casación Penal y de Casación Social, cuyas integraciones y competencias serán determinadas por su ley orgánica».
En este punto, no obstante, parece atisbarse en el lejano horizonte una vía de escape, pues resulta que la condición astringente—la mayoría calificada—también se requerirá de las modificaciones a las leyes orgánicas. Así, el primer aparte in fine del mismo Artículo 203 establece: «Esta votación calificada se aplicará también para la modificación de las leyes orgánicas».
Así opinó, por ejemplo, el Dr. Hermann Petzold-Pernía: «Es decir, que como no se hace distinción entre las leyes orgánicas previstas en la Constitución y aquéllas leyes así denominadas por mandato parlamentario, la admisión y discusión del proyecto de Ley Orgánica del TSJ, que busca precisamente modificar la vigente Ley Orgánica de la Corte Suprema de Justicia, exigiría el voto favorable en la AN «de las dos terceras partes de los y las integrantes presentes». (En el artículo de prensa LAS LEYES ORGÁNICAS SEGÚN LA CONSTITUCIÓN VIGENTE (Y II), en su columna Nº 151 «Desde la Academia», diario La Verdad, Maracaibo).
El quid pareciera estar, entonces, en considerar o no el proyecto de Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia como modificación de la Ley Orgánica de la Corte Suprema de Justicia de 1976. Pero puede sostenerse que éste no es el caso: el nuevo proyecto no está concebido como reforma de la ley vigente. Tanto es así que el proyecto dispone (salvo una excepción en la Disposición Transitoria Tercera) la completa derogación de la LOCSJ.
Esto es, el nuevo proyecto no se concibe como adición, enmienda o mera modificación, sino como una ley enteramente nueva que desplazará, suplantará y abolirá la anterior. Si no fuera así se llamaría Proyecto de Reforma a la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia.
Independientemente de que el proyecto de LOTSJ asuma mucha de la materia y disposiciones de la LOCSJ, guarda con esta última la relación que la Constitución vigente tenía con la de 1961. No se trató en ese caso de una mera reforma, sino de la superposición de un concepto constitucional cualitativamente diferente, razón por la cual requirió el procedimiento constituyente extraordinario, pues el procedimiento ordinario de reforma o enmienda quedaba excedido. En suma, no podría considerarse al proyecto de LOCSJ como modificación, y por tal razón no puede aplicársele la previsión: «Esta votación calificada se aplicará también para la modificación de las leyes orgánicas».
El propio Artículo 262 es la clave para entender esto. Su redacción es en tiempo futuro: «
serán determinadas por su ley orgánica». Por otra parte, estipula una arquitectura de salas que no existen siquiera en la ley de 1976. (Constitucional, Electoral, Casación Social, que son creaciones de la Constitución de 1999).
¿Puede todavía patalearse? Seguramente, pero el pataleo será inútil. Se trata de una falla de origen, ocurrida el 15 de diciembre de 1999. Estábamos entrampados desde esa fecha, no tan cercana. El Tribunal Supremo de Justicia «no tenía más remedio» que interpretar como lo hizo el recurso que le fue interpuesto.
Lo que lleva a formular la siguiente incómoda pregunta: ¿por qué quienes se exhiben como pretendidos líderes de la sociedad civil no anticiparon esta situación que, se sabía desde hace cuatro años y un mes, inexorablemente se presentaría? ¿No leyeron la Constitución o simplemente se habituaron a la política intencionalmente morosa del régimen y dejaron correr el tiempo para que «como viniera viniendo fuéramos viendo»?
El manejo chavista de estas cosas ha sido característicamente moroso. ¿No estuvo en mora la Asamblea Nacional desde enero de 2000 hasta septiembre de 2003 en lo de nombrar un CNE que sustituyera al provisorio de Avella, dejando a éste cocerse en su propia salsa e impidiendo que se diese el referendo consultivo que fue la segunda proposición de Primero Justicia? ¿No está en mora con, precisamente, la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia? ¿No está este mismo tribunal en mora con la renovación de sus autoridades desde diciembre de 2002? ¿No está en mora el gobierno con la creación de una superintendencia de servicios de certificación de firmas electrónicas, que por ley habilitada de febrero de 2001 las reconoce como de plena eficacia probatoria y con las que pudiéramos, en principio, revocar el mandato de Chávez por Internet?
¿Está la única dirigencia formalmente reconocida por la OEA, la Coordinadora Democrática, desbordada por la cantidad de amenazas? ¿No sabía, desde el 15 de diciembre de 1999, que en 2004 debía haber elecciones regionales y municipales? ¿No sabía, desde el 15 de diciembre de 1999, que había la posibilidad de un referendo revocatorio, antes de hablar de enmiendas constitucionales de recorte de período, referendos consultivos y nuevas constituyentes? ¿No sabía, desde el 15 de diciembre de 1999, que de producirse la falta absoluta del presidente antes de cumplirse cuatro años de su actual período habría que celebrar elecciones en un lapso no mayor de un mes? ¿No sabía, desde el 15 de diciembre de 1999, que el Tribunal Supremo de Justicia terminaría diciendo lo que dijo sobre su propia ley orgánica?
¿Es que no puede ya manejar el asunto?
Puede decirse claro, que esos políticos de oficio hicieron lo que pudieron, y que gracias a sus dilatorias escaramuzas parlamentarias el chavismo no tendrá tiempo de cobrar los frutos de la decisión—el nombramiento de nuevos magistrados del TSJ—antes del revocatorio. Al menos eso.
¿Después? Como vaya viniendo vamos viendo. Este punto en particular dependerá, en gran medida, del resultado del revocatorio presidencial y, muy en particular, de los revocatorios parlamentarios, que pudieran modificar la composición de una Asamblea Nacional que, hoy por hoy, está en manos del gobierno y bien pudiera continuar así. Todas las batallas son importantes. Y son muchas.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ene 22, 2004 | Cartas, Política

George Lakoff es profesor de lingüística y ciencia cognitiva en la Universidad de California en Berkeley. Se especializa en asesoría a políticos demócratas (USA) y parte de la base del empleo político de los marcos del lenguaje. Lakoff cree que los republicanos han tenido éxito en enmarcar el debate político, mientras los demócratas reaccionan. ¿Suena conocido?
El profesor Lakoff propone este ejemplo: la palabra «alivio» tiene un marco conceptual asociado a ella. Es el siguiente: con el fin de dar alivio a alguien es preciso que haya una aflicción y una parte afligida y una parte que la alivie, que quite el daño o el dolor. Quien alivia es un héroe. Quien quiere impedirle es un villano, puesto que quiere que la aflicción siga. Toda esa información se conjura con el uso de una sola palabra. (Inside the Frame, BuzzFlash, 15 de enero de 2004).
El siguiente paso es una metáfora, al añadir el término «fiscal» para obtener la sucinta frase «alivio fiscal», que dice que el impuesto es una aflicción. Con esa metáfora quien libere del impuesto es un héroe y quien trate de detenerlo un hombre malo.
Ese ejemplo está tomado de la realidad. Reporta Lakoff: «Desde el primer día de Bush en el poder, el lenguaje proveniente de la Casa Blanca cambió por completo. Los boletines de prensa cambiaron. Una de las nuevas expresiones fue «alivio fiscal». Evoca todas esas cosas: que los impuestos son una aflicción de la que debemos librarnos, que hacer eso es heroico, que quienes tratan de impedir esta cosa heroica son malos. Los boletines de prensa se enviaron a todas las televisoras, a todos los periódicos, y pronto los medios comenzaron a usar la expresión «alivio fiscal». Esto pone allí un cierto marco: un marco conservador, no un marco progresista. Pronto una buena cantidad de gente estaba usando la expresión «alivio fiscal» y antes de darnos cuenta los demócratas comenzaron a usar la expresión «alivio fiscal» y se dieron un tiro en el pie».
Aquí por estos patios, naturalmente, quienes hacen el trabajo de marquetería política no son los republicanos, o Bush, o la derecha radical; aquí quien enmarca es Chávez.
En el instante en que nos prendemos—nos enganchamos, para usar la gráfica expresión—de algún uso nomenclador de Chávez—constituyente originaria, plan Bolívar, círculo bolivariano, República Bolivariana, Defensor del Pueblo, revolución bonita, la bicha—asimos con él su marco lingüístico, así sea para oponernos. Pero es él quien escoge el terreno de la batalla lexicológica; en verdad, quien escoge el léxico. Razón tiene Fernando Egaña cuando dice: «Las armas más efectivas que ha tenido el señor Chávez y su supuesta «revolución bolivariana», no están en el arsenal de las FAN, o en los reales de la bonanza petrolera, o en la legitimidad de origen. Se encuentran en un reducido conjunto de conceptos y categorías de pretensión político-histórica que han logrado imponer en la opinión pública, y que buena parte de sus adversarios repiten como verdades bíblicas».
Cuarta República, por ejemplo. (Mea culpa. Hemos usado el término más de una vez). Egaña nos explica lo que nos tragamos como marco lingüístico cada vez que admitimos la denominación «cuarta república». Como las primeras tres ocurren entre 1811 y 1830, y la quinta empezó propiamente el 15 de diciembre de 1999, entonces la «cuarta» comprende «los 168 años que incluyen el paecismo, la Federación, el dominio andino y el surgimiento de la democracia». Para la nueva enciclopedia del régimen «son un mismo magma tenebroso que separa la gesta libertadora de la «revolución bolivariana». Semejante mamarracho historiológico no resiste el menor soplido y, sin embargo, es la «versión oficial» que el actual régimen difunde a diestra y siniestra, con el conformismo escandaloso de buena parte de la opinión pública y publicada».
Bueno, así debiéramos entender el problema del «millardito», cariñosa expresión con que el presidente quiere que evoquemos su exigencia de mil millones de dólares ya. (Ustedes saben, el «millardo agrícola»). Quien se opone al millardo (en realidad más de tres billones de bolívares, si lo sacamos del marco dolarizado empleado por Chávez) lo hace porque quiere que el campo venezolano se mantenga deprimido, subdesarrollado, pobre, para así facilitar el dominio de los neoliberales salvajes golpistas. ¿Cómo va a negar el Banco Central de Venezuela lo que necesita nuestro agro cuando «esos reales no son de ellos»?
La oposición debe eludir el terreno escogido acá por Chávez. Por ejemplo, insistir demasiado en la línea de la ilegalidad de la pretensión produce instantáneamente la respuesta: bueno, la Asamblea Nacional aprobará una ley al respecto. Y sanseacabó. (Bueno, en realidad no se acabó. La ley no sería sólo para el millardo rural, sino para albergar otras «peticiones» similares. ¿Realmente queremos dar pie a la Asamblea chavista para que nos regale esa ley?).
Es más dura la argumentación de la Escuela de Economía de la Universidad Central de Venezuela: «la transferencia o liquidación de reservas internacionales en poder del Banco Central para generar nuevamente bolívares con las mismas reservas, es un acto de doble contabilidad, y como tal, constituye una práctica fraudulenta. Igualmente, la transferencia de las reservas internacionales hacia otras cuentas en el exterior, distintas a las del BCV, también constituye un acto fraudulento que atenta contra el patrimonio de la República».
Pero si se quiere verdaderamente ganar la bienal de marquetería política uno debe plantear el asunto en un nivel enteramente distinto. Por ejemplo, que no se debe dar más reales a Chávez.
Ya el presupuesto real de 2004 es de 54 billones de bolívares, cuando los ingresos ordinarios no llegan a 30. Que quien ha dispuesto de tanto real sin que haya tenido la ocurrencia de planes y misiones sino a última hora—una vez que el revocatorio comenzó a convertirse en realidad, más de dos años después de sus leyes autocráticas, que incluyeron una muy cacareada «ley de tierras»—pretenda que le aprueben un gasto de ese tamaño en año electoral, está pretendiendo demasiado. Consigna: ni un bolívar más para Chávez. No más Bolívar para Chávez. Ni en numerario ni en historia.
Dentro de once días se cumplen cinco años de Chávez en el poder. Ya gastó demasiado. Ya gobernó demasiado.
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