Intervalo solónico

La Verdad

Se dice que fue antes del término del siglo V antes de Cristo que los griegos clásicos elaboraron por primera vez una lista de los Siete Sabios que habían sobresalido en la gesta de la gran Atenas del siglo anterior. Hubo varias versiones de esta selección del “Hall de la Fama” de los griegos: una primera lista fue expandida primero a diez miembros, y luego a diecisiete. En todas las versiones, sin embargo, cuatro nombres permanecían constantes e indiscutidos, y uno de esos nombres era el de Solón de Atenas.

Resulta interesante recordar los hechos principales de la vida de Solón, los que le hicieron merecedor de esa indiscutida posición en todas las escogencias que de los Sabios de la Grecia antigua hicieron sus coterráneos.

Nos dice la Enciclopedia Británica que Solón fue un estadista ateniense que puso fin a los peores males de la pobreza en la región de Ática y dio a sus conciudadanos una constitución equilibrada y un código de leyes humano. Fue asimismo el primer poeta de Atenas, y empleaba el medio de la poesía—a falta de radio o televisión—para “alertar, retar y aconsejar al pueblo y urgirle a la acción”.

“El siglo VI temprano fue un tiempo de tribulaciones para los atenienses… La sociedad estaba dominada por una aristocracia de nacimiento, los eupátridas, que poseían las mejores tierras, monopolizaban el gobierno y estaban divididos entre ellos formando facciones rivales. Los granjeros más pobres fácilmente eran empujados a endeudarse, y cuando no podían pagar eran reducidos a la condición de siervos en sus propias tierras y, en caso extremo, a ser vendidos como esclavos. Las clases medias de intermediarios agrícolas, artesanos y comerciantes se resentían de su exclusión del gobierno. Como lo describía Solón, ningún ateniense podía escapar a estos males sociales, económicos y políticos… El malestar público hubiera muy bien podido culminar en una revolución y en una consiguiente tiranía (dictadura), como había ocurrido en otras ciudades-estado griegas, de no haber sido por Solón, a quien atenienses de todas las clases recurrieron con la esperanza de una solución general satisfactoria de sus problemas. Dado que creía en la moderación y en una sociedad ordenada en la que cada clase tuviera su lugar y su función apropiados, su solución no fue la revolución sino la reforma”.

Solón, que ya había incursionado en la administración pública de su ciudad, pues había ejercido la función de arconte o gobernador anual hacia el año de 594 antes de Cristo, fue investido con plenos poderes de reforma y legislación unos veinte años más tarde. Su primer trabajo consistió en resolver el malestar causado por las deudas. Así, procedió a redimir todas las tierras confiscadas por esa causa y liberó mediante decreto a todos los ciudadanos esclavizados. Igualmente prohibió que todos los futuros préstamos tuvieran como garantía las personas mismas objeto de crédito. Tales medidas produjeron un alivio inmediato.

Lo que sí no hizo Solón fue atender a las extremas reivindicaciones de los pobres, que exigían la redistribución de la propiedad de las tierras. En cambio, Solón se dedicó a estimular la prosperidad general y a proveer empleo a quienes no pudiesen vivir de la agricultura, mediante la promoción de las artes y los oficios. Reguló las exportaciones e impulsó la circulación del dinero (invento de su época), lo que a su vez expandió el comercio de los productos atenienses, hecho bien documentado por los hallazgos arqueológicos de la época.

Por encima de estos logros económicos, Solón produjo además importantes reformas políticas, al sustituir el monopolio de los eupátridas en una nueva constitución y al reformar las estrictas leyes del código de Dracón, que al decir de la Enciclopedia Británica, eran tan severas que se pensaba habían sido escritas no con tinta sino con sangre. Solón revisó todas las leyes draconianas—que permitían la esclavitud con deudas y castigaban con la muerte casi todos los delitos, fuesen éstos menores o mayores—y presentó un código mucho más humano.

En resumen, Solón produjo una cantidad de cambio tan grande como la que Napoleón Bonaparte generaría más tarde en su época, sólo que desde una autoridad democrática. De hecho, la tiranía le fue propuesta a Solón y la rechazó. No contento con negarse a la dictadura, Solón hizo que los atenienses se comprometieran a aceptar sus disposiciones, a las que se dio validez por el lapso de cien años (fueron escritas en tabletas giratorias de madera y colgadas por toda la ciudad) y ¡abandonó el poder! Solón, habiendo terminado su tarea, cesó su intervención y desapareció de Atenas para viajar por Egipto y otros lugares, cuidando de no regresar a la ciudad antes de que diez años expiraran, a la que volvió de nuevo como su poeta.

En su enjundioso estudio acerca de la insensatez política (The March of Folly), Bárbara Tuchman concluye que la insensatez política ha sido históricamente la regla. Solón de Atenas fue la excepción. Desprovisto de apetencias de un poder prolongado, enfrentó como médico el cuadro de enfermedades sociales de su tiempo en su patria, le dio solución inteligente y justa, y descendió por propia voluntad de la primera magistratura ateniense, rehusando toda oferta de convertirse en gobernante totalitario. Solón fue, sin duda, quien cambió la frecuencia de Atenas y abrió la puerta al Siglo de Oro signado luego por la gestión de Pericles. No en vano es Solón figura inamovible del Salón de la Fama griego, porque su vocación no fue la de ser gobernante, sino la de ser ex gobernante.

Lo anterior viene a cuento porque puede argumentarse que el Estado venezolano necesita de una intervención de este tipo. Una intervención médica, de corta duración, que sea capaz de cambiar componentes esenciales del Estado y hasta de implantar un concepto de Estado distinto, en esencia, al actual. El problema principal del Estado venezolano ya ha dejado de ser un problema cotidiano de orden y eficiencia, de gerencia—lo que naturalmente también está presente—sino uno más fundamental de constitución. Hasta ahora sólo uno de los candidatos presidenciales en liza propone cambios de cierta profundidad. Él, el Sr. Hugo Chávez Frías, identifica, no sin razón, a los restantes candidatos como expresiones de continuismo. Chávez sería algo, ciertamente, opuesto al continuismo. Lo malo es que el cambio que propone sería, en verdad, un retroceso. Y el cambio que necesitamos no es hacia atrás, sino al futuro.

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Enchave

La Verdad

A las razones por las que desde hace tiempo ya creía más que insuficiente, dañina, la prédica y práctica política de Hugo Chávez Frías, se ha añadido ahora la de su falta de apego a la verdad.

Chávez ha dicho reiteradamente, en recientes entrevistas, en reuniones, en declaraciones, que él y sus compañeros habían intentado derrocar al gobierno de Venezuela porque Carlos Andrés Pérez había ordenado al Ejército volver sus fusiles contra el Pueblo en febrero de 1989, contra la explícita condena del Libertador, que había declarado la posibilidad abominable.

Para la época de su prisión en Yare, sin embargo, Hugo Chávez ya había admitido que “su grupo” conspiraba desde hacía siete o nueve años (desde el Bicentenario de la muerte de Bolívar). Por tanto, para el 27 y 28 de febrero de 1989, la intención de tomar el poder por la fuerza ya estaba formada varios años antes. Mal puede presentarse ahora como pretexto para el golpe fallido del 4 de febrero de 1992 algo que no pudo tener nada que ver para la conformación de una logia conspirativa.

Antes había ofrecido ya otras explicaciones. El excomandante Chávez argumentaba a la revista Newsweek a comienzos de 1994 que el artículo 250 de la Constitución Nacional prácticamente le mandaba a rebelarse. Lo que el artículo 250 estipula es que en caso de inobservancia de la Constitución por acto de fuerza o de su derogación por medios distintos a los que ella misma dispone, todo ciudadano, independientemente de la autoridad con la que esté investido, tendrá el deber de procurar su restablecimiento. Pero con todo lo que podíamos criticar a Carlos Andrés Pérez en 1992, y aun cuando estábamos convencidos de que lo más sano para el país era su salida de Miraflores, ni Pérez había dejado de observar la Constitución en acto de fuerza, ni la había derogado por medio alguno. Todas las cosas que le eran censurables a Pérez tenían rango subconstitucional.

Ni siquiera es un posible fundamento de Visconti, Arias Cárdenas, Chávez, etcétera, aquella disposición sobre el derecho a la rebelión recogida en la Declaración de Derechos de Virginia: “…cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos—el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo, la nación o la comunidad—una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indubitable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea considerado más conducente a la prosperidad pública”. La norma de Virginia exige como sujeto de la acción una mayoría de la comunidad, y ni los oficiales nombrados representaban una mayoría de la comunidad ni una mayoría de ésta admitía un golpe de Estado como salida a la muy desagradable situación.

Es por esto que lo correcto desde el punto de vista legal hubiera sido que los golpistas de 1992 hubieran purgado la condena exacta que las leyes prevén en materia de rebelión. Pero ahora, en virtud de un indulto presidencial lo tenemos en la calle como candidato presidencial en el que se notan con excesiva facilidad los rasgos autoritarios de su personalidad.

Chávez ha ido a buscar, en refuerzo de ese autoritarismo, a nadie menos que Marcos Pérez Jiménez en peregrinación a Madrid, donde el exdictador continúa habitando la imponente mansión que adquirió con el dinero de su corrupción personal. Acto seguramente imprudente y poco rentable desde el punto de vista estrictamente electoral. Ninguno de los candidatos que en el pasado han ido a procurar la bendición del antiguo autócrata han podido triunfar. Pérez Jiménez es, probablemente, uno de los más pavosos símbolos de la política nacional.

Exgolpistas y marxistas de viejo cuño—Núñez Tenorio, Mieres—rodean a Chávez, y sus apoyos principales se encuentran, naturalmente, en su propio movimiento y lo más radical—PPT—de la antigua Causa R. Estos factores, junto con su trayectoria, garantizan que un gobierno presidido por Hugo Chávez sería realmente desastroso para el país. Ni siquiera podría hablarse de un retroceso, porque nunca antes el gobierno ha estado en manos de un radical de extrema izquierda.

Pero también es importante no descuidar el hecho de que su prédica simplista y resentida encuentra sitio de anclaje en el inmenso desapego del Elector venezolano, en su confusión, en el largo sufrimiento social de los venezolanos. Si al caos de Chávez se pretende oponer un «orden» que se muestre como la continuación del statu quo, mucho me temo que ganará el caos. A Hugo Chávez sólo podrá derrotarlo un candidato de quien no pueda decirse que ha participado de la estructura de poder prevaleciente en Venezuela. A quien Chávez y sus seguidores no puedan identificar con la práctica política más reciente, a quien sea verdaderamente un outsider.

Acción Democrática tiene razones muy explicables, desde su perspectiva de organización de poder, para postular un militante suyo como candidato. Pero si este candidato no exhibe audacia, ganas de transformar realmente el Estado, voluntad de respuesta a la demasiado larga lista de problemas, pronto se notará que no penetra en las encuestas y que la ubicación de Chávez continuará ascendiendo. ¿Qué se haría entonces?

La candidatura de Salas Römer se halla muy próxima a su techo. Al desplome de Miss Titanic su figura emergió como quien pudiese detener el ascenso de Chávez. Pero ni siquiera ha logrado el consenso eficaz de quienes pudieran sostenerle naturalmente, y esto es entonces lo que permite imaginar una confrontación final entre el candidato de AD y el excomandante. Pero si el candidato acciondemocratista permite que se le vea como la encarnación destilada de todo lo que los Electores rechazamos, las elecciones presidenciales serán ganadas por quien ha procurado ser el recolector del descontento.

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Reto a Chávez

La Verdad

Una vez, en un programa dominical de radio que hacía en 1.090 AM de Caracas entre noviembre de 1993 y noviembre de 1995, invité a debatir sobre política a Hugo Chávez Frías. No he sabido que él se haya enterado de esa invitación. Por mi parte, mi opinión sobre su oferta política no ha mejorado. Es más bien lo contrario.

Lo responsable en política es ver las cosas médicamente. La política no tiene justificación a menos que pueda ofrecer solución a los problemas públicos. El que para el 4 de febrero de 1992 era el Comandante Chávez actuó como cirujano. La imagen del 4 de febrero como acto quirúrgico ha entrado hace tiempo en nuestras cabezas. Pero los militares que participaron en la acción, independientemente de su valentía y de la pasión que los animaba, abusaron del pueblo venezolano. Porque es que ningún cirujano tiene derecho a intervenir sin el consentimiento del paciente, a menos que éste se encuentre inconsciente y, por tanto, privado de su facultad de decidir si se pone en las manos del cuchillero. Y el pueblo venezolano no estaba inconsciente y el Comandante Chávez no nos consultó sobre la operación y nosotros no le autorizamos a que lo hiciera.

Podemos hasta conceder que el diagnóstico estaba correcto. Carlos Andrés Pérez debía separarse del cargo. Yo escribí a fines de 1991, poco antes del golpe, y refiriéndome a la proposición uslariana de que Pérez asumiera la conducción de un programa de emergencia nacional, estas palabras: «Pero el problema fundamental de su récipe consiste en creer que Carlos Andrés Pérez debe dirigir los tratamientos, cuando él es, más propiamente, el propio centro del tumor.»

Y el Comandante Chávez quiso resolver quirúrgicamente la remoción del tumor, sin autorización de nadie e ignorando, a pesar de que había sido dicho bastantes veces, que todavía existían los medios clínicos, los procedimientos médicos para el mismo objetivo. En ese mismo texto en el que reconocí la recomendación del Dr. Uslar de que Pérez nos salvara, recordé: «Propuse el 21 de julio algo más radical que las píldoras del Dr. Uslar. Receté, para la urgencia más inminente de la enfermedad, la renuncia de Carlos Andrés Pérez y que el Congreso elija, según pauta la Constitución, a quien complete su período como Presidente, porque, como Uslar dice, es importante preservar la constitucionalidad.»

En febrero de 1992 yo no estaba defendiendo a Pérez, Sr. Chávez. Un día antes de su infortunada  aventura salía publicado un artículo mío en el diario El Globo. Su título era “Basta”, y era el cuarto o quinto artículo en el que pedía la renuncia de Pérez, siendo el primero de ellos del domingo 21 de julio de 1991. Escribí este artículo, precisamente, como un intento de mostrar una ruta que no fuese inconstitucional ante la disyuntiva de Pérez o golpe. Sentía que su salida podía lograrse con la presión cívica. Por esto sentí, además del azoramiento y la vergüenza venezolana, que su acto del 4 de febrero de 1992 había estropeado la marcha hacia una deposición cívica de Carlos Andrés Pérez. Es decir, y para que esté muy claro Sr. Chávez, yo me sentí personalmente afectado por Ud., y por tanto no puedo ofrecerle mi objetividad.

Lo que puedo entonces ofrecerle es debate, como lo hice antes en aquel programa de radio. Yo sé que no soy, como Ud., un candidato presidencial. Soy solamente alguien que ha dedicado ya bastantes años al tema general de la política y específicamente al caso clínico venezolano. ¿Tendrá Ud. objeción a debatir conmigo? ¿Es que los candidatos presidenciales no pueden debatir sino con otros candidatos? ¿Es que un ciudadano venezolano en posesión de sus derechos políticos no tiene derecho a confrontarle?

Yo le reto a Ud. a un debate público, Sr. Chávez. No tiene que ser algo rimbombante. No tiene por qué ser en televisión.  ¿Qué le parecería escoger un auditorio, digamos, en la parroquia 23 de Enero, donde Ud. tiene la mayor aceptación, y discutir allí, a la vista de los Electores de la parroquia, cosas tales como la idea de una Asamblea Constituyente? ¿Como la manera más adecuada de entender la política, y la forma más responsable de tratar el caso político venezolano?

Ud. es hombre formado en el combate, Sr. Chávez. Ud. aprecia y practica el honor de la virilidad. Ud. sabe lo que es un reto.

Yo supongo que Ud. está muy convencido de sus ideas y apreciaciones de las cosas, de modo que no tiene nada que temer. Yo supongo que encontraré verdad en más de una de sus observaciones. Yo supongo que pasará lo mismo con Ud.

Pero yo creo que Ud. está fundamentalmente equivocado en demasiadas cosas. Quiero la oportunidad de decírselo directamente en presencia de Electores que no me conocen.

Y quiero tener la oportunidad de escuchar su visión constitucional, su visión de un nuevo Estado venezolano, además de su visión constituyente, que ya conocemos. Ud. debe tener alguna idea sobre eso, y si las que tiene son sólo reformas al concepto del Estado de 1961, entonces basta para introducirlas a referéndum el Congreso elegido según el texto constitucional de ese año, el mismo que Ud. ofreció como justificación de su fallido intento de golpe de 1992.

Yo creo que debe haber una constituyente. Lo creo desde hace mucho tiempo. No es mi convicción a este respecto una postura circunstancial. Pero imagino una constituyente seguramente muy distinta a la que Ud. puede haber pensado. Por eso, esencialmente, es por lo que quiero confrontarle.

Porque la recomposición del sistema operativo de un Estado es cosa muy seria, Sr. Chávez, y una constituyente que pretenderá pautar su configuración inicial en el siglo XXI es asunto que debe ser acometido con la mayor responsabilidad. En este mundo de recursos finitos y amplias necesidades no puede exigirse una herramienta si se desconoce a qué obra será aplicada. Si Ud. centra su discurso en la convocatoria de una asamblea constituyente, ¿qué es lo que espera que ella apruebe?

Yo creo que Ud. está en el deber de contestarme estas cosas, Sr. Chávez. Yo creo que sería poco viril y muy irresponsable que Ud. no dijera nada al respecto. Por eso le invito a una confrontación como la que le he propuesto o alguna similar a ella que Ud. desee sugerir.

Ud. debe conceder que ningún daño a la República puede derivarse de algo así.

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Castigo de Dios

La Verdad

Se ha consumado ya oficialmente la elección de Irene Sáez como la candidata por COPEI a la Presidencia de la República. Después de una larga pantomima de independencia, y a pesar de la “oposición diametral” de la Srta. Sáez a una de las últimas ocurrencias de COPEI—acompañar a su “enemigo histórico”, Acción Democrática, en el intento de adelantar las elecciones regionales—el teatro de la convención electoral en la que los precandidatos no pueden dirigirse a los electores ha bajado el telón por última vez. La Srta. Sáez es la candidata copeyana. No importa que el pretendido adelantamiento de elecciones sea tan criminal como arrimar cajas de nitroglicerina al lado de un incendio. Lo importante es, para la Srta. Sáez, obtener el apoyo del partido al que pertenece su mentor político, Enrique Mendoza.

El negocio fue delineado con la mayor crudeza por el Presidente de COPEI, Luis Herrera Campíns, en la precedente convención copeyana de septiembre del año pasado. Dijo Herrera textualmente: “…les voy a decir por qué creo que necesitamos ganar: no por ustedes, que al fin y al cabo—unos por razón de experiencia estamos jubilados, otros por razón de méritos están desempeñando importantes responsabilidades en los organismos representativos—tenemos nuestro medio de vida asegurado, ni de la mayor parte de los dirigentes municipales y regionales del partido que también tienen su vida, por lo menos a corto plazo, asegurada. No, no por ellos, sino por los que no tienen cargos en la burocracia, por los que no tienen acceso a la administración pública para plantear sus problemas y que se los resuelvan, para que se les escuche su pobreza, para que se les dé una muestra de afecto y de solidaridad, que se los podría dar un Presidente copeyano o un gobierno donde el Partido COPEI sea también partido de gobierno…”

Es decir, COPEI escoge a Irene porque su presidente quiere “resolverle” la vida al mayor número posible de copeyanos y cree que hacer su candidata a quien hasta no hace mucho ostentaba el primer lugar en las encuestas de opinión es la manera más fácil de lograr ese objetivo. Nada más tiene importancia. Poco antes de esa convención de septiembre de 1997 Herrera Campíns había sido entrevistado por la prensa y había sido inquirido por el tema de las capacidades de la Srta. Sáez. Herrera fue incapaz de contestar contundentemente que la Srta. Sáez era perfectamente idónea para desempeñar la jefatura del Estado. En lugar de eso aconsejó al periodista que no se preocupara por ese asunto, puesto que “modernamente” ¡el poder era compartido!

Nada más ha podido ser añadido sobre este punto por los dirigentes copeyanos que prepararon la aclamación de la Srta. Sáez. Ninguno ha sabido ofrecer argumentación convincente sobre el crucial tema de la capacidad de la señorita en cuestión. Lo que había que armar era la triquiñuela de un lanzamiento “independiente” de la candidata en dos actos sucesivos, uno en el Ateneo de Caracas y otro en el Poliedro de la misma ciudad, creyendo que basta para confundir a los desmemoriados y manipulables Electores montar con menos de una semana de anticipación a la convención electoral verde el híbrido espectáculo de Evita de las Galaxias. Peinar a la Srta. Sáez, previo recorte de las demasiado largas uñas, al estilo de aquella dudosa mujer de Juan Domingo Perón, para que presidiera sobre un postizo montaje que la identificara con la “fuerza” de Obi Wan Kanobi. Algún amigo me preguntó: “¿Y qué es ahora este peinado? ¿Es que lo que están buscando es el voto de los argentinos?”

Pero lo que acaba de elegir COPEI, vendiendo su alma al diablo por el negocio de unos cargos burocráticos que creían garantizados, es una candidatura perdedora. Ni la previa imagen de Barbie, ni la más reciente de la galáctica Irene Perón, podrán impedir el hundimiento de Miss Titanic, pues ya es obvio para los Electores venezolanos que tras la banalidad cosmética de la campaña de Irene no puede encontrarse otra cosa que banalidad cosmética.

Cuando la Srta. Sáez hizo su fugaz aparición en un barrio de Caracas en el que le decían que ya Hugo Chávez le ganaba, registramos el mismo sabor que dejó aquella famosa noche de 1988 cuando Eduardo Fernández, el competidor de diez años después, pernoctó muy anunciadamente en un rancho de un barrio de la capital. Es el sabor de lo postizo, de lo artificial. Y es que la tragedia copeyana del apoyo a la Srta. Sáez tiene un causante original en Eduardo Fernández. Es precisamente Eduardo Fernández quien inaugura en COPEI la hegemonía de la manipulación vacía e insubstancial de la psiquis de los Electores con su campaña de “El Tigre” de hace ya diez años.

Mucho se ha hablado de la bajísima credibilidad política de Eduardo Fernández. La mayoría de los analistas atribuye ese rasgo a la propensión fernandista de querer estar bien con todo el mundo. Hay entre sus compañeros de partido quienes aseguran que si Eduardo Fernández llegase a ser algún día Presidente confrontaría muy graves problemas a la hora de juramentar sus ministros, pues en ese momento se presentarían cientos de personas persuadidas de que Fernández les había prometido un puesto en el gabinete.

Pues en esto de la blandengue indefinición la Srta. Sáez es también hermana gemela de su derrotado contendor. En lo cosmético de su aproximación, en su fofa postura de transacción y aceptación de cualquier apoyo, la Srta. Sáez parece ser el clon de Eduardo Fernández y, como él, está destinada a ser rechazada rotundamente por el electorado.

Es pues un resultado doblemente negativo y profundamente irónico para Fernández: ser derrotado en el seno del partido que alguna vez le siguió ciegamente, por una ex Miss Universo que reconoce haber aprendido de él y que ahora le supera en sus enseñanzas de cosmetología política y en su medrar. Castigo de Dios, Dr. Fernández, por haber botado en 1988 la real posibilidad de un avance substancial en la política venezolana, al sacrificar lo fundamental por lo cosmético, al encarnar a conciencia la insinceridad.

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Mecanismo de acoplamiento

La Verdad

Venezuela debe hacer esfuerzos especiales para integrarse, ya no económicamente, sino políticamente, en un conjunto afín de escala superior.

Al menos desde 1984 he hablado y escrito acerca de la insuficiencia constitucional venezolana en cuanto a su razón de Estado. Mientras se mantenga la discrepancia de escala entre Venezuela y los Estados Unidos de Norteamérica, o Europa, o China, o Rusia, o Australia, nuestro país experimentará considerables dificultades, prácticamente insalvables, para interactuar con tales bloques en condiciones, no que sean, digamos, ventajosas para nosotros, sino que no nos sean desventajosas.

En cambio, es posible visualizar un buen número de ventajas de una inserción de Venezuela en un Estado de orden superior. La población de Venezuela no reviste la magnitud necesaria para el desarrollo eficiente y sano de un esquema liberal o neoliberal, que en todo caso, siendo proposición para lo económico, no contiene respuestas suficientes a lo político. Por otra parte, las economías de mercado se han revelado como más naturales y productivas que las economías sujetas a un excesivo control o dominación estatal. ¿Qué nos indica esto? Que es necesario adquirir una escala de mayor magnitud, similar a la de economías como la norteamericana, o la europea.

El nombre de integración, para designar el tipo de asociación preferible, es ciertamente inadecuado. La palabra integración tiende a producir la imagen de un todo homogéneo, en el que las peculiaridades nacionales quedarían borradas. La imagen correcta es la de una confederación de carácter político, que corresponda, en términos generales, al modelo norteamericano. La unión política estadounidense estableció, por el mismo hecho de su construcción, la unión económica, pues estableció el libre tránsito de personas y de bienes por todo el territorio de su confederación.

En cambio, el camino intentado, una y mil veces en América Latina—ALALC, ALADI, Pacto Andino, SELA, MERCOSUR, etc.—sin éxito apreciable, es el de arribar a la integración política por la etapa previa de la integración económica; esto es, el modelo de la Comunidad Económica Europea.

Para los europeos esto tenía mucho sentido. Los componentes nacionales a ser ensamblados, en muchos casos, habían sido, cada uno por separado y cada uno en su oportunidad, primeras potencias mundiales: España primero, luego Francia, Inglaterra, Alemania… No era fácil para los estados europeos aceptar el hecho de una integración política justo al salir de la II Guerra Mundial, cuando se planteó como primera asociación la Comunidad Europea del carbón y del acero. Esto sin contar con las dificultades derivadas del hecho simple de su profusa variedad de idiomas.

El 2 de agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta -hasta difícil- aprobación del Tratado de Maastricht  por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda europea hacia 1999.

Al mes siguiente, Milton Friedman, el Premio Nobel de Economía líder de la llamada escuela de Chicago, se expresaba en los términos siguientes: “Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso.” (Entrevista en la revista L’Espresso, 26 de septiembre de 1993).

Ése es  el negocio que se plantea a nuestro Estado. Se trata de adquirir la escala que permite que Inglaterra nos trate como trató a China en el caso de Hong Kong, y no como nos trató a nosotros en esequiba materia o como malvinamente ha tratado a la Argentina.

Si seguimos en esto, en lugar del modelo de integración europea, el modelo norteamericano de 1776, estaríamos estableciendo una confederación que en principio sólo requeriría que sus miembros confiaran a un nivel federal tres potestades—representación ante terceros, defensa militar ante terceros y emisión de moneda—mientras que retendrían “toda su soberanía, libertad e independencia, y todo poder, jurisdicción y derecho, que no sea expresamente delegado a los Estados Unidos reunidos en Congreso por esta Confederación”. (Texto del segundo artículo de los Artículos de Confederación de los Estados Unidos de Norteamérica, documento constitucional primario anterior a su Constitución actual).

Supongamos que un concepto así fuese del agrado de los Electores venezolanos. ¿No debería preverse en nuestra Constitución un mecanismo de acoplamiento, como el que hubo que prever para que pudieran acoplarse en el espacio una nave Apolo norteamericana con una Soyuz soviética? ¿No sería esto un concepto que sería imposible concebir como una simple modificación de la Constitución de 1961? Evidentemente se trata de un concepto de Estado, de una razón de Estado radicalmente diferente. Por tanto, se trata de una nueva Constitución y el Congreso no tiene facultades para redactarla, pues excede sus funciones introducir conceptos constitucionales que no sean una simple modificación de la Constitución vigente.

Es decir, necesitaríamos convocar un órgano constituyente explícitamente facultado para la tarea de dotarnos de una nueva Constitución, la que los Electores tendríamos que aprobar en último término a través de un referéndum.

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