por Luis Enrique Alcalá | Ago 31, 2012 | Argumentos |

Blasón de los Armstrong
La explosión trágica en Amuay distrajo a los venezolanos del fallecimiento de Neil Armstrong, el astronauta por antonomasia, acaecido el mismo día 25 de agosto. Fue el primer hombre en pisar la superficie de nuestro satélite natural, el 21 de julio de 1969. Piloto de combate y piloto de prueba, lo caracterizaba un temperamento imperturbable con el que salió airoso de más de una situación comprometida.
Armstrong abandonó su posición de piloto del programa espacial de la NASA después de la exitosa expedición lunar que galvanizó a todo el planeta. Luego de una responsabilidad ejecutiva, se dedicó durante ocho años a la docencia en la Universidad de Cincinatti. En 1972, visitaba el pueblo escocés de Langholm, cuna del Clan Armstrong. Ha debido ser una familia revoltosa, pues allí se le enteró de una ley no revocada todavía después de 400 años: el Juez de Paz debía ahorcar a cualquier Armstrong que encontrara en el pueblo.
El emblemático astronauta desechó toda oferta para involucrarse en política, como algunos de sus colegas hicieron. Desconfiaba del gobierno federal y defendía los derechos de los estados miembros de la unión norteamericana. Repudiaba la idea de que los Estados Unidos fuesen el policía del mundo.
Durante el lanzamiento del vuelo Apolo 11, el corazón de Armstrong alcanzó fácilmente 110 pulsaciones por minuto; en 1991, ese corazón sufrió un infarto leve, y más tarde el bloqueo de sus arterias coronarias requirió el pasado 7 de agosto una intervención quirúrgica. Complicaciones derivadas de la operación terminaron con su vida dieciocho días después. Era un gran paso para un hombre, uno pequeño para la eternidad. Ahora, reunido a sus 82 años de fructífera vida con Frank Sinatra, le escucha cantar: Fly me to the moon / Let me play up there with those stars / Let me see what life is like / On Jupiter and Mars
Sinatra
Armstrong
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Lance Armstrong, siete veces ganador de la Vuelta a Francia, Premio Príncipe de Asturias, fundador de Atletas por la Esperanza y la Fundación Lance Armstrong para ayudar a pacientes con cáncer—él mismo lo ha padecido—, ha decidido no defenderse de las enésimas acusaciones de dopaje en su contra, esta vez formuladas por la Agencia Anti-dopaje de los Estados Unidos. Ahora es un héroe caído.
Es muy probable que la Agencia Mundial Anti-dopaje, que ha expresado apoyo a la agencia estadounidense y sostenido su derecho a imponer penalidades, confirme la sentencia de esta última contra el más famoso de los ciclistas. Armstrong será despojado de sus títulos y de todo premio, medalla y puntaje obtenido desde el 1º de agosto de 1998. Sin duda, una triste noticia.
Mientras estos dramas de los Brazofuerte llegaban a su culminación, el príncipe Harry de Inglaterra, hijo de Carlos y Lady Diana, nieto de la reina Isabel II, fue fotografiado en situación orgiástica en Las Vegas, de donde regresó apresuradamente a su país de origen. El prestigio inglés, bastante recuperado a raíz de las recientes Olimpíadas, ha sido seriamente dañado.
No existe aún una agencia anti-dopaje de la realeza, pero el incidente reaviva la pregunta: vista esa conducta, o la que recientemente ha manifestado un rey español que mata elefantes en compañía de su amante, a su propio hermano menor con un revólver accidentalmente disparado y tiene yernos de dudosa conducta, ¿qué utilidad o justificación tienen las monarquías europeas? En 1976, el príncipe Bernardo de Holanda, consorte de la reina Juliana, recibió algo más de un millón de dólares de la compañía aeronáutica Lockheed para que favoreciera la compra de sus aviones. El «derecho divino de los reyes» pareciera incluir el derecho a la criminal frivolidad de las monarquías. Encima hay que pagarles para que Juan Carlos patrocine la Copa del Rey y su hijo mayor dé premios a ciclistas de dudoso logro. Son los Armweak. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 28, 2012 | Argumentos, Política |

El fuego debe apagarse también en la pasión electoral
La tragedia de Amuay ha acontecido en el peor de los ambientes: el de elecciones inminentes en una sociedad amargamente polarizada. La propensión a emplear el incidente como argumento electoral es muy elevada: factores de oposición intentarán un mayor descrédito del gobierno, con la esperanza de lograr una reversión de las tendencias de la intención de voto como la que diera, en 48 horas, la victoria a Rodríguez Zapatero en España. Ya ha escrito Yon Goicoechea para Noticias 24: «El Comandante candidato conoce perfectamente los estragos políticos que un ‘accidente’ como este puede causar (¿Recuerdan el revés que sufrió el PP luego del ataque terrorista en el metro de Madrid?), por lo que seguramente responderá de la forma habitual: incriminando». De su lado, el gobierno ya asoma la hipótesis de un sabotaje criminal. No hace muchos días que Chávez declarara en el estado Vargas que había un sector golpista de la oposición, y José Vicente Rangel escribió para Telesur (Montando la trampa, cuatro días antes de las mortales explosiones): «La trampa—de eso se trata—la montan cuidadosamente—con escalamiento y nocturnidad—, los sectores ultras de la oposición ante la pasividad de los demócratas que en su seno se inhiben, como ya ocurrió con los planes golpistas del Fede-carmonismo en 2002 y cuando adoptaron la decisión suicida de abstenerse en las elecciones parlamentarias. (…) Hay un trasfondo logístico que garantiza el montaje: ayuda exterior como nunca se vio en el país y empleo a fondo de los medios. Y existe otro aspecto oculto: articulación de una política militar destinada a desestabilizar a la institución y la preparación de grupos de acción para operar en la calle al conocerse resultados adversos».
El luctuoso incidente en la mayor refinería del país puede deberse, en principio, a tres clases distintas de factores: deficiencias de mantenimiento o de los sistemas de seguridad; un accidente imprevisible, eso que las compañías de seguros llaman «acto de Dios» (un rayo, una iguana…); un sabotaje criminal. Debiera una investigación responsable y exhaustiva, libre de sesgo electoral, determinar a cuál de esas causas se debió el holocausto.
Hay sólo una manera de acercarse a tal desiderátum: la conformación de una comisión nacional con participación de oficialistas y opositores, tal como la que jamás llegó a constituirse para dilucidar lo acontecido el 11 de abril de 2002. La iniciativa debe partir del gobierno. Si entrare la sensatez en la cabeza presidencial, si quisiera el actual presidente ser un verdadero jefe de Estado, debiera invitar a la Mesa de la Unidad Democrática para integrar el cuerpo de investigación.
Claro que el tratamiento mediático, con intención electoral de parte y parte de la contienda, es, lamentablemente, el curso más probable, para aumento de la crispación de una psiquis nacional ya neurotizada. Pero el país agradecería gestos recíprocos de elevación en esta hora de dolor. Con ocasión del atentado asesino contra el fiscal Danilo Anderson, escribí en la Carta Semanal #113 A (Extra) de doctorpolítico (País desconocido, 21 de noviembre de 2004):
José Vicente Rangel estaba allí, también Isaías Rodríguez, Juan Barreto. Jesse Chacón y Andrés Izarra, Cilia Flores e Iris Varela, Vladimir Villegas y Nicolás Maduro, Jorge Rodríguez y Darío Vivas. Todos estaban allí, en el sitio del atentado. Es natural que allí estuvieran.
Pero eché en falta las caras de Julio Borges, de Pompeyo Márquez, de los alcaldes de Baruta, Chacao y El Hatillo, de Enrique Mendoza, de Henry Ramos Allup y Eduardo Fernández. Allí debieron estar y no estuvieron. Tan sólo aparecieron los opositores José Luis Farías, diputado de Solidaridad, y Claudia Mujica, defensora de los ex fiscales del ministerio público destituidos por el fiscal general Isaías Rodríguez, para expresar su repudio al crimen. Tal vez los otros llamaron a celulares del gobierno para un contacto humano.
Cuando ocurrió el «carmonazo», no hubo de parte de los más ostensibles líderes de la oposición una condena suficiente, contundente e inequívoca de ese vergonzoso episodio. Esta vez no puede pasar lo mismo. Si algo quedase de Coordinadora Democrática, debiera convocar hoy mismo a una de esas marchas que antes preconizaba, para expresar el más claro y amplio repudio al asesinato monstruoso del fiscal Danilo Anderson. Si alguna sensatez y responsabilidad política reposaran en los que una vez fueron—ya no lo son—los líderes de la oposición, hoy mismo debieran aproximarse al gobierno y acercarse al pueblo para un gesto de patria, para una elevación por sobre las terribles diferencias y para la construcción de unanimidad nacional en la condena a tan criminal y estúpida acción. Para condenar que hace nada salía en prensa nacional un obituario y conmemoración del manco coronel von Stauffenberg en el que se sugería, con obvia intención local, que el magnicidio de tiranos, con palabras de ilustres romanos y hasta de un doctor de la Iglesia, es de suyo moralmente meritorio. Para cesar en este juego demencial de muerte.
Sin esguinces, sin condicionamientos. Eso le sale a cualquier liderazgo ejercido o por ejercer en Venezuela. Eso le sale al país entero. A cada venezolano, pero muy en especial a quienes forman opinión, a quienes hacen vida pública. Desde la Conferencia Episcopal Venezolana, que seguramente hablará de inmediato, hasta los feligreses de cualquier religión; desde los dueños de cada medio de comunicación del país hasta el más íngrimo de los reporteros; desde el más grande y próspero empresario, el más encumbrado académico o el más cotizado cantante, hasta el pulpero más sencillo, el maestro más humilde y el más alcanzado serenatero.
Quiero ver páginas enteras de comunicados de repudio en los periódicos. Quiero ver allí las firmas de Elías Pino Iturrieta y Pedro León Zapata, las de Albis Muñoz y Rafael Alfonzo, las de Teodoro Petkoff y Tulio Álvarez, las de María Corina Machado y Gerardo Blyde. Quiero oír a cada ONG condenar la brutalidad y el abuso, quiero ver el programa Aló Ciudadano con una banderita nacional a media asta, quiero una llamada de Silvino Bustillos para ofrecer su llanto, y la valiente asistencia de Napoleón Bravo y Ángela Zago a las exequias del fiscal preincinerado.
No hay ganancia ninguna en tan abominable atentado. Sólo en mentes enfermas puede caber la noción de que una puñalada tal al corazón venezolano, tal vergüenza y tal rabia, pueden servir a algún propósito. Hasta el nazi periférico Carl Schmitt escribía: «No existe objetivo tan racional, ni norma tan elevada, ni programa tan ejemplar, no hay ideal social tan hermoso, ni legalidad ni legitimidad alguna que puedan justificar el que determinados hombres se maten entre sí por ellos».
Pero también puse:
Y uno se pregunta entonces: ¿es esto, Hugo Rafael, lo que tú querías? Porque Hugo Chávez ha venido preparando, abonando, sembrando, criando, estimulando, detonando la violencia. Es este país que ya no reconocemos el que su incontrolado e irresponsable verbo ha traído. Tú, Hugo Rafael, eres muy responsable de la muerte del fiscal Anderson. Tú inoculaste la fiebre.
Ahora veremos si es que de verdad puede llamársete líder. Si ahora que la muerte ha alcanzado a otro venezolano, esta vez a uno de tus más destacados oficiales políticos, eres capaz de erguirte, avergonzado de tu obra y refrenado en tu cólera, e impedir que este innecesario episodio se convierta en una escalada de violencia. ¿Es que necesitas otra comprobación de que nos llevas por rumbo equivocado? Si, como dices, el 11 de abril morigeró en algo tu terquedad ¿cuál es la lección que esta muerte te ofrece? ¿Serás capaz de aprenderla, o actuarás como aquellos a quienes criticas desde tus hábitos histriónicos?
Hay, es evidente, personas en nuestro país que razonan desde el odio y el desprecio. En estos días algunas han expresado: «¡Ojalá hayan muerto en Amuay un poco de negros chavistas!» Tan desalmada postura puede encontrarse—no es monopolio nuestro—en el país que muchos de ellos envidian: la nación que alojó la invención y los desmanes del Ku Klux Klan y los asesinos de Martin Luther King y los Kennedy. Hay opositores ultrosos como los que denuncia Rangel.
Pero el gobierno no puede entenderse a sí mismo como el gestor monolítico de una «revolución bonita». En sus filas hay también gente de inclinación asesina, así como caimanes al acecho del poder que hoy detenta su líder nominal. Más de uno busca, desde dentro del gobierno, su caída—ver en este blog Infidencias riesgosas—, y si hubo un atentado criminal en Amuay es posible que oficialistas extraviados fueran los verdaderos responsables.
Es por encima de esa capa perversa que los venezolanos queremos ver, ahora mismo, la elevación de sus líderes; de bando y bando. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 25, 2012 | Argumentos, Política |

Ex Fiscal Interventor Auxiliar del Instituto para la Defensa de las Personas en el Acceso de Bienes y Servicios del Ministerio del Poder Popular para el Comercio
Vemos políticos indecisos que se las dan de resueltos estadistas, y a la «fuente autorizada» que atribuye su falta de información a «imponderables de la situación». Es ilimitado el número de funcionarios públicos que son indolentes e insolentes; de jefes militares cuya enardecida retórica queda desmentida por su apocado comportamiento, y de gobernadores cuyo innato servilismo les impide gobernar realmente. En nuestra sofisticación, nos encogemos virtualmente de hombros ante el clérigo inmoral, el juez corrompido, el abogado incoherente, el escritor que no sabe escribir y el profesor de inglés que no sabe pronunciar. En las Universidades vemos anuncios redactados por administradores cuyos propios escritos administrativos resultan lamentablemente confusos, y lecciones dadas con voz que es un puro zumbido por inaudibles e incomprensibles profesores. (…) En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia.
Peter Laurence – Raymond Hull
El Principio de Peter
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We can sail, we can sail with the Orinoco Flow. We can sail, we can sail.
Enya
Orinoco Flow
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Trece ministerios eran suficientes para la Administración Pública en Venezuela al inicio de su período democrático, en 1959: Relaciones Interiores, Relaciones Exteriores, Defensa, Hacienda, Fomento, Obras Públicas, Educación Nacional, Justicia, Minas e Hidrocarburos, Trabajo, Comunicaciones, Agricultura y Cría, Sanidad y Asistencia Social. (Más la Secretaría de la Presidencia, que entonces no era un ministerio—Carlos Andrés Pérez la elevaría a ese rango en su primer gobierno—, y cuatro «oficinas centrales» adscritas a la Presidencia de la República: la de Coordinación y Planificación, la de Presupuesto, la de Personal y la de Estadística e Informática). Ahora es Hugo Chávez el jefe de un gabinete de 31 ministros.
Este crecimiento tumoral no le es enteramente atribuible. Su antecesor, Rafael Caldera, ya contó con 27 ministros en su segundo período, así que Chávez sólo ha añadido cuatro, aunque cambiándoles el nombre a todos, naturalmente. (Un viejo consejo gerencial recomienda no tener más de una docena de subalternos que reporten directamente a un jefe, so pena de sobrecargarlo).
Nunca dejó de operar un prurito reorganizador de la Administración Pública en los gobiernos precedentes de la democracia. Al comienzo, Rómulo Betancourt estableció la Comisión de Administración Pública, que confió al economista Héctor Atilio Pujol, con el propósito de reformar y modernizar la organización del Poder Ejecutivo Nacional. Esa antecesora de la COPRE (Comisión Presidencial para la Reforma del Estado) trabajó, primeramente, con una estrategia de cambio en los sistemas y procedimientos de la administración: «¿Hay un problema con la cedulación? ¿Cuántas taquillas hay en la ONIDEX (Oficina Nacional de Identificación y Extranjería) de El Silencio? ¿Cinco? Pongamos ocho. ¿Se están robando los reales? ¿Cuántas copias se hace de un punto de cuenta? ¿Tres? Para controlar mejor generemos ahora el original, la copia blanca, la copia amarilla, la copia rosada, la copia verde…» La velocidad de cambio del aparato administrador público era, por supuesto, bastante mayor que la de una oficina que dibujaba diagramas de flujo en un intento de mantenerlo bajo control. Hasta que llegó Allan Randolph (Randy) Brewer-Carías a presidir la Comisión de Administración Pública.
Caldera había ganado por primera vez la elección presidencial y él, abogado latinoamericano, socialcristiano, deductivista, nombró a Brewer—como él abogado latinoamericano, socialcristiano y deductivista, y quien nunca había sido expuesto a una situación organizativa más compleja que un consejo de la Escuela de Derecho de la Universidad Central de Venezuela o manejado más personal que la secretaria de su Instituto de Derecho Público—para que presidiera el órgano de la reforma del Estado.
Donde antes Pujol había puesto curitas y paños calientes, ahora Brewer pretendió reformar absolutamente todo: desde la Corte Suprema de Justicia hasta el Concejo Municipal de Humocaro Alto, pasando por todos los ministerios, todos los institutos autónomos y todas las empresas del Estado. La CAP produjo bajo su guía dos tomos de más de quinientas páginas cada uno, empastados en cubierta dura azul y amarillo—sin rojo; todavía faltaba mucho para la Batalla de la Cachucha—, con las especificaciones para cambiar hasta el último resquicio del Estado.
Alguna vez comenté al propio Brewer este contraste entre él y Pujol, y apunté que no había en el país capacidad gerencial suficiente como para acometer tal cantidad de cambio, y que si llegare a haberla—mediante la contratación, por ejemplo, de Henry Kissinger, Robert McNamara, Peter Drucker y Lee Iacocca—, la intervención de un fornido atleta para trepanar su cráneo, resecarle medio pulmón, reducirle fracturas de costillas, extraerle la vesícula, colocarle una válvula mitral, suturarle úlceras gastroduodenales y circuncidarlo simultáneamente, crearía tal cantidad de trauma que, en cuanto se le destripase una espinilla en la nariz, moriría de shock irremediablemente. Creí que entendería al recomendarle una estrategia de radicalismo selectivo (Yehezkel Dror), para escoger unos pocos puntos estratégicos en el aparato del Estado y en ellos practicar una reforma a fondo. Si la cosa resultaba, entonces pudiera considerarse la extrapolación del esfuerzo a otras dependencias. Las ciencias sociales, le dije, son demasiado incipientes como para permitirse la arrogancia de un cambio omnicomprensivo. Me escuchó con gran atención y, después de considerar mi exposición como «muy interesante», extrajo de su maletín veinte hojas anotadas en papel tamaño extra oficio; ellas contenían tan sólo el índice de una ponencia sobre reforma del Estado que debían discutir los miembros del Grupo Santa Lucía en intervenciones de tres minutos per cápita durante una sesión de media mañana. Había perdido mi tiempo.
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Aun así, Brewer ha sido superado con creces por la voracidad de la revolución «bolivariana», pero antes ya era mucho mayor el problema que llevó a Jaime Lusinchi a crear otro órgano para la reforma del Estado, la difunta COPRE. En ocasión de que Lusinchi contestara a las Comisiones del Congreso de la República que fueron a participarle la instalación del período legislativo de 1985, el entonces Presidente de la República confesó: “…el Estado casi se nos está yendo de las manos”. Era como si el piloto de un gran avión de pasajeros saliese de su cabina para anunciar a los pasajeros de primera clase (los senadores y diputados) que el aeroplano no respondía a los mandos. (Pudiera ser que una mayor tendencia a la candidez fuese característica de los presidentes de Acción Democrática. En 1975, Carlos Andrés Pérez confesaba a los periodistas que no había sido posible dar a luz el documento contentivo del V Plan de la Nación por cuanto, a pesar de que él había convocado por tres veces a su discusión ¡los ministros no habían leído el documento!) Sin embargo, más tarde no le gustaba a Lusinchi lo que hacía la comisión que él mismo creara, a la que regañó advirtiéndole que era sólo “una comisión asesora y no una comisión promotora». (El 6 de junio de 1986).

Aumenta la producción de cambures
La capacidad de gestión de los colaboradores del presidente Chávez tiene una magnitud finita, más bien escasa. No sólo es que muchos son más capaces en la fabricación de discursos ideologizados y aduladores cuadres con el jefe que en la gerencia pública, sino que la agresividad de clase del propio Jefe del Estado aliena y excluye a muchos entre los mejores talentos ejecutivos de la Nación. Gustavo Antonio Marturet, de serle ofrecida, no le aceptaría a Chávez la Presidencia del Banco Central de Venezuela.
A pesar de esta circunstancia, el gobierno «revolucionario» que sufrimos desde 1999 insiste en complicarse la vida. Cada estatización es un nuevo punto de decisión y supervisión, cada nuevo programa un nuevo dolor de cabeza. Para demostrar que habla en serio cuando nos anuncia el «socialismo del siglo XXI», ha expropiado más de un millar de empresas privadas en lo que lleva de dominación. Pero no todo es predicado desde la doctrina; luego de su tercer triunfo electoral, a comienzos de 2007, Chávez explicaba en Brasil a sus colegas del subcontinente que tenía que expropiar a la telefónica nacional porque le estaban grabando las conversaciones. (No hay necesidad de poseer la CANTV para espiarlo, y cuando esa empresa era pública, antes de la privatización de Pérez, grababa las conversaciones de Luis Herrera Campíns).
El resultado del apetito controlador de Hugo Chávez es una administración pública elefantiásica, cancerosa, recrecida sin necesidad… e ineficiente. Es imposible manejarla razonablemente bien porque los pocos ejecutivos medianamente capaces de los que dispone están sobrecargados. Una burocracia enorme obstaculiza el mejor desempeño de la sociedad y su economía, a pesar de algunas mejoras puntuales. CADIVI y SENCAMER se ocupan de que producir sea cada vez más difícil y costoso. Pregunte a cualquier industrial, incluso a los simpatizantes del oficialismo.
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Más allá de su invasividad, la revolución chavista es, por encima de todo, un discurso altisonante e inconsistente. En 1999 Chávez anunciaba un esquema de desarrollo «pentapolar» que ya nadie recuerda—¿lo recordará él mismo?—, y uno de sus componentes era la construcción del «Eje Orinoco-Apure». Ahora le ha recortado a ese proyecto grandilocuente 1.025 kilómetros, al reducirlo al más modesto «Eje Orinoco» que acaba de anunciar en actos de campaña en el estado Bolívar.
Lo sustancial de este anuncio es la adjudicación por PDVSA de 10% de las acciones de Petropiar a la emproblemada Corporación Venezolana de Guayana; en febrero, el presidente Chávez había indicado que exactamente la misma participación sería poseída por la empresa del grupo chino CITIC, así que a comienzos de año podía hablarse con propiedad del «Eje Orinoco-Yangtsé». Para cargar más peso a las exigidas finanzas de PDVSA, ésta adelantará de una vez, según anuncio presidencial, mil millones de dólares a SIDOR, pues el desarrollo en la Faja del Orinoco, que supuestamente pondrá la producción petrolera venezolana en tres y medio millones de barriles diarios para la Navidad, requeriría 1.200.000 toneladas de acero por año en el próximo quinquenio, para un gasto total de US$ 3.600 millones por este solo concepto. Además de todo lo que ya hace, PDVSA es ahora el salvavidas de la CVG.
¿Cuándo duerme Rafael Ramírez? ¿Habrán llegado él y su jefe a su nivel de incompetencia? ¿Será por eso que se produjo una explosión mortal en Amuay? Un estudio de 2011 sobre la seguridad industrial en la Faja del Orinoco, más precisamente en la Gerencia de Servicios Eléctricos de la División Ayacucho, encontró que 74% del personal no ha participado en comités de seguridad. Que se cuiden los obreros de Guayana del eje chucuto. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 24, 2012 | Argumentos, Política |

Todavía no tenía la sonrisa
Tengo en la cara una sonrisa y es que nuestros estudios reflejan que los candidatos tienen una diferencia de 2, 3 o 4 puntos; pero otros estudios, realizados a la misma población, señalan una diferencia porcentual de 27 o 30 puntos, eso es imposible, alguien está mintiendo.
Saúl Cabrera, Vicepresidente de Consultores 21, el 27 de junio de 2012
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De nuevo se pone una agencia de noticias extranjera en la más fresca información de alguna encuestadora local. Esta vez es Reuters la que publica una nota escrita por la ubicua Marianna Párraga junto con Daniel Ore (y reportaje adicional de Eyanir Chinea), y da noticia de la más reciente medición de Consultores 21. La nota lleva por título: Capriles tiene una ligera ventaja en una nueva encuesta de la elección en Venezuela y, después de sus comentarios sobre los estudios de opinión, añade evaluaciones de otros aspectos de la contienda. Este blog se contraerá a traducir sólo lo que se refiere a encuestas:
Una nueva encuesta en Venezuela pone al candidato de oposición Henrique Capriles por delante de Hugo Chávez por la primera vez antes de la elección del 7 de octubre, contradiciendo la mayoría de los estudios que dan al Presidente una ventaja de más de 10 por ciento.
La encuesta de Consultores 21 mostró a Capriles con 47,7 por ciento versus Chávez con 45,9 por ciento, rebasando al líder socialista desde que el estudio del grupo diera a Chávez una ventaja en junio de 3,4 por ciento.
La encuesta, que fue preparada para clientes privados y tiene un margen de error de 3,2 por ciento, fue obtenida el viernes por Reuters. Sus hallazgos fueron confirmados por Consultores 21.
Los estudios de opinión son controversiales en Venezuela, donde ambos campos políticos se acusan mutuamente de encargar encuestas sesgadas. La mayoría de las encuestadoras más conocidas da al Presidente, que quiere extender su gobierno de 14 años, una sólida ventaja.
Ése es el contexto en el que Párraga y colaboradores ubican la noticia. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 23, 2012 | Argumentos, Política |
Extracto de La enfermedad de la victoria, el Capítulo VIII de Las élites culposas (Libros Marcados, 2012)

Una de sus mejores caricaturas
El período que va desde el inicio de la tercera presidencia de Hugo Chávez hasta la evidencia de su absceso pélvico es el lento desarrollo de un síndrome inexorable: la enfermedad de la victoria. Los japoneses la llaman senshobyo.
Éstos son los signos: arrogancia, exceso de confianza, complacencia, la repetición de previos patrones victoriosos en la lucha (en vez de desarrollar nuevas tácticas que anticipen los avances enemigos), la caricaturización y subestimación del contrincante, el desconocimiento de la información de malas noticias. Mientras el lado victorioso se vuelve complaciente, creyéndose invencible y conduciéndose con arrogancia, sus contrarios escarmientan y se adaptan.
Los griegos, por su parte, llamaron hibris a esa conducta. La ὕβρις era un crimen, y el más grande de los pecados, en la Grecia clásica. El inglés moderno denota por hubris a la arrogancia y el sentido de superioridad excesivos; los griegos destacaban, más bien, la actitud humillante que se derivaba de esa conciencia, observable con más facilidad en ricos y poderosos. Esta visión antigua coincide con la cristiana: la soberbia es el peor de los pecados. Quien tenía hubris, o “hibris”, en realidad retaba a los dioses y sus leyes, y la tragedia griega le retrataba en su caída.
David Owen* define en In sickness and in power: “No es ‘hibris’ todavía un término médico. El significado más básico fue desarrollado en la antigua Grecia, simplemente como la descripción de un acto: un acto hibrístico era uno en el que una figura poderosa, inflada con excesivos orgullo y confianza en sí misma, trataba a los otros con insolencia y desprecio”.
Es en el teatro griego, sin embargo, donde se refina la característica y se explora los patrones de la conducta hibrística, así como sus causas y consecuencias. Explica Owen en su libro:
Una carrera hibrística procede más o menos por el siguiente cauce. El héroe obtiene gloria y aclamación por haber logrado un éxito desusado en contra de las probabilidades. La experiencia se le sube a la cabeza: comienza a tratar a los demás, meros mortales ordinarios, con desprecio y desdén, y desarrolla tal confianza en su propia capacidad que comienza a creerse capaz de cualquier cosa. Este exceso de confianza en sí mismo le lleva a interpretar equivocadamente la realidad que le rodea y a cometer errores. Tarde o temprano le llega su castigo y conoce su némesis, que lo destruye. Némesis es el nombre de la diosa de la retribución, y en el drama griego a menudo los dioses disponen la némesis porque es visto el acto hibrístico como uno en que el perpetrador trata de desafiar la realidad ordenada por ellos. El héroe que comete el acto hibrístico busca transgredir la condición humana, imaginándose ser superior y en posesión de poderes como los de los dioses. Pero los dioses no aceptarán eso; es así como son ellos quienes lo destruyen. La moraleja es que debemos poner cuidado en no permitir que el poder y el éxito nos suba los humos, haciéndonos demasiado grandes para nuestros zapatos.
Después advierte: “Los síntomas en la conducta que pueden justificar un diagnóstico de síndrome hibrístico se hacen típicamente más intensos mientras más tiempo permanezca en el poder un jefe de gobierno”, y completa la descripción señalando los “factores externos” que aumentan la probabilidad del cuadro clínico: “éxito abrumador en la obtención y preservación del poder, un contexto político en el que hay mínimas limitaciones del líder que ejerce su autoridad personal y la duración del tiempo de su permanencia en el poder”. De seguidas, Owen sugiere que se diagnostique ese síndrome cuando quiera que tres o cuatro síntomas, de la lista que sigue, estén presentes en los gobernantes:
—Una propensión narcisista a ver el mundo primariamente como una arena en la que pueden ejercer poder y buscar gloria, antes que un lugar con problemas que necesitan se les aproxime de manera pragmática y no autorreferencial.
—Una predisposición a emprender acciones que probablemente les exhiban favorablemente, esto es, para resaltar su imagen.
—Una preocupación excesiva con la imagen y la presentación.
—Una manera mesiánica de hablar acerca de lo que hacen y una tendencia a la exaltación.
—Una identificación de sí mismos con el Estado, hasta el punto de considerar la perspectiva y los intereses de los dos como idénticos.
—Una tendencia a hablar de sí mismos en tercera persona o con el plural mayestático.
—Confianza excesiva en su propio juicio y desprecio por el consejo o la crítica de otros.
—Exagerada fe en sí mismos, rayana en un sentido de omnipotencia, respecto de lo que pueden alcanzar.
—Una creencia en que antes que ser responsables ante el mundano tribunal de sus colegas o la opinión pública, el tribunal al que tienen que responder es muy superior: la historia o Dios.
—Una convicción inamovible de que serán reivindicados en ese tribunal.**
—Inquietud, irreflexión e impulsividad.
—Pérdida de contacto con la realidad, a menudo asociada con un aislamiento progresivo.
—Una tendencia a permitir que su “gran visión”, especialmente su convicción de la rectitud moral de un determinado curso de acción, obvie la necesidad de considerar otros aspectos, como la factibilidad, el costo y la posibilidad de consecuencias indeseadas; una terca renuencia a cambiar de curso.
—Como resultado, un cierto tipo de incompetencia en la implementación de una política, que puede ser llamada incompetencia hibrística. Es aquí donde las cosas van mal, precisamente porque el exceso de confianza hace que el líder no se moleste con la carpintería de una política. Aquí puede haber una desatención a los detalles aliada a una naturaleza indiferente.

En librerías
Fue un ataque de la enfermedad de la victoria, de hibris o senshobyo lo que llevó a los japoneses al desastre de Midway, poco después de su espectacular bombardeo de Pearl Harbor y su precoz extensión por islas y costas del Pacífico; fue la enfermedad de la victoria lo que llevó a Napoleón a la catastrófica invasión de Rusia, y a Hitler más de un siglo después a concebir y fracasar estrepitosamente, con su Operación Barbarroja, en el mismo intento. A comienzos de 2007, eso mismo estaba pasando a Hugo Chávez, enfermo de triunfo, en el año cuando sufriría a su término la primera derrota electoral de su trayectoria. Hugo Chávez, como acabamos de ver, exhibía muy notoriamente no tres o cuatro de los síntomas enumerados por Owen sino todos los catorce.*** Su hibris lo llevó a la pérdida del referendo aprobatorio de dos proyectos de reforma constitucional; uno sometido por la Presidencia de la República y otro por la Asamblea Nacional. LEA
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* Lord Owen es un médico inglés que investigó sobre la química del cerebro y trabajó con neurólogos y psiquiatras, pero también ha sido un destacado político que sirvió como miembro del Parlamento, Sub-secretario de Estado para la Marina, Ministro de Salud Pública y Ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra. Está particularmente calificado para disertar sobre la enfermedad de poder.
** Pedro León Zapata pintó a un tiranosaurio con charreteras y botas militares—Tiranosaurio Red—que decía: “A mí me absolverá la prehistoria”, en clara alusión a famosa frase de Fidel Castro en el juicio por el asalto al Cuartel Moncada.
*** Aunque el libro de Owen fue publicado por Praeger en 2008, no se encontrará en él ni una sola mención de la persona política de Hugo Chávez. No pareciera estar el autor muy consciente de su existencia, puesto que verdaderamente nuestro Presidente es un caso de librito, prácticamente el modelo perfecto para la enumeración de los signos del desorden hibrístico tratado en la obra.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 18, 2012 | Argumentos, Política |

Para Varianzas la cosa es cara o sello
El responsable de las encuestas de Varianzas—enlace abajo para descargar la más reciente en .pdf—es el sociólogo Rafael Delgado Osuna y, según él, la cosa está de a toque. Para un estudio con error muestral de 2,16% en cualquier dirección, una intención de voto de 49,3% (Chávez) y 47,2% (Capriles) es un verdadero empate técnico. La encuesta incluye preguntas de difícil evaluación; por ejemplo: Si Chávez no ha vencido la enfermedad antes del 7-O ¿por quién votará? (Lámina 13). La firma no explica quién emitirá juicio médico confiable a este respecto o cómo se enterarán los electores de la situación.
A pesar de esta medición, Francisco Toro Ugueto (Caracas Chronicles), quien hace la referencia a la encuesta como signo de buen trabajo del comando de Capriles, cree que Chávez ganará las elecciones. He aquí la traducción de su blog, que redacta en inglés:
Cuando converso de la elección de octubre, la gente invariablemente me pregunta por «los números». ¿Cómo van los números? Ese tipo de cosas.
Quieren decir las encuestas, por supuesto.
Pero la próxima vez que alguien me pregunte, voy a sacudir la cabeza y decir «no se está viendo bien».
En un contexto internacional, es extraordinariamente raro que un presidente en ejercicio pierda la reelección en medio de una racha de fuerte crecimiento económico. Y en el contexto de un petroestado, sería genuinamente extraordinario que un presidente en ejercicio perdiera con precios petroleros de tres dígitos.
Algunos verán esta actitud como derrotista. Yo, por supuesto, pienso que es realista. La gente vota por sus bolsillos. Más específicamente, vota por la tendencia de sus finanzas domésticas. En este momento—aunque sea difícil de creer—un número muy grande de venezolanos está viendo sus finanzas mejorar mes a mes.
Estamos exigiendo mucho del campo de Capriles cuando le pedimos que venza esta desventaja estructural. Porque, debemos estar claros: que la carrera sea incluso competitiva ya es un enorme testimonio del trabajo que ha hecho.
En efecto; los amigos preguntan siempre: «¿Cómo ves la vaina? ¿Quién crees tú que va a ganar?» El coro de encuestadores y opinadores dista mucho de la consonancia (ver tabla abajo), pero mi opinión clínica, independientemente de las mediciones, no ha variado desde que la expresara el 10 de marzo de 2011. En referencia a los precandidatos opositores de entonces (en lista que incluyó a Capriles), escribí: Puede señalarse en cada uno de ellos algunas bondades, sin la menor duda, pero pareciera que ellas son insuficientes para la tarea de alcanzar la Presidencia de la República en un cotejo que, indefectiblemente, incluirá la candidatura de Hugo Chávez, quien repetirá y ampliará su comportamiento ventajista. No es un candidato “normal” quien puede derrotar al Presidente en ejercicio. Menos suficientes todavía serían esas bondades para manejar acertadamente el Poder Ejecutivo Nacional en las condiciones esperables para 2013, en el improbable caso de que éste cayera en sus manos. LEA

Desde las primarias de oposición
(Enlace para descarga: Varianzasagosto)
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Actualización: hoy, 20 de agosto de 2012, se ha filtrado por una nota de Bloomberg que Datanálisis ha medido, en levantamiento practicado entre el 16 de julio y el 9 de agosto, que la ventaja de Chávez sobre Capriles se ha reducido a 12,5 puntos. La intención de votos por el primero ha bajado a 46,8% mientras que a favor del segundo se pronunció el 34,2% de 1.288 entrevistados. También habría reportado la encuestadora 18,8% de indecisos. Mariana Párraga y Eyanir Chinea reportaron sobre lo mismo para Reuters.
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