Relectura económica

Un plan que lucía razonable

Hasta 1973, la economía venezolana creció serena y consistentemente, a ritmo sensato, dentro del marco de la democracia. A comienzos de ésta (1959) el Estado venezolano propició una reforma agraria, pero también una política de industrialización que implicaba un explícito e importante estímulo a la actividad económica privada.

A partir de 1974 el país experimentó un crecimiento desmedido, cuyas consecuencias seguimos sufriendo a la fecha. En ese año se había cua­druplicado, en cuestión de meses, el valor de las exportaciones energéti­cas venezolanas, a raíz del embargo árabe de fines de 1973. Es conveniente enfatizar este hecho: el crecimiento de la década 1973-83 no se debió a factores buscados por Venezuela, sino a causas totalmente exógenas determinadas por terceros actores internacionales, entre las que debe anotarse además la profusa y espléndida oferta de financia­miento internacional de la época.

Cualquier economía, por más sana que fuese, enfermaría de importancia si se viera inundada de esa forma por tan desorbitada y repentina for­tuna. De hecho, se conoce con el nombre de “enfermedad holandesa” a procesos de este tipo, para designar la dolencia económica en la que el súbito influjo de ingreso petrolero y ayuda internacional puede destruir la economía. (En los años 70 la explotación de petróleo en el Mar del Norte generó una inundación, esta vez de dólares, en Holanda. La divisa holandesa se revalorizó sustancialmente, encareciendo sus exportaciones no petroleras hasta el punto de hacerlas no competitivas. Al mismo tiempo la importación se hizo barata, y los altos salarios del sector pe­trolero causaron su elevación en otros segmentos de la economía. Estas fuerzas se combinaron para causar estragos en la actividad privada no petrolera).

De modo que sufrimos una enfermedad por factores no endógenos. Su­frimos un atragantamiento e indigestión de divisa extranjera. (En 1963 el Primer Curso de Dirigentes Campesinos del Instituto Venezolano de Ac­ción Comunitaria se celebraba en Caracas, con una duración de un mes. A los pocos días de haberse iniciado la angustia cundía entre los directi­vos del instituto, pues la gran mayoría de los dirigentes campesinos asistentes habían enfermado de aguda dolencia digestiva. El temor inicial de una intoxicación causada por presuntos alimentos descompuestos dio paso después a la comprensión de la causa real de la epidemia: los asis­tentes al curso rara vez habían comido tres veces diarias, y la ingesta normal que ofrecía el IVAC representaba un marcado salto en la dieta habitual de los enfermos. Lo que en principio es bueno puede perfecta­mente hacerse pernicioso en la práctica, en ciertas condiciones).

Y tampoco es que la gestión económica pública de la época no intentó protegerse de la enfermedad. La creación del Fondo de Inversiones de Venezuela pretendió ser el remedio que el gobierno de los EEUU prescribiría en Irak, luego de invadirlo, para precisamente buscar esa protección. (“En Irak sus funcionarios se pre­ocupan porque el influjo de dólares empuje hacia arriba el valor de la mo­neda local y dispare los salarios hasta el punto de que la manufactura y otras industrias no petroleras languidezcan… Entre los remedios que la administración Bush está considerando para contrarrestar la enfermedad holandesa está la creación de un fondo para estabilizar el ingreso petro­lero del gobierno incluso ante fluctuaciones en los precios del crudo…” Mi­chael M. Phillips, U.S. Tries to Gird Iraq for the Perils of Oil-Cash Glut, The Wall Street Journal, 19 de enero de 2004).

Debe apuntarse, por otra parte, que la República de Venezuela trató de emplear el excedente de ingresos en inversión económicamente razona­ble. En 1975 cualquier economista del planeta hubiera recomendado al gobierno venezolano que hiciera lo que precisamente emprendió: el desa­rrollo, mediante concentradas e importantes inversiones, de sus “venta­jas comparativas”. Si Venezuela se caracterizaba, además de por su ele­vado ingreso petrolero, por una abundancia de minerales de hierro y aluminio en una región bendita por la presencia de energía hidroeléctrica abundante y relativamente barata, entonces hacia allí debía ir la inver­sión pública. El Plan IV de SIDOR fue el programa emblemático de esa política. (Naturalmente, el primer uso del chorro inicial de dólares fue la adquisición de la industria petrolera misma en 1975, cuando se expropió a las transnacionales del petróleo. Decir que la «cuarta» república estaba «vendida al imperio» es una grosera distorsión. Ya antes de ese hecho fundamental durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, Rafael Caldera había denunciado el tratado comercial de Venezuela con los Estados Unidos).

11 años después del Plan IV

Pero nadie, ningún experto económico en el mundo entreveía entonces que una profunda transformación de la economía mundial estaba en marcha y haría eclosión en los últimos años del siglo XX. Así, hubo que esperar a 1986 para leer un comentario como el siguiente: “«La Revolución Industrial estuvo en gran medida basada en mejoras radicales en los métodos de modificación de materiales básicos tales como el algodón, la lana, el hierro y más tarde el acero. Desde en­tonces, continuas mejoras en las técnicas de producción han hecho dispo­nible un creciente número de productos basados en mate­riales a un nú­mero mayor de mercados. De hecho, desde la Revolución Industrial un aumento en el consumo de materiales ha sido un signo de crecimiento económico… En años recientes parece haberse producido un cambio fun­damental en este patrón de crecimiento. En Norteamérica, Europa Occi­dental y Japón la expansión económica continúa, pero la demanda por muchos materiales básicos se ha estabilizado. Pareciera que los países industriales han alcan­zado una encrucijada. Ahora están saliendo de la Era de los Materiales, que abarcó los dos siglos siguientes al advenimiento de la Revolución Industrial, y se están adentrando rápidamente en una nueva era en la que el nivel de uso de los materiales ya no constituye un indicador importante de progreso económico». (Eric D. Larson, Marc H. Ross y Robert H. Williams, Beyond the Age of Materials, Scienti­fic American, junio de 1986).

Sólo entonces advirtieron: “Dado que el procesamiento de los materia­les básicos consume mucho más energía por dólar de unidad producida que lo que lo hacen las actividades de fabricación intermedia y final, aún un pe­queño cambio en el procesamiento puede tener un profundo efecto en la energía consumida por la industria (que en 1984 representó dos quintas partes de toda la energía consumida en los Estados Unidos). Nuestro aná­li­sis sugiere que la producción agregada de materiales en los Estados Unidos permanecerá en términos gruesos constante entre 1984 y el año 2000 (cuando se la mide en términos de kilogramos de producto pondera­dos por la energía consumida en fabricar cada producto). Ya que espera­mos que la industria mejorará su eficiencia en el uso energético a una tasa de entre 1 a 2 por ciento por año durante ese período, el resultado puede muy bien ser una disminución en el consumo industrial de energía, quizás en tanto como 20%…»

Finalmente concluyeron: «Como cualquiera otra profunda transformación histórica, traerá consigo beneficios así como pesa­dos costos para aquellos que han hecho una inversión en la era que ter­mina. Los países industria­les están siendo testigos de la emergencia de una sociedad centrada en la información, en la que el crecimiento económico está dominado por produc­tos de alta tecnología que tienen un contenido de materiales relativamente bajo. En esta sociedad los materiales básicos continuarán siendo usados, y a muy altas tasas si se les compara con las tasas de otras sociedades. El hecho económico crítico es que su uso ya no estará creciendo. En los años por venir, el éxito y el fra­caso económicos estarán determinados por la capacidad de adaptarse a esta realidad”.

Pero eso no lo sabía nadie en 1974. Aun doce años más tarde los autores del trabajo reseñado formulaban su visión en términos tentativos. (“Puede ser que la nueva era llegue a ser la Era de la Información, aunque es probablemente demasiado temprano para bauti­zarla con alguna segu­ridad»).

En suma, fuimos atacados desde 1973 por patología económica de origen extraño y no sabíamos que poner todos los huevos en la cesta de Gua­yana crearía rigideces de tanta consideración que aún gravitan sobre no­sotros. Esta lectura es importante para desmontar la impresión estándar que se tiene de nuestro desempeño económico general en tanto sociedad: que exhibimos una conducta esencialmente censurable. Dentro de una general propensión nacional a la autodenigración, una interpretación in­correcta de la trayectoria económica venezolana contribuye a la entroni­zación de un marco cognitivo asfixiante e injusto. LEA

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Presunción de inocencia

Julio Borges anuncia la suspensión de Juan Carlos Caldera

A Luis Penzini Fleury, amigo de los valores

Toda persona se presume inocente mientras no se pruebe lo contrario.

Numeral 2 del Art. 49 de la Constitución Nacional

Damage control is a term used in the Merchant Marine, maritime industry and navies for the emergency control of situations that may hazard the sinking of a ship. (…) As well, it has been adopted for use in politics and media to describe a need to suppress information or employ spin doctors to represent a response to a situation.

Wikipedia

Wilmer Ruperti (…) es un empresario, inversionista y magnate del transporte marítimo venezolano, fundador, presidente y Director ejecutivo de Global Ship Management, compañía naviera líder en el transporte petrolero en Venezuela, que posee contratos con PDVSA, para la distribución del crudo en el resto de Latinoamérica.

Wikipedia en Español

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La Realpolitik es cosa muy seria. Nos dice Wikipedia: «Realpolitik se refiere a la política o la diplomacia basada primariamente en el poder y en factores y consideraciones prácticas y materiales, antes que en nociones ideológicas o moralistas o premisas éticas». Guerra es guerra, pues. La justificación implícita de la «política realista» es, en su límite, la siguiente: “A mí me gustaría que las cosas fuesen de otro modo, pero mi oponente, que en la prác­tica es todo aquel que no me está subor­dinado, es una persona a quien debo entender como perpetuamente en procura del engrandecimiento de su propio poder como un fin en sí mismo, y convencido de que la base de su poder descansa sobre la amenaza y el empleo de la fuerza física o la coerción económica. Es así como estoy moralmente justificado, por autopreservación, para em­plear cualquier medio de ganarle; es así como estoy moralmente obligado a ganar. Lo único inmoral es no ganar”.

La última frase me fue dicha varias veces, a modo de regaño, por un dirigente copeyano durante la campaña de Rafael Caldera en 1983. Luego de explicar a sus alumnos los principios de la Democracia Cristiana, los profesores del IFEDEC acostumbraban advertirles (me lo confió quien fuera su Director General a comienzos de los noventa): «Pero en política hay que sacar sangre». La Realpolitik nos enseña que otra cosa es chuparse el dedo. Por eso, un candidato presidencial de COPEI estableció en su momento un laboratorio de guerra sucia que, entre otras cosas, elaboró para fines non sanctos una lista de homosexuales en Acción Democrática. Hasta quienes dicen regirse por una «ética política»—uno de los «principios para la acción» enumerados por Enrique Pérez Olivares en sus Principios de la Democracia Cristiana—han adoptado esa práctica.

Ese modo de entender la política no es invento venezolano. En todo el planeta se admite la guerra sucia, se la justifica. En 2008, recibí del amigo y mentor Yehezkel Dror su estupendo trabajo The New Ruler: Leadership for the 21st Century. Leí con agrado su recomendación de sustituir la raison d’État por la raison d’humanité, pero debo admitir que me chocó leer su décimo cuarto consejo práctico a los «nuevos gobernantes»: «Para todo lo que hagas, por más válido que sea en sí mismo, necesitas mucho poder. Inevitablemente, tendrás que usar estratagemas que pueden ser inmorales. Úsalas con moderación y pon cuidado extra para no permitir que envenenen tu mente».

Dror me indicó una vez con toda claridad que no apreciaba a Bárbara Tuchman. Ella había escrito en La marcha de la locura: «Éste es el persuasivo argumento de la Realpolitik que, como la historia ha mostrado a menudo, tiene un corolario: que el proceso de obtener poder emplea medios que degradan o brutalizan a quien los emplea, que despierta para darse cuenta de que aquél ha sido poseído a expensas de la virtud, del propósito moral».

La gente que hace política desde el marxismo, por supuesto, no es en absoluto ajena a los procedimientos de guerra sucia. La revolución absorbe la inmoralidad de cuanto sea conveniente para garantizar su triunfo; el mismo Dror había señalado (1971) los rasgos característicos de un crazy State: «1. tiene objetivos muy agresivos en contra de otros; 2. mantiene un profundo e intenso compromiso con esos objetivos (dispuesto a pagar un alto precio por su logro y correr grandes riesgos); 3. está imbuido de un sentido de superioridad frente a la moralidad convencional y las reglas habitualmente aceptadas de la conducta internacional (dispuesto a la inmoralidad e ilegalidad en términos convencionales en nombre de ‘valores superiores’); 4. exhibe un comportamiento lógicamente consistente dentro de tales paradigmas; 5. lleva a cabo acciones externas que impactan la realidad (incluyendo el uso de símbolos y amenazas)».

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El video incriminador

El affaire Caldera ha caído como una bomba. No es sólo el acto registrado de unas manos en la masa; lo que dice en la grabación que fue planeada es más incriminador todavía. En el intercambio con el interlocutor oculto—Caldera lo identifica como Luis Peña, quien sería asistente de Wilmer Ruperti—el militante de Primero Justicia suspendido da cuenta de supuestos esfuerzos personales, que no habrían cuajado todavía (el 20 de junio de 2012), para concertar un encuentro de Ruperti con Henrique Capriles Radonski. (De hecho, el video muestra la insistencia del presunto representante en ese preciso punto).

Dos meses y veintitrés días tardó la pieza de video en hacer presencia pública. ¿Qué pasó desde que fuera producida? ¿Es Ruperti, suponiendo que sea en verdad él el financista, una pieza clave en un esfuerzo largamente preparado para dañar a la candidatura Capriles o, simplemente, alguien que como Richard Nixon registra sus conversaciones en medios audiovisuales de modo rutinario? ¿Sería verdad que entonces veía posibilidades al candidato opositor y, entendiendo ahora que Chávez triunfaría, optó después por comprometer a Caldera? Todo esto es especulación pura, pero no hay en el video nada que incrimine directamente a Capriles; ha podido Caldera hacer creer a «Ruperti» que había hablado con el candidato del encuentro sin haberlo hecho.

Lo cierto es que Primero Justicia y el propio candidato han ejecutado un correcto e instantáneo control de daños; el partido al suspender—no ha sido expulsado aún—a Caldera de su militancia, el segundo al excluir al cuestionado político de las labores de campaña con declaraciones, si no totalmente convincentes, al menos bastante persuasivas.

Y nadie se chupa el dedo como para no evaluar, realistamente, que la difusión del video tiene como propósito afectar la campaña de la oposición. (Ver evaluación de Reuters). Prácticamente todo político en el mundo necesita y recibe apoyo financiero privado para sus campañas. (Hasta Jesús de Nazaret recibió apoyo de amigos ricos; por ejemplo, para sufragar la Última Cena. Supongo que no habremos olvidado el financiamiento de bancos españoles a la primera campaña electoral de Hugo Chávez, en 1998). Otra cosa será constatar si hubo algo ilegal en la recepción de los cuarenta mil bolívares que Caldera dice haber adquirido de Ruperti. Pero la pregunta en los seguidores de Capriles es si el incidente ha dañado sus posibilidades electorales de manera irreversible. Es una sorpresa como ésa lo que puede alterar tendencias de la intención de voto a favor del más pintado, a game changer.

El 28 de junio advirtió Hinterlaces al presentar sus resultados de ese mes: “sólo una sucesión de ‘eventos extraordinarios’ que ocasionen conmoción pública y que mediante una intervención mediática programada provoquen un clima de ‘angustia persecutoria’ y ‘neurosis colectiva’ podrían modificar la actual correlación de fuerzas electoral y reducir la brecha». A su Presidente, Oscar Schemel, le defendí de la acusación de Tomás Guanipa—a la derecha de Borges en la foto disciplinaria—como receptor de viáticos y pasajes del gobierno; lo había conocido hacía poco, como había querido desde hace tiempo al considerar sus análisis intelectualmente valiosos, y lo mostrado por Guanipa tenía todos los visos de un montaje. Schemel se mostró conmovido, agradeciéndome en una emotiva nota. Poco después, conocedor de mi trayectoria profesional en el periodismo, solicitó mi opinión profesional sobre la viabilidad de un nuevo semanario en el país que un grupo inversionista consideraba, añadiendo que también evaluaba la adquisición de Canal i, precisamente la televisora que Ruperti montó al comprar Puma TV. Emití opinión negativa, al decirle que eso equivaldría, en esta era de televisión por Internet, a la compra de «un huevo de dinosaurio», y pensé que el canal debía estar en dificultades para que fuera puesto en venta; espero que Ruperti no me cobre si le eché a perder el negocio. (Some of Canal i’s presenters include Carlos Escarrá, a pro-Chávez congressperson and member of the United Socialist Party of Venezuela, and Julio Borges, the leader of Justice First, the second largest opposition party. Wikipedia). Con el video de Caldera recibiendo billetes, traga ahora Guanipa, en dosis muy recrecida, su propia medicina.

La descripción de Hinterlaces venía como anillo al dedo para suponer que la tragedia de Amuay (25 de agosto) podía reducir o, tal vez, borrar de un todo la ventaja que Chávez ha venido disfrutando según la mayoría de las encuestadoras. Sin embargo, José Antonio Gil Yépez declaró el 11 de este mes a Noticias 24 Radio: «… en medio de la tragedia de Amuay el Gobierno supo disminuir los daños, no así la oposición que tuvo muy bajo perfil”. (En mi opinión, la dirigencia opositora se abstuvo, con bastante altura, de una actitud carroñera). Pero la asimetría ventajista del gobierno es evidente: cuando parlamentarios de oposición propusieron que la Asamblea Nacional debatiera el incendio de la refinería, su idea fue bloqueada de inmediato; no ha ocurrido lo mismo para una investigación propuesta por el oficialismo sobre la imprudencia de Juan Carlos Caldera. En criterio de Diosdado Cabello, Presidente de la AN, una contribución política de cuarenta mil bolívares tiene más importancia que las pérdidas humanas y financieras en Amuay.

El obsequio de Ruperti

Si fuera en verdad Wilmer Ruperti el contribuyente de Caldera, es difícil de entender cómo se acepta una suma tan pequeña de un generoso financista del gobierno. Tan sólo en la donación que le hiciera de dos pistolas que fueron de Simón Bolívar, el empresario naviero gastó la suma de un millón y medio de dólares en una subasta. El propio Caldera ha dicho de sí mismo que pecó de ingenuidad y en eso tiene razón; por la medida chiquita, ha debido cobrar bastante más por su finder’s fee.

Ayer faltaban 24 días para la elección del 7 de octubre. Alguna o varias encuestadoras intentarán medir el impacto que la exposición del incómodo video ha tenido sobre la intención de voto de los electores venezolanos. La rápida reacción de Capriles y su partido ha debido aminorar en algo el daño. Lo que no tendrá fácil reparación es la nueva lesión a la psiquis nacional, que contempla espantada el bajo nivel de la política en el país. La corrupción no es nueva, ni aquí ni en el mundo. Piénsese en aquel video de la extorsión a Camilo Lamaletto, por un abogado asesor del Presidente de la Comisión de Contraloría del antiguo Congreso de la República. Pero estas cosas como el maletín de Antonini Wilson, las actuaciones del magistrado Aponte, los banqueros prófugos, el caso Makled y la miseria cobrada por Caldera emiten un hedor que asquea a los venezolanos, y el vaho proviene de ambos polos. Ésa es, hoy, nuestra política; nos consuela que después viene mañana. LEA

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Otra baladronada más

El chantaje como técnica política

Una vez más, «después de mí el diluvio». Una vez más, Hugo Chávez amenaza con guerra civil—bueno, la predijo—si llegare a perder la elección del 7 de octubre. En su peculiar manera de cortejar, apeló a los «ricachones» invitándoles a que voten por él, puesto que no les convendría una guerra civil: «Hasta los ricachones, hasta las familias ricas que les gusta la tranquilidad, les interesa que gane Chávez y les invito que voten por Chávez el 7 de octubre. Chávez les garantiza paz, estabilidad, crecimiento económico».

El presidente Chávez disfruta, para empezar, una existencia de ricachón: disfruta de un envidiable nivel de vida en el que los lujos no son escasos. No tiene autoridad moral para criticar la riqueza porque él vive como privilegiado. En su gobierno, por otra parte, hay más de un ricachón construido a base de una corrupción descarada. Claro, son ricachones nuevos, pero ricachones al fin. Como en cualquier régimen socialista, una nueva clase de privilegios hace usufructo personal del poder dentro de su administración. Si la insubordinación fuera elogiable, y si él tuviera hoy la edad que lucía en 1992, un gobierno como el suyo le habría impelido a levantarse en armas contra él.

Luego, es una soberbia incomparable creerse imprescindible en el mantenimiento de la paz republicana. También es contradictorio, pues no ha habido gobernante venezolano que haya amenazado más o agredido más que Hugo Chávez. Hay que tener tupé para hablar de paz desde la guerra.

Sus más obsecuentes secuaces lo apoyan en la baladronada; en noviembre de 2010, dijo el actual Ministro de la Defensa, general Henry Rangel Silva: “Los ataques están en la agenda de la oposición. El elemento Fuerza Armada históricamente ha sido utilizado para de alguna manera derrocar gobiernos… Ellos actúan apoyados por terceros países y eso afecta el nacionalismo. La hipótesis (de un gobierno de la oposición) es difícil, sería vender al país, eso no lo va a aceptar la gente, la FAN no, y el pueblo menos”. Es francamente un razonamiento muy defectuoso postular que el pueblo rechazaría un hipotético gobierno opositor, cuando la única manera en que pudiera llegar a constituirse es, precisamente, por una decisión de la mayoría de ese pueblo. (Glosa de cuatro soles).

Pero ahora es el Presidente de la República quien amenaza con un conflicto fratricida en el caso de su derrota. Eso es algo absolutamente inadmisible, y es lamentable que la oposición venezolana no haya sido eficaz en el combate a un funcionario tan pernicioso. LEA

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Repaso para una oposición obsesiva

Así no se puede razonar con eficacia

 

obsesión. (Del lat. obsessĭo, -ōnis, asedio). 1. f. Perturbación anímica producida por una idea fija.

Diccionario de la Lengua Española

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En fin de cuentas, no dudo que al lector le será patente el ánimo que impulsa a LEA—como suelo llamarlo amistosamente—, el cual es fiel al más puro espíritu machadiano: «Tu verdad no; la verdad / y ven conmigo a buscarla. /La tuya, guárdatela».

José Rafael Revenga

Nota prologal a Las élites culposas

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Imitaré a Rafael Poleo, aunque sólo en el lema de su columna semanal en la revista Zeta, tomado de André Gide. En traducción algo diferente de la que usa: «Todas las cosas ya fueron dichas, pero como nadie escucha es preciso comenzar de nuevo». (Toutes choses sont dites déjà; mais comme personne n’écoute, il faut toujours recommencer; en el Tratado de Narciso).

Lo que sigue, pues, son sólo cosas dichas o escritas antes por mí, que repito ahora por las razones de Gide. Su lectura conviene a quienes se dicen demócratas y se muestran incapaces de tolerar opiniones que divergen de las suyas, así como condenan a quienes las sostienen—sin refutarlas—desde una pretendida superioridad patriótica y moral. (También les sería de utilidad notar las fechas). Algunos, desde programas de radio o a segura distancia en el exterior, corresponden a la amarga definición de Manuel Vicente Romero García: «Venezuela es un país de reputaciones consagradas y de nulidades engreídas». (En El Cojo Ilustrado, 1896).

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El opositor patológico es adicto al objeto de su oposición. Si Chávez no ha dicho nada últimamente siente una desazón de carácter obsesivo-compulsivo y busca encontrar en el territorio de alguna gobernación, o un municipio fronterizo una manifestación más de la maldad de su régimen.

Pero, atraído irremisiblemente hacia el objeto de su odio, como quien se deja cautivar por la mirada de una serpiente, como mariposa que busca la lumbre en la noche (así se achicharre), procura estar enterado de todos los pasos del actual Presidente de la República, y esto realimenta su angustia, su odio, su estrés. Chávez sabe que causa ese efecto y disfruta dando pie a que esas emociones cundan en el número de sus opositores; hace a propósito lo que él presume que causará mayor irritación a sus opositores. El niño es llorón y la mamá lo pellizca.

Ésta no es, por otro lado, la única realimentación que se produce en esta dinámica. La ritual execración de la figura presidencial proporciona al opositor adicto un progreso indirecto en la imagen ética que tiene de sí mismo. En efecto, mientras puedo hablar peor del Presidente, mientras más malvado lo encuentro, yo soy por implicación una mejor persona. Como no soy como él—¡Dios me libre!—entonces soy bueno. Mi bondad progresa relativamente, sin que yo haga mérito independiente, porque su maldad crece todos los días. Así obtengo satisfacción moral.

Y todavía hay un segundo mecanismo psicológico que refuerza la adicción: que en la execración ritual, en saborear una mezcla de amargura y angustia porque el hombre no ha caído, el opositor adicto ha encontrado la trascendencia. Ahora es un patriota, ya no sólo un ejecutivo financiero, un comunicador social o un dentista. Ahora soy héroe, pues he sentido en carne propia la gaseosa y lacrimógena represión. Ahora soy valiente.

(En Enfermo típico, artículo del 26 de enero de 2006).

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Lo primero que quiero asentar acá es que no creo que haya esta tarde en este sitio alguna persona que haya expresado, de manera más drástica, directa y longeva que yo, el rechazo a la figura del actual Presidente de la República y la política que nos ha traído. Desde un artículo de prensa en el mismo mes de febrero de 1992, en el que expresé mi opinión, que permanece invariable, de que la asonada del 4 de febrero de ese año era un abuso inexcusable, por cuanto el derecho de rebelión no reside en un grupo o minoría cualquiera, no reside en Fedecámaras, no reside en la CTV, ni en la Iglesia Católica, ni en el Bloque de Prensa, ni en ninguna organización por más meritoria y elogiable que haya podido ser su trayectoria, y ciertamente no residía ese derecho en una logia de militares que juraran prepotencias solemnes ante los restos de un decrépito samán. El sujeto del derecho de rebelión no es otro que una mayoría de la comunidad, y cualquier grupo que se lo arrogue sin autorización de esa mayoría es claramente un usurpador.

La caricatura de Chaplin

Como he sentido la malignidad cancerosa del proceso Chávez desde su primera emergencia con toda claridad, no he dejado de rechazarlo y combatirlo con los recursos de los que dispongo desde ese momento. La enumeración de las instancias en las que he hecho esto sería un uso indebido del tiempo que tengo ahora, pero señalaré que en esa larga secuencia fui la primera persona que comparó públicamente a Chávez con Hitler, en agosto de 1998, durante la recta final de la campaña presidencial de ese año. Poco antes, por otra parte, había dicho personalmente al propio Chávez sobre su abuso de 1992 y que no debía seguir glorificando esa fecha que celebró otra vez el sábado pasado. Ya electo, en un acto público, y separado de su persona por unos dos metros, interrumpí su discurso para decir, en voz tan alta como para que los circunstantes escucharan perfectamente, que él estaba completamente equivocado en su concepto constituyente.

Hago esta salvedad porque es experiencia repetida que quienes difieren de ciertas interpretaciones estándar, que quienes se atreven a criticar a la conducción ostensible del proceso opositor son tenidos por poco menos que traidores, y en el mejor de los casos por ingenuos comeflores que no han entendido la dimensión del monstruo que nos domina desde Miraflores.

Pero no, no estamos engañados, ni le hacemos el juego al régimen con nuestra divergencia. Precisamente porque nos parece de la mayor importancia política salir de Chávez, es por lo que nos desespera ver la reiteración suicida de una ceguera estratégica que no tiene precedentes en nuestro país. Es una postura que se asienta sobre espejismos, que proyecta en la mayoría de la nación, injustificadamente, sus propias y equivocadas lecturas acerca de la realidad. La preponderancia de esa manera de ver las cosas, precisamente, imposibilita el diseño y ejecución de una estrategia correcta, y por esto hemos asistido, una y otra vez, a una sucesión de derrotas lamentables. Es porque no queremos ser derrotados una vez más por lo que nos angustiamos y hablamos.

(En Advertencia airada, texto leído en la Peña de Luis Ugueto Arismendi el 6 de febrero de 2006).

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Nadie ha podido mostrar, si de combate puro se tratase, dónde está el talón de Aquiles de Chávez, cuál es el agujero por el que pueda entrar un cohete hasta las entrañas del régimen. ¿De qué más se le va a acusar que no haya sido todavía expuesto? Ya se le ha dicho corrupto, asesino, dictador, comunista, abusador, zambo, matón, perdonavidas, fraudulento, totalitario, megalómano, terrorista, mentiroso, cobarde, procaz, machista, anacrónico, sibarita, demagogo, populista, caprichoso, resentido, arbitrario, cruel, vengativo, nepótico, alevoso, militarista, inconstitucional, loco, dispendioso, verboso, sofista, irresponsable, mal reunido. ¿Cuánto que pudiera añadirse al numeroso expediente acusatorio de Chávez de aquí a diciembre de 2006 haría una verdadera diferencia? La Realpolitik tiene por táctica favorita el desprestigio del oponente: ¿con qué otra cosa pudiera ensuciarse la reputación de Chávez que ya no haya sido mencionada? No es realista pensar que en la campaña por desplegarse dentro de muy poco se destape una olla cuyo hedor pueda atenuar suficientemente la propensión a votar por Chávez. (…)

Que una porción del pueblo traduzca la dádiva—usualmente condicionada a conductas que los receptores estiman dignificantes—en apoyo político no debiera ni sorprender ni escandalizar a nadie. Entre los críticos de este fenómeno los más prominentes defienden el derecho a la ganancia y el lucro, por considerarlos consustanciales a la verdadera libertad. ¿Quién pudiera entonces, con autoridad personal, censurar que gente pobre ayudada por el gobierno se comporte con la misma racionalidad? (…)

Si no todo el apoyo puede anotarse a la ayuda dispendiada (o su expectativa) ¿qué otras causas del mismo están presentes? Hay una obvia: Chávez ha dedicado una muy considerable proporción de su mandato a la propaganda fide, a vender una explicación totalizadora, exhaustiva, acerca del mundo y su política y su historia. Hay una manera bolivariana de cepillar los dientes. Y aquí encontramos que su prédica ha llegado a convencer a mucha gente.

En parte sirve para lo mismo que Hitler hizo con el pueblo alemán. El Führer expió la culpa de la convicción de Versalles. (Encontrando un chivo expiatorio, los judíos). Cuando cesó la Gran Guerra, el villano principal—los Hapsburgo—ya no existía, al desmembrarse Austria-Hungría, y la mayor parte de la pena se impuso a su aliado, el Segundo Reich. De allí las mayores imposiciones y reparaciones exigidas a Alemania. Hitler borró esa culpabilidad versallesca con Mein Kampf y sus discursos, violando prohibiciones e interrumpiendo las compensaciones, y trajo a la psiquis germánica el alivio que conllevan las absoluciones.

Del mismo modo Hugo Chávez ha absuelto de culpa a la pobreza, al decirle que ella es una creación de la riqueza. Ha trasmutado, también aquí, una enfermedad en virtud. Ser rico es malo; ergo, los pobres son los buenos.

El sumo sacerdote

Y esta fórmula es presentada al pueblo, mayormente pobre, con todos los rasgos de una epifanía, con profetas—Bolívar, Zamora, Maisanta, Jesucristo—y demás yerbas aromáticas. Hay toda una teorización del asunto, osadamente perorada, machacada, a lo mejor ni siquiera entendida en su totalidad por el propio orador o por su audiencia, pero de correspondiente empatía con un sufrimiento ancestral y milenario. Briceño Guerrero describió ese furor en El discurso salvaje, en desconocimiento pero anticipación de Chávez, dos décadas antes de su aparición política. (…)

Ante esto último nada ha hecho la oposición convencional. En 1999 alguien explicaba a un concierto de curiosos de la política que la mera negación de Chávez no bastaría. Que uno no niega un fenómeno telúrico que tiene por delante. Que ante aquél cabía, primero, un esfuerzo de contención. (Lo que se demostró posible, por ejemplo, con la redacción primera del decreto que convocaba a referendo consultivo sobre la elección de una constituyente. Fue tan obviamente absolutista que el helado silencio del país, roto sólo por el reclamo de Blyde y otros pocos, forzó al gobierno a rehacer su primer decreto programático, moderando su pretensión de poder de aquel momento. Aun no controlaba el máximo tribunal de la república).

Pero explicó también que tampoco sería suficiente la contención mera. Había, más que oponerse a Chávez, que superponerse a él. Y de ese año hubo también un ejemplo. De Miraflores venía la noción de que la constituyente debía ser “originaria”; esto es, capaz de alterar, mutilar, impedir o suprimir cualquier otro poder constituido. La oposición conservadora automática, que antes se había opuesto a la constituyente misma, quiso defender la noción de que ésta debía ser “derivada”, y por ende equivalente, no superior al Congreso o los restantes poderes constituidos. Era difícil vender esta constituyente disminuida en la parroquia 23 de enero.

Lo que debió decirse, en cambio, debía trascender la trampajaula terminológica construida por Chávez. Debió apuntarse que lo que era en verdad originario era el pueblo, en su carácter de poder constituyente. Debió decirse: “Una asamblea, convención o congreso constituyente no es lo mismo que el Poder Constituyente. Nosotros, los ciudadanos, los Electores, somos el Poder Constituyente. Somos nosotros quienes tenemos poderes absolutos y no los perdemos ni siquiera cuando estén reunidos en asamblea nuestros ‘apoderados constituyentes’. Nosotros, por una parte, conferiremos poderes claramente especificados a un cuerpo que debe traernos un nuevo texto constitucional. Mientras no lo hagan la Constitución de 1961 continuará vigente, en su especificación arquitectónica del Estado venezolano y en su enumeración de deberes y derechos ciudadanos. Y no renunciaremos a derechos políticos establecidos en 1961. Uno de los más fundamentales es, precisamente, que cuando una modificación profunda del régimen constitucional sea propuesta, no entrará en vigencia hasta que nosotros no la aprobemos en referéndum”. Así se habría pasado sobre su discurso.

Por ejemplo, el paro petrolero (clic amplía)

Pero eso no se dijo, o por lo menos la voz que lo dijo no tenía fuerza y tampoco se le prestó alguna. La oposición con recursos—organizativos, comunicacionales, financieros—siempre ha acusado a Chávez; nunca lo ha refutado. Siempre ha estado a la defensiva, siempre ha jugado en terrenos escogidos por Chávez, discutido en su terminología, atendido sus convocatorias; se ha regido por su agenda y actuado según guión escrito por él, en el que prácticamente todas las actuaciones opositoras hasta ahora mostradas—salvo la táctica inicial del 11 de abril y la participación masiva de empleados petroleros en el paro—han sido anticipadas. El guión es tan bueno que aun las excepciones e imprevistos son absorbidos en él, neutralizados.

(En Tío Conejo como outsider, trabajo reproducido el 20 de julio de 2006).

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Siendo así las cosas ¿cuáles serían los rasgos imprescindibles en tal contrafigura?

El primero de ellos, paradójicamente, es que no sea una contrafigura de Chávez. Es decir, que su razón de ser no sea oponerse al actual Presidente de la República. El discurso de una contrafigura exitosa, si bien tendrá que incluir una refutación eficaz del chavismo, deberá alojar asimismo planteamientos nacionales que debiera sostener aun si Chávez no existiese. El problema político venezolano es más grande que Chávez. (…)

Luego, y en estrecha relación con lo anterior, la refutación del discurso presidencial debe venir por superposición. El discurso requerido debe apagar el incendio por asfixia, cubriendo las llamas con una cobija. Su eficacia dependerá de que ocurra a un nivel superior, desde el que sea posible una lectura clínica, desapasionada de las ejecutorias de Chávez, capaz incluso de encontrar en ellas una que otra cosa buena y adquirir de ese modo autoridad moral. Lo que no funcionará es “negarle a Chávez hasta el agua”, como se recomienda en muchos predios. Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes. Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política del pueblo, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución.

Quien sea capaz de un discurso así, por supuesto, deberá haber abrevado de las más modernas y actuales fuentes de conocimiento, y haber arribado a un paradigma de lo político que deje atrás tanto la desactualizada y simplista dicotomía de derechas e izquierdas—capitalismo o liberalismo versus socialismo—como el modelo de política de poder (Realpolitik). El discurso de Chávez es, obviamente, decimonónico, pero no podrá superársele con Hayek o Juan XXIII.

Quien pretenda el trabajo de contrafigura de Chávez deberá, en la misma línea, ser enciclopédicamente capaz. Esto es así, más que porque lo requiera la tarea política normal, porque la narrativa de Chávez, fuertemente ideológica, contiene una explicación y una respuesta para prácticamente casi todo. Hay una manera “bolivariana” de lavarse los dientes, de entender la historia de Venezuela y del mundo, de suponer el futuro, de estimar cómo deben ser los seres humanos, de prescribir la forma de la economía y los contenidos de la educación, de cambiar los nombres de todas las cosas, etcétera. La contrafigura tendrá que moverse con comodidad en más de un territorio conceptual, tendrá que ser tan “todo terreno” como Chávez. No bastará que sea “buen gerente”, o que haya hecho méritos como operador político convencional.

Después, la contrafigura viable no podrá tener ni rabo de paja ni techo de cristal. En particular, no debe ser asimilable a una vuelta al pasado pre-chavista, a lo que inexactamente se entiende por “Cuarta República”. Menos todavía debiera ser posible tildarla de elitista. Quien quiera asumir la misión no deberá entenderse como parte de una “gente decente y preparada” que desprecie la venezolanidad, como más de uno que denuesta frecuentemente del gentilicio y se presume “material humano” superior al de la mayoría de sus compatriotas. Aparte de su injusticia e incorrección intrínsecas, el tufo de una orientación aristocratizante se distingue a cien kilómetros de distancia y no es apreciado.

Además de todo lo anterior, el candidato al empleo de contrafigura de Chávez deberá ser tan buen comunicador como él, capaz de sintonía y afinidad. No basta disponer de dotes intelectuales y morales. El acto político es esencialmente un acto de comunicación. Por supuesto, el contenido de la comunicación, el mensaje mismo, tendrá que ser sólido, serio, responsable, pero tendrá que ser comunicado con idoneidad. Los públicos no deberán oler en el líder buscado la mentira, ni detectar lenguajes corporales que contradigan su prédica.

Finalmente, y no menos importante, la persona en cuestión deberá estar dispuesta a arriesgarse grandemente. Una tarea como la descrita pondrá en peligro, indudablemente, su seguridad personal. Chávez no es José Gregorio Hernández, y aun si quisiere respetar a ese contendiente, tan distinto de los que ha confrontado hasta ahora, su círculo inmediato incluye gente violenta con lógica revolucionaria que autoriza, en nombre de valores pretendidamente superiores, prácticamente cualquier cosa. Lo de Chávez y sus principales aliados es un protocolo de poder sine die, eterno. El outsider del que se viene hablando deberá ser capaz de resistir los ataques que sobrevendrían, en una gama que puede ir desde el enlodamiento de su reputación hasta la eliminación física. El riesgo aumentará a medida que la opción que represente comience a significar una posibilidad clara de éxito.

(En Retrato hablado, texto del 30 de octubre de 2008).

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Ha comenzado a moverse el previsible tropel de precandidaturas en el campo opositor venezolano. Algunas son obvias o declaradas explícitamente: Herman Escarrá, Oswaldo Álvarez Paz— “Yo lo que quiero es ser Presidente de este país”—o Antonio Ledezma (1,5% en la encuesta de IVAD en enero), por ejemplo, que han dicho que competirán en las primarias. Su precoz emergencia sigue, con algo de morosidad o paciencia, según se mire, el ejemplo de Hugo Chávez, quien ya ha jugado peón cuatro rey, caballo tres alfil rey y alfil cuatro alfil sin que la oposición tenga todavía, naturalmente, quien pueda oponerle. Acaba de declarar el comienzo de su campaña, pero es que el 24 de septiembre del año pasado, dos días antes de las elecciones de Asamblea Nacional, anunció que calentaba los motores para su intento de 2012, y también había declarado el inicio de su cuarta candidatura ¡tres días después de tomar posesión para su actual período, el 13 de enero de 2007! (…)

Y, por supuesto, muchos nombres suenan como posibles candidatos. Además de los ya nombrados, puede enumerarse con facilidad a Eduardo Fernández, María Corina Machado (2,5% según IVAD), Ramón Guillermo Aveledo, Cecilia Sosa, Cecilia García Arocha, Pablo Pérez (6,3%), Henrique Capriles Radonski (7,3%, en el primer lugar), Julio Borges (1,3%), Leopoldo López (por ahora inhabilitado: “Primero debo restituir mis derechos, entonces decidiré”), Manuel Rosales (en el exilio, 6,7%), César Pérez Vivas, Henri Falcón (2,9%)—aunque a pesar de las ganas de lanzarlo de Patria Para Todos, y en un arranque de realismo, ha dicho: “No pretendo ser precandidato ni candidato presidencial”—, Henrique Salas Feo (1,0%), Henry Ramos Allup, Miguel Ángel Rodríguez, etcétera, etcétera, etcétera. (Incluso hay quien menciona a Lorenzo Mendoza como candidato formidable, y también quien cree que Blanca Rosa Mármol estaría a la orden como candidata de transacción amable en caso de trancarse el proceso de escogencia). (…)

Puede señalarse en cada uno de ellos algunas bondades, sin la menor duda, pero pareciera que ellas son insuficientes para la tarea de alcanzar la Presidencia de la República en un cotejo que, indefectiblemente, incluirá la candidatura de Hugo Chávez, quien repetirá y ampliará su comportamiento ventajista. No es un candidato “normal” quien puede derrotar al Presidente en ejercicio. Menos suficientes todavía serían esas bondades para manejar acertadamente el Poder Ejecutivo Nacional en las condiciones esperables para 2013, en el improbable caso de que éste cayera en sus manos.

(En El pelotón opositor, artículo del 10 de marzo de 2011).

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Y he aquí el enlace a la entrevista para Ciudad Ccs que me hiciera Clodovaldo Hernández, publicada el lunes 3 de los corrientes y reproducida por Noticiero Digital. Ha causado roncha en ambos bandos. El amable Francisco Kerdel Vegas la repartió a corresponsales suyos con una pregunta: «¿Y si tiene razón?» LEA

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Del horno de Hinterlaces

Diego Arria en presentación de Hinterlaces (Hotel Marriott, Salón Michelena, 6 de septiembre de 2012, 10:36 a. m.)

De nuevo fue el hotel Marriott el escenario para la presentación por Hinterlaces de su Monitor País Agosto II, correspondiente a levantamiento de datos para su tracking presidencial entre el 14 y el 24 de agosto. Oscar Schemel destacó de inmediato que el cierre de campo fue un día antes de la tragedia de Amuay y por tanto la información revelada hoy no medía el impacto del doloroso incidente sobre las tendencias electorales. Hinterlaces, dijo, está midiendo ese efecto ahora mismo, y tendrá nuevas cifras la semana que viene. Adelantó que sí ha habido una influencia notoria, pero es su impresión preliminar que no se modifica sustancialmente el escenario dominante: el triunfo de Hugo Chávez en las elecciones del próximo domingo 7 de octubre. (Hay, sin embargo, una pertinente medición de Datanálisis realizada entre el 27 de agosto—dos días luego de las mortales explosiones—y el 1º de septiembre: esta encuestadora mide una ventaja a favor de Chávez, a pesar del accidente, de 14,3 puntos; 37,5% a 23,2%).

Ventaja invariable (clic amplía)

Schemel explicó que ambos candidatos habían crecido dos puntos cada uno desde la medición anterior, por lo que la brecha de 18 puntos se había mantenido invariable.

Lo más significativo de la presentación fueron un video de focus groups de varios ciudadanos de toda clase social y definición política, de los que puede aprenderse las razones de fondo para tal ventaja, y una soberbia explicación del Presidente de Hinterlaces acerca del profundo cambio cultural, psicológico y político que ha experimentado el país en las últimas dos décadas. Es esa transformación la que Chávez ha capitalizado, con su «discurso amoroso» hacia los pobres. (Schemel ofreció un dramático dato; un estudio del Banco Mundial tomó opinión de 60.000 personas en situación de pobreza en el mundo, a quienes preguntó: ¿qué es lo que más duele de ser pobre? La respuesta mayoritaria fue: «La mirada de desprecio»).

El video confirmó esta impresión, pero también mostró que en las bases del pueblo venezolano no hay un odio de clases. Hasta los chavistas de clases D y E opinaban que puede haber ricos que se hayan ganado su posición con trabajo meritorio; lo único que piden es oportunidades y respeto.

La tendencia de los últimos dos años (clic amplía)

De modo que los registros de Hinterlaces siguen siendo base para pronosticar un nuevo éxito electoral del candidato del PSUV. A una pregunta de un periodista, Schemel dijo que su encuestadora no tenía evidencia alguna de que la gente tuviera miedo de declarar su intención de voto, especie que se ha puesto a rodar—como lo hicieron Alfredo Keller e Ibsen Martínez en 2004—para justificar un presunto triunfo de Capriles a base de la expresión de un «voto oculto».

Otra esperanza del capriloradonskismo es que los indecisos, que se han mostrado en significativa proporción durante toda la campaña, se decantarían en forma muy mayoritaria por su candidato. Esta vez es el estudio de Datanálisis el que acaba con esa conmovedora presunción: ha medido en 10,4% el total de personas que no habrían decidido su voto y emitieron opinión, pero estima que sólo 3,2% votaría por Capriles y 7,2% por Chávez. Sumados estos porcentajes a la intención base, 26,4% votaría por Capriles y 44,7% por Chávez, para una diferencia a favor de este último de 18,3%, cifra prácticamente idéntica a la aportada por Hinterlaces.

En una o dos semanas Hinterlaces tendrá cifras más recién salidas del horno. Ud. podrá conocerlas aquí. LEA

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Descargue láminas de Hinterlaces: MCS – MONITOR PAIS – AGOSTO 2012 – REPORTE ELECTORAL (29-08-2012)

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Última de IVAD

Intención de voto medida por el IVAD entre el 17 y el 27 de agosto

El Instituto Venezolano de Análisis de Datos ha medido la ventaja de Hugo Chávez Frías en agosto sobre Henrique Capriles Radonski en un poco más de 18 puntos. Si este registro fuera representativo al cierre del intervalo de recolección de las respuestas a su encuesta de 1.200 entrevistas, el candidato opositor tendría que obtener una ganancia neta de casi 1% cada dos días para empatar la votación el 7 de octubre. Los recientes sucesos que, sin duda, han dañado la imagen gubernamental tal vez no sean suficientes para borrar una ventaja tan marcada.

En otras ocasiones se ha filtrado en este blog, del conjunto de encuestadores locales más conocidos— Gis XXI, Consultores 30.11, IVAD, Hinterlaces, Datos, Datanálisis y Consultores 21 (por orden descendente de ventaja atribuida a Chávez)—, los dos primeros y el último. De los cuatro restantes, el IVAD ha sido la encuestadora que atribuye más ventaja al candidato del PSUV, y ha evaluado como intención de voto a favor de Capriles los porcentajes siguientes en junio, julio y agosto: 32,5%, 32% y 32,4%.

En los momentos, el Registro Electoral totaliza 19.119.036 electores inscritos, de los que 99,85% se considera depurado. Si se redondea a 19 millones, y se supusiera que el 16,8% de entrevistados que no quisieron responder o no sabían por quién votarían se manifestaría como abstención, una proyección de las cifras obtenidas por el IVAD daría 9.652.000 votos a Chávez, 6.156.000 a Capriles y 3.192.000 abstenciones.

Esta votación teórica por Capriles duplicaría los votos totales de las elecciones primarias de la Mesa de la Unidad Democrática (3.079.284), y triplicaría la votación obtenida por Capriles aquel 12 de febrero (1.911.648). También, el nuevo candidato de la oposición habría reducido muy significativamente la diferencia de 26 puntos por la que perdió Manuel Rosales en 2006. Después de todo, su comando de campaña habría hecho un buen trabajo. LEA

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