por Luis Enrique Alcalá | Dic 31, 2002 | Argumentos, Política |

Los padrinos y el cura del 5 de marzo: el bautizo de un golpe de Estado en La Esmeralda
Con la sola excepción de Teodoro Petkoff, que repudió públicamente el decreto de constitución del gobierno usurpador de Pedro Carmona Estanga poco después de que fuera promulgado, ningún dirigente de oposición ha marcado distancia del golpe de Estado del 12 de abril de este año. De modo indirecto, Primero Justicia es el único partido que se distanciara, al expulsar de sus filas a Leopoldo Martínez en cuanto se supo que había aceptado un puesto en el gabinete ministerial de Carmona. Mientras los partidos y sus dirigentes no pronuncien una explícita condena de lo acontecido el 12 de abril, que tiñó con la sospecha un gigantesco movimiento civil manipulado por los golpistas, no podrán recuperar la confianza del Pueblo.
En el día de hoy, el último del año, el suscrito recibió un correo electrónico de Jorge Olavarría en el que este amigo solicitó: “Luis: te mando el artículo que hoy publico en El Nacional. Por favor, no seas muy severo. Un abrazo. JO”. El artículo en cuestión se llama “¿Por qué los militares no sacan a Chávez?”, y en él dice Olavarría que deponer a Chávez militarmente no puede ser tenido por acción subversiva y recomienda un gobierno militar de transición.
La contestación del suscrito se copia a continuación:
Gracias, Jorge, por el envío, y mis deseos por un Feliz Año para ti y los tuyos.
No tengo otra severidad que reiterar lo que para mí es un principio clarísimo: que el sujeto del derecho de rebelión es una mayoría de la comunidad. En esto estoy con la Declaración de Derechos de Virginia respecto de un gobierno contrario a los propósitos del beneficio común, la protección y la seguridad del pueblo, la nación o la comunidad: “…a majority of the community hath an indubitable, inalienable, and indefeasible right to reform, alter, or abolish it…”
Si se aceptase algo distinto, la validez de la intentona de febrero de 1992, por referirse sólo a un ejemplo, estaría abierta a discusión. Niego esa posibilidad. La aventura de Chávez et al. es un claro abuso de poder, sobre todo cuando la mayoría de la población rechazaba, sí, el infecto gobierno de Pérez, pero rechazaba también el expediente de un golpe de Estado.
Es por esto que el proyecto de Acta de Abolición que conoces ofrece la única justificación posible al desacato militar: “Nosotros, la mayoría del Pueblo Soberano de Venezuela, en nuestro carácter de Poder Constituyente Originario… mandamos a la Fuerza Armada Nacional a que desconozca su mando y que garantice el abandono por el mismo de toda función o privilegio atribuido a la Presidencia de la República…”
Como escribí en marzo en un artículo que me solicitara Poleo:
Pocos días después de la reseña de El Universal, Jorge Olavarría de Tezanos Pinto retomó el punto en dos emisiones de su columna en El Nacional (así como en intervenciones televisadas), sólo que en su opinión tal derecho sería la fundamentación de un golpe de Estado clásico, y prescribía algunos ingredientes del mismo, como el inevitable manifiesto de los golpistas. Acá quiero marcar diferencia respecto de la posición de Olavarría: el sujeto del derecho de rebelión, como lo establece el documento virginiano, es la mayoría de la comunidad. No es ése un derecho que repose en Pedro Carmona Estanga, el cardenal Velasco, Carlos Ortega, Lucas Rincón o un grupo de comandantes que juran prepotencias ante los despojos de un noble y decrépito samán. No es derecho de las iglesias, las ONG, los medios de comunicación o de ninguna institución, por más meritoria o gloriosa que pudiese ser su trayectoria. Es sólo la mayoría de la comunidad la que tiene todo el derecho de abolir un gobierno que no le convenga. El esgrimir el derecho de rebelión como justificación de golpe de Estado equivaldría a cohonestar el abuso de poder de Chávez, Arias Cárdenas, Cabello, Visconti y demás golpistas de nuestra historia, y esta gente lo que necesita es una lección de democracia.
Y también en el mismo artículo: “En detalle, nosotros mandamos que cese el patológico y folklórico paso de Chávez por el gobierno y de ese modo autorizamos a la fuerza armada de este país para que retire a ese ciudadano de Miraflores, en caso de que ni siquiera ante tal mandato expreso el alucinado personaje consienta en bajarse de la silla. Ése sí sería entonces un derecho de rebelión conferido por nosotros a quienes—los militares—sí se encuentran, como súbditos, en situación de subordinación y obligación de obediencia”.
Si tenemos, Jorge, la posibilidad real de dictar la abolición desde el piso civil, desde la única legitimidad de la mayoría del pueblo, no debemos admitir que el estamento militar se rebele por su cuenta y riesgo.
Admito que este planteamiento se ha limitado estrictamente a una consideración de principios. Los aspectos prácticos del asunto constituyen, naturalmente, discusión aparte.
Recibe un saludo muy cordial
Luis Enrique
………
La nota en El Universal (3 de febrero) a la que se hace alusión es la combinación de sendas entrevistas de Ernesto Ecarri a Ángel Álvarez y el suscrito. Ecarri se interesó en el artículo citado de la Declaración de Derechos de Virginia que yo le proporcionara, publicándolo de modo destacado, y Jorge Olavarría publicó de seguidas dos artículos sucesivos con el título Derecho de rebelión, así como fue al noticiero de Televén a predicar su punto de vista. Esto suscitó mi preocupación, y logré que Carlos Fernandes, periodista de esa planta, dedicara una de las ediciones de Triángulo, el programa que conduce, al tema de ese derecho el lunes 25 de febrero de este año que concluye. Fue la primera vez que formulara en público la noción de un Acta de Abolición. A raíz de esta intervención, fui entrevistado al día siguiente por Marta Colomina, quien escribió un artículo que apoyó la iniciativa el domingo 3 de marzo. Finalmente, Rafael Poleo me pidió ese mismo día un artículo para la revista Zeta, que publicó a la semana siguiente. He extraviado el texto completo; de él sobreviven sólo los fragmentos que cité en mi contestación al correo de Olavarría. Vista en retrospectiva, fue profética la mención del elenco de Carmona, Velasco, Ortega y Rincón. Ellos fueron, al mes siguiente, protagonistas principalísimos del golpe del 12 de abril.
El daño que este golpe de Estado, del que Carmona fuera mascarón de proa, infligió a la sociedad civil venezolana que él traicionó, persistirá hasta que el silencio alcahuete de la dirigencia opositora se transforme en activa condena.
LEA
_________
por Luis Enrique Alcalá | May 24, 1995 | Argumentos, Política |
Comentario a propósito de la ponencia Crisis de los partidos y auge de los medios de comunicación como agentes de legitimación y de socialización política, presentada por Ángel Eduardo Álvarez durante el II Encuentro Nacional de la Sociedad Civil: Medios de Comunicación y Responsabilidad Ciudadana, Universidad Católica Andrés Bello, mayo de 1995. (El mismo año de la llegada de Internet a Venezuela).
………

El volumen con los trabajos del encuentro
Hace ya una decena de años que tuve la fortuna de escuchar por azar una intervención por la radio del profesor Antonio Cova, una de las estrellas entre los maestros que nos enseñaban Sociología en esta universidad y en el seno de la década de los sesenta. El profesor Cova estaba siendo entrevistado en un popular programa radiofónico y hablaba de cierta manera de presentar los hechos de los que conocemos a través de los medios de comunicación social. Para esto analizó un caso virtual: se rompe una tubería de aguas blancas en una cierta zona de una ciudad. El problema es, por tanto—dice Cova—: «agua mana de tubo». El problema es, repite, que el agua mana de un tubo, agua mana de tubo, insiste, una y otra vez, hasta que, con su característica habilidad didáctica, los oyentes tenemos aprendida la lección: agua mana de tubo. Ahora bien, nos dice el profesor Cova: ¿cómo titula un periódico el reportaje del hecho? De la manera siguiente: «¡Caos urbano!»
El caso del agua que manaba del tubo es, sin que pueda caber la menor duda, un caso de socialización política a través de los medios de comunicación.
………
Este Segundo Encuentro de la Sociedad Civil—que debiera ser un encuentro para la sociedad civil—ha querido contraer su atención sobre los medios de comunicación social en Venezuela. Y esta jornada en particular debe contraerse a examinar el papel que estos medios desempeñan en la socialización política del venezolano. La ponencia del Prof. Ángel Álvarez ha definido la socialización política como «un proceso continuo por medio del cual los miembros de la sociedad adquieren normas, actitudes, valores y creencias políticas». Y en efecto, hoy en día no existe institución más determinante que los medios de comunicación en la adquisición de normas, actitudes, valores y creencias políticas.
La ponencia del profesor Álvarez, del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela, contrapone al auge de los medios de comunicación social la crisis de los partidos, la que a su vez abre campo a la influencia de los medios de comunicación social. Pido que se me permita intentar añadir algo de valor a su muy útil cotejo.
Lo que descubrió Marshall Mac Luhan es cierto: la estructura misma de los medios produce cambios arquitectónicos en quien los usa, y por esta razón es un factor que interviene en la socialización política arquitectónica de los mediados. Mac Luhan propuso, acertadamente, que los medios nos planetizarían en una «aldea global», como también explicó cómo la televisión involucraba inconscientemente, pero activamente, al telespectador.
Pero lo que hizo Mac Luhan fue encontrar en la anatomía y fisiología de los medios electrónicos la huella, la semilla fractal, de dos tendencias universales, más universales que la manifestación de los medios, y que ya había registrado y expuesto el genio jesuita de Pierre Teilhard de Chardin. Lo que Teilhard llamaba, casi en secreto, casi conspiratoriamente, pero siempre con sus mayúsculas, la Socialización del Fenómeno Humano, es precisamente lo que que se manifiesta evidentemente como eso que los sajones llaman globalización y los latinos debiéramos entender por planetización. Es precisamente la formación del cerebro del planeta, y es también la participación que Mac Luhan detectó primero en la manifestación inconsciente. (Por esa época descubríamos también el tema de lo subliminal, y la manipulación comercial de la capacidad humana de percibir de modo que la conciencia ignore la percepción).
Aunque el impacto de la arquitectura, de la lógica propia de los medios, es importante, no puede dudarse de que son los contenidos mismos, las señales y los significados transmitidos por los medios, lo más pertinente a la socialización política. La cantidad de los contenidos que segundo a segundo son transmitidos por los medios de comunicación es verdaderamente asombrosa, y es creciente. Nadie puede saber todo.
La ingente magnitud de las transmisiones reduce la eficacia de una estrategia de comprensión de los significados que pretenda estar consciente de cada evento, de cada reacción, de cada comentario. Pero es posible, por fortuna, en la complejidad de la gran bola informativa asequible a los hombres, encontrar patrones, desentrañar una sintaxis, aprender una gramática que permite organizar y dar sentido al aparente caos de la comunicación. Y esto es cierto, naturalmente, de la socialización política a través de los medios. Muchas veces es posible, más de una vez resulta extremadamente fácil, a partir de secuencias y trabazones de ítems transmitidos por un medio en particular, darse cuenta de qué es lo que verdaderamente ese medio anda buscando.
Los hallazgos de Lorenz, Feigenbaum, Mandelbrot, Prigogine, Bak, y de quienes como ellos trabajan en el campo de la complejidad, del caos, de los fractales, de la autorganización, nos capacitan ahora para discernir los patrones de orden en las profundidades abisales del desorden, y también para detectar asientos de desorden dentro del orden. Ya puede decirse que ningún sistema social será jamás totalmente ordenado.
De modo, pues, que resulta ser de gran importancia enfocar nuestra comprensión de los medios como agentes de socialización política, en un nivel de agregación superior al del hecho escueto, al de los puros radiemas o televisemas. Es preciso nadar al ras o, preferiblemente, por encima de los sintagmas políticos de los medios de comunicación.
Lo que Antonio Cova ponía de manifiesto era precisamente eso. A partir de un ejemplo puntual nos hacía entender la anchura de un fenómeno de distorsión informativa que, es de lamentar, despliega una presencia cotidiana. La brevedad que se exige a mi comentario me impide ir mucho más allá de alguna observación acerca de lo que, a mi juicio, son los problemas principales de la socialización política que actualmente agencian muchos medios de comunicación venezolanos.
El primer problema es, por supuesto, la profusión y reiteración de señales y significados emparentados con la pareja significante «agua mana de tubo-caos urbano», el impacto significativo de los discursos y exposiciones reductores de la autoestima nacional. Hay acá, sin duda, toda una gama que va desde una crítica serena hasta la intencionada manipulación desestabiizadora a escala de campañas. Hay acá la ventilación de feudos competitivos, pero también es posible encontrar planteamientos integrales de mayor grado de salud informativa, de una socialización política más beneficiosa. En mi opinión, éste es el caso del muy inteligente experimento socializador de Por estas calles, la telenovela venezolana que, con ocasionales excesos fundamentalistas en las diatribas del recordado Don Lengua, contribuyó de un modo mucho más profundo, valiente y decidido que las insurrecciones de 1992, a la formación de una voluntad popular que desechaba los exacerbados métodos de la Realpolitik en la política nacional, y que sirvió de soporte, a través de la admirable inteligencia colectiva de los venezolanos, al programa de cirugía política que actualmente está en proceso en el país.
Mucho se ha escrito sobre este tema, y es difícil visualizar un output socializador más balanceado y justo sin el autocontrol de los medios, sin una especie de «pacto antinflacionario de la información», que reduzca el precio de la socialización política desde los niveles especulativos de «caos urbano» hasta las cercanías del costo real de «agua mana de tubo». Creo que hemos llegado al punto de requerir ese pacto de los medios de comunicación y la sociedad civil con urgencia, pues la inflación informativa se está verdaderamente convirtiendo en hiperinflación, y de ella depende en gran medida la inflación de naturaleza económica.
Cuando Alberto Quirós Corradi convocó a una rueda de prensa en su calidad de presidente de una operadora de PDVSA, para exponer y denunciar a los petroespías que habían estado en su seno, no sólo hizo lo debido, no sólo limpió a su empresa de una purulencia corruptora, sino que elevó la imagen de la industria petrolera. Cuando el general Orozco Graterol admitió y castigó las violaciones venezolanas a los derechos humanos de los pobladores de Cararabo, cuando expuso turbios manejos en el núcleo mismo de la justicia militar, no sólo estaba siendo valiente, no sólo estaba siendo serio y responsable, sino que estaba haciendo justo lo necesario para crear prestigio nuevo a una institución que, como todas las demás de la nación venezolana, ha visto decrecer su reputación colectiva. Del mismo modo pueden los medios conducirse: identificando los casos de paranoia informativa, desmontando la armazón de las campañas más nocivas, execrando a quienes usan los medios de comunicación para una socialización política que sólo conviene a sus inmediatos y egoístas fines.
Dejo esta idea del pacto antinflacionario de la información venezolana en manos de las autoridades de este encuentro. Debe ser, antes que un convenio entre gobierno y medios, un compromiso que los medios asuman ante la sociedad civil, ante, como prefiero pensar, los propios Electores. Y debe ser un pacto eficaz, por supuesto, lo suficientemente específico como para que no se repita más nunca en una pantalla de televisión en Venezuela, por ejemplo, aquella aberrante cuña de Graffiti en la que al inicio de clases unos estudiantes destruían pupitres y los lanzaban al vacío desde una alta ventana.
Y también dejo en manos del Encuentro, en manos de esta universidad en la que aprendí de Calvani, y de Rey, y de Chen, y de Cova, y de Izaguirre, y de Micheo, y de Baquedano y de Ugalde, mi compañero, la siguiente idea: correspondería perfectamente a un instituto de su Escuela de Comunicación Social, mejor aún si cuenta con la cooperación de la Escuela de Ciencias Sociales, la actividad de mediciones imparciales y confiables de circulaciones y sintonías. Si los Electores, si la sociedad civil, queremos ser algo más que un pasivo sujeto seducido por los medios, debemos contar con una capacidad de negación. No existe actualmente un registro imparcial de ratings, shares o niveles de circulación, y cada medio se atribuye el primer lugar cuando se le antoja, y dedica gran cantidad de recursos a la autopropaganda. Sí es posible, sin embargo, forzar accountability de los medios. Si llegara a disponerse de un centro de medición de lectura y audiencia en una universidad tan merecidamente creíble como la Universidad Católica Andrés Bello, los Electores tendríamos acceso a información confiable, como también los anunciantes, y entonces veríamos cambiar la conducta de los medios. Tal vez querrían entonces acercarse al ideal clínico en sus reportajes, exigir a sus profesionales que hicieran lo mismo, y tendríamos menos inflación y especulación informativas.
Por lo demás, debo solidarizarme con el planteamiento del profesor Álvarez en pro de una mayor democratización de las comunicaciones en Venezuela, así como decir que, en general, nuestros medios deben mantener una exigencia de pertinencia al discurso político. Los medios no deben jamás perder de vista que por su intermediación podemos también lograr accountability de los actores políticos. Por ejemplo, pidiendo a quien tenga una larga trayectoria de crítica política, a quien quiera que tenga mucho tiempo exigiendo una asamblea constituyente, un discurso de construcción sustitutiva de lo que denuncia, una idea de constitución. Sometiendo así al político a la presión Electoral, mejoraremos la calidad de nuestra política.
Son cuestiones éstas que deberá tomar en cuenta, sin duda, el centro de socialización política para los medios que es la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello, Alma Mater a la que saludo respetuoso. LEA
______________________________________________________________
por Luis Enrique Alcalá | Dic 10, 1984 | Argumentos, Historia, Política |

El #1 de Válvula, diseñado por Ariel Toledano
A la publicación, en el Nº 1 de Válvula (diciembre de 1984), de una conferencia inédita de Arturo Úslar Pietri (La comunidad hispánica en el mundo de hoy, Santa Cruz de Tenerife) junto con un artículo del suscrito (La verdad que no podemos eludir), se añadió las respuestas de Ángel Bernardo Viso, Hermann Roo, Ángel Padilla y Diego Bautista Urbaneja a un cuestionario sobre la tesis de fondo de ambos trabajos. Se reproduce a continuación el texto único remitido por Viso y las respuestas de Urbaneja, que incluyeron una alusión directa que justificara una ulterior respuesta mía. En esta última, también reproducida al final, puede encontrarse una contestación indirecta a la escéptica postura de Viso quien, no obstante, escribió en una de las cartas (fechada en Madrid el 2 de abril de 1990) de sus Memorias marginales: «Los americanos de origen español debemos recordar quiénes fuimos para estar en capacidad de decidir quiénes queremos ser».
………
SOBRE LA UNIDAD HISPÁNICA

Fernando VII de España
Los países hispanoamericanos, y aún la propia España, son los restos de un naufragio ocurrido hace casi ya dos siglos: la desaparición violenta del imperio español, debido a la incapacidad de la monarquía borbónica de dar una respuesta positiva ante el embate de Napoleón, de las ideas revolucionarias francesas, y de las tendencias centrífugas nacidas en nuestros países. Preguntarse si es posible resucitar nuestra unidad política tiene tanto sentido como inquirir si se puede reanimar un sistema solar extinto desde un planeta que ya dejó de recibir la luz y el calor de una estrella ya muerta.
Desde luego, el mundo de la historia es más complicado que el de la astronomía: algo del calor común subsiste y es por eso que tenemos la inevitable tendencia a tratar de dar vida al viejo modelo, a resucitar el imperio perdido. Es el mismo impulso que llevó a Carlomagno a hacer el esfuerzo de reconstruir el imperio romano, y a muchos hombres del Renacimiento a creerse en los tiempos de la antigüedad clásica. Son inagotables los ejemplos de “renacimientos”, pero todos están condenados de antemano al fracaso, porque ni a los hombres ni a los pueblos está dado reencontrar el tiempo perdido: como Adán y Eva, tenemos prohibido regresar al Paraíso.
Eso no significa que condene la idea de cultivar los rasgos comunes de nuestra herencia: el lenguaje, la religión, las costumbres. Pero debemos hacerlo a la manera de los nietos dispersos que se encuentran en el cumpleaños de la anciana abuela, o como los griegos se reunían en las fiestas de Olimpia, poniendo de relieve cuanto tenían de semejante y de diverso.
Para reunir de nuevo nuestras casas, construidas sobre las mismas bases, pero con estilos disímiles, tendríamos que tener una fuerza centrípeta capaz de superar a la otra, a la dispersadora, obra irreversible de la vida. Y esa fuerza tendría que nacer como nacen las cosas en la historia, de las invasiones, conquistas o anexiones. En cambio, pretendemos que la unidad nazca de unos cuantos espíritus románticos…
No. Nunca los ideales basados en nobles sentimientos han servido para construir países, federaciones o imperios. La realidad económica, geográfica y política nos condena a vivir separados. Al menos, enviémonos cartas o postales de tiempo en tiempo.
Ángel Bernardo Viso
………
1. ¿CREE UD. QUE LA TESIS DE UNA UNIÓN POLÍTICA DEL MUNDO HISPÁNICO ES UNA TESIS CORRECTA?
Urbaneja: Supongo que es correcta en cuanto que, si se lograra, resolvería algunos problemas importantes de los “hoy” países soberanos. Pero en este momento no descubro bases de corrección más importantes. Cierto es que hay varios elementos—historia, cultura, religión, lengua—que hacen una idea como ésa intuitivamente muy deseable. Bellísima, dicho esto sin ninguna ironía. Pero intuyo que la pregunta está mal planteada. No veo que se pueda adelantar mucho diciendo «sí, sí es correcta». Seguramente que hay otras tesis equivalentes igualmente «correctas».
Sospecho que la pregunta podría haber sido, “tal tesis, ¿es la más correcta?» En este caso me habría inhibido explícitamente de responder a la pregunta, por incompetente, en vez de elegir la forma disfrazada de inhibición que constituye la respuesta que estoy dando.
Formúlesela como se la formule, en todo caso, la pregunta me parece presuponer respuestas a preguntas previas. Por ejemplo, “correcta” ¿en relación a qué actor? ¿Para cada uno de los países eventualmente miembros de tal unión? ¿Para tal unión misma?
¿Qué entender, en el primer caso, por “país»? Porque posiblemente para distintos sectores de él haya diferentes tesis «correctas». Veamos un caso extremo: Puerto Rico. Suponiendo que pudiese escoger: ¿qué sería más correcto para Puerto Rico? ¿Ser miembro de la Unión Hispánica 0 de la Unión Norteamericana? ¿Y para quién en Puerto Rico?
¿No habla uno, al hablar de estas cosas, dando por sentados hechos y valores buenos para la retórica, pero que la historia y los acontecimientos han debilitado gravemente en la realidad?
Una reflexión final a propósito de ciertas políticas españolas y expresión de otra duda más. ¿Qué puede inspirar, por ejemplo, la decisión española de mirar hacia Europa más que hacia Iberoamérica? ¿No será que España quiere vincularse a un mundo que la “hale» hacia adelante y no a uno que ella tenga que “halar” o que la “hale” a ella, pero hacia atrás? ¿No será que quiere escapar a la maldición que le infirió el siempre y por otra parte admirabilísimo Unamuno —“¡ que inventen ellos !”—o al dicho de Luis Felipe Vivanco, «España, esa eterna retrasada en Dios»?
Sea pues cual sea la respuesta que quienes se sientan capacitados den a la pregunta, habrá que sortear el riesgo de que la “unión de los retrasos» se haga de tal forma que ella sirva para basar alguna forma de adelanto, y no para la consolación de que nosotros, Unamuno y Rodó, todos unidos ahora, sí sabemos de fines y valores, mientras “ellos” inventan.
2. EN CASO AFIRMATIVO, ¿CUÁL PIENSA UD. QUE PUDIESE SER LA FORMA MAS RÁPIDA DE LOGRARLA Y CUÁNTO TIEMPO CREE UD. QUE TARDARÍA EN CRISTALIZAR?
Urbaneja: (Se abstuvo de contestar a esta pregunta, lo que justifica en su contestación a la siguiente).
3. ¿CUÁLES CREE UD. QUE SERÍAN LOS PRINCIPALES OBSTÁCULOS A LA REALIZACIÓN DE UNA COMUNIDAD POLÍTICA HISPÁNICA O IBÉRICA?

Simón Antonio Bolívar
Urbaneja: La existencia o no de obstáculos depende de la respuesta que tenga la siguiente pregunta: desde el punto de vista de la racionalidad acotada de los actores involucrados, ¿es racional apuntar hacia la creación de tal comunidad política? No sé que respuesta daría cada actor, pero sí sé que de esa pregunta depende todo.
Soslayé la respuesta a la pregunta dos porque poco tenía que decir y lo que tenía que decir lo puedo poner aquí. Las medidas a tomar para la realización, si la respuesta definitiva a la primera pregunta es afirmativa, deben ser tales y de tal gradualidad que vayan haciendo por lo menos “casi sensato” a los distintos actores—sean ellos los que de hecho sean—irlas adoptando o aceptando. Contando desde luego con el “plus” de decisión que en estas cosas corresponde a los gobiernos pero sin olvidar que éstos están sometidos a presiones a veces decisivas.
Si se soslaya esa condición de la “cuasi-sensatez», la implicación política de la respuesta afirmativa a la primera pregunta sería desastrosa: la factibilidad de una cosa tan deseable dependería de la existencia de una constelación de dictaduras manejadas por minorías ilustradas coincidentes en el punto de la Unión Hispánica.
Tratando de responder, todavía en un plano general, con un poco de más precisión, diría que existe una amplia gama de oposición y diversidad de intereses, de actuación y efectividad inmediatas sobre los países y sus sectores, que constituyen componentes de mucho peso en el cuadro de acción que enmarca las decisiones de los actores. Sólo una consideración aparentemente de muy largo plazo—y ella misma muy discutible- cuyo tipo es de escasa gravitación en los modos habituales de decidir que tenemos por aquí, podría inspirar una política unionista consistente y central. Lo que sí parece poder hacerse es una línea marginal de políticas que apunte consistentemente en un sentido unionista y cuya existencia imponga al resto de las políticas globales el deber de compatibilizarse con esa política marginal que entonces, desde luego, no lo sería tanto.
(Nota final sobre grandiosidad y realismo. Luis Enrique Alcalá acostumbra decir que en Venezuela llamamos realista a quien es capaz de oponer la lista más completa de obstáculos a cualquier idea audaz. Digamos, por extensión, a quien es capaz de valerse de esos obstáculos para echar por tierra en la práctica toda idea grandiosa. Bolívar, el grandioso. Páez, Santander y Flores los realistas, es decir, los mezquinos. Gran Colombia contra “patriecitas».

José Antonio Páez
En este tema tiendo a jugar el papel de realista. Tengo presente los obstáculos más que la línea abstracta de razonamiento que, concluyendo en una supuesta necesidad de la Unión Hispánica, añade: “luego hay que hacerlo, sin más cuestión”.
Sólo diré aquí que Bolívar en 1830 estaba errado, no Páez. Y que, si acaso, sólo después que Páez y todos los Páez hayan podido desplegar su razón, serán posibles los sueños de Bolívar. Lo cual no bastará para que, amantes de la grandiosidad, digamos siempre que Bolívar tuvo siempre razón, y Páez nunca).
Diego Bautista Urbaneja
………
LA IMPROBABILIDAD DE LAS PROPOSICIONES
Respuesta de Luis Enrique Alcalá a Diego Bautista Urbaneja
La directa alusión de Diego Bautista Urbaneja me permite ejercer el derecho a replicar.
Urbaneja hace el más moderno de los análisis en relación a mi tesis. Su enfoque tiene mucho de metalingüístico, puesto que casi no se refiere al contenido de las preguntas sin hacer un cuestionamiento de las mismas. Pero, en general, por el tono de sus observaciones se podría colegir que Urbaneja casi habría preferido que no le hubieran hecho esas preguntas. Y ya que él tuvo la confianza de incluir algo que es como un juego privado entre nosotros, yo voy a hacer uso de información privilegiada que apoya la tesis de su incomodidad con las preguntas.
En efecto, Diego ha dicho muchas veces que éste es un año de indecisiones, y en un período de indecisión una persona tan escrupulosa como él exige que una tesis sea, en efecto, la tesis más correcta.
Yo le digo que no existe la tesis más correcta, si por esto se entiende una tesis que no sea superable por otra. Cualquier tesis dejará un cierto número de problemas por resolver, problemas para los que no tendrá respuesta porque no se propuso resolverlos o porque los problemas irresueltos ni siquiera eran percibidos al formular la tesis de que se trate. Ya vendrá otra tesis a desplazar la vigente cuando sean demasiados los acertijos que ésta no resuelva.
Pero es que es más que una tesis. En este caso se trata de una causa, lo que exige muchísimo más que una mera tesis explicativa o interpretativa. Yo creo conocer pocas personas que son tan intelectualmente escrupulosas como Diego Urbaneja. Más de una vez he sido testigo de la agonía por un sinónimo en alguno de sus importantes artículos. Pero Diego es también noble y generoso. Así que la corrección de la tesis es para él la justicia de la causa. Así trasluce cuando pregunta ¿correcto para quién?
Diego comienza diciendo que si la tesis se lograra resolvería algunos problemas importantes que padecen los miembros de una tal confederación. Ante esa declaración, la calificación de más correcta le cabría si no fuese posible concebir otra tesis que resolviera los mismos problemas a un menor costo o resolviera más problemas. A menos que se comprobase, aun en ausencia de tesis competidoras, que la tesis propuesta incurriese en costos mayores que los beneficios que obtiene.
Pero discutamos primero lo primero. Veamos, antes de preguntar si hay ofrecidas tesis alternas, cuál es la lista de problemas a los que la tesis de la confederación iberoamericana da respuesta.

Hacia una escala mayor
Primero: el problema económico. El problema de escala de todos los países que entran dentro de la calificación iberoamericana, incluyendo a Brasil y España. En España, por ejemplo, se va a una “reconversión” industrial que tiene la mira puesta en el mercado de los países de la OECD, empezando por los de la Comunidad Económica Europea en la que aspira a entrar a pesar de, como he leído, la insultante condición de impedir el libre tránsito de españoles por los países de la comunidad por un “período de prueba» de varios años. La reconversión podría ser un poco menos drástica si sus industrias se orientaran, casi que como están, a un mercado que aún tiene mucho que construir dentro de necesidades de “segunda ola».
También en lo económico, seguramente obtendríamos un mejor tratamiento de parte de los acreedores de nuestras deudas por mera agregación a una escala mayor.
Para nosotros, en particular, la posibilidad de contar con un mercado petrolero y de hierro y acero mucho mayor que al que ahora tenemos acceso, el que permitiría por tanto, a mayores escalas de producción, costos operativos menores que permitieran mantener y aun superar los niveles absolutos de beneficio, con precios menores que pudiesen ser pagados por este mercado hasta ahora tenido a menos.
Tiene que tenerse en cuenta, para toda discusión de lo económico, que se estaría trabajando con la ventaja de una nueva moneda única para esa inmensa zona de circulación, como Hans Neumann, entre otros, ha sugerido que sería altamente beneficioso.
Segundo: resuelve un problema de alivio de tensiones interiberoamericanas. Argentina y Chile han tenido que buscar un árbitro hacia una entidad supranacional de la que ambos participan para dirimir el diferendo del Beagle: han tenido que recurrir al campo católico, un campo religioso, porque no han tenido un común campo político en el cual acordarse. Así como Diego Urbaneja suele decir que dentro de una confederación ibérica o hispánica la solución al conflicto centroamericano sería más “dulce”, así también se dulcificaría el término del diferendo colombo-venezolano y los de otros estados iberoamericanos del continente.
Tercero: resuelve un problema de escala para mejorar nuestra posición en discusiones tales como Gibraltar, las Malvinas, Guyana, Centroamérica (entendida en este caso en relación con las intervenciones ruso-norteamericanas, otánico-varsovistas, norteñas en Centroamérica). Cuando Shlaudeman dice que Contadora no es suficiente no está diciendo que si se añade uno o dos artículos técnicos al Proyecto de Tratado o se firma tal o cual protocolo los Estados Unidos suscribirán gustosos, sino que, a lo Stalin refiriéndose al Papa, está insinuando que nada más que cuatro países iberoamericanos no tenemos suficientes divisiones.
Cuarto: resuelve un problema de amortiguación o aplacamiento, por neutralidad, de la peligrosísima situación del terrorífico equilibrio nuclear. Situación que no creo mejore con el aumento que la U.R.S.S. dará a su presupuesto de “defensa”: 12%.

Comienzo de un invierno nuclear
Mucho se ha pensado, en una especie de convicción de invulnerabilidad final muy acusada en nuestro pueblo, que una conflagración nuclear en países del Hemisferio Norte (OTAN-Varsovia), si bien nos afectaría grandemente por el lado económico, al menos nos sería leve en cuanto a lo físico, a los daños por los efectos mismos de las explosiones, entre otras cosas por distancia y por factores naturales tales como el pulmón del Mato Grosso. Pero los modelos más recientes de meteorología nuclear nos muestran cómo nos veríamos directa e impensablemente afectados por un invierno artificial de proporciones cataclísmicas, que incluiría la traslación, por inversión de los ciclos eólicos normales, de nubes de hollín y polvo que harían barrera a más del 90% de la radiación solar incidente (con lo que muy pronto la superficie terrestre descendería a temperaturas de subcongelación) y de nubes intensamente radiactivas. (Para un caso base de un intercambio de 5 .000 megatones, equivalente a la mitad del arsenal actual. Ackerman, Pollack y Sagan, Scientific American, agosto de 1984).
Quinto: nos ubica en posición más favorable para tener acceso a las tecnologías y modificaciones profundas de una Tercera Ola.
En resumen, resuelve un problema económico crucial (la escala), un incómodo problema de política interna (los diferendos interiberamericanos), un importante problema de soberanía ante, fundamentalmente, los sajones (Gibraltar, etc.), un definitivo problema de seguridad del sistema mundial (moderación) y un problema esencial de significación futura (la nueva modernización).
Desde el punto de vista venezolano, por ejemplo, debemos darnos cuenta de que, después de un intento de emancipación opepístico, la arteria petrolera y la vena de la deuda, la aorta y la cava de nuestro sistema económico, están ahora más controladas por el exterior. Dentro de nuestro actual perímetro, podemos combinar y recombinar política económica tras política económica sin que podamos modificar la verdad de un petróleo en demanda norteña declinante—con lo que se nos agota lo que el IESA ha reconocido como aquello que nos ha permitido el lujo de una aversión al conflicto—o la verdad de un mercado interno no sólo pequeño, sino depauperándose entre las pinzas del desempleo y la inflación.
Estos son, entre otros, problemas que la “tesis” de la confederación ibérica o hispánica resuelve. Por tanto la declaración de tesis correcta debe darse sólo si no hubiese otras tesis que resolvieran el mismo conjunto de problemas. Acá no cabe otra cosa que invitar a la proposición de esas tesis alternas. Me gustaría mucho poder escucharlas, pero hasta ahora no conozco ninguna. Creo que Diego Urbaneja tiene razón en llamar importantes a estos y otros problemas. E importantes significa, justamente, que hay que buscarles solución. No podemos ignorarlos.
Esa es la justificación interna, la justificación de lo correcto para “tal unión misma». No conozco “daños” sociales que esa confederación pudiera inflingir a los estados miembros que resulten superiores a los beneficios que pudiera reportar a cada uno. En lo de Puerto Rico casándose con los Estados Unidos de Norteamérica, en lo de España entrando en la OTAN o el Mercado Común Europeo, creo que si se vislumbrara la posibilidad de la unión política iberoamericana las cosas se verían diferentes, del mismo modo que un elector promedio en Francia dice que votará por la oposición en las elecciones legislativas de 1985 porque no tiene otra opción. Nuestra inveterada tendencia a disminuirnos y la propaganda de los países herramentistas que nos ha hecho identificar el progreso con una mayor cantidad de herramientas, llevan a que se suponga que el ingreso de España en un club armamentista o en un mercado en el que se le condiciona el título de comerciante y se le niega el de ciudadano es “halar hacia adelante”, mientras puede ser visto como “halar hacia atrás” la reunión de los activos iberoamericanos.
Hay que ser realmente muy poco valorador de uno mismo para pensar, por otra parte, que nuestro desarrollo pudiera ser negativo para otros, pero, si aun así lo fuera, se trataría de elegir entre un desarrollo de los otros que hasta ahora nos ha sojuzgado o un desarrollo nuestro sin intención alguna de dañarles.
Estos debieran ser argumentos suficientes. No creo que necesitamos, siendo las cosas así, una justificación histórica. No se trata de “reconstituir” un imperio ni de justificarnos como museo en una eterna reiteración adoratriz de los panteones. El futuro no es historia todavía, por lo que una justificación por el futuro difícilmente puede justificar históricamente nada.
Pero a mayor abundamiento tenemos esa historia, y esa lengua y esa religión y esa cultura que Diego reconoce como factores de una hermosa intuición.
Pregunto, ¿qué tiene de malo que la idea de la unión iberoamericana sea, como él lo declara, bellísima? La pura racionalidad, actuando sobre contenidos incorrectos, es perfectamente capaz de producir locuras. Por esto no es nada despreciable, aun desde un punto de vista estrictamente funcional y utilitario, la estética política. ¿Qué tiene de malo que sea “intuitivamente muy deseable? Los calificativos no los he puesto yo; es Diego Urbaneja quien ha elegido decir que los problemas que se resolverían son importantes, que la deseabilidad de la unión es mucha y que la estética de la idea es superlativa.
Pero hay un sentido profundo en el que la tesis, o más que la tesis la causa, puede ser declarada como correcta. En política la corrección final la confiere el entusiasmo del pueblo. ¿Por qué no consultar el asunto con él? ¿Por qué no preguntarle a los habitantes del área? Ese sería un experimento corroborador o falsificador. No tengo dudas de que si se expusiera la idea correctamente formulada los habitantes de Iberoamérica responderían positivamente, como negativamente los españoles están respondiendo al referéndum sobre el ingreso definitivo a la OTAN.
Luego viene, por supuesto, el terreno de la corrección por factibilidad. Por eso preguntamos por los obstáculos. Por eso inquirimos por la improbabilidad. Lo que me lleva a discutir el asunto con la intención de referirme a la nota final de Diego Urbaneja sobre “grandiosidad” vs. «realismo».
Hay un cierto grado de improbabilidad. Toda la que se derive de nuestras tendencias a presumir de cabeza de ratón. Todo lo que tendría que ser el esfuerzo adaptativo de nuestras actuales políticas, formuladas en términos de perímetros locales, para el ensamblaje del conjunto. Todo lo que sean malinterpretaciones de lo que en verdad se está proponiendo.

Los Artículos de Confederación
Por ejemplo, hay un documento de la historia política no muy conocido: los Artículos de la Confederación de los Estados Unidos de América, los que fueron redactados con antelación a la constitución norteamericana. En ellos se estipula (Artículo Segundo), que cada Estado retendrá “su soberanía, libertad e independencia, y cada poder, jurisdicción y derecho, que no sea por esta Confederación delegado a los Estados Unidos reunidos en Congreso”. En lo que se propone, pues, no se va más allá de justamente la misma previsión de los norteamericanos. No se va en contra de facultades actuales que no sean, por ejemplo, el derecho de practicar la guerra contra terceros, cosa que no creo sea muy interesante o práctica para ningún miembro de la confederación que se postula.
No es éste el espacio para delinear lo que serían unos artículos de la Confederación Iberoamericana, pero se trataría en todo caso de cosas tales como la mencionada de la guerra y en general la diplomacia, el establecimiento de una moneda general del ámbito, la fusión de las deudas externas, el libre tránsito y comercio de los nuevos ciudadanos. Cosas, por ejemplo, como una policía federal, más potente, concederemos, que nuestras policías locales ante la vigente realidad de un crimen transnacionalizado.
Que esto sea improbable es una perogrullada. El trabajo del hombre es precisamente la negación de probabilidades, la consecución de cosas improbables. Esto no se dará por arte de magia, de una mano histórico-telúrica. La Confederación Iberoamericana, Dr. Urbaneja, es ciertamente improbable. De eso justamente se trata. Su improbabilidad es la que llama nuestro esfuerzo. Pero ese esfuerzo no puede ser “casi sensato». Esto estaría muy bien si los otros, si los interlocutores sajón y ruso se comportaran “sensatamente», si tuviéramos todo el tiempo del mundo. No lo tenemos.
Y, finalmente, de la necesidad de un ritmo “insensato” hay que pasar a comentar lo de la “grandiosidad». Es interesante constatar lo cargado de la comparación, pues Diego no opone realismo, término positivo que usa para describir su postura, a grandeza, sino al término degenerado de grandiosidad que emplea para describir la mía. Es también muy sesgado oponer lo concreto de los obstáculos a lo que él llama una “línea de razonamiento abstracta» la que, en todo caso, no sería más abstracta que la de él. Comencemos por esto último.
Mi discurso no ha versado sobre una geometría, sobre un sistema gramatical teórico o alguna estructura algebraica. Yo creo que pocas cosas tienen más concreción que los problemas a los que nos hemos referido. Por lo contrario, casi que el peligro es sólido. Eso por lo que toca a la acusación de “abstracto”, añadiendo, tal vez, que tan concreto como un obstáculo es un recurso y tan exigente es una amenaza como una oportunidad.
Por lo que respecta a la denuncia de “grandiosidad” lo que puedo decir es que el tamaño del problema no ha sido determinado por mí. Con todos mis pecados, puedo probar que no soy el mayor “responsable” de la crisis. Ella está allí afuera, delante de nosotros en toda su inmensa dimensión. Y por lo que concierne a lo que parece ser la ineludible referencia a Bolívar y a los que fueron sus opositores, llegaría a decir que Páez tuvo razón y Bolívar también. La diferencia está en que Bolívar tuvo una razón más grande.

La razón de la indecsisión
Este es, en verdad, un período de indecisiones. Pero es en gran medida un período de indecisión porque es un período de indecidibilidad; porque, como ocurre cada vez que un esquema, una tesis, una doctrina prevaleciente, queda rebasada por los problemas, parece trabarse y ser incapaz de ofrecer la posibilidad de decidir. Dentro de un paradigma ya agotado, el problema es que encontramos proposiciones contradictorias para las que carecemos de regla de decisión. Dentro de un paradigma que ya se nos trabó, nos es imposible conciliar la idea de la validez de la emancipación americana con la de una nueva reunión. En cambio, en un punto de vista desde el que pasear la mirada ya no reconoce, entre otras cosas, la realidad ya muerta de un sojuzgamiento por parte de España, es posible seguir declarando la grandeza de la epopeya de Bolívar y la altísima conveniencia de la confederación.
Suelo decir que lo importante rara vez es urgente. En cuanto a la certificación de importancia me basta con la que una persona tan especial como Diego Bautista Urbaneja ha emitido al comienzo de sus respuestas. Lo que quiero proponer es que el momento de la identificación entre importancia y urgencia ya ha llegado. LEA
_______________________________________________________________
por Luis Enrique Alcalá | Abr 15, 1969 | Argumentos, Artículos, Política |

¡Quedaba uno!
Farolito de Madrid (Alfredo Sadel)
___________________________________
Mi primer argumento feminista quedó registrado en el #228 (abril-mayo-junio de 1969, Año XXX) de la revista El Farol, que editaba en Caracas la Creole Petroleum Corporation. Era un artículo pretencioso de filosofía metafórica barata, típico de un articulista de 26 años de edad que fuera inesperadamente honrado con espacio en las venerables páginas de la primera revista corporativa del país.
Dediqué el artículo a la psicóloga Alba Fernández de Revenga, a quien conocía de su paso por el Centro Infantil Altamira de la Fundación Neumann, que yo gerenciaba. El trabajo de Alba en ese centro fue la base del establecimiento formal de la educación preescolar en la estructura del Ministerio de Educación, por decisión del ministro Enrique Pérez Olivares durante el primer gobierno de Rafael Caldera. En ese mismo período, la Dra. Fernández desarrolló el programa de televisión educativa Sopotecientos, y poco después me encomendó que explorara el Children’s Museum de Boston; ya entonces soñaba con el Museo de los Niños que terminaría diseñando e instalando en Parque Central. (En 1986—Krisis – Memorias prematuras—rendí este testimonio: «Alba es probablemente la mujer más inteligente y capaz que conozco. Sin ánimo de comparaciones, cuando he pensado en mujeres venezolanas que podrían desempeñar muy bien la Presidencia de la República, el nombre de Alba viene a mi mente junto con el de Mercedes Pulido de Briceño»).
Una vez en el futuro* le escribí sobre mi recargada pieza en El Farol, «mi primer alegato feminista», y registré:
Unos cuantos años después quebré de nuevo lanzas por la mujer; en los primeros eventos del Grupo Santa Lucía (iniciado en 1977), se sentaba a las mujeres asistentes todas juntas en un «Grupo Cero» ubicado al fondo del salón de reuniones y se les negaba el derecho de palabra. Fue en la reunión de Barbados donde propuse públicamente que cesara esa discriminación, cerrando mis palabras así: “No las defiendo porque sean mujeres, sino porque son personas”.
Acá está el texto de aquel artículo farolero.
………
La juventud de mañana o ¿es posible el móvil perpetuo?
juventud f. (lat. juventus). Edad entre la niñez y la edad viril.
Diccionario Larousse
………
«¿Qué día es hoy?» Aureliano le contestó que era martes. «Eso mismo pensaba yo», dijo José Arcadio Buendía. «Pero de pronto me he dado cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer». El viernes, antes de que se levantara nadie, volvió a vigilar la apariencia de la naturaleza, hasta que no tuvo la menor duda de que seguía siendo lunes.
Gabriel García Márquez – Cien Años de Soledad
__________________________________________________
Para el pobre alienado de la novela de García Márquez no existía el mañana. Todos los días eran un eterno e inmóvil «hoy».
Su desesperación y angustia crecían sin cesar. Cada vez que amanecía era lunes. Escudriñaba las flores, el color de las paredes, la trayectoria del sol… No había nada que hacer. Era lunes.
Macondo, el pueblo fundado por José Arcadio Buendía, era un pedazo de tierra y selva sustraído al caminar del tiempo. Sólo cuando entró el ferrocarril, y la luz eléctrica, y el teléfono, fue cuando Macondo pudo despertar de su sopor. Porque incluso antes, cuando los gitanos irrumpían en el pueblo a mostrar la ignota maravilla del hielo, su presencia no era más que un punto que señalaba el transcurso del tiempo en redondo, em un ciclo que se repetía obstinadamente.
Hoy no tenemos recuerdos de nuestros «Macondos». Están muy distantes los días en los que alguien podía enloquecer porque todo siguiera inmutable. Por eso, cuando nos topamos con algún descendiente de José Arcadio, aunque le oigamos repetir que todos los días son lunes, no digamos apresuradamente que se trata de la misma locura. ¡No señores! Hoy también es lunes, sí, pero es el lunes de la próxima semana. Ahora es al contrario. Ahora nada es igual. En el vórtice del remolino secular que nos hace danzar inclementemente, el único reloj, el único metro, el único centro de gravedad, es sólo posible en nosotros mismos.
Ya no hacemos guerras como aquellas de los Cien Años. Ahora somos más eficientes. Si quisiéramos lograr una suma histórica hasta alcanzar las vidas perdidas en la Segunda Guerra Mundial, deberíamos añadir a los muertos de la Guerra de los Cien Años los que ocurrieron en la Guerra del Peloponeso, y los de Troya, y los de la Campaña de las Galias, y los de la Guerra de Las Dos Rosas. (¡Y faltarían!) Pero no sólo de mal enloquece el hombre, sino también del bien desordenadamente aislado. Tampoco podríamos alcanzar ni con mucho las vidas salvadas de la malaria en los últimos decenios, si sumásemos todas las que pudieron ser rescatadas de la misma enfermedad en los seis milenios de civilización que precedieron al presente siglo. Hasta nos anuncian los nuevos profetas de la sociedad (ahora se llaman sociólogos) que pronto tendremos que preocuparnos por la cantidad de tiempo ocioso del que dispondremos, porque el principal subproducto del sistema superindustrial será el tiempo libre. La muerte y la vida, pues, a ritmo industrial. La automatización vendrá a librarnos de la ancestral maldición (?) de tener que trabajar.
Por supuesto que no nos acordamos de nuestros «Macondos». ¿Quién de entre nosotros podría decir que se acuerda de cuando instalaron la luz eléctrica o el teléfono?
………
La diferencia posiblemente más substancial entre la juventud y la «edad viril» estriba en su distinta percepción del tiempo. Para el hombre entrado en años el tiempo pasa demasiado rápido y quisiera que las cosas fueran poco a poco. Para el joven el tiempo es desesperadamente lento y no tiene la paciencia de aguantarlo. El hombre de edad es más lento que el tiempo. El hombre joven es más veloz que el tiempo. Y el tiempo pareciera burlarse de los dos. El joven es el cohete que debe ascender rápido para escapar a la gravedad que le aprisiona y para colocar a la cápsula en su meta. El de edad es el satélite que ya encontró su apacible órbita. Sí. Es posible colocarse en órbitas más altas, pero llega un punto en el que la órbita, para ser más alta y lejana del origen, ya no puede hacerse alrededor del mismo planeta. Hay que mudarse a otro mundo. El joven es aquel que quiere emprender el viaje desde Macondo hasta la Utopía.
El año pasado quedará señalado en la Historia por mucho tiempo. La agitación estudiantil jamás se había distribuido tan raudamente por el globo. Y este fenómeno puede contemplarse desde dos puntos de vista. Desde uno de ellos esta multiplicación de erupciones representaría una especie de cáncer explosivo, cuyas metástasis aparecen en simultaneidad en puntos distantes. Desde el otro, los mismos acontecimientos podrían verse como una eclosión primaveral. Con este lente optimista podría antojársenos que vemos flores. En realidad, muchas de las críticas a los recientes movimientos juveniles lo que hacen es reafirmar el hecho de que sólo fueron flores, porque en aquéllos no se encontraba la carne, el contenido que caracteriza al fruto. Los defensores dirán: «Esperen, que ya vendrán los frutos». El problema reside en averiguar si tales frutos van a seguir el ciclo de desarrollo y muerte que siguieron las banderas que los hombres de edad enarbolaron cuando ellos eran jóvenes. Banderas que flamearon activamente al soplo de pasadas ilusiones y ahora han quedado estáticas en los colores planos de las calcomanías. Mucho ímpetu al principio. A reformar la sociedad. A cambiar las cosas viejas. Como dice el Evangelio, no puede colocarse el vino nuevo en odres viejos. En esta etapa, las metas son ambiciosas y arriesgadas. No importa, la juventud acepta los riesgos. El riesgo está en el núcleo de la polaridad juvenil.
Pero a medida que las metas se colman (a medida que se entra en órbita) pareciera que los bríos se cancelan. La energía desaparece. Ahora, en la etapa senil, el propósito de la existencia es perdurar, sobrevivir. «¿Para qué cambiar, por Dios? Estamos tan bien así. No hay seguridad de que podamos hacerlo mejor».
………
Seguridad.
El método más «seguro» de obtener la paz es hacer la guerra.
Seguridad.
Ya no se quiere riesgo. Lo mejor es la seguridad.
¿Cómo obtener la seguridad? Hay un medio muy eficiente para hacerlo. Se trata de eso que llaman sistemas. Normas, cánones, reglamentaciones. La ley de esto y la ley de lo otro. Las leyes y los sistemas no tienen existencia real. Son abstracciones. Son formulaciones del deber ser. Son las instrucciones para el manejo de la máquina social, si es que puede convertirse a la sociedad en una máquina.

El diseño de Nedo M. F. para mi trabajo
Todas las máquinas del mundo siguen dos peculiares principios de la física moderna. El primero de ellos dice que la energía total de un sistema cerrado no varía de magnitud (el aforismo aquél de que «nada se crea, nada se pierde, todo se transforma»). El segundo principio mantiene que la cantidad de energía utilizable dentro de ese mismo sistema va disminuyendo. Esto es así porque los intercambios de energía ocurren—prácticamente en todos los casos—en una sola dirección. Es decir, se espera que si se coloca a dos cuerpos con distintas temperaturas en contacto, fluirá calor desde el que tiene mayor temperatura hacia el que la tiene menor. Pero este proceso tiene un límite que lo detiene. Cuando se igualan las temperaturas ya no es posible intercambiar más energía; ya no es posible ejercer más trabajo porque los desniveles han sido aplanados. Ya no existen un polo positivo y un polo negativo. Más aún, desde el punto de vista de la organización material, el proceso que acabamos de describir se caracteriza por un aumento paulatino del desorden. Porque al mismo tiempo la energía va sufriendo una degradación. El estado más organizado, el cristalino, utiliza más energía que un estado gaseoso. Todos sabemos lo que cuesta ordenar las cosas. Todos sabemos que, a menos que un agente exterior introduzca un trabajo con propósito ordenador, con la máxima probabilidad nuestras habitaciones se desordenan.
Dijo Isaac Asimov: «Encontramos así una extraña y de hecho paradójica simetría en este libro. Comenzamos viendo cómo los filósofos griegos realizaron el primer intento sistemático para el establecimiento de las generalizaciones subyacentes al orden del universo. Ellos estaban seguros de un orden tal existía, y de que era básicamente simple y comprensible. Como resultado de la línea continua de pensamiento a la que dieron origen, tales generalizaciones fueron en efecto descubiertas. Y de éstas, la más poderosa de todas las generalizaciones hasta ahora descubiertas—las primeras dos leyes de la termodinámica—tuvieron éxito en demostrar que el orden del universo es, en primer lugar y por encima de todo, un desorden perpetuamente en aumento». Ése es el destino de los mecanismos. Y ése es el destino de los sistemas, sean filosóficos, políticos o científicos.
El fenómeno humano es un mentís global a esta ley de la entropía, o ley del incremento del desorden. Todo el hombre nos revela un increíble grado de organización material. A nivel social las cosas no han llegado todavía hasta este punto. Todos los intentos de ordenamiento han sido estructurales y externos, nunca existenciales e internos. El tratar de gobernar a una sociedad basándose en un sistema de normas es característico de la búsqueda de seguridad. No se confía en el hombre, y es preciso entonces abandonar el control a un sistema normativo que regulará nuestra conducta. Lo más tragicómico del asunto es que normalmente hacemos poco caso a esos sistemas que nosotros mismos inventamos. ¿Hemos de extrañarnos acaso de que la juventud, aparentemente sin metas y sin sentido, reaccione en contra de esa deshumanización? Porque el instaurar un sistema social de normas rígidas es procurar que la sociedad se asemeje lo más posible a un mecanismo físico, y ya hemos visto cómo estos mecanismos «progresan» inevitablemente hacia el desorden. Hasta ahora, estas crisis de juventud son de carácter cíclico, y las seguirá habiendo mientras haya generaciones. Y nuestro progreso seguirá siendo espasmódico.
La sociedad se asemeja a un gas. Cuando medimos la temperatura de un cuerpo en estado gaseoso obtenemos sólo un promedio, porque las moléculas individuales poseen distintas temperaturas. Asimismo, es sólo en promedio que la sociedad no se ha puesto metas suficientemente altas, y es por eso que las agota y se detiene cuando «entra en órbita», y es por eso también que presenta ciclos y polaridades opuestas de vejez y juventud. Ha habido muchas personas que individualmente han poseído miras elevadas. Es éste es el más amplio sentido del concepto de «santo», sin incluir en él ciertas notas folklóricas que lo describen como ser apartado del mundo. Pero se debe pasar a una «sociedad santa» en el sentido que hemos utilizado para esta palabra. En el sentido de obtener metas que sean capaces de entusiasmar al grupo humano y que al mismo tiempo no se agoten en un relevo generacional.
………
Necesitamos nuevos mitos y nuevas utopías. Que apelen al hombre del siglo XX, con todas sus complicaciones. Que tampoco sea cuestión de colocar vino viejo en odres nuevos.
El reclutamiento debe comenzar por la búsqueda de una meta instrumental: el secreto de la eterna juventud. Ése es el verdadero y único móvil pertetuo. Se invirtió tanto esfuerzo para inventarlo… ¿Qué nos decía el Larousse? «Juventud es la edad entre la niñez y la edad viril». Y reflexionamos diciendo que las mujeres son siempre jóvenes, porque ninguna de ellas llega a la edad «viril».
Vale la pena hurgar en el misterio femenino para encontrar el secreto de la eterna juventud. Muchas veces se compara a las civilizaciones occidental y oriental. La pujanza material y racionalista de la civilización occidental es la que ha hecho el mayor espectáculo. La callada civilización oriental—se dice—ha alcanzado mientras tanto profundas intuiciones.
En nuestra sociedad, la quinta columna de la civilización oriental es la mujer. Mientras estuvo sometida, reprimida, amordazada, mirada con condescendencia, rumiaba tranquilamente sus secretos. De éstos el más importante es el de la flexible intuición. Lo que más importa a una mujer no es la máquina, sino aquello que se mueve dentro de ella y la anima.
Quizás feminizar un poco al mundo sea la salvación. ¿Por qué no pedimos a la mujer que venga a parir para nosotros esta nueva moviente-perpetua juventud?
luis enrique ALCALÁ
………
*La nota introductoria de esta entrada—ubicada en este blog en su fecha original de 1969—es del 21 de marzo de 2019, a cincuenta años de distancia. Mi comentario para Alba Fernández de Revenga acerca del Grupo Santa Lucía es de un correo del precedente Día de San José, 19 de marzo de 2019.
____________________________________________________________
intercambios