Turmoil or disarray

El Diario

Me dice Francisco que uno debe distinguir entre agitación y desarreglo. El país no está agitado, me dice; el país está desarreglado.

Claro que hablábamos de lo que estaba pasando en Copei, en la Causa R, en torno a la candidatura de Irene Sáez. Ya se ha pedido públicamente la renuncia de Luis Herrera Campíns y Donald Ramírez y la convocatoria de un directorio nacional del partido verde para manejar el desastre. Por lo menos en cinco estados del país ha habido confrontación de autoridades nacionales y regionales, renuncias y pases a tribunal disciplinario. Por lo que respecta a la Causa R nada menos que su líder principal Andrés Velásquez inició un proceso de separación de la candidatura de Irene Sáez. Viendo con claridad que Sáez perderá irremisiblemente, se aferró del pretexto de la alianza de AD, Copei e Irene en el Distrito Federal para el rompimiento de vestiduras de estilo. Está comenzando a generalizarse una clara impresión de que Alfaro Ucero ni siquiera llegará a un 10% real. Continúa la consolidación en torno a Salas Römer y a Chávez. Eduardo Fernández intenta promover una alianza en torno a uno de los candidatos existentes (Salas Römer, por supuesto) o en derredor de alguien que no haya sido nominado aún porque así lo permitiría la declinación de uno o varios de los postulados según el artículo 151 de la ley electoral y dice que él nunca sería ese emergente. Fermín lo refuta y le acusa de querer recuperar un protagonismo que no tiene. Un conocido banquero planea recibir en su casa a Chávez para una séance priveé.

En una sola semana es puesto en libertad Larry Tovar Acuña, la Corte Suprema de Justicia confirma la prescripción de la causa contra la esposa del Dr. Lusinchi, fracasa la licitación que aspiraba “privatizar” las empresas estatales del sector alumínico. Ninguno de estos hechos ayuda a la felicidad psíquica de los venezolanos y refuerza la desesperación y el apoyo a Chávez como salida destructora de un estilo político cada vez más odiado o, al menos, despreciado.

Por tanto, lo próximo que veremos será la confrontación de Salas Römer y Chávez, puesto que el primero va de segundo en estos momentos. Mi vaticinio: gana Chávez de calle una confrontación con Salas Römer. (En cabeza del mayor número de votantes). Y a la hora de que claramente, ninguno de los actuales pretendientes pueda detener a aquél, el esquema dibujado originalmente en público por Pompeyo Márquez, el emergente postulado bajo los supuestos del 151 de la Ley del Sufragio y Participación Política, se convertirá en una necesidad. Y si entonces se pretende que ese emergente es Ledezma—que nunca superó 1% en las encuestas—o Giusti—que necesitamos como chivo expiatorio de la situación petrolera—o cualquier otro que no sea un verdadero outsider, tampoco podrá impedirse, por medios democráticos, que Chávez llegue al poder. Siempre quedan, por supuesto, las alucinaciones del golpe de Estado preventivo o curativo y la estupidez y el crimen horrendo del atentado. A Chávez sólo podrá ganarle un verdadero outsider que sepa presentar al país una propuesta entusiasmante, no un paladín cuyo único norte sea combatirlo. El pueblo sabe, empírica o intuitivamente, que una persona, partici­pante directo de la configuración de poder actual, carece de la libertad ne­cesaria para acometer los cambios que sería necesario introducir a través de tratamientos novedosos a la situación política. Para ponerlo en otros términos: un líder que ostente en los momentos actuales una cantidad signi­ficativa de poder, estará al mismo tiempo muy impedido por la serie de tran­sacciones en las que, con toda probabilidad, habrá debido incurrir para ac­ceder a la posición que ocupa y para mantenerla.

Chávez trae toda la carga, por supuesto, de violencia y autoritarismo. Hoy en día, por poner un caso, su jefe de campaña es Alberto Müller Rojas—un ex general de división jefeado por alguien que sólo llegó a alcanzar un rango de tres escalones por debajo de él, un ex teniente coronel—y que, dicho sea de paso, ha declarado ya varias veces que él fue uno de los nueve que votó en contra de esa candidatura en el seno del PPT. Pareciera que Chávez se venga de esa oposición mandándole. Pues bien, de visita en mi casa en el año 1991, Müller Rojas quería venderme la siguiente fórmula: “Este país se arregla con tres mil entierros de primera clase”. Luego me sugirió una operación bastante más económica: una bomba plantada en el entierro de Gonzalo Barrios, que para la época no había fallecido todavía. Cuando le pregunté qué vendría después, me contestó que eso no importaba. Que ya se vería. Recuerdo haberle sugerido que es una gravísima irresponsabilidad intervenir quirúrgicamente si se desconoce lo que habrá que hacer en el proceso postoperatorio.

Pero esa percepción de Müller es la percepción básica de Chávez y del núcleo principal de quienes le acompañan. No es, todavía, una percepción generalizada en todo aquél que manifiesta una intención de votar por él, y mucho menos entre quienes pueden ofrecerle y darle, como ya se hace, un apoyo económico significativo.

En todo caso, el país camina actualmente por las rutas del desarreglo, sin haber entrado aún en el cauce de la agitación. Y esta es una situación que permite, estimula, exige, la invención y la creatividad en materia política. En el estudio de los sistemas complejos se conoce cómo es que un sistema puede evolucionar, por decirlo así, en el borde del caos, en gran diferencia respecto de los sistemas plenamente caóticos. Esto es un resultado de la tendencia, observable en cualquier sistema complejo, hacia la autorganización. Más aún, la condición que los expertos llaman “caos débil”, es muy común en la naturaleza. Es el estado normal de los sistemas más dinámicos en cuanto a potencialidad evolutiva. Tan castrante del cambio creativo es el excesivo rigor, el excesivo orden, como el caos pleno.

Resbalemos, pues, por este borde del caos, en este desarreglo, con los ojos bien abiertos y la imaginación bien dispuesta, porque así vamos a encontrar la verdadera salida, la que no puede ser, naturalmente, la de la aniquilación prevista por el jefe de campaña de Chávez. Y es que sobre la candidatura de Chávez pende la misma condena que ahora se ejecuta sobre la candidatura de Irene Sáez, quien hasta no hace nada estaba exactamente en el sitio y nivel que Chávez ahora ocupa en las encuestas. Lo que han hecho los Electores es sustituir a Irene por Hugo, como expresión de un descontento generalizado con la política que está llegando a su fin. De nuevo me atrevo a vaticinar: va a llegar el momento del desplome de la candidatura de Chávez.

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A la manera de Quirós

La Verdad

Querido Eduardo Fernández:

Hace una semana pude verte en el programa de televisión que conduce Vladimir Gessen, en el que te presentaste como el líder de una cruzada de “concertación nacional”, concebida como respuesta a la grave situación del país y, más específicamente, como salida ante la desagradable posibilidad de un triunfo de la candidatura de Hugo Chávez Frías en diciembre de este año.

Tal como planteaste el asunto, la idea tiene un doble pivote. Por una parte, que los candidatos distintos de Chávez declinen sus candidaturas, ante la evidencia de que no pueden ganar, en favor de una candidatura única, la que pudiera ser la de uno de ellos mismos o la de alguien que no ha sido postulado. La posibilidad de esto existe porque en la novísima –aunque ya remendada– Ley del Sufragio y Participación Política, el artículo 151 dice en su primer parágrafo lo siguiente: “Las postulaciones extemporáneas se tendrán como no presentadas. Sin embargo, en caso de candidatos ya postulados que por muerte, renuncia, incapacidad física o mental o por cualquier otra causa derivada de la aplicación de normas constitucionales o legales deben ser retirados, se admitirán las correspondientes sustituciones”. Esto es, que la renuncia de unos entre los actuales candidatos abriría la puerta a cualquier venezolano por nacimiento, mayor de treinta años de edad y de estado seglar para reemplazar al o los renunciantes.

Creo que aquí estás interpretando correctamente una vertiente de la dinámica electoral de estos días, y te sumas a quienes te antecedieron en la advertencia de la posibilidad. (Pompeyo Márquez fue el primero que lo anunció por televisión, pocos días antes de tu exposición ante Gessen). En efecto, al menos dos de los candidatos—Fermín y Sáez—han hablado de un “frente antiChávez”, lo que supone, precisamente, la declinación de las candidaturas actuales, o por lo menos la declinación de todas menos una. Por ahora Salas y Alfaro se niegan a la proposición, y por tanto una “atractriz” del actual proceso puede ser la de una recomposición tripartita, que es lo que Salas busca inteligentemente cuadrar: las candidaturas de Chávez y Alfaro contra la de Salas Römer, la que sería apoyada, en el máximo perímetro del sueño, por sus propias fuerzas (Proyecto Venezuela), las fuerzas de Irene (COPEI, Causa R, Movimiento Irene, Factor Democrático), el MAS de Teodoro y Pompeyo, Convergencia, una parte de COPEI y personalidades como tú mismo y Claudio Fermín y su grupo. Pero cuando tú insistes más de una vez en que pudiera ser alguien que no ha sido postulado permites entrever tus dudas de que Salas pueda ser el depositario de la concertación que propones.

Debe reconocérsete que, en aras de la credibilidad de tu proposición, tú te excluyes como eventual candidato de consenso. Eso está bien, porque te aplicas a ti mismo la regla que crees debe aplicarse a los demás: deben declinar quienes no tienen la posibilidad de ganar.

Y no tienen la posibilidad de ganar ninguno de los actuales candidatos por la siguiente razón: el pueblo sabe, empírica o intuitivamente, que una persona, partici­pante directo de la configuración de poder actual, carece de la libertad ne­cesaria para acometer los cambios que sería necesario introducir a través de tratamientos novedosos a la situación política. Para ponerlo en otros términos: un líder que ostente en los momentos actuales una cantidad signi­ficativa de poder, estará al mismo tiempo muy impedido por la serie de tran­sacciones en las que, con toda probabilidad, habrá debido incurrir para ac­ceder a la posición que ocupa y para mantenerla.

El segundo pivote de tu proposición tiene que ver con lo programático, con lo que tú llamas un “paquete a ganador”, que pudiese ser obtenido, según tu fórmula, como un “mínimo común denominador” de los programas de los candidatos que se unirían en apoyo a una candidatura única. Acá creo, Eduardo, que el país necesita algo más profundo que un mínimo resultante de un regateo de programas que, por lo que se conoce de ellos, no parecieran ser suficientes.

En todo caso, no puede ese “paquete a ganador” construirse en oposición a la idea de Constituyente, como fue tu postura en el programa de televisión aludido. Tal vez olvidaste que por aquellos días de confusión y miedo en el estamento político venezolano que siguieron al 4 de febrero de 1992, tú mismo declaraste, desde la ciudad de Valencia, que debía convocarse una Constituyente. Aquella “voluntad de rectificación”, aquella “voluntad política” que pareció ser el resultado de la sacudida golpista, desapareció totalmente durante este quinquenio, y el Congreso del período que ahora toca a su fin se olvidó por completo del tema constitucional. Ya Datanálisis había registrado un 53% de sus encuestados a favor de la Constituyente; ahora es Consultores 21 que reporta el nivel de apoyo en 61%. Y como le escuché decir a una lúcida dama venezolana: “Cuando más de la mitad de los venezolanos apoya la idea de la Constituyente ha llegado la hora de abrazarla”.

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Nuevo reparto

La Verdad

Parece estar completo ya el elenco de presidenciables en Venezuela, por lo menos de aquellos que tienen alguna oportunidad significativa. Esta semana han sido postulados oficialmente Irene Sáez, Luis Alfaro Ucero, Claudio Fermín, Henrique Salas Römer y Hugo Chávez Frías. Ninguno de ellos representa una nueva política. Todos vienen a ser más de lo mismo, y el mejor representante de lo pasado en política es el último de los nombrados.

Una nueva manera de hacer política requiere un nuevo actor político. El actor político tradicional pretende hacer, dentro de su típica organización partidista, una carrera que legitime su aspiración de conducir y gobernar una democracia. Sin embargo, el adiestramiento y formación que imponen los partidos a sus miembros es el de la capacidad para maniobrar dentro de pequeños conciliábulos, de cerrados cogollos y cenáculos. Se pretende ir así de la aristocracia a la democracia. El camino debe ser justamente el inverso. Debe partirse de la democracia para llegar a la aristocracia, pues no se trata de negar el hecho evidente de que los conductores políticos, los gobernantes, no pueden ser muchos. Pero lo que asegura la ruta verdaderamente democrática, no la ruta pequeña y palaciega de los cogollos partidistas, es que ese pequeño grupo de personas que se dediquen a la profesión pública sean una verdadera aristocracia en el sentido original de la palabra: el que sean los mejores. Pues no serán los mejores en términos de democracia si su alcanzar los puestos de representación y comando les viene de la voluntad de un caudillo o la negociación con un grupo. No serán los mejores si las tesis con las que pretenden originar soluciones a los problemas no pueden ser discutidas o cuestionadas so pena de extrañamiento de quien se atreva a refutarlas.

Ese nuevo actor político, pues, requiere una valentía diferente a la que el actor político tradicional ha estimado necesaria. El actor político tradicional parte del principio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como alguien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra.

De allí también su transparencia. El ocultamiento y el secreto son el modo cotidiano en la operación del actor político tradicional, y revelan en él una inseguridad, una presunta carencia de autoridad moral que lo hacen en el fondo incompetente. La política pública es precisamente eso: pública. Como tal debe ser una política abierta, una política transparente, como corresponde a una obra que es de los hombres, no de inexistentes ángeles infalibles.

Más de una voz se alzará para decir que esta conceptualización de la política es irrealizable. Más de uno asegurará que «no estamos maduros para ella». Que tal forma de hacer la política sólo está dada a pueblos de ojos uniformemente azules o constantemente rasgados. Son las mismas voces que limitan la modernización de nuestra sociedad o que la pretenden sólo para ellos.

Pero también brotará la duda entre quienes sinceramente desearían que la política fuese de ese modo y que continúan sin embargo pensando en los viejos actores como sus únicos protagonistas. Habrá que explicarles que la nueva política será posible porque surgirá de la acción de los nuevos actores.

Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la competencia necesaria, pues, como ha dicho Stafford Beer, nuestro problema es que «los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son todavía aceptables.»

Porque es que son nuevos actores políticos los que son necesarios para la osadía de consentir un espacio a la grandeza. Para que más allá de la resolución de los problemas y la superación de las dificultades se pueda acometer el logro de la significación de nuestra sociedad. Para que más allá de la lectura negativa y castrante de nuestra sociología se profiera y se conquiste la realidad de un brillante futuro que es posible. Para que más allá de esa democracia mínima, de esa política mínima que es la oferta política actual, surja la política nueva que no tema la lejanía de los horizontes necesarios.

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No mandarás

La Verdad

Existe una antigua leyenda de las tribus germánicas según la cual al comienzo del mundo sólo había dos clases de hombres: héroes y sabios. Según el mito, los héroes se levantaban todas las mañanas dispuestos para la faena:  conquistar castillos, rescatar doncellas y matar dragones. Al caer el día cesaba la jornada; y entonces los héroes se dirigían a las cuevas de los sabios, para que éstos les explicaran el significado de sus hazañas, pues no sabían ni por qué ni para qué las emprendían.

El recuerdo de este relato vino a mi mente al leer, a mediados del año pasado, un análisis de Argenis Martínez, el que encabezaba así: “La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones”. No se concibe que quien ostensiblemente lea mucho, piense mucho, invente mucho, pueda ser un buen gobernante.

Y no sólo es que en Venezuela se prohíbe a los sabios y brujos mandar, sino que ni siquiera se les estima. Una vez un profesor extranjero, experto internacional en sistemas de decisión de alto nivel, fue invitado por un ministro venezolano muy importante. El profesor, a petición del ministro, recomendó la institución de un centro nacional de investigación y desarrollo de políticas, de una unidad de análisis de políticas para la Presidencia de la República, y de un programa de formación para los que trabajarían en ambos tipos de centro. Dijo que esa trilogía era indispensable para aumentar la racionalidad en la toma de decisiones públicas. Después de escucharlo con mucha atención, y después de declarar que esto último era lo que él procuraba hacer desde su ministerio, el ministro dijo: “El problema, profesor, es que por mucho tiempo más la clave de la política venezolana estará en el número de compadres que tenga el Presidente en el territorio nacional”.

Y no se crea que algo así ocurre sólo en el corazón del Gobierno Central: hace unos años ya, en una de las operadoras de PDVSA, un conferencista buscaba una página en blanco en el rotafolio de la junta directiva a la que hablaría en unos instantes. En ese proceso se topó con una página en cuyo centro estaba escrito lo siguiente: “A la industria petrolera no le conviene tener demasiada gente inteligente”.

¿Qué es este prejuicio contra las personas que tienen la tara de intelectualidad? Que se sepa, la Constitución de 1961 sólo inhabilita para el ejercicio de los altos cargos públicos a quienes no son venezolanos por nacimiento, a quienes son demasiado jóvenes, a quienes son religiosos. (Si se comprende las enmiendas, a quienes han sido hallados culpables de delitos contra la cosa pública). No existe indicación alguna, ni en su texto original ni en las dos enmiendas subsiguientes, de la inhabilidad política de los “hombres de pensamiento”. ¿De dónde se saca entonces que éstos no deben mandar?

Debe ser de la versión criolla de la leyenda alemana en la que los héroes se han desentendido de los fines, de los significados políticos, y sólo atienden a la emisión de señales, que pueden ser cabalgatas en Carabobo, patadas de fútbol en atuendo deportivo, moños recogidos o sueltos, asociaciones felinas o bolivarianas, boinas militaroides, esláganes, jingles, apariciones en estadios o corridas de toros. El problema de los contenidos políticos, de los tratamientos a problemas públicos, de los programas, no es asunto que les desvela. Para eso siempre puede contratarse a alguien que los imagine y los escriba.

Éste es, pues, el asunto. En el “viejo modelo político” los caciques mandan, los héroes matan dragones, pero no tienen que pensar en la solución a los problemas públicos. De eso deben ocuparse, subordinados siempre a quienes mandan, los sabios que encuentran los significados y los brujos que producen menjurjes y encantamientos. Profesionales que encuentren soluciones. El modelo, el arquetipo, el paradigma en el viejo sentido de ejemplo, prescribe a quien detente o quiera detentar el mando el papel y el carácter de un combatiente. No el de un resolvedor de problemas. Pero ¿no es justamente la solución de los problemas públicos la verdadera y única justificación de la política? ¿Hasta cuándo elegiremos como gobernantes a quienes se forman como combatientes? ¿Cuándo entenderemos que en la compleja sociedad de hoy son otros los talentos necesarios?

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El grado de mi hija

El Diario

La semana pasada mi primera hija se graduó de bachiller. Esa que con apenas un año de edad venía alborotada a los brazos de su padre y tenía hipo cuando reía a carcajadas, lo que era a cada rato. Esa pequeña se me graduó de bachiller.

Ha podido no hacerlo. No porque fuese una mala alumna cuando lo ha sido muy buena, sino porque su colegio fue, como muchos otros lo han sido, objeto de un impacto grave que venía desde adentro, y por eso dolía más. En toda apariencia, alumnos que irían a graduarse participaron en un violento y soez atentado contra las instalaciones del colegio. Arrancaron unos pocos teléfonos públicos, inundaron unos pocos salones, anegaron unos cuantos baños y pintaron unas cuantas superficies con desagradables, injustos y odiosos mensajes. No pudiendo aún de modo legal impedir que estos enfermos sociales se graduaran junto con los compañeros a los que traicionaron, de quienes abusaron, a quienes afectaron profundamente sin el menor remordimiento, el colegio estuvo a punto de suspender la graduación. Es bastante pedir a una institución gravemente irrespetada que confiera a delincuentes en extremo desconsiderados un certificado de educación secundaria. Solamente el valor colegial de negarse a seguirles el juego, de dejarse vencer por el insulto de sociópatas, permitió que mi princesa mayor se graduara, si bien en un acto deliberadamente disminuido en solemnidad para expresar de algún modo el dolor y el rechazo a la humillación.

Así paga la sociedad por la delincuencia. Mi hija bella y noble, a quien no podré brindarle su grado más que con alguna cerveza y este artículo, debió sufrir la pena de graduarse sin el hermoso vestido que se pudo hacer porque un grupo de jóvenes no logró expresar su profunda carencia dentro de cauces sociales y optó por la destrucción y la negación de todo sentido.

¿Qué puede llevar a unos adolescentes mayores a expresarse de modo tan destructivo? ¿A llamar la atención sobre sí de forma tan negativa? ¿Será porque su proceso familiar les ha deformado? ¿No será que se creen invulnerables porque están, así parece, asistidos de la más eficaz defensa legal a través de un libertino amparo constitucional? ¿Porque existe una resolución ministerial que en aras de proteger al débil permite que el bien común, en aberración difícil de entender, sea vulnerado al hacer casi imposible la expulsión escolar por grave que sea el motivo, y que cuando la permite impone a los directores de los planteles la obligación de conseguirle una plaza al expulsado? ¿Porque nuestro Estado ha sido incapaz de reducir a la endemia encapuchada? ¿Porque nuestras reglas y costumbres políticas convierten a quien opina con guerra, con balazos y con muertes, a quien se arroga la potestad de decidir por todos los ciudadanos lo que sólo a ellos corresponde, como deponer un gobierno insano y corrupto, en un candidato favorito a la Presidencia de la República?

Seguramente todo esto influye y bastantes factores y episodios más. Vivimos una época terrible, ciertamente. Es preciso terminarla. No es bueno que el chavismo, que la lógica del terrorista, del encapuchado, del anarquista, llegue a las escuelas. Es momento de actuar.

…………….

El bien común debe ser protegido. El bien común, si no es protegido eficazmente por algún órgano que debiera cuidarlo, tendrá que cuidarse a sí mismo. Es preciso que el sociópata llegue a saber que los demás somos mucho más, muchísimo más poderosos que él, y que ineludiblemente vamos a reaccionar si se abusa de nosotros demasiado.

Y si el Estado se muestra incapaz de proteger y procurar el bien común y hasta sin intención lo disminuye, entonces la institución privada, los ciudadanos, los Electores, la comunidad educativa, deben encontrar los modos de procurarlo y protegerlo.

Por ejemplo, el colegio impedido de impedir que unos delincuentes se gradúen, por decirlo así, civilmente, puede sostener el acto civil primero, como los matrimonios, según lo fuerza la resolución ministerial; pero puede hacer otro acto colegial, no civil, no público sino privado, al que no se invite a los delincuentes y completamente desplegar, allí, la legítima alegría del hito alcanzado al despedirse los mayores del colegio, porque se cumplió una enorme jornada de enseñanza y aprendizaje. El colegio de mi hija, cuya promoción coincide con los setenta y cinco años de su fundación, tiene toda la justificación y todo el derecho para realizar el más solemne y regocijado acto que celebre esta coincidencia, para no permitir que unos pocos inadaptados amarguen la efeméride.

Y la sociedad tiene el derecho a protegerse de un encapuchado que el Estado no acierta a reprimir, y de un golpista que insiste en justificar su abuso político sin que las normas le impidan el acceso al poder. La comunidad educativa tiene el derecho de neutralizar los perversos efectos de una disposición ministerial mal pensada e infelizmente promulgada, así como una mayoría de la comunidad, reconocía en 1776 la Declaración de Derechos de Virginia, debe tener la potestad de corregir y deponer un gobierno injusto y dañino. Así deberemos actuar ante el corrupto, ante el abusador, ante el caribe. Para eso somos más.

Lo que nunca deberá impedir la disposición a prevenir y aún a perdonar. Tanta saña no puede ser causada por causa pequeña. La saña nos produce grande rabia, es cierto. Pero en cierto modo también nos hace sentir lástima. Es lastimoso que haya quienes crean ser admirables porque ejercieron la violencia de modo que los inocentes resultaran dañados. Quién sabe qué agujeros habrá abierto en sus almas lo que tengan por hogar.

…………….

La fea e innoble acción, por lo demás, destapó muchas cosas nobles y hermosas en un colegio de gentes hermosas y nobles. Seguramente la más hermosa y noble de las cosas fue ésta: en la asamblea de la comunidad convocada para conocer y ponderar los hechos, una señora, ante quien me descubro con admiración grande, habló de sus hijos colegiales. Uno que estudia en ese colegio; otro que ya no lo hace porque, lo dijo ella en público con rarísima valentía, no había estado a la altura del colegio. No existe algo más difícil o más valiente que lo que hizo esa señora, dentro de una humanidad que la abrumadora mayoría de las veces consigue los más tercos e insostenibles pretextos para defender sus abusos. Que tan insólito valor, que tan rara nobleza se haya manifestado ese día de asamblea, nos hace sospechar que ese colegio que ha alojado a sus hijos, así como su propia familia, valen la pena, y su existencia compensa y borra la vergüenza del atentado. Esa dama redentora libró por todos ese día.

LEA

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Es hora de quedarse

La Verdad

A mediados de 1983, hace ya quince años, se celebró una reunión privada de cinco muy importantes banqueros venezolanos, convocada para discutir un posible flujo negativo de caja de PDVSA que se proyectaba para fines de ese año, año electoral. En medio de la discusión se pidió a los asistentes participar en un simple ejercicio, un sencillo juego, una adivinanza.

El ejercicio consistió en leer las palabras textuales de un fragmento de discurso, y pedirles que intentaran identificar a quien las había dicho. Las palabras en cuestión se referían a un país y a sus hábitos económicos. El orador fustigaba a los oyentes y decía que en su país la gente se había endeudado más allá de sus posibilidades, que quería vivir cada vez mejor trabajando cada vez menos. Al cabo de la lectura los banqueros comenzaron a asomar candidatos: ¡Uslar Pietri! ¡Pérez Alfonzo! ¡Jorge Olavarría! ¡Gonzalo Barrios!

No fue poca la sorpresa cuando se les informó que las palabras leídas habían sido tomadas del discurso de toma de posesión de Helmut Kohl como Primer Ministro de la República Federal Alemana.

El ejemplo sirvió para demostrar cuán propensos somos a la subestimación de nosotros mismos. Si se estaba hablando mal de algún país la cosa tenía que ser con nosotros. Al oir el trozo escogido los destacados banqueros habían optado por generar sólo nombres de venezolanos ilustres, suponiendo automáticamente que el discurso había sido dirigido a los venezolanos para reconvenirles. A partir de ese punto la reunión tomó un camino diferente.

De hecho, uno de los banqueros presentes acababa de regresar de Inglaterra—recordemos que se estaba a mediados de 1983, cuando ya había emergido el problema de la deuda pública externa venezolana tras los casos de México y Polonia—y contó una conversación con importantes banqueros ingleses que mucho le sorprendió. En esa conversación nuestro banquero, quien hacía no mucho había sido Presidente del Banco Central de Venezuela, preguntó a sus colegas ingleses si albergaban preocupación por la deuda externa de los países en desarrollo. A lo que los financistas británicos contestaron: “Bueno, sí, pero ¡la que nos tiene verdaderamente alarmados es la deuda de los Estados Unidos de Norteamérica!”

Con mucha frecuencia ese autoprejuicio de muchos venezolanos llega a expresarse de modo más activo y más denigrante. Así, se niega que podamos “estar preparados” para vivir en democracia, se le tiene miedo a una Asamblea Constituyente o, más crudamente, se declara: “Venezuela es una caricatura de país”.

Pero no es preciso ser tan atrabiliario como para sentir los embates de la duda respecto de las posibilidades futuras de la nación venezolana. Muchas personas trabajadoras, honestas y patrióticas llegan a sentir el aguijón de la desesperanza y algunos buscan mudarse a otras latitudes para dejar de ver los problemas que aquejan a los venezolanos, para no pensar más en eso, para escapar a las trabas que un sistema anacrónico y disfuncional impone a su actividad empresarial o profesional.

Esa no es una estrategia constructiva. Es una actitud de evasión, de escape, de fuga.

El país está atravesando, en estos mismos momentos, por lo que tal vez llegue a ser la más importante transición en nuestra historia. No hay que perdérsela. Por lo contrario, es la hora de quedarse a producir y contemplar un soberbio espectáculo:  el de un país que ha venido asimilando sufrimiento, creciendo en conciencia, aprendiendo serenamente de la adversidad, y que puede convertir ese doloroso proceso en una metamorfosis de creación política.

Las ganas de salir corriendo tal vez sean comprensibles. Más de un venezolano capaz se siente impedido, maniatado. No se pretende negar, entonces, que el país en general—sus obreros, sus científicos, sus empresarios, sus profesionales, sus trabajadores culturales—esté pasando por penurias en grado importante. Lo que se niega es la validez de una estrategia evasiva, cuando lo constructivo, lo audaz, lo inteligente, es encontrar las oportunidades que, como toda crisis, la crisis venezolana está proveyendo.

No es el momento de negarnos. Todo país próspero conoció la penuria primero que nada. Nos toca ahora a nosotros comprobar que no somos menos, no somos raza, ni cultura, ni pueblo inferior. Todo el planeta vive ahora un inmenso ajuste, que naturalmente invalida o hace obsoletos a más de un modo de vida o producción. La inteligencia está en adaptarse a esta grandísima transformación de la humanidad, aprender y hacer cosas nuevas.

LEA

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