Sobre una crisis de comando

La Verdad

Cuando Eduardo Fernández, poco después del 4 de febrero de 1992, propuso la conformación de un consejo consultivo que dijera al Presidente Pérez lo que tenía que hacer, un periodista escribió: “En síntesis, el Dr. Fernández propuso que otros propongan”. Esto es, él no tenía que proponer otra cosa que un deseo de que Venezuela llegara a tener una “economía humana”.

Eso que dijo el Dr. Fernández es lo que dicen casi todos. Alfaro Ucero dice que “hay que pensar” sobre alternativas que no sean la renta petrolera y Sáez “puso a la orden sus economistas para aportar ideas”. Salas Römer cree que las huelgas de algunos gremios han sido iniciadas para “rentabilizar” la situación. Chávez propone que se adelanten las elecciones presidenciales, sin que sepamos a ciencia cierta qué haría él si es electo, más allá de poner a pensar unos diputados constituyentes.

Úslar propone, por enésima vez, que quienes piensen conformen “un comando de crisis, de no más de diez ministerios, bien acoplado, formado por gente capaz, que convoque al país a un gran esfuerzo de salvación nacional” y que tiene que “emprender un plan muy sencillo e inmediato” que él llamaría de “salvación nacional”. ¿En qué consiste ese esfuerzo? ¿en qué consiste ese “plan sencillo e inmediato? (Sencillo, inmediato, coherente, armónico, racional, moderno, creíble, etc.Uslar no lo sabe o no lo dice. No lo ha dicho nunca.

Lo que sí hace es oponerse a la celebración de una asamblea constituyente. Dice que “es una de las soluciones mágicas que le presentan al país”, que una constituyente no va a cambiar el país, que es una ilusión, que “eso es lo mismo que hemos tenido pero con otro nombre” y que lo que Venezuela necesita son “programas, planes y concepciones de futuro”. Y en cambio propone que de un “comando de crisis” (otro nombre), va a salir un plan que él llamaría (otro nombre) “de salvación nacional”, mágicamente.

La primera vez que Uslar propuso tan mágico remedio fue en diciembre de 1991, a unos dos meses antes de la intentona de Chávez, y propuso que fuera Carlos Andrés Pérez quien se pusiera al frente de un “comando de crisis”. Fue después de los acontecimientos del 4 de febrero de 1992 que comenzó a pedir la renuncia de la misma persona que, dos meses antes, él quería como jefe del “comando de crisis”.

Tanta insistencia en tan mágica y sencilla solución de un “comando de crisis” da que pensar, porque la expresión “comando” (otro nombre), refiere inmediatamente al ámbito militar y, repito, la primera vez que Uslar recomendó un “comando de crisis”—mágica solución—fue pocos días antes de un golpe de Estado—esa vez fallido.

Hay quienes han dicho que Chávez daría un golpe de Estado preventivo, hacia el mes de octubre—mágica fecha para Úslar—en la convicción de que este “sistema político” nunca le daría el poder y le robarían las elecciones. Ese no puede ser un golpe que Úslar propiciaría. Úslar jamás permitiría que Presentación Campos se convirtiera en el jefe y el señor. Quizás esto justifique un golpe de Estado preventivo para prevenir el golpe de Estado preventivo que se dice sería ejecutado por Chávez.

El sitio en el que los hombres de pensamiento de Venezuela pueden dar su aporte a la solución de la crisis no es el de un nuevo cogollo de diez comandantes de crisis sino, precisamente, esa asamblea constituyente que Uslar aborrece. Allí podría Uslar aportar su sabiduría, como no lo podría hacer, supongo, en un “comando de crisis”. Abiertamente ante el país.

Uno no rechaza, Dr. Úslar, valerse de una herramienta que permite hacer cosas importantes porque no permita hacer otras cosas importantes. No vea Ud. a una constituyente como navaja suiza que es a la vez cuchillo y lupa y sierra y lima y brújula y mondadientes. Pídale a la constituyente únicamente que recomponga este casco poítico e institucional carcomido de tantas formas en tantos flancos.

O si no que Úslar nos diga, de una buena vez, cuál cree debe ser ese “plan de salvación nacional” sencillo e inmediato. Y precisamente porque el problema es morrocotudo es por lo que uno supone que la herramienta que debe emplearse debe ser conmensurable con su magnitud. Usted convendrá, Dr. Úslar, que una mágica constituyente es una herramienta más poderosa que el décuple cogollo de su mágico “comando de crisis”.

Tan solo una de las cosas que hay que hacer, Dr. Úslar, es reunir a la constituyente, pero es una cosa muy importante. Apelar, en medio de una crisis fundamental, nuclear, de composición, de constitución, al Poder Constituyente. Esto es más democrático que convocar a una reducida mesa redonda a diez mágicos barones. Podemos pedirle al Dr. Caldera que convoque de una vez el referéndum que pueda generar una asamblea constituyente.

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Adelantar la Constituyente

La Verdad

Yo puedo certificar la seriedad personal y profesional de José Antonio Gil, y por tanto las encuestas de Datanálisis  me merecen confianza. En encuesta realizada en la tercera semana de mayo, se encontró conque 83% de los encuestados demanda reformas políticas profundas. Una escueta minoría de 16% cree todavía que las cosas pueden mejorar con sólo cambios moderados.

Me cuento dentro del trozo mayor. Creo que no es necesario demostrar que los males de la República de Venezuela son de seria gravedad, de larga data y resistentes a los remedios convencionales. Y mis lectores tal vez recordarán la siguiente expresión del primero de mis artículos en La Verdad: “Entre el sinnúmero de acciones públicas que es preciso acometer en Venezuela, pocas pueden disputar la primacía estratégica que tiene la siguiente tarea: cambiar el sistema operativo del Estado venezolano”.

La pieza más importante de este cambio vendrá a ser una nueva Constitución de la República. Eso es, ni más ni menos, lo que tenemos que hacer. Una remodelación mayor, una reconstitución de la República de Venezuela. Eso creo desde hace ya quince años.

También he expuesto aquí la opinión de los más respetados constitucionalistas venezolanos. Cuando se trata, no ya de una reforma aun extensa de la constitución vigente, sino de una constitución distinta, que no puede ser obtenida por simple modificación de la anterior, es preciso convocar un órgano explícitamente convocado para la tarea constituyente. No puede el Congreso, dentro de la normativa de la propia constitución actual, hacer otra cosa que enmendar o reformar el texto de ésta. Y como creo que el nuevo Estado que debe servir a la nueva República y aportar mejores cosas al mundo, no puede ser obtenido a partir de la más grande de las reformas a la constitución de 1961, estoy firmemente convencido de que una asamblea constituyente es ineludible.

Acá estoy de nuevo acompañando a la mayoría. La misma encuesta de Datanálisis encuentra que una mayoría de 53%, frente a una más nutrida minoría de 41%, cree que la constituyente es más capaz de promover los cambios requeridos que el Congreso de la República. Esto es evidente con un congreso elegido dentro de las previsiones de la muy manoseada legislación electoral venezolana, con un congreso elegido adelantadamente como resultado de una de las más recientes inversiones de los partidos dominantes, con un congreso de políticos que no se han caracterizado, precisamente, por querer cambiar las cosas.

Que todavía haya un 41% de venezolanos que piensen que del Congreso puede venir el cambio profundo se debe a varios factores. Desconocimiento, en primer lugar, puesto que se ignora lo que es una constituyente. Temor, ante la especie de que una constituyente es un caos, según los satanizadores de la idea. (Que se aprovechan del rechazo a Chávez para identificarla totalmente con él). Convencimiento de que una nueva constitución no servirá para mucho.

Una constituyente es tan sólo un órgano que estableceremos para que en plazo perentorio nos presente un proyecto de nueva constitución que de todas formas deberá ser aprobado por nosotros mismos: los Electores. No vamos a renunciar a ninguna de las pocas facultades que la constitución de 1961 reconoce a los Electores, y según ella somos nosotros quienes, más allá de una enmienda menor, debemos aprobar las modificaciones constitucionales. (¿Oyó, Sr. Chávez?) De modo que no tiene por qué ser un factor caótico. Pensar lo contrario es pensar demasiado mal de nosotros mismos. Y negar que la pieza legal fundamental de la República, a la que tienen que estar sometidas todas las demás leyes, puede cambiar mucho las cosas, es demasiado tonto. No es necesario presentar a la constituyente como panacea.

Sin dudarlo apostaría a que un nuevo registro de Datanálisis o de alguna otra encuestadora responsable conseguiría que la mayoría a favor de una asamblea constituyente ha aumentado y que la minoría en su contra ha disminuido.

Y he aquí que quien en apariencia es el campeón más denodado de la elección y celebración de una constituyente, propone ahora que las elecciones presidenciales previstas para diciembre de este año deben ser adelantadas, argumentando que el gobierno actual ha entrado en punto muerto.

Si la hora ha llegado en Venezuela para considerar que lo más importante es lo más urgente, entonces, Sr. Chávez, lo que hay que adelantar es la Constituyente. ¿Qué le parece realizar en noviembre, con ocasión de las anticipadas elecciones regionales, el referéndum que genere su convocatoria? ¿Qué le parece elegir los diputados constituyentes en diciembre, aprovechando la elección presidencial? Los lapsos estipulados en las leyes electorales lo permiten. El Consejo Nacional Electoral debe fijar la fecha del referéndum al mes de recibida la convocatoria, y puede establecerla dos meses después.

Fíjese, se podría celebrar el referéndum en noviembre porque la fijación de la fecha puede darse en septiembre—en los muy primeros días—y esto significa que el Consejo todavía podría recibir en el mes anterior la convocatoria. Eso es en agosto y todavía nos queda el mes de julio, mes patriótico, mes bolivariano.

Ud., Sr. Chávez, prometió tener listas las firmas necesarias para convocar a una asamblea constituyente. (10% de los electores, según la ley). Ud., que según las encuestas disfruta del 35% de la actual intención de voto, ¿cree que podría tener esas firmas después de un mes de esta fecha? Si no puede Sr. Chávez, no se preocupe mucho. Siempre podemos pedirle al presidente Caldera que haga aprobar la convocatoria necesaria en consejo de ministros.

Pero lo que está claro es que Ud. parece comenzar a portarse como aquellos a quienes combate, que adelantaron unas elecciones por lo que creyeron su conveniencia, aunque ahora esté claro que cometieron, incluso según ese criterio, un grave error. Es Ud. quien ahora propone adelantar las elecciones presidenciales cuando cree que las tiene ganadas.

Ud. no va a ganar las elecciones presidenciales, Sr. Chávez, así que ¿por qué no se porta como un hombre serio y consecuente y dice que lo que hay que adelantar es la Constituyente, porque eso es lo más importante?

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Prejuicios complementarios

La Verdad

Una muy buena parte de la resistencia de la política convencional al tema programático es una desconfianza muy arraigada respecto de las posibilidades e intereses del pueblo, de los intereses y capacidades de los Electores.

La inmensa mayoría de la dirigencia nacional, política o privada, alimenta un desprecio básico por el pueblo venezolano. A casi todo proyecto político verdaderamente audaz y significativo se le opone usualmente la idea de que el pueblo no se interesa sino por muy elementales necesidades de supervivencia, por las más egoístas apetencias, por los más triviales objetivos. O si no, se derrota alguna buena idea con la declaración de que el pueblo no la entendería, de que “no está preparado para eso”.

En un programa de radio dedicado al análisis político, hace pocos años, el conductor del mismo decidió explicar a sus oyentes en qué consistía una “caja de conversión”, cuando esta receta económica empezaba a ser propuesta en Venezuela. Al poco rato recibió la llamada telefónica de un oyente, quien dijo: “Lo que Ud. está explicando es muy interesante, pero ¿no cree que debería hablar Ud. más bien del precio del ajo y la cebolla en el mercado de Quinta Crespo, porque eso no lo entiende el pueblo-pueblo?” Mientras el conductor del programa contrargumentaba para oponerse a la postura del oyente telefónico, un segundo oyente llamó a la emisora. Y así dijo al conductor: “Mire, señor. Yo me llamo Fulano de Tal; yo vivo en la parroquia 23 de Enero; yo soy pueblo-pueblo; y yo le entiendo a Ud. muy claro todo lo que está explicando. No le haga caso a ese señor que acaba de llamar”.

En mi escueta experiencia las personas responden con entusiasmo a un liderazgo que les respeta, que les estima, que piensa que son capaces de entender e interesarse por lo que la prédica convencional asegura que no les importa. En uno de los experimentos comunicacionales de éxito más rotundo que se hayan visto en Venezuela, la más crucial de las causas del mismo fue el concepto que de los lectores se formó un cierto periódico de provincia. Definió de antemano a su lector tipo como una persona inteligente, que preferiría que se le elevase a que se le mantuviese en un nivel de chabacanería. El periódico logró, en contra de cualquier pronóstico, el primer lugar de circulación en su ciudad en el lapso de seis meses desde su aparición, y cuatro meses después se hizo acreedor al Premio Nacional de Periodismo, en competencia con otros dos candidatos de gran peso.

Lo contrario también puede lograrse. Cuando Lyndon Johnson asumió la presidencia de los Estados Unidos, declaró la “Guerra a la Pobreza”, un conjunto de programas en el que el Headstart Program, destinado a proveer instrucción preescolar a niños de sus principales “ghetos” urbanos, era su programa estrella. Al año de la declaración de guerra el Headstart Program había fracasado estrepitosamente.

Naturalmente, la administración Johnson ordenó un estudio que pudiera poner de manifiesto las causas del fracaso. La investigación evaluadora indicó una causa principal entre todos los factores de actuación negativa. Los maestros del programa se disponían a tratar con “niños desaventajados”—todos los instructivos que manejaban se referían a sus futuros alumnos precisamente así: disadvantaged children—y de manera inconsciente transmitían esa noción a los niños. Éstos, a su vez, “internalizaban el rol”, como dicen los sociólogos, de niños des-aventajados y se comportaban como tales. Se esperaba de los alumnos un rendimiento deficiente y esto fue exactamente lo que proporcionaron.

Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo venezolano continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles.

Junto con la visión convencional acerca del papel social de los “hombres de pensamiento”, esta desconfianza fundamental del liderazgo común y corriente venezolano respecto de las posibilidades e intereses del pueblo, conspira contra el mejor tratamiento de nuestros problemas públicos.

Se desconfía de los “hombres de pensamiento” metidos a políticos, pero esta percepción prejuiciada va a cambiar. Desde hace ya algún tiempo es posible registrar una nueva irrupción del pensamiento y la inteligencia en el ámbito del poder. La revista Fortune titulaba en su edición del 14 de enero de 1991: “Ahora capital significa cerebro, no sólo dólares”. Y citaba a líderes empresariales norteamericanos que decían cosas como las siguientes: que el capitalismo empresarial había dado paso a un capitalismo gerencial que ahora cedía el sitio a un “capitalismo intelectual”; que “la materia gris es tan diferente a los billetes que la economía neoclásica, con sus leyes de la oferta y la demanda y de los rendimientos decrecientes, no puede explicar adecuadamente cómo funciona su substancia”; que el capital intelectual producirá un profundo desplazamiento en la riqueza del mundo de los dueños de los recursos naturales a quienes controlen las ideas y el conocimiento.

Este proceso, que ya ha comenzado en el ámbito de la economía, no tardará en manifestarse con igual fuerza en el ámbito de la política, y cuando lo haga cambiará radicalmente el modo como ésta es practicada.

Es probable que continúe habiendo un predominio de los “hombres de acción” en las cabezas ejecutivas de los Estados, de los partidos políticos, pero aun en este caso habrá un marcado aumento del espacio y la influencia de los “hombres de pensamiento” en la política.

Es probable que los hombres de pensamiento que se dediquen a la formulación de políticas se entiendan más como “brujos de la tribu” que como “brujos del cacique”. Esto es, se reservarán el derecho de comunicar los tratamientos que conciban a los Electores, sobre todo cuando las situaciones públicas sean graves y los jefes se resistan a aceptar sus recomendaciones.

Pero también es probable que en algunos pocos casos algunos brujos lleguen a ejercer como caciques. En situaciones muy críticas, en situaciones en las que una desusada concentración de disfunciones públicas evidencie una falla sistémica, generalizada, es posible que se entienda que más que una crisis política se está ante una crisis de la política, la que requiere un actor diferente que la trate.

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Herramienta y producto

La Verdad

Existe hoy en día un marco teórico y analítico—la teoría de la complejidad, el concepto de fractales, la teoría del caos—que permite entender los sistemas políticos desde una nueva perspectiva, así como, por el lado del «análisis de políticas», hay un apreciable arsenal de instrumentos para una producción racional de políticas específicas. Pero también existe el factor favorable de un aumento de la conciencia del electorado. Esto es importante porque forma parte del paradigma político clásico, como basamento de una teoría de la dominación social, la insidiosa noción de que «el pueblo» es incapaz de opciones políticas racionales. Según ese errado punto de vista, el común de los electores haría sus escogencias con base en factores puramente emocionales, egoístas y ligados a necesidades muy básicas. De allí, en gran medida, el desprecio por lo programático como parte de alguna importancia en el proceso político.

Todos los candidatos presidenciales de esta campaña electoral van a emitir sus «programas» hacia la fase final de la misma. Para los partidos tradicionales, para sus candidatos, el asunto del programa ocupa un lugar secundario respecto del problema «práctico» de obtener la candidatura o la magistratura. Por esta razón es tan desproporcionadamente grande la porción de los recursos que se dedica a las actividades típicas del combate electoral: encuestas, movilizaciones, publicidad. En 1992, un importante precandidato, aún reconociendo que programáticamente estaba muy débil, consideró excesivo destinar, para un año de trabajo de un equipo programático, una cantidad que por ese entonces se gastaba en menos de una semana de propaganda televisada. En su explicación de esta postura esgrimió que acababa de regresar de los Estados Unidos, una semana antes de las elecciones presidenciales de ese año, y que allí ganaría un candidato que no había presentado programa (Clinton I). No había considerado que el problema de ganar las elecciones era menos importante que el problema de gobernar.

En gran medida esta actitud se explica por la muy difundida noción de que un «gran diseño» es imposible o inútil, y que los programas vienen a ser más bien la sumatoria de un cúmulo de proposiciones específicas, las que deben ser generadas por especialistas. Obviamente, los candidatos no son especialistas, y por tanto la labor del programa no les correspondería a ellos.

En Venezuela el modelo de la reconciliación, de la negociación, del pacto social o de la concertación, resulta ser todavía el modelo político predominante. En análisis relativamente modernos la recomendación implícita es la de continuar en el empleo de un modo político de concertación, al destacar como el problema más importante de la actual crisis el manejo del conflicto.

Visto de otro modo, se trata aquí de la tensión entre dos conceptos acerca de la política. William Schneider, en “Para entender el neoliberalismo”, describe el punto de este modo: “…la división era entre dos maneras distintas de enfocar la política, y no entre dos diferentes ideologías.”…”La generación del 74 rechazó el concepto de una ideología fija”.

En  The New American Politician el politólogo Burdett Loomis emplea el término empresarial para describir la generación del 74.”…”De una manera general, los nuevos políticos pasaron a ser empresarios de política que vincularon sus carreras a ideas, temas, problemas y soluciones en perspectiva.”  Y Schneider de nuevo dice: “Adoptaron el punto de vista de que las cuestiones políticas son problemas que tienen respuestas precisas, a la inversa de los conflictos de intereses que deben reconciliarse.”

Esto es, se trata de una oposición entre la idea de que la política consiste en obtener el poder para conciliar intereses, y la idea de que ésta consiste en imaginar soluciones a problemas de carácter público para llevarlas a cabo con el poder. Si la cuestión es formulada como oposición excluyente, el problema queda mal planteado y, en la práctica, domina la conciliación de intereses sobre la solución a los problemas.

¿Significa esto que el político tradicional no tiene el menor interés por lo programático? No, eso no es cierto. Lo que ocurre es que los políticos tradicionales piensan como Schneider describe la postura habitual de un presidente de los Estados Unidos: «Después de todo, siempre puede contratar a alguien que le solucione los problemas».  El trabajo típico de un político tradicional es el de someterse a una agenda inmisericorde de reuniones y reuniones de conciliación de intereses. En esa agenda no hay espacio para el diseño de soluciones. Pero ésta es una situación que debe ser vista comprensivamente. Una vez más Schneider, refiriéndose a los demócratas en Estados Unidos: «…los miembros de la generación del 74, han emprendido la tarea de liberar al Partido Demócrata de la tenaza de los intereses especiales. Pero en su búsqueda de una política libre de intereses les ha faltado comprender una verdad básica: que los conflictos de intereses son parte legítima de la vida política».

El mismo autor del presente artículo ha incurrido en el error de despreciar el término de la conciliación de intereses. Ésta es un proceso ineludible, no hay duda; la equivocación reside más bien en haberla hecho predominante. El cambio más importante en el paradigma político, en el discurso político obsoleto, deberá ser el de subordinar la conciliación de intereses a la solución de los problemas, el de adjudicarle su lugar correcto de herramienta, que no de finalidad, de la actividad política.

Pero el hombre no es hombre si no se justifica por finalidades. Por más que sea más barata, por más que no parezca apelar—y eso está por verse—a la emocionalidad o irracionalidad de los Electores, la generación profesional de políticas—cosa de la que en general no son capaces los graduados en ciencias políticas—debe predominar hoy sobre la conciliación. Lo que tenemos hoy es una carga pública que comienza a hacerse insoportable. Lo que tenemos es problemas, y está visto que no en todos los casos la conciliación de intereses resuelve los problemas.

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Intervalo solónico

La Verdad

Se dice que fue antes del término del siglo V antes de Cristo que los griegos clásicos elaboraron por primera vez una lista de los Siete Sabios que habían sobresalido en la gesta de la gran Atenas del siglo anterior. Hubo varias versiones de esta selección del “Hall de la Fama” de los griegos: una primera lista fue expandida primero a diez miembros, y luego a diecisiete. En todas las versiones, sin embargo, cuatro nombres permanecían constantes e indiscutidos, y uno de esos nombres era el de Solón de Atenas.

Resulta interesante recordar los hechos principales de la vida de Solón, los que le hicieron merecedor de esa indiscutida posición en todas las escogencias que de los Sabios de la Grecia antigua hicieron sus coterráneos.

Nos dice la Enciclopedia Británica que Solón fue un estadista ateniense que puso fin a los peores males de la pobreza en la región de Ática y dio a sus conciudadanos una constitución equilibrada y un código de leyes humano. Fue asimismo el primer poeta de Atenas, y empleaba el medio de la poesía—a falta de radio o televisión—para “alertar, retar y aconsejar al pueblo y urgirle a la acción”.

“El siglo VI temprano fue un tiempo de tribulaciones para los atenienses… La sociedad estaba dominada por una aristocracia de nacimiento, los eupátridas, que poseían las mejores tierras, monopolizaban el gobierno y estaban divididos entre ellos formando facciones rivales. Los granjeros más pobres fácilmente eran empujados a endeudarse, y cuando no podían pagar eran reducidos a la condición de siervos en sus propias tierras y, en caso extremo, a ser vendidos como esclavos. Las clases medias de intermediarios agrícolas, artesanos y comerciantes se resentían de su exclusión del gobierno. Como lo describía Solón, ningún ateniense podía escapar a estos males sociales, económicos y políticos… El malestar público hubiera muy bien podido culminar en una revolución y en una consiguiente tiranía (dictadura), como había ocurrido en otras ciudades-estado griegas, de no haber sido por Solón, a quien atenienses de todas las clases recurrieron con la esperanza de una solución general satisfactoria de sus problemas. Dado que creía en la moderación y en una sociedad ordenada en la que cada clase tuviera su lugar y su función apropiados, su solución no fue la revolución sino la reforma”.

Solón, que ya había incursionado en la administración pública de su ciudad, pues había ejercido la función de arconte o gobernador anual hacia el año de 594 antes de Cristo, fue investido con plenos poderes de reforma y legislación unos veinte años más tarde. Su primer trabajo consistió en resolver el malestar causado por las deudas. Así, procedió a redimir todas las tierras confiscadas por esa causa y liberó mediante decreto a todos los ciudadanos esclavizados. Igualmente prohibió que todos los futuros préstamos tuvieran como garantía las personas mismas objeto de crédito. Tales medidas produjeron un alivio inmediato.

Lo que sí no hizo Solón fue atender a las extremas reivindicaciones de los pobres, que exigían la redistribución de la propiedad de las tierras. En cambio, Solón se dedicó a estimular la prosperidad general y a proveer empleo a quienes no pudiesen vivir de la agricultura, mediante la promoción de las artes y los oficios. Reguló las exportaciones e impulsó la circulación del dinero (invento de su época), lo que a su vez expandió el comercio de los productos atenienses, hecho bien documentado por los hallazgos arqueológicos de la época.

Por encima de estos logros económicos, Solón produjo además importantes reformas políticas, al sustituir el monopolio de los eupátridas en una nueva constitución y al reformar las estrictas leyes del código de Dracón, que al decir de la Enciclopedia Británica, eran tan severas que se pensaba habían sido escritas no con tinta sino con sangre. Solón revisó todas las leyes draconianas—que permitían la esclavitud con deudas y castigaban con la muerte casi todos los delitos, fuesen éstos menores o mayores—y presentó un código mucho más humano.

En resumen, Solón produjo una cantidad de cambio tan grande como la que Napoleón Bonaparte generaría más tarde en su época, sólo que desde una autoridad democrática. De hecho, la tiranía le fue propuesta a Solón y la rechazó. No contento con negarse a la dictadura, Solón hizo que los atenienses se comprometieran a aceptar sus disposiciones, a las que se dio validez por el lapso de cien años (fueron escritas en tabletas giratorias de madera y colgadas por toda la ciudad) y ¡abandonó el poder! Solón, habiendo terminado su tarea, cesó su intervención y desapareció de Atenas para viajar por Egipto y otros lugares, cuidando de no regresar a la ciudad antes de que diez años expiraran, a la que volvió de nuevo como su poeta.

En su enjundioso estudio acerca de la insensatez política (The March of Folly), Bárbara Tuchman concluye que la insensatez política ha sido históricamente la regla. Solón de Atenas fue la excepción. Desprovisto de apetencias de un poder prolongado, enfrentó como médico el cuadro de enfermedades sociales de su tiempo en su patria, le dio solución inteligente y justa, y descendió por propia voluntad de la primera magistratura ateniense, rehusando toda oferta de convertirse en gobernante totalitario. Solón fue, sin duda, quien cambió la frecuencia de Atenas y abrió la puerta al Siglo de Oro signado luego por la gestión de Pericles. No en vano es Solón figura inamovible del Salón de la Fama griego, porque su vocación no fue la de ser gobernante, sino la de ser ex gobernante.

Lo anterior viene a cuento porque puede argumentarse que el Estado venezolano necesita de una intervención de este tipo. Una intervención médica, de corta duración, que sea capaz de cambiar componentes esenciales del Estado y hasta de implantar un concepto de Estado distinto, en esencia, al actual. El problema principal del Estado venezolano ya ha dejado de ser un problema cotidiano de orden y eficiencia, de gerencia—lo que naturalmente también está presente—sino uno más fundamental de constitución. Hasta ahora sólo uno de los candidatos presidenciales en liza propone cambios de cierta profundidad. Él, el Sr. Hugo Chávez Frías, identifica, no sin razón, a los restantes candidatos como expresiones de continuismo. Chávez sería algo, ciertamente, opuesto al continuismo. Lo malo es que el cambio que propone sería, en verdad, un retroceso. Y el cambio que necesitamos no es hacia atrás, sino al futuro.

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Enchave

La Verdad

A las razones por las que desde hace tiempo ya creía más que insuficiente, dañina, la prédica y práctica política de Hugo Chávez Frías, se ha añadido ahora la de su falta de apego a la verdad.

Chávez ha dicho reiteradamente, en recientes entrevistas, en reuniones, en declaraciones, que él y sus compañeros habían intentado derrocar al gobierno de Venezuela porque Carlos Andrés Pérez había ordenado al Ejército volver sus fusiles contra el Pueblo en febrero de 1989, contra la explícita condena del Libertador, que había declarado la posibilidad abominable.

Para la época de su prisión en Yare, sin embargo, Hugo Chávez ya había admitido que “su grupo” conspiraba desde hacía siete o nueve años (desde el Bicentenario de la muerte de Bolívar). Por tanto, para el 27 y 28 de febrero de 1989, la intención de tomar el poder por la fuerza ya estaba formada varios años antes. Mal puede presentarse ahora como pretexto para el golpe fallido del 4 de febrero de 1992 algo que no pudo tener nada que ver para la conformación de una logia conspirativa.

Antes había ofrecido ya otras explicaciones. El excomandante Chávez argumentaba a la revista Newsweek a comienzos de 1994 que el artículo 250 de la Constitución Nacional prácticamente le mandaba a rebelarse. Lo que el artículo 250 estipula es que en caso de inobservancia de la Constitución por acto de fuerza o de su derogación por medios distintos a los que ella misma dispone, todo ciudadano, independientemente de la autoridad con la que esté investido, tendrá el deber de procurar su restablecimiento. Pero con todo lo que podíamos criticar a Carlos Andrés Pérez en 1992, y aun cuando estábamos convencidos de que lo más sano para el país era su salida de Miraflores, ni Pérez había dejado de observar la Constitución en acto de fuerza, ni la había derogado por medio alguno. Todas las cosas que le eran censurables a Pérez tenían rango subconstitucional.

Ni siquiera es un posible fundamento de Visconti, Arias Cárdenas, Chávez, etcétera, aquella disposición sobre el derecho a la rebelión recogida en la Declaración de Derechos de Virginia: “…cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos—el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo, la nación o la comunidad—una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indubitable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea considerado más conducente a la prosperidad pública”. La norma de Virginia exige como sujeto de la acción una mayoría de la comunidad, y ni los oficiales nombrados representaban una mayoría de la comunidad ni una mayoría de ésta admitía un golpe de Estado como salida a la muy desagradable situación.

Es por esto que lo correcto desde el punto de vista legal hubiera sido que los golpistas de 1992 hubieran purgado la condena exacta que las leyes prevén en materia de rebelión. Pero ahora, en virtud de un indulto presidencial lo tenemos en la calle como candidato presidencial en el que se notan con excesiva facilidad los rasgos autoritarios de su personalidad.

Chávez ha ido a buscar, en refuerzo de ese autoritarismo, a nadie menos que Marcos Pérez Jiménez en peregrinación a Madrid, donde el exdictador continúa habitando la imponente mansión que adquirió con el dinero de su corrupción personal. Acto seguramente imprudente y poco rentable desde el punto de vista estrictamente electoral. Ninguno de los candidatos que en el pasado han ido a procurar la bendición del antiguo autócrata han podido triunfar. Pérez Jiménez es, probablemente, uno de los más pavosos símbolos de la política nacional.

Exgolpistas y marxistas de viejo cuño—Núñez Tenorio, Mieres—rodean a Chávez, y sus apoyos principales se encuentran, naturalmente, en su propio movimiento y lo más radical—PPT—de la antigua Causa R. Estos factores, junto con su trayectoria, garantizan que un gobierno presidido por Hugo Chávez sería realmente desastroso para el país. Ni siquiera podría hablarse de un retroceso, porque nunca antes el gobierno ha estado en manos de un radical de extrema izquierda.

Pero también es importante no descuidar el hecho de que su prédica simplista y resentida encuentra sitio de anclaje en el inmenso desapego del Elector venezolano, en su confusión, en el largo sufrimiento social de los venezolanos. Si al caos de Chávez se pretende oponer un «orden» que se muestre como la continuación del statu quo, mucho me temo que ganará el caos. A Hugo Chávez sólo podrá derrotarlo un candidato de quien no pueda decirse que ha participado de la estructura de poder prevaleciente en Venezuela. A quien Chávez y sus seguidores no puedan identificar con la práctica política más reciente, a quien sea verdaderamente un outsider.

Acción Democrática tiene razones muy explicables, desde su perspectiva de organización de poder, para postular un militante suyo como candidato. Pero si este candidato no exhibe audacia, ganas de transformar realmente el Estado, voluntad de respuesta a la demasiado larga lista de problemas, pronto se notará que no penetra en las encuestas y que la ubicación de Chávez continuará ascendiendo. ¿Qué se haría entonces?

La candidatura de Salas Römer se halla muy próxima a su techo. Al desplome de Miss Titanic su figura emergió como quien pudiese detener el ascenso de Chávez. Pero ni siquiera ha logrado el consenso eficaz de quienes pudieran sostenerle naturalmente, y esto es entonces lo que permite imaginar una confrontación final entre el candidato de AD y el excomandante. Pero si el candidato acciondemocratista permite que se le vea como la encarnación destilada de todo lo que los Electores rechazamos, las elecciones presidenciales serán ganadas por quien ha procurado ser el recolector del descontento.

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