CS #274 – Cuentas claras

Cartas

Uno tiene que imaginar aquellas reuniones semanales del Comité Nacional de COPEI, o del CEN (Comité Ejecutivo Nacional) de Acción Democrática considerando, como punto primero del orden del día, cómo fregar a los venezolanos, para que fuese cierto que la condición del pueblo antes de Chávez fuera el resultado de una intencionalidad reprobable en los actores políticos que entonces predominaban. Tal descripción es, naturalmente, absurda; puede decirse que los miembros de ambos cuerpos colegiados tenían un interés en ser personas influyentes y poderosas, pero no es cierto que procuraban serlo a costa del bienestar de los venezolanos.

Uno tiene que imaginar que un día a la semana se reúnen en el Caracas Country Club una o dos docenas de los hombres más ricos del país para “excluir”—DRAE: Quitar a alguien o algo del lugar que ocupaba. Descartar, rechazar o negar la posibilidad de algo—, concreta y operacionalmente, a las “mayorías excluidas” del país. No hay tal propósito consciente en las personas adineradas de esta nación.

A pesar de cosas tan evidentes, se admite sorprendentemente, en el lenguaje político común, que hay mayorías excluidas del progreso por élites egoístas (capitalistas salvajes) y que la baja calidad de la política prechavista se debía a acciones intencionales por parte de los dirigentes de ella en connivencia con las primeras. Hasta centros de investigación de la pobreza que son sostenidos por mecenas privados hablan de “exclusión” para referirse a la causa de una patológica distribución de la riqueza en Venezuela. (El llamado Proyecto Pobreza, de la Universidad Católica Andrés Bello, por ejemplo, produce documentos con títulos como “Estado y exclusión social”).

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En la psicología de la cognición frame (marco) es un conjunto conceptual asociado con alguna idea, con alguna palabra, y que la acompaña en su combinación con otras palabras o ideas. Por ejemplo, la palabra “alivio” tiene un marco conceptual asociado a ella: con el fin de dar alivio a alguien es preciso que haya una aflicción y una parte afligida y una parte que la alivie, que quite el daño o el dolor. Quien alivia es un héroe. Quien quiere impedirle es un villano, puesto que quiere que la aflicción siga. (Toda esa información se conjura con el uso de esa sola palabra). Si ahora se combina con la palabra “fiscal”, para constituir la frase “alivio fiscal”, se dice con ella que el impuesto es una aflicción. Con esa metáfora, quien libere del impuesto es un héroe y quien trate de detenerlo un hombre malo. De modo que, si se generaliza el uso de la expresión “alivio fiscal”, con eso se generaliza la aceptación del marco conceptual descrito. (Ejemplo del profesor George Lakoff, de la Universidad de California en Berkeley. En entrevista registrada el 15 de enero de 2004 en BuzzWatch—Inside the Frame—, Lakoff describe así el sinuoso procedimiento lingüístico: “Desde el primer día de Bush en el poder, el lenguaje proveniente de la Casa Blanca cambió por completo. Los boletines de prensa cambiaron. Una de las nuevas expresiones fue ‘alivio fiscal’. Evoca todas esas cosas: que los impuestos son una aflicción de la que debemos librarnos, que hacer eso es heroico, que quienes tratan de impedir esta cosa heroica son malos. Los boletines de prensa se enviaron a todas las televisoras, a todos los periódicos, y pronto los medios comenzaron a usar la expresión ‘alivio fiscal’. Esto pone allí un cierto marco: un marco conservador, no un marco progresista. Pronto una buena cantidad de gente estaba usando la expresión ‘alivio fiscal’ y antes de darse cuenta los demócratas comenzaron a usar la expresión ‘alivio fiscal’ y se dieron un tiro en el pie”).

Lo mismo ocurre con la palabra “exclusión”. Al decirla se implica por ella que hay alguien que no está donde debiera porque hay otro que lo impide, que lo “excluye”. De alguna manera hemos aceptado colectivamente esta explicación de la pobreza venezolana; por lo menos, no hay una refutación activa del “marco” usualmente evocado por ese concepto de exclusión, ni siquiera suficientemente por parte de quienes son acusados de ser los perpetradores de ella.

A partir de tan lamentable forfeit, se construye la noción de que los ricos de este país son culpables de la pobreza de la mayoría. Ellos procurarían activamente la pobreza de los muchos. “Ser rico es malo”.

La verdad es que está en el interés empresarial, principalmente, que la mayoría de los habitantes de un país disfrute de ingresos sustanciosos, capaces de sostener un nivel de consumo que signifique ventas altas y ganancias también altas. Cualquier empresario que buscase activamente que aumentara la pobreza de la sociedad en la que actúa sería un suicida.

Pero el pensamiento marxista o marxistoide sostiene, justamente, que los empresarios, los ricos, son estos kamikazes de la economía, y que se suicidan todos los días, como en harakiri reiterado, en el seno de templos especiales que conocemos con el nombre de empresas. Sería en ellas, principalmente, donde se lleva a cabo la exclusión que produce la pobreza que, a su vez y a plazo más bien breve, terminaría por matar al empresario. El análisis “científico” del marxismo reside principalmente en El capital de Carlos Marx, cuyo objeto de estudio fundamental es la “plusvalía”, o el “robo” que el patrono haría al obrero como único creador del valor económico. (A estas alturas del siglo XXI hay todavía quienes creen que el análisis de Marx es científico. Así, por caso, ha opinado el general retirado Raúl Isaías Baduel, en su discurso de despedida de su actividad militar del 18 de julio del año pasado: “En el Aló Presidente del 27 de marzo de 2005, el Señor Presidente Chávez indicó, cito: ‘el Socialismo de Venezuela se construiría en concordancia con las ideas originales de Carlos Marx y Federico Engels’ fin de la cita. Reiterando lo que al respecto he mencionado en una oportunidad anterior, si la base para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels, lo que construyamos sobre ella no puede serlo menos, so pena de que la estructura construida no pase a ser más que una humilde choza levantada sobre los cimientos de un rascacielos”).

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Ahora bien, ¿qué es lo que ocurre realmente en el flujo económico habitual de una empresa capitalista típica? Tomemos por caso una industria imaginaria y esquemática que actúe en ambientes financieros en los que la tasa de interés sea parecida a la de países desarrollados o, más bien, a la que prevaleció en Venezuela (9% anual) durante el período democrático hasta 1989, el año de introducción del “paquete económico” del segundo gobierno de Pérez, para los intereses que los bancos pagaban a los depósitos a plazo fijo. A lo largo de esa etapa, un industrial exitoso se daba con una piedra en los dientes cuando la ganancia de su empresa, típicamente de 10% o 15% de sus ventas, llegaba a representar cada año un 20% del capital que había invertido en ella. La diferencia de 11% sobre la tasa de interés era el incentivo que le movía a arriesgar capital y esfuerzo, y a someterse a riesgos adicionales de otra índole. (El riesgo al fracaso o el riesgo jurídico, por ejemplo). Ese margen diferencial era suficiente para que no se conformara con recibir 9% de un banco sobre el capital que depositara en él, o 12% si se atrevía a prestarlo él mismo con los riesgos implicados en la actividad de prestamista.

Digamos que en esa industria imaginaria hay un total de 400 personas trabajando (entre empleados y obreros) y que cada uno devenga, en promedio, 8.000 bolívares (fuertes) de remuneración mensual por su trabajo. (Unos ganan menos de 8.000 y otros ganan más, como es lo usual). El total de la remuneración del trabajo sería en este caso de 3.200.000 bolívares mensuales, o 38.400.000 anuales.

Supongamos ahora que esta fuerza de trabajo es dirigida por cuatro socios ejecutivos, cada uno de los cuales posee un 25% del capital y devenga un sueldo mensual de 65.000 bolívares (65.000.000 en bolívares débiles), u ocho veces el promedio de la remuneración promedio a los trabajadores, para una remuneración ejecutiva total de 260.000 bolívares mensuales o 3.120.000 anuales.

Supongamos también que por la magia del socialismo del siglo XXI se logra que estos ejecutivos ya no perciban sueldos, sino que trabajen con el mismo ahínco que antes como esclavos, y que lo que antes ganaban se reparta entre los 400 trabajadores. Bueno, en este caso la remuneración mensual de toda la fuerza de trabajo pasaría de ser 3.200.000 bolívares a ser 3.460.000 o, lo que es lo mismo, la remuneración mensual promedio de cada trabajador crecería de 8.000 bolívares mensuales a 8.650. Es decir, para conseguir un aumento salarial de sólo 8% debo reducir todo ejecutivo a la esclavitud, confiando en que su dedicación y su productividad permanecerían inalteradas bajo ese régimen.

En una industria típica la remuneración del trabajo está alrededor de 40% del costo total de producción, y éste es un 70% del total de costos y gastos. (Los gastos generales no asociados a la producción serían el 30% de ese total). Esto provendría de la siguiente estructura: un total anual de costos de la producción de 96.000.000 bolívares—de los que 38.400.000, como hemos dicho, corresponderían a la remuneración del trabajo—y gastos generales de 41.142.857 para un total de gastos y costos de 137.142.857 bolívares. Si la ganancia fuese, como es típico, de 10% de las ventas, entonces la empresa tendría que vender 152.400.000 bolívares por año para que, restado de ellos el total de costos y gastos, esa ganancia quedara en algo más de 15.000.000. (Exactamente, 15.257,143).

Si ahora consideramos que con ese monto se cumple el objetivo de un rendimiento anual de 20% sobre el capital invertido, lo que los accionistas han arriesgado en la empresa es un poco más de 75.000.000 de bolívares (76.285.714).

Ahora bien, es igualmente política habitual de una industria apartar la mitad de la ganancia para reinversión en la empresa que la mantenga viable, de modo que lo que realmente llega a repartirse de dividendos a los accionistas es asimismo la mitad de aquélla. En este caso, 7.628.571 bolívares por año. Ah, pero el socialismo del siglo XXI hace otro acto mágico al obtener de los ejecutivos accionistas su tesón de siempre aunque les arrebate los dividendos para repartirlos, una vez más, entre los trabajadores. Por este acto contrario a la “exclusión” cada trabajador recibiría al año 19.071 bolívares adicionales, o el equivalente de 1.589 bolívares mensuales más.

En síntesis, la desaparición de la remuneración ejecutiva y los dividendos vendría a representar un aumento mensual en la remuneración promedio de los trabajadores de 2.239 bolívares. Su sueldo pasaría de 8.000 bolívares por mes a 10.239, para un aumento de 28%.

¿Representaría tal cosa el paso de algún trabajador de la “exclusión” a la “inclusión social”?

De más está repetir que los cálculos presentados son esquemáticos—no se ha considerado cosas tales como las habituales comisiones pagadas a vendedores ni el impepinable rubro del impuesto sobre la renta—y corresponden a una empresa ficticia, pero se trata de un ejemplo bastante cercano a las condiciones frecuentes de una industria promedio.

¿Es esto tan difícil de explicar a la población?

La conclusión es clarísima: no hay nada de ciencia en la interpretación marxista de la economía de las unidades productivas. La verdad es que la labor empresarial, erróneamente tenida por excluyente, se remunera (salvo casos especiales particularmente escandalosos) de modo muy razonable. Si se eliminara la remuneración ejecutiva y el pago de los dividendos, se “excluiría” (esta vez sí) la función imprescindible de aquel que arriesga considerablemente para obtener una justa ganancia. En nuestro caso: cada uno de los cuatro socios recibiría una alta remuneración mensual (65.000 bolívares) por la delicada gestión que implica imaginar y definir el negocio, mantenerlo unido coherentemente y dirigir sus operaciones en medio de un ambiente competitivo y estatalmente regulado. Además recibiría un dividendo que debe compensarle la inmovilización de los recursos que invierte como capital y el riesgo nada trivial de perderlo. En el ejemplo discutido, cada accionista habría tenido que aportar 19.071.429 bolívares, y recibiría por año 1.907.143 bolívares como dividendo, un 10% de su inversión.

¿Es esto algo censurable? ¿Debe esto impedirse para que cada trabajador reciba 1.589 bolívares adicionales por mes, suponiendo que la rentabilidad de la empresa seguiría siendo la misma al suprimir el incentivo al capitalista salvaje?

De nuevo, ¿son estas claras cuentas algo de dificilísima explicación a los ciudadanos de este país?

LEA

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CS #273 – Un gran paso

Cartas

Es ciertamente auspicioso el acuerdo firmado ayer por la mayoría de los partidos opositores de alguna significación. Enfrentados a un punto ineludible de la agenda política, las elecciones de gobernadores y alcaldes, han optado por acordar un esfuerzo unitario, cuya primera expresión práctica se manifestaría en la presentación de candidaturas únicas a esos cargos. En buena medida carga con el mérito de tan importante concertación el Secretario Nacional de COPEI, Luis Ignacio Planas. Con motivo del sexagésimo segundo aniversario de su partido, se dio a la tarea de promover la unidad de los partidos de oposición. La semana pasada se comentó acá la respuesta empática de Manuel Rosales a este planteamiento.

Acción Democrática, Alianza Bravo Pueblo, Causa R, COPEI, Movimiento Al Socialismo, Primero Justicia, Proyecto Venezuela y Un Nuevo Tiempo fueron los suscritores, en el Ateneo de Caracas, de un documento en el que delinean el sentido de la unión, concebida bajo la protección del Espíritu del 23 de enero, ido ya el Espíritu de la Navidad. Si la iniciativa llega a feliz término, esto es, si en verdad los distintos componentes del pacto logran presentar candidaturas únicas en las numerosas circunscripciones estadales y municipales, habrán conseguido poner en serios problemas a las candidaturas oficialistas, sobre las que ahora hace efecto la erosión del apoyo a Chávez y su gobierno y el deterioro particular de actuales gobernantes rojos en localidades como Petare o Anzoátegui.

Hasta aquí, pues, debe saludarse la iniciativa de Planas-COPEI, acogida por sus nuevos siete socios. Se trata de una postura sensata, que parte de la base de que ninguno de los ocho partidos de la planeada alianza es lo suficientemente representativo como para hablar por toda la oposición.

Ahora bien, hay aún residuos evidentes de una manera equivocada de plantear las cosas en el documento que compromete a los partidos que lo suscriben, y esta preocupante circunstancia se manifiesta justamente al comienzo, al presentarse las dos premisas iniciales de todo el planteamiento. Éstas dicen así: [1] “El 2 de Diciembre del 2007, la mayoría de los venezolanos, al rechazar la Reforma Constitucional propuesta, se pronunció al mismo tiempo por una visión de país distinta, con valores y metas diferentes al modelo que se proponía en el Proyecto de Reforma”; [2] “Igualmente en esa oportunidad el pueblo venezolano le expresó un mandato al Gobierno Nacional: Cumpla con el Estado de Derecho previsto en la Carta Magna y dedíquese a gobernar y a resolver los problemas de la gente”.

Ambas afirmaciones son del mismo tenor que lo que pretendía un fenecido “Movimiento 4D”, que a comienzos de 2006 quiso interpretar que una abstención de 75% en las elecciones parlamentarias del 4 de diciembre de 2005 equivalía a dieciséis “mandatos” específicos “del pueblo a la nación”. (Del pueblo a sí mismo, pues). En un manifiesto firmado también en el Ateneo de Caracas (4 de febrero de 2006) se aseguraba cosas como las siguientes: “El 4-D el pueblo venezolano manifestó su voluntad de progresar y prosperar de manera sustentable, con igualdad de oportunidades para todos; así como superarse y ser dueño de su destino” o “El 4-D el pueblo venezolano invocó el cumplimiento de la cláusula federal y redimir las reformas políticas dirigidas a la descentralización y la paulatina desconcentración del poder político, como fórmulas de control social y garantía de libertad”. Era demasiada deducción a partir de un silencio.

No es serio leer en lo ocurrido el pasado 2 de diciembre significados que no están allí, al menos en la voluntad de cada uno de quienes votaron ese día. No es cierto que el 2 de diciembre “la mayoría de los venezolanos” se pronunció por una cierta “visión de país”. Que una dama rechace las pretensiones de un determinado pretendiente no es lo mismo que acepte las de otro que ni siquiera las ha formulado, por más que este último se diferencie del rechazado.

Tampoco es cierto que el 2 de diciembre de 2007 “el pueblo venezolano” le dijo a Hugo Chávez que se dedicara “a gobernar y a resolver los problemas de la gente”. Lo que ocurrió, estrictamente hablando, es que el 51% de los votantes (28,6% de los electores o, si se quiere, 28,6% “del pueblo”) rechazó en referéndum las propuestas alteraciones constitucionales. Ir más allá de eso es pura retórica, para no decir que es una usurpación. Puede decirse, por supuesto, que es función del liderazgo político “interpretar” la voluntad popular, pero tal cosa no cabe cuando esa voluntad se ha manifestado explícitamente por sí misma, se ha representado ya a sí misma.

Colocadas al inicio mismo del documento, y actuando como fuentes originales de todo lo que sigue, las premisas pretendidas debilitan toda la presentación posterior. Esta vez el contrabando, debe reconocerse, ha sido menor. En vez de dieciséis deducciones excedidas se postula sólo dos, las mencionadas; el resto de las afirmaciones, muy parecidas a las recogidas en el manifiesto del “Movimiento 4D”, es presentado como un conjunto de objetivos.

La ordenación misma de los objetivos es sintomática. Por ejemplo, el documento plano (de Planas) declara: “Combatir la pobreza es nuestro compromiso esencial”. Pero a pesar de tal esencialidad, este objetivo específico aparece en el puesto número seis, justo después de que se enumera, en quinto lugar, este otro objetivo: “Respeto a la propiedad privada y a las libertades económicas”. Si el combate a la pobreza es el compromiso esencial de los firmantes ¿por qué no fue presentado en el primerísimo lugar?

Un caso digno de notar es el del tercer objetivo: “Queremos un país descentralizado”. La explicación de este objetivo, expuesto con ventaja de tres cuerpos sobre el “compromiso esencial” del combate a la pobreza, es la siguiente: “Es fundamental desconcentrar el poder y que funcione una efectiva descentralización geográfica y funcional del poder público en su conjunto. Los Gobernadores, Alcaldes, Diputados, Concejales, las Juntas Parroquiales y los Consejos Comunales electos deben ser responsables directos ante el pueblo que les dio su confianza, y no ante el poder central ó ante funcionarios designados a dedo desde la Capital que solo responde a quien los designó”. Pero la firma misma del documento, en acto escenificado en el Ateneo de Caracas, es decir, en la capital, es decir, en el centro, fue una manifestación centralista. Es sólo después de enumerar ocho objetivos de ámbito nacional y uno sólo “local” (el número 3, “Queremos un país descentralizado”) desde una posición central—¿centralista?—que aparece por fin un objetivo más o menos descentralizado, el que de todas maneras es subsumido, a pesar de tratarse de elecciones estadales y municipales, bajo un concepto nacional: “La primera tarea que debemos cumplir en el camino de hacer realidad las propuestas anteriores es que todos los que compartimos estos valores y metas, debemos unirnos para elegir Gobernadores, Alcaldes y Legisladores regionales que estén comprometidos con la visión de país que proponemos, además de presentar sus respectivas propuestas Estadales y Municipales como candidatos”. Esto es, las candidaturas locales unitarias serían una manifestación particular de una “visión de país” que se exige compartir—antes de las “respectivas propuestas Estadales y Municipales”—aunque lo que se discutirá en noviembre no será el país sino la administración pública de estados y municipios.

El locus correcto para firmar acuerdos preelectorales ante comicios regionales y municipales no es la capital de la República, sino cada una de las entidades territoriales donde los cargos serán disputados. Claro, uno entiende que Proyecto Venezuela o Alianza Bravo Pueblo no tienen mucha vida en Barinas o Delta Amacuro, y necesitaban la escena nacional, centralista, para tener algún título que exhibir.

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Alguien afirmó que la alianza anunciada representaría el 90% de la oposición venezolana. Pero esto es una exageración. Es verdad que alrededor de 18% de la opinión pública manifestaba, a lo largo de 2007, identificarse como oposición al gobierno, pero también que la suma de identificaciones con Primero Justicia, Un Nuevo Tiempo, Acción Democrática y COPEI (los “cuatro grandes”), no llegaba a 7% del total. (Alianza Bravo Pueblo, Causa R, Movimiento al Socialismo y Proyecto Venezuela, los “cuatro chicos”, no superaban, sumados, el 2%). No toda la gente que se piensa como de oposición se afilia a alguno de los partidos existentes.

Y no es que los partidos que apoyan al gobierno nacional estén boyantes. Ya para mediados de 2007 reportaba Hinterlaces (18º Monitor Sociopolítico, junio) que la identificación total de la población con partidos, oficialistas y opositores en conjunto, era de sólo 31%, y que 67% de la misma no se identificaba con ninguno. Más de la mitad de los electores puede ser clasificada como “Ni-ni”.

En los momentos se nota, sin embargo, una reciente recuperación de espacio de los partidos de oposición, sobre todo en territorios regionales. COPEI pudo colocar ofrendas florales al Libertador en la Plaza Bolívar de Caracas, espacio hasta hace nada vedado a la oposición, sin mayores contratiempos, en otro logro simbólico para Planas-COPEI. Pero también la iglesia de Cúa estuvo repleta para una misa celebratoria del aniversario del partido verde, y ante un notorio repliegue del oficialismo se evidenciaba el predominio de una consigna: “Miranda para los mirandinos”.

En suma, luego del referéndum del 2 de diciembre, que marca una clara disminución del apoyo popular a Hugo Chávez y sus designios, la afiliación total a partidos de cualquier bando ha disminuido a cerca de 23%, según mediciones recientes. No parece ser, todavía, la hora de los partidos; por lo menos, la hora de los existentes. Si bien los opositores son muy débiles, el gobierno ha fracasado también en la conformación del “partido único de la revolución”, y por esto ahora habla de la reedición del “polo patriótico”. La debilidad de ambos polos formales se manifestó ayer en los actos conmemorativos del 23 de enero de 1958. La marcha “opositora”—convocada en realidad por Oscar Pérez, del Comando “Nacional” de la Resistencia (quien, dicho sea de paso, denunció ayer el acuerdo como «de cogollos» y se quejó de no haber sido invitado a suscribirlo)—no logró movilizar a más de quinientos participantes, y los actos oficialistas no contaron con mucha mayor asistencia.

La lectura correcta de la situación es lo que lleva al octeto de partidos a la siguiente invitación: “El acuerdo que proponemos aspira interpretar las esperanzas de todos los venezolanos, por lo cual invitamos al resto de los Partidos Políticos democráticos, al movimiento estudiantil, a todas las instituciones y personalidades de la sociedad democrática y en especial a todo el pueblo de Venezuela, a participar en la lucha por los valores, metas y aspiraciones que proponemos…”

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Las candidaturas unitarias a los cargos de gobernadores y alcaldes, por otra parte, serían de todos modos candidaturas partidistas. Así se desprende de la redacción de las promesas finales del pacto suscrito ayer: “…nos comprometemos a que los candidatos o candidatas de la alternativa que representamos, los escogeremos respetando la opinión de los ciudadanos en cada Estado y Municipio, dentro del compromiso de escoger a quienes por sus condiciones éticas y de capacidad sean los mejores candidatos, los que tengan mayores posibilidades de triunfo, por encima de intereses partidistas, cogollos o compadrazgos, que garanticen proyectar los resultados del 2 de diciembre hacia el futuro. Quienes suscribimos este Acuerdo, y los que lo hagan en adelante, acordaremos un Cronograma que nos permita a través del consenso, las encuestas y otros mecanismos que se consideren necesarios, presentarnos con suficiente antelación a la fecha de inscripción, con candidatos unitarios a todas las Gobernaciones, Alcaldías y Consejos Legislativos del país”. (Observación en passant: de nuevo aquí se ata lo que debieran ser candidaturas y ofertas locales a un nivel nacional o central: “…que garanticen proyectar los resultados del 2 de diciembre hacia el futuro”).

No parece haber allí demasiado espacio para candidaturas independientes. Sin duda hay estupendos candidatos con afiliación partidista, pero debiera preverse mecanismos para la consideración popular de vocaciones públicas no afiliadas. Esto significa que habría que arbitrar recursos que posibiliten la circulación de caras nuevas.

Una analogía de otro campo puede proveer acá la clase de decisión que se requiere. El Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT) decidió, desde sus comienzos, que el grueso de su financiamiento de la investigación en Venezuela sería adjudicado en cabeza de investigadores. Es decir, los proyectos concretos no se aprobaban en razón del centro de investigación que los alojaría, sino para un líder de proyecto y el equipo de auxiliares que lograba reunir. Estas personas debían demostrar su idoneidad, y así debía certificarla un currículo donde constara, por ejemplo, qué artículos habían publicado en revistas prestigiosas y en cuáles conferencias y simposios habían participado. Una prescripción de tal naturaleza, por lo demás razonable, cerraba sin embargo las fuentes de financiamiento a los investigadores noveles, gente recién salida del cascarón universitario, entre la que podía hallarse más de un genio o estrella de la profesión, pero que precisamente por causa de su incipiencia no podía exhibir artículos publicados o conferencias dictadas.

Es así como el CONICIT concibió y dotó de recursos a un programa especial para el financiamiento de investigadores noveles, en el que la exigencia curricular pasaba a un segundo plano, y se valoraba de modo supremo el mérito intrínseco de los proyectos presentados. Algo así debiera poner en práctica la novísima alianza del cincuentenario del 23 de enero de 1958, la que, con las limitaciones apuntadas, debe ser recibida con beneplácito, puesto que representa un importante progreso político.

LEA

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CS #272 – Presidencia bipolar

Cartas

Hace ya más de dos décadas que Arturo Úslar Pietri explicara pedagógicamente, a una reunión del Grupo Santa Lucía, algo como lo que sigue:

“Un grupo de colonos que venía de Inglaterra se asentaba en alguna región de Norteamérica, donde cada familia ocupaba una parcela que cercaba y procedía a cultivar. Al cabo de un tiempo se encontrarían los vecinos y surgía la idea en ellos de construir entre todos un granero común, que ubicarían en un sitio céntrico. Años más tarde volverían a encontrarse cuando ya sus hijos habían crecido y convenían que sería útil contratar entre todos una maestra que los enseñara, por lo que construían una escuela. Un poco más adelante, ya con la prole extendida numerosamente, decidían que necesitaban un pastor y éste un templo, que también construían. Un día se daban cuenta de que con el tiempo habían fundado un pueblo, y sólo entonces le daban nombre.

Más al sur, en cambio, llegaba al valle del Guaraira Repano, el de los caracas, Don Diego de Losada al frente de una tropa, uno que otro fraile y gente agricultora y artesana. Allí, donde no había otra cosa que un río que vigilaban desde lejos escondidos y atemorizados aborígenes, bajaba Don Diego de su caballo y clavaba en tierra un pendón con el signo de la cruz,  declarando que el sitio era ahora Santiago de León de Caracas, antes que la primera casa fuese erigida o la primera calle trazada”.

Hay, pues, una suerte de bipolaridad cultural entre sajones e hispánicos, la que explica buena parte de sus diferencias. Un interés supremo por las cosas concretas facilita un derecho casuístico y aluvional, inductivo como el anglosajón, y una preocupación por las palabras y las categorías generales soporta mejor un derecho deductivo, piramidal como el latino. Situados en el campo de análisis de Michel Foucault, al sur se está más cómodo con les mots, mientras que el norte se entretiene con les choses.

Hugo Chávez es perfecto ejemplo de una preferencia por las palabras antes que por los hechos. Sus actos de gobierno son discursos, sus logros más señalados son palabras y títulos. Por eso habla interminablemente. Él es en esto, muy a su pesar, más español que indígena; de los indios es proverbial su parquedad. Él no es parco; él es hombre de palabras, de motes, cognomentos y etiquetas: el árbol de las tres raíces, el eje Orinoco-Apure, el desarrollo pentapolar, el año de las “tres erres”, los núcleos endógenos, los gallineros verticales, la quinta república, la batalla de Santa Inés, la misión identidad, el plan Bolívar 2000, el socialismo del siglo XXI, la participación protagónica del pueblo, la nueva geometría del poder y los demás motores de la revolución (bonita), la bicha… Parla pura.

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La manifestación más reciente de esta propensión presidencial a la parla—DRAE: Verbosidad insustancial—es su proposición de que no se llame más “terroristas” a las FARC, sino “beligerantes”. Un conjuro mágico—el pensamiento mágico ocupa buena parte de la actividad mental del Presidente—bastaría para encaminar a Colombia hacia la paz. Bastaría reconocer la beligerancia de las FARC para que éstas ya no secuestraran a más nadie. Dice Chávez: “Las FARC y el ELN no son cuerpos terroristas; son ejércitos, verdaderos ejércitos que ocupan un espacio en Colombia. Hay que darles reconocimiento a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y al Ejército de Liberación Nacional. Son fuerzas insurgentes que tienen un proyecto político y bolivariano, que aquí es respetado”. Eso fue en la Asamblea Nacional, durante lo que se supone debió ser una presentación del informe de su gestión en 2007. Luego, en el programa “Aló Presidente” #300, desde Guárico, lo puso así: “Presidente Uribe, si usted le reconoce a las FARC estado de beligerancia y las FARC lo aceptan, entrarían de inmediato en los Protocolos de Ginebra, no podrían usar el secuestro”. Es decir, yo soy maluco, pero si usted deja de llamarme maluco ya no lo seré más.

Esta nueva simpleza de Chávez, meramente nominal, antifáctica, ha recibido un rechazo casi unánime en todo el mundo. En verdadera cayapa, gobernantes y dirigentes de la Unión Europea, Alemania, Argentina, Ecuador, España, Estados Unidos, Francia, Perú, Reino Unido y, por supuesto, Colombia, han desestimado, con mayor o menor intensidad, el despropósito promovido por el Presidente de Venezuela. Una gloria de España, Javier Solana, ha dicho con toda claridad, a nombre de la Unión Europea: “Si ahora se cambiara la posición con respecto a lo que son las FARC creo que cometeríamos un gravísimo error”. (Hay excepciones: Ricardo Cantú Garza, parlamentario mexicano, apoya la idea de Chávez, y anuncia que el asunto será elevado no sólo al Congreso de México, sino al mismo Parlamento Latinoamericano. Una hija de la rehén Ingrid Betancourt, Mélanie Delloye, dijo que “otorgar la categoría de fuerza beligerante a la guerrilla podría permitir el diálogo con el gobierno de Álvaro Uribe y abrir un camino hacia la paz en Colombia”). Muy significativos son los distanciamientos de habituales aliados de Chávez, Jorge Correa y Cristina Kirchner, pero más definitiva es la contundente declaración del propio Álvaro Uribe Vélez: “En el momento que las FARC quieran, que hagan demostraciones de buena fe, que quieran negociar la paz, el gobierno de Colombia está dispuesto a concederle todos los beneficios dentro de nuestra Constitución para facilitar ese proceso de paz. El gobierno de Colombia, en el momento que avance la paz con las FARC, sería el primero que dejaría de llamarlos terroristas y el primero que le pediría al mundo que, como una contribución a la paz, en adelante no se les llame más terroristas”.

Autogol, autocayapa. La escritora colombiana Laura Restrepo, que no oculta su insatisfacción con Uribe, ha declarado: “Me da un dolor inmenso por los secuestrados que veían una luz en la mediación de Chávez. Y ahora resulta que Chávez se inhabilita a sí mismo para ser mediador. Nunca he visto en política un autogol tan patético”.

………

Pero no debe desestimarse la proposición hecha por Chávez sin detenerse, aunque sea someramente, en el significado concreto de la misma. ¿Qué se requiere para que una fuerza armada sea tenida por beligerante según las normas ginebrinas?

Los criterios son los establecidos previamente en las Convenciones de La Haya (1899 y 1907). La segunda de ellas, expandiendo la regulación establecida en la primera, incluyó un anexo acerca de las “Regulaciones respecto de las leyes y costumbres de la guerra en tierra”, cuya primera sección trata justamente “De los beligerantes”. El artículo primero de su capítulo primero (Las calificaciones de los beligerantes) dice a la letra:

Art. 1. Las leyes, los derechos y los deberes de la guerra no se refieren solamente al ejército sino también a las milicias y a los Cuerpos de voluntarios que reúnan las condiciones siguientes:

1. Tener a la cabeza una persona responsable por sus subalternos;

2. Tener una señal como distintivo fijo y reconocible a distancia;

3. Llevar las armas ostensiblemente;

4. Sujetarse en sus operaciones a las leyes y costumbres de la guerra.

Ya la primera condición es problemática, pues por estos mismos días se reporta una disputa por el liderazgo de las FARC entre Manuel Marulanda y “el Mono” Jojoy, pero admitamos que el anciano Tirofijo califica como “responsable por sus subalternos”, a pesar del fraccionamiento observable en la guerrilla colombiana. Es este fraccionamiento, por cierto, la causa del papelón de la “Operación Emmanuel”, pues Marulanda no sabía que el hijo de Clara Rojas ya no estaba bajo su control. Y ahora, en clásicas trapacería y desfachatez, las FARC echan la culpa de su incumplimiento al gobierno de Colombia: “Si el niño Emmanuel no está en brazos de su madre, es porque el Presidente Uribe Vélez lo tiene secuestrado en Bogotá”. (Comunicado del 10 de enero).

Menos problemas tienen las FARC para llenar la segunda y la tercera condición. En efecto, la mayor parte del tiempo tienen distintivos en sus uniformes, vehículos e instalaciones, y no hay duda de que llevan armas muy ostensiblemente.

Es la última condición la que no cumplen en absoluto. La Cuarta Convención de Ginebra (1949) prohíbe específicamente “la violencia contra la vida y la persona” (en particular el asesinato de cualquier clase, la mutilación, el tratamiento cruel y la tortura), la “toma de rehenes” y la violación “de la dignidad personal” (en especial el tratamiento humillante y degradante). Tan sólo la detención de 774 rehenes (la cuenta más reciente) no corresponde a ninguna ley o costumbre de la guerra, para no señalar la matanza de inocentes o el tratamiento infamante que las FARC imponen a ciertos secuestrados. Esto es, no hay cabida para la calificación de beligerantes a las FARC. Quienquiera que haya asesorado a Hugo Chávez al respecto le ha aconsejado muy mal. Para su edificación se copia de seguidas el primer numeral del Artículo 3 de la IV Convención de Ginebra, que dentro de sus Disposiciones Generales se refiere a los conflictos no internacionales:

Artículo 3 – Conflictos no internacionales

En caso de conflicto armado que no sea de índole internacional y que surja en el territorio de una de las Altas Partes Contratantes, cada una de las Partes en conflicto tendrá la obligación de aplicar, como mínimo, las siguientes disposiciones:

1) Las personas que no participen directamente en las hostilidades, incluidos los miembros de las fuerzas armadas que hayan depuesto las armas y las personas puestas fuera de combate por enfermedad, herida, detención o por cualquier otra causa, serán, en todas las circunstancias, tratadas con humanidad, sin distinción alguna de índole desfavorable, basada en la raza, el color, la religión o la creencia, el sexo, el nacimiento o la fortuna, o cualquier otro criterio análogo.

A este respecto, se prohíben, en cualquier tiempo y lugar, por lo que atañe a las personas arriba mencionadas:

a) los atentados contra la vida y la integridad corporal, especialmente el homicidio en todas sus formas, las mutilaciones, los tratos crueles, la tortura y los suplicios;

b) la toma de rehenes;

c) los atentados contra la dignidad personal, especialmente los tratos humillantes y degradantes;

d) las condenas dictadas y las ejecuciones sin previo juicio ante un tribunal legítimamente constituido, con garantías judiciales reconocidas como indispensables por los pueblos civilizados.

Y ya que examinamos la legislación ginebrina de la guerra, hay en ella ciertas provisiones que pueden aplicarse, por analogía, a la calificación de los oficios emprendidos hasta ahora por Hugo Chávez. Por ejemplo, para mediar en conflictos entre naciones las convenciones de Ginebra crearon la figura de “potencia protectora”, que es una tercera nación que no es parte en un conflicto y tiene por misión “salvaguardar los intereses de las Partes en ese conflicto”. Sus funciones: “De conformidad con los Convenios y el Protocolo, por colaboración en la aplicación de los Convenios se entiende el ejercicio de buenos oficios, previstos expresa o implícitamente, y el cometido de intermediario”. En materia de los buenos oficios se estipula: “ Los buenos oficios de la Potencia protectora dependen en primer lugar, del cometido general que se le asigna para que colabore en la aplicación de los Convenios y del Protocolo. Los buenos oficios consisten únicamente en poner en contacto a las Partes en conflicto, sin participación alguna en el debate o en la negociación”. ¿Se ha atenido Hugo Chávez a este papel, absteniéndose de participar en el debate o la negociación? ¿O ha mostrado su sesgada preferencia por las FARC, sin perder oportunidad, como señaló ayer el canciller colombiano, de fustigar al gobierno de Colombia? A veces cabe que se considere reclutar a algún sustituto, y  entonces se prevé: “Las Partes en conflicto pueden convenir, en cualquier momento, en confiar a un organismo que ofrezca todas las garantías de imparcialidad y eficacia las tareas asignadas a las Potencias protectoras”. ¿Puede ofrecer Hugo Chávez la más mínima garantía de imparcialidad?

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¿Qué impele a Chávez a actuar de esta forma? Al menos dos respuestas de distinto nivel pueden ofrecerse a esa pregunta. La primera tiene que ver con lo que constituye su proyecto político personal. En julio de 2000 la junta directiva de una transnacional petrolera (que ya no está en el país) solicitó al suscrito una primera presentación que le permitiera “entender a Chávez”. En aquella ocasión recibieron una opinión sintética acerca del “sueño impulsor de Chávez” en los siguientes términos: “Los Estados Unidos Bolivarianos. El sueño de poder de Chávez se extiende claramente más allá de las fronteras venezolanas para incluir, al comienzo, el área representada por los países liberados por Simón Bolívar. En esta concepción, por ejemplo, el actual gobierno colombiano pertenece a la misma categoría de ‘cúpulas podridas’ que él denuncia en Venezuela, lo que explica sus posturas tolerantes hacia las guerrillas colombianas”. Hace más de siete años de esa evaluación, pero la conducta reciente de Chávez confirma lo que era evidente ya por entonces.

Sin embargo, esa explicación no es suficiente. Chávez ha empleado por muchos años un estilo confrontacional e insultante respecto de gobernantes e instituciones públicas de muchos países. Ha insultado directamente a Bush, Blair, Aznar, Fox, Calderón, García, el Grupo Andino como un todo y el Senado brasileño, entre otros; pero desde que Uribe asumiera la Presidencia de Colombia en 2002 hasta noviembre del año pasado, cuando fuera dejado cesante como mediador—a raíz de sus indiscreciones y la violación de expreso pedimento de su homólogo colombiano—Chávez eludió meterse directamente con Uribe. Hace días se refirió a este período como la “luna de miel” con Uribe. (Algo larga para calificar como etapa selénico-melosa). ¿Qué lo hace cambiar?

Es aquí donde los rasgos patológicos de su personalidad ofrecen la clave. Para una persona en quien es fácil diagnosticar lo que por estos días se reporta en la emproblemada Britney Spears—la doble condición de desorden bipolar y desorden narcisista—no era fácil manejar el despido que Uribe le infligiera. Durante semanas había estado resollando por la herida que le causara Juan Carlos de Borbón, había recibido un tentequieto de parte del Rey de Arabia Saudita en la OPEP y la presidenta Bachelet le había manifestado desagrado ante sus intromisiones en asuntos bilaterales de Bolivia y Chile. De estos agravios—al enfermo de desorden bipolar se le decía antes maníaco-depresivo, y una de las manías comunes es la persecutoria: “ A mí me tiene [Bush] en una lista también”, “Lo siguiente que harían, por órdenes del imperio, sería venir por mí”—estaba a punto de recuperarse, gracias a que el flamante presidente Sarkozy le había dado beligerancia por su interés en la liberación de la franco-colombiana Ingrid Betancourt. Pero hete aquí que cuando planeaba recibir máximos honores planetarios, y buscaba el beneplácito de un dictador de larguísima agonía, y llamaba desde Cuba a militares colombianos, Uribe le hacía la afrenta de despedirlo, de arruinarle uno de los mejores papeles de su vida. En rápida sucesión, para colmo, fue derrotado en el referéndum del 2 de diciembre y las FARC lo arrastraron al ridículo, ofreciendo entregar a un niño que hacía rato era objeto de protección por el gobierno de Bogotá. Ha sido demasiado.

El narcisismo de Chávez es obvio desde hace tiempo; su bipolaridad ha sido disimulada con más éxito. El Chávez que se muestra es el eufórico, el parlanchín infatigable. No aparece cuando está deprimido.

El desorden bipolar es una dolorosa condición, una cruz cruel e injusta que aqueja gratuitamente a un buen número de personas. La lucha contra horribles depresiones adquiere dimensiones verdaderamente heroicas en quienes la padecen, y la fase eufórica es la sobrecompensación del alma a un castigo verdaderamente espantoso. Muchos de los aquejados por ese mal logran funcionar la mayor parte del tiempo en un difícil y precario equilibrio, y son personas socialmente útiles y más meritorias que quienes no lo sufren. Ahora bien, conmiserados con Hugo Chávez persona porque está sometido a tan ingrato y lacerante desorden, ¿debemos permitir que Hugo Chávez presidente siga decidiendo el curso, hoy errático, de la República?

El 10 de noviembre de 2007, en la Nota Ocasional #16 de doctorpolítico, escrita a raíz de la poderosa pregunta del Rey de España en Santiago, se decía: “…lo desaforado de la actitud de Chávez, incapaz de controlarse mientras estaba Rodríguez Zapatero en el uso de la palabra, permite comprender la reacción regia y entretener serias dudas acerca de la cordura del presidente venezolano… una reiteración de frecuencia creciente de episodios de descontrol en Chávez pondría en primer plano el primer parágrafo del Artículo 233 de La Constitución, en el que subrayamos la redacción pertinente: ‘Serán faltas absolutas del Presidente o Presidenta de la República: la muerte, su renuncia, la destitución decretada por sentencia del Tribunal Supremo de Justicia, la incapacidad física o mental permanente certificada por una junta médica designada por el Tribunal Supremo de Justicia y con aprobación de la Asamblea Nacional, el abandono del cargo, declarado éste por la Asamblea Nacional, así como la revocatoria popular de su mandato’.”

Porque es que la conducta de Hugo Chávez ante Colombia, producto de su lacerante dolor íntimo, arriesga un escenario terrible: una confrontación armada con el país hermano. El Presidente de la República ha tenido muchísimos momentos de gran lucidez, y pudiera él mismo darse cuenta de su enfermedad y renunciar para someterse a tratamiento. Eso sería, para él, preferible a la humillación definitiva: que sus propios partidarios, que su Asamblea Nacional y su Tribunal Supremo de Justicia se vieran forzados a inhabilitarlo. Sería una trágica y amarga decisión de quienes hasta ahora lo han seguido fielmente, pues la iniciativa no puede venir de un lado distinto del chavismo. Los demás podríamos argumentarla, pero nunca promoverla.

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CS #271 – Instrucciones para sorprender

Cartas

¿Es posible que el barril de petróleo se coloque en doscientos dólares en este mismo año? ¿Es posible que el precio del petróleo descienda a treinta dólares por barril? ¿Es posible una guerra entre Venezuela y Colombia? ¿Es posible un golpe de Estado en Venezuela? ¿Es posible una guerra mundial? ¿Es posible un material superconductor económico a temperatura ambiente? ¿Es posible un ataque terrorista al Metro de Caracas o a las líneas de transmisión del Complejo del Guri? ¿Es posible ganarse el Kino? ¿Es posible que el próximo Presidente de Venezuela no sea miembro del Partido Socialista Único de Venezuela?

La insólita condición del ambiente del tomador de decisiones de hoy día ha generado variadas imágenes más o menos descriptivas para referirse a una incertidumbre recrecida. Yehezkel Dror lo pone en los siguientes términos: “la sorpresa se ha hecho endémica”. Ante esta situación, no obstante, es posible realizar un análisis constructivo, que nos permita manejarnos inteligentemente ante tal grado de incertidumbre. Acá resultan utilísimos los esquemas analíticos de Dror, tal como han sido desarrollados por él en varias instancias, siendo las principales su artículo Policy-gambling: A preliminary exploration (La apuesta de políticas: una exploración preliminar, 1975) y su conferencia How to spring surprises on history (Cómo dar sorpresas a la historia, 1984).

En primer término, es conveniente caracterizar la incertidumbre que confrontamos. ¿Qué tipo de incertidumbre es?

La incertidumbre puede ser llamada incertidumbre cuantitativa  cuando lo que ignoramos no es el tipo de eventos de posible ocurrencia, sino la probabilidad de que cada tipo ocurra. Esta clase de incertidumbre no es la más grave, aunque en algunos casos especiales puede llegar a ser muy molesta. Más profunda es una incertidumbre cualitativa, cuando es la forma misma de los eventos futuros lo que nos es desconocido.

Si se trata de una incertidumbre del tipo cuantitativo, entonces hay ante ella dos cursos de acción disponibles. El primero consiste en tratar de reducir la incertidumbre, fundamentalmente por la obtención de más y mejor información. Así, la labor de “inteligencia”—en el sentido en el que este término se emplea en la expresión “inteligencia militar”—es el primer camino. Ahora bien, nos encontramos ante situaciones en las que aun la mejor inteligencia nos dejará con una incertidumbre residual, irreductible, y por tanto será necesario adoptar un expediente adicional al de los esfuerzos por reducirla. Este segundo camino es el de estructurar  la incertidumbre residual, para tener la oportunidad de comprenderla mejor.

Pero además está presente en la consideración de una sorpresa política la segunda y más insidiosa forma de incertidumbre: la incertidumbre cualitativa. Es decir, es posible afirmar la posibilidad de ocurrencia de eventos políticos que ni siquiera podemos describir en términos cualitativos.

Dror ha enumerado los rasgos de un modelo de confección de políticas (policymaking) en las condiciones actuales al que ha llamado el “modelo de apuesta difusa” (fuzzy betting): “Una buena imagen para considerar la confección de políticas como apuesta difusa es la de un casino inestable, donde la opción de no jugar es en sí misma un juego con altas probabilidades en contra del jugador; donde las reglas del juego, las proporciones necesarias de suerte y habilidad y los premios, cambian en forma impredecible durante la apuesta misma; donde formas impredecibles de ‘cartas locas’ (tales como un ataque terrorista o la distribución de diamantes por millonarios pródigos) pueden aparecer súbitamente; y donde la salud y la vida de uno mismo y la de sus seres amados puede estar en juego, algunas veces sin uno saberlo”.

El modelo extremo de apuesta difusa involucra situaciones en las que la dinámica que da origen a los resultados de una decisión es desconocida y toma la forma de indeterminaciones y discontinuidades. Algunas de las consecuencias de este estado de cosas son las siguientes:

a. Los resultados no pueden ser predichos ni en términos de posibilidades definidas ni en términos de riesgo, en el sentido técnico de distribuciones de probabilidad

b. La adjudicación de probabilidades subjetivas es un acto que puede ser calificado de ilusorio.

c. La no-decisión, o las decisiones incrementales (modificación de las cosas “poquito a poco”), constituyen estrategias fútiles como modo de contener la incertidumbre, dado que la repetición del mismo acto o la misma política puede dar origen a resultados radicalmente diferentes en cada ocasión.

d. Los valores, y las metas mismas, pierden su constancia en la toma de decisiones, entre otras cosas a causa de cambios impredecibles en los contextos que establecen las prioridades.

e. Una mejor inteligencia, en el mejor de los casos, no puede hacer otra cosa que hacer más explícita la ignorancia.

f. Se está en presencia de una alta probabilidad objetiva  de que eventos de baja probabilidad ocurran frecuentemente. En términos subjetivos, domina la sorpresa.

Éstos son los rasgos de un caso extremo y abstracto de “apuesta difusa” que, no obstante, puede ser más pedagógico a la hora de comprender el tipo de situación que confrontamos. Un modelo más cercano a la realidad modera la gravedad de esos rasgos y puede ser descrito, a su vez, en los siguientes términos:

a. Una cierta proporción de los resultados podrá ser prevista en términos de riesgo—estimación cuantitativa—y en términos de posibilidades—estimación cualitativa. La proporción restante adoptará la forma de configuraciones impredecibles, con discontinuidades y saltos.

b. En una cierta proporción, las situaciones podrán ser diagnosticadas como tendiendo más hacia la discontinuidad o como tendiendo más hacia la continuidad. En una cierta proporción la ignorancia domina, sin que exista la posibilidad de evaluar de antemano las situaciones como conducentes a la continuidad o a la ruptura.

c. La utilidad del empleo de probabilidades establecidas subjetivamente, y la del análisis de decisiones que se base en ellas, la constancia de valores y metas, la capacidad de la inteligencia para contener y reducir la ignorancia, etcétera, dependerán de una mezcla de incertidumbre e ignorancia.

d. Eventos considerados como de baja probabilidad ocurren con frecuencia variable y la sorpresa llega a ser endémica.

Puede ser que esta última enumeración no parezca mejorar las cosas demasiado. Sin embargo, permite una aproximación más constructiva al asunto. Por ejemplo, será posible, al menos para el tratamiento de una parte de los posibles eventos políticos o la preadaptación a ellos, una clasificación de los mismos en cuatro categorías a considerar, según sea su probabilidad de ocurrencia y el grado de impacto que tendrían: 1. Eventos de alta probabilidad y alto impacto, para los que sería una locura no prepararse. 2. Eventos de alta probabilidad y bajo impacto, para los que no se requiere demasiada prevención, dado que modificarían poco el statu quo. 3. Eventos de baja probabilidad y bajo impacto, los que pueden ser más o menos desatendidos. 4. Eventos de baja probabilidad y alto impacto, para los que es aconsejable, al menos, tener previsto un plan contingente, ya que de ocurrir aquéllos las cosas cambiarían significativamente.

Desde el punto de vista de las posibilidades que provee una situación turbulenta, es necesario advertir que aumentan las probabilidades de éxito de aventuras que intencionalmente  busquen cristalizar a su favor las múltiples tensiones existentes, siempre y cuando sean bien ejecutadas y den realmente salida a tales tensiones. En Road maps to the future (1980), Bohdan Hawrylyshyn decía lo siguiente: “En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipitados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan demasiadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cassettes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia”.

Dror emplea, junto con un análisis riguroso, varias sugestivas imágenes para el enfoque del tema en Cómo sorprender a la Historia (How to spring surprises on history). Por ejemplo, nos recuerda a Maquiavelo, para “considerar la posibilidad de convergencia entre oportunidades históricas raras (ocassione) que provee la historia (fortuna) y que pueden ser utilizadas por gobernantes que tengan las raras cualidades necesarias  (virtu).

Dror ofrece la tesis de que en el mundo contemporáneo la probabilidad de discontinuidades está aumentando, lo que provee “situaciones en las que es posible estimular o hacer surgir algunas discontinuidades mediante la intervención consciente”. Ciertas variables exógenas de importancia (esto es, no controladas desde dentro de un sistema político en particular) así como tendencias de creciente aproximación a soluciones de crisis, son los tipos principales de factores que hacen aumentar las ocurrencias sorpresivas. A su juicio, tres situaciones principales pueden justificar o motivar los intentos conscientes de provocar mutaciones políticas: “a. Si las tendencias actuales son vistas como crecientemente negativas y cada vez más peligrosas para los valores aceptados. b. Si se ha dado un salto en los valores que lleva consigo un imperativo categórico de tratar de cambiar la realidad, aun cuando ésta sea satisfactoria para los valores previos. c. Si la realidad se percibe en cualquier caso como turbulenta y mudable, requiriendo respuestas bajo la forma de saltos en políticas como el único modo de tener, tal vez, feedback positivo. (Bien sea para evitar cambios negativos o para aprovecharse de oportunidades positivas.)”

Es también útil tomar en cuenta los pocos comentarios tentativos que puede Dror ofrecer (él mismo reconoce que en este terreno se mueve en terra incognita) ante el problema operativo: cómo se planifica mejor una sorpresa a la historia. Copiamos textualmente:

“a. La selección y el éxito de intentos por mutar tendencias depende del macroanálisis de situaciones socio-políticas y político-estratégicas y su evolución. Algunas veces un individuo se muestra capaz de asir tales Gestalten. Pero, para hacerlo sistemáticamente, son necesarias unidades especiales compactas, altamente calificadas e interdisciplinarias. Los equipos de análisis político y de inteligencia del tipo convencional son  incapaces de hacer el trabajo.

b. Es posible definir situaciones en las que se justifiquen intentos de ir más allá del incrementalismo y de sorprender a la historia. Tendencias al deterioro que constituyan amenazas cada vez más serias; ideologías y aspiraciones que no tengan chance sin rupturas radicales de la continuidad; turbulencia histórica que o se vuelve demasiado riesgosa o provee oportunidades que no volverán; todo esto, como ya ha sido mencionado, son condiciones que pueden ser analíticamente diagnosticadas y que justifican políticas de shock.

c. Puede ser posible a veces el diseño de una política de shock como política dominante, la que en el mejor de los casos logra desplazamientos muy deseables en los eventos y que en el peor de los casos no involucra costos serios. En otras situaciones puede ser posible reducir los riesgos de fracaso o sus costos, mediante un sondeo y aprendizaje preliminares, construyendo sobre la base de la reversibilidad o por varias estrategias de ‘compensación de apuestas’. (Hedging).

En vista de la incertidumbre de la post-discontinuidad, las políticas de cambio radical usualmente confrontan riesgos irreductibles e indefinibles. Por tanto, a pesar de las posibilidades arriba mencionadas, tales políticas son intelectual y emocionalmente ‘apuestas difusas’. Todas las metodologías de confrontación de incertidumbre son útiles, pero de utilidad limitada.

d. La prudencia—que es un juicio de valor en ‘loterías’—requiere por tanto de un ‘análisis del peor caso’, en el que lo pésimo de la continuación de tendencias o de la no intervención en la turbulencia ambiental se compara con lo pésimo de los intentos de causar discontinuidad. La comparación de lo pésimo de la no intervención con lo óptimo de la intervención es un enfoque muy riesgoso que no puede ser recomendado. (Aunque, inherentemente, esto es un asunto de juicios de valor sobre las actitudes ante el riesgo.) Por el otro lado, la comparación de lo óptimo de la no intervención contra lo pésimo de la no intervención tampoco puede ser recomendada, por más que esto sea una difundida postura intelectual del incrementalismo y del conservatismo”.

Por último, considérese este párrafo de Dror sobre una de las condiciones esenciales a la mutación histórica: “Un ‘empresariado político’ (policy entrepreneurship) es un requisito para darle sorpresas a la historia. Implica la existencia de políticos singulares que sean innovadores, anulen el conservatismo y quizás sean más aventureros, aceptadores de riesgo y propensos a apostar”.

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CS #270 – Reyenes Magos

Cartas

En su edición 134, de mayo de 2007, la revista londinense Prospect alojaba un estimulante artículo de Julian Gough, quien el año anterior había ganado el Premio Nacional de Cuentos del Reino Unido con una narración publicada en la misma revista. El artículo en cuestión portaba el sugestivo título de Divina Comedia. La tesis de Gough destacaba que “…desde la Edad Media, la cultura occidental ha sobrevalorado lo trágico y desvalorizado lo cómico. Es ésta la razón por la que la ficción actual está tan llena de ansiedad y sufrimiento. Es hora de que los escritores regresen al serio negocio de hacernos reír”.

Al comienzo de su exposición Gough apunta con tino: “Hace dos mil quinientos años, en tiempo de Aristófanes, los griegos creían que la comedia era superior a la tragedia: la tragedia era meramente el punto de vista humano de la vida (enfermamos, morimos). Pero la comedia era el punto de vista de los dioses, desde las alturas: nuestro interminable y repetitivo ciclo de sufrimiento, nuestro horror de él, nuestra incapacidad para escapar de él. Los enormes, borrachos y lascivos dioses griegos nos contemplaban para entretenerse, como si fuésemos un grosero, divertido, violento y repetitivo dibujo animado. Y lo mejor de la vieja comedia griega trató de proporcionarnos esa perspectiva relajada y divertida de nuestros seres defectuosos. Con ella nos hacíamos como dioses, al reír de nuestras propias locuras”.

Si no fuera por la tragedia que significa la privación de libertad que los guerrilleros de las FARC imponen a más de cuatrocientas personas—de las que Clara Rojas, su hijo Emmanuel y Consuelo González son menos del uno por ciento—habría que reír con el papelón desempeñado por Hugo Chávez, a quien Marulanda & Cía. han dejado con los crespos hechos. Pero Chávez entiende poco del género trágico, pues el suyo es el épico, de modo que no puede aprovechar la lección de Gough. Su tránsito es distinto, pues no procede de lo trágico a lo cómico, sino directamente de la epopeya a la comedia, de la Ilíada a Las Moscas, de La Araucana a Pantaleón y las visitadoras. Con lo de su cacareado y fallido rescate ha terminado, literalmente, por poner la cómica.

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En momentos cuando esto se escribe, está en curso la toma de muestras de ADN en la abuela y el tío del presunto Emmanuel, Clara González de Rojas e Iván Rojas, y el proceso de análisis bioquímico computarizado que determinará si un niño de alrededor de tres años, que todavía no se para solo y no logra pronunciar más que mamá y algunas sílabas, protegido por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, es el infante que las FARC habían prometido entregar, en prueba de su actitud “humanitaria”. Esta actitud dejó su huella en un niño que en julio de 2006 fue entregado al instituto con signos de tortura, una fractura mal reducida del húmero izquierdo, leishmaniasis, malaria, dolencia diarreica aguda y desnutrición, aparte de un síndrome de abandono social.

Si a la postre resultare que este niño es Emmanuel, no puede suponerse que fuera intención de las FARC engañar al mundo prometiendo su entrega para no cumplir. Las FARC no son la Mercedes Benz, y seguramente serían su desorden y su ineptitud general la causa de la confusión. Más probablemente, presumieron que el niño sería fácilmente obtenible de regreso en San José del Guaviare, donde quien en 2006 dijo ser su abuelo—ahora sostiene que es su padre—lo había entregado.

La hipótesis de que el niño cobijado por el ICBF es Emmanuel fue anunciada por Álvaro Uribe en horas de la tarde del 31 de diciembre, y rápidamente Hugo Chávez interpretó que el anuncio equivalía a “dinamitar” la tercera fase de la puesta en escena que tanto trabajo y parafernalia le había costado. Poco antes del discurso de Uribe, Chávez había leído un comunicado de las FARC donde éstas aseguraban que operaciones militares del gobierno de Colombia hacían imposible el suministro de las coordenadas del sitio de entrega de los tres rehenes. El gobierno presidido por Uribe negó enfáticamente que los movimientos de sus fuerzas armadas hubieran impedido nada, certificando que por más de dos semanas no había ocurrido combate alguno en la zona. A pesar de esto, Chávez decidió poner públicamente en duda las seguridades ofrecidas por el Presidente de Colombia y dar por palabra revelada, fidedigna, la explicación de las FARC. Con esta definición Chávez confirmaba que jamás fue un mediador, y que en cambio ha actuado todo el tiempo como representante de las FARC.

Hasta el polémico Ramón Rodríguez Chacín tuvo más respeto hacia el gobierno de Colombia. El 30 de diciembre declaró: “Debo reconocer el total apoyo que hemos recibido del gobierno colombiano, especialmente en la figura del Alto Comisionado para la Paz y todos los representantes que han sido designados”. (Agencia Bolivariana de Noticias). Él, que ha actuado más de una vez como enlace del gobierno venezolano con las FARC y como mediador para delicados rescates—el de Richard Boulton, por ejemplo—sabe de la importancia en estos asuntos de la discreción, virtud que no adorna al presidente Chávez.

………

En la familia del suscrito existió un personaje solterón, profesional, de buenos ingresos y disposición generosa. Eran proverbiales sus viajes al exterior, de los que regresaba con una maleta repleta de finos regalos para sus hermanos y sobrinos. A su llegada, organizaba una velada especial para la entrega de los obsequios. Con la maleta abierta sobre la mesa del comedor, iba sacando los regalos uno por uno, mientras convocaba en voz alta al pariente que recibiría el que extraía cada vez. Un corro de hermanos y sobrinos, reunidos en torno a la mesa, debía asistir a toda la larga secuencia de entregas y, sobre todo, aprobar elogiosamente con exclamaciones apropiadas la finura, la inteligencia y la esplendidez de cada obsequio. Concluida esta fase del acto, todavía había que aguantarlo cuando se acercaba a preguntar: “¿Te gustó lo que te traje? ¿Qué te pareció lo que le regalé a tu hermana? ¿Viste lo que les compré a tus primos? ¿No fueron estupendos mis regalos?” Una enorme inseguridad emocional atribulaba al neurótico pariente, la que sólo se calmaba a medias al convencerse de que se había hecho digno de grande admiración a causa de su demostrada largueza. Esa noche dormiría más tranquilo, agotado de la gran excitación de la velada.

Algo así procuró hacer Hugo Chávez con la “Operación Emmanuel”, que terminó siendo un aborto. Él, que tanto gusta de denunciar lo que se le oponga o le refute como manipulación “mediática”, organizó un espectáculo circense en el que descollara como el protagonista principalísimo, digno de grande admiración. (Mediático y además protagónico). Incapaz de discreción o mesura, invitó a compinches y cineastas, alojó a hoy frustrados familiares de las víctimas en Miraflores, convocó a la Cruz Roja y a la prensa internacional, y si no trajo a Fidel Castro fue porque este señor no puede ya moverse de su cama. Él mismo se buscó el papelón que acaba de representar.

Naturalmente, tiene sus defensores. No podía faltar sobre el incidente la palabra falaz y aduladora de Carlos Escarrá. Quien fuese el más obsecuente defensor de una dominación vitalicia de Chávez, derrotado irremisiblemente el pasado 2 de diciembre, ha salido a cuestionar los procedimientos y anuncios del gobierno colombiano, en la creencia de que así se hace útil a su jefe. Este otro Escarrá fue entrevistado en Venezolana de Televisión, y por este canal creyó astuto aducir que había “ irregularidades y anomalías… reflejadas en el argumento esgrimido por el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, para detener la Operación Emmanuel”. (Reporta El Universal). Dijo este otro Escarrá: “Uribe, de todas todas, queda mal. Imaginando el escenario de que ese niño es Emmanuel, ¿por qué no esperó que entregaran a las otras dos personas para hacer el anuncio? Y si es mentira, abortó una operación humanitaria que, a su vez, iba a constituir un puente para la paz de Colombia”.

La declaración de este otro Escarrá es un claro retorcimiento de los hechos. No fue Uribe Vélez quien “detuviera” la Operación Emmanuel. Las FARC, antes de la revelación que hiciera Uribe, ya habían hecho del conocimiento de Chávez (y a través de éste del mundo entero) que la operación de rescate había sido unilateralmente cancelada por ellas. Para cuando Uribe habló públicamente ya la cosa estaba detenida, y su intervención tuvo todo el sentido del mundo, pues las FARC habían ofrecido como excusa que su negativa a entregar los rehenes era culpa del gobierno de Colombia, cuyas fuerzas armadas habrían entorpecido las operaciones. Uribe, pues, estaba en todo su derecho de defender su actuación desmintiendo esta especie—que Chávez dio por buena—y sugerir que la real razón de la interrupción pudiera estar en que los guerrilleros terroristas y narcotraficantes, culpables de delitos de lesa humanidad, no podían cumplir enteramente su promesa porque no tenían al niño cuyo nombre sirvió para bautizar la abortada entrega.

Más aún: antes de anunciar el asunto a un mundo que antes había escuchado la acusación de las FARC, Uribe informó los datos que obraban en su poder al canciller Maduro y los representantes internacionales. Tanto Chávez como aquel otro Escarrá han puesto en tela de juicio la oportunidad de la hipótesis revelada por Uribe, insinuando que la ha podido manifestar luego de la entrega de los otros dos rehenes. ¡Pero es que ya no iba a haber entrega de ningunos dos rehenes, mucho menos de tres, por decisión unilateral de las FARC! Chávez, por su parte, se ha contradicho él mismo con esta débil crítica, pues su primera reacción fue preguntar por qué Uribe había “esperado” hasta el 31 de diciembre para revelar lo que sabía. Una vez que se dio cuenta de que Uribe recibió información del niño en discordia entre el 28 y el 31 de diciembre, y de que fue en esta tardía fecha cuando el Defensor del Pueblo de San José del Guaviare reportó que se le exigía perentoriamente la devolución de un infante, cuyas características se asemejan a las del que está bajo protección del ICBF, cambió su cuestionamiento para reclamar que Uribe no se hubiera callado. ¿No es éste el mismo Chávez que todavía está ardido porque alguien le preguntó por qué no se callaba?

………

Todavía después de todos estos incidentes, que incluyen una apresurada cura en salud de Chávez—viendo la solidez de la información aportada por Uribe señaló que si resultaba ser cierta las FARC quedarían como mentirosas—y la admisión de expertos colombianos para tomar en Caracas las muestras de ADN a Clara de Rojas e Iván Rojas, el Alto Comisionado para la Paz en Colombia, Luis Carlos Restrepo, declaró: “Las FARC tienen que cumplir su palabra. El gobierno ha dicho que sigue ofreciendo todas las garantías para que la misión culmine, y quienes deben cumplir son las FARC, que jamás le entregaron al gobierno de Venezuela la información sobre el sitio donde liberarían a los secuestrados, y esa fue la razón por la cual la misión humanitaria nunca pudo completarse con éxito”. (Por vía telefónica a Globovisión).

Hasta el diplomático José Miguel Insulza, Secretario General de la OEA, ha dicho: “Yo creo que aquí lo principal es no confundir, en ningún caso, dónde están los verdaderos culpables de esto. Aquí los responsables no son ni el presidente Álvaro Uribe ni el presidente Hugo Chávez… Los responsables son los secuestradores, los que tienen a esta gente”.

Pero quienes se aprestan a cobrar esta payasada a Hugo Chávez son sus alebrestados críticos internos. Informaciones recibidas por doctorpolítico hablan del nuevo malestar, causado por la enorme cómica puesta por el Presidente de la República, en las propias filas de su partidarios. Allí hierve un descontento que emergió poco antes del frustrado referéndum del 2 de diciembre, se agudizó después de esta fecha y más todavía cuando Chávez escapó al desagrado interior ausentándose de nuevo al exterior. Hay hasta quejas de su decisión—buena en sí—del indulto que decretó al término del reciente año pasado para unos cuantos presos políticos, porque la medida no habría sido consultada, mucho menos discutida.

Por esto Chávez actúa ahora cómicamente. Impedido de epopeya, ahora anuncia que devolverá la revolución a su cauce, y que 2008 será un año de revisión, rectificación y revitalización de la misma. ¿Qué lo mueve a este cambio de foco? Pues dijo que había tenido que llamar al vicepresidente Jorge Rodríguez para que convocara una reunión de emergencia en atención a la crisis de la basura capitalina. Como si fuera un observador no comprometido (reporta Reuters), preguntó retóricamente: “¿Cómo es posible que un gobierno no pueda recoger la basura?” Comicidad pura. También indicó que se ha dado cuenta de que en la población hay preocupación por la criminalidad, y hasta se quejó amargamente de que a TVes no lo ve nadie. Más cómico todavía.

La comicidad no le va a durar mucho. Dentro de cuatro días se reanudará el juicio contra los detenidos en Miami por el caso del maletín lleno de dólares transportado por Guido Antonini Wilson. Ya no cuenta con el espectáculo que había armado—quién sabe a qué costo—para proyectarse como candidato al Premio Nóbel de la Paz y tapar la luz que caerá persistentemente sobre el affaire Antonini.

Es Hugo Chávez, él mismo, quien escoge sus amistades. En todo el asunto de los rehenes secuestrados por la guerrilla colombiana ha preferido, imprudente e indiscretamente, simpatizar abiertamente con ella. Y ésta es una organización criminal que nunca ha querido acogerse a la pacificación. El antecesor de Álvaro Uribe, el presidente Andrés Pastrana, comenzó su gobierno con esperanzadoras ofertas y la concesión territorial de una zona de distensión, mientras buscaba afanosamente una solución negociada que pacificara a Colombia. La guerrilla despreció el generoso ofrecimiento, y si ahora parecía presta a un gesto «humanitario» es porque la tenacidad de Uribe la ha puesto contra la pared y llevado a una situación perdida. (Apunte de Luis Alberto Machado).

Ahora ha dinamitado ella misma su promesa de devolver a sólo tres de los cientos de rehenes en su poder, dejando muy deslucido al presidente Chávez. Ni éste ni el otro Escarrá han atinado a pronunciar—por ahora—una sola palabra de conmiseración con un niño de bracito fracturado, pero todavía esperan que un milagro les traiga, tal vez para el 6 de enero, al menos dos rehenes. Si dos rehenes cuestan lo que han costado hasta ahora, todo el presupuesto de PDVSA no alcanzaría para sufragar la libertad de los restantes y, por los vientos que soplan, estos rehenes tendrían que ser verdaderamente unos magos para aparecer, algún día, sanos y salvos.

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Addenda técnica al #269

Cartas

Estimada suscritora, estimado suscritor: en el número 269 de la Carta Semanal de doctorpolítico, enviado recientemente a su dirección, se dejó de mencionar sobre el tema de la Realpolitik, política “realista”, o política de poder, algunas cosas dichas en tiempos relativamente recientes por algunos científicos políticos actualmente practicantes. (Aunque hubo en él referencias a impresiones científicas de la psicología, la zoología y la teoría de juegos de estrategia). Lo que sigue es una ampliación, seguramente técnica en exceso, de la discusión contenida en el número mencionado.
Esta pesadez, incluida sólo por el prurito de ser exhaustivo, no debe empañar el augurio que le hago llegar de un feliz 2008 para usted y los suyos.

Con un cordial saludo

Luis Enrique Alcalá
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Hallazgos recientes de la ciencia política sobre el paradigma «realista»
La más articulada y metódica de las exposiciones sobre el tema se encuentra, sin duda, en la obra de John A. Vasquez, The Power of Power Politics: From Classical Realism to Neotraditionalism (Cambridge University Press, 1998). Vasquez muestra cómo el valor predictivo y explicativo de los presupuestos de la política “realista” ha entrado, hace mucho, en una fase de rendimientos decrecientes. En Power Politics and Contentious Issues: Realism, Issue Salience, and Conflict Management (2005), Paul R. Hensel describe el hallazgo del siguiente modo: “…Vasquez (1993: 124) argumenta que ‘el paradigma realista no ha considerado la substancia de la política mundial, los problemas contenciosos, como importantes o centrales a la comprensión’, y aboga por un desplazamiento del foco de ‘tratar la política mundial como una lucha por el poder’ a ‘tratarla como el señalamiento y resolución de problemas’. Mansbach y Vasquez (1981) y Vasquez (1998) aducen que la observación de diferencias sistemáticas en el comportamiento internacional a través de diversas áreas problemáticas—particularmente diferencias en el manejo de asuntos territoriales y otros—desafía al realismo”. El propio Hensel aporta, en la última conclusión de su trabajo, el siguiente dictamen: “…si se quiere que las instituciones o los mecanismos legales jueguen un papel significativo en la solución de problemas de alto perfil, su impacto debe sentirse por sobre y más allá de los factores relacionados con el poder que proponen los realistas”.
En The Evolution of International Politics, 1800-2000: A Network Analysis (2003), Z. Maoz, R. D. Kuperman, L. Terris e I. Talmud, de las universidades de Haifa y Tel-Aviv, hacen inventario de las debilidades del paradigma “realista”. Se cita ahora de su trabajo sin traducción:
“There are different types of systemic theories of international politics, but by far the most influential one is structural realism in its various incarnations (Glazer, 2003). This theory finds its most eloquent exposition in Waltzís (1979) classic. At the risk of oversimplification, we note that the key characteristics of this theory are fourfold:
1. It assumes that states are the principal actors in international politics.
2. It assumes that the key characteristic of international politics is the state of anarchy, that is, the absence of a central authority that is capable to enforce rules on the units.
3. It assumes that the principal motivation of units under anarchy is survival. States want to maximize the chances of surviving in an anarchic world.
4. Thus, the principal mechanism that can help state maximize their chances of surviving is the balancing rule: states wish to balance other states.
On the basis of these fairly simple principles, the theory tells us about how, why, and when war and peace are expected in world politics (Waltz, 1964, 1979); who aligns with whom and why (Walt, 1987; Christensen and Snyder, 1990); what would be the relations between major powers and minor powers (Miller, 1994), and so forth.
Yet, it is unclear when states are expected to balance, and what it is that they attempt to put on the balancing scale. Some versions posit that states attempt to balance power (Waltz, 1979). Others argue that states wish to balance threats (Walt, 1987). Some claim that states wish to maximize survival not by balancing but by seeking dominance (Mearsheimer, 2000), other argue that states seek security by trying to deter through balancing processes (Walt, 1987; Glaser, 1994-95). Theorists also differ considerably on the question of what is the relationship between balances and war. Some (e.g., Watlz, 1979; Mearsheimer, 1991) claim that balance creates mutual deterrence and hence reduces the likelihood of war. Others (e.g., Organski and Kugler, 1980; Kugler and Lemke, 2000; Geller and Singer, 1998: 192-193) claim that power parity (i.e., roughly equal balance) increases the likelihood of war.
There are quite a few problems with this approach, however, as elegant as it may appear at first blush. First, on a theoretical level it is reductionist, because it reduces its definition of the key independent variableóthe structure of the international systemto a very narrow concept of the distribution of power between a few major powers. How a state becomes a member of this club of major powers is ambiguous in most studiesó even those that employ highly rigorous measurement criteria. As we argue below, structure is a more complex concept, one that cannot be defined strictly in terms of a single attribute of actors. Second, structural realism is reductionist because it conceives power in strictly material—mostly military—terms. As has been argued over and over (and demonstrated by the collapse of the second ìmost powerfulî poweróthe Soviet Union) material power does not count for much if it is not backed by economic capability and by social and political stability (Keohane and Nye, 1977; Kennedy, 1987).
Third, structural realism is predicated on a “top down” or “outside in” logic. This logic is both empirically problematic and logically flawed (Maoz, 1990: 547-564; Bueno de Mesquita, 2003). It generates seemingly contradictory propositions (e.g., regarding the relationship between polarity and war, or between alliances and war). It is vague on many issues that are not related to power and structure; it does not account for system transformation and is limited in scope (Maoz, 1996: 4-12).
Fourth, and perhaps most importantly, structural realism does not have a great deal of empirical support. It does not appear to be working because it leads to flawed empirical generalizations (Vasquez, 1998), because it generates seemingly contradictory propositions (Vasquez, 1997), and because the discrepancy between the original proposition of this approach and empirical reality leads adherents of structural realism to “changes” that are not in line with the basic ideas of the approach. So that not only does structural realism lend itself to contradictory propositions, but it also loses its parsimonious qualities (Vasquez, 1997)”.

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