por Luis Enrique Alcalá | Dic 27, 2007 | Cartas, Política |

Un día, en el paseo que va hacia la Porta al Prato, encontré a un amigo escritor, el cual hacía poco tiempo que había publicado una novela. Después de haberme hecho hablar sobre temas sin importancia ni para él ni para mí, me preguntó a quemarropa:
—¿Has leído mi novela? ¿Qué te parece?
—La he leído—le repuse en serio—y el consejo de una persona que te quiere es éste: deberías cortar una mitad del libro, y la otra, rehacerla enteramente.
El amigo no dijo nada, pero se le oscureció el rostro y se me despidió apresuradamente. Desde aquella tarde, y nunca he comprendido del todo por qué, daba la vuelta siempre que me veía o bien, si realmente no podía evitar encontrarme, se mostraba conmigo aún más frío que su prosa […].
Con los amigos escritores es preciso, o bien ser mentirosos, o resignarse a convertirlos en enemigos.
Giovanni Papini. El espía del mundo, 1955.
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El pensamiento dicotómico permite una manera poco complicada de ir por la vida. La cosa es fácil: o se es blanco o se es negro. Pobre, rico. Revolucionario, reaccionario. Bolivariano, yanqui. Bueno, malo. Amo, esclavo; señor, siervo; patrono, obrero. O estás conmigo o estás contra mí. El mundo, visto con los anteojos de la dicotomía, no contiene misterio alguno.
Quien trabaja sus contenidos mentales en organización dicotómica tiene, como todo el mundo, sus propias posiciones ante las cosas; pero quien no sostiene su mismo punto de vista es imaginado en un extremo polar, total y simétricamente opuesto. Si quien difiere de su opinión no es “realista”, por ejemplo, debe ser romántico o iluso. No hay gradaciones: en el mundo cortado por el dicótomo no hay grises ni estados intermedios.
La lógica formal—la más desarrollada matemáticamente—lo ayuda, puesto que es binaria. Sus “tablas de verdad” sólo pueden contestarse, como en un referéndum, con un sí o un no. La digitalización moderna de la información refuerza aquella base, pues es asimismo binaria, un mundo en el que todo puede expresarse en términos de ceros y unos, prendido o apagado, alto o bajo voltaje. Es sólo muy recientemente que una “lógica difusa” (fuzzy logic), que escapa al encierro binario, ha sido asumida por los ingenieros para construir dispositivos más refinados e inteligentes.
La dicotomización es conveniente, además, porque permite construir afirmaciones invulnerablemente verdaderas, una clase de proposiciones que la lógica conoce como tautologías. (El significado original del término es retórico: una declaración redundante que no añade información).
Consideremos, por ejemplo, la siguiente proposición: “O llueve o no llueve”. En cualquier sitio de cualquier universo, existente, imaginable o por existir, esa afirmación es verdadera tomada en conjunto. O está lloviendo o no está lloviendo. O eres bolivariano o no lo eres, o eres realista o no lo eres.
A veces la dicotomía se expresa bajo la admisión de sólo dos posibles explicaciones para un fenómeno cualquiera. Digamos el fenómeno humano, el hombre. En El espía del mundo, Giovanni Papini (1881-1956) sólo admite dos conceptos del hombre: o es un ángel caído, es decir, una esencia originalmente celestial que añora su antigua elevación, o una bestia engreída que a fuerza de vanidad consigue erguirse sobre sus patas posteriores. No habría otra posibilidad.
Pero otras veces lo dicotómico se hace monotómico, monótono, si se quiere. Habría sólo una especie de hombre, una sola especie de venezolano, una única especie de político. El venezolano sería así: flojo, indisciplinado, poco serio. Con él no podría construirse un verdadero partido de izquierda, pues éste requiere organización, constancia y estudio, y “el venezolano” no sería organizado, ni tenaz ni estudioso. El hombre no sería otra cosa que un manojo de condicionados reflejos egoístas. No habría político en Venezuela que no se mueva por un único motivo: absolutamente todos los políticos venezolanos lo que en verdad querrían es ponerle la mano a una bolsa de treinta mil millones de dólares. No habría en el planeta un político que no sea maquiavélico. (A ver, nómbrame uno que no lo sea).
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La respuesta a esta última petición, por supuesto, es que absolutamente todos son capaces de actuar en formas no maquiavélicas. Hasta el dictatorial Dr. Mugabe, en alguna calurosa madrugada de desvelo, habrá imaginado que su actuación corresponde a un sacrificado deber con el pueblo de Zimbabwe. (No te nombro uno, te nombro a todos). El mismo Papini escribía: “Quien no ha deseado por lo menos una vez en su vida ser un santo, es, todo lo más, una bestia”. Su formulación aquí es estadística: por lo menos una vez en la vida, no toda la vida, que es lo que parece exigir la postura cínica. (La opinión de quienes mantienen que el propio interés es el motivo primario de la conducta humana, y rehúsan confiar en la sinceridad, la virtud o el altruismo en tanto motivaciones). En confirmación de su aproximación estadística al problema del comportamiento de los seres humanos, Papini nos ofrece: “Todo hombre paga su grandeza con muchas pequeñeces, su victoria con muchas derrotas, su riqueza con múltiples quiebras”. O sea, cada hombre es capaz de hospedar la grandeza y al mismo tiempo de alojar múltiples miserias. Simplemente, llamamos grande, o virtuoso, o santo, a aquél cuya normalidad se caracteriza por una marcada infrecuencia de vileza y una presencia constante de elevación. Quienes son así no son muchos. Hay una Madre Teresa de Calcuta y un Al Gore por planeta; también, por fortuna, no muchos Hitlers o Pol Pots.
Pero Papini era, naturalmente, un literato, esto es, un artista. Como tal, no debe exigírsele, por más aguda que sea su mirada sobre la humanidad, el rigor de la visión científica. Cuando estaba de vena sarcástica—en su ensayo sobre el Diablo, por caso—escribía: “Como es difícil ser santo, sólo nos queda llegar a ser satánico, que es el otro extremo”, en pleno uso de costumbre polar y dicotómica. Otro italiano antes que él, no tan radical, recomendaba: “Es mejor ser a la vez temido y amado; sin embargo, si uno no puede ser ambas cosas es mejor ser temido que amado”. (Nicolás Maquiavelo. El príncipe).
No puede ser entonces Papini el cicerone requerido para dilucidar el tema aquí discutido; tampoco Maquiavelo: aunque derivaba sus recomendaciones a Lorenzo de Médicis de la observación empírica de gobiernos concretos—sólo principados; advirtió que no consideraría las repúblicas—y aunque uno que otro lo tenga por el “padre de la teoría política moderna”, escribió El príncipe en 1513, cuando faltaban veintinueve años para el nacimiento de su compatriota, Galileo Galilei, el primer hombre que hizo ciencia rigurosa y confiable. Maquiavelo era empírico, pero también precientífico. (E igualmente interesado. Si el filtro a través del que todo debiera colarse fuese cínico, entonces debería considerarse que los consejos de Maquiavelo, reunidos en su más famoso opúsculo, escrito de prisa, tenían por objeto conseguir que Lorenzo lo contratase, para lo que resultaba conveniente avisarle que no reprobaría por inmoralidad alguna que otra crueldad del gobernante de Florencia. Claro, descubrir esta motivación egoísta en Maquiavelo no equivale a refutarlo, ni a describirlo monotómicamente como persona carente de la complejidad y riqueza que son evidentes en su abundante obra de tratadista, poeta y dramaturgo).
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No basta la actitud empírica. El protagonista de ¿Pero hubo alguna vez once mil vírgenes? (por Enrique Jardiel Poncela) se propuso, con ánimo de naturalista de lo más empírico, una exploración que pudiera rebatir la noción de que alguna vez hubiera once mil vírgenes. Su método: yacer con toda mujer que tuviese a tiro. Después de una catalogación sexual que le llevó años y a muchos sitios, después de una dilatada carrera de fornicador, jamás encontró una virgen. Así, razonó, nunca hubo once mil vírgenes, pues si alguna vez las hubiera habido debería haber quedado aunque fuera una.
Respecto de la existencia de un himen, sin embargo, es fácil pensar dicotómicamente. O una mujer lo tiene o no lo tiene, es tautología que se insinúa de inmediato. O es virgen o no lo es. O está preñada o no lo está; no puede estar medio preñada. Pero los políticos no son categorizables de modo tan elemental, a pesar de que, con autocomplaciente vulgaridad, admirados de su propia y pretendida astucia, haya quienes digan con frecuencia que a Perencejo le hace falta mucho burdel político. Implícita en una caracterización tal, está la idea de que cierta inmoralidad es imprescindible para ejercer la política, que la conducta inmoral o amoral es consustancial a la política.
Atendamos, entonces, a lo que las ciencias, sociales y biológicas, tienen que decir sobre este asunto, pues, quiéralo o no el cínico, es deber moral del político ser responsable y serio, puesto que se entromete en la vida de un amplio contingente humano, y no puede hacer eso con seriedad o responsabilidad si no procura abrevar de lo científico.
Una primera constatación, evidente, es que ciertamente hay conductas observables que responden a motivaciones egoístas, que hay comportamientos que se rigen por la suspensión de otra moralidad que no sea el propio interés o beneficio. La palabra “maquiavelismo” ha llegado a ser un término técnico; los psicólogos sociales y de la personalidad lo emplean para describir la tendencia de una persona a engañar y manipular a otras personas para fines de ganancia personal, y también aluden a “inteligencias maquiavélicas”. De hecho, Richard Christie y Florence Geis diseñaron un test destinado a medir el nivel de maquiavelismo presente en una persona cualquiera. El test MACH-IV, desarrollado hacia 1960, se ha convertido en la herramienta estándar de los psicólogos para la evaluación cuantificada de la presencia de maquiavelismo. Algunos, bastante interesantemente, han creído encontrar una correlación entre maquiavelismo y desórdenes psicopáticos o sociopáticos y, más específicamente, con el desorden narcisista de la personalidad, de indudable importancia política en Venezuela. Sobre todo los sociópatas se caracterizan, como las personalidades maquiavélicas, por la maquinación astuta. Estos tipos de personalidad no son, por fortuna, los más frecuentes.
Una segunda fuente científica mana de la Biología, y crea un río que corre en dirección distinta. Escribiendo para The New York Times (Científicos hallan inicios de la moralidad en comportamiento de primates, 20 de marzo de 2007), Nicholas Wade reporta:
Algunos animales son sorprendentemente sensitivos a peligros que acosan a otros. Los chimpancés, que no saben nadar, han llegado a ahogarse en estanques en zoológicos tratando de salvar a otros. Ante la posibilidad de obtener comida halando una cadena que también administra una descarga eléctrica a un compañero, los monos rhesus pasan hambre durante días enteros. Los biólogos arguyen que éstas y otras conductas sociales son las precursoras de la moralidad humana… El año pasado Marc Hauser, un biólogo de la evolución en Harvard, propuso en su libro Mentes morales que el cerebro tiene un mecanismo, conformado genéticamente, para la adquisición de reglas morales, una gramática moral universal similar a la maquinaria neural para el aprendizaje del lenguaje. En otro libro reciente, Primates y filósofos, el primatólogo Frans de Waal defiende, contra filósofos críticos, su punto de vista de que las raíces de la moralidad pueden encontrarse en la conducta social de monos y simios… La vida social requiere empatía, la que es especialmente obvia entre los chimpancés, así como sus métodos para terminar las hostilidades internas. Toda especie de simio o mono tiene su propio protocolo para la reconciliación después de las peleas, según hallazgo del Dr. de Waal. Si dos machos no logran reconciliarse, los chimpancés hembras a menudo reúnen a los rivales, como si sintieran que la discordia empeora a la comunidad y la hace más vulnerable al ataque de vecinos. Incluso llegan a evitar una pelea arrebatando piedras de las manos de los machos. El Dr. de Waal cree que estas acciones son emprendidas para el mayor bien de la comunidad, distinto de las meras relaciones entre individuos, y son un precursor significativo de la moralidad en las sociedades humanas.
Pero es que hasta en disciplinas más abstractas, como la Teoría de los Juegos (John von Neumann y Oskar Morgenstern), es posible asistir a la emergencia de la cooperación. El famoso “dilema del prisionero” es un juego de estrategia matematizable—inventado en la Corporación RAND, el más grande think tank del mundo—, que modela cómo es posible llegar a un resultado que daña a todos los jugadores cuando éstos siguen una estrategia perfectamente racional que se cierra a la cooperación. Llevado a computadores que juegan entre sí, y a pesar de sembrar en ellos una estrategia inicial de retaliación (tit for tat), al cabo de numerosas repeticiones los computadores típicamente “aprenden” a cooperar.
El altruismo, pues, es tan real como el egoísmo, por lo que cualquier esfuerzo serio y responsable de entender el comportamiento social, y de hacer política, debe tomarlo en cuenta.
En febrero de 1985 escribía el suscrito: “Si se piensa en la distribución real de la ‘honestidad’—o, menos abstractamente, en la conducta promedio de los hombres referida a un eje que va de la deshonestidad máxima a la honestidad máxima—es fácil constatar que no se trata de que existan dos grupos nítidamente distinguibles. Toda sociedad lo suficientemente grande tiende a ostentar una distribución que la ciencia estadística conoce como distribución normal de lo que se llama corrientemente ‘las cualidades morales’: en esa sociedad habrá, naturalmente, pocos héroes y pocos santos, como habrá también pocos felones, y en medio de esos extremos la gran masa de personas cuya conducta se aleja tanto de la heroicidad como de la felonía… Tan imposible como hacer que una población esté compuesta por genios, es lograr que sea toda de idiotas. Tan imposible como hacer que toda sea una población de santos es obtener que sea íntegramente conformada por delincuentes, y, por tanto, en una sociedad económicamente justa, no podrá ser que todos sus habitantes sean ricos o que todos sus habitantes sean pobres”.
Una “Política Clínica”, pues, no cree que “el maestro es el apóstol de la juventud”, como titulaba Luis Beltrán Prieto Figueroa uno de sus recordados artículos, ni tampoco que la universidad es “fundamentalmente una comunidad de intereses espirituales que reúne a profesores y estudiantes en la tarea de buscar la verdad y afianzar los valores trascendentales del hombre”, como reza nuestra Ley de Universidades. (1970). Ese lenguaje hiperbólico no es bueno para fundar repúblicas, y ya Bolívar alertaba contra las que llamaba “aéreas”. Para ser político clínico no es necesario chuparse el dedo.
Pero una aberración contraria, si queremos hacer dicotomías, es desconocer el altruismo en política. El político profesional serio debe ser, sin duda, realista. Esto no conduce a tener el realismo como sinónimo de cinismo. Nadie menos que Federico el Grande de Prusia quiso escribir un breve ensayo—corregido y ampliado por el cáustico Voltaire, su protegido—para refutar a Maquiavelo. En Anti-Maquiavelo (1740), Federico expuso que el italiano había ofrecido un punto de vista parcial y sesgado del arte del estadista. Además de reivindicar un lugar para un genuino interés por la prosperidad de los ciudadanos, el gran monarca apuntó agudamente cómo Maquiavelo había escamoteado la evidencia del término infeliz o desastroso de más de un gobernante malhechor por él alabado.
Y es que, asimismo, no es nada difícil recabar comprobación empírica de que la bondad es eficaz. La bondad funciona en la práctica. Los expertos en gerencia de personal ya abrazaban, a fines de los años sesenta del siglo pasado, la “Teoría Y”, que se oponía a una “Teoría X” que contemplaba cínicamente las motivaciones de los empleados de las empresas privadas. Sin darse cuenta de lo que hacían, eran, como Federico el Grande, antimaquiavélicos. Habían descubierto que, con mucho, era preferible ser amado que temido.
El líder temido, no cabe duda, puede ser muy eficaz; con frecuencia logra sus propósitos. Pero para lograr metas más elevadas es necesario ser líder amado. No se puede convocar a grandes cosas desde el miedo.
Es en este sentido práctico, plenamente realista, que Don Pedro Grases, el gran catalán venezolano, afirmaba en su septuagésimo quinto cumpleaños: “La bondad nunca se equivoca”. Para quien había logrado escapar de la muy real y concreta tragedia de la Guerra Civil Española, eso no era poesía, sino constatación práctica.
Una política fundada en ese sentimiento, a pesar de su hermosura, es perfectamente posible. (Y muy necesaria). LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 20, 2007 | Cartas, Política |

Por boca de su Secretario General, Henry Ramos Allup, el partido Acción Democrática se ha sumado al pescueceo de los apresurados irresponsables que, a partir de la situación creada por el referéndum del 2 de este mes de diciembre de 2007, procuran provocar la falta absoluta inmediata del actual Presidente de la República. (Antes, el general reencarnado, Raúl Isaías Baduel, había terminado por revelar sus verdaderos propósitos: luego de adelantar razones diversas para prescribir la realización de una asamblea constituyente—analizadas acá la semana pasada—dijo anteayer que una constituyente podía destituir al Presidente de la República. Es éste el desenlace que procura para sucederlo, antes de que su recién adquirida popularidad se esfume. De allí su prisa).
Es aquél el mismo Ramos Allup que se sumó, gracias a Dios tardíamente, a la invitación a votar en el reciente referéndum, luego de mantener una persistente posición abstencionista y cuestionadora del Consejo Nacional Electoral. Es el mismo Ramos Allup que lideró la estampida de las candidaturas de oposición a fines de 2005, cuando se retiraron a última hora para entregar al oficialismo todos los puestos de la Asamblea Nacional. (Expediente preparado con más de un mes de anticipación—según consta a quien escribe—al evidenciar las encuestas que toda la oposición reunida no lograría alcanzar más de quince por ciento de la votación esperada). Es el mismo Ramos Allup que, ante la renuencia de Enrique Mendoza a enfrentar las cámaras de televisión en la madrugada temprana del 16 de agosto de 2004, asumió el podio de la Coordinadora Democrática para vocear falsa e irresponsablemente que el referéndum revocatorio del día anterior había sido un fraude, creando así la derrotista matriz de opinión que a duras penas pudo vencerse el pasado 2 de diciembre, para derrotar por mínima diferencia el proyecto de “reforma” constitucional de Hugo Chávez.
Ahora sale Ramos Allup, basado en reedición del “criterio Mejía-Ugalde”, a recomendar que “el sector del país que aboga por sostener la democracia” eche “mano de todos los recursos institucionales para sacar a Chávez del Gobierno sin esperar hasta las elecciones presidenciales de 2013”. (Reporta Elvia Gómez en El Universal). Al enumerar tres posibilidades—referéndum revocatorio, exigencia de renuncia y enjuiciamiento del Presidente—, dijo Ramos Allup que si se sumaba los votos negativos del día 2 con las abstenciones se obtenía que más de siete millones de venezolanos no habían aprobado el proyecto Chávez-Flores. José Amando Mejía Betancourt y Luis Ugalde habían ya propuesto esta suma. Ugalde había escrito el 25 de octubre: “…el día del referéndum el rechazo se expresará de dos maneras, ambas con fuertes razones y motivos: por la abstención y por el no. No será posible acordar una única forma de rechazo. Millones (opositores y chavistas) lo harán con la abstención y otros millones con el voto por el no. Ambas formas de rechazo sumarán más de 70% (ya 60% sería un triunfo) y dejarán en evidencia que, con minoría de 30%, el Gobierno quiere imponer como obligación constitucional un régimen autoritario y un modo de vida rechazado”. La suma repropuesta ayer por Ramos Allup, por supuesto, puede hacerse enteramente al revés: de la misma forma puede decirse que más de siete millones de venezolanos no rechazaron la proposición, pues no votaron por el NO.
La proposición expuesta por Ramos Allup incluyó, además, referencia a dos salidas adicionales: la declaración de incapacidad mental permanente del Presidente de la República, y la aplicación de la Carta Democrática Interamericana. Una vez planteada la proposición, y como si no hubiera dicho la enormidad acabada de decir, Ramos Allup cambió de tema para advertir que quedaban diez meses para lograr candidaturas unitarias en las pendientes elecciones de gobernadores y alcaldes, “como ya se hizo en 2005”. Es decir, cuando se hizo para retirarlas luego.
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Antes de este aporte de Acción Democrática—Ramos Allup habló en rueda de prensa acompañado por otros miembros de la dirección nacional de su partido—hubo una preparación escenográfica, y ésta fue proporcionada por el editor Rafael Poleo, en artículo del pasado domingo 16 en El Nuevo País. En el sumario de la página “A sangre fría”, Poleo inocula el veneno que busca neutralizar un juicio más sensato de la actual situación política. Así pone (mal escrito): “Lo que impide a la Oposición unirse son las ambiciones de políticos que cada uno de ellos prefiere mantener a Chávez en el poder hasta que él esté en capacidad de sucederlo, aunque sea en el 2021”.
Poleo da por sentado que es posible salir de Chávez a corto plazo, y que esta ansiada bendición es impedida por la acción concertada de Teodoro Petkoff, Manuel Rosales y Julio Andrés Borges. El título de su artículo es, precisamente: “La conducta de Petkoff, Rosales y Borges compromete los resultados de octubre 2008”. O sea, el mismo vínculo establecido por AD, con saliva de loro, entre la perentoria salida de Chávez y las elecciones estadales y municipales.
Al comienzo de la aviesa pieza, Poleo dogmatiza una falsedad: “Según todas las encuestas menos la llamada ‘Misión Seijas’, este bloque opositor es numéricamente superior al chavismo en proporción de 6 a 4, independientemente de que un CNE manejado por el régimen puede reducir esa diferencia incluso hasta extinguirla”. Aparte de la reiteración de la desconfianza en el sistema electoral—Poleo se niega a encajar el hecho de que el CNE acaba de declarar una importantísima derrota de Chávez, a pesar de una diferencia realmente exigua—allí coloca como premisa mayor de su retorcido argumento lo que a todas luces es una mentira: que las encuestadoras miden que el chavismo es minoría y la oposición la mayoría. No hay absolutamente ninguna encuestadora que rinda esa “información”.
Pero el papá de Patricia tiene un real objeto más insidioso: desacreditar los esfuerzos de quienes más contribuyeron al magnífico resultado del 2 de diciembre, al que ni él ni su hija aportaron la menor contribución. (Todo lo contrario, aún durante todo el día del referéndum, Patricia Poleo aseguraba refugiada en Miami que su furibunda prédica abstencionista era lo único correcto. Su papá tiene el tupé de escribir que las recomendaciones de Petkoff, de que aceptáramos los resultados electorales de diciembre de 2006, provocaban “la abstención de su electorado y la desbandada de los testigos de mesa opositores, facilitando las operaciones fraudulentas de un adversario inescrupuloso”). En su acostumbrado tono maledicente, Poleo expone: “La conducta de Un Nuevo Tiempo y Primero Justicia obliga a pensar que su estrategia es demorar el tránsito de Chávez hasta que ellos estén en capacidad de heredarle como partidos hegemónicos al modo de lo que una vez fueron AD y Copei”.
Lo que la gente políticamente responsable hace es tratar de leer correctamente la situación. Con característico estilo, Teodoro Petkoff escribió al suscrito el 3 de diciembre: “Administremos bien esta victoria y esperemos que los brutos hayan aprendido una lección, aunque lo dudo… por algo son brutos”. La concatenación del escenógrafo Poleo y el actor Ramos Allup pone claramente de manifiesto que no han aprendido nada.
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Es sumamente peligroso colegir de los resultados del 2 de diciembre que Chávez está caído. Está en graves dificultades, no hay duda, tantas o más que las que confrontara al aproximarse el fatídico mes de abril de 2002, cuando también la oposición barajaba modos de salir de Chávez. (Los que ayer enumerara Ramos Allup más la idea de una constituyente, una enmienda para recorte de su período y un referéndum consultivo que preguntara: “¿Está Ud. de acuerdo con solicitar al Presidente de la República, ciudadano Hugo Rafael Chávez Frías, que de manera inmediata renuncie voluntariamente a su cargo?” Estas dos últimas ocurrencias fueron propuestas, en sucesión, por Primero Justicia. En febrero de 2003 Súmate las reuniría todas en un combo presentado a la consideración de los ciudadanos signatarios de un “reafirmazo”, luego de que el CNE accidentalmente presidido por Alfredo Avella se viera impedido, por decisión del TSJ, de celebrar el referéndum propuesto por aquel partido, que lo vendía, si no como vinculante, sí como “fulminante”).
Desde el 2 de diciembre, claro, los grados de libertad de Chávez se han reducido visiblemente. 2007 ha sido un año malo para Chávez. La medida contra RCTV que no contó con el apoyo de la mayoría nacional, los estudiantes que emergieron para hacerle sentir el rechazo juvenil y poner en ridículo a Cilia Flores, el intento de hacer un partido único del “proceso” que hasta ahora ha fracasado, una serie de incidentes internacionales—la pregunta regia de Juan Carlos de Borbón, la refutación del rey de Arabia Saudita en la OPEP, la molestia de Bachelet y el Senado chileno, la cesantía impuesta por Uribe—que le ha estrechado el ámbito, la defección de Baduel que influyó en militares y chavistas, la activa campaña de su ex esposa que se opuso a sus designios hegemónicos, y una creciente y más atrevida crítica a su persona dentro de sus propias filas, precedieron a la derrota que él mismo anticipó como la reducción a cero de la velocidad de sus motores revolucionarios.
A pesar de esto, logró articular un eficaz discurso en la madrugada del 3 de diciembre, por el que reconoció la victoria opositora y ofreció un mentís a quienes le acusaban de no ser demócrata. Pero a continuación regresó al modo más agresivo, cobrando deudas al pueblo de Caracas y el del estado Miranda y adelantando calificaciones escatológicas—DRAE: escatología. Tratado de cosas excrementicias—dirigidas a desvalorizar el triunfo de sus adversarios. Hay ya mediciones de opinión que sugieren que esta pataleta le ha costado siete puntos de popularidad. (Las razones de esta malacrianza, en compañía del alto mando militar han sido analizadas en los oráculos de La Florida y Los Palos Grandes. Los arúspices señalan, primero que nada, que la nota de Hernán Lugo Galicia, asegurando en El Nacional que los generales le habían conminado a reconocer los resultados de la consulta, le robaba precisamente el mérito del talante democrático dolorosamente adquirido. Luego, que en Venezuela, cuando se huele que el Presidente de la República ya no cuenta con el respeto del estamento armado y no puede usar la fuerza, se le pierde mucho si no todo el respeto. Sería este peligro el que salió a conjurar en compañía de los jefes militares, con el empleo de groserías que, en cualquier caso, son de uso frecuente en el lenguaje de cuarteles).
Pero de allí a suponerle inútil hay mucho trecho. Si como pareciera, ha aumentado considerablemente la probabilidad de la falta absoluta del Presidente a breve plazo, no es por ninguna de las vías expuestas por Ramos Allup como se obtendrá ese resultado. La declaración de insania de Chávez sólo tendría viabilidad si fuera promovida desde el chavismo. Son los de su entorno quienes tendrían que amarrar a su loco.
La otra posibilidad es la de una renuncia de Chávez asumida personalmente por él como decisión autónoma, jamás por presión opositora. Si se viera reducido del papel épico de líder revolucionario continental y jefe omnímodo de los venezolanos, al de mero administrador convencional de un gobierno emproblemado, pudiera rechazar este deslucido papel, y se retiraría para preparar un retorno cuando estuviera fortalecido.
Por lo demás, Chávez fuera del gobierno no se retiraría a pastar y escribir sus memorias. Seguiría siendo un factor enormemente perturbador, hiperactivo local y continentalmente. Por ahora pudiera ser preferible tenerlo en el gobierno que en la oposición.
Pero quienes, como Poleo o Ramos Allup, avivan el fuego de la inestabilidad—la “crisis de gobernabilidad” tan buscada por los más radicales opositores—pudieran estar haciendo trabajo de cachicamo para una lapa paracaidista. Pasado ya el momento de Alfredo Peña, Pedro Carmona, Juan Fernández, Guaicaipuro Lameda, Carlos Ortega, Cecilia Sosa, Herman Escarrá y tantos otros que se imaginaron sucesores de Chávez, la actual ventana de oportunidad está prácticamente abierta sólo para Raúl Isaías Baduel a brevísimo plazo. Esto es lo que él huele, así como los oportunistas que ahora procuran acercársele.
Es observación de Argelia Ríos—en opinión del suscrito autora consistente del mejor análisis político de la prensa nacional—que Baduel no está en realidad hablando a la oposición sino al chavismo con su propuesta de constituyente. En efecto, si bien habló primero de la constituyente como reconciliación, en saludo al atinado discurso opositor serio, luego ha dicho que es para desarrollar como se debe el “socialismo del siglo XXI” y ahora para destituir a Chavez. ¿Estarán buscando el Secretario General de Acción Democrática y el Editor de El Nuevo País despejar el terreno para el continuismo de un militarismo marxista?
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Dic 13, 2007 | Cartas, Política |

No ceja en su más reciente empeño el general retirado Raúl Isaías Baduel. Con una fe digna de un samurai, insiste en proponer la convocatoria y elección de una asamblea constituyente para “reconciliar al país”. Se trata de un nuevo objetivo que superpone o añade al ya expuesto de oponer una “barrera infranqueable” a las intenciones expresas del gobierno de desconocer la decisión del 2 de diciembre, que rechazó la “reforma” combinada de Hugo y Cilia, mediante su reinserción con una vacuna triple: el uso de la ley habilitante, el mecanismo de enmiendas y la iniciativa popular. Esta postura de Baduel, vuelta a exponer en el día de ayer, incluye en sus varios aspectos casi cada confusión posible respecto del tema constituyente.
En primer término, resulta ser realmente ingenuo—o insincero—postular que la elección de un centenar y pico de diputados constituyentes, y su reunión en asamblea todopoderosa, pueda servir para “reconciliar” al país. Un proceso electoral cualquiera es una competencia, y no son precisamente las competencias los mecanismos idóneos para la reconciliación. (Puede preguntarse a Zinedine Zidane y Marco Materazzi si la última competencia mundial de fútbol les ha dejado reconciliados). La operación misma de una asamblea tal, además, es la de un debate, y habría que ver cómo dentro de un cuerpo de confrontación argumental, cuyas decisiones se toman por mayoría, emerge la reconciliación. (¿Se reconcilia Bolivia con su constituyente, cuando más bien ha servido para que Santa Cruz haya decidido declarar su autonomía?) Por otra parte, el ministro Pedro Carreño, a quien la oposición debe agradecer efusivamente, por brutas, sus más recientes manifestaciones, ha dicho ya que “no puede haber reconciliación posible (tal como ha planteado la oposición) porque la verdadera reconciliación venía establecida en la propuesta de reforma constitucional”. La separación de cuerpos entre gobierno y oposición equivale ya a un divorcio definitivo, según el ministro anticapitalista de corbatas Louis Vuitton.
Se trata, en el fondo, de la misma idea expuesta el 25 de septiembre de este año (según reportara dos días después el #256 de esta publicación en “Receta de reconstituyente”) por Manuel Rosales, otro apresurado que declara esta semana a La Razón de España que se apresta a una nueva candidatura presidencial y pretende cobrar la propiedad del NO del 2 de diciembre. (El diario español pregunta: “¿Se presentará a la reelección a gobernador en 2008 o prepara su asalto a Miraflores?” Y contesta Rosales: “Le anuncio que no me voy a presentar a la reelección a gobernador. Estoy pensando en asumir un liderazgo a nivel nacional”. Antes, cuando La Razón le recuerda los resultados de la contienda electoral de 2006, le señala: “Sin embargo, se apartó de la política nacional. ¿Se sintió poco apoyado?” El actual gobernador del Zulia y líder máximo de Un Nuevo Tiempo reaccionó del siguiente modo: “Eso no es así. Después de Chávez las encuestas me señalan como el político con mayor liderazgo”. Y en la misma respuesta, cambiando al plural mayestático, puesto que le preguntan sobre su persona política, declara: “La campaña contra la reforma fue liderada por nosotros. Si no hubiéramos sido tan firmes, habría vencido la tesis de la abstención y nos hubiéramos caído por el barranco”. Ya sabemos, entonces, que quien nos salvó el 2 de diciembre no fue Baduel, ni fueron los estudiantes—que Marcel Granier destacó que se activaron a raíz del cierre de RCTV, insinuando la implicación de que sin este hecho el NO hubiera podido ser derrotado—, ni Monseñor Lukert, ni Teodoro Petkoff, ni Julio Borges ni Ismael García, ni el numeroso contingente de héroes anónimos que trabajaron por el NO y protegieron nuestros votos en las mesas, ni nosotros mismos que votamos, ni nadie más: el salvador fue Rosales).
Pero regresando al punto de la constituyente reconciliadora, así dijo Rosales el 25 de septiembre: “Yo creo que, definitivamente, en Venezuela, después de este referendo constitucional hay que pensar seriamente en la realización de una Asamblea Nacional Constituyente porque es la refundación y la reconciliación del país”. Una constituyente, sin duda, reconcilia: con Reconcilia Flores.
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Luego está, en las declaraciones de Baduel, el concepto militar de “barrera infranqueable” que el evento del 2 de diciembre habría erigido. Si Baduel señala que hay que salir al paso de intentos gubernamentales por eludirla, la muralla no puede ser tan infranqueable; tampoco cuando dice que el tal muro inexpugnable sólo podría “solidificarse” con la constituyente. Él mismo, pues, describe su muro “infranqueable” como flojito.
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Un tercero y novedoso concepto introducido por Baduel ayer es anatómico. Según el reencarnado general, el cuerpo social se divide ahora en tres partes (cabeza, tronco y extremidades): “Han quedado marcados tres sectores en la sociedad venezolana: los que se abstuvieron (44% del electorado), los que votaron NO y los que votaron SÍ”. (Reporta El Universal). Tan nítida sería esta organización tripartita de Venezuela que Baduel propone, para integrar la constituyente, que “deben ser seleccionados representantes de los tres sectores (NO, SÍ y abstencionistas)”. Este concepto es, por decir lo menos, una sociología simplista que no puede aspirar a describir con justicia la muy compleja variedad de opiniones del país. (“Cada cabeza es un mundo”). Consideremos tan sólo a quienes se abstuvieron: en ellos hay gente que ha podido simpatizar con la “reforma”. ¿Pueden éstos ser representados por los mismos diputados que representarían a los abstencionistas que la rechazaban?
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Una cuarta idea adelantada por Baduel contradice frontalmente la noción misma de constituyente, al prescribir una garantía de “que no puedan tocarse los valores fundamentales de la Constitución”. Las constituyentes tienen por misión, justamente, sustituir una determinada constitución por otra radicalmente distinta. Si éste no fuese el propósito no se requeriría una constituyente, y bastarían los mecanismos de enmienda o reforma constitucional. Para preservar los “valores fundamentales” de la Constitución no se requiere una constituyente.
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Finalmente, Raúl Isaías Baduel es quien pareciera desconocer la decisión soberana del 2 de diciembre, que entre otras cosas fue un rotundo no a la pretensión de instaurar en Venezuela un sistema socialista. Así perfora el general su propia “barrera infranqueable”: “La Constitución puede ser mejorada en sentido progresivo. Para definir la sociedad que queremos no podemos remitirnos solamente a gritos y consignas, tiene que haber una profundización de lo que es el ‘socialismo del siglo XXI’, con método, orden, ciencia y conciencia. No es incompatible un modelo de producción socialista con un sistema político profundamente democrático, con contrapesos y división de poderes».
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En síntesis, un kilo de estopa.
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Como apunte general, es importante despejar la más peligrosa confusión acerca de las constituyentes. Con marcada frecuencia se sostiene que una asamblea constituyente es “originaria”; es decir, que puede hacerlo absolutamente todo. Que una asamblea constituyente “es” el poder constituyente originario.
Esta insidiosa idea está completamente equivocada, así la sostengan abogados constitucionalistas. Lo único que tiene el carácter indiscutible e irrenunciable de originario es el propio Pueblo. Él es el soberano, el único e insustituible Poder Constituyente Originario. Una asamblea constituyente es un órgano del poder constituido, tan constituido como lo son la Presidencia de la República y la Asamblea Nacional. Los diputados constituyentes no son otra cosa que apoderados nuestros que, a diferencia de los diputados ordinarios (con atribución de hacer leyes), tienen por misión redactar una constitución radicalmente distinta de la existente.
Pero una constituyente no puede promulgar una nueva constitución. Hasta que el Poder Constituyente Originario no se pronuncie afirmativamente, en referéndum aprobatorio de ésta, la nueva constitución no existe.
Tal confusión respecto del carácter de una asamblea constituyente se expresa incluso en nuestra Constitución. Por una parte, porque la atribución del carácter originario al poder del Pueblo es bastante ambigua en el texto de nuestra Carta Magna. En el #256 de la Carta Semanal de doctorpolítico (27 de septiembre de 2007) se explicaba: “La confusión alcanza, incluso, al texto constitucional de 1999, cuando declara: ‘El pueblo de Venezuela es el depositario del poder constituyente originario’. Según esta redacción, los venezolanos somos algo así como la Almacenadora Caracas, donde habría sido ‘depositado’ el poder constituyente originario… ¿Quién ‘depositó’ en el pueblo el poder constituyente originario, que pudiera exigir su devolución?… ¿Habrá creído la Constituyente de 1999—de la que formó parte, por cierto, el enjundioso constitucionalista Hermann Escarrá—que era ella quien depositaba en nosotros ese poder insuperable, a pesar de que la cosa era al revés, cuando éramos nosotros quienes habíamos depositado en ella sus poderes? En todo caso es curiosa—quizás no fue accidental— la redacción del Artículo 347 de la Constitución”.
Más llamativo aún es lo destacado en la Nota Ocasional #14 de doctorpolítico (4 de octubre de 2007): “Ahora bien, curiosamente, la Constitución no estipula un referéndum aprobatorio para el caso de una constitución enteramente nueva que proceda de los trabajos de una asamblea constituyente, a pesar de que la Constitución misma fue sometida a esta clase de referéndum el 15 de diciembre de 1999, y de allí deriva su superior legitimidad. Los cuatro artículos—del 347 al 350—que componen el Capítulo Tercero (De la Asamblea Nacional Constituyente) del Título IX de la Constitución, no incluyen la menor mención de un referéndum”. Obviamente, resulta absurdo que se exija un referéndum para la aprobación de reformas constitucionales o meras enmiendas, y no se requiera para la sustitución drástica de una constitución por otra.
Pero a pesar de esta omisión “involuntaria”, el referéndum sería y será imprescindible y definitivo para sancionar y promulgar cualquier constitución nueva que proceda de una asamblea constituyente. Por una parte, porque se estableció ese precedente el 15 de diciembre de 1999. Por la otra, porque la propia Constitución reconoce en su Disposición Final: “Única. Esta Constitución entrará en vigencia el mismo día de su publicación en la Gaceta Oficial de la República de Venezuela, después de su aprobación por el pueblo mediante referendo”.
No puede una asamblea constituyente, por tanto, imponer una nueva constitución.
Más aún, ni siquiera es una asamblea constituyente necesaria para proveernos de una constitución radicalmente nueva. Lo que es preciso es un proceso constituyente, pero las asambleas constituyentes son sólo un método—hasta ahora tenido por muchos como el único—de arribar a un proyecto de constitución, el que, debe insistirse, es letra nonata hasta tanto sea aprobada por el Poder Constituyente Originario, que no es lo mismo que una asamblea constituyente.
Desde el 19 de enero de 1999, es punto fundamental de la doctrina constitucional venezolana que el Pueblo, en su carácter de Poder Constituyente Originario, es un poder supraconstitucional. Esto es, que no está limitado por la Constitución, que sólo limita al poder constituido. Alguien que tenía esto clarísimo es Monseñor André Dupuy, el Nuncio Apostólico de Su Santidad que precedió al actual. En su homilía de la misa por el alma de Keyla Guerra (una de las víctimas de la masacre de la Plaza Francia en diciembre de 2002), dijo el valiente y pedagógico hombre de iglesia: “Con el mayor respeto, podríamos decir de la constitución de un Estado lo que el Señor decía del sábado: así como el sábado se hizo para el Hombre y no el Hombre para el sábado, así una constitución está hecha para el Pueblo y no el Pueblo para una constitución”.
Es perfectamente concebible que el texto entero de una nueva constitución fuera presentado a consideración directa del Pueblo, del Poder Constituyente Originario, sin necesidad de que se hubiera convocado, elegido y financiado una asamblea constituyente. Y esto es así a pesar de que esta avenida no esté siquiera trazada en nuestra Constitución. En la de 1961 no figuraba la institución de una asamblea constituyente, pero esto no impidió que se nos preguntara en abril de 1999 si queríamos elegir una. La estructura toda del Estado venezolano se desplomaría si se negara verdad tan evidente. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 6, 2007 | Cartas, Política |

Antes de entrar en materia, tres cosas previas.
La primera es la de despejar las leyendas urbanas alimentadas desde los recalcitrantes radicales de oposición que a estas alturas, como dice Luis Alberto Machado, en vez de regocijarse con los resultados del domingo, y por mantener tercamente que tenían razón cuando obviamente carecían de ella, andan buscando el modo de amargarse la vida. (Como, por ejemplo, la necedad totalmente falsa que circula en correos anónimos alegremente distribuidos: “Baduel, Chávez, el CNE, el Alto Mando Militar y los factores del NO, negocian unos resultados que no fueran humillantes para Chávez y aparecen esos resultados cerrados”. Esta estúpida especie es de la misma calaña de las que sostenían que Gaviria se vendió en agosto de 2004, que Petkoff fue a reunirse con Fidel Castro de regreso de la toma de posesión de Bachelet en abril de 2006 y que Rosales se reunió en Fuerte Tiuna en diciembre de ese mismo año para negociar su rendición).
No tiene la más mínima utilidad para el país que María Corina Machado declare que según un quick count—dicho en inglés porque suena más profesional—la diferencia real a favor del NO sería de 8,61 puntos y no de 1,41, como ha indicado el Consejo Nacional Electoral (para el bloque A, sobre 87% de los cuadernos recibidos). Suponiéndole a Súmate una honestidad que no hay motivo para cuestionar, de todos modos los números que la organización ofrece se obtienen por un método que no puede competir con el registro real de los votos, que es lo que el CNE posee. Es cierto que Ojo Electoral también obtiene cifras diferentes, pero de nuevo sus números vienen de una muestra, no de la contabilidad efectiva de los votos emitidos. (Este observador midió una diferencia de 3,2 puntos a favor del NO).
Pero Vicente Díaz, incalificable de chavista, ha hecho unas declaraciones de grandes importancia, hidalguía y valor. Desmintiendo con decisión y seriedad los infundios que se lanzan sobre el CNE, ha apuntado no sólo que los cuadernos por recibir no modificarán la angosta brecha que separó el repudio de la aprobación de la “reforma” constitucional propuesta, sino que ha dicho, con todas sus letras, que “se demostró que Chávez no es un dictador y que la oposición no es golpista”. (El Universal. Puede leerse un recuento más nutrido de su lección magistral en el propio portal del CNE). Gracias a Vicente Díaz.
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La segunda cosa previa a destacar es, justamente, la conducta del Presidente de la República. Cuando Rafael Caldera ganó por primera vez una elección presidencial—1968, contra Gonzalo Barrios—lo hizo por poco más de treinta mil votos, y la proclamación se retrasó por varios días a causa del regateo de tan mínima diferencia. Fue su contendiente, el Dr. Barrios, quien zanjó el asunto—saliendo al paso de quienes le animaban a quedarse con el coroto—al sostener con gran lucidez: “La oposición puede ganar por treinta mil votos. El gobierno no. Nadie lo creería”.
Pues resulta que Hugo Chávez ha aceptado que el proyecto en el que había puesto enorme esfuerzo y esperanza ha sido derrotado, por una ventaja minúscula. El suscrito, redactando de madrugada e intoxicado por la alegría, escribió el lunes: “La diferencia mínima que anunciara la Rectora Presidenta del CNE… pareciera construida para permitir el discurso posterior de Hugo Chávez, que reconoció su derrota calificando el resultado como un ‘final de fotografía’ y la victoria de sus contrarios como pírrica”. Ahora me doy cuenta de que esa insinuación fue irresponsable.
Manuel Rosales le había indicado el camino hace un año, al reconocer tempranamente, y con hombría, su derrota. Ese gesto tiene todavía el inmenso valor de recibir el eco del gesto de Chávez. Por el reconocimiento del triunfo de sus adversarios, me quito el sombrero ante el Presidente de la República. Chapeau, Monsieur le Président. (Dicho en francés porque es de uso común). Gracias a Hugo Chávez.
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La tercera y última anotación al margen va dirigida al refrescante y heroico movimiento estudiantil, que emergió con el caso RCTV—primer repudio de una mayoría pública a Chávez en 2007—y perseveró en batalla valiente, clara y eficaz contra el proyecto de “reforma” constitucional.
Hace casi cincuenta años, los estudiantes universitarios venezolanos, que eran bastante menos que los de ahora, llegaron a persuadirse de que eran ellos quienes habían derrocado a Pérez Jiménez. Sin duda, jugaron un papel determinante, verdaderamente crucial. Las convocatorias de la juventud tienen la fuerza de la frescura y el desinterés. Pero, como hoy, los estudiantes de entonces desempeñaron una misión necesaria, mas no suficiente. En el desenlace del 2 de diciembre muchos otros factores intervinieron; muy importantemente, por ejemplo, partidarios usuales del Presidente, que sintieron que en el caso del derrotado proyecto se había pasado de maraca y, o votaron en contra, o se abstuvieron.
Ahora dice Ricardo Sánchez, recién electo Presidente de la Federación de Centros de Estudiantes de la Universidad Central de Venezuela: “Llegó el relevo y asumamos los espacios de dirección política tanto universitaria como de la calle en términos de darle nuevas caras y rostros al país”.
Ya va, Ricardo, deja el apuro. Fíjate que hay mas claridad en otra voz juvenil, como la tuya, que dice: “¿Se dan cuenta de la crisis tan grave de liderazgo que vivimos en Venezuela? ¿Cómo es posible que un pelado de veintitrés años esté aquí hablándoles a ustedes? ¿Aquí no debería estar una persona con dos doctorados, que hable siete idiomas y que haya trabajado toda su vida por políticas públicas para poder liderar al país hacia el progreso?” Esa claridad es la que se requiere para despejar humos que puedan habérsele subido a los estudiantes. Gracias a Jon Goikoetxea.
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Ahora al punto, que es éste: ¿qué es lo que hay que hacer ahora? ¿Cuáles son las acciones a emprender y cuál es su orden correcto?
Antes que nada, los siguientes datos fundamentales. Uno, que el 2 de diciembre celebramos nuestro tercer referéndum constituyente; es decir, uno en el que nos expresamos no como meros Electores, sino como integrantes del Poder Constituyente Originario. (Por el primero declaramos que queríamos elegir una asamblea constituyente; por el segundo aprobamos la Constitución). Dos, que el domingo pasado ganó el NO en sólo nueve de las veinticuatro circunscripciones electorales del país. (Distrito Capital, Anzoátegui, Carabobo, Lara, Mérida, Miranda, Nueva Esparta, Táchira y Zulia). En las restantes quince circunscripciones ganó el sí.
Dicho esto, consideremos que la prescripción de moda es una nueva asamblea constituyente, cuando ni siquiera se ha cumplido una década de la última, que produjo la constitución vigente, la que nos propusimos defender hace escasos cuatro días.
Esta receta la prescribe ahora Raúl Isaías Baduel, montado en la ola de popularidad que su eficacísima acción opositora ha creado, aumentada por el incidente que puso en peligro su vida el domingo de las votaciones y su decisiva actuación de ese día, emanando su autoridad—auctoritas no potestas—sobre la Fuerza Armada Nacional e influyendo sobre el CNE. (Gracias a Raúl Baduel).
No es la idea originalmente suya, por supuesto. El 25 de agosto de este año proponía Manuel Rosales: “Yo creo que, definitivamente, en Venezuela, después de este referendo constitucional hay que pensar seriamente en la realización de una Asamblea Nacional Constituyente porque es la refundación y la reconciliación del país”. Bastante antes, hacia febrero de 2003—por la época del “reafirmazo” organizado por Súmate para considerar un “combo” de opciones para salir de Chávez—la propuso nadie menos que Herman Escarrá, a sólo tres años y dos meses de que hubiera participado en la de 1999. (Su fama de “primer constitucionalista nacional”, una vez fugado de la escena Allan Randolph Brewer Carías, le permitiría fácilmente prevalecer).
Comiendo, pues, como el tigre por lo ligero, Baduel se propone capitalizar su bien ganado prestigio—los que antes lo condenaban por haber repuesto al diablo ahora lo vitorean—y continuar su ascendente trayectoria como líder de un movimiento pro constituyente, que para materializarse tendría que recoger casi dos millones y medio de firmas, lo que es cuesta arriba pero no imposible en vista del resultado del domingo.
La idea no es buena. Para empezar, la Constitución dice (Artículo 347) que una asamblea constituyente debe convocarse y elegirse para “transformar al Estado, crear un nuevo ordenamiento jurídico y redactar una nueva Constitución”. Pero Baduel ha dicho desde que se lanzó al ruedo que la constitución actual es estupenda, magnífica, espectacular. No es porque él tenga ahora un proyecto completo de reordenación jurídica, una prevista transformación del Estado, o una redactada constitución enteramente nueva, que aboga por una constituyente. Lo que busca Baduel es un antojo que ya se ha apoderado de gente apresurada, que ahora persigue, impacientemente, recomponer la Asamblea Nacional. (Y/o, en procura más ambiciosa, colocar sobre la cabeza presidencial un poder más poderoso que el de él).
Es una mala idea. En septiembre de 1998 escribía el suscrito (“Primer referendo nacional”): “Un cambio de esta naturaleza es claramente algo que no puede ser llamado una reforma, y menos aún una enmienda, que es aquello para lo que el ‘poder constituyente ordinario o ‘derivado’—el Congreso de la República—tiene facultades expresas. Esta es la verdadera razón para la convocatoria de una Constituyente. Los argumentos que visualizan un órgano de este tipo como medio de recambiar el elenco de actores políticos nacionales son un desacierto: para esto es que se ha creado el procedimiento electoral”.
Pero es que además de promover un método equivocado para tal fin, debe tomarse en cuenta que no es lo mismo un referéndum como el de hace cuatro días que una elección para conformar un cuerpo deliberante. Los diputados a una constituyente serían elegidos por circunscripciones electorales, y quince de las veinticuatro apoyaron el domingo la pretensión de Hugo Chávez, en algunas con diferencias mayores que las obtenidas por el NO. (Los estados en los que el NO obtuvo una mayor ventaja fueron Táchira con 14,63 puntos, Zulia con 13,89 y Miranda con 12,83. Contrástese esto con la ventaja del sí en Amazonas, 31,53, en Portuguesa, 26,16 o Trujillo, 24,33. El promedio de la ventaja del sí en los estados que ganó fue de 14,74; el del NO fue 9,32). De no mediar drásticas y masivas conversiones ciudadanas, el chavismo tendría mayoría en la constituyente.
Baduel, como dice el Brujo de Los Palos Grandes, se ha puesto a correr delante de sí mismo. Mal timing, prematuramente atropellado.
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Hay, en cambio, un evento electoral inexorablemente pautado para 2008: las elecciones de nuevos gobernadores y alcaldes. Sólo un poco más de diez meses nos separan de esos comicios. (Los actuales gobernadores y alcaldes fueron elegidos el 31 de octubre de 2004). La preparación de candidaturas para esa circunstancia ineludible debe comenzar ya.
Una meta mínima pudiera ser la de obtener la gobernación en cada uno de los estados donde el NO resultó triunfador. Apartando Nueva Esparta y Zulia, que tienen ya gobernadores no chavistas, se trataría de añadir seis más para un total de ocho gobernadores arrancados al “proceso”. (La novena circunscripción, el Distrito Capital, elegirá alcaldes). Eso sería un serísimo revés para Chávez.
Tal cosa no es tarea fácil. Pudiera ganarse con relativa comodidad si confluyen dos condiciones: la primera, que el apoyo al chavismo prosiga su declive; la segunda, que los innumerables aspirantes de oposición logren acordarse en candidatos únicos para cada circunscripción. De lo contrario, una oferta dividida sería derrotada. (Ahora sí pudiera considerarse elecciones primarias para alcanzar esa segunda condición).
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Supongamos que la oposición logre la meta delineada o incluso la supere con creces. En este caso puede entonces voltearse la mirada a la Asamblea Nacional, que también se compone por circunscripciones electorales. (Y base poblacional, por supuesto, aunque no únicamente. Artículo 186 de la Constitución, parágrafos 1º al 3º: “La Asamblea Nacional estará integrada por diputados y diputadas elegidos o elegidas en cada entidad federal por votación universal, directa, personalizada y secreta con representación proporcional, según una base poblacional del uno coma uno por ciento de la población total del país. Cada entidad federal elegirá, además, tres diputados o diputadas. Los pueblos indígenas de la República Bolivariana de Venezuela elegirán tres diputados o diputadas de acuerdo con lo establecido en la ley electoral, respetando sus tradiciones y costumbres”).
¿Cómo forzar la recomposición de la Asamblea Nacional antes de tiempo? Se copia ahora del #263 de la Carta Semanal de doctorpolítico (15 de noviembre de 2007), haciendo una sustitución pertinente en la última oración, en la pregunta: “Si un mero referéndum consultivo sirvió para dilucidar si queríamos, mediante asamblea constituyente no contemplada en la constitución, sustituir la que nos regía por otra enteramente nueva, ¿qué pudiera oponerse a la noción de que otro referéndum consultivo nos preguntara si queremos elegir una nueva Asamblea Nacional, aunque formalmente no se haya cumplido el período especificado para quienes ahora la componen?”
La sola convocatoria de un referéndum tal requiere nada más que diez por ciento de los Electores apoyándola con su firma: un poco más de un millón seiscientos mil, u ochocientos mil menos que los exigidos para obtener una constituyente.
Llegada la actual dinámica a una maduración conveniente, pudiéramos intentar el recambio de la Asamblea Nacional por esta vía, con la seguridad de que se superaría significativamente la representación opositora que la integró en 2000. Entretanto, a prepararse para la ardua carrera de las gobernaciones y alcaldías. Y desechar, por impertinente, innecesaria, inconveniente y extemporánea, la idea de forzar ahora una asamblea constituyente.
Claro, de presentarse una súbita y marcada pérdida de gobernabilidad, debiera estudiarse el recorrido de otras avenidas. Pero Chávez no dio muestras, en la madrugada del lunes, de haber perdido el control. Todo lo contrario, de modo que no contemos con eso. ¿No y que habíamos abandonado el inmediatismo?
Después de eso, por supuesto, un torpedo ha estallado en las entrañas del gobierno. Heinz Dieterich ha reincidido en sus críticas con un artículo que puede leerse en http://www.aporrea.org/tiburon/a46125.html, y atribuye directa y crudamente la causa de la derrota al estilo unipersonal de gobierno en Hugo Chávez, además de calificar de absurdas ciertas disposiciones del proyecto derrotado. Éste, por su parte, ha vuelto a llamar a Venezolana de Televisión—ahora gobierna así—para anticipar que pronto viene la «Sexta» República, ¡con la convocatoria de una constituyente!
Pero la idea de la constituyente, convocada por Chávez, sería entonces una mala idea para él. Si se propusiera sacar de ese órgano inelecto todavía, la misma propuesta que antes llamó «reforma»—no una constitución enteramente nueva, como manda el Artículo 347 constitucional—tal cosa sería entendida como maniobra politiquera y como desacato flagrante al Poder Constituyente Originario, que acaba de negar sus pretensiones.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 3, 2007 | Cartas, Política |

LEA, por favor
Durante toda la tarde y la noche de ayer, luego de cumplido el deber de votar, el suscrito pudo contar con un flujo de información constante, proveniente de una red de muy calificados y diversos actores. Políticos, periodistas, documentólogos, observadores electorales, publicistas, encuestólogos, ejecutivos de la empresa privada, politólogos, voces del exterior, consintieron en actuar como red de doctorpolítico para la convergencia y el análisis de la confusa y a veces contradictoria información. Impedido de nombrarles acá, reconozco ante ellos una deuda enorme, por la que les agradeceré personalmente uno por uno.
No hubiera sido posible que el suscrito dominara por sí solo el rico flujo de datos y apreciaciones que llegaron sin cesar. Dos personas de extraordinaria calidez y perspicacia me acompañaron en el arduo tráfico informativo, y ofrecieron recursos físicos para el manejo de la información, alimento copioso y delicioso y, sobre todo, solidaridad y análisis inteligente. Prácticamente todo lo que se escribe más abajo fue fruto de su excelente e intuitivo análisis, y ni siquiera el título del artículo que sigue a esta nota es invento del suscrito. Igualmente constreñido a mantenerles de incógnito, hago llegarles por este medio mi más decidida gratitud.
Sería tonto esconder la alegría de quien escribe a raíz del resultado del referéndum de ayer. Por largos años ha emprendido, en compañía de unos pocos venezolanos lúcidos, la difícil misión de predicar un tránsito democrático de nuestras evidentes dificultades políticas. Pienso que su perseverancia se ha reivindicado, y también agradezco que me hayan permitido estar en su cercanía. No pocas veces fuimos tildados de ilusos, en el mejor de los casos, de cómplices o cobardes en el peor.
Un verdadero médico, sin embargo, difiere la solución quirúrgica hasta que esté persuadido de que no hay remedio clínico remanente, y luchará con denuedo hasta que los recursos médicos estén verdaderamente agotados. Este es el protocolo establecido hace muchos siglos por Hipócrates, que también debiera señalar el marco ético de los políticos.
El proceso referendario culminado ayer encierra muchas lecciones, y es precisamente el reaprendizaje de la fe en la inteligencia del pueblo venezolano, y en la posibilidad cierta de su expresión como voluntad, la principal de ellas.
Menos venezolanos angustiados querrán irse ahora del país. La fe y la esperanza regresan hoy con el voto respetado, y quieren manifestarse transmutadas en caridad. Hay alguien poderoso y abusivo a quien se le ha parado el trote, y ya el juego no será el mismo. Ahora voy al reposo con orgullo renovado por mi país, que nunca dejé de tener. Gracias a Venezuela.
LEA
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Golpe de pueblo
Consummatum est. Ha dejado de girar el segundo “motor” de la revolución “bolivariana”. Luego de un largo y tenso día, el Consejo Nacional Electoral terminó con la zozobra a la 1:15 a.m. de hoy, 3 de diciembre, con el anuncio oficial del rechazo popular al proyecto de “reforma” constitucional propuesto por el Presidente de la República y al conjunto de modificaciones que aprobara la Asamblea Nacional.
La diferencia mínima que anunciara la Rectora Presidenta del CNE, Tibisay Lucena, luego del sospechoso impedimento a la entrada de los testigos políticos del bloque del NO en la sala de totalización, pareciera construida para permitir el discurso posterior de Hugo Chávez, que reconoció su derrota calificando el resultado como un “final de fotografía” y la victoria de sus contrarios como pírrica. Cifras previas hablaban de resultados con más amplia ventaja—casi 6%—a favor del repudio, y por esto el primer boletín del CNE, emitido con excesivo e innecesario retraso, no deja de suscitar sospechas. Pero, en todo caso, en una votación binaria, sin grises intermedios, sin “más o menos”, un solo voto de diferencia habría sido suficiente. Hugo Chávez, que insistió en identificar el voto afirmativo con un apoyo a su persona y a su liderazgo, que insistió en medirse, fue medido y derrotado. El mito de su invencibilidad se ha resquebrajado.
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Muchos son los protagonistas de esta esperanzadora jornada, que comienza a recomponer el mapa político del país. En primer lugar, los Electores mismos. A pesar de un elevado porcentaje de abstención (44% según el CNE), el enjambre ciudadano ya había formado criterio contrario al proyecto presidencial (con los aditamentos de Cilia Flores), y esta decisión se reflejó convincentemente en todos los sondeos serios de la opinión pública. (Un fenómeno particular parece haberse dado con alguna constancia: la abstención terminó de afectar más al gobierno. Más de un chavista opuesto a la”reforma” se abstuvo de ir a votar, para no decirle que no al comandante).
Luego, la emergencia del poder estudiantil resultó decisiva. Manifestado por primera vez en un despertar imprevisto—nadie contaba con él hace apenas un año—con el rechazo al cierre de RCTV, este poder se condujo con gran sabiduría y consistencia. Poco antes de las dos de la madrugada de hoy, comenzó a circular en mensajes de texto a teléfonos celulares juveniles, el siguiente mensaje: “Corran la voz y díganle a cada amigo estudiante que tengan: esta lucha es nuestra señores… cambiamos el rumbo de nuestro país. Siéntanse capaces y líderes siempre… los estudiantes somos el motor de nuestro propio destino. Gracias”. A cincuenta años justos de la emergencia juvenil que contribuyó a dar al traste con la dictadura de Pérez Jiménez, los estudiantes se despabilaron una vez más y trajeron su fresca resistencia al centro del escenario político.
El partido Podemos, y muy destacadamente dentro de él Ismael García, abrieron la puerta de la Asamblea Nacional a los estudiantes, y en general condujeron una valerosa lucha en el seno de este cuerpo, en condiciones realmente ingratas.
Muchos líderes, Teodoro Petkoff, Roberto Luckert, Julio Borges y Manuel Rosales notablemente, supieron rechazar la propensión abstencionista y convocar a la presencia democrática de la población. Y habiendo actuado con gran drama y valentía Marisabel Rodríguez, antigua esposa del presidente Chávez, el impacto político del año lo produjo, sin duda, Raúl Isaías Baduel. Apostado hoy a boca de jarro de las guarniciones militares de Valencia y Maracay, y habiendo sido salvado de un atentado en su contra, no dejó de enviar oportunos mensajes al país entero, pero sobre todo al estamento armado y al propio Consejo Supremo Electoral.
La enumeración precedente es obviamente incompleta. La jornada del 2 de diciembre tuvo muchos héroes que resulta imposible mencionar. Que hayan triunfado, así sean ciertas las cifras del CNE de una mínima diferencia, en contra de la avasallante maquinaria gubernamental—puesta, como siempre, de manera obscena e ilegal a favor de su objetivo electoral—, habla con gran elocuencia de lo denodado y eficaz de su gallardo esfuerzo.
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El día del referéndum fue un hervidero de rumores, y la psiquis del NO se vio sujeta a un asedio de especies que desanimaban y animaban en rápida sucesión. Después de la medianoche, mientras el CNE mantenía al país en vilo, se aseguraba que Chávez se encontraba en Fuerte Tiuna recibiendo presiones del alto mando militar para que reconociera los resultados, y que el Presidente había declarado que se proponía renunciar.
Esta carta estaba, por supuesto, en la baraja de opciones presidenciales ante la derrota. El Artículo 233 de la Constitución estipula que, de producirse la falta absoluta del Presidente antes de cumplirse los primeros cuatro años de su período, debe procederse a una nueva elección presidencial dentro de los siguientes treinta días, y nada obsta para que un presidente que renuncia pueda ser candidato de nuevo. Si Chávez consideró esta posibilidad, no habrá tardado mucho en percatarse de que entonces no estaría compitiendo con el vencido Manuel Rosales, sino con Raúl Isaías Baduel, y que en tal confrontación muy bien pudiera perder los cinco años y pico que ahora le quedan de poder. Baduel es del “proceso”, garantizaría por tal cosa la permanencia de los canales redistributivos de las misiones, y seguramente atraería a más de un militar entre los más sensatos del régimen, como Jesse Chacón o el mismo Vielma Mora, que ayer casi sostenía un discurso opositor, al hablar de paz y reconciliación nacional. Baduel no es Arias Cárdenas o Guaicaipuro Lameda.
Una segunda opción, se especulaba, es que Chávez procediera a convocar una nueva constituyente—como se lo permite el Artículo 347 de la Constitución—en vista de que el camino que intentó se le había cerrado y en estimación de que llevaría una mayoría a ese órgano peculiar. En su alocución de esta madrugada—sincronizada con los anuncios de Tibisay Lucena—, sin embargo, el Presidente indicó que ahora se mantendría operando dentro del marco constitucional establecido a fines de 1999. La masa no está p’a bollos, habrá pensado, pues mal que bien ese intento sería visto como maniobra para desconocer la voluntad popular.
El Presidente, en verdad, tendría que prepararse para apuntalar una represa agrietada. El próximo año habrá elecciones regionales, y los resultados en Táchira, Mérida, Lara, Anzoátegui, etcétera, vaticinan que el oficialismo pudiera perder un buen número de gobernadores hoy afectos a su régimen.
El resultado político, en síntesis, resta mucho ímpetu al proyecto presidencial de dominación, pero no es el caso de que Chávez esté caído o vaya ahora a quedarse relativamente quieto. Su discurso de hoy fue políticamente hábil, al recoger a su militancia herida y anunciar la continuación de la batalla. Por otra parte, al enmarcarlo como lo hizo, no parece tener mucho espacio para intentar la transferencia de la culpa a lugartenientes ineptos—principalmente Jorge Rodríguez—, y más bien puede decirse que él mismo ha asumido la responsabilidad por el resultado. Algunos reacomodos habrá, pero Chávez no puede darse el lujo de prescindir de colaboradores que, mal que bien, le han servido con más fidelidad que aptitud, cuando no han logrado éxito ni siquiera en la conformación del “partido único socialista de Venezuela”. Chávez sale de esto con verdadero plomo en el ala, pero sigue siendo un contendor formidable.
Naturalmente, hizo gala de las exageraciones y distorsiones acostumbradas. Que él, y la dirección del Comando Zamora, se quejasen de intenciones violentas de parte de la oposición, cuando Iris Varela dio nuevas demostraciones agresivas e ilegales—debiera ser puesta (Artículo 200 de la Constitución) en detención domiciliaria por delitos flagrantes—, o de una campaña mediática abrumadora contra el proyecto, cuando el gobierno domina ampliamente el espectro radioeléctrico, vienen a ser cosas verdaderamente irónicas.
Particularmente cómico es que dejara traslucir el rubor iracundo que le acompaña desde que Álvaro Uribe le remitiera carta de despido, y que afirmara, él que es la inmodestia personificada, que mantenía abierta, “modestamente”, su disposición a mediar en el caso de los secuestrados de la guerrilla colombiana. Escogió este punto, precisamente, para cerrar su hábil discurso, lo que demuestra cuán ardido está por causa de la decisión del Presidente de Colombia.
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Pero no sólo es Chávez perdedor de la contienda que ayer finalizara; otros grandes perdedores son los predicadores de la abstención, las guarimbas y candelitas. Herman Escarrá y Alejandro Peña Esclusa, por ejemplo, o Patricia Poleo, que en programa de radio desde Miami, vociferaba ayer que el gobierno se preparaba a presentar resultados fraudulentos que le dieran la victoria, y que por tal razón ella y sus compañeros de postura habían tenido razón al convocar a la abstención.
Al menos un beneficio saca Chávez de todo esto, que ya ha presentado al cobro: que ahora no puede sostenerse que no estemos en democracia, cuando acata un resultado electoral que le es adverso. El discurso de los opositores de la escuela furibunda se ha quedado, súbitamente, sin objeto.
El país, obviamente, es el principal ganador. De ambos bandos manan los discursos de la reconciliación. He aquí la principal pérdida de Chávez: el verdadero soberano, el Pueblo, ya no el Rey de España, lo ha mandado a callar. A él, y a los pendencieros de cualquiera de los bandos.
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 29, 2007 | Cartas, Política |

La tortilla política venezolana se ha volteado por completo en las últimas semanas. No sólo el abstencionismo ha entrado en agonía, sino que la intención de votar a favor del proyecto de “reforma” constitucional de Hugo Chávez y su Asamblea Nacional colapsa aceleradamente con el paso de las horas. Lo único que crece es una ola gigantesca de rechazo, que el 2 de diciembre se expresará en un landslide o deslave que detendrá en seco el “segundo motor”—reforma constitucional— de la “revolución bolivariana” y, en acoplamiento inevitable, el tercero, el cuarto y el quinto. (Moral y luces, la nueva “geometría” del poder y la explosión del poder comunal). Chávez va a quedarse con sólo la quinta parte de su fuerza motriz—la ley habilitante—y a este motor se le acaba la gasolina el 1º de agosto de 2008. (Si es que el tsunami del domingo no acaba también con éste).
De todas las encuestas que predicen—todas ellas—el fracaso chavista, puede destacarse lo sugerido por la del Instituto Venezolano de Análisis de Datos (IVAD, Félix Seijas), que vislumbra un peor y un mejor caso de la votación de repudio. Dice esta encuesta que en el peor de los casos el NO ganará por nueve puntos (NO 54%, sí 45%), y que pudiera darse un mejor caso de veinte puntos de diferencia. (NO 60%, sí 40%).
Chávez se encuentra ahora en un disparadero en el que él mismo se metió. Ebrio de egomanía después de su reelección en diciembre de 2006, calculó mal y pretendió hacer una nueva constitución mediante el inapropiado mecanismo reservado a las reformas que, como dice la Constitución, no pueden modificar “la estructura y principios fundamentales del texto Constitucional”. A medida que crece la información acerca del proyecto, la ciudadanía se percata de que Chávez procura no sólo meternos gato por liebre, sino convertirse en un autócrata consagrado constitucionalmente, en dominación de potencialidad vitalicia.
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La obviedad de la ola de rechazo al plan absolutista ha terminado por derruir los últimos bastiones significativos del abstencionismo. Acción Democrática ha acabado por sumarse a la convocatoria a votar y, más significativamente, también lo ha hecho el Comando Nacional de la Resistencia. En rueda de prensa en la que Oscar Pérez ofreciera declaraciones para anunciar su viraje, brilló por su ausencia la figura de Herman Escarrá, quien no estaba en el presidium. (El diario Vea asegura que ha adquirido pasaje de avión para España, y una aguda observadora ha indicado que como lo de él es el “no retorno”, probablemente se quede en ese país para siempre). Pérez, por cierto, lanzó un astuto reto al gobierno, dirigido principalmente al vicepresidente Jorge Rodríguez: que se instalen cámaras de Venezolana de Televisión y de Globovisión en el peaje de Tazón jueves y viernes—para registrar cuántos autobuses alimentan los cierres de campaña de ambos lado del dilema referendario—y también en el tope del antiguo Caracas Hilton y en el helicóptero de la DISIP que habitualmente vigila las grandes manifestaciones en Caracas. Hasta María Corina Machado ha salido en la pantalla de “Aló Ciudadano” para convocar a la votación, cuando hasta hace nada Súmate parecía mantenerse equidistante del abstencionismo y el voto. La avalancha es indetenible. Hasta Tibisay Lucena, Rectora Presidenta del Consejo Nacional Electoral, ha saludado estos más recientes llamados a votar, no sin aspirar a que se les complemente con una declaración de respeto a los resultados que tendrá que anunciar.
Un rasgo positivo de esta convergencia espontánea—a la que se sumara recientemente FEDECÁMARAS—ha tenido la ventaja de que quienes hubieran podido marcar la oposición con el desprestigio de previos fracasos se han añadido a última hora. El apoyo de Acción Democrática en la hora undécima no tendrá ya el efecto deletéreo—el “beso de la muerte”—que tuvo su apoyo moroso a Salas Römer en 1998. La organización patronal tampoco asumió protagonismo en esta consolidación del repudio, y el Comité Nacional de la Resistencia, que hasta hace horas predicaba la abstención y la frustración del referéndum, no puede pretender que el NO sea su franquicia. Fueron otras las voces, incluyendo las de antiguos aliados—Podemos, Baduel y otros chavistas menores—, que pusieron el piso de la nueva mayoría. La nueva generación estudiantil pudiera alzarse con el título de jugador más valioso de la serie.
En cambio, aquellas manifestaciones tardías tienen un efecto beneficioso: la aniquilación del abstencionismo recalcitrante. Quedarán, por supuesto, rescoldos radicales, pero si no un rey, tal vez un duque o un mero vizconde pueda decirle a Alejandro Peña Esclusa: “¿Por qué no te callas?”
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¿Qué opciones quedan a Hugo Chávez en esta situación, que le llevan a su tercera derrota importante? (La primera, el 4 de febrero de 1992; la segunda, el 11 de abril de 2002).
El desconocimiento de la voluntad mayoritaria sería muy cuesta arriba. El estamento militar, que Raúl Isaías Baduel conoce íntimamente, no parece estar dispuesto a prestarse a una patraña fraudulenta. Es esta posición, justamente, la que calculó el general recientemente retirado para abrirse de capa en rechazo al proyecto presidencial. Y sin el apoyo militar, que en Chile se negó a nadie menos que Pinochet en situación similar, Chávez no podrá imponer su voluntad, por más rabietas que coja.
También puede crear un clima de violencia. Hay ya furgonetas armadas de tripulación pro gubernamental, las que disponen de ventanillas a través de las que se puede disparar, recorriendo Caracas en horas de la tarde y de la noche. De nuevo, la Fuerza Armada, que se ha propuesto proteger el acto electoral, sería un obstáculo prácticamente insalvable para intentos desesperados de esa índole. No faltará quien haya analizado las virtudes salvadoras de la declaración de un estado de emergencia: el de una emergencia producida por el mismo gobierno, según el modelo del incendio del Reichstag en Alemania de 1933. En esa lejana época, sin embargo, no existía CNN, a la que ahora Chávez, con otro ineficaz cohete de humo, acusa de incitar a su asesinato. (El titular “¿Quién lo mató?”, transmitido por la cadena televisiva mundial, correspondía a la noticia de la muerte de Sean Taylor, pero acompañaba la fotografía de Chávez; también la de Uribe, pero el primero se coge todo para él). Un incendio del país por los grupos chavistas de choque sería televisado al mundo entero.
Puede procurar Chávez, por último, una retirada estratégica: hacer que algún habitante o alguna habitanta de Sabaneta de Barinas introduzca un último recurso ante el Tribunal Supremo de Justicia para que éste por fin lo admita, como no ha hecho con ninguno de los recursos anteriores, y salve al Presidente sonando la campana de round concluido. La propia Sala Constitucional pudiera redactar el recurso, en perfecta alineación con la doctrina que ha venido asentando con cada inadmisión. Pero esto sería en sí mismo una pérdida, pues el efecto de “motores” detenidos es, al fin y al cabo, el mismo que causaría una derrota directa, y el carácter de maniobra de un recurso tal sería evidente.
Chávez, pues, no tiene en realidad otro recurso que medirse. Será medido, y será derrotado.
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Como se ha comentado antes, el reciente desempeño internacional de Chávez ha afectado negativamente la percepción interna de su persona política. Es una receta clásica del poder la fabricación de un conflicto externo para justificar el control interno de la población. El problema que tiene Chávez es que no se trata de un conflicto, sino de muchos. Algo aplacados los que se buscó con México, Perú y Brasil, ahora tiene nuevos frentes abiertos con Chile, España y Colombia. Con este último país, nada menos que vecino y antiguo confederado—en la Gran Colombia bolivariana—, ha entrado en un curso de colisión que le costará caro, no en términos económicos—Colombia se vería más afectada por una detención del comercio bilateral, puesto que su balanza comercial con Venezuela es superavitaria—sino políticos. La colonia colombiana en Venezuela es la más numerosa de las que pisan tierra venezolana, y ya muchos de sus miembros, nacionalizados y cedulados por el gobierno de Chávez en procura de su aquiescencia, votan en nuestros actos electorales y referendarios. La colonia española en Venezuela es asimismo numerosa.
El cálculo del Presidente ha fallado a este respecto. Si lo que se propone es introducir una última distracción—la ruptura formal de relaciones con Colombia, que ya ha declarado imposibles mientras Álvaro Uribe ejerza su Presidencia—horas antes del referéndum, tal cosa no hará sino confirmar lo que seguramente es un acicate para votar No: la constatación del carácter ridícula e innecesariamente pendenciero de Hugo Chávez, que preocupa desde hace un tiempo hasta a sus más íntimos colaboradores. Una vez más, el estamento militar venezolano no ve con buenos ojos la escalada de un conflicto colombo-venezolano, que llevaría al país a su primera guerra intramericana, pues las únicas guerras en las que participó fueron para liberarse de España y emancipar a otros países, incluida Colombia, de esa Madre Patria. Si Bolívar nació, sin escogerlo, en Caracas, eligió morir en Santa Marta. De hecho, liberó primero a Colombia en Boyacá, dos años antes de Venezuela en Carabobo.
En las últimas horas se quiso perfilar incluso una querella con la Unión Europea. Alejandro Fleming, embajador venezolano ante la entidad supranacional, hizo una airada advertencia en contra de lo que suponía pudiera ser una ingerencia indebida de la Unión en el referéndum del 2 de diciembre. Su actuación se evidenció como inútil, pues el Parlamento Europeo se limitó a exhortar a “todos los participantes”, gobierno y oposición, para que se garantice los derechos democráticos y se logre un ambiente de tranquilidad y libre acceso a la información.
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A partir del 2 de diciembre tendremos en Venezuela un paisaje político recompuesto. El propio Chávez lo sabe y lo dice. Sabe que su derrota dejaría paralítica a su revolución—“Si no se aprueba la reforma la revolución entrará en una fase de peligrosa desaceleración que pudiera llevarla a velocidad cero”—y que su mandato terminaría más temprano que tarde. Ha admitido que tendría que irse y buscar un sucesor, de nuevo usurpando una decisión que no le toca, sino a nosotros los Electores. La institución del “gallo tapado” es mexicana (en el viejo uso del PRI), no venezolana.
No es esta dinámica de crisis una que pueda ser eludida por Chávez en su nuevo papel estelar de detective histórico, que busca comprobar que Bolívar fue asesinado por antepasados de Uribe Vélez, porque “en la época de la muerte de Bolívar la tuberculosis no era tan letal como para acabar con la vida de una persona en sólo semanas”. (El Universal). Ni siquiera admite ahora que los restos que reposan en magnífico catafalco en el Panteón Nacional, ante los que ha ido tantas veces a rendir honores, sean verdaderamente los del Libertador. Este nuevo capricho médico forense no servirá tampoco como elemento distractor, y Diógenes Escalante ya empieza a lucir, comparativamente, como persona bastante cuerda.
Hay quienes abogan por una nueva asamblea constituyente como expediente capaz de canalizar pacíficamente la crisis que se avecina. La idea pudiera no ser mala para ese propósito, aunque los procesos constituyentes no debieran estar destinados a estas funciones de salvavidas.
En el plazo inmediato hay que rebasar el peligroso escollo del proyecto presidencial-asambleístico de “reforma” constitucional y, también, el que le seguirá instantáneamente: la reacción de un ego desbocado y agresivo a la bofetada popular. Por esto la previsión más importante será la de eludir las provocaciones de violencia. Ni siquiera para protestar un improbable fraude será necesaria otra cosa que la presencia decidida, pero siempre pacífica, en las calles.
Para posteriores decisiones habrá tiempo, y acerca de ellas deberá exigirse inteligencia y seriedad.
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