por Luis Enrique Alcalá | Nov 22, 2007 | Cartas, Política |

En horas de la mañana de ayer, Álvaro Uribe Vélez, Presidente de Colombia, había reiterado su creencia en que Hugo Chávez era la única persona en el mundo que pudiera lograr la liberación de rehenes en poder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, dado que éstas lo respetan. Luego, intempestivamente, el gobierno de Colombia dio por terminada anoche la mediación de Chávez. Un escueto comunicado leído por el jefe de prensa de la Casa de Nariño, César Mauricio Velásquez, dice lo siguiente:
“El Presidente de la República se permite informar:
1. Hoy, la senadora Piedad Córdoba llamó telefónicamente al comandante del Ejército, General Mario Montoya, le pidió una cita y, a continuación, le pasó al teléfono al Presidente Hugo Chávez de Venezuela. El Presidente Chávez le hizo al General Montoya preguntas sobre secuestrados por las Farc.
2. En la reunión de Santiago de Chile, el Presidente Uribe le había dicho al Presidente Hugo Chávez que no estaba de acuerdo con que el Presidente de la República Bolivariana de Venezuela se comunicara directamente con el Alto Mando institucional de Colombia.
3. En consecuencia, el Presidente de la República da por terminada la facilitación de la senadora Piedad Córdoba y la mediación del Presidente Hugo Chávez, a quienes agradece la ayuda que estaban prestando”.
Ya había habido síntomas claros de que la cosa no estaba funcionando bien. Chávez, por una parte, se presentó a su anunciada reunión en París con Nicolás Sarkozy sin las esperadas pruebas de vida de, al menos, la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt, en cuyo caso se ha interesado especialmente el presidente francés. Pero también Uribe fue muy duro anteayer respecto del destino que esperaba a “Tirofijo” Marulanda, luego de que Chávez anunciara que tenía luz verde de Colombia para reunirse con el líder máximo de las FARC y que hasta el mismo Uribe pudiera asistir a esa conversación. El día martes Uribe hablaba a una graduación de cadetes de policía y dijo que Marulanda estaba en lo cierto al temer por su vida si salía de su escondite, al reiterar el rechazo de su gobierno a una reunión de alto perfil en territorio colombiano entre Marulanda y Chávez: “La única gente con la que Marulanda tiene que reunirse son los jueces y la policía, para responder por cuarenta años de asesinatos y otros crímenes”.
Otra declaración de ayer, esta vez de Carlos Holguín, Ministro del Interior y Justicia de Colombia, desacreditaba lo conseguido por Chávez en lo que lleva de mediación: “Lo único que ha conseguido hasta ahora es reunirse con (el jefe de las FARC) Iván Márquez en Venezuela para hablar de música costeña”. Por su parte, Luis Carlos Restrepo, Alto Comisionado de Paz del gobierno colombiano, avivaba la brasa, al destacar que las FARC habían incumplido la promesa hecha varios meses antes a Francia de entregar pruebas de la supervivencia de Ingrid Betancourt.
¿Qué cosas han producido el dramático giro de ciento ochenta grados?
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En la reunión en Chile de la Cumbre Iberoamericana—la misma en la que Chávez fuera regañado por el Rey de España—Uribe había entregado al presidente venezolano pruebas de la existencia de un campamento guerrillero en territorio nuestro. Fotografías obtenidas por satélite ubican el campamento a trece kilómetros de la Sierra de Perijá. Iván Márquez, líder de las FARC, habría hecho escala en el sitio antes de reunirse con Chávez en Caracas.
Y es en esa misma reunión en Santiago en la que Uribe habría expresado específicamente a Chávez que no quería que éste estableciera contactos independientes con militares colombianos, y que él, Uribe, debía ser el único contacto del presidente venezolano con el gobierno colombiano. En son de broma, pero con sentido muy serio, Uribe dijo a Chávez: “Hugo: no me llames a los generales, porque se me vuelven chavistas”.
El gobierno colombiano tomó la sorpresiva decisión de dar por terminada la mediación de Chávez una vez que el general Mario Montoya, Comandante del Ejército Nacional de Colombia, informara personalmente a Uribe de una llamada de Chávez para hacerle preguntas sobre algunos de los rehenes. El general Montoya había atendido una llamada de la senadora Piedad Córdoba, pero ella pasó a Chávez al teléfono. Los colombianos sospechan, además, que Chávez y Córdoba se encontraban en Cuba cuando llamaron, y creen haber averiguado que no era la primera vez que la pareja Chávez-Córdoba usaba el mismo truco, por lo que han llegado a la conclusión de que ésta ha mantenido una agenda oculta, distinta de la que se muestra en las declaraciones de Chávez y Córdoba por televisión.
Lo cierto es que la decisión de la Casa de Nariño es un balde de agua fría a las esperanzas de los familiares de los rehenes, que suponían que la liberación de éstos sería un regalo navideño. El ex esposo de Ingrid Betancourt y antiguo diplomático francés, Fabrice Delloye, indicó: “Está claro que el Presidente de Colombia no quiere oír acerca de un acuerdo humanitario”. Y el grupo de apoyo francés a la liberación de Betancourt se declaró consternado por la decisión de Uribe, al tiempo que apeló a Sarkozy para que procurara ante el gobierno de Colombia el restablecimiento del esfuerzo de mediación.
Póngaselo como se lo ponga, la posición asumida por Uribe no será fácil de explicar a los interesados personalmente en el proceso, pero tampoco podría ahora Chávez emerger como campeón de la paz, ni lograr un prestigio que necesita con urgencia luego de que Juan Carlos de Borbón lo mandara a callar en público y el Rey de Arabia Saudita lo contradijera directamente en Riyadh. (El rey Abdullah dijo: “El petróleo es una energía para construir y prosperar; no debiera convertirse en un medio de conflicto”. Chávez había propuesto en la reciente cumbre de la OPEP que la organización asumiera una actividad política).
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Pero si el pretexto específico de la terminación del esfuerzo mediador de Chávez fue la violación de condiciones expresas de Uribe, otros factores contribuyeron a ese desenlace. Colombia había puesto un plazo perentorio para el logro de resultados eficaces. Una vez que Chávez hubiera cometido en suelo francés la indiscreción de decir que Uribe estaría dispuesto a reunirse con Marulanda, el presidente colombiano indicó que tal cosa formaba parte de una conversación confidencial, que estaba supeditada a que la guerrilla liberara a todos los rehenes y que esperaba que Chávez entendiera el plazo del 31 de diciembre para la liberación de al menos 45 de ellos. La advertencia de Uribe se produjo mientras hablaba a un curso de generales en la Escuela Superior de Guerra.
No son sólo las indiscreciones de Chávez, sin embargo, las que motivan la decisión. La propia actitud de las FARC es un ingrediente básico del brusco cambio de la postura de Uribe. En el mismo discurso ante los generales, el presidente de Colombia se refirió al atentado que la guerrilla se proponía ejecutar contra el gobernador del Departamento del Cauca, Juan José Chaux, a quien planeaban asesinar con un ataque dinamitero descubierto por el ejército colombiano. Refiriéndose a los guerrilleros, Uribe dijo: “Ponen unas bombonas de gas doméstico cargadas de explosivos contra el gobernador del Cauca, y salen a la comunidad internacional a hablar como políticos. Además de matones, bufones y mentirosos, quieren todo el protagonismo político para posicionarse nuevamente como personajes”. Uribe había dicho ayer también que la guerrilla abusaba de los buenos oficios de Chávez, y Holguín, en la misma onda, declaró: “Chávez no merece ese tratamiento de las FARC. Las FARC deben cumplir con esa obligación ante la opinión pública mundial de dar pruebas de supervivencia de los secuestrados”.
A pesar de esto, es obvio que la actuación de Chávez no satisfacía al gobierno colombiano. No sólo violó repetidamente una expresa condición puesta por Uribe, al establecer cortocircuitos en su comunicación independiente con funcionarios colombianos a espaldas del Presidente de Colombia, no sólo violó la confidencialidad al propagar que tenía autorización para reunirse con Marulanda e indicar imprudentemente que Uribe estaba dispuesto a asistir a ese encuentro, sino que añadió comentarios contrarios a la exigencia de la liberación de los rehenes secuestrados, a quienes él llama “retenidos”. Chávez dijo, no sin razón, que la condición de la liberación de todos los rehenes antes de la reunión con Marulanda era “absurda”, porque luego de la misma ya dejaba de ser necesaria su actuación. Esta calificación de absurdidad no ha debido caer bien en el Palacio de Nariño.
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¿Qué podía esperarse de Chávez? Por una parte, su inclinación simpática a favor de las FARC y el ELN es evidente. Hace tiempo que no lo dice, pero Chávez opina muy mal de las “cúpulas podridas” que gobiernan en Colombia, y si tolera a Uribe es porque éste maneja sus relaciones con el presidente venezolano con gran habilidad y porque éste teme un conflicto importante con Colombia. Chávez no puede tragar con agrado la cercanía de Colombia y los Estados Unidos, así que al ofrecerse como mediador ha debido saberse que sus sentimientos están más cerca de los guerrilleros que de Uribe.
Por encima de todo, los rasgos de la personalidad de Chávez prácticamente aseguraban que a la postre fracasaría. No son cualidades que le adornen ni la capacidad de diálogo ni la discreción. Por lo contrario, su lengua es proverbialmente floja y mal hablada, y no es capaz de ponerse de acuerdo sino con quienes le reconozcan como un segundo Jesús de Nazaret o un segundo Bolívar, a quien debe acatarse sin chistar so pena de insulto inmediato. Sus propios partidarios han recibido muestra amplia de ese carácter atrabiliario e intolerante. (En la Carta Semanal #256 de doctorpolítico, del 27 de agosto de este año, se había adelantado: “Resulta irónico que quien, característicamente, se muestra incapaz de diálogo en su propio país, y no tenga por costumbre jugar el papel de mediador, sino el de autócrata arbitrario que no admite la disensión siquiera de sus propios partidarios, emerja ahora como el intermediario sereno que se requiere para tan delicado asunto”).
No poca ingenuidad, pues, hubo de parte de Uribe y de Sarkozy al confiar en Chávez un asunto cuya delicadeza exigía en el mediador virtudes de las que carece. En París se ufanó Chávez de haber conseguido en tres meses más progreso que el logrado por el gobierno de Colombia en cinco años, en imprudente e insultante declaración. (Esto fue lo que suscitó la declaración de Holguín acerca del coloquio sobre música costeña). Y ya Sarkozy ha probado directamente el irrespeto a la confidencialidad de las conversaciones que surge con ocasión de las actuaciones de Chávez. El Elíseo ha tenido que desmentir que hubiera ofrecido la isla de Martinica como escenario de un encuentro entre Chávez y Marulanda. A lo mejor lo dijo Sarkozy, pero quería que el dato se mantuviera en reserva mientras se construía la posibilidad real.
No obstante, a fin de cuentas, los afectados continuarán siendo los rehenes secuestrados y sus familiares. Tal vez ha debido elegirse la opción de una llamada directa de Uribe a Chávez, para reclamarle fuertemente su conducta mientras se mantenía vivo el puente que se construía con esperanza. Quizás Uribe calcula que Chávez será quien llamará a excusarse en procura del restablecimiento de la mediación, y que sólo una posición endurecida como la que ha mostrado puede enderezar al díscolo e imprudente Presidente de Venezuela. (El gobierno francés ya ha indicado que Sarkozy enviará una carta a Uribe, más afín a su propia postura política, para que permita la continuación de los “buenos” oficios de Chávez). Pero en términos gruesos el juicio será negativo para Uribe, pues aparecerá como el villano que interrumpió el proceso de negociaciones.
Ahora bien, el verdadero villano es Manuel Marulanda. No es Álvaro Uribe quien ha privado de su libertad a los secuestrados (o “retenidos”, en la terminología de Chávez). Uribe, a lo mejor, ha exhibido impaciencia, pero las FARC y el ELN son entidades claramente criminales, y son ellas, no el gobierno de Colombia, los culpables de que no haya Navidad feliz para los rehenes y sus familias.
Mientras tanto, estaremos a la espera de la reacción de Chávez. Tendría que morderse la lengua para no insultar a Álvaro Uribe Vélez.
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 15, 2007 | Cartas, Política |

Hace exactamente una semana, el suscrito almorzaba con un economista y un ingeniero venezolanos. El primero, presidente de una compañía del área financiera, aumentó el valor ya considerable del condumio—por lo sabroso de los platos y la interesante e intensa conversación—al insertar un comentario final. Primeramente, apuntó que el referéndum previsto para la consideración del proyecto de “reforma” constitucional introducido por Hugo Chávez no era revocatorio de su mandato, ni una instancia de elección en la que su cargo estuviera en juego. (Luis Ugalde, entre otros, también ha expuesto esta importante distinción). Siendo así, argumentó el compañero de almuerzo y financista del mismo, los partidarios de Chávez en el Consejo Nacional Electoral pudieran estar menos dispuestos a dar su vida por el proyecto, y estarían inclinados a hacer valer los resultados aun en el caso de que éstos fueren adversos a la proposición. Es, sin duda, una observación inteligente, un empujón adicional a favor de la creciente tendencia de ir a votar para rechazar explícitamente el proyecto de Chávez.
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Como han destacado importantes estudiosos de la opinión pública—Luis Vicente León, Alfredo Keller, Oscar Schemel—el gobierno perdería el referéndum constituyente si la abstención fuese más bien baja. Sabemos, sin embargo, que hay una prédica muy activa a favor de abstenerse y que, más gravemente aún, unos cuantos presuntos salvadores de la Patria conspiran de nuevo para suscitar una “crisis de gobernabilidad” que, según ellos, conduciría a una acción militar—o remoción quirúrgica a la Noriega—que terminaría con la dominación chavista. Teodoro Petkoff editorializó el martes de esta semana en Tal Cual, alertando sobre la tontería de repetir récipes fracasados en 2002 y 2003, los que, por otra parte, han marcado a la oposición venezolana con un dañoso estigma golpista del que no ha sabido—o querido—desembarazarse. Y el ingeniero del almuerzo referido, militar retirado, se refugió en una tesis terca y simplista: que como Chávez era militar, sólo un militar podría sacarlo del poder. Como si poseyese la verdad política definitiva, remachó su afirmación con una parábola del juego de bolas criollas: una bola saca a otra bola con un boche. Hasta allí la superficial sociología de su dogmatismo.
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Dos tipos básicos de crítica han sido dirigidos sobre Raúl Isaías Baduel, pero se hermanan en una cosa: provienen ambos de posiciones extremas. El chavismo radical encamburado o enchufado—Cilia Flores, Jorge Rodríguez, Pedro Carreño, Diosdado Cabello, Jorge Luís García Carneiro, Orlando Maniglia (mayoría de militares en proporción de dos a uno)—ha optado por ignorar el fondo de las aseveraciones de Baduel y procurar su descalificación con meros epítetos. El oposicionismo radical estuvo de acuerdo con su entera exposición… hasta que recomendó ir a la votación para decir no. Allí se perdió esa cosecha, dijeron los ultrosos de la oposición. Para ellos, Baduel ha debido decir todo lo previo y de seguidas llamar a la abstención. De hecho, el militar-ingeniero del acontecido almuerzo del jueves pasado reportó que algunos militares activos con los que habla periódicamente le habrían dicho exactamente eso: “Mi general Baduel apuntó mal. Todo iba muy bien, hasta que llamó a votar. Ahí nos decepcionó”.
Pero no ha decepcionado a una persona muy particular: un influyente teórico marxista, cuya opinión pesa sobre toda la izquierda latinoamericana y aun en el pensamiento neo-marxista mundial. La referencia es a Heinz Dieterich, quien hasta no hace mucho parecía ser uno de los más importantes apoyos teóricos de Chávez. Dieterich acaba de colocar en su página en Internet (http://www.rebelion.org/dieterich.htm) un preocupado artículo (8 de noviembre) sobre el distanciamiento de Chávez y Baduel. (La ruptura Chávez-Baduel: impedir el colapso del proyecto popular). En su texto no sólo sale Dieterich en decidida defensa de la trayectoria y personalidad de Baduel, no sólo considera que con su reciente jugada éste “procura ocupar el centro político del país”, sino que recomienda a Chávez la búsqueda de un acuerdo con su antiguo Ministro de Defensa y además se atreve a decir: “Es evidente que la nueva Constitución no es necesaria para avanzar el carácter antiimperialista y popular del proceso bolivariano que encabeza el Presidente en los ámbitos nacional e internacional, ni tampoco es necesaria para avanzar hacia el Socialismo del Siglo XXI. Y es igualmente obvio que el modelo actual tiene una serie de debilidades estructurales, que pueden hacer crisis el próximo año, particularmente en la economía y en la falta de dialéctica en los órganos de conducción del país”. O sea, dice a Chávez que su proyecto de “reforma” constitucional es enteramente prescindible y, de paso, se refiere al mismo como lo que verdaderamente es: una “nueva Constitución”. Al mismo tiempo, remata con la premonición de una crisis “estructural” en 2008, la que sobrevendría por razones económicas—Maza Zavala ya las advierte en PDVSA—y por, traduzcamos, la mordaza a la discusión impuesta por el gobierno.
Ya antes, el 2 de agosto de este año, Dieterich había insertado otras advertencias en su sitio web. (Hugo Chávez, Raúl Baduel, Raúl Castro y el Bloque Regional de Poder Popular avanzan el Socialismo del futuro). Allí, en torno al problema de un “socialismo del siglo XXI”, pone: “Después de dos años de discusión, en gran medida caótica, irrespetuosa y superficial, que empieza a mermar la credibilidad del discurso socialista del Presidente, es una necesidad política para Hugo Chávez y la Revolución bolivariana pasar a la etapa del debate científico”.
Esto lo dice Dieterich justamente al término de la sección que dedica a Raúl Isaías Baduel, con cuyo nombre, además, inicia el artículo entero y al que coloca delante del de Chávez y el de Raúl Castro. El artículo arranca así: “1. Aporte de próceres y aporte obrero a la economía socialista: En los últimos días el Socialismo del Siglo XXI ha dado un gran paso adelante. El ex Ministro de Defensa de Venezuela, Raúl Isaías Baduel, ha definido sin ambages que el socialismo no se puede construir sin la ciencia. Hugo Chávez ha reconocido públicamente que la informática define el carácter de la economía política contemporánea y el Presidente interino de Cuba, Raúl Castro, ha recalcado la función cibernética vital que cumplen los precios en toda economía moderna. A su vez, el sector obrero del Bloque Regional de Poder Popular-Argentina (BRPP) dio a conocer que presentará, en el ‘Segundo Encuentro de Pueblos y Estados por la Liberación de la Patria Grande’ (en noviembre), la compleja contabilidad socialista (valores) de un gran buque mercante de 45 mil toneladas y de un automóvil”. Es decir, aparte de la conmovedora noticia del logro histórico de haber podido sacar—¡por fin!—cuentas socialistas sobre un vehículo naval y uno terrestre, Dieterich ejecuta su acostumbrada colgadita para declarar “próceres” a Castro, Chávez y Baduel, y ubica a este último a la cabeza de la serie, no sin destacar lo que pudiera representarle honorarios de consultoría: que el “socialismo del siglo XXI” necesita ciencia y en especial cibernética, que son precisamente las cosas que él presume conocer.
Algo muy grave está ocurriendo ahora mismo en las entrañas y el contexto del chavismo, cuando el interesado consultor Dieterich se arriesga a dejar sentado por escrito que está mermando “la credibilidad del discurso socialista del Presidente”.
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Hace exactamente dos semanas la editorial El Tapial organizó un foro-bautizo del libro “La Revolución Bolivariana: Nuevos desafíos de una creación heroica”, cuyo autor es Amílcar Figueroa, Presidente Alterno del Parlamento Latinoamericano y antaño miembro del PRV-Ruptura. El libro, se dijo, quiso ser una contribución a la “autocrítica del proceso”. En el acto, celebrado en la Sala 1 de Parque Central, hablaron ante un lleno total de chavistas el cubano Roberto Regalado, historiador, Douglas Bravo, ex guerrillero, Elio Hernández, líder del MVR y delegado al Congreso del Partido Socialista Único de Venezuela, y Víctor Moronta, dirigente estudiantil que es igualmente delegado al Congreso del PSUV. Freddy Bernal había sido anunciado, pero no se presentó en el lugar.
Los panelistas venezolanos ofrecieron—¡oh sorpresa!—una feroz crítica al proyecto de “reforma” constitucional, al liderazgo mismo de Hugo Chávez—hubo quien aludiera a él como el “nuevo Führer”—y a la constitución del PSUV. De no haber sido porque fustigaban la adulteración del proyecto socialista, se hubiera podido pensar que el evento había sido convocado por el “Comité Nacional de la Resistencia”. De Chávez se dijo que imponía una conducción excluyente y que pretendía la concentración de todo poder, eliminando, de paso, los controles que mantuvieran a raya la corrupción. (Nombres concretos de funcionarios y dirigentes corruptos se escucharon en el salón, dentro de una nómina parcial de la “boliburguesía”).
Hubo también una crítica descarnada del proceso de conformación del PSUV, y se dijo que se había suprimido en él toda discusión doctrinaria, para constreñir el Congreso de la naciente organización a un debate secundario sobre el reglamento del partido. Hubo la denuncia de la predecapitación de la autocrítica revolucionaria. Hubo la condena del proyecto de “reforma” de Chávez como neocapitalista. Hubo queja de su afiliación con ideólogos extranjeros—¿Dieterich? ¿Harnecker?—mientras desprecia los aportes locales, autóctonos, folklóricos y endógenos.
No parece que esta especie de chavismo—ya no sin Chávez sino contra él—vaya a decir sí al proyecto presidencial de deformación constitucional en el referéndum de diciembre próximo.
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Quien escribe no dispone de datos que le permitan afirmar que Raúl Baduel decidió oponerse de modo farisaico a la nueva constitución que Chávez quiere. Por lo contrario, lo que se conoce de Baduel apunta a su seriedad y a su valentía. Además, y por encima de todo, tiene toda la razón al oponerse. Pero sería ingenuo pensar que en su postura sólo hay motivos altruistas y patrióticos. Del modo más legítimo Baduel pudiera soñar con ser Presidente de la República. (Lo que en sí mismo puede ser altruista y patriótico). Es venezolano por nacimiento, no posee ninguna otra nacionalidad, tiene más de treinta años de edad, es de estado seglar y no está sometido a condena por sentencia de firmeza definitiva. Tiene todo el derecho. ¿Qué se opone a este derecho y a la posibilidad de ejercerlo, que tal vez quisiera Baduel materializar en 2012? El proyecto de Chávez, que estrecha el paso a toda ambición que no sea la suya. (No la anula de un todo; de salirse con la suya, Chávez tendría aún que presentarse a reelección. Todavía no tenemos una norma constitucional que prescriba su presidencia vitalicia, ni siquiera en su proyecto).
Más de uno hace sus cálculos pensando en 2012. Las cuñas televisivas de Leopoldo López, por ejemplo, parecieran llevar esa intención. Los cuatrillizos de Julio Borges habrán reforzado su pretensión presidencial, y Manuel Rosales todavía sueña con lograr lo que Pedro Carmona, aun con su apoyo, no pudo preservar. Herman Escarrá se imagina Presidente, y Diosdado Cabello, en su estilo sibilino, calcula lo mismo. No ha disminuido—al contrario, debe haber aumentado—el contingente de venezolanos que se visualizan despachando desde Miraflores. Al suscrito mismo le pica ese zancudo de cuando en cuando.
Y lo que el proyecto de Chávez pretende es que esos apetitos no sean saciados. Baduel no puede estar contento con eso y, por lo visto, Dieterich tampoco. Éste sabe, estudioso de la historia del socialismo como es, que en las filas del chavismo militan muchos que se creen con aptitudes para dirigir el Estado venezolano, y que el proyecto reconstituyente de Chávez inevitablemente les frustra. Menos contentos todavía están los congregados en la Sala 1 de Parque Central el pasado 1o. de noviembre.
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Un asunto distinto es que Baduel sea un sucesor conveniente. Obviamente puede reivindicar cualidades de seriedad, discreción, prudencia, profesionalismo y coraje. ¿Es esto suficiente?
Apartando que su fe personal en la reencarnación, y su sacralización del código samurai, no sean precisamente indicios de modernidad, Baduel comulga con la ideología marxista. Ya el hecho de inscribirse en una ideología, aunque fuera liberal, socialcristiana o socialdemócrata, señalaría su afiliación a un paradigma obsoleto. Pero más allá de este dato fundamental y previo, la que escoge es marxista, y ésta es la más equivocada de todas. Baduel cree, desinformada e ingenuamente, que el marxismo es una ciencia: “…si la base para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels, lo que construyamos sobre ella no puede serlo menos…” (Discurso del 18 de julio de 2007).
El marxismo no es ninguna ciencia. No exhibe, como pusiera Karl Popper en evidencia, la refutabilidad que caracteriza a toda ciencia digna del nombre, y un eventual Jefe de Estado que crea que Marx y Engels hacían ciencia, con la rigidez que eso implica ante una época de humildad y apertura debidas, no será un mandatario que nos convenga. Además, Baduel es, antes que nada, un militar. ¿Y no estamos viviendo la hipertrofia cancerosa del militarismo en Venezuela, que requeriremos reducir?
De aquí a 2012 Baduel pudiera concebiblemente recomponer, en dificilísimo pero no imposible ejercicio, su estructura paradigmática personal; pudiera reaprender. Hasta tanto eso no ocurra, no puede sostenerse que sea el mejor sucesor de Chávez entre los imaginables. Pero bienvenido sea su vigoroso y corajudo rechazo a las pretensiones de Hugo Chávez, y bienvenida sea su convocatoria a votar. En ambas cosas tiene razón.
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Es verdad que una normalidad constitucional difiere la posibilidad de sustituir a Chávez para 2012. (Si no logra hacer aprobar su proyecto de deformación de la Constitución; en caso contrario el Tribunal Supremo de Justicia, seguramente, le adjudicaría una ñapa de un año, pues también quiere extender el período a un septenio, como Guzmán Blanco). Pero podemos perfectamente pensar en una travesura, que pasa a ser expuesta.
El 19 de enero de 1999, la Corte Suprema de Justicia, en decisión histórica, sentenció que podía preguntarse al pueblo si quería elegir una asamblea constituyente, a pesar de que esta figura no estuviese contemplada en la constitución vigente en ese momento, que era la promulgada el 23 de enero de 1961. Más adelante, la Corte especificó (13 de abril de 1999) que “la asamblea constituyente tiene por único objeto dictar una nueva Constitución”.
Una constitución es, por supuesto, entidad superiorísima y mucho más fundamental que un presidente cualquiera. Si un mero referéndum consultivo sirvió para dilucidar si queríamos, mediante asamblea constituyente no contemplada en la constitución, sustituir la que nos regía por otra enteramente nueva, ¿qué pudiera oponerse a la noción de que otro referéndum consultivo nos preguntara si queremos elegir un nuevo presidente, aunque formalmente no se haya cumplido el período especificado para quien esté en ejercicio?
Las condiciones constitucionales son muy sencillas: “Artículo 71. Las materias de especial trascendencia nacional podrán ser sometidas a referendo consultivo por iniciativa del Presidente o Presidenta de la República en Consejo de Ministros; por acuerdo de la Asamblea Nacional, aprobado por el voto de la mayoría de sus integrantes; o a solicitud de un número no menor del diez por ciento de los electores y electoras inscritos en el registro civil y electoral”.
No podría discutirse que una pregunta tal sea o no “de especial trascendencia nacional”, y el corte definitivo del registro electoral (31 de agosto de 2007) indica que en estos momentos son reconocidos 16.112.857 ciudadanos como electores. Esto es, tan sólo 1.611.286 firmas—no de caligrafía similar—harían inevitable ese preciso referéndum.
Esto se dice acá porque, como ya temen Baduel y Dieterich, el gobierno de Chávez puede verse inmerso en profunda crisis a cortísimo plazo. Herr Dieterich la vislumbra en 2008 (como el Arúspice de Los Palos Grandes desde hace ya bastante), y sólo menos de dos meses nos separan de ese próximo año. Y a juzgar por los lapidarios juicios de Parque Central, ya la crisis se ha concretado.
Hugo Chávez ha escogido—como Marcos Evangelista Pérez Jiménez, como Luis Napoleón Bonaparte—la fecha del 2 de diciembre para su nuevo golpe de Estado. Si llegamos a superar la torpe prédica de la abstención y vamos a votar con valentía y responsabilidad, no sólo se habría detenido la pretendida deformación constitucional, sino que la popularidad del régimen quedaría gravemente afectada. La abstención es totalmente incapaz de lograr ese efecto.
Conviene, pues, ir pensando en decisiones excepcionales del Poder Constituyente originario, que somos nosotros.
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 8, 2007 | Cartas, Política |

Eric Hoffer (1898-1983) fue un autodidacta estadounidense que produjo un clásico de la sociología o la psicología social: El verdadero creyente (The True Believer, 1951), un penetrante estudio del fanatismo. Wikipedia describe sus tesis del siguiente modo: “Los movimientos de masas se extienden con la promesa de un futuro glorioso, y requieren gente dispuesta a sacrificarlo todo por ese futuro, incluyendo a sí mismos y a otros. Para hacer eso, necesitan desvalorizar tanto el pasado como el presente. Por tanto, los movimientos de masas atraen a los frustrados; gente insatisfecha con su estado actual que es sin embargo capaz de una intensa fe en el futuro, y gente que quiere escapar a un sí mismo defectuoso creando un sí mismo imaginario, uniéndose a un compacto todo colectivo para escapar de ella misma. Algunas de las categorías de gente así son los pobres, los desadaptados, los creativos frustrados en sus intentos, los egoístas desbordados, los ambiciosos que entrevén oportunidades ilimitadas, ciertas minorías, los aburridos y los pecadores… Si el individuo aislado carece de vastas oportunidades para su progreso personal, buscará sustitutos. Estos sustitutos serían el orgullo en lugar de la confianza en sí mismo, la afiliación a un todo colectivo como un movimiento de masas, la certeza absoluta en vez de la comprensión”. No es difícil percatarse de que esta descripción de hace cincuenta y seis años desmonta y describe el mecanismo básico de la afiliación fanática al chavismo. (No toda afiliación al chavismo, por supuesto, tiene rasgos de fanatismo. La hay también por motivos estrictamente utilitarios). Pero igualmente se ajusta la misma descripción a cierto antichavismo. Más en general, The True Believer explica, nítida y convincentemente, cuál es el mecanismo que conduce a fenómenos sociales aborrecibles y ordinariamente incomprensibles, como la dominación de Hitler o Mussolini, o el desmedido autogenocidio de Pol Pot en Cambodia.
El fanático se une al movimiento de su elección por razones egoístas, no altruistas. No es tanto que cree en los ideales del movimiento como que no cree en sí mismo. Escribe Hoffer: “A menos que un hombre tenga los talentos para hacer algo de sí mismo, la libertad es un peso molesto… Nos unimos a un movimiento de masas para escapar a la responsabilidad individual o, en palabras de un ardiente joven nazi, ‘para librarse de la libertad’. No era simple hipocresía que los cuadros del nazismo se declararan inocentes de las enormidades que habían cometido. Se consideraban estafados y perjudicados cuando se les exigía responsabilidad por haber obedecido órdenes. ¿No se habían unido al movimiento nazi precisamente para liberarse de la responsabilidad?” Con quirúrgico estilo preciso, Hoffer diseca al fanático: “Mientras menos justificación tenga un hombre para reivindicar su propia excelencia, más presto estará a reivindicarla para su nación, su religión, su raza o su santa causa… Es probable que un hombre se ocupe de sus propios asuntos cuando éstos valen la pena de su atención. Cuando no lo son, su mente se alejará de sus propios asuntos insignificantes para ocuparse de los asuntos de los demás”.
En contraste con el fanático, Hoffer habla también del hombre libre y su muy diferente lucha: “Los hombres libres están conscientes de la imperfección inherente a los asuntos humanos, y están dispuestos a luchar y morir por aquello que no es perfecto. Saben que los problemas humanos fundamentales no pueden tener soluciones definitivas, que nuestra libertad, la justicia, la igualdad, etc., distan mucho de ser absolutas, y que la vida buena se compone de soluciones a medias, de compromisos, de males menores y tanteos hacia la perfección. El rechazo de las aproximaciones y la insistencia en absolutos son la manifestación de un nihilismo que aborrece la libertad, la tolerancia y la equidad”.
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No escapó a las agudas dotes de observación de Hoffer que para un verdadero fanático los movimientos a los que se afilie pueden ser intercambiables: quien hoy es afiebrado seguidor de una secta puede ser mañana fiel de una totalmente contraria. En nuestro patio local es bastante frecuente que gente que antaño adhirió furibundamente a movimientos de izquierda sea ahora más derechista que von Mises. Un anarquista que abomine del Estado puede moverse pendularmente hasta un liberalismo a ultranza porque éste también repudia la intromisión estatal, o alguien nacido en familia de alcurnia perezjimenista puede buscar la compensación al pecado original de su padre, ministro del dictador, afiliándose a un partido socialista. Algunos adhieren a los Tiburones de La Guaira porque entienden su fanatismo como políticamente correcto, en términos de una izquierda de tercera vía. La oposición Magallanes-Caracas equivaldría al bipartidismo adeco-copeyano y la divisa deportiva que no es ninguna de las dos tradicionales les provee la catarsis fanática apropiada.
No se necesita ser idiota para ser fanático; alguien muy inteligente puede sufrir de alguna carencia psicológica, y ésta puede ser tan elemental como un complejo de baja estatura o una insatisfacción con su propio fenotipo, que habría preferido, pongamos, más blanco y de pelo liso, para que círculos mantuanos a los que envidia le acogiesen con más facilidad. Así se hacen liberales y defensores de George W. Bush. Cuando se proponía en Venezuela, en tiempos del segundo gobierno de Rafael Caldera, el anclaje, a la argentina, del bolívar en el dólar, un conocido economista de la órbita del Movimiento Al Socialismo se hizo defensor de tal despropósito. Cuando el suscrito le hizo notar que esa decisión equivaldría a abdicar la soberanía financiera nacional en la Reserva Federal de los Estados Unidos, contestó, no poco orgulloso de su ocurrencia, olvidada de su reciente izquierdismo: “Yo prefiero que Alan Greenspan, y no Antonio Casas González, me maneje mis churupos”.
O puede darse un fenómeno aun más extraño: que en escisión gemelar, un hermano pueda ser el más obsecuente y rastrero parcial de Hugo Chávez, mientras el otro sea el más radical y atrabiliario de sus opositores. Me refiero, por supuesto, a los hermanos Escarrá, fraternal pareja de abogados: uno, Carlos, que defiende la tesis de que Hugo Chávez es el sol y centro de nuestro planetario sistema político; el otro, Herman, acaparador y solo titular del Artículo 350, pretendiente del trono opositor con fanatismo especular.
Ésta es una pareja doblemente emblemática. Carlos Escarrá ha descendido a los más bajos niveles de la adulación a Hugo Chávez, y se ha erigido como su más fiel intérprete, en el seno de la Asamblea Nacional, sobre el proyecto de “reforma” constitucional introducido en agosto desde el Poder Ejecutivo Nacional. (“El presidente viene a ser en nuestra constitución como el sol que, firme en su centro, da vida al universo. Esta suprema autoridad debe ser perpetua y permanente”. Nada de disimulo, el poder recrecido para Chávez debe entregársele, a su criterio, de manera vitalicia). En la margen contraria se ubica Herman, su hermano, que programa, muy poco originalmente, marchas y contramarchas, declara que no perderá el tiempo en debates inútiles sobre si ir o no a votar en el referéndum que considerará el proyecto de alteración constitucional y se la pasa amenazando, desde las magras fuerzas de su “Comando Nacional de la Resistencia”, que “no permitiremos” y “no toleraremos”.
Se trata, pues, de dos fanatismos hermanados; ambos se necesitan y sinérgicamente se potencian. Uno proclama la monarquía vitalicia de Hugo Chávez—todavía no hereditaria—; el otro la rebelión que busca impedir—¿con qué?—la celebración del referéndum en el que podríamos decir rotundamente no a la pretensión autocrática presidencial.
Carlos Escarrá, por supuesto, ya ha desplazado del ranking oficialista a competidores tan destacados como José Vicente Rangel, Diosdado Cabello (que ya ni suena), Willian Lara y la propia Cilia Flores. Herman Escarrá ha venido a relevar a Oswaldo Álvarez Paz, Alejandro Peña Esclusa, Orlando Urdaneta y Robert Alonso al timón de la oposición furibunda. Ambos están equidistantemente alejados de la mayoría del pueblo venezolano, igualmente harta de estos extremos estériles y perniciosos.
El chavismo es, ciertamente, un proceso político oncológico, tumoral, canceroso. Es invasivo, y su evidente metástasis alcanza ya el cerebro de la Nación. Tan grave cosa es manifiesta en el aumento de la agresividad general, en el crecimiento del abuso, en la enfermedad de la psiquis venezolana, que desde que Chávez llegó al poder no ha salido del sobresalto como condición cotidiana.
Pero el oposicionismo violento es simétricamente dañino. Pretendiendo ser, en pura pose, heroico y valeroso, renunciando a la sindéresis y la serenidad que se requieren para superar eficazmente al maligno chavismo, no hace otra cosa que justificarlo. Tan decimonónico y pretencioso como Chávez es Herman Escarrá, que gusta hablar con la arrogante prosopopeya que distinguía el verbo, por caso, de su difunto colega David Morales Bello, o el de un divertido copeyano que dejaba frutas a una dama pretendida, junto con una nota que le rogaba aceptar su “ofrenda de estas cucurbitáceas”. En el concepto de la política de Herman, tal vez en el de Carlos, el derecho es la categoría suprema, de allí que se sienta especialmente adiestrado para la conducción de la República, pues nadie como él, constitucionalista, estaría mejor dotado.
Es por esto que, para salir de Carlos Escarrá, no hay mejor remedio que salir primero de su hermano Herman. En el fondo se trata de repudiar al fanatismo, del signo que sea. Como entreviera Hoffer, Carlos y Herman son, en verdad, intercambiables, y los fanáticos que los siguen pudieran encontrarse un día conque sus líderes respectivos se han pasado, instantáneamente, al campo contrario. A fin de cuentas, Herman Escarrá fue diputado a la Asamblea Constituyente de 1999 en las planchas de Chávez—de cuya “Comisión Presidencial Constituyente” fuera miembro destacado—, en el kino urdido por Luis Miquilena. Ahora, como nuevo Alfredo Peña, otro espécimen de la altanera política furibunda e indignada, ya no reconoce su origen.
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 3, 2007 | Cartas, Política |

Estimada suscritora, estimado suscritor: en el #261 de la Carta Semanal de doctorpolítico se dice: «Es clarísimo que el proyecto de reforma introducido por Chávez a la Asamblea Nacional, ampliado considerablemente por ésta, modifica en más de un punto la estructura y los principios fundamentales de la Constitución. A pesar de esta circunstancia, nadie ha intentado ante la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia algún recurso que busque declarar que ése es el caso, y que los cambios perseguidos por el régimen exceden con mucho la definición de reforma constitucional claramente establecida en el artículo mencionado».
Esa afirmación es completamente errónea. El 27 de septiembre, Néstor Luis Romero Méndez introdujo ante el Tribunal Supremo de Justicia recurso de amparo constitucional contra el Presidente de la República y la Asamblea Nacional «por pretender tramitar como Reforma, un conjunto de propuestas que modifican la estructura y principios fundamentales del Texto Constitucional vigente”. La Sala Constitucional del TSJ acaba de declarar inadmisible el recurso intentado por Romero Méndez, según decisión de la que fuera ponente Francisco Carrasquero.
De esta decisión vale la pena notar que el asunto de fondo no fue decidido, primeramente. La inadmisibilidad fue predicada sobre la consideración de si los derechos constitucionales del accionante habían sido violados, y la ponencia no dilucidó el punto principal. Luego, es notable que los magistrados Jesús Eduardo Cabrera y Pedro Rondón Haaz, razonadamente y por separado, salvaron su voto. De hecho, el primero de los nombrados sí se dirigió al fondo de la materia y escribió: «En criterio de quien disiente, un sistema de organización social o económico basado en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción, como lo es básicamente el socialista, en sus distintas concepciones, cual es el propuesto en el Proyecto de Reforma, chocaría con lo que quien suscribe, y la propia Sala, era considerado Estado Social, y ello—en criterio del disidente—puede afectar toda la estructura y los principios fundamentales del Texto Constitucional, hasta el punto que un nuevo ordenamiento jurídico tendría que ser creado para desarrollar la construcción del socialismo. No es que Venezuela no puede convertirse en un Estado Socialista. Si ello lo decide el pueblo, es posible; pero a juicio del voto salvante, tal logro sería distinto al que la Sala ha sostenido en el fallo de 24 de enero de 2002 (Caso: Créditos Indexados) y ello conduciría no a una reforma de la Constitución sino a una nueva Constitución, la cual debería ser votada por el Poder Constituyente Originario. Al menos, en nuestro criterio esto es la consecuencia del fallo N° 85 de 24 de enero de 2002».
No habiendo pronunciamiento firme de la Sala Constitucional sobre el fondo del recurso intentado por Romero Méndez, es perfectamente posible la introducción de un nuevo recurso que subsane los aspectos formales de los que se aferró Carrasquero para proponer la inadmisibilidad. El magistrado Cabrera opinó: «En todo caso, si la mayoría de la Sala consideraba—tal como se lee del fallo—que ‘el ciudadano Néstor Luis Romero Méndez no tiene legitimación activa alguna para incoar la presente acción de amparo constitucional, por cuanto no señaló, ni se evidencia de autos, de qué manera las actuaciones denunciadas como lesivas son susceptibles de vulnerar sus derechos constitucionales’, debió ordenarse al demandante la corrección de la solicitud respecto de lo que establecen los cardinales 4 y 5 del artículo 18 de la Ley especial y debió recaer el referido pronunciamiento de inadmisibilidad sólo en la eventualidad de que caducara el lapso que establece el artículo 19 de la Ley Orgánica de Amparo sobre Derechos y Garantías Constitucionales, sin que la parte hubiere subsanado el error».
Usted puede leer el texto completo de la decisión en:
http://www.tsj.gov.ve/decisiones/scon/Noviembre/2042-021107-07-1374.htm
Ofrezco a usted mis excusas por haber suministrado la equivocada información que aquí rectifico.
Con un cordial saludo
Luis Enrique Alcalá
por Luis Enrique Alcalá | Nov 1, 2007 | Cartas, Política |

Quien escribe tuvo la fortuna de compartir un mismo pupitre con el padre Luis Ugalde S. J., hoy Rector de la Universidad Católica Andrés Bello, durante nuestro segundo año académico (1964-1965) en la carrera de Sociología de esa casa de estudios. Es decir, nos sentábamos juntos en un aula del segundo piso de la sede original de la universidad, situada entre las esquinas de Mijares y Jesuitas. Compartimos también entonces el honor de recibir un encargo del Director de la Escuela de Ciencias Sociales, el increíble Arístides Calvani, su fundador. Un episodio de enfermedad del profesor Juan Carlos Rey, quien nos dictaba un segundo año de elegantes e interesantísimas clases de Historia de las Instituciones, fue resuelto por Calvani al pedirnos a Ugalde y a mí que asumiéramos la enseñanza de la materia e instruyéramos a nuestros compañeros. Un poco más tarde Ugalde interrumpió los estudios en Caracas para atender exigencias de su carrera jesuítica en Europa, y con el correr de los años asumió el cargo máximo de su primera casa universitaria. De aquella lejana época logro recordar su evidente inteligencia, su discreción, su sotana blanca y su inocultable inclinación a las ideas socialistas.
Durante los años de la dominación chavista, la voz y la pluma de Ugalde han pronunciado y escrito agudas advertencias. Se le tiene por una de las cabezas más autorizadas y coherentes de la oposición al régimen de Hugo Chávez. En ocasiones, sin embargo, se ha reunido mal. El martes 5 de marzo de 2002 andaba en mala compañía.
Ese día fungió de testigo de excepción, firmante y garante ético del “pacto de gobernabilidad”, “acuerdo democrático” o “acuerdo para la transición”, presentado al país desde la quinta La Esmeralda, escenario habitual de las fiestas más rumbosas de los caraqueños de fortuna, sita en la “populosa y popular barriada” de Campo Alegre. (La quinta La Esmeralda ha servido de teatro a más de una reunión política opositora: la “Gente del Petróleo” la usó profusamente, así como Alianza “Popular”—que, como el corno inglés que ni es inglés ni es corno, ni alía a nadie ni mucho menos tiene algo de popular—para su presentación en sociedad. Su marca de la urbanización de clase alta de Campo Alegre como territorio político, casi en el borde oeste del Municipio Chacao, probablemente haya influido para que la Coordinadora Democrática, ya fenecida, haya establecido luego su sede operativa en la quinta Unidad, a pocos metros del prestigioso salón de fiestas).
La imagen más penetrante de la reunión de La Esmeralda, ese 5 de marzo, es la de Ugalde en medio de Pedro Carmona Estanga y Carlos Ortega, a quienes había tomado de las muñecas para elevar sus brazos como si se tratara de héroes deportivos que hubieran quedado tablas en un encuentro. Ugalde había asistido al sonado evento “en representación de la Conferencia Episcopal Venezolana”, y en señal del beneplácito de ésta por el acuerdo al que habían arribado Fedecámaras y la Confederación de Trabajadores de Venezuela, sobre cómo gobernar a la República una vez que el gobierno de Chávez hubiera cesado. Un mes y siete días más tarde caía ese gobierno, y Carmona Estanga, uno de los protagonistas en la función de La Esmeralda, asumía por pocas horas la dirección del Poder Ejecutivo Nacional.
El sentido de la reunión del 5 de marzo era el de impresionar a la Nación, con el anuncio de que el fin del gobierno de Chávez era inminente. El Arzobispado de Pamplona registraba, en su resumen diario de prensa del 7 de marzo de 2002, una nota de esa misma fecha de El País de Madrid, que pone: “Sindicalistas, empresarios y eclesiásticos de Venezuela firmaron un pacto democrático de emergencia, cuyo objetivo es la superación de la pobreza, para que lo aplique un Gobierno de transición, sin el presidente Hugo Chávez… El presidente de la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), Carlos Ortega, el presidente de la organización gremial de la patronal venezolana Fedecámaras, Pedro Carmona, y el rector de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), el padre jesuita Luis Ugalde, en representación de la Conferencia Episcopal Venezolana, firmaron el martes el pacto democrático contra Chávez”. También reporta el periódico madrileño palabras de Carlos Ortega, pronunciadas en el acto reseñado: “El acuerdo es para crear un clima de diálogo para un gobierno de transición. No estamos pidiendo cacao, ni tirando un salvavidas al Ejecutivo”. La nota cerraba refiriendo lo dicho por quien presidiría al mes siguiente un brevísimo gobierno de treinta y seis horas: “Para el presidente de la patronal, Pedro Carmona, la propuesta tiene carácter permanente y ‘puede servir perfectamente para un nuevo Gobierno’.” La reunión de La Esmeralda formaba parte de la agenda de la conspiración.
………
La semana pasada publicó el diario El Nacional un artículo de Ugalde: «El día después», (jueves 25 de octubre). Me fue enviado por amable amiga que lo estimó como lectura “imprescindible”. Es fácil admitir que su factura es ocurrente. Su tesis principal es expuesta de la siguiente forma: “Como me decía un amigo, ‘el día después’ ha sido desde 1998 el punto más débil de los demócratas opositores… En cada elección, los candidatos y los líderes se desaparecieron en la tarde de los votos y se desbandaron al día siguiente. Políticamente no hubo ‘día después’ opositor. Ahora es imprescindible para verse y contarse como mayoría e impedir la imposición de la constitución antidemocrática y el ‘socialismo’ de hambre, sin justicia ni libertad. Para ello se requieren dos cosas: que la abstención y el voto negativo desde ahora se acepten mutuamente (aunque no se gusten) y se sumen como dos formas complementarias del mismo rechazo. Hay que prever y preparar el ‘día después’.”
El planteamiento inicial del artículo establece la premisa mayor: “Chávez ha decidido imponer una nueva Constitución (acabando con la bolivariana) para llevarnos forzados a una sociedad totalitaria que la mayoría de los venezolanos rechaza. Este cambio es ilegal e ilegítimo sin Asamblea Constituyente”. El suscrito suscribe enteramente esta apreciación; la Constitución establece expresamente (Artículo 342, en su primer parágrafo): “La Reforma Constitucional tiene por objeto una revisión parcial de esta Constitución y la sustitución de una o varias de sus normas que no modifiquen la estructura y principios fundamentales del texto Constitucional”. Es clarísimo que el proyecto de reforma introducido por Chávez a la Asamblea Nacional, ampliado considerablemente por ésta, modifica en más de un punto la estructura y los principios fundamentales de la Constitución. A pesar de esta circunstancia, nadie ha intentado ante la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia algún recurso que busque declarar que ése es el caso, y que los cambios perseguidos por el régimen exceden con mucho la definición de reforma constitucional claramente establecida en el artículo mencionado. Tampoco propone Ugalde que se intente esa vía, tal vez porque considera, con razón, que la obsecuencia de los magistrados les llevaría a decir que efectivamente se trata de una reforma. De todas maneras, habría que hacer ese mandado. En caso contrario no tiene sentido afirmar, sin acción pertinente: “Este cambio es ilegal e ilegítimo sin Asamblea Constituyente”.
Pero el suscrito no suscribe otros pasos del razonamiento de Ugalde. Por ejemplo, Ugalde sostiene: “Al presidente Chávez le queda un quinquenio entero de gobierno hasta el 2013. Probablemente la derrota real (a pesar de que autoproclame su triunfo) le resulte de ayuda, pues la resistencia democrática es la única cura contra la borrachera de poder. Un poco de humildad ayuda para gobernar bien”. Debe reconocerse que Ugalde, a diferencia de lo que buscaba el 5 de marzo de 2002, ya no pretende la cesación inmediata del gobierno de Chávez, y sólo pide ahora que éste gobierne humildemente por cinco años más a partir de estas fechas. Tengo la impresión, sin embargo, de que la humildad es genéticamente imposible en la personalidad presidencial, por lo que estimo ilusorio el resultado predicho por Ugalde en este punto.
Luego, Ugalde echa en falta que los líderes opositores se hagan presentes el “día después” de los eventos electorales. Refresquemos lo que escribió: “En cada elección, los candidatos y los líderes se desaparecieron en la tarde de los votos y se desbandaron al día siguiente. Políticamente no hubo ‘día después’ opositor”. Hace pocos días un estimado amigo me escribió con la siguiente pregunta: “¿Cuándo es que la oposición se va a unir en torno a una propuesta coherente, común y universal con el mismo objetivo?” Ante el emplazamiento ensayé esta respuesta: “Lo que hay que reunir no es una oposición, sino una mayoría política. ¿Qué reuniríamos si juntáramos a ‘la oposición’? No tengo cifras frescas, pero en enero de este año Primero Justicia representaba 2,3% de la opinión, Un Nuevo Tiempo 2,1%, AD 1,1% y COPEI 0,8% para un gran total de 6,3%. Escarrá, el muy escaso Guaicaipuro, el ‘Comando Nacional’ de la Resistencia y ‘fuerzas’ similares no añaden casi nada. Una federación de enanos no es lo mismo que un gigante, que es lo que tendríamos que parir. ¿Es esto posible? Sí, y para esto es preciso contemplar el asunto desde un paradigma muy diferente, que por un lado sería más una superposición que una oposición y, por el otro, tendría que superar no sólo al chavismo, sino igualmente a ‘la oposición’.”
La idea precedente—que tanto el chavismo como sus opositores formales son perniciosos (aunque más el chavismo)—es absolutamente clave en la superación de la actual situación política, que no se reduce a la reforma constitucional planteada este año, sino que lleva ya más de ocho sin que un planteamiento estratégico de profundidad sea formulado. (O escuchado). Hace ya bastante rato que los estudios de opinión reflejan una realidad política que, en términos gruesos, es la siguiente: se identifica como partidario del gobierno un 35% de los encuestados, como partidario de la oposición un 15% y sin afiliación a estos extremos un 50%. A pesar de esto, todavía se insiste en que el remedio es “unir a la oposición”, en vez de presentar una formulación política que de todos modos debiera darse aun si gobierno y oposición no existieran, y que quizás apelaría primariamente a ese enorme mercado que se ubica al margen de la polarización.
Es por esto que la recomendación “salomónica” o “pilática” de Ugalde, “que la abstención y el voto negativo desde ahora se acepten mutuamente (aunque no se gusten) y se sumen como dos formas complementarias del mismo rechazo”, está fundamentalmente equivocada, por varias razones.
La primera se deriva de la observación precedente: es preciso superar tanto el discurso chavista como el opositor, y no es con la negación de las diferencias entre abstencionistas y participacionistas como se logrará tal objetivo. Del modo como lo plantea—“el día del referéndum el rechazo se expresará de dos maneras, ambas con fuertes razones y motivos: por la abstención y por el no”—Ugalde elude pronunciarse respecto de cuál de ambas posturas es equivocada, y no pueden ambas ser correctas. Cómodo, pero el proverbial asno de Buridan murió de inanición al no saber escoger entre dos pacas de heno igualmente apetitosas que tenía a la misma distancia.
Por otra parte, el planteamiento de Ugalde es polarizante y está encadenado al pasado opositor, y hasta ahora esta estrategia se ha revelado, reiteradamente, como ineficaz. A pesar de que sólo un 35% de los electores admite ser chavista, cada vez que ha habido una confrontación electoral ha ganado el gobierno, en procesos altamente polarizados. Identificar la batalla actual, además, como una continuación de la inepta trayectoria de oposición—“Como me decía un amigo, ‘el día después’ ha sido desde 1998 el punto más débil de los demócratas opositores”—es asimilarla a tarea de perdedores, al pataleo más reciente de dirigentes ampliamente desacreditados.
Finalmente, está lo de sumar votos negativos y abstenciones “como dos formas complementarias del mismo rechazo”. Esto es un error craso. En ocasión de comentar un trabajo de José Amando Mejía Betancourt, que abogaba por la misma idea para promover la abstención, se escribió en la Nota Ocasional #14 de doctorpolítico: “¿Por qué medios llega Mejía a establecer, a priori, que la abstención es lo mismo que un rechazo? Es perfectamente concebible que más de un ciudadano se abstenga de votar en el referéndum a pesar de que esté conforme con el proyecto de reforma, por razones otras cualesquiera, una de las cuales pudiera ser, simplemente, que estima que su voto no es realmente necesario para el triunfo. Otros pudieran verse impedidos de votar por causas diferentes, como algún impedimento de transporte, o un malestar súbito, o un error del registro electoral que le deje contado como abstenido. ¿Quién autoriza a Mejía a la interpretación apriorística por la cual transmuta su ausencia en repudio?”
Y también se hace eco Ugalde de la conmovedora y poco realista impresión de que un porcentaje muy elevado de abstenciones y votos negativos equivale a una deslegitimación de la reforma que pudiera ser aprobada. Así escribe: “…el día del referéndum el rechazo se expresará de dos maneras, ambas con fuertes razones y motivos: por la abstención y por el no. No será posible acordar una única forma de rechazo. Millones (opositores y chavistas) lo harán con la abstención y otros millones con el voto por el no. Ambas formas de rechazo sumarán más de 70% (ya 60% sería un triunfo) y dejarán en evidencia que, con minoría de 30%, el Gobierno quiere imponer como obligación constitucional un régimen autoritario y un modo de vida rechazado”.
Son de una supina inocencia estas prescripciones de dejar “en evidencia”—¿ante quién, por cierto?—las intenciones autoritarias y socializantes de un gobierno que, para empezar, nunca ha cesado de ponerse en evidencia él mismo a este respecto; su carácter está en evidencia por su propia actuación descarada, y la puesta «en evidencia” que Ugalde prescribe no añade absolutamente nada.
Pero cabe preguntar: ¿sostiene Ugalde que la Constitución que nos rige es ilegítima? No pareciera; al igual que Mejía Betancourt la da por sentada y por aceptable: “Chávez ha decidido imponer una nueva Constitución (acabando con la bolivariana)… La nueva constitución es una locura… Hay que… evitar que se aplique un régimen que reduzca los derechos humanos y elimine la democracia pluralista”.
Recordemos entonces las cifras del referéndum del 15 de diciembre de 1999, que consagró la Constitución que Ugalde acepta. Para ese día el registro electoral computaba un total de 10.940.596 electores. De éstos, sólo 3.301.475 electores (30,2%) votaron afirmativamente. Descartemos los votos nulos (219.476), suponiendo que ni Ugalde ni Mejía Betancourt querrán aducir que se les debe computar como rechazos. Quedan, pues, para constituir la suma que propugna Ugalde, y que interpreta como rechazo expreso, los votos negativos (1.298.105) y las abstenciones (6.121.540); nada menos que 7.419.645 electores, para un total de 67,8%, o un 7,8% por encima de lo que Ugalde consideraría “un triunfo”.
Si fuera válida su teoría de que la suma de las abstenciones y los votos negativos debe ser tenida por explícito rechazo, ¿por qué no escribe Ugalde denunciando la Constitución de 1999 como írrita, dado que el 15 de diciembre de ese año se cumplieron casi exactamente las metas cuantitativas que ahora propone?
………
El régimen político ucraniano que siguió a una nueva constitución, aprobada en 1996, era criticado por sus opositores, que lo acusaban de corrupción y de concentrar excesivo poder, así como de fraude electoral e impedimento a la libre expresión, para no referir las prebendas económicas concedidas a sus seguidores, que incluyeron transferencias de propiedades públicas a sus manos. En noviembre de 2004 el Primer Ministro de Ucrania, Viktor Yanukovych, fue declarado triunfador en las elecciones de ese país. Muchos observadores estuvieron de acuerdo en que las votaciones habían sido amañadas. El 22 de ese mes se reunió una gran multitud en la Plaza Independencia de Kiev en apoyo al candidato opositor, Viktor Yushchenko, quien procedió a conducir la exitosa rebelión pacífica que el mundo conocería como Revolución Naranja. El gobierno se vio forzado a repetir las elecciones y a salir de éstas en derrota.
Por supuesto, para que este resultado pudiera darse eran necesarias dos condiciones: la primera era la de constituir una mayoría real; la segunda era la asistencia a las urnas. En Ucrania no cogió cuerpo la necia prédica abstencionista, ni hubo quien elaborase bizantinos y falsos argumentos que sostuvieran que abstenerse era lo mismo que votar en contra.
El “día después” del referéndum que decidirá el destino del proyecto chavista de reforma constitucional pudiera ser ucraniano—no digo naranja para que no se diga que milito en el MAS—, siempre y cuando el “día antes” seamos realmente mayoría, el “día mismo” acudamos en masa a rechazarlo con las máquinas de votación y el gobierno se atreva—cosa que no ha hecho hasta ahora, seguramente porque no lo ha necesitado—a desconocer el verdadero rechazo del voto negativo. Todo lo demás es cuento.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 25, 2007 | Cartas, Política |

Con escasos ocho días de diferencia, y muy cercanos el uno del otro, morían en 1955 dos titanes del pensamiento occidental. El 18 de abril, en el Hospital de Princeton, Nueva Jersey, expiraba Albert Einstein, de quien es difícil decir algo original que al mismo tiempo sea justo. El primero en despedirse, el 10 del mismo mes en Nueva York, fue Pierre Teilhard de Chardin. Dejaba tras de sí una poderosa y persuasiva visión acerca del sentido del mundo y su evolución, que tenía por eje fundamental la aparición del fenómeno humano. Einstein era el escenógrafo, Teilhard el dramaturgo. Alberto había revelado la estructura y comportamiento del teatro; Pedro narró el drama.
La narración de El fenómeno humano es esencialmente optimista: la evolución del cosmos es un acrecentamiento de consciencia en dirección a un polo atractor, el Punto Omega. Para alcanzarlo el universo inventa primero la vida, y ésta hace centenares de miles de ensayos, no exentos de error. Cada nueva especie es un nuevo intento por llegar a Omega, y es la humana—dotada de la única conciencia reflexiva natural—la que finalmente podrá completar la misión, cuando los hombres sepan acercarse los unos a los otros para una sobrevida de conciencia unificada. El mundo, pues, posee sentido; no es una pura cantidad, sino un vector con dirección.
Teilhard estuvo todo el tiempo consciente de las dificultades que su visión impondría a la teología ortodoxa, y por tal razón advirtió que sólo describía los rasgos de un fenómeno. Si se atrevió a presentar la monumental narrativa de su obra fue porque estaba persuadido de que el siglo XX fue “probablemente más religioso que cualquiera otro. ¿Cómo pudiera no serlo, con tantos problemas por resolver? El único problema es que todavía no ha encontrado un Dios que pueda adorar”.* San Pedro Teilhard se atrevió a sugerir un esbozo apenas de su imagen, entrevista al final de la aventura cósmica cuya crónica escribió.
Pero Teilhard sabía que tan acendrado y descomunal optimismo sería objetado por quienes apuntarían, atinadamente, que la peripecia humana aloja innumerables instancias de mal. Por lo demás, no necesitaba ese acicate: para cuando se completaba la escritura de El fenómeno humano, ya la Segunda Guerra Mundial había entrado en su segundo año de muerte y destrucción. Por esto se sintió obligado a escribir un apéndice a su obra: “Algunas consideraciones acerca del lugar y la parte que corresponden al mal en un mundo en evolución”. En él enumera Teilhard cuatro clases de mal en el mundo:
Mal de desorden y de fracaso, en primer lugar. Hasta en sus zonas reflexivas, ya lo hemos visto, el Mundo procede a golpe de probabilidades, por tanteo. Ahora bien: por este mismo hecho, incluso dentro del dominio humano (en el cual, no obstante, el azar está mejor controlado), cuántos fallos para un éxito, cuántas miserias para una alegría, cuántos pecados para un solo santo… estadísticamente, en todos los grados de la Evolución, siempre y por todo lugar, el Mal se forma y se vuelve a formar, implacablemente, en nosotros y a nuestro alrededor. Necessarium est ut scandala eveniant. Así lo exige, sin apelación posible, el juego de los grandes números en el seno de una Multitud en vías de organización.
A continuación reconoce otro tipo: “Mal de descomposición, después: simple forma del precedente, en el sentido de que enfermedad y corrupción siempre proceden de un azar desgraciado; sin embargo, forma agravada y doblemente fatal, nos es necesario añadir, en la medida que, para el viviente, el hecho de morir se ha convertido en la condición regular, indispensable, del reemplazo de los individuos, unos por otros, siguiendo el mismo phylum: la muerte, engranaje esencial del mecanismo y de la ascensión de la Vida”.
Una tercera clase de mal es presentada de esta forma: “Mal de soledad y de angustia, también: la gran ansiedad (muy propia del Hombre) de una conciencia que se despierta a la reflexión en un Universo oscuro, en el que la luz necesita siglos y siglos para llegarle, un Universo que todavía no alcanzamos a comprender, ni a saber qué es lo que nos pide…”
Por último una clase de mal, si se quiere, más útil: “Mal de Crecimiento, por medio del cual se expresa en nosotros, con las angustias de un parto, la ley misteriosa que, desde el más humilde quimismo hasta las más altas síntesis del espíritu, se hace traducir, en términos de trabajo y de esfuerzo, cualquier progreso en la dirección de una mayor unidad”.
No negaba sino que exponía, como taxonomista, esas cuatro especies del mal de las que daba testimonio: “Dolores y faltas, lágrimas y sangre: tantos subproductos (a menudo preciosos, por otra parte, y aun reutilizables) engendrados en ruta por la Noogénesis”. (La formación de la conciencia). Es decir, a pesar de reconocerlo, tuvo la frialdad clínica para buscar en el mal mismo la oportunidad de usarlo para crecer.
……..
Es una distinción francesa la idea de una cuenta corta y una larga de la historia. Ésta última es el tiempo lento, secular o milenario, de las sociedades. A su ritmo, las naciones experimentan fases felices o infelices de su existencia; algunas hasta su aniquilación. El progreso de las sociedades, o su declive, no son procesos rápidos. Esta característica de la cuenta larga puede desesperar a los miembros concretos de una comunidad, que quisieran ver la cesación de un mal o una gran necesidad social consumarse en el curso de sus propias vidas de cuenta corta. La lentitud metamórfica de la cuenta larga puede ser tolerada por el filósofo idealista, pero suscita la rebelión del existencialista que se ocupa del aquí y del ahora. ¿De qué me sirve un mapamundi—diría un Kierkegaard caraqueño—si lo que quiero es saber cómo llegar de la parroquia de La Candelaria a la urbanización de La Urbina?
Resulta comprensible, pues, que el venezolano que sabe del mal que la dominación chavista ha traído a su patria desespere por su término. No le consuela que se le recuerde la máxima castellana que asegura la inexistencia de males que duren cien años. Imaginar que la abrumadora presidencia de Chávez pudiera cesar en 2021—o tal vez con su muerte, según los precedentes de Gómez, Franco o Castro—se le hace intolerable; de hecho, preferiría con mucho su abandono instantáneo del cargo que detenta.
A pesar de tan fuerte sentimiento, resulta mucho más constructivo superarlo y convertir su origen, como proponía Teilhard de Chardin, en oportunidad de crecimiento.
Hablo de aprendizaje. Si los venezolanos nos quedáramos—no todos, por cierto—en el mero repudio de Hugo Chávez, si no nos preguntáramos por el significado de su aparición ni buscáramos en nosotros mismos errores pasados, si persistimos en ellos, la experiencia de su gobierno no será otra cosa que puros “[d]olores y faltas, lágrimas y sangre”, puro mal.
Una primera lección que se deriva de la dolencia oncológica del chavoma es que éste jamás hubiera tomado cuerpo de no haber sido precedido por una política soberbia, que no encontró manera de acomodar la crítica y se negó a la metamorfosis; ahora tenemos, además de soberbia, altanería.
Los primeros signos de una conciencia de rechazo a la política que precediera a Chávez datan al menos de 1984. Para la época, la prestigiosa encuestadora Gaither hacía regulares estudios de opinión en Venezuela. En ellos era la siguiente una pregunta estándar: “¿Cuál es el mejor partido?” (A los entrevistados se les ofrecía las opciones de AD, COPEI, MAS y otros). En agosto de 1974, la suma de las respuestas de “ninguno” y la abstención que típicamente se codifica como “No sabe/No contesta” era de 29% de los encuestados. En septiembre de 1979 y octubre de 1983 esta suma se había estabilizado en 27%. Para agosto de 1984, a seis meses del inicio del gobierno de Jaime Lusinchi, el indicador ascendió a 43%. (Casi 30% respondió decididamente: “el mejor partido es ninguno”). Esta súbita fractura, una toma de conciencia repentina reflejada en el estudio de esa última fecha debió prender las alarmas políticas.
Tal cosa, sin embargo, no ocurrió. No por mala voluntad, sino porque es típica conducta humana, las élites venezolanas prefirieron creer que cataclismos como el del Viernes Negro eran perturbaciones momentáneas de las aguas políticas, que pronto desaparecerían en el lago de la normalidad. A fines de 1983 me preguntaba un altísimo ejecutivo de una empresa privada emblemática del país, enterado de mis planes de editar una revista sobre temas políticos, sobre qué escribiría. Respondí que lo haría sobre “los procesos fundamentales de la crisis”. Esta respuesta lo hizo meditar unos segundos, al cabo de los cuales repreguntó: “Y cuando se acabe la crisis ¿de qué vas a escribir?” A veinticuatro años de la inocente pregunta los vientos de crisis aún no han amainado.
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Una lección todavía más fundamental es que la situación política que el país atraviesa tampoco habría sido posible si la dirigencia venezolana de los años previos a Chávez hubiera respetado a la ciudadanía y a su inteligencia. La inmensa mayoría de los venezolanos ha sentido por demasiado tiempo, más allá de la penuria económica, un persistente desprecio proveniente de las élites nacionales.
Hace un poco más de un mes que tuve una constatación típica de este fenómeno. Recibí la generosa apreciación de un texto mío, escrita en los siguientes términos: “Interesante tu escrito y llama al debate. Eso sí, entre nosotros, los de las clases medias profesionales. Los que votan mayoritariamente por Chávez no saben de estas cosas, o no les interesan y les parecen paja de gamelote. Pero sí les interesa consumir cada vez más y mejores bienes, tener trabajo… Pero eso sí: fácil, sin mucho esfuerzo, tener casa, carro y poder viajar y tomar caña los fines de semana”.
Lamentablemente, tal opinión es muy difundida. A veces reviste una escritura más sofisticada, y emerge como tesis sociológica de pretendida exactitud: “…una naturaleza sobreprotectora, que nos ha dotado a la vez de un clima benigno y de riquezas naturales, que no exigen otro sacrificio que la extracción, ha ido estimulando en nosotros… la certidumbre de que nos basta extender la mano para que el pan llueva sobre ella, y por esa vía, ha fomentado en nosotros la irresponsabilidad, la pereza y la sensación de que siempre algún milagro nos rescatará de la miseria, sin necesidad de que ofrezcamos nuestro esfuerzo a cambio”. (Marcel Granier, La generación de relevo vs. el Estado omnipotente, Publicaciones Seleven, Caracas, 1984, págs. 2 y 3).
Es hora de respetar a los venezolanos y confiar en ellos. En junio de 1998 quise advertirlo: “Si el liderazgo nacional continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles”. Y buena parte del pueblo cree que es esto último lo que Chávez ha hecho precisamente.
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Pero la cosa no se agota en el aprendizaje de los dirigentes. Nosotros, los ciudadanos, también estamos llamados a aprender de esta época de destacado mal político.
Debemos aprender, pienso, que no podemos dejar a los dirigentes a la libre, sin exigirles eficacia y responsabilidad.
Debemos aprender la solidaridad, pues las cosas sociales no se resuelven todas con la sola búsqueda de la prosperidad individual.
Debemos aprender la tolerancia, y ser capaces de encontrar la virtud en el enemigo más acérrimo. En todas partes se encuentra la verdad, afirmaba Santo Tomás de Aquino, incluso en el error.
Debemos aprender que se puede ver lo bueno dentro de lo malo.
Parábola. En medio de un camino polvoriento destacaba el cuerpo patas arriba de un perro muerto. Un primer grupo de transeúntes pasó a su lado comentando: “¡Qué espectáculo tan desagradable! ¡Qué hediondez!”
Al rato nuevos viajeros caminaron por el sitio, y decían: “¡Qué horror! ¡Qué asqueroso! ¡Qué mosquero!”
Todavía pasaron por el lugar otros peregrinos y afirmaron: “¡Qué irresponsabilidad! ¿Por qué no han recogido ese animal? ¡Esto es falta de gobierno!”
Hasta que un caminante solitario se acercó, y con una mirada compasiva enunció en voz alta: “¡Qué dientes tan blancos tiene ese perro!”
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* En carta a Émile Licent.
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